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lunes, 13 de julio de 2026

Maite. Fernando Aramburu. Tusquets. 2026. Reseña

 




    El segundo fin de semana de julio de 1997, hace exactamente veintinueve años, será recordado para siempre por todos los españoles. Fueron los días del secuestro y posterior asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco tras no aceptar el gobierno español el plazo de 48 horas que la organización terrorista ETA dio para el acercamiento al País Vasco de todos los presos de su organización encarcelados en el territorio nacional. Obviamente, el gobierno de Aznar ni podía aceptar el chantaje ni, aunque hubiera querido ceder ante él, tenía tiempo material para cumplir los propósitos de los criminales en tan corto espacio de tiempo. Todos sabemos cómo acabó aquello. El joven concejal murió tras agonizar unas horas después de recibir dos tiros en la cabeza, muchos abertzales y miembros de ETA sintieron asco ante un acto de cobardía sin igual y comenzó la lenta división interna y posterior rendición y desaparición de la banda terrorista. Ese fin de semana es precisamente el que Fernando Aramburu eligió para situar la acción y la historia de su nueva novela.

    Como ya sucedió en Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012), Patria (2016) e Hijos de la fábula (2023), que forman parte de la serie de novelas denominada Gentes vascas junto a El niño (2024), única que no toca directamente el tema de ETA, el autor donostiarra disecciona el tejido social, la división entre los distintos pensamientos y sensibilidades a la hora de ser y de sentirse vascos y el tremendo impacto del fenómeno de la violencia extrema en la Euskadi de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente. En el caso de Maite, así se llama la protagonista de su última obra, la ficción nos conduce probablemente a uno de los momentos más álgidos -y también a un claro punto de inflexión a partir del cual ya nada fue igual- del cruel e infausto período terrorista. La realidad del momento histórico en cuestión y la ficción creada por Aramburu caminan de la mano para regalarnos una novela que, por humana y conmovedora, contrasta con una atrocidad que nunca deja de estar presente en sus páginas.

    En Maite coinciden, en un mismo fin de semana, los tres hechos clave de la novela. En primer lugar, el ambiental o contextual -el secuestro y asesinato del edil de Ermua-; en segundo, que Andoni, el marido de la protagonista, oftalmólogo de profesión, está ausente de Donosti ya que ha viajado hasta Madrid para participar en un seminario sobre cirugía LASIK; y el tercero, que la hermana de Maite, Elene, regresa por primera vez a San Sebastián desde hace trece largos años para pasar con ella y su madre un solo fin de semana. Así, el nexo de unión de todas las historias es la protagonista. Una mujer de mediada la treintena de edad, traductora de textos, altamente sensible que se realiza a sí misma auto entrevistas e imagina situaciones y conversaciones consigo misma y con otras personas para ayudarse a ver y comprender la realidad del mundo que la rodea. Su trabajo es una manera de estar algo ocupada, ya que la realidad es que le resulta tedioso y aburrido, avanza muy poco a poco y queda claro que con el sueldo de su marido vive tranquila y sin agobios.             

    El aita de la protagonista, que falleció tres años atrás a causa de un aneurisma cerebral, también hablaba consigo mismo. La madre, que sufrió un ictus hace unos meses, se recupera poco a poco, camina apoyada en un andador y teme que su hija la meta en una residencia. Los dos siempre guardaron rencor a Elene, que pasó de ser la hija predilecta a una completa ignorada. Partió a los EE.UU. a estudiar inglés y ya no regresó hasta ahora, trece años después. Dejó a Leandro, su novio vasco, se casó con Johnny en una boda a la que no acudió ningún familiar suyo, tiene dos hijos que no conocen a su familia vasca, vive en Providence y apenas ha hablado con su familia por teléfono, whatsapp y, de forma más esporádica, a base de correos electrónicos. Es diabética, padece cansancio crónico y constantes mareos y toma anti depresivos, aunque dice a todo el mundo que es muy feliz. Obviamente, no cuenta la verdad. Tampoco Maite lo hace. También asegura ser feliz. No obstante, vive atrapada en una serie de convenciones que le impiden abrir los ojos y ver la realidad.

    Maite está enamorada de las manos de Andoni. Unas manos que son tibias, suaves: seda pura. Luce siempre un lazo azul contra la violencia -además de sensible, es atenta, empática y compasiva-, y trata de maquillarse con esmero para ocultar la marca de una cicatriz en la frente provocada por la pedrada recibida de parte de un abertzale en una manifestación de Denon Artean -Paz y Reconciliación, organización que promueve la pacificación y la reconciliación en la sociedad del País Vasco. Con la llegada de Elene, ha de hacer frente a una hermana que siempre compitió con -o contra- ella. La pequeña, delgada y guapa; la mayor, rellenita y feúcha. Entre el jueves diez y el domingo trece de julio, las hermanas se reconcilian -Maite consigue que también su madre haga las paces con Elene-, se acercan, se comprenden y se dan cuenta de que el tiempo pasa y no vale la pena estar enfadadas para siempre. Eso sí, mientras Elene se muestra temerosa y parece no querer tener que dar explicaciones a Johnny, Maite asegura que ella no discute jamás con Andoni, quien siempre le da la razón en todo.

    La sensibilidad de la protagonista se pone de manifiesto a la hora de lo que en la obra se denomina posibilidad de forzar un castillo. Se trata de la acción mediante la cual Maite busca un lugar lo más oscuro y silencioso posible para trasladarse a un sitio -por ejemplo, un castillo- en el que se reúne consigo misma o con cualquier otra persona. En este caso, logra establecer varios contactos con Miguel Ángel Blanco. Dialoga con él sobre la situación que está viviendo e intenta animarlo -y, de paso, animarse a sí misma-. También consigue visitar el piso de los padres del terrorista que ha de ejecutar al edil. Habla con ellos e intenta persuadirles de que contacten con su hijo para evitar la tragedia. Esa forma de Maite de imaginar realidades paralelas, por decirlo de algún modo, contrasta claramente con su forma de afrontar situaciones que sí son reales y sobre las cuales no actúa o actúa como si no existieran. Como, por ejemplo, hacer caso omiso a las reiteradas llamadas telefónicas recibidas en las que se le da a entender que Andoni no está de seminario en Madrid sino en un pisito de Hondarribia.     

    Para ilustrar esto último, me permito la licencia de acabar la reseña con dos fragmentos de la novela: El primero: estoy comparando tu vida con la mía -le dice Maite a Elene-. Siento un fuerte deseo de largarme de esta tierra -por todo lo que está ocurriendo ese fin de semana-. Me da igual adónde. No obstante, soy como un árbol que no se mueve del sitio donde germinó su semilla. Tú te marchaste hace años y no pasan cinco minutos sin que afirmes tu vocación de pájaro migratorio ansioso por volver. Y el segundo: para cuernos los que te pondría Johnny. No ibas a caber por la puerta -asegura Elene ante Maite-. ¿Y tú se lo permites? -le pregunta la protagonista principal-. Digamos que juego las cartas de la vida a mi manera y que, llegada la ocasión, no me chupo el dedo. ¿A ti cómo te va con las infidelidades? -le devuelve la pregunta Elene-. ¿Con las qué? No conozco la palabra -saca balones fuera Maite-. La conversación se zanja con una nueva pregunta de Elene -¡Ajá! Entonces, ¿esa es la carta que tú juegas, la de la mosca muerta?- y la respuesta final de su hermana -Puede ser. No me he parado a pensarlo-. Pues eso: las convenciones que impiden abrir los ojos y afrontar la realidad.               


martes, 28 de mayo de 2024

El niño. Fernando Aramburu. Tusquets. 2024. Reseña

 




    El 23 de octubre de 1980 una explosión de gas propano mató a cincuenta niños y tres adultos en el colegio público de Ortuella, Vizcaya. Una tragedia que conmocionó a España durante unos días, al País Vasco durante semanas y al referido pueblo durante meses e incluso años -en los casos más directamente implicados en el terrible suceso-. Más allá del drama que cualquiera de nosotros pueda ser capaz de imaginar resulta imposible hacerse una idea exacta de lo que cada una de las familias hubo de soportar, y aún a día de hoy soporta, tras la serie de fatales hechos que desencadenaron el accidente, las muertes en el acto y las subsiguientes a través del tiempo. Fernando Aramburu, acostumbrado a tratar temas vascos en sus novelas -Los peces de la amargura, Años lentos, Patria o Hijos de la fábula-, decidió documentarse y hablar con varias de las familias. Finalmente, uniendo la realidad extraída de multitud de entrevistas y conversaciones y su capacidad para relatar cualquier tipo de hecho más o menos cotidiano, escribió El niño, novela que Tusquets publicó el pasado mes de abril.

    Para preservar la intimidad de las personas que aparecen en las páginas de su novela tomó la decisión de cambiar los nombres reales por otros ficticios, así como algunas de las localizaciones de la misma. Así pues, el Nuco, Nicasio, Mariaje y José Miguel, personajes principales de la acción, existieron en realidad, aunque con distintos nombres, profesiones y lugares de residencia -siempre, eso sí, dentro del municipio de Ortuella-. Municipio que, junto a sus pobladores de la época, se convierte también en personaje de la misma. La gran originalidad de El niño es que también incorpora como personajes al autor -el Fernando Aramburu de 2024- y al propio texto, que nos explica diferentes pasajes de la trama a modo de pequeños capítulos aclaratorios que aparecen reflejados en cursiva. Fragmentos breves que, como se indica al comienzo de la obra, aportan datos valiosos sobre los personajes y sus circunstancias y que contribuyen a introducir remansos de sosiego reflexivo en una historia que se mueve con frecuencia en los bordes de la intensidad. 

    La novela cuenta el drama en todas sus posibles extensiones. A nivel poblacional en su conjunto, a nivel familiar y a nivel personal. Eso sí, se centra en una familia en concreto, la formada por Mariaje y José Miguel, padres de el Nuco, uno de los niños fallecidos en la explosión, y Nicasio, su abuelo materno, uña y carne del niño durante sus seis años de vida. Puede uno imaginar que tras una desgracia como la vivida en Ortuella en 1980 cada persona -o personaje- puede reaccionar de maneras bien diferenciadas. Lo que es complicado de alcanzar es lo que con tanto detallismo se nos muestra en esta novela: una disección psicológica de cada uno de ellos labrada con una precisión que deja al lector atónito. Y conmocionado. Porque, aunque los capítulos de la explosión y sus momentos inmediatamente posteriores ya muestran con pelos y señales -aunque sin un ápice de morbo ni de recreaciones obscenas, que quedarían fuera de lugar- el nerviosismo, la negación, el miedo y las reacciones de cada uno de los personajes, lo que de verdad importa en la acción es lo que pasó después.

    Y es que, aunque en ocasiones resulte un hecho insoportable, la vida no se detiene. Sigue. Y ello significa que se debe convivir con la tragedia. Y, lo que es peor, con las ausencias derivadas de la misma. Y ahí es donde pone su acento Aramburu en esta novela: en las diferentes formas de afrontar -o no, porque no afrontar algo es en sí mismo ya una forma de afrontarlo- una vida que ya nunca será la misma. En efecto, cada uno de los personajes lo lleva como puede. Y actúa como actúa. Y, dentro del sufrimiento -porque todos sufren a rabiar la ausencia de el Nuco-, cada uno vive la vida que quiere -o que puede- y trata de buscar su nueva manera de estar en el mundo. Porque Nicasio ha dejado de ser abuelo. Mariaje ha dejado de ser madre. Y José Miguel ha dejado de ser padre. Pero deben seguir siendo padre, hija, esposa y marido. Y deben apoyarse los unos en los otros para seguir siendo una familia. Una familia que, aunque rota, debe seguir unida. Y, a ser posible, por algo más que por la desgracia.  

    Nicasio camina cada jueves -porque la tragedia ocurrió un jueves-, y algún que otro día más, hasta el cementerio municipal para ver a el Nuco. Pasa un rato con él, limpia el cristal que protege su lápida y le cuenta cosas sobre ellos, sus padres o el Athletic de Bilbao. Para poder seguir viviendo, aunque no está loco ni trastornado, se ha hecho a la idea de que su nieto continúa con él. Se lo imagina cogido de su mano cuando camina por el pueblo, lo acompaña al colegio cada mañana y hasta se lleva a su casa los muebles de su habitación, la cual recrea de forma casi idéntica a la original. Una habitación que Mariaje y José Miguel deciden desinstalar porque no se ven capaces de verla vacía cada día. Nicasio pasa horas sentado junto a la cama de su nieto, hablándole y velando su sueño. Es consciente de que ha muerto, pero no quiere separarse de él ni de sus recuerdos. Todo lo contrario que José Miguel, quien solo conserva algunas fotos de su hijo, pero se deshace de todo lo demás. Se hace a la idea de que nunca ha existido y trata de convencer a Mariaje para tener otro hijo y empezar así desde cero.

    Mariaje es, junto al propio texto de la novela -el que aparece en cursiva, como ha quedado dicho ya más arriba-, la única que cuenta su historia en primera persona. La única que tiene, pues, voz propia. Lo cual tiene una explicación muy importante para el desarrollo y fin de la obra. Algo que, por motivos obvios, no explicaré en la presente reseña. Además, guarda también un gran secreto. Un secreto que se prometió guardar hasta la tumba y que mantiene en vilo al lector durante un buen puñado de páginas. Un secreto a pesar del cual ha seguido viviendo durante los últimos años. En efecto, Mariaje es el personaje más fuerte, de mayor carácter, de todos los de la novela. Por eso, a pesar de los pesares, trata de reconducir su vida. Una vida sin hijo. Pero con padre, marido y un anhelo: vivir. Que la terrible ausencia de su hijo no la aparte de la vida. Es peluquera. Y vuelve a ejercer después unos años de inactividad. No se excusa en la mala suerte, como su marido, sino que quiere seguir viviendo. Porque vida solo hay una.                

    La Mariaje real, de la cual desconocemos su identidad, es quien contó su historia personal y familiar a un Aramburu que dio forma a una novela que por momentos emociona, conmociona y hasta inquieta. El autor hubo de llegar a una serie de acuerdos con ella. Básicamente, por mantener protegida su privacidad, la actual y también la pasada, pero también por no desvelar públicamente los secretos familiares del resto de los protagonistas de la historia. Incluido ese gran secreto aludido en el anterior párrafo. La omisión por parte del autor de una determinada cantidad de hechos reales y su sustitución por otros ficticios no resta en absoluto verosimilitud a la historia narrada. Simplemente enmascara datos, señales, evidencias que podrían ayudar a algún lector ocioso y/o morboso a investigar sobre las identidades de los diferentes personajes. Unos personajes que también sustituyen a las personas reales que vivieron en Ortuella en 1980.

    Fernando Aramburu ha escrito otra gran novela. Otro magnífico capítulo de su saga sobre Gentes vascas. Una novela en la que a partir de hechos devastadores y lacerantes sus protagonistas verán cambiar sus vidas para siempre. Y el autor nos muestra, con gran singularidad y originalidad, aspectos inesperados de cada uno de ellos. Nos los abre en canal de forma milimétrica gracias a su peculiar bisturí literario-psicológico para enseñarnos qué encierran sus cerebros devastados, cómo laten sus corazones heridos, cómo afrontan el drama familiar y personal y cuál será el destino de cada uno de ellos. Es obvio que la realidad siempre supera a la ficción. Pero cuando la ficción bebe directamente de la realidad el resultado puede ser igualmente veraz, desgarrador y dibujante de una obra de arte en forma de un extraordinario friso. Sobre todo si sale de la mente y de las manos de un genio literario de la talla de Aramburu, uno de los grandes de nuestra literatura junto a Landero, Vilas, Carrasco, Trueba o Del Árbol.