Más de una década de viajes, documentación y lectura de libros le llevó al escritor, músico y dibujante David Uclés (Úbeda, 1990) la escritura de una de las obras más novedosas, originales, aplaudidas y premiadas del panorama español contemporáneo. La península de las casas vacías se ha convertido, dos años después de su publicación por Siruela, en un fenómeno literario en nuestro país. Centenares de miles de copias vendidas, una gran multitud de premios -la lista es casi inacabable- y una futura adaptación a la gran pantalla han convertido a esta historia, a sus protagonistas y a su autor en todo un fenómeno de masas. Portadas de revistas, entrevistas radiofónicas y apariciones en programas televisivos han llevado a Uclés a convertirse en una celebridad. Tanto que llega a asustar. Esperemos que esa enorme y repentina fama no termine con un autor que, no obstante, parece tener los pies bien plantados sobre la tierra.
La península de las casas vacías nos presenta la historia de la familia Ardolento a través de los tres años que duró la Guerra Civil Española. Una historia y una guerra narradas con un realismo mágico que cautiva al lector. Que representa una época oscura de nuestra Historia de forma original y diferente. Realidad y realismo mágico se entremezclan con frescura para completar una obra magistral que cumple con todos los requisitos que se le deben pedir a una obra de trasfondo histórico. En primer lugar, entretiene. Y de qué manera. En segundo lugar, nos enseña. Y es que ofrece datos y relatos de la realidad de aquellos tres años. Algunos de ellos, puede que desconocidos por parte de los lectores. Tanto de los republicanos como de los sublevados. Y, en tercer lugar, nos invita a reflexionar en profundidad sobre nuestro pasado, presente y futuro. Máxime con la acertada utilización de citas de personajes históricos reales que resumen y condensan la realidad del momento histórico reflejado.
Conmueve asistir a la práctica descomposición de la familia Ardolento. Una familia extensa que pasa de los casi cuarenta miembros de 1936 a apenas poder ser contados con los dedos de una mano una vez finalizada la contienda y durante la posterior represión emprendida por el bando vencedor. No, no todos fallecen a causa de la guerra propiamente dicha, pero el caso es que el lector debe ir despidiendo a algún Ardolento cada pocas páginas. Lo mismo ocurre con el resto de los ciudadanos de Jándula -Quesada, en realidad-, el pueblo jienense en el que se sitúa el centro de atención de la trama de la novela. Un pueblo en el que, como en el resto de Iberia, sobre todo en los pueblos, cada vez encontramos más casas vacías y más cementerios, cunetas y fosas repletas de cadáveres. Jándula representa a las mil maravillas todas las supersticiones, creencias y costumbres de la época. También, por descontado, toda la sabiduría de un pueblo que trata de vivir pese al horror de la guerra.
La contienda se nos narra a través de diversos testimonios de personajes reales. También de la mano de tres de los miembros de la familia que deben salir del pueblo por diferentes motivos. Odisto, el cabeza de familia, se ve obligado a dejar el pueblo tras las amenazas recibidas por parte de uno de los señoritos de Jándula, Venancio. Su hijo Pablo se une a los nacionales en Extremadura y recorre media España luchando contra la república. En cambio, su hermano José sigue a los republicanos y pelea contra la expansión del fascismo por nuestro país. No va solo. Lo acompaña Jacobo, su amigo del alma (y algo más). José y Pablo se llegan a encontrar un par de veces. Cara a cara, se apuntan con sus armas y se miran con curiosidad, decepción y sentimientos encontrados. Odisto, alma en pena solitaria, representa al tercer bando. Aquel que ni sabe de política ni quiere guerra. Aquel que solo pide un campo en condiciones para poder ganarse la vida. El bando de la agricultura, la ganadería, el comercio y la paz.
Estos tres miembros de la familia Ardolento nos presentan, junto a los aludidos personajes reales y el narrador-Dios-omnisciente, la guerra fuera de Jándula. La del pueblo nos la presentan el resto de personajes y de nuevo ese narrador omnisciente convertido a veces en Dios y a veces en un personaje más que altera el orden de las cosas a su antojo según convenga a la narración de la historia. Que llega a dialogar con el mismísimo Franco en Toledo, ante el famoso cuadro El entierro del conde de Orgaz, de El Greco. Otro punto a resaltar de esta novela. Un narrador diferente a los conocidos. Que habla directamente al lector. Que justifica sus decisiones a la hora de contar de una manera u otra las atrocidades cometidas por ambos bandos -la novela recorre todos los grandes acontecimientos de la guerra-. Un narrador que o no juzga a nadie o juzga a todos por igual. Que se centra en implicar al lector en su reflexión. Una reflexión que se centra en el sinsentido de la guerra.
Aunque cada personaje piensa y actúa de manera diferente a lo largo de la historia, en La península de las casas vacías sí hay algunas características que comparten la mayoría de ellos: el mal de la melancolía, como lo denomina el narrador-Dios -ante una familia que va menguando y/o ante un tiempo pasado que, sin duda, antes de la guerra fue mejor-, la defensa a ultranza de sus ideales -sean los republicanos, los nacionales o los de ese tercer bando ya referido, el del campo- y el sentimiento de culpa -porque las acciones de cada uno y hasta las palabras pronunciadas tienen consecuencias mucho mayores en el contexto en el que se enmarca la novela, y a veces conllevan hechos trágicos para uno mismo y para sus familiares, amigos y conocidos (y en Jándula se conocen prácticamente todos)-. Además, las idas y venidas de la guerra -los señoritos dominan el pueblo al principio, luego los milicianos toman el control durante casi toda la contienda y acaban sucumbiendo a su finalización- provocan verdaderos dramas: ajustes de cuentas, delaciones, discordias y resolución de viejas rencillas.
El mundo de la cultura sobrevuela en todo momento a lo largo de la trama de la novela. Así, encontramos en sus páginas a escritores (Unamuno, Alberti, Lorca, Rodoreda, Zambrano, Hemingway u Orwell), fotógrafos (Robert Capa o Gerda Taro), pintores (Picasso, Mallo o Zabaleta) y lugares como el Museo Nacional del Prado o la Biblioteca Nacional. Todas las manifestaciones artísticas, incluidas las artes mayores, tienen cabida en la Iberia descrita en La península de las casas vacías. Una Iberia de rica cultura, muy diversa -también desde el punto de vista idiomático, como ocurre en el capítulo titulado Las mujeres vernáculas- y complementaria. Porque nuestro país no se vino abajo por sus diferencias culturales ni por los nacionalismos sino por la intransigencia de los hunos y los hotros, como los llamó Unamuno, en referencia a esas dos Españas que, noventa años después, amenazan con matarse a palos de nuevo.