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lunes, 16 de noviembre de 2015

Matar a un ruiseñor. Harper Lee. Ediciones B. 2009. Reseña





     Harper Lee (nacida en Monroeville, Alabama, en 1926) está de plena actualidad desde que este verano se publicara la ya reseñada en este blog Ve y pon un centinela, la novela original, rechazada por sus editores en su momento, una de cuyas tramas secundarias dieron origen a uno de los grandes clásicos de la literatura del siglo XX: Matar a un ruiseñor. Novela que se publicó en 1960, ganó el Premio Pulitzer en 1961 y fue adaptada a la gran pantalla por el director Robert Mulligan en 1962. Una película que también se catapultó por méritos propios como otro clásico del cine y que fue premiada con dos Óscars: mejor intérprete masculino (Gregory Peck) y mejor guión (Horton Foote).

     Jean Louis Finch, a la que todos conocen en Maycomb como Scout, relata en primera persona dos años de su infancia -entre los 6 y los 8 años de edad-, en los cuales el suceso más importante fue cuando su padre, Atticus, defendió a Tom Robinson, un joven de color acusado de agredir sexualmente a una joven blanca. Los hechos, ambientados en la década de 1930 en un estado del sur de los EE. UU., retratan la sociedad de aquella época, marcada por los prejuicios raciales y sociales, la total desconfianza hacia lo diferente, la rigidez de las relaciones familiares y vecinales y un sistema judicial para el cual la población de color no era, ni por asomo, igual a la blanca.

     Pese a ser una novela de ficción, la autora se inspiró en un suceso real acaecido en Scottsboro, ciudad cercana a su Monroeville natal, del que fue testigo indirecta también a temprana edad -como le sucede a Scout en esta novela-. Tras ser rechazada Ve y pon un centinela por sus editores -consideraron que sería una novela polémica y poco apropiada en aquel momento, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita por una mujer - Lee decidió reescribirla por completo, utilizando una trama secundaria, situarla una década antes y guardar en un cajón la original rechazada.

     Amiga personal de Truman Capote, Lee se retiró del mundanal ruido tras ganar el Pulitzer y alcanzar fama mundial. No obstante, en 2007 recibió la Medalla Presidencial de la Libertad de Estados Unidos por su corta pero genial carrera literaria. La polémica llegó este 2015, cuando se decidió publicar la obra original sin -parece ser- el consentimiento de una Harper Lee enferma e incapacitada para la toma de decisiones. ¿Es lícito publicar una novela perdida desde hace más de cincuenta años? ¿Habría sido mejor dejar perder para siempre una obra maestra de tal magnitud?

     Polémicas al margen, Matar a un ruiseñor -y también su original- nos hablan de una época en la que unos pocos hombres, como Atticus Finch, debieron asumir un papel para el que la mayoría de mortales no estaba preparado: la defensa del honor y de la vida de las personas de color. Una época en que la conciencia de estos hombres alumbró a una sociedad que poco a poco iría venciendo sus atrasos y debilidades. Porque Atticus, que en ocasiones flaquea respecto a las peticiones de sus hijos, permanece rígido ante las injusticias de sus conciudadanos hacia quienes son diferentes.

     Y por diferentes debe entenderse no solo a los negros sino a cualquier vecino que se saliera de la norma establecida. Finch respeta absolutamente a todos sus vecinos y vecinas, los acepta tal y como son, sin pretender cambiarlos en ningún momento, y se esfuerza en que sus hijos sigan su camino. La paciencia para explicar a sus vástagos cómo deben comportarse en la vida es uno de los pilares de su personalidad. Sin duda, estamos ante un ser entrañable donde los haya. Un personaje capital en la literatura contemporánea. Y, como demuestra en las escenas del juicio de Tom Robinson, de una locuacidad recta y exquisita.

     La novela consta de dos partes, aunque -por ponerle una sola objeción- podría haber sido más acertada la posibilidad de que tuviera tres. En la primera se presentan los personajes y los casos particulares de Boo Radley -otro conciudadano que se sale de los clichés típicos de los años treinta norteamericanos- y Tom Robinson. En la segunda se describen el juicio y sus consecuencias. Quizá esas consecuencias podrían haberse presentado en una tercera parte: el post juicio. Pero, ¿quién es servidor para aconsejar a toda una Premio Pulitzer? Pues eso.

     Matar a un ruiseñor nos transmite varias enseñanzas a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas. A saber: que la conciencia de las personas debería ser nuestra guía particular en este mundo; que en ocasiones las personas misteriosas no son tales sino que su misterio radica precisamente en nuestra propia mente; que hemos de ser capaces siempre de ponernos en el lugar de aquellos a quienes consideramos diferentes; y que juzgar sin conocer en realidad a los demás -y a sus circunstancias- es un grave error que todos deberíamos tratar de evitar en la medida de lo posible.

     Para terminar, debo recomendar el visionado de la película -como siempre, menos explicativa que la novela, pero también de gran valor- y la lectura de Ve y pon un centinela, novela que puede considerarse como borrador, como secuela o -a tenor de las informaciones- como precuela de la reseñada. 
           
         

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