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lunes, 8 de febrero de 2021

Jungleland cumple 10 años: los 10 mejores libros nacionales de la década



    Este blog está de aniversario. Una década de vida. Ni más ni menos. Más de cuatrocientas entradas en total. Casi nada. La mayoría de ellas, como es lógico, reseñas de muchos de los libros que voy leyendo. No todos, puesto que jamás reseño un libro que no me haya gustado (algunos pocos son abandonados a mitad de lectura; otros, pese a ser finalizados, no acaban de llamar especialmente mi interés). La cuestión es que nunca publico una reseña crítica con ningún libro, pues no me considero quién para escribir mal sobre el trabajo de ningún escritor. Pienso que hasta el peor de los libros conlleva muchas horas de trabajo y la ilusión y la pasión de quien lo escribe. También opino que hasta del peor de ellos se puede aprender --¡aunque sea cómo no hay que escribir uno!--. De manera que solo reseño en este blog los libros que me dicen algo. Que me aportan algo. Aunque sea un poquito solamente. 


    El otro día se me ocurrió una idea: ¿qué mejor manera de celebrar la década de existencia del blog que recuperando los mejores libros de estos últimos diez años? Y decidí, además, acotar la lista únicamente a aquellos publicados durante esta última década. Porque la celebración de Jungleland coincide con el fin de la década 2011-2020. Buena coincidencia, por cierto. Así que, allá van, mis diez libros preferidos de todos los que he leído durante estos diez años y que han sido publicados también durante este lapso de tiempo. 



10. Lerna. El legado del minotauro. Javier Pellicer. Edhasa. 2020. La última obra del escritor valenciano ha desbancado de la presente lista a El espíritu del lince, la que fue su primera novela histórica publicada (y que sería la número once de la lista si ésta no tuviera más que los referidos diez puestos). En cualquier caso, y por méritos propios, el bueno de Javier no podía faltar en estas líneas. En Lerna supo aunar muy convincentemente la Historia, la arqueología, los mitos, las leyendas y las distintas culturas --la minoica-cretense y la celta-irlandesa-- para construir una novela en la que se entremezclan magistralmente la épica, las aventuras, las intrigas palaciegas y uno de los puntos fuertes de este autor: el descuartizamiento psicológico de cada uno de los personajes, incluidos muchos de los secundarios. Quien no conozca todavía a Javier que esté muy atento a él, porque la década que ahora comienza amenaza con ser la de su consagración en el mundo de las letras. Méritos acumula ya para ello.    

9. Un verano en la casa azul. David Casado Aguilera. Editorial Círculo Rojo. 2014. David ha sido una de las grandes sorpresas y alegrías de la década. Tanto que me parece increíble que recurra a la autoedición a la hora de dar a conocer sus obras. Estoy seguro de que varias editoriales convencionales estarían más que dispuestas a publicarlas. O deberían, sin duda, si no quieren cometer un grave error. Ya con su anterior novela, El grito del silencio, me cautivó. Pero me terminó de atrapar con Un verano en la casa azul. Sabe perfectamente cómo presentar sus personajes al lector. También mantener su interés en todo momento por unas historias que siempre emocionan y tocan la fibra sensible. La novela que nos ocupa, como la anterior, nos deja con un nudo en el estómago. Nos marca de una manera tal que demuestra aquello de que la verdadera muerte es el olvido. Imposible olvidar a personajes como Leonardo, su abuelo (y gran sustento moral) y sus amigos, Santos, Enrique y Beatriz. Un verano en la casa azul rebosa ternura, libertad, dignidad, vida. Como en el caso anterior, espero que esta nueva década traiga a David todo aquello con lo que sueña, todo aquello que también merece.  

8. Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017. Aparte de un gran director de cine, Trueba ha demostrado en varias ocasiones ser también un magnífico escritor. Puede que Tierra de campos sea su mejor obra. O puede que no. Cuestión de gustos, claro. El caso es que es una novela que también deja al lector noqueado. Y es que es muy complicado encontrar obras que cuenten y entrelacen de esta manera historias de amor, desamor, amistad, pérdida y unas hambrientas ganas de comerse la vida hasta no dejar ni sus migajas. El protagonista, Dani Mosca, es un conocido músico (¡gran homenaje el de Trueba a este género cultural!) cuyas letras han ido variando con el tiempo a la par que sus experiencias vitales. Ya no puede escribir canciones de amor, las que de verdad lo han hecho famoso, porque sus relaciones con Oliva y Kei han fracasado y el desamor se ha impuesto en la batalla. La desaparición de su amigo y compañero Gus termina por sumirlo en un mundo de soledad insoportable que solo la presencia constante de sus hijos puede mitigar. La movida madrileña cobra vida en forma de novela. Y Trueba demuestra que es un autor auténtico y genuino.  

7. Tierra. Eloy Moreno. Ediciones B. 2020. La mejor novela española de 2020 según este mismo blog es un golpe directo a nuestra conciencia. Un llamamiento general, casi desesperado, para combatir de una vez por todas el ya ineludible problema del cambio climático. Tierra es una novela necesaria que apareció en las librerías justo antes de la pandemia. Curiosamente, uno de los protagonistas de la trama dice que el planeta está enfermo y los humanos son su virus. El autor de, entre otras, El bolígrafo de gel verde construye una novela cruda y mordaz en la que los protagonistas, los humanos, no salimos precisamente bien parados. Así, somos colocados ante el espejo, y nos obliga a ver nuestras culpas y nuestros pecados. Nos presenta una gran verdad. Y muy incómoda. ¿Qué hacer, pues, con ella una vez descubierta? La realidad está ahí afuera, en la calle, en las montañas, en los pueblos y ciudades de todo el mundo. No en nuestros dispositivos móviles. Y, dado que solo tenemos un planeta, debemos cuidarlo. Porque es un hecho demostrado que, en él, cada vez hay más agua y menos hielo. Y salvar el mundo no es ningún juego. 

6. La justicia de los errantes. Jorge Díaz. Plaza & Janés. 2012. El conocido guionista y escritor alicantino afincado en Madrid ha escrito varias muy buenas novelas durante esta década. Antes de Cartas a Palacio y de Tengo en mí todos los sueños del mundo me ganó con La Justicia de los Errantes, una inolvidable obra que recoge las aventuras y desventuras de los famosos anarquistas españoles de los años veinte y treinta Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso y Joan García Oliver. Estamos ante una mezcla de novela histórica --por tratar hechos verídicos y personajes reales-- y novela negra y de suspense --por la descripción que hace del periplo iberoamericano de los protagonistas, que está salpicado de tiros, persecuciones, asesinatos, etc-- que puede servirnos para entender mucho mejor los años inmediatamente anteriores a la Guerra Civil Española y para conocer a unos personajes que el autor nos presenta de manera tan cercana que hasta podemos compartir con ellos algunos momentos de su vida y el origen e inquietudes de su ideología. A lo mejor su lectura nos sirve para comprobar que noventa años después este país sigue estando a merced de un capitalismo burgués que explota a los obreros.

5. Antes de los años terribles. Víctor del Árbol. Destino. 2019. Dignísimo homenaje a la obra El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, y probablemente la mejor novela del autor barcelonés, uno de los grandes protagonistas literarios de la pasada década. Prácticamente cualquiera de sus anteriores novelas --especialmente La tristeza del samurái, Un millón de gotas o La víspera de casi todo-- podría estar en esta lista. Asegura Víctor que el noventa por ciento de lo que cuenta en esta obra es cierto. La soledad, el desarraigo, la necesidad de un abrazo, la inseguridad de todos esos niños africanos que son como el ficticio personaje de Isaías Yoweri, llevan al lector a empatizar con ellos (con él). Las novelas de Del Árbol se caracterizan por el desarraigo psicológico de los personajes, que se hacen entendibles, amados u odiados, por quienes las leen. Se sufren por sus temáticas, que atacan a todo tipo de corazones, pero se disfrutan porque están escritas de manera fascinante. Por explicarlo con una sola frase, se podría decir que Víctor es un escritor de historias de satanases narradas por ángeles. Historias duras narradas desde la dignidad de sus personajes y desde la honestidad de un escritor que se supera con cada nueva novela. 

4. Lluvia fina. Luis Landero. Tusquets Editores. 2019. Apartado de los focos mediáticos y de los grandes medios, el escritor de Alburquerque está construyendo, poco a poco, obra a obra, una carrera literaria fascinante. En sus novelas nos habla a través de los corazones y los cerebros de cada uno de sus personajes. Razón y pasión pugnan entre sí en todos ellos para dilucidar cuál es el vencedor a la hora de que sus poseedores actúen en el gran teatro que Landero ha ido solidificando bajo la más firme de sus bases: la honestidad hacia sus propios personajes y hacia los lectores. Algo que los segundos agradecemos y sabemos poner en valor a la hora de leer y recomendar sus obras. Pues bien, pese al valor alcanzado por el autor de Badajoz --El balcón en invierno y La vida negociable, por ejemplo--, Lluvia fina es hasta ahora su mejor obra. Porque remueve conciencias. Cualquiera de nosotros puede apreciar en el texto aspectos que reflejan nuestra propia personalidad y la de nuestros familiares, amigos y conocidos. La lluvia fina que va mojándonos a cada uno de nosotros se puede convertir en un chaparrón de época al entrar en conjunción con las lluvias finas que soportan también quienes nos rodean. Y eso es precisamente lo que ocurre en esta espectacular novela. 

3. La leyenda del ladrón. Juan Gómez-Jurado. Planeta. 2012. El autor madrileño es básicamente conocido, ya en todo el mundo, por sus hipnóticos thrillers. Cualquiera de ellos podría formar parte de este all star de novelas españolas de la década. Sobre todo las que forman la trilogía Reina Roja o la pentalogía del malvado señor White. Sin embargo, me quedo con La leyenda del ladrón como la mejor de sus obras. Es su única novela histórica, pero es la elegida por mí por sus personajes --Sancho de Écija debería hacerse tan famoso, literariamente hablando, como Alatriste, el Lazarillo, la Celestina o el mismísimo Quijote--, sus ambientes, sus aventuras, sus intrigas y el enorme proceso de documentación al que hubo de hacer frente su autor para documentar la Sevilla del siglo XVI. Una Sevilla que cobra vida ante nuestros ojos gracias a la veracidad resultante de esa vastísima documentación manejada por Gómez-Jurado. Cada barriada, cada calle, cada casa de la ciudad más importante del mundo hace cinco siglos aparecen ante nosotros como si de un milagro se tratara. Llegamos a oler, tocar y ver todo lo que en ella ocurrió hace tantos y tantos años. ¿No es eso digno de ocupar un puesto en el pódium de esta lista? 

2. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018. Muchas de las grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de sus autores. Ejemplos de ello podemos encontrar un sinfín a poco que naveguemos por los libros o por internet. Claramente, estamos ante un nuevo caso. Por lo de mal momento y por lo de gran novela. Porque Manuel Vilas escribió Ordesa en un momento crucial de su vida: recién divorciado y tras fallecer su madre, hechos que cerraban el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre. El autor hace un magnífico ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. Y lo hace a pecho descubierto, desnudándose por completo ante todos nosotros. Escribir con valentía y originalidad y ser capaz de asumir el riesgo de contar su verdad --con sus luces y, sobre todo, con sus sombras-- está al alcance de muy pocas personas. Pero hacerlo, además, con las palabras justas y las frases adecuadas a un estilo que a menudo se convierte en poético eleva a la obra a los altares de la literatura española contemporánea. Si no la has leído, hazlo. Si lo has hecho, lee también Alegría. En ella cuenta lo que le faltó por contar en Ordesa. 

1. Patria. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2016. La historia del País Vasco durante los últimos cuarenta y tantos años se ha escrito no con tinta sino con sangre. Gran cantidad de sangre. La violencia desatada no dio lugar a demasiada literatura. Hasta que ETA anunció que abandonaba las armas. Desde entonces, los escritores se atrevieron a abordar la situación sin miedo a las posibles consecuencias. Lógico. Por eso, una obra como Patria resulta tan interesante para quienes sentimos lo ocurrido en una de las tierras más bonitas de nuestro país. A los que siempre creímos que la verdadera Euskal Herria nada tenía que ver con las armas, las bombas, los tiros en la nuca, las extorsiones, los impuestos revolucionarios o los autobuses ardiendo. Aramburu no trata de juzgar individualmente a nadie en esta novela. Sin embargo, lo hace de forma colectiva, como sociedades. Aborda temas como la lucha armada, el encarcelamiento de sus héroes, la mentalidad de pueblo perseguido, el escalofriante papel jugado por la Iglesia católica, la dispersión de los presos y la perpetua división entre buenos y malos. Unas sociedades --la vasca y la española--, a la postre tan similares que ponen los pelos de punta. Existen historias que nos emocionan por lo que se nos cuenta. Otras lo consiguen a través de un lenguaje exquisito. Y solo unas pocas aúnan ambos aspectos. Son lo que solemos llamar obras maestras. Muy raras veces estas se convierten en bestsellers. Pues bien, Patria es todo ello a la vez. El fenómeno literario de toda una década. Como para no ser el número uno en cualquier lista literaria. 





sábado, 29 de febrero de 2020

Alegría. Manuel Vilas. Planeta. 2019. Reseña





     Todo aquello que amamos y perdimos, que amamos muchísimo, que amamos sin saber que un día nos sería hurtado, todo aquello que, tras su pérdida, no pudo destruirnos, y bien que insistió con fuerzas sobrenaturales y buscó nuestra ruina con crueldad y empeño, acaba, tarde o temprano, convertido en alegría. Con estas palabras comienza Alegría, la nueva novela de Manuel Vilas. Finalista del Premio Planeta 2019, recoge las vivencias, anhelos, carencias, pensamientos y sentimientos del escritor de Barbastro. Escrita entre mediados del 2018 y mediados del 2019, narra momentos de la gira de presentaciones, firmas de libros y demás actos en torno al lanzamiento de su éxito literario Ordesa, designada como novela del año en este mismo blog en 2018.

     En Alegría nos reencontramos con viejos conocidos de su obra antecesora. Sus padres, Bach y Wagner, sus hijos, Bra (Brahms) y Valdi (Vivaldi) y su tío Rachma (Rachmaninov). Además, aparecen personajes nuevos como Haydn, un viejo amigo de la edad de su padre, y Mo (Mozart), su segunda esposa. De nuevo, siempre nombres musicales que, sin embargo, serán reemplazados en las páginas finales por otros que tienen que ver más con temas cinéfilos. Así, Bach pasa a ser Cary Grant, Wagner es Ava Gardner, Bra es Marlon Brando, Valdi es Montgomery Clift y Mo se convierte en Katherine Hepburn. ¿Por qué ese cambio? Porque, según el actor, la alegría conlleva la belleza. Y la belleza, como la alegría, se puede encontrar en cualquier lugar y en cualquier manifestación artística.

     Y de entre todos esos músicos y actores, emerge la figura de Arnold Schonberg/Nosferatu, el músico dodecafonista que se convierte aquí en el antagonista de un Vilas que cree que solo puede derrotarlo a base de benzodiacepinas y ansiolíticos. Encarna Arnold los momentos de angustia, soledad, melancolía, depresión y pensamientos suicidas que va atravesando el autor en el desarrollo de su vida cotidiana. Arnold siempre esta ahí, acechando tras las cortinas, hablando a Vilas: Arnold me regala sus flechas más raras. Arnold me mete en la cabeza las ecuaciones morales más oscuras. Arnold me va destruyendo milímetro a milímetro y de una manera artística. Es un estado de frustración permanente, abstracta, metafísica.    

     La vida puede ser maravillosa. O puede convertirse en un auténtico drama. Sobre todo, cuando una persona cae en el desmerecimiento. Vilas dice no merecer un reloj caro, un coche bonito, una cena cara, una habitación de hotel de lujo o una simple bicicleta BH. Cuando disfruta de esa alegría, de esa belleza, se siente culpable. Y, claro, aparece Arnold para hacerlo descender directamente desde el cielo hasta el infierno. Vilas vuelve a tomar los ansiolíticos y las benzodiacepinas y a invocar el retorno de los fantasmas de Bach/Cary Grant y Wagner/Ava Gardner. Y se desencadena la madre de todas las batallas: la que libran la melancolía contra la alegría; la depresión contra la belleza; la muerte contra la vida.    

     De nuevo nos encontramos con una novela original y valiente, marcada por el mismo caos narrativo de Ordesa. Desnudarse a uno mismo, y también al resto de la familia, en las páginas de un libro requiere, si se pretende ser honesto y humilde, no dejar de lado las debilidades propias y ajenas. Es decir, hacerlo sin complejos ni ataduras. Además, un año de la vida de cualquier persona conlleva reencuentros, separaciones y nuevas amistades. Más aún si durante ese año se viaja tanto por tantas ciudades de la geografía española, europea y americana. Como no podía ser de otra manera, entre 2018 y 2019 Vilas se reencontró con primos desaparecidos, amigos propios y familiares casi olvidados --o no-- y un sinfín de lectores que le dieron las gracias por su magnífica novela.

     Afirma Vilas que detecto a la gente que sufre de manera inmediata. Es un don. Enseguida se nota el sufrimiento. No es ninguna peste. No es malo. No es ofensivo. No es ni siquiera triste. No es una maldición. Es simplemente conciencia y cortesía. Cuando un ser humano no puede conectar, unir el pasado que vivió con el presente que vive, se vuelve melancólico, se agrieta su mirada, pero también madura su vida de otra forma, y esa madurez vale la pena. De manera desgarrada, de manera única, allí voy yo, invocando a mis seres queridos, intentando ser feliz. Y sé que lo estoy intentando porque he cambiado. Se sabe si una persona está intentando ser feliz si la vemos cambiar. Y la lectura de unas novelas como Ordesa y Alegría ayudan a los lectores. Unos lectores siempre agradecidos al autor.

     Resulta imposible que un buen escritor no realice en sus escritos guiños a otros escritores anteriores o contemporáneos. Vilas no es una excepción. Así, nos habla de su perro Brod, que recibió su nombre en recuerdo de Max Brod, que pasó a la historia por ser el amigo absoluto, el amigo que mejor comprendió y adoró a Franz Kafka. También hace referencia a Teresa de Jesús en unas páginas en las que, de forma desgarradora, afirma no querer dejar morir del todo a sus padres. Y, finalmente, aparece Marcel Proust --célebre autor de la obra En busca del tiempo perdido y de la frase: mi religión es el pasado--, del cual Vilas hace suya la idea de que es imposible vivir sin creer en algo a través de estas líneas: una religión fundada en el pasado, fundada en el culto a tu padre y a tu madre, y en todo cuanto está en un tiempo anterior a este instante, en donde los seres amados no se mueren.   

     Para dar por concluida esta reseña he de transcribir una serie de frases que considero no deben ser obviadas bajo ningún concepto: La condición de padre es la del mendigo del amor. Quiero besar el tiempo en que estoy con mi hijo, mientras el tiempo aún esté con nosotros. Yo compuse un momento así con mi padre, solo que el momento con mi padre ya no lo hallo en ningún sitio, por eso me aferro al momento que estoy viviendo con Valdi, porque desde allí invoco la venida de mi padre. Puede morir la vida, pero no el misterio, que ahora está en mis hijos. Los seres humanos olvidan el misterio. Por eso sus vidas caen, se hunden, se entristecen, se adulteran. Como escritor, mi responsabilidad moral es recordar la existencia del misterio. Descubrí algo, que las palabras enamoran y sirven para no estar solos. Y descubrí que todos los lectores con quienes he hablado este último año amaban a sus padres y a sus madres. Eso fue maravilloso. 

     Maravilloso ha sido leer estas dos grandes novelas. Por eso, mi obligación moral como lector es recomendarlas a todo el mundo. También dar las gracias a Manuel Vilas por tanto misterio, tanta belleza y tanta alegría.                      

            

sábado, 30 de marzo de 2019

España. Manuel Vilas. Alfaguara. 2008. Reseña





     A finales de 2018, justo diez años después de su primera publicación y aprovechando el más que merecido éxito de su última novela, Ordesa, la editorial Alfaguara relanzó España. Una novela de relatos, elucubraciones, visiones y recuerdos en la que el escritor de Barbastro Manuel Vilas realiza un espectacular ejercicio de construcción de un país en el que sentirse más a gusto, con él y consigo mismo. Porque, como el propio autor reconoce en las primeras páginas, recuerdo que titulé así esta novela, con título tan temerario, porque me parecía que la palabra más incómoda y casi maldita que existe en mi país es precisamente el nombre de mi país. Me parecía que ya solo ese hecho objetivo merecía un libro. Merecía una comedia, una celebración, un suspiro y un beso misterioso.

     Vilas escribió esta novela en un momento de su vida, poco después de cumplir los cuarenta años de edad y de perder a su padre, en el que ansiaba romper con las convenciones y la injusticia y buscar la libertad. Para ello se inventó una manera diferente de estar en este país, creando desde la nada un libro en el que la imaginación y el delirio campan a sus anchas. Lo consiguió, pues hay diferentes momentos de la novela que nos recuerdan al más puro surrealismo. Y también al vanguardismo. Porque lo que encontramos en España es una mezcla de Kafka, Frankenstein, Patti Smith, los poetas de la generación del 27, Bob Dylan y varios Manuel Vilas. Y es que el propio autor se convierte en personaje en varios fragmentos del libro.

     Vilas asimiló entre 2002 y 2007 que todo lo que yo era, había sido y sería formaba parte de un tiempo concreto, una sociedad y una identidad cultural. Me di cuenta de que mi vida era un suceso insignificante que ocurría dentro del descomunal, anónimo y terrible océano de la Historia. Sin duda, la España de esa época no le gustó --probablemente la actual todavía le debe gustar mucho menos--, y emergió desde su interior un fuerte espíritu de rebeldía. Su corazón le dictó una España diferente, y también un mundo diferente, pariendo esta nueva España que encontramos en las doscientas páginas que componen la novela. Un país en el que, por ejemplo, un padre no haya de sufrir por el maltrato laboral al que está siendo sometido su hijo.

     El ser humano olvida la verdad; hay que repetirla; por triste que sea, la conciencia humana se entrega enseguida a la mentira o al olvido, que son lo mismo, afirma Vilas en referencia al canterismo y a la tecnología moral de la repetición. Por eso hay que repetir aquello de un te quiero, una caricia y un adiós. Porque la maldad existe. Y un crítico literario puede cargarse la carrera de un gran escritor a base no de criticar sus trabajos sino de simplemente ignorarlos. Lo peor no es una crítica negativa, sino no ser nombrado y, por tanto, no existir. Y la música y la literatura juegan un papel excepcional en la vida y obra de Manuel Vilas, convirtiéndose en formas de lucha contra la locura y la desesperación. Por eso, España está llena de poetas, narradores y músicos. 

     Max Brod, amigo de Kafka, salvó sus tres novelas póstumas --El proceso, América y El castillo-- huyendo de Praga la noche anterior a la llegada de los nazis, que asesinaron a las tres hermanas del famoso escritor. El pintor zaragozano Víctor Mira se suicidó en unas vías de tren en Alemania, harto de tanto Mal, el tema central de sus pinturas. El escritor Valle-Inclán creyó que España era el infierno cómico que Dante no supo escribir. Un injustamente condenado a muerte por electrocución afirmó que no me importa la muerte, sino la condena. Me importa que no quieran que viva. Me duele que haya gente que quiera la aniquilación de mi pensamiento. La injusticia, en suma, es uno de los temas de la novela. 

     En ella aparecen también las ideas del desarraigo y de los desfavorecidos. Y vemos a hombres que se suicidan en lugar de simplemente divorciarse, catedráticos que lo dejan todo para irse a las misiones, amantes que cambian a su amante por otra, pequeñoburgueses que se presentan a las tres de la mañana en pisos cochambrosos de las afueras pidiendo un talego de costo, políticos sin voluntad de transformación histórica, literatos que se mueren de hambre --literatura y hambre en España son lo mismo-- y terroristas metidos a jueces que discuten entre sí sobre si conviene o no ejecutar a su joven e inocente rehén --deberíamos matar a obispos y senadores y ministros y generales y al rey de España..., pero no hay huevos, solo tenemos huevos para matar a estos desgraciados, que encima son clase obrera--. Desarraigo, Mal, injusticia, de nuevo.

     Pero no podemos olvidar la política. Es el otro gran tema de España. Hay sitio para Aznar y Zapatero, por ejemplo. Y, ciertamente, no salen muy bien parados en estas páginas. Mejor les va a Fidel Castro y al Che Guevara. Así, Vilas da voz a Fidel para decir palabras como estas: Ernesto es nuestra forma de estar en la Historia. Y nadie quiere que estemos en la Historia. El Che es el cuerpo y la sangre de América Latina. Hemos existido gracias a Ernesto y a la Revolución cubana. No nos dejaron otra forma de existencia. ¿Por qué nos han odiado y robado tanto? ¿Por qué nos han condenado a la pobreza? ¿Quién les dio el derecho ?¿Dónde se obtiene ese derecho? ¿Por qué callan España y Europa?

     España es una novela muy arriesgada. Para poder escribir algo así, el autor debe ser plenamente consciente de cuáles son sus intenciones. Y queda claro que las intenciones de Vilas a la hora de planear estas páginas eran la originalidad, la imaginación llevada hasta el mismo delirio, la libertad y un total desprejuicio. El autor se nos muestra brillante, lúcido, crítico y también ameno. Algo fuera del alcance de la mayoría de los escritores actuales. Sobre todo en nuestro país.              

     

miércoles, 2 de enero de 2019

Mis diez mejores lecturas de 2018





     Finalizado el 2018,  como hago cada año, os dejo la lista de mis diez mejores lecturas de 2018 y os deseo a todos un muy feliz 2019.

10. Se llamaba Manuel. Víctor Fernández Correas. Ediciones Versátil. 2018. El Madrid y su ambiente, sus gentes y sus vestuarios, sus luces y sus sombras cobran vida ante nuestros ojos de la mano de este autor extremeño que sigue progresando con cada novela que publica a la vez que se nos muestra muy versátil. La novela entretiene, enseña e ilustra sobre nuestro pasado. Un pasado que vuelve, una y otra vez. Contra el que debemos luchar. Aunque sea derrochando coraje y corazón...

9. Leones de Aníbal. Javier Pellicer. Edhasa. 2018. A través de los sentimientos, sufrimientos, anhelos y promesas de sus protagonistas, la novela nos mete de lleno en la acción. Todos ellos han de soportar el tremendo peso de sus mochilas. Unas mochilas compuestas no solo de sus equipajes sino de hechos de vida que algunos de ellos apenas pueden arrastrar por el fango y las altas montañas. Así pues, deberán imponerse a sus propios fantasmas y a una naturaleza que se nos muestra tal y como es: casi inaccesible. 

8. El círculo del alba. Luisa Ferro. Planeta. 2016. La sociedad madrileña de principios del siglo pasado aparece magistralmente dibujada en las páginas de la novela: desde la opulencia más burguesa hasta la pobreza más absoluta; desde el mundo de las apariencias hasta la realidad más cruel; desde los clubes de alterne y perversión hasta los privados solo para ricachones; desde las sesiones espiritistas hasta los revolucionarios y todavía no muy divulgados estudios de Sigmund Freud. Todo tiene cabida en ella: aventura, fantasía, romanticismo, pasiones, asesinatos, investigaciones policiales, medicina o botánica.

7. Reina roja. Juan Gómez-Jurado. Ediciones B. 2018. El autor repite la fórmula que tantos éxitos le reporta: intriga a raudales, peleas, persecuciones y explosiones, hondas reflexiones psicológicas y vitales, grandes dosis de humor y una narración de alto ritmo que no deja descansar al lector. Un lector que no puede evitar la tentación de pasar página y continuar leyendo para tratar de esclarecer los casos presentados. Algo que, por cierto, no logra. Porque solo un autor como este --y unos muy pocos más-- es capaz de crear estas tramas, tejidas con la precisión de las más audaces de las arañas.  

6. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. Tusquets Editores. 1985. Novela de difícil encaje categórico. Algunos la consideran filosófico-psicológica por sus posturas cercanas al existencialismo y la aparición de lo freudiano y de otras corrientes filosóficas. Para otros, es una novela político-social porque describe la vida en la capital checa antes, después y durante la campaña soviética de 1968, en plena Guerra Fría. Por ello, no faltan quienes le otorgan un fuerte componente histórico, aunque cueste catalogarla como novela histórica. Para otros, es una obra sexual, afectiva y de pareja. Y todos aciertan.

5. Asesinato en el Orient Express. Ágatha Christie. RBA Libros. 2013. Clásico universal de la novela negra, está escrita a la antigua usanza, siguiendo el típico esquema de introducción, nudo y desenlace. La primera parte describe la situación de partida, presenta a los personajes, física y psicológicamente, y narra el asesinato de Samuel Edward Ratchett. La segunda nos muestra las averiguaciones del famoso detective Hércules Poirot y las reacciones de los protagonistas ante las sospechas y los interrogatorios. Y la tercera nos sorprende al ver a un Poirot exultante ante otro caso resuelto con éxito. 

4. El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets Editores. 2014. El autor extremeño cuenta en estas páginas su progresivo aprendizaje sobre el mundo de los libros. Primero, como lector; después, como escritor. Desde pequeño, su madre lo acusó de ser un mentiroso y de tener buenas dotes para fabular. Buen comienzo. En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y con los cuales construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural. 

3. Autorretrato sin mí. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2018. No es una novela ni tampoco un ensayo, sino una recopilación de hechos, recuerdos y pensamientos del autor. Un libro personal y arriesgado, pero también bello. La historia del escritor pero también la de la mayoría de nosotros. Un relato que no se lee del tirón sino a pequeños sorbos y que, viniendo de la mano de un escritor en plena madurez, personal y literaria, debe ser leída con emoción y agradecimiento a la vida, a la lengua y a la literatura. Una lectura que nos provocará en un futuro más o menos lejano un hondo sentimiento de nostalgia.

2. 4 3 2 1. Paul Auster. Seix Barral. 2017. Cuatro historias diferentes protagonizadas por un mismo personaje en un mismo intervalo de tiempo según los azares de la vida. Leer estas cuatro historias nos muestra que no somos dueños de nuestro destino más que en unos pocos aspectos que sí podemos controlar conscientemente. Las casualidades son las que finalmente hacen que un camino siga recto o se desvíe (mucho o poco). Un drama social, una obra completa, que desde su misma publicación se ha convertido en todo un clásico de la literatura universal. Y su protagonista, Ferguson, entra por méritos propios en ese pequeño gran museo vivo de los personajes literarios legendarios.

1. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018.  Muchas de las más grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de la vida de sus autores. Hay innumerables ejemplos de ello. Este es un nuevo caso. Ordesa nace en un momento crucial de la vida de su autor: su divorcio y la muerte de su madre, que cierra el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre. Vilas hace un ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. Su estilo, emotividad y reflexión --personal y colectiva-- hacen de ella una novela que se gana, en mi opinión, el honor de ser la número uno de mi lista.






viernes, 25 de mayo de 2018

Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018. Reseña





     Muchas de las más grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de la vida de sus autores. Ejemplos de ello podemos encontrar un sinfín a poco que naveguemos por los libros o por internet. Claramente, estamos ante un nuevo caso. Por lo de mal momento y también por lo de gran novela. Porque Ordesa, de Manuel Vilas, nace en un momento crucial de la vida de su autor: su divorcio y la muerte de su madre (que cierra el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre). Vilas (Barbastro, 1962) hace un ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. 

     Servidor, que, he de confesar, suele tomar diversas notas de los libros que va leyendo para poder utilizar algún fragmento a modo de ilustración de las reseñas que escribe, se ha encontrado en este caso concreto con una enorme dificultad: las notas son tantas y tan variadas y los fragmentos están tan magistralmente escritos que he decidido no utilizar ninguno de ellos en estas líneas. ¿Por qué? Pues porque me resulta imposible e incluso injusto destacar unos sobre otros. Y este hecho, precisamente este hecho, es el que a uno le lleva a poder afirmar, sin ningún tipo de exageración, que está ante una gran novela. Ante un gran escritor.

     Vilas demuestra en su última obra una gran valentía, una sorprendente originalidad y una ejemplar capacidad para asumir riesgos. Es valiente porque cuenta a sus lectores aspectos tan íntimos de su vida y de la de sus familiares. Es original porque lo hace, además, sin complejos ni ataduras. Sin pudor. Y asume riesgos por todo lo anterior y porque desnudarse ante los demás, culpas incluidas, sobre todo en estos tiempos que corren, lo hacen a uno (supuestamente) más débil. Y, paradójicamente, esa supuesta debilidad es lo que hace tan fuerte y contundente el texto resultante. Tanto que el lector hace su historia suya, quedando noqueado y enfrascado en sus páginas. Algo que no había visto hasta ahora más que en el caso de Marta Sanz y su obra Clavícula.

     La novela es un sentido homenaje a los padres del autor. Homenaje que se hace visible ya con el título. Porque el valle pirenaico oscense de Ordesa, con los 3.355 metros de altitud del Monte Perdido como gran testigo, declarado Parque Nacional en 1918, era el lugar más apreciado por su padre. Por eso recuerda Vilas unas vacaciones familiares que comenzaron con el pinchazo de una rueda del coche de su progenitor. Y por eso, una vez fallecidos sus padres y consumado su divorcio, trata de recordar aquel momento feliz de su infancia regresando, esta vez con sus hijos, a ese mismo lugar. Sin embargo, la incomprensión y la falta de comunicación, que nos persigue a todos, generación tras generación, no le permiten disfrutar como entonces.

     Los conflictos generacionales, los malentendidos, la culpa --por no ir a los entierros de los familiares, por incinerar a los seres queridos o por no preguntar a tiempo sobre aspectos personales y familiares, por poner solo algunos ejemplos--, el amor entre padres e hijos --no siempre suficientemente demostrado con hechos y/o palabras--, las infidelidades, la pobreza, el alcoholismo y la crisis de unos valores que llevan camino de desaparecer formar parte de las 157 píldoras (de como máximo cinco páginas) de que consta Ordesa. Píldoras que, pese a no mostrar conexiones entre sí en la mayoría de los casos por narrar escenas muy diferentes y de distintas épocas, sí conectan con un lector que se ve sobrepasado por una realidad siempre aplastante pero luminosa.

     La novela es singular en sí misma. No obstante, las singularidades más llamativas, al menos para mí, son el hecho de que aparezcan fotos reales de algunos de los personajes y el de que casi todos ellos reciben por parte del autor un tratamiento musical. Así, Vilas llama a su padre Juan Sebastián (por Bach); a su madre, Wagner; a sus hijos, Brahms y Vivaldi (o simplemente Bra y Valdi); a sus tíos, Rachma o Monteverdi; a su tía, María Callas. Por cierto, el autor se lamenta de que haya tan pocas músicas conocidas en la historia. Y, además, recuerda constantemente a su madre en la cocina, reconociendo la poca ayuda recibida por parte de esta de su marido y de sus hijos. El eterno machismo ibérico, claro, que continua haciendo de las suyas. 

     Escribe el propio Vilas en las primeras páginas de Ordesa que heredó de su madre el caos narrativo. Es decir, ese estilo literario que le lleva a narrar las cosas sin la precisión adecuada. Sin orden pero con desasosiego. No con el ánimo de manipular los hechos desarrollados. Con miedo a equivocarse, más bien. A salir mal parado de la realidad. Y escribe, también, que se considera idéntico a su padre en el sentido de que tanto aquel como él nunca tuvieron ni tendrán fama y dinero; ni su progenitor los alcanzó como vendedor textil ni él como escritor. Y en esto, lo siento, he de llevarle la contraria. Porque Ordesa está vendiendo miles de ejemplares y Vilas es cada día más conocido (y reconocido). Y menos pobre.

     Algo absolutamente merecido. Y me alegro. Porque escribir con valentía y originalidad y ser capaz de asumir el riesgo de contar su verdad --con sus luces y, sobre todo, con sus sombras-- está al alcance de muy pocas personas. Y hacerlo, además, siempre con las palabras y las frases justas en un estilo que muy a menudo se hace poético eleva todavía más la calidad literaria. Y si unimos las verdades de la vida y las de la literatura solo puede resultar una novela que debe pasar a la historia de la literatura española. Al menos, eso es lo que servidor desea (y espera). Porque Ordesa es, junto a Patria, de Fernando Aramburu, la gran novela española de los últimos años. ¡Leedla! ¡Ya!