LIBROS

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miércoles, 19 de febrero de 2020

Parásitos. Bong Joon-ho. 2019. Crítica





     Tan cerca, y tan lejos. Así es la vida. Dos mundos aparentemente a años luz de distancia pueden estar en realidad tan cercanos entre sí que a menudo llegan a tocarse con la punta de los dedos. En este mundo encontramos de todo. También ricos y pobres. Unos ricos y unos pobres que no en pocas ocasiones viven mucho más próximos de lo que nos pueda parecer en un principio. Eso es lo que sucede en la oscarizada Parásitos --mejor guión original (Bong Joon-ho), mejor director (Bong Joon-ho), mejor película de habla no inglesa y mejor película del 2019--. Dos familias, dos modos de vida y un mismo escenario para mostrarnos la crudeza de la vida en todo su esplendor (u oscuridad, según escenas y situaciones). Una película diferente, original y divertida.

     En la cinta surcoreana, estrenada en Cannes en mayo del pasado año, encontramos por igual drama, suspense y humor negro. En efecto, hay momentos para todo en la vida. Una vida cuyo devenir puede cambiar de un segundo para el otro. Y es que cuando dos mundos están separados tan solo por un par de largas escalinatas que nos transportan en un santiamén de uno al otro no es difícil pensar que puedan llegar a conectar a la menor ocasión. Sobre todo cuando la picaresca interviene. Ríanse de la picaresca española, por cierto. Porque, por lo visto, la surcoreana gana por goleada. No en vano, aunque casi siempre existe una salida para todos los problemas, las personas tendemos a veces a no elegir precisamente la más honrada. 

     La familia Kim es extremadamente pobre. El matrimonio y sus hijos, Ki-woo y Ki-jeong, sobreviven como buenamente pueden a base de trabajos rutinarios y aburridos con sueldos vergonzosos. Habitan un semi sótano en compañía de chinches y demás roedores fuera de los límites de la higiene y de la salud física y mental. No obstante, un golpe de suerte los pone en la órbita de la familia Park, que vive en una lujosa casa de la parte alta de la ciudad. Tan diferentes, y tan parecidas. Pese a sus distintas formas de vida, ambas familias comparten algunos aspectos internos que las acercan. ¿Cómo consiguen los pobretones Kim introducirse en la vida de los ricachones Park? Utilizando todo su ingenio y sus escasos valores morales. Es decir, merced a la picaresca.  

     A través de los ciento treinta minutos de metraje descubrimos que los ricos son confiados, que los pobres huelen mal, que a veces nada es lo que parece, que todo vale con tal de escapar de la justicia, que la comedia y el drama también beben --como los ricos y los pobres-- de las mismas copas y que a veces el mejor plan es no tener un plan, pues los planes siempre acaban fallando. También que todas las familias, sean cuales sean sus condiciones, tienen problemas por resolver, y que estos problemas pueden unir o separar a sus miembros para siempre. Así, mientras los Kim, a pesar de su pobreza --o quizá gracias a ella-- permanecen unidos en todo momento, los Park no consiguen la sintonía adecuada ni siquiera contando con la tranquilidad de un dinero que, cierto es, no siempre da felicidad.

     Los olorosos Kim se convierten muy pronto en seres imprescindibles para el feliz desarrollo de la vida cotidiana de los confiados Park. Y una trama a priori cercana a la comedia va transformándose en otra más negra, oscura, casi de lucha de clases, hasta desembocar en un auténtico drama. Todo ello, gracias a un magnífico guión --¡siempre la clave de toda buena película es el guión!-- que sabe combinar en cada momento los elementos adecuados para conseguir su objetivo inicial. Porque el film te engancha pronto, te atrapa y te acaba zarandeando en unos minutos finales de gran tensión y angustia que demuestran que, en efecto, los planes siempre acaban fallando. En ocasiones, incluso de forma altamente estrepitosa.

     ¿Que si recomiendo ver Parásitos? Por supuesto que sí. Es una gran película que, a la vez, te hace sonreír y estremecer. Es original y su verosimilitud viaja siempre muy próxima a lo inverosímil. Pese a ser una obra de ficción, parte de supuestos sociales que son tan reales como motivo de vergüenza para cualquier sociedad que pretenda ser justa. Y es que basta una reflexión algo más sosegada para darse cuenta de que los parásitos de la trama no son solo los Kim, sino que también los Park lo son, pues se aprovechan de la pobreza de los sirvientes para obligarlos a hacerles todo tipo de tareas que ellos podrían hacerse por sí solos perfectamente pese a su indudable riqueza. Parásitos parasitados los Kim, vaya.       

     A tenor de todo lo anterior: ¿merece Parásitos el Óscar a la mejor película del año? Puede que sí, aunque no me atrevería a asegurarlo al cien por cien. Sin duda, en el mundo de Hollywood influye mucho la política. Parte de la trama de la película se desarrolla en una especie de búnker construido en la parte baja de la mansión de los Park. Un refugio en el que guarecerse en caso de un eventual ataque norcoreano. El miedo, pues, forma parte de la trama del guión del film. El eterno enfrentamiento entre las dos Coreas queda patente en varias de sus escenas. Me atrevo, esta vez sí, a asegurar que si el director y la película fueran norcoreanos en lugar de surcoreanos no habría existido ninguna nominación a los Óscars. Seguramente, tampoco a los BAFTA ni a otros galardones similares.

     Pero, ojo, el párrafo anterior no debe ser utilizado bajo ningún concepto para restar un ápice de valor a Parásitos. Simplemente hace referencia a aquello de que toda ayuda siempre es bienvenida. Si no la has visto todavía, sigue mi consejo y ves al cine. Aunque solo sea por curiosidad. A buen seguro valdrá la pena...             


     

viernes, 31 de enero de 2020

1917. Sam Mendes. 2019. Crítica





     Una buena historia contada por alguien que la sabe contar de verdad puede dar origen a un buen libro o a una buena película. Es el caso de 1917, la nueva película del director británico Sam Mendes --American beauty, Camino a la perdición y las dos últimas entregas de James Bond--, basada a su vez en un conjunto de anécdotas narradas por su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien sirvió en el ejército británico en la Gran Guerra. Esas anécdotas sirvieron a Mendes para escribir el guión de esta cinta junto a Krysty Wilson-Cairns, guionista especializada en ciencia ficción y terror. Roger Deakins, director de fotografía de films como Blade runner 2049, Fargo o Una mente maravillosa, pone la magia en una película realmente espectacular.

     Acostumbrados a ver cómo se estrenan cada año varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial resulta esperanzador observar de vez en cuando que se resucita a esa pequeña gran olvidada que es la Gran Guerra. Films inolvidables como Senderos de gloria (1957) --de Stanley Kubrick, protagonizada por Kirk Douglas--, El sargento York (1941) --con Gary Cooper--, Lawrence de Arabia (1962) --de David Lean, con la participación de Peter O´Toole y Omar Sharif--, Johnny cogió su fusil (1971) --de Dalton Trumbo-- o Gallipolli (1981) --con Mel Gibson-- ya nos introdujeron en el cruel mundo de esta primera conflagración mundial. En la actualidad, 1917 va un paso más allá y nos la hace vivir literalmente desde dentro.

     Sin duda, el gran artífice de sumergirnos de lleno en el paisaje y la acción del film es su director de fotografía, Roger Deakins, mediante la utilización del plano secuencia continuo. Esa técnica, que se convierte en diferentes pasajes de la película en verdadera magia, pura magia, hace que los espectadores acompañemos, en directo, a su lado, a los protagonistas de la historia a través de intrincadas trincheras, pueblos abandonados, ríos furiosos, bosques peligrosos y paisajes tan espectaculares como apocalípticos. Y es que los espectadores estamos en la guerra, junto a los soldados que han de cumplir una misión tan peligrosa como épica: entregar en mano una orden que debe salvar a mil seis cientos soldados de una muerte segura. Incluido el hermano de uno de ellos.

     Como los propios soldados, inocentes pero a la vez aterrados, asistimos a la guerra como paisaje desolado. Observamos, en primera persona, la destrucción en su máxima expresión. Si ya la imagen de Kirk Douglas nos impresionó en su recorrido por las trincheras de Senderos de gloria1917 nos golpea más y más si cabe. Y uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué se sentiría en tal situación si la película se hubiera grabado en tecnología 3D? Resulta complicado responder a esta interrogación. Aún así, estremece y acongoja, a la vez que maravilla, asistir al espectáculo, casi teatral, que supone ver este film. Porque si el cine es el séptimo arte, 1917 es la máxima expresión de ese arte. Una maravillosa obra de arte que todo el mundo debe ver en el cine.

     Es un lujo acompañar en su misión, una auténtica carrera contrarreloj en la que el movimiento es clave, pues si se detienen la misión quedará incumplida y se perderán las vidas de mil seis cientos hombres, a Schofield (George MacKay) --Resistencia, Orgullo, Captain Fantastic o El secreto de Marrowbone-- y Blake (Dean-Charles Chapman) --Juego de tronos, El pasajero, Blinded by the light o The king--. Atravesar el territorio enemigo nos pone a todos en peligro --sí, también a los espectadores, presos de la angustia y con el corazón a flor de piel en todo momento--, un peligro que debemos correr para defender valores tan importantes como el de la amistad, el del valor y el de la familia. Porque salvar al hermano de Blake y al resto de soldados es un objetivo ineludible.

     1917 es también un film antibelicista. Son varias las escenas en las que los protagonistas pueden matar fácilmente a soldados enemigos y no lo hacen. A no ser que su propia supervivencia esté en juego. A veces es matar o morir. En una escena incluso ponen sus vidas en juego por ayudar a un aviador alemán estrellado. Nada tan antibélico como eso. Para Schofield, el gran protagonista de la cinta, una medalla no tiene ningún valor. De hecho, él ha cambiado la suya por una botella de vino. En la guerra se viven pocos placeres. Y cuando se tiene ocasión de hacerlo, no hay que dudarlo un instante. Para el espectador resulta de igual manera: una película de guerra ofrece pocos respiros, así que debemos apreciar todo el arte desplegado por los encargados de traernos esta maravillosa cinta.

     La próxima semana se celebra la ceremonia de entrega de los Óscars 2020. Y 1917 es una de las grandes favoritas. Cuenta con diez nominaciones, ni más ni menos. Ya ganó los Globos de Oro a la mejor película y mejor dirección. Además, es candidata también como mejor fotografía, mejor guión original, mejor banda sonora original --para Thomas Newman, que ya trabajó con Mendes en las dos últimas entregas de James Bond, Camino a la perdición y American beauty--, mejor sonido, mejor edición de sonido, mejores efectos visuales, mejor maquillaje y peluquería y mejor diseño de producción. Como vemos, opta sobre todo a los premios que tienen que ver con cuestiones técnicas. Ningún actor ha sido nominado como candidato por su interpretación. Lo cual puede parecer injusto.

     En el caso de George MacKay, por ejemplo, participó en todas y cada una de las escenas. Incluidas las de riesgo. Al margen de contribuir a una mejor producción de la cinta, se involucró al cien por cien con la misión de su personaje. El tipo de rodaje, comentó en una entrevista, no dejaba mucho lugar a cambios. No hay muchas más opciones cuando una cámara no deja de seguirte. Así, el protagonista aceptó nadar en un río frío y con demasiadas corrientes y ser sepultado por completo por escombros resultantes de una explosión. No en vano, Ben Cooke, coordinador de las escenas de acción, reconoció que la involucración del actor y las horas y horas de ensayos para las escenas arriesgadas son la magia real de la película. O parte de ella, añadiría Deakins, supongo.

     Reciba más o menos premios en los Óscars, 1917 es la mejor película del año. Para mí, por lo menos. Un guión sencillo que nos habla de un acto heroico, absolutamente épico; valores como la amistad, la familia o el valor; una cámara que acompaña a los protagonistas en tiempo real, a cada paso que dan; una maravillosa fotografía, que es pura magia y nos acerca a las escenas hasta el punto de meternos de lleno en ellas; un sonido asombroso y ajustado a lo estrictamente necesario, sin más estridencias de las que al acción aconseja. Todos ellos, ingredientes para calificar este film como original y único en su género. Una delicia para la vista y los demás sentidos. Cine en estado puro (y duro).                     

        

lunes, 27 de enero de 2020

Querido Kobe: gracias por tanto





     Eran las 20:52 de la tarde de un domingo cualquiera. Estaba contento porque mi Estudiantes acababa de ganar el Unicaja de Málaga y dejaba de ser el colista de la ACB, situándose un poco más cerca de la salvación. Sentado en el sofá, observo que mi móvil emite un sonido característico. Un whatsapp. Lo abro tranquilo. Mi sobrino Kike. Supongo que querrá burlarse de mí porque mi Atleti no le gana ni al colista de la liga, que ha jugado los últimos minutos del partido sin portero. El mensaje me remueve: Accidente del helicóptero de Kobe Bryant. Ha muerto al 99%, porque no se sabe nada de él. Me levanto del sofá como un resorte. Mientras camino hacia al ordenador me aferro a ese 1% restante. No puede ser, me digo. Tecleo su nombre en el buscador y abro la primera noticia que aparece. Es cierto. Y está confirmado. Kobe ha muerto. Me paralizo.

     Paso varias horas leyendo detalles del accidente, intercambiando mensajes con familiares, amigos y conocidos y buscando reacciones en las redes sociales. Todo el mundo tiene algo que decir sobre lo ocurrido. No acabo de asimilarlo. Me niego a pensar que sea real. Quiero creer que al final alguien dará la noticia de que él no iba en su helicóptero. O de que no era el suyo. Pero lo es. La incredulidad va dejando paso a la rabia y la impotencia. Busco vídeos con sus mejores jugadas. Veo el cortometraje dedicado al baloncesto con el que ganó el Óscar hace tan solo un par de años, apenas retirado del baloncesto profesional. Me entero, además, de que su segunda hija, de solo trece años, ha fallecido junto a él. Iban a un partido de base de la pequeña cuando el helicóptero se estrelló. Otra hija, de solo siete meses, jamás conocerá a su padre. La vida no es justa, me repito una y otra vez.

     Me acuesto tarde, pasada la una de la mañana. Casi no duermo. Apenas cierro los ojos recuerdo su rostro, siempre sonriente. Veo en mi mente imágenes suyas, jugadas suyas, canastas suyas. Él, que tantas noches mágicas me ha regalado en los últimos años, me ha dado hoy una horrible. Me levanto peor que si me hubiera atropellado un camión de gran tonelaje. Por fin comienzo a asimilar que se ha ido. Tengo que escribir sobre él. Han pasado varias horas. Debería haberlo hecho anoche mismo. Pero no se puede escribir sobre algo que uno no asimila. Porque es como si no existiera. No sé los demás, pero yo soy incapaz de escribir sobre algo que no existe. O que creo que no existe. Comienzo a pensar qué puedo decir sobre él. Es el momento. Me siento ante el ordenador, abro Blogger y me pongo a ello.

     El baloncesto fue desde siempre pieza clave en la vida de Kobe y su familia. Era hijo de Joe Bryant, jugador de la NBA --76ers, Clippers y Rockets-- entre los años 1975 y 1982. En 1984, finalizado su periplo por la liga estadounidense, dio el salto a Europa. Se llevó a su familia a Italia, donde jugó en varios equipos entre 1984 y 1991, momento en que se retiró del baloncesto profesional. Kobe pasó en Italia, pues, siete años de su infancia. Tenía trece años cuando regresó a unos EE.UU. que apenas reconocía ya. El baloncesto no le venía solo por parte paterna. Su madre, Pam Cox, es hermana del también ex jugador de la NBA Chubby Cox --Bulls y Bullets--. Su hija Gianna María, fallecida ayer junto a Kobe, también jugaba al baloncesto. Tres generaciones de baloncestistas, ni más ni menos. Toda una saga familiar.

     Bryant jugó en la NBA durante veinte años (1996-2016), todos ellos en Los Ángeles Lakers, con los que ganó cinco anillos de campeón (2000, 2001 y 2002 con Shaquille O´Neal como acompañante, y 2009 y 2010 junto a nuestro gran Pau Gasol). La franquicia de oro y púrpura le vio jugar con las camisetas número 8 y 24, ambas retiradas en 2017, un año después de su adiós a las canchas. Algo que nadie más puede decir. Ni siquiera Jordan (jugó con el 23 y el 45), en cuyo espejo siempre se miró Kobe. Además, la Mamba Negra, como se le conocía en el mundo baloncestístico, fue MVP en las finales de 2009 y 2010, MVP de la temporada regular en 2008 y máximo anotador de la liga en 2007 y 2008. Es el cuarto mejor anotador de la historia de la NBA y fue designado en el quinteto ideal de la liga en 11 ocasiones. Jugó 18 veces el All Star Game, siendo 4 veces el MVP del partido.

     En el plano internacional, el baloncesto FIBA le vio proclamarse campeón olímpico con la selección estadounidense en los Juegos de 2008 y 2012, en ambas ocasiones venciendo a España en la final. La relación de Kobe con España le viene de esos siete años pasados en Italia junto a su familia. No solo se aclimató a la perfección a la vida cotidiana europea, sino que aprendió el italiano y el español. En aquella época jugaba al fútbol y, según declaró en varias ocasiones, de no haber regresado a EE. UU. se habría dedicado al balompié. Sus equipos preferidos desde siempre fueron el Milán y el Barcelona. También declaró que en caso de abandonar la NBA el equipo al que le habría gustado ir era precisamente el Barcelona. Su gran amistad con Pau Gasol no hizo más que acentuar sus sentimientos anteriores.

     Recién retirado de las canchas escribió, protagonizó y narró el cortometraje de animación Dear basketball. Un corto que, dirigido por Glen Keane y musicado por John Williams, le reportó un Óscar como mejor corto de animación en 2018. La pieza narra la carta de despedida que le dedicó a su amado baloncesto en noviembre de 2015, cuando anunció su decisión de poner fin a su exitosa carrera deportiva. Se proyectó en el Staples Center, cancha de juego de los Lakers, el día 6 de abril de 2017, cuando fueron retiradas y colgadas sus camisetas de juego en el techo del pabellón angelino. Ese mismo día se anunció que había sido preseleccionado para los Óscar. Sin duda, y más allá de los premios recibidos, Dear basketball supuso un broche de oro perfecto para despedir a una leyenda de tales dimensiones. Huelga decir que visionarlo y escucharlo hoy emociona mucho más si cabe.

     Querido baloncesto,

Desde el momento en que comencé a enrollar los calcetines de tubo de mi padre y a lanzar tiros ganadores imaginarios en el Gran Western Forum supe que una cosa era cierta:

Me enamoré de ti.

Un amor tan profundo que me di por entero: desde mi mente y mi cuerpo hasta mi espíritu y mi alma. Como un niño de seis años profundamente enamorado de ti, nunca vi el final del túnel. Solo me vi a mí mismo fuera de mí.

Y entonces corrí. Corrí arriba y abajo en cada cancha detrás de cada pelota perdida. Me pediste mi empeño y te di mi corazón porque vendría mucho más.

Jugué con sudor y dolor no porque el desafío me llamara sino porque tú me llamaste. Hice todo por ti porque eso es lo que haces cuando alguien te hace sentir tan vivo como tú me has hecho sentir.

Le diste a un niño de seis años su sueño Laker y siempre te amaré por ello. Pero no puedo amarte obsesivamente por mucho más tiempo. Esta temporada es todo lo que me queda por dar. Mi corazón puede soportar los golpes. Mi mente puede manejar la rutina. Pero mi cuerpo sabe que es hora de decir adiós.

Y eso está bien. Estoy listo para dejarte ir. Quiero que sepas ahora que podemos saborear cada momento que pasemos juntos. Lo bueno y lo malo. Ambos nos hemos dado todo lo que tenemos.

Y ambos sabemos que no importa lo que haga después, que siempre seré ese niño con los calcetines enrollados, la basura en la esquina, 5 segundos en el reloj. Balón en mis manos. 5 ... 4 ... 3 ... 2 ... 1.

Te amo siempre.

Kobe.     


         

     Descansa en paz, Kobe. Los vídeos de tus partidos y tus mejores jugadas nos acompañarán siempre. Que sepas que estoy enfadado contigo por irte tan pronto y de esa manera. Pero te lo perdono. Querido Kobe: gracias por tanto...

      
          

jueves, 23 de enero de 2020

A quien corresponda: "Gloria" o el comienzo del fin





     Han pasado cuarenta y ocho horas desde que dejó Gandia Gloria, el terrible temporal que ha asolado ciudades y playas a lo largo de medio país. Aunque todos hemos visto gran cantidad de fotografías y vídeos de lo que iba ocurriendo durante las tres jornadas que duró el fenómeno conviene darse una vuelta por los lugares más afectados para terminar de asimilar lo acaecido. También, sobre todo, para reflexionar sobre sus causas y sus consecuencias. Me ceñiré en el presente escrito a Gandía y su comarca, aunque me temo que aquellos lectores que lo lean desde otras zonas del país se podrán sentir muy identificados con mis sensaciones y mis expresiones. 

     Durante estas tres jornadas hemos visto los cauces de los ríos desbordados, multitud de inundaciones, varias casas que se han venido abajo, las olas del mar visitando nuestras plazas y calles y destruyendo nuestras playas, cocheras anegadas, bajos arrasados, gente aislada en sus casas y edificios durante horas o incluso días --sin poder salir, y sin luz ni agua--, carreteras invadidas por las aguas, personas muertas en horribles circunstancias, la policía y los bomberos desbordados ante una cantidad ingente de urgencias, y caos e impotencia. Mucho caos y mucha impotencia. Y una sensación definitiva de que la naturaleza siempre será mucho más fuerte que nosotros. 

     La imagen que nos sirve de cabecera nos transporta a un paisaje apocalíptico. Sin embargo, no siempre una imagen vale más que mil palabras. Lo peor, con todo, no es el daño que pueda habernos dejado este fenómeno, sino que los científicos aseguran que es tan solo el comienzo de lo que va a venir en el futuro. Un futuro que, visto lo visto, ya está aquí. Y es que esta clase de temporales va a ser cada vez más habitual, y más virulenta. Y con consecuencias mucho peores, por supuesto. Ante ello, cabe reflexionar con hondura para tratar de buscar una solución a tan gran problema. Un problema que amenaza nuestra propia existencia como especie en este planeta. 

     A tenor de los últimos hechos --y no me refiero únicamente a este último temporal--, negar el cambio climático es una gran irresponsabilidad. Sobre todo si quien lo niega es un político, pues son ellos, los políticos, quienes más pueden hacer para proteger el planeta en que vivimos. Pero no solo ellos. Porque el cambio de modelo de vida necesario para ello ha de comenzar con cada uno de nosotros. Tú, que me lees; y yo, quien te escribe. Porque Gloria no es más que el comienzo del fin de un modelo de vida que ya se ha demostrado que nos conduce directamente a la auto destrucción. ¿Qué hacer, pues? Más allá del conjunto de pequeñas-grandes acciones que todos nosotros podemos realizar en nuestro día a día hay un par de preguntas básicas que deben hacerse los políticos. A saber:

     La primera: ¿deben gastarse millones y millones de euros en rehacer todo lo que la naturaleza vaya deshaciendo cada vez con mayor asiduidad y virulencia? Y la segunda: ¿en qué momento habrá que poner fin a un modelo de vida obsoleto por insuficiente e inútil? Evidentemente, la respuesta a la primera cuestión es un NO. Porque, de seguir así, la economía municipal --me refiero a la gandiense, obviamente-- se convertirá en un pozo negro sin fondo. Reconstruir lo destruido por los temporales será cada vez más caro debido tanto a su cada vez menor tiempo entre uno y otro temporal como a los mayores daños ocasionados por su ascendente incidencia. La respuesta a la segunda cuestión debería ser igual de sencilla que la primera, pues. Es decir, YA es el momento de actuar. 

     Las dos cuestiones anteriores nos refieren, por tanto, a una irremediable tercera. ¿Cómo actuar, entonces? Los científicos afirman que es imposible seguir viviendo de la misma manera sin que ello cause pérdidas, tanto humanas como económicas, que pronto comenzarán a estar fuera de nuestras posibilidades materiales. Urge, por tanto, cambiar nuestra forma de vida. Y ello conlleva que el turismo debe dejar de ser la primera prioridad. Nuestros paseos marítimos pronto dejarán de existir tal y como los hemos conocido hasta ahora. Lo mismo ocurrirá con nuestras playas. Y debemos asumirlo cuanto antes y comenzar a explorar otras posibilidades. No resulta conveniente continuar dándonos de bruces contra la realidad cada dos por tres.

     Siguiendo con el caso de Gandia, y siempre teniendo en cuenta los consejos dados por los científicos, nuestra protección y seguridad futuras --ya presentes, por lo visto estos días-- pasan por estas dos decisiones urgentes: la construcción de escolleras para evitar que las olas del mar continúen visitando nuestras casas e infraestructuras costeras --lo que conllevaría, como parte negativa, la pérdida de las playas tal y como las venimos conociendo-- y preservar y reconstruir las dunas como elementos de defensa natural contra la erosión marina --a la vista está que las zonas de dunas de la playa de l´Ahuir en Gandia y de Oliva han resistido mucho mejor el temporal que las restantes--. Por ahí han de venir, pues, las soluciones a este problema. 

     Las grandes cuestiones, llegados a este punto, son las siguientes: ¿tomarán verdadera conciencia del problema y sus posibles soluciones nuestros políticos? ¿Se dejarán asesorar algún día por los científicos? ¿Hasta cuándo seguirán pesando más los factores económicos que los medioambientales? ¿Llegaremos a tiempo en la lucha por preservar nuestra presencia en este planeta? El gobierno español ha decretado esta misma semana la primera emergencia climática. Pero esto no arregla nada por sí mismo. Hace falta una verdadera ambición política. Y mucha valentía. De momento, hoy mismo, mientras nuestros gobernantes venden en Fitur nuestra playa como gran destino turístico a nivel internacional, tan solo cuatro operarios limpiaban nuestros más de tres kilómetros de playa. 

     Y servidor se plantea una pregunta: ¿que pasará cuando un temporal como este --o peor todavía-- tenga lugar en pleno mes de agosto, con más de trescientas mil personas en nuestra playa? El martes, cuando dejó de llover, los supermercados estaban repletos de gente que compraba para rellenar despensas y neveras. ¿Os imagináis que sucede algo así en plena temporada? El caos más absoluto, sin duda. A quien corresponda...


                                

     

viernes, 27 de diciembre de 2019

Mis diez mejores lecturas de 2019



     Finalizado un nuevo año, Jungleland despide sus publicaciones con su ya clásica lista de libros preferidos de entre todos los leídos durante los últimos doce meses. En esta ocasión, se incluyen hasta siete novedades editoriales (2017-19) y tres clásicos de la literatura universal. Como siempre, os deseo un feliz año nuevo a todos. Nos leemos, Dios mediante, en 2020. 




10. Más allá de mis canciones. Andrés Suárez. Aguilar. 2017 En su primer libro, el cantautor de Ferrol repasa esos momentos, esas sensaciones, esos sucesos que han ido originando algunas de las mejores canciones de sus siete discos de estudio, desde aquel lejano De ida (2002) hasta Desde una ventana (2017). La colección reúne una quincena de temas, entre los que destaca quizá el más autobiográfico de ellos, Tengo 26, en el que nos narra cómo era su vida en 2009, momento de composición de la canción, y nos cuenta la importancia que para él tienen sus padres y su familia. Auténtico artesano de la música que hace diez años tocaba para cuatro personas y hoy llena pabellones de grandes aforos, ya no tiene 26 sino 36, pero sigue siendo igual de pasional, original, enérgico y vital. y, aunque afirma no ser poeta, sus letras son pura poesía. 

9. El fotógrafo de Mauthausen. Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa. Norma Editorial. 2018 Norma Editorial lanzó el pasado 2018 esta novela gráfica sobre el guión del escritor, guionista e historiador Salva Rubio y los dibujos y coloreados del matrimonio formado por Pedro J. Colombo y Aintzane Landa. La obra narra las proezas realizadas por Francisco Boix, un joven fotógrafo español que sobrevivió a la barbarie nazi en el campo de concentración de Mauthausen entre el 27 de enero de 1941 y el 5 de mayo de 1945, cuando fue liberado por los aliados. En total, cuatro años, tres meses y diez días. Toda una eternidad teniendo en cuenta el modo de vida --y de muerte-- del temible escenario de sus gestas. Su gran documentación histórica y el realismo de sus dibujos y colores nos llevan de la mano a esta cruda pero magnífica historia. 

8. Un mundo que agoniza. Miguel Delibes. Plaza & Janés. 1979 Brillante ensayo en el que el genio castellano reflexionó sobre los problemas del mundo en aquella ya lejana década de los setenta. Resulta muy llamativo leerlo en la actualidad, en plena crisis climática, más de cuarenta años después. Cierto es que la problemática actual viene de lejos, pero pensar que hace casi medio siglo Delibes ya vaticinó, siempre apoyado en los últimos estudios científicos de su época, lo que estaba por venir, habla de su gran compromiso con la naturaleza y también de su manifiesto interés por documentarse e informarse sobre la problemática. No en vano, en su texto, que se lee en un par de horas, cita a numerosos especialistas de diversos campos para ilustrar sus opiniones. La escritura de Delibes permanece vigente. Normal al tratarse de un genio. 

7. Sidi. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara. 2019 El académico narra en su última novela las vivencias de Ruy Díaz de Vivar desde el momento de su destierro de tierras castellanas (principios de 1081) hasta su victoria ante las tropas del conde de Barcelona y de al-Mundir, rey de la taifa de Lérida, en la batalla de Almenar (1082). Tras dejar en su Vivar natal a Jimena y sus tres hijos (dos hembras y un varón), Rodrigo hubo de buscarse la vida (y la de su fiel hueste) en tierras fronterizas. Se convirtió, pues, en un mercenario que servía a quien le pagara por guerrear por su causa. Leal siempre a su rey, Alfonso VI, contra quien prometió no luchar jamás a pesar de todo lo ocurrido con anterioridad, y rechazado por el conde de Barcelona, hubo de servir a Yusuf al-Mutamán, rey de la taifa de Zaragoza. 

6. Largo pétalo de mar. Isabel Allende. Plaza & Janés. 2019 La escritora chilena Isabel Allende ganó el Premio Internacional de Novela Histórica Barcino 2019 con esta obra, que salió a la venta a finales de mayo del presente año. La novela rinde homenaje a la travesía del Winnipeg ochenta años después de que transportara a tierras chilenas a más de dos mil republicanos españoles exiliados de su patria tras la finalización de la Guerra Civil Española. El trayecto duró un mes exacto (cuatro de agosto-tres de septiembre), tiempo que tardó el barco en recorrer la distancia entre Pauillac (Francia) y Valparaíso (Chile). El viaje fue gestionado por el canciller Abraham Ortega Aguayo y el cónsul y poeta Pablo Neruda, simpatizante del bando republicano que decidió poner su granito de arena para sacar a los refugiados españoles de los campos de concentración franceses. 

5. Jaque al psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2018 Quince años después del éxito mundial de El psicoanalista, el escritor y periodista judicial estadounidense John Katzenbach resucitó al temible Rumpletiltskin para volver a poner entre la espada y la pared al doctor Ricky Starks. No obstante, en la novela no han transcurrido tres lustros, sino tan solo cinco años. Tiempo en el que el psicoanalista ha rehecho su vida y retomado su actividad profesional. No en Nueva York sino en Miami. Un lugar en el que comenzar desde cero una nueva existencia repleta de sol, trabajo, paz y tranquilidad. Hasta que una noche, el hombre que quiso acabar con él cinco años atrás --y al que creía muerto desde entonces-- reaparece como si nada en su consulta. Los amantes del género del thriller pensarán que la espera bien ha valido la pena.

4. El lobo estepario. Hermann Hesse. Edhasa. 2017 Viaje filosófico-psicoanalítico por el interior de un alma dolida con un mundo en el que no encaja. Un alma que se distancia de un mundo falso e hipócrita, pero que se odia a sí misma precisamente por no encajar en él. Es un claro ejemplo de que la auto indulgencia ayuda poco o nada a superar una situación dolorosa. Al contrario, en lugar de encerrarse en uno mismo, lo que se debe hacer es, aunque le cueste horrores a uno, abrirse y conocer otras almas. Independencia, soledad y libertad son algunos de los temas que brillan en las páginas de esta novela, que combina el género autobiográfico (Harry Haller, el protagonista, es un alter ego del propio autor, cuyas iniciales coinciden) y la fantasía (a través de lo que se da en llamar el teatro mágico). 

3. Nueva visita a un mundo feliz. Aldous Huxley. Seix Barral. 1984 En 1958, veintiséis años después de la publicación de la distopía Un mundo feliz, Aldous Huxley recopiló una docena de ensayos sobre su novela original en la revista estadounidense Newsday. De ese conjunto de ensayos nació Nueva visita a un mundo feliz, a partir de la cual revisitamos los contenidos de la novela, verificando sus muchos aciertos y sus pocas equivocaciones sobre lo que en ella se vaticinó en relación a la evolución de la civilización occidental durante ese cuarto de siglo. Además, se comparan algunos hechos respecto a la otra gran distopía del momento: 1984, de George Orwell (1948). En cambio, obvia --el autor sabría sus motivos, los cuales desconozco-- la tercera en discordia: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953).

2. Antes de los años terribles. Victor del Árbol. Destino. 2019 Para contar la verdad hay que tener coraje. Sobre todo cuando esa verdad atenta directamente contra la forma de vida de toda una civilización. Y es que en la nuestra cuenta mucho más el valor de un producto que la forma en la que éste ha sido producido. Poco nos importan los genocidios, asesinatos y demás atrocidades perpetradas en el mundo. Sobre todo, si estas suceden en otro mundo. Uno tan lejano como, por ejemplo, África (Uganda, más concretamente). Por eso, ante el silencio cómplice general, debemos poner en valor la valentía de algunas personas a la hora de dar a conocer historias como las de Isaías Yoweri, Lawino, Joel o Samuel Abu. Porque, como dice el autor de esta gran novela que trata sobre los niños soldado de Joseph Kony, a través de ellas podemos también aprender mucho sobre nosotros mismos.

1. Lluvia fina. Luis Landero. Tusquets Editores. 2019 Una historia familiar que encierra en sí misma muchas más. Las de cada uno de los personajes que la componen. Los lectores se verán identificados en muchos de los momentos y hechos narrados y reflexionarán sobre sus propias vidas, la personal y la familiar, y deberán extraer sus propias conclusiones. Porque, si ningún relato es inocente, tampoco lo es quien lo relata. Y eso nos incluye a cada uno de nosotros. Lean y disfruten de esta narración, pues nos recuerda al El jugador, de Dostoyevski, a Stoner, de John Williams, y a La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Lluvia fina es la obra cumbre de uno de los grandes escritores españoles de los últimos años. No en vano, Fernando Aramburu aconseja leer de Landero hasta su lista de la compra. Y esta historia merece, por méritos propios, acabar siendo la mejor novela del año en este modesto blog. 





lunes, 23 de diciembre de 2019

Más allá de mis canciones. Andrés Suárez. Aguilar. 2017. Reseña





     En su primer libro, Más allá de mis canciones, el cantautor de Ferrol Andrés Suárez (1983) repasa esos momentos, esas sensaciones, esos sucesos que han ido originando algunas de las mejores canciones de sus siete primeros discos, desde aquel lejano De ida (2002) hasta su último trabajo, titulado Desde una ventana (2017), aparecido unos meses antes que el presente libro. La colección reúne una quincena de temas, entre los que destaca quizá el más autobiográfico de ellos, Tengo 26, en el que nos narra cómo era su vida en 2009, momento de composición de la canción, y nos cuenta la importancia que para él tienen sus padres --no hay concierto en el que no los nombre, sobre todo a su madre--, sus hermanos, sus amigos y la música de autor.

     Hubo de abandonar Pantín para ir a buscarse una carrera musical al Madrid del Libertad 8, lugar de culto para los amantes del género de los cantautores, donde antaño se gestaron los Pedro Guerra, Ismael Serrano, Tontxu o Javier Álvarez, y más recientemente el propio Andrés, Luis Ramiro o Alfredo González. Como canta en el ya reseñado Tengo 26, echó de menos a sus padres, a sus hermanos (los mellizos Laura y Pablo) y a sus amigos (los tres mosqueteros: Javi, Brais y Miguel), bebió demasiado, trabajó mucho más, porque a nadie le regalan un éxito, se vio muerto en un lavabo teñido del rojo de su propia sangre, vivió feliz, aunque sin dinero, conoció gente nueva (sus inseparables Jorge y Raúl) y cantó en las calles y en muchos locales todavía vacíos para recibirlo.

     Repasa en las primeras páginas del libro una infancia feliz en la que los abuelos a los que conoció, Mundo y Soledad, que nunca abandonaron la playa de Baleo, fueron preparándolo para la vida: escuchándole cantar sonriente ella, para la que a veces sigue cantando en exclusiva; introduciéndolo en el horrible mundo del alzheimer, él, que jamás olvidó, no obstante, las letras de los boleros que cantaba a sus rosales y a su nieto Andrés. Confiesa nuestro protagonista que no llevó muy bien el nacimiento de sus hermanos mellizos, siempre juntos ellos. Y afirma ser quien es gracias a sus padres, dos obreros de costa que jamás impusieron mi camino. Así, nos canta que Soy fruto de un cuento que escribió mi padre, mi madre lo cantó

     Rosa y Manuel es el primero de los temas de los que nos habla Andrés en este libro. Es la historia de sus abuelos, aunque con diferentes nombres. La canción que años después provocaría que el gran Víctor Manuel se ahogara en sus lágrimas describe la terrible enfermedad del alzheimer y cómo esta devasta todos los recuerdos que encuentra a su paso. Una gran canción de amor eterno entre dos seres que no pueden vivir el uno sin el otro. Difícil imaginar cómo vivió aquello un niño que se daba cuenta de que su abuelo no le devolvía besos y abrazos, olvidaba fechas y cómo vestirse, pero no las letras de los boleros y la forma en que cuidar de sus rosales. Como si el disco duro de su cerebro solo se borrara en partes desiguales e inconexas.

     El sexo, el amor y el desamor, como no podía ser de otra manera, juegan un papel fundamental en las letras de un cantautor. Andrés no podía ser una excepción. La mayoría de sus canciones nos hablan de todo ello. Te doy media noche es un ejemplo. Un amor no correspondido por una mujer que ofrece media noche a alguien que estaría dispuesto a darle una vida y media. Algo tremendo y cruel, pero cotidiano. Así es esto del amor, claro. Aunque a veces le cambia a uno la vida. Como le ocurre en La vi bailar flamenco, canción en la que un gallego sueña bulerías en Cádiz, un diez de abril, al conocer y enamorarse perdidamente de una bailadora de flamenco a la que, a pesar de buscarla una y otra vez, no volverá a ver jamás. Toda una maldición, sin duda.

     Y es que Andrés ha viajado mucho --no menos que sus canciones, por supuesto--, y ello le ha permitido conocer mucho mundo y algunos/as de sus habitantes. Los bares son un buen lugar para ello. Nada de lo que ocurre en los bares es azar, afirma. Los del sur, mejor todavía. A Andrés, que jamás renegará del norte, le encanta el sur. Muchas de sus canciones se desarrollan allí. Como Dama que pinta en el sur, tema en el que una dama capaz de pintarlo todo no fue capaz de pintarme feliz. También la letra de Una noche de verano hace referencia a un bar andaluz. En este caso, también al desamor. No maldigo su mentira, solamente este querer. Complicado resulta no sentirse identificado con semejante sentimiento.

     Apenas te conozco cuenta la historia de cómo una cajera de supermercado con dos carreras salvó un vida con solo una sonrisa. A veces hay más vida en los mercados que en los bares, escribe Suárez. Y, sin embargo, a menudo uno ha de decirle a alguien que No te quiero tanto para poder afrontar una pérdida tras una época de borrachera sexual y/o amatoria. Un bálsamo sanador que nos prepare para el próximo amor, quizás el definitivo, siempre resulta más amable. Porque encontrar otro amor al que decirle que no latiré sin ti, como en la canción Estrellas, tema en el que dos jóvenes deciden largarse juntos para crear entre ambos la historia más dulce en el cielo, es una bonita forma de despedirse del mundo hasta entonces conocido. 

     Si llueve en Sevilla --¡otra vez el sur!-- es la historia de una persecución que finaliza cuando el perseguidor ya ha creído en su derrota. Se refugia en un bar --¡otra vez un bar!-- y resulta que, casualmente, quien le sirve su copa es aquella a la que acababa de perder por las calles mojadas del barrio de Triana. Nunca antes había deseado el cierre de un bar, nos cuenta Andrés en la explicación del origen de este tema. El hombre, la guitarra y el mar se unen para dar vida al amor eterno. Y, aunque de nuevo la historia no fructificó del todo y la cuestión solo queda en su memoria, en sus retinas y en sus canciones pasadas, presentes y futuras, nos canta que si llueve en Sevilla es que estoy recordando su piel.   

     De aquel chaval, auténtico artesano de la música, como a él le gusta calificarse --y doy fe de que lo es en el pleno sentido de la palabra--, que hace una década llegó a tocar para tan solo cuatro personas y que hoy llena estadios de veinte mil espectadores, poco ha cambiado. Ya no tiene 26, sino 36, y sigue siendo como fue por aquel entonces: original, pasional, enérgico y vital. Sigue bebiendo de los mismos maestros a los que siempre defiende --Serrat, Sabina, Aute, Silvio, Milanés, etc-- y leyendo libros de todo tipo, sobre todo poesía. Afirma que no soy poeta. No soy tanto. Pero cualquiera de sus seguidores, y cada día somos y seremos más, no compartimos su opinión a este respecto. Muy pronto, a principios de 2020, será publicado su octavo disco, en el que volverá a demostrar que, aunque él se empeñe en decir lo contrario, sí es poeta. Es tanto...             

      

miércoles, 18 de diciembre de 2019

El lobo estepario. Hermann Hesse. Edhasa. 2017. Reseña





     Edhasa Literaria reeditó en 2017, noventa años después de su publicación original (1927), uno de los clásicos más singulares del siglo pasado: El lobo estepario, del escritor alemán Hermann Hesse. Por aquel entonces ya habían sido publicadas sus otras dos obras más reconocidas, Demian (1919) y Siddhartha (1922), ambas reseñadas en este blog. En 1946 recibió el Premio Nobel de Literatura. La novela, de gran contenido filosófico, combina el género autobiográfico --el protagonista de la historia, Harry Haller, es un alter ego del propio autor, cuyas iniciales coinciden además-- y la fantasía --a través de lo que el narrador denomina teatro mágico--. La parte autobiográfica ocupa los dos primeros tercios de la novela. La fantasía, la parte final. 

     El libro refleja la gran crisis espiritual sufrida por el autor en la década de 1920. Mientras seguía luchando por sentirse humano, apreció que crecía en él una serie de aspectos lobunos que lo apartaban del resto de sus congéneres y lo arrastraba hacia una espiral de agresividad y violencia, conduciéndolo a parecerse cada vez más a alguien huraño y desarraigado. Como buen alemán y seguidor de Goethe --a lo largo de la historia de Hesse aparece en numerosas ocasiones la figura del también escritor alemán, autor de Fausto--, la dualidad de Fausto y Mefistófeles se hace presente en El lobo estepario. No es de extrañar esta influencia, pues la tradición alemana de Fausto se remonta al siglo XVI.

     Dicha tradición nos habla de la existencia de un erudito, Johan Georg Faust, que acabó haciendo un pacto con el diablo para intercambiar su alma a cambio de conocimientos ilimitados y placeres mundanos que le sirvieran para terminar con una vida que consideraba insatisfecha a pesar de su éxito. Esta historia ha sido recogida no solo por Goethe y Hesse. También, a lo largo de los años, por autores como Robert Louis Stevenson --El extraño caso del doctor Jekyll y mr. Hyde, en 1886--, Oscar Wilde --El retrato de Dorian Gray, en 1891--, Gastón Leroux --El fantasma de la ópera, en 1910--, Klaus Mann --Mephisto, en 1936-- o Thomas Mann --Doktor Faustus, en 1947--. Además, también hay una gran cantidad de obras musicales y cinematográficas sobre el mito dual de Fausto.

     Tras una década (la de 1910) horrible en la vida de Hesse --muerte de su padre, grave enfermedad de su hijo Martin, esquizofrenia de su primera esposa, desarrollo de la Gran Guerra y enfrentamientos con la opinión pública germana por el virulento ataque del autor al creciente nacionalismo alemán--, trató de rehacerse casándose de nuevo y obteniendo la nacionalidad suiza. El matrimonio, sin embargo, fracasó rápidamente y se desató la crisis que dio origen a El lobo estepario. Se aisló en su piso alquilado y constató su imposibilidad para relacionarse con el mundo exterior, teniendo cada vez mayores y más graves pensamientos suicidas. Como el protagonista de la novela, Harry Haller, obsesionado con la idea de rebanarse el cuello con su cuchilla de afeitar.

     La independencia, la libertad y la soledad son tres de los temas principales que trata la novela. Haller, anti belicista hasta la médula, es criticado por la prensa por sus ideas, consideradas anti patrióticas. Se aísla y ve nacer y crecer al lobo que lleva dentro y que se va apoderando de él. Hasta que una noche toca fondo y decide que la única solución es cortarse el cuello al llegar a casa. Asustado, deambula por las calles de la ciudad con tal de demorar al máximo el momento de su muerte. Aborrece a los humanos y al mundo entero. Pero, por contra, se siente mal consigo mismo por no encajar en ese mundo. Todo parece estar abocado a un desenlace trágico para él. Hasta que en un tugurio conoce a Hermine, una mujer en cuyas manos, de repente, deja su futuro. 

     A través de Hermine --posiblemente otro alter ego del propio Hesse, pues Hermine es el femenino de Hermann--, conocerá a María, una bella y complaciente mujer. Ambas, Hermine y María, se convertirán en los botes salvavidas de Harry. Los bailes y las conversaciones con la primera y el sexo y el romanticismo con la segunda constituirán el comienzo de una especie de reconciliación del protagonista con el mundo. Algo que el lector no acaba de creerse, pues parece que los cimientos de esa nueva existencia están hundidos en barro y, por tanto, se pueden venir abajo en cualquier momento. La realidad de Harry se va disolviendo en una serie de hechos que parecen más cercanos a la ensoñación. Hasta meterse de lleno en la fantasía de la mano del teatro mágico final. 

     Un teatro mágico en el que entra a través de Pablo, un saxofonista que parece encarnar los valores más contrarios a los de Harry. El músico no es nada intelectual, ni serio, ni reflexivo. Solo un apuesto vividor que parece servirse de las mujeres para dar rienda suelta a sus placeres. El teatro de Pablo es un largo pasillo que tiene forma de herradura. Multitud de puertas abren espacios interiores donde se representan escenas. Harry entra en cinco de ellas, y revive diversos pasajes de su vida. Realidad y ensoñación se entremezclan, en clara influencia del mundo de los sueños inspirador del psicoanálisis. Cabe recordar que el autor había estado en tratamiento psicoanalítico durante los años anteriores, llegando a conocer en persona a Carl Gustav Jung. 

     Aunque en la novela hay multitud de frases para recordar, creo conveniente destacar aquí solo un par de ellas. Ambas son pronunciadas por Pablo, y dicen así: 1) el vencimiento del tiempo, la liberación de la realidad o como quiera usted llamar a su anhelo --sin duda, rebanarse el cuello con su cuchilla de afeitar--, no es otra cosa que el deseo de desembarazarse de su personalidad. Es la prisión donde usted se encuentra encerrado; y 2) se puede contar con usted para cualquier representación estúpida y carente de humor, para todo lo que sea patético y carezca de ingenio, generoso señor. Quiere usted que le corten la cabeza, que lo ajusticien, pedazo de energúmeno. Quiere morir, so cobarde, pero no vivir. Pero, ¡al diablo!, lo que hará precisamente será vivir. 

     El lobo estepario es un viaje filosófico-psicoanalítico por el interior de un alma dolida con un mundo en el que no encaja. Un alma que se distancia de un mundo falso e hipócrita, pero que se odia a sí misma precisamente por no encajar en él. Es un claro ejemplo de que la auto indulgencia ayuda poco o nada a superar una situación dolorosa. Al contrario, en lugar de encerrarse en uno mismo, lo que se debe hacer es, aunque le cueste horrores a uno, abrirse y conocer otras almas. Y Haller, finalmente, piensa que llegaría un momento en que sabría jugar mejor con las figuras. Llegaría a aprender a reír alguna vez. Pablo me esperaba. Y me esperaba Mozart. Así, pese a la oscuridad general de la obra de Hesse, constatamos que siempre hay luz al final del túnel. Por largo que este sea...                               

  

lunes, 16 de diciembre de 2019

Un mundo que agoniza. Miguel Delibes. Plaza & Janés. 1979. Reseña





     El uno de febrero de 1973 el escritor vallisoletano Miguel Delibes fue elegido miembro de la Real Academia Española. Ocupó la silla e. Su discurso de ingreso se demoró más de dos años, hasta el 15 de mayo de 1975. Llevó por título El sentido del progreso desde mi obra. Dámaso Alonso, uno de los grandes representantes de la generación del 27 y director de la Academia, le entregó su medalla de académico. Dicho discurso, ampliado y actualizado, se editó como libro en 1979 bajo el título Un mundo que agoniza. Por aquel entonces, Delibes ya había publicado obras tan notables como La sombra del ciprés es alargada, El camino, Las ratas, Cinco horas con Mario o El disputado voto del señor Cayo. En cambio, estaban por venir Los santos inocentes, Señora de rojo sobre fondo gris y El hereje.  

     Un mundo que agoniza es un brillante ensayo en el que el genio castellano reflexiona sobre los problemas del mundo en aquella lejana ya década de los setenta. Resulta muy llamativo leerlo en la actualidad, más de cuarenta años después, y en plena crisis climática. Cierto es que la problemática actual viene de lejos, pero pensar que hace casi medio siglo Delibes ya vaticinó, siempre apoyado en los últimos estudios científicos de su época, lo que estaba por venir, habla de su gran compromiso con la naturaleza y también de su manifiesto interés por documentarse e informarse sobre la problemática. No en vano, en su texto, que se lee en un par de horas, cita a numerosos especialistas de diversos campos para ilustrar y justificar sus opiniones.

     En estas páginas, que no solo no han perdido vigencia con el paso de los años sino que se muestran tan actuales como necesarias, habla Delibes de sus personajes en relación con la naturaleza y el progreso. Así, se muestra sencillo pero contundente: si el progreso moderno, el de la técnica y el consumismo, equivale a la destrucción de la naturaleza, mis personajes renuncian a ese progreso. Y pone ejemplos concretos de cada una de sus obras anteriores en los que estos exponen sus motivos para negar el progreso. Afirma, de esta manera, que mis personajes declinan un progreso mecanizado y frío, pero simultáneamente este progreso los rechaza a ellos, porque un progreso competitivo, donde impera la ley del más fuerte, dejará ineludiblemente en la cuneta a viejos, tarados y débiles.

     Sus personajes, como él, su creador, son conscientes de que el progreso ha venido a calentar el estómago del hombre pero ha enfriado su corazón. Al presentárseles la dualidad Técnica-Naturaleza como dilema, optan resueltamente por ésta que es quizá la última oportunidad de optar por el humanismo. No porque la máquina me parezca mala en sí, sino por el lugar en que la hemos colocado con respecto al hombre. Y es que el progreso ha traído aspectos negativos. Como afirmó Erich Fromm, para conseguir una economía sana hemos producido millones de hombres enfermos. Algo que solo puede revertirse si los hombres nos convencemos de que navegamos en un mismo barco y todo lo que no sea coordinar esfuerzos será perder el tiempo.

     Buena parte de la culpa de nuestra situación viene a cuenta de la contaminación. Critica Delibes que el hombre de hoy antepone a la cultura el goce material y la seguridad. Mas el daño de la contaminación no es solo directo sino que se complementa con el desarrollo de ciertas afecciones psíquicas como la ansiedad, la angustia, la tensión y la agresividad. Apela, para superar esta difícil situación y poder volver a vivir en armonía con los medios ambientales terrestres y marítimos, a una combinación de inteligencia y razón para escapar de la amarga profecía de Roberto Rossellini: nuestra civilización morirá por apoplejía porque nuestra opulencia contiene en sí las semillas de la muerte. Porque todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo es retroceder.  

     La desenfrenada carrera armamentística tras la denominada guerra fría creó, según el autor, una paz fría mucho peor que la anterior, pues apela al miedo como garantía de supervivencia. Y la televisión se ha constituido como un juguete de alienación, a menudo único alimento espiritual de un elevadísimo porcentaje de seres humanos que, incapacitados para pensar por su cuenta, y víctimas de la civilización del consumo, acaban comprando productos innecesarios que se nos han presentado como absolutamente necesarios. Productos que, además, han de durar poco tiempo, ser efímeros, pues el progreso exige que la carrera del desarrollo no finalice nunca. El dinero se erige así en símbolo e ídolo de una civilización. Se antepone a todo; llegado el caso, incluso al propio hombre.

     La medicina tampoco se libra del férreo análisis de Delibes, quien afirma lo siguiente: ha cumplido con su deber, pero al posponer la hora de nuestra muerte, viene a agravar, sin quererlo, los problemas de nuestra vida. ¿Va a dar para tantos la despensa? A este respecto, el autor expone su particular credo: el verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza, ni en sostener a un tercio de la Humanidad en el delirio del despilfarro mientras los otros dos tercios se mueren de hambre, sino en racionalizar los recursos y la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones Hombre-Naturaleza en un plano de concordia.

     Su ensayo finaliza con una posible solución al dilema que se nos presenta desde ya: el primer paso para cambiar la actual tendencia del desarrollo y preservar la integridad del Hombre y de la Naturaleza radica en ensanchar la conciencia moral universal por encima del dinero, la comodidad y los intereses políticos. Porque si el progreso se traduce por más tiempo en un aumento de la violencia y la incomunicación, de la autocracia y la desconfianza, de la injusticia y la prostitución de la Naturaleza, de la competitividad y del refinamiento de la tortura, de la explotación del hombre por el hombre y la exaltación del dinero, yo, gritaría ahora mismo, con el protagonista de una conocida canción americana: ¡Que paren la Tierra, quiero apearme! 

     Un mundo que agoniza, por tanto, mantiene la frescura del primer día, pero ha aumentado su trascendencia. No hace falta cumbre climática ninguna para ver la realidad del problema y sus posibles soluciones. Evidentemente, la economía prima sobre la sociedad, mucho más ahora que hace casi medio siglo, y falta voluntad política para poner rumbo al camino que nos lleve hacia un mundo sostenible. Por eso, leer a Delibes, por ejemplo, es un ejercicio muy necesario. Y además, se disfruta de uno de los genios de la literatura universal. Ahí es nada...             
  

lunes, 9 de diciembre de 2019

Merlí. Una serie sobre la relación entre la filosofía y la vida





     Recién estrenada por Movistar+ la secuela Merlí. Sapere aude, el esperado spin off de Merlí, creo que es un buen momento para retornar a los orígenes de esta historia y, de paso, darle un más que merecido homenaje. Pese a que aseguran que esta especie de continuación de la exitosa serie se puede ver sin haber visto anteriormente la que le dio origen, sí resulta conveniente --y muy recomendable--, ya que aparecen constantes guiños a esta y hasta veremos varios cameos de algunos de sus protagonistas originales. No en vano, entre el final de la tercera y última temporada de Merlí y el comienzo de Merlí. Sapere aude solo han discurrido tres semanas. Trataré de evitar los spoilers, por si algún lector todavía no ha tenido ocasión de visionar la referida serie, algo que debería hacer a más no tardar si quiere disfrutar de un producto que, además, es cien por cien nacional.

     Merlí consta de tres temporadas repartidas en cuarenta capítulos que fueron emitidos por TV3 y LaSexta entre septiembre de 2015 y enero de 2018 y que en la actualidad está también disponible en la plataforma Netflix. La productora Veranda TV, el creador y guionista Héctor Lozano y el director Eduard Cortés buscan varios objetivos con su producción: acercarnos la vida cotidiana de un profesor de filosofía, de sus jóvenes estudiantes de bachillerato y de sus variadas y muy diferentes familias, transmitirnos algunos conocimientos sobre esa gran olvidada que es la filosofía, y --tal y como hace Merlí con sus alumnos-- tratar de despertar en nosotros el espíritu crítico que nos lleve a poner en cuestión temas que parecen estar superados y que sin embargo no lo están en absoluto.

     Lo primero a destacar de esta serie es que llega a la mayoría de la gente porque es cercana y muy realista. Merlí no es un ganador. De hecho, en el primer capítulo lo encontramos divorciado, sin trabajo, en una situación económica límite y a punto de ser desahuciado de su piso por impago. Tiene 58 años y una idea clara: solo aceptará trabajar como profesor de filosofía, único empleo en el que se siente cómodo y útil. Única forma de vida que entiende. Debe ir a vivir a casa de su madre, la gran actriz Carmina Calduch. Y lo hará junto a su hijo Bruno, con quien está intentando recuperar el tiempo perdido tras varios años sin contacto. La relación con él es muy tensa, pues este le recrimina constantemente el hecho de haberlo abandonado muchos años atrás para vivir la vida

     Cuando recibe la llamada  de inspección para ofrecerle una plaza vacante en el instituto Ánguel Guimerá de Barcelona su vida, la de su hijo y la de sus nuevos compañeros, alumnos y respectivas familias cambiarán por completo. Porque ese Merlí en horas bajas laboral y económicamente hablando tiene, no obstante, una gran cualidad que sabe explotar a la perfección: está seguro de sí mismo y de sus valores, y no se calla jamás. Siempre tiene las palabras justas para cada situación cotidiana, cualidad que en muchas ocasiones resulta muy positiva, aunque en otras es gran generadora de conflictos. De todo tipo. Así, Merlí pone patas arriba las aulas, la sala de profesores, la dirección del centro y las vidas de quienes le rodean, incluidas las de algunos padres y madres de sus nuevos alumnos. 

     A través de los cuarenta episodios de Merlí los pensamientos e ideas principales de cada uno de los mayores filósofos de la historia se entrelazan con los acontecimientos principales de la trama de la serie. El protagonista, Merlí Bergeron --interpretado de forma magistral por el actor barcelonés Francesc Orella--, muy cercano a sus alumnos desde el primer día, se involucra en sus vidas con la esperanza de servirles de ayuda en su formación como sujetos críticos. Cada problema de uno de ellos tiene respuesta, en clase o a nivel personal, a través de la filosofía. De esta manera, el profesor se convertirá en un apoyo fundamental para esos alumnos que se cuestionan cada día más y más cosas sobre la vida presente y futura. Merlí y su gran carisma se hacen necesarios e imprescindibles.  

     A lo largo de la serie la vida pasa ante nuestros ojos. La de cada personaje y la de la Barcelona de los años 2015-2018. Quizá, dentro de muchos años, sirva el visionado de estos capítulos para saber cómo era la vida cotidiana de nuestra época. Y es que, grabada durante los años álgidos del procés, se nos ofrece una visión fugaz pero crítica de los hechos. Su postura ante la problemática es, digamos, equidistante. Cuestión que puede haber servido para que ambos bandos la criticaran. Personalmente, me parece una decisión objetiva y acertada. Los diálogos del propio Merlí, de la profesora de inglés, Elisenda, y sobre todo de la Calduch, madre del protagonista, resultan, en este sentido, definitivos en relación a la sinrazón en toda esta problemática.

     La lista sobre los temas que son tratados durante los dos mil minutos del metraje de la serie es muy larga. Por eso, destacaré solo algunos de ellos: el sexo --Merlí es desde el primer capítulo un animal sexual, dicho esto desde el sentido más positivo de la palabra--, la homosexualidad --Bruno y Oliver lo son, y lo llevan de manera muy diferente--, la identidad sexual --qué brillante la aparición del personaje de Quima, profesora transexual--, el amor --tanto a edades tempranas como adultas--, la amistad --también a cualquier edad--, las enfermedades --magnífico papel el del personaje de Iván Blasco en la primera temporada--, y los problemas económicos --en el caso de Merlí, pero también en el de Marc Vilaseca y el de Pol Rubio, el otro gran protagonista de la serie y ahora de Sapere aude--.

     No obstante, el gran tema tratado en Merlí es el de la muerte. Varios de sus protagonistas mueren durante los distintos episodios. Profesores, padres, abuelas, hermanos. Nadie escapa a ella. Como en la vida misma. Aunque de la serie se pueden destacar multitud de frases para enmarcar --no todas ellas filosóficas--, hay dos que hacen referencia a este tema que considero oportuno recordar aquí: 1) La vida es una fiesta en la que coincides con mucha gente. Van llegando nuevos invitados, pero también hay otros que, por la razón que sea, se van antes. A todos nos tocará irnos algún día, no lo olvidéis. Lo peor de todo es asumir que la fiesta continúa sin nosotros. 2) Fui al bosque porque deseaba vivir deliberadamente, ver si era capaz de aprender todo aquello que la vida debía enseñarme. No quería descubrir, a la hora de la muerte, que no había vivido. 

     Merlí es una historia o conjunto de historias sobre la vida y todo lo que la compone. Está repleta de momentos para la risa, el amor, la amistad, el sexo, el llanto y la muerte. Y esta serie tiene momentos para todo ello. Puedes reír hasta la carcajada y, acto seguido, llorar como nunca viendo la televisión. Y el final no es el típico fueron felices y comieron perdices porque la vida casi nunca es así en realidad. Es una enseñanza de vida. Un canto a la vida. O, como me dijo alguien hace unos días, un regalo. Y está ahí, al alcance de la mano. ¡Viva la filosofía! ¡Viva la vida! ¡Viva Sapere aude!                         

  

lunes, 2 de diciembre de 2019

Estudio en escarlata. Arthur Conan Doyle. Fontana. 2016. Reseña





     Sherlock Holmes es, junto a Hércules Poirot --creado por la maestra Ágatha Christie--, el detective más famoso de la historia de la literatura. Creado en 1887 por el escritor y médico británico sir Arthur Conan Doyle, fue el personaje precursor del género literario detectivesco o policíaco. Estudio en escarlata fue la primera de las novelas de la saga protagonizada por él y su inseparable doctor Watson --compuesta por cuatro novelas y cincuenta y seis relatos de mayor o menor longitud--. En esta obra, el autor comenzó a establecer las reglas del denominado canon holmesiano: historias narradas casi siempre por el doctor Watson, finales cerrados y explicados y mezcla de dos temas (los policíacos, por supuesto, y los referentes a lo ocurrido con inmediata anterioridad a los crímenes descritos). 

     Resulta obvio que en la primera novela de una saga se describen los personajes principales que la van a protagonizar. Así, en Estudio en escarlata se nos describe con todo lujo de detalles a Sherlock Holmes. El doctor Watson escribe sobre él en su diario personal cosas como estas: se diría que habita en su persona la pasión por el conocimiento detallado y preciso. Cuando se apoderaba de él la fiebre del trabajo, era capaz de desplegar una energía sin parangón; pero a trechos y con puntualidad fatal caía en un extraño estado de abulia, y entonces, y durante días, permanecía extendido sobre el sofá de la sala de estar, sin mover apenas un músculo o pronunciar  palabra de la mañana a la noche. Descripción muy realista, sin duda. Aunque, en esta novela en concreto, no encontramos en ningún instante ese momento de abulia.

     Extraña al doctor Watson que su nuevo amigo ignore temas o cuestiones políticas, literarias o filosóficas conocidas por todo el mundo. Holmes, tranquilamente, le responde que el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Constituye un grave error el suponer que las paredes de la pequeña habitación son elásticas o capaces de dilatarse indefinidamente. A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles. Esta respuesta nos habla de que, ante todo, Holmes es un hombre eminentemente práctico que se ocupa solo de aquello que le puede servir en el desempeño cotidiano de su actividad.

     No solo eso. También se muestra como una persona muy agradecida y justa. Esto le comenta, sobre la primera cuestión, al bueno de Watson cuando sus pesquisas comienzan a surtir efecto: gracias. De no ser por su insistencia, me habría perdido el caso más bonito de todos cuantos se me han presentado. Podríamos llamarlo estudio en escarlata...¿Por qué no emplear por una vez una jerga pintoresca? Existe una roja hebra criminal en la madeja incolora de la vida, y nuestra misión consiste en desenredarla, aislarla, y poner al descubierto sus más insignificantes sinuosidades. Sobre la justicia, le incomoda sobre manera el hecho de que sean los agentes de la Scotland Yard, Lestrade y Gregson, quienes se lleven la gloria de los casos que él ha solucionado con mayor ingenio que el de aquellos dos juntos. A él le queda la constancia del éxito, como arguye Watson para animarlo.

     Pero, ¿cómo consigue Holmes dar con la solución de los casos de manera tan exitosa? Así se lo explica al doctor: casi todo el mundo, ante una sucesión de hechos, acertará a colegir qué se sigue de ellos... Los distintos acontecimientos son percibidos por la inteligencia, en la que, ya organizados, apuntan a un resultado. A partir de éste, sin embargo, pocas gentes saben recorrer el camino contrario, es decir, el de los pasos cuya sucesión condujo al punto final. A semejante virtud deductiva llamo razonar hacia atrás o analíticamente, cosa, sea dicho de paso, tan útil como sencilla, y poquísimo practicada. Y eso es lo que hace para encontrar y atrapar al asesino de Drebber y su secretario Stangerson, ciudadanos estadounidenses que han perecido a manos de un personaje que los ha perseguido por media Europa hasta dar finalmente con ellos en Londres.

     La novela consta de dos partes diferenciadas. En la primera, Watson y Holmes se conocen en el piso del segundo en Baker Street y deciden compartir gastos y vivir juntos. Se hacen amigos y comienzan a investigar el caso anteriormente citado. Las pesquisas del detective llegan a buen puerto ante un atónito Watson y unos incrédulos y humillados --no por primera vez, pero tampoco por última-- Lestrade y Gregson. Se trata de un claro acto de venganza en relación a una serie de hechos trágicos acaecidos en el pasado en un lugar muy remoto --Salt Lake City, capital de Utah, en los tiempos de la creación de la Iglesia mormona de los Santos de los Últimos Días--. Una persecución que se prolonga demasiado, hasta veinte años, pero que llega a su fin en las calles del Londres de fines del siglo XIX. 

     La segunda parte de Estudio en escarlata narra la historia anterior a los acontecimientos de Londres. Drebber y Stangerson desean contraer matrimonio con Lucy Ferrier, hija adoptiva de John Ferrier. Ambos, padre e hija, fueron rescatados de la muerte en medio del desierto con la única condición, impuesta por sus salvadores, de adoptar las creencias y formas de vida de la comunidad mormona que iba a ser instalada en el estado de Utah. Una comunidad que, por cierto, no sale bien parada del texto de Conan Doyle: Ni la Inquisición sevillana ni las sociedades secretas italianas acertaron jamás a levantar maquinaria tan formidable como la que tenía atenazado al estado de Utah. Quien se opusiera a la Iglesia, desaparecía sin dejar rastro ni razón de sí. Una palabra brusca, un gesto duro, eran castigados con la muerte. 

     La descripción que hace Conan Doyle en esta novela, presentando a la Iglesia mormona como un nido de asesinatos, crueldad extrema y poligamia le valió, tanto a la novela como a su autor, una fortísima crítica de parte de aquella comunidad. Hace no tanto tiempo, en 2011, las autoridades educativas de Albermale County, Virginia, retiraron el libro de su lista de lecturas para alumnos de once a doce años tras recibir quejas por el retrato que la novela hacía de los orígenes de la Iglesia mormona. Cabe mencionar, a este respecto, que el doctor y novelista británico escribió hasta una decena de novelas históricas para las que gestó un proceso de documentación exhaustivo, por lo que no parece errónea ni malintencionada la descripción que éste plasmó en las líneas de la novela sobre la referida comunidad.

     Estudio en escarlata es una obra capital de la literatura británica de la segunda mitad del siglo XIX y de la primera del XX. Especialmente por lo que respecta al género detectivesco o policial. No en vano, presenta a los protagonistas principales de una de las sagas literarias más exitosas de la historia --salvo el sempiterno rival de Sherlock Holmes, el profesor James Moriarty, y la bella cantante Irene Adler, la única persona capaz de engañar al genial detective--. Bien vale la pena invertir unas pocas horas en adentrarse en el universo Holmes. Seguramente, el lector quedará atrapado en él y jamás podrá escapar.