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miércoles, 27 de noviembre de 2019

Sidi. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara. 2019. Reseña





     Numerosos libros de historia nos hablan de un Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador, como un patriota español, un héroe nacional, un auténtico dolor de cabeza y azote para los moros --ni siquiera los denominan musulmanes-- que llegó a ganar su última batalla en Valencia, ya muerto, atado a su amado Babieca. Nada más lejos de la realidad según otros estudios, más rigurosos y por tanto creíbles. Esa idea parece ser total y absolutamente compartida por el polémico y también prolífico periodista y escritor cartagenero Arturo Pérez-Reverte (1951). Autor que tiene por costumbre beber de todo tipo de fuentes a la hora de documentar las historias sobre las que luego escribe en sus novelas.

     A estas alturas, resulta habitual que el otrora reportero de guerra no escriba y publique sus novelas por mera casualidad temporal. Buena prueba de ello es su última obra, Sdi. Un relato de frontera. Si hace casi cinco años publicó, en plena crisis cultural y de valores en nuestro país, Hombres buenos, novela ya reseñada en este blog y en la que nos narra el curioso y arriesgado viaje al París de fines del siglo XVIII de dos miembros de la Real Academia de la Lengua Española para hacerse de forma clandestina con los veintiocho volúmenes de la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert, en este 2019 ha hecho lo propio con esta revisión del personaje histórico de Ruy Díaz de Vivar, cuyo conocido apodo deriva del original árabe Sidi Qambitur, señor que campea. 

     En pleno auge de la extrema derecha en nuestro país, no resulta algo casual, reitero, que Pérez-Reverte revisite la figura de este guerrero del siglo XI, cuya manipulada fama se debe en parte a la propaganda franquista, necesitada de héroes nacionales que la ayudase a facilitar una ideología vacía por completo de contenido. Idea --no mía, sino del autor, aunque compartida-- que lo motivó a escribir esta historia con el objetivo de terminar, de una vez por todas, con ese Cid escolar contaminado por el franquismo, imperial, espada de la cristiandad, martillo de musulmanes y precursor de las Cruzadas habidas y por haber. Su historia es la de las fronteras existentes en la España del siglo XI. Algo salvaje y muy parecido a lo que en los EE. UU. de hace dos cientos años se dio en llamar el Lejano Oeste.

     Sobre el Cid de la novela, afirma el autor que es un superviviente de frontera. No sé si en realidad era así, pero así lo he imaginado yo. Es cruel, eficaz, guerrero, valiente, sabe manejar a la gente, tiene inteligencia, es astuto y tiene todos los elementos necesarios para sobrevivir y triunfar. Pero lo de que era un patriota es mentira. Y añade que no podía serlo por la sencilla razón de que hace mil años la España actual estaba todavía muy lejos de existir, y en los territorios que la componían --innumerables reinos cristianos y reinos de taifas musulmanes que combatían entre sí y contra el enemigo religioso común-- no se pensaba en la Reconquista sino en sobrevivir día a día. Hay muchos Cid en la tradición española, y éste es el mío, concluye el autor cartagenero.

     La novela narra las vivencias de Ruy Díaz de Vivar desde el momento de su destierro de tierras castellanas (principios de 1081) hasta su victoria ante las tropas del conde de Barcelona y de al-Mundir, rey de la taifa de Lérida, en la batalla de Almenar (1082). Tras dejar en su Vivar natal a Jimena y sus tres hijos (dos hembras y un varón), Rodrigo hubo de buscarse la vida --y la de su fiel hueste-- en tierras fronterizas. Se convirtió, pues, en un mercenario que servía a quien le pagara por guerrear por su causa. Leal siempre a su rey, Alfonso VI, contra quien prometió no combatir jamás a pesar de todo lo ocurrido con anterioridad, y rechazado por el conde de Barcelona, hubo de servir a Yusuf al-Mutamán, rey de la taifa de Zaragoza.  

     En unos territorios tan inestables a fines del siglo XI --el reino castellano dividido en tres partes, cuyos tres reyes se enfrentaban entre sí en luchas fratricidas tratando de volver a unificar el antiguo reino; los demás reinos cristianos intentando avanzar hacia el sur a costa de los musulmanes y del resto de cristianos; y los reinos de taifas luchando por no haber de replegarse aún más o por volver incluso a recuperar parte del terreno perdido--, y por muchos motivos diferentes, existió un gran número de mercenarios que supieron ganarse, con mejor o peor fortuna, unas cuantas monedas. Y el protagonista de esta novela fue uno de ellos. Probablemente, el mejor. Eso sí, pagando un gran coste: no poder vivir junto a su familia y no saber nunca lo que le depararía el día de mañana.

     Para lograr sus objetivos, tanto militares como personales, nuestro protagonista debió conocer a la perfección las armas y las estrategias militares, el trato que debía dar a sus hombres y la mentalidad de cada uno de los reyes y guerreros de la época, tanto cristianos como musulmanes. No en vano, sus aliados de hoy podían convertirse en sus enemigos mañana. O al revés. En ese sentido, Sidi nos presenta a un hombre instruido no solo en el cristianismo sino también en el islam. Así, conoce sus oraciones, sus preceptos, sus obligaciones. Algo que completa con un más que suficiente conocimiento de la lengua árabe. En definitiva, el Ruy Díaz de Pérez-Reverte es un hombre no solo formado sino también informado. Preparado, en suma.

     Y el autor de esta historia, Arturo, don Arturo, se nos muestra en esta novela como nos tiene acostumbrados: como un escritor muy bien documentado, como un gran conocedor de los hábitos y costumbres de las épocas sobre las que escribe, como un gran intelectual en el ámbito lingüístico --¡qué manera de describir los ambientes y los uniformes de los guerreros, y qué forma de narrar las batallas (a los lectores nos parece estar ahí, en el campo de batalla, recibiendo las salpicaduras de sangre de los combatientes)!-- y como un mago de los esquemas temáticos y temporales, sabiendo cómo darnos la información y en qué momento y lugar. No cabe duda alguna de que con él uno aprende sobre historia, lenguaje y literatura. Y Sidi. Un relato de frontera es otro gran ejemplo de todo ello.                             

    

jueves, 6 de febrero de 2014

El médico. Philipp Stölzl. 2013.





     De entrada debo confesar que no pude con la novela. Sé que es un best-seller, sé que la han leído más de veinte millones de personas en todo el mundo. Pero son cosas que pasan. No pude pasar de la página 90. Lo mismo me ocurrió con "La bodega", otra obra del escritor Noah Gordon. Por tanto, aclaro que el presente artículo se ciñe únicamente a la película dirigida por Philipp Stölzl, dejando de lado la polémica sobre si está o no bien adaptada la novela en esta versión para la gran pantalla.

     El director alemán ("El último testigo" o "Goethe!") se apoya en el guión adaptado por Jan Berger ("Somos la noche" y "En busca de la piedra mágica") para acercarnos a la aventura épica que originó la medicina casi tal y como la conocemos a día de hoy. El personaje de Rob Cole, soberbiamente interpretado por un desconocido, Tom Payne, nos arrastra merced a sus ansias de conocer los secretos de la medicina. 

     Todo comienza a sus siete años de edad, a raíz de la muerte de su madre y a su instinto de supervivencia, lo que le llevará a conseguir que le acoja un viejo barbero inglés, también muy bien interpretado por el actor sueco Stellan Skarsgard ("El indomable Will Hunting" o "Mamma mía!"). Con él comenzará a aprender pequeños aspectos de la por entonces primitiva medicina británica. El gran cambio, sin embargo, se dará al asistir a cómo un joven judío cura la ceguera del barbero. Su interés le llevará a preguntar. Y de esa pregunta surgirán un lugar (Ispahan, Persia) y un nombre (Ibn Siná, más conocido por todos nosotros como Avicena).

     Tras no conseguir convencer a su acompañante para viajar hasta allí emprenderá el viaje en solitario. Un año de penurias. Pero también un año que cambiaría su vida. En ese viaje conocerá al amor de su vida, una joven judía española que viaja hasta Ispahan para casarse con un conocido mercader local. Emma Rigby, bellísima actriz inglesa también prácticamente desconocida, borda su personaje.

     Al llegar a tierras persas logrará ser admitido por Ibn Siná, el más gran sabio de su tiempo, magistralmente interpretado por el inglés Ben Kingsley ("La invención de Hugo", "Oliver Twist"), de la mano de quien aprenderá los mil y un secretos de la medicina oriental, la verdadera medicina en aquella época. Merced a su relación con el sabio, llegará a trabar amistadv personal con el Sha de Persia, encarnado por el francés Olivier Martínez ("Infiel", "Antes que anochezca").

     En la madraza de Ibn Siná se relacionará con estudiantes árabes y judíos por igual. Pero deberá guardar su gran secreto: obviamente, es cristiano. Se esforzará en aprender los ritos judíos para conseguir su gran propósito: convertirse en un gran médico. La película nos va ilustrando con sus progresos médicos, además de situarnos en el ambiente de gran intolerancia religiosa (cristiana, judía y musulmana) y de enseñarnos cómo su relación con la joven judía española se va estrechando más y más.

     Todo ello con un vestuario, una ambientación, una escenografía, una fotografía (Hagen Bondanski) y una música (Ingo Frenzel) que deleitan nuestros sentidos de inicio a fin. Y es que, pese a durar dos horas y media, el film no se hace largo ni pesado, sino que es fácil de ver y de digerir dada la belleza de sus imágenes y su colorido. Ciertamente, no es nada que no se haya visto antes (es más, recuerda ese cine de Hollywood de los años cincuenta o sesenta - nada que ver, por ejemplo, con "El reino de los cielos" y demás atrocidades cometidas en la actualidad -), pero uno se va a casa muy contento y satisfecho.

     De todo lo anterior surge una reflexión en forma de pregunta: ¿por qué se ha tardado 27 años en llevar esta historia al cine? La explicación más plausible es que la novela fue un éxito en todo el mundo, sobre todo en Europa, pero no en EE. UU.. De ahí que Hollywood no se haya lanzado nunca a la aventura. El dinero manda, como siempre. Por esa razón ha habido que esperar a que un director alemán y este maravilloso elenco de actores (europeos todos) se decidieran a dar el paso hacia adelante.   
                           
     En definitiva, y repitiendo que debo dejar de lado las críticas acerca del escaso acierto a la hora de adaptar la novela de Gordon al cine, debo aconsejar a todo el mundo ver esta magnífica película. No creo que nadie se arrepienta de pasar dos horas y media visionando una historia dramática pero épica desarrollada en el siglo XI, una época que, visto lo visto, no fue tan oscura. No en vano, alumbró las bases de la civilización moderna.


lunes, 7 de octubre de 2013

La predicción del astrólogo. Teo Palacios. Ediciones B. 2013





     Como su propio autor reconoce en los agradecimientos de esta obra, escribir una novela histórica es complicado. Y más todavía si se desea que el resultado final sea lo más aproximado posible a la que fue la realidad de la época tratada. La Sevilla del siglo XI, las taifas, los reinos cristianos y el imperio almorávide son temas de gran dificultad, pues no se conocen demasiadas obras documentales que permitan profundizar demasiado.
 
     Todo ello conlleva tomar una serie de decisiones nada fáciles. En el caso concreto de "La predicción del astrólogo" Teo Palacios decidió, dado que su proyecto era escribir una novela y no ejercer de historiador, acompañar a los personajes reales de otros ficticios que sirvieran para explicar de forma práctica la teoría extraída de sus estudios sobre la época en cuestión. Sin duda, todo un acierto. 
 
     La novela narra uno de los siglos más apasionantes de la historia de nuestro país. Los reinos de taifas, los reinos cristianos del norte y las amenazas del norte de África fueron el caldo de cultivo de alianzas inverosímiles, traiciones desgarradoras, asesinatos viles, guerras sinsentido e intrigas palaciegas diarias. Pero, si hay unas palabras que definen mejor todo lo que Teo Palacios nos cuenta en su obra son, sin duda, venganza y violencia.
 
     Debido a que en la novela se describe de forma minuciosa la historia del reino de Sevilla durante más de medio siglo (1040-1092) es de lógica que algunos de los personajes vayan desapareciendo de la acción, siendo ocupado su lugar por otros más jóvenes. Por ello, creo acertada la decisión de contar la historia a través de cuatro partes bien diferenciadas. En la primera (1040-58) se centra la acción en Ibn Ammar, uno de los poetas más conocidos del siglo XI sevillano; Al-Mutammid, segundo hijo del rey Al-Mutadid, que introduce al poeta en la corte sevillana; e Ibn Zaydun, poeta y consejero del rey y principal enemigo de Ibn Ammar.
 
     En la segunda parte de la historia (1059-70) cobran protagonismo, además de los anteriormente citados, Itimad, esposa de Al-Mutammid; Al-Zarqali, matemático y astrólogo toledano; y Husaam, apodado Halcón Gris. En la tercera (1072-88), entra en escena Abu Becr, hijo de Ibn Zaydun, que seguirá la última voluntad de su padre, siendo el peor peligro para Ibn Ammar. 
 
     No obstante, sin duda, la gran sorpresa la encontramos en la cuarta parte, que se desarrolla en el imperio almorávide entre 1057 y 1086. A diferencia de las partes anteriores, contadas en tercera persona, aparece narrada en primera persona. Desarrolla las peripecias en el norte de África de Ibn Abdún, ceramista de Silves y sobrino de Ibn Ammar, secundario hasta entonces en la narración pero nexo de unión de muchas de las historias contadas con anterioridad.
 
     La poesía, el ajedrez y los rompecabezas que forman parte del tablero de las alianzas y las intrigas de la época están perfectamente pintadas en las páginas de "La predicción del astrólogo". Los personajes se nos muestran reales (lo sean o no) merced a una magnífica caracterización, lo mismo que ocurre con los ambientes en los que se desarrollan las distintas escenas. Ello hace posible que la novela de Palacios sea recomendable para todo tipo de público.
 
     Como único pero a este gran libro haría referencia a algunas faltas de ortografía y discordancias entre femenino-masculino y singular-plural. Ediciones B haría bien en cuidar estos aspectos en sucesivas ediciones (que, sin duda, las habrá, pues bien las merece su autor).