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lunes, 3 de abril de 2023

Hijos de la fábula. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2023. Reseña

 




    A lo largo de su carrera literaria Fernando Aramburu ha tratado el tema de ETA de diversas maneras. En primer lugar, a través de los relatos que compusieron Los peces de la amargura en 2006. Más tarde, a modo de drama, de la mano de los novelas histórico-costumbristas Años lentos (2012) y Patria, la obra que lo encumbró (2016). Pues bien, en 2023 el autor guipuzcoano retorna a la temática con Hijos de la fábula, una sátira que, tirando de ironía y humor, nos muestra la reacción de dos jóvenes vascos que quedan abandonados a su suerte al otro lado de la frontera con Francia tras el abandono de las armas por parte de la banda terrorista en octubre de 2011. Una novela que, por su originalidad, virtuosismo y comicidad, nos recuerda a la más reciente obra de Luis Landero, Una historia ridícula (2022, misma editorial). Y es que solo dos genios como el extremeño y el vasco son capaces de sacar de donde parecía no haber nada unas historias tan peculiares.

    Durante los siete años transcurridos entre las publicaciones de Patria e Hijos de la fábula Aramburu nos obsequió con la aclamada novela Los vencejos (2021), los ensayos Vetas profundas (2019) y Utilidad de las desgracias y otros textos (2020) y una especie de autobiografía en forma de prosa poética que llevó por título Autorretrato sin mí (2018). Siete años en los que sus trabajos anteriores y su reconocimiento como escritor han aumentado hasta cotas tan altas como merecidas. No en vano, estamos ante uno de los grandes autores españoles contemporáneos. Junto al ya mencionado Luis Landero y otros no menos fantásticos escritores como Manuel Vilas, Víctor del Árbol o David Trueba. Buen ejemplo de su oficio literario lo encontramos en este último trabajo, en el cual entremezcla, con gran maestría, lo dramático y lo cómico, lo lógico y lo inesperado, lo breve y lo complejo, lo importante y lo banal. 

    La nueva novela de Aramburu mezcla, con resultado de gran veracidad, realidad histórica y ficción literaria. La realidad histórica nos dice que el 20 de octubre de 2011 ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada. La ficción literaria que construye el autor en torno al fin de la fábula terrorista nos sitúa en una granja de pollos de Albi, al sur del territorio francés. Allí, un matrimonio local no del todo bien avenido pero simpatizante de la lucha secesionista vasca mantiene escondidos a Asier y Joseba, dos jóvenes exaltados e idealistas de la lucha armada que acaban de integrarse en ETA y esperan instrucciones de su enlace en la zona para comenzar de inmediato su adiestramiento en las prácticas terroristas. Ni qué decir tiene que el anuncio del fin de las hostilidades los pilla por sorpresa. Su frustración y su indignación por lo acontecido crece al verse además abandonados, sin dinero, sin experiencia y sin armas.

    Desolados y ávidos de gestas patrióticas, los jóvenes deciden continuar la lucha por su cuenta formando una nueva organización en la que Asier es el jefe e ideólogo y Joseba su subalterno. Prácticamente no se entienden con Fabien y Guillermette, para quienes realizan algunas tareas en la granja a modo de pago simbólico por alojarlos en un cuartucho de mala muerte, justo arriba del almacén. Se aburren sobremanera y solo piensan en realizar acciones para la causa. Únicamente las visitas a Txalupa, un antiguo militante más presumido que valiente -fardaba de méritos, de hazañas y ekintzas y de no haber caído en las garras de los txakurras-, los sacan de su ensimismamiento. De hecho, esas visitas, en realidad mucho más imaginativas que efectistas, equivalían para ellos al cursillo de armas que ya sabían que jamás tendrían. La disciplina, la precariedad y la cautela se convierten en el modus vivendi de los autoproclamados nuevos gudaris.  

    Joseba abandonó su vida, a su novia embarazada, Karmele, y a un bebé del que incluso desconoce su sexo para ingresar en ETA. Asier, un convencido misógino, trata de disuadir a su compañero de escribir una carta a la madre de su bebé. Me casé con ETA. Con nadie más. Y mis hijos serán las ekintzas. Que se me ponga delante una mujer en canicas. No pierdo la calma. No me ata una mujer, afirma Asier ante un Joseba melancólico y deprimido cuando todo el asunto está ya más que torcido. Entre desaforadas críticas a ETA, los jóvenes deciden militarizarse a base de escobas, palos y martillos a modo de pistolas y piedras en lugar de balas. Así, la mayor parte de la historia discurre entre el afán de entrar en acción y las peripecias más disparatadas y ridículas. Cualquier mínima acción, como el robo de comida o bebida en un supermercado, es elevado a la categoría de ekintza por unos jóvenes que parecen niños y que, por descontado, dan mucha más pena que miedo. 

    Por ejemplo: cuando Asier da un discurso a Joseba en relación a la pena y el remordimiento que nunca debe sentir un militante y hace referencia a la necesidad de endurecimiento y a que no hay guerra sin sangre la respuesta de Joseba es que hace dos años me sacaron sangre en el ambulatorio de mi pueblo y me mareé, me puse blanco, estuve diez minutos tumbado en la camilla y por poco devuelvo. No parece un comienzo muy prometedor, la verdad. Y, sin embargo, con todo, lo peor es que ellos mismos son conscientes del espantoso ridículo que protagonizan. Así, cuando hablan de hacer Historia de la lucha armada vasca y de que sus nombres sean estudiados en las ikastolas, Joseba afirma que el problema es pasar a la Historia como dos tarugos. Que nadie se ría de nosotros. Asier responde con un te callas lo ridículo. Cuentas lo demás. Conversación que Joseba finaliza de forma demoledora: ¿Qué queda entonces? Lo de hoy está siendo de película del Gordo y el Flaco

    El mundo prácticamente imaginario en el que viven Asier y Joseba salta por los aires al ver cómo su relación con el matrimonio francés y con Txalupa cambian radicalmente casi a la vez. Sois un par de subnormales. No tenéis ni medio dedo de frente. Vuestros planes me traen sin cuidado. Os veo tan verdes... No tenéis la menor idea de lucha armada. Os van a llover hostias de todos lados, empezando por las de los nuestros, les espeta su antiguo compañero de batallitas en un intento de hacerlos entrar en razón. La ingenuidad de los jóvenes salta a la vista. También su cabezonería y su falta de miras. Y Txalupa decide finalmente quitárselos de encima. Además, la entrada en escena de María Cristina, una zaragozana amiga de las revoluciones y enemiga de los fachas, hará que se resquebraje por momentos la hasta entonces imperturbable unión de Asier y Joseba. Con ella, toman la decisión de retornar a Euskal Herria para comenzar sus acciones salvadoras de la patria vasca.

    Los jóvenes malviven. Protagonizan constantemente peripecias nefastas. Discuten sobre si dejar o no entrar en su organización a mujeres, sobre los métodos a seguir en su revolución, sobre cualquier tema. Joseba cada vez echa más de menos a Karmele y a su hijo (¿o hija?). Recrimina a Asier las historias familiares narradas durante el último año. Y, para colmo de males, al volver a Euskal Herria no reconocen ni el comportamiento de sus gentes ni el ambiente que se respira. ¿Dónde están las pintadas de antaño? ¿Y los carteles? ¿Y aquellas pancartas, entre fachada y fachada, en favor de los presos de ETA? Todo Cristo llenando los bares, jamando y trincando tan felices. Cientos de compañeros en la cárcel; otros, caídos en defensa de nuestros derechos nacionales, ¿para qué? Años y años de lucha y sacrificio, ¿para esto? Y deciden que simularían hacer vida normal mientras montan una sólida estructura, necesaria para emprender la lucha. Todo poco a poco, con inteligencia y cálculo, para estar operativos en cuestión de un año o año y medio a lo sumo.

    Hijos de la fábula demuestra que es posible hacer sátira hasta de las grandes desgracias. Que en cualquier lugar y situación, por dramática que esta sea, cabe lo cómico. Que algunos escritores son capaces de construir una historia desde la nada. Que algunas de estas historias pueden tener finales inesperados y magistrales. Y que Fernando Aramburu es un escritor valiente que, cuando se pone a escribir, no puede evitar meterse en estanques llenos de caimanes. Hecho que, según algunos paisanos suyos, lo convierte en un tocapelotas. A lo que él responde: me da igual. Si sintiera miedo al escribir me dedicaría a la jardinería o al ajedrez. Quizás la jardinería o el ajedrez ganarían con ello. Pero los lectores perderíamos a un gran escritor. Así que: bien está lo que bien acaba.                     

        

            

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. Reseña





     La historia del País Vasco durante los últimos cuarenta años se ha escrito no con tinta sino con sangre. Gran cantidad de sangre. La violencia desatada no dio lugar a demasiada literatura. Hasta hace poco. Concretamente hasta que ETA anunció que abandonaba las armas. En los últimos años los escritores han comenzado a atreverse a abordar la situación dejando de lado el miedo a las posibles consecuencias. Lógico. Por eso una obra como la que nos ocupa resulta tan interesante a quienes sentimos lo ocurrido en una de las tierras más bonitas de nuestro país. A los que siempre creímos que la verdadera Euskal Herria nada tenía que ver con las extorsiones, los impuestos revolucionarios, las bombas, los autobuses ardiendo y los tiros en la cabeza.

     Afirma Fernando Aramburu que no ha escrito Patria para juzgar a nadie. Toda una declaración de intenciones que puede ser tomada al pie de la letra o justamente al contrario. Porque esta novela --para mí, la mejor que he leído durante este 2016 que ya casi agoniza-- es cierto que no juzga a nadie como individualidad, pero sí lo hace como comunidades de ciudadanos. Me explico: a lo largo de sus más de seiscientas páginas aborda temas como la lucha armada, el encarcelamiento de sus héroes, la ocultación de sus víctimas, la mentalidad de pueblo perseguido, el escalofriante papel jugado por la Iglesia católica y la perpetua división  entre buenos y malos. Todo un juicio social donde los haya. Unas sociedades --la vasca y la española-- a la postre tan similares que ponen los pelos de punta.

     Dos familias amigas enfrentadas por el conflicto se huyen y se buscan para solicitar el perdón de los otros. Un pueblo del que se dan datos pero no nombres ni apellidos. Un asesinato a sangre fría en una tarde lluviosa que aparece ya en la misma portada de la novela. Teñida de rojo. Como el paraguas de su portador. Dos amas de casa --Bittori y Miren-- de armas tomar que ejemplarizan la oscura sociedad matriarcal. Unos maridos --el Txato, empresario asesinado, y Joxian, quejón y llorón-- dominados por sus esposas. Y cinco hijos --Xabier, Nerea, Arantxa, Gorka y Joxe Mari-- que viven las tragedias de su época y ven cómo sus vidas se resquebrajan sin poder evitarlo de manera alguna. 

     Hasta nueve historias diferentes pero interdependientes dentro de una misma historia. Ahí es nada. Contadas desde diversos puntos de vista y utilizando una técnica por la cual todos los personajes nos hacen sentir sus impresiones, sus pensamientos, sus acciones en una primera persona narrativa que se entrelaza con la tercera persona del narrador omnisciente. Narrador que hace un cameo en su propia novela en uno de los capítulos, titulado "Si a la brasa le da el viento". Todas las historias contadas, además, a base de capítulos cortos (125) con gran maestría. La de un escritor al que servidor no conocía hasta esta novela. Craso error que desde ya mismo pienso corregir.

     El autor, que ya trató el tema vasco en 2006 y 2012 con sus obras Los peces de la amargura (Premio Vargas Llosa de Novela, Premio Dulce Chacón y Premio Real Academia Española) y Años lentos (Premio Tusquets Editores de Novela y Premio de los Libreros de Madrid), utiliza como guión/hilo conductor de la novela no la sucesión lineal de los hechos sino una serie de ráfagas o flashes emocionales de cada uno de sus protagonistas. Porque aunque asesinato hay uno, tragedias hay nueve. Porque cada uno de sus personajes lleva a cuestas su propia tragedia personal. Una mochila que en algunos casos parece pesar menos pero que en otros es demasiado pesada para seguir viviendo el día a día.   

     En Patria la tragedia y el dolor no se circunscriben a unos pocos sino que se convierten en algo mucho más generalizado. Sufren las familias de las víctimas, pero también las de los terroristas, que deben cruzar el país una vez al mes para poder ver a sus hijos, hermanos o padres, no solo encarcelados sino víctimas de la sinrazón de un gobierno central igual de inhumano. El desgarro emocional se agranda paulatinamente hasta volverse irreversible. Familias igualmente nacionalistas, con hijos simpatizantes de la izquierda abertzale, que en ocasiones se enamoran de inmigrantes que no saben hablar el euskera, que comparten las mismas ideas... hasta que la violencia los alcanza, divide y hasta destruye. Porque todos, absolutamente todos son humanos.

     Los peligros del nacionalismo --el vasco y también el castellano-- aparecen en cada una de las páginas de la novela. Tradicionalista, casi medieval, sacralizador de la tierra, excesivamente romántico y divisor y violento. Sobre todo, divisor y violento. No en vano, afirma Aramburu sobre las posibles reacciones hacia su libro que lo que de verdad me preocuparía es que gustara a los violentos. Otra declaración de intenciones que no debemos pasar inadvertida. Porque, si algo tiene Patria, es que nos habla de la imposibilidad de olvidar, pero también de la necesidad de perdón en una comunidad rota por el fanatismo político.  

     Existen novelas que nos emocionan por la historia que se nos cuenta. Otras lo consiguen a través de un lenguaje exquisito. Y solo unas pocas, casi contadas con los dedos de las manos, consiguen aunar ambos aspectos. Son lo que solemos llamar obras maestras. Muy raras veces estas se convierten en bestsellers. Pues bien, Patria es todo ello. Nos hace sufrir por la dureza de su contenido. Pero también nos deleita con su lenguaje y su construcción a modo de píldoras emotivas. Porque estamos ante un libro que todo el mundo debería leer: vascos y no vascos; interesados en la política y apolíticos; víctimas y verdugos; grandes lectores y aquellos que apenas leen un par de libros al año. Aramburu no toma partido por nadie. Se limita --¡como si esto fuera poco!-- a compartir con nosotros el dolor resultante de toda violencia. 

                              

viernes, 21 de octubre de 2011

Mis razones para desconfiar del anuncio de ETA


     ETA anunció ayer, 20 de octubre de 2011, a las 19:00 horas, el cese definitivo de la actividad armada a través de un comunicado oficial. Se trata de la gran noticia del año, de la década y de la historia reciente de España. Y lo hizo tras más de 40 años de asesinatos, secuestros, extorsiones y cobardes amenazas. Sin embargo, aunque no dejo de reconocer que es una noticia fantástica, creo que dejaré el champagne en la nevera algún tiempo antes de celebrarlo por todo lo alto. Porque veo razones para que este comunicado quede en agua de borrajas. Ojalá me equivoque. 

     Por todos es sabido que el estado de este grupo militar actualmente es caótico. Su situación no le permite por el momento seguir actuando, por lo que un descanso no le viene nada mal. Y el hecho de que Bildu esté en un momento de ascenso continuo en cuanto a número de seguidores y de posibles votantes de cara a las elecciones del 20-N ayuda a tomar una decisión como la de ayer. Está claro, dicha formación política se puede ver todavía más fortalecida, alcanzando unos grandes resultados en los próximos comicios. Es, sin duda, la gran beneficiada del comunicado de ayer.

     Todos sabemos, también, que la banda terrorista acostumbra a emitir comunicados de "alto el fuego" y de "tregua" cuando se acercan elecciones generales. Y como ambos términos ya carecen de significado dado que son un recurso demasiado utilizado en el pasado, han buscado dar el golpe con el "cese definitivo de la violencia", algo que, a buen seguro, saben que les dará mucho mejor resultado electoral a sus amigos de Bildu. Para completar el cuadro, la más que probable victoria el 20-N del PP (Partido con el que, históricamente, han mantenido peores relaciones tanto ETA como las distintas formaciones políticas colaboradoras) crea las condiciones necesarias para buscar nuevas estrategias y medios de presión hacia un nuevo gobierno central. 

     Más motivos para desconfiar. Cuando, en el comunicado, ETA expresa que "el reconocimiento de Euskal Herria y el respeto a la voluntad  popular deben prevalecer sobre la imposición. Ese es el deseo de la mayoría de la ciudadanía vasca", ¿se refiere a los votantes de Bildu y a la izquierda abertzale? Me temo que sí. ¿Y quién impone, el gobierno español? Me parece que también. De momento, la izquierda abertzale ya ha pedido abrir el proceso de independencia en Euskal Herria. Mal comienzo si es esta la primera condición para el diálogo.

     Y con ello seguimos, con el diálogo. En el comunicado, además, se hace un llamamiento a los gobiernos francés y español para "resolver las consecuencias del conflicto y superar la confrontación armada". Y digo yo, ¿desde cuando un gobierno ha de negociar con una banda de asesinos que, aunque hablen de dejar la violencia, no se disuelven ni entregan las armas? ¿Acaso se creen estar en igualdad de condiciones los terroristas que los gobernantes?

     Para colmo de nuestra indignación, ETA habla y homenajea a sus muertos y a sus presos de esta forma: "La crudeza de la lucha se ha llevado a muchas compañeras y compañeros para siempre. Otros están sufriendo la cárcel o el exilio. Para ellos y para ellas nuestro reconocimiento y más sentido homenaje". Asesinos de ETA: la cruda lucha a la que os referís la habéis creado vosotros. La cárcel y el exilio de vuestros compañeros es lo mínimo que os merecéis. ¿Y qué hay de las víctimas inocentes (900) cuyas vidas segásteis? ¿Para ellas no hay reconocimiento?

     En fin, que ETA sigue existiendo a todas luces (ni se ha disuelto ni ha entregado las armas) y que mucho me temo que cuando Bildu no consiga sus pretensiones políticas independentistas y la banda esté de nuevo en condiciones de volver a actuar volveremos a las andadas. Y repito, me encantaría equivocarme en esta cuestión. Sería fantástico que ETA fuera en serio y no hubiera ni una víctima inocente más. Sin embargo, como he explicado, creo que no se trata más que de una nueva estrategia electoralista.