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miércoles, 29 de abril de 2026

Los siguientes. Pedro Simón. Espasa. 2024. Reseña

 




    Las relaciones familiares constituyen el punto central de las novelas de Pedro Simón. Las historias de sus trabajos literarios parten siempre de un núcleo familiar que acaba siendo diseccionado a base de cortes de un bisturí profesional que nos muestra con crudeza el interior de cada uno de los miembros de la familia en cuestión. Así fue en Los ingratos (2021) y Los incomprendidos (2022), ambas novelas ya reseñadas en este mismo blog, y así es también en Los siguientes (2024) y en Lo inesperado (que sale a la venta justamente hoy). En Los siguientes, novela que nos ocupa en estas líneas, Simón trata de un tema por el que casi todos hemos pasado o pasaremos: cómo afrontan los distintos miembros de un núcleo la inevitable decadencia y muerte de sus mayores. Carmen, Darío y Gabriel tratan de sobrevivir a la muerte de su madre, Olivia, y al deterioro de su padre, Antonio, cuyas constantes vitales galopan hacia abajo y sin freno. Asumir la futura y próxima orfandad no es fácil nunca. Menos todavía si existen viejas rencillas que quitan la paz.

    La novela explora las relaciones entre los miembros de la familia Prieto. Relaciones enturbiadas desde que, ocho años atrás, Antonio tropezara y cayera por las escaleras de la casa de Gabriel con su nieto Hernán, recién nacido, en brazos. En ese mismo momento la familia se resquebrajó. Hernán no falleció, pero nunca sería ya un niño y un hombre normal. Así, en esa caída, Gabriel perdió a lo que iba a ser su hijo para pasar a tener uno muy diferente. Y Antonio perdió también a su hijo, Gabriel, que siempre lo culpó de lo ocurrido y cortó prácticamente su relación con él.  A partir de ahí, la culpa, la envidia y la venganza, disfrazada de frialdad y crueldad, fueron distanciando a una familia que ya no fue ni será la misma. Máxime cuando Olivia, la madre, el pegamento universal que todo lo unía, muere de un infarto de corazón pocos meses después. Un corazón que no aguantó ni la explosión ni la onda expansiva de aquella maldita caída a los infiernos de Antonio, Gabriel, Hernán y el resto de la familia.

    Gabriel es el hijo mayor del matrimonio formado por Antonio y Olivia. Ingeniero, rico, influyente, pero desgraciado, descubre que todo el dinero del mundo no le va a devolver a su hijo. Siempre de viaje, entre Múnich, Miami y Madrid, deja a Hernán al servicio de una asistente filipina. Divorciado tras lo acaecido ocho años atrás, tiene una novia quince años menor que él que trata de recomponer sus pedazos. Quemado, desquiciado y desesperado, impone un silencio espeso, un desapego furibundo y una rabia mortal hacia su padre. Clama venganza de forma interna, algo que todos notan desde fuera. Cuando Antonio va decayendo, Gabriel trata de llevarlo a una residencia. Carmen y Darío se oponen. Deciden que pase dos meses en casa de cada uno de los hijos. Acepta a regañadientes. Su sola presencia lo amarga. Viaja sin parar para pasar el menor tiempo posible en casa cuando su padre está allí. Un padre ambulante y desamparado que siente el rechazo de su hijo y no puede con su vida.

    Darío es el hijo mediano. Guardia jurado no por vocación sino porque hay que ganarse la vida de alguna manera, no tiene estudios ni oficio ni beneficio y es un auténtico desastre: mujeriego, irresponsable y fiestero. Sin embargo, está a gusto con su padre. Y su padre con él. Tienen unas complicidades que Antonio no tiene con sus otros hijos. Los dos son unos guasones y les encanta charlar y beber juntos. Darío le permite a su padre lo que Gabriel y Carmen le niegan. Gabriel, por pasotismo y venganza, Carmen por deformación profesional -es auxiliar de enfermería-. Darío lo aficiona a ir al centro de mayores, donde juega a las cartas y baila con algunas mujeres también viudas. Darío se esfuerza todo lo que puede por brindarle a su padre el máximo posible de comodidades. Incluso le compra un sillón con motor para que esté cómodo y pueda levantarse y acostarse solo. Una vecina dominicana lo ayuda con Antonio cuando este se hace encima sus necesidades.

    Carmen es la hija menor. Y la única mujer. Y auxiliar de enfermería. Siente que la mayor parte del peso del cuidado de su padre pasa por ella. Por ser mujer y por dedicarse a lo que se dedica. Está divorciada desde hace unos años y tiene un hijo, Hugo, primo de Hernán. A pesar de su oficio, siente miedo, vergüenza y asco al limpiarle el culo a su padre. No es lo mismo que limpiárselo a un hijo. Tampoco que limpiárselo a un desconocido en la residencia en la que trabaja. Es la que mejor parece llevar el deterioro de su padre. Un padre convertido en niño. Y ella, una hija convertida en madre. Sobrelleva como puede el dominó de desastres familiares que se les ha venido encima durante los últimos años, cuando más felices parecían ser todos. Lo del accidente, el estado de Hernán, la muerte de su madre, su divorcio, el de su hermano Gabriel, el distanciamiento, la soledad y, ahora, la decadencia de su padre. Y la proximidad de su muerte y, por ende, el sentimiento de orfandad. Demasiado equipaje para una sola maleta.

    Antonio tiene 88 años de edad. Ocho décadas más que sus nietos. Es viudo desde hace ocho años. Vivió ochenta años de una vida familiar dura y con dificultades económicas que fueron venciendo a base de trabajo y más trabajo entre él y su esposa Olivia. Ambos llegaron años después de casarse a Madrid desde un pueblecito de provincias. Ella con sus costuras y él con sus diferentes trabajos consiguieron poder pagar un piso que se fue quedando pequeño según fueron llegando sus tres hijos. Al conseguir por fin un trabajo estable, como autobusero, como conductor de la EMT, pudo comprar una pequeña parcela en el campo, en los alrededores de la capital, donde vivieron distintas aventuras él, su esposa y sus hijos. Tiempos duros pero felices. Una felicidad completa con la llegada de sus dos nietos. Sin embargo, desde el accidente, ocho años atrás, se siente acabado. Como un autobús ya retirado que solo puede esperar su desguace.                           

    En Los siguientes, cada uno de los protagonistas nos cuenta, en primera persona -algo también común en todas las obras de Simón-, sus historias personales y familiares. Historias que, según los casos, complementan, clarifican o contradicen las del resto de sus familiares. Historias que conforman un complejo puzzle cuyas piezas corresponde colocar en su sitio correcto al lector. Un lector que se emociona, empatiza y conmueve con cada historia. Que hace suyas las reflexiones de cada uno. Que trata de entender -y casi siempre lo consigue- sus planteamientos. Unos planteamientos procedentes de lo más interior e íntimo de los corazones de los narradores. Y es que cuando algo procede de lo más profundo del corazón humano resulta imposible no empatizar. A pesar de las contradicciones. De las dudas. De los miedos. Porque todo eso es precisamente lo que nos convierte en humanos y no en máquinas. Y de humanos y de relaciones Simón sabe muchísimo. Y es una delicia leerlo. Siempre. Con el corazón en la mano y a flor de piel. Sí, leer a Simón lo hace a uno más y mejor humano.   


jueves, 1 de octubre de 2020

Tierra. Eloy Moreno. Ediciones B. 2020. Reseña


 



    Qué difícil resulta a veces reseñar una novela. Eloy Moreno ha escrito una historia necesaria, oportuna e imprescindible. El azar quiso, además, que viera la luz en febrero, justo antes de la pandemia. Sin duda, el planeta está enfermo. Y, como dice uno de los protagonistas de Tierra, William Miller, el hombre más rico y poderoso del mundo, los humanos son su virus. Precisamente nosotros, los humanos, somos los grandes protagonistas de la novela. Y no salimos en absoluto bien parados de las reflexiones que Moreno, en boca de los personajes de su historia, nos presenta de manera cruda, mordaz y necesaria. Porque el autor de, entre otras, El bolígrafo de gel verde y Lo que encontré bajo el sofá --ambas reseñadas en este blog--, nos coloca ante el espejo para mostrarnos todos y cada uno de nuestros pecados. Todas y cada una de nuestras culpas. Y enfrentarse a todo eso, al lector, no le resulta nada cómodo. Tierra, pues, nos presenta una gran verdad. Una gran verdad incómoda. ¿Qué hacer, pues, con ella una vez descubierta?


    Nuestro planeta ha sobrevivido a todo. Y nos sobrevivirá también a nosotros --y a nuestro turismo depredador--. Sin duda. Negar el cambio climático no lo destruirá, pero sí destruirá las condiciones necesarias para que pueda ser habitado por nosotros, los humanos. Y esa es, pienso yo, una de las pretensiones de Eloy Moreno a la hora de abordar esta novela: denunciar un capitalismo salvaje que induce al consumismo a través del márketing, la publicidad, las redes sociales, la manipulación de la realidad, las mentiras, la destrucción de la ética y los valores y, en suma, la deshumanización del ser humano. Todo ello, en aras de crear una sociedad idiotizada, con una educación progresivamente degradada, que genera una serie de adicciones que crean unas necesidades absolutamente superfluas pero que favorecen negocios que hacen cada vez más y más ricos a los poderosos. El plan que se nos presenta en Tierra es este: una educación mediocre, un empleo de mierda que te hace llegar cansado a casa y una televisión que manipula y favorece el consumo. Una rueda perfecta.


    William Miller se ha hecho rico a costa de jugar con las personas. Es un hombre sin escrúpulos. Sabe que la información es poder. Y que ese poder puede crecer y crecer a través del consumismo. Por eso, no ceja en su empeño a la hora de crear empresas que se apoyan en otras --todas suyas, obviamente-- para construir finalmente un imperio que convierte a los gobernantes en sus títeres. Es el amo del mundo. Y no está dispuesto a perder semejante botín. ¿En qué se apoya para ello? En el enorme poder de la televisión, en las ilimitadas mentiras, en la manipulación y en la gran capacidad que descubre un día para generar audiencia. Una audiencia que atrae también a los publicistas, cuyas empresas invierten ingentes cantidades de dinero para que sus productos aparezcan en pantalla en el momento más oportuno para sus intereses. Las redes sociales, fácilmente manipulables también a partir de perfiles falsos y una serie de logaritmos no tan difíciles de descubrir si uno tiene dinero, acaban de sumarse a los instrumentos que generan poder.


    Tierra es una crítica despiadada --porque así debe ser en este caso-- al conjunto de la sociedad y a la forma de vida de los humanos que la componen. A la crueldad, el ensañamiento, el anonimato y la desfachatez de muchos de los usuarios de las redes sociales. A los influencers, a los selfies y a la necesidad de cada vez más personas de contar su vida a través de las redes sociales. A la creación, con todo lo anterior, de una realidad paralela cada vez más alejada de la verdadera realidad. De la única realidad. Porque cada vez vivimos más de cara a la galería, fingiendo ser lo que no somos. La verdad queda soterrada bajo las mentiras. Y se pierden los valores humanos. La soledad se nos hace más y más irresistible. Y ello nos provoca unas irreprimibles ansias de encontrar a quien nos haga caso y compañía, aunque sea a través del mundo digital. Virtual. No real. Y de ello se aprovechan personas como William Miller. ¿Quién en su sano juicio va a pasarse el tiempo viendo la vida de otras personas cuando podría estar viviendo la suya?, le pregunta a su amigo Dmitri. La respuesta es demoledora: todos los que no tienen vida.


    Miller lanza el programa más visto de la historia de la televisión mundial. Un reality total y absolutamente dirigido en el que ocho personas --cuatro mujeres y cuatro hombres-- se van a vivir a Marte para crear allí una colonia. Quizás un nuevo lugar al que acudir cuando este planeta sea definitivamente inhabitable para la especia humana. Todo está preparado para generar audiencia, publicidad e ingresos. Pero el pasado, que siempre nos persigue, va condicionando las acciones de los concursantes en su nuevo y último aposento (porque saben que de allí jamás podrán volver). Los ocho tienen los perfiles sociales con más seguidores del planeta. Y tratan de superar la soledad que sienten allí arriba a través de las redes sociales. Todo se retransmite en directo, incluso los encuentros sexuales entre ellos. A más morbo, más audiencia. Y a más audiencia, más beneficios. Pero, como explica más tarde su propio creador, todo lo que ocurre allí es mentira. Absolutamente todo está manipulado. Ante tal afirmación, el mundo se tambalea durante unos instantes. Solamente. Es lo que tienen las adicciones.


      Nel, la hija pequeña del multimillonario, se distancia de su padre. Nuestra relación hacía aguas por todos lados, su carácter autoritario comenzó a sustituir al cariño. Solo nos necesitaba para sus experimentos, para hacer pruebas de cámara; ya casi no nos abrazaba, ya casi nunca jugábamos a salvar el mundo juntos. Su hermano mayor, Alan, le recuerda que a veces pienso en todo lo que te molestaba de papá: su poco respeto por los seres humanos y por su intimidad, cómo jugaba con los sentimientos de los demás para hacer dinero, jugando con las personas, mostrando imágenes que no deberían aparecer. Pero los periodistas, de alguna forma, hacéis lo mismo, sois capaces de mostrar cualquier imagen por dura que sea, por violenta que sea, y también por dinero. A lo que Nel responde: hay una pequeña diferencia. Nosotros nos ganamos la vida mostrando la verdad y él lo hacía mostrando la mentira. En otra escena, el tema queda zanjado. Alan le dice a su hermana que solo hay que tener dinero, mucho dinero, más dinero del que nunca tendrá ningún periódico, por eso siempre es más fácil ocultar la información que encontrarla. 


    Tierra es también una historia sobre la familia y sus interioridades. Todos conocemos historias familiares desgarradoras. Litigios en un principio inconcebibles. Padres e hijos que no se hablan. Hermanos que pierden el contacto, como si no llevaran la misma sangre corriendo por sus venas. Es el caso de Nel y Alan. Treinta años después de la escena de inicio de la novela, sus destinos vuelven a mezclarse de la mano de su padre, ya muerto. Una vez más, la última, William Miller ha manipulado las cosas. Pero, en esta ocasión, su finalidad sí es positiva. Una especie de redención desde el más allá para conseguir que sus hijos vuelvan a quererse como en su infancia. Como cuando, juntos, jugaban a salvar el mundo. Algo que luego quedó en el olvido. El acto final de Miller es una forma de darse cuenta de que la muerte no solo se lleva a la persona; con ella desaparece también la posibilidad de nuevos recuerdos. A veces, pues, no queda otra que preservar los ya existentes con anterioridad. Aferrarse a ellos. Aunque tengan hasta treinta años de antigüedad.


    En definitiva, la nueva novela de Eloy Moreno supone un soplo de aire fresco, un nuevo punto de vista, una nueva manera de afrontar una realidad que debemos enfrentar desde ya. Porque la realidad está ahí afuera, en la calle, en las montañas, en los pueblos y ciudades de todo el mundo. No en nuestros dispositivos móviles. Y, dado que solo tenemos un planeta, hemos de cuidar de él, olvidando el turismo depredador y abordando, de una vez, el problema del cambio climático. Un problema que, por incómodo que resulte, debemos comenzar a solucionar. Hoy, mejor que mañana. Porque es un hecho demostrado que, en nuestro planeta, cada vez hay más agua y menos hielo. Y salvar el mundo no es ningún juego.  


    

viernes, 7 de junio de 2013

La familia Moskat. Isaac Bashevis Singer. 1950. Reseña





     Isaac Bashevis Singer fue un escritor polaco de origen judío que emigró a Estados Unidos en 1935, cuando comenzó a insinuarse el interés de Hitler en el corredor polaco. Hijo y nieto de rabinos vivió en el barrio judío de Varsovia, donde se hablaba yiddish (idioma con el que él mismo escribió todas sus obras) y pudo observar el creciente antisemitismo en forma de pogroms (destrucción y expolio de sus propiedades por parte de la población polaca). En 1978 se le concedió el Premio Nobel de Literatura.
 
     La aquí reseñada "La familia Moskat" está considerada su mejor novela. Constituye, sin duda, una enorme crónica de la vida de los judíos de la capital polaca durante el primer tercio del siglo XX. Un homenaje a una sociedad y una cultura que serían arrasadas por la barbarie (no sólo) nazi. Singer describe en ella la complejidad de una cultura donde se podían encontrar filósofos, negociantes, sionistas acérrimos, rabinos tradicionalistas, modernos librepensadores, etc. El contraste entre la tradición y la modernidad será una de las características más llamativas de la trama a lo largo del libro.
 
     Multitud de historias, escenas y personajes se entrelazan a base de capítulos y apartados cortos en los que la narrativa constante y rítmica y los diálogos fluidos y vivos mantienen el interés en todo momento, describiendo con soltura el bullicio de las calles, todo tipo de celebraciones judías e incluso los distintos tipos de vestuarios y platos típicos de la sociedad judía de la época tratada. Una sociedad en la que tuvieron que convivir personajes bien variopintos.
 
     Alrededor de la familia Moskat, capitaneada por Meshulam Moskat, un hombre muy hábil en las finanzas que edificó, invirtió y especuló en bolsa hasta llegar a poseer una gran multitud de edificios de los alquileres de los cuales vivían sus hijos y nietos, iremos conociendo todo tipo de personajes. Desde el depresivo existencialista Asa Heshel hasta el disoluto y vividor tío Abram Shapiro, pasando por el oportunista administrador y consejero de los Moskat, Koppel Berman, la dulce enferma Hadassah, la carente de autoestima Adele o el resto de familiares sanguíneos o políticos.
 
     El único aspecto que lastra un poco la acción de la novela es la gran cantidad de personajes que en ella aparecen. En ocasiones uno ha de detenerse y pensar sobre ellos para poder seguir la trama de forma adecuada. Sin embargo, finalmente, el lector no se pierde entre sus páginas debido a que Singer se centra en sólo algunos de ellos, dejando al resto como secundarios que aparecen en momentos más puntuales.
 
     Desarrolada durante treinta años la novela plasma a la perfección los profundos cambios acontecidos en la sociedad judía del primer tercio del siglo pasado: la huida de muchos de ellos a Estados Unidos (el propio escritor entre ellos), los fanáticos tradicionalistas que siguen opinando que el Mesías llegará para ayudarles a salvar todas sus dificultades, y los más modernos, los sionistas, quienes, esperando al Mesías, deciden forzar una solución para su pueblo en forma de emigración a Palestina, su tierra prometida.
 
     Todos estos constrastes dan un gran colorido al barrio judío de Varsovia de hace un siglo. Entre las mujeres encontramos a las que se peinan con trenzas enroscadas hasta que se casan y se rapan el pelo para ponerse las famosas pelucas de matrona, pero también a las que lucen por siempre sus cabellos originales y las costumbres tradicionales se las traen al pairo. Y entre los hombres, tres cuartos de lo mismo: podemos ver a los clásicos judíos de ropajes negros y largas barbas y también a otros afeitados y, por tanto, desafiantes.
 
     "La familia Moskat" no es una novela alegre. Básicamente por tres motivos: el personaje principal, Asa Heshel, verá cómo se quedan por el camino todas sus ansias vitales para dejar paso a una especie de nihilismo en el que sólo el placer y el presente cuentan en un mundo egoísta; la tradicionalista sociedad judía y la propia familia Moskat se irán desintegrando y enfrentando, sobre todo al morir su alma mater, Rob Meshulam; y la idea de pareja parece también ir desapareciendo ya que no hay ni un solo matrimonio feliz en toda novela: al contrario, los divorcios están a la orden del día, al igual que las infidelidades.
 
     La más conocida obra del más popular escritor judío ha de servirnos para reflexionar sobre la historia, sobre la humanidad y sobre el Holocausto. Sólo así será posible evitar sucesos como los que acaecieron justo en el momento en que se pone el punto y final a esta formidable novela. Muy recomendable, sin duda.
 
          

martes, 11 de diciembre de 2012

El niño que miraba el mar. Aute. 2012. Análisis


     El propio genio filipino se pregunta en una de las canciones de su nuevo disco qué poder tienen las musas en la composición de una obra artística. Eso mismo nos lo hemos preguntado todos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Yo sí, vamos. Pues bien, en este caso concreto, todo comenzó en el malecón de Manila en 1945. En plena guerra del Pacífico el general McArthur ordenó bombardear la capital filipina, por aquel entonces bajo poder japonés. La ciudad quedó arrasada, incluida la casa familiar de Luis Eduardo Aute. Una de las primeras veces que salieron del hospital en el que su familia y él se escondieron pensando que no sería bombardeado - se equivocaron, claro, ya que los rivales eran los EE.UU. - su padre le hizo una foto, hoy convertida en portada de un disco - mirando hacia el mar.
 
     El caso es que 65 años después de aquello el niño, ya crecidito, fue fotografiado en el malecón de La Habana por su hija Laura. "Entre las dos imágenes, la que tomó mi hija en La Habana y la que me hizo mi padre en Manila, vi claramente que había una historia", señala el propio músico, poeta, pintor, dibujante, etc. Parecía un círculo cerrado perfectamente por la vida. Del pensamiento sobre ello nacieron un cuento ilustrado publicado por Demipage, una película de animación (titulada "El niño y el basilisco") y el presente disco.
 
     El CD, de 12 canciones, se acompaña de un DVD que es la película de animación, de 20 minutos de duración, realizada por el propio Luis Eduardo, dibujada a lápiz fotograma a fotograma, a la manera antigua, continuando la senda que trazó en 2001 con la impactante "Un perro llamado dolor". En cuanto al CD, sus temas, tranquilos y evocadores, tratan sobre la condición humana y retratan la actualidad desde el escepticismo, aunque abriendo algunas ventanas a la esperanza y la ilusión individual. La instrumentación de las piezas es sencilla, delicada y elegante. ¿Para qué más si las palabras que fluyen de la sola y cálida voz de su creador e intérprete son capaces de conmover al ser simplemente escuchadas?
 
     El disco se abre con el tema que da título al trabajo: "El niño que miraba el mar". Una canción que, sobre el sonido de las olas del mar que se escuchan de fondo, enlaza pasado y futuro desde la óptica de los dos Autes (el niño y el maduro). Un tema que habla de "guerras de dragones", de destrucción y de un pensamiento: ¿estaría contento ese niño de lo que ha conseguido en su vida? Le sigue "Un ser humano", pieza que retrata, a través de una comparación entre el teatro y la vida, la condición humana, la ambición y la incertidumbre respecto al tema de la muerte ("Un ser humano...en su única función"). ¿No os recuerdan los versos "matamos por hacer un gran papel: jamás un figurón de tres al cuarto porque hay que ser cabeza de cartel" a la famosa frase de Hobbes sobre los hombres y los lobos?
 
     "Cera perdida" irrumpe con una agresividad musical que la diferencia de la suavidad de los anteriores cortes. Se trata de una canción-crónica de las miserias humanas ("Pero seguimos ciegos queriendo ser moldes de yeso y muertos que imitan la vida, apenas un gélido beso a un resto de cera perdida"). "Las musas" gira en torno a la inspiración y su carácter de incomprensión ("Puedo decir, después de todo lo sufrido agasajando a musas con el corazón, que aún no sé qué impulsa ese primer latido que me demanda darles sangre de canción") y viene precedida de una cita de Leonard Cohen que dice así: "La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista".
 
     "Feo mundo inmundo" es una ácida crítica hacia cómo está montado el mundo en que vivimos ("Sino porque ya se ha hecho con todo el poder esa casta que idolatra al dios de la horterada, que en su duda ante el dilema de ‘ser o no ser’ sueña con ser el caudillo de la Gran Bancada"). Aute inventa, en este tema, una palabra que me parece maravillosa y que define claramente nuestro mundo: cleptocorporatocracia, es decir, ese clan de dictadores que en lugar de gobernarnos se aprovechan de noxotros para gobernarse a sí mismos y a sus familiares y amigos. "Qué necesidad" es un tema que va dirigido directamente a Dios, a quien se le reprocha la existencia de la estupidez humana ("Todo lo entiendo, Dios mío, todo lo entiendo menos el desastre de crear el lastre de la necedad"). Y todo ello, ¡a ritmo de vals!
 
     "Señales de vida" supone una de esas ventanas abiertas a la esperanza individual reseñadas con anterioridad. El amor fluye en este tema, sobre todo en su estribillo: "Te puedo decir, mi amor cenicida, que gracias a ti empiezo a sentir, muy dentro de mí, señales de vida". Es un tema que recuerda a varias de sus canciones clásicas, como, por ejemplo, "A día de hoy". "No hay manera" refleja la actitud vital del cantante ante la vida. Lucha contra el desengaño y la puta indignidad, aunque al final reconoce que no se puede ganar a la "mierda".  
 
     "Latido a latido" es un grito de auxilio ante el naufragio de la humanidad ("Amiga mía, yo te pido, en esta quema a la deriva tu corazón más encendido para que el soplo nos reviva latido a latido"). "El basilisco" es una metáfora de la actualidad contada desde aquella Manila de los años cuarenta. Trata de alejar del aprisco (paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo del frío o la intemperie) al basilisco (criatura mitológica mezcla de ave y reptil que mataba con la sola mirada). 
 
     "Un verso suelto" parece ser una autocrítica sobre su forma de actuar en la sociedad. Como un auto-reproche por no hacer más por la sociedad en que vive ("No puse en duda el respeto al contrario aún a sabiendas de que el veredicto sobre el Poder y la Calle en conflicto lo dicta siempre el ladrón del erario" o "Y así compongo este poema correcto y comedido, quizás algo rendido al cánon del esquema..., por ello pido no ser absuelto por no haber sido un verso suelto"). "La ley de Galilei" cierra el disco desde la melancolía que lo había abierto ("Bajo la luna se amaron un murciélago y una luciérnaga… pero su ciega, encendida pasión, no superó las luces del amanecer. Murió su amor fulminado por el poco dantesco canto de un gallo rotatorio de Galileo Galilei"). La música es maravillosa, encadenando el sonido de un acordeón con el canto del gallo y ese precioso final a modo de antigua caja de música que va descendiendo hasta finalizar de forma inaudible poniendo fin a un grandísimo trabajo.
 
 
     En definitiva, estamos ante otro mayúsculo disco de este genio filipino afincado en Madrid. Quien lo quiera disfrutar, como siempre, gozará. Y quien acuda a alguno de sus conciertos, en cuyos prolegómenos se pasa la película "El niño y el basilisco", podrá comprobar que Aute tuvo, retuvo y retendrá...