LIBROS

LIBROS
Mostrando entradas con la etiqueta obras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta obras. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de octubre de 2022

Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Rafael Chirbes. Anagrama. 2021. Reseña





    A ratos perdidos. Como el subtítulo sugiere. Así se fueron escribiendo, desde abril de 1984, estos diarios chirbescos que su editorial de siempre, Anagrama, publica para gozo de los seguidores del escritor de Tavernes de la Valldigna. Subtítulo muy bien escogido, por cierto, puesto que el propio escritor llega a considerar ese tiempo empleado como perdido. ¿Y qué hacemos con las novelas que se supone que algún día deberé escribir? Quien mucho abarca poco aprieta, se lamentaba ya en junio de 1985. Y, sin embargo, tan solo seis meses después se llegó a preguntar: ¿se puede escribir para uno mismo? Me digo que sí, que se puede escribir para recordar y comprenderse uno mismo, pero no acabo de creérmelo del todo. Entonces, ¿pienso que estos cuadernos acabará leyéndolos alguien que no sea yo? De esta manera, lo que había comenzado como un pasatiempo cuyo único objetivo era reflexionar con él mismo sobre literatura, cine, arte y la vida misma se fue convirtiendo en algo mucho más grande. Algo que, casi cuarenta años después de su inicio, está siendo leído por muchísima gente.

    Este primer volumen de los diarios de Chirbes abarca desde abril de 1984 hasta marzo de 2005 (casi 21 años) y se divide en dos partes, siendo agosto de 1992 el momento de intermedio. Un intermedio que se extendió durante tres años, ya que no hay entradas nuevas hasta agosto de 1995. ¿No escribió nada en sus cuadernos el bueno de Rafael durante esos tres años? ¿Quizás sí, pero los cuadernos se perdieron? El propio autor afirma que su vida estuvo gobernada por el desorden, la pereza, el desánimo, la depresión, la infelicidad, la inseguridad, el tabaquismo, el alcohol, las drogas, el sexo en su mayor parte esporádico, el vértigo y la desmemoria y las constantes enfermedades. Casi nada. Y, aún así, construyó una carrera literaria fabulosa. No está nada mal. Y todo ello porque, aunque cada día me cuesta más escribir y me gusta menos lo que escribo, sin embargo, los amigos están convencidos de que, cuando escribo, tengo una gran seguridad en mí mismo y, sobre todo, facilidad. No sé de dónde han sacado esa idea. Seguramente porque comprendían que su amigo escribía como los mismísimos ángeles.  

    La gran relación amorosa de Chirbes --la que narró de forma admirable, magistral en su obra póstuma, París-Austerlitz-- fue la que tuvo con François. Una relación al principio muy pasional que finalmente acabó atrapada en una especie de piedad peligrosa, tal y como la define el propio autor: cuanto más ama, más destruye, y eso es terrible para él y atroz para mí. No entiende que la vigilancia ahuyenta el sexo. No soporta que viva. Si pudiera, me encerraría en un cuarto, y volvería por la noche con la comida y las botellas de vino. Eso sería su felicidad, pero aun así tendría celos de los libros que me hubiera leído en su ausencia, de los discos que hubiera escuchado, del sol que me hubiera tocado la cara. Finalmente, claro, Chirbes huyó. Y François pasó a ser un amigo, pero no se puede pasar de amante a amigo. Es un esfuerzo inútil y doloroso. El final de la historia la conocen de sobra los lectores de la referida novela --los que no, quedan invitados a leerla cuando quieran--. La cuestión es que desde entonces Chirbes no volvió a tener ninguna relación estable y duradera. Las cicatrices de la vida.

    Los diarios abarcan una gran variedad de temas. Por ejemplo: su niñez en Tavernes y en la meseta; su educación en colegios de huérfanos de ferroviarios tras perder a su padre, quien todavía tuvo tiempo de enseñar a su hijo algunas lecciones sobre la vida; su complicada relación con su madre, un tanto posesiva; su breve militancia con el comunismo; su trabajo como librero; sus viajes para realizar trabajos para las revistas de gastronomía y viajes Sobremesa y Hoja del Mar; la pérdida de muchos de sus amigos y compañeros; la tortura psicológica que le supuso la relación con François; las enfermedades (dolores de garganta por ingesta continuada de tabaco, drogas y alcohol, vértigos, pérdida de audición, desmemoria, el eterno miedo al sida); su vocación de novelista; su pasión por todo tipo de arte (no solo literatura, también cine, música, arquitectura, escultura y pintura); su llegada a Beniarbeig en el año 2000; sus luchas internas entre una lengua cotidiana, el valenciano, y otra exclusivamente literaria, el castellano; y su decisión final de limpiar sus escritos --diarios para nadie-- para su futura publicación.

    Chirbes nos habla de cine (West side story, Amarcord, La caída de los dioses, Los sobornados, El doctor Mabuse, La viuda alegre, La diligencia, Candilejas o Los profesionales), de música (La flauta mágica, Shostakóvich o la movida madrileña --que se llevó por delante a una generación y a parte de otra--) y de arte (los museos de El Prado, el Louvre, el Picasso o el Rodin y de El jardín de las delicias de El Bosco). También nos cuenta viajes y varias jugosas anécdotas en Alemania (Berlín, Colonia, Friburgo, Bremen, Frankfurt, Dresde, Hamburgo, Lübeck), Italia (Roma, Siena), Francia (París, Montpellier, Rouen, Vincennes y el sur del país vecino), Viena, Budapest, norte de Marruecos, Barcelona, Madrid, Valencia, Denia, Beniarbeig, el cabo de San Antonio, etc. Pero, por encima de todo, los diarios son un compendio de sus lecturas --algunas formidables; otras, objeto de críticas más o menos airadas por parte del autor-- y sus inseguridades a la hora de confeccionar sus propias obras literarias. 

    Chirbes alaba las obras completas de Balzac --seguramente, según lo leído, su gran escritor de cabecera--, García Márquez --salvo Memoria de mis putas tristes y Cien años de soledad--, Dostoievski --sobre todo, El idiota y Los hermanos Karamazov--, Musil --haciendo hincapié en El hombre sin atributos--, Broch --especialmente su trilogía Los sonámbulos-- y Galdós --y sus insuperables Episodios nacionales--, y obras más concretas como El Quijote, La mer (de Michelet), Herrumbrosas lanzas (de Juan Benet), el Decamerón (de Boccaccio), Otra vuelta de tuerca (de Henry James), Balada del café triste y El corazón es un cazador solitario (de McCullers), Confesiones del estafador Félix Krull (de Thomas Mann) --sin libros como ese, la vida merecería bastante menos la pena, reconoce--, muchas de las obras de Max Aub y las grandes novelas sobre las ciudades de Barcelona --Vázquez Montalbán, Marsé, Rodoreda o los Goytisolo-- y Madrid --Galdós, Cela, Baroja, Aldecoa, Valle-Inclán o Aub--. Una excelente guía de lectura para quien quiera conocer de primera mano las influencias de Chirbes.

    No se libran de la crítica chirbesca obras literarias muy conocidas y reconocidas. Como las arriba mencionadas de García Márquez, las de Blasco Ibáñez --podría decirse que lo que quería era fracasar como escritor, porque sus obras son cada vez más huecas, tienen cada vez menos fuerza. Debía vivirlas cada vez más como fracaso, aunque ganara mucho dinero y lo aplaudieran-- y las de algunos de sus contemporáneos: Sefarad (de Muñoz Molina), Cabo Trafalgar (de Pérez-Reverte) --al que critica Chirbes de manera inmisericorde, sin perdón-- o El hijo del acordeonista (de Atxaga) --aprovecha, de paso, para criticar también al crítico de El País --el diario oficial de la cultura-- Echevarría, quien, junto a su compañero Suñén o Ibáñez, del ABC, tratan de imponer una especie de dogma literario que no admite todo aquello que quede fuera de sus predilecciones--. Tampoco se libran de la crítica los premios literarios, los editores-urraca que solo publican colecciones de momias consagradas, a las corrientes de los años setenta que defendían a los autores pro fascistas y blanqueaban su ideología, a los periodistas convertidos en publicistas más que en informadores, a los que se creen socialistas por votar al PSOE --me gustaría saber qué opinaría ahora en referencia a los tres puntos anteriores-- y Dalí y Gala, que traicionaron a Lorca y se negaron a tratar con perdedores.

    Al finalizar la lectura se queda uno con ganas de más. Pero estamos de enhorabuena. Porque Anagrama publica ahora un nuevo tomo, que continuará con los cuadernos escritos desde marzo de 2005. Será un placer seguir leyendo al maestro Chirbes. Y, como aperitivo y fin de esta reseña, dejo aquí algunas frases sueltas del propio autor (de 2002, 2003 y 2005) en referencia a esa relación amor-odio (más amor que odio, pero también odio) que tuvo siempre con la literatura: Noto que la literatura ha perdido toda coloratura moral para mí, simple guarida de vanidosos que parlotean en las páginas de los periódicos. Dejarla de lado supone una forma de desnudamiento, de curación. Lo peor es que fuera de ella estoy a la deriva, voy de acá para allá, me derrumbo, me ahogo sin encontrar un cable al que sujetarme... Me molesta ir perdiendo curiosidad. Me deja con menos alicientes en este mundo. Han vuelto los síntomas que me llevaron a un intento de suicidio en la adolescencia: las cosas se me caen de las manos y se rompen, no como, no duermo, vivo en un estado de tensión permanente, cualquier palabra me provoca deseos de llorar. Soy incapaz de fijar la atención en nada, no puedo leer, no puedo escribir, no puedo ver la tele. Si consiguiera distraerme en algo... Con mi frágil salud, si no escribo ahora la novela, más adelante ya no podré. No puedo entretenerme más, aplazar de nuevo la novela, cubrir el hueco con otro libro a la espera de que llegue la madurez, es una historia que ya me conozco. La literatura como criada que te ordena la casa.             

    

lunes, 23 de mayo de 2022

El peligro de estar cuerda. Rosa Montero. Seix Barral. 2022. Reseña




 

    La escritora y periodista madrileña Rosa Montero ha demostrado no pocas veces que es una especie de detective; una investigadora de temas. Lo hizo, por ejemplo, en su maravilloso libro La ridícula idea de no volver a verte (2013). Y lo ha vuelto a hacer, más exhaustivamente si cabe, en su recién publicada obra, El peligro de estar cuerda. El sugerente título, extraído de una poesía de Emily Dickinson, nos atrapa para hacer que acompañemos a la autora de este ensayo en sus pesquisas sobre la estrechísima relación entre la genialidad y la locura. Unas pesquisas que, como reconoce la escritora, comenzaron hace ya muchos años. Desde que se dio cuenta de que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. Aunque, por suerte, añade que una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro. Y para sustentar dicha afirmación se apoya en diversos textos de psiquiatras, neurólogos, psicoanalistas y filósofos de todas las épocas.

    Todo ello, ilustrado además por sus propias experiencias personales y laborales y por las vidas y obras de una gran multitud de escritores y artistas. Desde Shakespeare y Cervantes hasta Nabokov y Zweig; desde Nietzsche y Camus hasta Bukowski y Carrère; desde Salgari y Proust hasta Strindberg y Pessoa. Eso sí, como buena feminista y siempre rescatadora de la memoria y el talento de las mujeres olvidadas, se centra en la ya citada Emily Dickinson, Doris Lessing, Ursula K. Le Guin, Virginia Woolf, Sylvia Plath o Janet Frame. Todos ellos y todas ellas, autores y autoras que vivieron al borde de la locura. Una locura contra la que lucharon, básicamente, escribiendo sus respectivas obras literarias. Unos genios que, muchas veces incomprendidos --como suele suceder--, acabaron sus días antes de tiempo y/o de manera abrupta. Drogas, alcohol, enfermedades mentales, existencias insoportables de no ser por la escritura, suicidios, etc.

      La investigación de Montero para componer esta obra-puzzle recorre episodios de su infancia marcados por una desbocada imaginación y diversos momentos de su vida que le hicieron dudar sobre su cordura. Su texto parte del proceso creativo --suyo y de otros autores-- para llegar a explorar el sentido de la vida. Y, para ello, comparte con sus lectores curiosidades científicas y literarias asombrosas y hasta escalofriantes para tratar de entender cómo funciona la mente creativa --y también la locura--. Y es que la línea que separa ambos conceptos es, visto lo visto y leído o leído, muy pero que muy fina. Por momentos, la lectura de El peligro de estar cuerda nos parece hacer zozobrar. Sin embargo, finalmente nos da esperanza. Nos afirma en la creencia de que ser diferente es un valor nada desdeñable. Y, a tenor del título, también en la de que el verdadero peligro es estar cuerdo. Porque la literatura es tan bruja que convierte la oscuridad en belleza.

    Según la propia Rosa Montero, este libro trata de la relación entre la creatividad y cierta extravagancia. De si la creación tiene algo que ver con la alucinación. O de si ser artista te hace más proclive al desequilibrio mental, como se ha sospechado desde el principio de los tiempos. Como argumentaron en su momento autores como Séneca o Diderot, por ejemplo. O como demuestran con sus estudios investigadores como Nancy Andreasen --los escritores tienen hasta cuatro veces más de posibilidades de sufrir un trastorno bipolar y hasta tres veces más de padecer depresiones que la gente no creativa-- y Jamison y Schildkraut --entre el 40 y el 50% de los literatos y artistas creativos sufren algún trastorno de ánimo--. La misma autora reconoce haber pasado por tres periodos de crisis de pánico y por tres tramos diferentes de terapia psicoanalítica: decidí cursar la carrera de Psicología para intentar entender qué me pasaba.

    Un estudio sueco afirma que los escritores tienen un 50% más de posibilidades de suicidarse que la población general, señala Montero en las primeras páginas de la obra. Ejemplos hay muchos a lo largo de la Historia. Son datos como para echar a correr. Y, sin embargo, la mejor manera de combatir la locura y la enfermedad mental, contra todo pronóstico, es precisamente escribir. Escribir sobre ella. Y que te publiquen y te comprendan. Porque como no te publiquen o sí lo hagan pero no te comprendan, entonces sí la cosa se pone mal de verdad. Porque el núcleo abrasador de lo que llamamos locura es, sobre todo, estar solo. Montero cree que lo que hace diferentes a los escritores de los demás humanos es su capacidad para disociarse: vivir varias vidas aparte de la suya propia. Y ello es así porque a menudo resulta muy complicado vivir una única existencia. Así, llega a la conclusión de que la gran mayoría de los narradores han perdido de manera violenta el mundo de la infancia. Disociación versus trauma. O madurar prematuramente para poder sobrevivir. Crear es no llorar más lo perdido que se sabe irrecuperable. 

    En relación a la soledad y a la depresión y a la enfermedad mental afirma Montero --o más bien toma prestada la afirmación de Claire Legendre-- que hay dos armas para combatirlas: la escritura creativa y amar y ser amado. Creo que no le falta razón. Y si se unen las dos, mejor que mejor. Así, cita a Héctor Abad --creo que me enamoro así, tan súbita y desesperadamente, solo como una forma de tener gasolina interior para poder escribir-- y a Emmanuel Carrère --si estoy escribiendo un libro a veces son, junto con el sexo, los más grandes momentos de mi vida, esos en los que me digo que vale la pena vivir--. Y si todo eso falla, siempre se puede recurrir al suicidio. Porque, como escribió Nietzsche, el pensamiento del suicidio es un poderoso medio de consuelo: con él se logra soportar más de una mala noche. Pero no, no es que Montero incite al suicidio. Todo lo contrario: aguanta, aguanta hasta que cambie la situación, porque inevitablemente cambiará. Aguanta si quiera un día más. Sé tu propio policía, saca la pistola y ordena: sal de ahí. Y saldrás.    

    Los expertos sostienen que la creatividad no nace de la locura, sino que ambas condiciones muestran puntos de contacto, coincidencias. Somos una especie de primos, como los seres humanos y los grandes simios. Todos vamos a morir, por supuesto. Y Montero quita hierro al tema de la muerte --no debemos tener miedo a morir--. Y también al del suicidio --tendemos a considerar que la existencia entera del fallecido ha sido una tragedia, cuando no es verdad; el suicidio es el resultado de una enfermedad (nada diferente a sufrir un infarto, por ejemplo) y no creo que debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada pena de la desaparición del ser querido--. Así, nos invita a crear historias citando, por ejemplo, a Bukowski: cuando mi esqueleto descanse en el ataúd, si es que tengo uno, no habrá nada que me arrebate las magníficas noches que me he pasado frente a la máquina de escribir.      

    Me encantan los libros de escritores que hablan de sí mismos y de otros escritores y de sus obras. Siempre se aprende mucho, sobre ellos y sobre la vida. Y de una manera mucho más amena que leyendo manuales al uso. Sobre todo cuando el texto desborda pasión. Como es el caso de este libro. Y es que nos deja gran variedad de enseñanzas, reflexiones y frases para subrayar y/o copiar. Tanto de la propia autora como de los escritores citados según los temas que se tratan. En el apéndice de El peligro de estar cuerda aparece una entrevista de Rosa Montero a una ya casi anciana Doris Lessing. La Premio Nobel, en un momento de la entrevista, afirma que una vez pasé un año entero sin escribir, a propósito, para ver qué sucedía. Tuve muchos problemas. Creo que no me sienta bien no escribir: me pongo de muy mal humor. La escritura te da una especie de equilibrio. Supongo que el mismo equilibrio que siente el autor al escribir lo experimenta también el lector al leer la obra. Así que: larga vida a la creatividad y al equilibrio. Y ojalá siempre el mayor peligro sea estar cuerdo.