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jueves, 26 de octubre de 2017

El ferrocarril subterráneo. Colson Whitehead. Random House. 2017. Reseña





     Se conoció como el ferrocarril subterráneo a una red clandestina organizada durante el siglo XIX en EE. UU. y Canadá para ayudar a escapar hacia los estados libres del norte y Canadá a la máxima cantidad posible de esclavos afroamericanos. Su nombre se debió al hecho de que sus miembros se referían a sus actividades utilizando un lenguaje metafórico, en clave, relacionado con el mundo ferroviario. Los esclavos eran los pasajeros, los que los escondían (en la mayoría de las ocasiones, en sus propias casas) eran los jefes de estación y a los que los ayudaban a escapar de las plantaciones (proporcionándoles instrucciones, mapas y acompañándolos en muchos casos durante parte de sus viajes) se les conocía como maquinistas o conductores.  

     Las rutas de escape recibían el nombre de carriles. La jefatura era la Estación Central. Y los estados del norte y Canadá, el destino. No hace falta decir que quienes ayudaban a los esclavos en cualquier paso del ferrocarril y eran pillados in fraganti eran asesinados o, como mínimo, muy maltratados por los ciudadanos de los estados esclavistas. Por tanto, la audacia y la valentía eran las características de todos sus miembros, que solo se conocían por pseudónimos para proteger su seguridad. Obviamente, todos pertenecían a los movimientos abolicionistas de sus estados respectivos. Así era como extendían sus actividades, siempre al margen de la ley. El ferrocarril subterráneo funcionó hasta 1865, cuando, finalizada la Guerra de Secesión (1861-1865), la esclavitud fue abolida de forma definitiva.

     Colson Whitehead, profesor de las universidades de Princeton y Columbia, nos presenta en esta novela una nueva visión sobre lo ocurrido en los EE. UU. mediado el siglo XIX. Y lo hace siendo riguroso con la realidad y completando su documentación con unas magníficas dotes de ficción. Incluso de realismo mágico en lo que se refiere al propio funcionamiento del ferrocarril subterráneo. Así, Whitehead estructura este particular ferrocarril en el que, en efecto, encontramos túneles verdaderos (de varios cientos de kilómetros de longitud de carriles y vías), máquinas ferroviarias de verdad y estaciones austeras pero decoradas. Todo para explicar, más metafóricamente si cabe que en la realidad, cómo eran trasladados los esclavos hacia estados norteños libres.

     Esas son principalmente la originalidad y la novedad de El ferrocarril subterráneo, la novela que consiguió el National Book Award en 2016 y el Pulitzer en este 2017. Algo (conquistar los dos Premios más importantes de la literatura norteamericana) que ha ocurrido en muy contadas ocasiones a lo largo de la historia. Su imaginación, casi ilimitada, nos ilumina y muestra de forma diferente uno de los períodos más oscuros de la historia. Su tinte épico, en ocasiones hasta onírico, pero a la vez nítidamente realista, nos habla de vidas truncadas, inalcanzables ilusiones de libertad, luchas inhumanas por la supervivencia, solidaridad hasta extremos impensables y también de una determinación férrea de cambiar el destino de los esclavos, individual y colectivamente. 

     La protagonista, Cora, es hija y nieta de esclavos. Vive en una plantación algodonera del estado de Georgia, en el sur de los EE. UU.. Un lugar infernal marcado por la crueldad de sus amos, los Randall, y la marginación por parte de los otros esclavos de la plantación. Porque Cora está sola. Su abuela, Ajarry, ha muerto y su madre, Mabel, huyó cuando Cora tenía solo nueve años, abandonándola a su suerte. Solo conoce su plantación. Nunca ha salido de ella. Por eso, cuando Caesar, esclavo llegado desde Virginia que le habla de la existencia del ferrocarril subterráneo y le propone escapar, sus temores consiguen que se oponga a ello en primera instancia. Solo tras un suceso especialmente grave accede a acompañarlo en su peligroso viaje. Un viaje sin retorno. Porque solo hay dos caminos: libertad o muerte.

     A lo largo de su huida en busca de la libertad Cora pasará mil vicisitudes en varios de los estados norteños: Carolina del sur, Carolina del norte, Tennessee, Indiana, etc. En todos ellos encontrará buena gente (los miembros del ferrocarril subterráneo), capaz de ayudarla en todo momento en la medida de sus posibilidades, pero también personas malvadas que buscarán acabar con ella. Sin embargo, la gran amenaza para Cora será Ridgeway, cazador de esclavos dispuesto a echarle el lazo. Además, con el agravante de que Ridgeway ya pasó años buscando a su madre, sin conseguir dar con ella. Todo parece indicar que Mabel ha alcanzado la libertad. Y Cora, pese a acusarla de haberla dejado sola y desamparada en un mundo tan hostil, siempre la buscará en cada lugar. Como Ridgeway las busca a ambas.

     Resulta llamativo, y en ocasiones sobrecogedor, comprobar cómo estaba la cuestión de la esclavitud y el abolicionismo en cada estado. En cada uno de ellos su estadio era diferente. Así, nunca sabía uno lo que se podía encontrar en cada lugar. Lo que hace de la vida de Cora un continuo vaivén en el que resulta imposible y muy agobiante mantener la calma en cada situación. También para el lector, que ansia y teme a la vez pasar página para seguir con la narración. La peculiar mezcla de historia, realidad y fantasía le da un toque diferente a un tema bastante tratado a lo largo de la historia de la literatura. Y, aún así, seguimos sin poder abarcar los terribles costes humanos que supuso la esclavitud en un mundo en el que pugnaban, como lo han hecho pocas veces en la historia, el bien y la sinrazón.

     Pese a que cuesta entrar en situación, la novela va arrancando destellos que propician que el lector vaya conectando con la historia de manera paulatina. Hasta que queda atrapado en ella y en cada uno de sus protagonistas, a los cuales llega a adorar o a odiar, y solo piensa en conocer el desenlace. Un desenlace que, por supuesto, no desvelaré aquí, pero que nos deja con el corazón en vilo hasta la última frase. Porque, quizás, conecte con el verdadero ferrocarril subterráneo. El que no tenía vías, locomotoras ni estaciones. El que salvó a miles de almas.                        


viernes, 1 de septiembre de 2017

El cielo es azul, la tierra blanca. Hiromi Kawakami. Alfaguara. 2017. Reseña





     Es japonesa, tiene 59 años, lleva escribiendo dos décadas y cuenta con varios prestigiosos premios literarios en su país natal. Entre ellos, el Tanizaki, precisamente por la obra que ahora reedita Alfaguara: El cielo es azul, la tierra blanca. Su prosa es elegante, sutil, delicada y detallada y siempre encuentra las palabras justas para noquear al lector y conmoverlo hasta el límite. Eso es, al menos, lo que me ha transmitido la lectura de esta obra. Una belleza literaria que nos presenta de forma descarnada y talentosa las marcas del alma, la indefinición y la duda en la que a menudo nos movemos las personas. Y también nuestros miedos, frustraciones, melancolía y demás cuestiones que nos atormentan.

     Todo ello, no obstante, ofreciéndonos una vía para la esperanza, la ilusión, la auto afirmación personal y la posibilidad, siempre presente, de volver a empezar. De superar todas las dificultades y seguir nuestro camino en este mundo. En definitiva, de vivir de la mejor manera posible. De disfrutar de los pequeños placeres, de los pequeños gestos cotidianos que podemos regalarnos --a nosotros mismos y a los demás--. Si lo referido anteriormente se adereza con abundante sake, cerveza, aperitivos y platos típicos japoneses --en el texto encontramos una completa guía culinaria del país nipón--, además de mercados, béisbol, bares y tabernas, aspecto este que recuerda al Murakami primigenio, encontramos una ambientación realista y cercana.

     En efecto, la taberna de Satoru y el bar Maeda --lugares en que Tsukiko se encuentra con el maestro Matsumoto y Takashi Kojima respectivamente-- son los protagonistas ambientales de la novela, en la que también disfrutamos de islas, montañas, parques y museos. A través de haikus, recetas de cocina, recogida de setas y otras excursiones, la relación entre Tsukiko y su antiguo maestro de japonés del instituto irá creciendo de manera lenta, progresiva y sólida. Enseñando que el amor no entiende de edades y que el sexo sin amor es algo imposible de sostener (sin negar, eso sí, el hondo placer que provoca dormir juntos y abrazados).  

     La relación de amor mutuo que se establecerá entre ellos estará fundamentada en la bondad y en el estricto sentido de la justicia del maestro. Así, Tsukiko, protagonista y narradora de la historia, nos dice que el maestro no era amable conmigo para hacerme feliz, sino porque analizaba mis opiniones sin tener ideas preconcebidas. Se podría decir que su bondad era más bien una actitud pedagógica. Por eso cuando me daba la razón me sentía mucho más feliz que si se hubiera limitado a decirme que sí para tenerme contenta. Aquello fue todo un descubrimiento. No me siento cómoda cuando me dan la razón sin tenerla. Prefiero mil veces que me traten con justicia.

     Pero hasta el momento de formalizar su relación, ambos pasan por incertidumbres, ilusiones amorosas, miedos, sensación de amor no correspondido, celos --respecto a la señora Ishino y Takashi Kojima--, desencuentros, reconciliaciones nada fáciles, encuentros esporádicos y casuales, impotencia, soledad, resignación y rebeldía. Tsukiko y el maestro se distancian durante tiempo en varias ocasiones. Sus debilidades les convierten en mortales, en reales, lo que los hace además entrañables. Así, cuesta despedirse del eterno maletín del maestro, de sus cavilaciones, de sus enseñanzas y de sus composiciones de haikus. Porque esta historia, sus personajes y sus lugares comunes nos acompañan aunque cerremos el libro una vez terminado.

     Tsukiko, que siempre había estado sola, bebía sola, se emborrachaba sola y se divertía sola, es feliz cuando está cerca del maestro. Y este, que aún llora el abandono y posterior muerte de su mujer, Sumiyo --Mi esposa no era una mujer de trato fácil, pero yo tampoco. Dicen que nunca falta un roto para un descosido. Es evidente que yo no era el roto ideal para su descosido--, se siente renacer junto a su antigua alumna. Y a ambos se les hace cada vez más complicado vivir sin la presencia del otro. De esta manera, aquel sofá duro e incómodo me parecía el lugar más agradable del mundo. Me sentía feliz a su lado. Eso era todo.

     A lo largo de la novela encontramos varias frases más para enmarcar. Como esta: Cuando tienes un gran amor, debes cuidarlo como si fuera una planta. Debes abonarlo y protegerlo de la nieve. Es muy importante tratarlo con esmero. Si el amor es pequeño, deja que se marchite hasta que muera. Y es que, en ocasiones, nos vemos obligados a matar al amor para poder seguir con nuestras vidas. ¿Por qué no conseguía sentirme a gusto conmigo misma si estaba acostumbrada a estar sola?, se pregunta Tsukiko en el peor momento de su relación con el maestro, cuando toma la decisión de terminar con ese sentimiento amoroso hacia él.

     En definitiva, y siempre teniendo en cuenta que el presente escrito es una mera opinión personal que no tiene por qué ser seguida a pies juntillas, creo que nos encontramos ante una escritora que hay que seguir con mucha atención a partir de ahora. Sobre todo, viendo cómo narra y cómo utiliza su prosa para golpearnos sin siquiera tocarnos. A mí, por lo menos, me ha ganado como lector. Porque El cielo es azul, la tierra blanca es una maravillosa historia de amor (como ya indica su subtítulo en esta reedición de Alfaguara) como hacía tiempo no leía. No, no es la típica historia romántica prefabricada de moda, sino una original, delicada, cuidada y exquisita historia de amor en el más amplio de los sentidos de la palabra. ¡Ahí es nada! 
       


viernes, 30 de junio de 2017

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2017





     Como cada mes de junio, justo antes de las vacaciones estivales--el mejor momento del año para leer según la mayor parte de la gente--, os dejo mi particular lista de las diez mejores lecturas de lo que va de año. Espero que os animéis a leer algunas de ellas y, si es así, las disfrutéis tanto como yo. Como siempre, podéis observar cómo hay todo tipo de libros: novedades, publicaciones más o menos actuales y alguna pieza clásica de la literatura nacional y universal. Ahí va la lista:


10. 84 Charing Cross Road. Helene Hanff. Anagrama. 2006 Una de esas obras clásicas que nos enseñan el amor por los libros. Unos personajes inmortales de los que cuesta despedirse y a los que a todos nos gustaría poder conocer algún día. Una maravillosa novela epistolar que dio pie a una igualmente maravillosa película. Y también una gran desdicha: la de dos personas que comparten el amor por la literatura sin poder llegar a conocerse jamás en persona.

9. Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017 La última novela de uno de los escritores actuales más originales, innovadores y arriesgados. Un feto nos cuenta la historia del asesinato de su padre por parte de su futura madre y su amante, su futuro tío paterno. Impotencia, rabia, culpabilidad y búsqueda de la salvación. Una especie de thriller psicológico que no dejará indiferente ni al más pintado de los lectores.

8. El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017 La historia que Javier Cercas nunca quiso contar pero sabía que algún día contaría. La búsqueda, personal, familiar e histórica, de un familiar directo del propio escritor que no se sabe bien si es héroe o villano, valiente o cobarde. Uno de esos textos que le ponen a uno un nudo en la garganta. Porque a veces no se sabe qué es mejor: conocer o no conocer.

7. Escucha la canción del viento / Pinball 1973. Haruki Murakami. Tusquets Editores. 2015 Las dos primeras novelas del genio japonés, por fin traducidas y publicadas en castellano. Los inicios de alguien que, pese a su juventud, ya prometía ser un grande. Los primeros signos de lo que en el futuro se conocería como el universo Murakami. Los secretos de un escritor todavía anónimo y, por ello, también genuino y directo. 

6. Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Ediciones DeBolsillo. 2000 Una de las tres distopías más conocidas del siglo XX. Una obra en la que la ciencia-ficción y el futuro se dan la mano y caminan una al lado del otro para enseñarnos, tantos años después, que el autor de esta obra fue un auténtico visionario. Esperemos no terminar como él vaticinó: aprendiendo de memoria un libro para rescatarlo de las llamas de una civilización que parece agotarse por momentos.

5. La buena letra. Rafael Chirbes. Anagrama. 2000 Otra obra eterna del inmortal escritor de Tavernes de la Valldigna. Una pluma clara, directa y sin artificios que nos enseña que el peor sufrimiento es aquel que no sirve para nada y que la buena letra no es más que el disfraz de las mentiras. Una historia durísima que se nos hace todavía más dura por lo bien escrita que está. Placer + angustia = exquisitez literaria. 

4. La tristeza del samurái. Víctor del Árbol. Editorial Alrevés. 2011 La novela que encumbró a un autor al que hoy ya todo el mundo conoce y disfruta. Varias épocas, varios ambientes, distintos personajes acaban confluyendo antes o después para mostrarnos, por ejemplo, que el pasado y el mal nunca desaparecen, y que los vicios y las malas actitudes hacia la vida en general y hacia la política en particular cuestan mucho de cambiar.

3. Crónica de una muerte anunciada. Gabriel García Márquez. Mondadori. 1987 Una novela absolutamente imprescindible. Tanto para la legión de seguidores de su autor como para los que no lo son. El alma humana queda milimétricamente dibujada y desmenuzada en esta corta pero impactante novela en la que nunca se pierde el interés por el desarrollo de la trama pese a conocer su fin desde la primera frase. Algo al alcance solo de un genio. 

2. Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017 Una de las grandes alegrías de los últimos meses. Si con su anterior novela, Farándula, Marta Sanz ya deslumbró, con esta nos ha dejado ciegos por completo. Sinceridad, integridad, honestidad, humor hasta la burla de sí misma, maestría a la hora de reflejar sentimientos íntimos y clarividencia para mostrarnos su mundo son los rasgos utilizados por la autora madrileña para bordar la (hasta el momento, y sin duda) novela del año.  

1. Los renglones torcidos de Dios. Torcuato Luna de Tena. Planeta. 1979 El personaje de Alice Gould pasó a formar parte de la historia de la literatura nacional por méritos propios. Y el autor que la creó, también. La obra es fruto de una mente ENORME y también de un proceso de documentación sobre la psiquiatría española de los años setenta que necesitó de 18 días de internamiento voluntario por parte de Luca de Tena. Una novela que te atrapa desde la primera hasta la última escena, te zarandea por los hombros, te lleva a trompicones por las distintas salas del hospital psquiátrico y te deja estupefacto con un final digno de una historia como la que cuenta. Una obra maestra que merece ser el número uno de mi lista de libros preferidos de este primer semestre del 2017.   
   


jueves, 11 de mayo de 2017

El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017. Reseña





     Que la literatura tiene un amplio componente catártico y purgativo queda de manifiesto en multitud de obras a lo largo de la historia. El monarca de las sombras, de Javier Cercas, vuelve a ponerlo de manifiesto. Pese a oponerse constantemente a escribir este libro, finalmente, quince años después de publicar su más famosa novela, Soldados de Salamina, el escritor extremeño-barcelonés retorna a la Guerra Civil para cerrar el círculo abierto con aquella. Y, además, hasta cambia de bando. Para rendir cuentas con su pasado familiar y poner de una vez por todas las cosas en su sitio. Para contar lo que durante buena parte de su vida lo había avergonzado. Para reconciliarse consigo mismo y con sus propios fantasmas. Para redimirse.

     El propósito inicial de Cercas era contar la verdadera historia de su tío abuelo materno Manuel Mena, alférez del Primer Tabor de Tiradores de Ifni, quien en 1936 decidió enrolarse en el ejército franquista para luchar contra los republicanos, falleciendo dos años más tarde en la toma de una cima en Bot, en plena batalla del Ebro. Héroe en el pueblo natal de la familia de Cercas, Ibahernando (Extremadura), donde incluso una calle lleva su nombre, murió con tan solo diecinueve años de edad, con toda la vida por delante. Convertido de inmediato en héroe por morir por España y por la patria, el tío de la madre de Cercas fue durante toda la vida del escritor un motivo más de vergüenza que de idolatría.

     Sin embargo, el libro que finalmente decidió escribir se convirtió al fin en una especie de crónica familiar. Porque, en torno a la historia central su tío abuelo, Javier Cercas reconstruye la historia completa de todos los componentes de su familia a lo largo de los últimos ochenta años. La idea de que no morimos sino que permanecemos dentro de quienes nos sobreviven, de la misma forma que nuestros ancestros permanecen también dentro de nosotros, lo llevó a ampliar la narración no solo a sus familiares sino a los recuerdos de los vecinos de Ibahernando que todavía permanecen vivos en la actualidad. Así, la novela, o crónica, sirve perfectamente como estudio sociológico, justificativo y explicativo de los preámbulos, desarrollo y consecuencias de la Guerra Civil en la Extremadura profunda.

     La lectura del texto resulta muy amena durante casi toda la obra, salvo cuando se entretiene --quizá en demasía-- en detalles como las maniobras militares y las tácticas de los respectivos contendientes, ralentizando la acción y provocando cierta monotonía. Algo que, evidentemente, no compartirá jamás cualquier entendido en las referidas materias, el cual probablemente habrá disfrutado más estas partes de la crónica que las demás. Como siempre, es imposible contentar a todos los lectores. Por eso, el escritor es el que debe de escribir la obra que quiere o considera más oportuna, sin detenerse a pensar excesivamente en demás detalles. Todos los componentes de la familia de Cercas son personajes de la historia, incluido el propio autor, quien habla de sí mismo también en tercera persona. Como buscando cierta distancia. Como no queriendo restar protagonismo a los demás personajes.

     Haciendo bueno aquello de que los escritores no pueden dejar de lado el hecho de ser personas con diversos bagajes culturales, en El monarca de las sombras encontramos referencias culturales de todo tipo. Así, aparecen en la narración el director de cine David Trueba --no creo que sea descabellado afirmar, a tenor de lo leído, que esta novela no existiría de no haber existido la amistad entre el director (que en su día ya adaptó al cine Soldados de Salamina) y el escritor--; el periodista Ernest Folch; muchas referencias a Aquiles y Ulises, a La Ilíada y La Odisea --no deseo hacer spoiler, pero sí avisar al lector de que el título del libro proviene de estos personajes y de estas obras--; el escritor serbio Danilo Kis (autor de Es glorioso morir por la patria); la obra El desierto de los tártaros, del escritor italiano Dino Buzzati; o la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt.

     El monarca de las sombras no busca juzgar a nadie, sino exponer los hechos tal y como sucedieron. O tal y como se cree que sucedieron. Porque los testimonios orales y las fuentes documentales no siempre son cien por cien fiables. Y ejemplos de ello tenemos también en la crónica que nos ocupa. Pese a que el propio Cercas afirma que su tío abuelo peleó por una causa injusta y murió en el lado equivocado, lo cual le instó durante años a no investigar al héroe oficial de su familia --y de su pueblo natal--, finalmente se vio obligado a hacerlo por una serie de acontecimientos que no deben desvelarse en una reseña, decidiendo hacerse cargo del pasado, por incómodo que este le resultase. El resultado es un texto de exploración, personal y colectiva, local y universal, que nos hace plantearnos diversas cuestiones de gran hondura.

     Pensé que hay mil formas de contar una historia, pero solo una buena, y vi o creí ver, con una claridad de mediodía sin sombra de nubes, cuál era la forma de contar la historia de Manuel Mena... Debía desdoblarme: debía contar por un lado una historia, la historia de Manuel Mena, y contarla igual que la contaría un historiador, con el desapego y la distancia y el escrúpulo de veracidad de un historiador, atendiéndome a los hechos estrictos y desdeñando la leyenda y el fantaseo y la libertad del literato, como si yo no fuese quien soy sino otra persona; y, por otro lado, debía contar no una historia sino la historia de una historia, es decir, la historia de cómo y por qué llegué a contar la historia de Manuel Mena a pesar de que no quería contarla ni asumirla ni airearla, a pesar de que durante toda mi vida creí haberme hecho escritor precisamente para no escribir la historia de Manuel Mena.

     El extracto del párrafo anterior constituye la justificación de la novela. Una justificación que habla de la integridad, la dignidad y la honestidad de su autor. Porque para una persona de izquierdas, como el propio Cercas se define, no debe de ser algo nada cómodo asumir que el héroe familiar era falangista y franquista. Y vencer las reticencias hasta el extremo de escribir sobre su historia es digno de elogio. Soldados de Salamina fue, según el propio autor, una manera de reconciliarse con sus ideales, dejando de lado el pavoroso pasado familiar. Sin duda, con El monarca de las sombras cierra el círculo abierto hace quince años. Y lo hace, valga la redundancia, de forma redonda. Demostrando que juzgar muchos años después los hechos y las acciones del pasado es demasiado fácil. Pero que en ocasiones uno se equivoca o es engañado, creando el mal cuando quería hacer el bien. Porque de humano es errar. Y quien esté libre de pecado...         

              

viernes, 28 de abril de 2017

Clavícula. Marta Sanz. Anagrama. 2017. Reseña





     Sorprendente. Gratamente sorprendente. Así calificaría la experiencia que me ha supuesto leer la nueva obra de la madrileña Marta Sanz. La primera sorpresa viene de la mano de la propia portada de la novela (si es que se la puede calificar de tal manera, pues también es susceptible de ser calificada como diario, crónica o autobiografía). En efecto, a primera vista, lo primero que extraña es el color de la portada, que abandona el característico amarillo de la colección Narrativas hispánicas de Anagrama --José Manuel Lara se refirió en ocasiones a esta editorial como "la peste amarilla" debido precisamente al color de sus portadas-- para mostrársenos de un blanco impoluto (¿quizás una declaración de intenciones ante un texto que no esconde absolutamente nada de la vida de su autora?). 

     La segunda sorpresa viene de la mano de esa especie de clave de sol orientada hacia abajo que aparece en el centro de la misma. La clavícula, como nos informa Sanz en el texto, tiene forma de ese. Quizás el símbolo sea, pues, una referencia a la palabra y al hueso que son objeto de su atención en el libro. Incluso, yendo más allá --y puede que desvariando también un poco, aunque ahora mismo, tras esta lectura, me siento lo suficientemente valiente como para tratar de averiguar el significado del referido símbolo--, el final del trazo, con esa especie de flecha descendente, recuerde al tradicional símbolo femenino usado desde el Renacimiento (que, eso sí, acaba en cruz y no en flecha). Conociendo un poco a la autora, y tras la lectura de Clavícula, no sería de extrañar que formara parte de la defensa de la condición femenina. Tema, por otra parte, característico en anteriores obras suyas.

     Divagaciones al margen, Clavícula (o Mi clavícula y otros inmensos desajustes) supone una queja, un pataleo en contra de la globalización, el capitalismo salvaje, los recortes, la crisis y, desde el punto de vista meramente femenino, esa corriente que se empeña en convertir en patologías una espantosa serie de enfermedades mayoritariamente femeninas como la fibromialgia, el lupus y otras. Por no hablar de la menopausia (la apocalipsis de las pequeñas hormonas), la cual, entre sofoco y sofoco, provoca vulnerabilidad, inapetencia sexual y depresión, pero también unas ansias irremediables (y en ocasiones incluso perversas, sobre todo cuando la mujer sabe que su pareja está siempre ahí, a su lado) de recibir constantes muestras de amor. De atención desmedida.

     Clavícula es una sucesión de hechos ("lo que me ha pasado") y de pensamientos ("lo que no me ha pasado") que componen una crónica tanto interior y personal como sociológica. Una especie de catarsis y purga a través de la escritura. Porque, como ya hiciera en La lección de anatomía, Marta Sanz se desnuda ante sus lectores para hablarnos de sus interioridades, frustraciones, miedos y debilidades. A buen seguro, no faltará quien la acuse de exhibicionismo e impudor por el hecho de diseccionar de tal manera materias que siguen siendo, en pleno siglo XXI, tabú en nuestra sociedad. También por exponer a quienes amo a la vista de todos. Incluso puede que la tachen de maniática e hipocondríaca (por afirmar que tiene el botiquín lleno de pastillas y que siempre viaja con él en la maleta). No obstante, me parece que en esta novela realiza un espectacular ejercicio de humildad y honestidad. Personal y literaria.

     En relación a lo anterior, me gustaría destacar un fragmento de la novela que dice lo siguiente: "Cuando escribo --cuando escribimos-- no podemos olvidarnos de cuáles son nuestras condiciones materiales. Por eso pienso que todos los textos son autobiográficos y a veces la máscara, las telas sinuosas y las transparencias que cubren el cuerpo son menos púdicas que una declaración en carne viva... Escribo de lo que me duele. Hoy veo con toda claridad que la escritura quiere poner nombre e imponer un protocolo al caos. Al caos de la naturaleza, a la desorganización de esas células dementes que se resisten a morir, y al caos que habita en el orden de ciertas estructuras sociales".  

     Porque lo que la autora desea es saber de dónde le viene el dolor --sí, Clavícula es, además, una novela que habla sobre el dolor de tal manera que llega a radiografiarlo--, a qué se debe, cómo puede terminar con él y, sobre todo, por qué demonios ninguno de los médicos consigue localizarlo. Porque se le han realizado toda clase de pruebas y no hay un solo diagnóstico fiable. Algo desalentador. Sin duda, aterrador. Y es que en las doscientas páginas de Clavícula Marta Sanz nos habla de la poca atención que prestamos a las señales de nuestro propio cuerpo, de la vulnerabilidad de hacerse mayores y de la fragilidad resultante de comprobar que nuestros padres se han convertido en ancianos. Pero también del dolor resultante de las relaciones entre padres e hijos, de la vigilancia de la que somos objeto cuando entramos en internet y de la impotencia que sentimos al errar nuestras respuestas ante preguntas importantes que nos conciernen.

     La depresión, la crisis y lo psicosomático también son tratados a lo largo de la novela. A menudo, desde un punto de vista corrosivo, ácido, humorístico. Así, sobre la incomprensión de que son objeto las mujeres víctimas de enfermedades raras, ironiza lo siguiente: Las enfermedades imaginarias nos postran de una manera ensimismada que destruye a los otros. Con desconsideración. Nos olvidamos del mundo y sus urgencias... Estamos exhaustas. Qué hijas de puta somos las enfermas imaginarias. 

     Clavícula es una novela intensa, singular, diferente, original, sorprendente, talentosa, clarividente, lúcida, valiente, arriesgada, honesta, social, moral, políticamente incorrecta y que sabe dirigir la atención del lector exactamente hacia donde apunta la flecha. Digna, sin un ápice de duda, de quien afirma que me gustan los libros que abren estigmas en las palmas de las manos, los que aprietan la garganta y nos cortan la respiración. Todo ello, a pesar de que no tolero mostrar debilidades en público porque el público es siempre un enemigo. ¡Pues vaya manera de demostrarlo!