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viernes, 4 de septiembre de 2026

Matamonstruos. Jon Bilbao. Impedimenta. 2024. Reseña

 




    Justo antes de ver la luz la más reciente publicación de Jon Bilbao, Esta es tu casa, el autor asturiano concluyó en 2024 la trilogía sobre John Dunbar con Matamonstruos. Tras Basilisco (2020), Araña (2023) y la novela corta Los extraños (2021), todas ellas ya reseñadas en este blog, el ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa dio por finalizada la famosa saga con una novela épica y redonda, confrontando de nuevo realidad y ficción. Una realidad, la del Jon Bilbao escritor, que comparte lugares y situaciones con un Jon Bilbao ficticio que se convierte en un personaje más de sus novelas, al igual que ocurre con John Dunbar, el Basilisco, y el resto de personajes ficticios que desfilan por las páginas de esta maravillosa saga de novelas que mezclan de forma magistral historias de nuestro tiempo y geografía -Ribadesella, San Francisco, Virginia- e historias del Lejano Oeste -que componen una serie de westerns que poco tienen que envidiar al mismísimo John Ford-. Un conjunto de historias independientes, inconexas que, sin embargo, convergen de alguna manera según son desarrolladas.

    El esquema de la novela responde al mismo patrón que las anteriores de la trilogía. Se entrelazan capítulos, algunos más breves, otros más extensos, correspondientes a las historias narradas sobre el Jon escritor, el Jon personaje y el Basilisco y el resto de protagonistas de la historia central, que es el western que nos cuenta la historia de John Dunbar, un famoso pistolero que a su vez también ha sido convertido en personaje de una larga serie de libros escritos por James Bramble. En Matamonstruos John Dunbar trata de dejar atrás un pasado errante y repleto de episodios brutales y, tras un breve y convulso paso por Virginia City, se asienta en el inhóspito Valle de las Rocas, en pleno territorio navajo, junto a su esposa, Lucrecia Grouard, y su hija, Felicidad. Ha conseguido formar una familia, algo que jamás pensó que lograría, y está dispuesto a todo con tal de preservarla. Regenta una especie de almacén de víveres y utensilios a través del cual comercia con los navajos de la zona. La familia vive tranquila y en paz con sus vecinos.

    La economía familiar se sostiene, además, gracias a los negocios que Lucrecia tiene en San Francisco. Unos negocios heredados de su familia y cuyo mantenimiento hace necesario que Lucrecia viaje hasta la ciudad californiana varias veces al año. Quien se ocupa de sus negocios allí es el banquero Ambrose Katcher, quien desconoce la identidad del marido de su clienta. Una clienta por la que siente fijación. Casado y con hijos, el banquero intenta seducirla en cada uno de sus viajes mientras ella se deja querer y hasta contesta las cartas que él le envía a su apartada casa. Jon duda del amor de su esposa. Algo para lo que su vida anterior como pistolero no le había preparado. Lucrecia lo quiere, pero también ansía una vida un poco más social. Recela de los indios y busca un colegio en San Francisco para Felicidad. Mientras, John debe hacer frente a la persecución de nuevos enemigos que planean matarlo y hacerse con su negocio y su familia. Unos enemigos, unos monstruos que parecen no ser de este mundo y que no solo amenazan su vida sino también su salud mental.

    En paralelo a la historia de Dunbar transcurren las del Jon escritor y las del Jon personaje. Como curiosidad, la novela comienza y termina con sendas escenas transcurridas en dos salas de proyección: la del cine Divino Argüelles de Ribadesella, allá por 1980, donde el Jon escritor se traumatizó al ver el tráiler de la película Tarántula, de donde vienen algunos de sus personajes, a sus tiernos siete u ocho años de edad, y la de la sala de variedades de la calle Divisadero de San Francisco, en la que un John Dunbar de ochenta años se prepara para asistir a su primera proyección cinematográfica junto a su esposa e hija, hacia finales de siglo XIX. Un ejemplo que explica de forma clara la manera de hilar las historias que utiliza Jon Bilbao en sus novelas. Un Jon Bilbao para quien la ficción es vista como una auténtica fortaleza. Un Jon Bilbao que viaja y cuenta sus viajes en sus novelas. No solo los fundamentados en la investigación de cara a sus obras literarias, sino también los que realiza por placer junto a su madre y sus hijos.        

    Jon vuelve a su pueblo natal, divorciados sus padres, y se propone rehabilitar la vieja casa familiar en lo alto de la colina, frente a la ciudad de Ribadesella. Lo acompañan su padre y sus hijos. Una tarde, cuando se proponen botar la vieja lancha arreglada por padre e hijo, la familia recibe la inesperada visita de Virginia, una persona de su pasado que a punto estuvo de arruinarle la vida y que de nuevo trata de conseguirlo. Así, tanto Jon como John deben hacer frente a grandes dificultades. Cada uno en su lugar y época. Hasta que sus vidas se aproximan tanto que por momentos casi se confunden. Y es que el juego de espejos desplegado por Jon Bilbao es magistral a lo largo de todas las novelas de la saga. Evidentemente, los problemas de uno y otro no son los mismos, puesto que se trata de distintas épocas y lugares, pero lo que cuenta al final es cómo deciden hacer frente a sus diferentes problemáticas, traumas y miedos. Porque también John Dunbar, el mismísimo Basilisco, los tiene. Y debe resolverlos como sea. 

    La novela discurre entre los viajes de Jon -a Virginia, para documentarse, lo cual lo lleva a su vez al área 51; y a la isla de Samos, junto a su madre y su hija, descubriendo el famoso túnel de Eupalino-; los extraños correos electrónicos recibidos de Markel, el extraño y misterioso acompañante de Virginia en el pasado; el regreso a Ribadesella para rehabilitar la casa familiar, la propuesta de compra de la misma por parte de Virginia y su esposo, Percy Blake, y el inmediato rechazo de la oferta por Jon y su padre; la breve y tormentosa estancia de John y Lucrecia en Virginia; el negocio en el Valle de las Rocas y el de Lucrecia en San Francisco; la vida familiar junto a los navajos; la relación de Lucrecia y Ambrose Katcher en San Francisco; las revueltas en San Francisco y los incendios en Chinatown; la lucha de Dunbar contra todos los monstruos habidos y por haber; y el traslado de la familia Dunbar a San Francisco tras ceder su negocio en el Valle de las Rocas a Pipa Colorada, una de las navajos.

    En resumen: Matamonstruos es un cierre portentoso y épico de una saga que ya forma parte de la Historia de la literatura española. Una saga cuyos principales protagonistas también deben ser reconocidos y exaltados por los lectores. Especialmente un John Dunbar que nos recuerda a los mejores westerns, con sus fortalezas y debilidades, pero también con sus impulsos, deseos, miedos y capacidad de tomar decisiones. Un hombre de gatillo fácil y pocos escrúpulos que decide cambiar de vida gracias al amor de Lucrecia. Un amor que deberá defender y rescatar con todas sus fuerzas. Venciendo no solo las dificultades que se le presentan, sino, primero que nada, matando al Basilisco que lo domina a él mismo desde dentro hacia afuera. Así pues, Basilisco, Araña, Matamonstruos y la novela corta Los extraños crean un universo único e irrepetible que debería ser conocido, apreciado y disfrutado por todo tipo de lectores. 

   

sábado, 30 de noviembre de 2024

Araña. Jon Bilbao. Impedimenta. 2023. Reseña

 




    El pasado año Jon Bilbao continuó contándonos parte de su vida y de la de su personaje más conocido, John Dunbar, ese pistolero del Salvaje Oeste americano conocido como el Basilisco, que ya protagonizó su anterior novela, titulada precisamente Basilisco. Lo hizo con Araña, novela que sigue el camino de la predecesora por cuanto nos narra pasajes más o menos autobiográficos del propio autor, que en la novela se llama también Jon, mezclados con los del otro John, el Basilisco. Una mezcla de historias, géneros literarios, realidad y ficción que nos sitúa en una suerte de meta literatura de la que el lector no desea salir. Ni aunque lo cosan a balazos. Ni aunque se les aparezca un personaje aterrador que amenace su salud mental. Porque eso son la Araña o el Basilisco, las bestias que todos llevamos dentro y que de vez en cuando pueden llegar a salir y a apropiarse no solo de nuestra personalidad sino hasta de nuestra propia persona, convirtiéndonos en un ser aborrecible, temible, inhumano.

    El Jon literario de Ribadesella -que a buen seguro comparte con el Jon escritor algunos aspectos personales que solo él conoce y que no interesan (o no deberían interesar) en absoluto al lector- aparece en los primeros relatos de la novela como un niño con una imaginación desbordante que anticipa a ese Jon adulto que escribe historias -como la de John Dunbar, por ejemplo- quizás para huir de un presente que no lo satisface. Para ello, idea un pasado que sitúa en el Lejano Oeste americano y unos personajes que parecen estar sacados de las mejores películas del maravilloso John Ford -otro John, por cierto-. Algo que solo resulta posible viajando a los escenarios que poblarán sus páginas. Así, en uno de los relatos, el personaje Jon viaja, junto a sus hijos y su nueva pareja, al desierto de Nevada para ambientar sus próximos escritos. Y allí vive una aventura que, aunque quizás no hubiera deseado vivir, le servirá para ambientar con mayor verosimilitud si cabe sus próximas novelas.

    El ambiente hostil del desierto de Nevada habitado por Dunbar recuerda sin duda a ese otro ambiente que el propio Jon escritor ha vivido in situ: el de las minas asturianas y sus alrededores. Así, en otro de los relatos, protagonizado por el Jon niño, su padre está a punto de ser arrollado por una riada. Hecho que sirve para ejemplificar las desbordantes fuerzas de la naturaleza, ante las que el humano es incapaz de responder. Algo que, por desgracia, también sabemos de primera mano los valencianos del sur de la capital. Y ese es uno de los fuertes de la literatura de Bilbao: el ambiente, el escenario, el medio no solo forma parte de la acción de sus escritos, sino que determina muy a menudo las formas de actuar de los distintos personajes. Unos personajes cuyos enemigos no son solo los otros personajes, sino también ese medio incontrolado e incontrolable que puede acabar con todos ellos de un solo plumazo. Y, desde luego, nada puede ambientar mejor una historia que unos lugares hostiles y amenazantes.

    Pasado y presente. Realidad y ficción. Las historias narradas por el Jon escritor están protagonizadas por el Jon niño, el Jon adulto y John Dunbar, ya convertido en el Basilisco, en épocas y lugares muy  diferentes. Y, sin embargo, merced a la extraordinaria maestría del Jon escritor, se mezclan de tal manera que a menudo el lector duda a la hora de dilucidar lo que fue primero: la Asturias del siglo XX o XXI o el desierto de Nevada del siglo XIX. El Jon asturiano o el Basilisco. Es decir, el huevo o la gallina. No, no es una exageración. Porque ocurre que en no pocas ocasiones los personajes beben los unos de los otros, pese a pertenecer a épocas y lugares tan diferentes. Y viven vidas tan paralelas en algunos aspectos que parecen ser solo uno. ¿Estamos quizás ante un viejo Jon de casi doscientos años de existencia? Sea como sea, esa mezcla, junto a la de los géneros literarios -biografía, western, drama, crónica, aventuras- crea una nueva ficción original, fresca y muy llamativa. 

    Esa especie de meta literatura se completa con el hecho de que los textos aparecen salpicados de referencias literarias. Así, John Dunbar no viaja nunca sin su viejo, manoseado y casi destruido ejemplar de la Ilíada de Homero. Y Lucrecia -ahora hablaremos de ella- hace lo propio con el Salambó de Gustave Flaubert. Y ambos hablan de literatura. Y citan de memoria a Dickens o a Thackeray. Por no hablar de que el propio Basilisco protagoniza una serie de novelas escritas por otro de los personajes de la novela, James Bramble. Un escritor que narra en sus libros -más de cincuenta- las andanzas de John Dunbar. Algunas, las menos, más verídicas. La mayoría, fruto más de su imaginación -y de quienes le han contado algunos de los pasajes de las mismas- que de la realidad. El propio Dunbar parece querer vomitar al escuchar de boca de su autor algunos fragmentos de sus libros. Ese no soy yo, eso no es verdad, eso no sucedió así, le dice mientras escupe.

    La parte central de la novela narra el viaje guiado por John Dunbar en busca de lo que el líder de la caravana de peregrinos que le paga, Martin Grouard, denomina el Paraíso. Un lugar en el que solo pueden vivir los iluminados. Unos iluminados que son hombres en su totalidad. Y, sin embargo, los acompaña la hermana de Grouard, Lucrecia. Una mujer que deberá abandonar al grupo en cuanto este pise el Paraíso. El líder guía a Dunbar a partir de visiones o imágenes luminosas que ve en sueños. Este, gran conocedor del terreno, debe interpretarlas y llevar al grupo hasta ese lugar. Una especie de Tierra Prometida solo para hombres. El viaje, que es largo y tortuoso, sirve para ver el lado más humano del Basilisco, que encuentra en Lucrecia una especie de alma gemela femenina: arisca, poco habladora, lectora, salvaje y en busca de lo que la vida hasta entonces le ha ocultado: una especie de ocasión para redimirse. Para encontrar una felicidad que parece estarles negada. 

    En los últimos relatos de la novela toman cuerpo de forma definitiva los paralelismos entre las vidas de Jon y John. Nos presentan, de forma cinematográfica, los nacimientos del Basilisco y la Araña. Y nos muestran los desconocidos orígenes del pistolero. Unos orígenes que, al ser conocidos por el Basilisco, hacen que se tambalee el mundo tal y como lo conocía. Hasta el punto de que solo la presencia de Lucrecia, con quien la relación ha ido dando pequeños pasos hacia un posible futuro común -que probablemente se plasme en Matamonstruos, la novela que cierra la saga, publicada hace escasos meses-, lo ayuda a mantenerse firme. Todo ello, narrado en un final trepidante que deja al lector con las ganas de abrir la novela definitiva sobre un John Dunbar que puede que en ella halle al fin algo de felicidad en la vida. O no. Quién sabe. Con Jon Bilbao nunca se puede saber nada. Especialmente cuando sus páginas están habitadas por personajes como la Araña.

    Como siempre, como me ocurrió con Los extraños -2021- y con Basilisco -2020-, ha sido todo un placer leer algo tan original, fresco y bien escrito como Araña. Próxima y última parada de la saga sobre John Dunbar: Matamonstruos. Promete emociones y acción. Esperemos que la corriente no se nos lleve a todos por delante. O sí. Como el día anterior al que se describe en este pasaje: miraron juntos el agua, de color marrón verdoso pero que ya había recuperado el nivel habitual. El padre le dijo que el día anterior el río era muy distinto, una pasta espesa que no hacía olas. ¿Y sabes qué no se me va de la cabeza? El sonido. Un ronquido profundo. Como un ruido de molienda. Las piedras. Piedras enormes, que esa pasta arrastraba por el fondo. Pues eso: esperemos que, por el bien de todos, a quien se lleve la corriente por delante sea a la Araña.

  

lunes, 22 de mayo de 2023

Basilisco. Jon Bilbao. Impedimenta. 2020. Reseña

 





    Un año antes de lograr un gran éxito con Los extraños -libro reseñado en este mismo blog hace apenas seis meses- el autor asturiano afincado en Bilbao ya había presentado en Basilisco a sus personajes centrales, Jon y Katharina. Basilisco, que ganó el Premio de las Librerías Navarras y el Euskadi de Plata en categoría castellano en 2021, nos narra una serie de relatos en los que además de iniciar la historia de Jon y Katharina, se nos presentan personajes que nada tienen que ver con ellos: John Dunbar, apodado Basilisco, un trampero, veterano de la Guerra de Secesión y pistolero ocasional que murió un siglo atrás; la Araña, un personaje siniestro, casi inhumano, que lidera una banda de auténticos asesinos sin escrúpulos -y que será protagonista de la nueva obra de Jon Bilbao (Araña, 2023)-; o los miembros de una expedición paleontológica que no acaba del todo bien una tarea que en principio pretendía ser divulgativa.  

    Basilisco consta de ocho relatos autoconclusivos pero también interconectados que abarcan el presente de las vidas de Jon y Katharina y los sucesos acaecidos un siglo atrás en el Lejano Oeste en torno a las figuras de Basilisco y Araña. Una mezcla original y sugerente que alterna la actualidad, que bebe de la novela costumbrista contemporánea, y el western, al más puro estilo clásico (y no tan clásico: leer la reseña de Malaventura, de Fernando Navarro, también publicada por Impedimenta y reseñada en este blog a principios del presente año). Casualmente, en ambos contextos, la vida parece desmoronarse por momentos. Con una prosa perturbadora y de gran potencia visual y descriptiva, Jon Bilbao pone en jaque nuestra realidad combinando a la perfección lo clásico, la cultura popular y las responsabilidades y frustraciones propias de la edad mediana de un personaje que vive insatisfecho como ingeniero porque en realidad quiere ganarse la vida como escritor. Vayamos por partes.       

    John Dunbar tiene una vida singular. Aparece, de repente, tras muchos años desaparecido de la vida familiar, en casa de su hermano Matt, en Virginia City, en plena fiebre del oro. Su madre acaba de fallecer y ha sido enterrada con un anillo que puede sacar de la miseria a la familia. John, instigado por la esposa de su hermano, Mary Ellen, obliga a Matt, a quien considera un irresponsable por haber contraído semejantes deudas, a desenterrar el cadáver de su madre para extraerle el anillo. El objetivo es pagar las deudas acumuladas con el turbio prestamista LePage y que la familia de su hermano pueda seguir viviendo en la ciudad. Asegurado esto, John se va por donde vino y desaparece de nuevo, esta vez para siempre. Desde entonces, y hasta en la actualidad, en esa casa de Virginia City, quienes dirigen los negocios y la economía familiar son las mujeres. Pero, ¿adónde fue a parar John Dunbar tras este suceso?

    Estuvo viviendo solo en la cueva de Waterpocket Fold, en Utah, antes de deambular por las regiones circundantes. Hasta que el capitán Drummond lo contrata para guiar a una expedición hasta la misma cueva para tratar de encontrar a una criatura con cuerpo de pez, aletas poderosas y una cabeza con largas fauces dentadas, similar a la de un caimán. La criatura tenía las dimensiones de una ballena. El dibujante Patrick Clement cuenta en su diario las vicisitudes atravesadas por los miembros de la expedición, que habrá de enfrentarse a un grupo de fanáticos mormones que han ocupado la cueva y sus alrededores. La aventura no acabará nada bien. Sin embargo, lo peor está por llegar. El grupo de asesinos comandados por la Araña los persigue durante kilómetros y días. Y sus intenciones no son en absoluto amigables. Mientras la expedición se dirige hacia Colorado la Araña hará frente al teniente Agassiz y al sargento Kittredge, quienes a su vez la persiguen por sus crímenes. 

    Cuando, al fin, la Araña y Dunbar están cara a cara, esta le dice que yo limpio la frontera. Soy el alcohol y la sal, el hilo que sutura y la venda que protege. Veo tu confusión. Qué curo, qué elimino, te estás preguntando. A los que son como tú, que venís con el deseo de convertiros en otros, como si en algún rincón oscuro y estéril de las tripas llevarais la semilla de alguien mejor, y pensarais que solo en estas tierras puede germinar. Todos vosotros sois árboles crecidos y enfermos que hay que talar, reducir a astillas, quemar, y luego esparcir la ceniza... Cómo me he equivocado. Qué mal me he conducido. Creía que estaba limpiando el oeste y he acabado siendo parte de lo que lo emponzoña: líder de una banda criminal violenta, sin origen, pauta, honor ni moral. Un antagonista ideal. Tú, John Dunbar, que ardes en tu rabia sin nunca consumirte, eres el Basilisco. Y el trampero entiende entonces el porqué de su vida en soledad. La pasada y la futura. Porque en soledad debe vivir lo que le quede de vida.

    Y, ¿qué hay de Jon, el protagonista del presente de la narración de los textos? Pues recuerda que durante su estancia en San Francisco miré a Katharina y supe que estaba enamorado. Hasta entonces había creído estarlo, pero de pronto me di cuenta de que mis sentimientos, pese a ser sinceros, no habían sido más que prolegómenos del amor verdadero. Supe que quería estar con aquella chica para siempre. Unos años después, viviendo juntos en Bilbao, reciben la visita del ex de Katharina, que va a exponer sus fotografías cósmicas en la ciudad. Jon decide no acompañarlos en la comida acordada sino salir con su hijo a volar su avión de juguete y hacer una visita a Octavio, su viejo profesor de literatura en el instituto. Duda sobre si Katharina estará cuando ellos regresen a casa. Aunque no la ve capaz de dejarlo de esa manera, el matrimonio no atraviesa su mejor momento. En otro relato, asiste a la descomposición final del matrimonio de sus padres. Su madre su muda a otra casa del pueblo, y recrimina a Jon no haber estado ahí cuando ella y su padre lo necesitaban. Tú solo te acuerdas de nosotros cuando necesitas una pequeña ayuda económica, ¿verdad? No, no vuelvas a decirme lo de los críos. Mucha gente tiene dos hijos y trabaja y, de vez en cuando, tiene un detalle con sus padres.

    Hacia el final del libro, en el último de los relatos, es su matrimonio el que parece zozobrar tras una fuerte discusión con su esposa. Se va de Bilbao y se instala en la casa familiar de Ribadesella. Solo. Sin Katharina y sus hijos. Apenas los llama por teléfono. Y su hijo lo llama para recriminárselo y decirle que lo echa de menos. He vuelto porque, cuando vivía aquí, Katharina y los niños aún no existían. Así que es otra forma de borrarlos. Desde luego, su todavía esposa es mucha más madura que él. Algo que queda más patente si cabe a raíz de este pensamiento: no estoy preparado para afrontar las decisiones y labores que esta casa exige, pese a lo que me gusta y significa para mí. Empiezo a aceptar que acabaré vendiéndola. Y, como John Dunbar, se aísla de todo el mundo. Y comienza a cavar la cueva que hay en su propiedad. E imagina que la cueva no es un desaguadero del monte, sino el nido de una araña gigante que se enterró en vida para invernar durante años. 

    Pero, ¿qué tienen en común John Dunbar, el protagonista y narrador Jon y el escritor Jon Bilbao? Pues su amor por los libros. El protagonista del Lejano Oeste John Dunbar siempre lleva un libro consigo. Donde quiera que vaya. Aunque ya lo haya leído varias veces. El protagonista del presente, Jon -a quien no cuesta en absoluto reconocer como un Jon Bilbao ficticio pero muy semejante al real-, lee e, infeliz como ingeniero, ansía vivir por y para la literatura. Y Jon Bilbao, el escritor que fue ingeniero, sí que ha conseguido vivir de ello. Así, el escritor elabora una serie de relatos en los que, a buen seguro, narra pasajes de su propia vida y, a la vez, hace ficción en torno a sus propias fantasías, personales y literarias -como hace también en el relato La playa del naufragio, cuyo irresponsable protagonista también es un escritor de no demasiado éxito de ventas-. Explicado así puede resultar algo incomprensible, ya lo sé. Pero, una vez leídos los textos que componen sus libros, finalmente todas las piezas del puzzle encajan a la perfección. Pasado y presente, ficción y realidad, forman un conglomerado de relatos que tienen vida propia por sí mismos. Y que, además, establecen una conexión con los otros para pintarnos un cuadro que cuesta no examinar, reflexionar sobre él y disfrutarlo. Sobre todo, disfrutarlo.  

                            


martes, 11 de diciembre de 2012

El niño que miraba el mar. Aute. 2012. Análisis


     El propio genio filipino se pregunta en una de las canciones de su nuevo disco qué poder tienen las musas en la composición de una obra artística. Eso mismo nos lo hemos preguntado todos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Yo sí, vamos. Pues bien, en este caso concreto, todo comenzó en el malecón de Manila en 1945. En plena guerra del Pacífico el general McArthur ordenó bombardear la capital filipina, por aquel entonces bajo poder japonés. La ciudad quedó arrasada, incluida la casa familiar de Luis Eduardo Aute. Una de las primeras veces que salieron del hospital en el que su familia y él se escondieron pensando que no sería bombardeado - se equivocaron, claro, ya que los rivales eran los EE.UU. - su padre le hizo una foto, hoy convertida en portada de un disco - mirando hacia el mar.
 
     El caso es que 65 años después de aquello el niño, ya crecidito, fue fotografiado en el malecón de La Habana por su hija Laura. "Entre las dos imágenes, la que tomó mi hija en La Habana y la que me hizo mi padre en Manila, vi claramente que había una historia", señala el propio músico, poeta, pintor, dibujante, etc. Parecía un círculo cerrado perfectamente por la vida. Del pensamiento sobre ello nacieron un cuento ilustrado publicado por Demipage, una película de animación (titulada "El niño y el basilisco") y el presente disco.
 
     El CD, de 12 canciones, se acompaña de un DVD que es la película de animación, de 20 minutos de duración, realizada por el propio Luis Eduardo, dibujada a lápiz fotograma a fotograma, a la manera antigua, continuando la senda que trazó en 2001 con la impactante "Un perro llamado dolor". En cuanto al CD, sus temas, tranquilos y evocadores, tratan sobre la condición humana y retratan la actualidad desde el escepticismo, aunque abriendo algunas ventanas a la esperanza y la ilusión individual. La instrumentación de las piezas es sencilla, delicada y elegante. ¿Para qué más si las palabras que fluyen de la sola y cálida voz de su creador e intérprete son capaces de conmover al ser simplemente escuchadas?
 
     El disco se abre con el tema que da título al trabajo: "El niño que miraba el mar". Una canción que, sobre el sonido de las olas del mar que se escuchan de fondo, enlaza pasado y futuro desde la óptica de los dos Autes (el niño y el maduro). Un tema que habla de "guerras de dragones", de destrucción y de un pensamiento: ¿estaría contento ese niño de lo que ha conseguido en su vida? Le sigue "Un ser humano", pieza que retrata, a través de una comparación entre el teatro y la vida, la condición humana, la ambición y la incertidumbre respecto al tema de la muerte ("Un ser humano...en su única función"). ¿No os recuerdan los versos "matamos por hacer un gran papel: jamás un figurón de tres al cuarto porque hay que ser cabeza de cartel" a la famosa frase de Hobbes sobre los hombres y los lobos?
 
     "Cera perdida" irrumpe con una agresividad musical que la diferencia de la suavidad de los anteriores cortes. Se trata de una canción-crónica de las miserias humanas ("Pero seguimos ciegos queriendo ser moldes de yeso y muertos que imitan la vida, apenas un gélido beso a un resto de cera perdida"). "Las musas" gira en torno a la inspiración y su carácter de incomprensión ("Puedo decir, después de todo lo sufrido agasajando a musas con el corazón, que aún no sé qué impulsa ese primer latido que me demanda darles sangre de canción") y viene precedida de una cita de Leonard Cohen que dice así: "La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista".
 
     "Feo mundo inmundo" es una ácida crítica hacia cómo está montado el mundo en que vivimos ("Sino porque ya se ha hecho con todo el poder esa casta que idolatra al dios de la horterada, que en su duda ante el dilema de ‘ser o no ser’ sueña con ser el caudillo de la Gran Bancada"). Aute inventa, en este tema, una palabra que me parece maravillosa y que define claramente nuestro mundo: cleptocorporatocracia, es decir, ese clan de dictadores que en lugar de gobernarnos se aprovechan de noxotros para gobernarse a sí mismos y a sus familiares y amigos. "Qué necesidad" es un tema que va dirigido directamente a Dios, a quien se le reprocha la existencia de la estupidez humana ("Todo lo entiendo, Dios mío, todo lo entiendo menos el desastre de crear el lastre de la necedad"). Y todo ello, ¡a ritmo de vals!
 
     "Señales de vida" supone una de esas ventanas abiertas a la esperanza individual reseñadas con anterioridad. El amor fluye en este tema, sobre todo en su estribillo: "Te puedo decir, mi amor cenicida, que gracias a ti empiezo a sentir, muy dentro de mí, señales de vida". Es un tema que recuerda a varias de sus canciones clásicas, como, por ejemplo, "A día de hoy". "No hay manera" refleja la actitud vital del cantante ante la vida. Lucha contra el desengaño y la puta indignidad, aunque al final reconoce que no se puede ganar a la "mierda".  
 
     "Latido a latido" es un grito de auxilio ante el naufragio de la humanidad ("Amiga mía, yo te pido, en esta quema a la deriva tu corazón más encendido para que el soplo nos reviva latido a latido"). "El basilisco" es una metáfora de la actualidad contada desde aquella Manila de los años cuarenta. Trata de alejar del aprisco (paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo del frío o la intemperie) al basilisco (criatura mitológica mezcla de ave y reptil que mataba con la sola mirada). 
 
     "Un verso suelto" parece ser una autocrítica sobre su forma de actuar en la sociedad. Como un auto-reproche por no hacer más por la sociedad en que vive ("No puse en duda el respeto al contrario aún a sabiendas de que el veredicto sobre el Poder y la Calle en conflicto lo dicta siempre el ladrón del erario" o "Y así compongo este poema correcto y comedido, quizás algo rendido al cánon del esquema..., por ello pido no ser absuelto por no haber sido un verso suelto"). "La ley de Galilei" cierra el disco desde la melancolía que lo había abierto ("Bajo la luna se amaron un murciélago y una luciérnaga… pero su ciega, encendida pasión, no superó las luces del amanecer. Murió su amor fulminado por el poco dantesco canto de un gallo rotatorio de Galileo Galilei"). La música es maravillosa, encadenando el sonido de un acordeón con el canto del gallo y ese precioso final a modo de antigua caja de música que va descendiendo hasta finalizar de forma inaudible poniendo fin a un grandísimo trabajo.
 
 
     En definitiva, estamos ante otro mayúsculo disco de este genio filipino afincado en Madrid. Quien lo quiera disfrutar, como siempre, gozará. Y quien acuda a alguno de sus conciertos, en cuyos prolegómenos se pasa la película "El niño y el basilisco", podrá comprobar que Aute tuvo, retuvo y retendrá...