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viernes, 23 de octubre de 2020

Letter To You. Bruce Springsteen. 2020. Crítica

 




    En noviembre de 2019, poco antes de desatarse la pandemia, Bruce Springsteen y la E Street Band se reunieron en la granja del Boss en Colts Necks, Nueva Jersey, para grabar un nuevo disco. Quedaron en hacerlo en tan solo cinco días, pero les sobró uno, pues el disco estaba grabado ya al terminar el cuarto día. Siguiendo los consejos de Stevie Van Zandt y Roy Bittan, Springsteen dejó de lado las demos y dejó que cada miembro de la banda tocara hasta acoplarse a los demás. Después de tocar juntos durante casi una vida entera, no fue demasiado complicado. El resultado, un disco orgánico en el que la E Street Band suena como hace décadas no lo hacía en un estudio --que sí en los conciertos--. No en vano, el sonido de Letter to you es compacto, épico, excitante. Como en la época del Born to run o The river. Finalmente, la producción de Ron Aniello y las mezclas de Bob Clearmountain y Bob Ludwig hicieron el resto.

 

    Me encanta el disco. Estoy feliz por cómo ha quedado la parte emocional impresa en él. Lo grabamos en solo cinco días y resultó ser una de las mejores experiencias de grabación que he tenido en mi carrera. El sonido de la E Street Band tocando en mi estudio completamente en vivo y sin regrabaciones ha sido espectacular. Algo que nunca antes habíamos hecho, afirmó Bruce hace un mes en una entrevista para la revista Rolling Stone. Es como una vuelta atrás, como una manera de recuperar un viejo hábito que acabó por hacer de la E Street la banda de bares más grande del mundo. Además, la temática del trabajo le va al pelo a la manera de grabar. Hacerlo como antaño. Como cuando todavía estaban el saxofonista Clarence Clemmons, el teclista Danny Federici, el mánager del Boss, Terry Magovern, y su recientemente fallecido amigo George Theiss, antiguo componente de The Castiles, una de las primeras formaciones del por aquel entonces adolescente Springsteen.


    En efecto, el tema del disco es el paso del tiempo, la muerte, la constante pérdida, la necesidad de seguir adelante a pesar de todo. Bruce también perdió a su padre, y su ya anciana madre está gravemente enferma de alzheimer. Pero, como él mismo reconoce, una parte bonita de la vida es lo que nos dejan los muertos. Su espíritu, su energía y su eco continúan resonando en el mundo físico mucho después de su partida. Por eso, Letter to you es también un compendio, un conjunto coral en forma de ofrenda-homenaje a aquellos que ya no están con nosotros. Afirmó Springsteen tras la muerte de Clemmons y Federici que la E Street Band no quedaría finiquitada hasta que el último de sus miembros abandonara este mundo. En efecto, mientras quede en pie uno solo de ellos, todavía será posible cumplir los sueños y reparar las promesas incumplidas. Y los fantasmas de los desaparecidos seguirán apoyando, inspirando y dando caña.


    Letter to you está formado por doce temas, de los cuales nueve fueron compuestos por Springsteen durante los años 2018 y 2019. Los otros tres --Janey needs a shooter, If i was the priest y Song for orphans-- son revisiones de viejos temas de los setenta descartados de los discos de la época. Las rescaté porque quería cantar con voz adulta las ideas de la juventud. Algo un poco loco. Bendita locura, pues. Porque, de esta manera, los fans recuperamos tres joyas de las que solo se conservan viejas maquetas y directos de bastante baja calidad. Nos ocuparemos de estas tres canciones más abajo, cuando abordemos el análisis de las doce canciones en su conjunto. De momento, cabe recordar que la primera fue compuesta, con otra letra, en 1971, en tiempos de la Bruce Springsteen Band. La tercera, también de 1971, fue la que hizo que Mike Apel se convirtiera en su mánager. Y la segunda, de 1972, fue una de las canciones que le cambió la vida aquel 5 de mayo de 1972, cuando Bruce la tocó en acústico ante John Hammond, quien le abrió de par en par las puertas de Columbia Records. 

  

    Estas son las doce piezas que componen el vigésimo disco de estudio de Bruce Springsteen y la E Street Band:    

       

1. One minute you´re here: un minuto estás aquí y al siguiente te has ido, canta Bruce acompañado solo de su guitarra. El primero de los homenajes a quienes estuvieron, ya no están, pero se les echa tanto de menos que en todo momento se siente su presencia. Un medio tiempo acústico que recuerda al disco Devils and dust y a Moonlight motel, tema que cierra su trabajo anterior, Western stars. Como si no hubiera pasado un año y medio y todavía estuviera en el granero de su granja. De hecho, como ya ha quedado dicho, allí precisamente ha grabado también este nuevo disco. 


2. Letter to you: una carta directa al corazón de sus seguidores que fue presentada como single de lanzamiento de su disco homónimo. El Boss, como viene haciendo últimamente, se despoja de sus miedos y miserias y, al dictado de su corazón, nos muestra lo que descubrió en los buenos y en los malos momentos, lo fácil y lo difícil que le fue llegar hasta adonde llegó y la felicidad y el dolor que hubo de soportar. Y lo escribe y canta para mí, para ti y para quien lo quiera escuchar. Y, por supuesto, muchos somos todo oídos.  


3. Burnin´ train: si durante décadas el Boss utilizó los automóviles como medio para huir de algún lugar o para llegar a otro sitio, en los últimos años el vehículo preferido por él para seguir tales fines ha pasado a ser el tren (como en Land of hope and dreams o Tucson train). Pero, a diferencia de los anteriores, el ritmo de este tren ardiente quema las vías y se muestra imparable. Sabe que va a llegar a su destino. Y su destino no es otro que el corazón ardiente y apasionado de sus fans. En directo, promete ser un momento épico.


4. Janey needs a shooter: la primera de las piezas de los setenta que el Boss ha querido presentar por fin en formato disco. Temazo que bien podría haber formado parte del Darkness on the edge of town. Su comienzo, al estilo del Like a rolling stone dylaniano, deja paso a una épica y oscura historia que, con una letra modificada, nos habla de una mujer que no conoce la paz ni a través de su médico, ni de un predicador ni de un policía. Y el narrador canta que así que la abracé mucho. Ella era más una santa que un fantasma. Y le dije cuánto tiempo había estado preparándome para ella.    


5. Last man standing: de nuevo aparece el tema de la pérdida. Y es que, tras la muerte de su amigo George Theiss, Springsteen es ya el único superviviente de una de sus primeras formaciones, The Castiles. Fue la primera canción que compuso para este disco. Y, tras los primeros acordes de guitarra del Boss, la batería de Max Weinberg introduce a la banda, incluyendo el magnífico saxo de Jake Clemmons desde la mitad de la canción. Todo ello, para hablarnos sobre la celeridad de la muerte, pero también sobre la riqueza de la vida. 


6. The power of prayer: canción al más puro estilo de sus discos Magic (I´ll work for yor love, por ejemploo Working on a dream, nos habla de la plegaria, del amor y de sus recompensas. Como buen católico que es, Springsteen confiesa refugiarse a menudo en las plegarias. Gran intro de Roy Bittan al piano. Muy buenas guitarras de Nils y Stevie. Resulta prácticamente imposible diferenciar el saxo de Jake Clemmons del de su tío Clarence. Como sucede con Charles Giordano, sustituto de Federici, también Clarence ha tenido un gran recambio en la figura de su sobrino Jake. Todo queda en familia. 


7. House of a thousand guitars: si para el escritor Jorge Luis Borges el paraíso sería un tipo de biblioteca, para Springsteen sería una casa de mil guitarras --¿quizá su propio establo-estudio de grabación de Colts Neck?--. El piano de Roy Bittan y la voz y la vocalización del Boss imprimen al tema un gran misticismo. El tenue saxo de Jake Clemmons acentúa este sentimiento en la parte central-final. El mundo espiritual toma cancha en una canción que también será muy bien recibida en los directos post pandemia. 


8. Rainmaker: tema protesta que llega a recordar a Death to my hometown --del celebrado Wrecking ball--, cuenta la historia de un impostor que dice ser capaz de traer la lluvia al oeste americano. A veces los amigos necesitan creer en algo tan malo que acabarán contratando a un hacedor de lluvias, nos canta Bruce. La canción, que también nos puede llegar a recordar a The ghost of Tom Joad y al Reason to believe acústico de la gira Devils and dust, muestra un tono fiero, desolador, atacante de farsantes. Conociendo sus firmes convicciones demócratas, ¿será una crítica directa a Donald Trump? Seguro.


9. If i was the priest: el segundo de los temas de los setenta que aparece en el disco es una especie de rememoración de la relación entre Jesús y su madre, María. Suena irreverente, sobre todo en el caso de alguien tan religioso como el Boss, pero en esta canción Jesús es el sheriff de un pueblo del lejano oeste, y la virgen María regenta el Holy Gray Saloon, desde donde da misa los domingos y otros servicios los lunes. La armónica y la guitarra de la parte final nos recuerdan de nuevo a la E Street Band de antaño.  


10. Ghosts: es, sin duda, el temazo del disco. Sonido E Street Band en estado puro. Perfecto homenaje al saxofonista Big Man Clarence Clemmons y al teclista Danny Federici, fallecidos durante la última década. Pero sus recuerdos, energía y espíritu dan fuerzas al resto de la banda para seguir, al grito de ¡estoy vivo! Cuando la pandemia pase --que pasará-- y los chicos puedan volver a la carretera Ghosts será, seguro, uno de los puntos álgidos de los conciertos. Unos conciertos a los que tanto ellos como nosotros acudiremos con nuevas energías y ganas de prender el fuego del rock and roll más apasionado. Como ese saxo final y los coros con los que terminan la canción tras contar Bruce hasta cuatro. Brazos arriba, palmas, sudor y subidón entre los subidones.


11. Song of orphans: el tercer y último de los temas de los setenta del disco, nos presenta a un Bruce que soñaba con las estrellas y una guitarra. Una canción sobre la esperanza, basada en la forma de cantar y tocar del Dylan de aquella época. Los hijos buscan padres, pero los padres se han ido. Las almas perdidas buscan salvadores, pero los salvadores no duran mucho. Esos mocosos renegados sin rumbo que viven sus vidas en canciones, corren a lo largo de una vela, en un susurro de buenas noches y se van. Sin embargo, nunca pierden la esperanza.   


12. I´ll see you in my dreams: el disco se cierra con un nuevo recuerdo a los que no están, a esos fantasmas que siguen inspirando a la banda todavía, a pesar del paso de los años. Y es que hay conexiones que ni la muerte logra cortar. Sobre todo cuando los que aquí siguen buscan de forma continuada esos inspiradores espíritus con los que algún día compartieron absolutamente todo. Te veré en mis sueños suena a un hasta luego, amigos. Porque la muerte, en efecto, no es el fin de todo. Una gran manera de despedir un disco hecho, más que nunca, con el corazón. 


    El piano de Roy Bittan, el ritmo marcial de Max Weinberg y Gary Tallent, las destellantes guitarras de Nils, Stevie y el propio Springsteen, el oportuno saxo de Jake Clemmons, el gran teclado de Charles Giordano y los intermitentes coros de Patty Scialfa potencian las armónicas y la voz de un Bruce cuya garganta parece haber rejuvenecido varias décadas en este disco. Una garganta que nos canta una carta directamente a cada uno de nosotros. Con las fuerzas, el talento y la visión ya conocidas para hacernos vibrar con un sonido no perdido pero, sin embargo, sí recobrado. Como si de la primera vez se tratara. Y con la E Street Band en pleno funcionamiento. No en vano, el propio Springsteen lamenta no poder salir a la carretera. Sin embargo, comenta que todo lo que puedo decir es que cuando termine esta experiencia voy a dar la fiesta más disparatada que te puedas imaginar. Yo no sé vosotros, pero esa fiesta no me la pienso perder. Por nada del mundo. Sobrevivir a la pandemia habrá valido la pena si, por añadidura, nos sirve para poder volver a ver en directo al Boss y a una E Street Band a punto, engrasada y, además, enrabietada.  


martes, 13 de octubre de 2020

Al oeste del Edén. Jean Stein. Anagrama. 2020. Reseña





    Jean Stein trabajó durante más de dos décadas para convertir en realidad este libro sobre los orígenes de Hollywood. Lo consiguió, por fin, en 2016. Un año después, a sus ochenta y tres años de edad, se lanzó al vacío desde su apartamento en un rascacielos de Manhattan. Muy lejos, en el tiempo y en el espacio, de ese lugar de los Estados Unidos que inspiró su gran obra. Una obra por la que desfilan muchos de los grandes personajes del Hollywood de los años centrales del siglo XX, es decir, desde 1920 hasta 1970. Lujo, glamour, poder, mansiones, palacetes y castillos, excesos, drogas, sexo, luchas y enfrentamientos intestinos, asesinatos, suicidios y toda clase de intrigas se detallan en las trescientas ochenta páginas que componen un texto que, escrito a base de testimonios directos recogidos durante esos veinte años de labor de investigación, resulta finalmente tan atractivo como desgarrador.


    El dinero y el poder no dan la felicidad. Esa es una de las conclusiones que puede extraer cualquier lector de este conjunto de textos. La mayoría de sus protagonistas fueron famosos, ricos, ostentaron gran poder e influencia, incluso a nivel político, pero basta con leer entre líneas para observar que una de las características que compartieron casi todos ellos fue la infelicidad. Lo cual hace bueno aquello de que cuanto más se tiene, más se desea poseer. Y es que, aunque nos pueda parecer mentira, la fábrica de sueños más potente del mundo destruyó los de muchos de sus propios integrantes y protagonistas. Secretos de alcoba, extravagancias, tensiones que explotan, todo tiene cabida en las páginas de Al oeste del Edén. En un lugar de Estados Unidos. Por muy emblemática que resulte una familia, nadie escapa a los pecados de la humanidad. Buena prueba de ello es este libro.


    La primera de las cinco sagas familiares tratadas en estas páginas es la de los Doheny, cuyo patriarca, Edward L. Doheny, inspiró la novela Petróleo!, de Upton Sinclair (1927), y la película Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson (2007). Doheny creó la industria petrolífera de Los Ángeles, que producía, en los años veinte, el veinte por cien del petróleo mundial. Antes había hecho negocios en México. Su amistad con Porfirio Díaz y los sobornos a funcionarios le habían hecho rico ya. Utilizó todo tipo de artimañas para salirse siempre con la suya e incrementar sus riquezas. Unos extraños asesinatos de los que salió indemne, un par de suicidios en el seno de la familia y las tensiones manifiestas entre varios de los miembros del clan demuestran que no es oro todo lo que reluce. Aunque dentro de una mansión encontremos una casa de muñecas más grande que la mayoría de hogares medios. Los Doheny siguen presentes en Los Ángeles. Lo más asombroso es que, para conservar su poder y su posición, Doheny acabó sacrificando a su propia familia, afirma un testigo de la época. El escritor Raymond Chandler afirmó, en relación a él, que la ley vale lo que pagas por ella y está en el lugar donde la compras. Para el famoso escritor, los Doheny son el paradigma del corazón podrido del paraíso.


    Los famosos hermanos Warner --Sam, Harry y Jack--, que crearon la mayor manifestación cultural del mundo en palabras de Arthur Miller, acabaron enfrentándose entre sí por ver quién controlaba los famosos estudios tras la prematura muerte de Sam. Vanidosos y vulgares, intrigaron contra su propia sangre mientras se reían de las producciones de la competencia, a los que llegaron a acusar de comunistas, y tiranizaban al gremio del cine, luchando contra unas huelgas justas y necesarias para el sector. Se codearon con los presidentes Roosevelt y Nixon, se enfrentaron a Walt Disney, no tenían amigos sino subordinados y aduladores, las tensiones le provocaron un derrame cerebral y la muerte a Harry y Jack se quedó al fin como año y señor de los estudios. Pero Jack, que tenía relaciones sexuales extra matrimoniales donde y cuando se le antojaba --temía perder la mitad de las acciones de sus estudios si se divorciaba, por lo que su esposa y él eran matrimonio solo sobre el papel, declara una de sus amantes--, tampoco tenía buena relación con su hijo, Jack Warner Jr.. Así, la historia de los conocidos Warner Bros ejemplifica perfectamente en qué consisten un fracaso (familiar y emocional) y un éxito (económico y empresarial) colectivo. 


    Los Garland ocupan el espacio central del libro de Jean Stein. William Garland era un rico industrial ferroviario metido de lleno en el mundo del cine y dueño de muchas propiedades en Los Ángeles. Se casó con un bombón llamado Grace Garland, que quería ser actriz y había sido Miss Cleveland, y tuvieron una hija: Jane. Viuda ya Grace, se centró en la salud de su hija, que padecía una extraña clase de esquizofrenia. Contrató a cuidadores para ella, evitando así una indeseada hospitalización. Llevaba una vida aparentemente normal, aunque siempre acompañada de un cuidador. La pérdida de la figura paterna, los acosos de una niñera, las drogas y su coqueteo con una secta pusieron a la joven al borde del precipicio. Poco a poco, la familia fue gastando el dinero de la herencia del industrial. Hasta que solo quedó el de su hija. Y Grace, acostumbrada a un tren de vida demasiado relajado, sucumbió al hecho de que tenía toda aquella pasta al alcance de la mano y no podía echarle las zarpas. Otro ejemplo más de infelicidad manifiesta.                      


    La oscarizada Jennifer Jones (La canción de Bernardette, 1944) se divorció de su marido, David Walker, para casarse con el productor David Selznick. Terminó por arrepentirse años después. Como declara uno de sus hijos, Selznick tenía las llaves del reino cuando papá ni siquiera sabía dónde estaban. Madre era joven, fresca, recién llegada, buscaba nuevas aventuras, y, desde su punto de vista, papá probablemente fuera un hombre limitado. Ni mamá ni papá eran personas de mundo. Selznick, en cambio, vivía y respiraba el glamour de Hollywood y los reyes y las reinas de Hollywood le besaban los pies. Después de Lo que el viento se llevó, no había nadie con más poder en la industria del cine. Su ex esposo se convirtió en alcohólico y murió a los treinta y dos años. Pocos años después, su hija Mary Jennifer, con la que tenía muy mala relación, se suicidó, mientras que su hijo Michael también se echó en brazos del alcohol. Otra familia rota. Tras la muerte de Selznick, Jennifer se casó con el multi millonario Norton Simon, un magnate desaprensivo al más puro estilo de los mismísimos Rockefeller o Carnegie que poseía una gran colección de arte. De nuevo, los lujos no fueron capaces de mitigar las consecuencias de una existencia vacía y depresiva.


    El último de los capítulos del libro lo dedica Stein a su propia familia. Su abuelo, Jules Stein, reconocido médico oftalmólogo que acabó dejando su vocación para representar a grupos y bandas musicales y finalmente fundar la MCA (Music Corporation of America), construyó todo un emporio desde la nada. Su asesor y futuro presidente de la MCA, Lew Wasserman, recuerda que Stein fue el creador de las giras, que en aquellos tiempos no existían. Fue un visionario en lo relativo a los bolos de bandas de música, las llevó por pueblos y ciudades. El propio Stein, en una autobiografía, recuerda que quise diversificar el negocio y empecé con la representación de cantantes, grupos y otros talentos del gusto del público. La radio se estaba convirtiendo en un elemento importante dentro del sector del espectáculo, así que empezamos a representar a los artistas también en ese medio. Se codeó con Al Capone en el Chicago de los años 40 y trabó una gran amistad con el presidente Truman y con el por entonces actor y también futuro presidente Ronald Reagan. Jean Stein, por su parte, fue capaz de lograr una estrecha amistad con el escritor Gore Vidal. Se hizo editora y escritora y vivió hasta los ochenta y tres años.             

    La obra, escrita a través de los testimonios orales de muchos protagonistas y testigos de la colocación de los pilares sobre los que se asentó la fundación del Hollywood actual, nos presenta la ciudad con todas sus luces y también con todas sus sombras. Nos muestra cómo se vivieron el Gran Sueño Americano, la Gran Depresión, la preponderancia de la Mafia, el Comité de Actividades Antiamericanas --o Caza de Brujas--, etc. En definitiva, Al oeste del Edén, es un fresco de la historia de buena parte del siglo XX norteamericano, más concretamente, de Los Ángeles y Hollywood. Una obra para los amantes del cine, pero también para quienes pretenden ser emprendedores en plena época de pandemia. Nada mejor que inspirarse en los creadores de Hollywood para buscar la supervivencia en una época de crisis económica y de valores como la que vivimos en la actualidad.  



jueves, 1 de octubre de 2020

Tierra. Eloy Moreno. Ediciones B. 2020. Reseña


 



    Qué difícil resulta a veces reseñar una novela. Eloy Moreno ha escrito una historia necesaria, oportuna e imprescindible. El azar quiso, además, que viera la luz en febrero, justo antes de la pandemia. Sin duda, el planeta está enfermo. Y, como dice uno de los protagonistas de Tierra, William Miller, el hombre más rico y poderoso del mundo, los humanos son su virus. Precisamente nosotros, los humanos, somos los grandes protagonistas de la novela. Y no salimos en absoluto bien parados de las reflexiones que Moreno, en boca de los personajes de su historia, nos presenta de manera cruda, mordaz y necesaria. Porque el autor de, entre otras, El bolígrafo de gel verde y Lo que encontré bajo el sofá --ambas reseñadas en este blog--, nos coloca ante el espejo para mostrarnos todos y cada uno de nuestros pecados. Todas y cada una de nuestras culpas. Y enfrentarse a todo eso, al lector, no le resulta nada cómodo. Tierra, pues, nos presenta una gran verdad. Una gran verdad incómoda. ¿Qué hacer, pues, con ella una vez descubierta?


    Nuestro planeta ha sobrevivido a todo. Y nos sobrevivirá también a nosotros --y a nuestro turismo depredador--. Sin duda. Negar el cambio climático no lo destruirá, pero sí destruirá las condiciones necesarias para que pueda ser habitado por nosotros, los humanos. Y esa es, pienso yo, una de las pretensiones de Eloy Moreno a la hora de abordar esta novela: denunciar un capitalismo salvaje que induce al consumismo a través del márketing, la publicidad, las redes sociales, la manipulación de la realidad, las mentiras, la destrucción de la ética y los valores y, en suma, la deshumanización del ser humano. Todo ello, en aras de crear una sociedad idiotizada, con una educación progresivamente degradada, que genera una serie de adicciones que crean unas necesidades absolutamente superfluas pero que favorecen negocios que hacen cada vez más y más ricos a los poderosos. El plan que se nos presenta en Tierra es este: una educación mediocre, un empleo de mierda que te hace llegar cansado a casa y una televisión que manipula y favorece el consumo. Una rueda perfecta.


    William Miller se ha hecho rico a costa de jugar con las personas. Es un hombre sin escrúpulos. Sabe que la información es poder. Y que ese poder puede crecer y crecer a través del consumismo. Por eso, no ceja en su empeño a la hora de crear empresas que se apoyan en otras --todas suyas, obviamente-- para construir finalmente un imperio que convierte a los gobernantes en sus títeres. Es el amo del mundo. Y no está dispuesto a perder semejante botín. ¿En qué se apoya para ello? En el enorme poder de la televisión, en las ilimitadas mentiras, en la manipulación y en la gran capacidad que descubre un día para generar audiencia. Una audiencia que atrae también a los publicistas, cuyas empresas invierten ingentes cantidades de dinero para que sus productos aparezcan en pantalla en el momento más oportuno para sus intereses. Las redes sociales, fácilmente manipulables también a partir de perfiles falsos y una serie de logaritmos no tan difíciles de descubrir si uno tiene dinero, acaban de sumarse a los instrumentos que generan poder.


    Tierra es una crítica despiadada --porque así debe ser en este caso-- al conjunto de la sociedad y a la forma de vida de los humanos que la componen. A la crueldad, el ensañamiento, el anonimato y la desfachatez de muchos de los usuarios de las redes sociales. A los influencers, a los selfies y a la necesidad de cada vez más personas de contar su vida a través de las redes sociales. A la creación, con todo lo anterior, de una realidad paralela cada vez más alejada de la verdadera realidad. De la única realidad. Porque cada vez vivimos más de cara a la galería, fingiendo ser lo que no somos. La verdad queda soterrada bajo las mentiras. Y se pierden los valores humanos. La soledad se nos hace más y más irresistible. Y ello nos provoca unas irreprimibles ansias de encontrar a quien nos haga caso y compañía, aunque sea a través del mundo digital. Virtual. No real. Y de ello se aprovechan personas como William Miller. ¿Quién en su sano juicio va a pasarse el tiempo viendo la vida de otras personas cuando podría estar viviendo la suya?, le pregunta a su amigo Dmitri. La respuesta es demoledora: todos los que no tienen vida.


    Miller lanza el programa más visto de la historia de la televisión mundial. Un reality total y absolutamente dirigido en el que ocho personas --cuatro mujeres y cuatro hombres-- se van a vivir a Marte para crear allí una colonia. Quizás un nuevo lugar al que acudir cuando este planeta sea definitivamente inhabitable para la especia humana. Todo está preparado para generar audiencia, publicidad e ingresos. Pero el pasado, que siempre nos persigue, va condicionando las acciones de los concursantes en su nuevo y último aposento (porque saben que de allí jamás podrán volver). Los ocho tienen los perfiles sociales con más seguidores del planeta. Y tratan de superar la soledad que sienten allí arriba a través de las redes sociales. Todo se retransmite en directo, incluso los encuentros sexuales entre ellos. A más morbo, más audiencia. Y a más audiencia, más beneficios. Pero, como explica más tarde su propio creador, todo lo que ocurre allí es mentira. Absolutamente todo está manipulado. Ante tal afirmación, el mundo se tambalea durante unos instantes. Solamente. Es lo que tienen las adicciones.


      Nel, la hija pequeña del multimillonario, se distancia de su padre. Nuestra relación hacía aguas por todos lados, su carácter autoritario comenzó a sustituir al cariño. Solo nos necesitaba para sus experimentos, para hacer pruebas de cámara; ya casi no nos abrazaba, ya casi nunca jugábamos a salvar el mundo juntos. Su hermano mayor, Alan, le recuerda que a veces pienso en todo lo que te molestaba de papá: su poco respeto por los seres humanos y por su intimidad, cómo jugaba con los sentimientos de los demás para hacer dinero, jugando con las personas, mostrando imágenes que no deberían aparecer. Pero los periodistas, de alguna forma, hacéis lo mismo, sois capaces de mostrar cualquier imagen por dura que sea, por violenta que sea, y también por dinero. A lo que Nel responde: hay una pequeña diferencia. Nosotros nos ganamos la vida mostrando la verdad y él lo hacía mostrando la mentira. En otra escena, el tema queda zanjado. Alan le dice a su hermana que solo hay que tener dinero, mucho dinero, más dinero del que nunca tendrá ningún periódico, por eso siempre es más fácil ocultar la información que encontrarla. 


    Tierra es también una historia sobre la familia y sus interioridades. Todos conocemos historias familiares desgarradoras. Litigios en un principio inconcebibles. Padres e hijos que no se hablan. Hermanos que pierden el contacto, como si no llevaran la misma sangre corriendo por sus venas. Es el caso de Nel y Alan. Treinta años después de la escena de inicio de la novela, sus destinos vuelven a mezclarse de la mano de su padre, ya muerto. Una vez más, la última, William Miller ha manipulado las cosas. Pero, en esta ocasión, su finalidad sí es positiva. Una especie de redención desde el más allá para conseguir que sus hijos vuelvan a quererse como en su infancia. Como cuando, juntos, jugaban a salvar el mundo. Algo que luego quedó en el olvido. El acto final de Miller es una forma de darse cuenta de que la muerte no solo se lleva a la persona; con ella desaparece también la posibilidad de nuevos recuerdos. A veces, pues, no queda otra que preservar los ya existentes con anterioridad. Aferrarse a ellos. Aunque tengan hasta treinta años de antigüedad.


    En definitiva, la nueva novela de Eloy Moreno supone un soplo de aire fresco, un nuevo punto de vista, una nueva manera de afrontar una realidad que debemos enfrentar desde ya. Porque la realidad está ahí afuera, en la calle, en las montañas, en los pueblos y ciudades de todo el mundo. No en nuestros dispositivos móviles. Y, dado que solo tenemos un planeta, hemos de cuidar de él, olvidando el turismo depredador y abordando, de una vez, el problema del cambio climático. Un problema que, por incómodo que resulte, debemos comenzar a solucionar. Hoy, mejor que mañana. Porque es un hecho demostrado que, en nuestro planeta, cada vez hay más agua y menos hielo. Y salvar el mundo no es ningún juego.  


    

lunes, 21 de septiembre de 2020

Marianela. Benito Pérez Galdós. Cátedra. 1984. Reseña

 




     En 1878 Benito Pérez Galdós publicó Marianela, una de sus Novelas de la Primera Época, como el propio autor canario (1843-1920) llamó al conjunto de sus primeras obras. El futuro miembro de la Real Academia Española y diputado de las Cortes españolas demostró desde muy temprano que iba a ser uno de los grandes protagonistas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. En política manifestó siempre sus profundos anticlericalismo y republicanismo, lo que provocó su continuo asedio y boicoteo por parte de los sectores más conservadores, católicos y tradicionalistas, quienes jamás reconocieron su gran valor literario e intelectual. Debido a ello, en parte, su candidatura al Premio Nobel de Literatura no llegó a cuajar. Todo ello, a pesar de estar considerado uno de los grandes representantes de la novela realista, apartándose del romanticismo anterior y acercándose al naturalismo, la expresividad y el estudio psicológico de cada uno de los protagonistas.


    Marianela parte de un caso real extraído de un manual de psicología: la recuperación de la visión por parte de un ciego congénito. La relación entre Pablo, joven proveniente de una casa de postín, y Nela, una muchacha fea y deforme por fuera pero bellísima por dentro debido a sus hondos valores, es el hilo conductor de una novela que entrelaza sus tres temas principales: la ceguera y su posible cura, la relación sentimental y la situación socioeconómica. El genio galdosiano es capaz de poner frente a frente la belleza física y la belleza moral, la industria y la agricultura, el hoy y el ayer, el pueblo y la ciudad, la cultura y la naturaleza, la riqueza y la pobreza. Cronista de la España del siglo XIX, como demostró con sus maravillosos Episodios Nacionales, supo como nadie dar cabida en sus obras a todo aquello --lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor-- de aquel país y sus ciudadanos. Leer a Galdós no es solo disfrutar de la literatura. También se aprende Historia. Y sociología. Y psicología.


    Pablo, que no puede ver a Marianela, se enamora de su belleza interior --su bondad y sus valores--. Al más puro estilo de Saint-Exupèry en El principito, reconoce que lo más importante de las personas y de la vida en general es lo que no se ve pero sí se siente. Año y medio como lazarillo del ciego le valen a la Nela para hacerse un hueco en el corazón del joven Penáguilas. Con la autoestima por los suelos desde siempre --yo no valgo para nada, repite una y otra vez-- a causa de aquellos que la juzgan solo por su apariencia física, vive su época más feliz al amparo del amor que le profesa Pablo. Un futuro matrimonio entre ambos brilla en un horizonte tan lejano --la Nela nunca se lo acaba de creer en realidad pese a la pasión con que le habla del tema su amado-- y a la vez tan próximo --la joven, sin embargo, se agarra a él con todas sus fuerzas--. Pero, como se suele decir, la alegría en la casa del pobre dura bien poco. Y así se manifiesta también en Marianela.


    La llegada a Socartes --uno de tantos pueblos ficticios de la historia de la literatura universal-- de Teodoro Golfín cambiará la vida de los amados para siempre. Oftalmólogo de profesión --y muy reconocido no solo en España sino también allende de nuestras fronteras--, tratará de curar la vista al joven Penáguilas. Todo el mundo en el pueblo minero ansía el milagro. También la Nela, aunque en su caso puede mucho más el miedo que la alegría. Marianela cree que cuando Pablo sea capaz de ver perderá el amor hacia ella. Da por seguro que huirá de ella, de su apariencia monstruosa. El amor al que se agarraba durante los últimos meses está amenazado, y Marianela piensa insistentemente en quitarse la vida en la misma sima en la que años atrás se la quitara también su madre. Incluso lo intenta, siendo salvada en el último momento por Golfín, quien se muestra dispuesto a hacerse cargo de ella a partir de entonces. No obstante, morir de amor --y de desamor-- es posible. 


    Por si esto fuera poco, llegan también al pueblo el tío Manuel y Florentina Penáguilas, la prima de Pablo. Manuel y Francisco, los padres de Florentina y Pablo acuerdan el matrimonio de sus hijos si el joven acaba recuperando la vista. Y esto, pese a que el joven sigue pensando en mantener su promesa inicial con la Nela, hunde definitivamente a la protagonista. Y eso que la prima de Pablo decide acogerla como si de una hermana se tratara. Finalmente, se desencadenan dos luchas entre los protagonistas de la novela: una, interna, en la mente de la Nela; otra, externa, la que libran Pablo, Florentina y Golfín --quienes quieren y cuidan a la joven-- contra el resto de pobladores del lugar --que siguen despreciándola y humillándola, dando muestras de una gran inhumanidad--. Como curiosidad, que no casualidad, las tres personas que la ayudan son cultivadas y muestran cultura y sabiduría. Por contra, quienes la vilipendian son víctimas de su propia ignorancia e incultura.


    Todos los personajes de la novela cumplen una función en la misma. También los secundarios. Qué diferentes comportamientos muestran los hermanos Penáguilas y los hermanos Golfín, por ejemplo. Francisco Penáguilas y Teodoro Golfín son buenas personas, además de inteligentes, rectos y bondadosos. En cambio, Carlos Golfín y Manuel Penáguilas se muestran completamente diferentes. Tanto que resulta increíble que sean hermanos de los anteriores. Lo mismo podemos indicar respecto a Celipín Centeno, hijo menor de los Centeno, familia que da cobijo --abusa, más bien-- a la Nela. Celipín quiere a Marianela, a la que considera casi una hermana más. Sin embargo, su madre, la Señana --señora Ana-- y Sofía, la esposa de Carlos Golfín, no hacen más que ningunearla y burlarse de ella. El diferente trato dispensado a la Nela por cada uno de los distintos personajes constituye una parte fundamental de la novela.


    La crítica social, económica y política de la época y el gran despliegue literario para recrear perfectamente los ambientes, la naturaleza, la belleza y la psicología de los personajes la encontramos también en Charles Dickens. Galdós conocía muy bien la obra dickensiana. No en vano, diez años antes de publicar Marianela, el autor de Las Palmas de Gran Canaria había traducido al castellano la obra del británico Aventuras de Pickwick. Un genio traduciendo a otro genio. Casi nada, ¿verdad? Sorprende la facilidad con la que el canario --y también el británico, por supuesto-- refleja en sus obras la complicada --pero a la vez sencilla-- idea de cómo influye en las personas cómo las ven los demás. Y cómo la aparición en la escena de sus vidas de un nuevo personaje puede ponerlo todo patas arriba. A veces, para bien; otras, para su desgracia. Un muy buen ejemplo de todo ello lo encontramos en Marianela. Una novela de esas que todo el mundo debería leer al menos una vez en su vida.


    El pasado mes de enero se cumplió el primer centenario de la muerte del autor. Antes de terminar de celebrar el Año Galdós estamos a tiempo de leer algunas de sus obras. Por mi parte, Doña Perfecta (1876), otra de las denominadas Novelas de la Primera Época, será la próxima. Nunca es tarde, pues, para iniciarse en las lecturas de uno de los autores españoles más reconocidos a nivel universal. Especialmente si se trata de una llamada a la tolerancia y la solidaridad en unos tiempos como los actuales, en los que priman el egoísmo y la intolerancia respecto al que es u opina diferente a nosotros.                                     


   

lunes, 14 de septiembre de 2020

pequeñas mujeres rojas. Marta Sanz. Anagrama. 2020. Reseña



pequeñas mujeres rojas: 642 (Narrativas hispánicas): Amazon.es ...


     pequeñas mujeres rojas --empequeñecidas ya desde el mismísimo título, con la p inicial en minúscula-- es la nueva novela de Marta Sanz que cierra la trilogía (que no fue concebida como tal, por cierto) dedicada al inspector Arturo Zarco, personaje que se ha convertido en los últimos años en uno de los más importantes de la novela negra española. Tras Black, black, black (2010) y Un buen detective no se casa jamás (2012), la autora madrileña (1967), elogiada hace ya años por el gran y añorado Rafael Chirbes, nos sumerge en una novela tan negra como política --toda literatura es política aunque nos hayan hecho creer que la política mancha la concepción literaria, afirmó en una entrevista cuando fue lanzada la novela, justo una semana antes de decretarse en España el estado de alarma por la pandemia del coronavirus--. Mal augurio tener las librerías cerradas justo en ese momento.

     Y, sin embargo, Marta Sanz, nada dada a las redes sociales y a las apariciones públicas, ha sabido vender su libro --con la inestimable ayuda de su editorial, obviamente-- a las mil maravillas. Tanto es así que pequeñas mujeres rojas ha sido, sin ninguna duda, uno de los libros de la pandemia. Apoyado, además, por el lanzamiento, público y gratuito, de Sherezade en el búnker, un relato tan tierno como salvaje para hacer menos tediosa la obligada cuarentena, y una serie de videoconferencias en las que la autora se ha mostrado más cercana que nunca a unos lectores con ganas --y mucho tiempo-- para dedicar a los libros. Una gran campaña de márketing que ha aupado a la novela a la cúspide de este para muchos maldito 2020. Pero, como siempre, hasta de los peores momentos y situaciones puede uno salir airoso. Que se lo digan a pequeñas mujeres rojas

     Pero, ojo, no quiero decir con ello que el éxito de la novela se fundamente en el márketing. En absoluto. Estamos ante una grandísima novela que reconstruye la realidad a través de una crudeza descarnada pero necesaria. No hay mejor manera de tratar el tema de la Guerra Civil, las fosas comunes, la recuperación de la memoria histórica y democrática, la deuda que con todo ello guarda la mal llamada Transición, el peligro de la equidistancia política --en determinados temas uno ha de mojarse, sí o sí-- o la desfachatez del discurso del odio de la ultraderecha de VOX. Sí, pequeñas mujeres rojas es una novela ideológica. Por supuesto que sí. Porque, para Marta Sanz --y para la mayoría de escritores del mundo--, el mero hecho de escribir hace necesaria una gran responsabilidad que convierte a la literatura en una magnífica forma de resistencia política ante el fascismo y los radicalismos.

     A través de las trescientas cuarenta páginas de la novela nos hablan directa o indirectamente --o, más bien, nos escriben-- Paula Quiñones, inspectora de Hacienda y ex mujer de Arturo Zarco, que busca localizar fosas comunes de la Guerra Civil en un pueblo de la España profunda; Luz Arranz, nueva suegra del detective, cuya actual pareja es su hijo Olmo, y amiga de Paula; las mujeres muertas y los niños perdidos, cuyas intervenciones vienen precedidas de un aviso oportuno y necesario: lean despacio; y algunos de los enterrados en las fosas de Azafrán --o Azufrón--, que nos transmiten toda su rabia e impotencia, pero también su intacta humanidad. Zarco se diluye como un azucarillo en el texto. Presente solo a través de comentarios que se intercambian las amigas Paula y Luz, pierde todo el protagonismo de las novelas anteriores y pasa a ser una especie de fantasma, casi siempre odiado y reprochado, pero también, en el fondo, de alguna manera querido y añorado.

     Casi todo el pueblo de Azafrán --o Azufrón-- pertenece a una misma familia, la de los Beato. Algo que de inmediato levanta las sospechas de Paula --en todas las lenguas Paula significa pequeña--, quien investiga en ese pueblo de picos de avestruz y garras de pterodáctilo la posible existencia de un delator en época franquista. Un delator que, a base de ayudar al bando nacional fuera haciéndose con las pertenencias de los desafectos a dicho bando --tesorero de la casa del pueblo, promotor de un intento de huelga, blasfemo, anticlerical, maestro y amigo de comunistas, dueño de tierras fértiles, etc--. Estos, desde sus fosas, recuerdan que nos mataron y nuestros huesitos no salieron a la luz hasta un verano de principios del siglo XXI. Los torturadores de nuestros descendientes y simpatizantes aún cobraban sus pensiones, y Francisco Franco ocupaba su espeluznante mausoleo. Ahora vuelven a pasear por las calles españoles con pistolas a los que se les llena la boca llamándose es-pa-ño-les. 

     La familia de los Beato es muy singular. A simple vista todos sus miembros parecen muy unidos porque siempre están juntos y hacen piña en torno al abuelo, Jesús, que acaba de cumplir cien años de edad. Pero, a poco que Paula comienza a escarbar, encuentra no pocas desafecciones y tremendos odios internos y enfrentamientos. ¿Por qué no dejáis en paz a las personas mayores?, ¿no os da vergüenza? Esos dos hombres tambaleándose, como borrachos, pegándose, ¡a estas alturas! Nosotros hemos pasado ya mucho, mucho, para que nadie venga aquí a escarbarnos la tierra, que es nuestra la tierra, ¿me oís? ¡Nuestra!, le espeta María Melgar a Paula en un momento tenso de la trama. Pero Paula y su compañera Rosa lo tienen muy claro: un pueblo con dignidad ha de saber dónde están todos y cada uno de sus muertos. Quiénes los mataron. Cómo. Qué muertos llegaron de otras partes y por qué reposan en esta tierra de serpientes de cascabel.

     A Paula, mujer de números, no le cuadran las cifras. Demasiados vecinos reclamando cuerpos de familiares y muy pocos huesos encontrados en las fosas. Debe haber más, y más grandes. Y se empeña en descubrirlas, como sea. Porque hay cosas que han de ser olvidadas a la fuerza y otras que deben ser recordadas para siempre con la misma intensidad. Pero siempre es algo muy peligroso alterar el orden establecido en un pueblo en el que en paralelo y en perpendicular a la avenida Caídos de la División Azul nos encontramos retículas de calles con el nombre de generales franquistas. Como si no hubiese pasado el tiempo y la conciliación solo se pudiese producir olvidando masacres y crímenes pero sin borrar de las fachadas de las iglesias los nombres de los caídos por Dios y por España. La onomástica vencedora. No obstante, debe hacerse justicia con los enterrados en las fosas, para que --nos hablan ellos mismos-- nuestros descatalogados fémures dejarán de pertenecer al hoyo y al montículo y podrán ser enterrados en algún lugar donde se nos homenajee y nos coloquen coronas otra vez rojas, amarillas y moradas.

     Resulta indudable que cuando un escritor ejerce su labor no puede dejar de lado su ideología política. Este aspecto se nota en esta novela más que en muchas otras. Sin embargo, hay temas en las que todos, absolutamente todos, deberíamos coincidir: hay cosas que están muy por encima de la ideología. Porque son de justicia. Y es lamentable que en esta España del siglo XXI --ya en 2020-- todavía se debata sobre la memoria histórica, la democracia y la justicia. Por eso, resulta necesario leer pequeñas mujeres rojas. Una novela negra, en muchos momentos, más que el betún, sobre una de las etapas más negras de nuestra historia. Sin duda, pese a la pandemia --o, incluso, también gracias a ella-- firme candidata a novela española del año.                          



martes, 1 de septiembre de 2020

La vieja calle donde el eco dijo. Víctor Fernández Corras. Amazon Createspace. 2020. Reseña.



La vieja calle donde el eco dijo: Relatos de [Víctor  Fernández Correas]


    El autor extremeño Víctor Fernández Correas se aventuró en el mundo de la autopublicación a principios de verano de la mano de esta antología de relatos escritos durante los últimos años. Al escritor de La conspiración de Yuste (2008), La tribu maldita (2012) y Se llamaba Manuel (2018) le apetecía ver publicados sus relatos y vivir en primera persona los entresijos de la autopublicación, así que, consciente de la cada vez mayor dificultad a la hora de encontrar una editorial que apueste por la edición de libros de relatos, vio la ocasión propicia para darse el gusto y probar nuevas experiencias. El resultado es esta recopilación de historias cortas cuyo título, La vieja calle donde el eco dijo, proviene de una de las estrofas de la famosa canción Volver, del cantante argentino Carlos Gardel, considerado por muchos como el padre del tango.  

    No es ni mucho menos una casualidad que el título haya sido tomado de una canción. Cualquier seguidor de Víctor sabe que es un gran amante de la música. De muchos de sus estilos, además. Y buena prueba de ello es la banda sonora de esta recopilación. Tanto es así que el propio autor hizo pública una playlist en la plataforma Spotify con los temas y artistas que aparecen citados en los textos aquí presentados (https://open.spotify.com/playlist/3fmQ557bUOSZkN0RtCBETO). Por experiencia propia puedo asegurar que es una delicia leer los relatos a la vez que se escuchan los temas referidos en cada uno de ellos. Si solo a través de los textos de Fernández Correas ya se disfruta, con el acompañamiento de Leonard Cohen, Gloria Lasso, Mecano, El Último de la Fila, Charles Aznavour, Artie Shaw, Baccara o Frédéric Chopin la experiencia se ve ampliamente mejorada y completada.

    La vieja calle donde el eco dijo está compuesto por veintisiete relatos de no más de cinco páginas cada uno. Desde su espectacular portada nos invaden la nostalgia y la melancolía. Y es que una noche oscura y una calle desierta nos sugieren el ambiente ideal para escuchar los ecos de nuestro pasado, tanto el individual como el colectivo. Y de ello tratan básicamente la mayoría de los textos de la antología. Casi todos sus protagonistas --podríamos perfectamente ser yo, que te escribo, o tú, que me lees-- soportan sobre sus hombros los inmensos pesos de unas mochilas --unos hechos de su pasado personal o familiar-- que a veces resultan insoportables de sobrellevar a través de los años que componen sus existencias. Porque, como sucede en la vida misma, cada uno de nosotros hemos de cargar con nuestros errores y el resultado de estos. Sean los que sean.   

    Bares --qué lugares, tan gratos para conversar, que cantaban los Gabinete Caligari-- de todo tipo, hoteles --y hostales y pensiones--, costas del Mediterráneo --este y sur peninsulares--, calles oscuras, fenómenos extraños o paranormales, música -- también a piano y flamenco salvaje--, hombres, mujeres, historias cotidianas --pérdidas, reencuentros, amores interrumpidos y recuperados, desamor, dramas, separaciones, esperas infinitas, casualidades de la vida, promesas malditas, búsquedas, redenciones, viajes interiores-- y gente de todo tipo --anodina, feliz (a su manera), con suerte, sin suerte--, infidelidades, falsas apariencias y mil y una lecciones de vida forman parte de estos veintisiete relatos que componen un mural de lo que es realmente nuestra forma de ser y desarrollarnos a través de los años de nuestra estancia en estas tierras que, sin duda, nos sobrevivirán.

    Comenta el autor que su relato preferido es el quinto, El coño de la Reme, porque, lo aúna todo: la alegría de vivir, la necesidad de compartir esa alegría con los demás; y, de puertas para dentro, esa pena que creemos guardar en lo más profundo de nuestros sentimientos, pero que, por cualquier razón, aflora cuando menos lo esperamos. Añade que todos los relatos que componen esta recopilación --tiene muchos más que no encajaban en la temática de La vieja calle donde el eco dijo-- dejan un poso melancólico, de lo que fue y no pudo ser. Es esa vida que todos hubiéramos querido vivir y que quedó en el camino, esos momentos casi anecdóticos que, una vez pasado el tiempo, se manifiestan en toda su grandeza y nos revelan lo efímero de la vida, de sus momentos. La vida es como una botella de nuestra bebida preferida, y la mejor manera de disfrutarla es bebiéndonosla de un trago. Y cuantas más botellas, mejor.

    Mi favorito, en cambio, es el séptimo, El vaso de whisky de Don Leonardo. Porque, aunque Víctor y servidor compartimos varias cosas en nuestras vidas --ambos somos del Atleti (el más que yo) y ambos escribimos (él mejor que yo)--, una de las más destacables es el amor hacia la obra de Leonard Cohen, el genial cantautor, poeta, novelista y humanista canadiense. Y el referido relato es todo un homenaje a una de esas figuras que de no haber existido per se alguien debería haber creado de alguna otra manera. El protagonista se llama Lorenzo, pero todo el mundo lo conoce como Don Leonardo porque viste como el famoso cantante, se conoce sus canciones, las canta y susurra de maravilla con una voz ronca muy similar a la suya --imposible igualar la original, por descontado--, es un bebedor empedernido de whisky, un notable fumador y un gran cortejador de mujeres. El caso es que al narrador del relato en cuestión le da --y gratis, además-- una lección que este jamás olvidará y que cambiará su vida. 

    Otros relatos que me gustaría destacar aquí son: Un bar al pie de la muralla, La calle donde mueren los que matan y El piano de Alicia, por su sorprendente, interesante y pertinaz componente paranormal; Las lágrimas de la gitana, El día que ese caño deje de manar y Una taza de té, porque demuestran de lo que somos capaces de hacer las personas por amor; Los enamorados, La pena de la sombra y Una copa de treinta euros, que nos hablan de la pena, el dolor y la rabia que nos pueden llegar a causar el desamor y la pérdida; Lluvia con sabor a reencuentro, Una ventana al mar y Beguin the beguine, porque a veces la casualidad hace posible lo que parecía imposible; y La ilusión de un penalti, El desconocido del mar y Aquel tipo enclenque del banco, que nos demuestran cuándo merece la pena (y cuándo no) jugarnos la vida por perseguir la felicidad.

    Conociendo el hecho de que Víctor Fernández Correas guarda todavía unos cuantos relatos en el disco duro de su ordenador e imaginando que, a buen seguro, irá escribiendo más según pase el tiempo, cabe esperar, dentro de un tiempo --el que él considere oportuno--, una segunda recopilación o antología. Estaremos atentos a ello, pues, mientras esperamos la publicación de alguna otra novela suya. Desde aquí, para finalizar, solo me quedan por decir dos cosas: felicitar al autor (espero esa segunda recopilación) y hacerle una observación: los buenos relatos sí pueden tener la ocasión de ser publicados por alguna editorial algún día. ¡Y estos lo son...!                      


lunes, 29 de junio de 2020

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2020. Recomendaciones veraniegas





    Como cada mes de junio, Jungleland cierra sus páginas ante la inminencia de la temporada estival. Siguiendo la norma no escrita habitual, os dejo, en esta última entrada, mis diez mejores lecturas del primer semestre del año. Un semestre que, marcado por la pandemia, nos ha dejado mucho más tiempo para recrearnos en la lectura. Pase lo que pase este verano --¿quién se atreve a vaticinar lo que pueda pasar a estas alturas?--, tenemos ante nosotros dos o tres meses en los que seguir bebiendo gran cantidad de libros y conocimientos. Así que, como de costumbre, esta lista se convierte, además, en recomendaciones para una época de tradicional descanso y ocio. Sed buenos, mantened las distancias, leed y ¡nos vemos en septiembre!    


10. El pan de los años mozos. Heinrich Böll. Seix Barral. 1971 Escrita y publicada por primera vez en 1955 en la Alemania natal del Premio Nobel de Literatura de 1972, el principal tema tratado en esta novela fue la situación de la República Federal de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. El protagonista y narrador, el joven Walter Fendrich, ha de recurrir a todo tipo de argucias para poder seguir con vida en los años de su adolescencia y juventud en un momento en el que conseguir algo tan simple como necesario --algo de pan que llevarse a la boca-- cuesta demasiados esfuerzos. Todo ello, mientras trata de aprender un oficio con el que ganarse la vida. Así, se inicia como electricista con Wickweber, un explotador que lo obliga a trabajar todos los días de la semana a cambio de un triste salario y una sopa. 


9. El candor del padre Brown. G. K. Chesterton. Castalia. 2020 El padre Brown es a G. K. Chesterton lo que Sherlock Holmes a Arthur Conan Doyle, Hércules Poirot a Ágatha Christie, Auguste Dupin a Edgar Alan Poe o Sam Spade a Dashiell Hammett. Sin embargo, este personaje rompe bastantes de los tópicos del género negro o policíaco. El sacerdote católico, de aspecto humilde, descuidado e inofensivo, siempre acompañado de su paraguas y de diversos objetos envueltos en papel de estraza, conoce como nadie el alma humana. Y resuelve los casos más complicados no con enrevesadas piruetas deductivas, sino sugiriendo que la explicación irracional es en realidad la más racional. A pesar de su lógica devoción, desecha siempre las explicaciones sobrenaturales o espirituales para centrarse en lo natural y ordinario a la hora de resolver los casos más inverosímiles.


8. El club de lectura de David Bowie. John O´Connell. Blackie Books. 2019 Uno de los puntos fuertes de este libro es que se puede llegar a él por ser un seguidor más del rockero, por ser un amante de los libros o por ambos aspectos a la vez. Eso sí, requiere un toque de curiosidad y otro de apertura mental. Y es que las lecturas de este camaleónico artista fueron de muy amplia variedad temática. Novelas de todo tipo, poesía, teatro, filosofía, ensayos esotéricos, manuales sobre música, arte, historia, cultura y márketing y propaganda, cómics y novelas gráficas, fascículos de todo tipo, libros de magia, de entrevistas, de viajes, de religión o gnosticismo, de psicología, de sexualidad, de humor, biografías, etc. El Duque Blanco engullía libros sin parar. Y este particular club de lectura recoge, además, multitud de anécdotas que harán las delicias de sus fans o seguidores.


7. Almacén de antigüedades. Charles Dickens. Club Internacional del Libro. 1993 Publicada originariamente por fascículos, es una narración repleta de crítica social basada en la muerte de la cuñada de Dickens, Mary Hogarth, a quien adoraba el escritor, a la corta edad de diecisiete años. La novela narra la caída, económica y física, de la pequeña Nelly y de su abuelo, propietario de un almacén de antigüedades que conoció en el pasado tiempos mucho mejores. Nelly es lo único que le queda al anciano en este mundo, y su única obsesión es dejar a su nieta una rica herencia con la que esta pueda defenderse por sí sola en el futuro. Consciente de que a través de su negocio no va a conseguir el único propósito vital que todavía puede cumplir, solo se le ocurre ir a jugarse a las cartas cada noche sus cada vez más exiguas monedas. Pese a que siempre pierde, vuelve una y otra vez a las mesas de juego. Hasta que acaba perdiendo su almacén y su casa contigua. Humillados y avergonzados, nieta y abuelo han de abandonar Londres e iniciar un duro vagabundeo por la campiña inglesa.


6. El gaucho insufrible. Roberto Bolaño. Anagrama. 2003 Cinco cuentos y dos conferencias forman parte de la primera de las obras póstumas del escritor chileno, fallecido a los cincuenta años de edad, justo después de entregar en mano el manuscrito de esta recopilación a su editor, Jorge Herralde. Vivió en su Chile natal, en México --donde fundó el infrarrealismo poético en 1976 al grito de déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos-- y en Barcelona, Gerona y Blanes. Viajó, además, haciendo honor a lo expresado en el primer manifiesto infrarrealista, por muchos lugares del planeta, dejando reflejo de todas sus experiencias en cada uno de sus ricos y variados libros. Pese a su prematura muerte, pasó a la historia como uno de los autores más influyentes del panorama literario hispanoamericano del siglo XX, junto a Pablo Neruda, Julio Cortázar, con quien se le comparó en vida, y Jorge Luis Borges, de quien fue un ferviente seguidor. 


5. Casas y tumbas. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2020 Seis años después de publicar Días de Nevada, el autor guipuzcoano afirma que esta será su última novela, vertebrada por el valor de la amistad, el amor incondicional a la naturaleza y la inminencia de la muerte. En ella crea ambientes --el despoblado Ugarte, hoy un barrio de Amurrio, Álava-- y personajes inolvidables. Esos de los que cuesta despedirse al finalizar la lectura. A modo de despedida, el autor asegura en el epílogo haber escrito una novela en la que aparecen narrados diversos pasajes de su vida: sus vivencias en el cuartel de El Pardo, lugar en el que realizó su servicio militar obligatorio cuando todavía vivía Franco, el angustioso episodio en el que su hija estuvo a punto de fallecer de peritonitis, la fascinación que siempre ha sentido hacia el mundo rural y los animales, y la importancia que siempre ha tenido para él la poesía como forma de comunicación y evasión. Esperemos que no cumpla su palabra y esta no sea su obra de despedida. No obstante, de ser así, se habrá despedido a lo grande. Como él, sin duda, merece. 

4. El infinito en un junco. Irene Vallejo. Siruela. 2019 Este ensayo nos hace viajar desde la Alejandría fundada por Alejandro Magno hasta la Roma imperial pasando por las ciudades griegas con Atenas a la cabeza. Un viaje a través de todos los soportes utilizados en cada época para plasmar las palabras sobre piedra, arcilla, juncos, seda o papel. Treinta siglos de continuo esfuerzo para utilizar, transportar, almacenar y conservar de la mejor manera posible los pensamientos de cada personaje, lugar y época. Todo tipo de gente del libro tiene cabida en estas páginas: narradores orales, escribas, sabios, copistas, miniaturistas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, espías, maestras, monjes, esclavos, bibliotecarios, etc. Personas, casi todas ellas anónimas, que durante siglos han hecho posible la realización, divulgación y protección de los conocimientos y las diversas formas de arte y entretenimiento. Todos los que salvaron a los libros de la desaparición se convierten en protagonistas de un relato indispensable para aquellos quienes, de una forma u otra, seguimos formando parte este bendito mundo.


3. Absolución. Luis Landero. Tusquets Editores. 2012 Existe en este mundo una gran cantidad de seres atormentados. Personas que viven atemorizadas por la sociedad, por sus familias o por ellos mismos. Uno de ellos es Lino, el protagonista de esta novela, que parece haber alcanzado la felicidad tras una vida errática, tediosa e insatisfecha. En cuatro días, Lino se va a casar con su amada Clara. Landero describe con gran detalle la psicología humana. Pero, además, introduce una alta dosis de aventura, de viaje iniciático, de búsqueda de la felicidad. También nos hace apreciar el entorno natural que nos envuelve. De todos los personajes se aprenden diferentes maneras de ver la vida. Filosofías de vida. Hacia ellos se acerca el lector, que empatiza con ellos y los comprende a la perfección, quedándose al final con ganas de saber qué ocurre con sus vidas una vez finalizada la magistral narración de este escritor del que habría que leerlo todo. Absolutamente todo. 


2. Madame Bovary. Gustave Flaubert. Alianza Editorial. 2012 Publicada a mediados del siglo XIX, aunque inspirada en la Francia de principios de siglo, se convirtió muy pronto en claro exponente de la literatura realista francesa y universal. También de un romanticismo ya algo tardío en el momento de su escritura. Crítica tanto de la burguesía como de la iglesia católica francesa, ésta introdujo a la obra en su Índice de Libros Prohibidos a causa de la promiscuidad de su protagonista. Censurada, pues, por ser considerada perniciosa para la fe, su popularidad, sin embargo, creció rápidamente. Este clásico inmortal bebe directamente de la Revolución Francesa, de la monarquía autoritaria napoleónica, del emergente poder burgués y de la feroz pugna entre la firme doctrina católica y la cada vez más consolidada filosofía de Voltaire. Además, la novela está considerada como pionera del futuro ideario feminista. 


1. Alegría. Manuel Vilas. Planeta. 2019 Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría. Con estas palabras arranca la nueva novela de Manuel Vilas, finalista del Premio Planeta 2019, que bebe y sigue los pasos de Ordesa, el gran éxito literario de 2018 --designado en este mismo blog como mejor novela de ese año--. Alegría recoge las vivencias, anhelos, carencias, pensamientos y sentimientos del escritor de Barbastro. Escrita entre mediados de 2018 y mediados del 2019, narra momentos de la gira de presentaciones, firmas de libros y demás actos en torno al lanzamiento y promoción de Ordesa. Original, valiente y organizada en torno al mismo caos narrativo que su antecesora, vuelve a ser una obra honesta y humilde alejada de todo tipo de complejos y ataduras. Y, como la novela que la precedió, vuelve a calar muy hondo en los corazones de los lectores. 






jueves, 28 de mayo de 2020

Madame Bovary. Gustave Flaubert. Alianza Editorial. 2012. Reseña



La cueva de los libros: Madame Bovary de Gustav Flaubert


    En 1857, previa publicación por entregas en la revista literaria La Revue de Paris durante octubre y diciembre del año anterior, vio la luz la obra más conocida del autor Gustave Flaubert (1821-1880), quien más tarde publicaría también Salambó y La educación sentimental. La novela Madame Bovary se convirtió desde muy pronto en un claro exponente de la literatura realista francesa y universal. También de un romanticismo ya algo tardío en el momento de su escritura. Crítica tanto de la burguesía como de la iglesia francesa de mediados del siglo XIX, la iglesia católica la introdujo, en 1864, en su Índice de Libros Prohibidos a causa de la promiscuidad de Emma, la protagonista de la obra. Censurada por ser considerada perniciosa para la fe católica, la novela vio crecer su popularidad muy rápidamente.  

    Madame Bovary, cuya acción se desarrolla a comienzos del siglo XIX, bebe directamente de la Revolución Francesa, de la monarquía autoritaria napoleónica, del emergente poder burgués y de la feroz pugna entre la firme doctrina católica y la cada vez más consolidada filosofía de Voltaire, cuyo adalid en las páginas que nos ocupan es el boticario, monsieur Homais, uno de los personajes principales de la trama, que odia con toda su alma a la iglesia católica, con cuyos representantes dirime grandes enfrentamientos dialécticos. Flaubert, conocedor y conocido de Víctor Hugo, George Sand, Émile Zola o Alphonse Daudet, hace gala de una gran agudeza narrativa para exponernos su punto de vista sobre la sociedad francesa de su época.

    La novela consta de tres partes, que muy bien podrían enmarcarse dentro de las tres grandes partes de la novela clásica: introducción (nueve capítulos que abarcan unas ochenta páginas), nudo (quince capítulos que ocupan unas doscientas páginas) y desenlace (once capítulos representados en ciento cuarenta páginas). En la primera parte se nos presenta a los personajes principales: el triste y de vida monótona doctor Charles Bovary, viudo de su primera esposa, y la joven Emma, hija del señor Rouault, paciente del médico, que se convertirá en un breve espacio de tiempo en la nueva Madame Bovary. La joven tiene una extraña idea del amor basada en su nula experiencia y en las mil y una lecturas románticas de su adolescencia. No obstante, se dará de bruces con la realidad de una vida inimaginada. Antes de casarse, se había creído enamorada; pero como la felicidad que debía resultar de este amor no llegó, debía de haberse equivocado, pensaba. ¿No debía un hombre sobresalir en actividades múltiples, iniciar a la mujer en la fuerza de la pasión? Este no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. ¿Por qué me habré casado, Dios mío?

    En efecto, esa idea de vida idílica, festiva y llena de privilegios que esperaba encontrar junto a Charles está tan alejada de la realidad que, desencantada y hasta furiosa con su esposo, Emma caerá enferma de depresión. El porvenir era un corredor negro, negro, y terminaba en una puerta bien cerrada. ¿Y aquella miseria iba a durar siempre? ¿No iba a salir nunca de ella? Y Charles, sin duda un buen hombre que la quiere y la adora, decide dar un cambio de aires a sus vidas: abandonar Tostes y a sus pacientes e instalarse en Yonville, cerca de Ruan, ciudad en la que realizó sus estudios como médico. En este punto de la trama comienza la segunda parte de la novela, en la cual se nos presenta al resto de personajes que componen este enorme retrato de la sociedad francesa de principios del siglo XIX. Una sociedad en la que, como en el resto de sociedades europeas de la época, es mucho más importante simular poseer que poseer realmente.

    En Yonville, definitivamente incapaz de acomodarse a ese tipo de vida, Emma da a luz a una niña de nombre Berta --de la que no se ocupará prácticamente en ningún momento--, comienza a llenar sus vacíos a base de compras desmedidas de muebles, cortinas, collares y vestidos caros a un despreciable comerciante llamado Lheureux, y a fijarse en los hombres más atractivos y poderosos de la zona. Básicamente, dos: el joven pasante de abogacía León Dupuis, con el cual tiene muchos gustos en común --por ejemplo, la literatura-- y Rodolfo Boulanger, un donjuan que deslumbra a Emma por el lujo de su vida y su poder económico y social. Las ansias sentimentales de la esposa del nuevo médico de Yonville, que solo está en casa a las horas de comer, cenar y dormir, pues sus obligaciones le impiden una mayor presencia en el hogar conyugal, comienzan a hacerla vivir siempre en el alambre. La enfermedad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, el cariño matrimonial a deseos adúlteros. Hubiera querido que Charles la pegara, para poder odiarlo con más justicia, vengarse de él.

    Esta segunda parte de la novela describe las relaciones de Emma con los dos hombres reseñados. Por un lado, con León, la joven peca de una excesiva adulación personal, despreciando al joven, incapaz en esos momentos de asegurarle el lujo y la pasión que cree merecer. León, despechado y desencantado, acaba dejando Yonville para continuar sus estudios en Ruan. ¡Ah, se había marchado, el solo encanto de su vida, la única esperanza de una felicidad! ¡Por qué no le retuvo con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería huir! Y la presencia de la madre de Charles no la ayuda precisamente: Si tuviera que ganarse el pan, como muchas, no tendría esos vapores y esa vagancia en que vive, le dice a su hijo. Por contra, con Rodolfo ocurre todo lo contrario: extasiada por una vida más parecida a la que ella conoce por sus lecturas románticas --y recordó a las heroínas de los libros que había leído, la lección lírica de aquellas mujeres adúlteras que la seducían--, atosiga tanto a su amante que este acaba por huir de ella para dejarse caer en brazos de otras mujeres menos agobiantes. Emma, sola de nuevo tras arruinar estas dos posibles relaciones, vuelve a caer enferma. Llegó a preguntarse por qué detestaba a Charles y si no sería mejor poder amarle, pero estaba muy indecisa en su sacrificio. Y Charles deja de lado su trabajo para dedicarse en exclusiva a la salud de su esposa. Sus deudas no hacen más que crecer y la historia se encamina poco a poco hacia un final trágico.

    En la tercera parte Emma finge acudir a Ruan para tomar clases de piano --pese a las deudas, Charles accede a ello porque para él la salud de su esposa es lo más importante y a esas alturas de la historia ya no sabe qué hacer de ella-- para encontrarse de nuevo con León, quien se convierte, esta vez sí, en su segundo amante. Sin embargo, nuevamente la ansias desmedidas de la joven llevarán a la relación a un punto sin retorno. Además, sus encuentros amorosos en un hotel de lujo que, por supuesto, suele pagar ella, provocan un crecimiento ya insoportable de las deudas contraídas con el malvado Lheureux. ¿Quién tiene la culpa? Mientras yo brego como un negro, usted se lo pasa bien, ironiza el comerciante finalmente. La ruina psicológica, emocional y económica de Emma atrapa finalmente también a su marido. Y la tragedia, en forma de embargo de muebles y bienes, se instala definitivamente en sus vidas.

    Madame Bovary se convirtió en un clásico literario prácticamente desde el mismo momento de su publicación. Grandes escritores contemporáneos y actuales lo auparon desde el principio. Henry James dijo de él que es perfecta porque posee una seguridad inaccesible y excita y desafía todo juicio. Milan Kundera afirmó que no fue hasta la obra de Flaubert que el arte la novela ha sido considerado igual que el arte de la poesía. En la misma línea, Vladimir Nabokov aseguró que estilísticamente es prosa haciendo lo que se supone que hace la poesía. Y Vargas Llosa escribió que Madame Bovary fue la primera novela moderna. Además, la obra está considerada por algunos estudiosos como pionera en el ideario del feminismo: Un hombre, por lo menos, es libre. Pero una mujer, inerte y flexible al mismo tiempo, tiene en contra suya tanto las molicies de la carne como las ataduras de la ley. Su voluntad, igual que el vuelo de su sombrero sujeto por una cinta, flota a todos los vientos; siempre hay algún anhelo que arrebata y alguna convención que refrena.  
                       

        

lunes, 18 de mayo de 2020

El gaucho insufrible. Roberto Bolaño. Anagrama. 2003. Reseña





     En julio de 2003, a la edad de cincuenta años, murió el escritor chileno Roberto Bolaño. El deceso tuvo lugar en Barcelona, donde el polifacético autor de ensayos, cuentos, poesías y novelas esperaba un trasplante de hígado que no llegó a tiempo. Acababa de entregar a Jorge Herralde, editor de Anagrama, el manuscrito de su último libro de cuentos, El gaucho insufrible, que se convertiría en la primera de sus innumerables obras póstumas --hubo casi tantas publicaciones de obras suyas tras su muerte (incluidas sus famosas novelas 2666 y El Tercer Reich) que durante sus cincuenta años de vida--. Su prematura muerte no le impidió, sin embargo, pasar a la historia como uno de los autores más influyentes del panorama literario hispanoamericano del siglo XX, junto a Pablo Neruda, Julio Cortázar, con quien se le comparó en vida, y Jorge Luis Borges, de quien fue un ferviente seguidor.

     Vivió en su Chile natal, en México (donde fundó el infrarrealismo poético en 1976 al grito de déjenlo todo, nuevamente láncense a los caminos) y en Barcelona, Gerona y Blanes. Viajó, además, haciendo honor a lo expresado en el primer manifiesto infrarrealista, por muchos lugares del planeta, dejando reflejo de todas sus experiencias en cada uno de sus ricos y variados libros. En Literatura+enfermedad=enfermedad, una de las conferencias que aparecen en la obra reseñada, hace especial hincapié de nuevo en la idea que llevó hasta sus últimos extremos en su vida: la gran importancia de viajar. Siempre. Navegar es necesario, vivir no es necesario, que diría Mallarmé. Voy a viajar, voy a perderme en territorios desconocidos, a ver qué encuentro, a ver qué pasa, que dirían los viajantes condenados de Baudelaire. 

     En la conferencia citada, nos habla Bolaño de la enfermedad y de la paradójica libertad que puede llegar a traernos saber que estamos cerca de la muerte. Ejercer la tiranía de la enfermedad, lo llama. Fiel a su estilo irreverente, va más allá, afirmando que follar es lo único que desean los que van a morir. ¡Qué mayor liberación, verdad! Viajar, leer y follar como formas de vida. Sobre todo, ante la cercanía de la muerte. Parece, sin duda, un testamento vital a modo de despedida. Pero, obviamente, Bolaño quería salvarse. Confiaba en la llegada de ese hígado desconocido que finalmente no fue para él. Pero, por si acaso, en Los mitos de Chtulhu, la otra conferencia publicada en este libro, no deja títere con cabeza en el panorama literario del momento, incluidos los todopoderosos García Márquez y Vargas Llosa, y salvando de la quema a muy pocos, por ejemplo, a Nicanor Parra, a quien consideraría mi maestro si yo tuviera suficientes méritos como para ser su discípulo.

     Junto a las dos conferencias ya reseñadas, este libro consta de cinco cuentos de diferentes temáticas y extensiones. En Jim, el primero de ellos, se inspiró en un personaje real: el americano más triste del mundo, propietario de una pizzería cercana al Café La Habana, en la cual solía comer Bolaño cuando tenía algo de dinero, tiempo atrás. En el último, Dos cuentos católicos, se acuerda el autor del diácono del obispo de Zaragoza, San Vicente, martirizado hasta su muerte en el 304 por el gobernador de Valencia, Daciano. También de Santa Bárbara, tras cuya decapitación cayó un rayo del cielo que fulminó a sus verdugos. Si en el primer cuento católico el protagonista es un adolescente amante del cine que quiere ser cura, en el segundo lo es un asesino en serie, un desequilibrado que pide lismosnas en las iglesias y que, como el anterior, está poseído por la religión.

     El viaje de Álvaro Rousselot nos presenta a un escritor argentino cuyas obras primerizas y de escaso éxito editorial --Soledad y Vida de recién casado-- parecen haber sido plagiadas, esta vez sí con un notable triunfo, por un cineasta francés de nombre Guy Morini bajo los títulos Las voces perdidas y Contornos del día. Rousselot, que trabaja en un bufete de abogados, decide no interponer ninguna demanda por plagio al cineasta francés. Sin embargo, tras escribir otras novelas, que curiosamente tienen un gran éxito, asiste a los estrenos de las nuevas películas del plagiador, descubriendo que nada tienen que ver con sus novelas. Lo cual, lejos de aliviarlo, lo desilusiona profundamente. Así, aprovecha un viaje de promoción a Europa para pasar por París y buscar al cineasta para pedirle cuentas y preguntarle de dónde había sacado aquellas novelas tan poco aclamadas.

     El policía de las ratas es un cuento detectivesco en el que Pepe el Tira, sobrino de Josefina la Cantora, personaje que nos descubrió Kafka en uno de sus relatos --Josefina la Cantora o el pueblo de los ratones--, nos informa sobre la política siniestra de las alcantarillas. El protagonista de este thriller metafórico protagonizado por ratas, que rinde homenaje al autor checo en particular y al género negro en general, busca a un asesino en serie, un auténtico psicópata, que llena de víctimas las alcantarillas de la ciudad. Busca la verdad para que se pueda hacer justicia. Y hace de la investigación todo un arte a base de esmerarse para descubrir a un asesino al que nadie parece querer dedicar tantos esfuerzos como él. Ni siquiera el comisario. Quiso saber si había comentado mis sospechas con alguien más. Me advirtió que no lo hiciera. Deje de fantasear, y dedíquese a cumplir con su trabajo.

     El gaucho insufrible es el cuento más largo y sirve para dar título a la colección que compone el libro. En un claro homenaje a Borges, Cortázar y otros ilustres autores sudamericanos de la época, Bolaño aprovecha el corralito argentino para criticar la sociedad de la época y narrarnos la historia de Manuel Pereda, un juez y abogado de Buenos Aires que decide abandonar el mundanal ruido para instalarse en su casita de campo, de nombre Álamo Negro, en Capitán Jourdan. A lomos de un caballo al que da el nombre de José Bianco, en recuerdo al escritor argentino al que tanto admiró también Borges, recorre la Pampa durante tres intensos años, mientras se dispone a olvidar su vida anterior. Viudo, padre de un hijo (el Bebe) y una hija (la Cuca) que viven en Europa, y asqueado por la podrida política y la injusta justicia, trata de vivir con la máxima dignidad los años que le puedan quedar de vida. 

     La policía es el orden, mientras que los jueces somos la justicia, les dice Pereda a los gauchos a los que paga para que trabajen para él en sus terrenos. Pese a ello, si Pepe el Tira, el protagonista de El policía de las ratas, es un entusiasta de la verdad y se esfuerza sobremanera con tal de alcanzarla, Pereda está ya de vuelta de todo. Precisamente, por eso vuelve a un lugar al que su padre, de pequeño, aseguró que jamás volvería. Comienza desde cero, arreglando el techo de la casa, que está medio derruido a su llegada después de tantísimos años de abandono. Las críticas de la primera parte al Buenos Aires capitalino se trasladan en la segunda a la Pampa, un territorio semi olvidado y abandonado. Aún así, cual Quijote, Pereda piensa --más bien, se auto convence de ello-- que es un lugar como otro para volver a empezar una nueva vida. 

     Viajar, leer (y escribir) y follar. Así nos cuenta Bolaño que fue la mayor parte de su corta pero intensa vida. Cincuenta años son muy pocos, pero le bastaron para disfrutarla. Y también para entrar, por derecho propio, en la historia de la literatura hispanoamericana contemporánea. Buenos Aires es tierra de ladrones y compadritos, un lugar similar al infierno, donde lo único que valía la pena eran las mujeres y a veces, pero muy raras veces, los escritores. La Pampa, en cambio, era lo eterno. Un camposanto sin límites es lo más parecido que uno puede hallar. Un camposanto copia fiel de la eternidad. Pues bien, Bolaño alcanzó la eternidad. Mucho antes de lo que él mismo habría deseado, sin duda, pero la alcanzó.                                                


miércoles, 13 de mayo de 2020

Almacén de antigüedades. Charles Dickens. Club Internacional del Libro. 1993. Reseña




   


     Tal y como había hecho un año antes con Barnaby Rudge. Relato de los disturbios del año ochenta, entre finales de 1840 y comienzos de 1841 el semanario Master Humphrey´s Clock publicó Almacén de antigüedades, de Charles Dickens (1812-1870). Como es habitual, al terminar las entregas, la obra entera fue publicada en un solo volumen. El novelista inglés más conocido de la época victoriana ya había escrito anteriormente Aventuras de Pickwick y Oliver Twist, dos novelas de juventud que sorprendieron a propios y extraños en los años finales de la década de 1830. ¿Cómo un joven sin apenas formación podía haber escrito antes de cumplir los treinta años de edad dos novelas tan formidables? La única respuesta válida para responder a esta pregunta es simplemente una palabra: Dickens fue un gran autodidacta.

     Almacén de antigüedades es una narración repleta de crítica social basada en la muerte de su cuñada, Mary Hogarth, a quien el autor adoraba, a la corta edad de diecisiete años. En la novela asistimos a la caída económica y física de la pequeña Nelly y de su abuelo, propietario de un almacén de antigüedades que conoció tiempos mucho mejores. Nelly es lo único que el anciano tiene en este mundo, y su única obsesión es dejarle a su nieta una herencia bien jugosa. Consciente de que a través de su negocio no va a conseguir su único propósito vital, solo se le ocurre ir a jugarse sus cada vez más exiguas monedas a las cartas. Pese a que siempre pierde, vuelve una y otra noche a las mesas de juego. Hasta que pierde hasta su almacén y su contigua vivienda. Así, humillados y avergonzados, nieta y abuelo huyen de Londres e inician un duro vagabundeo por la campiña inglesa.

     Con el peculiar estilo dickensiano, mezcla de sátira, aventura, ironía, crítica y comicidad, se nos desgranan los hechos constituyentes de la vida de cada uno de los personajes de la trama. Aunque Nelly y su abuelo son los protagonistas principales --y se nos cuentan con todo lujo de detalles y descripciones sus mil y una peripecias por la campiña inglesa a lo largo de sus semanas de huida de la capital--, el lector siente la creciente necesidad de saber qué va a ser de Kit, el amigo íntimamente enamorado de la pequeña y servidor de su abuelo, un joven trabajador y honrado que se gana la vida como buenamente puede pero siempre de forma honrada y legal; o el malvado Daniel Quilp, un enano y deforme prestamista que no conoce los escrúpulos ni con su propia esposa y que no duda en utilizar lo que tenga a mano en cada momento para salirse siempre con la suya al precio que sea.

     Dick Swiveller es quizás el personaje más cambiante a lo largo de la novela. Al principio colabora con Quilp para tratar de averiguar el paradero de Nelly y de su abuelo. Quilp le convence de que el viejo es rico y le promete hacer lo imposible para casarlo con la pequeña en caso de encontrarla al fin. El joven se involucra de inmediato, pensando que de esa manera obtendrá un fácil botín. El devenir de los hechos, a partir de ahí, harán que Swiveller vaya evolucionando hasta posiciones mucho más moralizantes. Se enamorará de la Marquesa, otra casi niña que sirve en la casa en la que Quilp le ha colocado como escribiente. Los procuradores, los hermanos Brass, son otros personajes siniestros que intentan sacar ventaja de las situaciones que se les van presentando en su día a día. Pero hay protagonistas bondadosos también.

     El mayor de todos, sin duda, el maestro de escuela. No solo aloja a Nelly y a su abuelo en un primer momento en su propia casa, sino que finalmente les consigue un hogar para ellos solos en Shropshire, el pueblo al que llegan ambos ya con su salud muy deteriorada tras varias semanas de peregrinación y miseria. Además, el maestro logra emplear a la pequeña en la iglesia y en el cementerio del pueblo. Un trabajo no demasiado arduo ni tampoco muy bien pagado, aunque suficiente para que nieta y abuelo puedan dejar de deambular por los campos y tengan siempre un cobijo y algo que echarse a la boca cada día. Pese a su timidez, Nelly se ganará muy pronto a la gente del pueblo gracias a su buen hacer en sus tareas y a sus atenciones hacia cada uno de los ciudadanos. Abuelo y nieta, por fin, se sienten como en casa y se juran que jamás abandonarán Shropshire. 

     El final de la novela --el cual no desvelaré, obviamente-- resultó polémico en su época. A algunos, su alta carga dramática y sentimental los maravilló, cautivó y emocionó --se dice que el líder irlandés Daniel O´Connell, conocido como El libertador, tiró el libro por la ventana nada más terminar de leerlo--; a otros, los no tan románticos, les resultó empalagoso --ojo: no, el final no es lo que aquí parece--. Así, Oscar Wilde afirmó haberse muerto de la risa durante la lectura de las últimas páginas de la novela. Además, como curiosidad, parece real que antes de la última entrega en los EE. UU., los fans de la novela gritaban a los barcos ingleses que encontraban para preguntar por el puerto si la pequeña Nelly seguía con vida todavía. Algo que habla muy bien de la trama, que mantuvo en vilo a mucha gente durante meses a la otra orilla del Atlántico.

     Uno de los fuertes de Dickens fueron siempre las descripciones. Cada personaje es retratado como si de una pintura se tratara. Tanto física como psicológicamente. Lo cual hace que el lector sienta lástima o pena por algunos de ellos y aversión y asco por otros. La evolución de algunos de ellos a lo largo de la obra --hemos citado el caso de Swiveller en esta reseña-- es otro de los aspectos a destacar en la literatura dickensiana. Lo mismo que hemos citado respecto a los personajes ocurre con los ambientes, paisajes y lugares. Así, la misma ciudad de Londres se convierte en una de las grandes protagonistas de sus novelas. Sus calles, sus suelos, sus edificios, tiendas y casas se levantan de las páginas de tal manera que nos parece estar paseando por ese Londres decimonónico victoriano. Y qué decir del salvaje campo, repleto de payasos, saltimbanquis, viajeros, mentirosos y ladronzuelos.

     Aunque a lo largo de la novela hay diversos pasajes dignos de reseñar, me voy a detener, para acabar, en tres de ellos: 

- Sobre Quilp, su esposa y las costumbres de la época: es natural que, estando reunidas tantas señoras, la conversación recayera sobre la propensión del sexo fuerte a dominar y tiranizar al débil, y acerca del deber que tenía éste de resistir y volver por sus derechos y dignidad. Era natural por cuatro razones: primera, porque siendo joven la señora Quilp y sufriendo las brutalidades de su marido, era de esperar que se rebelara; segunda, porque era conocida la inclinación de su madre a resistir la autoridad masculina; tercera, porque cada una de las concurrentes creía manifestar así la superioridad de su sexo, y de ella misma entre las demás; y cuarta, porque, estando acostumbradas las allí reunidas a criticarse unas a otras, una vez reunidas en íntima amistad no podían hallar asunto mejor que atacar al enemigo común. 

- Sobre Nelly y su relación con el abuelo y con el maestro: la bondadosa franqueza del buen maestro, su afectuosa seriedad y la sinceridad que había en sus palabras, inspiraron confianza a la niña, que le contó toda su historia, toda su vida. No tenían parientes ni amigos, ella había huido con su abuelo para librarle de una casa de locos y de todas las desgracias que tanto temía, aún entonces huía otra vez para librarle de sí mismo, buscando un asilo en algún lugar remoto y primitivo, donde no pudiera caer otra vez en aquella tentación (el juego) tan temida. 

- Sobre Nelly, su trabajo en el cementerio y el recuerdo de los muertos --de nuevo, en conversación con el maestro--: pero, ¿tú crees que una tumba abandonada, que una planta seca o una flor mustia indican descuido y olvido? ¿Crees que no hay acciones, hechos, que recuerdan mejor a los muertos queridos que todo esto que nos rodea? Hay mucha gente en el mundo que ahora mismo está trabajando pero cuyo pensamiento está al lado de esas tumbas, por muy olvidadas que parezcan estar... No hay nada bueno que desaparezca; todo el bien permanece; no se olvida del todo. Un muerto querido permanece siempre en la mente y en el corazón de los que le amaron en vida. No se suma un ángel más a las huestes celestiales sin que su memoria viva en los que le amaron eternamente.