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jueves, 28 de mayo de 2020

Madame Bovary. Gustave Flaubert. Alianza Editorial. 2012. Reseña



La cueva de los libros: Madame Bovary de Gustav Flaubert


    En 1857, previa publicación por entregas en la revista literaria La Revue de Paris durante octubre y diciembre del año anterior, vio la luz la obra más conocida del autor Gustave Flaubert (1821-1880), quien más tarde publicaría también Salambó y La educación sentimental. La novela Madame Bovary se convirtió desde muy pronto en un claro exponente de la literatura realista francesa y universal. También de un romanticismo ya algo tardío en el momento de su escritura. Crítica tanto de la burguesía como de la iglesia francesa de mediados del siglo XIX, la iglesia católica la introdujo, en 1864, en su Índice de Libros Prohibidos a causa de la promiscuidad de Emma, la protagonista de la obra. Censurada por ser considerada perniciosa para la fe católica, la novela vio crecer su popularidad muy rápidamente.  

    Madame Bovary, cuya acción se desarrolla a comienzos del siglo XIX, bebe directamente de la Revolución Francesa, de la monarquía autoritaria napoleónica, del emergente poder burgués y de la feroz pugna entre la firme doctrina católica y la cada vez más consolidada filosofía de Voltaire, cuyo adalid en las páginas que nos ocupan es el boticario, monsieur Homais, uno de los personajes principales de la trama, que odia con toda su alma a la iglesia católica, con cuyos representantes dirime grandes enfrentamientos dialécticos. Flaubert, conocedor y conocido de Víctor Hugo, George Sand, Émile Zola o Alphonse Daudet, hace gala de una gran agudeza narrativa para exponernos su punto de vista sobre la sociedad francesa de su época.

    La novela consta de tres partes, que muy bien podrían enmarcarse dentro de las tres grandes partes de la novela clásica: introducción (nueve capítulos que abarcan unas ochenta páginas), nudo (quince capítulos que ocupan unas doscientas páginas) y desenlace (once capítulos representados en ciento cuarenta páginas). En la primera parte se nos presenta a los personajes principales: el triste y de vida monótona doctor Charles Bovary, viudo de su primera esposa, y la joven Emma, hija del señor Rouault, paciente del médico, que se convertirá en un breve espacio de tiempo en la nueva Madame Bovary. La joven tiene una extraña idea del amor basada en su nula experiencia y en las mil y una lecturas románticas de su adolescencia. No obstante, se dará de bruces con la realidad de una vida inimaginada. Antes de casarse, se había creído enamorada; pero como la felicidad que debía resultar de este amor no llegó, debía de haberse equivocado, pensaba. ¿No debía un hombre sobresalir en actividades múltiples, iniciar a la mujer en la fuerza de la pasión? Este no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. ¿Por qué me habré casado, Dios mío?

    En efecto, esa idea de vida idílica, festiva y llena de privilegios que esperaba encontrar junto a Charles está tan alejada de la realidad que, desencantada y hasta furiosa con su esposo, Emma caerá enferma de depresión. El porvenir era un corredor negro, negro, y terminaba en una puerta bien cerrada. ¿Y aquella miseria iba a durar siempre? ¿No iba a salir nunca de ella? Y Charles, sin duda un buen hombre que la quiere y la adora, decide dar un cambio de aires a sus vidas: abandonar Tostes y a sus pacientes e instalarse en Yonville, cerca de Ruan, ciudad en la que realizó sus estudios como médico. En este punto de la trama comienza la segunda parte de la novela, en la cual se nos presenta al resto de personajes que componen este enorme retrato de la sociedad francesa de principios del siglo XIX. Una sociedad en la que, como en el resto de sociedades europeas de la época, es mucho más importante simular poseer que poseer realmente.

    En Yonville, definitivamente incapaz de acomodarse a ese tipo de vida, Emma da a luz a una niña de nombre Berta --de la que no se ocupará prácticamente en ningún momento--, comienza a llenar sus vacíos a base de compras desmedidas de muebles, cortinas, collares y vestidos caros a un despreciable comerciante llamado Lheureux, y a fijarse en los hombres más atractivos y poderosos de la zona. Básicamente, dos: el joven pasante de abogacía León Dupuis, con el cual tiene muchos gustos en común --por ejemplo, la literatura-- y Rodolfo Boulanger, un donjuan que deslumbra a Emma por el lujo de su vida y su poder económico y social. Las ansias sentimentales de la esposa del nuevo médico de Yonville, que solo está en casa a las horas de comer, cenar y dormir, pues sus obligaciones le impiden una mayor presencia en el hogar conyugal, comienzan a hacerla vivir siempre en el alambre. La enfermedad doméstica la impulsaba a fantasías lujosas, el cariño matrimonial a deseos adúlteros. Hubiera querido que Charles la pegara, para poder odiarlo con más justicia, vengarse de él.

    Esta segunda parte de la novela describe las relaciones de Emma con los dos hombres reseñados. Por un lado, con León, la joven peca de una excesiva adulación personal, despreciando al joven, incapaz en esos momentos de asegurarle el lujo y la pasión que cree merecer. León, despechado y desencantado, acaba dejando Yonville para continuar sus estudios en Ruan. ¡Ah, se había marchado, el solo encanto de su vida, la única esperanza de una felicidad! ¡Por qué no le retuvo con las dos manos, con las dos rodillas, cuando quería huir! Y la presencia de la madre de Charles no la ayuda precisamente: Si tuviera que ganarse el pan, como muchas, no tendría esos vapores y esa vagancia en que vive, le dice a su hijo. Por contra, con Rodolfo ocurre todo lo contrario: extasiada por una vida más parecida a la que ella conoce por sus lecturas románticas --y recordó a las heroínas de los libros que había leído, la lección lírica de aquellas mujeres adúlteras que la seducían--, atosiga tanto a su amante que este acaba por huir de ella para dejarse caer en brazos de otras mujeres menos agobiantes. Emma, sola de nuevo tras arruinar estas dos posibles relaciones, vuelve a caer enferma. Llegó a preguntarse por qué detestaba a Charles y si no sería mejor poder amarle, pero estaba muy indecisa en su sacrificio. Y Charles deja de lado su trabajo para dedicarse en exclusiva a la salud de su esposa. Sus deudas no hacen más que crecer y la historia se encamina poco a poco hacia un final trágico.

    En la tercera parte Emma finge acudir a Ruan para tomar clases de piano --pese a las deudas, Charles accede a ello porque para él la salud de su esposa es lo más importante y a esas alturas de la historia ya no sabe qué hacer de ella-- para encontrarse de nuevo con León, quien se convierte, esta vez sí, en su segundo amante. Sin embargo, nuevamente la ansias desmedidas de la joven llevarán a la relación a un punto sin retorno. Además, sus encuentros amorosos en un hotel de lujo que, por supuesto, suele pagar ella, provocan un crecimiento ya insoportable de las deudas contraídas con el malvado Lheureux. ¿Quién tiene la culpa? Mientras yo brego como un negro, usted se lo pasa bien, ironiza el comerciante finalmente. La ruina psicológica, emocional y económica de Emma atrapa finalmente también a su marido. Y la tragedia, en forma de embargo de muebles y bienes, se instala definitivamente en sus vidas.

    Madame Bovary se convirtió en un clásico literario prácticamente desde el mismo momento de su publicación. Grandes escritores contemporáneos y actuales lo auparon desde el principio. Henry James dijo de él que es perfecta porque posee una seguridad inaccesible y excita y desafía todo juicio. Milan Kundera afirmó que no fue hasta la obra de Flaubert que el arte la novela ha sido considerado igual que el arte de la poesía. En la misma línea, Vladimir Nabokov aseguró que estilísticamente es prosa haciendo lo que se supone que hace la poesía. Y Vargas Llosa escribió que Madame Bovary fue la primera novela moderna. Además, la obra está considerada por algunos estudiosos como pionera en el ideario del feminismo: Un hombre, por lo menos, es libre. Pero una mujer, inerte y flexible al mismo tiempo, tiene en contra suya tanto las molicies de la carne como las ataduras de la ley. Su voluntad, igual que el vuelo de su sombrero sujeto por una cinta, flota a todos los vientos; siempre hay algún anhelo que arrebata y alguna convención que refrena.  
                       

        

miércoles, 9 de mayo de 2018

Carta de una desconocida. Stefan Zweig. Acantilado. 2002. Reseña





     En 1922 el célebre escritor vienés Stefan Zweig publicó uno de sus relatos más afamados: Carta de una desconocida. Se trata de una novela corta (apenas 80 páginas) que se lee en una hora y media. Lo mismo que se tarda en ver una película de un metraje más o menos normal. La misiva, enviada por una mujer desconocida a un famoso escritor vienés en el día de su cumpleaños, resulta ser toda una declaración de amor, por un lado, y, por otro, una descripción desgarradora de la vida de esta peculiar mujer. Una persona capaz de renunciar a todo en la vida solo por amor hacia alguien para quien tan solo es eso: una completa desconocida.

     En las primeras páginas del escrito, su autora escribe: Solo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero solo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora. 

     En efecto, la carta es un alegato del amor verdadero, sin ningún tipo de condiciones ni  de reproches. Y está compuesta por palabras que emocionan y desgarran a la vez. Por la grandeza del amor y por la vida que describe la autora de la misiva. En ella aparecen los rincones más ocultos, íntimos y hasta oscuros del alma humana; el tema de la desigualdad en el amor cuando una parte se entrega mucho más que la otra; un romanticismo brillante, desesperado y casi irracional; y una manera de expresar los sentimientos solo al alcance de un genio literario de la talla de Zweig (puesto en este caso en el papel de una mujer arrolladora, tierna y siempre fiel hasta casi la locura).

     La amante muda que resulta ser nuestra protagonista conoce al escritor a los trece años de edad. Son vecinos de rellano, aunque el adulto (de solo 25 años) jamás recordará a la por entonces chiquilla. Y tampoco cuando se la encuentre en varias ocasiones más, pasados los años, en diferentes ambientes y situaciones. Así, una de las frases clave de la novela es esta: Ahora ya entiendo que la cara de una chica, de una mujer, resulta terriblemente cambiante para un hombre, porque no suele ser sino el reflejo de una pasión o de una ingenuidad o de una fatiga, que se borra tan fácilmente como la imagen de un espejo. Y un hombre puede olvidar rápidamente el rostro de una mujer, porque la edad que en ella se refleja cambia según si hay sol o sombra y según la forma de vestirse de un día para otro.

     Y así sucede a lo largo de los siguientes quince años de la vida de esta gran mujer. Desde que es una chiquilla de trece años hasta que es una adulta de veintiocho, pasando por su adolescencia. Su única ambición es que R. (el nombre de su amado no trasciende en ningún momento de la historia, como tampoco el suyo propio) la reconozca. Lo intenta en numerosas ocasiones. Siempre sin éxito. Y eso la desespera cada día más. Cada año le envía a su casa un ramo de rosas blancas por su cumpleaños. Esta vez, no obstante, lo que recibe el escritor es esta extraña y desoladora carta. Ni por esas consigue éste recordar a la mujer. Algo que acaba por sobrecogerlo en la última escena.

     La mujer confiesa que ha rechazado en matrimonio a varios hombres adinerados a lo largo de su vida. Hasta a un conde del Tirol. Y todo porque ha estado esperando a su verdadero amado durante esos quince años. Así, añade: Hasta este punto te he llegado a querer, por fin puedo confesártelo, ahora que todo ha pasado y todo está perdido. Y creo que si me llamaras cuando ya estuviera reposando en mi lecho de muerte, tendría la fuerza suficiente como para levantarme e ir hacia ti. Sin embargo, reconoce con hondo pesar que a él solo le gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, porque tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno. 

     El motivo de la carta y del suicidio (o del dejarse morir) por parte de la autora de la carta es la muerte de su único hijo, de once años de edad. Agarrada al amor de su vástago --que tanto esfuerzo le había costado llevar adelante desde su propio nacimiento: ¡Ah, las mujeres que tienen a los hijos en casa, las que le dan el niño al marido que lo espera con amor, no saben qué significa traer un hijo al mundo sola, indefensa, como en una mesa de laboratorio!--, el prematuro fallecimiento de éste la sume en una gran depresión. La cual la lleva a desear no seguir con su vida. La misiva es, pues, una especie de despedida de su amado.

     Pero, a su vez, también estamos ante un lamento: ¿De qué me sirve contarte todo esto, la obsesión frenética contra mí misma, compulsiva, tan trágica y desesperada, de una niña abandonada? ¿De qué sirve contárselo a alguien que nunca lo ha sospechado, que nunca lo ha sabido? Y se culpa a sí misma --nunca a él-- por ser incapaz de hacerse reconocer por alguien en quien vio desde el principio a dos personas en una: un joven ardiente, impulsivo y aventurero, y, al mismo tiempo, un hombre enormemente serio, responsable y cultivado. Y también mujeriego, con el tiempo. Alguien que hace que crezca su amor por los libros: Yo solo tenía una docena de libros baratos, encuadernados con cartones rotos, y los quería más que a nada en el mundo, los leía una y otra vez. Y ahora me asediaba la pregunta de cómo sería el hombre que poseía y había leído tantos y tan maravillosos libros.

     Y es que el amor y la devoción que siente esta chiquilla de trece años que se ha convertido en la mujer que escribe esta carta hacia su vecino escritor están más que justificados. Porque, si este escritor ficticio se asemeja en algo --por poco que sea-- al gran autor que fue Zweig, no es ilógico pensar que cualquier persona pueda sucumbir a sus dotes de genio literario.