LIBROS

LIBROS

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody. Bryan Singer. 2018. Crítica





     La pasada semana 20th Century Fox estrenó la esperada película sobre la historia de la banda de rock británica Queen y su carismático líder, Freddie Mercury. Tras años de rumores, cambios de dirección, producción, guión y actores y demás problemas, finalmente llegó a las pantallas de todo el mundo bajo la dirección definitiva de Bryan Singer (Valkiria, Jack el cazagigantes, Superman Returns y la saga X-Men) y el guión definitivo de Anthony McCarten (La teoría del todo, El instante más oscuro). El actor egipcio Rami Malek (Papillon, Noche en el museo) encarna al mítico cantante originario de Zanzibar, logrando un resultado que va mucho más allá de una simple caracterización e imitación de gestos y posturas para convertirse en un gran trabajo simbiótico por el cual llega a revivir a la estrella del rock que fue Farrokh Bulsara.

     Los desconocidos Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello interpretan respectivamente los papeles del resto de miembros de Queen: el guitarrista Brian May, el baterista Roger Taylor y el bajista John Deacon. Lucy Boynton (Asesinato en el Orient Express) encarna a Mary Austin, el gran amor femenino del cantante y compositor. Y Aaron McCusker (Caza al testigo, Incoming) a Jim Hutton, la pareja de Freddie durante sus últimos años de vida (1985-1991). Aidan Gillen y Tom Hollander interpretan a los mánagers de la banda, John Reid (hasta 1978) y Jim Beach (desde 1978). Mike Myers (saga Austin Powers) da vida a Ray Foster, el productor que perdió a Queen al no aceptar el tema Bohemian Rhapsody como single. Y Allen Leech (Réquiem por un asesino, Descifrando Enigma) al infame Paul Prenter, el mánager personal de Mercury entre 1980 y 1984.

     La película comienza y termina el día del concierto benéfico Live Aid. No obstante, recorre la historia de la banda desde su creación --sobre las cenizas de Smile, grupo en el que ya militaron May y Taylor-- hasta el verano de 1986. Recoge el proceso creativo de las principales canciones y discos del grupo, especialmente Bohemian Rhapsody (para muchos críticos, la mejor canción de la historia del rock), la constante lucha de egos entre sus miembros (y las continuas disputas sobre cómo terminar los temas, cuáles debían ser o no singles promocionales), los vaivenes emocionales de un Freddie genial pero en ocasiones realmente exasperante, sus relaciones amorosas y sexuales con Mary Austin, Paul Prenter y Jim Hutton, los errores y las malas decisiones del cantante y sus malas compañías.

     El ritmo del film es rápido. A veces, trepidante. Tanto que, pese a durar dos horas y quince minutos, no se hace pesada. En absoluto. La emoción que transmite cautiva al espectador, que revive momentos de su propia vida a través de las hechos que se describen y de las canciones que acompañan la historia que se nos está narrando. Por ejemplo: ¿qué amante de la música rock, sea o no seguidor de Queen, no recuerda aquel mítico concierto Live Aid del 86? ¿Quién no se retrotrae al mágico, único e irrepetible momento de escuchar por primera vez temas como Bohemian Rhapsody, Another one bites the dust o Under pressure? ¿Quién no sonríe al recordar dónde, con quién y cuándo vio por vez primera el vídeo clip de I want to break free? ¿Quién no se emociona al ver interactuar a Freddie con el público de Wembley aquella tarde del verano del 86?

     A lo largo de los 135 minutos de su metraje hay momentos para reír (básicamente, con las excentricidades de Mercury, pero también con las directas e indirectas que los miembros de la banda se lanzan en varias de las escenas), llorar (cuando Freddie confiesa su bisexualidad a Mary Austin o su enfermedad a sus compañeros de Queen), reflexionar (sobre la importancia de las buenas amistades y de saber no rodearse de malas compañías) y cantar (al ritmo de We will rock you, Killer queen, Crazy little thing called love o Radio Ga Ga). Y esa sucesión de escenas cómicas, dramáticas, amorosas y musicales hace que el espectador se introduzca en una especie de montaña rusa de emociones de la que no desea salir.

     Servidor, amante desde siempre del rock, y seguidor desde hace tres décadas de Queen, debe reconocer que dejó escapar algunas lágrimas en un momento determinado del film. Y eso que la parte de la historia que aparece en la película está todavía lejos del momento de la muerte de Freddie. Casi mejor así, la verdad. Porque, de haber avanzado en ella y haber finalizado en 1991, quizás las salas de proyección se habrían convertido en un mar de lágrimas. Y, como Freddie comentó en aquellos duros momentos, la música es lo más importante, y cuando uno llega a la cima, solo cabe caer. La suya fue de las más crueles de la historia, sin duda. Pero probablemente fuera una muy buena idea finalizar la historia contada por esta película en 1986.                 

     Como era de esperar, la película asume algunas licencias narrativas en pos de resultar más emotiva y cautivadora, algo que, sin embargo, hace que incurra en falsedades, verdades a medias y/o errores de bulto. A saber: la formación de Queen fue mucho más complicada de lo que el film nos enseña, especialmente en lo referente a las llegadas a la banda de Freddie y John; Mary Austin salió con Brian antes de que Freddie se enamorara de ella y se la robara a su compañero; Jim Hutton no era camarero sino peluquero, y no conoció al cantante en una de sus fiestas sino en un local nocturno de ambiente; la vida sexual y privada de Mercury aparecen algo edulcoradas en la película para conseguir una calificación por edades de más de 13 años y no de más de 18; Freddie no supo que tenía el SIDA hasta meses después del Live Aid, por lo que resulta imposible que comunicara a sus compañeros de banda su enfermedad antes del concierto benéfico; fue Roy Featherstone y no Ray Foster quien se negó a publicar como single Bohemian Rhapsody; Queen nunca se separó como banda; cuando Mercury grabó en solitario Mr. Bad Guy Roger Taylor ya había grabado otros dos álbumes en solitario; antes del famoso Live Aid Queen había hecho una gira de presentación para su LP The works, por lo que el concierto no se produjo tras varios años de inactividad.

     Disquisiciones, alabanzas, críticas y demás comentarios al margen, el caso es que Bohemian Rhapsody es una película que todo amante del rock debería ver. A los no seguidores del grupo les ayudará a conocer un poco mejor los entresijos de la banda. Y a los seguidores les recordará muchas y muchas cosas de sus vidas. La cuestión es que, casi 27 años después de la muerte de Mercury, tanto él como Queen siguen vivos, muy vivos, en las mentes de sus fans y seguidores. Lo cual los convierte en leyenda y los hace, por tanto, inmortales. ¡Fuck you!             


       

viernes, 26 de octubre de 2018

Cataluña: un año tras la DUI





     Mañana se cumple un año de la declaración unilateral de independencia de Cataluña. Muchas cosas pasaron durante los días y semanas anteriores a este hecho, y muchas otras más han ocurrido estos doce meses posteriores. El presente artículo trata de aclarar algunos aspectos y de analizar la compleja situación en que se encuentran Cataluña y España. ¿Estamos mejor o peor que hace un año? Depende de cómo se mire, obviamente.

     En primer lugar, resulta evidente que los líderes independentistas cometieron varios delitos durante las semanas anteriores y posteriores al referéndum ilegal del 1-O. El mismo hecho de convocarlo y llevarlo efectivamente a cabo ya incurre en desobediencia --grave, además, por cuanto dicho referéndum fue declarado ilegal por el Tribunal Constitucional-- y en prevaricación --por ser una resolución contraria  a la ley vigente--, delito que se acompañó, además, de las leyes de septiembre y de la propia DUI del 27 de octubre.

     Un tercer delito deberá ser probado en el futuro juicio. Es el que, en mi modesta opinión, ofrece mayores dudas. Se trata del de la malversación de fondos públicos. Y digo que ofrece dudas porque las cuentas de la Generalitat fueron bloqueadas por el Gobierno de España en aras de asegurar precisamente que no se desviara un solo euro público para la celebración de dicho referéndum. Además, el propio ministro (por aquel entonces) Montoro aseguró que no había existido malversación, provocando el enorme cabreo del juez Llarena. Así las cosas, la única manera de que hubiera malversación sería a través del desvío de otras partidas, aspecto este que, como he dicho antes, deberá ser demostrado en el juicio.

    Menos dudas --por no decir ninguna-- debemos tener respecto a los delitos cuarto y quinto, es decir, rebelión y sedición. Y esto es así porque el vigente Código Penal español dice claramente que para que existan semejantes delitos debe haberse producido un alzamiento violento y público. Por poner un ejemplo claro y definitivo, el último alzamiento violento y público que ha habido en España se produjo el 23 de febrero de 1981, cuando el teniente coronel Tejero entró en el Congreso de los Diputados pegando tiros y secuestrando a los allí reunidos y el ejército sacó los tanques a las calles de las principales capitales españolas. Resulta más que evidente, pues, que no se puede acusar a los líderes independentistas de rebelión y sedición.

     La única violencia que ha habido en este proceso se dio el 1-O, cuando alguien envió a la guardia civil y a la policía a pegar a los ciudadanos catalanes que querían ejercer el voto en el referéndum ilegal. Aquellas imágenes dieron la vuelta al mundo, y los medios internacionales llegaron a comparar a España con Venezuela y Turquía. Además, los independentistas no movieron un solo dedo para realizar las acciones lógicas y típicas en semejantes casos: tomar aeropuertos y estaciones de tren y autobuses, cerrar las fronteras y cortar carreteras y quitar la bandera (en este caso la española) de las principales instituciones (Parlament, Palau de la Generalitat, ayuntamiento de la capital, Barcelona, etc). Por tanto, no parece lógico pensar en que hubiera rebelión y sedición, tratándose de una DUI más simbólica que otra cosa.

     Tras el 27-O, los líderes independentistas debieron decidir entre prisión o exilio. Puigdemont, que no era partidario de la DUI --la cual llegó a posponer hasta en dos ocasiones entre los días 10 y 27--, y que acabó sometiendo la cuestión a votación en el Parlament tras las presiones de ERC y las CUP, que llegaron a llamarlo traidor, decidió el exilio. Eludió la prisión, internacionalizó el conflicto y puso en evidencia en repetidas ocasiones al juez Llarena, que todavía no ha conseguido su extradición por rebelión y sedición. Curiosamente, en la actualidad, es el máximo defensor de la independencia catalana, aunque ciertamente parece más preocupado por su propia causa y por mantener su poder desde Bruselas que en conseguir dicho propósito.

     El juez Llarena merece mención aparte. Porque también se ha saltado algunas leyes, por lo que también podría haber incurrido en prevaricación. Mantiene en prisión preventiva durante un año a los líderes independentistas porque, según su auto, en su ideología permanece su deseo de independencia, afirmación que puede llevar a pensar a mucha gente que se trata más de presos políticos que de políticos presos. Aspecto que se convierte en algo mucho más profundo respecto a los Jordis, que ni siquiera tenían cargo político alguno y fueron, sin embargo, los primeros en ser encarcelados. Mantiene también la imputación de rebelión y sedición, lo que le ha valido ya cuatro serios varapalos a cargo de las justicias belga, alemana, suiza y escocesa, que han denegado todas sus peticiones de extradición al no observar la violencia que estos delitos exigen para su imputación --algo compartido por Amnistía Internacional, Juezas y Jueces para la Democracia y los más de cien juristas y magistrados de todo el mundo que firmaron el ya famoso manifiesto hace un año--. 

     Y, además, Llarena ha incumplido las recomendaciones --no vinculantes, de acuerdo, pero sí dignas de tener en cuenta viniendo de donde vienen-- de la ONU en referencia a mantener intactos los derechos políticos de los imputados mientras no haya una sentencia firme contra ellos. Así, no ha dejado que los líderes independentistas puedan salir --ida y vuelta a la prisión-- para participar de las votaciones en el Parlament tras las elecciones del 22-D --incurriendo de nuevo en una gran injusticia al no dejar participar a Jordi Sánchez, que no pudo ser investido president pese a ser el candidado elegido por las fuerzas independentistas para ejercer dicho cargo--. Así pues, no parece descabellado que diferentes medios y personas hablen de él no como juez del estado sino como justiciero del reino

     Y, ojo, que a servidor no le parece mal imponer a los imputados un serio correctivo para que algo así no vuelva a suceder nunca más. Pero siempre con la ley en la mano. Porque si no, también podemos incurrir en los mismos delitos que ellos. O incluso peores. Y creo que la democracia no se trata de eso. Los líderes independentistas deben cumplir por los actos realizados, pero no por los que no han realizado. Porque no es lo mismo condenarlos a 6-7 años de cárcel que ensañarse con ellos y condenarlos a 30. Y conviene recordar que el golpista Tejero, por algo mucho más grave, solo estuvo en prisión 15 años...

     No quiero terminar este artículo sin hacer referencia a otros temas que, aunque de menor importancia, considero necesario citar al menos. El más claro síntoma de que los líderes independentistas no han cometido rebelión ni sedición es la propuesta de Cs y PP de reformar el Código Penal para que algo así nunca pueda volver a suceder. El simple hecho de proponer esta reforma asume, implícitamente, que no se han dado semejantes delitos. En caso contrario, no haría falta ninguna reforma. Pero la cuestión no queda ahí. Además, estos partidos, especialistas en fomentar el discurso del odio tanto o más que aquellos a quienes se enfrentan tan radicalmente y en apropiarse de una bandera que es --o debería ser-- de todos los españoles, han pedido ilegalizar los partidos independentistas. Una demanda que encierra dos aberraciones: la primera, política (y antidemocrática y anticonstitucional); la segunda, ética (porque el PP es el único partido europeo que ha sido condenado a título lucrativo por corrupción, reconociéndose que es una trama criminal para sacar beneficio económico). ¿Qué partido debería ser, pues, ilegalizado?

     Y termino con el aspecto principal y más importante de todo este tema. El pasado 1-O, en el referéndum ilegal, votaron por la independencia 2,2 millones de catalanes. En las elecciones del 22-D volvieron a votar a los partidos independentistas 2,2 millones de catalanes (prácticamente la mitad de los que acudieron a votar, con récord de participación, por cierto). Y, mucho más significativo todavía, entre el 75 y el 80 por ciento de los catalanes defiende el derecho a  decidir. Es decir, la mitad de los no independentistas también quieren un referéndum legal y pactado para decidir sobre el tema. Porque, contrariamente a lo que se pueda decir, el pueblo catalán es muy serio y responsable. Y sabe que la manera más fácil, decisiva y pacífica de salir de este atolladero es reformar la Constitución para hacer viable dicho referéndum. E, independientemente de si la DUI fue efectiva o simbólica o de cómo quede el tema jurídico de los Jordis y el resto de imputados, incluido Puigdemont, esa es la vía que a todos nos conviene explorar: la pacífica y decisoria.       

                               

lunes, 15 de octubre de 2018

Autorretrato sin mí. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2018. Reseña





     Todavía bajo los efectos de Patria (2016) --dos años consecutivos presente en los puestos cabeceros de todas las listas de ventas de libros de este país, Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio Dulce Chacón y Premio Francisco Umbral, entre otros varios--, Tusquets Editores lanza la nueva obra de Fernando Aramburu. Un trabajo que no es novela ni tampoco ensayo, sino una recopilación de hechos, recuerdos y pensamientos del escritor vasco afincado en Hannover. Un libro personal y arriesgado, especialmente tras el éxito de una de las mejores novelas españolas de los últimos años. Porque, quien espere algo similar a la exitosa Patria, puede sentirse decepcionado. Autorretrato sin mí nada tiene que ver con ella. Pero es una obra bella, bellísima, donde las haya.

     Aramburu, amante de la poesía desde su juventud --algo que queda patente a lo largo de este nuevo trabajo--, nos presenta una serie de prosas, la mayoría de ellas poéticas o rozando la poesía, en las que nos habla de sí mismo, pero también de nosotros, pues en no pocas nos vemos reflejados. El mundo que describe es el nuestro. Nuestro país, nuestra sociedad, nuestra naturaleza. Nuestra vida. Siempre con las palabras justas, yendo directo al grano y dejándonos a menudo sentencias que nos muestran aspectos en los que probablemente jamás habíamos caído hasta ahora. Iluminándonos. Haciéndonos reflexionar sobre todo ello.

     A lo largo de sus ciento ochenta páginas Autorretrato sin mí plasma en diferentes escenas las relaciones familiares del escritor. De su padre nos cuenta que lo añora --no estas ahí, donde solías, en la silla de siempre, y casi se me escapa preguntarte cómo estás, inducido por una obstinada resistencia a aceptar tu muerte... ¿No habrá, padre, un techo que proteja de tu muerte?--, que no lo juzga y que le perdona sus problemas con el alcohol porque trabajaba largas horas en la fábrica y era bondadoso, incapaz de violencia. Por eso lo quise; por eso él es en mi recuerdo, ahora que desdichadamente no puedo decírselo, el héroe modélico que no era.

     Sobre su madre escribe que en su abrazo encuentra el calor más antiguo de mi vida y que te debo una decidida propensión a la perseverancia, la voluntad acaso maniática de terminar cualquier trabajo emprendido, y lo que más he admirado siempre en ti: esa capacidad de cuarzo que tienes para mantener a raya la tristeza. De su esposa afirma que ningún muro lingüístico truncó el designio común de compartir, más allá de la atracción física, el agua y los panes del ser entero. Desde entonces miro por sus ojos, ella mira por los míos, y no hay dolor que le duela sin que a mí me duela ni hay risa en sus labios que no me doble de alegría. 

     El autor añora a su hija Cecilia, que ya no toca el piano de la sala de la casa familiar porque dio la niña en mujer como da el sábado en domingo... y se fue a conocer de cerca su destino. Un destino que, transformado en un médico inepto, estuvo a punto de arrebatarle a su otra hija, Isabel, a causa de unas meninges dañadas que dejaron menguadas sus capacidades intelectuales. Problema este que, acrecentado por la incomprensión de la sociedad, permitió sin embargo a Aramburu humanizarse y humanizar a la pequeña. Te lo debo a ti, Isabel, a cuyo lado, sin que te dieras cuenta, aprendí la compasión.  

     El amor juega un papel importante en la vida de las personas. También en la de Aramburu. Ama a su San Sebastián natal, recordando la escena de su partida en tren. Ama a los amigos y sus abrazos. Ama el mar, la vida, la intimidad y la soledad. Porque, sin soledad (confortable), esfuerzo y tenacidad, no habría alcanzado jamás la libertad adquirida a través de su aprendizaje literario. Porque, evidentemente, ama a los libros. Una pasión firme y duradera que le viene de una juventud ya perdida en la que nació un fervor incurable por la poesía y la lengua gracias a la disciplina impuesta por los frailes de su colegio --quienes confundían la educación con el adiestramiento--, en medio de cuyas explicaciones comenzó a leer a hurtadillas textos breves, poemillas y fábulas que aparecen en los manuales

     Así comenzó a amar a García Lorca, a Bécquer, a Góngora, a Aleixandre. Y, de ahí, a la narrativa. A Camus, por ejemplo --quien murió justamente el día en que Aramburu cumplió su primer año de vida--, de quien aprendió a amar al hombre por encima de la idea. Fruto de todo ello, de la rebeldía y la irreverencia cultural, nació, años más tarde (1978), el Grupo Cloc, donde la risa --antídoto del dogmatismo-- era lo principal, además de la palabra que da envoltura y ocasión a la belleza. Es decir, que parece claro que el objetivo era buscarles el lado poético a las cosas. Porque, sin duda, una de las necesidades más humanas es no abandonar nunca a nuestra imaginación, a nuestro niño interior.    

     Confiesa el autor que se reserva siempre unas horas de serenidad para disfrutar de la lectura, del olor literario del papel. Una manzana, un libro y la sensación de no ser un ser definitivo. De que todo está en constante cambio. Y de que la muerte a todos nos espera en cualquier momento. Algo que él mismo estuvo a punto de comprobar en primera persona --aprendió en soledad el arte tranquilo de morir, a despedirse de los demás, de los árboles, de los pájaros, las paredes, los libros, las estrellas de forma silenciosa-- hasta que supo que todo se trataba de un error de diagnóstico médico. Por suerte para él y para todos sus lectores.

     Autorretrato sin mí es, pues, la historia del escritor, pero también la de la mayoría de nosotros. Un relato que no se lee del tirón, sino a pequeños sorbos, pues no es una novela, y que, viniendo de la mano de un autor en plena madurez, personal y literaria, debe ser leída con emoción y agradecimiento a la vida, a la lengua y a la literatura. Porque, ¿qué sería de la vida sin esos ratitos de soledad confortable y sin esos libros inolvidables (como el que nos ocupa) cuyo simple recuerdo nos provocará en un futuro más o menos lejano un hondo sentimiento de nostalgia?            

          

miércoles, 3 de octubre de 2018

La muerte de Ivan Ilich. León Tolstoi. Servilibro Ediciones. 2012. Reseña





     Huérfano de madre a los dos años y de padre a los nueve, León Tolstoi (1828-1910) perteneció a la más antigua nobleza rusa. Se crió con su tía paterna en Kazan, donde estudió lenguas y leyes. Conocido mundialmente por Guerra y paz (1869), que describe minuciosamente la sociedad rusa durante la invasión napoleónica, y Anna Karenina (1877), una de las mejores novelas psicológicas de la historia de la literatura, en la que aparecen contrastadas la vida de la ciudad y la del campo, abandonó la vida fácil que le tocaba por sangre y se comprometió con la mejora de las condiciones de vida de los campesinos, con la no violencia y con la abolición de la propiedad privada, influyendo de manera notoria en el desarrollo del movimiento anarquista.

     Sus ideas tuvieron profundo impacto en personalidades tan reconocidas como Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Bernard Shaw o Rainer Maria Rilke. Escribió obras moralizantes, como la que nos ocupa, La muerte de Ivan Ilich, rechazó las instituciones y creencias de la Iglesia rusa, lo que supuso su excomunión, y fijó como ideal de la vida la pobreza voluntaria y el trabajo manual. Además, abrió una escuela para niños en la que ejerció de profesor, autor y editor de sus libros de texto, y aplicó una pedagogía libertaria fruto de sus anteriores viajes por Francia, Alemania y Suiza, anticipando la educación progresista moderna. 

     En 1886 escribió La muerte de Ivan Ilich, novela corta que critica la sociedad rusa burocrática de su época a través de los últimos meses de vida de un juez que, al presentir la llegada de su fin a causa de una enfermedad que debilita progresivamente su riñón, reflexiona sobre su existencia y repasa cada una de las etapas de su vida. El juez piensa que es como si hubiera caminado descendiendo por una cuesta mientras pensaba que estaba subiendo. La vida se me escapaba bajo los pies. Porque, pese a sus ascensos en la judicatura y en la vida social de la ciudad, se dirigía en realidad hacia un precipicio. Y, cuando se le pasaba por la cabeza la idea de que aquello (su horrorosa enfermedad) le ocurría por no haber vivido como debiera, se aferraba a la rectitud que había mantenido toda su vida.

     Así, desde el inicio de la enfermedad su vida había transcurrido entre dos estados de ánimo contrarios: la desesperación y la espera espantosa de la muerte y la esperanza y la observación escrupulosa de cómo se comportaba su cuerpo. Sin embargo, pasado el tiempo, toma conciencia clara de su desmejoría, desvaneciéndose toda esperanza de salir del trance con vida. Postrado en su sofá, llega a la cruel conclusión de que toda tu existencia ha sido y es mentira, nada más que un engaño que te ha ocultado la vida y la muerte verdaderas. El rencor y sus dolores físicos convierten sus últimos días de vida en una insoportable pesadilla.

     Se pregunta por qué le ocurre algo así a él. Por qué la vida le depara un final tan terrible. Y su tormento personal es tal que toma conciencia de estar atormentando también a su esposa e hijos, por lo que el odio que siente ante la hipocresía de estos se mezcla con un sentimiento que le lleva también a compadecerlos. De esta manera, sus pensamientos se convierten en una auténtica montaña rusa de sensaciones de la que finalmente desea escapar. E Ivan Ilich decide que tienen piedad de mí; es menester hacer algo para que no sufran, librarlos de ello y librarme yo mismo de estos padecimientos. Y se abandona definitivamente en brazos de la muerte.

     La novela tiene como grandes temas la cercanía de una muerte segura, la falsa esperanza de poder seguir con vida pese a la enfermedad, las mentiras (¿tal vez piadosas?) de unos familiares y médicos que no son capaces de contar la verdad a un moribundo, la hipocresía de una sociedad que abandona a una persona en su peor momento y la soledad de alguien que sabe que va a morir y no encuentra absolutamente a nadie que lo acompañe de verdad en tan duro trance. Por tanto, la psicología --y también, por qué no decirlo, la sociología-- juegan, pues, un papel determinante en el desarrollo de cada uno de los protagonistas de la trama.

     Su esposa, Praskovya Fyodorovna, al principio hace como que no pasa nada. Más tarde, echa la culpa de su enfermedad a su marido. Y, finalmente, se compadece de él. Su hija está más pendiente de su noviazgo y futuro compromiso matrimonial con un joven juez que del estado de salud de su padre. Su hijo, estudiante de leyes, tampoco parece estar muy afectado por la situación. Y sus compañeros de magistratura, un par de ellos, amigos personales de Ivan desde hace años, ocupan el tiempo en tratar de adivinar quién ocupará su cargo tras su muerte y en jugar a las cartas de forma avergonzantemente despreocupada. 

     Así las cosas, la única persona que realmente se preocupa y ocupa de él es Gerasim, el ayudante de su asistente. Será él quien acompañe al juez, le escuche, le dé conversación, le asista y le haga, en definitiva, menos desasosegada la cruel espera de la muerte. Y es que, a veces, de quien menos cabe esperar es quien finalmente más nos ofrece. Especialmente en situaciones tan comprometidas como la que desarrolla la novela. Una novela sobre la vida vacía, la muerte, la hipocresía, la mentira y la soledad. Una historia que se lee en unas tres o cuatro horas pero que deja huella en el lector. Mucha huella. Y profunda.                  

          

viernes, 21 de septiembre de 2018

¡Mercedes, Mercedes! Torcuato Luca de Tena. Planeta. 1999. Reseña





     Publicada en 1999, aunque escrita un par de años atrás, cuando su autor ya solo paseaba en su silla de ruedas, ¡Mercedes, Mercedes! fue la última obra publicada por el periodista y escritor Torcuato Luca de Tena. Pocos meses después falleció en Madrid a la edad de 75 años. Conocido por todos gracias a su espléndida Los renglones torcidos de Dios (1979), se despidió a lo grande con una novela que, como suele ocurrir demasiado a menudo, quedó a la sombra de la considerada como su obra magna. Sin embargo, servidor, terminada la lectura de esta historia, se ve en la obligación de escribir unas líneas para poner en valor una historia que merece ser leída, disfrutada y recomendada por cualquier buen lector que se precie de serlo.

     ¡Mercedes, Mercedes! es una de esas obras que desentraña la psicología humana --de todos los personajes que componen su trama-- de una manera tal que al lector le resulta imposible no empatizar con cada protagonista. Uno no puede remediar sufrir, llorar o sonreír con unos protagonistas que más que personajes parecen personas de carne y hueso. Tanto que se convierten en amigos o enemigos personales del lector. Al menos mientras dura la lectura de la novela. Y, creedme, cuesta despedirse de la mayoría de ellos. Porque, aunque no debo adelantar nada de la trama de la historia, los últimos capítulos resultan tan conmovedores y emocionantes que cuesta no derramar alguna lágrima.

     La acción comienza en un hospital de Brunete, en plena guerra civil española. Encarna, enfermera embarazada de ocho meses, se refugia en el sótano del edificio junto a una mujer que ha dado a luz a una niña tan solo unos días antes. Un bombardeo destruye el edificio. Encarna, presa del pánico, pare de forma prematura un niño entre los escombros. Víctima del cansancio, se queda dormida. Al despertar, descubre, horrorizada, que su hijo recién nacido y la otra mujer han muerto. Y toma una decisión que marcará para siempre su vida: toma a Mercedes --nombre con el que bautiza a la niña de la mujer muerta-- como su propia hija. 

     Como el autor reconoce en su advertencia preliminar, no se trata de una novela de guerra sino de amor. Así, la guerra civil española es solo el telón de fondo necesario para poner al lector en la situación de una mujer que decide algo semejante. La guerra ocupa tan solo los seis primeros capítulos de la acción, que consta de veintidós. Por tanto, estamos ante un relato ficticio que transcurre en un tiempo verídico, es decir, los dos últimos años de la guerra española, la II Guerra Mundial, las dos posguerras y el comienzo de lo que se conoce como guerra fría. No obstante, en la novela encontramos acontecimientos de todo tipo que sirven para ambientarla de manera no solo fehaciente sino muy ilustrativa.

     Las acciones de los personajes y la trama se desarrollan de forma acorde a acontecimientos bélicos, políticos, sociales, científicos, artísticos, deportivos y folclóricos reales, por lo que la lectura de la novela puede servir para que las nuevas generaciones conozcan, casi de primera mano, cómo era y cómo se vivía en la España de las décadas de los años 30, 40 y 50. Porque Mercedes nace en 1937, y la historia se desarrolla hasta que cumple diecinueve años de edad y es presentada en sociedad, tal y como se hacía en la época. Queda claro, pues, que la finalidad del autor respecto a la obra era pura y meramente literaria.

     En el hospital de Brunete también muere, asesinado, el doctor Alcina, el marido de Encarna. Así, la principal protagonista de esta historia queda viuda y con cuatro hijos a su cargo: Alberto, los gemelos Indalecio y Eugenia y la pequeña Mercedes. Elena, su suegra, también viuda, toma la responsabilidad de mantener a flote a la familia de su hijo fallecido. Ni qué decir tiene las dificultades que deberá superar la familia en plena guerra y en la dura posguerra. Y todo, narrado de una manera que involucra al lector en las decisiones que cada miembro de la misma deberá ir tomando para salir adelante. Sobre todo, en el caso de Encarna.

     La madre de familia tomará dos decisiones sobre el futuro de su vida: una, consciente, convertir a Mercedes en su hija; otra, inconsciente en parte, no volver a enamorarse. Se dedicará a criar a sus tres hijos de corazón (Alberto, Indalecio y Eugenia) y a su hija del alma (Mercedes). La aparición en su vida de Luis Armendáriz, amigo personal de su suegra y su marido y héroe de la defensa del alcázar de Toledo, pondrá a prueba la decisión de Encarna de no volver a enamorarse. Sin embargo, y hasta ahí puedo escribir --al lector le corresponde el derecho de conocer más detalles sobre la novela--, no será esta la verdadera historia de amor de este relato. 

     Porque el escrito de despedida de Luca de Tena es, además de raro, tierno, a veces amable y a veces terrible, imprevisible. Los giros que imprime a la acción y a la trama nos llevan hacia una auténtica montaña rusa de emociones, amarguras y alegrías que, como ha quedado escrito más arriba, lleva a conmocionarse al lector. Personalmente, y tratando de ser objetivo, no sé con qué obra de don Torcuato me quedo: si con la apoteósica Los renglones torcidos de Dios o con esta obra maestra, casi desconocida, titulada ¡Mercedes, Mercedes! En lo que no dudaré jamás es en recomendar ambas lecturas, especialmente si el lector gusta de los escritos que tratan tan magistralmente todo lo psicológico.               


martes, 11 de septiembre de 2018

Leones de Aníbal. Javier Pellicer. Edhasa. 2018. Reseña





     Tras el gran trabajo de documentación y escritura realizado en El espíritu del lince (Ediciones Pàmies, 2012), Javier Pellicer decidió contar en otra novela el período inmediatamente posterior a la conquista de Sagunto por los cartagineses. No se trata de una segunda parte al uso, con los mismos personajes, sino de una historia diferente, con protagonistas distintos, a través de los cuales se narra la historia de los siguientes años. Buena parte de la documentación necesaria obraba ya, pues, en manos del escritor valenciano (Benigánim, 1978). Su tarea consistía, por tanto, en completarla y crear la nueva novela. Algo nada fácil de realizar, por cierto, como comprenderán quienes hayan pasado por un proceso similar. Sé a lo que me refiero.

     Pellicer no es solo un escritor de novela histórica. Además, y sobre todo, es autor de literatura fantástica. Así, ha escrito la novela Legados (Ediciones Holocubierta, 2013), basada en el mundo del exitoso juego de rol español Aventuras en la Marca del Este, y ha participado en antologías de relatos fantásticos (Crónicas de la Marca del Este (volúmenes 1 y 2), Legendarium, Ilusionaria 2 o Monstruos de la razón I, entre otras). Su novela corta La sombra de la luna (2011) se puede conseguir gratis en formato digital en la plataforma solidaria de Save the children 1libro1euro. Así pues, nos encontramos ante un autor polifacético, multi temático y solidario.

     Leones de Aníbal, la novela que nos ocupa, narra la epopeya del ejército del estratega cartaginés camino de Roma en la parte final del siglo III a. C.. Al iniciarse la Segunda Guerra Púnica, Aníbal Barca decidió asestar un golpe a los romanos en su propia casa, dando inicio a una de las grandes gestas bélicas de la historia de la humanidad. Desde la recién conquistada Sagunto, el líder púnico reunió a soldados de todos los lugares y condiciones para atravesar los Pirineos y los Alpes y llegar a suelo itálico con el firme propósito de conquistar la ciudad de Roma. Una locura, según muchos; una genialidad, según otros. Sea como sea, Historia pura y dura.

     No obstante, la novela no está narrada por ningún líder de la expedición sino que se nos presenta a través de los ojos de algunos de los soldados del ejército. Aparecen, lógicamente, Aníbal Barca, sus hermanos Asdrúbal y Magón y los oficiales Maharbal y Hannón entre otros. Sin embargo, los verdaderos protagonistas son Alcón, exmediador del consejo de Arse, que actúa como intérprete y traductor del ejército cartaginés, y diversos personajes ficticios. Como Leukón, joven guerrero celtíbero del clan Okalakom del pueblo de los pelendones; Tibasté, caudillo pelendón; Tabnit, oficial y consejero cartaginés; Nunn, sanadora gala, del pueblo de los arecómicos.

     Son estos últimos quienes ocupan la mayoría de las páginas de la novela. Quienes, a través de sus sentimientos, sufrimientos, anhelos y promesas nos meten de lleno en la acción. Todos ellos han de soportar el tremendo peso de sus mochilas. Unas mochilas compuestas no solo de sus equipajes sino de hechos de vida que algunos de ellos apenas pueden arrastrar por el fango y las altas montañas. Así pues, deberán imponerse a sus propios fantasmas y a una naturaleza que se nos muestra tal y como es: casi inaccesible. Porque, de no ser por el ímpetu y las dotes de motivación de Aníbal, tal aventura no habría sido posible. 

     Leones de Aníbal es, sin duda, una novela histórica. Pero también se podría calificar como novela de aventuras. Porque eso es lo que fue aquel viaje a través de los Pirineos y los Alpes. La mayor hazaña conseguida hasta entonces por el hombre. Unos sesenta mil soldados y demás acompañantes, varios millares de caballos y centenas de elefantes atravesando lugares tan inhóspitos y en unas condiciones climatológicas poco o nada aconsejables. Una auténtica epopeya. Una aventura que, por fuerza, ha de unir o separar para siempre a los personajes que la protagonizan. Y de ello va también esta novela: de convivencia, de amistad, de lealtad.

     Aníbal se nos presenta como un gran estratega que basa sus triunfos más en la inteligencia que en la barbarie. Evita dar muerte por el simple hecho de dar muerte. Sabe que matar al enemigo es necesario, pero no se recrea en ello. Ni disfruta con ello. Quiere cambiar el curso de la Historia. El pelendón Leukón solo busca acabar cuanto antes con sus enemigos para poder volver a su poblado y reencontrarse con su amada Stena. El saguntino Alcón está acosado por la culpa de la traición y en ocasiones se debate entre la cordura y la locura. El oficial cartaginés Tabnit guarda un secreto inconfesable que amenaza con dar al traste con el buen nombre de su familia. Y lo más increíble de todo es que entre ellos, pese a todo lo anterior y a sus diferentes lugares de procedencia, nacen la amistad, el respeto, la empatía.

     Más allá de las grandes gestas y de las grandes personalidades, lo que hace grande el mundo es, en mi opinión, las relaciones interpersonales. Por eso, Leones de Aníbal me ha sorprendido. Gratamente. Quizás esperaba una sucesión de hechos más o menos verídicos (como reconoce el propio autor, ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo en muchos de los aspectos que sucedieron hace ya más de dos mil doscientos años) de cuanto aconteció en aquella expedición. Y, sin embargo, pese a que se debe tratar de todo ello, lo que he encontrado en la novela es un conjunto de hechos y situaciones anónimas que bien pudieron suceder tal y como relata Javier Pellicer. Lo cual hace de la esta historia algo perfectamente creíble. Y eso es algo digno de agradecer, felicitar y recomendar.       
               

      

lunes, 3 de septiembre de 2018

Siddhartha. Hermann Hesse. Plaza & Janés. 1994. Reseña





     Escrita y publicada por primera vez en lengua alemana en 1922, en pleno período de entreguerras, Siddhartha fue nuevamente lanzada al mercado editorial, esta vez en lenguas inglesa y castellana, en 1950. Fue en la década de los sesenta, sobre todo tras la muerte de su autor, cuando alcanzó la notoriedad que todavía a día de hoy la hace una de las obras cumbres del que fuera Premio Nobel de Literatura en 1946. La novela fue escrita en la Casa Camuzzi (en el cantón suizo del Tesino), donde Hermann Hesse pasó los últimos cuarenta años de su vida. Los más productivos de su polifacética carrera literaria.

     De sobra conocidas son las tendencias suicidas de Hesse, las cuales también se ponen de manifiesto en un pasaje muy concreto de esta novela, así como su constante búsqueda por conocer quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos. También su larga relación con el mundo del psicoanálisis --llegó a ser amigo personal de Carl Gustav Jung (y la correspondencia entre ambos es digna de ser revisada y estudiada por los entendidos de las materias literaria y psicoanalítica)--, aspecto presente a lo largo de la mayoría de las páginas de Siddhartha. La paz, la soledad, el sufrimiento y la búsqueda del YO perfecto son los grandes temas de la novela.

     La primera parte de la obra --cuatro capítulos-- están dedicados al autor francés Romain Rolland. Así, le escribe Hesse: Desde el otoño de 1914, en que yo también sentí de pronto la profunda crisis de la vida espiritual que había estallado poco antes y ambos nos dimos la mano desde orillas remotas, con la fe puesta en la misma necesidad de crear contactos supranacionales, he tenido el deseo de ofrecerle algún signo exterior de mi estima que fuera a la vez una muestra de mi quehacer creativo y le permitiera echar una mirada sobre mi propio ideario. Y esta es, ni más ni menos, la base de Siddhartha. Las ansias de paz, comunicación y entendimiento en tiempos de sinrazón (los de la I Guerra Mundial).

     De Rolland proviene la filosofía hinduista del Vedanta que Hermann Hesse hizo un poco suya en esta genial obra. A él debemos, pues, este apasionante viaje en busca de la verdad. Un largo y exótico periplo en pos de la armonía universal y de superar la soledad y el sufrimiento. Una emocionante lección vital de espiritualidad que aborda las cuestiones básicas de la vida. Y una historia que deja atrás el vacío de nuestra cultura occidental actual. Una novela en la que la belleza poética y la fuerza lírica del relato nos inspiran a buscar, también nosotros, esa verdad única que gobierna el universo. Una verdad que nos enseñe un modo más humano de entender la vida y nuestros propios sentimientos.

     En las páginas de Siddhartha se alternan pasajes narrativos y de meditación; escenas de espiritualidad y sensualidad; momentos de cordura y de casi locura. Narrada en tercera persona, nos muestra, de forma introspectiva --casi psicoanalítica en múltiples ocasiones--, los sentimientos y tribulaciones interiores de su protagonista. Un protagonista --su nombre significa en hindú aquel que alcanzó sus objetivos o todo deseo ha sido satisfecho-- en constante búsqueda de la perfección. Todo un homenaje a Buda, conocido originalmente, antes de su renunciación, como Príncipe Siddhartha Gautama, y luego ya simplemente como Buda Gautama.

     Nuestro protagonista se encuentra en su peculiar camino por el mundo con una serie de personajes de los que irá aprendiendo diversos aspectos de la vida humana. Abandona a su padre y decide iniciar su propio trayecto a través de la vida. Le acompaña Govinda, su amigo desde la infancia, su seguidor fiel, con el cual se propone seguir a unos samanas (ascetas) y peregrinar junto a ellos. Su encuentro con Gotama (Buda) hace que sus caminos se bifurquen, pues Govinda prefiere quedarse con El Sublime para hacerse su seguidor, mientras que Siddhartha sigue su camino. Y, así, llega a una ciudad y conoce a Kamala, quien lo hace despertar a una nueva vida.

     Una nueva vida en la que conocerá los placeres del amor y la sensualidad de la mano de una mujer de la cual no se enamora --ni siquiera de su belleza, inteligencia y riqueza--, como tampoco ella de él. A través de Kamala entrará en relación con Kamaswami, un poderoso comerciante de la ciudad dedicado de forma mundana a atesorar riqueza tras riqueza. De la mano de Kamala y de Kamaswami conocerá la banalidad de la vida, además de sus riquezas y sus placeres. También a lo que denomina hombres niños, hombres que en relidad considera poco maduros o simplemente infantiles por su forma de vida. Una forma de vida que, sin embargo, llegará a hacer propia durante unos años. Hasta que despierta de forma definitiva.

     Y, de la noche a la mañana, lo abandona absolutamente todo --sus placeres carnales, sus riquezas, sus ropajes-- y huye de la ciudad. De nuevo, tras esos años de mundanidad, regresa a su búsqueda original. Y conocerá al verdadero maestro que jamás pensó encontrar: Vasudeva es un simple barquero que se ocupa de cruzar a las personas de una parte a otra de un río. Sencillo, bondadoso y paciente, logrará finalmente que Siddhartha alcance esa paz y tranquilidad que había anhelado durante toda su vida. Un claro ejemplo de que jamás debemos prejuzgar a las personas. Y también de que nunca sabemos de quién vamos a aprender más en la vida. 

     Hesse no se detiene en ningún momento en descripciones de lugares y personajes. Más bien, concede todo el interés de la acción a las personajes y a sus palabras, gestos y actos. Los estados anímicos de cada protagonista llenan las páginas de sus novelas. Y, de todas ellas, Siddhartha puede que sea la mejor. O no...         

            

viernes, 29 de junio de 2018

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2018





     Como cada año por estas fechas, Jungleland cierra por vacaciones estivales. Pero, antes, siguiendo con su tradición, os deja las diez mejores lecturas de lo que llevamos de 2018. Esta es la lista de recomendaciones veraniegas. ¡Felices vacaciones y lecturas!

10. El jugador. Fiodor Dostoievski. Servilibro ediciones. 2012. Constituye una obra de gran magnitud, pues nos permite conocer de primera mano hechos reales de la vida de uno de los más importantes escritores del siglo XIX, así como elementos de la sociedad en que vivió: la emigración rusa, los balnearios-casinos germanos, las relaciones interpersonales y las bajas pasiones (y, con ello, no me refiero únicamente a las que tienen que ver con el juego). Es una novela que puede servir perfectamente como una magnífica primera toma de contacto con el genio ruso. Y hablo con conocimiento de causa. 

9. Carta de una desconocida. Stefan Zweig. Acantilado. 2002. Publicada en 1922, se trata de una novela corta (apenas 80 páginas) que se lee en una hora larga. La misiva, enviada por una mujer desconocida a un famoso escritor vienés en el día de su cumpleaños, resulta ser toda una declaración de amor, por un lado, y, por otro, una descripción desgarradora de la vida de esta peculiar mujer. Una persona capaz de renunciar a todo en la vida solo por amor hacia alguien para quien tan solo es eso: una completa desconocida.

8. Frankenstein. Mary W. Shelley. Ediciones Rueda. 2002. Publicada hace 200 años bajo el título Frankenstein o el moderno Prometeo, aborda temas tan controvertidos como la moral científica, la creación y la destrucción de la vida, la naturaleza humana o la relación de los humanos con Dios. El hecho de que el doctor Frankenstein actúe como una especie de Dios, con el cual rivaliza, justifica su subtítulo, en referencia a ese Prometeo de la mitología griega que robó el fuego de los dioses para dárselo a los mortales. El hecho de que Zeus acabara castigándolo por ello también se relaciona directamente con esta obra, pues el propio doctor Frankenstein acabará recibiendo el peor castigo. 

7. La librería. Penelope Fitzgerald. Impedimenta. 2010. Una de esas novelas que nos hablan del amor por los libros y de la vergüenza ajena que los escritores y los lectores padecemos cuando comprobamos que vivimos en una sociedad que no lee lo que debiera. Estamos, pues, ante una novela que gustará a lectores y libreros, sobre todo a aquellos cuyos negocios no han podido sobrevivir a una sociedad poco dada a la cultura y a la lectura pero que, en cambio, pueden caminar con la cabeza bien alta por haberlo intentado.

6. El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987. El mundo mítico, casi ascético, que lo haría mundialmente conocido --Macondo o Aureliano Buendía ya aparecen en las páginas de la historia del coronel-- comienza a asomar en esta novela breve. Su estilo se hace más puro, más transparente, y su economía expresiva se pone de manifiesto al narrar esta historia de injusticia y violencia como consecuencia de una situación histórica provocada por las guerras, la tiranía de los gobernantes y la rebelión de las clases sociales más bajas. No obstante, todavía no encontramos los rasgos del realismo mágico propiamente dicho. Y tampoco los característicos saltos en el tiempo que más tarde serían tan habituales en las obras de Gabo.

5. Se llamaba Manuel. Víctor Fernández Correas. Ediciones Versátil. 2018. El Madrid y su ambiente, sus gentes y sus vestuarios, sus luces y sus sombras cobran vida ante nuestros ojos de la mano de un autor versátil que progresa con cada una de sus obras. Ésta se podría calificar como thriller por cuanto mantiene el suspense en todo momento. Sin embargo, también presenta rasgos de la novela histórica e incluso de la costumbrista. Además, entretiene, enseña e ilustra sobre nuestro pasado. Un pasado que vuelve, una y otra vez. Contra el que debemos luchar. Aunque sea derrochando coraje y corazón.

4. El círculo del alba. Luisa Ferro. Planeta. 2016. Una gran novela. De las que puede atraer a todo tipo de público, pues abarca prácticamente todos los grandes temas de la historia de la literatura. Y, todo ello, a través de una narrativa impecablemente sugestiva, descriptiva y reflexiva que, además, recuerda a las formas narrativas de antaño, haciendo un claro guiño a los estilos narrativos de la época --principios del siglo XX-- que tan bien recrea en la novela. Al margen de los personajes carnales, la gran protagonista de la obra es Madrid, esta ciudad que es mujer, que reparte hostias como panes, también sabe encandilar con dulces besos de violetera.  

3. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. Tusquets Editores. 1985. Novela temáticamente coral. Algunos la consideran filosófica-moral por sus ideas existencialistas y sus continuas referencias a ideas como el eterno retorno de Nietzsche y a teorías y obras tan conocidas como el psicoanálisis o el Edipo de Sófocles. Para otros, se trata de una novela político-social, por cuanto describe cómo fue la vida en la capital checa en el período de 1968, en plena Guerra Fría. Por ello, además, no faltan quienes le otorgan también un componente histórico, aunque parece complicada su categorización como novela histórica. Por último, muchos hablan de ella como obra sexual, afectiva y de pareja. Es probable que todos ellos tengan parte de razón. 

2. Asesinato en el Orient Express. Ágatha Christie. RBA Libros. 2013. Basta una sola tarde-noche para comprobar que la fama de reina del suspense y del misterio que acompaña a la novelista que más obras ha vendido a lo largo de la historia según el libro Guinness de los récords es absolutamente merecida. La obra más conocida de la escritora británica se escribió a la antigua usanza, es decir, siguiendo el esquema clásico de introducción, nudo y desenlace. Tras su lectura, queda claro que nada atrapa más a un lector que una novela negra bien estructurada, narrada y desarrollada.

1. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018. Muchas de las más grandes novelas de todos los tiempos nacieron de los momentos más complicados de la vida de sus autores. Ejemplos de ello podemos encontrar un sinfín a poco que naveguemos por los libros o por internet. Claramente, estamos ante un nuevo caso. Ordesa es el resultado de un momento crucial en la vida de Vilas: su divorcio y la muerte de su madre (que cerró el círculo abierto unos años atrás con la pérdida de su padre). El autor hace un ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 del siglo pasado de esta España nuestra. 


miércoles, 27 de junio de 2018

La librería. Penelope Fitzgerald. Impedimenta. 2010. Reseña





     Aunque no es algo muy corriente, a menudo escribir un libro para exorcizar los fracasos personales logra colocar al autor del texto en el camino hacia el éxito e incluso el estrellato literario. Esto es lo que le sucedió a la británica Penelope Fitzgerald con sus obras A la deriva y La librería. Pese a que fue una escritora tardía --no comenzó a escribir y publicar novelas (ocho en total) hasta después de cumplir los sesenta años de edad-- estuvo siempre en contacto directo con las letras ya que entre sus familiares se encuentran editores, teólogos y novelistas. Junto a su esposo, además, fundó una revista literaria, World review, que solo cerró tras la prematura muerte de Desmond a causa de un cáncer. Este hecho hizo pensar a nuestra protagonista que ahí terminaban todos sus sueños literarios. Se equivocó, por supuesto.

     Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida, escribió una vez el poeta Milton. Estas palabras, recuperadas en La librería por Fitzgerald, comparada con Jane Austen por su estilo narrativo, son un buen punto de partida para comenzar a entender la novela. Novela, por cierto, que se ciñe bastante a una época de la vida de su autora. Durante tres años, Penelope, víctima de la pobreza, vivió junto a sus hijos en una pequeña y aislada localidad de Suffolk denominada Southwold en la que había poco que hacer y en la que aprendió --y no poco-- sobre la soledad, la mezquindad y las luchas por el poder y las influencias en los entornos rurales.

     En esta localidad trabajó como ayudante en la Sole Bay Books, una librería local instalada en una vieja casa conocida por todos desde siempre. Pues bien, tanto la casa como el pueblo y sus ambientes sirvieron a Fitzgerald para recrear con minuciosidad la Old House de La librería, así como el pueblo, Hardborough, los llanos que lo aíslan de  los territorios circundantes y sus playas grises. Y también muchos de sus personajes, quienes, aunque con sus nombres cambiados, existieron en el Southwold real y que se desarrollan a la perfección en el ficticio Hardborough de la novela. Curiosamente, incluso el poltergeist o rapper que aparecen en sus páginas existió en la Sole Bay Books real. Aspecto curioso y paranormal que le da un toque de intriga --que nunca terror-- a la obra.

     Realidad al margen, otra vía de inspiración de Penelope a la hora de imaginar y después desarrollar esta novela la encontramos en la novela El cura de Tours, de Honorato de Balzac, en la que la malvada mademoiselle Gamard consigue que el inocente cura del pueblo pierda su iglesia y su envidiada biblioteca. Si cambiamos a la mademoiselle Gamard por la influyente esposa del general retirado Gamart de La librería, quedan explicados muchos de los motivos de la obra. Porque la Gamart será la responsable de toda una serie de catastróficas desdichas que irán sucediéndose en la vida de Florence Green, la valiente, obstinada e ingeniosa viuda que busca cumplir su sueño: abrir una librería en un pequeño pueblo.

     Un pequeño pueblo que no se caracteriza precisamente por la amplitud de miras de sus habitantes. Ni tampoco por sus aspiraciones culturales y literarias. Porque Florence solo recibe el apoyo --que casi nunca se plasma en una ayuda efectiva, salvo en el aislado caso de los scouts y de la pequeña Christine Gipping-- de una variopinta serie de extravagantes y excéntricos clientes que nunca se sabe qué obras le van a pedir. La conjunción de todos estos factores sumen a la protagonista en un estado de soledad que a menudo alcanza altas dosis de peligrosidad. Y, cuando Florence da claros signos de debilidad, los pocos clientes saldrán corriendo de su vida, y también de su librería. Todos menos el señor Brundish. Un personaje fictio que también existió en realidad con otro nombre y en otro lugar.

     A él acudirá Florence para pedirle opinión sobre la conveniencia o no de traer a su librería ejemplares de una de las novelas de moda en los años 1959-60, momento en que se ambienta la obra de Fitzgerald: la polémica Lolita, de Vladimir Nabokov, criticada y exaltada por igual. La respuesta del señor Brundish es inmejorable: es un buen libro y, por lo tanto, debería intentar vendérselo a los habitantes de Hardborough. No lo entenderán, pero será mejor así. Entender las cosas hace que la mente se vuelva perezosa. Si esta respuesta es magistral en cuanto a la calificación psicológica de los habitantes del pueblo, la decisión de la librera de pedir 250 ejemplares de la obra de Nabokov ilustra también la de la protagonista: coraginosa, valiente y tenaz, pero también inocente, inexperta e ingenua.

     Florence será puesta entre la espada y la pared por el celo y las críticas de los vecinos y, por ende, por la conjunción de varios hechos: el deseo de la poderosa Violet Gamart de construir en la Old House un Centro para las Artes; la apertura de la primera biblioteca pública de la historia del pueblo y de una segunda librería en el centro del mismo, la Saxford Tye; la traición de su abogado, Thomas Thornton, uno de los únicos dos letrados de la población; y la Ley de compra obligatoria de edificios antiguos de 1959. Cuando el edificio que albergaba su vivienda y su librería fue requisada, a Florence le pareció que era el momento de que el rapper se dejara oír, y cuando no lo hizo, casi lo echó de menos. En definitiva, todo estaba perdido.  

     Soy consciente de que la presente reseña contiene varios spoilers. Normalmente, intento que no sea así. Sin embargo, esta obra se publicó por vez primera en 1978 --hace justamente 40 años-- y, quien más quien menos, habrá visto también la reciente película de Isabel Coixet. No obstante, el gran spoiler viene ahora --no leer, por tanto, lo que sigue si se pretende leer la novela sin haber visto la película ni haber leído esta obra anteriormente--. Se trata de las últimas líneas de la novela: En Flintmarket tomó el tren de las diez cuarenta y seis hacia Liverpool Street. Cuando arrancó para salir de la estación, ella bajó la cabeza en señal de vergüenza, porque el pueblo en el que había vivido durante casi diez años no había querido tener una librería. 

     No hay un caso más evidente que el presente de que la vergüenza ajena puede ser utilizada para culminar una gran novela. Estamos ante una obra de amor por los libros. Una obra que gustará a lectores y libreros. Sobre todo a aquellos cuyos negocios no han podido echar hacia adelante pero que, en cambio, pueden caminar por la vida con la cabeza bien alta.                

          

viernes, 1 de junio de 2018

Se llamaba Manuel. Víctor Fernández Correas. Ediciones Versátil. 2018. Reseña





     El escritor extremeño afincado en Getafe Víctor Fernández Correas ha despejado dudas con su última novela. Si ya había dado muestras de su carácter polifacético con sus dos primeras obras --La conspiración de Yuste, en la que narró los últimos meses de vida del emperador Carlos V, y La tribu maldita, donde incluso hizo hablar a los hombres de Atapuerca--, con Se llamaba Manuel, novela que aborda temas diferentes que iré desarrollando de forma paulatina a lo largo de esta reseña, termina por demostrarlo de una manera clara y meridiana. Tercera novela publicada --que no escrita--, y ninguna de ellas tiene nada que ver con las demás. Algo que no está al alcance de cualquier escritor. Motivo, sin duda, para felicitar a este autor.

     Se llamaba Manuel se podría calificar como thriller por cuanto mantiene el suspense en todo momento en cada una de sus tramas y sub tramas. Sin embargo, también presenta rasgos de la novela costumbrista e incluso de la histórica. Costumbrista por la constante aparición de los artistas y las canciones de moda en el Madrid de los años 1952-3 (Antonio Machín, Gloria Lasso, Jorge Sepúlveda, Osvaldo Farrés, Nati Mistral, Conchita Piquer o Amália Rodrigues); los característicos trajes, vestidos, abrigos, gabanes y borsalinos de los madrileños de la época; y los cafés, clubs, cines, plazas, avenidas, calles y poblados de chabolas de la capital madrileña. Por no hablar del Metropiltano, antiguo estadio del Atlético de Madrid.

     Los rasgos de novela histórica también constituyen partes importantes de las tramas de esta historia. La principal: las negociaciones entre los gobiernos estadounidense y español en relación a las bases militares de los primeros en territorio nacional en plena guerra fría, en pleno enfrentamiento entre el comunismo --apoyado incluso desde dentro de nuestras propias fronteras a base de acciones de espionaje y sabotaje a cargo de células infiltradas en el tejido social español que debieron hacer frente a la policía política franquista-- y las nuevas democracias occidentales. Unas negociaciones descritas a la perfección en esta novela, con sus avances y sus tira y afloja entre las partes. A EE. UU. le urgía la conclusión de las mismas, y para España era muy importante su economía y su seguridad nacional.

     La guerra de Corea, la presencia de armas atómicas, el relevo en la presidencia de los EE. UU., la llegada a ella de Eisenhower, el precario estado de salud de Stalin (que falleció en marzo de 1953) y los diferentes caracteres de los negociadores (el general McKormick y Andrew Morton por parte de los EE. UU. y el teniente del Ejército de Tierra Arturo Saavedra y el general Agustín Malo de Molina por parte de España) son factores que nos dan una idea de lo complicadas que fueron estas negociaciones. Negociaciones que, como todos sabemos, concluyeron de forma positiva para los intereses de ambas partes. Sobre todo para España, que fue definitivamente reconocida internacionalmente. Aspecto, este, redondeado muy pocos meses después con la firma del Concordato con la Santa Sede. 

     La novela, además, nos habla de la infinita soledad de sus protagonistas. Para ello, se apoya en la famosa frase del Génesis --no es bueno que el hombre esté solo-- y en diversos fragmentos de una de las obras cumbre del inmortal Miguel Delibes, La sombra del ciprés es alargada. Como grandes ejemplos de lo anterior tenemos a los principales protagonistas de la trama: Marga Uriarte, la femenina, y Gonzalo Suárez, el masculino. En ambos casos, resulta sorprendente su absoluta incapacidad para entablar relaciones serias con nadie. El pasado, que siempre está presente, se lo impide. Y es que, a veces, la mochila es demasiado pesada para soportarla. Más si cabe en un país en el que reinaban la hipocresía, el libertinaje, la inmoralidad y las bajas pasiones.

     Escribe Fernández Correas sobre la España real frente a la que se propagaba por prensa, radio y púlpitos de iglesia. Esa España católica, apostólica y romana. Así lo explica en este párrafo: solo faltaban dos meses para la boda. Uno y otra sabían que debían pasar por el trámite para estar juntos; perfectamente evitable a sus ojos, pero no a los de una sociedad que se regía por costumbres ancestrales. Una cosa era lo que ellos quisieran y otra lo que imponían el momento y todo lo que conllevaba: padres, amigos, el sacerdote del barrio... También habla sobre la ilusión. Intacta, imperecedera. Una ilusión a la que agarrarse. Una ilusión que el protagonista principal se niega a arrancar a los inocentes, a las víctimas, a los marginados.         

     Y esa es una de las grandes enseñanzas de la novela: ser positivo en lo negativo, conservar la ilusión, coger al toro por los cuernos en las peores situaciones, luchar por una existencia mejor en una España en la que, según decía la letra del Cara al sol y se repetía desde el gobierno, volvía a amanecer. Pero no para todos. Porque, en contraposición a ese himno, existe otro que nos habla de que sus jugadores luchan como hermanos defendiendo sus colores. Derrochando coraje y corazón. El himno del Atlético de Madrid. Equipo del inspector Gonzalo Suárez. Equipo de Víctor Fernández Correas. Equipo de miles y miles de socios y aficionados. Equipo de servidor.

     El Madrid y su ambiente, sus gentes y sus vestuarios, sus luces y sus sombras cobran vida ante nuestros ojos de la mano de un autor versátil que sigue progresando con cada novela que publica. Desde este modesto blog, servidor no puede hacer más que recomendar la lectura de una novela que entretiene, enseña e ilustra sobre nuestro pasado. Un pasado que vuelve, una y otra vez. Contra el que debemos luchar. Aunque sea derrochando coraje y corazón...