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martes, 11 de diciembre de 2012

El niño que miraba el mar. Aute. 2012. Análisis


     El propio genio filipino se pregunta en una de las canciones de su nuevo disco qué poder tienen las musas en la composición de una obra artística. Eso mismo nos lo hemos preguntado todos en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Yo sí, vamos. Pues bien, en este caso concreto, todo comenzó en el malecón de Manila en 1945. En plena guerra del Pacífico el general McArthur ordenó bombardear la capital filipina, por aquel entonces bajo poder japonés. La ciudad quedó arrasada, incluida la casa familiar de Luis Eduardo Aute. Una de las primeras veces que salieron del hospital en el que su familia y él se escondieron pensando que no sería bombardeado - se equivocaron, claro, ya que los rivales eran los EE.UU. - su padre le hizo una foto, hoy convertida en portada de un disco - mirando hacia el mar.
 
     El caso es que 65 años después de aquello el niño, ya crecidito, fue fotografiado en el malecón de La Habana por su hija Laura. "Entre las dos imágenes, la que tomó mi hija en La Habana y la que me hizo mi padre en Manila, vi claramente que había una historia", señala el propio músico, poeta, pintor, dibujante, etc. Parecía un círculo cerrado perfectamente por la vida. Del pensamiento sobre ello nacieron un cuento ilustrado publicado por Demipage, una película de animación (titulada "El niño y el basilisco") y el presente disco.
 
     El CD, de 12 canciones, se acompaña de un DVD que es la película de animación, de 20 minutos de duración, realizada por el propio Luis Eduardo, dibujada a lápiz fotograma a fotograma, a la manera antigua, continuando la senda que trazó en 2001 con la impactante "Un perro llamado dolor". En cuanto al CD, sus temas, tranquilos y evocadores, tratan sobre la condición humana y retratan la actualidad desde el escepticismo, aunque abriendo algunas ventanas a la esperanza y la ilusión individual. La instrumentación de las piezas es sencilla, delicada y elegante. ¿Para qué más si las palabras que fluyen de la sola y cálida voz de su creador e intérprete son capaces de conmover al ser simplemente escuchadas?
 
     El disco se abre con el tema que da título al trabajo: "El niño que miraba el mar". Una canción que, sobre el sonido de las olas del mar que se escuchan de fondo, enlaza pasado y futuro desde la óptica de los dos Autes (el niño y el maduro). Un tema que habla de "guerras de dragones", de destrucción y de un pensamiento: ¿estaría contento ese niño de lo que ha conseguido en su vida? Le sigue "Un ser humano", pieza que retrata, a través de una comparación entre el teatro y la vida, la condición humana, la ambición y la incertidumbre respecto al tema de la muerte ("Un ser humano...en su única función"). ¿No os recuerdan los versos "matamos por hacer un gran papel: jamás un figurón de tres al cuarto porque hay que ser cabeza de cartel" a la famosa frase de Hobbes sobre los hombres y los lobos?
 
     "Cera perdida" irrumpe con una agresividad musical que la diferencia de la suavidad de los anteriores cortes. Se trata de una canción-crónica de las miserias humanas ("Pero seguimos ciegos queriendo ser moldes de yeso y muertos que imitan la vida, apenas un gélido beso a un resto de cera perdida"). "Las musas" gira en torno a la inspiración y su carácter de incomprensión ("Puedo decir, después de todo lo sufrido agasajando a musas con el corazón, que aún no sé qué impulsa ese primer latido que me demanda darles sangre de canción") y viene precedida de una cita de Leonard Cohen que dice así: "La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista".
 
     "Feo mundo inmundo" es una ácida crítica hacia cómo está montado el mundo en que vivimos ("Sino porque ya se ha hecho con todo el poder esa casta que idolatra al dios de la horterada, que en su duda ante el dilema de ‘ser o no ser’ sueña con ser el caudillo de la Gran Bancada"). Aute inventa, en este tema, una palabra que me parece maravillosa y que define claramente nuestro mundo: cleptocorporatocracia, es decir, ese clan de dictadores que en lugar de gobernarnos se aprovechan de noxotros para gobernarse a sí mismos y a sus familiares y amigos. "Qué necesidad" es un tema que va dirigido directamente a Dios, a quien se le reprocha la existencia de la estupidez humana ("Todo lo entiendo, Dios mío, todo lo entiendo menos el desastre de crear el lastre de la necedad"). Y todo ello, ¡a ritmo de vals!
 
     "Señales de vida" supone una de esas ventanas abiertas a la esperanza individual reseñadas con anterioridad. El amor fluye en este tema, sobre todo en su estribillo: "Te puedo decir, mi amor cenicida, que gracias a ti empiezo a sentir, muy dentro de mí, señales de vida". Es un tema que recuerda a varias de sus canciones clásicas, como, por ejemplo, "A día de hoy". "No hay manera" refleja la actitud vital del cantante ante la vida. Lucha contra el desengaño y la puta indignidad, aunque al final reconoce que no se puede ganar a la "mierda".  
 
     "Latido a latido" es un grito de auxilio ante el naufragio de la humanidad ("Amiga mía, yo te pido, en esta quema a la deriva tu corazón más encendido para que el soplo nos reviva latido a latido"). "El basilisco" es una metáfora de la actualidad contada desde aquella Manila de los años cuarenta. Trata de alejar del aprisco (paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo del frío o la intemperie) al basilisco (criatura mitológica mezcla de ave y reptil que mataba con la sola mirada). 
 
     "Un verso suelto" parece ser una autocrítica sobre su forma de actuar en la sociedad. Como un auto-reproche por no hacer más por la sociedad en que vive ("No puse en duda el respeto al contrario aún a sabiendas de que el veredicto sobre el Poder y la Calle en conflicto lo dicta siempre el ladrón del erario" o "Y así compongo este poema correcto y comedido, quizás algo rendido al cánon del esquema..., por ello pido no ser absuelto por no haber sido un verso suelto"). "La ley de Galilei" cierra el disco desde la melancolía que lo había abierto ("Bajo la luna se amaron un murciélago y una luciérnaga… pero su ciega, encendida pasión, no superó las luces del amanecer. Murió su amor fulminado por el poco dantesco canto de un gallo rotatorio de Galileo Galilei"). La música es maravillosa, encadenando el sonido de un acordeón con el canto del gallo y ese precioso final a modo de antigua caja de música que va descendiendo hasta finalizar de forma inaudible poniendo fin a un grandísimo trabajo.
 
 
     En definitiva, estamos ante otro mayúsculo disco de este genio filipino afincado en Madrid. Quien lo quiera disfrutar, como siempre, gozará. Y quien acuda a alguno de sus conciertos, en cuyos prolegómenos se pasa la película "El niño y el basilisco", podrá comprobar que Aute tuvo, retuvo y retendrá...

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