LIBROS

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lunes, 24 de febrero de 2025

Hozuki, la librería de Mitsuko. Aki Shimazaki. Nórdica Libros. 2017. Reseña

 




    El caso de la autora de Hozuki, la librería de Mitsuko es muy singular. Aki Shimazaki (1954) es una novelista y traductora canadiense de origen japonés que escribe sus novelas en francés. Afincada en Canadá desde los 27 años de edad ha vivido en sus tres grandes capitales, Vancouver, Toronto y Montreal, donde actualmente enseña japonés. Ganadora de varios premios literarios a lo largo de su dilatada carrera, en cada una de sus novelas enseña aspectos interesantes de la cultura nipona. Suele añadir, como en el caso que nos ocupa, un pequeño glosario al final de sus libros para explicar diferentes palabras y sus respectivos significados. Cualquier lector interesado en la cultura japonesa puede encontrar en los libros de Shimazaki una buena fuente de conocimientos sobre ella. Gastronomía, folclore, aspectos culturales y sociales y hasta nociones de las complicadas lingüística y escritura japonesa tienen cabida en novelas como esta.

    No en vano, en el desarrollo de Hozuki, la librería de Mitsuko, la escritura juega un papel principal. Obviamente, no desvelaré aquí en qué radica su importancia, pero sí debo añadir -y lo va desgranando poco a poco durante la narración Mitsuko, que es quien nos cuenta la historia en primera persona- que los ideogramas chinos (kanji) suelen ir acompañados de escritos para facilitar su pronunciación (hiragana -escritura silábica japonesa- o katakana -utilizada para las palabras de origen extranjero-). Y también que esos escritos a menudo pueden significar más de una cosa a la vez. Como ocurre en nuestra lengua con las palabras polisémicas, vamos. Aspecto este de vital importancia para la novela. Porque, ni más ni menos, la palabra que puede encerrar distintos significados es la de hozuki, es decir, el nombre de la librería de Mitsuko. Sin entrar más en detalles, queda claro que la novela encierra un misterio. Un misterio que, como es lógico y normal, solo quedará esclarecido en sus últimas páginas.

    La narración de Mitsuko comienza el día de la hatsuyuki, es decir, la primera nevada del invierno. Taro, su hijo sordomudo de siete años, juega en la calle delante de la librería cuando comienzan a caer los primeros copos de nieve. Dentro, su madre coloca en los escaparates libros de viejo de filosofía, religión, bellas artes, historia y hasta novela policíaca. No vendo libros para niños ni mangas, ya sean para jóvenes o para adultos. Pongo también estuches de lápices y marcapáginas decorados con flores secas que ha hecho mi madre. Mitsuko vive justo arriba de la librería, junto a su madre, Taro y Sócrates, el gato. Viven una vida tranquila y humilde, pues una librería nunca suele dejar grandes márgenes económicos. Sobre todo si se trata de una librería de lance o de segunda mano. Por ello, los viernes por la noche, Mitsuko trabaja como camarera en un bar de alterne de alta gama, donde consigue completar ingresos y charlar desanimadamente con los intelectuales que frecuentan el establecimiento.

    Mitsuko ya ha trabajado durante unos años en una librería de lance. Anhelando poder tener una librería propia. Algo que consiguió dos años antes de comenzar la acción de la novela. Los libros siempre la han acompañado. Su curiosidad y su espíritu abierto, ansioso de conocer y saber sobre cualquier tema, la llevaron a vivir rodeada de libros. Por eso sabe tanto de literatura. Y de la vida. Una vida, la suya, que encierra un gran secreto que desconocen tanto su madre como su hijo. Un hijo que no tiene casi amigos. Que es víctima de la burla de sus compañeros de colegio a causa de su sordomudez. Que es el centro de atención de una abuela y una madre que viven por y para él. Tampoco Mitsuko se relaciona con mucha gente. Solo con los clientes más o menos asiduos de su librería. Y con los parroquianos del bar de alterne en el que trabaja. Es una mujer bastante hermética que sospecha de todo y de todos. El secreto que guarda no debe ver la luz. Por eso trata de no hablar más de lo imprescindible y rechaza todo tipo de relaciones sociales. Su librería, el bar, su madre, su hijo y los libros son toda su vida.

    Sin embargo, a partir del día de la primera nevada las vidas de Mitsuko y Taro comienzan a cambiar. Ocurre con la llegada de una nueva clienta, la señora Sato, que acude a la librería para solicitar unos libros de filosofía para su marido. Acompañada de su hija, Hanako, que todavía no ha cumplido los cinco años, la aparentemente triste señora Sato visita cada vez con mayor frecuencia la librería. Desde el primer día Hanako y Taro parecen tener una conexión muy estrecha. Pintan, juegan, corren, ríen y tratan de comunicarse entre ellos como solo los niños son capaces de hacerlo pese a no hablar la misma lengua -en este caso, la de signos-. Por ello, la señora Sato intenta que su hija y la de Mitsuko se vean fuera de la librería. En el parque, en el zoo, en casa de los Sato. Y Mitsuko, siempre tan reservada y celosa de su privacidad, debe sucumbir poco a poco al hecho de que Taro al fin haya conseguido hacer una amiga. Qué madre no lo haría, si los lazos más fuertes son los familiares. Especialmente en el caso de madre e hijo.                       

    También la señora Sato parece encerrar un misterio. Es una mujer sin duda distinguida, esposa de un diplomático que la ama y al que ama, lleva una vida desahogada y acomodada, viste de forma exquisita y paga una gran cantidad de dinero por libros de segunda mano ya descatalogados. Y, sin embargo, como Mitsuko, luce una apariencia triste, una mirada ensimismada, una conducta extraña. Como si ocultara algo. Algo que, a pesar de tener todo lo que tiene, no la deja ser plenamente feliz. Haciendo bueno aquello de que el dinero no hace la felicidad. Mitsuko y la señora Sato, tan distintas en algunas cosas y tan parecidas en otras, se desviven por sus hijos. Y es que en Hozuki, la librería de Mitsuko Shimazaki sondea la naturaleza del amor maternal y cuestiona, con gran sutileza y belleza, la fibra y la fuerza de los lazos. Unos lazos de los que a veces no sabemos ni de dónde vienen ni hacia dónde van. Ni hacia dónde nos pueden llevar. 

    La relación entre Taro y Hanako se va estrechando más y más. Tanto que parecen hermanos o almas gemelas. Mitsuko y la señora Sato cada vez quedan más a menudo para que los niños jueguen. La primera, a pesar de unas reticencias que van aumentando de forma progresiva. La segunda, cada día más animada. Y, así, llegamos al momento de la resolución de la historia. Cuando la señora Sato toma a Mitsuko como confidente y le cuenta su secreto. Un secreto que horroriza a una Mitsuko que ve peligrar la estabilidad personal y familiar por la que ha estado luchando durante los últimos años. Que se niega a dejar que algo así ocurra. Que no podría dejar de vivir como vive a pesar del peaje que es consciente que debe pagar por ello. Porque la vida es una cuestión de prioridades. Y no hay mayor prioridad para una madre que la felicidad de su único hijo. Así, Hozuki, la librería de Mitsuko, se convierte en uno de esos libros en los que el lector sigue pensando mucho después de cerrarlo.