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viernes, 4 de septiembre de 2015

Springsteen: 40 años corriendo para ganar





     25 de agosto de 1975. Bruce Springsteen y Columbia Records publican su tercer trabajo discográfico juntos. Mike Appel y John Landau, junto al propio Bruce, supervisan su grabación y producción. Solo 8 temas - con largas y magníficas introducciones instrumentales -, dos singles promocionales - Born to run y Tenth avenue freeze-out - y 39 minutos de duración bastan para poner a Springsteen en el lugar que nunca abandonaría desde entonces: la cúspide del rock and roll contemporáneo. Y eso que han pasado 40 años.

     A priori, 8 canciones y 39 minutos pueden parecer poco bagaje para un disco. Pero Springsteen y sus compañeros de la E Street Band trabajaron en él durante año y medio (enero de 1974-julio de 1975) en los Record Plant Studios y en los 914 Sound Studios de Nueva York. El resultado fue un disco épico y atemporal que aún a día de hoy emociona a quienes lo escuchan por vez primera. Un clásico que suena como nuevo a pesar de los años. Una descarga de rock and roll que la crítica acogió desde el principio con los brazos abiertos. Tanto que en 2003 la revista Rolling Stone lo colocó como el número 18 en su lista de los 500 mejores discos de la historia. Algo que, en mi opinión, se queda corto. Muy corto.

     Springsteen compuso el disco con la ayuda de un piano, no de una guitarra, y utilizó la técnica de sonido del "muro de sonido" para que sonara como Roy Orbison con Bob Dylan cantando y Phil Spector en la producción. ¿Y la portada? La portada merece mención aparte. Esa imagen tomada por Eric Meola de Bruce sosteniendo su Fender y apoyado en el hombro del saxofonista Clarence Clemons forma parte de la historia del rock. Big Man siempre fue uno de los sostenes de Springsteen. Su amistad y lealtad permanecen incluso más allá de la muerte del saxofonista el 18 de junio de 2012.

     La primera de las ocho obras maestras que componen Born to run es Thunder road. Estamos ante una canción que evolucionó tanto desde su primera versión que cuesta reconocerla. Cuando Bruce la compuso la tituló Wings for wheels, aparecían nombres de mujer como Angelina y Christina - finalmente sustituidos por el de Maria - y la estrofa final decía "is a town full of losers, and baby i was born to win" (Esta es una ciudad llena de perdedores, y nena yo nací para ganar) y no el ya legendario "it´s a town full of losers, and i´m pulling out of here to win" (Es una ciudad llena de perdedores, y yo estoy saliendo de aquí para ganar). La manida metáfora de la carretera como libertad jamás fue tan soberbiamente utilizada como en este caso. Esa armónica desgarradora simboliza a la perfección tanto la nostalgia por la juventud que se escapa como la imperiosa necesidad de cambiar de rumbo en la vida. Y el solo de saxo final de Big Man confirma ese triunfo, ese acercamiento a la tierra prometida de la que habla la canción.

     Tenth avenue freeze-out es un tema autobiográfico. Habla de cómo se va formando la E Street Band, destacando el glorioso momento en que "Big Man joined the band" (Big Man se unió a la banda). La canción suena a descarada y festiva, como no podía ser de otra manera. La mano de Steven van Zandt se nota en ese toque casi humorístico. Night es el tema más corto del álbum. Pero en sus escasos tres minutos promete escapar a toda prisa, con urgencia. La ametralladora del inicio (con la batería de Max Weinberg a la cabeza) da paso a ese saxo de Clarence, que llora y nunca descansa.

     Backstreets cierra la cara A del formato original de vinilo. Es un tema melodramático narrado con gran maestría. Otra pieza eterna, de museo. La desesperación que subyace puede ser debida a la relación del narrador con un hombre llamado Terry, junto a quien debe apartarse de la sociedad. Quizás haga referencia a una relación homosexual, pues en aquella época los amantes homosexuales debían vivir en la sombra. También es posible que simplemente sea un tema que habla de la amistad, en el pleno sentido de la palabra. El caso es que el órgano de Roy Bittan, la guitarra de Bruce y la batería de Max Weinberg nos ayudan a entender mejor a estos personajes que deben sentirse como cowboys de medianoche, siguiendo el efecto cinematográfico que Bruce buscó desde el primer momento en el disco. 

     La cara B del elepé comienza con Born to run. Al principio de esta entrada hablé de lo atemporal del álbum. Pues bien, este es el más claro ejemplo de cómo algo grabado hace cuarenta años puede sonar como actual, como algo que nunca pasa ni pasará de moda. Seis meses costó grabar un tema de cuatro minutos y medio. Cuatro minutos y medio que sirvieron para establecer el sello Springsteen para la posteridad. Esperanza, romance y carácter épico en una sola pastilla. Siguiendo la línea de Thunder road, Bruce le canta a su chica - que en esta ocasión se llama Wendy - que "tenemos que salir mientras seamos jóvenes, porque los vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr". Sin embargo, a diferencia de la anterior, es una canción que habla de confusión, desorientación, sentimiento de pérdida. Y no solo del propio Bruce sino de un país entero. Y es que estamos ante un disco grabado tras la guerra de Vietnam, la crisis del petróleo o el caso Watergate que acabó con el gobierno de Nixon. Es decir, en plena decadencia del mal llamado "sueño americano". 

     She´s the one es toda una declaración de amor. Y, fantástica letra aparte, el abrasador solo de saxo de Clarence y el hecho de que Bruce cante a lo Elvis la convierten en una de las mejores declaraciones de amor posibles. Meeting across the river es una canción para escuchar a oscuras y con el volumen al máximo. Es casi una nana que nos relaja y nos eleva el espíritu. Puede que pase desapercibida en las primeras escuchas del disco, pero no desmerece en absoluto del resto de las siete magníficas. Su piano nos conduce por un río del cual no queremos regresar.

     Y llegamos a Jungleland. ¿Qué puedo decir de esta maravilla? Este modesto blog debe su título a esta enorme joya. ¿Cómo puede una canción de nueve minutos dejarnos con ganas de más y con la sensación de quedarse corta? ¿Cómo puede dejarnos con los ojos llorosos, el pelo erizado y el cuerpo sudado, aunque la escuchemos tumbados en la cama en pleno invierno? Un introductorio violín triste; un piano que nos cosquillea; un saxo que nos empuja hacia arriba con fuerza inusitada; un Bruce, convertido ya en el Boss que todos conocemos, cantando a la par con melancolía y esperanza, con fragilidad y rabia; y un solo de saxo de Clarence capaz de levantar a un muerto. Un tema de diez. Muy emotivo. Redondo. La gran canción. La madre de todas las canciones. Un broche final perfecto para el disco perfecto. Para el disco.

     En definitiva, un disco optimista que nos invita a elegir nuestro futuro. El Bruce de 24 años (¡solo 24!) convertido en el Boss del rock and roll. El que cruzó por primera vez el charco para dejarnos imágenes y notas como las registradas en el legendario concierto del Hammersmith Odeon de Londres aquel 18 de noviembre de 1975. El Springsteen que eligió ser el futuro del rock no porque lo hubiera dicho John Landau sino porque era su sueño desde que, todavía más joven, imaginaba ser Elvis o Roy Orbison. 


        
                            

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