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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. Reseña





     La historia del País Vasco durante los últimos cuarenta años se ha escrito no con tinta sino con sangre. Gran cantidad de sangre. La violencia desatada no dio lugar a demasiada literatura. Hasta hace poco. Concretamente hasta que ETA anunció que abandonaba las armas. En los últimos años los escritores han comenzado a atreverse a abordar la situación dejando de lado el miedo a las posibles consecuencias. Lógico. Por eso una obra como la que nos ocupa resulta tan interesante a quienes sentimos lo ocurrido en una de las tierras más bonitas de nuestro país. A los que siempre creímos que la verdadera Euskal Herria nada tenía que ver con las extorsiones, los impuestos revolucionarios, las bombas, los autobuses ardiendo y los tiros en la cabeza.

     Afirma Fernando Aramburu que no ha escrito Patria para juzgar a nadie. Toda una declaración de intenciones que puede ser tomada al pie de la letra o justamente al contrario. Porque esta novela --para mí, la mejor que he leído durante este 2016 que ya casi agoniza-- es cierto que no juzga a nadie como individualidad, pero sí lo hace como comunidades de ciudadanos. Me explico: a lo largo de sus más de seiscientas páginas aborda temas como la lucha armada, el encarcelamiento de sus héroes, la ocultación de sus víctimas, la mentalidad de pueblo perseguido, el escalofriante papel jugado por la Iglesia católica y la perpetua división  entre buenos y malos. Todo un juicio social donde los haya. Unas sociedades --la vasca y la española-- a la postre tan similares que ponen los pelos de punta.

     Dos familias amigas enfrentadas por el conflicto se huyen y se buscan para solicitar el perdón de los otros. Un pueblo del que se dan datos pero no nombres ni apellidos. Un asesinato a sangre fría en una tarde lluviosa que aparece ya en la misma portada de la novela. Teñida de rojo. Como el paraguas de su portador. Dos amas de casa --Bittori y Miren-- de armas tomar que ejemplarizan la oscura sociedad matriarcal. Unos maridos --el Txato, empresario asesinado, y Joxian, quejón y llorón-- dominados por sus esposas. Y cinco hijos --Xabier, Nerea, Arantxa, Gorka y Joxe Mari-- que viven las tragedias de su época y ven cómo sus vidas se resquebrajan sin poder evitarlo de manera alguna. 

     Hasta nueve historias diferentes pero interdependientes dentro de una misma historia. Ahí es nada. Contadas desde diversos puntos de vista y utilizando una técnica por la cual todos los personajes nos hacen sentir sus impresiones, sus pensamientos, sus acciones en una primera persona narrativa que se entrelaza con la tercera persona del narrador omnisciente. Narrador que hace un cameo en su propia novela en uno de los capítulos, titulado "Si a la brasa le da el viento". Todas las historias contadas, además, a base de capítulos cortos (125) con gran maestría. La de un escritor al que servidor no conocía hasta esta novela. Craso error que desde ya mismo pienso corregir.

     El autor, que ya trató el tema vasco en 2006 y 2012 con sus obras Los peces de la amargura (Premio Vargas Llosa de Novela, Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española) y Años lentos (Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid), utiliza como guión/hilo conductor de la novela no la sucesión lineal de los hechos sino una serie de ráfagas o flashes emocionales de cada uno de sus protagonistas. Porque aunque asesinato hay uno, tragedias hay nueve. Porque cada uno de sus personajes lleva a cuestas su propia tragedia personal. Una mochila que en algunos casos parece pesar menos pero que en otros es demasiado pesada para seguir viviendo el día a día.   

     En Patria la tragedia y el dolor no se circunscriben a unos pocos sino que se convierten en algo mucho más generalizado. Sufren las familias de las víctimas, pero también las de los terroristas, que deben cruzar el país una vez al mes para poder ver a sus hijos, hermanos o padres, no solo encarcelados sino víctimas de la sinrazón de un gobierno central igual de inhumano. El desgarro emocional se agranda paulatinamente hasta volverse irreversible. Familias igualmente nacionalistas, con hijos simpatizantes de la izquierda abertzale, que en ocasiones se enamoran de inmigrantes que no saben hablar el euskera, que comparten las mismas ideas... hasta que la violencia los alcanza, divide y hasta destruye. Porque todos, absolutamente todos son humanos.

     Los peligros del nacionalismo --el vasco y también el castellano-- aparecen en cada una de las páginas de la novela. Tradicionalista, casi medieval, sacralizador de la tierra, excesivamente romántico y divisor y violento. Sobre todo, divisor y violento. No en vano, afirma Aramburu sobre las posibles reacciones hacia su libro que lo que de verdad me preocuparía es que gustara a los violentos. Otra declaración de intenciones que no debemos pasar inadvertida. Porque, si algo tiene Patria, es que nos habla de la imposibilidad de olvidar, pero también de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.  

     Existen novelas que nos emocionan por la historia que se nos cuenta. Otras lo consiguen a través de un lenguaje exquisito. Y solo unas pocas, casi contadas con los dedos de las manos, consiguen aunar ambos aspectos. Son lo que solemos llamar obras maestras. Muy raras veces estas se convierten en bestsellers. Pues bien, Patria es todo ello. Nos hace sufrir por la dureza de su contenido. Pero también nos deleita con su lenguaje y su construcción a modo de píldoras emotivas. Porque estamos ante un libro que todo el mundo debería leer: vascos y no vascos; interesados en la política y apolíticos; víctimas y verdugos; grandes lectores y aquellos que apenas leen un par de libros al año. Aramburu no toma partido por nadie. Se limita --¡como si esto fuera poco!-- a compartir con nosotros el dolor resultante de toda violencia. 

                              

martes, 9 de diciembre de 2014

Días de Nevada. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2014. Reseña





     El escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga, conocido hasta ahora por obras como Obabakoak - Premio Nacional de Narrativa en 1989 -, El hijo del acordeonista - Premios Mondello y Grinzane Cavour en 2004 - o Siete casas en Francia (2009), miembro de la Academia de la Lengua Vasca y autor traducido a treinta y dos lenguas ha deslumbrado al público con la reciente publicación de un trabajo autobiográfico y de viajes que se ha colocado como uno de los libros de este 2014 que ya casi toca a su fin.

     La obra pone de manifiesto todo aquello que una persona siente cuando se desplaza a vivir a un nuevo lugar, aunque solo sea temporalmente, con lo que ello conlleva, especialmente la morriña y el retorno de recuerdos de infancia, juventud o ya plena adultez que, en algunos casos, parecían olvidados en la mente del viajero. Hasta que, por arte de magia, vuelven a aparecer al ocurrir en el presente una situación que enciende la bombillita del cerebro del referido individuo.

     En la novela de Atxaga los sucesos del presente - situado entre agosto de 2007 y junio de 2008 en la ciudad de Reno, Nevada, USA - nos hacen retornar al País Vasco de décadas anteriores de la mano de una narración original, conmovedora y realmente atractiva. Sin duda, el autor ha hecho en esta obra un gran trabajo de reflexión, hilvanando una historia que entrelaza presente y pasado, desierto y monte, marrón aridez y verde boscoso, Nevada y País Vasco con una maestría al alcance de muy pocos elegidos.

      Con un lenguaje directo, sin artificios, unas descripciones minuciosas de sensaciones, ambientes, personajes y recuerdos - incluso oníricos -, un sentido del humor afilado y en ocasiones causante de carcajadas y una elocuencia digna de mención, Atxaga nos transmite el temor familiar vivido ante una oleada de violaciones y hasta un asesinato en su barrio de residencia en Reno, la sensación de inmensidad del desierto de Nevada, la curiosidad por conocer en vivo la lucha por la supremacía demócrata en USA entre Hillary Clinton y Barack Obama, la desaparición del héroe nacional Steve Fossett en pleno desierto o el ambiente en torno a la presencia de las tropas norteamericanas en Irak y Afganistán.

     Pero también los recuerdos de su País Vasco natal: la enfermedad y muerte de su padre y la de un demasiado joven primo, sus primeros bailes y sus primeras chicas, sus primeras amistades - algunas de ellas muy duraderas en el tiempo -, la música que le ha ido acompañando durante toda su vida, su madre leyendo aquellos volúmenes del Reader´s Digest, la historia familiar del conocido boxeador Paulino Uzcudun o la forma de vida de los pastores vascos.

     Todo ello mientras asiste, desde la distancia, al lento declive de su anciana madre, con la que casi resulta imposible comunicarse vía telefónica ya que está como en otro planeta debido a su estado de (semi) ausencia. El autor establece una serie de conexiones entre todas y cada una de las historias que, a modo de piezas de puzzle, van encajando antes o después ayudándonos a comprender mejor la personalidad de este magnífico escritor. Los caballos, el boxeo, la música, la literatura y el amor a su familia y a su tierra de origen nos acercan a él de forma tal que, también como personaje de la novela, se convierte en un personaje carismático y a la vez humilde, de alta capacidad intelectual, deseoso de conocer todo lo posible de aquello que le rodea y escrutador de cada mínimo detalle.

     Días de Nevada constituye un magnífico retrato de su autor, pero también una completa guía turística de Reno y sus alrededores - en ella se encuentran excursiones a San Francisco, Las Vegas, Virginia,  el extenso desierto de Nevada y sus zonas escarpadas y las escasas pero todavía presentes minas y reservas indias -; una revisión de las vidas de personajes conocidos, como los boxeadores Paulino Uzcudun o Ringo Bonavena, la saga de poetas de origen vasco Laxalt (Dominique, Robert y Bruce) o el referido hombre-récord Steven Fossett; y un repaso a los músicos y cineastas de las últimas cuatro décadas.

     En definitiva, Días de Nevada es una novela muy intimista sobre la multitud de vivencias, experiencias, historias y emociones que van creando entre sí vínculos personales, espaciales y temporales que tienen como consecuencia la creación de la personalidad de las personas. Una personalidad que sería diferente únicamente eliminando alguna de las características anteriormente reseñadas. Y es que es esa suma de elementos, que permanecen indelebles en nuestro cerebro, la que nos hace ser tal y como somos. Por ello se afirma que no hay dos personas iguales en el mundo...
     

miércoles, 11 de enero de 2012

Arnaldo Otegi y el Premio Nobel de la Paz


     La noticia saltó a todos los medios digitales ayer por la mañana. Evidentemente, no estamos ante una inocentada, pues ayer era 10 de enero, sino ante algo muy grave y, sobre todo, muy serio. Una supuesta campaña de la izquierda abertzale busca la proposición de Arnaldo Otegi como candidato al próximo Premio Nobel de la Paz por su contribución al proceso de paz en el País Vasco. Como era de suponer, la polémica se ha expandido como la pólvora por doquier. Sobre todo en las redes sociales de moda.

     Otegi, de 53 años de edad, cumple actualmente diez años de condena por pertenencia a banda armada en calidad de dirigente. Militante activo, durante años, de ETA político-militar, también perteneció a las formaciones políticas Batasuna, Herri Batasuna y Euskal Herritarrok, ilegalizadas en 2002 por considerar que estaban bajo la tutela de la banda armada. Licenciado en Filosofía y Letras, casado y con dos hijos, niega su nacionalidad española y se considera vasco. Fue parlamentario por HB y EH.

     Nomenclaturas aparte, Otegi es un terrorista, un asesino, un criminal. Directa o indirectamente, es responsable, ejecutor y/o incitador, de la pérdida de numerosas vidas humanas. Y está en la cárcel por méritos propios. Además, ha hecho explotar gasolineras, ha robado coches a mano armada (usados luego para matar, secuestrar o extorsionar a seres humanos), ha asaltado el gobierno militar de San Sebastián, ha liberado a presos de hospitales, ha participado en varios secuestros (como los de Francoise Marhuenda, Javier Rupérez o Luis Abaitua) y ha tomado parte en numerosos actos en favor de compañeros etarras (siendo condenado por enaltecimiento del terrorismo por varias causas, como la de 2005, cuando participó en un acto homenaje a José María Sagardui (Gatza), el preso de ETA que más tiempo llevaba encarcelado).

     Ciertamente, no estamos ante un hombre que haya hecho méritos para recibir un Premio así. No obstante, es innegable que dicho galardón se ha devaluado sobremanera en los últimos años. Que personajes como Mahatma Gandhi (nominado hasta en cinco ocasiones) o Irena Sendler (nominada en 2007) no lo hayan recibido y sí Henry Kissinger, Al Gore o el propio Barack Obama (que incumple sus promesas electorales sobre el cierre de Guantánamo, que estos días cumple diez años, y ordenó y preparó, en 2011, los asesinatos de Bin Laden y Gadafi) dicen muy poco en favor de una institución que en otros tiempos no se preocupaba de intereses más o menos oscuros sino de valores humanos, premiando a la Madre Teresa de Calcuta, Martin Luther King, Andrei Sakharov, Lech Walesa o Nelson Mandela. 

     Por eso, entre las reacciones a la propuesta de Otegi se han levantado voces que, sin defenderla, critican a la institución noruega. Así, Fernando Savater, ha afirmado que "ha habido algunos Premios Nobel de la Paz que han sido casi tan malos como Otegi". Otros han comentado que "dar el Nobel a Otegi es como dárselo a Obama o a Kissinger". El debate está en la calle y en las redes sociales. Sin duda, el solo hecho de aceptar su pre-candidatura significaría el fin del poco crédito que todavía le queda al Comité Nobel Noruego. Antes que eso, convendría dejar desierto el galardón de este año, algo que ya ha ocurrido en diecinueve ocasiones a lo largo de sus más de ciento diez años de historia. 

     Otras reacciones a la noticia son las siguientes: Patxi López, lehendakari vasco, la califica de "sarcasmo"; la eurodiputada Teresa Jiménez Becerril, hermana del dirigente del PP andaluz, Alberto Jiménez Becerril, asesinado por ETA en 1998, ha afirmado que "por encima de mi cadáver. Moveré cielo y tierra en las instituciones europeas para que la Academia no premie al ex-portavoz de Batasuna"; Ángeles Pedraza, presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorimo (AVT), la tilda de "una inocentada de muy mal gusto" al tiempo que culpa de esta situación a las últimas acciones del gobierno español saliente; y Teo Uriarte, ex-miembro de ETA juzgado en el histórico proceso de Burgos, ha pedido que no se tome como una broma la candidatura puesto que "parece seguir el esquema de lo que sucedió en los procesos de paz de Sudáfrica e Irlanda del Norte". Según él, las negociaciones de ETA con José Luis Rodríguez Zapatero han propiciado que el entorno de Batasuna haya logrado "un prestigio evidente en los sectores alternativos de las Naciones Unidas y en otros círculos de decisión y poder".

     ¿Será este tema un legado más de las malas gestiones realizadas por ZP, Rubalcaba y sus compañeros? Esperemos que sí, aunque nunca se sabe. Lo que está claro es que, si le da el Nobel de la Paz a un terrorista, la Academia estará acabada. A lo mejor, por esas nos salvamos...