LIBROS

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lunes, 23 de noviembre de 2015

Truman. Cesc Gay. España. 2015. Crítica





     Sábado por la tarde. En un multicine de España -los cines de una única sala ya son historia-. Apenas una docena de espectadores en una de ellas -en las demás, donde se proyectan las grandes superproducciones hollywoodienses, prácticamente se roza el lleno-. Una película española: Truman. Dirigida por un director español: Cesc Gay (En la ciudad, 2003; Ficción, 2006; Una pistola en cada mano, 2012). Dos grandes actores: Ricardo Darín (Séptimo, 2013; El secreto de sus ojos, 2009; Kamchatka, 2002; y muchas más) y Javier Cámara (Los girasoles ciegos, 2008; Vivir es fácil con los ojos cerrados, 2013; La torre de Suso, 2007). Y un perro, Troilo, que en la película responde al nombre de Truman.

     Tomás (Javier Cámara) viaja desde Canadá hasta Madrid para encontrarse con un amigo de toda la vida, Julián (Ricardo Darín), para pasar con él cuatro días. Cuatro días con dos objetivos: despedirse de él y tratar de convencerlo de que continúe con la quimioterapia. Pronto se da cuenta de que la decisión de su amigo está tomada. Dado que la metástasis está extendida y la quimio no va a salvarle la vida, no va a volver al médico. Así, Tomás cambia el chip y se dispone a acompañar a su amigo en los últimos cuatro días que van a compartir.

     Pese a la dureza del tema de la película estamos ante un alegato de la vida. Porque Julián, a sabiendas de que va a morir, se dispone a dejar todos sus asuntos atados y bien atados. Y ello introduce de lleno en la acción a Truman, su perro y amigo fiel. No en vano, en una de las escenas le dice a Tomás: tengo dos hijos y uno de ellos se llama Truman. Una de sus grandes preocupaciones es encontrar a su hijo una familia adoptiva que le asegure unos últimos años de vida tranquilos y felices. Y su amigo le acompañará y aconsejará en todo momento en tan árdua tarea.

     En la película se plasma a la perfección la gran diferencia de reacciones de los demás hacia un enfermo terminal. Así, mientras que algunos, que se suponen amigos, compañeros o conocidos huyen y marginan al afectado, otros, en cambio, incluso con motivos para mostrar hacia él cierta indiferencia, le muestran todo su afecto y buena voluntad. Hecho este que hace pensar. Y mucho. Porque, como queda claro, nadie sabe cómo va a reaccionar ante una situación tan dramática. Lo cual puede conllevar algunas sorpresas. Positivas o negativas.

     Truman es un canto a la vida -a querer despedirse por todo lo alto, sin dejar de hacer ciertas cosas que igual no se habrían hecho de otra manera-; a la toma de decisiones personales en trances tan dolorosos como la certeza de una muerte inminente; a la amistad -lo que queda en la vida son las relaciones, le dice Julián a Tomás en otra escena-; al respeto -el que le muestra siempre Tomás-; a la valentía -porque hay que ver la manera de afrontar la situación de Julián-; a la generosidad -de Tomás, en este caso-; al darse a los demás por entero y sin condiciones; a la dignidad -incluso en el momento de decidir cómo morir, aunque el propio Julián afirma que cada uno muere como puede-; al dolor de quienes se quedan y han de sobrevivir pese a una ausencia tan querida y estimada -como les pasa a Tomás y a la prima de Julián, interpretada por una siempre iracunda, sobrepadasa y desesperada Dolores Fonzi-. Trata el tema de la muerte con gran sensibilidad, incluso con dureza, pero también con humor.      

     Y, además, huye también del final clásico y típico de este tipo de películas. No, la última escena no nos muestra la muerte de un Julián agonizante en brazos de un Tomás desesperado. No hay una frase lacrimógena final que nos haga salir de la sala entre un mar de lágrimas. No, no cae en el sentimentalismo prefabricado, barato. Para nada. Al contrario, es humana. Real. Convincente. El guión, del propio Cesc Gay y de Tomás Aragay, acierta de pleno. Incluso a la hora de mostrarnos algo tan complicado como la fuerte amistad y complicidad existente desde años atrás entre los dos protagonistas. Y ello sin recurrir a flashbacks ni dar más explicaciones que las de un presente duro y complicado.

     ¿Qué decir de los actores principales? Pues la verdad: que ambos están magníficos y que merecen, sin ningún género de duda, el Premio a mejor actor en el pasado festival de San Sebastián. Poco se puede decir a estas alturas de Ricardo Darín. Es un actor como la copa de un pino. Y en esta película da un recital inolvidable. Tanto que por momentos parece que sea el propio Darín quien esté a punto de morir. Y Javier Cámara, en estado de gracia en los últimos años, demuestra una vez más que cuando se le dan papeles serios y buenos puede estar a la altura de los mejores. En Truman está soberbio y sabe encarnar a la perfección el papel de alguien que, pese a estar viviendo un conflicto interno enorme, es capaz de cualquier cosa por amistad y generosidad.

     Truman es, por méritos propios, una de las películas del año. Y no me refiero únicamente al cine español, sino en general. Un film digno, honesto, con un guión muy bien escrito, con crudeza pero también con toques de humor, irónico, ácido y con unas interpretaciones mayúsculas. Una película altamente recomendable para los amantes del cine en estado puro que huyen de subterfugios, efectos especiales, sentimentalismos superfluos y clichés estereotipados y más vistos que "la Charito". Al salir de la sala y tropezarse con el público del resto de las salas se siente uno diferente: sabedor de haber visto una joya de película que casi nadie más va a tener el privilegio de ver. Porque no quieren, por supuesto. Ellos se lo pierden...                        


   

jueves, 19 de noviembre de 2015

Cicatriz. Juan Gómez-Jurado. Ediciones B. 2015. Reseña





     Las novelas de Juan Gómez-Jurado -de las mejores que se escriben en la actualidad- son catalogadas como literatura de ficción. Sin embargo, todas se basan en hechos reales o al menos posibles. Hecho este que les confiere mayor credibilidad por parte de los lectores. Quizá sea esta una de las claves de sus éxitos literarios. No obstante, a ello hay que unir otras variables más: su innata capacidad para escribir y describir situaciones, ambientes y personajes; su ácido sentido del humor -que se presenta incluso en las escenas más agobiantes de la trama-; o la manera que tiene de desentrañar los misterios de cada protagonista, los cuales va desmenuzando a su debido tiempo para mantener la intriga.

     Tratándose de thrillers -de todas sus novelas solo La leyenda del ladrón se puede catalogar en un género diferente (novela histórica)-, lo que acabo de decir parece de perogrullo. No, no he descubierto América. Las referencias citadas son las claves de un buen libro de intriga, misterio, etc. Escribir de esta manera parece sencillo y muchos son los autores que van pariendo historias de este estilo unas tras otras, y casi todas parecen copias de sí mismas. Vuelvo a no descubrir con ello nada nuevo bajo el sol. Pero en este caso concreto, no es así. Porque Gómez-Jurado es genuino. Fiel a sí mismo, nos sorprende con cada uno de sus trabajos. Y eso es digno de valorar.

     Cicatriz nos habla de muchos aspectos por todos -o casi todos- conocidos: las mafias rusas que se dedican a sucios negocios por todo el mundo (en este caso, Chicago); las páginas de internet dedicadas a la búsqueda de mujeres eslavas jóvenes y dispuestas a casarse con ricos (y necesitados) occidentales (aquí, Irina y Simon); la presencia en sus países de excombatientes medio locos tras haber vivido experiencias traumáticas a miles de kilómetros de sus hogares (es más conocido el caso norteamericano en relación a Vietnam, pero en Cicatriz se nos presenta el de El Afgano); el amor hacia un hermano que padece trisomía del 21 (o síndrome de down, enfermedad de Arthur, hermano de Simon); o las miserias familiares por causa del alcoholismo y los malos tratos (la familia de Simon).

     Por supuesto, no me olvidaré de citar a los avances tecnológicos, cuyo valor sobrepasa el científico y hace que los hombres sean capaces de cometer los actos más inmorales que uno pueda imaginar. LISA es el gran invento del futuro del que ya se habla en la actualidad -y, para muestra, este botón-: el típico artilugio que bien usado puede hacernos la vida mucho más fácil y cómoda pero que si cae en manos erróneas puede acabar con el mundo tal y como es conocido. Podrá el lector de esta reseña pensar: ¡bah, más de lo mismo! Pues no. Porque para que no sea más de lo mismo cuenta el autor con su gran baza: su maestría a la hora de enlazar los temas, las situaciones, los pensamientos, las causas y las consecuencias.

     Simon Sax es un ingeniero informático que ha dedicado su vida a cuidar de su hermano Arthur y a desarrollar a su gran pasión, LISA. Se trata de un hombre solitario, inmaduro y poco preparado para cualquier aspecto de la vida cotidiana que no tenga que ver con la informática o la enfermedad de su hermano. Por eso es tan importante para él su gran y único amigo: Tom. Mucho más decidido y desenvuelto que él, se ocupa de intentar vender el invento de Simon a alguna empresa puntera del sector informático. El objetivo: hacerse millonarios.

     Absorbido por el trabajo, y consciente de la posibilidad de convertirse pronto en un rico solitario -Infinity, la empresa del todopoderoso Myers, está dispuesta a apoyar su trabajo (o a quedarse con él)-, decide que no desea ser únicamente querido por famoso y millonario, por lo que se propone encontrar pareja antes de que ello ocurra. ¿Dónde encontrar a la mujer de sus sueños? En internet. Así, conoce a Irina, una joven y bella ucraniana que le cambiará la vida. Y ahí, precisamente, comienzan los problemas. Porque Irina esconde una historia personal dominada por la tragedia, el horror y un solo objetivo en la vida: vengar la muerte de su familia.

     Cómo Irina sobrevive a la tragedia familiar, conoce a El Afgano y prepara su venganza es algo que deberá descubrir el lector. Cómo logra encontrar a los asesinos a los que desea dar caza, también. Y cómo se relaciona en la vida cotidiana con su futuro prometido (Simon) se puede casi adivinar. Lo apasionante de la novela es, sin duda, cómo el autor va enlazando los temas y envolviéndonos en su tela de araña, hasta dejarnos pegados a sus páginas. Porque, como en sus obras anteriores, Gómez-Jurado nos deja sin aliento y sin capacidad para soltar el libro.

     Aunque me parece mejor novela su anterior obra, El paciente -como todas las demás (a excepción de La masacre de Virginia Tech, una copia de la cual ya tengo sobre mi mesa), reseñadas en este mismo blog-, Cicatriz es digna de ser leída y disfrutada por la legión de fans que siguen a un autor que cada día cuenta con más y más fieles. Su buen hacer literario, su cercanía en redes sociales y el hecho de saber vender muy bien sus productos le han catapultado por méritos propios a la cima de la literatura española contemporánea. Eso sí, de todas sus obras, me sigo quedando con La leyenda del ladrón. ¿Para cuándo otra novela histórica?   

     


lunes, 16 de noviembre de 2015

Matar a un ruiseñor. Harper Lee. Ediciones B. 2009. Reseña





     Harper Lee (nacida en Monroeville, Alabama, en 1926) está de plena actualidad desde que este verano se publicara la ya reseñada en este blog Ve y pon un centinela, la novela original, rechazada por sus editores en su momento, una de cuyas tramas secundarias dieron origen a uno de los grandes clásicos de la literatura del siglo XX: Matar a un ruiseñor. Novela que se publicó en 1960, ganó el Premio Pulitzer en 1961 y fue adaptada a la gran pantalla por el director Robert Mulligan en 1962. Una película que también se catapultó por méritos propios como otro clásico del cine y que fue premiada con dos Óscars: mejor intérprete masculino (Gregory Peck) y mejor guión (Horton Foote).

     Jean Louis Finch, a la que todos conocen en Maycomb como Scout, relata en primera persona dos años de su infancia -entre los 6 y los 8 años de edad-, en los cuales el suceso más importante fue cuando su padre, Atticus, defendió a Tom Robinson, un joven de color acusado de agredir sexualmente a una joven blanca. Los hechos, ambientados en la década de 1930 en un estado del sur de los EE. UU., retratan la sociedad de aquella época, marcada por los prejuicios raciales y sociales, la total desconfianza hacia lo diferente, la rigidez de las relaciones familiares y vecinales y un sistema judicial para el cual la población de color no era, ni por asomo, igual a la blanca.

     Pese a ser una novela de ficción, la autora se inspiró en un suceso real acaecido en Scottsboro, ciudad cercana a su Monroeville natal, del que fue testigo indirecta también a temprana edad -como le sucede a Scout en esta novela-. Tras ser rechazada Ve y pon un centinela por sus editores -consideraron que sería una novela polémica y poco apropiada en aquel momento, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita por una mujer - Lee decidió reescribirla por completo, utilizando una trama secundaria, situarla una década antes y guardar en un cajón la original rechazada.

     Amiga personal de Truman Capote, Lee se retiró del mundanal ruido tras ganar el Pulitzer y alcanzar fama mundial. No obstante, en 2007 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos por su corta pero genial carrera literaria. La polémica llegó este 2015, cuando se decidió publicar la obra original sin -parece ser- el consentimiento de una Harper Lee enferma e incapacitada para la toma de decisiones. ¿Es lícito publicar una novela perdida desde hace más de cincuenta años? ¿Habría sido mejor dejar perder para siempre una obra maestra de tal magnitud?

     Polémicas al margen, Matar a un ruiseñor -y también su original- nos hablan de una época en la que unos pocos hombres, como Atticus Finch, debieron asumir un papel para el que la mayoría de mortales no estaba preparado: la defensa del honor y de la vida de las personas de color. Una época en que la conciencia de estos hombres alumbró a una sociedad que poco a poco iría venciendo sus atrasos y debilidades. Porque Atticus, que en ocasiones flaquea respecto a las peticiones de sus hijos, permanece rígido ante las injusticias de sus conciudadanos hacia quienes son diferentes.

     Y por diferentes debe entenderse no solo a los negros sino a cualquier vecino que se saliera de la norma establecida. Finch respeta absolutamente a todos sus vecinos y vecinas, los acepta tal y como son, sin pretender cambiarlos en ningún momento, y se esfuerza en que sus hijos sigan su camino. La paciencia para explicar a sus vástagos cómo deben comportarse en la vida es uno de los pilares de su personalidad. Sin duda, estamos ante un ser entrañable donde los haya. Un personaje capital en la literatura contemporánea. Y, como demuestra en las escenas del juicio de Tom Robinson, de una locuacidad recta y exquisita.

     La novela consta de dos partes, aunque -por ponerle una sola objeción- podría haber sido más acertada la posibilidad de que tuviera tres. En la primera se presentan los personajes y los casos particulares de Boo Radley -otro conciudadano que se sale de los clichés típicos de los años treinta norteamericanos- y Tom Robinson. En la segunda se describen el juicio y sus consecuencias. Quizá esas consecuencias podrían haberse presentado en una tercera parte: el post juicio. Pero, ¿quién es servidor para aconsejar a toda una Premio Pulitzer? Pues eso.

     Matar a un ruiseñor nos transmite varias enseñanzas a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas. A saber: que la conciencia de las personas debería ser nuestra guía particular en este mundo; que en ocasiones las personas misteriosas no son tales sino que su misterio radica precisamente en nuestra propia mente; que hemos de ser capaces siempre de ponernos en el lugar de aquellos a quienes consideramos diferentes; y que juzgar sin conocer en realidad a los demás -y a sus circunstancias- es un grave error que todos deberíamos tratar de evitar en la medida de lo posible.

     Para terminar, debo recomendar el visionado de la película -como siempre, menos explicativa que la novela, pero también de gran valor- y la lectura de Ve y pon un centinela, novela que puede considerarse como borrador, como secuela o -a tenor de las informaciones- como precuela de la reseñada. 
           
         

jueves, 5 de noviembre de 2015

Y de repente, Teresa. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones B. 2014. Reseña





     Con motivo del quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, el reconocido autor de novelas históricas Jesús Sánchez Adalid recibió la petición del padre Emilio Martínez, vicario general de la orden Carmelita Descalza, de escribir una nueva obra sobre la figura de la santa de Ávila. Pese a la enorme responsabilidad que ello conllevaba, el padre -porque, para quien no lo sepa, Adalid es párroco en una pequeña ciudad extremeña- decidió aceptar la propuesta y se puso a documentarse sobre tan insigne protagonista.

     Dado que en la obra aparecen personajes reales de la España de la segunda parte del siglo XVI, algunos de ellos tan conocidos como la propia Teresa, la tarea de documentación fue ardua e intensa. Hasta tal punto que el propio autor ha manifestado que es el mayor esfuerzo de investigación y documentación que he hecho desde que empecé a escribir novelas. De manera que, si ya de por sí, los trabajos de este magnífico escritor cuentan con una vasta documentación, uno no puede llegar a saber cuántas horas habrá invertido en este nuevo y duro trabajo.

     Sin duda, Teresa de Jesús fue una mujer adelantada a su tiempo. No solo por sus tareas cotidianas de fundación y predicación, sino en el sentido de la valentía, la fortaleza y la intrepidez. Como resalta Adalid en esta novela, no dudó nunca de su fe, ni de sus métodos ni de su misión en este mundo. Pero, además, ello tuvo lugar en un momento -el siglo XVI- en que las mujeres no debían destacar en ninguna faceta que no fuera mantener una casa y una familia. En cambio, Teresa no solo no siguió la norma, sino que se aventuró a desafiar a la mismísima Santa Inquisición, que siempre anduvo tras ella. Alumbradismo, dejadez y excesivo atrevimiento fueron sus causas.

     Y es que la vida y los escritos de Teresa constituyen una defensa permanente del derecho de la mujer a pensar por sí misma y a tomar sus propias decisiones. Su Libro de la Vida fue incluido en la lista de libros prohibidos por el Santo Oficio, lo cual no amedrentó a una mujer para la que la muerte en la hoguera no sería más que el camino más directo para reunirse al fin con Su Amado, como ella misma definía a Dios, de quien se declaraba siempre fiel esposa. Sus éxtasis y su atrevimiento para contarlos por escrito le granjeó no pocos enemigos. Enemigos poderosos que bien podrían haber puesto fin a su vida. Pero la providencia, quizás, se encargó de que ello no ocurriera.

     Personajes tan ilustres como fray Luis de León o el obispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, fueron presos por la Inquisición. Y otros, como Juan de Ávila, Ignacio de Loyola o Francisco de Borja, fueron también objeto de las sospechas y subsiguientes pesquisas por parte de una Inquisición que veía nacer focos de alumbrados por doquier. ¡Qué no iban a hacer, pues, con una mujer! El inquisidor general, el cardenal Espinosa; don Rodrigo de Castro, jefe inquisitorial de Madrid; y Sancho Bustos de Villegas, gobernador de Toledo, tenían ya preparados los documentos para apresar a la futura santa. Pero la muerte del cardenal Espinosa y su sustitución por Gaspar de Quiroga, el único de los citados que realmente conocía en persona a Teresa e intercedió por ella, lo impidieron.

     La novela trata básicamente de uno de los temas menos conocidos de la vida de la monja: la persecución a la que la sometió la Santa Inquisición. Desde Ávila hasta Sevilla, pasando por el resto de lugares en donde esta consiguió, no sin antes vencer multitud de negativas y obstáculos, fundar pequeños conventos que debían vivir únicamente de la limosna. Pastrana y Toledo fundamentalmente. Lugares, todos ellos, donde dejó huella en sus habitantes: para bien en la mayoría de los casos; para mal, en otros pocos. Y es que la envidia ya era, por aquella época, uno de los deportes nacionales españoles.

     Uno de los capítulos que más llama la atención de Y de repente, Teresa es el que hace referencia a las relaciones entre la protagonista y la princesa de Éboli. La futura santa consiguió fundar un convento en Pastrana de la mano de la princesa. Pero la segunda quiso inmiscuirse demasiado en el funcionamiento interno del mismo, lo que provocó distensiones y disputas entre ambas. Huelga decir que Teresa, lejos de amilanarse, volvió a salirse con la suya. Pero eso deberá leerlo el interesado en la historia.

     Fray Tomás y su acompañante Monroy serán los designados por el Santo Oficio para indagar en la vida de la de Ávila. A través de sus pesquisas consiguen información interesante. Como su ascendencia judía. Algo que servirá para ampliar las investigaciones y estrechar el cerco sobre ella. Sin embargo, la referida divina providencia hará que todo cambie merced a la muerte del cardenal Espinosa justo cuando se iba a cursar la orden de detención en Sevilla. La historia de Fray Tomás y de Monroy también es digna de ser leída. 

     Como siempre, con su lenguaje característico, su narración amena y su extensa documentación, Sánchez Adalid consigue, con esta novela también, entretener, divertir, enseñar historia -y hasta teología- y, lo más importante, impartir un mensaje en el que los valores se hacen presentes en cada una de sus páginas. La honestidad, la bondad y la solidaridad se imponen a las fuerzas del mal, por mucho que estas se disfracen en ocasiones de supuestos defensores del dogma y de la fe de la cristiandad. De nuevo, estamos ante una gran novela que servidor no puede dejar de recomendar a todo buen lector que se precie.      

                  

martes, 3 de noviembre de 2015

Diario del levantamiento de Varsovia. Miron Bialoszewski. Alba Editorial. 2011. Reseña





     Miron Bialoszewski tenía diecisiete años cuando los alemanes invadieron Varsovia. Y veintidós cuando, en 1944, los grupos de insurgentes de la capital polaca se levantaron contra la opresión nazi. Escribió sus memorias contando los acontecimientos relacionados con dicho levantamiento a los cuarenta y cinco años, es decir, más de veinte años después. Ese fue el tiempo que le costó terminar de asimilar todo lo ocurrido, ordenar sus notas y reunirse con familiares, amigos y conocidos para subsanar pequeños errores de memoria. El resultado, como cabía esperar, valió la pena.

     Bialoszewski relata los sucesos con un lenguaje llano, plenamente comprensible para todo el mundo y con bastante frialdad, algo que provocó que le llovieran críticas desde diversos sectores de la opinión pública polaca, que lo acusaron de vulgarizar y desdramatizar la guerra. Él, en cambio, explicó que no se adentró demasiado en su interior porque no pudo hacerlo de otro modo: en realidad, lo vivíamos así. Y aquellas vivencias solo pueden transmitirse de forma natural, sin artificios. Estuve más de veinte años sin poder escribir sobre lo que pasó. A pesar de que quería hacerlo. Y de que hablaba de ello.

     Como era de esperar, nos encontramos un relato descorazonador. Y es que los varsovianos que vivieron aquel triste episodio lo hicieron básicamente bajo tierra: escondidos en canales, sótanos y refugios. Todo ello, ante la constante presencia de morteros, artificieros, bombarderos, ametralladoras, artillería y lanzallamas. Porque los nazis se propusieron destruir la ciudad por entero. De hecho, según diversos estudios, se ha demostrado que casi el ochenta por cien de la ciudad conocida en 1939 desapareció durante la guerra. Pocos fueron los edificios que no sufrieron ningún desperfecto. La visión común en las calles de la ciudad era varios metros de escombros, muerte y destrucción.

     El levantamiento se dio el uno de agosto de 1944, cuando los rusos estaban al otro lado del Vístula y los alemanes comenzaban su retirada. Una retirada, eso sí, muy lenta y con un objetivo claro: no dejar piedra sobre piedra en Varsovia. Los insurgentes se sublevaron porque, pese a entender que el dominio nazi estaba a punto de acabar, los rusos estaban apostados cómodamente a la espera de entrar en la capital y hacerse con lo poco que dejaran sus enemigos. Obviamente, lo último que deseaban los polacos era que un poder sustituyera al otro. De modo que el levantamiento fue la única salida ante una situación límite.

     Bialoszewski narra cómo lograba pasar de unos sótanos a otros más seguros cuando los anteriores eran destruidos o descubiertos por los alemanes. Y transmite a la perfección el agobio y la agonía de unos ciudadanos que no tenían momentos de tregua. El levantamiento duró 63 días, hasta que sucumbió ante el poder nazi, debilitado pero no tanto como para no poder terminar con una resistencia tenaz pero muy débil. Cabe destacar las distintas reacciones de las personas ante situaciones tan complicadas. Así, mientras que algunos compartían lo que poco que tenían - la mayoría, para sorpresa del lector -, otros actuaban de forma egoísta, tratando de mantenerse con vida al precio que fuera.

     El diario desgrana cómo los insurgentes van ganando y perdiendo terreno según avanzan los días. Cualquier triunfo, por pequeño y poco duradero que fuera, era acogido con entusiasmo por los cada vez menos supervivientes. Familias separadas - en el mejor de los casos -; amigos perdidos y, en pocas ocasiones, recuperados; desconocidos bondadosos y piadosos; valientes jóvenes; y otros derrotados y sin ganas casi de vivir componen un mural de sentimientos tales que cuesta no meterse de lleno en su piel. Y sufrir con ellos. 

     Aspectos tan fundamentales y fáciles de conseguir para la totalidad de los mortales como hacer sus necesidades con tranquilidad, ir a recoger agua de dondequiera que brotara, encontrar algo de comida entre las ruinas, el polvo y los incendios o limpiarse, dormir y asearse se convirtieron para esta especie de cavernícolas modernos en toda una odisea, a veces imposible de alcanzar. La vergüenza y el sentido del pudor hubieron de desaparecer para dejar paso a la única preocupación: calcular el agua y la comida necesarias para seguir con vida, aunque fuera solo un día más.

     En uno de los fragmentos escribe Bialoszewski: Porque te preocupabas por los tuyos. Por los que estaban al lado pero un poco más lejos te preocupabas menos, aunque algo. Por los que estaban aún más lejos pero en el mismo edificio, te preocupabas aún menos pero seguías preocupándote. ¿Y por el edificio vecino? ¿Y por los de enfrente? No es que nos preocupáramos mucho. En una situación tan dramática: ¿quién no narraría lo ocurrido con frialdad? Cuando lo que está en juego es la propia supervivencia la sangre fría debe primar. ¿Quién culparía a una madre que le dice a su hijo: No llores más, vas a morir de todos modos?
       
             

jueves, 29 de octubre de 2015

Rumbo hacia la perdición. Ramón Cerdá. El fantasma de los sueños. 2014. Reseña





     Que el escritor de Ontinyent Ramón Cerdá es muy prolífico es algo que quienes le conocemos tenemos muy claro. Que a menudo sorprende a sus lectores con novelas de temas algo diferentes a lo que viene siendo habitual en su ya dilatada carrera literaria -es decir, thrillers-, también. Y buena prueba de ello es este relato erótico -el segundo que escribe en su vida, tras Recuerdos (2000)- en el que el sexo, sus perversiones y las consecuencias de las mismas juegan un papel principal en la trama. 

     A través de su propia editorial independiente, El fantasma de los sueños, lanzó el año pasado esta novela corta -de 132 páginas- en la que el narrador y principal protagonista, Carlos, un cuarentón que lleva veinte años casado con Cristina, cuenta su particular camino hacia la perdición. Su amigo íntimo desde la adolescencia, Raúl, le conduce por la senda equivocada después de proponerle un intercambio de parejas con sus respectivas esposas. Algo a lo que en un principio se opone el protagonista, a sabiendas de que Cristina jamás aceptaría tal propuesta.

     Para acabar de instalar a Carlos en un círculo vicioso del que le será imposible escapar, Pablo, otro amigo que regenta un restaurante venido a menos en el cual se reúnen los amigos para cenar casi todas las semanas, les mete de lleno en el mundo de las drogas y la prostitución. Las tediosas vidas de casado de Carlos y Raúl -Pablo, apodado Noquiero por sus reticencias a compartir su vida con ninguna mujer, pues prefiere estar con la que guste en cuanto lo estime oportuno, es un hombre libre-, mezcladas con el alcohol y las drogas y el acceso fácil a Carmela, una prostituta que acostumbra a quedar con sus clientes en el local, harán el resto.

     Los tres amigos participan en orgías con Carmela en el propio restaurante. Además, desestimada Cristina para los intercambios de pareja, Clara, la esposa de Raúl, convencerá a su marido y al propio Carlos para hacer tríos en su propia casa. Así, Carlos, atraído tanto por Carmela como por Clara, se verá metido en una vorágine de sexo y perversión que ni siquiera su alto sentimiento de culpa podrá detener pese a sus intentos. Unos intentos, por otra parte, escasos y carentes realmente de voluntad. 

     La actitud de Cristina, que castiga a su marido con largos períodos sin sexo cuando tienen alguna discusión o disputa, no contribuye precisamente a otorgar a Carlos el valor necesario como para tratar de salir de esa senda que le llevará directo a la perdición. Un último y desesperado intento, que aparentemente tiene un cierto éxito y que puede permitir al protagonista recuperar las distancias perdidas con su esposa, acabará convirtiéndose en la antesala del mayor de los desastres. Porque Cerdá no lo puede negar: le encantan los finales imprevisibles. Y, para muestra, este botón.

     El estudio psicológico de Carlos está muy bien trabajado a lo largo de toda la historia. Ama a su esposa, aunque el paso de los años, el aburrimiento y la falta de comunicación entre ellos -como ocurre en tantas y tantas parejas- serán el resquicio por el que se colarán una serie de acontecimientos -a perro flaco, todo son pulgas- que le llevarán a perder el control sobre su vida y sus actos. A partir de ahí comienza a ser difícil que todo tenga un final feliz. Y más en una historia en la que no todo es lo que parece y en la que los comportamientos de los distintos personajes en ocasiones responden a hechos que el lector desconoce por completo.

     La novela está estructurada en dos partes divididas en cinco y seis capítulos respectivamente. Está narrada en un lenguaje sencillo y coloquial, de la calle, por el propio Carlos, quien nos oculta deliberadamente parte de la información mientras, como contrapartida, nos adelanta hechos que están por venir, lo cual nos mantiene en vilo durante la lectura de la obra, que se puede hacer del tirón en unas tres horas. Tres horas entretenidas, amenas y reflexivas.

     En definitiva, en Rumbo hacia la perdición encontramos un poco de todo: altas dosis de sexo y erotismo; imprescindibles toques de intriga y misterio; algo de psicología; drogas y alcohol; y hasta acciones que dibujarán una sonrisa en los labios de los lectores -sobre todo en la primera parte, durante la introducción de la historia, justo antes de que todo se complique y nos pongamos serios-. Una novela de desconexión que se lee de una sola sentada.                

      

jueves, 22 de octubre de 2015

Chesil Beach. Ian McEwan. Anagrama. 2008. Reseña





     Chesil Beach nos presenta una Inglaterra culta pero timorata y provinciana. Contextualizada en 1962, narra, desde el presente, la peripecia vital de Edward y Florence en su noche de bodas. Una noche que ya desde las primeras páginas se presenta poco pasional y dramática, muy dramática. Su autor, Ian McEwan - más conocido por obras como Amsterdam (1998) o Expiación (2001), además de por la actualmente exitosa La ley del menor (2015)  -, construye una historia de gran emotividad y equilibrio.

     Florence y Edward tienen veintidós años y se casan después de un año de relación. Ella, porque le toca. Él, porque la desea y sabe que únicamente podrá poseerla previo paso por la vicaría. Mal inicio, vamos. Ambos temen por igual lo que pueda ocurrir esa noche. Faltos de experiencia, constatan que la incomunicación solo puede traer aspectos negativos. En el caso de Edward el anhelo sexual le puede al nerviosismo. En el de Florence la cuestión se complica más si cabe, pues siente verdadera repulsión, casi psicótica, hacia el sexo. Tanto que es incapaz hasta de besar con lengua. 

     Estamos ante un drama verídico - ¡todavía en pleno siglo XXI se dan casos como el descrito! - que nos hace reflexionar y analizar cada situación, cada pasaje de la acción. McEwan aprovecha para realizar una fuerte crítica social de una sociedad, la inglesa de postguerra, que impedía la intimidad de los enamorados. Porque, problemas al margen, Edward y Florence se quieren. Lástima que el amor por sí mismo no sea capaz de mantener una relación.

     Los problemas de Florence son dignos de terapia psicoanalítica, algo que ella misma llega a insinuar en la parte final de la novela. ¿Quizás esa repulsión sexual y esa frigidez tengan su causa en esas excursiones en barca y en esos viajes por Europa con su padre, un rico negociante? McEwan pasa de puntillas sobre el tema, dejando simplemente la puerta abierta para que el lector opine lo que considere oportuno. La madre de Edward es una perturbada mental a la que la familia entera sigue la corriente siempre. ¿Puede que sea ese el motivo de su falta de comunicación con las mujeres? El autor tampoco aclara esta cuestión, aunque probablemente así sea.

     El contexto en el que se desarrolla la acción contribuye a que los dos protagonistas sean como son y actúen como actúan. Finalizada la II G.M. y en plena Guerra Fría, el Imperio británico ha ido perdiendo colonias y posesiones, algo que no todos los ciudadanos - y, lo que es más grave, los políticos - asimilan. Ese ambiente de pérdida de grandeza ahonda en la psicología de una sociedad a la que le cuesta reconocerse a sí misma. Lo cual influye sobremanera en los ciudadanos. Buena prueba de ello son las familias de Edward y Florence. Y huelga decir lo que una familia influye, a su vez, en sus miembros, sobre todo en los menores.

     La novela se divide en cinco partes, a saber: una primera en la que se presenta el ambiente y a la pareja de protagonistas, con sus temores, anhelos y preocupaciones; una segunda en la que el narrador se centra en los pasados individuales y familiares de cada uno de ellos; en la tercera los grandes problemas de la insinceridad y la frustración personal y sexual estalla; en la cuarta, volvemos al pasado para saber cómo, cuándo y dónde se conocieron Edward y Florence; y en la quinta llegan el desenlace y esos fogonazos finales que describen los años y las décadas siguientes a esa fatídica noche de bodas.

     A lo largo de sus 180 páginas Chesil Beach nos presenta varias contraposiciones: la ascendencia de la familia rica de Florence choca con la pobreza de la de Edward; la música clásica, la verdadera vida y pasión de ella, con el emergente rock británico que tanto ama él; la vida moderna en la ciudad de Londres con el atraso y anquilosamiento de Oxford; el auge de la democracia europea occidental de la posguerra con las ideas del comunismo en la parte oriental del continente.

     McEwan describe con perfección casi milimétrica la psicología de ambos personajes. Sus ambiciones, sobre todo en el caso de Florence; sus diferentes anhelos; sus temores - no dar la talla en el caso de él; la fobia al sexo en el de ella -; la falta de sinceridad y de comunicación de ambos. Y, como conclusión, podríamos decir que la historia nos demuestra que una relación no puede sostenerse únicamente con amor. Sin duda, es la parte más importante, pero acabará siempre sucumbiendo ante la falta de comunicación, de sinceridad, de empatía y de sexo. En 1962 y en la actualidad.  


lunes, 19 de octubre de 2015

Carta a Saoret. Hace un año



     Hace un año. Hoy. 365 días. Ni uno más ni uno menos. Tal día como hoy, hace un año, cogiste tu bicicleta y escalaste el puerto más duro que existe. Ese que todos, antes o después, escalaremos aunque no queramos. Pero tú, Saoret, lo hiciste antes de tiempo. Demasiado pronto. Y encima así, sin avisar. Sin tiempo para despedirnos. Sin tiempo para digerir la idea de tu partida. La realidad, por cruda que sea, de tu viaje sin retorno. Pero tranquilo: no estoy enfadado contigo sino con la injusticia de la vida. Porque lo que te ocurrió es algo que jamás podré explicarme. Como tanta y tanta gente.

     No sabes las veces que he pensado en ti durante este último año. Quizás más que si todavía estuvieras entre nosotros. Así somos las personas. Echamos de menos a la gente cuando se va. Sobre todo si se va para siempre, como en tu caso. Pero es que teníamos tantas comidas y cenas por compartir, tantas conversaciones por mantener, que me parece increíble que ya no vaya a poder verte ni hablarte nunca más. Por eso te escribo. Hoy. Cuando se cumple un año desde tu fuga de esta vida.

     Dejaste algunas obras inacabadas. Lo sabes. Como ese blog en el que comenzaste a escribir y en el que pretendías dar a conocer la historia y los lugares a visitar de tu querida Oliva natal. Cómo querías a tu pueblo. ¡Y cómo te ponías cuando lo criticaba alguien! Me gustaba decirte que era una mierda de pueblo. No porque lo piense, sino por hacerte rabiar y reírme con tu reacción. La gente que defiende de esa manera a su pueblo es digna de elogio. Porque no hay ninguno perfecto, pero eso es precisamente lo más destacable: adorarlo a pesar de sus imperfecciones. De eso tú sabías mucho.

     Tu colección de libros, cds y dvds también quedó incompleta. Siempre me impresionó ver las estanterías de aquel cuarto repleto de cultura, arte y sentimiento. Porque tú sentías, Saoret. Y sabías transmitir a los demás esos sentimientos. Aunque a veces intentaras no ser tan transparente. Uno de los recuerdos más nítidos que guardo de ti era tu cara cuando veías a algún amigo: esa sonrisa y esos ojillos picarones. Incluso mi hijo, que apenas te conocía y que solo tenía seis años hace un año, se acuerda de ti. De las bromas que le gastabas cuando te pedía las palomitas en el cine. O de cuando le ponías la mano para que te la chocara. Porque tú dejaste huella en todas las personas a las que conociste. Eras de esa clase de personas que no dejaba indiferente a nadie. Lo cual te pasó factura en ocasiones.

     Recuerdo mil y una anécdotas del cine. Del Box. De los ABC. De Plaza Mayor. De La Vital. De los compañeros que nos vieron trabajar y reír por igual. De llamarnos de todo. Porque nos decíamos de todo menos bonito. Pero con cariño. Con confianza. Con la complicidad surgida del compañerismo de haber librado tantas y tantas batallas contra los elementos. Recuerdo aquel septiembre en el que ambos trabajamos sin descanso porque el resto de acomodadores estaban de exámenes y debíamos hacer sus turnos. Recuerdo lo que nos costó cobrar parte de todas aquellas horas extra que se negaban a pagarnos. Recuerdo cómo nos cobramos por nuestra cuenta el resto. Y recuerdo cómo decidimos dejar aquel lugar juntos, con una despedida apoteósica - con el beneplácito del resto de compañeros, eso sí -, para irnos, de nuevo juntos, al cine de la competencia. Algún que otro personaje acabó con úlcera de estómago. ¿Te acuerdas? 

     ¡Cómo odiabas las injusticias! ¡Cómo luchabas contra ellas! Quien te conoció no podrá jamás dudar de tu falta de implicación social. Verde, valencianista y sindicalista. Te metías en todos los fregaos habidos y por haber. Y en todas partes dejaste tu impronta. Y en todas partes lloraron tu partida. Lo cual se notó en tu entierro. No he visto uno igual en mi vida. Una gran multitud, proveniente de todos los sectores, extractos sociales y políticos: miembros de tu partido, de tu sindicato y de las empresas por las que fuiste pasando durante tu vida laboral. En todas partes dejaste amigos. Y esos amigos nos consolamos los unos a los otros para intentar llevar de la mejor manera posible la ausencia de alguien como tú.

     Recuerdo las discusiones sobre temas  políticos, deportivos y hasta musicales. Eras un defensor de tus gustos. No olvidaré aquel concierto de Jarabe de Palo en Oliva. Te encantaba Pau Donés. Y me quedo con tu interpretación - porque, entre otras muchas cosas, siempre fuiste un artista, carne del mundo de la farándula (¡jajajaja!) - de muchas de sus canciones. Como Bonito. Y siempre era una incógnita saber con qué aspecto aparecerías: desde melena bisbaliana hasta rapado tipo Kojak, pasando por pelopincho espinetil. ¡Ah! Otra cosa que tampoco olvidaré nunca es la montaña de escombros de restos de gamba en tu plato en la noche de mi boda. ¡Cómo te gustaba comer! ¡Qué manera de engullir! Nunca supe dónde metías toda aquella comida.

     Hace un año. Hoy. 365 días. Ni uno más ni uno menos. Tal día como hoy, hace un año, nos dejaste el alma partida. A muchas personas. Quizás más de las que tú mismo habrías imaginado. Y todavía te recuerdo - y recordaré - cada vez que paso por la esquina de tu calle en Oliva, cada vez que voy al cine, cada vez que estoy o paso por alguno de los lugares que nos vio juntos, cada vez que tengo un problemilla informático - precisamente, nuestra última conversación telefónica fue debida a uno de ellos -, cada vez que veo o estoy con algún amigo común. Eras grande, Saoret. Y no lo digo solo por tu tamaño corporal. Dejaste huella en mí. Y en muchas otras personas. Por eso, hoy, un año después, necesitaba escribirte unas líneas para notar un poco menos el vacío de tu ausencia. Que tengas un buen día. Allá donde estés. Y, ¡cómo no!, hasta siempre, mala puta...           

       

miércoles, 14 de octubre de 2015

Ve y pon un centinela. Harper Lee. HarperCollins. 2015. Reseña





     Este pasado verano se publicó la novela perdida de Harper Lee Ve y pon un centinela, escrita en 1957. En realidad estamos ante el primer borrador de su conocida novela Matar a un ruiseñor. Un clásico que se publicó en 1960 y que ganó el Pulitzer en 1961. Hablaré de ella en las próximas semanas, pues tengo prevista su lectura para dentro de unos pocos días. El hecho de que no la haya leído todavía me impide dar una opinión clara sobre la polémica surgida en torno a la publicación de esta nueva obra.

     La cuestión es que nos encontramos ante la novela original de Harper Lee. Y Matar a un ruiseñor fue el resultado de un pulido y lavado de cara allá por 1960. Pese a que la temática es la misma en ambos casos, la nueva publicación - es decir, la original - es más clara y directa sobre el problema de la segregación racial existente en los estados del sur de los EE. UU. en la época de su escritura. Tanto es así, que los editores propusieron a Lee reescribirla para crear una obra menos polémica. Así que la autora situó los hechos dos décadas antes que en la original y difuminó ciertos aspectos para construir una novela más preparada para la sociedad del momento.

     Quizás los editores pensaron que los EE. UU. de aquellos momentos no estaban listos todavía para una novela tan arriesgada, política, feminista y realista. Una novela - la ahora publicada como Ve y pon un centinela - que, escrita por una mujer blanca del sur, se implicaba demasiado en el tema de los derechos civiles, la segregación racial, la justicia y la convivencia. Como he dicho anteriormente, el hecho de no haber leído todavía Matar a un ruiseñor - la versión definitiva de este primer borrador -, me impide decir nada más sobre el tema. Eso sí, la polémica deja abierta la posibilidad de un debate acerca de los prejuicios de la sociedad estadounidense de 1960.

     El hecho es que al situarse la acción dos décadas después que en Matar a un ruiseñor se ha dicho que Ve y pon un centinela era la continuación del clásico. Algo que choca de frente con el hecho de que la protagonista, Jean Louise - Scout -, tiene 26 años de edad en la versión recientemente publicada. Por contra, Atticus ronda los setenta, lo cual sí cuadraría con lo anterior. Dicho todo esto, y a falta de echarle los ojos a Matar a un ruiseñor, paso a reseñar la novela que hoy nos ocupa.  

     Jean Louise Finch viaja desde Nueva York hasta Maycomb para visitar a su padre, Atticus, durante sus vacaciones estivales. De 26 años, la joven irá perdiendo paulatinamente la inocencia, el idealismo y la visión que del pueblo y de su familia tenía hasta entonces. Le molestará más que nunca vivir de cara a los demás; se lamentará ante la caída de los héroes que para ella eran en el pasado su tío Jack y, sobre todo, su padre, Atticus; se horrorizará ante la existencia de organizaciones que luchan por seguir separando a los negros de los blancos; se afirmará como mujer independiente y rebelde; y luchará, como nunca, por sus ideales de justicia e igualdad.

     A través de sus diecinueve capítulos - divididos en siete partes -, el narrador, en tercera persona, presenta una serie de flasbacks a través de los cuales el pasado y el presente chocan de manera constante e ineludible. Así, encontramos momentos de alta tensión entre la protagonista y sus familiares: Atticus, tío Jack, Henry y tía Alexandra. Jean Louise sentirá cada vez más la imperiosa necesidad de huir para siempre de un Maycomb al que no entiende. Y todo ello sin darse cuenta de que esa rebeldía forma parte del necesario trayecto hacia la madurez.

     Jean Louise luchará por sus sueños contra todo aquel que se ponga en su camino, debiendo matar a partes de sí misma y de aquellos que la rodean. Algo que, por otra parte, le ocurre a la mayoría de las personas. ¿Quién no ha idealizado a sus padres, creyendo a pies juntillas que lo que estos decían era lo correcto, hasta que un buen día les ha visto caer de esos pedestales imaginarios en los que los había tenido hasta entonces, comprobando que hasta los héroes cometen errores más o menos graves? De esta manera, ese viaje de Jean Louise a Maycomb es, en realidad, un viaje al verdadero conocimiento de ella misma y de los demás. Un viaje para el que quizás no estaba preparada, pero que es necesario para comenzar a madurar.

     Una maduración que no le impide dejar de luchar por lo que cree que es justo. Exactamente como hace - y  ha hecho siempre - el resto de los miembros de su familia. Una familia que no es perfecta, pero que es y será para siempre la suya. Una familia que, pese a ser imperfecta, alumbra frases tan certeras como las dos que reproduzco a continuación y que, creo, definen a la perfección el espíritu de este relato:
a) Los prejuicios, una palabra sucia, y la fe, una palabra limpia, tienen algo en común: ambas comienzan donde termina la razón.
b) La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. 

     Estamos ante una gran novela, sin duda. Se lee de forma independiente al clásico al que precedió. Ahora, solo me resta comenzar a leer su versión definitiva: Matar a un ruiseñor.                    


lunes, 5 de octubre de 2015

Varsovia. Tras las huellas de Irena Sendler y los héroes del gueto

    



     No suelo escribir sobre mis viajes por España y el resto de Europa o del mundo. Considero que éstos forman parte de la intimidad de las personas y que deben quedar en un segundo plano a la hora de relacionarse con el resto de la gente. Sin embargo, esta vez todo ha sido diferente. La pasada semana pasé tres días en Varsovia. El objeto de mi viaje fue doble: por un lado, documentarme para dar mayor verosimilitud si cabe a una historia ya de por sí real - la segunda parte de El Círculo de las Bondades, novela en preparación en la que pretendo terminar mi particular homenaje a la figura de Irena Sendler -; por otro, visitar los lugares por donde transitó en vida y presentarle mis respetos en el lugar de su descanso eterno.

     A priori puede parecer que tres días son demasiado poco tiempo para alcanzar ambos propósitos. No obstante, cuando uno prepara con la máxima minuciosidad un viaje relámpago como el que nos ocupa, sí es posible ver todo aquello que ha decidido visitar. Eso sí, la tarea requiere una programación pormenorizada: averiguar los horarios de los museos, imprimir planos de situación de los lugares a visitar, buscar un hotel más o menos equidistante a ellos, contratar a un guía que te explique todas las cuestiones que necesitas aclarar, etc.

     Irena Sendler estuvo presa en la prisión de Pawiak. Lo cual hacía necesaria una visita a lo que queda de una cárcel en la que murieron, entre 1939 y 1944, casi cien mil personas - contando a las que fueron llevadas desde allí a Treblinka y al cercano bosque de Palmiry -. En el museo actualmente existente en la antigua prisión se pueden ver pertenencias personales de los presos, documentación, fotografías, dibujos y demás objetos, los cuales sirven para hacerse una idea de cómo era la vida allí. Una maqueta del lugar me ayudará a describirla con la máxima minuciosidad. Lo mismo ocurre con las celdas del único bloque que quedó en pie en 1944.

     Después de sobrecogerme en Pawiak llegó uno de los momentos emotivos del viaje: la visita al edificio en que vivió Irena durante la II G. M.. Se encuentra cerca del hotel, en el barrio de Wola, más concretamente en la calle Ludwiki 6. Una placa informativa avisa a los paseantes de que en el primer piso vivió la salvadora de dos mil quinientos niños judíos del gueto de Varsovia. Al lado del texto, una imagen de la homenajeada. A continuación, me dirigí a la iglesia de San Adalberto, cercana al antiguo domicilio de nuestra protagonista. Se trata de su lugar de culto habitual. Ferviente católica, Irena acudía a menudo a este recinto, que fue respetado por los alemanes cuando decidieron incendiar y destruir la capital polaca entre 1944 y 1945. Pisar los mismos desgastados ladrillos que en su día pisó ella me causó una sensación de alegría y responsabilidad difícil de explicar aquí. El día finalizó en Plocka 26, lugar donde falleció Irena en 2008, a la edad de 98 años. 

     El segundo día de mi estancia en Varsovia lo dediqué a recorrer las calles de lo que en su día fue el gueto judío. Algunos - muy pocos - de sus pavimentos y edificios permanecen todavía visibles y en pie. De la mano de una formidable guía - sin duda, la mejor que uno pudiera imaginar -, de nombre Anna, licenciada en filología hispánica y gran conocedora del tema en cuestión, visité la sinagoga Nozyk - la única de las tres existentes en aquella época que todavía se puede encontrar en funcionamiento -, el instituto de historia judía Emanuel Ringelblum - junto a la ya inexistente Gran Sinagoga de la calle Tlomackie, demolida en mayo de 1943 -, los monumentos referentes a los héroes del gueto - en Mila 18, cuartel general de la ZOB, y en la calle Zamenhofa, donde comenzó el alzamiento judío en abril de 1943 - y recorrí las céntricas plazas del Mercado y del Castillo. 

     Además, anduve por buena parte del cementerio judío de la calle Okopowa. Allí pude contemplar el monumento dedicado al genial pedagogo Janusz Korczak, que murió en Treblinka junto a los dos cientos niños de su orfanato en el desarrollo de las Aktions Reinhard. Y vi las tumbas de algunos de los rebeldes del gueto, como Marek Edelman o Michal Klepfisz, y del presidente del Judenrat, el ingeniero Adam Cherniakov, que puso fin a su vida el segundo día de las deportaciones. La visita a la Umschlagplatz o plaza de embarque, desde la que partían los trenes de la muerte destino a Treblinka, me encogió el corazón. 




     El tercer y último día en la capital polaca comenzó con otro momento muy emocionante para mí: la visita al cementerio católico Powazkowski, donde deposité unas flores y un cirio en la tumba de Irena, en la sección Q54 de beneméritos de la patria. Pasé unos minutos ante ella, en silencio, dándole las gracias por sus heroicas acciones y pidiéndole que me ayude e inspire en la tarea de contribuir a mantener viva su memoria y la de ese círculo de personas bondadosas que le asistieron en la salvación de los niños. 

     El resto del día lo ocupé en el Museo Polin, dedicado a los mil años de historia de los judíos polacos, situado entre la calle de Mordejai Anilevich, líder de la resistencia judía, y el paseo dedicado a Irena Sendler, y en el Museo del Alzamiento. El Polin es de obligada visita para quienes estén interesados en el tema que nos ocupa, pero también para cualquier turista, pues museos de tanta categoría hay muy pocos en el mundo. El despliegue de medios de todo tipo llega a dejar a los asistentes con la boca abierta. Algo parecido ocurre en el Museo del Alzamiento, ubicado en la calle Grzybowska 79. Entre otras cosas, en él puede uno recorrer una réplica de los canales por los que huían los rebeldes polacos, sobrevolar en 3D la destruida Varsovia de 1944 y observar armamentos y demás objetos pertenecientes a los insurrectos y a los nazis.

     En definitiva, tres días para recordar. Y todo ello pese a la fealdad de una ciudad reconstruida casi desde sus cenizas y la frialdad de unos ciudadanos a los que todavía les cuesta superar las sucesivas tragedias vividas en los últimos ciento cincuenta años de su historia. Años de continuas particiones, escisiones, ocupaciones, devastaciones y reconstrucciones. Un país que uno, pese a todo, aprende a amar. Y una historia que todo el mundo debería conocer y nunca olvidar.                                                                                                                                             

          

viernes, 25 de septiembre de 2015

La metamorfosis. Franz Kafka. Ediciones Brontes. 2015. Reseña





     Hace años, quizás demasiados, leí por primera vez La metamorfosis, la obra más aclamada del célebre escritor checo Franz Kafka. Sin embargo, dado que en este 2015 se cumple el centenario de su publicación, he decidido releerla. Y, como suele pasar cuando vuelves a una obra ya conocida desde tanto tiempo, he encontrado una novela diferente en algunos sentidos. Es obvio que la adolescencia hace que uno se fije únicamente en la historia narrada, sin pensar mucho más allá. Lo cual me llevó a clasificarla como una obra fantástica sin más. 

     Grave error. Y no porque no sea un relato fantástico, que evidentemente lo es, sino porque encierra en sí aspectos que pueden pasar por alto en la primera lectura. La revisión, pues, se hace necesaria. Porque, detrás de ese carácter fantástico que se observa en la superficie, descubrimos una realidad que asusta mucho más si cabe que imaginar la sensación que uno sentiría en el hipotético caso de despertar una mañana cualquiera habiéndose convertido en una cucaracha o en un escarabajo - no queda del todo claro en el relato -. Y es que, por difícil que parezca, puede haber cosas peores.

     La obra se puede interpretar de varias maneras. Las más plausibles son las siguientes: a) quizás Kafka quisiera denunciar el egoísmo humano. Gregorio sostiene a su familia económicamente y se esfuerza al máximo por procurar su estabilidad. Sin embargo, cuando se transforma en ese bicho, la respuesta que encuentra es contraria, es decir, le dan de lado y hasta lo dejan morir ; b) a lo mejor es una obra en parte autobiográfica - algo exagerada, claro - ya que Samsa, el apellido de Gregorio, es muy similar al de Kafka con el correspondiente cambio de consonantes. Lo cual explicaría la forma de sentir el mundo de hace un siglo por parte del autor; c) puede que estemos ante una denuncia social hacia el trato recibido por los individuos diferentes, que acaban aislados por un sistema que no entienden y que a la vez no les entiende; d) seguramente las tres interpretaciones citadas sean el objetivo inicial de Kafka.

     Me llamó la atención en su día la frialdad con que el narrador nos cuenta la historia. Algo que he vuelto a sentir en esta relectura. También la impotencia y a la vez resignación del protagonista, que paulatinamente va adquiriendo conciencia de su nueva situación, a la cual trata de adaptarse sin mucho éxito - como no podía ser de otra manera -. Y la sencillez del lenguaje, sin ejercicios retóricos retorcidos, contribuye a una narración directa, cruda y dura de la nueva realidad de Gregorio. Y de su familia.

     Porque la familia juega un papel básico en la historia. La madre mantiene una lucha consigo misma. Una lucha entre la repulsión y el rechazo hacia el bicho y un sentimiento maternal que no la dejan vivir en paz ante una situación tan dramática. El padre mantiene una deuda con el jefe de Gregorio, quien quiere saldarla en cuatro o cinco años. Es un padre algo vago, acomodado a una situación en la que es su hijo quien va a sacarle las castañas del fuego. Sin embargo, cuando sucede la transformación, debe buscar trabajo y mantenerse activo, lo que incluso provoca en él un cierto rejuvenecimiento. Y Greta es la hermana de Gregorio. De solo diecisiete años, es la única que en un período inicial se ocupa de él. Le da de comer y limpia su habitación. Su relación es bastante cercana, hasta que el tiempo y su trabajo - también se pone a trabajar para ayudar a su padre en el mantenimiento de la economía familiar - provocan el distanciamiento. 

     Los espacios donde transcurre la acción contribuyen a la angustia del protagonista. Su habitación es donde pasa la mayor parte del tiempo. Pequeña pero limpia y aseada en un principio, se acaba convirtiendo casi en claustrofóbica al abandonar su hermana su limpieza y cuidado y terminar convirtiéndose poco menos que en un trastero de muebles viejos y en un estercolero repleto de suciedad. La familia se reúne a comer y cenar en el comedor. El ambiente allí es muy diferente al de antes de la metamorfosis. No hay risas sino lloros. Gregorio escucha las conversaciones y va deprimiéndose al comprobar los estragos que su transformación va causando en la familia.

     La metamorfosis se ha convertido, durante su siglo de vida, en uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura. Escrita en apenas tres semanas, entre noviembre y diciembre de 1912, se publicó en 1915, ya iniciada la Gran Guerra. Dicha publicación motivó dos polémicas previas con su editor: en primer lugar, este quería acortar su extensión para darle más carácter de relato que de novela, algo a lo que Kafka se opuso tajantemente; en segundo lugar, pese a que ambos estuvieron de acuerdo en que el texto presentara ilustraciones, disintieron en su tipo: la idea del editor era que apareciera el monstruo, a lo que también se opuso el autor. Finalmente, Kafka se salió con la suya en ambos aspectos.

     Y existe una polémica más que sigue hasta nuestros días. Y es la del título de la obra. Die verwandlung fue su título original en alemán. Su traducción literal sería La transformación. No obstante, su primer traductor al castellano debió quedarse con la misma sensación que yo tras la primera lectura - estaba, sin más, ante una obra de carácter fantástica -, lo cual le impulsó a traducirla como La metamorfosis, que es el nombre que recibe el proceso mediante el cual los seres humanos se convierten en animales, plantas o animales y que, en alemán, tiene su propio vocablo: metamorphose. Algo que se le pasó por alto al traductor y que para Jorge Luis Borges es un disparate

     Polémicas aparte, conviene revisar este clásico. Y más al cumplirse un siglo desde su publicación. Kafka, que murió a los 41 años en un sanatorio, lo merece por su vida. Una vida dedicada por entero a las letras.         

     

lunes, 21 de septiembre de 2015

Voces del gueto de Varsovia. Michal Grynberg. Alba Editorial. 2004. Reseña





     Voces del gueto de Varsovia es una recopilación de testimonios escritos por supervivientes de uno de los capítulos más estremecedores de la historia del siglo XX europeo y mundial. Hasta un total de 29 protagonistas de tan dramáticos acontecimientos desfilan por las más de 450 páginas que componen el libro. Su editor, Michal Grynberg, investigador del Instituto de Historia Judía de la capital polaca, seleccionó los textos y los ordenó cronológicamente y por temas para que los lectores pudieran contrastar las diferentes opiniones de cada uno de los narradores.

     El resultado es este relato coral, una crónica apasionada y terrible, que reconstruye la vida de los judíos de la Varsovia de la II Guerra Mundial. Desde agentes de la Policía de Orden Judía hasta miembros de la resistencia, pasando por relatos de mujeres y hasta de una niña de tan solo once años de edad, recomponen la memoria de un pueblo condenado a muerte por la infamia nazi. Se recupera, así, la identidad de una comunidad sumida en la miseria y en la desesperación, pero también tenaz y luchadora. El libro desgrana la historia de la degradación humana que padecieron más de quinientas mil personas en aquel infame gueto.

     Este desgarrador documento histórico se compone de diez capítulos, a través de los cuales asistimos a la progresiva e imparable pérdida de libertades de una comunidad acostumbrada a luchar por su supervivencia a lo largo de la historia, pero, por supuesto, nada preparada para afrontar el peor de sus martirios. La vida entre los muros narra los aspectos básicos de cómo fue su vida durante los primeros tiempos de la construcción del gueto. La solidaridad y la organización interna de las distintas asociaciones de autoayuda ocupan la mayoría de sus páginas, así como los personajes más conocidos de la comunidad y su impactante capacidad de amoldarse a las circunstancias. 

     La administración del gueto de Varsovia se ocupa del Consejo Judío o Judenrat, liderado por el ingeniero Cherniakov; de la Policía de Orden Judía, bajo la jefatura de Szerynski; de las relaciones entre la policía judía y la polaca, que casi nunca fueron del todo buenas, a no ser por repartirse el pastel del contrabando; de la prisión central de la calle Gesia, que tenía capacidad para unas seiscientas personas pero que acabó albergando a más del triple; y de las instituciones de Protección Social, que hicieron lo que buenamente pudieron ante tanta barbarie.

     Los capítulos 3 y 4, referentes a Las autoridades de ocupación y a La gran acción, ocupan un tercio del total de los testimonios. Narran la preparación y casi-consumación del intento de exterminio de la población del gueto. Son las páginas más sobrecogedoras del libro. Tanto que al lector le cuesta avanzar en sus páginas ya que debe buscar aire en otros lugares para dejar de lado tanta angustia. Se describen minuciosamente las actions, la Umschlagplatz o plaza de embarque desde la que salían los trenes destino al campo de Treblinka, la extremada crueldad de los agentes de la SS y también de los propios policías judíos, y la incesante búsqueda por parte de los pobladores del gueto de trabajo en las shops (fábricas) alemanas o de escondites en refugios, sótanos, azoteas, etc.

     El levantamiento se centra en un hito histórico: el gueto judío de Varsovia, casi sin fuerzas ni armas ni comida, aguantó hasta tres meses los asedios del mayor ejército del mundo en el momento. Pese a terminar por sucumbir ante el poderío nazi, la mayoría de los pobladores que todavía permanecían con vida después de más de tres años de encierro, demostraron su ansia de libertad y de justicia. El barrio fue literalmente borrado del mapa, y sus pocos supervivientes hubieron de permanecer encerrados en sus búnkeres durante días, semanas y meses. En el distrito ario se centra en la forma de vida clandestina de los judíos que consiguieron huir del gueto para esconderse en casa de amigos de la parte no amurallada de la ciudad. Algo que, en la mayoría de casos, costó mucho dinero, dilaciones, extorsiones y denuncias por parte de una población polaca que llegó a creer en la propaganda nazi, que aseguraba que los judíos eran los causantes de todos los males de Polonia.

     En la prisión de Pawiak es uno de los capítulos centrales del libro. Sus testimonios cuentan la falta de alimentación e higiene de los presos y de valores y escrúpulos por parte de los carceleros de las SS y de los ucranianos que les servían de ayuda en las tareas especiales. Tratos vejatorios y denigrantes, ataques con perros y palizas sin fin se convirtieron en el día a día de los presos. Recuerdos diversos componen el capítulo octavo. En él leemos testimonios de personas anteriormente antisemitas que, viendo las injusticias cometidas sobre ellos, se convierten en defensores y hasta ocultadores de judíos en sus casas; también relatos de fugados de Treblinka que vuelven al gueto para avisar a sus hermanos; y denuncias de la corrupción existente en las SS, donde algunos agentes hacían la vista gorda a cambio de algunas gratificaciones.

     La liberación describe cómo vivió cada uno de los judíos la llegada de las tropas soviéticas y el fin de la guerra. Sorprendentemente, no fueron mayoritariamente momentos de euforia, sino de aceptación de la triste realidad, de una nueva vida que debía comenzar desde cero, pero sin padres, hijos, hermanos y resto de familiares. Muchos de los supervivientes se vieron libres, pero sin familia, sin dinero ni posesiones y sin un lugar adonde ir. Que nadie pase jamás por una situación como esa. El libro finaliza con un capítulo titulado Apéndice biográfico de autores, en el que se explica la procedencia de los distintos testimonios aparecidos en las páginas anteriores.

     En definitiva, estamos ante un documento - o conjunto de ellos - de carácter histórico de primer nivel. Huelga decir que cualquier persona interesada en esta temática no debe dejar de leer un libro tan importante como este, al nivel de la magnífica Crónica del gueto de Varsovia, del historiador judeo-polaco Emanuel Ringelblum, también publicada por la misma editorial. Conocer la historia debe ayudarnos a no repetir los errores del pasado. Aunque, visto lo visto, tiene razón quien afirma que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.     

    

martes, 15 de septiembre de 2015

En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 2013. Reseña





     Un fulgurante cáncer de pulmón se llevó el pasado 15 de agosto al escritor de Tavernes de la Valldigna (Valencia) afincado en Beniarbeig (Alicante) Rafael Chirbes. Demasiado pronto. A los 66 años de edad. Nos ha dejado con unas cuantas obras de importancia, entre ellas París-Austerlitz, novela de amor homosexual que terminaba de corregir cuando le sorprendió esa maldita enfermedad y que verá la luz a principios del próximo año; Crematorio, un fiel retrato de la especulación inmobiliaria que fue llevado a la pequeña pantalla en forma de mini serie de ocho capítulos; y En la orilla, que sigue la historia de la anterior y se centra en las consecuencias derivadas de dicha especulación. Sus dos últimas publicaciones le han valido el calificativo de escritor de la crisis.

     Tanto Crematorio como En la orilla fueron premiadas con el Premio Nacional de la Crítica en 2007 y 2014 respectivamente. Además, la que aquí nos ocupa, recibió también el Premio Nacional de Narrativa y el Francisco Umbral al libro del año. Pero los galardones y demás reconocimientos no fueron precisamente el motor que empujó a escribir a Chirbes, sino la responsabilidad de denunciar la realidad contemporánea de nuestro país. Hombre de pocas apariciones públicas - las justas y necesarias -, que huía de los flashes y los focos de luz, solía dialogar en alguna cafetería de Beniarbeig con vecinos el pueblo. 

     En la orilla es una obra densa y algo complicada de leer. Desde luego, sus largos párrafos, que en ocasiones se alargan hasta más allá de doce páginas, pueden provocar en ciertos momentos agobio en el lector, que no encuentra descansos ni forma de respirar durante unos minutos que pueden hacerse casi eternos. Quizás su autor prefiriera esa forma de presentación de la obra para transmitir esa sensación de desazón de los protagonistas de la historia: gente para la que cualquier tiempo pasado fue, sin duda, mucho mejor. Su lenguaje, directo y hasta obsesivo, ayuda a aumentar dicha sensación de angustia.

     Esto no significa que se sufra leyendo el libro. Cierto es que la historia es muy dura - caer desde tan alto duele, incluso a quien lo ve como simple lector -, pero se disfruta desde el punto de vista de la narrativa. Porque Chirbes narra, describe y transmite como nadie los sentimientos, las desesperanzas, las desesperaciones de aquellos que ven que no pueden seguir con sus vidas anteriores. Y es que, como sabemos, la explosión de la burbuja inmobiliaria se ha llevado por delante a buena parte de la economía de los ciudadanos de este país. Y eso ha conllevado tragedias en multitud de familias. Todos conocemos casos. A veces, varios. 

     Esteban narra la parte central de la historia en primera persona. Cuenta su vida y la de sus familiares. Con 70 años, solo y al cuidado de su anciano padre - que padece demencia senil -, está arruinado, amargado, desolado y acorralado. Solo guarda buen recuerdo de su tío Ramón, un padre para él. Casi no habla de su madre y sus hermanos. Y odia profundamente a su padre, republicano que pasó un tiempo en prisión tras la Guerra Civil y que se convirtió en un ser retraído, apartado de la realidad y maltratador de una familia a la que consideró siempre una carga, un estorbo. Un hombre para el cual la guerra no ha terminado todavía. Como si siguiera en 1939.

     La historia familiar de Esteban es la de la mezquindad humana, la del egoísmo, la de la falta de solidaridad. Cada cual va a la suya y la familia solo importa cuando hay algún tema económico que zanjar. Algo muy común en este país, por cierto. Y la personal es la de la resignación, la rabia y las ganas de venganza. Esteban culpa a los demás de todo lo que le ha ocurrido en su vida. Abandonado por Leonor, el amor de su vida, que acabó huyendo a Madrid con su mejor amigo, se da al licor, las putas y la mala vida. Su carpintería - mejor dicho, la de su padre - le ocupa la mayor parte del tiempo, hasta que se deja liar por el rico del pueblo y acaba perdiendo todo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.

     La crisis le obliga a cerrar la carpintería y a despedir a sus trabajadores y a Liliana, la joven colombiana que cuidaba tanto de él como de su padre. Resulta desgarrador el testimonio de cada uno de sus trabajadores y amigos, quienes se ven, de la noche a la mañana, sin poder pagar sus hipotecas, los libros de sus hijos, los coches y hasta con dificultades para comer. Todo ello, en un ambiente opresivo y agobiante, en el que el bosque de grúas - actividad, actividad, actividad - se ha convertido en un cementerio de esqueletos de hormigón, desesperanzas y dignidades rotas. La única vía de escape que ve Esteban es el pantano, que, situado en plena marjal, es su rincón de desconexión de una realidad insoportable, insufrible. 

     Muchas son las palabras que pueden definir el ambiente, los sentimientos de los personajes y la narrativa de En la orilla. Por quedarme con unas pocas, destacaré las siguientes: crónica (la de una crisis anunciada a la que no se le prestó la atención debida hasta que fue demasiado tarde); realismo (duro, puro y crudo); derrota (la de unos protagonistas sin capacidad de reacción); desolación (la del paisaje de los pueblos y sus turísticas playas); crítica (la de la condición humana y la de los valores de la misma); hipocresía (la de aquellos listillos que se enriquecieron a base de aprovecharse de los demás  poniendo en práctica negocios en parte ilícitos y que vivieron por encima de sus posibilidades - y también de las de los demás -); intimista (porque su lectura nos desgarra al comprobar cómo los distintos personajes se ven perdidos ante sus circunstancias y sin donde agarrarse); y lucidez (la de un autor al que ya se está echando de menos).   
        

lunes, 7 de septiembre de 2015

Malas tierras. Jordi Sierra Fabra. Alfaguara. 1994. Reseña





     Jordi Sierra Fabra es un periodista y escritor catalán dedicado al estudio del rock y a la literatura juvenil. A los doce años, haciendo gala de una increíble precocidad - sobre todo en aquel momento, 1960 -, ya había escrito una novela de quinientas páginas. Fundó revistas de reconocido prestigio, como El Gran Musical o Popular 1, y ha escrito numerosas obras - en total, más de cuatrocientas -, de las cuales ha vendido más de diez millones de libros. Algo al alcance de muy pocos escritores.

     Su literatura se caracteriza por un estilo directo marcado por los diálogos, el ritmo, las frases cortas y cierto suspense. Algo que también se puede comprobar al leer la novela que nos ocupa: Malas tierras. He de confesar que el motivo de haber leído este libro es su portada y su sinopsis. El hecho de que aparezca Bruce Springsteen y de que parte de su trama se desarrolle en uno de sus míticos conciertos en el Palau Sant Jordi de Barcelona sirvieron para que me decidiera con rapidez.

     Se trata de una novela urbana desarrollada en la Barcelona inmediatamente posterior a los JJ. OO. de 1992. Y dos son sus puntos de partida: Barcelona, con el referido concierto del Boss en el Sant Jordi, y Madrid, donde una niña y sus padres esperan en el Gregorio Marañón un corazón que no acaba de llegar. Mientras muchos rockeros disfrutan en Barcelona, una familia agoniza en Madrid. El tiempo se detiene para unos, pero vuela para otros. La felicidad y la desesperanza corren de la mano durante las casi doscientas páginas de la novela.

     Mientras la niña alterna episodios de sueño y duermevela, sus padres no quieren separarse de ella ni un solo segundo. Porque puede ser el último de vida de su pequeña y no se perdonarían no aprovechar cada instante. Ambos viven momentos de esperanza, pero también de dolor y amargura. La situación está clara: o aparece un corazón durante la madrugada o su hija morirá. En las escenas que se desarrollan en el hospital madrileño los sentimientos están a flor de piel. Un donante es todo lo que se necesita. Tan sencillo. Tan difícil.

     Descripciones de algunas de las escenas del concierto del Boss aparte, el centro de la historia desarrollada en Barcelona está marcada por las relaciones entre los cuatro protagonistas: Cati, una joven estudiante de veterinaria que demuestra una seguridad y una madurez a prueba de bomba; Cristo, un inseguro y joven guitarrista aspirante a formar parte de una banda de rock local; Toni, que a la semana siguiente debe abandonar la ciudad para viajar a Melilla e incorporarse al servicio militar - todavía obligatorio por aquellas fechas -; y Neli, una alegre y extrovertida zaragozana que ha viajado de incógnito a la ciudad condal para tratar de ver a Bruce.

     Cati es el típico bombón que toda madre quisiera como novia de su hijo. Cristo y Toni, claro está, la quisieran como novia, pero ambos son tímidos y no se atreven a declararle su amor. Cristo cree tener más tiempo para hacerlo. Cuando su amigo se vaya a la mili tendrá su ocasión. Pero para Toni esa es su última noche: o se declara a Cati o la pierde para siempre (según cree él). Esa angustia crea situaciones tensas entre los amigos a lo largo de la noche: concierto + fiestas nocturnas.

     Y la tensión crece también porque otro personaje, secundario al principio, va cobrando protagonismo. Un protagonismo que nos anticipa una tragedia final. Y es que según avanzamos en la lectura, vemos cómo la niña de Madrid va a ser salvada por uno de los jóvenes de Barcelona. Porque ese otro personaje, recientemente divorciado y sin encontrar plan para esa noche - tras fundir su teléfono llamando a todas las chicas conocidas -, se dispone a salir a conducir como un loco por las calles barcelonesas. Alguien va a morir para que la niña madrileña viva. ¿Quién? He ahí la clave.

     La cuestión es que, en el amanecer barcelonés, el gozo, la rabia, la esperanza y la casualidad se encuentran en una encrucijada que decide el futuro de prácticamente todos los protagonistas de la acción. Los sentimientos de los chicos y chicas quedan a flor de piel y el lector, sin quererlo, busca saber quién va a morir, tomando partido por aquél o aquellos protagonistas que mejor le caen. Así es la vida en ocasiones: la desgracia de unos suele ocasionar la suerte de otros. Y la casualidad juega un papel importante en ella, mal que nos pese a todos (a veces).