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viernes, 23 de enero de 2026

El tiempo de las fieras. Víctor del Árbol. Destino. 2024. Reseña

 




    El sicario mexicano sin nombre regresa en El tiempo de las fieras, la segunda parte de su trilogía, que comenzó con Nadie en esta tierra (2023) y finaliza ya mismo con Las buenas intenciones (2026), para acabar un trabajo que dejó deliberadamente pendiente tres años atrás en Barcelona. El Oso Dávila, una especie de mentor de sicarios pero sobre todo un temible malnacido sin escrúpulos, lo tiene cogido por donde más le duele -lo poco que queda de su familia- y lo obliga a regresar a España, esta vez a Lanzarote, para cumplir con un encargo que ineludiblemente deberá ser finiquitado con éxito. Sí o sí. La casualidad -o no- hará que vuelva a reencontrarse con varios de los protagonistas de Nadie en esta tierra. Algunos de los cuales ya no son los mismos que fueron tres años antes. Y es que con el tiempo, las circunstancias de la vida y las necesidades particulares las personas cambiamos. Unas más que otras, eso también es cierto. 

    El mexicano, que vuelve a narrar varias partes de la novela en primera persona, contándonos cómo se hizo sicario -o, más bien, cómo lo obligaron a hacerse sicario-, se vuelve a encontrar con Julián Leal, quien vive sus últimos meses de vida consumido por un cáncer que paradójicamente lo sacó de la cárcel. Ansía acabar sus días bebiendo cerveza y escuchando la discografía completa del Boss, pero no va a poder ser. El gordo Soria acudirá a él una vez más -la última ya- por el que debe ser su último trabajo. Después de lo ocurrido tres años atrás Soria ha sido desterrado a Lanzarote, un lugar tranquilo en el que casi retirarse de la profesión de su vida. Un lugar tranquilo hasta que, de la noche a la mañana, sus tierras aparecen sembradas de cadáveres. El brutal atropello -¿accidental?- de una joven bosnia será el punto de partida de otro trepidante thriller de Víctor del Árbol que cumple con el esquema habitual de todas sus novelas.

    Una vez más, en El tiempo de las fieras nos encontramos a un ser cuya infancia fue robada de forma cruel. Dos, más bien, porque el sicario-narrador también nos cuenta su particular travesía adolescente por el desierto de las desgracias y el dolor. Y, además, está Vesna, la joven atropellada en las primeras páginas de la novela, que escapó de milagro de una auténtica cacería humana cuando apenas tenía seis años de edad. Vio morir a sus padres y a su hermano a mano de unas auténticas fieras -de ahí (en parte) el título de la novela- y solo vive por y para la venganza. Ha dedicado su vida entera a dos cosas: a esconderse de quienes la dejaron con vida y siguen buscándola para acabar con ella y a buscar la mejor manera para vengarse de ellos. Para hacerles pagar por lo que le hicieron a su familia y a ella misma. Una joven que vive de la forma más anónima posible, pero que se convierte en la sombra de aquellos que quieren matarla. Que hace de ello la única razón de su existencia.

    De nuevo, como es habitual en del Árbol, el escritor se convierte en hilador. Un hilador que enlaza historias diferentes ocurridas en un pasado que parece justificar los sucesos del presente. Un pasado que carga a los protagonistas de sus historias con mochilas más o menos pesadas pero siempre dolorosas. Un dolor que motiva en muy buena parte todo lo que ocurrirá en el futuro, que es el presente de la narración. Y es que otra de las características de las obras de este autor es que los personajes son seres sufrientes. De distintas épocas, lugares y circunstancias, además. Y es la forma en la que todos esos pasados convergen en un presente común lo que hace grandes las historias de Víctor del Árbol. Unas historias en las que se nos va dando la información, tanto del pasado como del presente, de forma que toca al lector establecer las distintas conexiones entre todas ellas. Eso sí, siempre de la mano de una narración que puede resultar caótica por momentos pero que al final siempre acaba encajando con una perfección casi matemática.      

    En El tiempo de las fieras resulta impactante cómo lo que parece ser un simple caso de atropello con fuga acaba convertido en una más que compleja trama humana (inhumana en demasiadas ocasiones), empresarial y política que afecta a distintas personalidades de varios países. Uno de esos casos de corrupción que de tanto en tanto -de forma cada vez más habitual, por cierto- explotan, se hacen públicos y escandalizan a una población que progresivamente va aceptando que cosas tan horribles ocurran con mayor asiduidad. Porque, como la realidad siempre supera a la ficción, vivimos en un mundo en el que, por desgracia, son más los empresarios sin escrúpulos y los políticos vendidos y corruptos que campan a sus anchas. Y está bien que, aunque sea en la ficción de una novela, cada cual reciba su merecido. De una u otra forma. Aunque una isla tan bonita como Lanzarote acabe teñida de sangre inocente.

    Y no, nuestro protagonista -el sicario sin nombre- no es el responsable de la mayoría de estas muertes. La isla se llena de asesinos pagados por sus amos para acabar de raíz con cualquier mínimo atisbo de prueba que pueda implicarlos. Y, paradójicamente, es ese afán de borrar del mapa a todas esas personas que pueden dinamitar, de una u otra forma, la supervivencia de los corruptos el que pone al gordo Soria en el camino del esclarecimiento de un caso que para nada le va a suponer un retiro tranquilo en su exilio canario. Un caso que va a poner de manifiesto cómo y cuánto pueden cambiar las personas en solo tres años. Incluso él mismo, capaz de hacer algo que durante los últimos treinta años jamás pensó que pudiera hacer. Y es que nadie conoce en realidad a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Que se lo digan al gordo Soria, pero también a Virginia, antigua compañera suya y de Julián Leal, que ahora comparte el liderazgo de las empresas de su padre, Armando Ortiz. 

    Lo cual nos lleva a otra parte importante de las novelas de Víctor del Árbol: las luchas internas de sus personajes, quienes han de lidiar con dilemas morales, sopesando lo que hacen con lo que deberían hacer. ¿Todos los actos se justifican según su finalidad? No siempre, claro. Y el resultado final de esas distintas luchas internas debería convertir a sus protagonistas en buenos o malos. Si fuera posible clasificarlos de esa manera. Porque los malos pueden hacer cosas buenas y los buenos pueden hacer cosas malas. Lo que queda claro en el conjunto de la obra de del Árbol es que el mal existe en sí mismo. Por sí mismo. Y es que no siempre la maldad tiene su origen en algún acontecimiento pasado que lo acaba justificando. No, no es así de sencillo y simple. A veces la maldad surge porque sí. Y quien la practica puede ser perfectamente calificado como una fiera. Dando la razón a Hobbes en su más célebre cita.