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lunes, 15 de junio de 2026

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Nuccio Ordine. Acantilado. 2017. Reseña

 




    Entre septiembre de 2014 y agosto de 2015 Nuccio Ordine seleccionó fragmentos de clásicos de todos los idiomas, lugares y épocas para comentarlos en el semanario Sette, del diario italiano Corriere della Sera. Se trata de los mismos fragmentos que durante años leyó a sus alumnos en las distintas aulas en las que impartió clases. La idea de compilar dichos textos en un libro llegó algo más tarde. El objetivo de la columna semanal, que llevaba por título ControVerso, y también el del libro, era acercar esos clásicos a los lectores, especialmente a los jóvenes. No hay que leer a los clásicos para aprobar los exámenes, escribe el propio Ordine en la introducción del libro. La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. Misma idea que le sirvió para escribir el manifiesto La utilidad de lo inútil (2013), ya reseñado en este mismo blog, y Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir (2022). 

    La trilogía que forman los dos libros citados y este que nos ocupa parten de un pensamiento común: que los clásicos sean, en un momento difícil para su existencia, un precioso instrumento de conocimiento de lo que es la vida y una especie de guía sobre la manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro. La introducción de este segundo volumen lleva por título Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Título sugerente y significativo, sin duda. Para ello, es básico el papel del profesor: muchas veces hemos constatado que nuestro amor por la literatura o la filosofía, por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. Sin embargo, no se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Resulta obvio que todos sabemos a lo que se refiere Ordine con estas afirmaciones.

    Porque un verdadero maestro puede cambiar la vida de un alumno. Que se lo digan a Albert Camus, quien agradeció públicamente a su antiguo maestro, Louis Germain, la oportunidad de llegar a ser lo que era. Incluso le dedicó el discurso pronunciado al recoger su Nobel de Literatura en 1957. Y, si en algo coincidirían Germain, Ordine y la mayoría de docentes del planeta, es en que la buena escuela no la hacen las tablets ni los programas digitales, sino los buenos profesores. Unos docentes que han de afrontar montañas de papeleo burocrático y que reciben grandes cantidades de dinero en escuela digital mientras asisten al drama diario que les supone tener en las aulas a demasiados alumnos y con muy diferentes y variadas necesidades. A una precariedad que a menudo acaba con sus huesos -y los de sus alumnos- en barracones o en colegios que se caen a pedazos. Unos alumnos a los que conviene explicarles bien que lo importante no es la meta, sino el viaje que debemos llevar a cabo para alcanzarla. En este sentido, Ordine asegura que la curiosidad y la creatividad corren grave peligro a causa de la excesiva y demasiado temprana profesionalización impuesta por los currículums actuales. 

    Otra crítica importante lanzada por Ordine en este libro es la que hace referencia a los denominados yacimientos culturales, un calificativo que compara al oro negro -o petróleo- con los bienes culturales. Para ellos, el Partenón y el Coliseo, el Louvre y el Prado son petróleo en la medida en que constituyen una fuente potencial de ingresos. Nadie pretende subestimar la importancia del aspecto económico -la lógica empresarial ha invadido ya el ámbito de los bienes culturales-, pero: ¿es posible considerar los monumentos y las obras de arte como meras fuentes de ingresos con independencia de su valor cultural? ¿Cómo puede ofenderse a siglos de cultura y de historia comparando nuestro patrimonio artístico y monumental , con un producto, el petróleo, que apesta y contamina? Razón no le falta al autor, desde luego. Seguro que muchos de los lectores, cuando viajan a lugares y monumentos históricos o culturales, asisten perplejos e indignados a la presencia de la marabunta de turistas a los que, sin importarles lo más mínimo la historia del lugar o del monumento en cuestión, se acercan a ellos solo por hacerse un selfie que poder colgar luego en sus redes sociales. Postureo capitalista-consumista.

    Volviendo al tema de la educación en la escuela, otro punto central del discurso de Ordine es el que hace referencia a la deriva empresarial de la enseñanza. Aspecto que se ejemplifica a la hora de elegir entre bachillerato y formación profesional al terminar la enseñanza secundaria obligatoria y que se acentúa, más tarde, al elegir una carrera universitaria. Un gran número de estudiantes se siente desgarrado por un terrible dilema: ¿qué hacer?, ¿seguir libremente sus intereses o dejarse condicionar por una opción basada exclusivamente en las oportunidades de mercado?, ¿vivir una pasión o pensar únicamente en el empleo? El mercado, sin duda, olvida que trabaja mejor quien trabaja con pasión. Que para trabajar con pasión es necesario amar ese trabajo, no solo el sueldo que lo acompaña. Que se puede uno sentir feliz con una retribución menor si se ama lo que se hace y que se puede ser un infeliz viviendo en una mansión pagada con un trabajo que a uno no le gusta. Cuestión de elección, claro. Y de pasión.

    Así, continúa Ordine, la escuela y la universidad deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico. Lo cual nos lleva a otra cuestión no menor. En plena época de la inmediatez, del aquí y ahora, de la consecución de cosas sin el esfuerzo adecuado, Ordine cita a Nietzsche y su elogio de la lentitud y de la filología. En efecto, la pericia de los orfebres de la palabra es hoy más necesaria que nunca. De esta manera, la filología debe enseñar a leer bien, es decir, lenta, profunda, respetuosa, cuidadosamente, con cierta malicia y con las puertas siempre abiertas, con sensibilidad en la mirada y en el tacto. Para ello es necesario invertir más en educación y en cultura: educar a los jóvenes en el respeto a la justicia, en la solidaridad humana, en la tolerancia, en el rechazo de la corrupción, en la democracia, con el fin de mejorar crecimiento del país. 

    La avidez y el egoísmo son dos de los principales males que nos están separando y atrasando. Ordine apuesta por una Europa solidaria y unida. Porque solo así, de la mano, se puede erradicar el auge del extremismo. Los gobiernos deben cumplir con su parte. Los docentes deben reencontrar su entusiasmo y motivación. Los padres deben pensar más en la educación de sus hijos que en sus futuras cuentas bancarias. Frenando la deriva utilitarista y empresarial ayudaremos a nuestros estudiantes a entender mejor que el conocimiento no debe abrazarse para ganar dinero, sino ante todo para ayudarnos a convertirnos en hombres y mujeres libres, capaces de rebelarnos contra los egoísmos del presente para tratar de hacer que la humanidad sea más humana. Es preciso partir de los clásicos, de la escuela, de la universidad, de aquellos saberes injustamente considerados inútiles (la literatura, la filosofía, la música, el arte, la investigación científica de base) para formar a las nuevas generaciones de ciudadanos. Porque todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significará, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error. En definitiva, como dice el autor al comienzo de esta obra: si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos.                                    


jueves, 23 de abril de 2015

Como una novela. Daniel Pennac. Anagrama. 1992. Reseña





     Hoy no es un día cualquiera. No es uno más. Porque hoy es el Día del Libro. El día de Sant Jordi. El de la rosa y el libro. Un día para reivindicar el placer de la lectura por encima de todo dogma intelectual o educativo. Por eso, precisamente hoy, quiero hablaros de una obra que, en su día, me reconcilió con la lectura. Me refiero a un ensayo de un autor al que muchos conoceréis. Se trata de Daniel Pennac, un escritor y profesor de instituto francés nacido en Marruecos. Comenzó escribiendo cuentos y libros infantiles antes de alcanzar un gran éxito con novelas negras y ensayos educativo-pedagógicos. Su Mal de escuela (2007), Premio Renaudot ese mismo año, y Como una novela (1992), obra que me dispongo a presentaros, son sus dos aportaciones más reconocidas. 

     Como he comentado, Como una novela me reconcilió con el gozo de los libros. En efecto, yo fui uno de esa amplia mayoría de adolescentes que aborrecen cada día la lectura por culpa de las malditas obligaciones académicas. Unas obligaciones que acaban con el placer y nos llevan al tedio, al aburrimiento y a la dejadez. Y es que pretender que un niño de 15 años lea El Quijote es un atentado contra lo que se supone que este acto pretende, es decir, fomentar el hábito lector en los adolescentes. Este es el punto de partida de Daniel Pennac en esta obra.

     Estamos ante un libro insólito que estimula la lectura. Y lo hace ayudando al lector a perder el miedo a la lectura, consiguiendo embarcarle en una aventura personal de libre elección que le llevará al disfrute. Decía Kafka en su diario que jamás haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia cautivadora que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse. Y es que todos, niños y adultos, necesitamos nuestra ración diaria de ficción. Así, la obligación de leer no nos viene impuesta por nadie más que por nosotros mismos. Porque, como bien dice Pennac, el verbo leer no soporta el imperativo. Porque la lectura es placer.  

     Y en el fomento de ese gozo en la mente adolescente (o adulta) tienen tanta importancia la escuela como los padres. La escuela porque ha de retornar a la palabra, dejando de lado análisis, resúmenes, trabajos y fichas de comprensión lectora que en poco o nada ayudan a nuestra tarea. Y los padres porque leer cuentos en voz alta cada noche a nuestros hijos es regalarles la palabra, introducirles en un universo de diversión del que no querrán huir jamás. ¿Cuántos padres castigan a sus hijos que no leen el libro impuesto en el colegio a no ver la televisión? ¡Error! Así lo único que se consigue es elevar a la TV a la dignidad de recompensa y rebajar a la lectura al papel de tarea. Y leer no es un deber, ¡sino un derecho!

     Como una novela es un monólogo alegre, entusiasta y desenfadado, fruto de que quien lo escribe, sin duda, siente y cree a pies juntillas en lo que escribe. Pese a tratarse de un ensayo, se lee como una novela. De ahí su título. Corto, de prosa directa y sencilla, muy bien estructurado y destilando un gran sentido común, convierte lo que en principio se presenta como un ensayo sobre el amor por la lectura en otro sobre pedagogía, aprendizaje y enseñanza de la lectura. Porque queda por entender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra.

     Y, como leer no es una obligación ni un deber sino un derecho y una libertad, Pennac presenta un decálogo de los derechos fundamentales del lector. A saber: 1-el derecho a no leer; 2-el derecho a saltarnos las páginas; 3-el derecho a no terminar un libro; 4-el derecho a releer; 5-el derecho a leer cualquier cosa; 6-el derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual); 7-el derecho a leer en cualquier sitio; 8-el derecho a hojear; 9-el derecho a leer en voz alta; 10-el derecho a callarnos. Huelga decir que esta manera de afrontar el mundo de la lectura es capaz de desinhibir a cualquier temeroso de los libros.

     Pennac desgrana tópicos y típicas excusas argüidas por los no lectores para explicar el por qué de su actitud acerca de la lectura. La que más me llamó en su día la atención - citar más alargaría demasiado la reseña - es la referente a la falta de tiempo. El autor responde así: el tiempo de leer es tiempo robado, y el problema no es si tengo tiempo o no, sino si me regalo o no ese tiempo. Nunca un enamorado deja de encontrar tiempo para amar. Lo dicho anteriormente: de gran sentido común. 

     Esta reseña es mi pequeña y humilde contribución a este Día del Libro. Si eres de los que aman la lectura, espero que hayas disfrutado de ella. Aunque lo harás mucho más leyendo o releyendo Como una novela. Si, por el contrario, eres de los que siempre encuentran excusas para no leer, tienes dos opciones: seguir sin leer y perderte el gustazo que supone hacerlo o darte una nueva oportunidad desde la libertad de elección personal. Tú elijes.