LIBROS

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martes, 15 de septiembre de 2015

En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 2013. Reseña





     Un fulgurante cáncer de pulmón se llevó el pasado 15 de agosto al escritor de Tavernes de la Valldigna (Valencia) afincado en Beniarbeig (Alicante) Rafael Chirbes. Demasiado pronto. A los 66 años de edad. Nos ha dejado con unas cuantas obras de importancia, entre ellas París-Austerlitz, novela de amor homosexual que terminaba de corregir cuando le sorprendió esa maldita enfermedad y que verá la luz a principios del próximo año; Crematorio, un fiel retrato de la especulación inmobiliaria que fue llevado a la pequeña pantalla en forma de mini serie de ocho capítulos; y En la orilla, que sigue la historia de la anterior y se centra en las consecuencias derivadas de dicha especulación. Sus dos últimas publicaciones le han valido el calificativo de escritor de la crisis.

     Tanto Crematorio como En la orilla fueron premiadas con el Premio Nacional de la Crítica en 2007 y 2014 respectivamente. Además, la que aquí nos ocupa, recibió también el Premio Nacional de Narrativa y el Francisco Umbral al libro del año. Pero los galardones y demás reconocimientos no fueron precisamente el motor que empujó a escribir a Chirbes, sino la responsabilidad de denunciar la realidad contemporánea de nuestro país. Hombre de pocas apariciones públicas - las justas y necesarias -, que huía de los flashes y los focos de luz, solía dialogar en alguna cafetería de Beniarbeig con vecinos el pueblo. 

     En la orilla es una obra densa y algo complicada de leer. Desde luego, sus largos párrafos, que en ocasiones se alargan hasta más allá de doce páginas, pueden provocar en ciertos momentos agobio en el lector, que no encuentra descansos ni forma de respirar durante unos minutos que pueden hacerse casi eternos. Quizás su autor prefiriera esa forma de presentación de la obra para transmitir esa sensación de desazón de los protagonistas de la historia: gente para la que cualquier tiempo pasado fue, sin duda, mucho mejor. Su lenguaje, directo y hasta obsesivo, ayuda a aumentar dicha sensación de angustia.

     Esto no significa que se sufra leyendo el libro. Cierto es que la historia es muy dura - caer desde tan alto duele, incluso a quien lo ve como simple lector -, pero se disfruta desde el punto de vista de la narrativa. Porque Chirbes narra, describe y transmite como nadie los sentimientos, las desesperanzas, las desesperaciones de aquellos que ven que no pueden seguir con sus vidas anteriores. Y es que, como sabemos, la explosión de la burbuja inmobiliaria se ha llevado por delante a buena parte de la economía de los ciudadanos de este país. Y eso ha conllevado tragedias en multitud de familias. Todos conocemos casos. A veces, varios. 

     Esteban narra la parte central de la historia en primera persona. Cuenta su vida y la de sus familiares. Con 70 años, solo y al cuidado de su anciano padre - que padece demencia senil -, está arruinado, amargado, desolado y acorralado. Solo guarda buen recuerdo de su tío Ramón, un padre para él. Casi no habla de su madre y sus hermanos. Y odia profundamente a su padre, republicano que pasó un tiempo en prisión tras la Guerra Civil y que se convirtió en un ser retraído, apartado de la realidad y maltratador de una familia a la que consideró siempre una carga, un estorbo. Un hombre para el cual la guerra no ha terminado todavía. Como si siguiera en 1939.

     La historia familiar de Esteban es la de la mezquindad humana, la del egoísmo, la de la falta de solidaridad. Cada cual va a la suya y la familia solo importa cuando hay algún tema económico que zanjar. Algo muy común en este país, por cierto. Y la personal es la de la resignación, la rabia y las ganas de venganza. Esteban culpa a los demás de todo lo que le ha ocurrido en su vida. Abandonado por Leonor, el amor de su vida, que acabó huyendo a Madrid con su mejor amigo, se da al licor, las putas y la mala vida. Su carpintería - mejor dicho, la de su padre - le ocupa la mayor parte del tiempo, hasta que se deja liar por el rico del pueblo y acaba perdiendo todo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.

     La crisis le obliga a cerrar la carpintería y a despedir a sus trabajadores y a Liliana, la joven colombiana que cuidaba tanto de él como de su padre. Resulta desgarrador el testimonio de cada uno de sus trabajadores y amigos, quienes se ven, de la noche a la mañana, sin poder pagar sus hipotecas, los libros de sus hijos, los coches y hasta con dificultades para comer. Todo ello, en un ambiente opresivo y agobiante, en el que el bosque de grúas - actividad, actividad, actividad - se ha convertido en un cementerio de esqueletos de hormigón, desesperanzas y dignidades rotas. La única vía de escape que ve Esteban es el pantano, que, situado en plena marjal, es su rincón de desconexión de una realidad insoportable, insufrible. 

     Muchas son las palabras que pueden definir el ambiente, los sentimientos de los personajes y la narrativa de En la orilla. Por quedarme con unas pocas, destacaré las siguientes: crónica (la de una crisis anunciada a la que no se le prestó la atención debida hasta que fue demasiado tarde); realismo (duro, puro y crudo); derrota (la de unos protagonistas sin capacidad de reacción); desolación (la del paisaje de los pueblos y sus turísticas playas); crítica (la de la condición humana y la de los valores de la misma); hipocresía (la de aquellos listillos que se enriquecieron a base de aprovecharse de los demás  poniendo en práctica negocios en parte ilícitos y que vivieron por encima de sus posibilidades - y también de las de los demás -); intimista (porque su lectura nos desgarra al comprobar cómo los distintos personajes se ven perdidos ante sus circunstancias y sin donde agarrarse); y lucidez (la de un autor al que ya se está echando de menos).   
        

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