LIBROS

LIBROS
Mostrando entradas con la etiqueta escritura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escritura. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de junio de 2023

Del color de la leche. Nell Leyshon. Sexto Piso. 2013. Reseña

 




    Sorprendente. Original. Inteligente. Conmovedora. Un soplo de aire fresco. Así es Del color de la leche, la novela de la escritora y dramaturga inglesa Nell Leyshon (Glastonbury, 1962) publicada hace casi diez años por la editorial independiente Sexto Piso. Fue la primera obra traducida y publicada en lengua castellana --después le sucedieron, también en Sexto Piso, Memorias de una carterista (2015), El show de Gary (2016) y El bosque (2019)-- de una autora hasta entonces desconocida en nuestro país. Y ello a pesar de que en Inglaterra era ya un personaje importante gracias sobre todo a sus obras de teatro y sus dramas radiofónicos emitidos por la prestigiosa BBC, cuyos inicios se remontan nada más y nada menos que hasta 2002. Además, goza del honor de haber sido la primera mujer en escribir una obra --Bedlam-- para el prestigioso The Shakespeare´s Globe Theatre de Londres. Aún quedan por traducir al castellano --sirva esto como llamada pública y petición a las editoriales de nuestro país-- sus dos primeras obras novelísticas: Devotion (2008) y Black dirt (2004).       

    Del color de la leche es también una novela rebelde. Necesaria. Rescatadora. Desgarradora. Un golpe en la conciencia. Una obra de estructura y escritura muy sencillas --cinco capítulos: Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera--, a priori incluso simple --frases cortas y poco elaboradas, típicas de alguien que apenas sabe leer y escribir: una niña de solo quince años de la Inglaterra profunda de 1831--, que, sin embargo, alcanza una gran complejidad desde el punto de vista temático y reivindicativo. Una novela con dos grandes protagonistas: el medio natural --y social-- de la Inglaterra de la época ya reseñada y la joven Mary, la más pequeña de cuatro hermanas. Una joven alegre --a pesar de las circunstancias-- familiar, inocente --en su propia familia se insinúa que incluso algo retrasada--, de gran personalidad y extremada inteligencia --que todo lo analiza y reflexiona--, demasiado impetuosa e impulsiva --que no sabe estar callada y nunca se sienta de día--, coja de nacimiento, cuyo cabello es del color de la leche. 

    El padre de la familia de Mary es un déspota que cree que su mujer e hijas solo están en este mundo para servirle y hacerle las mil y una tareas del campo. Es un abusón que maldice a la vida por no haberle dado ningún hijo varón que lo ayude en su trabajo. La madre secunda al padre y no parece tener ninguna empatía con Mary, a la que toda la familia desecha y no tiene en cuenta para nada por su defecto físico en su pierna y por no tener muchas luces. Solo el abuelo estima de verdad a su nieta pequeña. Solo con él tiene Mary un pequeño espacio de paz y tranquilidad en el agobiante y claustrofóbico seno familiar --no en vano, ellos son los dos miembros defectuosos de la familia, puesto que el abuelo está impedido a causa de una caída--. Y, aún así, la joven ama a su familia y no quiere abandonarla nunca. Por eso trata de oponerse cuando su padre prácticamente la vende al vicario, el señor Graham, para que se vaya a vivir a su casa y cuide a su esposa enferma. Sobrecoge la frialdad con la que la familia despide a Mary cuando toma el camino hacia la casa del vicario. 

    Ni siquiera sus hermanas, con las que se supone ha de tener una relación más estrecha por edad y vínculos, se inmutan ante la pérdida que debería suponer la partida de su hermana pequeña. Beatrice, con quien comparte habitación, solo sabe dormir abrazada a una Biblia que no sabe leer. Y Violet y Hope, envidiosas hasta la médula, compiten entre sí por el amor de Ralph, único hijo del vicario. Un joven egoísta que solo se quiere a sí mismo, que elude todas sus responsabilidades, familiares y extra familiares, y para quien la vida es todo placer y nada de compromiso. Un joven que sabe que Mary es diferente a sus hermanas. Tratará de domarla, pero se dará pronto por vencido. Sabe que nunca cambiará. Mary, por su parte, busca algo en la vida. No sabe exactamente lo que es, hasta que finalmente cae en la cuenta. Tanto en casa de su familia primero, como en la del vicario después, siente que echa algo en falta. Le costará sangre, sudor y lágrimas concluir que lo que tanto ansía es la libertad.  

    Lo que podría ser una vía de escape para ella, una forma de librarse de las cadenas familiares, se convierte en realidad, como en su día escribió acertadamente Elias Canetti, en una nueva ligazón a otras cadenas. Puede que no tan duras, tan fuertes, pero igual de alienadoras. Y es que, aunque con el señor y la señora Graham se lleva muy bien, la joven chocará con su hijo, Ralph, y también con Edna, la criada, quien ve que su status en la casa del vicario se puede tambalear con la llegada de Mary. Una Edna, por cierto, que supera la treintena y que guarda bajo su cama tres sudarios: el suyo y el de un marido y un hijo que no tiene --ni seguramente ya tendrá--. La opresión que padece Mary en ambas casas contrasta con un entorno casi bucólico: el campo, la granja, sus tareas estacionales --descritas con exquisita delicadeza y todo lujo de detalles--, los animales enjaulados, los libres, el aire del monte y de la colina, la sensación de no querer estar en ningún otro lugar y de vivir apasionadamente y con alegría a pesar de los pesares.

    Con la señora Graham establece Mary una relación casi materno-filial. Ante el abandono que siente la señora tras la marcha a la universidad de su hijo Ralph, va acogiendo a su nueva criada casi como a una hija. Así, le hará confidencias muy personales. Aunque con el señor Graham no congenia tanto, Mary aprovechará la oportunidad que este le dará de enseñarla a leer y a escribir. Algo impensable para ella y para casi todas las chicas de su edad en aquella época. Quizás la parte más emocionante de la novela resulta ser la que hace referencia a los progresos de la protagonista, que va juntando letras, palabras y párrafos ante la alegría del señor Graham y el sentimiento de orgullo de su abuelo, a quien va informando sobre sus evoluciones lectoescritoras. Así, Mary va dejando de ver en los libros solo rayas negras sin sentido y comenzando a descubrir nuevos mundos. De esta manera, además de la historia que se nos cuenta en ella, la novela puede y debe considerarse también un alegato de la lectura y la escritura. De los libros y de su importancia en la vida de las personas. Algo que nos hace más libres.

    No en vano, lo que leemos en Del color de la leche no es otra cosa que la vida de la joven escrita de puño y letra por la propia Mary. Una joven trabajadora, apasionada, sin mucha educación, pero que nunca miente, nunca ve lo malo de la vida, no tiene pelos en la lengua y ve en la escritura la forma de contar todo lo que le ha ocurrido durante el último año de su vida. Un año con una serie de vivencias desgarradoras de las cuales la protagonista quiere dejar constancia por escrito. Un escrito urgente que habla de un destino del que no puede escapar por un suceso que el lector deberá ir descubriendo a través de la lectura. Un texto íntimo, personal, minucioso y descriptivo. Una lectura que, debido a la inocencia y la conmoción que causa en el lector, y salvando las distancias, nos puede llegar a recordar al Diario, de Ana Frank, o a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Porque la vida, vista desde los ojos de los niños, siempre nos sorprende y nos hace aprender cosas nuevas. Sobre todo cuando, para más inri, nos cuenta historias no contemporáneas sino algo más pretéritas.

    Por todo ello, e incidiendo en el inicio de esta reseña, Del color de la leche es una historia rebelde, por cuanto el mero hecho de ser escrita demuestra las ansias de alcanzar la libertad denegada. Es necesaria y rescatadora por el hecho de dar voz a tantas y tantas mujeres anónimas que perecieron en la lucha por alcanzarla. Un golpe en la conciencia de quienes, desde el presente, creen que aquello es solo ficción, literatura y no la pura realidad de la vida de las mujeres a lo largo de la Historia. Historia de desencanto, desengaños, malos tratos, opresión y anonimato. Si a todo ello añadimos la originalidad y la frescura, estamos ante una gran novela. De esas que remueve conciencias. De esas de las que no se sale como se entró. De esas de las cuales recuerdas a su protagonista largo tiempo. Quizás para siempre. Porque la Mary de esta novela ya es un personaje clásico de la literatura inglesa, europea y mundial. Si no la conoces todavía, preséntate ante ella y conócela. Es probable que se quede contigo.                       



martes, 4 de octubre de 2022

Diarios. A ratos perdidos 1 y 2. Rafael Chirbes. Anagrama. 2021. Reseña





    A ratos perdidos. Como el subtítulo sugiere. Así se fueron escribiendo, desde abril de 1984, estos diarios chirbescos que su editorial de siempre, Anagrama, publica para gozo de los seguidores del escritor de Tavernes de la Valldigna. Subtítulo muy bien escogido, por cierto, puesto que el propio escritor llega a considerar ese tiempo empleado como perdido. ¿Y qué hacemos con las novelas que se supone que algún día deberé escribir? Quien mucho abarca poco aprieta, se lamentaba ya en junio de 1985. Y, sin embargo, tan solo seis meses después se llegó a preguntar: ¿se puede escribir para uno mismo? Me digo que sí, que se puede escribir para recordar y comprenderse uno mismo, pero no acabo de creérmelo del todo. Entonces, ¿pienso que estos cuadernos acabará leyéndolos alguien que no sea yo? De esta manera, lo que había comenzado como un pasatiempo cuyo único objetivo era reflexionar con él mismo sobre literatura, cine, arte y la vida misma se fue convirtiendo en algo mucho más grande. Algo que, casi cuarenta años después de su inicio, está siendo leído por muchísima gente.

    Este primer volumen de los diarios de Chirbes abarca desde abril de 1984 hasta marzo de 2005 (casi 21 años) y se divide en dos partes, siendo agosto de 1992 el momento de intermedio. Un intermedio que se extendió durante tres años, ya que no hay entradas nuevas hasta agosto de 1995. ¿No escribió nada en sus cuadernos el bueno de Rafael durante esos tres años? ¿Quizás sí, pero los cuadernos se perdieron? El propio autor afirma que su vida estuvo gobernada por el desorden, la pereza, el desánimo, la depresión, la infelicidad, la inseguridad, el tabaquismo, el alcohol, las drogas, el sexo en su mayor parte esporádico, el vértigo y la desmemoria y las constantes enfermedades. Casi nada. Y, aún así, construyó una carrera literaria fabulosa. No está nada mal. Y todo ello porque, aunque cada día me cuesta más escribir y me gusta menos lo que escribo, sin embargo, los amigos están convencidos de que, cuando escribo, tengo una gran seguridad en mí mismo y, sobre todo, facilidad. No sé de dónde han sacado esa idea. Seguramente porque comprendían que su amigo escribía como los mismísimos ángeles.  

    La gran relación amorosa de Chirbes --la que narró de forma admirable, magistral en su obra póstuma, París-Austerlitz-- fue la que tuvo con François. Una relación al principio muy pasional que finalmente acabó atrapada en una especie de piedad peligrosa, tal y como la define el propio autor: cuanto más ama, más destruye, y eso es terrible para él y atroz para mí. No entiende que la vigilancia ahuyenta el sexo. No soporta que viva. Si pudiera, me encerraría en un cuarto, y volvería por la noche con la comida y las botellas de vino. Eso sería su felicidad, pero aun así tendría celos de los libros que me hubiera leído en su ausencia, de los discos que hubiera escuchado, del sol que me hubiera tocado la cara. Finalmente, claro, Chirbes huyó. Y François pasó a ser un amigo, pero no se puede pasar de amante a amigo. Es un esfuerzo inútil y doloroso. El final de la historia la conocen de sobra los lectores de la referida novela --los que no, quedan invitados a leerla cuando quieran--. La cuestión es que desde entonces Chirbes no volvió a tener ninguna relación estable y duradera. Las cicatrices de la vida.

    Los diarios abarcan una gran variedad de temas. Por ejemplo: su niñez en Tavernes y en la meseta; su educación en colegios de huérfanos de ferroviarios tras perder a su padre, quien todavía tuvo tiempo de enseñar a su hijo algunas lecciones sobre la vida; su complicada relación con su madre, un tanto posesiva; su breve militancia con el comunismo; su trabajo como librero; sus viajes para realizar trabajos para las revistas de gastronomía y viajes Sobremesa y Hoja del Mar; la pérdida de muchos de sus amigos y compañeros; la tortura psicológica que le supuso la relación con François; las enfermedades (dolores de garganta por ingesta continuada de tabaco, drogas y alcohol, vértigos, pérdida de audición, desmemoria, el eterno miedo al sida); su vocación de novelista; su pasión por todo tipo de arte (no solo literatura, también cine, música, arquitectura, escultura y pintura); su llegada a Beniarbeig en el año 2000; sus luchas internas entre una lengua cotidiana, el valenciano, y otra exclusivamente literaria, el castellano; y su decisión final de limpiar sus escritos --diarios para nadie-- para su futura publicación.

    Chirbes nos habla de cine (West side story, Amarcord, La caída de los dioses, Los sobornados, El doctor Mabuse, La viuda alegre, La diligencia, Candilejas o Los profesionales), de música (La flauta mágica, Shostakóvich o la movida madrileña --que se llevó por delante a una generación y a parte de otra--) y de arte (los museos de El Prado, el Louvre, el Picasso o el Rodin y de El jardín de las delicias de El Bosco). También nos cuenta viajes y varias jugosas anécdotas en Alemania (Berlín, Colonia, Friburgo, Bremen, Frankfurt, Dresde, Hamburgo, Lübeck), Italia (Roma, Siena), Francia (París, Montpellier, Rouen, Vincennes y el sur del país vecino), Viena, Budapest, norte de Marruecos, Barcelona, Madrid, Valencia, Denia, Beniarbeig, el cabo de San Antonio, etc. Pero, por encima de todo, los diarios son un compendio de sus lecturas --algunas formidables; otras, objeto de críticas más o menos airadas por parte del autor-- y sus inseguridades a la hora de confeccionar sus propias obras literarias. 

    Chirbes alaba las obras completas de Balzac --seguramente, según lo leído, su gran escritor de cabecera--, García Márquez --salvo Memoria de mis putas tristes y Cien años de soledad--, Dostoievski --sobre todo, El idiota y Los hermanos Karamazov--, Musil --haciendo hincapié en El hombre sin atributos--, Broch --especialmente su trilogía Los sonámbulos-- y Galdós --y sus insuperables Episodios nacionales--, y obras más concretas como El Quijote, La mer (de Michelet), Herrumbrosas lanzas (de Juan Benet), el Decamerón (de Boccaccio), Otra vuelta de tuerca (de Henry James), Balada del café triste y El corazón es un cazador solitario (de McCullers), Confesiones del estafador Félix Krull (de Thomas Mann) --sin libros como ese, la vida merecería bastante menos la pena, reconoce--, muchas de las obras de Max Aub y las grandes novelas sobre las ciudades de Barcelona --Vázquez Montalbán, Marsé, Rodoreda o los Goytisolo-- y Madrid --Galdós, Cela, Baroja, Aldecoa, Valle-Inclán o Aub--. Una excelente guía de lectura para quien quiera conocer de primera mano las influencias de Chirbes.

    No se libran de la crítica chirbesca obras literarias muy conocidas y reconocidas. Como las arriba mencionadas de García Márquez, las de Blasco Ibáñez --podría decirse que lo que quería era fracasar como escritor, porque sus obras son cada vez más huecas, tienen cada vez menos fuerza. Debía vivirlas cada vez más como fracaso, aunque ganara mucho dinero y lo aplaudieran-- y las de algunos de sus contemporáneos: Sefarad (de Muñoz Molina), Cabo Trafalgar (de Pérez-Reverte) --al que critica Chirbes de manera inmisericorde, sin perdón-- o El hijo del acordeonista (de Atxaga) --aprovecha, de paso, para criticar también al crítico de El País --el diario oficial de la cultura-- Echevarría, quien, junto a su compañero Suñén o Ibáñez, del ABC, tratan de imponer una especie de dogma literario que no admite todo aquello que quede fuera de sus predilecciones--. Tampoco se libran de la crítica los premios literarios, los editores-urraca que solo publican colecciones de momias consagradas, a las corrientes de los años setenta que defendían a los autores pro fascistas y blanqueaban su ideología, a los periodistas convertidos en publicistas más que en informadores, a los que se creen socialistas por votar al PSOE --me gustaría saber qué opinaría ahora en referencia a los tres puntos anteriores-- y Dalí y Gala, que traicionaron a Lorca y se negaron a tratar con perdedores.

    Al finalizar la lectura se queda uno con ganas de más. Pero estamos de enhorabuena. Porque Anagrama publica ahora un nuevo tomo, que continuará con los cuadernos escritos desde marzo de 2005. Será un placer seguir leyendo al maestro Chirbes. Y, como aperitivo y fin de esta reseña, dejo aquí algunas frases sueltas del propio autor (de 2002, 2003 y 2005) en referencia a esa relación amor-odio (más amor que odio, pero también odio) que tuvo siempre con la literatura: Noto que la literatura ha perdido toda coloratura moral para mí, simple guarida de vanidosos que parlotean en las páginas de los periódicos. Dejarla de lado supone una forma de desnudamiento, de curación. Lo peor es que fuera de ella estoy a la deriva, voy de acá para allá, me derrumbo, me ahogo sin encontrar un cable al que sujetarme... Me molesta ir perdiendo curiosidad. Me deja con menos alicientes en este mundo. Han vuelto los síntomas que me llevaron a un intento de suicidio en la adolescencia: las cosas se me caen de las manos y se rompen, no como, no duermo, vivo en un estado de tensión permanente, cualquier palabra me provoca deseos de llorar. Soy incapaz de fijar la atención en nada, no puedo leer, no puedo escribir, no puedo ver la tele. Si consiguiera distraerme en algo... Con mi frágil salud, si no escribo ahora la novela, más adelante ya no podré. No puedo entretenerme más, aplazar de nuevo la novela, cubrir el hueco con otro libro a la espera de que llegue la madurez, es una historia que ya me conozco. La literatura como criada que te ordena la casa.             

    

viernes, 22 de abril de 2016

Firmin. Sam Savage. Seix Barral. 2007. Reseña





     Sam Savage es un poeta y escritor estadounidense (Carolina del sur, 1940) que publicó su primera obra a los 65 años. Profesor de filosofía, antes de dar clases y de escribir fue también mecánico de bicicletas, carpintero, pescador de cangrejos y tipógrafo. Comenzó sus actividades literarias como editor de poesía en la revista Reflections allá por los años sesenta, época que le influyó sobre manera y en la que defendió a ultranza los derechos civiles. Vivió por una temporada en Alemania y en Francia, antes de regresar a su país natal. 

     De aspecto hippie, al más puro estilo --literariamente hablando-- de nuestro querido Valle-Inclán, Savage escribió y publicó en 2007 su obra más conocida: Firmin. Alternativo, pero de cabeza muy bien amueblada, critica en ella el loco mundo de los años sesenta. Porque la novela se ambienta en un hecho real: la destrucción de la plaza Scollay de Boston a manos de la especulación urbanística de la época y la aquiescencia de las distintas administraciones. Por tanto, Firmin se convierte en una ácida crítica social de una época complicada: Guerra Fría, movimiento hippie, caza de brujas, etc.

     No obstante, y ante todo, nos encontramos ante un homenaje a los buenos lectores; un alegato de las virtudes redentoras de la lectura; un viaje iniciático por el mundo de los libros. El texto está repleto --ya desde su mismo inicio-- de constantes y estimulantes guiños literarios (desde Steinbeck a Fitzgerald; desde Hemingway a Miller; desde Dostoievski a Tolstoi; desde Wilde a James) que llevan al lector a querer leer a esos autores y a las obras a las que se va haciendo referencia. Por todo ello, no veo mejor momento para reseñar este libro que hoy, víspera de Sant Jordi, Día del Libro.

     Firmin es una rata que narra su vida desde el punto de vista de los libros. Y es que vive por y para ellos. Porque, desde recién nacido --habla de sí mismo como una rata macho--, come libros. Su mamá, Flo, una rata borrachina a la que pronto perderá el rastro, tenía doce mamas y trece hijos. Y Firmin era el que nunca llegaba a poder succionar adecuadamente la leche materna. De ahí que deba comer papel. Sin embargo, su cercanía a él le salvará la vida. Porque, al estar hartito de papel, se dedicará a leer el contenido de las páginas de los libros que se han salvado de su ingesta.

     Víctima de la soledad, la marginación y la incomprensión --rata que veas leer, déjala correr, dicen sus propias hermanas--, alimenta su estómago y su cerebro a base de libros. Los entiende como una manera de entretenerse, aprender y escapar de la rutina de la vida. Así, nunca se aburre. Pero, ¿a qué se debe que tenga tantos libros a su alcance? Pues a que su madre dio a luz a sus trece hijos en el sótano de Pembroke  Books, una librería de segunda mano de la calle Cornhill, cercana a la plaza Scollay del Boston de los años sesenta. 

     Su vida transcurre entre libros la mayor parte del tiempo y Norman Shine, el propietario de la librería, desconoce por completo su existencia. Pero Firmin le admira y observa su modo de trabajar, de cuidar los libros y de tener siempre el adecuado para cada tipo de cliente, demostrando un portentoso conocimiento tanto de los libros que posee como de los clientes que acuden a él. La relación que se establece entre ambos, aunque sea solo en una dirección, es entrañable y llega a conmover. Hasta que ocurre un hecho irremediable que no debo aquí señalar y Firmin acaba herido y acogido en la casa de un vecino del mismo edificio, Jerry Magoon, un escritor bohemio y frustrado --¿quizá el propio Savage?-- que cuidará de él casi más que de sí mismo.

     Sin embargo, no todo son libros en la novela. Y no solo de ellos vive una rata, por muy culta y educada que esta sea. Así, Firmin debe buscarse otros alimentos, lo cual le lleva a merodear por el barrio y la plaza. Y uno de sus rincones preferidos, donde siempre encuentra algo que llevarse a la boca y además se lo pasa pipa, es el cine Rialto. Allí, entre sobras de palomitas, sándwiches y demás manjares, conoce también el arte del cine. Y admirará a los principales actores de la época, principalmente a Fred Astaire y a Ginger Rogers, cuyos bailes y canciones le embelesarán.

     De la mano de Norman y Jerry --los dos humanos a los que llega a admirar y a amar-- y del cine y de los libros Firmin desentraña --y, en algunos casos, destierra-- los tópicos acerca del mundo literario, recuerda obras, autores y personajes imprescindibles de la historia de la literatura, anima a cualquier lector a acercarse a todos ellos y, además, nos invita a mirar a las ratas con ojos diferentes. Porque quizá, solo quizá, a partir de la lectura de esta novela más de uno deje de pronunciar la manida frase malditos roedores... 

                 

domingo, 3 de marzo de 2013

Quiero ser novelista. Ramón Cerdá. 2012




     El escritor de Ontinyent Ramón Cerdá revisó y amplió su ensayo "Quiero ser novelista", de 2010, el pasado mes de diciembre de 2012. Lo hizo en un formato de pequeño tamaño, bBrick, que, para mí, ha sido todo un descubrimiento. En sus más de cien páginas recorre todos los aspectos que han de tenerse en cuenta a la hora de documentar, escribir, corregir, publicar y promocionar una novela.
 
     Habida cuenta de que el autor ya suma una docena de novelas publicadas hasta la fecha el ensayo tiene su interés tanto para los que quieren escribir novelas como para aquellos lectores que estén interesados en conocer de primera mano todo lo que forma parte del proceso creativo de las mismas. Personalmente, he encontrado coincidencias y, por supuesto, diferencias respecto a mi propia experiencia.
 
     Como el propio Ramón reconoce en varias ocasiones a lo largo de "Quiero ser novelista" no debe tomarse al pie de la letra lo que él aconseja. No obstante, puede ser una guía muy interesante para quienes todavía somos o nos consideramos autores noveles. Quiero, a continuación, reseñar los aspectos más atractivos que trata Cerdá en su ensayo.
 
     Comienza con un breve decálogo de consejos para escritores, el cual es el origen, la semilla, de este curioso libro de autoayuda para novelistas. Leer mucho, tener paciencia, ser constante, no abandonar jamás la escritura, ser directo en el lenguaje, saber aceptar las críticas de los lectores (sin obsesionarse con ellas), promocionar las obras por su cuenta pese a contar con una editorial detrás, aceptar las respuestas negativas de las editoriales sin hundirse por ello, presentar los escritos a premios literarios y trabajar bien los personajes y la trama son los más destacables. 
 
     Todo lo referido ocupa la primera mitad de este libro de experiencias de escritor, en total tres capítulos. En la segunda parte, otros tres capítulos, se ocupa de otros aspectos también importantes: portada, título, sinopsis, editoriales, reseñas, etc. Además, aborda las etapas del proceso creativo, desde la documentación hasta la corrección final, desde la necesidad de un método que limite las palabras a escribir por día de trabajo hasta las distintas herramientas a utilizar durante la escritura.
 
     Incluso, trata sobre el entorno de escritura (dónde escribir), la conveniencia de escribir todos los días (incluidos festivos y fines de semana en la medida de lo posible) para no alejarse de la trama, la amplia diversidad temática de las novelas, cómo contar la historia, cómo describir personajes y desarrollar los diálogos, la escritura como terapia, lo aconsejable de dividir la obra en capítulos más cortos (con subcapítulos si es necesario) o la importancia relativa de la gramática y la ortografía (teniendo en cuenta que la obra ha de ser revisada y corregida también por la propia editorial antes de lanzarla al mercado).
 
     En el último capítulo Ramón afronta lo complicado que es hoy en día poder publicar una novela. Se detiene en el hecho, no siempre entendido por todo el mundo, de que crítica y ventas no tienen por qué ir de la mano, aconseja no dejar jamás de leer y escribir, "aunque sólo sea por sentirse vivo", y recomienda también no estar pendiente sólo del futuro, algo que puede conducirnos a no disfrutar de nuestro presente. Es decir: disfrutar de cada criatura nueva que vea la luz en forma de novela y del viaje más que del destino.
 
     En definitiva, una atractiva lectura de la que, por supuesto, se pueden extraer enseñanzas de parte de un experimentado novelista que trata de crecer en cada una de sus trabajos. No en vano, de eso pienso yo también que se trata: de que cada obra escrita sea un poco mejor que la anterior. Siempre es buen momento para mejorar. Eso sí, querer escribir sin leer (y mucho) no es ni congruente ni posible. Así pues, ensayo muy recomendable para todo tipo de público, escritores y no escritores...novelistas y no novelistas...