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jueves, 26 de marzo de 2026

Elogio de las manos. Jesús Carrasco. Seix Barral. 2024. Reseña



 


    

    Que Jesús Carrasco es uno de los grandes escritores de la actualidad es una realidad palpable. Quedó patente con sus tres primeros libros -Intemperie, La tierra que pisamos y Llévame a casa- y vuelve a ponerse de manifiesto con su hasta ahora última novela -en apenas un mes será presentada su nueva obra, El detalle-, que lleva por título Elogio de las manos. Todo un alegato del arte que puede surgir del trabajo manual. De la belleza que nace de las manos de las personas amantes de actividades más o menos cotidianas como el bricolaje, las reparaciones de todo tipo, la elaboración de útiles o la construcción de estructuras de cierta complejidad. Todo ello a través de una narrativa, en parte autobiográfica, llevada de la mano de una pasión que llega a contagiar incluso a quienes, como yo, aborrecemos el mero hecho de desatornillar un tornillo. Una tarea que nos provoca desasosiego e inquietud. Para la que nunca encontramos tiempo y sí cualquier excusa. Y, como digo, con esta obra Carrasco llega a hacernos amar y admirar, aunque sea desde la distancia, toda esa clase de actividades.

    La historia comienza con una excursión en barco de Juanlu, cuñado del narrador, con su amigo Ignacio. Ambos llegan a una vieja casa con parcela anexa situada en un pequeño pueblo de la costa malacitana. Ignacio, promotor inmobiliario, anuncia a su amigo que la casa y la parcela, de su propiedad, van a ser derribadas y reconvertidas en apartamentos de lujo en apenas un año, cuando consiga tener listos los papeles necesarios. Mientras tanto, enamorado del entorno, Juanlu consigue las llaves de la casa para ir de vez en cuando a pasar días o fines de semana. Habla de la casa a su hermana, Anaïs, y a su cuñado, el narrador, quienes acuden un día a la casa junto a sus hijas, Marie y Berta. Como Juanlu, se enamoran del lugar a primera vista. Y visitan también la casa siempre que pueden. La cuestión es que la crisis económica de los 2010 alarga tanto el proceso que en lugar de un año la situación se prolonga durante una década entera. Una década de visitas, estancias y vivencias comunes de la familia, entre sí y con los vecinos.                 

    Una década marcada por la provisionalidad -la demolición de la casa siempre parece ser inminente- de una situación inusual que de forma paralela va generando ciertas necesidades en torno a la casa y a su parcela. Unas necesidades que a su vez hacen necesarias, valga la redundancia, una serie de mejoras de cara a un más óptimo establecimiento de la familia en las temporadas en las que visita el lugar. Mejoras que, dada la particular situación -la casa no es suya y tampoco la van a habitar por mucho tiempo- imponen lo que el narrador denomina ley del apaño, es decir, pequeñas obras rudimentarias y a bajo coste. Sin duda, no vale la pena gastar mucho dinero en algo que no es propio y que, además, va a ser demolido en poco tiempo. Así, en lugar de grandes obras, se impone el trabajo manual. Los pequeños arreglos. Y ahí es donde se observa la diferencia en la forma de hacer las cosas de los cuñados: mientras Juanlu se muestra más práctico y rápido, el narrador es más perfeccionista y busca que lo útil sea también lo más bello posible. Tradición heredada de su padre, todo un manitas para quien resulta de vital importancia saber usar bien las manos.

    La casa, en la práctica un cuchitril que lleva ya muchos años abandonada -Ignacio solo la compró para hacer negocio con ella-, va pareciéndose cada vez más a un lugar confortable y habitable hasta llegar a convertirse en todo un verdadero hogar familiar. Primero se tira un tabique; luego se habilita una nueva cocina; después se pintan la fachada y los interiores; más tarde se colocan estanterías en el almacén y se limpia el emparrado; a continuación se reparan las humedades y se coloca una caja de camión frigorífico como tejadillo y lugar protegido para los animales -Beleña, la burra que compra Juanlu para dar paseos por la playa y el monte y Pérez, el caballo de Bones, un vecino con el que hacen amistad-; luego se arregla el marco de una puerta y se coloca una nueva reja en la ventana del almacén; se acaba construyendo un cercado con techado para una docena de gallinas que compran para tener huevos frescos; y finalmente se lleva a cabo la obra magna de la casa: la construcción de un nuevo emparrado que les dé sombra en las crudas tardes veraniegas. Y, a todo ello, deben sumarse las aportaciones decorativas de Anaïs.        

    Cada apaño -no olvidar la ley del apaño reseñada más arriba- realizado en la casa y en la parcela es descrito minuciosamente por el narrador. Desde la idea original hasta el resultado final pasando por cada parte del proceso. Siempre elogiando el poder transformador de unas manos inquietas que buscan optimizar los recursos en aras a hacer de un casi-cuchitril un lugar confortable y agradable. Un lugar compuesto también por el resto de habitantes del pueblo, que constituye un tejido comunitario imposible de dejar de lado. Entre sus habitantes, Manuel y Rafaela, vecinos de la casa, el herrero, de quien no sabemos ni su nombre, y Bones, un granjero con el que entabla amistad el narrador de la historia. Su caballo, Pérez, también forma parte de ese tejido. Un tejido en el que los animales son parte indiscutible e irremplazable. Como también son parte indiscutible e irremplazable las constantes referencias literarias -autores, obras y personajes- que va introduciendo Jesús Carrasco en su magnífica y apasionante narración.     

    Una narración surgida desde una década antes de su publicación. Una publicación que se fue cocinando a fuego lento a la sazón entre la obra Manos, de Darian Leader; un programa radiofónico de la BBC denominado El porqué de las cosas que Carrasco escuchaba durante su estancia en Edimburgo y que un día trató sobre los trabajos manuales; la novela El artesano, de Richard Sennett; y la ocupación sin adquisición de la casa de Ignacio -poniendo de manifiesto que no es lo mismo habitar una casa que poseerla-. Todo ello mientras escribía sus novelas anteriores y tomaba notas sobre todo lo ocurrido alrededor de la casa malagueña. Notas no solo tomadas in situ, sino también inspiradas en otros hechos ocurridos en Edimburgo y en Sevilla, lugares de residencia más o menos habituales de la familia. Y, por supuesto, recuerdos y enseñanzas heredadas de un padre artista, curioso y apasionado del trabajo de las manos. En definitiva, un trabajo dignísimo y apasionado que, como he escrito más arriba, llega a conmover hasta a los que somos más torpes con las manos.

    Elogio de las manos es otra magnífica novela de Jesús Carrasco. Una novela que habla sobre la dignidad de las acciones, de las personas, de los animales y de los lugares. De la innegable necesidad de integración de las personas en su entorno -en el núcleo familiar, en el hogar, en el pueblo, en la ciudad y en el mundo-, del poder que tienen nuestras manos en transformar todo lo que nos rodea -a veces, para bien; otras, para mal- y del paso del tiempo y de la inevitabilidad de la muerte de las cosas -el proceso de envejecimiento, la llegada de la caducidad, la muerte y la posterior desaparición de este mundo-. Una inevitabilidad que, sin embargo, no debe quitarnos la libertad sino darnos las alas necesarias para luchar por ella mientras todavía estemos a tiempo. Porque, como nos escribe este inteligente autor, lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. Y, si algo hay que desechar a la hora de realizar cualquier tipo de actividad manual, es, primero que nada, el miedo.