LIBROS

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lunes, 3 de mayo de 2021

Desayuno en Tiffany´s. Truman Capote. Anagrama. 1990. Reseña

 




    En 1958, con tan solo 34 años de edad, Truman Capote publicó en EE. UU. su novela Desayuno en Tiffany´s. Quienes pudieron tener el privilegio de leer aquella edición de Random House durante los tres años siguientes se imaginaron una Holly Golightly diferente de todos aquellos que la hemos ido leyendo después. Y es que en 1961 el director Blake Edwards rodó la película, cuyo título se tradujo en España como Desayuno con diamantes, interpretada por Audrey Hepburn. Y desde entonces resulta imposible ya leerla sin ver el rostro de la actriz cada vez que aparece en escena el personaje de Holly. Lógico, porque hablamos de una de las mejores y más bellas actrices que ha dado Hollywood a lo largo de toda su historia. Razón por la cual la desdichada Holly Golightly adquiere una nueva dimensión. La censura de la época, además, privó al film de las aficiones de la protagonista (fumar marihuana), su forma de ganarse la vida (mediante la prostitución), su bisexualidad y su anterior aborto. 


    Ciñámonos a la novela, que es lo que aquí nos ocupa, puesto que tampoco la mayoría de acciones de la película tienen mucho que ver con ella. La Holly Golightly de Truman Capote oculta un pasado sombrío que antes o después será descubierto por el narrador y el lector. Por eso mismo, jamás habla de su pasado ni de nada que tenga que ver con ella directamente. Es una escort o chica de compañía que vive una vida extravagante. Por ejemplo, tiene por costumbre desayunar frente a la mítica joyería Tiffany´s. Porque me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como se siento allí, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato. En el fondo, en efecto, Holly es una desarraigada y una farsante. Una desgraciada. 


    Y, además, en el pasado más reciente ha rechazado un papel para la película de Hollywood The Story of Dr. Wassell. ¡De David O. Selznick, ni más ni menos! ¿Por qué abandona Los Ángeles y la posibilidad de ser una actriz rica y famosa y se establece finalmente en Nueva York para ejercer una profesión tan humillante? Así se lo explica ella misma al narrador de la historia, un escritor de poca monta del que desconocemos hasta el nombre: ser una estrella de cine es demasiado esfuerzo, hay que ser tremendamente narcisista. No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Ésas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany´s. Pero, bajo ese halo de seguridad en sí misma se oculta la verdadera Holly. Una mujer que solo busca, sin encontrarlo, un camino que seguir en la vida.


    La verdad es que la protagonista vive en un edificio medio destartalado del Upper East Side de Manhattan y tiene como vecinos al escritor narrador de la historia, a Mr. Yunioshi y a la temible Madame Spanella, vieja que critica sus comportamientos y sus fiestas nocturnas y que siempre la amenaza con denunciarla a la policía. Bebe a menudo en el bar de Joe Bell, es la protegida de O. J. Berman, hombre de cine que sigue queriendo introducirla en Hollywood pese a sus demostradas reticencias, sale con el millonario Rusty Trawler, que quiere prometerse con ella a toda costa, y acaba compartiendo su piso con Mag Wilwood, una chica altísima que ansía marido. Además, a través de Mr. Shaughnessy, se gana un dinero extra visitando en la cárcel a un mafioso de nombre Sally Potato, de quien afirma ser su sobrina. En realidad, sin saberlo --o quizás sí lo sabe--, pasa el parte meteorológico antes de cobrar. Un parte y unas visitas que acabarán complicándole mucho la vida en cualquier momento. Más pronto que tarde, además.


    Holly enamora de forma irremediable a todos los hombres que pasan por su vida. Entre ellos, al narrador, a Joe Bell, a Mr. Yunioshi, a O. J. Berman y a Rusty Trawler. Y no solo lo hace por su belleza. También porque, pese a su modo de vida, es una buena chica. Una buena chica que huye de unos problemas mientras se mete en otros incluso más graves. Una buena chica que no quiere cambiar de vida o que simplemente ya no puede hacerlo porque es algo imposible para ella. Una buena chica capaz de regalar una preciosa jaula de tres cientos cincuenta dólares para hacer prometer al nuevo dueño de la misma que jamás meterá en ella a ningún ser vivo. Una buena chica que, no obstante, también va partiendo los corazones de todos esos hombres que forman parte de su vida de una u otra manera. Algo que, según se irá viendo con el discurrir de su historia, viene ya de lejos. De su vida anterior. De esa que quiere mantener oculta. De esa que acabará por explotar ante sus ojos en cualquier momento.


    Sobre la bisexualidad y la libertad sexual, temas que rehúye la película, hay una frase en la novela que lo dice todo. Su amiga y compañera de piso, Mag, afirma que me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Arriesgada frase para una novela de los años cincuenta del siglo pasado, la verdad. Y Holly opina igual. Porque, aunque es una farsante, es una farsante que siente. Una farsante auténtica. Solo alguien como ella diría que tu país es aquel en donde te sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo. Solo alguien como ella añadiría que no estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. Trato a las personas como ellas me tratan a mí, y el viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo, digamos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos sigue siendo un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me secuestre antes que ayudar a que esos leguleyos fastidien a Sally.


    No obstante, la gran frase de la novela, la que resume el pasado de Holly, y también quizá lo que está todavía por venir, es esta que le dice a Joe Bell: No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje. No hay que entregarles nunca el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo. Pero créeme, es mejor quedarse mirando al cielo que vivir allí arriba. Es un sitio tremendamente vacío. No es más que el país por donde corre el trueno y todo desaparece. Es cierto. A veces, caminar con el peso a cuestas de tu pasado es algo muy complicado. Se hace difícil seguir caminando de esa manera. Y a Holly se la ve cansada, además de desarraigada. Y piensa en una huida hacia adelante.


    Desayuno en Tiffany´s es una magnífica novela corta que se acompaña --en esta edición de Anagrama-- de tres relatos breves, titulados Una casa de flores, Una guitarra de diamantes y Un recuerdo navideño, en los que queda de manifiesto la gran capacidad de Truman Capote a la hora de combinar un tono mundano, un bello lirismo y un mundo repleto de sentimientos a flor de piel. Tanto la novela como los relatos demuestran que no hace falta alargar las historias sin motivo y que la belleza literaria no está formada por páginas sino por palabras. Las justas y necesarias. Así, apenas cien páginas pueden consagrar a un autor para siempre. Y este Desayuno en Tiffany´s es un buen exponente de lo afirmado.           


          

miércoles, 28 de abril de 2021

La madre. Máximo Gorki. Club Internacional del Libro. 1993. Reseña

 




    

    El escritor y político ruso Máximo Gorki (1868-1936), firme activista del movimiento revolucionario ruso, está considerado también uno de los máximos exponentes del realismo socialista literario. Novelista, ensayista y dramaturgo, trabó una gran amistad con algunos de sus contemporáneos rusos, por ejemplo, Anton Chéjov y León Tolstoi, de quienes llegó a escribir sus memorias. Nominado en cinco ocasiones al Premio Nobel de Literatura --galardón que jamás se le concedió--, alcanzó su mayor notoriedad en el ámbito de la novela, donde destacaron fundamentalmente sus obras Los bajos fondos y La madre. Gran detractor del zarismo, hubo de vivir en el exilio durante buena parte de su vida. Su afinidad hacia la socialdemocracia marxista y el bolchevismo le llevaron a simpatizar con Bogdánov, Lenin y Stalin. En 1932 pudo regresar a la URSS, donde finalmente murió. Su ciudad de origen, Nizhni Nóvgorod, llevó su nombre entre 1932 y 1990.


    La madre, publicada en 1907, fue escrita en 1906. Frustrada la revolución del año anterior, Gorki había sido enviado por los bolcheviques a EE. UU. con la finalidad de recaudar dinero para incrementar sus fondos. Durante la visita a las montañas de Adirondack recibió la inspiración de la que emanó la novela que nos ocupa. Una novela que pasó a la historia como precursora definitiva de lo que hoy conocemos como la Revolución Rusa de 1917. La existencia de la lucha de clases, la crítica despiadada pero realista del régimen zarista, la convencida defensa del derecho a la vida de las clases populares y de los bajos fondos sociales de los que ya escribió en su otra gran obra en 1902 y la imperiosa necesidad de que todos los obreros del mundo unieran sus fuerzas contra los diferentes regímenes opresores de sus derechos son los cuatro pilares fundamentales en los que se asienta la historia que protagoniza, además, una mujer: Pelagia.


    La novela se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera, Pelagia enviuda de un marido, Mijail Vlasov, borracho y maltratador --como muchos obreros que, desquiciados por una vida sin sentido, se refugian en el alcohol y en la violencia doméstica--. Su único hijo, Paul Vlasov, se convierte en el centro de su existencia. Solitario y retraído, el joven se refugia en los libros. Pero no solo en libros cualquiera: también en libros perseguidos por las autoridades. Leo libros prohibidos. Se prohíbe leerlos porque dicen la verdad sobre nuestra vida de obreros. Se imprimen en secreto, y si los encuentran aquí, me llevarán a la cárcel. A la cárcel porque quiero saber la verdad. ¿Comprendes? Las ideas marxistas de Paul preocupan a Pelagia. El futuro de ambos, muy incierto, más todavía. La casa familiar se convierte en centro de reuniones de Paul con el resto de jóvenes miembros de un movimiento que comienza a tomar auge. Y Pelagia, muy querida, se convierte en la madre de todos y cada uno de ellos.


    Paul se erige en líder del movimiento socialista en su pueblo. Reuniones secretas, folletos, libros perseguidos, registros, detenciones y mil peligros comienzan a ser parte del día a día de la casa. Pelagia, reticente en un principio a todo, comienza a comprender la verdad de los jóvenes. Unos jóvenes que van pasando por la prisión y la tortura. Los actos del uno de mayo desembocan en un tumulto y en la detención de Paul, que ha de ser juzgado y presumiblemente desterrado a Siberia. Y Pelagia decide seguir la obra de su hijo. Pasa a ser parte activa del grupo y no duda en enfrentarse a las situaciones más peligrosas con tal de seguir llevando la voz de su hijo y del resto de los jóvenes a todo el mundo. Verán que, aunque no esté Paul, su mano los alcanza desde la cárcel. ¡Ya verán! La transformación de la madre es altamente llamativa: de maltratada, miedosa y religiosa a activista, valiente y socialista militante. Nada hay que perder cuando todo está perdido ya, parece poner en práctica.


    En la segunda parte de la novela Pelagia recoge el testigo de su hijo y pasa a ser la gran protagonista de la historia. Así, trata de convencer al resto de padres: nuestros hijos van por el mundo hacia la alegría, por el amor de todos, por el amor de la verdad de Cristo; marchan contra todas las cosas por medio de las cuales los malvados, los mentirosos, los ladrones, nos tienen aprisionados, nos encadenan, nos aplastan. ¡Amigos, nuestra juventud se ha levantado por todo el pueblo, nuestra sangre se alza por el mundo entero, por todos los obreros que en él viven! ¡No les abandonéis, no reneguéis de ellos, no dejéis a vuestros hijos que sigan el camino solos! Tened piedad de vosotros mismos. Tened fe en los corazones de vuestros hijos, ellos han hecho nacer la verdad y mueren por ella. ¡Tened fe en ellos! De esta manera, la Pelagia religiosa da paso a una Pelagia socialista. Y asimila que, en realidad, ambas cosas son lo mismo, puesto que Cristo fue el primer socialista de la historia.


    Tras el encarcelamiento de Paul y otros líderes del movimiento la madre se muda a la ciudad, a casa de Nicolás Ivanovitch. Aunque echa de menos a su hijo cada día y no sabe qué va a ser de sus vidas, alguien le comenta que no debe preocuparse: cuando se es bueno nunca se está solo, y hay muchas personas que la quieren a usted. Pero la imagen que tenía de su hijo ha cambiado para siempre: adquiría para ella las proporciones de un héroe de leyenda; unía a él todas las palabras leales, audaces, que había oído; todos los seres que había amado, todo lo que conocía de amor y de claridad. Entonces lo admiraba, enternecida, entusiasta, y pensaba llena de esperanza: ¡todo irá bien, todo! Y no duda en exponerse a detenciones y torturas ni en viajar por campos, pueblos y ciudades para hacer llegar hasta el último rincón los folletos y los panfletos del movimiento. Y, además, hasta habla en público. Y con gran acierto.


    ¡Campesinos! Buscad esos papeles, leedlos. No creáis a las autoridades y a los popes cuando os digan que los que os traen la verdad son impíos y rebeldes. La verdad camina en secreto por el mundo, se oculta en el nido del pueblo; es para las autoridades como el cuchillo y el fuego que no pueden aceptar, porque los degollará, ¡los quemará! La verdad, para vosotros, es la mejor amiga; para las autoridades es una enemiga jurada. ¡Por eso tiene que esconderse...! Esta nueva Pelagia contrasta con la de su anterior etapa vital, en la que no recordaba las letras, no leía y se dedicaba tan solo a recibir los golpes de su esposo, a llevar la casa y a criar de la mejor manera a Paul. Ahora, en cambio, se sentía capaz de todo. Incluso de abrir los ojos, el corazón y la conciencia tanto de los obreros como de los campesinos. Trabajadores que llegaban a dar sus vidas para que el patrón de turno regalara a su amante un orinal de oro.


    Si Gorki es conocido como el escritor de los oprimidos es por la descripción y la defensa que el autor hizo siempre del mundo del proletariado. Duro, implacable, valiente y obstinado, creó una nueva confianza que, desde la amargura --Gorki significa amargo, y es el pseudónimo de Alexei Maximovich Pieskhov, nombre real del autor--, busca crear un nuevo orden en el que sus personajes alcanzan la libertad a través de la dignidad y la lucha. La madre, escrita en 1906 y aparecida primero en inglés y en alemán, fue revisada en varias ocasiones hasta su versión definitiva, publicada en Rusia en 1922, cinco años después de la Revolución de 1917. El cineasta soviético Pudovkin realizó una versión cinematográfica de la obra. Y Bertold Brecht la llevó posteriormente al teatro. Más de un siglo después, sigue siendo, por méritos propios, uno de los clásicos rusos y universales del mundo de la literatura.                             


lunes, 26 de abril de 2021

Solo la noche. John Williams. Fiordo Editorial. 2019. Reseña

 




    Conocí al escritor John Williams (Texas, 1922 - Arkansas, 1994) en junio de 2013 gracias a la editorial canaria Baile del Sol, que en 2012 rescató, por vez primera en castellano, la tercera novela del autor estadounidense, Stoner (1965). Una auténtica obra maestra cuya reseña puede leerse en este mismo blog. Quedé maravillado de tal manera que antes de finalizar aquel mismo año leí su segunda novela, Butcher´s Crossing (1960), publicada por Lumen también en 2013. Y en el verano de 2014 me hice con un ejemplar de su cuarta obra narrativa, la histórica (y también espléndida) Augusto. El hijo de César (1973), publicada en castellano por Ediciones Pàmies en 2008. Sabía de la existencia de una primera novela inédita en castellano (titulada en inglés Nothing but the night), le seguí la pista a una posible traducción y, tras siete largos años de espera, por fin pude conseguir un ejemplar de la misma. En este caso, de la mano de la argentina Fiordo Editorial


    En total, cuatro obras --más dos recopilaciones poéticas y una quinta novela (The sleep of reason) que quedó inacabada a la muerte de Williams-- que todo el mundo debería leer. Un autor que todo el mundo debería conocer. ¿Cómo puede haber estado medio siglo escondido un escritor de semejante calidad literaria, versatilidad narrativa y variedad temática? Porque estas cuatro novelas no se parecen absolutamente en nada entre sí. En efecto, Williams igual escribía un western como narraba la historia de un alienado. A lo mejor te sorprendía con una novela histórica a base de cartas como a través de un costumbrismo que te deja noqueado. Un autor, sin duda, muy especial: nada comercial, desde luego, tampoco muy prolífico --transcurrió un cuarto de siglo entre sus cuatro grandes obras narrativas (más las dos poéticas ya reseñadas)--, pero sí notable creador y sobresaliente contador de historias. Unas historias que siempre tocan la fibra del lector.  


    En su primera novela, la que aquí nos ocupa, Solo la noche (1948), Williams anticipa con claridad aquello en lo que iba a llegar a convertirse con el paso del tiempo: un escritor de culto. Al más puro estilo Salinger (El guardián entre el centeno, 1951, aunque ya había sido presentada entre 1945 y 1946 en forma de serie) o Camus (El extranjero, 1942), !ambas también primeras novelas¡, el debut literario de nuestro protagonista nos narra un día de la vida de un alienado, un indolente, un joven que no encaja en el mundo en el que le ha tocado vivir. Un personaje taciturno y desencantado, sin duda a consecuencia de un trauma del pasado que nos será revelado en su momento. Arthur Maxley, como Holden Caulfield o Meursault, no puede controlar el devenir de su vida, sino que vive según sopla el viento. Incapaz de conseguir amor y amistades, su carácter solitario y poco social acaba por meterlo en problemas. Y, como era de esperar, se lleva más de una paliza. 


    Una carta inesperada de su padre, Hollis Maxley, hombre de negocios que pasa semanalmente un cheque a su hijo para que viva sin tener que trabajar ni esforzarse por nada, pondrá patas arriba la ya de por sí infeliz vida del protagonista. Una carta y una posterior comida con su padre que traerán a su presente los fantasmas de su pasado. A partir de esa desastrosa reunión, en la que padre e hijo confirmarán, quizá para siempre, que son incapaces de entenderse y de hacerse entender, Arthur emprenderá un camino desamparado y desesperado hacia el corazón de su dolor. ¿Para buscar algún tipo de consuelo? Claramente. Pero, ¿y si su consuelo es una causa imposible? Con gran sensibilidad y percepción, Williams nos cautiva por primera vez --teniendo en cuenta que esta fue su opera prima-- a través de un relato breve --apenas ciento treinta y siete páginas-- directo pero detallista, compungido, desgarrador --unas veces--, emotivo --otras-- y siempre certero.


    Arthur quiere llevar una vida sana, comer bien, descorrer las persianas de su habitación y dar tranquilos paseos por el parque, pero siempre acaba sucumbiendo ante la bebida y los clubs nocturnos. Como un médico que observa la enfermedad que avanza y no hace nada para prevenirla, a veces se veía a sí mismo de esa manera cuando se sentaba solo y recordaba lo que debía olvidar. Para él, los mejores momentos de la vida son el tiempo perdido. Cuando se es muy joven, cuando la existencia es una perfecta sucesión de días dorados. Tampoco lo ayuda mucho que digamos su extraña relación con Stafford Long. Su amistad (si podía llamarse así) renacía y padecía una indolora muerte abrupta en cada encuentro. No era amistad, nadie podía sentir camaradería con él, pero le envidiaba una superficialidad que lo volvía invulnerable. El caso es que, tal y como sucede con su padre, su último encuentro con Stafford también ha terminado de forma violenta. Y parece que de resolución imposible.


    Tanto Arthur como su padre se pasan el tiempo huyendo del pasado. Deasarraigados de sus propias vidas. Arthur, bebiendo, visitando clubs, empeorando su úlcera, quedándose quieto y solo en su habitación y metiéndose en problema tras problema cuando al fin se decide a salir por las noches. En cambio, durante su reunión, un Hollis impotente y derrotado se sincera con él: corro por medio mundo, siempre en marcha, sin parar. ¿Por qué no puedo instalarme en algún lado? No tengo a dónde ir. Me engaño cuando me digo que nadie puede hacer mi trabajo. Los negocios son una excusa. Eso es todo lo que son. En realidad creo que los odio. Pero me quitan todo el tiempo. A veces pienso que tendría que parar, renunciar, dejarlo todo. Pero es inútil. Una vez lo intenté. Si nunca hubiera empezado habría sido diferente. Pero una vez que empiezas a escapar, ya no puedes parar. Y al final, claro está, no hay escapatoria para dejar de escapar.


    Arthur parece descompensarse por momentos a base de sudores fríos y desdoblamientos de personalidad. Y se pierde en la multitud. Se siente aislado pese a estar rodeado de gente por todas partes. Se angustia y llega a sufrir pequeños ataques de ansiedad y de pánico. Y Williams lo narra de esta manera, tan original como lúcida: una figura solitaria sobre una extensión desértica inmutable no está tan sola como alguien que se pierde en la infinitud de una ciudad abarrotada. Aquel que está solo en el desierto siempre es consciente de su propia importancia, aunque sea mínima, y de su relación con el espacio visible. Pero el solitario en medio de una multitud pierde conciencia de sí mismo como individuo. Los cientos de cuerpos extraños que lo aprietan sin notarlo, los centenares de miradas ajenas que lo observan inexpresivas y sin comprensión, las voces que hablan por encima, a su alrededor, pero nunca con él: ahí está la verdadera soledad. 


    La manera en la que el John Williams de 1948, de solo veintiséis años, destripa la personalidad y la psicología de un joven de veinticuatro es llamativa. Muy llamativa. ¿Quizá el propio autor se sintiera de forma similar al protagonista en alguna época de su joven existencia? Probablemente nunca lo sepamos. Lo que queda claro tras leer sus cuatro obras publicadas es que la recuperación de este autor hace justicia en un mundo --el literario-- que pocas veces lo es en realidad. Pero, como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. Y, como escribió un periodista literario de Los Angeles Review of Books, Williams fue un autor casi incapaz de escribir una mala oración. Servidor da buena fe de ello. Estamos ante uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Un narrador como los hubo muy pocos durante el siglo pasado. Lástima que quedara inacabada la novela The sleep of reason...                  



jueves, 8 de abril de 2021

La fiesta del Chivo. Mario Vargas Llosa. Alfaguara. 2000. Reseña





    El 30 de mayo de 1961, tras casi treinta y un años de tiranía, murió asesinado en Ciudad Trujillo --antes de 1930 y después de 1961, Santo Domingo de Guzmán-- el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. La conocida como Era de Trujillo fue una de las más duras y sangrientas dictaduras militares del siglo XX en toda América Latina. Represión de la oposición, anticomunismo, culto a la personalidad, monopolio empresarial en manos suyas y de su familia, inexistencia de libertades civiles, intento de exterminio de la población dominicana de origen haitiano y violación sistemática de los derechos humanos (desapariciones, delaciones, detenciones ilegales, torturas, etc) fueron señas de identidad del gobierno de Trujillo. Conocido como el Benefactor, el Padre de la Patria Nueva, el Generalísimo, el Jefe o el Chivo, cayó en una emboscada a las afueras de la capital a la edad de setenta años.

    La fiesta del Chivo, la novela de Mario Vargas Llosa publicada en España en el año 2000 por Alfaguara, narra las últimas horas de vida del tirano de la República Dominicana. Un país de tres millones de habitantes en el que no todos tenían el mismo respeto y el mismo miedo ante el Chivo y en el que un grupo de valientes trazó un plan para acabar con él y llevar a la república hacia una transición a la democracia. La pluma del futuro Premio Nobel de Literatura 2010 nos hace vivir in situ las frenéticas horas anteriores y las semanas y meses inmediatamente posteriores al asesinato del Benefactor. Intrigas, luchas intestinas entre los hombres más cercanos al Generalísimo, un asqueroso derecho de pernada medieval en pleno siglo XX, nauseabundas torturas, altas política y diplomacia, equilibrismos y prestidigitaciones maquiavélicas en torno al poder y cómo abrirse paso entre cadáveres son algunos de los temas que nos presenta Mario vargas Llosa en estas más de quinientas páginas.

    La fiesta del Chivo es claramente una novela histórica basada en hechos reales. La mano del escritor peruano nos lleva, con un ritmo pausado y elevado --según requieren los sucesos abordados--, unas escenas significativas y explicativas de la situación narrada en cada página y una precisión milimétrica, a esa República Dominicana truculenta de 1961 en la cual el régimen del tirano agoniza a causa de las sanciones económicas, las presiones de la iglesia católica, las amenazas exteriores y de la OEA (Organización de Estados Americanos) y la posible intervención de los EE. UU. del presidente Kennedy. Así, el asesinato del Jefe, cuyos problemas prostáticos y de erección se acentúan día a día, no hizo más que adelantar el fin de una Era que, de todas formas, estaba ya prácticamente finiquitada. Por tanto, las situaciones narradas forman parte del maquiavélico plan desarrollado --con ayuda de la CIA-- para tratar por todos los medios que ningún familiar de Trujillo buscara prolongar bajo su figura la tiranía del Padre de la Patria Nueva.

    El personaje de Urania Cabral es el único ficticio de la novela. Con ella, Vargas Llosa nos quiere contar la historia de una joven anónima que regresa a la isla treinta y cinco años después de jurar que no volvería a pisarla por nada del mundo. En 1961, tan solo quince días antes del asesinato de Trujillo, huyó de su país asqueada, abandonando a su familia para siempre. Jamás contestó a ninguna carta ni descolgó el teléfono a ningún familiar, especialmente a su padre, ejemplo personificado de hasta dónde puede llegar un hombre (caído en desgracia en las postrimerías de un régimen al que ha servido durante más de treinta años) a causa de sus ansias de poder y de figurar. Urania tiene ahora cuarenta y nueve años, sigue sintiéndose vacía y sucia, y afirma haber sido incapaz de tener un solo amor durante esos treinta y cinco años. Tampoco es capaz de decir el motivo de su regreso, un retorno a ese Santo Domingo --por aquel entonces, todavía Ciudad Trujillo-- que ya no es el mismo. Como tampoco lo es ella misma. 

    La narrativa de la novela se mueve en todo momento a modo de flashbacks en torno a tres ejes fundamentales: la historia personal de Urania --en 1996 (momento presente de la novela) y en 1961--, la historia de Trujillo --a lo largo de los treinta y un años de su dictadura y en el día de su muerte, el treinta de mayo de 1961-- y los asuntos de los conspiradores y asesinos del Chivo --desde los últimos años, durante la jornada del asesinato y, en el caso de los únicos dos supervivientes, a través de los días, semanas y meses de posterior oscuridad, huida y escondite--. Ni qué decir tiene que los retratos psicológicos de cada uno de los personajes --reales o ficticio (Urania)-- son fruto de un complejo y elaborado proceso de documentación, una imaginación sin duda basada también en hechos reales --la angustia vital de Urania es real, aunque el personaje no lo sea, porque seguro que hubo muchas mujeres como ella en aquella República Dominicana tiranizada-- y un saber hacer solo al alcance de un genio de la altura del Premio Nobel peruano.  

    Como historia viva que es --pese a tratarse de una novela--, La fiesta del Chivo es una forma muy amena pero instructiva de adentrarnos en uno de los capítulos más abominables de la historia de la América Latina del siglo XX. El ejemplo de Trujillo, no en vano, fue seguido en las décadas siguientes por otros siniestros personajes en otros lugares: Tiburcio Carías Andino en Honduras (1933-1949), la dinastía de los Somoza en Nicaragua (1934-1979), Fulgencio Batista en Cuba (1952-1959), Gustavo Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957), Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989), Hugo Banzer en Bolivia (1971-1978), Augusto Pinochet en Chile (1973-1990), Aparicio Méndez en Uruguay (1976-1981), Jorge Rafael Videla en Argentina (1976-1981) o Manuel Noriega en Panamá (1983-1989) no dudaron en seguir los pasos del dictador dominicano. Más de medio siglo de violencia intestina en un continente plagado de pequeños y grandes tiranos arrancó con la figura del Benefactor.

    El aspecto militar siempre jugó un papel vital en todos estos casos. También, obviamente, en la República Dominicana de Trujillo. Johnny Abbes García fue la mano derecha del tirano como jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM). ¿Cómo logró montar por casi toda América Latina y Estados Unidos una red tan eficiente de informadores gastando tan poco dinero? Trujillo admiraba la sutileza y originalidad con que libraba al régimen de sus enemigos. Contribuyó también el hecho de colocar como presidente de la república a un títere al que manejar desde detrás sin ningún tipo de escrúpulos. Joaquín Balaguer, sosegado, hábil y buen diplomático y negociador, manejó con gran templanza los grandes problemas del régimen. El Concordato entre la República Dominicana y el Vaticano, que Balaguer negoció y Trujillo firmó en Roma, en 1954, legitimaba las acciones del régimen ante el pueblo dominicano. Balaguer, por cierto, dio un gran paso al frente tras ser asesinado el Chivo y se convirtió en el gran protagonista de la transición a la democracia en su país. 

    En efecto, Balaguer pasó de su tradicional ni un instante, por ninguna razón, perder la calma a, con toda la sangre fría habida y por haber, jugarse el todo por el todo. Así, en las semanas y los meses posteriores a la muerte del Generalísimo hubo de lidiar con situaciones muy comprometidas con Ramfis, el temerario hijo mayor del Chivo, y con los hermanos del dictador. En las crisis se conoce al verdadero estadista, le felicita al final Calvin Hill, agregado estadounidense en la capital dominicana tras la huida de todos los familiares de Trujillo. Un gran ejemplo, sin duda, de cómo alguien puede sorprender a sus rivales políticos --por ejemplo, al militar Johnny Abbes García-- para hacerse con el poder de forma absolutamente inesperada. La fiesta del Chivo es también, por todo lo reseñado, un ejemplo de cómo utilizar la narrativa para traernos la Historia con todo lujo de señales. Si cualquier estudiante de la Historia contemporánea de América Latina quiere aprender mientras se entretiene y disfruta, esta es su novela. Sin ninguna duda.

    Aunque a Vargas Llosa tardaron una década en concederle el Premio Nobel, seguro que la Academia sueca tomó muy buena nota de esta novela. Hasta la fecha, la mejor de este autor que he podido leer. Cien por cien recomendable para los amantes de la Historia y para quienes gustan de leer historias muy bien estructuradas y narradas. Un placer para los sentidos que finaliza demasiado rápidamente pese a sus más de quinientas páginas. Se hace corta, muy corta. Y esa es una muy buena señal.               
     


lunes, 15 de marzo de 2021

Llévame a casa. Jesús Carrasco. Seix Barral. 2021. Reseña

 




    Cinco años ha tardado el autor de Olivenza (Badajoz) Jesús Carrasco (1972) en volver a la escena literaria. Tras un breve tiempo en el que llegó a plantearse dejar de escribir novelas y fue dejando en carpetas y cajones escritos por el momento olvidados al autor de Intemperie (Premio Libro del Año según el Gremio de Libreros de Madrid y el diario El País en 2013) y La tierra que pisamos (Premio de Literatura de la Unión Europea 2016), ambas reseñadas en este blog, le vino la inspiración a comienzos de 2019. En apenas cuatro semanas escribió la historia de Llévame a casa, sobre cuyo borrador original trabajó durante todo el año 2020, protagonizado por el inicio de la pandemia. En febrero de 2021 vio la luz de la mano de su editorial, Seix Barral. Cinco años es mucho tiempo, sí, pero cuando el lector ve que la espera ha valido la pena porque el resultado del trabajo ha dado unos frutos tan exquisitos como esta novela la espera se convierte en una simple anécdota y el libro en un disfrute que hace olvidar todo lo demás.


    Carrasco demostró ya con Intemperie --probablemente el mejor debut literario español en muchos años-- que es una artesano de las palabras. Su estilo se caracteriza por un lenguaje escueto, crudo, descarnado y a la vez repleto de lirismo y poesía, algo que hace soportable y hasta disfrutable el contenido de las duras historias que narra en sus libros. No son historias alegres, aunque tampoco excesivamente tristes. Es la vida misma la que pasa ante nuestros ojos. Una vida dura pero con matices positivos que nos la endulzan hasta en sus peores momentos y situaciones. Carrasco, que se considera a sí mismo deudor, entre otros, de Cormac McCarthy --La carretera-- y Richard Ford --Canadá--, ambas también reseñadas en este blog, equilibra sus textos con una mezcla de precisión y contención. Es decir, de descripciones milimétricas de los ambientes, sentimientos y pensamientos de sus personajes y de espacios en blanco que espera sean rellenados por el lector, que nunca puede pretender ser un lector pasivo.


    Asegura Carrasco que Llévame a casa es su novela más autobiográfica. Así, Juan Álvarez, su protagonista, vivió en Torrijos (Toledo), donde participó en carreras de medio fondo de cross en su juventud, y luego en Edimburgo, lugar en el que sobrevivió en un principio como trabajador hostelero. El propio Carrasco también pasó hace años por esas mismas situaciones. Además, también huyó de alguna manera del medio rural en busca de la ciudad. Y, como Juan, regresó de nuevo a sus orígenes años más tarde. Ambos, escritor y personaje, protagonizaron, pues, una especie de huida y de retorno. Cual hijos pródigos. Una vuelta a su pueblo, su barrio y su casa desde una de las capitales más bonitas del norte del continente europeo. Afirma el autor la gran cantidad de parques y espacios verdes de la ciudad escocesa, lo cual hace hincapié de nuevo en la suma importancia que para él tienen la naturaleza y los espacios naturales. Algo que ya observamos en sus anteriores novelas, especialmente en Intemperie


    Y es que la concepción literaria y humana de Jesús Carrasco acerca del mundo que nos rodea es esa: una eterna e indisoluble unión entre el hombre y la tierra, entre la carne y la arena, entre los huesos y el polvo del que venimos y al cual acabaremos regresando. Emociones que son compartidas también con una entidad superior a la cual pretende rendir homenaje en esta novela: la familia. En efecto, la familia puede unirse y desunirse, y volverse a unir otra vez. Ello requiere de la máxima implicación de cada uno de sus componentes, pues a lo largo de la vida se deben hacer frente a múltiples situaciones --muchas veces nada agradables--, pero el resultado siempre vale la pena. Y de ese agradecimiento que tiene hacia la familia Jesús Carrasco nace la novela que nos ocupa. De eso y de un mandato ético ineludible: cuidar del desvalido y del enfermo. En el caso de Juan, una madre viuda que padece una de las más terribles enfermedades de nuestro tiempo: alzheimer. Hecho que, paradójicamente, permitirá a Juan redimirse con su familia.


    Llévame a casa es una novela familiar que refleja con brillantez la distinta manera de ver la vida de dos generaciones sucesivas: la de los padres de Juan e Isabel, su hermana, que lucharon por transmitir una herencia y un legado a sus hijos, y la de estos, que necesitan tomar distancias físicas y humanas buscando su propio lugar en el mundo. En efecto, los padres hubieran querido que sus hijos hubieran seguido con el negocio familiar y hubieran labrado sus tierras; pero Juan e Isabel acaban poniendo tierra de por medio (él en Edimburgo, ella en Barcelona) para poder vivir sus propias vidas. Para ser independientes, en todos los sentidos. El conflicto estalla cuando Juan se desentiende de la enfermedad de su padre, que muere de cáncer. Isabel, que sí ha estado con sus padres en los momentos finales y más críticos, pone los puntos sobre las íes a Juan cuando este vuelve al pueblo para el entierro de su padre. Su intención es regresar a Edimburgo a la semana siguiente, pero deberá cambiar de planes por aquello de que las desgracias nunca vienen solas


    Curiosamente, ese cambio de planes, maldito en un inicio por Juan, acabará iluminando su vida y la del resto de su familia viva. Porque, como escribe Carrasco, de todas las responsabilidades que asume el ser humano, la de tener hijos es, probablemente, la mayor y más decisiva. Darle a alguien la vida y hacer que esta prospere es algo que involucra al ser humano en su totalidad. En cambio, rara vez se habla de la responsabilidad de ser hijos y de las consecuencias de asumirla. Pues bien, Llévame a casa sí habla de ella. Y con una claridad de ideas y unos valores humanos que asombran y tocan la fibra sensible del lector. Un lector incapaz de dejar el libro sobre la mesa ni para ir al baño. Y es que la estructura de la obra, a base de capítulos cortos o píldoras de no más de seis o siete páginas, con pequeñas pero intensas dosis de información y sensibilidad, atrapan de principio a fin. Especialmente porque varios de sus protagonistas deben tomar decisiones fundamentales para sus vidas y las de sus familiares.


    Una discusión entre Juan y su padre hacen que Juan decida marcharse lejos de Torrijos. Cuatro años después, es precisamente la muerte de su padre la que lo hace regresar. Su hermana Isabel ha estado llamándolo durante semanas para informarle sobre la gravedad de la situación, pero él se ha negado a volver para ver a su padre. Y es Isabel la que ahora está enfadada con él. Pero antes o después tendrán que hablar y solucionar las cosas. Sobre todo porque hay un problema peor todavía: la soledad de una madre enferma. Y la vergüenza que su hermana le hace sentir respecto a su más reciente comportamiento familiar --egoísmo, absoluta indolencia y nula empatía-- le hará bien en el futuro más inmediato. Porque su hermana, con una vida propia mucho más intensa que la suya --con marido, hijos y un trabajo de enorme responsabilidad--, ha debido posponer en el tiempo algo muy importante para el presente y futuro de su propia familia. Y Juan se verá obligado a redimirse y a apaciguar su relación con su ella, la única familia que sabe tendrá en unos pocos años.


    Existen libros que son buenos por las historias que narran. Otros que, pese a no contar historias muy interesantes u originales, emocionan por cómo están escritos. Y luego están las obras maestras: aquellas que atan al lector a sus páginas por tratar un tema de interés y estar narrados de forma sublime. El caso que nos ocupa se acerca mucho, muchísimo a estos últimos. Y la verdad es que si hemos de reconocer que La tierra que pisamos, sin ser una mala novela en absoluto, significó un paso atrás después de un debut tan espectacular como el de Intemperie, queda claro que Llévame a casa como mínimo ha devuelto a su autor al punto de partida: sus libros calan y es un escritor muy a seguir en los próximos años. Y si hemos de esperar cinco años más, pues lo haremos. Porque, sin duda, estamos ante uno de los grandes. Y a estos jamás debemos pedirles intereses de demora.                             


 

lunes, 1 de marzo de 2021

El huerto de Emerson. Luis Landero. Tusquets Editores. 2021. Reseña

 




    Muchos de mis libros preferidos son aquellos en los que sus autores nos hablan de sus propias vidas y de cómo se fue cociendo en ellos el caldo de cultivo que los acabó convirtiendo en escritores. No, no hablo de autobiografías en el sentido estricto de la palabra. Hablo de la manera en la que reconstruyen pequeños momentos de su existencia a partir de recuerdos de hechos, palabras o situaciones absolutamente normales. No hablo de narrar los grandes acontecimientos de la vida de los escritores, sino de esas pequeñas historias cotidianas que uno guarda en algún recóndito lugar de su memoria. Hay muchos libros como los que comento. Tanto de autores españoles como de extranjeros. Uno de los que más me gusta es Luis Landero, probablemente el mejor escritor español contemporáneo. Alejado de los focos mediáticos, el escritor extremeño afincado en Madrid ha escrito varias novelas formidables. Y también un par de magníficos libros como los que he descrito al principio: El balcón en invierno y El huerto de Emerson.


    El primero de los quince capítulos que componen El huerto de Emerson lleva por titulo Tiempo de vendimia. Y en sus primeros párrafos justifica la obra con sorprendentes sinceridad y autenticidad. Reconoce que ansía escribir pero no tiene ideas con las que llenar su nuevo cuaderno. Así que se abandona a la memoria. Porque Landero cree y defiende que los recuerdos del pasado mueven a la inspiración. Y afirma lo que sigue: No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad. Siempre he encontrado en mi pasado la chispa de la imaginación para idear personajes e historias que son ajenos ya a mi vida, que son pura invención, y que sin embargo han brotado de la tierra siempre fértil de la memoria. Hasta la fantasía tiene su casa en la memoria. La sinceridad sorprende al lector. ¿Un autor que afirma que escribe sin ideas, a lo que sale en ese momento de su memoria? ¿Sin planificar? ¿Increíble, verdad? Más increíble todavía que lo suelte ya en el primer párrafo. 


    Y entonces, en el segundo párrafo, sentencia: Pero ocurre que yo he contado ya casi todo mi pasado. Casi toda mi vida está ya vendimiada. Vendimié mi infancia y mi adolescencia, fui enamorado y guitarrista, y esos años también los vendimié, vendimié mi estancia en París, a mi padre lo he vendimiado qué sé yo las veces, y a las bellas muchachas de mi pueblo y mi barrio, y mi vida de profesor y de escritor y de lector, y muchas cosas más, porque a veces da la sensación de que la vida es breve, sí, pero en cambio la memoria de lo vivido no se acaba nunca. En esa vendimia han entrado también, cómo no, los libros que he leído y he incorporado al torrente de mi sangre, y que, ya leídos, son libros vividos, y que por tanto forman parte de mis experiencias personales e intransferibles. Y así es como, en tan solo un par de minutos --los que se tardan en leer esos dos primeros párrafos--, un autor sin ideas ata al lector a sus páginas. Con autenticidad, con originalidad y siempre, siempre, siempre con la verdad por delante, con la verdad como bandera.


    Me encanta esa manera de ver la literatura. La que defiende la idea de que un escritor no es un simple creador --que, sin duda, lo es-- sino un arqueólogo que debe desenterrar una historia que ya existe en su interior, como defiende Stephen King, o, como afirma Landero, un vendimiador que recoge la cosecha de algo que ya sembró en su pasado. Como el mejor botín ganado en buena guerra. El autor de, entre otras joyas, Lluvia fina o La vida negociable deja que fluya el lenguaje, sin obligación ni maltrato, y se considera a la vez pastor y sirviente de las palabras. Por eso mismo, sus libros no son buenos solo por las historias que cuenta --muchas de ellas, además, originales y veraces-- sino, sobre todo, por cómo las cuenta. Por cómo enamora --literariamente o incluso más allá en determinadas ocasiones-- al lector con un estilo literario impecable y un simple pero efectivo uso del lenguaje. Y cuando hablo de lenguaje simple no me refiero a que sea sencillo sino a que sea desnudo, no a que no sea exuberante ni opulento sino a que sea pulcro y exacto, es decir, al alcance de cualquier buen lector que se precie de serlo.


    Los quince capítulos del libro nos trasladan al pasado de su autor. Desde su niñez en Alburquerque (Badajoz) hasta su presente como lector, profesor y escritor, pasando por los años de su llegada a Madrid, su estancia en París, sus diversos empleos de juventud para poderse pagar los estudios de Filología y los libros y los autores que permitieron su incesante crecimiento personal y literario. Algunos de esos capítulos resultan imperdibles para los grandes lectores y también para los que aspiran a ser algún día un buen escritor. Porque en las líneas de este libro encontramos lecciones de vida y lecciones literarias de primer nivel. Y las descripciones que realiza Landero de ambientes, situaciones, contextos, personajes y sentimientos nos muestran una literatura esplendorosa y a todo color, lo que permite ver e ir mucho más allá de las palabras escritas. Unas palabras que rezuman humor y poesía, evocación y encanto. Y, gracias a todo ello, nos sentimos como los niños de la portada del libro: como si nos leyeran cuentos ante el fuego.


    Tan pronto se nos habla de mujeres hiperactivas que sostienen la economía familiar como del montaje de un boliche o colmado en medio de la nada. Igual se nos narra la historia de un hombre callado que de repente revela un secreto asombroso que la de un enigmático cortejo nocturno de unos novios un tanto cándidos. Y sobre todas esas historias podemos leer una serie de brillantes reflexiones sobre la escritura y la creación literaria que nos cautiva de manera irremediable. Algo solo al alcance de un escritor de la talla de un Landero que no necesita tener ideas para mantener en vilo a sus lectores. Un Landero que nos habla desde sus tres facetas: escritor, profesor y lector. Así, sobre el hecho de ser escritor, nos sorprende con una afirmación como esta: Soy un hombre sin oficio. Escribir, contar, es algo demasiado difuso e inestable para llamarlo oficio o profesión. Y la completa con otra en relación a ser profesor: apenas soy un anfitrión que está aquí para hacer las presentaciones entre vosotros y los escritores, serán ellos los que os enseñen literatura, y si ellos no lo consiguen no lo conseguirá nadie.


    No tuvo prisas por publicar Landero. Su primera obra en ver la luz fue Juegos de la edad tardía. Cuando en 1990 recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Narrativa por dicha novela, ya tenía cuarenta y un años. Un buen ejemplo de que las cosas llegan cuando han de llegar. Y de que, hasta entonces, cada cual ha de aceptarse a sí mismo tal como es, y aceptarse además con orgullo y contento. Que a todos nos ha tocado en suerte un terrenito en el que laborar --de  nuevo, el concepto de vendimiar--. Que es seguro que habrá alrededor terrenos más grandes y fértiles, donde crecen lechugas mejores que las nuestras, pero que nosotros tenemos que cultivar lo nuestro, el huerto que nos tocó en suerte, sin envidiar lo ajeno, conformes y alegres con nuestras lechugas, por pequeñas y pálidas que sean. Tenemos que afanarnos en nuestro mundo, es decir, en nuestro huerto y en nuestras lechugas. Del huerto de Emerson y de El tiempo recobrado, de Marcel Proust, nacen, pues, las ideas de vendimiar y de descubrir las historias que ya preexisten en nosotros.


    Las conversaciones y las lecturas compartidas en torno al fuego, soñar la vida en lugar de vivirla, la cultura del esfuerzo o los aprendizajes perdurables de la niñez son otras de las ideas en torno a las cuales Landero da forma a su nueva obra. Sin duda, un homenaje que el autor extremeño quiere rendir al escritor estadounidense Ralph Waldo Emerson, cuya obra Ensayos escogidos, de la colección Australcomo el propio autor asegura, cambió para siempre mi visión del mundo y de mí mismo. Fue una de esas experiencias radicales tras la cual uno ya no es el de antes, o no del todo, sino que parece un recién nacido a una nueva vida, como si en efecto hubiera sufrido una sutil pero esencial metamorfosis. Leí aquel libro varias veces seguidas en un estado febril de asombro y de infinita gratitud. Pues bien, entiéndase la presente reseña como otro homenaje, en este caso de mi parte hacia el propio Landero. Un autor del que Fernando Aramburu afirma querer leer hasta su lista de la compra. Lógico. Porque es el mejor vendimiador del universo literario. ¡Leed a Landero!                          


    

lunes, 22 de febrero de 2021

Conversaciones con un verdugo. Kazimierz Moczarski. Alba Editorial. 2008. Reseña

 




        Existen libros que, desde el principio, se convierten en auténticos testimonios históricos de gran valor documental, tanto para estudiosos del tema en cuestión como para simples curiosos. El presente volumen, editado por Alba en 2008, es uno de ellos. Tanto por el objeto de estudio, Jurgen Stroop --teniente general de las SS encargado de la liquidación del gueto de Varsovia tras vencer la heroica resistencia judía en 1943--, como por su autor, Kazimierz Moczarski --antiguo miembro de la resistencia polaca que en el pasado planeó un frustrado atentado para asesinar al temible SS--. ¿Cómo y cuándo se encontraron ambos? En la cárcel de Mokotow, en Varsovia, después de la Segunda Guerra Mundial, concretamente en 1949. ¿Por qué? Porque el SS estuvo recluido allí durante el juicio y hasta su muerte, ahorcado en un cadalso fabricado en el antiguo gueto judío, en 1952; y porque el resistente polaco fue condenado a diez años de prisión por los comunistas. ¿Coincidieron por casualidad? ¿Se hizo así a propósito? ¿Quizás para hacer de la existencia en la cárcel una experiencia mucho más desagradable para ambos?


    Sea como sea, el largo encierro en común permitió a Moczarski escuchar de primera mano muchas confesiones por parte del nazi. Algunas, verdades inconfesables; otras, mentiras y fanfarronadas. Con todo el material que consiguió una vez fue liberado y los recuerdos de muchas de esas conversaciones, compartidas con un tercer acompañante en el celda, el teniente Gustav Schielke, policía y archivero, Moczarski construyó un relato que ilustra a la perfección la maldad del régimen nacionalsocialista y la creencia y la fe ciega que en él tuvo muchísima gente. Demasiada. Entre ella, el propio Stroop. Conversaciones con un verdugo fue apareciendo en forma de serie en la revista Odra entre 1972 y 1974. Sin embargo, no apareció como libro hasta 1977, dos años después del fallecimiento de su autor (1975). Hubo que esperar hasta 1992 para poder leer una publicación del mismo sin ningún tipo de censura. Como el libro que Alba nos presentó en el referido 2008.      


    El texto está formado por 26 capítulos de diferente extensión --entre 5 y 30 páginas-- dedicados a momentos de la vida de Stroop. Desde su niñez en Detmold (Renania, 1895) hasta su ahorcamiento en Varsovia (1952). Desde su voluntariado en un batallón de infantería en el Ejército Alemán durante la Primera Guerra Mundial, en el que alcanzó el grado de sargento y fue condecorado con la Cruz de Hierro de Segunda Clase y con la Medalla de Herido (de tercera clase), hasta su crucial papel en la Segunda Guerra Mundial, cuando alcanzó el grado de teniente general de la SS y aplastó la resistencia judía del gueto de Varsovia --recibiendo por ello la Cruz de Hierro de Primera Clase-- antes de ser trasladado a Grecia y de regresar a Wiesbaden, donde permaneció hasta la derrota alemana en la contienda. En el período de entreguerras fue escalando en las infraestructuras nazis y subiendo de grado en el escalafón militar, llamando siempre la atención de Hitler, Himmler y Goering.


    Obviamente, tres cuartas partes del libro están dedicadas a las acciones de Stroop durante la Segunda Guerra Mundial. No en vano, fueron estas las que motivaron su doble condena a muerte -- primero en el juicio de Dachau, conducido por los estadounidenses, y después en el de Varsovia-- por ejecuciones ilegales de tropas aerotransportadas estadounidenses en Alemania, donde fue detenido en 1945 por el ejército de los EE. UU., y por asesinato, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Polonia. Tras todos estos crímenes subyace su lealtad inquebrantable al Tercer Reich y a sus líderes. Un ejemplo más sobre cómo la ideología nacionalsocialista caló de manera tan honda en gran parte de la ciudadanía germana en el período de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. A través de las conversaciones con Moczarski, Stroop deja clara su creencia y su fe ciega en una victoria que no negó ni en los últimos días de la contienda, cuando la derrota estaba tan cercana que parecía ya imposible no verla.


    Los capítulos centrales tratan de la aniquilación del gueto judío de Varsovia, acaecido entre abril y mayo de 1943. En apenas un mes fueron aniquilados más de setenta mil judíos polacos y el barrio varsoviano que albergaba el gueto quedó convertido en un desierto plagado de escombros. El propio Stroop, que cumplió a la perfección las órdenes de Himmler, cuenta que quedó sorprendido ante las heroicas acciones judías durante aquellos veintiocho días de sublevación: eran personas muy decididas, temerarias, fuertes e ingeniosas. Sus refugios eran estupendos, con sus túneles, sus galerías, sus respiraderos, sus despensas, sus arsenales, sus letrinas y sus escondrijos, e incluso con laberintos para confundir al enemigo. ¡Y qué sistemas de ventilación y calefacción tan ingeniosos! En efecto, lo que hizo que la aniquilación del gueto tardara tanto en consumarse fue, al margen del hecho de que para los judíos era cuestión de vida o muerte, la construcción de una especie de ciudad subterránea bajo las calles del barrio. 


    Los que quedaban en el gueto eran los judíos más astutos y, además, se habían dotado de una organización militar y política, cuenta Stroop. Y es cierto. En 1942 se había creado la ZOB --Organización Militar Judía--, al mando de la cual estaba Mordejai Anilevich, que mantenía contactos tanto con los partisanos de los alrededores de la capital polaca como con el Armia Krajowa, el Ejército de Resistencia Polaco --también llamado Ejército del Interior--. Así, los resistentes contaban con algunas granadas, pistolas, fusiles ametralladores y cócteles molotov caseros. Las Aktions de Semana Santa de 1943 --del 19 al 25 de abril-- y de Pascua --del 26 de abril al 2 de mayo-- son narradas por el SS con todo lujo de detalles. Tanto que al lector le parece estar en medio de los lanzallamas y los tiroteos. Y es que estas largas conversaciones entre Moczarski y Stroop permiten entrar en la oscuridad de la mente nazi de una manera que muy pocos libros han conseguido jamás.


    A lo largo del libro, que rememora muchas de las conversaciones mantenidas por los reclusos durante los 255 días en que compartieron celda, resaltan numerosas confesiones. Sin duda, una de las más llamativas de las 467 páginas que lo componen es la que hace referencia al esclarecimiento de la muerte del Mariscal de Campo Günter von Kluge en agosto de 1944. Mientras toda la documentación conocida hasta el momento de la publicación del libro parece demostrar que el suicidio fue la causa de su muerte, Stroop asegura a Moczarski --y le da todos los detalles-- que fue él mismo quien acabó con la vida del Mariscal de un balazo en la cabeza. Cabe recordar que, aunque Kluge juró lealtad a Hitler hasta el último momento, Himmler se había encargado de levantar sospechas ante el Führer sobre la participación del Mariscal en el intento de asesinato del líder del Tercer Reich por parte de Stauffenberg y sus secuaces. 


    En las últimas líneas de Conversaciones con un verdugo, Moczarski justifica la obra de esta genial manera: muchos amigos y lectores me han preguntado a menudo si me arrepiento, cuando echo la vista atrás, del tiempo "perdido" en prisión. A quien le interese le puedo decir que "no". Porque no habría sido capaz de conocer la esencia de aspectos generales acerca de la naturaleza humana o del destino de mi pueblo. Además, la prisión, aunque muchas personas lo ignoran, te concede el privilegio de ver las cosas clara, sencilla y nítidamente. Este tipo de vida te enseña a seguir siendo fiel a tus "principios" y a no sucumbir a las "circunstancias" y a las argucias que pueden derivar en bellaquerías. Y, ante todo, no me arrepiento de los doscientos cincuenta y cinco días que pasé en la cárcel conversando con Jurgen Stroop y con Gustav Schielke. Toda una declaración de intereses acerca de una obra que los amantes del tema del nazismo y la Segunda Guerra Mundial disfrutarán, pues los introducirá en la mente del SS Stroop, para quien, al igual que para millones de alemanes de ese período, el puño, las armas y el fuego eran el único instrumento de persuasión posible.

                              

       

lunes, 8 de febrero de 2021

Jungleland cumple 10 años: los 10 mejores libros nacionales de la década



    Este blog está de aniversario. Una década de vida. Ni más ni menos. Más de cuatrocientas entradas en total. Casi nada. La mayoría de ellas, como es lógico, reseñas de muchos de los libros que voy leyendo. No todos, puesto que jamás reseño un libro que no me haya gustado (algunos pocos son abandonados a mitad de lectura; otros, pese a ser finalizados, no acaban de llamar especialmente mi interés). La cuestión es que nunca publico una reseña crítica con ningún libro, pues no me considero quién para escribir mal sobre el trabajo de ningún escritor. Pienso que hasta el peor de los libros conlleva muchas horas de trabajo y la ilusión y la pasión de quien lo escribe. También opino que hasta del peor de ellos se puede aprender --¡aunque sea cómo no hay que escribir uno!--. De manera que solo reseño en este blog los libros que me dicen algo. Que me aportan algo. Aunque sea un poquito solamente. 


    El otro día se me ocurrió una idea: ¿qué mejor manera de celebrar la década de existencia del blog que recuperando los mejores libros de estos últimos diez años? Y decidí, además, acotar la lista únicamente a aquellos publicados durante esta última década. Porque la celebración de Jungleland coincide con el fin de la década 2011-2020. Buena coincidencia, por cierto. Así que, allá van, mis diez libros preferidos de todos los que he leído durante estos diez años y que han sido publicados también durante este lapso de tiempo. 



10. Lerna. El legado del minotauro. Javier Pellicer. Edhasa. 2020. La última obra del escritor valenciano ha desbancado de la presente lista a El espíritu del lince, la que fue su primera novela histórica publicada (y que sería la número once de la lista si ésta no tuviera más que los referidos diez puestos). En cualquier caso, y por méritos propios, el bueno de Javier no podía faltar en estas líneas. En Lerna supo aunar muy convincentemente la Historia, la arqueología, los mitos, las leyendas y las distintas culturas --la minoica-cretense y la celta-irlandesa-- para construir una novela en la que se entremezclan magistralmente la épica, las aventuras, las intrigas palaciegas y uno de los puntos fuertes de este autor: el descuartizamiento psicológico de cada uno de los personajes, incluidos muchos de los secundarios. Quien no conozca todavía a Javier que esté muy atento a él, porque la década que ahora comienza amenaza con ser la de su consagración en el mundo de las letras. Méritos acumula ya para ello.    

9. Un verano en la casa azul. David Casado Aguilera. Editorial Círculo Rojo. 2014. David ha sido una de las grandes sorpresas y alegrías de la década. Tanto que me parece increíble que recurra a la autoedición a la hora de dar a conocer sus obras. Estoy seguro de que varias editoriales convencionales estarían más que dispuestas a publicarlas. O deberían, sin duda, si no quieren cometer un grave error. Ya con su anterior novela, El grito del silencio, me cautivó. Pero me terminó de atrapar con Un verano en la casa azul. Sabe perfectamente cómo presentar sus personajes al lector. También mantener su interés en todo momento por unas historias que siempre emocionan y tocan la fibra sensible. La novela que nos ocupa, como la anterior, nos deja con un nudo en el estómago. Nos marca de una manera tal que demuestra aquello de que la verdadera muerte es el olvido. Imposible olvidar a personajes como Leonardo, su abuelo (y gran sustento moral) y sus amigos, Santos, Enrique y Beatriz. Un verano en la casa azul rebosa ternura, libertad, dignidad, vida. Como en el caso anterior, espero que esta nueva década traiga a David todo aquello con lo que sueña, todo aquello que también merece.  

8. Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017. Aparte de un gran director de cine, Trueba ha demostrado en varias ocasiones ser también un magnífico escritor. Puede que Tierra de campos sea su mejor obra. O puede que no. Cuestión de gustos, claro. El caso es que es una novela que también deja al lector noqueado. Y es que es muy complicado encontrar obras que cuenten y entrelacen de esta manera historias de amor, desamor, amistad, pérdida y unas hambrientas ganas de comerse la vida hasta no dejar ni sus migajas. El protagonista, Dani Mosca, es un conocido músico (¡gran homenaje el de Trueba a este género cultural!) cuyas letras han ido variando con el tiempo a la par que sus experiencias vitales. Ya no puede escribir canciones de amor, las que de verdad lo han hecho famoso, porque sus relaciones con Oliva y Kei han fracasado y el desamor se ha impuesto en la batalla. La desaparición de su amigo y compañero Gus termina por sumirlo en un mundo de soledad insoportable que solo la presencia constante de sus hijos puede mitigar. La movida madrileña cobra vida en forma de novela. Y Trueba demuestra que es un autor auténtico y genuino.  

7. Tierra. Eloy Moreno. Ediciones B. 2020. La mejor novela española de 2020 según este mismo blog es un golpe directo a nuestra conciencia. Un llamamiento general, casi desesperado, para combatir de una vez por todas el ya ineludible problema del cambio climático. Tierra es una novela necesaria que apareció en las librerías justo antes de la pandemia. Curiosamente, uno de los protagonistas de la trama dice que el planeta está enfermo y los humanos son su virus. El autor de, entre otras, El bolígrafo de gel verde construye una novela cruda y mordaz en la que los protagonistas, los humanos, no salimos precisamente bien parados. Así, somos colocados ante el espejo, y nos obliga a ver nuestras culpas y nuestros pecados. Nos presenta una gran verdad. Y muy incómoda. ¿Qué hacer, pues, con ella una vez descubierta? La realidad está ahí afuera, en la calle, en las montañas, en los pueblos y ciudades de todo el mundo. No en nuestros dispositivos móviles. Y, dado que solo tenemos un planeta, debemos cuidarlo. Porque es un hecho demostrado que, en él, cada vez hay más agua y menos hielo. Y salvar el mundo no es ningún juego. 

6. La justicia de los errantes. Jorge Díaz. Plaza & Janés. 2012. El conocido guionista y escritor alicantino afincado en Madrid ha escrito varias muy buenas novelas durante esta década. Antes de Cartas a Palacio y de Tengo en mí todos los sueños del mundo me ganó con La Justicia de los Errantes, una inolvidable obra que recoge las aventuras y desventuras de los famosos anarquistas españoles de los años veinte y treinta Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Joan García Oliver. Estamos ante una mezcla de novela histórica --por tratar hechos verídicos y personajes reales-- y novela negra y de suspense --por la descripción que hace del periplo iberoamericano de los protagonistas, que está salpicado de tiros, persecuciones, asesinatos, etc-- que puede servirnos para entender mucho mejor los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española y para conocer a unos personajes que el autor nos presenta de manera tan cercana que hasta podemos compartir con ellos algunos momentos de su vida y el origen e inquietudes de su ideología. A lo mejor su lectura nos sirve para comprobar que noventa años después este país sigue estando a merced de un capitalismo burgués que explota a los obreros.

5. Antes de los años terribles. Víctor del Árbol. Destino. 2019. Dignísimo homenaje a la obra El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y probablemente la mejor novela del autor barcelonés, uno de los grandes protagonistas literarios de la pasada década. Prácticamente cualquiera de sus anteriores novelas --especialmente La tristeza del samurái, Un millón de gotas o La víspera de casi todo-- podría estar en esta lista. Asegura Víctor que el noventa por ciento de lo que cuenta en esta obra es cierto. La soledad, el desarraigo, la necesidad de un abrazo, la inseguridad de todos esos niños africanos que son como el ficticio personaje de Isaías Yoweri, llevan al lector a empatizar con ellos (con él). Las novelas de Del Árbol se caracterizan por el desarraigo psicológico de los personajes, que se hacen entendibles, amados u odiados, por quienes las leen. Se sufren por sus temáticas, que atacan a todo tipo de corazones, pero se disfrutan porque están escritas de manera fascinante. Por explicarlo con una sola frase, se podría decir que Víctor es un escritor de historias de satanases narradas por ángeles. Historias duras narradas desde la dignidad de sus personajes y desde la honestidad de un escritor que se supera con cada nueva novela. 

4. Lluvia fina. Luis Landero. Tusquets Editores. 2019. Apartado de los focos mediáticos y de los grandes medios, el escritor de Alburquerque está construyendo, poco a poco, obra a obra, una carrera literaria fascinante. En sus novelas nos habla a través de los corazones y los cerebros de cada uno de sus personajes. Razón y pasión pugnan entre sí en todos ellos para dilucidar cuál es el vencedor a la hora de que sus poseedores actúen en el gran teatro que Landero ha ido solidificando bajo la más firme de sus bases: la honestidad hacia sus propios personajes y hacia los lectores. Algo que los segundos agradecemos y sabemos poner en valor a la hora de leer y recomendar sus obras. Pues bien, pese al valor alcanzado por el autor de Badajoz --El balcón en invierno y La vida negociable, por ejemplo--, Lluvia fina es hasta ahora su mejor obra. Porque remueve conciencias. Cualquiera de nosotros puede apreciar en el texto aspectos que reflejan nuestra propia personalidad y la de nuestros familiares, amigos y conocidos. La lluvia fina que va mojándonos a cada uno de nosotros se puede convertir en un chaparrón de época al entrar en conjunción con las lluvias finas que soportan también quienes nos rodean. Y eso es precisamente lo que ocurre en esta espectacular novela. 

3. La leyenda del ladrón. Juan Gómez-Jurado. Planeta. 2012. El autor madrileño es básicamente conocido, ya en todo el mundo, por sus hipnóticos thrillers. Cualquiera de ellos podría formar parte de este all star de novelas españolas de la década. Sobre todo las que forman la trilogía Reina Roja o la pentalogía del malvado señor White. Sin embargo, me quedo con La leyenda del ladrón como la mejor de sus obras. Es su única novela histórica, pero es la elegida por mí por sus personajes --Sancho de Écija debería hacerse tan famoso, literariamente hablando, como Alatriste, el Lazarillo, la Celestina o el mismísimo Quijote--, sus ambientes, sus aventuras, sus intrigas y el enorme proceso de documentación al que hubo de hacer frente su autor para documentar la Sevilla del siglo XVI. Una Sevilla que cobra vida ante nuestros ojos gracias a la veracidad resultante de esa vastísima documentación manejada por Gómez-Jurado. Cada barriada, cada calle, cada casa de la ciudad más importante del mundo hace cinco siglos aparecen ante nosotros como si de un milagro se tratara. Llegamos a oler, tocar y ver todo lo que en ella ocurrió hace tantos y tantos años. ¿No es eso digno de ocupar un puesto en el pódium de esta lista? 

2. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018. Muchas de las grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de sus autores. Ejemplos de ello podemos encontrar un sinfín a poco que naveguemos por los libros o por internet. Claramente, estamos ante un nuevo caso. Por lo de mal momento y por lo de gran novela. Porque Manuel Vilas escribió Ordesa en un momento crucial de su vida: recién divorciado y tras fallecer su madre, hechos que cerraban el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre. El autor hace un magnífico ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. Y lo hace a pecho descubierto, desnudándose por completo ante todos nosotros. Escribir con valentía y originalidad y ser capaz de asumir el riesgo de contar su verdad --con sus luces y, sobre todo, con sus sombras-- está al alcance de muy pocas personas. Pero hacerlo, además, con las palabras justas y las frases adecuadas a un estilo que a menudo se convierte en poético eleva a la obra a los altares de la literatura española contemporánea. Si no la has leído, hazlo. Si lo has hecho, lee también Alegría. En ella cuenta lo que le faltó por contar en Ordesa

1. Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. La historia del País Vasco durante los últimos cuarenta y tantos años se ha escrito no con tinta sino con sangre. Gran cantidad de sangre. La violencia desatada no dio lugar a demasiada literatura. Hasta que ETA anunció que abandonaba las armas. Desde entonces, los escritores se atrevieron a abordar la situación sin miedo a las posibles consecuencias. Lógico. Por eso, una obra como Patria resulta tan interesante para quienes sentimos lo ocurrido en una de las tierras más bonitas de nuestro país. A los que siempre creímos que la verdadera Euskal Herria nada tenía que ver con las armas, las bombas, los tiros en la nuca, las extorsiones, los impuestos revolucionarios o los autobuses ardiendo. Aramburu no trata de juzgar individualmente a nadie en esta novela. Sin embargo, lo hace de forma colectiva, como sociedades. Aborda temas como la lucha armada, el encarcelamiento de sus héroes, la mentalidad de pueblo perseguido, el escalofriante papel jugado por la Iglesia católica, la dispersión de los presos y la perpetua división entre buenos y malos. Unas sociedades --la vasca y la española--, a la postre tan similares que ponen los pelos de punta. Existen historias que nos emocionan por lo que se nos cuenta. Otras lo consiguen a través de un lenguaje exquisito. Y solo unas pocas aúnan ambos aspectos. Son lo que solemos llamar obras maestras. Muy raras veces estas se convierten en bestsellers. Pues bien, Patria es todo ello a la vez. El fenómeno literario de toda una década. Como para no ser el número uno en cualquier lista literaria. 





lunes, 25 de enero de 2021

Jungleland cumple 10 años: los 10 mejores libros internacionales de la década



    Este blog está de aniversario. Una década de vida. Ni más ni menos. Más de cuatrocientas entradas en total. Casi nada. La mayoría de ellas, como es lógico, reseñas de muchos de los libros que voy leyendo. No todos, puesto que jamás reseño un libro que no me haya gustado (algunos pocos son abandonados a mitad de lectura; otros, pese a ser finalizados, no acaban de llamar especialmente mi interés). La cuestión es que nunca publico una reseña crítica con ningún libro, pues no me considero quién para escribir mal sobre el trabajo de ningún escritor. Pienso que hasta el peor de los libros conlleva muchas horas de trabajo y la ilusión y la pasión de quien lo escribe. También opino que hasta del peor de ellos se puede aprender --¡aunque sea cómo no hay que escribir uno!--. De manera que solo reseño en este blog los libros que me dicen algo. Que me aportan algo. Aunque sea un poquito solamente. 


    El otro día se me ocurrió una idea: ¿qué mejor manera de celebrar la década de existencia del blog que recuperando los mejores libros de estos últimos diez años? Y decidí, además, acotar la lista únicamente a aquellos publicados durante esta última década. Porque la celebración de Jungleland coincide con el fin de la década 2011-2020. Buena coincidencia, por cierto. Así que, allá van, mis diez libros preferidos de todos los que he leído durante estos diez años y que han sido publicados también durante este lapso de tiempo.     





10. La gente feliz lee y toma café. Agnès Martin-Lugand. Alfaguara. 2014. Es uno de esos libros de cuyos personajes cuesta despedirse cuando se finaliza la lectura. Su mensaje, directo al corazón del lector, le hace ver la vida de manera diferente. La vida misma se muestra como un regalo que debemos aprovechar durante cada minuto. El viaje interior y exterior que emprende Diane para superar el peor momento de su vida nos arrastra con ella. Además, la casi ausencia de descripciones, el lenguaje directo y los diálogos ágiles convierten al libro en una montaña rusa de emociones de la cual nos cuesta bajarnos. El final tampoco es el típico fueron felices y comieron perdices, sino una introspección, una reflexión profunda sobre la facilidad con la que a veces buscamos un clavo que quite otro clavo. Resulta complicado abordar esta lectura sin un cigarrillo y una taza de café como compañeros de viaje literario. 

9. El ferrocarril subterráneo. Colson Whitehead. Random House. 2017. Se conoció como el ferrocarril subterráneo a una red clandestina organizada durante el siglo XIX en EE. UU. y Canadá para ayudar a escapar hacia los estados libres del norte y Canadá a la máxima cantidad posible de esclavos afroamericanos. Su nombre se debió a que sus miembros se referían a sus actividades utilizando un lenguaje metafórico, en clave, relacionado con el mundo ferroviario. Los esclavos eran los pasajeros, los que los escondían eran los jefes de estación y a los que les ayudaban a escapar de las plantaciones se les conocía como maquinistas o conductores. Pese a que cuesta entrar en la acción, la novela va arrancando destellos que propician que el lector vaya conectando paulatinamente con la historia. Hasta que queda atrapado en ella y en cada uno de sus protagonistas, a los que llega a adorar u odiar, y solo piensa en conocer el desenlace final, que nos deja con el corazón en vilo hasta la última frase.

8. Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015. Escribe el propio autor en el prólogo de esta edición que las novelas de la mesa de la cocina, escritas a altas horas de la madrugada sobre la mesa del bar que regentaba a finales de los setenta, constituyen algo decisivo e irremplazable. Fiel reflejo de que los inicios de uno como novelista pueden quedar atrás, pero nunca olvidarse. En estas dos primeras obras de Murakami aparecen ya muchas de sus señas de identidad. Por ejemplo, el surrealismo, el amor por el jazz, la soledad, la huida, los bares, las relaciones sentimentales frustradas, lo excéntrico, lo absurdo, un lenguaje extraño, casi alienígena, y unos personajes jóvenes, melancólicos, perdidos, inadaptados y hasta depresivos. Y también el riesgo. A buen seguro, para los fans del escritor nipón, poder conocer estas obras constituirá todo un alimento para su espíritu. Y también para su conocimiento. Porque a todos nos gusta saber más sobre nuestros ídolos. Especialmente sobre sus inicios, cuando todavía eran desconocidos y anónimos.

7. El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami. Alfaguara. 2017. Belleza literaria que nos presenta de forma descarnada y talentosa las marcas del alma, la indefinición y la duda en la que a menudo nos movemos las personas. Y también nuestros miedos, frustraciones, melancolía y demás cuestiones que nos atormentan. Todo ello, no obstante, ofreciéndonos una vía para la esperanza, la ilusión, la auto afirmación personal y la posibilidad, siempre presente, de volver a empezar. De disfrutar de los pequeños placeres, de los pequeños gestos cotidianos que podemos regalarnos, a nosotros mismos y a los demás. Si todo lo referido se adereza con sake, cerveza, aperitivos y platos típicos japoneses --en el texto encontramos una completa guía culinaria del país nipón--, además de mercados, béisbol, bares, tabernas, etc, encontramos una ambientación realista y muy cercana. Su prosa es, además, elegante, sutil, delicada y detallada, y siempre encuentra las palabras justas para noquear al lector y conmoverlo hasta el límite. 

6. Canadá. Richard Ford. Anagrama. 2013. Novela de gran carga psicológica en la que los sucesos narrados tienen menor importancia que el modo en que sus protagonistas los viven. Canadá gira en torno a varias ideas, conectadas entre sí, que componen una historia atractiva, emocionante, que en unas ocasiones libera y en otras agobia. La frontera entre EE. UU. y Canadá simboliza mucho más que el simple paso de un país a otro. A saber: una huida hacia adelante sin posibilidad de retorno; la pérdida de la juventud y la inocencia del protagonista, que debe madurar rápidamente para sobrevivir en solitario y tratar de olvidar un pasado tormentoso; y la lucha entre el presente y el pasado. Otro de los elementos clave de la novela es la dificultad de la toma de decisiones y su influencia sobre las vidas de quienes nos rodean. Pero estamos también ante una novela sobre las segundas oportunidades y sobre las diferentes maneras de afrontarlas. La intimidad de los personajes y el realismo de los ambientes, pese a ralentizar en ocasiones la acción, le da a la historia un toque extra de veracidad.

5. La ley del menor. Ian McEwan. Anagrama. 2015. Una de las claves que hacen grande a McEwan es que, más allá de su indudable audacia a la hora de escribir, plantea en sus obras temas que, ya de entrada, predisponen al lector a ser golpeado. Además, sabe enlazar magistralmente cada una de las diferentes historias que componen sus novelas. En este caso, la jueza Fiona Maye debe decidir sobre la vida de Adam Henry, un menor de edad que se opone a una transfusión de sangre que podría curar su leucemia. ¿El motivo? Es Testigo de Jehová. El dilema moral que se le presenta a la jueza es de órdago: respetar las creencias religiosas de Adam o mantener su seguridad personal por encima de estas. Para completar el cuadro que debe afrontar la protagonista, su marido le acaba de presentar una propuesta: dado que ambos rondan los sesenta y llevan varias semanas sin mantener relaciones sexuales --algo que no parece importar a su esposa, pero sí a él--, ha decidido mantener una relación pasional con una joven de veintiocho. Con este panorama, la novela conmueve, sorprende, intriga, indigna e invita a reflexionar. Así, el goce de su lectura anticipa la angustia de ver que las páginas avanzan y finaliza un libro que desearías que no terminase nunca. 

4. Jaque al psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2018. Quince años después de la archi conocida precuela, Katzenbach resucitó al temible Rumplestiltskin para volver a poner entre la espada y la pared al doctor Starks. Sin embargo, en la novela solo han transcurrido cinco años. Tiempo en el que el psicoanalista ha rehecho su vida y ha retomado su actividad profesional. No en Nueva York sino en Miami. Un lugar como otro en el que comenzar desde cero una nueva existencia repleta de sol, paz, trabajo y tranquilidad. Hasta que una noche el hombre que quiso matarlo --y al que creía muerto-- reaparece como si nada en su consulta. Pero en esta ocasión no quiere acabar con él, sino pedirle ayuda para salvar a su hermano Merlin y a su hermana Virgil, amenazados por un desconocido que pretende cobrarse sus vidas a toda costa. Starks debe investigarlo, encontrarlo y entregárselo a R., quien dará buena cuenta de él. A cambio, los tres hermanos lo dejarán en paz para siempre. La novela casi llega a los niveles de tensión, intriga y misterio de El psicoanalista. Cualquier amante del género la disfrutará como la anterior, comprobando que ha valida la pena la espera. Porque ya sabemos que lo bueno se hace esperar.             

3. Born to run. Memorias. Bruce Springsteen. Random House. 2016. Risa, anécdotas, música y reflexión. Una reflexión honda, profunda y sosegada. Una especie de catarsis en la que el Boss hace un examen psicoanalítico puro y duro, llegando a afirmar que en psicoanálisis trabajas para convertir los fantasmas que te atormentan en ancestros que te acompañan. Para hacerlo se requiere mucho esfuerzo y mucho amor, pero ese es el modo en que aligeras la carga que tus hijos tendrán que soportar. A luchador, al Boss, le ganan muy pocos. No en vano, como él mismo escribe, su voz no hacía presagiar que pudiera ser cantante solista. Pero su tenacidad y conocerse a sí mismo, con sus límites pero también con sus fundamentos, le valieron para ser quien es en la actualidad. En las memorias encontramos confesiones llamativas y sorprendentes. Muy celoso de su vida privada, Springsteen afirma haber tenido una relación tempestuosa con su padre. Hecho que hizo que el Boss no lograra mantener ninguna relación sentimental que durase más de dos años --incluyendo su primer matrimonio--. Hasta que apareció en escena Patti Scialfa. Born to run es una biografía extensa escrita de puño y letra por un músico que, dicho sea de paso, escribe de forma impecable.

2. Stoner. John Williams. Baile del Sol. 2012. ¿Cómo es posible que esta novela --y su autor-- hayan pasado desapercibidos durante medio siglo cuando ambos deberían estar considerados clásicos indiscutibles del siglo XX estadounidense y mundial? Lo primero que llama la atención de la novela es su estilo narrativo. Una prosa elegante que crea una gran empatía con su protagonista. Williams demuestra tener una fuerza brutal para narrar historias cotidianas, quizás con la emoción de quien ha amado y sufrido a partes iguales a lo largo de su vida. Nos presenta una Universidad de la América profunda del siglo pasado. Y lo hace de forma magistral, con todo lo bueno y lo malo que allí hubo. A través de un personaje que quizás sea un alter ego de sí mismo, pues la novela tiene un trasfondo autobiográfico indudable: tanto el autor como su personaje fueron profesores de literatura inglesa en la Universidad de Misouri. Hace ya siete años que leí y reseñé la novela, pero la emoción con la que leí sus últimas páginas, con los ojos anegados por las lágrimas, casi sin poder finalizar la lectura, con la visión borrosa, me acompañará mientras viva. Stoner es una obra maestra literaria de primera magnitud. ¡Y debemos decirlo muy alto!

1. 4321. Paul Auster. Seix Barral. 2017. Paul Auster estuvo siete años sin publicar una sola novela. Demasiado tiempo para sus seguidores. Sin embargo, la espera bien valió la pena, puesto que 4321 son en realidad cuatro novelas en una. Cuatro historias diferentes protagonizadas por el mismo personaje en un mismo intervalo de tiempo según los azares de la vida. Porque leer estas cuatro novelas nos demuestra que no somos dueños de nuestro destino más que en unos pocos aspectos que sí podemos controlar conscientemente. Son las casualidades las que finalmente hacen que un camino trazado siga recto o se desvíe. Auster recrea, al más puro estilo Forrest Gump, la Norteamérica de los años centrales del siglo XX, desgranando los grandes acontecimientos que marcaron a toda una generación. 4321 es un originalísimo drama social que cautiva, emociona y divierte. Una obra completa --en el pleno sentido de la palabra-- que nos presenta una vida de Fergusones de los que cuesta despedirse según avanzan los capítulos. Una de esas novelas que desde su misma publicación se convierten en clásicos de la historia de la literatura universal. Y, como el Meursault de Camus en El extranjero, el Edmundo Dantés de Dumas en El conde Montecristo, el Holden Caulfield de Salinger en El guardián entre el centeno o la misma Emma Bovary de Flaubert en Madame Bovary, el Archie Ferguson --o, más bien, los cuatro Archies Fergusones-- de Auster en 4321 entra por derecho propio en ese pequeño gran museo vivo de los personajes inmortales de la historia literaria.