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viernes, 23 de enero de 2026

El tiempo de las fieras. Víctor del Árbol. Destino. 2024. Reseña

 




    El sicario mexicano sin nombre regresa en El tiempo de las fieras, la segunda parte de su trilogía, que comenzó con Nadie en esta tierra (2023) y finaliza ya mismo con Las buenas intenciones (2026), para acabar un trabajo que dejó deliberadamente pendiente tres años atrás en Barcelona. El Oso Dávila, una especie de mentor de sicarios pero sobre todo un temible malnacido sin escrúpulos, lo tiene cogido por donde más le duele -lo poco que queda de su familia- y lo obliga a regresar a España, esta vez a Lanzarote, para cumplir con un encargo que ineludiblemente deberá ser finiquitado con éxito. Sí o sí. La casualidad -o no- hará que vuelva a reencontrarse con varios de los protagonistas de Nadie en esta tierra. Algunos de los cuales ya no son los mismos que fueron tres años antes. Y es que con el tiempo, las circunstancias de la vida y las necesidades particulares las personas cambiamos. Unas más que otras, eso también es cierto. 

    El mexicano, que vuelve a narrar varias partes de la novela en primera persona, contándonos cómo se hizo sicario -o, más bien, cómo lo obligaron a hacerse sicario-, se vuelve a encontrar con Julián Leal, quien vive sus últimos meses de vida consumido por un cáncer que paradójicamente lo sacó de la cárcel. Ansía acabar sus días bebiendo cerveza y escuchando la discografía completa del Boss, pero no va a poder ser. El gordo Soria acudirá a él una vez más -la última ya- por el que debe ser su último trabajo. Después de lo ocurrido tres años atrás Soria ha sido desterrado a Lanzarote, un lugar tranquilo en el que casi retirarse de la profesión de su vida. Un lugar tranquilo hasta que, de la noche a la mañana, sus tierras aparecen sembradas de cadáveres. El brutal atropello -¿accidental?- de una joven bosnia será el punto de partida de otro trepidante thriller de Víctor del Árbol que cumple con el esquema habitual de todas sus novelas.

    Una vez más, en El tiempo de las fieras nos encontramos a un ser cuya infancia fue robada de forma cruel. Dos, más bien, porque el sicario-narrador también nos cuenta su particular travesía adolescente por el desierto de las desgracias y el dolor. Y, además, está Vesna, la joven atropellada en las primeras páginas de la novela, que escapó de milagro de una auténtica cacería humana cuando apenas tenía seis años de edad. Vio morir a sus padres y a su hermano a mano de unas auténticas fieras -de ahí (en parte) el título de la novela- y solo vive por y para la venganza. Ha dedicado su vida entera a dos cosas: a esconderse de quienes la dejaron con vida y siguen buscándola para acabar con ella y a buscar la mejor manera para vengarse de ellos. Para hacerles pagar por lo que le hicieron a su familia y a ella misma. Una joven que vive de la forma más anónima posible, pero que se convierte en la sombra de aquellos que quieren matarla. Que hace de ello la única razón de su existencia.

    De nuevo, como es habitual en del Árbol, el escritor se convierte en hilador. Un hilador que enlaza historias diferentes ocurridas en un pasado que parece justificar los sucesos del presente. Un pasado que carga a los protagonistas de sus historias con mochilas más o menos pesadas pero siempre dolorosas. Un dolor que motiva en muy buena parte todo lo que ocurrirá en el futuro, que es el presente de la narración. Y es que otra de las características de las obras de este autor es que los personajes son seres sufrientes. De distintas épocas, lugares y circunstancias, además. Y es la forma en la que todos esos pasados convergen en un presente común lo que hace grandes las historias de Víctor del Árbol. Unas historias en las que se nos va dando la información, tanto del pasado como del presente, de forma que toca al lector establecer las distintas conexiones entre todas ellas. Eso sí, siempre de la mano de una narración que puede resultar caótica por momentos pero que al final siempre acaba encajando con una perfección casi matemática.      

    En El tiempo de las fieras resulta impactante cómo lo que parece ser un simple caso de atropello con fuga acaba convertido en una más que compleja trama humana (inhumana en demasiadas ocasiones), empresarial y política que afecta a distintas personalidades de varios países. Uno de esos casos de corrupción que de tanto en tanto -de forma cada vez más habitual, por cierto- explotan, se hacen públicos y escandalizan a una población que progresivamente va aceptando que cosas tan horribles ocurran con mayor asiduidad. Porque, como la realidad siempre supera a la ficción, vivimos en un mundo en el que, por desgracia, son más los empresarios sin escrúpulos y los políticos vendidos y corruptos que campan a sus anchas. Y está bien que, aunque sea en la ficción de una novela, cada cual reciba su merecido. De una u otra forma. Aunque una isla tan bonita como Lanzarote acabe teñida de sangre inocente.

    Y no, nuestro protagonista -el sicario sin nombre- no es el responsable de la mayoría de estas muertes. La isla se llena de asesinos pagados por sus amos para acabar de raíz con cualquier mínimo atisbo de prueba que pueda implicarlos. Y, paradójicamente, es ese afán de borrar del mapa a todas esas personas que pueden dinamitar, de una u otra forma, la supervivencia de los corruptos el que pone al gordo Soria en el camino del esclarecimiento de un caso que para nada le va a suponer un retiro tranquilo en su exilio canario. Un caso que va a poner de manifiesto cómo y cuánto pueden cambiar las personas en solo tres años. Incluso él mismo, capaz de hacer algo que durante los últimos treinta años jamás pensó que pudiera hacer. Y es que nadie conoce en realidad a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Que se lo digan al gordo Soria, pero también a Virginia, antigua compañera suya y de Julián Leal, que ahora comparte el liderazgo de las empresas de su padre, Armando Ortiz. 

    Lo cual nos lleva a otra parte importante de las novelas de Víctor del Árbol: las luchas internas de sus personajes, quienes han de lidiar con dilemas morales, sopesando lo que hacen con lo que deberían hacer. ¿Todos los actos se justifican según su finalidad? No siempre, claro. Y el resultado final de esas distintas luchas internas debería convertir a sus protagonistas en buenos o malos. Si fuera posible clasificarlos de esa manera. Porque los malos pueden hacer cosas buenas y los buenos pueden hacer cosas malas. Lo que queda claro en el conjunto de la obra de del Árbol es que el mal existe en sí mismo. Por sí mismo. Y es que no siempre la maldad tiene su origen en algún acontecimiento pasado que lo acaba justificando. No, no es así de sencillo y simple. A veces la maldad surge porque sí. Y quien la practica puede ser perfectamente calificado como una fiera. Dando la razón a Hobbes en su más célebre cita. 

  

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mis diez mejores lecturas de 2025

 




10. Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes. Pablo Iglesias. Navona Editorial. 2022. Nos muestra a un Iglesias más humano y familiar. Alguien que durante unos años se preguntó: ¿Por qué me he metido en esto? Si yo antes era súper feliz. Yo ganaba más pasta antes de meterme en Podemos que después. Ganaba dinero, iba en moto, salía por la noche, me tomaba unas cervezas cuando quería y era un tío súper feliz. Alguien que aunque no lo parezca, soy una persona súper tímida y que la gente me tocara por la calle o las señoras me pararan para darme besos no me gustaba. Era una enorme putada.


9.  Hozuki, la librería de Mitsuko. Aki Shimazaki. Nórdica Libros. 2017. La narración de Mitsuko comienza el día de la hatsuyuki, es decir, la primera nevada del invierno. Taro, su hijo sordomudo de siete años, juega en la calle delante de la librería cuando comienzan a caer los primeros copos de nieve. Viven una vida tranquila y humilde, pues una librería nunca suele dejar grandes márgenes económicos. Sobre todo si se trata de una librería de lance o de segunda mano. Por ello, los viernes por la noche, Mitsuko trabaja como camarera en un bar de alterne de alta gama, donde consigue completar ingresos y charlar desanimadamente con los intelectuales que frecuentan el establecimiento.


8.  Blitz. David Trueba. Anagrama. 2015. Novela que se desarrolla casi por completo en Múnich, Beto nos narra, en primera persona, una historia de naufragio personal, profesional y sentimental. El joven, de treinta y pocos años de edad, un arquitecto paisajista que acude a la capital bávara para concursar en un congreso internacional con un innovador proyecto de jardín decorado con bonitos relojes de arena, se verá envuelto, de repente, en una crisis personal global de la que no es capaz de encontrar una salida. A no ser que la solución pase por un cambio radical de vida.


7.  Desde la sombra. Juan José Millás. Seix Barral. 2016. Damián es un cuarentón solitario que solo vivía para trabajar. Sin trabajo, confundido, hundido y perdido, comete un pequeño hurto en un mercadillo de antigüedades y, perseguido por un vigilante de seguridad, se esconde dentro de un viejo armario. Y acaba en un dormitorio cualquiera. Millás nos disecciona la vida cotidiana familiar, la de cada uno de sus miembros y la mente enferma de un joven reconvertido en un fantasma bienhechor que acaba protegiendo a la mujer de la casa.


6.  El testigo invisible. Carmen Posadas. Planeta. 2013. La política interna y externa, las relaciones internacionales, las guerras, la vida en la corte imperial, los constantes choques entre el mundo rural y la ciudad, la complicada situación de la economía rusa, su sociedad piramidal y las luchas entre los revolucionarios, divididos en varios bloques, son temas que trata la autora en las páginas de la novela. No lo hace de forma directa, pero el lector que sepa leer entre líneas podrá utilizar esta historia como una manera de aprender cómo era la Rusia del primer cuarto del siglo XX. Una Rusia en la que jugó un papel primordial Grigori Efimovich, más conocido como Rasputín. Personaje que bien merecería un capítulo aparte merced a su gran capacidad para influir en su amiga personal Alejandra Fiodorovna, esposa consorte de Nicolás II, quien influía a su vez en su esposo.


5.  El mejor libro del mundo. Manuel Vilas. Destino. 2024. Vilas comenzó a escribir este libro en el momento de cumplir los sesenta. Edad en la que hay más certeza de pasado que de futuro. El paso del tiempo, la incertidumbre respecto al futuro, la muerte y la necesidad de perpetuarse -por ejemplo, escribiendo el mejor libro del mundo- son temas recurrentes a lo largo de una obra que podríamos calificar como claramente existencialista. Con continuas alusiones a autores que podríamos enmarcar dentro de esta corriente filosófica -e incluso en la denominada literatura del absurdo- como Kafka, Kierkegaard, Nietzsche, Camus o Sartre, explora, hasta sus últimas consecuencias, los recovecos del alma humana. 


4.  El maestro que prometió el mar. Francesc Escribano (y otros). Blume. 2024. A Antoni Benaiges lo asesinaron los gloriosos revolucionarios -como todavía hoy se les llama en determinados círculos- durante los primeros días del levantamiento golpista contra la República. Fue en julio de 1936, muy pocos días antes de que el maestro cumpliera la promesa de llevar a sus alumnos desde Bañuelos de Bureba (Burgos) hasta Mont-roig del Camp (Tarragona) para que vieran el mar. Según los defensores de la nación los delitos de Benaiges fueron traicionar y pervertir España y sus cimientos y no enseñar a sus alumnos como Dios manda. La filosofía de Benaiges era que los niños deben ser ante todo niños. Deben aprender divirtiéndose. Fue uno de los difusores en nuestro país de la conocida técnica Freinet, ideada por el maestro y pedagogo francés Célestin Freinet, cuya síntesis proponía la autogestión, cooperación y solidaridad entre el alumnado y se materializaba en la introducción de la imprenta en la escuela, el texto libre y el método natural de lectura y escritura.


3.  Lunar Park. Bret Easton Ellis. Random House Mondadori. 2006. Novela que se podría calificar, más que como meta literatura, como psycho ficción. Se mezclan la realidad y la ficción del Ellis persona con la realidad y la ficción del Ellis protagonista. También las alucinaciones con la sabiduría. El amor con la pérdida. La seguridad con el sentido de culpa. La casi-locura con los sucesos paranormales. En definitiva, es una novela adictiva, humana, entretenida y también fantasmagórica. Una novela que comienza con algo humano y hasta mundano y que acaba con algo que no es de este mundo. Con un terror que muy bien podría firmar el mismísimo Stephen King. Bret Easton Ellis es un autor irreverente, escabroso, polémico y que, desde luego y leído lo leído, entiendo que no deje a nadie indiferente.    


2.  El olvido que seremos. Héctor Abad Faciolince. Alfaguara. 2017. Veinte años después de que su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista en pro de los derechos humanos colombiano, fuera asesinado por unos sicarios en Medellín, Héctor Abad Faciolince pudo escribir, tras varios intentos fallidos, una especie de biografía novelada con el propósito de reflejar el poder de la familia, por un lado, y el infierno de la violencia que durante cinco décadas golpeó a Colombia. Como él mismo nos explica: como niño yo quería que mi padre no se muriera nunca. Como escritor quise hacer algo igual de imposible: que mi padre resucitara. 


1.  La edad de hierro. J. M. Coetzee. Mondadori. 2002. La señora Curren es una mujer mayor que ya solo espera la muerte. Divorciada hace muchísimos años y enferma terminal de un cáncer de huesos que pronto acabará con ella, en sus numerosos ratos libres escribe una larga carta -toda la novela, que abarca los años 1986-9- a su única hija, que vive a veinte mil kilómetros. Una hija que llegó hace ya años a EE. UU., donde reside junto a su esposo e hijos, huyendo de una Sudáfrica en la que el apartheid -sistema de segregación racial que imperó entre 1948 y 1991- causaba estragos en una sociedad opresiva, inquietante e impredecible que vivía al borde de una guerra civil.  






lunes, 29 de diciembre de 2025

Lunar Park. Bret Easton Ellis. Random House Mondadori. 2006. Reseña

 




    El considerado como l´enfant terrible y máximo exponente de la Generación X de la literatura contemporánea estadounidense, Bret Easton Ellis (1964), publicó su sexta novela hace exactamente veinte años, aunque llegó a España de la mano de Random House Mondadori ya en 2006. Lunar Park fue presentada tras los éxitos de Menos que cero (una primera novela que lo hizo millonario ya en 1988, cuando todavía era un estudiante universitario), Las leyes de la atracción (1990), American Psycho (que lo confirmó definitivamente a nivel mundial en 1992), Los confidentes (1994) y Glamourama (1999). De todas ellas nos habla el protagonista de Lunar Park, el propio autor, en las primeras páginas de la obra. En una especie de biografía que mezcla realidad y ficción, Ellis disecciona su vida pública y privada antes de adentrarse en la acción de una novela que comienza de forma humana -describiendo la vida de alguien que no puede alejarse de las drogas, el alcohol y el sexo desenfrenado- para dar paso a un universo de horror y terror del que ni siquiera el lector es capaz de escapar.

    El personaje Bret Easton Ellis, en realidad un anti héroe, un villano, un paria pese a ser un hombre millonario, nos narra en primera persona cómo el hijo escritor de un padre maltratador y abusador consigue un repentino éxito profesional que paradójicamente lo aboca al fracaso personal. En efecto, la publicación y posterior conversión en best seller de su primera novela, Menos que cero, que le dio la independencia económica respecto de su padre por un lado, pero que por otro lo lanzó en manos del alcohol, las drogas y el sexo, pasando quizás de libertad a libertinaje en un tiempo récord, es el punto central de la ficción -entendiendo que Lunar Park es una biografía con parte de ficción o directamente una biografía ficticia o inventada-. Una ficción en la que la vida otorga al protagonista una segunda oportunidad. Una ocasión única en la que puede convertirse en marido -de la conocidísima actriz Jayne Dennis- y en padre de familia -de Robby (hijo común) y de Sarah (hija de su esposa)-. ¿De verdad es posible redimirse tras tantos años de excesos?

    Ellis lo intenta con todas sus fuerzas. Sin embargo, la huida hacia adelante comenzada años atrás a base de todo tipo de drogas lo lleva a tocar fondo. Un fondo del que trata de salir gracias al amor y la fortaleza de su esposa. Jayne Dennis ansía lograr la felicidad conyugal y familiar con un Bret al que obliga a acudir semanalmente a la consulta de una terapeuta. Una terapeuta que busca que su paciente supere el narcisismo situacional adquirido, un trastorno que se refiere a patrones de comportamiento -la grandiosidad, la necesidad de sentirse admirado o la falta de empatía- que surgen o se identifican en respuesta a situaciones específicas como el éxito, el poder o una crianza que solo validó la apariencia. Todo ello agravado, por supuesto, por el abuso de bebidas alcohólicas y de las drogas. En su despacho no faltan nunca las botellas de todo tipo de alcohol ni las papelinas. Y en su vida siempre aparece alguna mujer, normalmente joven. Como Aimee Light, una estudiante universitaria que prepara su tesis doctoral precisamente sobre la obra literaria de Ellis. Un cóctel explosivo que puede estallar en cualquier momento.

    En la acción de la novela Ellis lleva cuatro meses viviendo en una zona residencial de clase alta junto a su esposa, su hijo y su hijastra. Intenta en vano adaptarse a una situación que nada tiene que ver con la que ha sido hasta entonces la suya. Su matrimonio hace aguas, su relación con su hijo es casi inexistente y su hijastra pasa de él. Poco a poco vuelve a consumir todo tipo de sustancias nocivas, se toma su terapia como un incordio y busca a todas horas a Aimee Light con la única finalidad de llevársela a la cama. Lucha entre dos mundos que son antitéticos. Las responsabilidades conyugales y familiares pesan demasiado para un hombre dado al placer y a la huida. Lo intenta. Se esfuerza. Patalea. Llora. Pero sucumbe. Una y otra vez. No obstante, lo peor no es eso. Lo peor es que a raíz de la fiesta de Halloween comienzan a ocurrir sucesos extraños. Unos sucesos que amenazan no solo al protagonista sino al resto de la familia. Ellis intenta preservar a su familia de los peligros que se ciernen sobre ella. Pero ni su mujer, ni su terapeuta ni la policía le creen. Y todos le echan la culpa al alcohol y a las drogas.  

    ¿Cuáles son esos sucesos? A saber: la casa comienza a sufrir extrañas transformaciones, los muebles de su despacho se cambian de sitio ellos solos, las luces del pasillo titilean solo a su paso y la fachada se descascarilla; el Terby, un muñeco que le regaló a Sarah, parece cobrar vida propia y resulta amenazante; comienza a recibir e-mails misteriosos; aparece un personaje perturbador que se parece demasiado al protagonista de American Psycho -Patrick Bateman-, a la vez que se desata una oleada de horribles crímenes que recuerdan a los perpetrados por él en la novela; comienzan a sucederse desapariciones de niños a lo ancho y largo de la ciudad; y Aimee Light desaparece de la noche al día, sin dejar ni rastro ni responder a sus llamadas. La narración resulta por momentos agónica. La sucesión de los hechos demuestra que lo que Bret nos cuenta es real. No obstante, nadie lo cree. Y tanto el narrador como el lector llegan a pensar que en realidad todo son alucinaciones provocadas por las sustancias.            

    Lunar Park es una novela que se podría calificar, más que como meta literatura, como psycho ficción. Se mezclan la realidad y la ficción del Ellis persona con la realidad y la ficción del Ellis protagonista. También las alucinaciones con la sabiduría. El amor con la pérdida. La seguridad con el sentido de culpa. La casi-locura con los sucesos paranormales. En definitiva, es una novela adictiva, humana, entretenida y también fantasmagórica. Una novela que comienza con algo humano y hasta mundano y que acaba con algo que no es de este mundo. Con un terror que muy bien podría firmar el mismísimo Stephen King. Un terror que también podría ser cinematográfico. ¿Por qué no, si ya se adaptaron a la gran pantalla sus obras Menos que cero (1987), American Psycho (2000), Las reglas del juego (2002) o Los confidentes (2009)? No será, Dios mediante, lo último que lea de este autor. Un autor irreverente, escabroso, polémico y que, desde luego y leído lo leído, entiendo que no deje a nadie indiferente.    

    

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Purgatorio. Joan Francesc Mira. Edhasa. 2003. Reseña

 




    Purgatorio es probablemente la novela más conocida del autor valenciano Joan Francesc Mira (1939). Galardonada con el Premi Sant Jordi (2002) en su versión original en catalán y con el Premio Nacional de la Crítica (2003) tras su traducción al castellano por parte de la editorial Edhasa, nos traslada a la Valencia de finales de los años noventa. Una Valencia que se convierte en una de las partes principales de la historia narrada. La cada vez mayor extensión geográfica y la progresiva modernización de la ciudad del Turia ocupan un buen número de las casi trescientas páginas que componen la novela. Sus calles, avenidas, edificios, jardines y puentes se convierten en personajes importantes de la trama. Una trama que nos presenta a Salvador Donat, un médico de pueblo (Vallalta) que vive alejado de un mundo que cada vez comprende menos y que proyecta ya una próxima jubilación dominada por la tranquilidad, buenos libros y la mejor música, la clásica.

    El protagonista principal de la novela atiende por las mañanas a los vecinos del pueblo en el que reside y dedica las tardes a pasear por los alrededores con su Harley Davidson -recuerdo de su estancia en Guinea Ecuatorial, donde trabajó varios años en un pasado cada vez más lejano-, a leer y a escuchar música. Lleva una vida que para muchos puede que resulte insulsa, aunque a otros seguramente les parecerá fascinante -yo me incluyo-. Además, un par de las tardes las pasa acompañado por los monjes de la Cartuja de Porta Coeli (en Serra) y por las monjas del convento de San Miguel (en Llíria). Hombre profundamente religioso, Salvador presta sus servicios médicos a los religiosos a cambio de los servicios espirituales de estos y estas. Cada uno rellena la ausencia de amor en su vida como puede. Y la forma en que lo hace nuestro protagonista es tan respetable como la que más. Sobre todo cuando esa ausencia en el presente está justificada por algo ocurrido en el pasado. Un pasado que lo persigue. 

    Salvador ve como de la noche a la mañana su apacible vida de médico de campo, lecturas y música salta por los aires con la visita de Teodoro Llorens, el chófer y ayudante de su hermano, José Donat, un exitoso, ambicioso y poco escrupuloso hombre de negocios de la a la vez tan cercana y tan lejana capital. Teodoro se presenta en el convento cartujano de Porta Coeli, donde ha dormido esa noche Salvador, para pedirle que lo acompañe a la casa de su hermano. Allí se entera de que éste padece cáncer de pulmón. Le quedan muy pocos meses de vida. Desea que lo acompañe en tan complicado trance. Salvador decide cumplir el deseo de su hermano y se traslada, con lo justo y necesario, a la casa familiar de una de las principales avenidas de la capital. Abandona por un tiempo su forma de vida, relajada y desasosegada, para residir en pleno bullicio capitalista y salvaje de una Valencia cada vez más desconocida para él.

    Durante los dos meses largos que pasa en casa de su hermano Salvador aprovecha para pasear con su moto por las nuevas calles y carreteras; reflexiona, piensa y recuerda aspectos de su vida pasada; siente nostalgia tanto de su juventud como de su actualmente aparcada vida de libros y discos; asiste horrorizado a una ciudad repleta de médicos indolentes, funcionarios apáticos y ciudadanos casi autómatas que residen en un gran centro comercial de necesidades inventadas por las grandes empresas; por momentos se siente asfixiado y desganado del mundo que lo rodea; dialoga con Teodoro Llorens, única persona del entorno de su hermano con la que parece conectar, sobre el pasado, el presente y el futuro de la ciudad y del mundo en general; conoce a las dos ex mujeres de su moribundo hermano; se reencuentra con Bibiana, antigua ama de llaves familiar, por la que siente un profundo afecto que sabe que es mutuo; y asiste perplejo a la relación existente entre José y Matilde, su secretaria, amante y más.

    La Valencia de fines de los noventa se nos describe hasta el más mínimo detalle -incluidos los cauces viejo y nuevo del río Turia o el hospital de La Fe-. Una Valencia donde también avanzaba el SIDA, se miraba con otros ojos a los gays, se apostaba por una modernidad a veces impostada y se debatía ampliamente entre la conveniencia de un nacionalismo españolista o un nacionalismo catalanista. Donde permanecía todavía muy viva la imagen de los tanques desplegados por la calle en pleno intento de golpe de Estado en un no tan lejano 23 de febrero de 1981. En la que seguía viviendo muchísima gente que jamás olvidaría la gran riada de octubre de 1957. En la que la policía seguía respondiendo con contundencia a cualquier manifestación contraria al régimen impuesto tras la muerte del dictador. En la que la seguridad ciudadana no es la que debiera -que se lo digan al propio Salvador, que es víctima de un atraco a la salida de un concierto-. Una Valencia, en suma, que cambiaba en muchas cosas, pero no en las verdaderamente importantes.

    Y, sobre ese telón de fondo, uno de los puntos centrales de la trama: además del contraste entre la vida en el campo y en la ciudad, las más que manifiestas diferencias entre dos hermanos que, criados bajo el mismo techo, ven y viven la vida de forma completamente opuesta. Así, mientras que Salvador lleva una existencia sin televisión ni lujos y de forma un tanto adusta y casi hasta antisocial, su hermano José lo hace en la opulencia, el lujo más detallista y una vida social desenfrenada y repleta de lujuria. Tanto que le cuesta a menudo mantener el equilibrio entre sus dos ex esposas, su actual secretaria y amante y una nueva enfermera a la que llega a pagar cada vez que se sube la falda y le enseña las bragas -lo único que puede ya hacer durante sus últimas semanas de vida-. Y, sin embargo, dentro de todas esas diferencias existentes entre ambos, una cosa sí los iguala: ambos viven la vida como les da la gana. Ambos han elegido libremente cómo vivirla.

    En algún momento puntual de la novela José demuestra tener celos de Salvador. Mientras uno heredó el negocio familiar, el otro prefirió estudiar medicina y vivir de forma independiente respecto del núcleo familiar. A pesar de que hacer crecer la empresa hizo del primero un hombre muy rico, poderoso e influyente, probablemente el segundo vivió con mayor libertad. Algo que no pasa por alto José. Pese a su lujosa vida parece envidiar la de su hermano. A pesar de haber disfrutado a fondo de la suya, sobre todo económica y sexualmente, muestra una especie de malestar e incluso de tristeza respecto a la vivida por el hermano. Por mucho que Salvador haya optado de forma voluntaria por una vida sin amor, José muestra con sutilidad -a veces no tanta- cierto resquemor hacia su él. Quizá por aquello de que el dinero no da la felicidad. Quizá por lo de que no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita. Sea como sea, ambos pasan, durante los dos últimos meses de vida de José, por su propio purgatorio. Uno porque sabe que se muere. El otro, porque ansía retomar su vida. Una vida dominada por los recurrentes sueños sin final y el recuerdo de aquella novieta del tranvía.     

      

martes, 2 de septiembre de 2025

El hombre ilustrado. Ray Bradbury. Minotauro. 2020. Reseña

 




    Cuando en 1951 Ray Bradbury publicó El hombre ilustrado dio una nueva vuelta de tuerca a los relatos de ciencia ficción que dominaban en su época, básicamente los de Julio Verne, H. G. Wells y Aldous Huxley. Así, junto a otros autores como George Orwell, Frank Herbert, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Philip K. Dick o Ursula K. Le Guin, el considerado por no pocos especialistas en la materia como el mejor entre los mejores del género, exploró lo que se conoce como angustia metafísica. No en vano, siempre estuvo convencido de que el destino de la Humanidad era recorrer espacios infinitos y padecer sufrimientos agobiantes para concluir vencido contemplando el fin de la eternidad. Bajo el paraguas de este pensamiento no es de extrañar que sus historias resulten tan desconcertantes y oscuras. Recordemos que en 1951 ya había publicado los relatos que compusieron sus dos primeros libros, Dark carnival y Crónicas marcianas, y ya tenía en mente la que sería su primera y más conocida novela, Fahrenheit 451 (1953). 

    El costumbrismo y el reflejo de la vida diaria de las personas son, sin embargo, también constantes en los relatos de Bradbury. Un Bradbury que siempre negó que escribiera ciencia ficción. Según él, su única obra de este género fue Fahrenheit 451. El resto de su obra la inscribía más bien en el universo de la fantasía. Además, aseveró que en mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Eso sí, unos avisos que, en muchos aspectos, se han ido cumpliendo a lo largo de los años. Y los que están todavía por cumplirse -porque camino llevamos de ello-. De hecho, en muchos de los relatos de El hombre ilustrado, los humanos supervivientes de un holocausto nuclear viven en Marte o en la Luna. O incluso están enfrentados con el resto de humanos que se han quedado en un planeta Tierra apocalíptico, arrasado por las bombas, la crueldad, la falta de empatía y el egoísmo. Retrato muy fiel de lo que somos. O de aquello en lo que nos hemos convertido.

    Bradbury, que también trabajó escribiendo guiones para el cine -por ejemplo, Moby Dick, dirigida por John Huston, o El carnaval de las tinieblas, por Jack Clayton- y la televisión -con Alfred Hitchcock en la serie Alfred Hitchcock presenta, en la también mítica The twilight zone o en The Ray Bradbury Theater-, mostró siempre una gran admiración por la pequeña y la gran pantalla. El maestro de la ciencia ficción vio como eran llevadas a las pantallas muchas de sus novelas y también de sus relatos y cuentos. Desde El hombre ilustrado (1969), Fahrenheit 451 (1966 y 2018) o Crónicas marcianas (1980) hasta numerosos capítulos de series archi conocidas, como las ya citadas The twilight zone o Alfred Hitckcock presenta o incluso una que nos toca mucho más de cerca: Historias para no dormir, del director Narciso Ibáñez Serrador. Queda claro que Bradbury abrió nuevos caminos que serían mayormente transitados por otros autores como Orson Scott Card, William Gibson, Neil Gaiman o Stephen King.

    Un narrador anónimo que se encuentra en la última etapa de una excursión de quince días por Wisconsin se encuentra, una cálida tarde de septiembre, con un hombre que luce la práctica totalidad de su cuerpo tatuado. Busca trabajo desde hace cuarenta años. Nadie se lo da. Sus tatuajes, que a plena luz del día pueden resultar hasta vistosas obras de arte, por la noche cobran vida propia en su cuerpo y narran una serie de historias que casi nadie puede soportar. ¿Por qué? Porque predicen el futuro. Un futuro muy negro para la Humanidad. Todo el mundo huye de él y de sus extrañas ilustraciones. Estoy tan orgulloso de ellas que quisiera quemarlas, le confiesa al narrador. He probado el papel de vidrio, el ácido, un cuchillo. Pero los tatuajes no se van. Porque están hechos con algo imborrable. Y la autora de las mismas desapareció tras realizarlas. Una bruja que afirmaba poder viajar en el tiempo. Al principio reí. Ahora sé que decía la verdad, se confiesa. Desde entonces, vaga por los alrededores con dos únicos objetivos: ganarse la vida como puede y encontrar -si es que es posible- y matar a la bruja que le arruinó la vida.

    Un poco incrédulo, el narrador pide al hombre ilustrado pasar la noche juntos en mitad del bosque. Este acepta, aunque le advierte que pronto se arrepentirá de haberse quedado con él. Hacen fuego, cenan, dialogan y finalmente deciden dormir. Y, en efecto, en la quietud de la noche, una tras otra, las figuras de los tatuajes comienzan a contar al atónito narrador dieciocho historias agónicas que describen el oscuro futuro de la Humanidad. Dieciocho historias repletas de cohetes espaciales, seres marginados, desplazados, a veces no de sus ciudades sino de su propio planeta, enfrentados entre sí por la supervivencia, dispuestos a matarse por un pedazo de pan que llevarse a la boca. Unas historias que no se entienden sin contextualizar la obra. Año 1951. Seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial. En plena Guerra Fría entre los bloques estadounidense y soviético. En una escalada nuclear y atómica que amenaza el futuro de la vida humana en nuestro planeta. En un momento en el que se busca desesperadamente llegar a la Luna antes que el rival.

    Los avances tecnológicos -algunos para bien, otros no tanto- y la psicología humana se dan la mano en cada uno de los dieciocho relatos que componen El hombre ilustrado. En referencia a lo primero, encontramos casas-máquina inteligentes, habitaciones de juego artificiales, conductos neumáticos para moverse por dentro de las casas, cúpulas solares, armamentos que provocan holocaustos nucleares, todo tipo de cohetes y naves espaciales, globos de luz inteligentes, bombas que difunden enfermedades, viajeros en el tiempo y hasta unos títeres revolucionarios. Entre lo segundo, niños malcriados capaces hasta de matar a sus padres cuando no consiguen salirse con la suya, segregación por razas -de nuevo-, astronautas y exploradores espaciales que pierden la razón, visitantes con poderes, niños colaboradores con extraterrestres invasores, adultos que jamás escuchan a los niños, magos, debates teológicos y filosóficos, discriminaciones de todo tipo y hasta sacerdotes que viajan hasta Marte para difundir el catolicismo entre los desterrados y los refugiados. 

    En definitiva, dieciocho historias que nos avisan -como decía el propio autor- de un futuro terrible para la Humanidad. Avisos que se convierten en no pocas ocasiones en horribles predicciones que en muchos casos ya se están cumpliendo o incluso se han cumplido. Porque el hombre ya llegó a la Luna, donde busca incluso establecer colonias, la segregación por razas ha vuelto en muchos lugares del planeta, existen desde hace ya años las casas inteligentes, las bombas que transmiten virus y enfermedades, los juegos artificiales, etc, demasiados adultos jamás escuchan a los niños, encontramos por doquier niños malcriados capaces de llegar hasta Dios sabe donde para conseguir sus objetivos y a poco que observemos a nuestro alrededor veremos otros tantos fenómenos que aparecen en las historias de este libro. Un libro como mínimo inquietante, perturbador, angustioso. Dieciocho historias que entretienen, sí, pero que también nos hacen pensar en muchos aspectos de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Un mundo seriamente amenazado por nuestra hipocresía, egoísmo, codicia y falta de empatía.        

   

viernes, 15 de agosto de 2025

El maestro que prometió el mar. Francesc Escribano (y otros). Blume. 2024. Reseña

 




    Conocí la historia de Antoni Benaiges gracias a la formidable película dirigida por Patricia Font y protagonizada por Enric Auquer, Laia Costa y Luisa Gavasa. Me impactó tanto que busqué más información sobre el maestro catalán y descubrí, entre otras muchas cosas, la existencia de este libro. Un libro que también produce conmoción. Que, como la película, debería ser leído -la película, vista- por todo el mundo. Especialmente en un momento como el actual, en el que muchos románticos del fascismo se frotan las manos ante una más que probable vuelta al pasado -en todos los sentidos posibles del término-. A Antoni Benaiges lo asesinaron los gloriosos revolucionarios -como todavía hoy se les llama en determinados círculos- durante los primeros días del levantamiento golpista contra la República. Fue en julio de 1936, muy pocos días antes de que el maestro cumpliera la promesa de llevar a sus alumnos desde Bañuelos de Bureba (Burgos) hasta Mont-roig del Camp (Tarragona). ¿Para qué? Para que vieran el mar.

    Según los defensores de la nación los delitos de Benaiges fueron traicionar y pervertir España y sus cimientos y no enseñar a sus alumnos como Dios manda. La filosofía de Benaiges era que los niños deben ser ante todo niños. ¿Deben aprender? Por supuesto. Pero divirtiéndose. Aspectos que, complementarios, no deberían estar reñidos. Así, fue uno de los difusores en nuestro país de la conocida técnica Freinet, ideada por el maestro y pedagogo francés Célestin Freinet, cuya síntesis proponía la autogestión, cooperación y solidaridad entre el alumnado y se materializaba en la introducción de la imprenta en la escuela, el texto libre y el método natural de lectura y escritura. En definitiva, la razón y el corazón de los alumnos puestos como centro y motor del proceso de aprendizaje. Tanto Freinet como sus seguidores, entre ellos Benaiges, eran unos apasionados de la enseñanza y la pedagogía. Pero, ante todo, amantes de los niños. Unos niños, los de Bañuelos de Bureba, que quedaron huérfanos de maestro justo antes de que los llevara a conocer el mar.

    La idea era simple pero original. Maestro y alumnos hablaban sobre diversos temas y elegían uno que tratar con mayor profundidad. El maestro daba una pequeña introducción al tema y, a partir de ahí, los alumnos hablaban entre sí (el maestro corregía sobre la marcha algunos aspectos) y escribían pequeñas redacciones que eran recopiladas en unos cuadernillos que los propios niños elaboraban mediante la imprenta escolar. El resultado era una especie de revista que los niños leían y llevaban a sus casas para compartir experiencias con sus familias. Pero no solo eso: Benaiges mantenía contactos con otros maestros y pedagogos españoles, franceses y hasta mexicanos. Y, así, los cuadernos de Bañuelos de Bureba llegaban a los lugares más insospechados. Y los cuadernos de aquellos llegaban también a la pequeña población burgalesa. Y no solo los cuadernos. También cartas que se escribían entre los alumnos. Era una especie de comunidad educativa muy amplia. Unas pequeñas crónicas, hechas por niños, que se convertían en universales. Que les daban a conocer otros mundos y otras sociedades.

    Entre 1934 y 1936 el maestro Benaiges comenzó a cambiar la vida de los niños, sus familias y del pueblo entero. Algo que a algunas personas no les pareció bien. Especialmente al cura -antiguo maestro, además- y al alcalde. Quitar la cruz del aula -porque la República estableció el laicismo en nuestro país-, dejar de impartir clases de religión -pues opinaba que era un aspecto que debía tratarse en casa y no en la escuela- y dar a los alumnos protagonismo y amistad -en lugar de disciplina y mano dura-, queriendo abrir sus mentes hasta el extremo de pretender llevarlos a ver el mar fueron aspectos que le hicieron crearse unas enemistades que a la postre acabarían por condenarlo. No solo lo asesinaron a sangre fría. Persiguieron y destruyeron toda su obra -sus cuadernos, su imprenta y todos sus escritos publicados en el semanario La Voz de la Bureba-, silenciaron al pueblo mediante el miedo y, además, lo depuraron. Al no presentarse en la escuela para el nuevo curso y tratar de ponerse en contacto con él sin éxito, fue apartado de sus funciones de maestro de por vida. Una vida que aquellos que lo depuraron ya sabían que había sido segada.

    La historia de Benaiges permaneció enterrada durante tres cuartos de siglo. Hasta que entre 2010 y 2011 fueron exhumados 135 cuerpos de republicanos de la fosa común de los Montes de La Pedraja, cerca de Briviesca y Bañuelos de Bureba. Aunque, debido a su estado, solo 25 de los cuerpos pudieron ser debidamente identificados -entre ellos no se encuentra el del maestro-, la excavación sí sirvió para desenterrar su historia. La de un joven apasionado, valiente y abierto de mente que llegó a Bañuelos de Bureba en 1934, con solo 31 años, y luchó contra los convencionalismos de la época y del lugar. Un joven que por esas fechas -julio de 1936-, con el curso escolar ya finalizado, bien podría haber estado en su Mont-roig del Camp natal, junto a su familia, a salvo de las hordas fascistas, pero que estaba preparando el viaje prometido a los niños para que conocieran el mar. Una promesa que jamás pudo cumplir, víctima de la barbarie y la sinrazón. De la tiranía y la incultura.

    En el libro, además de Francesc Escribano, periodista, profesor universitario y productor de cine y televisión, autor principal del mismo, que aborda más profundamente la historia de Benaiges, participan Queralt Solé, Doctora y profesora de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona, quien se ocupa de la parte que tiene que ver con la exhumación de cadáveres de la fosa común de los Montes de La Pedraja; Francisco Ferrándiz, Doctor de Antropología Social por la Universidad de California en Berkeley, especializado en la antropología del cuerpo, de la memoria y de la violencia; y Sergi Bernal, geógrafo, fotógrafo y documentalista de historias humanas y comprometidas, quien lleva más de trece años investigando y recuperando la figura de una gran cantidad de maestros republicanos asesinados durante la Guerra Civil y la larga posguerra. Los escritos de todos ellos se complementan y se amplían, conformando un libro imperdible para quienes quieran conocer más detalles sobre esa época a la que algunos quieren ahora retroceder.

    De todos los cuadernos escritos por los niños de la escuela de Bañuelos de Bureba el que adquirió más relevancia fue el titulado El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca. De ahí el título de la película y el libro. Publicado en enero de 1936, sorprendió incluso al propio maestro, quien escribió en él que surgió el motivo, surgió el mar. No recordamos cómo. Se inició un aleteo. Ah, ¿pero ninguno de vosotros ha visto el mar? ¿Ninguno? A mí me han dicho... Debe de ser... Muy grande. Muy hondo. Eso sí que lo saben. Todos. ¿Lo presentirán? ¿Será una intuición? El mar, el mar... ¿Queréis escribir lo que sepáis del mar? Y lo escriben. Escriben lo que saben y lo que no saben que saben. Despiértales, dice el proverbio árabe. Duermen... Y la fantasía de unos niños que suben y bajan la loma, solo la loma, la ingrata loma, disparose hacia Lejanía para hundirse en la vastitud líquida, misteriosa, sublime... También ellos, los niños, saben del mar sin haberlo visto nunca.             




sábado, 19 de julio de 2025

El testigo invisible. Carmen Posadas. Planeta. 2013. Reseña

 




    El asesinato de la familia del zar Nicolás II durante la madrugada del 17 de julio de 1918 es uno de los episodios de la Historia contemporánea más estudiados. De aquella terrorífica noche solo salió con vida Leonid Sednev, pinche de cocina y antiguo deshollinador imperial -o water baby, como se les conocía en la época-, un joven de quince años que en los últimos tiempos se convirtió en compañero de juegos del hijo del zar y en amigo de sus cuatro hijas, las grandes duquesas. Aunque no se sabe a ciencia cierta qué sucedió con el joven -según algunos, murió víctima de las purgas de Stalin; según otros, logró huir a Sudamérica-, sí se cree que escribió unas memorias de sus tiempos al servicio de la familia imperial, si bien se desconoce también qué fue de ellas. Temas que dan para muchas teorías y elucubraciones. De una de ellas nació la idea de Carmen Posadas para documentar y escribir esta novela.

    La autora de origen uruguayo se toma varias licencias a la hora de plantear El testigo invisible. La primera, dar por hecho que Leonid Sednev huyó a Uruguay, donde vivió hasta su muerte --en la novela, julio de 1994-. Como explica la autora en una nota final, son miles los rusos con historias fascinantes que llegaron a Uruguay después de la Revolución bolchevique. Existe incluso una colonia en el departamento de Río Negro en la que viven los descendientes de muchos de ellos. Personas con apellidos rusos tienen hoy en día nacionalidad uruguaya. Establecida la conexión Rusia-Uruguay, la segunda licencia que se permite tomar Carmen Posadas es la de la existencia de esas supuestas memorias del ex deshollinador y pinche de cocina de la familia del zar. Unas memorias que habrían sido mitad escritas en un cuaderno y mitad grabadas en un magnetófono cerca ya de la muerte del testigo invisible del asesinato. 

    Alguien -un hombre de características semejantes al protagonista de la novela- le explicó una vez a la autora que los grandes secretos son como los hechizos, y se desvanecen en cuanto uno los cuenta. Y de esa frase nace la tercera licencia narrativa de Carmen Posadas: la de situar en Montevideo y en 1994, más de 76 años después de los hechos narrados, el desarrollo de las memorias de Leonid Sednev. Algo que justifica así: en tiempos tan exhibicionistas como estos, en los que la gente cuenta no solo lo que es verdad, sino muchas veces lo que nunca sucedió, me encanta la idea de alguien que elige guardar un secreto para que lo acompañe hasta su último aliento. Idea que viene acompañada de un hecho importante para el desarrollo de la novela y que, aunque no debe ser desvelado en una reseña como esta, tiene que ver con el amor. Con una historia de amor entre el protagonista y una de las grandes duquesas. 

    Durante muchos años vivió Sednev prácticamente en el anonimato. Water baby, pinche de cocina y servidor de la familia del zar, pasó poco a poco de ser un testigo invisible de la vida de los Romanov a convertirse en actor protagonista. Un actor que, mientras ve decrecer a marchas forzadas el número de fieles seguidores de Nicolás II, adquiere un papel más importante. Que juega con el zarévich y las cuatro duquesas. Que teje relaciones cada vez más estrechas con ellos. Que asiste, entre la inocencia de un niño de solo quince años y el estupor de ver todo cuanto acontece en torno a la familia a la que sirve, muy venida a menos, al ocaso de toda una dinastía. A un acontecimiento que cambiaría la vida de todo un país. Una gran nación que ansiaba la eternidad y la infinitud y que acabó replegándose sobre sí misma en manos de unos nuevos tiranos mucho mayores que aquellos con los que acabó de forma tan trágica en 1918.

    Como toda novela histórica bien documentada, también El testigo invisible nos sirve para aprender Historia. La política interna y externa, las relaciones internacionales, las guerras, la vida en la corte imperial, los constantes choques entre el mundo rural y la ciudad, la complicada situación de la economía rusa, su sociedad piramidal y las luchas entre los revolucionarios, divididos en varios bloques, son temas que trata la autora en las páginas de la novela. No lo hace de forma directa, pero el lector que sepa leer entre líneas podrá utilizar esta historia como una manera de aprender cómo era la Rusia del primer cuarto del siglo XX. Una Rusia en la que jugó un papel primordial Grigori Efimovich, más conocido como Rasputín. Personaje que bien merecería un capítulo aparte merced a su gran capacidad para influir en su amiga personal Alejandra Fiodorovna, esposa consorte de Nicolás II, quien influía a su vez en su esposo.

    Tanto es así que Carmen Posadas toma como punto de partida para su novela una carta de Rasputín a Nicolás II. Escrita pocos días antes de su asesinato, decía así: sé que partiré antes del 1 de enero. Si muero a manos de mis hermanos los campesinos rusos, nada habréis de temer, y vuestro linaje reinará por cuatrocientos años. Pero si son vuestros parientes ricos quienes procuran mi muerte, ni vosotros ni ninguno de vuestros cinco hijos me sobrevivirá más de dos años. Moriréis a manos del pueblo de Rusia. Ya no estoy entre los vivos, me matarán en breve, pero mi muerte se replicará en la vuestra como los círculos concéntricos que produce una piedra al caer en las aguas de un estanque. Profecía o maldición, lo cierto es que el vaticinio del místico de Pokrovskoye - asesinado en diciembre de 1916- se cumplió de forma escrupulosa. Y aterradora. Esa especie de Jesucristo, sanador y adivino, influyó incluso demasiado en la zarina Alejandra. Para bien y para mal.

    La amistad entre Leo y Iuri, un enano water baby que lo dobla en edad pero no en tamaño corporal; la relación entre las grandes duquesas -Olga, Tatiana, María y Anastasia-, que componen en el reino de OTMA (sus habitaciones imperiales) una especie de mosquetería dumasiana bajo el lema de todas para una y una para todas; las intrigas para asesinar a Rasputín y al zar; las divisiones entre los agentes revolucionarios; la mala prensa de que gozaba la zarina; el deseo de Leonid de dejar constancia de lo ocurrido casi ochenta años atrás antes de que su enfermedad le venza al fin; y su estrecha confianza con María, la auxiliar de clínica que lo atiende en el hospital de Montevideo en el que va muriendo poco a poco, y a quien le encomienda dar a conocer su historia una vez él haya partido, componen un mural en forma de libro que el lector debe leer hasta su final de forma adictiva. Aunque sepa desde el principio cuál es su desenlace. Y, cuando se conoce el final de una historia y aún así el lector devora sus páginas, es porque merece la pena. Por su forma y por su fondo. Sin duda, El testigo invisible es una gran novela.                 


lunes, 30 de junio de 2025

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2025

 




10. Una historia particular. Manuel Vicent. Alfaguara. 2024. Vicent entrelaza la biografía y la ficción para construir una crónica de la España reciente, mostrándonos una visión propia y particular -de ahí el título- de lo que supone existir y del hecho inexorable del paso del tiempo. Una crónica evocadora y literaria en la que encontramos recuerdos alegres y tristes, memoria del pasado, felicidad y rebeldía. Además, también se nos hacen presentes sueños cumplidos y derrotas implacables. Todo ello, amenizado por las canciones, las lecturas, los perros, los coches y el mar. Por supuesto, el mar.


9. El gato que amaba los libros. Sosuke Natsukawa. Grijalbo.2022. Inolvidable homenaje a la literatura y a los libros. Rezuma sabiduría, magia y pasión por la lectura. Un libro fácil de leer en el que nos encontramos a un tímido y retraído hikikomori y a un gato atigrado parlanchín que comparten la sabiduría, el ingenio y el carácter entrañable que solo puede otorgar el placer por la lectura. En este caso, acompañado, además, de un buen té japonés. ¿Quién puede pretender algo más para alcanzar la felicidad?


8. A través de los ojos. Andrés Suárez. Aguilar. 2021.  En sus páginas encontramos la nostalgia de una infancia y una juventud ya dejadas atrás ante la adultez; la melancolía hacia esa Galicia tan querida a la que el autor no puede retornar a causa del covid; la constante pérdida de seres queridos -su abuelo y algunos amigos de juventud y un Aute del que ya no habrá una nueva canción-; la incertidumbre vivida en un monótono mes de abril ante una pandemia que no se sabía cómo iba a acabar; la extrema soledad del artista tras bajarse del escenario y la de la persona que debe pasar una pandemia en solitario; y el agradecimiento.


7. Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes. Pablo Iglesias. Navona Editorial. 2022. Nos muestra a un Iglesias más humano y familiar. Alguien que durante unos años se preguntó: ¿Por qué me he metido en esto? Si yo antes era súper feliz. Yo ganaba más pasta antes de meterme en Podemos que después. Ganaba dinero, iba en moto, salía por la noche, me tomaba unas cervezas cuando quería y era un tío súper feliz. Alguien que aunque no lo parezca, soy una persona súper tímida y que la gente me tocara por la calle o las señoras me pararan para darme besos no me gustaba. Era una enorme putada.


6. Hozuki, la librería de Mitsuko. Aki Shimazaki. Nórdica Libros. 2017. La narración de Mitsuko comienza el día de la hatsuyuki, es decir, la primera nevada del invierno. Taro, su hijo sordomudo de siete años, juega en la calle delante de la librería cuando comienzan a caer los primeros copos de nieve. Viven una vida tranquila y humilde, pues una librería nunca suele dejar grandes márgenes económicos. Sobre todo si se trata de una librería de lance o de segunda mano. Por ello, los viernes por la noche, Mitsuko trabaja como camarera en un bar de alterne de alta gama, donde consigue completar ingresos y charlar desanimadamente con los intelectuales que frecuentan el establecimiento.


5. Blitz. David Trueba. Anagrama. 2015. Novela que se desarrolla casi por completo en Múnich, Beto nos narra, en primera persona, una historia de naufragio personal, profesional y sentimental. El joven, de treinta y pocos años de edad, un arquitecto paisajista que acude a la capital bávara para concursar en un congreso internacional con un innovador proyecto de jardín decorado con bonitos relojes de arena, se verá envuelto, de repente, en una crisis personal global de la que no es capaz de encontrar una salida. A no ser que la solución pase por un cambio radical de vida.


4. Desde la sombra. Juan José Millás. Seix Barral. 2016. Damián es un cuarentón solitario que solo vivía para trabajar. Sin trabajo, confundido, hundido y perdido, comete un pequeño hurto en un mercadillo de antigüedades y, perseguido por un vigilante de seguridad, se esconde dentro de un viejo armario. Y acaba en un dormitorio cualquiera. Millás nos disecciona la vida cotidiana familiar, la de cada uno de sus miembros y la mente enferma de un joven reconvertido en un fantasma bienhechor que acaba protegiendo a la mujer de la casa.


3. El mejor libro del mundo. Manuel Vilas. Destino. 2024. Vilas comenzó a escribir este libro en el momento de cumplir los sesenta. Edad en la que hay más certeza de pasado que de futuro. El paso del tiempo, la incertidumbre respecto al futuro, la muerte y la necesidad de perpetuarse -por ejemplo, escribiendo el mejor libro del mundo- son temas recurrentes a lo largo de una obra que podríamos calificar como claramente existencialista. Con continuas alusiones a autores que podríamos enmarcar dentro de esta corriente filosófica -e incluso en la denominada literatura del absurdo- como Kafka, Kierkegaard, Nietzsche, Camus o Sartre, explora, hasta sus últimas consecuencias, los recovecos del alma humana. 


2. El olvido que seremos. Héctor Abad Faciolince. Alfaguara. 2017. Veinte años después de que su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista en pro de los derechos humanos colombiano, fuera asesinado por unos sicarios en Medellín, Héctor Abad Faciolince pudo escribir, tras varios intentos fallidos, una especie de biografía novelada con el propósito de reflejar el poder de la familia, por un lado, y el infierno de la violencia que durante cinco décadas golpeó a Colombia. Como él mismo nos explica: como niño yo quería que mi padre no se muriera nunca. Como escritor quise hacer algo igual de imposible: que mi padre resucitara. 


1. La edad de hierro. J. M. Coetzee. Mondadori. 2002. La señora Curren es una mujer mayor que ya solo espera la muerte. Divorciada hace muchísimos años y enferma terminal de un cáncer de huesos que pronto acabará con ella, en sus numerosos ratos libres escribe una larga carta -toda la novela, que abarca los años 1986-9- a su única hija, que vive a veinte mil kilómetros. Una hija que llegó hace ya años a EE. UU., donde reside junto a su esposo e hijos, huyendo de una Sudáfrica en la que el apartheid -sistema de segregación racial que imperó entre 1948 y 1991- causaba estragos en una sociedad opresiva, inquietante e impredecible que vivía al borde de una guerra civil.  







viernes, 20 de junio de 2025

Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes. Pablo Iglesias. Navona Editorial. 2022. Reseña

 




    Apenas nueve meses después de dejar la primera línea de la política Pablo Iglesias publicó en forma de libro una compilación de una serie de entrevistas realizadas por Aitor Rivero (eldiario.es), periodista que siguió a Podemos desde sus inicios y, por tanto, uno de los que más sabe sobre la formación morada. Rivero solo tuvo que tirar de la lengua de Iglesias para conseguir revivir los recuerdos del ex vicepresidente segundo y ministro del gobierno de España. Lo último que me apetecía era escribir un libro de memorias, reconoce en el mismo prólogo. Sin embargo, Ernest Folch, periodista y presidente de la Asociación de Editores en Lengua Catalana, y Jaume Roures, productor de cine y antiguo accionista de LaSexta y coeditor del diario Público, lo convencieron de que el acoso que había vivido desde que entré al gobierno había que contarlo. Tras hablar con los también periodistas Andrés Gil (eldiario.es) y Pedro Vallín (La Vanguardia), decidieron que Aitor Rivero era el encargado idóneo para realizar y editar lo más destacado de las entrevistas. 

    Los tres primeros de los seis capítulos que conforman el libro están dedicados a la persecución mediática-jurídica-policial sufrida tanto por él como por los demás miembros del partido político que creo en 2014. Bajo los títulos El acoso, La cacería y Dina, hacen referencia a muchos de los bulos, falsas noticias y falsos casos judiciales que se fueron abriendo y vertiendo sobre Podemos a lo largo de los años. Casos todos ellos archivados que, aunque quedaron en nada judicialmente, cumplieron con su objetivo real: debilitar a un partido que llegó a encabezar las encuestas de intención de voto de cara a las elecciones generales. Una manera vil y rastrera de subvertir el orden democrático de un país que todavía está bastante lejos de ser democrático. A no ser que uno entienda por democracia el simple y sencillo hecho de ir a votar cada cuatro años. Está claro que para una parte muy importante de los ciudadanos mundiales la democracia consiste en muchísimo más que eso.

    No cabe duda de que la persecución hacia Podemos se intensificó sobremanera desde que se conformó el primer gobierno español de coalición desde la Segunda República, en enero de 2020. Afirma Iglesias que la romería a Galapagar, originariamente promovida por Carlos Herrera y secundada por hordas de la extrema derecha, es una hecho insólito que jamás habría ocurrido a miembros del gobierno del PSOE o del PP. Sin duda, algo tan grave no se habría permitido en ningún país democrático. Afirma que en más de una ocasión tanto él como su mujer, Irene Montero, pensaron en dimitir de todos sus cargos y dejar la política. Algo que habría sido ceder ante las presiones y las malas artes. A veces, detrás de las grandes decisiones, no hay cálculos complejos ni análisis brillantes. A veces, simplemente, hay un nudo en la garganta, asegura. Este libro va de eso: mi vulnerabilidad, mis amores y mis odios, mis enfados y mis bromas.

    A nivel personal y familiar, los tres primeros capítulos, junto al cuarto, La decisión, son los más interesantes. A nivel político, por contra, los que más relevancia alcanzan son los dos últimos: La pandemia y El legado. La decisión es el capítulo que mejor combina ambos aspectos, la política y la familia. La decisión a la que hace referencia es a la de abandonar la primera línea política. Algo que, asegura, ya había estado a punto de hacer en varias ocasiones: tras las europeas de 2014 -no le dejaron hacerlo sus propios compañeros-, antes del Congreso de Vistalegre 2 -finalmente se echó atrás debido a la postura tomada por Errejón-, en el verano de 2019 -cuando Sánchez dijo que el principal problema para llegar a un acuerdo para un gobierno de coalición era un Iglesias que dio un paso al lado para que lo sustituyera Irene Montero, aunque al final Sánchez prefirió tratar de formar gobierno con Ciudadanos (Albert Rivera)-, en enero de 2020 -estaba de nuevo preparado para dejarlo pero los propios militantes del PSOE gritaron aquello de Con Iglesias sí- y con el adelanto electoral en Madrid en mayo de 2021.

    A lo largo del libro se contraponen los temas familiares -la incredulidad, la angustia, el temor, el sentimiento de soledad, desamparo e indefensión ante el acoso recibido a las puertas de su propia casa, la desesperación al comprobar la injusticia y la total impunidad por parte de los agresores y las dudas acerca de si vivir todo aquello realmente les valía la pena- y los políticos -la responsabilidad que tenían ante sus compañeros, sus militantes y sus votantes, las complejas negociaciones internas y externas de cara a conseguir un acuerdo de gobierno de coalición con el PSOE, los errores cometidos, los cálculos políticos fallidos, los éxitos electorales, los logros políticos alcanzados durante ese gobierno de coalición y la elección de un sucesor o una sucesora para Podemos-. En este sentido, Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes es una auténtica y apasionada montaña rusa de sentimientos, pensamientos, dudas, certezas, satisfacciones, decepciones, alegrías, tristezas y miedos. 

    El capítulo titulado La pandemia es bastante esclarecedor. El relato de Iglesias muestra cómo Podemos pareció estar siempre más preparado y/o interesado que el PSOE respecto al Covid-19. Así, cuando el PSOE no mostraba mayor interés por lo que estaba sucediendo, Podemos pidió en el Consejo de Ministros la formación de un equipo situacional que buscara anticipar respuestas ante las distintas situaciones que se podían presentar. Algo que fue denegado por el ala socialista del gobierno (que era mayoritaria). Podemos pidió la declaración del Estado de Alarma varios días antes de que Sánchez lo decretara finalmente. En definitiva, Podemos se mostró proactivo. Y el PSOE, reactivo. Los ataques hacia el gobierno por parte de la oposición forman parte importante del capítulo, así como las falsas y burdas acusaciones vertidas por Ayuso hacia Iglesias en referencia a las competencias de las residencias madrileñas. Tema que, me temo, quedará en el olvido. Y por el que la verdadera culpable de todo lo sucedido se irá de rositas

    El legado es el título del capítulo final del libro. Hace referencia a los éxitos políticos conseguidos por Podemos. A saber: el Ingreso Mínimo Vital (que no fue más amplio debido a las reticencias del PSOE), la subida del salario mínimo, la Ley de Eutanasia o La Ley Trans. Asimismo, Iglesias se enorgullece de haber formado parte del grupo de políticos que echó del gobierno a M. Rajoy, de conseguir formar ese gobierno de coalición y de haber podido conformar un nuevo bloque histórico, conformado por PSOE, Unidas Podemos, ERC, EH Bildu y BNG. Además, pone en valor la independencia de su partido respecto a los bancos, a los que no debe un solo euro, ya que Podemos se financia a base de donaciones legales y microcréditos. Y afirma sentirse especialmente satisfecho de haber ayudado a conseguir que una buena parte de los ciudadanos españoles pongan en duda aquello que aparece en los medios. Unos medios que no sirven a los ciudadanos sino a sus dueños.

    Verdades a la cara. Relatos de los años salvajes nos muestra a un Iglesias más humano y familiar. Alguien que durante unos años se preguntó: ¿Por qué me he metido en esto? Si yo antes era súper feliz. Yo ganaba más pasta antes de meterme en Podemos que después. Ganaba dinero, iba en moto, salía por la noche, me tomaba unas cervezas cuando quería y era un tío súper feliz. Alguien que aunque no lo parezca, soy una persona súper tímida y que la gente me tocara por la calle o las señoras me pararan para darme besos no me gustaba. Era una enorme putada. Alguien que, después de haber vivido esos años salvajes, el día después de las elecciones de Madrid y de su dimisión final, estuve leyendo por la mañana. Sentía una enorme felicidad porque, aunque le he puesto toda mi pasión a mi trabajo como secretario general de Podemos, no era lo que yo quería. No es lo que a mí me motiva en la vida. Ahora sí hago lo que me gusta. Ponerme a escribir sobre una cosa que me estimule, preparar cada programa de La Base. Que haya gente que te lea y te escuche. Y que, encima, me paguen por eso. ¡Ahora sí que soy un privilegiado! Alguien que, por fin, afirma que ahora sí puedo decir que me encanta mi vida. A mí lo que me encanta es escribir, comunicar, hacer un poco el gamberro, estudiar y dar mis clases. Ahora hago lo que me gusta hacer, con un nivel de reconocimiento mucho más manejable en lo humano que la locura de ser un líder político. Ahora estoy feliz. Y, simplemente, he vuelto a hacer lo mismo que hacía antes.                         

                

viernes, 30 de mayo de 2025

El gato que amaba los libros. Sosuke Natsukawa. Grijalbo. 2022. Reseña

 




    Cada cierto tiempo llega desde Japón alguna novela que tiene que ver con librerías, bibliotecas o cualquier otro lugar o personaje -incluido algún que otro animal- que nos acerca la pasión por los libros. Yo mismo, sin ir más lejos, he podido leer en los últimos meses Mis días en la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, Hozuki, la librería de Mitsuko, de Aki Shimazaki, ambas reseñadas en este mismo blog, y la presente El gato que amaba los libros, de Sosuke Natsukawa. No cabe duda de que en pocos lugares se ama y se valora el poder de los libros tanto como en Japón. Buena prueba de ello son las obras citadas. En el caso que nos ocupa se añade, además, la presencia de un gato atigrado, Tora, que además de engreído, insolente, directo, implacable y seco, resulta adorable. ¿Por qué resulta adorable pese a todos los demás calificativos? Pues porque ama los libros. Tanto que busca a Rintaro Natsuki, un joven que vive encerrado en la librería de su recientemente difunto abuelo, para que lo ayude a rescatar libros.

    Rintaro es lo que en japonés se define como un un hikikomori, un joven sin vida social, poco hablador, que vive aislado y encerrado en su mundo -el que sea- y resulta especialmente parco en palabras. Vivía con su abuelo, quien regentaba la Librería Natsuki, una librería de segunda mano en el que se pueden encontrar todos los clásicos ya olvidados y casi ya no leídos por casi nadie. Un lugar que, sin embargo, todavía es un refugio para gente lectora de todas las edades y géneros. Por ejemplo, para Ryota Akiba, un estudiante un año mayor que Rintaro que devora libros, y Sayo Yuzuki, la delegada de la clase del protagonista, que acude cada día a la librería del joven para pedirle, casi por favor, que vuelva al instituto. Porque Rintaro, de tan aislado como vive, ha dejado las clases y no sale de la librería para nada. Sobre todo desde la muerte de su abuelo, a quien echa en falta en multitud de ocasiones cada día, que lo ha sumido en un sentimiento descorazonador. 

    Rintaro, que solo cuenta con una tía lejana como única familia, está a la espera de mudarse con ella a otra ciudad. Mientras espera a que llegue el día, sigue con las mismas rutinas que durante los últimos años vio seguir a su abuelo: abrir la puerta de la librería para que se airee, limpiar el polvo de cada estantería, regar las plantas y tomar su té matutino. Atiende a la escasa clientela de la tienda y pasa casi todo su tiempo leyendo libro tras libro. Hasta que lo sorprende la llegada de un gato muy especial. Un gato que habla y que solo es visto por personas con unas características muy definidas. Buenas personas, de corazón noble, gran empatía y ganas de compartir, acompañar y preocuparse por los demás. Como, a pesar de los pesares, es también Rintaro. El gato, después de presentarse, convence al joven de que lo acompañe a rescatar libros. Libros que corren peligro de desaparecer ante las distintas actitudes de sus propietarios. Propietarios que dicen amar los libros, pero que cometen diferentes pecados capitales con ellos.

    Así, mientras Rintaro va empaquetando sus cosas, recomendando y vendiendo libros de la librería de su abuelo y empezando a despedirse de un lugar para él tan importante, acompaña a Tora en la resolución de cuatro laberintos. Cuatro laberintos a los que se accede desde la parte trasera de la librería. A través de una luz blanca pálida, llega a cuatro lugares bien diferentes -una enorme mansión, una oficina inmensa, un despacho en lo alto de un rascacielos y hasta una recreación casi exacta de la propia Librería Natsuki- en los que se encuentra a personajes que, pese a que afirman amar los libros, están equivocados respecto a las distintas maneras de demostrar ese amor. El primero lee y lee sin jamás pararse a pensar en lo que en realidad lee y, lo que para Rintaro es peor, sin releer nunca un libro. Otro vive por y para resumirlos, centrándose únicamente en los hechos descritos, desdeñando los detalles, las descripciones, la poesía. Otro, editor, únicamente piensa en extraer de ellos ganancias económicas, convirtiendo a los libros en meros objetos de consumo.

    Los tres personajes descritos coinciden en tres aspectos: los tres son hombres de cierta edad, en los tres observamos la presencia del blanco -traje blanco, bata blanca, pelo blanco- y los tres se equivocan respecto a algo importante que todo el mundo debería valorar acerca de los libros. A los tres debe convencerlos Rintaro para que sus libros -sus posesiones- dejen de ser expuestos en enormes estanterías-museo sin más, de ser recortados y reducidos solo a migajas y de convertirse en objetos de los que sacar rédito económico. Sin embargo, es el cuarto laberinto el que de verdad colocará al joven protagonista en una auténtica encrucijada, puesto que una mujer vieja y siniestra atacará directamente al corazón de Rintaro, allá donde se encuentra lo que más le duele, a aquello que lo hace especialmente vulnerable. Algo que lo obligará a vencer sus temores y ponerse en peligro -incluso físico- para poder volver de ese laberinto y tomar su propio camino en la vida.         

    Como suele suceder en este tipo de obras que ensalzan el valor y el poder de los libros el texto está salpicado de obras y autores de diversas épocas, temáticas y géneros, por lo que nos permite conocer algunos títulos o autores que hasta ahora desconocíamos, haciendo bueno aquello de que una de las funciones de la literatura, además de entretener, es enseñar. Además, a lo largo de la novela encontramos frases -bien en boca de algún personaje, bien en la voz del propio narrador omnisciente- de las que se suelen extraer citas como las que hoy en día adornan los muros de nuestras redes sociales. Frases, citas, que nos demuestran cosas tan importantes como que, aunque a menudo no nos lo parezca, no estamos solos; que debemos esforzarnos y tener consideración por los demás; que hemos de ser más empáticos; que debemos confiar más en nosotros mismos; o que hemos de reunir la fortaleza necesaria para emprender nuestros propios caminos en la vida.

    El gato que amaba los libros, que tiene ya continuación con El gato que cuidaba las bibliotecas (Grijalbo, 2025), es un inolvidable homenaje a la literatura y a los libros de parte de un escritor y médico japonés al que habrá que seguir de cerca de ahora en adelante. Un autor que, ya convertido en best seller y galardonado con el Premio de los Libreros de Japón y el Premio Shogakukan de Ficción, ha sido descubierto por editores de más de treinta países gracias a un libro que rezuma sabiduría, magia y pasión por la lectura. Un libro fácil de leer en el que nos encontramos a un tímido y retraído hikikomori y a un gato atigrado parlanchín que comparten la sabiduría, el ingenio y el carácter entrañable que solo puede otorgar el placer por la lectura. En este caso, acompañado, además, de un buen té japonés. ¿Quién puede pretender algo más para alcanzar la felicidad?           

     

lunes, 12 de mayo de 2025

El olvido que seremos. Héctor Abad Faciolince. Alfaguara. 2017. Reseña

 




    Veinte años después de que su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista en pro de los derechos humanos colombiano, fuera asesinado por unos sicarios en Medellín, Héctor Abad Faciolince pudo escribir, tras varios intentos fallidos, El olvido que seremos, una especie de biografía novelada con el propósito de reflejar el poder de la familia, por un lado, y el infierno de la violencia que durante cinco décadas golpeó a Colombia. Como él mismo nos explica: como niño yo quería que mi padre no se muriera nunca. Como escritor quise hacer algo igual de imposible: que mi padre resucitara. Si hay personajes ficticios -hechos de palabras- que siempre estarán vivos, ¿no es posible que una persona real siga viva si la convertimos en palabras? Eso quise hacer con mi padre muerto: convertirlo en alguien tan vivo y tan real como un personaje ficticio. Además, de mi papá aprendí algo que los asesinos no saben hacer: a poner en palabras la verdad, para que esta dure más que su mentira

    A fe que lo consiguió. Haciendo bueno lo que escribió un poeta colombiano -lo que se escribe con sangre no se puede borrar- y contradiciendo lo que dijo Millán Astray -¡Viva la muerte! ¡Abajo la inteligencia!-, Faciolince venció con rotundidad el intento de los asesinos de anularles el cerebro a quienes no pensaban como ellos y aseguró el triunfo del amor a la vida, a la alegría y a la belleza. La belleza. Algo a lo que, pocos años después, cantó el gran Luis Eduardo Aute en una canción que también perdurará a lo largo de los años. Porque si algo amó el médico y activista asesinado fue eso: la belleza. La belleza de un mundo feliz, alegre, justo, sin desigualdades y con valores. Unos valores que defendió, plantando cara al poder establecido, a sus secuaces, a sus sicarios, a sus asesinos, hasta el último segundo de su vida. Una vida, unos hechos y unas enseñanzas cuya memoria consigue perpetuar su hijo en un libro no solo rebelde y conmovedor sino valiente y absolutamente necesario.

    El doctor Abad fue ante todo un humanista. Ponía a los hombres en el centro de todo cuanto hacía. En cuestiones médicas, no se centraba en la cura sino en la prevención. Practicó la medicina social, que consiste en poner el énfasis en la higiene, la salud pública, el agua potable, las vacunas, etc. Llevó a sus últimos extremos aquello de que más vale prevenir que curar, lo que le granjeó enemigos entre muchos médicos que veían en él un peligro que podía vaciar sus consultas. Ecuánime y respetuoso, fundó el periódico U-235, la organización Future for the children -junto al doctor estadounidense Saunders- y jamás negó dinero a quien se lo pidiera por verdadera necesidad. Su entrega al activismo social y a la defensa de los derechos humanos fue en realidad una mezcla de rebeldía y pasión, por un lado, y de desesperación e ingenuidad, por otro. Y en las aulas, como profesor de medicina de la universidad de Medellín, siempre lanzó más preguntas que respuestas, buscando la implicación activa de sus alumnos, quienes lo adoraban. 

    Abad fue un humanista, he escrito en el párrafo anterior. ¿Por qué lo afirmo? Pues no solo por lo descrito más arriba. También porque, en esa ya referida búsqueda constante de la belleza, era un auténtico melómano, especialmente de la música clásica; un gran admirador y seguidor de cualquier muestra de arte -leía con fervor, junto a su hijo, La Historia del arte de Ernst H. Gombrich-; y un extraordinario lector, rico y variado. Así, a lo largo de las páginas de El olvido que seremos, desfilan El llanero Solitario, El Gaucho Martín Fierro, En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, El manantial, de Ayn Rand, Guerra y paz, de León Tolstoi, James Joyce, Ágatha Christie, Pearl S. Buck, Bertolt Brecht y, por supuesto, los Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Precisamente de Borges es el soneto Epitafio, cuya copia escrita a mano llevaba en el bolsillo, junto a una lista de amenazados, cuando lo mataron, el 25 de agosto de 1987.   

    No conviene, sin embargo, caer en el sentimentalismo. El doctor Héctor Abad Gómez que nos presenta su propio hijo en las páginas de El olvido que seremos queda lejos de ser un hombre perfecto. Más allá de su valentía y de su buen hacer en multitud de temas, Faciolince reconoce que su padre quizá mimó en demasía a sus hijos, especialmente a él, su único hijo varón; que a menudo no hacía valer en su propio hogar sus ansias de igualdad y justicia, pues era un hombre bastante machista, al menos en el ámbito familiar; que, tras la trágica muerte por melanoma de su hija Marta, pareció preocuparle mucho menos su propio bienestar y el familiar y se entregó, quizá demasiado ignorantemente e incluso en plan kamikaze, a la lucha social; y que se mostró, en sus últimos tiempos, muy reacio a prestar atención a los consejos de quienes le rodeaban y demandaban rebajar el tono de sus mensajes públicos, algo que le podía costar -y, de hecho, le costó- la vida.

    El olvido que seremos es también, como ha quedado dicho, una biografía familiar. La de una familia cuyos padres están perdidamente enamorados, son uña y carne y, aunque piensan diferente en varios temas, algunos de ellos más esenciales que otros, siempre se respetan y apoyan. Una familia que vive entre dos extremos: el fervientemente religioso de la madre y el ateísta humanista del padre y el de una familia rica, la de la madre, y otra más modesta, la del padre. Una familia que no es ni rica ni pobre, sino acomodada. Una familia de hasta diez mujeres y solo dos hombres -padre e hijo- muy feliz hasta la enfermedad y muerte de Marta. Una tragedia de la que nadie se recuperó nunca. A partir de la cual ya ningún componente de la misma fue el mismo. Una familia cuya felicidad ya menguada acabó por saltar por los aires, aunque siempre permaneció y permanece unida, al ser asesinado su cabeza, el doctor Abad. Una familia que jamás buscó venganza ante la barbarie. Que se vengó escribiendo un libro, a través de la palabra de Héctor Abad Faciolince. 

    Una familia que vivió una época feliz, en color, y otra más triste y dramática, en blanco y negro. De hecho, así lo reflejó en 2020 el director Fernando Trueba en la película de mismo título -ganadora del Premio Goya a la mejor película iberoamericana en 2021-. Una película que cuenta a todo color la vida familiar hasta la muerte de Marta y en blanco y negro la etapa posterior, incluido el asesinato del doctor. Una película que, bajo un guion fantástico de David Trueba, muy fiel a la novela de Faciolince, nos narra la historia de ese amor, quizá algo idealizado, entre un padre luchador hasta la muerte y un hijo que reconoce carecer de su misma valentía. Que tarda veinte años en reunir el valor de superar la rabia y el dolor y de narrar en un libro la historia de una inolvidable y desgarradora tragedia familiar acaecida en la Colombia de los años ochenta. Una historia de violencia y asesinatos que conviene conocer para impedir que se vuelva a repetir. Por eso mismo, El olvido que seremos merece perpetuarse en nuestra memoria.