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lunes, 18 de diciembre de 2023

La dependienta. Sayaka Murata. Duomo Ediciones. 2019. Reseña

 




    La escritora japonesa Sayaka Murata logró en 2016 el Premio Akutagawa, el más prestigioso de su país, por su décima novela, titulada La dependienta. Además, ese mismo año, la revista Vogue Japan la nombró Mujer del Año. Feminista y gran luchadora por la igualdad de género, nos presenta en esta novela a Keiko Furukura, una mujer soltera de 36 años que lleva media vida trabajando a tiempo parcial en una konbini, supermercado japonés que abre las 24 horas del día. Allí ha encontrado lo que considera que es la normalidad. Al menos, su normalidad. Lo que comenzó, a sus dieciocho años de edad, como una manera como cualquier otra de pagarse los estudios universitarios en Tokio acabó por convertirse en su manera de estar en el mundo. Terminó su carrera, pero siguió trabajando en la tienda como dependienta porque considera que no sirve para otra cosa porque, de alguna manera, ha nacido para ser dependienta. Y solo allí encuentra la alegría, la felicidad y la motivación para seguir adelante con su vida.

    ¿Cuál es el problema, pues? Los convencionalismos sociales, que exigen a una mujer de su edad estar casada y tener hijos o, en su defecto, ser económicamente autosuficiente gracias a un trabajo realmente estable y mucho mejor remunerado. Según pasa el tiempo, su familia, sus amistades y su reducido círculo social van amargando su existencia, incapaces de entender el modo de vida que lleva la todavía joven Keiko. Nadie aprueba que tenga un trabajo como ese a su edad, que jamás haya tenido ni pareja ni relaciones ni que viva sola y dedicada casi en exclusividad a un trabajo que, pese a no estar muy bien remunerado, le da para seguir viviendo independiente y sin pedir nada a nadie. La dependienta es, pues, una novela sobre lo difícil que resulta a veces formar parte de un mundo que no te entiende y al cual tampoco tú entiendes. Y, por supuesto, un alegato de la libertad. Especialmente, de la libertad femenina. Porque nadie debería juzgar jamás el modo de vida de nadie, siempre que este no sea dañino para los demás.

    Y Keiko, a la que todo el mundo conoce por su apellido, Furukura, en la tienda en la que lleva dieciocho años trabajando --ya no queda nadie de cuando comenzó a trabajar allí--, no solo no hace daño a nadie sino que atiende a la tienda, a los clientes y a los compañeros y compañeras siempre con una sonrisa en la cara. Especialmente a los nuevos empleados, a quienes enseña su trabajo con una paciencia y una atención admirables. Siempre con los cuatro sentidos en todo lo que tiene que ver con la tienda, es prácticamente una encargada en la sombra. Aunque en ese momento su jefe sea ya el octavo hombre en dirigirla. Ocho hombres por ninguna mujer. Porque las mujeres, salvo muy contadas excepciones, están para casarse, criar hijos y vivir a la sombra de sus maridos. Y todo lo que se salga de eso resulta a todo el mundo raro, anormal y hasta asqueroso. Y Keiko no entiende esa normalidad. Sabe que no encaja en el mundo que la rodea, en la sociedad, pero sí en la tienda. Allí, por cierto, hay dependientes masculinos y femeninos.  

    Así, La dependienta nos presenta una visión hilarante, asombrosa, precisa, absurda, audaz y hasta cómica de las expectativas de la sociedad hacia las mujeres solteras. Una crítica furibunda a la tradicionalmente machista sociedad japonesa --y no solo a la japonesa-- y al papel que juegan en ella las mujeres. Una sociedad que considera a quienes no siguen esa impuesta normalidad inmaduros, no adultos e incluso socialmente inútiles. Esto le dice Shiraha, el protagonista masculino de la historia, a Keiko: Si sigues trabajando por horas, te harás mayor y nadie querrá casarse con una virgen madurita. Das asco. En la Edad de Piedra, las mujeres maduras que no podían tener hijos acababan merodeando por la aldea como almas en pena, solteras para siempre. No eran más que un lastre para la comunidad. El mundo en el que vivimos es la Edad de Piedra disfrazado de sociedad moderna. La estructura social no ha cambiado en absoluto.

    Pero la crítica social que presenta la novela se hace extensible también a los hombres. Shiraha, de nuevo, arroja luz sobre este hecho: Cuando los hombres terminamos los estudios debemos encontrar trabajo, cuando tenemos trabajo debemos ganar más dinero, cuando ganamos dinero debemos casarnos y tener hijos. Las mujeres lo tenéis mucho más fácil. El mundo no ha cambiado nada desde la Edad de Piedra. Las personas que no aportan nada a la comunidad son marginadas, reciben toda clase de presiones y coacciones hasta que, al final, se les expulsa. Si no puedes seguir el ritmo de los demás, estás perdido. ¿Por qué trabajas por horas si tienes más de treinta años? ¿Por qué nunca has salido con nadie? Incluso te preguntan por tus experiencias sexuales como si fuera lo más normal. Pero las de pago no cuentan, ¡te dicen riendo! No molesto a nadie, solo formo parte de una minoría y, a pesar de ello, se creen con derecho a violarme. 

    Aunque Keiko se siente identificada con buena parte de lo que le comenta Shiraha, sin embargo, se siente también atacada y menospreciada por él, y hasta hace notar que me pareció incoherente que Shiraha, que hasta entonces estaba disgustado por las críticas que recibía, me atacara con aquellos reproches procedentes del mismo sistema de valores que tanto lo hacía sufrir. Supongo que a una persona que se siente violada le gusta arrojar a los demás los argumentos que utilizan en su contra. ¡Qué gran frase! ¡Y cuánta carga psicológica y cuánta verdad incluye! La famosa doble vara de medir. ¡Incluso por parte de quienes son medidos de manera tan cruel y despiadada! Y, no obstante, Keiko, pese a sentirse mal tras las palabras de Shiraha, trata de aconsejarle: Yo creo que lo más honesto con tu sufrimiento es que te enfrentes al mundo cara a cara y dediques toda tu vida a obtener la libertad. Y añade: si el mundo está en la Edad de Piedra, actúa según las normas de la Edad de Piedra. Si te disfrazas de persona normal y te comportas según el manual, nadie te echará de la comunidad ni te tratará como si estuvieras de más. Tienes que intentar ponerte el disfraz de persona normal e interpretar al personaje imaginario llamado persona normal.

    De esta manera, La dependienta es la historia de dos seres inadaptados. Y hace hincapié en el caso de Keiko. Una Keiko que ya desde joven había dado señales de ser rara a ojos de los demás. Su familia intentó curarla llevándola a un psicólogo. Pero nada funcionó. Pese a tener una carrera universitaria y a haber crecido solo trabajar en la tienda la hace feliz. Reconoce que la vida que llevaba antes de nacer como dependienta de una tienda está envuelta en una nebulosa y no la recuerdo claramente. Los ruidos de la tienda la reconfortan, y acude a ellos incluso en las jornadas y horarios que pasa alejada de ella. Trabaja ya de forma automática y allí se siente una pieza que forma parte del engranaje del mundo: es curioso que una universitaria, un joven músico, un trabajador por horas, un chico que cursaba el bachillerato nocturno y otras muchas personas pudieran convertirse en aquellas criaturas uniformadas llamadas dependientes.      

    Ni yo misma sabía por qué solo podía trabajar en una tienda y no aspiraba a obtener un empleo fijo. La tienda disponía de un manual impecable y me desenvolvía muy bien como dependienta, pero no tenía ni idea de cómo ser una persona normal en un lugar sin manual de instrucciones, asegura Keiko en un momento de la historia. Y pienso que todo el mundo nos hemos sentido de esa misma manera en muchos momentos de nuestra vida. Pienso también que cada persona debe ser libre para elegir su camino hacia la felicidad. Y que nadie es más que nadie. Sobre todo para aconsejar a los demás. Porque, mucho más a menudo de lo que podamos pensar, lo que es útil para ti no lo es para otro. O al revés. Y nadie debería sentirse ni ser excluido de la sociedad por el simple hecho de no seguir unos convencionalismos que nos suelen convertir en borregos más que en personas. Y, hablando de tiendas, no hay más que verlas en el black friday o en víspera de Navidad para corroborar esta última afirmación. Porque creo que las únicas tiendas que deberían llenarse, todos los días además, son las librerías.   


viernes, 28 de febrero de 2020

El pan de los años mozos. Heinrich Böll. Seix Barral. 1971. Reseña





     Escrita y publicada por vez primera en 1955 en la Alemania natal del Premio Nobel de Literatura (1972) Heinrich Böll, El pan de los años mozos fue publicada en España por Seix Barral en 1971. Cuando la escribió era ya un autor conocido en toda Europa, aunque todavía faltaban unos años para que, en 1963, saltara definitivamente a la fama gracias a su obra más conocida, Opiniones de un payaso, reseñada también hace algún tiempo en este mismo blog. Como en la mayoría de sus libros, el principal tema tratado fue la situación de la República Federal de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Durante el conflicto, pese a no participar del ideario nazi, fue reclutado por la Wermacht para combatir en Polonia, Francia o la URSS. Fue detenido en 1945 por el ejército de los EE. UU. y pasó por varios campos de detenidos de Francia y Bélgica.

     El compromiso político y social de Böll fue creciendo con el paso de los años. Se opuso a la extrema derecha y a la xenofobia y escribió sobre las clases sociales media y baja para denunciar los abusos de la clase alta. El título de la novela que nos ocupa deja claro su propósito: centrar la atención del protagonista y narrador, el joven Walter Fendrich, en un aspecto tan clave y vital como conseguir el pan necesario para poder seguir con vida durante sus años de juventud. Para ello, como es de suponer, ha de recurrir a todo tipo de argucias. Algunas legales; otras, no tanto. Todo ello, mientras trata de aprender un oficio con el que ganarse la vida de forma honrada. Así, después de ser aprendiz de banca, de vendedor y de carpintero, me inicié como electricista con Wickweber, un explotador que lo obliga a trabajar todos los días de la semana a cambio de un salario y una sopa. 

     Recuerda nuestro protagonista que durante buena parte de los siete años anteriores la idea del pan fresco se me metía estúpidamente en la cabeza. Pan. Deseaba pan como un morfinómano desea la morfina. Aún ahora, reconoce, cuando voy a cobrar y después cruzo la ciudad con los billetes y las monedas en el bolsillo, me viene a menudo el recuerdo del temor de lobo que me asaltaba durante aquellos días, y compro el pan tierno que veo en los escaparates de las panaderías. Aunque durante esos siete años Wickweber no se portó con él nada mal, no peor que con otros de sus operarios, comenzó a odiarlo muy pronto al comprobar el olor que salía de su cocina. El hambre y las agotadoras semanas de trabajo le sirvieron a Walter, sin embargo, para ir ahorrando. Ahora, incluso tiene un coche con el que se mueve por la ciudad.

     Su deseo es ahorrar lo suficiente como para conseguir la fianza con la que pagar su independencia respecto a Wickweber y pasarme a la competencia cuando quiera. También encontrar el amor verdadero. Porque Ulla, la hija de su jefe, con la que sale desde hace unos años, es para él solo un entretenimiento. Supone que es su prometida, pero no concibe la idea de casarse con ella y vivir juntos para siempre. Mientras el pan es la medida de los precios de la vida, el recuerdo de su amada y difunta madre y de su padre, un profesor mal pagado que apenas llega a fin de mes, lo acompañan en su recorrido diario por la ciudad. Una ciudad que lo va conociendo como reparador de lavadoras. Ese es su oficio. Con el que se gana ese pan tan necesario. Pero no solo de pan vive el hombre, parece pensar últimamente Walter.

     Un eterno lunes cambiará su vida. A mediodía debe recoger en la estación a una joven paisana que viaja hasta la ciudad para ganarse la vida como maestra. Su nombre: Hedwig Muller. La mujer que añadirá la gota que colmará el vaso que hará saltar por los aires la vida del protagonista de esta historia. Nada más verla, sentada en su maleta, todo dejará de tener importancia para él. Y seducirla y hacerla suya será su única obsesión desde entonces. Porque El pan de los años mozos es también una historia de amor. El hambre, la imperante necesidad de pan, los problemas de la posguerra, ese ambiente hostil de lobos solitarios y fríos emocionalmente, la pérdida de una madre, la vida al límite de la locura y los anhelos de independencia económica y laboral quedan atrás cuando Walter conoce a Hedwig. 

     Y la novela se convierte en la crónica de cómo una vida puede cambiar en un solo día. Un día en el que uno ha de dejar de lado su vida anterior para lanzarse de lleno al futuro. En el que un amor inesperado pero fascinante lo anima a uno a vivir. Y las medidas de todas las cosas dejarán de ser el pan y la bondad de aquellas pocas personas que lo habían ayudado en sus peores momentos (sus años mozos de aprendiz) --la unidad es el pan de aquellos años jóvenes, que viven en mi memoria como si estuvieran envueltos en una espesa niebla. La sopa que nos daban sonaba débilmente en el interior de nuestro estómago; caliente y amarga, nos volvía a la boca cuando, por la noche, nos balanceábamos en el tranvía que nos llevaba a casa. Era el eructo de la impotencia, y el único placer que teníamos era el odio..., el odio-- y pasará a ser Hedwig.    

     No es bueno que el hombre esté solo, nos dice la Biblia. Se vuelven igual que los lobos, añade en una de sus canciones el cantautor Víctor Manuel. Desde su ferviente catolicismo, Heinrich Böll parece que en esta novela se apiada del hombre que protagoniza su historia (Walter Fendrich) y se erige a sí mismo como una especie de Dios creador que, como escritor y autor de estas páginas, manda a una mujer (Hedwig Muller) como salvadora del alma del reparador de lavadoras. El lobo que fue en busca de pan y alimentos deja paso a otro animal más dócil que ansía el cariño de quien pretende que se convierta en su mujer. Porque desde el primer momento queda claro que Hedwig no es Ulla. Lo que Walter no ve en la hija de su jefe través de los años, sí lo ve en la recién llegada en apenas un instante. 

     Cuando la Academia Sueca otorgó a Böll el Nobel de Literatura en 1972 destacó de él que por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización ha contribuido a la renovación de la literatura alemana. En efecto, su estilo fino y su escritura ágil hacen de sus obras unas lecturas que rozan la adicción. Así me ha ocurrido a mí mismo con Opiniones de un payaso y El pan de los años mozos. A buen seguro, no serán sus últimas obras que lea. Puede que no tenga la fama de su coetáneo Gunter Grass, pero leer su obra siempre vale la pena...
                     

      

miércoles, 3 de octubre de 2018

La muerte de Ivan Ilich. León Tolstoi. Servilibro Ediciones. 2012. Reseña





     Huérfano de madre a los dos años y de padre a los nueve, León Tolstoi (1828-1910) perteneció a la más antigua nobleza rusa. Se crió con su tía paterna en Kazan, donde estudió lenguas y leyes. Conocido mundialmente por Guerra y paz (1869), que describe minuciosamente la sociedad rusa durante la invasión napoleónica, y Anna Karenina (1877), una de las mejores novelas psicológicas de la historia de la literatura, en la que aparecen contrastadas la vida de la ciudad y la del campo, abandonó la vida fácil que le tocaba por sangre y se comprometió con la mejora de las condiciones de vida de los campesinos, con la no violencia y con la abolición de la propiedad privada, influyendo de manera notoria en el desarrollo del movimiento anarquista.

     Sus ideas tuvieron profundo impacto en personalidades tan reconocidas como Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Bernard Shaw o Rainer Maria Rilke. Escribió obras moralizantes, como la que nos ocupa, La muerte de Ivan Ilich, rechazó las instituciones y creencias de la Iglesia rusa, lo que supuso su excomunión, y fijó como ideal de la vida la pobreza voluntaria y el trabajo manual. Además, abrió una escuela para niños en la que ejerció de profesor, autor y editor de sus libros de texto, y aplicó una pedagogía libertaria fruto de sus anteriores viajes por Francia, Alemania y Suiza, anticipando la educación progresista moderna. 

     En 1886 escribió La muerte de Ivan Ilich, novela corta que critica la sociedad rusa burocrática de su época a través de los últimos meses de vida de un juez que, al presentir la llegada de su fin a causa de una enfermedad que debilita progresivamente su riñón, reflexiona sobre su existencia y repasa cada una de las etapas de su vida. El juez piensa que es como si hubiera caminado descendiendo por una cuesta mientras pensaba que estaba subiendo. La vida se me escapaba bajo los pies. Porque, pese a sus ascensos en la judicatura y en la vida social de la ciudad, se dirigía en realidad hacia un precipicio. Y, cuando se le pasaba por la cabeza la idea de que aquello (su horrorosa enfermedad) le ocurría por no haber vivido como debiera, se aferraba a la rectitud que había mantenido toda su vida.

     Así, desde el inicio de la enfermedad su vida había transcurrido entre dos estados de ánimo contrarios: la desesperación y la espera espantosa de la muerte y la esperanza y la observación escrupulosa de cómo se comportaba su cuerpo. Sin embargo, pasado el tiempo, toma conciencia clara de su desmejoría, desvaneciéndose toda esperanza de salir del trance con vida. Postrado en su sofá, llega a la cruel conclusión de que toda tu existencia ha sido y es mentira, nada más que un engaño que te ha ocultado la vida y la muerte verdaderas. El rencor y sus dolores físicos convierten sus últimos días de vida en una insoportable pesadilla.

     Se pregunta por qué le ocurre algo así a él. Por qué la vida le depara un final tan terrible. Y su tormento personal es tal que toma conciencia de estar atormentando también a su esposa e hijos, por lo que el odio que siente ante la hipocresía de estos se mezcla con un sentimiento que le lleva también a compadecerlos. De esta manera, sus pensamientos se convierten en una auténtica montaña rusa de sensaciones de la que finalmente desea escapar. E Ivan Ilich decide que tienen piedad de mí; es menester hacer algo para que no sufran, librarlos de ello y librarme yo mismo de estos padecimientos. Y se abandona definitivamente en brazos de la muerte.

     La novela tiene como grandes temas la cercanía de una muerte segura, la falsa esperanza de poder seguir con vida pese a la enfermedad, las mentiras (¿tal vez piadosas?) de unos familiares y médicos que no son capaces de contar la verdad a un moribundo, la hipocresía de una sociedad que abandona a una persona en su peor momento y la soledad de alguien que sabe que va a morir y no encuentra absolutamente a nadie que lo acompañe de verdad en tan duro trance. Por tanto, la psicología --y también, por qué no decirlo, la sociología-- juegan, pues, un papel determinante en el desarrollo de cada uno de los protagonistas de la trama.

     Su esposa, Praskovya Fyodorovna, al principio hace como que no pasa nada. Más tarde, echa la culpa de su enfermedad a su marido. Y, finalmente, se compadece de él. Su hija está más pendiente de su noviazgo y futuro compromiso matrimonial con un joven juez que del estado de salud de su padre. Su hijo, estudiante de leyes, tampoco parece estar muy afectado por la situación. Y sus compañeros de magistratura, un par de ellos, amigos personales de Ivan desde hace años, ocupan el tiempo en tratar de adivinar quién ocupará su cargo tras su muerte y en jugar a las cartas de forma avergonzantemente despreocupada. 

     Así las cosas, la única persona que realmente se preocupa y ocupa de él es Gerasim, el ayudante de su asistente. Será él quien acompañe al juez, le escuche, le dé conversación, le asista y le haga, en definitiva, menos desasosegada la cruel espera de la muerte. Y es que, a veces, de quien menos cabe esperar es quien finalmente más nos ofrece. Especialmente en situaciones tan comprometidas como la que desarrolla la novela. Una novela sobre la vida vacía, la muerte, la hipocresía, la mentira y la soledad. Una historia que se lee en unas tres o cuatro horas pero que deja huella en el lector. Mucha huella. Y profunda.                  

          

viernes, 26 de enero de 2018

El círculo del alba. Luisa Ferro. Planeta. 2016. Reseña





     Madrid, esta ciudad que es mujer, que reparte hostias como panes, también sabe encandilar con dulces besos de violetera. La frase, que aparece casi en la recta final de la acción de la novela, sirve para ejemplarizar y demostrar la presencia de la ciudad capital de nuestro país en cada una de las páginas del segundo trabajo de la madrileña Luisa Ferro (1967). Como un personaje más de la trama, Madrid y sus calles adoquinadas, múltiples tipos de carruajes tirados a caballo, elegantes palacios, jardines, fuentes, puentes, museos y villas circundantes se nos muestra de tal manera que nos parece estar viajando en el tiempo por lo que fue la ciudad hace más de un siglo.

     Monitora de taller literario, correctora de estilo y escritora, Luisa Ferro comenzó escribiendo relatos que fueron apareciendo en antologías como Crónicas de la Marca del Este II, Legendarium III o Fantasmagoria. Otros de sus primeros trabajos breves recibieron premios y menciones en importantes certámenes literarios de nuestro país. En 2014 dio el salto a la novela, publicando su opera prima Alcander (Click Ediciones), una novela romántica de fantasía paranormal, género en el que destaca especialmente, tal y como se puede apreciar también en diferentes pasajes de El círculo del alba, su segundo trabajo como novelista.

     Pese a que la acción se desarrolla en 1903, las primeras páginas hacen referencia a un asesinato acaecido en enero de 1878, justo el día de las bodas reales entre el rey Alfonso XII y María de las Mercedes de Orleans. Alba, la víctima, tenía nueve años y había aparecido muerta, desnuda, con el pelo y las cejas rasurados, con una enorme cicatriz a lo largo del esternón y la manita derecha cerrada sobre el corazón. Como las otras cinco pequeñas aparecidas días atrás, todas ellas casi idénticas, presentaba claros síntomas de haber estado recluida en un cubículo de reducidas dimensiones. Además, entre los dedos de la mano que descansa sobre el pecho de cada víctima siempre aparece una cría de golondrina muerta. Y en el interior de su buche, una libélula azul común. Y todas las niñas han sido abiertas en canal para extraerles el corazón. De ahí la inmensa sutura que fragmentaba en dos el diminuto tórax.

      Arturo del Romo, jefe de policía, y Ernesto Olmedo, joven estudiante de último curso de Medicina y Cirugía que se encarga de los temas forenses como asesor policial, se encargan de la investigación del caso. Caso que, pese a los enormes esfuerzos, quedará finalmente sin resolver. Hasta que, casi olvidado, en 1903, justo veinticinco años más tarde, todas estas circunstancias se repetirán de nuevo con los mismos patrones. Del Romo contará entonces con la colaboración de Bruno Moreto, sobrino de Olmedo, recientemente fallecido en extrañas circunstancias (supuesto e increíble suicidio). Juntos, tratarán de cerrar de una vez por todas el inconcluso caso.

     Sin embargo, el testamento de Olmedo encierra un secreto que pronto será desvelado: deja la herencia de su funeraria, La Luz de Helios, incluidas todas sus deudas, a un hermano suyo desconocido por Bruno. La llegada de Hugo Bonaventura, un conde italiano con fama de vividor, pondrá patas arriba la vida del joven, al que le cuesta asimilar todo lo que está ocurriendo a su alrededor. El incierto futuro económico de Bruno, sus preguntas sobre la gravedad de lo ocurrido entre ambos hermanos (suficiente como para dejar de hablarse durante tantos años) y la repetición del ciclo de extraños asesinatos dará un giro inesperado a su hasta entonces relajada vida.

     Bruno y Bonaventura, pese a sus diferencias iniciales, se verán obligados a confiar el uno en el otro para salir de sus problemas: recuperar el resuello económico perdido y destapar un misterio que se hunde en el pasado más oscuro de su hermano y tío respectivamente. Tras décadas de silencio, el recolector de cadáveres ha reaparecido, y dar con él será mucho más que un caso policial: una manera de rendir cuentas a quien pueda estar detrás del asesinato de Olmedo. El papel de Del Romo será clave de todo ello en un principio. En este sentido, la caracterización psicológica de los personajes y su evolución a través del tiempo es una de las cuestiones más destacables de la novela.

     La sociedad madrileña de principios del siglo pasado también está magistralmente trazada en las páginas de El círculo del alba. Desde la opulencia más burguesa hasta la pobreza más absoluta; desde el mundo de las apariencias hasta la realidad más cruel; desde los clubs de alterne y perversión hasta los privados solo para ricachones; desde las sesiones espiritistas hasta los revolucionarios y todavía no muy divulgados estudios de Sigmunnd Freud. Todo tiene cabida en una novela que atrapa desde la primera línea y que, por tanto, debe ser recomendada por cualquier tipo de lector: aventura, fantasía, romanticismo, pasiones, asesinatos, investigaciones policiales, medicina, botánica, etc.

     En definitiva, estamos ante una gran novela. De las que puede atraer a todo tipo de público, pues abarca prácticamente todos los grandes temas de la historia de la literatura. Y, todo ello, a través de una narrativa impecablemente sugestiva, descriptiva y reflexiva que, además, recuerda a las formas narrativas de antaño, haciendo un claro guiño a los estilos narrativos de la época que tan bien recrea la novela.                                                    

     

jueves, 16 de noviembre de 2017

Un mundo feliz. Aldous Huxley. Ediciones DeBolsillo. 2000. Reseña





     ¿Te imaginas un mundo en el que el Estado domine absolutamente todos los ámbitos de la sociedad con la finalidad de que cada ciudadano acepte el rol que previamente se le ha asignado para conseguir la felicidad del conjunto de la población? ¿Una felicidad, obviamente ilusoria, prefabricada, que está en realidad a años luz de ser tal? A priori, parece algo imposible, ¿verdad? Sin embargo, resulta escalofriante intuir que poco a poco caminamos hacia una civilización indolente, en la que los ciudadanos viven de cara a la galería, donde predomina por doquier una infelicidad que, por compartida por cada vez un mayor número de gente, se nos vende ya como felicidad, una civilización en la que se le echa carnaza a la gente para mantenerla ocupada y distraída de las cosas verdaderamente importantes.

     Hace ya 85 años, el escritor y filósofo británico Aldous Huxley escribió la primera gran distopía de la historia --con permiso de la vieja y conocida Utopía de Tomás Moro--, basándose en una sociedad idealizadamente feliz que en realidad provoca alienación  moral en sus habitantes. El título, Un mundo feliz, hace referencia a la obra de teatro La tempestad, de William Shakespeare --el gran escritor inglés y muchas de sus obras aparecen a lo largo de esta novela en innumerables ocasiones--, en cuyo Acto V Miranda pronuncia el discurso: ¡Oh qué maravilla! / ¡Cuántas criaturas bellas hay aquí¡ / ¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz, / en el que vive gente así.

     La novela anticipa el auge de las técnicas reproductivas, los cultivos humanos y la hipnopedia --o educación a través del sueño, a base de mensajes cortos, repetitivos y fácilmente memorizables que los científicos graban en el cerebro de los niños mientras estos duermen--, de manera que, ya desde la infancia, cada sujeto aprende cómo ha de vivir en el futuro, asumiendo un rol determinado de antemano. Todo ello, de manera conjunta, permite una especie de lavado de cerebro que hará que los sujetos de las capas sociales más bajas sean felices y se sientan importantes en su sociedad, sin pasárseles por la cabeza siquiera la idea de luchar por mejorar su situación personal. Así, el Londres que describe Huxley en la novela presenta una sociedad desenfadada, saludable, tecnológica, sin pobreza y sin guerras.

     No obstante, todo ello solo es posible gracias a  la eliminación de la familia --los niños no nacen del vientre materno sino de probetas, y no tienen ni madre, ni padre ni hermanos, porque lo más importante para ser feliz es no sentir la pérdida de los seres queridos ni tampoco la de uno mismo--, de los avances tecnológicos --más allá de los meramente genéticos, incluyendo la clonación--, de la cultura, el arte, la filosofía y la literatura --porque estas disciplinas hacen pensar, y para ser feliz es conveniente no pensar-- y de la religión --Dios es sustituido por Ford (el fundador de Ford Motor Company e inventor de las modernas cadenas de producción en masa)--. En suma, lo que encontramos en realidad es una humanidad deshumanizada y narcotizada. En efecto, solo un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos.

     La sociedad se divide en cinco grados de población. De más inteligentes a más estúpidos, encontramos a los Alpha (la élite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), los Deltas (los trabajadores rasos) y los Epsilones (los destinados a los trabajos más arduos). Todos ellos, fieles a una dictadura disfrazada de democracia que consiste en un sistema de esclavitud donde, gracias a la sociedad de consumo, el entretenimiento, el soma y la hipnopedia, no solo ningún esclavo ansía dejar de serlo, sino que ama serlo y vive felizmente para ello. Una forma de vida en la que se renuncia a la libertad a cambio de vivir sin problemas.

     La novela consta de 18 capítulos, los cuales podríamos dividir en tres apartados. Los capítulos 1-6 nos introducen en ese mundo feliz en el que viven los dos grandes protagonistas civilizados de la novela: Bernard Marx (guiño a Karl Marx, inventor del materialismo histórico) y Lenina Crowne (alusión a Lenin, líder de la revolución socialista soviética). Ambos aportan dos puntos de vista diferentes sobre el mundo en el que viven. Mientras Lenina actúa como ciudadana perfecta y participa de todos y cada uno de los elementos de su sociedad, Bernard es un inadaptado social, un inconformista y prefiere sentirse miserable antes que tomar un solo gramo de soma.   
     Los capítulos 7-9 marcan un giro en la trama de la novela. Un punto de inflexión a partir del cual todo cambia. Bernard y Lenina viajan a una reserva norteamericana de no civilizados. Allí conocen a John, el Salvaje, hijo de dos ciudadanos civilizados que visitaron años atrás la reserva y cuyos métodos anticonceptivos fallaron. John fue abandonado en la reserva por su padre. Su madre, Linda, dio a luz en la reserva y lo crió allí. John, obviamente, tiene un gran sentimiento religioso, ha recibido la influencia cultural de su madre, pero también de la tribu con la que viven, y goza de la lectura de los autores clásicos, con William Shakespeare a la cabeza.

     La tercera parte de la novela, entre los capítulos 10-18, es, sin duda, la más interesante. Presenta el choque cultural desatado por la visita del Salvaje John a ese mundo feliz que tanto anhelaba conocer pero que tanto rechazo le provoca casi desde el principio. Un choque que anticipa que el final de la novela no va a ser precisamente feliz. Demasiados dilemas morales que salvar por parte de individuos con formas de pensar tan diferentes. John no acepta una felicidad manipulada, vacía, falsa, sin alma. La escena en la que discute con el Interventor Mundial de Europa Occidental, Mustafá Mond, es crucial en el desarrollo de una novela que nos habla de que el dolor y la angustia son parte tan necesaria e insustituible en la vida como la alegría, y de que, sin aquellos, la alegría pierde todo su sentido.

     En conclusión, estamos ante una novela que plantea si realmente hemos avanzado tanto como sociedad. Y si estamos en el camino correcto de cara a un futuro como mínimo incierto. Una novela que critica con dureza el montaje en línea por humillante; el papel de la ciencia en nuestra sociedad; el capitalismo salvaje y el consumismo; el carácter paparazzi y sensacionalista de los medios actuales; y la liberación de la moral sexual como una afrenta al amor y a la familia tradicionales. Todo ello, desde la perspectiva de hace 85 años. Ni más ni menos. Definitivamente, una historia para reflexionar sobre el mundo actual y futuro. Visto lo visto, ¿realmente estamos tan cerca/lejos de vivir en un mundo feliz?             

         

jueves, 27 de octubre de 2016

Farándula. Marta Sanz. Anagrama. 2015. Reseña





     El diccionario de la RAE define la palabra faralá (plural, faralaes) como volante ancho puesto como adorno en un vestido, cortina, etc. El término se aplica principalmente al adorno de la parte baja de la falda del típico traje regional andaluz. En una segunda acepción, la RAE simplemente dice que es un adorno excesivo y de mal gusto. El mismo diccionario nos dice, sobre la palabra tarántula --dejando de lado la conocida especie de arácnidos de picadura letal--, que deriva del término italiano tarántola, al igual que taranta, vocablo que define con epítetos como desmayo, mareo, arrebato, humor pasajero, inquieto o desazonado por alguna causa física o moral. Finalmente, la palabra farándula viene definida así: profesión o ambiente de las personas que que se dedican al espectáculo, especialmente el teatro. Charla embrollada con la que se pretende desorientar o engañar. 

     ¿A qué viene todo esto? El presente escrito, ¿no es una reseña literaria? Por supuesto que sí. ¿Qué manera es esta, entonces, de comenzar la reseña de una novela?  Pues solo una como cualquiera otra. Simplemente, es que, para entender el punto de arranque de la novela que nos ocupa, Farándula, de Marta Sanz, he creído conveniente definir el título y las dos partes en que esta se divide: Faralaes y Tarántula. ¿Por qué? Pues porque estamos ante una novela no al alcance de cualquier lector. Entre otras cosas porque su autora, doctora en Filología, hace gala de su saber sobre el mundo de las letras y, a lo largo de su texto, introduce multitud de vocablos cuyo significado ha de ser consultado en el diccionario de la RAE para una perfecta comprensión del mismo. 

     ¿Es esto bueno o malo? Pues, depende del nivel lector de quien esté ocupado en la lectura del libro. Me ocurrió lo mismo con Intemperie, la obra de debut de Jesús Carrasco. Particularmente, pienso que aquellos lectores que gusten de visitar el diccionario y aprender nuevas palabras, disfrutarán de la lectura de este tipo de novelas. Quienes no, casi mejor que tomen cualquier otro libro. Pero esta es mi modesta opinión. Lo que está fuera de toda duda es que un libro así requiere paciencia y tiempo. Lógicamente, la consulta del diccionario ralentiza el ritmo de lectura. Y conjugar esto con un ritmo narrativo que pretende ser alto, como creo que es el caso, resulta muy complicado para el escritor. Su solo intento ya merece un aplauso.

     Farándula es una historia de decadencia. Decadencia social de un mundo huérfano de sentido crítico. Y decadencia moral y política, por supuesto. Porque, ahora más que nunca, no corren buenos tiempos para la lírica --en cualquiera de sus campos--. En lugar de subvenciones, impuestos; en lugar de difusión, descrédito. Farándula es una denuncia urgente, una llamada, a quien corresponda, para salvar el arte escénico. Su ironía y su sarcasmo son las herramientas más fiables para diagnosticar una sociedad superficial y en quiebra. Su lenguaje, directo, a veces triste, en ocasiones divertido, se convierte a menudo en borde, incluso obsceno, para no dejar indiferente a ningún lector. ¡Y lo consigue!

     El Premio Herralde de Novela 2015 narra la historia de tres actrices --no creo que por casualidad, Farándula fue también el nombre de una de las principales compañías ambulantes de cómicos del siglo XVII, constituida precisamente por tres actrices y bastantes más actores-- de diferentes edades y situaciones en un mundo que se desmorona a su alrededor. Ana Urrutia es una vieja gloria de la escena teatral, ahora decadente, que vive los últimos y también peores momentos de su vida. Una mujer irreverente, antipática, antisocial que no tiene donde caerse muerta y vive sola en un mugriento piso --su única pertenencia en este mundo-- del centro de la capital. Solo la visita, una vez por semana, Valeria Falcón, actriz de cierta notoriedad que sobrevive como puede en tiempos de desprestigio de la cultura en general y de la escénica en particular. Y Natalia de Miguel, la tercera actriz en discordia, está a punto de explotar en la escena. Más por su participación en un famoso reality show que por sus méritos como actriz. 

     En efecto, serán el morbo y la atracción que suscita la joven televisiva los que llenarán el teatro de gente que no va a entender nada en absoluto de la obra representada. Solo hay aplausos para las intervenciones de la protagonista famosa. Decadencia. Arrebato. Ruina. Inquietud. Desazón. Tarántula. Público desentendido. De mal gusto. Superfluo. Superficial. Adornado. Exagerado. Faralaes. Tarántula y faralaes confluyendo en Farándula. Y, así, retrocedemos al principio de esta reseña y todo cobra sentido --o eso espero--. Charla embrollada con la que se pretende desorientar o engañar. En mi opinión, esa es la intención de Marta Sanz al presentarnos esta historia. Y lo hace con un lenguaje y un ritmo narrativo elevado, rápido, directo al corazón.

     Porque, como ya he escrito con anterioridad, el mensaje que la autora pretende transmitirnos con esta novela es urgente, decisivo, definitivo: el teatro se muere ante nuestros ojos. La cultura está desprestigiada por nuestros gobernantes. Y trabajar en ella y para ella sale cada vez más caro. Sobre todo si se pretende combinar el glamour y el éxito con el compromiso social y político, tal y como le ocurre a Daniel Valls, el protagonista masculino de la novela. Y es que ser reaccionario, en estos días, es complicado. Y el miedo a perder el sitio que tanto cuesta llegar a ocupar lo dificulta todavía más. Devaluación artística. Precariedad. ¿Renovarse o morir? Envejecimiento. Relevo generacional. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?    

     Farándula nos presenta la posibilidad o no de que el teatro cambie el mundo, nos muestra cómo es el día a día del conjunto de personas que forman parte del pequeño-gran mundo del espectáculo, nos enseña que bajo una superficie de glamour, éxito y dinero existe un fondo de oscuridad, sombras y miseria, nos entretiene, nos divierte, nos emociona, nos hace reír, nos hace llorar, nos hace pensar y reflexionar, nos enfada, nos cabrea, nos irrita. Y nos lanza un órdago que deberíamos ser capaces de asumir: de nosotros depende que continúe vigente aquello del that´s entertainment...      
              

   

viernes, 25 de septiembre de 2015

La metamorfosis. Franz Kafka. Ediciones Brontes. 2015. Reseña





     Hace años, quizás demasiados, leí por primera vez La metamorfosis, la obra más aclamada del célebre escritor checo Franz Kafka. Sin embargo, dado que en este 2015 se cumple el centenario de su publicación, he decidido releerla. Y, como suele pasar cuando vuelves a una obra ya conocida desde tanto tiempo, he encontrado una novela diferente en algunos sentidos. Es obvio que la adolescencia hace que uno se fije únicamente en la historia narrada, sin pensar mucho más allá. Lo cual me llevó a clasificarla como una obra fantástica sin más. 

     Grave error. Y no porque no sea un relato fantástico, que evidentemente lo es, sino porque encierra en sí aspectos que pueden pasar por alto en la primera lectura. La revisión, pues, se hace necesaria. Porque, detrás de ese carácter fantástico que se observa en la superficie, descubrimos una realidad que asusta mucho más si cabe que imaginar la sensación que uno sentiría en el hipotético caso de despertar una mañana cualquiera habiéndose convertido en una cucaracha o en un escarabajo - no queda del todo claro en el relato -. Y es que, por difícil que parezca, puede haber cosas peores.

     La obra se puede interpretar de varias maneras. Las más plausibles son las siguientes: a) quizás Kafka quisiera denunciar el egoísmo humano. Gregorio sostiene a su familia económicamente y se esfuerza al máximo por procurar su estabilidad. Sin embargo, cuando se transforma en ese bicho, la respuesta que encuentra es contraria, es decir, le dan de lado y hasta lo dejan morir ; b) a lo mejor es una obra en parte autobiográfica - algo exagerada, claro - ya que Samsa, el apellido de Gregorio, es muy similar al de Kafka con el correspondiente cambio de consonantes. Lo cual explicaría la forma de sentir el mundo de hace un siglo por parte del autor; c) puede que estemos ante una denuncia social hacia el trato recibido por los individuos diferentes, que acaban aislados por un sistema que no entienden y que a la vez no les entiende; d) seguramente las tres interpretaciones citadas sean el objetivo inicial de Kafka.

     Me llamó la atención en su día la frialdad con que el narrador nos cuenta la historia. Algo que he vuelto a sentir en esta relectura. También la impotencia y a la vez resignación del protagonista, que paulatinamente va adquiriendo conciencia de su nueva situación, a la cual trata de adaptarse sin mucho éxito - como no podía ser de otra manera -. Y la sencillez del lenguaje, sin ejercicios retóricos retorcidos, contribuye a una narración directa, cruda y dura de la nueva realidad de Gregorio. Y de su familia.

     Porque la familia juega un papel básico en la historia. La madre mantiene una lucha consigo misma. Una lucha entre la repulsión y el rechazo hacia el bicho y un sentimiento maternal que no la dejan vivir en paz ante una situación tan dramática. El padre mantiene una deuda con el jefe de Gregorio, quien quiere saldarla en cuatro o cinco años. Es un padre algo vago, acomodado a una situación en la que es su hijo quien va a sacarle las castañas del fuego. Sin embargo, cuando sucede la transformación, debe buscar trabajo y mantenerse activo, lo que incluso provoca en él un cierto rejuvenecimiento. Y Greta es la hermana de Gregorio. De solo diecisiete años, es la única que en un período inicial se ocupa de él. Le da de comer y limpia su habitación. Su relación es bastante cercana, hasta que el tiempo y su trabajo - también se pone a trabajar para ayudar a su padre en el mantenimiento de la economía familiar - provocan el distanciamiento. 

     Los espacios donde transcurre la acción contribuyen a la angustia del protagonista. Su habitación es donde pasa la mayor parte del tiempo. Pequeña pero limpia y aseada en un principio, se acaba convirtiendo casi en claustrofóbica al abandonar su hermana su limpieza y cuidado y terminar convirtiéndose poco menos que en un trastero de muebles viejos y en un estercolero repleto de suciedad. La familia se reúne a comer y cenar en el comedor. El ambiente allí es muy diferente al de antes de la metamorfosis. No hay risas sino lloros. Gregorio escucha las conversaciones y va deprimiéndose al comprobar los estragos que su transformación va causando en la familia.

     La metamorfosis se ha convertido, durante su siglo de vida, en uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura. Escrita en apenas tres semanas, entre noviembre y diciembre de 1912, se publicó en 1915, ya iniciada la Gran Guerra. Dicha publicación motivó dos polémicas previas con su editor: en primer lugar, este quería acortar su extensión para darle más carácter de relato que de novela, algo a lo que Kafka se opuso tajantemente; en segundo lugar, pese a que ambos estuvieron de acuerdo en que el texto presentara ilustraciones, disintieron en su tipo: la idea del editor era que apareciera el monstruo, a lo que también se opuso el autor. Finalmente, Kafka se salió con la suya en ambos aspectos.

     Y existe una polémica más que sigue hasta nuestros días. Y es la del título de la obra. Die verwandlung fue su título original en alemán. Su traducción literal sería La transformación. No obstante, su primer traductor al castellano debió quedarse con la misma sensación que yo tras la primera lectura - estaba, sin más, ante una obra de carácter fantástica -, lo cual le impulsó a traducirla como La metamorfosis, que es el nombre que recibe el proceso mediante el cual los seres humanos se convierten en animales, plantas o animales y que, en alemán, tiene su propio vocablo: metamorphose. Algo que se le pasó por alto al traductor y que para Jorge Luis Borges es un disparate

     Polémicas aparte, conviene revisar este clásico. Y más al cumplirse un siglo desde su publicación. Kafka, que murió a los 41 años en un sanatorio, lo merece por su vida. Una vida dedicada por entero a las letras.         

     

viernes, 7 de junio de 2013

La familia Moskat. Isaac Bashevis Singer. 1950. Reseña





     Isaac Bashevis Singer fue un escritor polaco de origen judío que emigró a Estados Unidos en 1935, cuando comenzó a insinuarse el interés de Hitler en el corredor polaco. Hijo y nieto de rabinos vivió en el barrio judío de Varsovia, donde se hablaba yiddish (idioma con el que él mismo escribió todas sus obras) y pudo observar el creciente antisemitismo en forma de pogroms (destrucción y expolio de sus propiedades por parte de la población polaca). En 1978 se le concedió el Premio Nobel de Literatura.
 
     La aquí reseñada "La familia Moskat" está considerada su mejor novela. Constituye, sin duda, una enorme crónica de la vida de los judíos de la capital polaca durante el primer tercio del siglo XX. Un homenaje a una sociedad y una cultura que serían arrasadas por la barbarie (no sólo) nazi. Singer describe en ella la complejidad de una cultura donde se podían encontrar filósofos, negociantes, sionistas acérrimos, rabinos tradicionalistas, modernos librepensadores, etc. El contraste entre la tradición y la modernidad será una de las características más llamativas de la trama a lo largo del libro.
 
     Multitud de historias, escenas y personajes se entrelazan a base de capítulos y apartados cortos en los que la narrativa constante y rítmica y los diálogos fluidos y vivos mantienen el interés en todo momento, describiendo con soltura el bullicio de las calles, todo tipo de celebraciones judías e incluso los distintos tipos de vestuarios y platos típicos de la sociedad judía de la época tratada. Una sociedad en la que tuvieron que convivir personajes bien variopintos.
 
     Alrededor de la familia Moskat, capitaneada por Meshulam Moskat, un hombre muy hábil en las finanzas que edificó, invirtió y especuló en bolsa hasta llegar a poseer una gran multitud de edificios de los alquileres de los cuales vivían sus hijos y nietos, iremos conociendo todo tipo de personajes. Desde el depresivo existencialista Asa Heshel hasta el disoluto y vividor tío Abram Shapiro, pasando por el oportunista administrador y consejero de los Moskat, Koppel Berman, la dulce enferma Hadassah, la carente de autoestima Adele o el resto de familiares sanguíneos o políticos.
 
     El único aspecto que lastra un poco la acción de la novela es la gran cantidad de personajes que en ella aparecen. En ocasiones uno ha de detenerse y pensar sobre ellos para poder seguir la trama de forma adecuada. Sin embargo, finalmente, el lector no se pierde entre sus páginas debido a que Singer se centra en sólo algunos de ellos, dejando al resto como secundarios que aparecen en momentos más puntuales.
 
     Desarrolada durante treinta años la novela plasma a la perfección los profundos cambios acontecidos en la sociedad judía del primer tercio del siglo pasado: la huida de muchos de ellos a Estados Unidos (el propio escritor entre ellos), los fanáticos tradicionalistas que siguen opinando que el Mesías llegará para ayudarles a salvar todas sus dificultades, y los más modernos, los sionistas, quienes, esperando al Mesías, deciden forzar una solución para su pueblo en forma de emigración a Palestina, su tierra prometida.
 
     Todos estos constrastes dan un gran colorido al barrio judío de Varsovia de hace un siglo. Entre las mujeres encontramos a las que se peinan con trenzas enroscadas hasta que se casan y se rapan el pelo para ponerse las famosas pelucas de matrona, pero también a las que lucen por siempre sus cabellos originales y las costumbres tradicionales se las traen al pairo. Y entre los hombres, tres cuartos de lo mismo: podemos ver a los clásicos judíos de ropajes negros y largas barbas y también a otros afeitados y, por tanto, desafiantes.
 
     "La familia Moskat" no es una novela alegre. Básicamente por tres motivos: el personaje principal, Asa Heshel, verá cómo se quedan por el camino todas sus ansias vitales para dejar paso a una especie de nihilismo en el que sólo el placer y el presente cuentan en un mundo egoísta; la tradicionalista sociedad judía y la propia familia Moskat se irán desintegrando y enfrentando, sobre todo al morir su alma mater, Rob Meshulam; y la idea de pareja parece también ir desapareciendo ya que no hay ni un solo matrimonio feliz en toda novela: al contrario, los divorcios están a la orden del día, al igual que las infidelidades.
 
     La más conocida obra del más popular escritor judío ha de servirnos para reflexionar sobre la historia, sobre la humanidad y sobre el Holocausto. Sólo así será posible evitar sucesos como los que acaecieron justo en el momento en que se pone el punto y final a esta formidable novela. Muy recomendable, sin duda.
 
          

martes, 11 de diciembre de 2012

El niño que miraba el mar. Aute. 2012. Análisis


     El propio genio filipino se pregunta en una de las canciones de su nuevo disco qué poder tienen las musas en la composición de una obra artística. Eso mismo nos lo hemos preguntado todos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Yo sí, vamos. Pues bien, en este caso concreto, todo comenzó en el malecón de Manila en 1945. En plena guerra del Pacífico el general McArthur ordenó bombardear la capital filipina, por aquel entonces bajo poder japonés. La ciudad quedó arrasada, incluida la casa familiar de Luis Eduardo Aute. Una de las primeras veces que salieron del hospital en el que su familia y él se escondieron pensando que no sería bombardeado - se equivocaron, claro, ya que los rivales eran los EE.UU. - su padre le hizo una foto, hoy convertida en portada de un disco - mirando hacia el mar.
 
     El caso es que 65 años después de aquello el niño, ya crecidito, fue fotografiado en el malecón de La Habana por su hija Laura. "Entre las dos imágenes, la que tomó mi hija en La Habana y la que me hizo mi padre en Manila, vi claramente que había una historia", señala el propio músico, poeta, pintor, dibujante, etc. Parecía un círculo cerrado perfectamente por la vida. Del pensamiento sobre ello nacieron un cuento ilustrado publicado por Demipage, una película de animación (titulada "El niño y el basilisco") y el presente disco.
 
     El CD, de 12 canciones, se acompaña de un DVD que es la película de animación, de 20 minutos de duración, realizada por el propio Luis Eduardo, dibujada a lápiz fotograma a fotograma, a la manera antigua, continuando la senda que trazó en 2001 con la impactante "Un perro llamado dolor". En cuanto al CD, sus temas, tranquilos y evocadores, tratan sobre la condición humana y retratan la actualidad desde el escepticismo, aunque abriendo algunas ventanas a la esperanza y la ilusión individual. La instrumentación de las piezas es sencilla, delicada y elegante. ¿Para qué más si las palabras que fluyen de la sola y cálida voz de su creador e intérprete son capaces de conmover al ser simplemente escuchadas?
 
     El disco se abre con el tema que da título al trabajo: "El niño que miraba el mar". Una canción que, sobre el sonido de las olas del mar que se escuchan de fondo, enlaza pasado y futuro desde la óptica de los dos Autes (el niño y el maduro). Un tema que habla de "guerras de dragones", de destrucción y de un pensamiento: ¿estaría contento ese niño de lo que ha conseguido en su vida? Le sigue "Un ser humano", pieza que retrata, a través de una comparación entre el teatro y la vida, la condición humana, la ambición y la incertidumbre respecto al tema de la muerte ("Un ser humano...en su única función"). ¿No os recuerdan los versos "matamos por hacer un gran papel: jamás un figurón de tres al cuarto porque hay que ser cabeza de cartel" a la famosa frase de Hobbes sobre los hombres y los lobos?
 
     "Cera perdida" irrumpe con una agresividad musical que la diferencia de la suavidad de los anteriores cortes. Se trata de una canción-crónica de las miserias humanas ("Pero seguimos ciegos queriendo ser moldes de yeso y muertos que imitan la vida, apenas un gélido beso a un resto de cera perdida"). "Las musas" gira en torno a la inspiración y su carácter de incomprensión ("Puedo decir, después de todo lo sufrido agasajando a musas con el corazón, que aún no sé qué impulsa ese primer latido que me demanda darles sangre de canción") y viene precedida de una cita de Leonard Cohen que dice así: "La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista".
 
     "Feo mundo inmundo" es una ácida crítica hacia cómo está montado el mundo en que vivimos ("Sino porque ya se ha hecho con todo el poder esa casta que idolatra al dios de la horterada, que en su duda ante el dilema de ‘ser o no ser’ sueña con ser el caudillo de la Gran Bancada"). Aute inventa, en este tema, una palabra que me parece maravillosa y que define claramente nuestro mundo: cleptocorporatocracia, es decir, ese clan de dictadores que en lugar de gobernarnos se aprovechan de noxotros para gobernarse a sí mismos y a sus familiares y amigos. "Qué necesidad" es un tema que va dirigido directamente a Dios, a quien se le reprocha la existencia de la estupidez humana ("Todo lo entiendo, Dios mío, todo lo entiendo menos el desastre de crear el lastre de la necedad"). Y todo ello, ¡a ritmo de vals!
 
     "Señales de vida" supone una de esas ventanas abiertas a la esperanza individual reseñadas con anterioridad. El amor fluye en este tema, sobre todo en su estribillo: "Te puedo decir, mi amor cenicida, que gracias a ti empiezo a sentir, muy dentro de mí, señales de vida". Es un tema que recuerda a varias de sus canciones clásicas, como, por ejemplo, "A día de hoy". "No hay manera" refleja la actitud vital del cantante ante la vida. Lucha contra el desengaño y la puta indignidad, aunque al final reconoce que no se puede ganar a la "mierda".  
 
     "Latido a latido" es un grito de auxilio ante el naufragio de la humanidad ("Amiga mía, yo te pido, en esta quema a la deriva tu corazón más encendido para que el soplo nos reviva latido a latido"). "El basilisco" es una metáfora de la actualidad contada desde aquella Manila de los años cuarenta. Trata de alejar del aprisco (paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo del frío o la intemperie) al basilisco (criatura mitológica mezcla de ave y reptil que mataba con la sola mirada). 
 
     "Un verso suelto" parece ser una autocrítica sobre su forma de actuar en la sociedad. Como un auto-reproche por no hacer más por la sociedad en que vive ("No puse en duda el respeto al contrario aún a sabiendas de que el veredicto sobre el Poder y la Calle en conflicto lo dicta siempre el ladrón del erario" o "Y así compongo este poema correcto y comedido, quizás algo rendido al cánon del esquema..., por ello pido no ser absuelto por no haber sido un verso suelto"). "La ley de Galilei" cierra el disco desde la melancolía que lo había abierto ("Bajo la luna se amaron un murciélago y una luciérnaga… pero su ciega, encendida pasión, no superó las luces del amanecer. Murió su amor fulminado por el poco dantesco canto de un gallo rotatorio de Galileo Galilei"). La música es maravillosa, encadenando el sonido de un acordeón con el canto del gallo y ese precioso final a modo de antigua caja de música que va descendiendo hasta finalizar de forma inaudible poniendo fin a un grandísimo trabajo.
 
 
     En definitiva, estamos ante otro mayúsculo disco de este genio filipino afincado en Madrid. Quien lo quiera disfrutar, como siempre, gozará. Y quien acuda a alguno de sus conciertos, en cuyos prolegómenos se pasa la película "El niño y el basilisco", podrá comprobar que Aute tuvo, retuvo y retendrá...