En enero de 2021, justo después de las fiestas navideñas, la tormenta de nieve Filomena provocó el caos en buena parte de nuestro país. Se vieron afectadas las comunicaciones de todo tipo y mucha gente quedó aislada en pueblos, ciudades y barrios durante horas o días. Esta situación real ha sido aprovechada por Luis Landero para crear una serie de personajes ficticios e hilar una novela de relatos original, fresca, entretenida y reflexiva. Como suele ocurrir con todas sus novelas, dicho sea de paso. Coloquio de invierno nos sitúa en un hotel rural de un lugar indeterminado entre los días ocho y once de aquel extraño mes de enero de hace cinco años. Allí, se ven atrapados, sin cobertura ni conexiones, pero con víveres, los hosteleros, Jimena y Eladio, un militar, Víctor Marín, un periodista aspirante a escritor, Tomás Guerrero, un médico, Santos León, un profesor multi disciplinar, Martín Marcilla, un empleado de ferrocarriles ya jubilado, Ginés Orozco, una librera, Adela Pastor, y una profesora de Filosofía, Nuria Soler, compañera de Adela. Nueve personas diferentes que se ven obligadas a compartir experiencias.
Sin móviles ni conexión a internet, sin televisión y sin poder salir a un exterior que de repente se ha vuelto hostil, deben entretenerse de cualquier manera. Evocan tiempos antiguos en los que la gente vivía sin todas esas comodidades. Tiempos en los que esas personas se comunicaban y hablaban más que las de ahora. Y Santos, el médico, propone vencer el tedio contándose unos a otros historias, cosas que nos hayan pasado a nosotros, o que hayamos oído, o que nos inventemos. Algunos más entusiasmados que otros -varios de ellos creen que no tienen nada interesante que contar, pero los demás los convencen de que todos han vivido o escuchado situaciones que sí son dignas de ser contadas-, todos acceden al fin. Es así como comienza el relato de varias historias. Relatos que vienen acompañados de preguntas, interrupciones, acotaciones, correcciones y reflexiones y que, en definitiva, dan comienzo a un coloquio enriquecedor para todos. Porque quien narra se encuentra con puntos de vista diferentes al propio. Con visiones alternativas a las expuestas en un principio.
Como consecuencia de ese rico coloquio los protagonistas se conocen mejor entre sí, e incluso a sí mismos. El hecho de no conocerse de nada y de saber que jamás volverán a verse en el futuro les hace abrirse a sus compañeros de alojamiento rural como no lo han hecho nunca antes en sus círculos más cercanos. Y esa es una de las paradojas de la novela: los personajes no se atacan entre sí tras escuchar las confesiones de los otros -algunas de las cuales pueden llegar hasta a escandalizar- sino que empatizan y tratan de ayudarse mutuamente. Lo cual recuerda a esas terapias en las que el terapeuta reúne en un lugar determinado y durante un fin de semana a pacientes suyos que no se conocen de nada para que interactúen entre ellos y expongan sus conflictos internos con la finalidad de que se ayuden unos a los otros. Porque el coloquio, más allá de un mero entretenimiento, se convierte también, con el paso de las horas y de los días, en una especie de terapia colectiva entre desconocidos.
Y es que la mayoría de nosotros arrastramos traumas y hemos afrontado o afrontamos en la actualidad situaciones complicadas en nuestras vidas que nos quitan el sueño -y quien no las tenga o haya tenido, una de dos: o miente como un bellaco o debe prepararse, porque las tendrá antes o después-. Así, tanto la novela como los relatos que la forman tratan sobre temas tan problemáticos -por ambiguos- como el amor, la libertad, el sentimiento de culpa, los traumas de la niñez o de la adolescencia y esos momentos -mínimos aconteceres, grietas o fisuras- que de repente nos cambian la vida o provocan que nos la planteemos de manera diferente. Porque, ¿en qué consisten en realidad el amor o la libertad?, ¿de dónde viene nuestro sentido de culpabilidad?, ¿porqué el azar marca nuestro destino, muy a menudo, más incluso que nuestras decisiones?, ¿por qué algunos fenómenos nos traumatizan y otros, quizá más graves en apariencia, no? En efecto, Landero nos hace reflexionar sobre un gran número de temas.
Como reconoce Santos el último día del encierro forzado, hacia el final de la novela, sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor -muchas de ellas sí tratan sobre ello-, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante. El encuentro con una vieja maga, la pérdida de un mechero o la aparición de un perro, una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo... Esta es nuestra biografía, la historia de unos cuantos momentos de revelación, como los raptos de los místicos o la inspiración de los poetas. Y todas esas historias están narradas como una especie de homenaje a las Novelas ejemplares de Cervantes -por sus enredos amorosos y por su realismo-costumbrismo- o al Decamerón de Boccaccio -por la longitud de las historias y por la multiplicidad de sus narradores-.
A través de los relatos que narran los protagonistas de esta novela Landero expone algunos de los grandes misterios de la condición humana. Pocos escritores saben presentar y desentrañar dichos misterios como el de Alburquerque (Badajoz). En la España actual, quizá, solo él, Manuel Vilas, Fernando Aramburu, Jesús Carrasco o Víctor del Árbol son capaces de diseccionar las almas de sus protagonistas. Tanto que uno puede llegar a pensar de ellos que más que escritores son cirujanos de almas -haciendo bueno el título de la novela de otro Luis, Zueco-. Así, lo que se supone que es la libertad para Nuria, profesora de Filosofía, puede saltar por los aires tras escuchar el relato de Tomás, el periodista aspirante a escritor. Y es que casi todo depende del punto de vista desde el que se mire algo, en este caso, un concepto. Y nunca está de más recibir un punto de vista diferente al propio. Porque complementa el nuestro, reforzándolo, diversificándolo o incluso cambiándolo.
Es probable que el tema que más controversia cree en nuestras vidas sea el del amor. Y casi todas las historias narradas en Coloquio de invierno nos hablan de él. De él y de su reverso: el odio. No en vano, según muchos, son los motores del mundo. Para bien, o para mal. También en esta novela el amor se nos presenta de muchas maneras: el platónico sin llegar a más, ni sexual ni relacional; el obsesivo, con sus altibajos y sus dudas; el incondicional, sin esperar nada más a cambio; el lúdico o de flirteo, sin desear en realidad llegar a más -por miedo a las ataduras o porque nos impida poder seguir jugando al juego de la seducción; el apasionado, con mucho sexo y lujuria; y el desamor e incluso el odio, con todo lo pernicioso que este implica. En fin, no podemos vivir sin amor. Sin amar y ser amados. Aunque hay quienes en lugar de amar a una persona deciden, en pleno uso de su libertad, amar a un perro o a cualquier otro animal de compañía. Que para eso la condición humana es muy rica y diversa.