LIBROS

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miércoles, 22 de abril de 2020

El candor del padre Brown. G. K. Chesterton. Castalia. 2020. Reseña







     El padre Brown es a G. K. Chesterton lo que Sherlock Holmes a Arthur Conan Doyle, Hércules Poirot a Ágatha Christie, Auguste Dupin a Edgar Alan Poe o Sam Spade a Dashiell Hammett. Sin embargo, el personaje creado por este escritor inglés (1874-1936) rompe bastantes de los tópicos del género negro  o policíaco. El sacerdote católico, de aspecto humilde, descuidado e inofensivo, siempre acompañado de su paraguas y de diversos objetos envueltos en papel de estraza, conoce como nadie el alma humana. Y resuelve los casos más complicados no con enrevesadas piruetas deductivas sino sugiriendo que la explicación irracional es en realidad la más racional. A pesar de su lógica devoción, siempre desecha las explicaciones sobrenaturales o espirituales para centrarse en lo natural y ordinario para resolver los casos más inverosímiles.

     Chesterton escribió alrededor de cincuenta relatos protagonizados por el padre Brown. Todos ellos fueron recogidos en cinco libros que se fueron publicando entre 1911 y 1935: El candor del padre Brown --el que nos ocupa, publicado por vez primera en 1911--, La sagacidad del padre Brown (1914), La incredulidad del padre Brown (1927), El secreto del padre Brown (1929) y El escándalo del padre Brown (1935). La primera de esas recopilaciones incluye los doce primeros relatos escritos por el autor, que se inspiró en un amigo personal para dar imagen y forma de actuación a su ficticio padre Brown. Un personaje que, a diferencia de los referidos en las primeras líneas de esta reseña, hace gala de una gran bondad que le impide juzgar y condenar al delincuente, sino que trata de salvarlo a su manera. Es lo que le ocurre con su inseparable Hércules Flambeau.  

     El amigo de Chesterton, el padre John O´Connor, párroco de Bradford (Yorkshire), influyó tanto en él que, además de inspirarle este peculiar personaje, hizo posible su conversión al catolicismo. Y ese es uno de los fuertes del personaje de ficción: pese a ser un párroco católico en tierras protestantes anglicanas, consigue que se imponga no su imagen --bajito, regordete, miope-- sino su sagacidad y su sentido del humor, natural y vital. Se muestra siempre muy humano y real, nada artificial. Sin duda, parece ingenuo y distraído, pero de repente atraviesa una especie de éxtasis intelectual que, junto a sus notables conocimientos de la ciencia de la psicología, lo lleva a aclarar las situaciones más intrincadas. Y, de paso, a ganarse el respeto de aquellos que al principio lo consideraban un simple intruso.

     Así explica este hecho Chesterton en el relato titulado El jardín secreto: hundió la cabeza entre las manos y se mantuvo en una rígida postura que denotaba la angustia de su pensamiento u oración, mientras que los otros tres sólo podían continuar observando este último prodigio durante aquellas doce extraordinarias horas. Cuando cayeron las manos del padre Brown, se vio un rostro bastante fresco y serio, como el de un niño. Y, en La forma anómala, Flambeau explica a otro personaje que el padre tiene a veces esta nube de misticismo encima, pero le advierto de que sólo se la he visto cuando rondaba cerca algo malvado. Flambeau confía tanto en el padre Brown que se va de vacaciones en un pequeño velero y en él solo lleva lo indispensable: latas de salmón, revólveres cargados, una botella de coñac y un sacerdote.   

     La narrativa de Chesterton supone un retrato costumbrista de los lugares y las personas de su época --el primer tercio del siglo XX--, con especial hincapié en sus formas de vida y sus comportamientos en los más diversos ámbitos de la vida. Describe con naturalidad toda clase de ambientes y contrasta los mundos criminal y religioso en profundidad. Dos mundos que, a menudo, no están tan distanciados. Así, en el primer relato de esta recopilación, La cruz azul, el padre Brown le dice a su inseparable Flambeau cuando éste todavía era un delincuente: ¿nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente del mal de la humanidad? Toda una declaración de intenciones desde el primer momento de la trama.

     Flambeau y el padre Brown, tan distintos --en físico (Flambeau mide más de una ochenta), en forma de vestir (Flambeau es muy elegante) y en personalidad-- y tan semejantes --en cuanto a ingenio y a perspicacia-- a la vez, se convierten en uña y carne tras convencer el segundo al primero de que su saber hacer debería ser empleado con fines más puros y bondadosos. Quiero que abandone esta forma de vida. Aún le queda a usted juventud, dignidad y humor; no crea que le durarán con ese oficio. Los hombres pueden mantener cierto nivel de bondad, pero ningún hombre ha sido capaz de mantener un nivel de maldad. En efecto, el Flambeau delincuente muta en un nuevo Flambeau, que ayuda en todas sus investigaciones al padre Brown. Cambio solo posibilitado por el gran conocimiento del segundo sobre la psicología del mundo criminal.     

     En los doce relatos hay multitud de frases dignas de ser señaladas en esta reseña. No en vano, el padre Brown es, de todos los personajes creados por Chesterton, el más parecido al autor. Al menos, en su forma de pensar y de ver la vida. El delincuente es el artista creativo; el detective es solamente el crítico / Un delito es como cualquier obra de arte. Sea divina o diabólica, posee un distintivo indispensable: su fundamento es sencillo, por complicada que pueda ser su realización / La cualidad de un milagro es el misterio, pero su forma es sencilla / Nos han enseñado que si un hombre tiene realmente unos malos principios, será en parte por su culpa. Pero, con todo, podemos distinguir entre el hombre que ofende a su limpia conciencia y el hombre cuya conciencia está más o menos enturbiada con falsedades.

     Dejo para el final el humor de Chesterton. Un humor inteligente y tan sutil que puede llegar a pasar desapercibido en algunos momentos. Dejo aquí un par de fragmentos sobre este tema: tanto por oficio como por convicción, el padre Brown sabía mejor que casi todos nosotros que la muerte dignifica al hombre. Pero sintió incluso una punzada en el estómago cuando lo despertaron al amanecer para avisarle de que habían asesinado a Sir Aaron Armstrong. Resultaba un tanto absurda e impropia aquella violencia secreta en relación con una figura tan divertida y popular que podía llegar hasta el punto de resultar cómico. Sin embargo, más adelante, una vez conocido con mayor profundidad al asesinado, dice: si yo alguna vez asesinara a alguien le digo que podría ser a un optimista. A la gente le gusta la carcajada frecuente, pero no creo que le guste una sonrisa continua. La alegría sin humor es exasperante.

     Leed a Chesterton. Admirad el ingenio del padre Brown. Parecido pero a la vez diferente a Holmes, Poirot, Dupin y Spade. Y que viva la buena novela negra...       


       

jueves, 16 de abril de 2020

El infinito en un junco. Irene Vallejo. Siruela. 2019. Reseña





     Siruela es una editorial que apuesta más por la calidad de sus obras que por la cantidad a la hora de lanzar sus publicaciones anuales. Razón por la que de tanto en tanto nos regala alguna que otra joya digna de elogiar pero difícil de reseñar --como sucede con las obras de Italo Calvino, George Steiner o Fred Vargas--. Ya me pasó hace unos años con El mundo de Sofía, del filósofo noruego Jostein Gaarder. La historia se repite ahora con El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, de la filóloga clásica zaragozana Irene Vallejo. Un recorrido a través de los siglos por todo lo que forma parte del mundo de los libros desde su época más arcaica hasta la actualidad --porque las referencias a libros, películas y series de los siglos XX y XXI son constantes a lo largo de la obra, lo cual conecta mucho más si cabe el mundo antiguo a nuestro día a día--. Desde los de piedra hasta los electrónicos.

     Comenta Vallejo en algunas entrevistas recientes sobre este ensayo que las bajas expectativas iniciales de la obra le dieron la libertad necesaria para asumirlo a su manera. Una forma de afrontar este tema que nos hace viajar desde la Alejandría fundada por Alejandro Magno hasta la Roma imperial pasando por las ciudades griegas con Atenas a la cabeza. Un viaje a través de todos los soportes utilizados en cada época para plasmar las palabras sobre piedra, arcilla, juncos, seda o papel. Treinta siglos de continuo esfuerzo para utilizar, transportar, almacenar y conservar de la mejor manera posible los pensamientos de cada personaje, lugar y época. Miles de personas, casi todas ellas anónimas, que durante siglos han hecho posible la realización, divulgación y protección de los conocimientos y las diversas formas de entretenimiento.

     Todo tipo de gente del libro tiene cabida en este viaje: narradores orales, escribas, sabios, copistas, miniaturistas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, espías, maestras, monjes y monjas, esclavos, bibliotecarios, etc. Todos los que a lo largo de la historia salvaron los libros de su desaparición se convierten en protagonistas de un libro indispensable para aquellos quienes, de una forma u otra, seguimos metidos en este bendito mundo de los libros, sea desde unas vertientes u otras. Porque, como escribe Vallejo, la invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. Con su ayuda, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración de la historia, el desarrollo y el progreso. Debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana.

     La Alejandría primigenia, con su Museo y su Biblioteca --que, gracias a Demetrio Falero y a Aristófanes de Bizancio, fue la más completa de la historia de la humanidad--, constituyó el gran centro científico de su época. El sueño de Alejandro Magno de juntar todos los libros de papiro (con el tiempo, también de pergamino) del mundo en Egipto fue seguido por la dinastía de los Ptolomeo, provocando la primera asimilación cultural, la helenista, algo solo comparado a la actual globalización mundial. Los jeroglíficos de la piedra Rosetta, las obras del amado y odiado Homero --La Ilíada y La Odisea, que nos presentan a Aquiles y Ulises, a Troya e Ítaca, al honor y la guerra y a la nostalgia y la aventura--, el progresivo abandono de la oralidad en pos de la escritura, el cambio supuesto por la aparición del alfabeto --que hizo cambiar de manos la escritura-- y la aparición de las primeras escuelas se nos presentan en el texto con todo tipo de testimonios muy interesantes.

     También hay espacio para las disputas entre Sócrates y Platón --oralidad versus escritura--, la filosofía del cambio de Heráclito, la primera gran colección de libros --que poseyó Aristóteles--, los comienzos de la poesía social --con Hesíodo y Los trabajos y los días--, del realismo lírico --Arquíloco--, del teatro --Los persas, de Esquilo--, las tragedias --Eurípides, Sófocles y de nuevo Esquilo--, las Historias de Heródoto y los primeros trabajos de catalogación de los libros --por los que Calímaco está considerado como el padre de los bibliotecarios--. Por supuesto, Irene Vallejo nos cuenta el brutal asesinato de Hipatia de Alejandría, hija del matemático Teón, las ansias de Antifonte por sanar gracias a la palabra, la destrucción por parte de los árabes de los libros de la biblioteca alejandrina, salvo los de Aristóteles, y el fin definitivo de la Gran Biblioteca, que a pesar de todo inventó una patria de papel para los apátridas de todos los tiempos.

     Cuenta la autora también --y su valentía es digna de agradecer en los tiempos que corren-- diversos aspectos de su vida personal. Como el bullying que sufrió en su etapa escolar. Una cruel situación de la que salió merced a la familia y al salvavidas de los libros --básicamente los de aventuras: Stevenson, London, Conrad o Ende--. Así, nos escribe que los libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida. Y no le falta razón. Porque la lectura de su libro, en plena pandemia por el coronavirus, me ha ayudado a sobrellevar la situación mucho mejor. Otro aspecto que debo agradecerle. Como, sin duda, hicieron los romanos con el gran legado griego, del cual se apropiaron hasta asimilarlo por completo: por primera vez, una gran superpotencia antigua asumía el legado de un pueblo extranjero --y derrotado-- como un ingrediente esencial de su propia identidad. 

     Los romanos hicieron de la literatura un botín de guerra. Y los esclavos se convirtieron en protagonistas de la historia de los libros. Las copias se extendieron por toda la población, naciendo los librarius, a la vez copistas y libreros. Y, por fin, los libros se convirtieron en hijos de los árboles --los denominados códices, que ya son encuadernados y presentan lomo y tapa dura--. En las escuelas romanas se aprendían de memoria, a base de golpes y azotes, los textos más famosos, tanto griegos como latinos. Se construyeron bibliotecas privadas separadas para obras griegas --ya reseñadas-- y latinas --las de Catón el Viejo, Terencio, Ovidio, Marcial, Plauto, Suetonio, Petronio, Cicerón o el mismísimo César--. Se comenzó a escribir para lectores que leían por placer. De la mano de Asinio Polión se construyó la primera biblioteca pública de Roma. Se leyó incluso en la clandestinidad. Los primeros cristianos no tenían otra manera de leer los libros negados que a escondidas.  

     Salvando las distancias, los libros fueron pareciéndose cada vez más a los actuales. Lo cual incluye los índices: mapa del interior de los libros que se fueron convirtiendo en ordenados jardines de palabras para tranquilos paseantes. Incluso las mujeres comenzaron a plasmar por escrito sus inquietudes. Así, Sulpicia nos legó a través de su poesía el único testimonio de amor femenino no conyugal, algo que estaba penado con gran dureza. Un libro siempre es un mensaje, escribe Irene Vallejo en las páginas finales de su gran ensayo. Y, como dice una amiga mía, también especialista en el mundo antiguo, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo es simplemente un tesoro escrito en lenguaje de seda. Y no se me ocurren mejores palabras que estas para finalizar una reseña difícil de escribir y que intenta hacer justicia a esta gran obra.

     Porque los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar --y mermar-- el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles. Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido. Qué merecido homenaje, a todas esas personas anónimas que han contribuido a lo largo de la historia a conservar todos estos conocimientos --incluso dando por ello su propia vida en algunos de los casos-- para un futuro que es nuestro actual presente, ha realizado Irene Vallejo en esta gran obra.  Una obra que hay que leer por obligación y, sobre todo, por placer lector.                    


domingo, 12 de abril de 2020

El error definitivo contra el humanismo





     A veces el hecho de escribir supone un acto de rebeldía no exenta de valentía. He de confesar que durante las últimas cuatro semanas vivo en un estado de constante paradoja. Esta maldita pandemia que nos ha tocado vivir nos está dejando algunas decisiones gubernamentales cuanto menos discutibles. Unas cuantas de ellas han sido objeto de crítica por parte de quien escribe estas líneas. Para mi sorpresa, me he encontrado con que gente de derechas me ha dado la razón --en muchos casos, obviamente, por cuestiones partidistas; en algunos pocos más, por verdadera convicción-- mientras que determinadas personas de izquierdas se han cebado conmigo, llegándome a llamar capitán a posteriori, cuñado, ignorante, negativo y otras cosas más que no transcribo aquí por vergüenza ajena. 

     Sobre las referidas personas de derechas no voy a añadir nada más pues considero que es a todas luces innecesario. Sobre las de izquierdas, sí me veo en la obligación moral de decirles que los insultos no hablan mal de quienes los reciben sino de quienes los escupen desde su boca, lo cual los convierte --no a los insultados sino a los insultantes-- en algo demasiado cercano a aquello contra lo que se supone que tanto unos como otros siempre hemos luchado: la intolerancia y la intransigencia. Es decir, contra la falta de respeto hacia quien opina diferente. Descalificativos aparte, desde determinados sectores de la izquierda se arguye que no es momento de hacer política. Algo que, por descontado, comparto absolutamente. Porque es cierto: no es momento de hablar de política cuando tenemos en nuestro país miles y miles de muertos.

     España es en la actualidad el país del mundo con más fallecidos --algunos más de 350-- por millón de habitantes. Para algunos se trata de simple mala suerte, para otros de un castigo divino. Para mí es un hecho muy significativo: nada ocurre por casualidad sino porque algunas cosas no se han hecho bien. Se han cometido algunos errores y los estamos pagando muy caro. Sin embargo, el que se está a punto de cometer en las próximas horas no será uno más, sino que puede ser el error definitivo. Desoyendo las alertas de la OMS sobre el riesgo mortal de un precipitado abandono del confinamiento total, desatendiendo las voces del propio gabinete de expertos del gobierno e ignorando a varios de los ministros --los de Podemos y algunos del PSOE--, nuestros máximos dirigentes van a enviar mañana mismo a sus puestos de trabajo a personas no pertenecientes a los denominados sectores de primera necesidad o esenciales.

     Lo van a hacer, además, sin las pertinentes pruebas previas que deberían determinar si esas personas están o no contagiadas. Sin saber, en definitiva, si suponen un riesgo para la salud. La suya propia --pues se podrían contagiar si no lo están ya-- y la nacional --en caso de estarlo, podrían contagiar a su vez a sus compañeros y a los familiares de estos--. A estas alturas de la cuestión todo el mundo comparte la opinión de que es absolutamente necesario realizar pruebas masivas que permitan aislar a los contagiados de los sanos para impedir un rebrote de los contagios y, por ende, de los muertos. Sin embargo, visto lo visto, buena parte del gobierno de Sánchez parece opinar lo contrario. Ojalá me tenga que tragar mis propias palabras --creedme: me haría muy feliz--, pero auguro que en los próximos días o semanas habrá un nuevo crecimiento en el número de contagios.

     Pero volvamos a la idea anterior de que no es momento de hacer política. Hace tan solo ocho días escribí un texto carta-homenaje-despedida a Luis Eduardo Aute. Le califiqué como el Da Vinci español del siglo XX y parte del XXI. Hablé de él como uno de los grandes humanistas españoles de los últimos tiempos. El humanismo fue un movimiento intelectual y filosófico que se desarrolló en Europa durante el Renacimiento. Básicamente se ocupó de colocar al hombre en el centro de todas las cosas, defendiendo las cualidades propias de la naturaleza humana y tratando de dar un sentido racional a la vida. Por desgracia, el humanismo como tal parece quedar cada vez más alejado en el tiempo. Sobre todo porque estamos obcecados en matar esa naturaleza humana en pos de un capitalismo salvaje que a este paso acabará también con nosotros como especie propiamente dicha.

     Estamos, sin duda, en manos de una cleptocorporatocracia --término que acuñó precisamente Luis Eduardo Aute en una de sus grandes canciones de la última década, titulada Feo mundo inmundo, que apareció en su álbum El niño que miraba el mar (2012)-- en la que la CEOE y el IBEX 35 dirigen nuestra sociedad independientemente de qué partido o partidos nos gobiernen. Un capitalismo salvaje en el que se salvaguarda antes un billete de quinientos euros que la vida de una persona. Es decir, que antepone la economía a la vida humana. Todo lo contrario de lo que defendía aquel humanismo que ponía al hombre --y a su vida-- por encima de cualquier otra cosa. En efecto, tienen razón todos aquellos que afirman que no es momento de hablar de política. Es momento de hablar de humanismo.

     Por descontado, tampoco es momento de ideologías ni de colores. No es momento de izquierdas ni de derechas. Tampoco de rojos, azules, morados, verdes o naranjas. Porque, cuando lo que está en juego es la vida de miles de personas, la única ideología que debe primar es el humanismo. No olvidemos que tras esas cifras de miles y miles de muertos hay rostros, nombres y apellidos. Hay padres, madres, abuelos, abuelas, tíos, tías, primos, primas, hijos e hijas. Hay, en suma, personas. Vidas. Así que, a los que me habéis acusado de restar en lugar de sumar por el simple hecho de criticar decisiones del gobierno que pienso que han sido erróneas, os propongo que sumemos todos juntos --vosotros también, ejerciendo el noble derecho a la autocrítica-- y haciendo ver al gobierno que la vida es lo más preciado que tenemos. Defendamos, pues, antes la vida, aunque sea la de una anciana de noventa años, que un billete, aunque sea de quinientos euros.

     Hagamos ver a nuestros gobernantes que de una crisis económica se sale --a base de tiempo y esfuerzo común, remando todos juntos y, si hace falta --que la hará--, pidiendo a los bancos que devuelvan hasta el último céntimo del rescate del que se beneficiaron en la última crisis, esa de la que muchos de los ciudadanos todavía no nos habíamos recuperado cuando llegó esta pandemia--. Hagamos ver a nuestros gobernantes que la generación que se nos está yendo estos días, de la manera más cruel posible, fue precisamente la que levantó a este país después de una guerra civil y de una crisis mundial de dimensiones gigantescas. Y, sobre todo, hagamos ver a nuestros gobernantes que de donde es imposible salir es de la tumba. Esa a la que van a empujar a miles de ciudadanos si toman la irresponsable decisión de enviar mañana a trabajar a personas que no saben si están o no contagiadas. Porque será el error definitivo contra el humanismo...

        

  

sábado, 4 de abril de 2020

Querido Eduardo: jamás morirá la BELLEZA...





   

     Querido Eduardo:

     Todo el mundo dice que has muerto. Qué gran mentira. No saben lo que tú siempre has sabido: que jamás morirá la BELLEZA. Claro está que lo de que has muerto no lo dicen con mala intención. Para los comunes mortales resulta muy complicado asimilar que algo pueda ser eterno. Así de simple. Sin embargo, tú siempre practicaste que el arte, en cualquiera de sus múltiples facetas, es por naturaleza inmortal. Por más años o siglos que puedan llegar a pasar. Y así viviste tu vida: en permanente búsqueda de la belleza. En la música, en las letras de tus canciones, en tus poesías, en tus pinturas y esculturas, en los guiones de tus películas y en sus imágenes. Hasta cuando dedicabas un disco o un libro tuyo a cualquiera de tus seguidores le añadías a esa dedicatoria algún dibujo o caricatura.

     Debo reconocerte que hoy estoy muy triste. Como común mortal que soy, he llorado al conocer la noticia de que te habías ido. Ché, qué mal, he pensado. No obstante, el mejor reconocimiento y homenaje que se te puede hacer en un día como el de hoy es precisamente tratar de ver la vida como tú la viste. Por eso, aunque es un momento muy duro, durísimo, para mí, te escribo estas letras. Porque, precisamente hoy, es momento de celebrar. De alegrarse por el hecho de haberte conocido en persona, aunque fuera a base de pequeños momentos repartidos durante los últimos años. Es un día para amar la vida por encima de todo. La vida es belleza, y la belleza es eterna. Tú, por tanto, eres eterno, Eduardo. ¿Qué mejor motivo se puede celebrar?  

     Me vas a permitir que diga algo que, conociendo tu enorme humildad --volveré a ella en unas pocas líneas--, te haría sonrojar. No lo pienso yo solamente. Eres, para mucha gente, entre la que lógicamente me incluyo, un referente, una especie de Da Vinci español del siglo XX (y parte del XXI). Leonardo fue un genio. Y tú, querido Eduardo, también. Has sido cantautor, poeta, pintor, escultor, director de cine, guionista y crítico. Pocos humanistas como tú ha habido en este país en los últimos tiempos. Vitalista, enamorado, enamorador --nunca fuiste guapo, cierto, pero siempre fuiste extraordinariamente bello--, irónico, despiadado y afectuoso según con quién, cachondo --mental y sexual--. Siempre lúcido. En todos los campos. En todas las artes.

     Volviendo a tu humildad, otro de los aspectos que te hicieron así de grande. Guardaré como un tesoro para siempre --plastificada desde entonces y a buen recaudo-- aquella carta, escrita de tu puño y letra, con la que me diste las gracias --¡tú a mí!-- por pedirte permiso para utilizar las letras de un par de canciones tuyas --Abrázame y Mojándolo todo-- en la que fue mi segunda novela, Almas Suspendidas. Una novela musical en la que también aparecen letras de Pedro Guerra, Tontxu, Andrés Suárez, Luis Ramiro, Manolo Tarancón y Alfredo González --todos ellos te lloran hoy y celebran haberte conocido--. Habla por sí solo el hecho de que tú me agradecieras así que pensara en ti como uno de los componentes de aquella novela con banda sonora. 

     En esa novela te tomé prestada también la ciudad de Albanta, una creación tuya --más bien de uno de tus hijos--, al más puro estilo Gabriel García Márquez en Macondo, que aproveché para ilustrar las imperfecciones del mundo. Ese Feo mundo inmundo que, cleptocorporatocráticos incluidos, tan bien supiste reflejar en tus canciones y poesías. El caso es que tu gesto y tus atenciones hacia mí en aquel próximo y a la vez lejano 2012 provocaron que mi Querencia por ti fuera progresivamente in crescendo. Hasta hoy, día en el que, por fin, has iniciado un viaje eterno a través del cual conocerás, si no lo has hecho ya a estas horas, qué hay en el otro lado de la luna. Allí, entre luces y sombras, cantarás aquel Tríptico con el que rendiste tu particular homenaje a nuestros más insignes pintores.

     Mientras tú has conseguido ser invisible, nosotros, los comunes mortales, quedamos hoy un poco huérfanos de ti, preguntándonos qué terriblemente absurdo es estar vivo sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido. Tú, que siempre predicaste el amor carnal, el sexual, ese en el que acabas mojándolo todo, que cantaste a un imán de mujer y que susurrabas aquello de que no sé de donde vengo ni a dónde voy, pero quiero que sepas que solo sé quién soy cuando estoy dentro de ti, que insinuabas que cada vez que me amas es un milagro, ahora debes conformarte con el amor más casto y puro, aquel en el que, desprendidos del goce, cuando dos cuerpos son alma se hace la carne poesía. Un amor en el que lo principal es decirse abrázame

     Aunque la tristeza es lógica hoy, porque es un sinvivir la vida sin ti, como ya he dicho antes, también es momento de sentir el arrebato de vivir, de bailar slowly with you tonight, aunque enamorarme de ti me lo tengas prohibido, de cantar un desgarrador al alba a capella, de gritar al viento todas las Aleluyas habidas y por haber y de celebrar que, pase lo que pase, siempre queda la música. Porque, sin duda, para ti amar era el verbo más bello y te iba la vida en ello. Por eso, a pesar de los pesares, todos tenemos claro, querido Eduardo, que los que no te hayan seguido a lo largo de tu carrera --no obstante tu partida, todavía están a tiempo-- no rozaron ni un instante la belleza. Porque fuiste, eres y serás siempre un artista en busca y captura de la belleza. Y jamás morirá la BELLEZA...     

      

  

martes, 31 de marzo de 2020

Absolución. Luis Landero. 2012. Tusquets Editores. Reseña





     Existe en este mundo una gran cantidad de seres atormentados. Personas que viven atemorizadas por la sociedad, por sus familias o por ellos mismos. En la novela que nos ocupa, del gran Luis Landero, aparecen algunos de ellos. Uno de tantos es Lino, el protagonista absoluto de Absolución. Un personaje que, tras una vida insatisfecha, errática y tediosa, parece haber alcanzado al fin la felicidad. Pasea por las calles de Madrid un jueves de mayo, apenas cuatro días antes de casarse con la que, está seguro, es la mujer de su vida. Clara es la directora del hotel en el que también trabaja Lino. Allí se conocieron, allí empezaron a tratarse y allí se enamoraron para siempre. Y eso que Clara está advertida de la idiosincrasia de su futuro marido: un ser que vive en un estado de huida casi permanente. 

     El milagro del hecho de ver alcanzada al fin la felicidad se sostiene, sin embargo, como ya hemos dicho, sobre un pilar muy poco fiable. Porque Lino siempre ha dejado sus trabajos (mil y uno de ellos, y de todas las características habidas y por haber), sus estudios (aunque finalmente se licenció en Historia Antigua) y sus amores (a una de sus chicas la dejó tras verle comer ¡un huevo duro!). Ciertamente, estamos ante un personaje realmente complejo. Alguien muy difícil de definir con una sola palabra. Muchos diríamos que es raro, pero eso es resumir demasiado. Landero nos describe a la perfección cada milímetro de su cerebro, con todas sus certezas y dudas. Algo solo posible a través de la mano de uno de los mejores escritores, narradores y descriptores de la psicología humana de la España contemporánea.

     Todos los infortunios de un hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar. La frase del matemático, físico y filósofo francés Blaise Pascal, citada por un profesor durante la adolescencia de Lino, lo marcaría para siempre. Landero nos lo cuenta así: eso era justo lo que le ocurría a él, y esa era la razón por la que no era feliz ni podría serlo nunca. Era llegar a cualquier parte o conocer a alguien y, transcurrido muy poco tiempo, las cosas empezaban ya a fatigarle y a estorbarle. ¿Por qué la vida era así de rara, de arbitraria, de inhóspita? Estaba lleno de rituales y manías, y a veces los viandantes se paraban, curiosos, asombrados, para verlo pasar. Tan extraña era su actitud ante la vida, que hasta su padre afirma: vaya por Dios. Con la de cosas que hay en el mundo y este muchacho no encuentra nada de su gusto.

     El tedio se apodera de Lino en todo momento, lugar y situación. Incluso en el seno de la familia, que básicamente vive de los siete millones de pesetas recibidos por su padre como indemnización por el conocido caso del aceite de colza en los primeros años ochenta. Por lo demás, su madre es la única que tiene los pies en el suelo. Mientras tanto, su marido y su hijo viven de sueños frustrados y anhelos imposibles. Y en plena desesperación, Lino piensa: qué va a ser de mí, cómo me ganaré la vida. Y añade Landero: y por más vueltas que le daba no conseguía imaginarse una profesión propicia para él. Lo cual lo lleva a despreciarse a sí mismo y, por extensión, al mundo. Incluso se llega a plantear el suicidio. Hasta que llega al hotel, conoce a Clara y todo se torna en felicidad. Una felicidad altamente engañosa.

     Casi toda la novela narra el transcurrir de ese jueves de mayo madrileño. Landero analiza las vicisitudes de la vida del protagonista de manera pormenorizada. Pese a ser un personaje eminentemente solitario, va conociendo a una serie de personajes de los que va aprendiendo diversos aspectos sobre la vida, la felicidad y el amor. Sobre todo su amada Clara, quien lo comprende, lo consuela y trata de encauzarlo; y el tío de esta, el señor Levin, quien se convertirá en su gran apoyo y confidente. El punto de inflexión de la novela es un altercado con un hombre que se propasa con su pareja. Lino entra en la discusión en defensa de la mujer y se produce entre ellos una pelea y una posterior persecución por las calles de Madrid. El protagonista decide de nuevo huir hacia adelante y acaba saliendo de la ciudad rumbo al norte.

     ¿Por qué huía de los sitios, por qué de pronto necesitaba estar en otra parte, donde nadie lo conociera y pudiera pasar inadvertido, libre de obligaciones y reproches? El miedo a todo ello lo impulsa hacia un viaje a través del cual se buscará a sí mismo. Además, en ese nuevo camino emprendido conocerá a un par de personajes cruciales en su nueva vida. Gálvez es un dicharachero y divertido psicólogo que trabaja como comercial/recursos humanos de una importante empresa láctea del país, que le habla de Kant y le indica la existencia de problemas insolubles que debemos aceptar y aprender a convivir con ellos. Gracias a él, Lino consigue pasar unos momentos exultantes de felicidad pese a atravesar uno de los peores trances de su vida. Así, notaba en el fondo de su ánimo el latido de una fuerza interior, una secreta y loca alegría que no recordaba haber sentido nunca.

    Olmedo es el otro personaje que lo ayuda de forma desinteresada a encontrarse a sí mismo. A la vez ingenuo, a la vez atrevido, vive junto a un anciano en una pequeña hacienda situada junto a una nueva urbanización levantada sobre los terrenos de los hermanos de Olmedo, quienes no pudieron dejar de escuchar los cantos de sirena de unos contratistas que les prometieron una vida feliz y repleta de lujos a cambio de sus terrenos. Olmedo es una especie de Robinson Crusoe que trata de seguir con su vida a la antigua usanza. Filósofo e historiador a su manera --la cultura no está ligada en absoluto a los títulos académicos pues existe la educación autodidacta--, le habla de la historia de la humanidad y la analiza con resentimiento. Lino, mientras tanto, trata de vencer su gran sentido de culpa y busca una especie de absolución que le otorgue la paz, consigo mismo y con el mundo. 

     Absolución es una novela que describe la psicología humana con detalle. Pero no solo es eso. También contiene una alta dosis de aventura, de viaje iniciático, de búsqueda de la felicidad. De apreciar el entorno natural que nos envuelve. Los personajes son muy humanos, sobre todo en los casos del señor Levin, Gálvez y Olmedo. De todos ellos se aprenden diferentes maneras de ver la vida. O filosofías de vida. Hacia todos ellos se acerca el lector, víctima de una empatía que lo lleva a comprenderlos hasta tal punto que cuesta ir despidiéndose de ellos según pasan las páginas y Lino avanza en ese camino que lo llevará hacia sí mismo. Se queda uno con las ganas de saber cómo van a seguir siendo sus vidas finalizada la historia tan magistralmente narrada por Landero. Un escritor del que hay que leerlo todo. Absolutamente todo.                                     


      

sábado, 21 de marzo de 2020

Casas y tumbas. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2020. Reseña





     Seis años después de publicar Días de Nevada, su anterior novela en castellano --el autor de Asteasu, Guipúzcoa, miembro de la Academia Vasca, suele escribir más en su lengua natal--, Bernardo Atxaga ha vuelto por todo lo alto con Casas y tumbas. Tras recibir en 2019 el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra literaria, su nueva novela corrobora su posición entre los grandes de la literatura nacional contemporánea. Vertebrada por el valor de la amistad, el amor incondicional a la naturaleza y a los animales y la inminencia de la muerte, Atxaga crea ambientes (el despoblado Ugarte, hoy un barrio de Amurrio, Álava) y personajes inolvidables. Esos de los cuales cuesta despedirse al finalizar la lectura de la obra en cuestión. 

     Afirma el autor que esta será su última novela. Confiemos en que cambie de opinión. Si no es así, se habrá despedido a lo grande. Quizás por eso, como asegura en su epílogo, ha escrito una novela en la que aparecen narrados diversos pasajes de su vida. Desde 1970 hasta prácticamente la actualidad. Así, durante las más de cuatrocientas páginas que componen esta obra aparecen reflejadas algunas de sus vivencias en el cuartel de El Pardo, lugar en el que realizó su servicio militar obligatorio cuando todavía vivía Franco, el angustioso episodio en el que su hija estuvo a punto de fallecer de peritonitis, la fascinación que siempre ha sentido hacia el mundo rural y los animales, sobre todo, los jabalíes, y la importancia que siempre ha tenido para él la poesía como forma de comunicación y evasión.

     En la novela, que se iba a titular primero El soldado que llamó cabrón a Franco, luego Hilos de agua entre las piedras, hasta terminar con el título con el que finalmente se ha publicado, Ugarte es un lugar situado en la frontera entre el viejo y el nuevo universo. De esta manera, escribe Atxaga en el epílogo: Hay dos clases de literatura, la que propone una vuelta por fuera (crímenes en Norlandia, pasiones en la corte china del siglo XII, traiciones letales en un campus norteamericano...) y la que en su propuesta incluye una vuelta más, la que el lector debería dar por dentro de sí mismo. Y debe ser cierto, porque la narración de Casas y tumbas no se desarrolla de forma rectilínea, sino que en ocasiones avanza en constantes zigzags.

     Seis capítulos forman parte de la estructura en zigzag de Casas y tumbas. En el primero de ellos, Érase un pequeño barco, un niño llamado Elías regresa prematuramente a Ugarte de una escuela de verano en Beau-Fréne, en el Pirineo francés. Ha perdido el habla (padece mutismo traumático) y todos en el pueblo se preguntan por el motivo. Su amistad con Mateo, primero, y con los hermanos gemelos Martín y Luis, después, provocarán que la autoestima del niño vaya en aumento. En estas primeras páginas del libro se habla de los negocios de la iglesia (en este caso, a través de la virgen de Lourdes), de la homosexualidad, de la pederastia y, por supuesto, de la amistad y de la proximidad de la muerte. Temas, estos dos últimos, constantes a lo largo de todos los capítulos de la novela.

     Cuatro amigos, el segundo de los capítulos, nos habla de la amistad surgida entre compañeros del cuartel de El Pardo, en pleno servicio militar de época franquista. Entre todos ellos se hacen cargo de la cría de una urraca. Donato y Eliseo llevan la panadería, Celso es el encargado del Centro de Transmisiones del cuartel y Caloco es quien cobra dinero a sus compañeros a cambio de realizar sus aburridas guardias. El tedio, solo superado gracias a la urraca, a la cual llegan a enseñar a hablar, y el desprecio ante la inhumanidad, la codicia y la fanafarronería del teniente Garmendia, el general Franco y el futuro monarca, Juan Carlos de Borbón, marcan el hilo conductor del capítulo, en el que también aparece el tema de la inminente muerte.

     Antoine, protagonista del tercer capítulo, es un ingeniero francés que dirige la industria minera de Ugarte. Las páginas de este episodio están repletas de referencias a huelgas mineras, terrorismo maoísta, sabotajes, amenazas y explosiones. En definitiva, a la lucha de clases desarrollada entre los poderosos, deseosos de que nada cambie ni escape a su control, y los huelguistas, quienes quieren acabar, de una vez por todas y cueste lo que cueste, con su ya larga opresión social y económica. Eliseo y los gemelos Martín y Luis han de hacer frente a todo tipo de situaciones, a cada cual más peligrosa, ante un Antoine que no duda en utilizar a sus perros Troy y Louise como armas defensivas (y también atacantes) contra los enemigos de la industria que dirige.

     El accidente de Luis, Daisy en la televisión y Orquídeas son los tres breves capítulos finales de la historia. Luis sufre un accidente y está dos semanas en coma. Los sueños que tiene durante este proceso se entrelazan con sucesos reales. Daisy es la protagonista de un reality show en el que trata de perder peso aún poniendo en grave riesgo su propia vida. Y Martín asiste, horrorizado, a la posibilidad de perder a su hija Garazi a causa de una peritonitis causada por la mala praxis de una doctora incapaz de diagnosticar la inicial apendicitis. Las historias personales de los gemelos Martín y Luis se entrelazan en estos episodios finales para dar luz a espacios que habían quedado en la oscuridad en los capítulos anteriores.

     Casas y tumbas entrelaza de forma brillante realidad y ficción. La realidad de momentos de la vida de un Atxaga que despliega, también en los fragmentos inventados, su habitual poder literario para narrar sus historias mediante un estilo que roza lo poético en numerosas ocasiones. Como siempre, nos deja frases que merecen ser rescatadas de sus páginas para pasar a formar parte de nuestra memoria colectiva. Como esta con la que pongo fin a esta reseña: Si se pudieran voltear los nombres impresos como las piedras de un huerto y ver la vida que esconden, comprobaríamos que no hay dos vidas iguales. Pues bien, tampoco existen dos escritores iguales. Y Bernardo Atxaga demuestra, de nuevo, ser uno de los mejores.      


                   

jueves, 19 de marzo de 2020

El San José más triste de nuestras vidas



     Hoy es día 19 de marzo. Día de San José y del Padre. Os escribo desde Gandia (Valencia). En estos momentos servidor debería estar comiendo con la familia, felicitando a mi padre y siendo felicitado por mi hijo. Llevo nueve días en cuarentena, siete sin ver a mi padre y seis separado de mi hijo. Hablo con mis padres entre tres y cuatro veces al día. Con mi hijo, lo mismo, pero por videoconferencia. No se escucha música por la calle y no hay ningún monumento plantado en ninguna plaza o esquina. Desde luego, no ha habido mascletà a mediodía ni se quemará ninguna falla esta noche. No soy un gran amante de las fiestas falleras, he de reconocerlo. Los años que puedo me evado de la ciudad para huir del mundanal ruido. Pero esta vez echo de menos el ambiente festivo. La vida da muchas vueltas. Todo esto que estamos viviendo es tan surrealista.

     Hoy es el día de San José más triste de la vida de muchos. También para mí. El consuelo, y eso debe ser lo más importante ahora, es saber que se está haciendo lo correcto. Sabemos que con esta cuarentena estamos protegiendo a los nuestros. Es una responsabilidad muy grande para todos. A algunos esta situación les viene demasiado grande. Lo estamos viendo a diario. No hace falta poner ejemplos. Sería una tarea interminable. Ya llegará el momento de pedir cuentas a los irresponsables que, por obra u omisión, han hecho que esta situación se alargue tanto en el tiempo y se agrave. Ahora, durante el mes que aproximadamente ha de durar este encierro, hemos de protegernos y proteger a muestras familias a toda costa.

     Cuando escribo estas líneas las cifras son estremecedoras: 18 mil contagiados y más de 800 muertos en España a causa del coronavirus, con un índice de mortalidad del 4,5% del total de los contagiados. Con todo, lo peor es conocer los datos de Italia --lo que está ocurriendo allí hoy es lo que ocurrirá seguramente en España dentro de una semana--, con 36 mil contagios, 3 mil muertos y un índice de mortalidad del 8,33% del total de los contagiados. Resulta, pues, aterrador pensar que las cifras actuales, siendo horribles, no se acercan ni de lejos a las que alcanzaremos en los próximos días. Todo esto ratifica que nuestro aislamiento es necesario para frenar la curva de contagios, lo que conllevará también la del número de víctimas mortales. Responsabilidad, individual y colectiva, es la palabra que debe guiarnos en estos momentos.

     Dentro de cuatro, seis u ocho semanas --es imposible ahora mismo determinar la evolución del número de contagiados--, cuando todo esto haya terminado, la vida no debería ser igual para nadie. Especialmente para los familiares de los fallecidos. Porque hemos de ser conscientes de que tras las cifras hay nombres y apellidos. Padres, hijas, nietos, abuelas, primos, sobrinas, etc. Ahora solo son números, pero en cualquier momento pondremos rostro a algunos de ellos. Dejarán de ser cifras y se convertirán en personas de carne y hueso. Víctimas de este maldito virus que vimos llegar pero al que no hicimos caso hasta que nos contagió --y, en algunos casos, mató--. Y no hay nada más triste que perder a un familiar y no poder darle el último adiós ni acompañarlo en su entierro.

     Tampoco deberían ser los mismos los afortunados. Los que no hayan perdido a ningún familiar, amigo o conocido. Deberían alcanzar la capacidad de agradecer lo mucho que todos tenemos. Imaginemos la terrible situación en los miles de campos de refugiados repartidos por el mundo, cuyos habitantes mal viven en tiendas de campaña que jamás los protegerán de nada; la de los presos, hacinados en las cárceles de todo el planeta; los sin techo, que no pueden hacer cuarentena porque no tienen casa en la que aislarse de ningún virus. Esa gente no debería seguir siendo víctima de un capitalismo salvaje que, ojalá, salte por los aires debido a la crisis económica que ya se nos viene encima. Sería un mal menor, sin duda, si con ello alcanzamos un mundo más igualitario para todos. 

     Toda crisis tiene sus héroes y heroínas. Esta, por supuesto, no es una excepción. El personal sanitario, que debe trabajar y exponerse al contagio al no contar con los equipos necesarios para realizar sus tareas con un mínimo de seguridad; los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que tampoco cuentan con mascarillas y guantes suficientes para todos sus miembros; los reponedores y cajeros de los supermercados, farmacias, panaderías y fruterías, que improvisan sobre la marcha para no dejar de atender a la ciudadanía cueste lo que cueste. A todos ellos y ellas van dedicados los aplausos que desde los balcones les brindamos cada día a las ocho de la tarde. Estaría bien, además, que sus conciudadanos apoyaran sus legítimas huelgas y votaran a partidos que apuestan por lo público.

     Y, más allá de esta crisis, no debemos olvidar que tenemos otra mucho más urgente por afrontar entre todos. Han bastado cinco, ocho o diez días de confinamiento en unos pocos países para comprobar que la contaminación mundial ha caído durante tan corto espacio de tiempo. Sin duda, el ser humano es, a día de hoy, un peligro más que evidente para el medio ambiente. Pero, no nos equivoquemos: no nos estamos cargando el planeta. Lo que nos estamos llevando por delante son las condiciones necesarias para la vida de los humanos en él. El planeta cambiará, y continuará vivo más allá de nuestra desaparición de él. Porque, de seguir así, de no afrontar de una vez por todas el problema del cambio climático, no necesitaremos ningún meteorito para extinguirnos. Nos bastaremos nosotros solos. 

     Cuando finalice esta terrible pandemia no debemos conformarnos con haber superado esta difícil situación. Todo nuestro esfuerzo será un parche estéril si no somos capaces de unirnos todos de nuevo, tal y como estamos haciendo ahora mismo contra el coronavirus, y demandar a los gobiernos que dejen de supeditar sus acciones a los intereses económicos de unos pocos y pasen a defender a todos los seres humanos del planeta (incluidos, claro está, los poderosos). Porque, de la misma manera que el coronavirus no entiende de razas, países o ideologías, tampoco lo hará un medio ambiente hostil respecto a los humanos. Matemos al virus, por supuesto, pero matemos también al cambio climático. Hagamos de este planeta un lugar en el que cada ser humano tenga el mismo derecho a vivir y a ser feliz.

     Hoy es 19 de marzo, día de San José y del Padre. El más triste de nuestras vidas. Pero, al final del largo y oscuro túnel de esta cuarentena, se atisba una luz. Hagamos que sea la luz de la esperanza. Lavaos las manos y ¡¡¡limpiad el planeta!!!
                    

            

sábado, 29 de febrero de 2020

Alegría. Manuel Vilas. Planeta. 2019. Reseña





     Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría. Con estas palabras comienza Alegría, la nueva novela de Manuel Vilas. Finalista del Premio Planeta 2019, recoge las vivencias, anhelos, carencias, pensamientos y sentimientos del escritor de Barbastro. Escrita entre mediados del 2018 y mediados del 2019, narra momentos de la gira de presentaciones, firmas de libros y demás actos en torno al lanzamiento de su éxito literario Ordesa, designada como novela del año en este mismo blog en 2018.

     En Alegría nos reencontramos con viejos conocidos de su obra antecesora. Sus padres, Bach y Wagner, sus hijos, Bra (Brahms) y Valdi (Vivaldi) y su tío Rachma (Rachmaninov). Además, aparecen personajes nuevos como Haydn, un viejo amigo de la edad de su padre, y Mo (Mozart), su segunda esposa. De nuevo, siempre nombres musicales que, sin embargo, serán reemplazados en las páginas finales por otros que tienen que ver más con temas cinéfilos. Así, Bach pasa a ser Cary Grant, Wagner es Ava Gardner, Bra es Marlon Brando, Valdi es Montgomery Clift y Mo se convierte en Katherine Hepburn. ¿Por qué ese cambio? Porque, según el actor, la alegría conlleva la belleza. Y la belleza, como la alegría, se puede encontrar en cualquier lugar y en cualquier manifestación artística.

     Y de entre todos esos músicos y actores, emerge la figura de Arnold Schonberg/Nosferatu, el músico dodecafonista que se convierte aquí en el antagonista de un Vilas que cree que solo puede derrotarlo a base de benzodiacepinas y ansiolíticos. Encarna Arnold los momentos de angustia, soledad, melancolía, depresión y pensamientos suicidas que va atravesando el autor en el desarrollo de su vida cotidiana. Arnold siempre esta ahí, acechando tras las cortinas, hablando a Vilas: Arnold me regala sus flechas más raras. Arnold me mete en la cabeza las ecuaciones morales más oscuras. Arnold me va destruyendo milímetro a milímetro y de una manera artística. Es un estado de frustración permanente, abstracta, metafísica.    

     La vida puede ser maravillosa. O puede convertirse en un auténtico drama. Sobre todo, cuando una persona cae en el desmerecimiento. Vilas dice no merecer un reloj caro, un coche bonito, una cena cara, una habitación de hotel de lujo o una simple bicicleta BH. Cuando disfruta de esa alegría, de esa belleza, se siente culpable. Y, claro, aparece Arnold para hacerlo descender directamente desde el cielo hasta el infierno. Vilas vuelve a tomar los ansiolíticos y las benzodiacepinas y a invocar el retorno de los fantasmas de Bach/Cary Grant y Wagner/Ava Gardner. Y se desencadena la madre de todas las batallas: la que libran la melancolía contra la alegría; la depresión contra la belleza; la muerte contra la vida.    

     De nuevo nos encontramos con una novela original y valiente, marcada por el mismo caos narrativo de Ordesa. Desnudarse a uno mismo, y también al resto de la familia, en las páginas de un libro requiere, si se pretende ser honesto y humilde, no dejar de lado las debilidades propias y ajenas. Es decir, hacerlo sin complejos ni ataduras. Además, un año de la vida de cualquier persona conlleva reencuentros, separaciones y nuevas amistades. Más aún si durante ese año se viaja tanto por tantas ciudades de la geografía española, europea y americana. Como no podía ser de otra manera, entre 2018 y 2019 Vilas se reencontró con primos desaparecidos, amigos propios y familiares casi olvidados --o no-- y un sinfín de lectores que le dieron las gracias por su magnífica novela.

     Afirma Vilas que detecto a la gente que sufre de manera inmediata. Es un don. Enseguida se nota el sufrimiento. No es ninguna peste. No es malo. No es ofensivo. No es ni siquiera triste. No es una maldición. Es simplemente conciencia y cortesía. Cuando un ser humano no puede conectar, unir el pasado que vivió con el presente que vive, se vuelve melancólico, se agrieta su mirada, pero también madura su vida de otra forma, y esa madurez vale la pena. De manera desgarrada, de manera única, allí voy yo, invocando a mis seres queridos, intentando ser feliz. Y sé que lo estoy intentando porque he cambiado. Se sabe si una persona está intentando ser feliz si la vemos cambiar. Y la lectura de unas novelas como Ordesa y Alegría ayudan a los lectores. Unos lectores siempre agradecidos al autor.

     Resulta imposible que un buen escritor no realice en sus escritos guiños a otros escritores anteriores o contemporáneos. Vilas no es una excepción. Así, nos habla de su perro Brod, que recibió su nombre en recuerdo de Max Brod, que pasó a la historia por ser el amigo absoluto, el amigo que mejor comprendió y adoró a Franz Kafka. También hace referencia a Teresa de Jesús en unas páginas en las que, de forma desgarradora, afirma no querer dejar morir del todo a sus padres. Y, finalmente, aparece Marcel Proust --célebre autor de la obra En busca del tiempo perdido y de la frase: mi religión es el pasado--, del cual Vilas hace suya la idea de que es imposible vivir sin creer en algo a través de estas líneas: una religión fundada en el pasado, fundada en el culto a tu padre y a tu madre, y en todo cuanto está en un tiempo anterior a este instante, en donde los seres amados no se mueren.   

     Para dar por concluida esta reseña he de transcribir una serie de frases que considero no deben ser obviadas bajo ningún concepto: La condición de padre es la del mendigo del amor. Quiero besar el tiempo en que estoy con mi hijo, mientras el tiempo aún esté con nosotros. Yo compuse un momento así con mi padre, solo que el momento con mi padre ya no lo hallo en ningún sitio, por eso me aferro al momento que estoy viviendo con Valdi, porque desde allí invoco la venida de mi padre. Puede morir la vida, pero no el misterio, que ahora está en mis hijos. Los seres humanos olvidan el misterio. Por eso sus vidas caen, se hunden, se entristecen, se adulteran. Como escritor, mi responsabilidad moral es recordar la existencia del misterio. Descubrí algo, que las palabras enamoran y sirven para no estar solos. Y descubrí que todos los lectores con quienes he hablado este último año amaban a sus padres y a sus madres. Eso fue maravilloso. 

     Maravilloso ha sido leer estas dos grandes novelas. Por eso, mi obligación moral como lector es recomendarlas a todo el mundo. También dar las gracias a Manuel Vilas por tanto misterio, tanta belleza y tanta alegría.                      

            

viernes, 28 de febrero de 2020

El pan de los años mozos. Heinrich Böll. Seix Barral. 1971. Reseña





     Escrita y publicada por vez primera en 1955 en la Alemania natal del Premio Nobel de Literatura (1972) Heinrich Böll, El pan de los años mozos fue publicada en España por Seix Barral en 1971. Cuando la escribió era ya un autor conocido en toda Europa, aunque todavía faltaban unos años para que, en 1963, saltara definitivamente a la fama gracias a su obra más conocida, Opiniones de un payaso, reseñada también hace algún tiempo en este mismo blog. Como en la mayoría de sus libros, el principal tema tratado fue la situación de la República Federal de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Durante el conflicto, pese a no participar del ideario nazi, fue reclutado por la Wermacht para combatir en Polonia, Francia o la URSS. Fue detenido en 1945 por el ejército de los EE. UU. y pasó por varios campos de detenidos de Francia y Bélgica.

     El compromiso político y social de Böll fue creciendo con el paso de los años. Se opuso a la extrema derecha y a la xenofobia y escribió sobre las clases sociales media y baja para denunciar los abusos de la clase alta. El título de la novela que nos ocupa deja claro su propósito: centrar la atención del protagonista y narrador, el joven Walter Fendrich, en un aspecto tan clave y vital como conseguir el pan necesario para poder seguir con vida durante sus años de juventud. Para ello, como es de suponer, ha de recurrir a todo tipo de argucias. Algunas legales; otras, no tanto. Todo ello, mientras trata de aprender un oficio con el que ganarse la vida de forma honrada. Así, después de ser aprendiz de banca, de vendedor y de carpintero, me inicié como electricista con Wickweber, un explotador que lo obliga a trabajar todos los días de la semana a cambio de un salario y una sopa. 

     Recuerda nuestro protagonista que durante buena parte de los siete años anteriores la idea del pan fresco se me metía estúpidamente en la cabeza. Pan. Deseaba pan como un morfinómano desea la morfina. Aún ahora, reconoce, cuando voy a cobrar y después cruzo la ciudad con los billetes y las monedas en el bolsillo, me viene a menudo el recuerdo del temor de lobo que me asaltaba durante aquellos días, y compro el pan tierno que veo en los escaparates de las panaderías. Aunque durante esos siete años Wickweber no se portó con él nada mal, no peor que con otros de sus operarios, comenzó a odiarlo muy pronto al comprobar el olor que salía de su cocina. El hambre y las agotadoras semanas de trabajo le sirvieron a Walter, sin embargo, para ir ahorrando. Ahora, incluso tiene un coche con el que se mueve por la ciudad.

     Su deseo es ahorrar lo suficiente como para conseguir la fianza con la que pagar su independencia respecto a Wickweber y pasarme a la competencia cuando quiera. También encontrar el amor verdadero. Porque Ulla, la hija de su jefe, con la que sale desde hace unos años, es para él solo un entretenimiento. Supone que es su prometida, pero no concibe la idea de casarse con ella y vivir juntos para siempre. Mientras el pan es la medida de los precios de la vida, el recuerdo de su amada y difunta madre y de su padre, un profesor mal pagado que apenas llega a fin de mes, lo acompañan en su recorrido diario por la ciudad. Una ciudad que lo va conociendo como reparador de lavadoras. Ese es su oficio. Con el que se gana ese pan tan necesario. Pero no solo de pan vive el hombre, parece pensar últimamente Walter.

     Un eterno lunes cambiará su vida. A mediodía debe recoger en la estación a una joven paisana que viaja hasta la ciudad para ganarse la vida como maestra. Su nombre: Hedwig Muller. La mujer que añadirá la gota que colmará el vaso que hará saltar por los aires la vida del protagonista de esta historia. Nada más verla, sentada en su maleta, todo dejará de tener importancia para él. Y seducirla y hacerla suya será su única obsesión desde entonces. Porque El pan de los años mozos es también una historia de amor. El hambre, la imperante necesidad de pan, los problemas de la posguerra, ese ambiente hostil de lobos solitarios y fríos emocionalmente, la pérdida de una madre, la vida al límite de la locura y los anhelos de independencia económica y laboral quedan atrás cuando Walter conoce a Hedwig. 

     Y la novela se convierte en la crónica de cómo una vida puede cambiar en un solo día. Un día en el que uno ha de dejar de lado su vida anterior para lanzarse de lleno al futuro. En el que un amor inesperado pero fascinante lo anima a uno a vivir. Y las medidas de todas las cosas dejarán de ser el pan y la bondad de aquellas pocas personas que lo habían ayudado en sus peores momentos (sus años mozos de aprendiz) --la unidad es el pan de aquellos años jóvenes, que viven en mi memoria como si estuvieran envueltos en una espesa niebla. La sopa que nos daban sonaba débilmente en el interior de nuestro estómago; caliente y amarga, nos volvía a la boca cuando, por la noche, nos balanceábamos en el tranvía que nos llevaba a casa. Era el eructo de la impotencia, y el único placer que teníamos era el odio..., el odio-- y pasará a ser Hedwig.    

     No es bueno que el hombre esté solo, nos dice la Biblia. Se vuelven igual que los lobos, añade en una de sus canciones el cantautor Víctor Manuel. Desde su ferviente catolicismo, Heinrich Böll parece que en esta novela se apiada del hombre que protagoniza su historia (Walter Fendrich) y se erige a sí mismo como una especie de Dios creador que, como escritor y autor de estas páginas, manda a una mujer (Hedwig Muller) como salvadora del alma del reparador de lavadoras. El lobo que fue en busca de pan y alimentos deja paso a otro animal más dócil que ansía el cariño de quien pretende que se convierta en su mujer. Porque desde el primer momento queda claro que Hedwig no es Ulla. Lo que Walter no ve en la hija de su jefe través de los años, sí lo ve en la recién llegada en apenas un instante. 

     Cuando la Academia Sueca otorgó a Böll el Nobel de Literatura en 1972 destacó de él que por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización ha contribuido a la renovación de la literatura alemana. En efecto, su estilo fino y su escritura ágil hacen de sus obras unas lecturas que rozan la adicción. Así me ha ocurrido a mí mismo con Opiniones de un payaso y El pan de los años mozos. A buen seguro, no serán sus últimas obras que lea. Puede que no tenga la fama de su coetáneo Gunter Grass, pero leer su obra siempre vale la pena...
                     

      

miércoles, 19 de febrero de 2020

Parásitos. Bong Joon-ho. 2019. Crítica





     Tan cerca, y tan lejos. Así es la vida. Dos mundos aparentemente a años luz de distancia pueden estar en realidad tan cercanos entre sí que a menudo llegan a tocarse con la punta de los dedos. En este mundo encontramos de todo. También ricos y pobres. Unos ricos y unos pobres que no en pocas ocasiones viven mucho más próximos de lo que nos pueda parecer en un principio. Eso es lo que sucede en la oscarizada Parásitos --mejor guión original (Bong Joon-ho), mejor director (Bong Joon-ho), mejor película de habla no inglesa y mejor película del 2019--. Dos familias, dos modos de vida y un mismo escenario para mostrarnos la crudeza de la vida en todo su esplendor (u oscuridad, según escenas y situaciones). Una película diferente, original y divertida.

     En la cinta surcoreana, estrenada en Cannes en mayo del pasado año, encontramos por igual drama, suspense y humor negro. En efecto, hay momentos para todo en la vida. Una vida cuyo devenir puede cambiar de un segundo para el otro. Y es que cuando dos mundos están separados tan solo por un par de largas escalinatas que nos transportan en un santiamén de uno al otro no es difícil pensar que puedan llegar a conectar a la menor ocasión. Sobre todo cuando la picaresca interviene. Ríanse de la picaresca española, por cierto. Porque, por lo visto, la surcoreana gana por goleada. No en vano, aunque casi siempre existe una salida para todos los problemas, las personas tendemos a veces a no elegir precisamente la más honrada. 

     La familia Kim es extremadamente pobre. El matrimonio y sus hijos, Ki-woo y Ki-jeong, sobreviven como buenamente pueden a base de trabajos rutinarios y aburridos con sueldos vergonzosos. Habitan un semi sótano en compañía de chinches y demás roedores fuera de los límites de la higiene y de la salud física y mental. No obstante, un golpe de suerte los pone en la órbita de la familia Park, que vive en una lujosa casa de la parte alta de la ciudad. Tan diferentes, y tan parecidas. Pese a sus distintas formas de vida, ambas familias comparten algunos aspectos internos que las acercan. ¿Cómo consiguen los pobretones Kim introducirse en la vida de los ricachones Park? Utilizando todo su ingenio y sus escasos valores morales. Es decir, merced a la picaresca.  

     A través de los ciento treinta minutos de metraje descubrimos que los ricos son confiados, que los pobres huelen mal, que a veces nada es lo que parece, que todo vale con tal de escapar de la justicia, que la comedia y el drama también beben --como los ricos y los pobres-- de las mismas copas y que a veces el mejor plan es no tener un plan, pues los planes siempre acaban fallando. También que todas las familias, sean cuales sean sus condiciones, tienen problemas por resolver, y que estos problemas pueden unir o separar a sus miembros para siempre. Así, mientras los Kim, a pesar de su pobreza --o quizá gracias a ella-- permanecen unidos en todo momento, los Park no consiguen la sintonía adecuada ni siquiera contando con la tranquilidad de un dinero que, cierto es, no siempre da felicidad.

     Los olorosos Kim se convierten muy pronto en seres imprescindibles para el feliz desarrollo de la vida cotidiana de los confiados Park. Y una trama a priori cercana a la comedia va transformándose en otra más negra, oscura, casi de lucha de clases, hasta desembocar en un auténtico drama. Todo ello, gracias a un magnífico guión --¡siempre la clave de toda buena película es el guión!-- que sabe combinar en cada momento los elementos adecuados para conseguir su objetivo inicial. Porque el film te engancha pronto, te atrapa y te acaba zarandeando en unos minutos finales de gran tensión y angustia que demuestran que, en efecto, los planes siempre acaban fallando. En ocasiones, incluso de forma altamente estrepitosa.

     ¿Que si recomiendo ver Parásitos? Por supuesto que sí. Es una gran película que, a la vez, te hace sonreír y estremecer. Es original y su verosimilitud viaja siempre muy próxima a lo inverosímil. Pese a ser una obra de ficción, parte de supuestos sociales que son tan reales como motivo de vergüenza para cualquier sociedad que pretenda ser justa. Y es que basta una reflexión algo más sosegada para darse cuenta de que los parásitos de la trama no son solo los Kim, sino que también los Park lo son, pues se aprovechan de la pobreza de los sirvientes para obligarlos a hacerles todo tipo de tareas que ellos podrían hacerse por sí solos perfectamente pese a su indudable riqueza. Parásitos parasitados los Kim, vaya.       

     A tenor de todo lo anterior: ¿merece Parásitos el Óscar a la mejor película del año? Puede que sí, aunque no me atrevería a asegurarlo al cien por cien. Sin duda, en el mundo de Hollywood influye mucho la política. Parte de la trama de la película se desarrolla en una especie de búnker construido en la parte baja de la mansión de los Park. Un refugio en el que guarecerse en caso de un eventual ataque norcoreano. El miedo, pues, forma parte de la trama del guión del film. El eterno enfrentamiento entre las dos Coreas queda patente en varias de sus escenas. Me atrevo, esta vez sí, a asegurar que si el director y la película fueran norcoreanos en lugar de surcoreanos no habría existido ninguna nominación a los Óscars. Seguramente, tampoco a los BAFTA ni a otros galardones similares.

     Pero, ojo, el párrafo anterior no debe ser utilizado bajo ningún concepto para restar un ápice de valor a Parásitos. Simplemente hace referencia a aquello de que toda ayuda siempre es bienvenida. Si no la has visto todavía, sigue mi consejo y ves al cine. Aunque solo sea por curiosidad. A buen seguro valdrá la pena...             


     

viernes, 31 de enero de 2020

1917. Sam Mendes. 2019. Crítica





     Una buena historia contada por alguien que la sabe contar de verdad puede dar origen a un buen libro o a una buena película. Es el caso de 1917, la nueva película del director británico Sam Mendes --American beauty, Camino a la perdición y las dos últimas entregas de James Bond--, basada a su vez en un conjunto de anécdotas narradas por su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien sirvió en el ejército británico en la Gran Guerra. Esas anécdotas sirvieron a Mendes para escribir el guión de esta cinta junto a Krysty Wilson-Cairns, guionista especializada en ciencia ficción y terror. Roger Deakins, director de fotografía de films como Blade runner 2049, Fargo o Una mente maravillosa, pone la magia en una película realmente espectacular.

     Acostumbrados a ver cómo se estrenan cada año varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial resulta esperanzador observar de vez en cuando que se resucita a esa pequeña gran olvidada que es la Gran Guerra. Films inolvidables como Senderos de gloria (1957) --de Stanley Kubrick, protagonizada por Kirk Douglas--, El sargento York (1941) --con Gary Cooper--, Lawrence de Arabia (1962) --de David Lean, con la participación de Peter O´Toole y Omar Sharif--, Johnny cogió su fusil (1971) --de Dalton Trumbo-- o Gallipolli (1981) --con Mel Gibson-- ya nos introdujeron en el cruel mundo de esta primera conflagración mundial. En la actualidad, 1917 va un paso más allá y nos la hace vivir literalmente desde dentro.

     Sin duda, el gran artífice de sumergirnos de lleno en el paisaje y la acción del film es su director de fotografía, Roger Deakins, mediante la utilización del plano secuencia continuo. Esa técnica, que se convierte en diferentes pasajes de la película en verdadera magia, pura magia, hace que los espectadores acompañemos, en directo, a su lado, a los protagonistas de la historia a través de intrincadas trincheras, pueblos abandonados, ríos furiosos, bosques peligrosos y paisajes tan espectaculares como apocalípticos. Y es que los espectadores estamos en la guerra, junto a los soldados que han de cumplir una misión tan peligrosa como épica: entregar en mano una orden que debe salvar a mil seis cientos soldados de una muerte segura. Incluido el hermano de uno de ellos.

     Como los propios soldados, inocentes pero a la vez aterrados, asistimos a la guerra como paisaje desolado. Observamos, en primera persona, la destrucción en su máxima expresión. Si ya la imagen de Kirk Douglas nos impresionó en su recorrido por las trincheras de Senderos de gloria1917 nos golpea más y más si cabe. Y uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué se sentiría en tal situación si la película se hubiera grabado en tecnología 3D? Resulta complicado responder a esta interrogación. Aún así, estremece y acongoja, a la vez que maravilla, asistir al espectáculo, casi teatral, que supone ver este film. Porque si el cine es el séptimo arte, 1917 es la máxima expresión de ese arte. Una maravillosa obra de arte que todo el mundo debe ver en el cine.

     Es un lujo acompañar en su misión, una auténtica carrera contrarreloj en la que el movimiento es clave, pues si se detienen la misión quedará incumplida y se perderán las vidas de mil seis cientos hombres, a Schofield (George MacKay) --Resistencia, Orgullo, Captain Fantastic o El secreto de Marrowbone-- y Blake (Dean-Charles Chapman) --Juego de tronos, El pasajero, Blinded by the light o The king--. Atravesar el territorio enemigo nos pone a todos en peligro --sí, también a los espectadores, presos de la angustia y con el corazón a flor de piel en todo momento--, un peligro que debemos correr para defender valores tan importantes como el de la amistad, el del valor y el de la familia. Porque salvar al hermano de Blake y al resto de soldados es un objetivo ineludible.

     1917 es también un film antibelicista. Son varias las escenas en las que los protagonistas pueden matar fácilmente a soldados enemigos y no lo hacen. A no ser que su propia supervivencia esté en juego. A veces es matar o morir. En una escena incluso ponen sus vidas en juego por ayudar a un aviador alemán estrellado. Nada tan antibélico como eso. Para Schofield, el gran protagonista de la cinta, una medalla no tiene ningún valor. De hecho, él ha cambiado la suya por una botella de vino. En la guerra se viven pocos placeres. Y cuando se tiene ocasión de hacerlo, no hay que dudarlo un instante. Para el espectador resulta de igual manera: una película de guerra ofrece pocos respiros, así que debemos apreciar todo el arte desplegado por los encargados de traernos esta maravillosa cinta.

     La próxima semana se celebra la ceremonia de entrega de los Óscars 2020. Y 1917 es una de las grandes favoritas. Cuenta con diez nominaciones, ni más ni menos. Ya ganó los Globos de Oro a la mejor película y mejor dirección. Además, es candidata también como mejor fotografía, mejor guión original, mejor banda sonora original --para Thomas Newman, que ya trabajó con Mendes en las dos últimas entregas de James Bond, Camino a la perdición y American beauty--, mejor sonido, mejor edición de sonido, mejores efectos visuales, mejor maquillaje y peluquería y mejor diseño de producción. Como vemos, opta sobre todo a los premios que tienen que ver con cuestiones técnicas. Ningún actor ha sido nominado como candidato por su interpretación. Lo cual puede parecer injusto.

     En el caso de George MacKay, por ejemplo, participó en todas y cada una de las escenas. Incluidas las de riesgo. Al margen de contribuir a una mejor producción de la cinta, se involucró al cien por cien con la misión de su personaje. El tipo de rodaje, comentó en una entrevista, no dejaba mucho lugar a cambios. No hay muchas más opciones cuando una cámara no deja de seguirte. Así, el protagonista aceptó nadar en un río frío y con demasiadas corrientes y ser sepultado por completo por escombros resultantes de una explosión. No en vano, Ben Cooke, coordinador de las escenas de acción, reconoció que la involucración del actor y las horas y horas de ensayos para las escenas arriesgadas son la magia real de la película. O parte de ella, añadiría Deakins, supongo.

     Reciba más o menos premios en los Óscars, 1917 es la mejor película del año. Para mí, por lo menos. Un guión sencillo que nos habla de un acto heroico, absolutamente épico; valores como la amistad, la familia o el valor; una cámara que acompaña a los protagonistas en tiempo real, a cada paso que dan; una maravillosa fotografía, que es pura magia y nos acerca a las escenas hasta el punto de meternos de lleno en ellas; un sonido asombroso y ajustado a lo estrictamente necesario, sin más estridencias de las que al acción aconseja. Todos ellos, ingredientes para calificar este film como original y único en su género. Una delicia para la vista y los demás sentidos. Cine en estado puro (y duro).                     

        

lunes, 27 de enero de 2020

Querido Kobe: gracias por tanto





     Eran las 20:52 de la tarde de un domingo cualquiera. Estaba contento porque mi Estudiantes acababa de ganar el Unicaja de Málaga y dejaba de ser el colista de la ACB, situándose un poco más cerca de la salvación. Sentado en el sofá, observo que mi móvil emite un sonido característico. Un whatsapp. Lo abro tranquilo. Mi sobrino Kike. Supongo que querrá burlarse de mí porque mi Atleti no le gana ni al colista de la liga, que ha jugado los últimos minutos del partido sin portero. El mensaje me remueve: Accidente del helicóptero de Kobe Bryant. Ha muerto al 99%, porque no se sabe nada de él. Me levanto del sofá como un resorte. Mientras camino hacia al ordenador me aferro a ese 1% restante. No puede ser, me digo. Tecleo su nombre en el buscador y abro la primera noticia que aparece. Es cierto. Y está confirmado. Kobe ha muerto. Me paralizo.

     Paso varias horas leyendo detalles del accidente, intercambiando mensajes con familiares, amigos y conocidos y buscando reacciones en las redes sociales. Todo el mundo tiene algo que decir sobre lo ocurrido. No acabo de asimilarlo. Me niego a pensar que sea real. Quiero creer que al final alguien dará la noticia de que él no iba en su helicóptero. O de que no era el suyo. Pero lo es. La incredulidad va dejando paso a la rabia y la impotencia. Busco vídeos con sus mejores jugadas. Veo el cortometraje dedicado al baloncesto con el que ganó el Óscar hace tan solo un par de años, apenas retirado del baloncesto profesional. Me entero, además, de que su segunda hija, de solo trece años, ha fallecido junto a él. Iban a un partido de base de la pequeña cuando el helicóptero se estrelló. Otra hija, de solo siete meses, jamás conocerá a su padre. La vida no es justa, me repito una y otra vez.

     Me acuesto tarde, pasada la una de la mañana. Casi no duermo. Apenas cierro los ojos recuerdo su rostro, siempre sonriente. Veo en mi mente imágenes suyas, jugadas suyas, canastas suyas. Él, que tantas noches mágicas me ha regalado en los últimos años, me ha dado hoy una horrible. Me levanto peor que si me hubiera atropellado un camión de gran tonelaje. Por fin comienzo a asimilar que se ha ido. Tengo que escribir sobre él. Han pasado varias horas. Debería haberlo hecho anoche mismo. Pero no se puede escribir sobre algo que uno no asimila. Porque es como si no existiera. No sé los demás, pero yo soy incapaz de escribir sobre algo que no existe. O que creo que no existe. Comienzo a pensar qué puedo decir sobre él. Es el momento. Me siento ante el ordenador, abro Blogger y me pongo a ello.

     El baloncesto fue desde siempre pieza clave en la vida de Kobe y su familia. Era hijo de Joe Bryant, jugador de la NBA --76ers, Clippers y Rockets-- entre los años 1975 y 1982. En 1984, finalizado su periplo por la liga estadounidense, dio el salto a Europa. Se llevó a su familia a Italia, donde jugó en varios equipos entre 1984 y 1991, momento en que se retiró del baloncesto profesional. Kobe pasó en Italia, pues, siete años de su infancia. Tenía trece años cuando regresó a unos EE.UU. que apenas reconocía ya. El baloncesto no le venía solo por parte paterna. Su madre, Pam Cox, es hermana del también ex jugador de la NBA Chubby Cox --Bulls y Bullets--. Su hija Gianna María, fallecida ayer junto a Kobe, también jugaba al baloncesto. Tres generaciones de baloncestistas, ni más ni menos. Toda una saga familiar.

     Bryant jugó en la NBA durante veinte años (1996-2016), todos ellos en Los Ángeles Lakers, con los que ganó cinco anillos de campeón (2000, 2001 y 2002 con Shaquille O´Neal como acompañante, y 2009 y 2010 junto a nuestro gran Pau Gasol). La franquicia de oro y púrpura le vio jugar con las camisetas número 8 y 24, ambas retiradas en 2017, un año después de su adiós a las canchas. Algo que nadie más puede decir. Ni siquiera Jordan (jugó con el 23 y el 45), en cuyo espejo siempre se miró Kobe. Además, la Mamba Negra, como se le conocía en el mundo baloncestístico, fue MVP en las finales de 2009 y 2010, MVP de la temporada regular en 2008 y máximo anotador de la liga en 2007 y 2008. Es el cuarto mejor anotador de la historia de la NBA y fue designado en el quinteto ideal de la liga en 11 ocasiones. Jugó 18 veces el All Star Game, siendo 4 veces el MVP del partido.

     En el plano internacional, el baloncesto FIBA le vio proclamarse campeón olímpico con la selección estadounidense en los Juegos de 2008 y 2012, en ambas ocasiones venciendo a España en la final. La relación de Kobe con España le viene de esos siete años pasados en Italia junto a su familia. No solo se aclimató a la perfección a la vida cotidiana europea, sino que aprendió el italiano y el español. En aquella época jugaba al fútbol y, según declaró en varias ocasiones, de no haber regresado a EE. UU. se habría dedicado al balompié. Sus equipos preferidos desde siempre fueron el Milán y el Barcelona. También declaró que en caso de abandonar la NBA el equipo al que le habría gustado ir era precisamente el Barcelona. Su gran amistad con Pau Gasol no hizo más que acentuar sus sentimientos anteriores.

     Recién retirado de las canchas escribió, protagonizó y narró el cortometraje de animación Dear basketball. Un corto que, dirigido por Glen Keane y musicado por John Williams, le reportó un Óscar como mejor corto de animación en 2018. La pieza narra la carta de despedida que le dedicó a su amado baloncesto en noviembre de 2015, cuando anunció su decisión de poner fin a su exitosa carrera deportiva. Se proyectó en el Staples Center, cancha de juego de los Lakers, el día 6 de abril de 2017, cuando fueron retiradas y colgadas sus camisetas de juego en el techo del pabellón angelino. Ese mismo día se anunció que había sido preseleccionado para los Óscar. Sin duda, y más allá de los premios recibidos, Dear basketball supuso un broche de oro perfecto para despedir a una leyenda de tales dimensiones. Huelga decir que visionarlo y escucharlo hoy emociona mucho más si cabe.

     Querido baloncesto,

Desde el momento en que comencé a enrollar los calcetines de tubo de mi padre y a lanzar tiros ganadores imaginarios en el Gran Western Forum supe que una cosa era cierta:

Me enamoré de ti.

Un amor tan profundo que me di por entero: desde mi mente y mi cuerpo hasta mi espíritu y mi alma. Como un niño de seis años profundamente enamorado de ti, nunca vi el final del túnel. Solo me vi a mí mismo fuera de mí.

Y entonces corrí. Corrí arriba y abajo en cada cancha detrás de cada pelota perdida. Me pediste mi empeño y te di mi corazón porque vendría mucho más.

Jugué con sudor y dolor no porque el desafío me llamara sino porque tú me llamaste. Hice todo por ti porque eso es lo que haces cuando alguien te hace sentir tan vivo como tú me has hecho sentir.

Le diste a un niño de seis años su sueño Laker y siempre te amaré por ello. Pero no puedo amarte obsesivamente por mucho más tiempo. Esta temporada es todo lo que me queda por dar. Mi corazón puede soportar los golpes. Mi mente puede manejar la rutina. Pero mi cuerpo sabe que es hora de decir adiós.

Y eso está bien. Estoy listo para dejarte ir. Quiero que sepas ahora que podemos saborear cada momento que pasemos juntos. Lo bueno y lo malo. Ambos nos hemos dado todo lo que tenemos.

Y ambos sabemos que no importa lo que haga después, que siempre seré ese niño con los calcetines enrollados, la basura en la esquina, 5 segundos en el reloj. Balón en mis manos. 5 ... 4 ... 3 ... 2 ... 1.

Te amo siempre.

Kobe.     


         

     Descansa en paz, Kobe. Los vídeos de tus partidos y tus mejores jugadas nos acompañarán siempre. Que sepas que estoy enfadado contigo por irte tan pronto y de esa manera. Pero te lo perdono. Querido Kobe: gracias por tanto...