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lunes, 11 de febrero de 2019

Réquiem por un campesino español. Ramón J. Sender. Destino. 2003. Reseña





     Escrita en 1950 y publicada por primera vez en México en 1953 bajo el título Mosén Millán, la novela corta del escritor español en el exilio Ramón J. Sender tomó el título definitivo de Réquiem por un campesino español en 1960. La historia de su huida de la persecución franquista, el fusilamiento de su esposa y su posterior exilio en Francia primero y en EE. UU. después tras pasar por un campo de concentración galo es tan rocambolesca como apasionante. Llegó a Nueva York en 1939 y terminó por establecerse de forma definitiva en San Diego, donde vivió junto a sus hijos hasta su muerte, acaecida en 1982. A día de hoy sigue siendo considerado como uno de los grandes escritores españoles de la posguerra.

     Antes de escribir la novela que nos ocupa Ramón J. Sender ya había alcanzado una gran fama gracias, sobre todo, a los primeros volúmenes de la serie Crónica del Alba, una trilogía de trilogías --o enealogía-- autobiográficas de su infancia, adolescencia y compromiso político, que se fueron publicando sucesivamente hasta 1966. Además, en 1935 ya había recibido el Premio Nacional de Literatura por su obra Mr. Witt en el Cantón. En su exilio estadounidense se dedicó a escribir y a dar clases de literatura en diversas universidades del país. Entre sus numerosos alumnos y alumnas cabe mencionar a Lucía Berlin, autora de reconocido prestigio en la actualidad gracias a la reciente publicación de sus obras en castellano. Más vale tarde que nunca.

     Réquiem por un campesino español recoge los recuerdos del cura del lugar, Mosén Millán, respecto a la vida y muerte del campesino Paco el del Molino. El párroco se dispone a oficiar la misa en sufragio del alma de un joven al que quiso casi como a un hijo. Mientras espera la llegada a la iglesia de los asistentes al réquiem, reconstruye los hechos que llevaron al conocido Paco a la muerte. Un relato sobrio, casi frío, pero a la vez estremecedor que profundiza en la naturaleza humana. La narración aterra por su enorme realismo. También por el hecho de que tanto el párroco como el lector ven llegar una tragedia sin poder hacer nada por evitarla. La impotencia y el horror ante los hechos narrados constituyen una de las claves de que esta novela corta llegue directa al corazón del lector.

     La historia se ubica cronológicamente en los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la decisión del rey Alfonso XIII de abandonar España en abril de 1931 tras el triunfo electoral de los republicanos. Triunfo cimentado en las grandes ciudades, pero no en los pueblos pequeños. Es allí, en un pequeño pueblo aragonés, donde se desarrolla la reacción de determinadas fuerzas monárquicas que se resisten a dejar el poder sobre los lugareños. El propio Sender describió este episodio como el esquema de toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo.

     Paco el del Molino, joven idealista, puro y sincero se convierte en el líder de la lucha del pueblo. Y Mosén Millán trata de justificarse pese a ser consciente de ser en parte el culpable de la captura y posterior asesinato del joven. Sus reflexiones nos muestran un cuadro de oscuros colores que representan el pensamiento de la época. La maestría de Ramón J. Sender a la hora de mostrarnos cada detalle, por sutil que este sea, es digna de mención. Porque la historia de Paco se nos antoja una excusa para trasladarnos de primera mano el ambiente social del momento, la verdadera historia, y el compromiso del autor ante el choque entre dos ideologías diametralmente opuestas. En torno a ellas, la ya clásica hipocresía española. Que parece que viene desde muy atrás en el tiempo.

     La antítesis entre comunismo y fascismo se muestra con total claridad en las páginas del relato. Por un lado, Don Valeriano, Don Gumersindo y Don Cástulo, los señoritos del pueblo. Por otro, Paco el del Molino, su padre y familia, y algunos otros personajes. Y en el centro, la iglesia, es decir, Mosén Millán. El cura representa el papel que jugó en la preguerra, en la guerra y en la pos guerra la iglesia católica española. Inacción, falta de compromiso y hasta cobardía. Para él, todo es cuestión de resignación, de aceptación y de poner la otra mejilla. En suma, el autor da un serio correctivo no solo al párroco sino a la iglesia católica en su conjunto. Y es que historias parecidas a la aquí narrada hubo demasiadas en esa etapa histórica de nuestro país.

     Para terminar, transcribo algunos de los fragmentos que más me han llamado la atención y que muestran las acciones de unos --los republicanos-- y las reacciones de los otros --los fascistas--: Hubo que repetir la elección en la alcaldea porque había habido incidentes que, a juicio de Don Valeriano, la hicieron ilegal. En la segunda elección el padre de Paco cedió el puesto a su hijo. El muchacho fue elegido... En Madrid suprimieron los bienes de señorío, de origen medieval, y los incorporaron a los municipios. Aunque el duque alegaba que sus montes no entraban en aquella clasificación, las cinco aldeas acordaron, por iniciativa de Paco, no pagar mientras los tribunales decidían... La respuesta telegráfica del duque fue la siguiente: doy orden a mis guardas de que vigilen mis montes, y disparen sobre cualquier animal o persona que entre en ellos. El municipio debe hacerlo pregonar para evitar la pérdida de bienes o de vidas humanas... Había oído decir que aquellos señoritos iban a matar a todos los que habían votado contra el rey... Nadie sabía cuándo mataban a la gente. Es decir, lo sabían, pero nadie los veía. Lo hacían por la noche, y durante el día el pueblo parecía en calma... Al día siguiente hubo una reunión en el ayuntamiento, y los forasteros hicieron discursos y dieron grandes voces. Luego quemaron la bandera tricolor y obligaron a acudir a todos los vecinos del pueblo y a saludar levantando el brazo cuando lo mandaba el centurión... Ahora yo digo en sufragio de su alma esta misa de réquiem, que sus enemigos quieren pagar.

     La novela está considerada, por méritos propios, una de las grandes obras sobre la Guerra Civil Española. Y leerla bien vale la pena. Además de entretener, enseña historia contemporánea de nuestro país. Por todo ello, es altamente recomendable.
                                       

      

viernes, 25 de marzo de 2016

Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. Plaza Janés. 2016. Reseña





     El 17 de febrero de 1916 --en plena Gran Guerra-- partió del puerto de Barcelona, rumbo a Buenos Aires, el más moderno, lujoso y seguro vapor de Europa, el Príncipe de Asturias. Debía llegar a Argentina unas tres semanas más tarde. Sin embargo, el denominado Titanic español --fabricado también en Inglaterra, poco después del hundimiento del conocido barco, y subsanando en teoría los defectos de fabricación del mismo-- se hundió misteriosamente en la costa de Santos (Brasil) en la madrugada del 4 al 5 de marzo, noche de carnaval. Coincidiendo con el primer centenario de su hundimiento, Jorge Díaz ha escrito una magnífica novela sobre la esperanza de conseguir hacer realidad los sueños.

     Basada en hechos reales, la novela recrea episodios poco conocidos y, no obstante, dramáticos de la situación europea del momento. En el vapor hundido viajaban toda clase de personas, de diversas nacionalidades, que buscaban cumplir en Buenos Aires toda clase de sueños. Curiosamente, su hundimiento cambió la suerte de los poco más de cien supervivientes. En algunas ocasiones, para mal; en otras, para bien (porque a veces la desgracia de unos significa la fortuna de otros). Pero no voy a desvelar aquí más de lo necesario. La cuestión es que Tengo en mí todos los sueños del mundo --título extraído de un poema de Fernando Pessoa que aparece al principio del libro-- es un título más que acertado en este caso.

     Es evidente que Alfonso XIII no pasó a la historia como uno de los mejores reyes de nuestro país. No obstante, no todas sus obras resultaron nefastas. Por ejemplo, puso en marcha la Oficina Pro-Cautivos. Tema, este, que ya noveló a la perfección este mismo autor en su anterior novela, Cartas a Palacio, y cuyos principales protagonistas (Blanca Alerces y Álvaro Giner) hacen aparición también en esta novela. La labor humanitaria del monarca aparece de nuevo aquí: hace posible que la naviera Pinillos, propietaria del vapor, y el capitán Lotina permitan el viaje de jóvenes desertores de los ejércitos europeos y de judíos que huían del horror de la Gran Guerra. Evidentemente, todos ellos viajaron de manera ilegal, escondidos en las bodegas.

     Es el caso de Giulio y otros cinco soldados italianos que buscan iniciar una nueva vida en el continente americano, lejos del terror y de la persecución. Y también de Sara y otras cuatro mujeres ucranianas --y judías-- que, hartas de los pogromos a los que someten a sus pueblos los cristianos, también buscan cambiar de aires. Sin embargo, no todos los viajeros huyen de algo o de alguien. Gabriela, una joven de Sóller, lo hace para encontrarse en Buenos Aires con su esposo, Nicolau, al que todavía no conoce en persona. Hecho que constituye otro de los dramas de la época: los matrimonios concertados entre jóvenes españolas y antiguos emigrados.

     Uno de los puntos centrales de la novela es el tráfico ilegal de mujeres destinadas a vender sus cuerpos en los burdeles latinoamericanos. Jorge Díaz denuncia sin tapujos algo tan real como miserable. Y es que los prostíbulos de Buenos Aires, dominados por la Varsovia, organización constituida por judíos emigrantes que deciden echarse a la vida fácil a costa de las más débiles, las mujeres de su misma condición, eran muy conocidos, incluso al otro lado del Atlántico. Algunos de los testimonios que recoge el autor en esta novela resultan descorazonadores y desgarradores.

     La novela expone minuciosamente los diferentes motivos de cada uno de los protagonistas de la misma para embarcarse en un viaje que resultó una trágica aventura. Al margen de lo ya reseñado, entre los demás viajeros debemos destacar la presencia de Gaspar Medina, periodista de El Noticiero de Madrid, cuyos artículos introducen cada uno de los doce capítulos de que consta la historia. Raquel Chinchilla, conocida cupletista de El japonés, se embarca para tratar de alcanzar en Argentina la fama y la fortuna que se le ha negado en Madrid. Además, Eduardo Sagarmín, emisario enviado por el rey, busca un respiro en su ajetreada vida y en un matrimonio que hace tiempo que naufragó.

     Los doce capítulos de la novela que completan sus 520 páginas están narrados a la manera acostumbrada por este afamado guionista --Hospital Central, Víctor Ros, Acacias 38, etc--, es decir, elevado ritmo narrativo; ideas telegráficas, sin descripciones que no vienen muy a cuento; pequeñas dosis informativas por parte del narrador o de cualquiera de sus personajes; lenguaje claro, conciso y directo; tratamiento minucioso de la psicología de los personajes --de los cuales cuesta despedirse cuando se finaliza la lectura-- y una documentación y un buen saber a la hora de exponerla que hace que se aprenda historia mientras se lee. En eso, creo yo, debe consistir la buena literatura: en entretener y hacer aprender.

     Dejo para el final al capitán Lotina. Para muchos fue el gran culpable del naufragio. Su obsesión por cumplir los horarios y llegar a sus destinos a la hora exacta quizá pudo estar detrás de la tragedia. Probablemente nunca lo sepamos. Pero me gustaría resaltar aquí --a tenor de lo leído en esta novela-- su profesionalidad, su buen hacer, su preocupación por los más mínimos detalles referentes a su trabajo y también su carácter, profundamente humano y familiar (léanse los fragmentos que narran su relación con Gabriela, Giulio, la camarera Paula, su esposa y su hija). Nadie es perfecto, pero él lo intentó. Y no es fácil llevar a bordo todos los sueños del mundo.

     En definitiva: creo que no me equivoco al afirmar que estamos ante la mejor novela de Jorge Díaz hasta la fecha. Y debo confesar que siempre estaré enamorado de su segunda novela, La justicia de los errantes. Tengo en mí todos los sueños del mundo es una novela histórica (basada en hechos reales), coral (compuesta por muchos personajes y diversas situaciones, más o menos dramáticas), magistralmente narrada (como excelente guionista que es), con unos personajes entrañables o despreciables (según los casos) y que llega directa al corazón. Porque, ¿qué mejor manera de llegar hasta él que tratar los sueños de las personas?     

         

lunes, 23 de junio de 2014

Cartas a Palacio. Jorge Díaz. Plaza & Janés. 2014. Reseña





     Las casualidades no existen. Todo ocurre por alguna razón, por extraña que esta nos parezca en un principio. En plena Gran Guerra, una carta de una pequeña francesa pidiendo ayuda a Alfonso XIII para tratar de dar con su hermano, desaparecido en el frente, puso en marcha la primera gran misión humanitaria de la historia. El Borbón, conmocionado e impresionado por el trágico cariz que estaba tomando la contienda, decidió crear la Oficina Pro-Cautivos, que se ocupó de tratar de dar respuesta al aluvión de cartas que empezaron a recibirse en Palacio.

     Jorge Díaz rinde homenaje en Cartas a Palacio a algunas de las personas, desde funcionarios hasta voluntarios anónimos, que se ocuparon de reunir a familias destrozadas por la guerra, de procurar el buen trato de los prisioneros y hasta de confeccionar listas de intercambios de cautivos entre los bandos contendientes. La neutralidad española en el conflicto hizo posible la puesta en marcha de tan loable operación.

     La novela se inspira en hechos reales, aunque, como es lógico, en ella se mezclan realidad documentada y ficción. Y si hay alguien en nuestro país capaz de unir ambas partes con gran maestría ese es, sin duda, Jorge Díaz. Lo demostró en 2012 con La justicia de los errantes, novela que narra el viaje americano de los líderes anarquistas Durruti y Ascaso, la cual situé como la mejor leída por servidor en el pasado año, y lo ha vuelto a hacer con Cartas a Palacio.

     El tercer trabajo literario de Díaz - dejando de lado guiones de series televisivas tan conocidas como Hospital Central -, nos puede servir para conocer un poco mejor al último rey Borbón, Alfonso XIII. Pero también para adentrarnos en el Madrid de hace justo un siglo y el ambiente que allí se respiraba: los lujos monárquicos y aristocráticos frente a la decadencia de los arrabales, como el barrio de Las Injurias; la consolidación del movimiento anarquista; la confrontación entre germanófilos y aliadófilos; y las distintas actitudes de los ciudadanos ante una guerra lejana pero que, como en tantos casos, sirvió a muchos para hacer negocios a costa de las desgracias ajenas.

     Los personajes centrales de la trama están diseccionados al milímetro: desde el propio Alfonso XIII hasta el anarquista Manuel Campos, pasando por el médico militar y encargado de la Oficina Pro-Cautivos, Álvaro Giner, amigo personal del rey, y Blanca Alerces, joven aristócrata que deja plantado a su novio el día de la boda para tomar las riendas de su vida y no obedecer a los convencionalismos de la época. Así, el autor nos presenta a un monarca que, sin estar cerca de su pueblo, se conmueve ante la barbarie de una guerra injusta y decidida por cuatro generales con pocos escrúpulos. Odiado por muchos, entre ellos por el trabajador de la Oficina Manuel Campos, defenderá la neutralidad en el conflicto ante determinados sectores interesados en que España entrara en guerra para sacar mayor provecho todavía de la situación.

     El anarquista deberá decidir entre lo que está bien y lo que está mal. Pronto se distanciará de su círculo de amigos al comprender que el trabajo realizado en la Oficina Pro-Cautivos no debe ser interrumpida por nada ni por nadie. Aunque, para ello, haya de poner en riesgo su propia vida oponiéndose a las órdenes recibidas de parte de sus amigos. Álvaro Giner, amigo personal del rey, que se hace cargo de la Oficina casi sin querer, por designio del monarca, acabará trabajando casi sin descanso en una causa que entiende justa y necesaria.

     No obstante, la gran protagonista de la novela, ya desde la portada del libro, es Blanca Alerces. Pese a su juventud y a la oposición de su madre, se apoyará en su padre, un hombre adelantado a su tiempo, para comenzar a tomar decisiones trascendentales en su vida: trabajar, conducir, vivir su propia existencia en definitiva. Será el nexo de unión de casi todos los personajes de la trama, influyendo en cada uno de ellos y en la propia historia. Una mujer sin duda progresista y defensora a ultranza del papel de la mujer en la sociedad, aunque sin caer en excesivos radicalismos, que conocerá el amor y el desamor por igual en un mundo bullicioso incluso en temas sexuales. Una chica con las ideas muy claras y capaz de comprometerse con su trabajo en la Oficina con un sentido de la responsabilidad realmente digno de alabar. Sobre todo, en alguien de su posición social.

     En definitiva, nos encontramos ante una novela coral, con múltiples personajes y escenarios, que terminan por enlazarse de forma magistral, sin encorsetamientos incómodos, y construida y narrada con la maestría propia de un guionista de gran nivel. De hecho, en unos meses, en 2015 a más tardar, podremos ver su adaptación televisiva en forma de serie. El grupo Boomerang TV y la productora Portocabo ya trabajan en ella. La serie amenaza con ser todo un éxito. Puede que estemos ante la novela del año. Allá tú si no aceptas mi recomendación de leerla...