LIBROS

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jueves, 14 de septiembre de 2017

Relato de un náufrago. Gabriel García Márquez. Círculo de Lectores. 1988. Reseña





     El 28 de febrero de 1955 ocho miembros de la tripulación de un destructor colombiano denominado A. R. C. Caldas cayeron al mar apenas un par de horas antes de su llegada a Cartagena. Se dijo que el accidente se debió a una tormenta en el mar Caribe. Sin embargo, con el tiempo, se demostró que la tragedia fue ocasionada por el balanceo de una extraña y excesivamente pesada carga transportada por el buque: neveras, televisores, lavadoras y demás electrodomésticos. Algo ilegal según las normas de la marina imperantes en aquella época. La reconstrucción del relato del único superviviente del accidente, Luis Alejandro Velasco --dado por muerto, como sus siete compañeros, cuatro días después del incidente--, por parte del periodista y escritor Gabriel García Márquez demostró que la carga ilegal del buque traspasaba incluso los límites políticos y morales.

     La colaboración entre el superviviente y el periodista-escritor dio como resultado la publicación por episodios, en catorce días consecutivos, de la verdadera historia del buque y de los diez días que pasó a la deriva el náufrago que estuvo en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido y olvidado para siempre. Todos los miembros del diario El Espectador de Bogotá --incluido el futuro Premio Nobel-- y el superviviente, Luis Alejandro Velasco, cayeron en desgracia ante el régimen dictatorial del general Gustavo Rojas Pinilla. El protagonista pasó de héroe a villano, teniendo que abandonar una marina que anteriormente lo había condecorado; el diario acabó cerrando; y el genial escritor hubo de abandonar su país natal, iniciando ese exilio errante y un tanto nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva

     Más allá del valor de un documento real mediante el cual el náufrago destruyó tanto la estatua como el pedestal que su país le había dedicado, la narración es tan descriptiva y dramática que el mismísimo Miguel Delibes confesó haberse mareado al leerla, algo que, añadió, jamás me había pasado leyendo un libro. En efecto, la escena de la caída de los marineros al mar y las siguientes, en las cuales Luis Alejandro consigue subirse a una balsa y trata de ayudar, sin éxito, a algunos de sus compañeros, provocan que el corazón del lector se encoja y lata a mayor velocidad de la habitual. La tragedia cobra vida ante nuestros ojos y su magnitud nos golpea hasta la desolación.

     A partir del capítulo cuarto se narra, siempre en primera persona, cómo el náufrago comienza poco a poco a buscar un motivo para no dejar de luchar pese a verse solo y abandonado en la inmensidad del mar. La soledad, la sed, el hambre, el picor de una herida en la pierna y un sol abrasador que progresivamente quema su piel constituyen sus primeras preocupaciones tras comprobar que los aviones de rescate pasan de largo sin verlo. Así, interioriza que está perdido y comienza a luchar consigo mismo para no rendirse. Precisamente eso, el no rendirse, será lo que lo convierta en héroe nacional tras su llegada a la costa colombiana de Urabá.

     La soledad se manifiesta de muchas maneras a lo largo de la novela. Una de ellas provoca alucinaciones en el náufrago, al que visita varias noches uno de sus compañeros. Dialogan, se miran y se hacen compañía durante las largas horas de la noche. Tan largas que el narrador llega a confesar que la noche es muchísimo más extensa que el día. Sobre todo en pleno invierno (conviene no olvidar que los hechos se desarrollaron durante los primeros días del mes de marzo). Cualquier punto negro en el horizonte, cualquier brillo, cualquier destello crean falsas esperanzas de salvación. Pese a ser falsas, siempre conviene agarrarse a ellas con tal de seguir viviendo. Aunque sea malviviendo.

     En un mar interminable una bandada de gaviotas, un banco de peces o incluso la peligrosa visita de los tiburones --que rodean la balsa cada atardecer, a partir de las cinco de la tarde--, pueden lograr que uno aparque la soledad, por perturbadora que esta pueda llegar a ser. Cualquier suceso basta para mantener las ansias de vivir. Más aún cuando la supervivencia se ve definitivamente afectada. Poniendo en evidencia que tanto la mente como el cuerpo humano están capacitados para soportar toda clase de inconvenientes. De esta manera, para sorpresa del lector, el narrador llega a hablar de su buena estrella ante situaciones que uno no podría ni imaginar.

     El náufrago, en circunstancias tan extremas, es capaz de alimentarse a base de gaviotas, peces crudos, tarjetas de almacenes comerciales y hasta suelas de zapatos. Todo con tal de sobrevivir. No obstante, en determinados momentos, los acontecimientos pueden con él, lo sobrepasan y lo obligan a dejarse llevar, a abandonarse, a dejarse morir, a desear la muerte por encima de todo. La desesperación se apodera de él de tal manera que el lector cree que en cualquier momento va a perder la cabeza y a lanzarse ante los tiburones. Sin embargo, de nuevo la fortuna, el destino o la buena estrella le permiten volver a la lucha por seguir con vida.

     Y, cuando por fin tiene tierra a la vista y la salvación parece tan cercana, el cansancio, la debilidad, las ansias y la desesperación se abalanzan sobre él, poniendo en riesgo la consecución del objetivo perseguido durante diez días de dura deriva física y mental. La solidaridad de los lugareños de Urabá y los pueblos cercanos, los sabios cuidados del doctor y el hecho de verse de repente centro de atención de todo el mundo --¡no olvidemos nunca que poder contar todo lo sucedido es la máxima urgencia del protagonista en esa situación!-- mantienen al superviviente alejado de ese estado de irrealidad que lo persigue por momentos desde hace ya tantos días. Lo cual indica que la pesadilla no siempre finaliza cuando uno despierta del horrible sueño.

     En definitiva, nos encontramos ante un relato (aparecido por fin en formato libro en 1970, quince años después de su primigenia publicación en El Espectador) de pura supervivencia, lucha y superación personal extraordinariamente bien narrado por un autor que pocos años después (1982) recibiría el merecido Nobel de Literatura. Una novela que nos habla, además, de las corruptelas políticas, de los peligros --y urgentes necesidades-- de hacerles frente, de la valentía de quienes alzan su voz contra las injusticias y de las mil y una argucias de los periodistas a la hora de detectar una noticia y ser los primeros en darla a conocer a la sociedad.              
             


viernes, 1 de septiembre de 2017

El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami. Alfaguara. 2017. Reseña





     Es japonesa, tiene 59 años, lleva escribiendo dos décadas y cuenta con varios prestigiosos premios literarios en su país natal. Entre ellos, el Tanizaki, precisamente por la obra que ahora reedita Alfaguara: El cielo es azul, la tierra blanca. Su prosa es elegante, sutil, delicada y detallada y siempre encuentra las palabras justas para noquear al lector y conmoverlo hasta el límite. Eso es, al menos, lo que me ha transmitido la lectura de esta obra. Una belleza literaria que nos presenta de forma descarnada y talentosa las marcas del alma, la indefinición y la duda en la que a menudo nos movemos las personas. Y también nuestros miedos, frustraciones, melancolía y demás cuestiones que nos atormentan.

     Todo ello, no obstante, ofreciéndonos una vía para la esperanza, la ilusión, la auto afirmación personal y la posibilidad, siempre presente, de volver a empezar. De superar todas las dificultades y seguir nuestro camino en este mundo. En definitiva, de vivir de la mejor manera posible. De disfrutar de los pequeños placeres, de los pequeños gestos cotidianos que podemos regalarnos --a nosotros mismos y a los demás--. Si lo referido anteriormente se adereza con abundante sake, cerveza, aperitivos y platos típicos japoneses --en el texto encontramos una completa guía culinaria del país nipón--, además de mercados, béisbol, bares y tabernas, aspecto este que recuerda al Murakami primigenio, encontramos una ambientación realista y cercana.

     En efecto, la taberna de Satoru y el bar Maeda --lugares en que Tsukiko se encuentra con el maestro Matsumoto y Takashi Kojima respectivamente-- son los protagonistas ambientales de la novela, en la que también disfrutamos de islas, montañas, parques y museos. A través de haikus, recetas de cocina, recogida de setas y otras excursiones, la relación entre Tsukiko y su antiguo maestro de japonés del instituto irá creciendo de manera lenta, progresiva y sólida. Enseñando que el amor no entiende de edades y que el sexo sin amor es algo imposible de sostener (sin negar, eso sí, el hondo placer que provoca dormir juntos y abrazados).  

     La relación de amor mutuo que se establecerá entre ellos estará fundamentada en la bondad y en el estricto sentido de la justicia del maestro. Así, Tsukiko, protagonista y narradora de la historia, nos dice que el maestro no era amable conmigo para hacerme feliz, sino porque analizaba mis opiniones sin tener ideas preconcebidas. Se podría decir que su bondad era más bien una actitud pedagógica. Por eso cuando me daba la razón me sentía mucho más feliz que si se hubiera limitado a decirme que sí para tenerme contenta. Aquello fue todo un descubrimiento. No me siento cómoda cuando me dan la razón sin tenerla. Prefiero mil veces que me traten con justicia.

     Pero hasta el momento de formalizar su relación, ambos pasan por incertidumbres, ilusiones amorosas, miedos, sensación de amor no correspondido, celos --respecto a la señora Ishino y Takashi Kojima--, desencuentros, reconciliaciones nada fáciles, encuentros esporádicos y casuales, impotencia, soledad, resignación y rebeldía. Tsukiko y el maestro se distancian durante tiempo en varias ocasiones. Sus debilidades les convierten en mortales, en reales, lo que los hace además entrañables. Así, cuesta despedirse del eterno maletín del maestro, de sus cavilaciones, de sus enseñanzas y de sus composiciones de haikus. Porque esta historia, sus personajes y sus lugares comunes nos acompañan aunque cerremos el libro una vez terminado.

     Tsukiko, que siempre había estado sola, bebía sola, se emborrachaba sola y se divertía sola, es feliz cuando está cerca del maestro. Y este, que aún llora el abandono y posterior muerte de su mujer, Sumiyo --Mi esposa no era una mujer de trato fácil, pero yo tampoco. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. Es evidente que yo no era el roto ideal para su descosido--, se siente renacer junto a su antigua alumna. Y a ambos se les hace cada vez más complicado vivir sin la presencia del otro. De esta manera, aquel sofá duro e incómodo me parecía el lugar más agradable del mundo. Me sentía feliz a su lado. Eso era todo.

     A lo largo de la novela encontramos varias frases más para enmarcar. Como esta: Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta. Debes abonarlo y protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño, deja que se marchite hasta que muera. Y es que, en ocasiones, nos vemos obligados a matar al amor para poder seguir con nuestras vidas. ¿Por qué no conseguía sentirme a gusto conmigo misma si estaba acostumbrada a estar sola?, se pregunta Tsukiko en el peor momento de su relación con el maestro, cuando toma la decisión de terminar con ese sentimiento amoroso hacia él.

     En definitiva, y siempre teniendo en cuenta que el presente escrito es una mera opinión personal que no tiene por qué ser seguida a pies juntillas, creo que nos encontramos ante una escritora que hay que seguir con mucha atención a partir de ahora. Sobre todo, viendo cómo narra y cómo utiliza su prosa para golpearnos sin siquiera tocarnos. A mí, por lo menos, me ha ganado como lector. Porque El cielo es azul, la tierra blanca es una maravillosa historia de amor (como ya indica su subtítulo en esta reedición de Alfaguara) como hacía tiempo no leía. No, no es la típica historia romántica prefabricada de moda, sino una original, delicada, cuidada y exquisita historia de amor en el más amplio de los sentidos de la palabra. ¡Ahí es nada! 
       


viernes, 30 de junio de 2017

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2017





     Como cada mes de junio, justo antes de las vacaciones estivales--el mejor momento del año para leer según la mayor parte de la gente--, os dejo mi particular lista de las diez mejores lecturas de lo que va de año. Espero que os animéis a leer algunas de ellas y, si es así, las disfrutéis tanto como yo. Como siempre, podéis observar cómo hay todo tipo de libros: novedades, publicaciones más o menos actuales y alguna pieza clásica de la literatura nacional y universal. Ahí va la lista:


10. 84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. 2006 Una de esas obras clásicas que nos enseñan el amor por los libros. Unos personajes inmortales de los que cuesta despedirse y a los que a todos nos gustaría poder conocer algún día. Una maravillosa novela epistolar que dio pie a una igualmente maravillosa película. Y también una gran desdicha: la de dos personas que comparten el amor por la literatura sin poder llegar a conocerse jamás en persona.

9. Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017 La última novela de uno de los escritores actuales más originales, innovadores y arriesgados. Un feto nos cuenta la historia del asesinato de su padre por parte de su futura madre y su amante, su futuro tío paterno. Impotencia, rabia, culpabilidad y búsqueda de la salvación. Una especie de thriller psicológico que no dejará indiferente ni al más pintado de los lectores.

8. El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017 La historia que Javier Cercas nunca quiso contar pero sabía que algún día contaría. La búsqueda, personal, familiar e histórica, de un familiar directo del propio escritor que no se sabe bien si es héroe o villano, valiente o cobarde. Uno de esos textos que le ponen a uno un nudo en la garganta. Porque a veces no se sabe qué es mejor: conocer o no conocer.

7. Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015 Las dos primeras novelas del genio japonés, por fin traducidas y publicadas en castellano. Los inicios de alguien que, pese a su juventud, ya prometía ser un grande. Los primeros signos de lo que en el futuro se conocería como el universo Murakami. Los secretos de un escritor todavía anónimo y, por ello, también genuino y directo. 

6. Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Ediciones DeBolsillo. 2000 Una de las tres distopías más conocidas del siglo XX. Una obra en la que la ciencia-ficción y el futuro se dan la mano y caminan una al lado del otro para enseñarnos, tantos años después, que el autor de esta obra fue un auténtico visionario. Esperemos no terminar como él vaticinó: aprendiendo de memoria un libro para rescatarlo de las llamas de una civilización que parece agotarse por momentos.

5. La buena letra. Rafael Chirbes. Anagrama. 2000 Otra obra eterna del inmortal escritor de Tavernes de la Valldigna. Una pluma clara, directa y sin artificios que nos enseña que el peor sufrimiento es aquel que no sirve para nada y que la buena letra no es más que el disfraz de las mentiras. Una historia durísima que se nos hace todavía más dura por lo bien escrita que está. Placer + angustia = exquisitez literaria. 

4. La tristeza del samurái. Víctor del Árbol. Editorial Alrevés. 2011 La novela que encumbró a un autor al que hoy ya todo el mundo conoce y disfruta. Varias épocas, varios ambientes, distintos personajes acaban confluyendo antes o después para mostrarnos, por ejemplo, que el pasado y el mal nunca desaparecen, y que los vicios y las malas actitudes hacia la vida en general y hacia la política en particular cuestan mucho de cambiar.

3. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987 Una novela absolutamente imprescindible. Tanto para la legión de seguidores de su autor como para los que no lo son. El alma humana queda milimétricamente dibujada y desmenuzada en esta corta pero impactante novela en la que nunca se pierde el interés por el desarrollo de la trama pese a conocer su fin desde la primera frase. Algo al alcance solo de un genio. 

2. Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017 Una de las grandes alegrías de los últimos meses. Si con su anterior novela, Farándula, Marta Sanz ya deslumbró, con esta nos ha dejado ciegos por completo. Sinceridad, integridad, honestidad, humor hasta la burla de sí misma, maestría a la hora de reflejar sentimientos íntimos y clarividencia para mostrarnos su mundo son los rasgos utilizados por la autora madrileña para bordar la (hasta el momento, y sin duda) novela del año.  

1. Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luna de Tena. Planeta. 1979 El personaje de Alice Gould pasó a formar parte de la historia de la literatura nacional por méritos propios. Y el autor que la creó, también. La obra es fruto de una mente ENORME y también de un proceso de documentación sobre la psiquiatría española de los años setenta que necesitó de 18 días de internamiento voluntario por parte de Luca de Tena. Una novela que te atrapa desde la primera hasta la última escena, te zarandea por los hombros, te lleva a trompicones por las distintas salas del hospital psquiátrico y te deja estupefacto con un final digno de una historia como la que cuenta. Una obra maestra que merece ser el número uno de mi lista de libros preferidos de este primer semestre del 2017.   
   


lunes, 19 de junio de 2017

TAJ. Andrés Pascual. Espasa Libros. 2016. Reseña





     El escritor y conferenciante logroñés Andrés Pascual (El guardián de la flor de loto, El haiku de las palabras perdidas y otras) ganó el pasado año el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio con TAJ, novela épica que rinde homenaje a los veinte mil héroes que participaron en la construcción y levantamiento de una de las mayores glorias arquitectónicas de la historia de la Humanidad: el Taj Mahal de Agra. Conmocionado por la majestuosidad del edificio y buscando alejarse del resplandeciente balcón real desde el que hasta ahora se había contado la historia de su construcción para acercarse a aquella gran multitud de héroes anónimos, Pascual se embarcó en una novela amena, instructiva, documentada y justa.

     Reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 1983 y nombrado una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, el mausoleo de Mumtaz Mahal, esposa favorita del emperador Shah Jahan, comenzó a gestarse en el mismo momento de su fallecimiento. En su lecho de muerte, su esposo le prometió honrar su recuerdo con el monumento más hermoso jamás construido. Y no escatimó en gastos ni esfuerzos a la hora de cumplir su promesa. Costó 22 años cumplir con el proyecto completo y participaron más de veinte mil obreros, artesanos y calígrafos. Y no pocos de ellos perdieron su vida en el transcurso de las obras.

     En palabras del autor de la novela, la obra mostró a la Humanidad que cuando actuamos juntos y guiados por el amor en cualquiera de sus formas, somos capaces de alcanzar cualquier desafío. Y no le falta razón a Pascual, pues en ella participaron los mejores profesionales de cada campo y de todo Oriente. No en vano, el Taj Mahal está considerado el más bello ejemplo de arquitectura mogola, combinando elementos de las arquitecturas islámica, persa, india y turca. Así funciona el karma: como una cadena de buenas acciones en la que todo se enlaza y tiene sentido a través del amor.

     La única forma de llevar a cabo el pretendido homenaje a esa ingente masa de anónimos capaces de llevar a buen término un proyecto tan colosal como el Taj Mahal era crear un personaje que perteneciera a ella. Es decir, alguien que no fuera parte importante del proceso. Alguien a través del cual narrar la historia desde un punto de vista diferente. Y Balu fue el elegido por Andrés Pascual. Un joven del desierto, con un don muy peculiar --con manos para el dibujo--, que huye de su poblado tras la inesperada muerte de su padre, el señor Metha, un humilde campesino que siempre cuidó las manos de su hijo. Aunque ello conllevara el odio y los celos de sus hermanos mayores.

     TAJ es también una novela de aventuras. Porque Balu deberá hacer frente a una serie de vicisitudes para alcanzar sus sueños: abrirse camino entre la gran multitud de calígrafos, arquitectos, artesanos y obreros y reunirse con el amor de su vida, Aisha, de la cual hubo de apartarse al salir a toda prisa de su poblado. Ni qué decir tiene que el protagonista irá madurando y enfrentando cada uno de los problemas que amenazan con poner fin no solo a sus sueños sino a su propia vida. Una vida que pasa de no valer nada en absoluto a ir siendo cada vez más importante para otros protagonistas. De nuevo, el karma.

     Absolutamente todos los personajes aparecen bien definidos ante nuestros ojos. Tanto los reales --con el calígrafo Khush Nawis, el arquitecto Ustad Ahmad y los hijos del Shah Jahan, Dara, Aurangzeb y Jahanara, al frente-- como los inventados. Dejando al margen a Balu, también su amada Aisha, sus amigos Deepak y Santosh y otros obreros cumplen un papel muy definido en la obra. El amor, los celos, la cooperación, la solidaridad y la maldad se convierten también en personajes de la novela. Porque, a tenor de todo lo anterior, también estamos ante una especie de novela ejemplar, por cuanto destaca los valores que todos deberíamos querer para nuestros hijos.

     Además, la novela también nos cuenta una serie de historias de amor. De amor sin condiciones. El de Balu y Aisha es la principal. Sin embargo, no deberíamos pasar por alto la de Deepak y Santosh, la pareja amiga de Balu. Tampoco la de los padres del protagonista. Y, obviamente, tampoco la del Shah Jahan y Mumtaz Mahal, pues es esta la razón de ser de las otras y también de la novela misma. Porque el amor engendra amor. De la misma manera que el odio engendra odio. Y es que el odio también aparece en las páginas de la última novela de Andrés Pascual.

     TAJ nos muestra cómo lo más grande que se levantó en Agra no fue el edificio en sí sino la fusión pura e incondicional de dos civilizaciones: Islam e Hinduismo. Hinduismo e Islam. Un ejemplo a seguir, especialmente en tiempos tan convulsos e irracionales como los actuales. En efecto, tal y como se extrae de una conversación entre Balu y Ustad Ahmad, las dos escuelas milenarias se habían fundido de forma natural con el único objetivo de alcanzar juntas la perfección. No se trataba de promover la mera tolerancia, ni una pacífica convivencia. El fin último era la fusión total en una fe única. De nuevo, los valores.

                 

lunes, 5 de junio de 2017

Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Ediciones DeBolsillo. 2000. Reseña





     Se cumplen hoy cinco años del fallecimiento del escritor estadounidense Ray Bradbury. Genial autor de misterio fantástico, terror y ciencia ficción, es conocido mundialmente por sus obras Crónicas marcianas (1950) y Fahrenheit 451 (1953). Murió con casi 92 años de edad y en su epitafio, por expreso deseo suyo, reza el texto siguiente: Autor de Fahrenheit 451. Obra que ocuparía, por méritos propios, un puesto de honor en el (todavía) inexistente pódium de las novelas distópicas del siglo XX junto a sus predecesoras en el tiempo Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), y 1984, de George Orwell (1949).

     Leí la novela por vez primera hace veinte años, cuando estudiaba la Licenciatura en Historia y un profesor de una asignatura sobre escritura y sociedad nos encomendó su lectura y un trabajo sobre la quema de libros y la importancia de estos en cualquier sociedad que se precie de serlo. Recuerdo que fue una lectura que me impactó. A mis veintidós años de edad, la vi como una muy buena novela de ciencia ficción, aunque algo exagerada. Veinte años después, observo, más impactado si cabe, que muchas de sus ideas se han convertido en el pan nuestro de cada día. Que somos una sociedad enferma camino de su aniquilación. Al menos en su vertiente intelectual.

     Porque vivimos en un mundo en el que, tal y como le dice Clarisse a Montag, bombero y principal protagonista de la obra, nadie tiene tiempo para nadie; en el que las personas cada vez piensan menos, se hablan menos y se relacionan menos entre sí; en el que cada vez son más las personas que han de tomar pastillas para dormir; en el que las radios auriculares son a la vez compañía y aislamiento social; en el que cada vez tenemos más pantallas de televisión en las paredes de nuestros salones; en el que los libros pierden protagonismo de forma paulatina ante el desinterés general de la población --que deja de leer por iniciativa propia-- y una tecnología aborregante de masas; en el que las persecuciones de criminales se pueden llegar a retransmitir en directo. 

     En efecto, en Fahrenheit 451, el objetivo de las personas es simplemente ser feliz. Aunque sea a costa de perder las más elementales libertades. Los bomberos, con Guy Montag como ejemplo, se dedican a provocar incendios en casas (revestidas de elementos ignífugos para prevenir incendios accidentales) donde se han detectado libros. Porque el que lee, piensa, y el que piensa no puede ser feliz, y ser feliz es obligatorio. Así, el capitán Beatty le dice a Montag: la palabra intelectual se convirtió en el insulto que merecía ser... y no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.

     Montag vive rodeado de gente sin motivaciones, sin ganas de esforzarse por nada, con la única pretensión de ver las teles de las paredes y languidecer pensando que es feliz. Por fortuna, también encuentra personas diferentes. Como la joven Clarisse McClellan, quien, dada por loca e insociable, acude al psiquiatra mientras afirma amar las pequeñas cosas --la lluvia, las mariposas y las historias que le cuenta su tío, que recuerda un mundo diferente, anterior a que existiera un millón de libros prohibidos-- y el profesor de Literatura retirado Faber, quien se siente culpable por haber callado cuando todavía no era tarde, y afirma que la clave de todo, en referencia a los libros, está en la calidad de la información, el tiempo de ocio y la conjunción de ambos factores.

     Clarisse y Faber despiertan el dormido carácter rebelde de Montag, que deja de entender lo que hasta entonces tenía asumido: que la vida consiste en conducir a más de 150 kms./hora por el centro de la ciudad; en ver la tele de cuatro paredes; en que los niños pasen nueve de cada diez días en la escuela (¡¡solo 3 días al mes en casa, junto a sus progenitores!!); en que el capitán Beatty tiene razón al afirmar aquello de no te enfrentes a los problemas: quémalos / el fuego es brillante, limpio y purificador / si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale solo uno. O, mejor aún, no le des ninguno / Si el gobierno es poco eficiente o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello.

     Inquietante y muy familiar todo, ¿verdad? Pues Beatty añade ante Montag otros aspectos tan escalofriantes como estos: Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando letras de canciones y nombres de capitales de Estado. Atibórrala de información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices / tú, Montag, yo y los demás somos los Guardianes de la Felicidad. Hay que aguantar firme. No permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para nuestro mundo feliz, tal y como está organizado / ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te apoyan , y se vuelven contra ti.

     No obstante, gracias a Faber, Montag logra escapar de la destrucción de la ciudad y llegar a uno de los muchos campamentos ambulantes esparcidos por los campos del país. Allí, convive una extravagante minoría que clama en el desierto; unos vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior; una especie de sobrecubiertas para los libros. Una comunidad de libros andantes --cada miembro aprende, recuerda y transmite oralmente un libro-- que supone la esperanza, el final romántico, de que de la ciudad ahora en llamas surgirá una nueva civilización cual ave Fénix. Lo cual justifica la perentoria necesidad de recordar. Porque el recuerdo, a veces, es todo lo que tenemos para aferrarnos a nuestro pasado, presente e incluso futuro como especie.

     Veinte años después de la primera lectura, por tanto, comprueba uno que lo que entonces parecía exagerado ahora se está cumpliendo de forma tan inquietante como progresiva. Eso sí, a diferencia de lo que ocurre en la novela --especialmente en el caso de Faber, aunque también en el de Montag--, nosotros todavía estamos a tiempo de no tener que lamentar la pérdida de libertad ante la barbarie política y cultural. A tiempo de evitar que la temperatura de la ignorancia y pasotismo de nuestra civilización --existen, por desgracia, otras maneras de quemar libros-- llegue a esos 451 grados fahrenheit (232,8 grados centigrados) a la que el papel de los libros comienza primero a inflamarse y después a arder...                        

               

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017. Reseña





     Que Ian McEwan es uno de los autores más originales, creativos y arriesgados del panorama literario actual ofrece pocas dudas. Para quien todavía no lo tenga del todo claro: que lea su última novela. Porque Cáscara de nuez cuenta con un narrador inaudito: un feto ya colocado boca abajo, en el vientre materno, a pocos días de conocer, por fin, el mundo de afuera, el de los adultos. Una pirueta creativa que McEwan supera con una brillante audacia, fruto de su habilidad para conmocionarnos, atraparnos y deslumbrarnos. Algo solo al alcance de un escritor genial y superdotado. Y con un amplio bagaje literario trabajado desde hace tantos años.

     McEwan camina sobre la cuerda floja durante toda la obra. Pero no titubea en ningún momento. Sabe que llegará hasta el final, y que lo hará para crear una novela redonda en la que no falta de nada. Así, encontramos sus ya características reflexiones en voz alta sobre el mundo y las más profundas interioridades de las personas, un ritmo a modo de thriller salpicado de notas de su peculiar humor británico, una trama absolutamente genial --especialmente en su desenlace, impactante donde los haya-- y un magnífico despliegue de todas las dotes narrativas aprendidas durante su ya larga trayectoria literaria.

     El feto narrador de la historia se siente impotente, desesperado, atónito. Su madre, Trudy, y su tío, Claude, mantienen una relación de infidelidad hacia su padre, John, al cual planean asesinar para quedarse con su casa, una mansión valorada en varios millones de libras esterlinas que el hermano del futuro asesino heredó hace ya años. Los personajes están caracterizados con precisión milimétrica. John es un poeta y editor que triunfa menos de lo que merece, lo cual lo hace sentir desgraciado. Eso sí, tiene un público escaso pero fiel. Trudy, a punto de dar a luz, cree que ha dejado de quererlo hace ya tiempo y se entretiene con Claude. El hermano del futuro asesinado siempre ha sentido celos de su hermano mayor, al que solo supera a la hora de saber ganar dinero. Es inmobiliario. Y estúpido. Muy estúpido.

     La falta de éxito de John impide que este disfrute de su patrimonio. Sin embargo, lo que amenaza con consumirlo por completo es saber que está perdiendo a Trudy, el gran amor de su vida, a quien no va a renunciar así como así por muchas dificultades que los separen. Y su hermano Claude, pese a ganarse la vida con su trabajo, tampoco consigue disfrutar de la vida por culpa de los celos y su enorme complejo de inferioridad. Así, convence a Trudy para acabar con la vida de su esposo y hacerse con la mansión que han convertido en su particular nidito de amor.    

     El maquiavélico plan de la pareja infiel se completa con la asquerosa intención de colocar al bebé en algún lugar. Hecho que provoca la angustia y la indignación del feto, del que desconocemos su nombre y hasta su sexo. Así, ama y odia a la vez a su madre. Adúltera, y futura asesina y abandonadora de su propio hijo, provoca en su feto multitud de sensaciones contradictorias. Algo acrecentado por el hecho de ser una irresponsable que consume bebidas alcohólicas en los últimos días de su embarazo. Lógico cuando no te importa en absoluto el futuro de la criatura que llevas en tus entrañas. 

     Sin embargo, es Claude, su tío, el personaje más aborrecido por el feto. Así, narra lo siguiente: Él le presiona los hombros, ella se arrodilla, se rebaja y "se lo mete en la boca", tal como les he oído decir. Yo no me imagino deseando algo así. Pero tener a Claude satisfecho, a muchos clementes centímetros de mí, me quita un peso de encima. Me molesta el hecho de que lo que ella traga me llegue en forma de nutriente y me haga parecerme un poco a él. ¿Por qué, si no, los caníbales evitaban comerse a los imbéciles? En efecto, la relación entre Claude y Trudy parece sostenerse únicamente en el sexo. 

     Y la tensión entre ellos crece mientras llevan a cabo su macabro plan de asesinato. En relación a este hecho, añade el narrador: Hasta yo sé que el amor no se guía por la lógica ni el poder se distribuye equitativamente. Los enamorados llegan a sus primeros besos con tantas cicatrices como anhelos. No siempre buscan beneficios. Algunos necesitan un refugio, otros solo quieren la hiperrealidad del éxtasis, por lo cual dirán mentiras vergonzosas o harán sacrificios irracionales. Pero rara vez se preguntan a sí mismos qué necesitan o qué desean. Es débil el recuerdo de fracasos anteriores. Las disensiones y el enfrentamiento entre Trudy y Claude son uno de los puntos fuertes de la novela.   

     El feto manifiesta una honda impotencia durante toda su narración. No solo por no poder impedir el asesinato de su padre. También por ver insatisfecho su ansia de volver a unirlos. Y, sobre todo, por el demostrado egoísmo de sus padres, para quienes no parece tener ninguna importancia su inminente llegada a este mundo. Todo ello le llevará por momentos a sentirse culpable e incluso responsable de lo ocurrido. No obstante, se muestra lúcido en casi todas las escenas. Incluso, llega a pensar en qué le conviene más en el futuro: ser adoptado pero libre o quedarse con su madre y criarse entre las paredes de la cárcel. 

     Y, como no podía ser de otra manera, también están presentes en la mente del narrador la crítica a la sociedad británica, a la desunión de Europa, al capitalismo salvaje, a la actuación de la comunidad internacional respecto al cambio climático o la tragedia siria y una serie de interrogantes en forma de escueta enumeración de peligros futuros que nos devuelven de repente a la cruda realidad que nos rodea: ¿se librarán de una contienda nuclear sus nueve mil millones de héroes?, ¿persistirá en su frenesí Oriente Medio?, ¿lo verterá en Europa y la cambiará para siempre?, ¿concedería Israel un centímetro o dos de desierto a aquellos a quienes desplazó del mismo?, ¿será apacible el declive de los Estados Unidos?, ¿tomará China conciencia, lo hará Rusia?, ¿lo harán las finanzas y las corporaciones globales?             


jueves, 11 de mayo de 2017

El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017. Reseña





     Que la literatura tiene un amplio componente catártico y purgativo queda de manifiesto en multitud de obras a lo largo de la historia. El monarca de las sombras, de Javier Cercas, vuelve a ponerlo de manifiesto. Pese a oponerse constantemente a escribir este libro, finalmente, quince años después de publicar su más famosa novela, Soldados de Salamina, el escritor extremeño-barcelonés retorna a la Guerra Civil para cerrar el círculo abierto con aquella. Y, además, hasta cambia de bando. Para rendir cuentas con su pasado familiar y poner de una vez por todas las cosas en su sitio. Para contar lo que durante buena parte de su vida lo había avergonzado. Para reconciliarse consigo mismo y con sus propios fantasmas. Para redimirse.

     El propósito inicial de Cercas era contar la verdadera historia de su tío abuelo materno Manuel Mena, alférez del Primer Tabor de Tiradores de Ifni, quien en 1936 decidió enrolarse en el ejército franquista para luchar contra los republicanos, falleciendo dos años más tarde en la toma de una cima en Bot, en plena batalla del Ebro. Héroe en el pueblo natal de la familia de Cercas, Ibahernando (Extremadura), donde incluso una calle lleva su nombre, murió con tan solo diecinueve años de edad, con toda la vida por delante. Convertido de inmediato en héroe por morir por España y por la patria, el tío de la madre de Cercas fue durante toda la vida del escritor un motivo más de vergüenza que de idolatría.

     Sin embargo, el libro que finalmente decidió escribir se convirtió al fin en una especie de crónica familiar. Porque, en torno a la historia central su tío abuelo, Javier Cercas reconstruye la historia completa de todos los componentes de su familia a lo largo de los últimos ochenta años. La idea de que no morimos sino que permanecemos dentro de quienes nos sobreviven, de la misma forma que nuestros ancestros permanecen también dentro de nosotros, lo llevó a ampliar la narración no solo a sus familiares sino a los recuerdos de los vecinos de Ibahernando que todavía permanecen vivos en la actualidad. Así, la novela, o crónica, sirve perfectamente como estudio sociológico, justificativo y explicativo de los preámbulos, desarrollo y consecuencias de la Guerra Civil en la Extremadura profunda.

     La lectura del texto resulta muy amena durante casi toda la obra, salvo cuando se entretiene --quizá en demasía-- en detalles como las maniobras militares y las tácticas de los respectivos contendientes, ralentizando la acción y provocando cierta monotonía. Algo que, evidentemente, no compartirá jamás cualquier entendido en las referidas materias, el cual probablemente habrá disfrutado más estas partes de la crónica que las demás. Como siempre, es imposible contentar a todos los lectores. Por eso, el escritor es el que debe de escribir la obra que quiere o considera más oportuna, sin detenerse a pensar excesivamente en demás detalles. Todos los componentes de la familia de Cercas son personajes de la historia, incluido el propio autor, quien habla de sí mismo también en tercera persona. Como buscando cierta distancia. Como no queriendo restar protagonismo a los demás personajes.

     Haciendo bueno aquello de que los escritores no pueden dejar de lado el hecho de ser personas con diversos bagajes culturales, en El monarca de las sombras encontramos referencias culturales de todo tipo. Así, aparecen en la narración el director de cine David Trueba --no creo que sea descabellado afirmar, a tenor de lo leído, que esta novela no existiría de no haber existido la amistad entre el director (que en su día ya adaptó al cine Soldados de Salamina) y el escritor--; el periodista Ernest Folch; muchas referencias a Aquiles y Ulises, a La Ilíada y La Odisea --no deseo hacer spoiler, pero sí avisar al lector de que el título del libro proviene de estos personajes y de estas obras--; el escritor serbio Danilo Kis (autor de Es glorioso morir por la patria); la obra El desierto de los tártaros, del escritor italiano Dino Buzzati; o la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt.

     El monarca de las sombras no busca juzgar a nadie, sino exponer los hechos tal y como sucedieron. O tal y como se cree que sucedieron. Porque los testimonios orales y las fuentes documentales no siempre son cien por cien fiables. Y ejemplos de ello tenemos también en la crónica que nos ocupa. Pese a que el propio Cercas afirma que su tío abuelo peleó por una causa injusta y murió en el lado equivocado, lo cual le instó durante años a no investigar al héroe oficial de su familia --y de su pueblo natal--, finalmente se vio obligado a hacerlo por una serie de acontecimientos que no deben desvelarse en una reseña, decidiendo hacerse cargo del pasado, por incómodo que este le resultase. El resultado es un texto de exploración, personal y colectiva, local y universal, que nos hace plantearnos diversas cuestiones de gran hondura.

     Pensé que hay mil formas de contar una historia, pero solo una buena, y vi o creí ver, con una claridad de mediodía sin sombra de nubes, cuál era la forma de contar la historia de Manuel Mena... Debía desdoblarme: debía contar por un lado una historia, la historia de Manuel Mena, y contarla igual que la contaría un historiador, con el desapego y la distancia y el escrúpulo de veracidad de un historiador, atendiéndome a los hechos estrictos y desdeñando la leyenda y el fantaseo y la libertad del literato, como si yo no fuese quien soy sino otra persona; y, por otro lado, debía contar no una historia sino la historia de una historia, es decir, la historia de cómo y por qué llegué a contar la historia de Manuel Mena a pesar de que no quería contarla ni asumirla ni airearla, a pesar de que durante toda mi vida creí haberme hecho escritor precisamente para no escribir la historia de Manuel Mena.

     El extracto del párrafo anterior constituye la justificación de la novela. Una justificación que habla de la integridad, la dignidad y la honestidad de su autor. Porque para una persona de izquierdas, como el propio Cercas se define, no debe de ser algo nada cómodo asumir que el héroe familiar era falangista y franquista. Y vencer las reticencias hasta el extremo de escribir sobre su historia es digno de elogio. Soldados de Salamina fue, según el propio autor, una manera de reconciliarse con sus ideales, dejando de lado el pavoroso pasado familiar. Sin duda, con El monarca de las sombras cierra el círculo abierto hace quince años. Y lo hace, valga la redundancia, de forma redonda. Demostrando que juzgar muchos años después los hechos y las acciones del pasado es demasiado fácil. Pero que en ocasiones uno se equivoca o es engañado, creando el mal cuando quería hacer el bien. Porque de humano es errar. Y quien esté libre de pecado...         

              

viernes, 28 de abril de 2017

Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017. Reseña





     Sorprendente. Gratamente sorprendente. Así calificaría la experiencia que me ha supuesto leer la nueva obra de la madrileña Marta Sanz. La primera sorpresa viene de la mano de la propia portada de la novela (si es que se la puede calificar de tal manera, pues también es susceptible de ser calificada como diario, crónica o autobiografía). En efecto, a primera vista, lo primero que extraña es el color de la portada, que abandona el característico amarillo de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama --José Manuel Lara se refirió en ocasiones a esta editorial como "la peste amarilla" debido precisamente al color de sus portadas-- para mostrársenos de un blanco impoluto (¿quizás una declaración de intenciones ante un texto que no esconde absolutamente nada de la vida de su autora?). 

     La segunda sorpresa viene de la mano de esa especie de clave de sol orientada hacia abajo que aparece en el centro de la misma. La clavícula, como nos informa Sanz en el texto, tiene forma de ese. Quizás el símbolo sea, pues, una referencia a la palabra y al hueso que son objeto de su atención en el libro. Incluso, yendo más allá --y puede que desvariando también un poco, aunque ahora mismo, tras esta lectura, me siento lo suficientemente valiente como para tratar de averiguar el significado del referido símbolo--, el final del trazo, con esa especie de flecha descendente, recuerde al tradicional símbolo femenino usado desde el Renacimiento (que, eso sí, acaba en cruz y no en flecha). Conociendo un poco a la autora, y tras la lectura de Clavícula, no sería de extrañar que formara parte de la defensa de la condición femenina. Tema, por otra parte, característico en anteriores obras suyas.

     Divagaciones al margen, Clavícula (o Mi clavícula y otros inmensos desajustes) supone una queja, un pataleo en contra de la globalización, el capitalismo salvaje, los recortes, la crisis y, desde el punto de vista meramente femenino, esa corriente que se empeña en convertir en patologías una espantosa serie de enfermedades mayoritariamente femeninas como la fibromialgia, el lupus y otras. Por no hablar de la menopausia (la apocalipsis de las pequeñas hormonas), la cual, entre sofoco y sofoco, provoca vulnerabilidad, inapetencia sexual y depresión, pero también unas ansias irremediables (y en ocasiones incluso perversas, sobre todo cuando la mujer sabe que su pareja está siempre ahí, a su lado) de recibir constantes muestras de amor. De atención desmedida.

     Clavícula es una sucesión de hechos ("lo que me ha pasado") y de pensamientos ("lo que no me ha pasado") que componen una crónica tanto interior y personal como sociológica. Una especie de catarsis y purga a través de la escritura. Porque, como ya hiciera en La lección de anatomía, Marta Sanz se desnuda ante sus lectores para hablarnos de sus interioridades, frustraciones, miedos y debilidades. A buen seguro, no faltará quien la acuse de exhibicionismo e impudor por el hecho de diseccionar de tal manera materias que siguen siendo, en pleno siglo XXI, tabú en nuestra sociedad. También por exponer a quienes amo a la vista de todos. Incluso puede que la tachen de maniática e hipocondríaca (por afirmar que tiene el botiquín lleno de pastillas y que siempre viaja con él en la maleta). No obstante, me parece que en esta novela realiza un espectacular ejercicio de humildad y honestidad. Personal y literaria.

     En relación a lo anterior, me gustaría destacar un fragmento de la novela que dice lo siguiente: "Cuando escribo --cuando escribimos-- no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva... Escribo de lo que me duele. Hoy veo con toda claridad que la escritura quiere poner nombre e imponer un protocolo al caos. Al caos de la naturaleza, a la desorganización de esas células dementes que se resisten a morir, y al caos que habita en el orden de ciertas estructuras sociales".  

     Porque lo que la autora desea es saber de dónde le viene el dolor --sí, Clavícula es, además, una novela que habla sobre el dolor de tal manera que llega a radiografiarlo--, a qué se debe, cómo puede terminar con él y, sobre todo, por qué demonios ninguno de los médicos consigue localizarlo. Porque se le han realizado toda clase de pruebas y no hay un solo diagnóstico fiable. Algo desalentador. Sin duda, aterrador. Y es que en las doscientas páginas de Clavícula Marta Sanz nos habla de la poca atención que prestamos a las señales de nuestro propio cuerpo, de la vulnerabilidad de hacerse mayores y de la fragilidad resultante de comprobar que nuestros padres se han convertido en ancianos. Pero también del dolor resultante de las relaciones entre padres e hijos, de la vigilancia de la que somos objeto cuando entramos en internet y de la impotencia que sentimos al errar nuestras respuestas ante preguntas importantes que nos conciernen.

     La depresión, la crisis y lo psicosomático también son tratados a lo largo de la novela. A menudo, desde un punto de vista corrosivo, ácido, humorístico. Así, sobre la incomprensión de que son objeto las mujeres víctimas de enfermedades raras, ironiza lo siguiente: Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y sus urgencias... Estamos exhaustas. Qué hijas de puta somos las enfermas imaginarias. 

     Clavícula es una novela intensa, singular, diferente, original, sorprendente, talentosa, clarividente, lúcida, valiente, arriesgada, honesta, social, moral, políticamente incorrecta y que sabe dirigir la atención del lector exactamente hacia donde apunta la flecha. Digna, sin un ápice de duda, de quien afirma que me gustan los libros que abren estigmas en las palmas de las manos, los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración. Todo ello, a pesar de que no tolero mostrar debilidades en público porque el público es siempre un enemigo. ¡Pues vaya manera de demostrarlo!             


lunes, 24 de abril de 2017

Mimoun. Rafael Chirbes. Anagrama. 1988. Reseña





     Rafael Chirbes tardó dos años (1985-7) en escribir el centenar de páginas que componen su primera novela publicada --que no escrita, pues se habla de hasta cuatro obras anteriores que todavía a día de hoy siguen inéditas, ocultas, perdidas--, a la que puso por título Mimoun, palabra árabe que significa algo así como el creyente o el que tiene fe. Sin embargo, en la novela, Mimoun es el nombre de un pequeño poblado marroquí inventado por el propio autor. Un lugar nada exótico sino más bien hostil, perturbador y amenazador en todas las épocas del año.

     En todas las novelas de Chirbes podemos encontrar ciertos aspectos autobiográficos en algunos de sus personajes. Y Manuel, el protagonista de esta historia, no es una excepción. Aunque trabaja en Fez, prefiere huir de una gran ciudad para refugiarse en un lugar algo apartado como es Mimoun. Aunque ello lo obligue a hacer kilómetros cada día de trabajo. Además, Manuel es escritor, y tiene una historia en la cabeza que le parece magnífica. Lástima que en Marruecos en lugar de inspirarse vaya perdiendo interés por aquella obra que tan llamativa le parecía en Madrid.

     Manuel se muestra como un personaje indolente, frío, casi inexpresivo, al más puro estilo del Meursault de El extranjero, de Camus, o del Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de Salinger. Y, no obstante, el modelo que reconoció tomar Chirbes a la hora de escribir y narrar la novela reseñada fue el de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Un tono más que apropiado para contar la historia de un desconcertado profesor de español que busca un paraíso y se pierde en un laberinto decrépito y claustrofóbico que lo arrojará a las manos de la soledad y el alcohol.

     Preocupación formal y verdad literaria se dan la mano en la narración de Manuel, testigo subjetivo que no solo critica el Marruecos de la época sino también a aquella España que casi lo ha expulsado. No en vano, Chirbes ya colocó el dedo en la llaga en su primera obra conocida. Algo en lo que siempre destacaría. La duda, el empantanamiento y el desconcierto de Manuel son los de toda una generación. Y ese Mimoun que tan exótico parece en un inicio dará paso al odio y a la sensación de que no hay huida posible. Manuel cada vez escribirá menos, beberá más y perderá más el tiempo. Y nada hay peor para un escritor que tener la sensación de estar perdiendo el tiempo.

     Algo parecido debió ocurrirle al propio Chirbes. Dos años para un centenar de páginas no es demasiado a primera vista. Sin embargo, el resultado valió la pena. Me sentía como si fuera una burbuja que flotase en el mar de la noche y pensé que, cuando aquella burbuja se viera obligada a reventar, iba a convertirse en nada, nos dice Manuel. Un personaje que se nos muestra como un muerto en vida, preso en un sin fin de pesadillas nocturnas que amenazan definitivamente su mente. Inmerso en una vida de amarga provisionalidad, de excesos, suciedad, sexo y destructivas orgías carentes por completo de placer pero repletas de vicio improductivo.

     En efecto, Manuel caerá en una especie de estado de total promiscuidad, tanto sexual como social. Y la culpa pondrá a prueba sus nervios y su capacidad para seguir con su vida. Comprendí que había regresado no para atender a Francisco, sino para ponerme bajo su vigilancia y que él pudiese castigarme, nos cuenta tras un intento de falso suicidio de su amigo. Y no es extraño ese sentimiento, pues así ve nuestro protagonista ese Mimoun que él mismo había elegido como lugar para vivir: El aislamiento de la gente (de Mimoun) era como el de esos árboles inmensos y solitarios cuyas raíces se buscan bajo la tierra.   

     Esa soledad tan magníficamente ejemplificada en los árboles (y sus raíces) de Mimoun explica en buena parte su incesante búsqueda del sexo y del amor. Un amor homosexual que también lo atrapará, tal y como veríamos nuevamente en la última obra de Chirbes, publicada pocos meses después de su muerte. Como si con ello hubiera de cerrar un círculo entre esta obra y París-Austerlitz. Manuel bebe una cerveza que es poco más que una mezcla de agua y jabón. Y debe de soportar que Francisco le diga cosas tan hirientes como esta: Tú nunca llegarás a escribir: solo te interesan las vistas panorámicas. 

     Por lo visto, desde el principio, el estilo de Chirbes estuvo bien definido: contenido, más sugerente que indicativo, crítico, duro, insobornable y no adscrito a ningún canon literario (pese a que en ocasiones, como en el ejemplo que nos ocupa, sí beba más o menos directamente de algún escritor o de alguna obra anterior tomada como modelo narrativo). En Mimoun encontramos, pues, el germen de todo lo que vendría después. Una sucesión de joyas necesarias, obligatorias --si es que en literatura se puede obligar a alguien a algo--, recomendables y altamente disfrutables. ¡Vaya debut literario!   

miércoles, 12 de abril de 2017

Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luca de Tena. Planeta. 1979. Reseña





     Hasta dieciocho días seguidos estuvo encerrado el escritor y periodista madrileño Torcuato Luca de Tena en un manicomio para documentarse para poder escribir Los renglones torcidos de Dios. Convivió como un loco más entre los locos del Hospital Psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. Corría el año 1979, en pleno período post franquista y de transición a la democracia. La tan mal llamada transición democrática. El autor de esta absoluta obra maestra de la literatura contemporánea española pidió permiso al psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nágera para ingresar en su manicomio. Llegaron a discutir y el reconocido psiquiatra se lo impidió.

     Sin embargo, Luca de Tena consiguió ser admitido en otro hospital y llevar a cabo la tarea documental que necesitaba para escribir aquella historia que tenía entre ceja y ceja. El resultado fue tal que el propio Vallejo-Nágera le pidió prologar el libro. Ver para creer, ¿verdad? Sin duda, los bastos apuntes recogidos en su estancia en Santiago le vinieron de perlas a la hora de caracterizar a cada uno de los más de trescientos personajes que aparecen, de una u otra forma, en la novela. Eso sí, para evitar suspicacias, inventó el inexistente Hospital de Nuestra Señora de la Fuentecilla, en los alrededores de Zamora, donde se ambientó la trama.

     Al margen de la soberbia y magistral caracterización de los personajes, cabe destacar en Los renglones torcidos de Dios un seguido de explicaciones psicológicas y psiquiátricas (y hasta psicoanalíticas) de las enfermedades padecidas por los compañeros de encierro de Alice Gould, protagonista principal de la novela. Hecho que, desde la publicación de la obra, en diciembre de 1979, ha ido haciendo las delicias no solo de los entusiastas lectores de la misma, sino también de especialistas en la materia. Y es que, en mi modesta opinión, aunque han pasado casi cuarenta años, supone aún a día de hoy una manera original e interesante de explicar los diversos procesos psicológicos. Claramente, estamos ante una obra que debería ser de obligada lectura para cualquier psicólogo o psiquiatra que se precie. Una especie de El mundo de Sofía (de Jostein Gaarder) para los filósofos contemporáneos. 

     Como el propio autor, su protagonista principal, Alice Gould, se hace ingresar en el manicomio. No obstante, su intención no es la documentación sino la investigación. Investigadora de profesión, su propósito es realizar una serie de indagaciones que la lleven a descubrir al autor del asesinato del padre de un cliente suyo, Raimundo García del Olmo, casualmente otro especialista de la psique humana que conoce al director del manicomio: Samuel Alvar. Alice está segura de que el asesino es uno de los internos y pretende encontrarlo y desenmascararlo para cobrar un suculento sueldo. Cliente y director se ponen de acuerdo en que la enfermedad que mejor puede interpretar la investigadora es la paranoia. 

     Desde el inicio de su encierro nada se desarrollará según los planes previstos, lo que hará esforzarse a la protagonista no para pretender pasar por lo que no es sino para todo lo contrario, es decir: demostrar que no lo es en realidad. Todo ello, narrado de una manera que provoca en el lector verdadera angustia ante el cariz que van tomando los acontecimientos. Porque, como afirma en el prólogo Vallejo-Nágera, ¿puede haber algo peor para un ser humano que imaginar ser enterrado vivo o verse encerrado en un manicomio estando totalmente sano? Pues bien, al segundo de estos hechos deberá hacer frente Alice, desplegando toda su astucia, inteligencia y elocuencia tanto de palabra como de pensamiento.

     Esos giros en la trama, esos hechos que angustian al lector y los pensamientos, los traumas y las mochilas del pasado de los protagonistas (muchos de ellos, arrebatadoramente entrañables pese a sus locuras) constituyen, al margen de todo lo anteriormente expuesto, los puntos fuertes de la novela. Una novela que puede calificarse incluso de thriller psicológico precisamente por sus giros a nivel de trama. Y es que, en numerosas ocasiones a lo largo del desarrollo de la novela, cuando un tema parece cerrado de repente todo cambia y vuelve a liarse más que antes. Lo cual ata literalmente al lector a sus páginas. 

     La dedicatoria de la novela dice así: Los renglones torcidos de Dios son, en verdad, muy torcidos. Unos hombres y unas mujeres ejemplares, tenaces y hasta heroicos, pretenden enderezarlos. A veces lo consiguen. La profunda admiración que me produjo su labor durante mi estadía voluntaria en un hospital psiquiátrico acreció la gratitud y el respeto que siempre experimenté por la clase médica. De aquí que dedique estas páginas a los médicos, a los enfermeros y enfermeras, a los vigilantes, cuidadores y demás profesionales que emplean sus vidas en el noble y esforzado servicio de los más desventurados errores de la Naturaleza.

     Toda una declaración de intenciones que ejemplifican los doctores César Arellano, Sobrino y Rosellini, la doctora Bernardos, la enfermera Montserrat Castell o las cuidadoras (batas blancas) conocidas como las Conradas por ser madre e hija. Un homenaje totalmente merecido a un colectivo a menudo nada valorado pero absolutamente necesario en una sociedad que conoce cada vez más y mayores enfermedades mentales, a través de una de esas maravillas literarias que todo el mundo debería leer, al menos una vez, a lo largo de su vida. 

     Y para acabar, no debo dejar de comentar que la novela fue llevada al cine en 1983 a través de una producción mexicana de idéntico título dirigida por Tulio Demicheli e interpretada por Lucía Méndez (en el papel de Alice Gould), Gonzalo Vega, Manuel Ojeda, Alejandro Camacho y Mónica Prado. El proyecto contó con la participación personal del propio Torcuato Luca de Tena, quien elaboró el guión de la misma.