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lunes, 13 de julio de 2026

Maite. Fernando Aramburu. Tusquets. 2026. Reseña

 




    El segundo fin de semana de julio de 1997, hace exactamente veintinueve años, será recordado para siempre por todos los españoles. Fueron los días del secuestro y posterior asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco tras no aceptar el gobierno español el plazo de 48 horas que la organización terrorista ETA dio para el acercamiento al País Vasco de todos los presos de su organización encarcelados en el territorio nacional. Obviamente, el gobierno de Aznar ni podía aceptar el chantaje ni, aunque hubiera querido ceder ante él, tenía tiempo material para cumplir los propósitos de los criminales en tan corto espacio de tiempo. Todos sabemos cómo acabó aquello. El joven concejal murió tras agonizar unas horas después de recibir dos tiros en la cabeza, muchos abertzales y miembros de ETA sintieron asco ante un acto de cobardía sin igual y comenzó la lenta división interna y posterior rendición y desaparición de la banda terrorista. Ese fin de semana es precisamente el que Fernando Aramburu eligió para situar la acción y la historia de su nueva novela.

    Como ya sucedió en Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012), Patria (2016) e Hijos de la fábula (2023), que forman parte de la serie de novelas denominada Gentes vascas junto a El niño (2024), única que no toca directamente el tema de ETA, el autor donostiarra disecciona el tejido social, la división entre los distintos pensamientos y sensibilidades a la hora de ser y de sentirse vascos y el tremendo impacto del fenómeno de la violencia extrema en la Euskadi de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente. En el caso de Maite, así se llama la protagonista de su última obra, la ficción nos conduce probablemente a uno de los momentos más álgidos -y también a un claro punto de inflexión a partir del cual ya nada fue igual- del cruel e infausto período terrorista. La realidad del momento histórico en cuestión y la ficción creada por Aramburu caminan de la mano para regalarnos una novela que, por humana y conmovedora, contrasta con una atrocidad que nunca deja de estar presente en sus páginas.

    En Maite coinciden, en un mismo fin de semana, los tres hechos clave de la novela. En primer lugar, el ambiental o contextual -el secuestro y asesinato del edil de Ermua-; en segundo, que Andoni, el marido de la protagonista, oftalmólogo de profesión, está ausente de Donosti ya que ha viajado hasta Madrid para participar en un seminario sobre cirugía LASIK; y el tercero, que la hermana de Maite, Elene, regresa por primera vez a San Sebastián desde hace trece largos años para pasar con ella y su madre un solo fin de semana. Así, el nexo de unión de todas las historias es la protagonista. Una mujer de mediada la treintena de edad, traductora de textos, altamente sensible que se realiza a sí misma auto entrevistas e imagina situaciones y conversaciones consigo misma y con otras personas para ayudarse a ver y comprender la realidad del mundo que la rodea. Su trabajo es una manera de estar algo ocupada, ya que la realidad es que le resulta tedioso y aburrido, avanza muy poco a poco y queda claro que con el sueldo de su marido vive tranquila y sin agobios.             

    El aita de la protagonista, que falleció tres años atrás a causa de un aneurisma cerebral, también hablaba consigo mismo. La madre, que sufrió un ictus hace unos meses, se recupera poco a poco, camina apoyada en un andador y teme que su hija la meta en una residencia. Los dos siempre guardaron rencor a Elene, que pasó de ser la hija predilecta a una completa ignorada. Partió a los EE.UU. a estudiar inglés y ya no regresó hasta ahora, trece años después. Dejó a Leandro, su novio vasco, se casó con Johnny en una boda a la que no acudió ningún familiar suyo, tiene dos hijos que no conocen a su familia vasca, vive en Providence y apenas ha hablado con su familia por teléfono, whatsapp y, de forma más esporádica, a base de correos electrónicos. Es diabética, padece cansancio crónico y constantes mareos y toma anti depresivos, aunque dice a todo el mundo que es muy feliz. Obviamente, no cuenta la verdad. Tampoco Maite lo hace. También asegura ser feliz. No obstante, vive atrapada en una serie de convenciones que le impiden abrir los ojos y ver la realidad.

    Maite está enamorada de las manos de Andoni. Unas manos que son tibias, suaves: seda pura. Luce siempre un lazo azul contra la violencia -además de sensible, es atenta, empática y compasiva-, y trata de maquillarse con esmero para ocultar la marca de una cicatriz en la frente provocada por la pedrada recibida de parte de un abertzale en una manifestación de Denon Artean -Paz y Reconciliación, organización que promueve la pacificación y la reconciliación en la sociedad del País Vasco. Con la llegada de Elene, ha de hacer frente a una hermana que siempre compitió con -o contra- ella. La pequeña, delgada y guapa; la mayor, rellenita y feúcha. Entre el jueves diez y el domingo trece de julio, las hermanas se reconcilian -Maite consigue que también su madre haga las paces con Elene-, se acercan, se comprenden y se dan cuenta de que el tiempo pasa y no vale la pena estar enfadadas para siempre. Eso sí, mientras Elene se muestra temerosa y parece no querer tener que dar explicaciones a Johnny, Maite asegura que ella no discute jamás con Andoni, quien siempre le da la razón en todo.

    La sensibilidad de la protagonista se pone de manifiesto a la hora de lo que en la obra se denomina posibilidad de forzar un castillo. Se trata de la acción mediante la cual Maite busca un lugar lo más oscuro y silencioso posible para trasladarse a un sitio -por ejemplo, un castillo- en el que se reúne consigo misma o con cualquier otra persona. En este caso, logra establecer varios contactos con Miguel Ángel Blanco. Dialoga con él sobre la situación que está viviendo e intenta animarlo -y, de paso, animarse a sí misma-. También consigue visitar el piso de los padres del terrorista que ha de ejecutar al edil. Habla con ellos e intenta persuadirles de que contacten con su hijo para evitar la tragedia. Esa forma de Maite de imaginar realidades paralelas, por decirlo de algún modo, contrasta claramente con su forma de afrontar situaciones que sí son reales y sobre las cuales no actúa o actúa como si no existieran. Como, por ejemplo, hacer caso omiso a las reiteradas llamadas telefónicas recibidas en las que se le da a entender que Andoni no está de seminario en Madrid sino en un pisito de Hondarribia.     

    Para ilustrar esto último, me permito la licencia de acabar la reseña con dos fragmentos de la novela: El primero: estoy comparando tu vida con la mía -le dice Maite a Elene-. Siento un fuerte deseo de largarme de esta tierra -por todo lo que está ocurriendo ese fin de semana-. Me da igual adónde. No obstante, soy como un árbol que no se mueve del sitio donde germinó su semilla. Tú te marchaste hace años y no pasan cinco minutos sin que afirmes tu vocación de pájaro migratorio ansioso por volver. Y el segundo: para cuernos los que te pondría Johnny. No ibas a caber por la puerta -asegura Elene ante Maite-. ¿Y tú se lo permites? -le pregunta la protagonista principal-. Digamos que juego las cartas de la vida a mi manera y que, llegada la ocasión, no me chupo el dedo. ¿A ti cómo te va con las infidelidades? -le devuelve la pregunta Elene-. ¿Con las qué? No conozco la palabra -saca balones fuera Maite-. La conversación se zanja con una nueva pregunta de Elene -¡Ajá! Entonces, ¿esa es la carta que tú juegas, la de la mosca muerta?- y la respuesta final de su hermana -Puede ser. No me he parado a pensarlo-. Pues eso: las convenciones que impiden abrir los ojos y afrontar la realidad.               


martes, 8 de marzo de 2022

El frío. Marta Sanz. Caballo de Troya. 2012. Reseña

 




    El frío fue la primera novela de Marta Sanz. Se publicó en 1995 dentro de la colección Punto de Partida de la editorial Debate. En 2012, Caballo de Troya, un sello de Random House Mondadori, la reeditó tras el lanzamiento de su exitosa novela negra Black, black, black. Se trata de una historia corta --137 páginas-- pero intensa. Una historia de ida y vuelta, de trenes, de autobuses, de sanatorio, de manicomio. De locura. De asesinato. Porque a veces es necesario matar un amor para poder desprenderse de él y poder seguir viviendo. Una novela fría desde la propia portada: un halógeno frío. También desde una escritura severa, sobria y, por supuesto, fría. Como queriendo marcar distancia respecto a la historia narrada. Respecto a ese amor convertido en desamor, en odio como modo de salvación. Como modo de superar el dolor provocado por una herida casi de muerte.

    Es una de esas novelas que resultan muy complicadas de reseñar. Todo un desafío para quien se atreve a intentarlo. En este caso, servidor. ¿Por qué esa complejidad? Pues básicamente porque combina partes más ambiguas, que narran acciones con gran sutileza, casi sin apretar el lápiz sobre el papel, con otras mucho más directas, concretas, que amenazan con perforarlo y hasta destruirlo. Un estilo que, bien pensado, es el más acertado para contar la historia de una pasión convertida en odio. De un amor que, como el famoso espía de John Le Carré, surgió del frío. Del frío de un hombre, Miguel, protagonista masculino de la historia, capaz de tratar a su pareja, narradora de la cual conocemos mucho pero sin embargo desconocemos el nombre, de una manera que poco --o nada, más bien-- tiene que ver con el amor. Con el amor bien entendido, claro.

    Desde hace años, estoy cargando con tu parte y la mía, no creas que no me doy cuenta, le recrimina a Miguel la narradora tras uno de los muchos desplantes que debe soportar. La protagonista esconde sus sentimientos ante los demás. Actúa raspándome los labios para no estallar entre desconocidos. Nadie sabe que todo se rompió, hay que concentrar la angustia hacia adentro, no justificarme ante ninguno. No soy débil. Pero hacerlo así no oculta la dura realidad: que sí lo es. Y ella es la primera en saberlo. Me encerraré en la habitación, me taparé la cabeza con las sábanas, gritando contra el colchón, haré humedades y charcos con el sudor del miedo. Me has enseñado bien: aguantaré sola la pena que me doy. Recuerda su niñez, se ve a sí misma de niña, celosa de sus intimidades y pensamientos, y se recrimina que a ti te lo enseñó todo. Tonta, ya no era la misma. 

    Y, ¿qué sabemos de Miguel? Pues que en el presente está encerrado en un sanatorio, donde los hombres se transforman en insectos martirizados por niños que arrancan a los grillos las patas delanteras, y está atendido por Blanca, una enfermera que lo mismo lo mima como lo maltrata. ¿Cuestión del karma, quizás? Sabemos, por Blanca, que Miguel siempre está en un estado de melancolía y dejadez. Y que le cuesta mucho trabajo que se tome las pastillas. Y también sabemos --o intuimos-- que en el pasado le ha sido infiel a la protagonista, quien lo describe así: entre ese olor de ella que yo llevo prendido: me basta con acercar el dorso de la mano a mi nariz. Y, a la vez, se recrimina a sí misma: te acariciaría el pelo y el perfil de la mandíbula. No me movería ni un centímetro para no despertarte. 

    Porque, durante el tiempo que duró la relación, lo importante era que tú te encontraras a gusto, que yo me hiciera imprescindible, que estuviese dentro de tus deseos y poderlos preparar de antemano. Yo no tenía otra cosa que hacer. Solo ser mejor que tu madre, mejor que tu hermana, mejor que la mejor de tus amigas, la amante más solícita y predispuesta. Con la simple certeza de que te acurrucarías en mí, confiado, para dormir hasta que mis muslos fueran dos piezas de escarcha. ¿A que me hubieras frotado los tobillos hasta que la sangre volviera a ponerse en circulación?, ¿verdad que me hubieras dado un masaje para que el calor retornara a mis extremidades? Mentira. Lo cual muestra bien a las claras que la relación nunca fue un fifty-fifty, sino una subordinación, un claro ejemplo de servilismo por parte de ella hacia Miguel.     

    Luego vinieron los insultos, los malos tratos psicológicos, el dejarla mal en público a base de gritos y aspavientos, las infidelidades, los reproches, etc. Y la narradora vuelve a verse desde fuera para recordar: y ella se pregunta cuándo podrá volver a casa, cuándo se lo ibas a permitir. La cabeza arde. Podría gritar más que tú e insultarte y echarte en cara tantas cosas. Pero le da miedo. O no, no es eso, realmente, no quiere hacerlo, no quiere al reprocharte, caerse al precipicio. Después de tanto creer. Más tarde me echaste de tu cama. Y la vida de la protagonista se convierte en un callejón sin salida, carente de autoestima y amor propio y sobrada de una perturbadora obstinación en salvar lo insalvable. De preferir mirar hacia otro lado para crear una realidad paralela para no ver la realidad verdadera. En una sinrazón. En una locura. Como siempre, yo volví contigo y, además, contenta.  

    Y en el autobús de regreso a su casa, la narradora vive una experiencia común llevada al máximo desatino cuando una pareja joven se besa en sus asientos. Cree explotar y desearía recriminarles, intimidar, censurar con el aplauso del resto de los pasajeros, idiotas que tanto me hubiesen molestado si este trayecto fuera otro. Es decir, si los jóvenes fueran los que en su día fueron ella misma y Miguel --las mismas buenas razones que siempre imaginé que los demás pensaban para mí. Sin atreverse a decírmelas, pero con todo el peso de una culpa grande y muda. Insultos de transeúntes al mirar, cuando andaba por la calle con el cuello mordido y tú me llevabas cogida por la cintura--. Iros a un parque, pequeños imitadores. Meteos detrás de un árbol y coged reúma, a ver si perdéis las bragas entre los espinos y se os llena la garganta del barrillo que se forma en los jardines con el meado de los perros.   

    El frío es, pues, una novela intensa, descorazonadora pero a la vez esperanzadora. A veces conviene asegurarse de haber llegado a tocar fondo, de haber sido consumido por las llamas, para ascender, resurgir, cual ave fénix, a una nueva vida, a una nueva existencia, a una nueva manera de ver el mundo y a una nueva forma de estar en él y formar parte de él. Y, como ya he escrito al principio, es esa conjunción entre ambigüedad y sutileza, por un lado, y concreción y dirección, por otra, lo que la hace todavía más interesante. Más llamativa. Más absorbente. Porque es una de esas historias que cuesta dejar. De las que quieres saber más. Y Marta Sanz sabe mantener el misterio sobre muchos aspectos, principalmente en lo que respecta a la resolución de la misma. El frío, por tanto, constituye un muy buen debut literario, y ya deja muestras de la gran escritora en la que con el tiempo se ha ido convirtiendo la escritora madrileña.   

   

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017. Reseña





     Que Ian McEwan es uno de los autores más originales, creativos y arriesgados del panorama literario actual ofrece pocas dudas. Para quien todavía no lo tenga del todo claro: que lea su última novela. Porque Cáscara de nuez cuenta con un narrador inaudito: un feto ya colocado boca abajo, en el vientre materno, a pocos días de conocer, por fin, el mundo de afuera, el de los adultos. Una pirueta creativa que McEwan supera con una brillante audacia, fruto de su habilidad para conmocionarnos, atraparnos y deslumbrarnos. Algo solo al alcance de un escritor genial y superdotado. Y con un amplio bagaje literario trabajado desde hace tantos años.

     McEwan camina sobre la cuerda floja durante toda la obra. Pero no titubea en ningún momento. Sabe que llegará hasta el final, y que lo hará para crear una novela redonda en la que no falta de nada. Así, encontramos sus ya características reflexiones en voz alta sobre el mundo y las más profundas interioridades de las personas, un ritmo a modo de thriller salpicado de notas de su peculiar humor británico, una trama absolutamente genial --especialmente en su desenlace, impactante donde los haya-- y un magnífico despliegue de todas las dotes narrativas aprendidas durante su ya larga trayectoria literaria.

     El feto narrador de la historia se siente impotente, desesperado, atónito. Su madre, Trudy, y su tío, Claude, mantienen una relación de infidelidad hacia su padre, John, al cual planean asesinar para quedarse con su casa, una mansión valorada en varios millones de libras esterlinas que el hermano del futuro asesino heredó hace ya años. Los personajes están caracterizados con precisión milimétrica. John es un poeta y editor que triunfa menos de lo que merece, lo cual lo hace sentir desgraciado. Eso sí, tiene un público escaso pero fiel. Trudy, a punto de dar a luz, cree que ha dejado de quererlo hace ya tiempo y se entretiene con Claude. El hermano del futuro asesinado siempre ha sentido celos de su hermano mayor, al que solo supera a la hora de saber ganar dinero. Es inmobiliario. Y estúpido. Muy estúpido.

     La falta de éxito de John impide que este disfrute de su patrimonio. Sin embargo, lo que amenaza con consumirlo por completo es saber que está perdiendo a Trudy, el gran amor de su vida, a quien no va a renunciar así como así por muchas dificultades que los separen. Y su hermano Claude, pese a ganarse la vida con su trabajo, tampoco consigue disfrutar de la vida por culpa de los celos y su enorme complejo de inferioridad. Así, convence a Trudy para acabar con la vida de su esposo y hacerse con la mansión que han convertido en su particular nidito de amor.    

     El maquiavélico plan de la pareja infiel se completa con la asquerosa intención de colocar al bebé en algún lugar. Hecho que provoca la angustia y la indignación del feto, del que desconocemos su nombre y hasta su sexo. Así, ama y odia a la vez a su madre. Adúltera, y futura asesina y abandonadora de su propio hijo, provoca en su feto multitud de sensaciones contradictorias. Algo acrecentado por el hecho de ser una irresponsable que consume bebidas alcohólicas en los últimos días de su embarazo. Lógico cuando no te importa en absoluto el futuro de la criatura que llevas en tus entrañas. 

     Sin embargo, es Claude, su tío, el personaje más aborrecido por el feto. Así, narra lo siguiente: Él le presiona los hombros, ella se arrodilla, se rebaja y "se lo mete en la boca", tal como les he oído decir. Yo no me imagino deseando algo así. Pero tener a Claude satisfecho, a muchos clementes centímetros de mí, me quita un peso de encima. Me molesta el hecho de que lo que ella traga me llegue en forma de nutriente y me haga parecerme un poco a él. ¿Por qué, si no, los caníbales evitaban comerse a los imbéciles? En efecto, la relación entre Claude y Trudy parece sostenerse únicamente en el sexo. 

     Y la tensión entre ellos crece mientras llevan a cabo su macabro plan de asesinato. En relación a este hecho, añade el narrador: Hasta yo sé que el amor no se guía por la lógica ni el poder se distribuye equitativamente. Los enamorados llegan a sus primeros besos con tantas cicatrices como anhelos. No siempre buscan beneficios. Algunos necesitan un refugio, otros solo quieren la hiperrealidad del éxtasis, por lo cual dirán mentiras vergonzosas o harán sacrificios irracionales. Pero rara vez se preguntan a sí mismos qué necesitan o qué desean. Es débil el recuerdo de fracasos anteriores. Las disensiones y el enfrentamiento entre Trudy y Claude son uno de los puntos fuertes de la novela.   

     El feto manifiesta una honda impotencia durante toda su narración. No solo por no poder impedir el asesinato de su padre. También por ver insatisfecho su ansia de volver a unirlos. Y, sobre todo, por el demostrado egoísmo de sus padres, para quienes no parece tener ninguna importancia su inminente llegada a este mundo. Todo ello le llevará por momentos a sentirse culpable e incluso responsable de lo ocurrido. No obstante, se muestra lúcido en casi todas las escenas. Incluso, llega a pensar en qué le conviene más en el futuro: ser adoptado pero libre o quedarse con su madre y criarse entre las paredes de la cárcel. 

     Y, como no podía ser de otra manera, también están presentes en la mente del narrador la crítica a la sociedad británica, a la desunión de Europa, al capitalismo salvaje, a la actuación de la comunidad internacional respecto al cambio climático o la tragedia siria y una serie de interrogantes en forma de escueta enumeración de peligros futuros que nos devuelven de repente a la cruda realidad que nos rodea: ¿se librarán de una contienda nuclear sus nueve mil millones de héroes?, ¿persistirá en su frenesí Oriente Medio?, ¿lo verterá en Europa y la cambiará para siempre?, ¿concedería Israel un centímetro o dos de desierto a aquellos a quienes desplazó del mismo?, ¿será apacible el declive de los Estados Unidos?, ¿tomará China conciencia, lo hará Rusia?, ¿lo harán las finanzas y las corporaciones globales?             


lunes, 3 de abril de 2017

Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987. Reseña





     El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Así comienza una de las novelas más representativas e imprescindibles de la literatura contemporánea. El Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez realiza en esta novela corta --apenas un centenar de páginas-- un tour de force genuino y extraordinario, atrapando al lector en una lectura cuyo desenlace conoce ya desde su primera frase. Y para ello, además de un lenguaje exquisito, empleó una acción a la vez colectiva y personal, clara y ambigua. Hasta el punto de que los recuerdos de unos protagonistas y otros llegan incluso a contradecirse.

     Y es que esta crónica del asesinato de Nasar está escrita 23 años después de los hechos, por lo que el narrador, de quien no sabemos su nombre pero sí que era amigo del fallecido, relata los hechos y cita los testimonios de aquellos testigos que llegan a contradecirse en algo tan simple, tan sencillo como si llovía o lucía el sol aquel lunes trágico. García Márquez realiza un exhaustivo trabajo literario-periodístico para acercarnos unos hechos tan claros como ambiguos, tan objetivos como subjetivos. Y, todo ello, para convertir esta novela en una obra maestra de la literatura.

     El narrador avanza y retrocede en la historia para trazar los hechos fundamentales que llevan a los hermanos Vicario a buscar la muerte de Nasar, un turco de tercera generación afincado en un pequeño pueblo colombiano (motivo por el cual el genial escritor conoce de primera mano el hecho histórico real contado). Su escritura es tan mágica que, pese a conocer el lector el más importante de los hechos: el asesinato, no puede dejar de leer para saber más. Y es que la acción va in crescendo, hasta desembocar en la escena del asesinato. 

     Tres ideas clave están detrás de la intra historia de esta novela: la caza de amor es de altanería (cita de inicio que pertenece a Gil Vicente y que utiliza el autor como introducción a un hecho fundamental en la trama de la novela: el matrimonio concertado entre Bayardo San Román y la joven Ángela Vicario, devuelta por su marido pocas horas después de la boda por no haber llegado virgen al matrimonio); dadme un prejuicio y moveré el mundo (anotación del juez instructor del sumario tras preguntar a Ángela Vicario sobre el supuesto culpable de la pérdida de su virginidad); y la fatalidad nos hace invisibles (nueva anotación del juez instructor tras hacerse una opinión de los hechos acaecidos).

     Esta última cita es muy importante para la trama de la historia, pues todo el pueblo --convertido en un personaje más, al más puro estilo de La colmena, de Cela, por ejemplo-- conoce la intención de los hermanos Vicario de asesinar a Santiago Nasar para salvar el honor de su repudiada hermana, pero por diferentes motivos nadie, absolutamente nadie es capaz de impedirlo. Y eso que los hermanos anuncian a todos los vecinos del pueblo de sus intenciones. Intenciones que o no son tenidas por verdaderas o simplemente son pasadas por alto por todos los vecinos. Precisamente la gran cantidad de vecinos provoca que existan tantos protagonistas en la novela, pues todos ellos juegan un papel más o menos importante en la acción de la misma. 

     Resulta sobrecogedor el hecho de que nadie pueda hacer nada por salvar a Santiago pese a ser su muerte tan largamente anunciada. También el cúmulo de circunstancias que impiden su salvación por parte de los poquísimos vecinos que sí querrían haber impedido su asesinato. Algo que, en parte, incluye a los propios hermanos Vicario. La cuestión es que el narrador consigue que el lector empatice con la historia y con el fallecido hasta el punto de llegar a sentirse impotente por no poder alterar los hechos que conducen a tan trágico final. Cuestión esta que compunge su corazón hasta la última línea de la narración.  

     La mayoría de los personajes se sienten de alguna manera culpables de los hechos ocurridos 23 años atrás. Y, sin embargo, también la mayoría quiere formar parte de la tragedia. Casualidad, destino, violencia, la incapacidad para conocer toda la verdad de los hechos, el machismo, la traición, la venganza, el honor y sus crueles códigos, el fetichismo, la superstición, la milagrería, la credulidad y el simplismo son temas que se tratan con mayor o menor profundidad a lo largo de la exposición de los hechos. Todo, desde un punto de vista multi perspectivo que va sembrando dudas, inconsistencias y ambigüedades.  

     En 1987, año en que editó la obra Mondadori, se estrenó también la película de mismo título, dirigida por Francesco Rosi e interpretada por Rupert Everett, Ornella Muti, Anthony Delon e Irene Papas. El propio García Márquez afirmó que era una adaptación paupérrima y muy poco fiel a su obra, lo que repercutió negativamente a la hora de posteriores permisos para futuras adaptaciones. No en vano, no hubo más hasta 2007, cuando se llevó al cine El amor en los tiempos del cólera. En definitiva, Crónica de una muerte anunciada supuso el acercamiento entre lo periodístico y lo narrativo y una aproximación a la novela policíaca. Estamos, muy probablemente, ante la obra más realista del genial escritor colombiano.