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lunes, 24 de diciembre de 2018

Los perros negros. Ian McEwan. Anagrama. 1993. Reseña





     Hace veinticinco años el escritor británico Ian McEwan --mundialmente conocido por Expiación, Chesil beach, La ley del menor o Cáscara de nuez-- publicó Los perros negros, una novela en la que se enfrentan la razón y la espiritualidad, las ideas y los sentimientos, la ciencia y la intuición. Magistralmente escrita, como todas las obras de este autor, la historia es narrada en primera persona por Jeremy, un adulto que quedó huérfano a los ocho años de edad y al que siempre fascinaron los padres de sus amigos. Así, desde su adolescencia, cuando estos discutían con sus progenitores, él tomaba el papel de los jóvenes para convertirse en el buen hijo que todos los padres desearían tener. Y así hasta mantener una gran relación con los padres de su esposa, Jenny Tremaine. Su objetivo, ahora, es escribir las biografías de sus suegros.

     Así explica Jeremy sus sensaciones respecto a sus suegros: Racionalista y mística, comisario y yogui, el que se afilia (al Partido Comunista) y la que se abstiene, Bernard y June, los Tremaine, son los extremos. La seguridad del escepticismo de Bernard y su invencible ateísmo me hacían recelar; era demasiado arrogante, demasiadas cosas quedaban excluidas, negadas. En las conversaciones con June me encontraba pensando como Bernard; me sentía sofocado por sus expresiones de fe y vagamente molesto por la suposición implícita de todos los creyentes de que ellos son buenos porque creen, de que la fe es virtud y, por extensión, el descreimiento es indigno o, en el mejor de los casos, lamentable. Unas diferencias de pensamiento tan enormes que finalmente los llevaría a tomar la decisión de vivir la vida por separado pero sin separarse legalmente.

     La relación entre los padres de Jenny comenzó en plena Segunda Guerra Mundial. Y Jeremy reconstruye sus vidas, juntos y por separado, a la vez que nos describe un país y un continente rotos por una guerra cruel e injusta. Pero June se está muriendo y le comenta a su yerno que cuando me dijeron que estaba muy enferma la soledad comenzó a parecerme mi mayor fracaso. Un enorme error. Construir una buena vida, ¿qué sentido tiene hacerlo sola? La verdad es que nos queremos, que nunca hemos dejado de querernos, que estamos obsesionados. Y no fuimos capaces de hacer nada con ello. No pudimos construir una vida. Todo ello a pesar de una fortísima atracción sexual: a los pocos días de conocer a Bernard no quería una boda ni una cocina. No podía hablar con mis amigas francamente. Se habrían escandalizado. Deseaba urgentemente tener relaciones sexuales con él y estaba aterrorizada.

     El tema del comunismo y de la lucha contra el fascismo --esos perros negros que sabemos que volverán-- juega un papel central en la novela. Aunque Bernard reconoce que June tenía una gran capacidad de comunicación con el pueblo, su mujer abandonó muy pronto la militancia. Fue mejor comunista que yo, pero pronto llegaron su desapego del Partido y el comienzo de los disparates que llenaron su vida desde entonces. Es decir, la firme creencia en la existencia de Dios. Algo que su esposo no podía admitir de ninguna manera. Porque, según él, June creaba mitos y modelos y luego hacía que los hechos se ajustaran a ellos. Sin embargo, sobre los mismos hechos, su esposa tiene ideas muy diferentes.  

     Y le comenta a su yerno que las noticias que no queríamos oír estaban llegando con cuentagotas. Los juicios y las purgas de los años treinta, la colectivización forzosa, la censura, las mentiras, las deportaciones masivas, los campos de trabajo, la persecución, el genocidio. Finalmente las contradicciones son demasiado para ti y renuncias. Pero siempre lo haces más tarde de lo que debieras. Lo dejé en el 56, estuve a punto de dejarlo en el 53 y debería haberlo dejado en el 48. Pero te vas quedando porque piensas que las ideas son buenas pero que la gente que está al mando es inadecuada y que eso cambiará. Te dices que la mayor parte de lo que oyes son calumnias de la Guerra Fría. ¿Y cómo puedes estar tan equivocado, cómo puede equivocarse tanta gente inteligente, valiente y bien intencionada?

     Tras la ruptura con el Partido y con su esposo, June se recluyó en Francia, abandonando el mundo en busca de una vida de meditación espiritual. Y Jeremy puede llegar a entenderla tras acompañar a su esposa Jenny al campo de exterminio de Majdanek. Me hundí en una admiración invertida, dice. En un desolado asombro. Soñar esa empresa, planear esos campos, construirlos y tomarse tanto trabajo para abastecerlos, dirigirlos y mantenerlos, y transportar desde las ciudades y los pueblos su combustible humano. Qué energía, qué dedicación. ¿Cómo podía uno llamarlo un error? La soledad, en efecto, es otro de los temas importantes de la novela. La soledad del huérfano (Jeremy). La soledad de los separados que todavía aman (June y Bernard). La soledad de un niño maltratado por sus padres (un niño francés) para quien la desdicha era sencillamente la condición del mundo.

     En plena Guerra Fría, Bernard no puede dejar de preguntarse qué posible bien podría venir de una Europa cubierta de aquel polvo, de aquellas esporas, cuando olvidar sería inhumano y peligroso, y recordar, una tortura constante. Porque las guerras, y sobre todo la Segunda Guerra Mundial, son mucho más que datos y estadísticas. Son verdaderas catástrofes. Son pérdidas solitarias e individuales, camas no compartidas y recuerdos angustiados. Y jamás se les hace justicia en los titulares de prensa, las conferencias y la historia. Como tampoco se le hace a los niños que crecen entre un padre y una madre que no querían vivir juntos ni separarse definitivamente. Jenny, esposa de Jeremy, es una de esas criaturas que viven en lugares distintos (Inglaterra y Francia).

     Porque June, convencida de la existencia del mal y de Dios y segura de que ambos eran incompatibles con el comunismo, descubrió que no podía persuadir a Bernard ni dejarle ir. Y él, a su vez, la amaba pero le enfurecía su vida encerrada en sí misma y vacía de responsabilidad social. Quizá sea esta la frase que mejor resume la imposibilidad de vivir juntos pese al amor correspondido pero a la vez insostenible. Y la diferente interpretación de ambos del incidente sufrido por June con aquellos dos perros negros en Francia es el ejemplo más palmario de ello. Para ella, dada a intuir cosas y a interpretarlas a su manera, un perro negro era una depresión personal, pero dos eran ya una depresión cultural, el peor humor de la civilización. Y lo más espeluznante de todo ello es la profecía de que regresarán para perseguirnos, en algún lugar de Europa, en otro tiempo. Lo clavó June. Lo clavó Jeremy. Y lo clavo, hace veinticinco años, Ian McEwan...                               


viernes, 15 de abril de 2016

Altamira. Huhg Hudson. 2016. Crítica





     Hace un par de semanas se estrenó Altamira, la nueva película del malagueño Antonio Banderas en la cual encarna a Marcelino Sanz de Sautuola, hombre proveniente de una familia aristócrata cántabra y, lo más interesante para la Historia en general y esta historia en concreto, arqueólogo aficionado, que descubrió, junto a su hija María, de nueve años, la cueva y las pinturas rupestres más importantes de Europa. Fue en 1879. Y ese descubrimiento, que debería haber constituido un hito histórico de primer orden mundial, amenazó con destrozar la hasta entonces tranquila vida de los Sautuola. 

     Pese a que la taquilla le ha dado la espalda --ha recaudado mucho menos de lo esperado en un principio a pesar de contar con uno de los actores más mediáticos de nuestro cine-- la película cumple a la perfección con el doble cometido de enseñar historia y a la vez entretener. Altamira está considerada como la Capilla Sixtina del arte rupestre por contener en su bóveda pinturas de bisontes datadas en 20.000 a. C. No obstante, su descubrimiento se vio envuelto en varias polémicas, las cuales son tratadas en la película con gran rigurosidad.

     La cinta, dirigida por Hugh Hudson (Carros de fuego (1981), Greystoke, la leyenda de Tarzán (1984) o Los secretos de la inocencia (1999)), cuenta con unas magníficas fotografía (José Luis Alcaine), música (Mark Knopfler y Evelyn Glennie) y efectos visuales (las imágenes de los bisontes cobrando vida a partir de las pinturas son dignas de mención, sin duda). Y la ambientación, en Santillana del Mar y la costa cántabra, transportan al espectador a aquella Cantabria de fines del siglo XIX que, al igual que el resto del país, pugnaba por dejar atrás el atraso para tomar el camino del (a veces) mal llamado progreso.

     Son básicamente dos las polémicas desatadas por el descubrimiento de las pinturas rupestres de Altamira. Ambas, tratadas minuciosamente en el film. Por un lado, el eterno dilema --en aquella época-- entre razón y fe; entre ciencia e Iglesia; entre evolución y creación. Los ataques recibidos por Sautuola por parte de la Iglesia Católica fueron muchos y muy duros, incluso llegando a tratarle de herético por sostener que las pinturas eran anteriores a Adán y Eva. Algo inaceptable para una Iglesia retrógrada, inflexible y carente por completo de valores y de buenos modos. Impecable el papel interpretado por Rupert Everett, autoridad eclesiástica local que acusa a Sautuola de atacar las verdades bíblicas.  

     La segunda polémica viene desde el mundo de la ciencia y la controvertida relación que desde hace tanto tiempo ha habido entre España y Francia. A fines del siglo XIX el mundo científico y prehistórico estaba liderado por Émile Cartailhac, respetado arqueólogo francés que no aceptó como reales las pinturas de Altamira. Su nacionalismo y su colonialismo científico le llevaron a acusar de falsificador a su descubridor, que cayó en el descrédito más absoluto. De nada sirvió su conocida rectificación tras similares hallazgos en su país natal. Sautuola no vivió para ver públicamente recompensadas su entrega y dedicación. 

     Pero, Historia al margen, la película trata también la historia familiar de los Sautuola. En ese sentido, cabe resaltar la magnífica relación paterno-filial entre los personajes de Banderas y Allegra Allen, que encarna a María. La dedicación del primero y la adoración mutua entre ellos es uno de los fuertes de la cinta. Hasta el punto de que la niña sigue tan a pies juntillas las explicaciones de su padre que imagina a los bisontes y hasta llega a darles vida. Y sus ojos nos miran tan fijamente desde la pantalla que también nosotros los sentimos como plenamente reales.  

     Sin embargo, lo que de verdad nos tiene en vilo durante la hora y media de duración del film es la relación entre el matrimonio. Porque Conchita (Golshifteh Farahani (Éxodo: dioses y reyes o Red de mentiras)), la esposa de Sautuola, es tan dulce como devota, y según se introduce su esposo en su intento por dar a conocer su hallazgo a la comunidad científica internacional observamos cómo se va resquebrajando la relación entre los cónyuges. Sobre todo cuando su marido es acusado de falsificador y decide cerrar la cueva. Marcelino y Conchita pugnan por sus respectivas verdades y, a la vez, por salvar su matrimonio. Ellos encarnan a la perfección esa dicotomía entre razón y fe, entre ciencia y religión.

     Altamira no es la octava maravilla del mundo del cine. Tampoco la película del año ni la que más pueda recaudar. Ni falta que le hace. Cumple con sus pretensiones de mostranos un pedacito de la historia de nuestros antepasados --los del siglo XIX y los del Paleolítico--, retrata convincentemente la intrincada sociedad de la época en que está ambientada y nos enseña que el amor puede tener algo de redentor y que en ocasiones puede con todo. Incluso con la razón, la fe, la ciencia, la Iglesia y los fracasos.