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martes, 19 de septiembre de 2023

Mendel, el de los libros. Stefan Zweig. Editorial Alma. 2022. Reseña

 




    Cada nueva edición de un libro permite acercarse a la obra en cuestión a más y más lectores. Los hay quienes coleccionan muchas de ellas. E incluso quienes --algo fetichistas en ocasiones-- llegan a hacerse con cada una de las copias que aparecen de sus obras preferidas. En ocasiones, a precios casi prohibitivos --o no--. En este caso traigo a mi blog la edición ilustrada de Mendel, el de los libros, que editó hace unos meses la Editorial Alma. Traducida por Itziar Hernández Rodilla e ilustrada por Marc Pallarés, presenta el texto íntegro del maravilloso cuento escrito en 1929 por el autor de culto austríaco Stefan Zweig. Una edición que llamó de inmediato mi atención en cuanto vi su fantástica portada. Y, más todavía, cuando pude ojearlo por dentro. Unas ilustraciones muy cuidadas acabaron por cautivarme. Así que tuve excusa, primero, para comprarlo, y segundo, para reseñar tan magnífica obra de uno de mis autores preferidos desde hace ya unos cuantos años. 

      El doctor en filosofía, escritor, biógrafo y activista social Stefan Zweig fue un reconocido autor vienés y judío que no dudó en ser uno de los primeros escritores en utilizar sus obras para alzar la voz contra la intervención alemana en la Primera Guerra Mundial, lo que lo hizo muy popular --para bien o para mal--. Ya desde su primera novela --género que más cultivó, aunque también escribió poesía, biografía, cuentos, relatos y hasta artículos periodísticos-- enamoró a sus primeros lectores con un estilo literario muy particular, que aunaba una cuidadosa construcción de los personajes y hasta de las respectivas sociedades descritas con una técnica narrativa realmente brillante. Así, en 1929, cuando publicó Mendel, el de los libros, ya era un autor muy conocido por obras como Carta de una desconocida, Veinticuatro horas en la vida de una mujer --ambas reseñadas en este mismo blog-- o Amok o el loco de Malasia.  

    El cuento narra la historia de Jakob Mendel, un viejo librero ambulante judío de origen ruso que atendía en su cuartel general: el Café Gluck --un café habitual de la periferia vienesa a rebosar de gente humilde--, en lo alto de la calle Alser. En una pequeña mesita de mármol cuadrada del salón de juego se sentaba Jakob, a quien el narrador del cuento, un antiguo cliente suyo de un par de décadas atrás, describe como un hombre tan especial y fabuloso, peculiar maravilla del mundo, célebre en la universidad y en un círculo íntimo y reverente, mago de los libros, ¡emblema del saber, fama y honor del Café Gluck! De él recuerda que estaba todo el tiempo cubierto de libros y papeles, leyendo, ensimismado, cantando en voz baja mientras se balanceaba. Leía con una concentración total, con un ensimismamiento tan conmovedor que toda lectura de otras personas me ha parecido siempre, desde entonces, profana.

    Recuerda el narrador que a Mendel se lo presentó un compañero de la universidad como el hombre más eficiente de Viena, un original, un primitivo dinosaurio de los libros en vías de extinción, una maravilla de la memoria, una enciclopedia, un catálogo universal sobre dos piernas. También que era capaz de enumerar enseguida de corrido, como leyendo de un catálogo invisible, dos o tres docenas de libros, cada uno con su lugar y año de edición, y un precio aproximado. Pequeño, arrugado, por completo envuelto en su barba y, además, jorobado, Jakob Mendel conocía, de todas las obras, hubieran salido ayer o hacía doscientos años, al instante y con exactitud, el lugar de edición, el editor, el precio, nuevo y de viejo, y recordaba de cada libro también la encuadernación y las ilustraciones y los suplementos en facsímil. No olvidaba nunca un título, una cifra. Sabía en cada materia más que los expertos, dominaba las bibliotecas mejor que los bibliotecarios y conocía los almacenes de las casas editoriales mejor que sus dueños.

    Semejante portento de la memoria bibliófila se debía a su capacidad de concentración a la hora de leer cada libro. Eso sí, fuera de los libros, Mendel no sabía nada sobre el mundo. No leía las noticias y todo le era ajeno. Era, básicamente, un librero que vendía baratijas. Un baratillero que para el comercio ordenado de libros carecía de licencia ya que era una actividad poco rentable. Así, el dinero no tenía lugar en su mundo. Siempre vestía igual, con la misma chaqueta raída, comía lo justo y necesario, no fumaba, no jugaba, se podría decir que no vivía. Las personas no le interesaban. Vivía, pues, básicamente para los libros y para la vanidad: por la satisfacción y el placer de servir en bandeja a sus clientes la información y los libros buscados. Es más, poder tener en la mano un libro valioso significaba para él lo que para otros un encuentro con una mujer. Esos momentos eran sus noches platónicas.

    Estilo, filosofía e indagación psicológica de personajes y sociedades. Esos fueron los grandes rasgos distintivos de la obra de Zweig. En el caso de Mendel, treinta años sentado a la mesa cuadrada del salón de juegos del Café Gluck, se añaden los sentimientos de vergüenza e ingratitud del narrador por haberse olvidado --¡durante dos décadas!-- del viejo librero, la curiosidad por saber qué había sido de él después de tanto tiempo, la indignación al saber que casi todos los habían olvidado también --¿para qué vivir si el viento borra, tras nuestros pies, hasta la última huella que dejamos? ¡Ya nadie sabía en el Café Gluck nada de Jakob Mendel, el de los libros!, se lamenta-- y la incredulidad al conocer el final de la historia del librero, la cual no desvelaré aquí por no fastidiar la lectura a los futuros lectores del cuento. Y, como telón de fondo, como ha quedado dicho al inicio de la reseña, el horror de la Gran Guerra. La denuncia por parte del autor.

    El narrador hace referencia a la Gran Guerra y a todo lo que esta conllevó, calificándola como horror mental, escombrero de la humanidad o crimen contra la civilización de nuestra Europa enloquecida. También a lo que sucedió al finalizar la contienda, cuando el mundo no era ya el mundo. Ni Europa, ni Austria, ni Viena, ni el Café Gluck, ni Mendel. Sin embargo, algún atisbo de humanidad sí permaneció todavía. Como la señora Sporschill, la encargada de los lavabos del Café, por boca de quien el narrador nos hace llegar el final de la historia de Mendel antes de cerrar la narración así, totalmente avergonzado: la iletrada había permanecido fiel al librero; mientras que yo lo había olvidado durante años, justo yo que, sin embargo, debía de saber que los libros solo sirven para unir por encima del propio aliento a las personas y protegerlas así de la oposición inexorable a la que se enfrenta toda existencia: su naturaleza efímera y el olvido.         

    Zweig utilizó el tono desgarrado en Mendel, el de los libros para plantear magistralmente, por medio de una pequeña historia de un personaje modesto pero humano, el impactante golpe que significó para la vida y la cultura vienesa y europea la Gran Guerra. Pero, además, construyó una emocionante historia que homenajea al mundo de los libros y de los libreros. Y lo hizo tan solo una década antes de que esa Europa enloquecida saltara definitivamente por los aires en 1939. El trágico final del propio autor es de sobra conocido y no veo necesario hacer más referencia a ello. Pero nos queda toda su obra, la cual debe servirnos de ejemplo. De camino a seguir. Contra la locura. Una locura que amenaza de nuevo a todos los ciudadanos del mundo.             


 

viernes, 31 de enero de 2020

1917. Sam Mendes. 2019. Crítica





     Una buena historia contada por alguien que la sabe contar de verdad puede dar origen a un buen libro o a una buena película. Es el caso de 1917, la nueva película del director británico Sam Mendes --American beauty, Camino a la perdición y las dos últimas entregas de James Bond--, basada a su vez en un conjunto de anécdotas narradas por su abuelo paterno, Alfred Mendes, quien sirvió en el ejército británico en la Gran Guerra. Esas anécdotas sirvieron a Mendes para escribir el guión de esta cinta junto a Krysty Wilson-Cairns, guionista especializada en ciencia ficción y terror. Roger Deakins, director de fotografía de films como Blade runner 2049, Fargo o Una mente maravillosa, pone la magia en una película realmente espectacular.

     Acostumbrados a ver cómo se estrenan cada año varias películas sobre la Segunda Guerra Mundial resulta esperanzador observar de vez en cuando que se resucita a esa pequeña gran olvidada que es la Gran Guerra. Films inolvidables como Senderos de gloria (1957) --de Stanley Kubrick, protagonizada por Kirk Douglas--, El sargento York (1941) --con Gary Cooper--, Lawrence de Arabia (1962) --de David Lean, con la participación de Peter O´Toole y Omar Sharif--, Johnny cogió su fusil (1971) --de Dalton Trumbo-- o Gallipolli (1981) --con Mel Gibson-- ya nos introdujeron en el cruel mundo de esta primera conflagración mundial. En la actualidad, 1917 va un paso más allá y nos la hace vivir literalmente desde dentro.

     Sin duda, el gran artífice de sumergirnos de lleno en el paisaje y la acción del film es su director de fotografía, Roger Deakins, mediante la utilización del plano secuencia continuo. Esa técnica, que se convierte en diferentes pasajes de la película en verdadera magia, pura magia, hace que los espectadores acompañemos, en directo, a su lado, a los protagonistas de la historia a través de intrincadas trincheras, pueblos abandonados, ríos furiosos, bosques peligrosos y paisajes tan espectaculares como apocalípticos. Y es que los espectadores estamos en la guerra, junto a los soldados que han de cumplir una misión tan peligrosa como épica: entregar en mano una orden que debe salvar a mil seis cientos soldados de una muerte segura. Incluido el hermano de uno de ellos.

     Como los propios soldados, inocentes pero a la vez aterrados, asistimos a la guerra como paisaje desolado. Observamos, en primera persona, la destrucción en su máxima expresión. Si ya la imagen de Kirk Douglas nos impresionó en su recorrido por las trincheras de Senderos de gloria, 1917 nos golpea más y más si cabe. Y uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué se sentiría en tal situación si la película se hubiera grabado en tecnología 3D? Resulta complicado responder a esta interrogación. Aún así, estremece y acongoja, a la vez que maravilla, asistir al espectáculo, casi teatral, que supone ver este film. Porque si el cine es el séptimo arte, 1917 es la máxima expresión de ese arte. Una maravillosa obra de arte que todo el mundo debe ver en el cine.

     Es un lujo acompañar en su misión, una auténtica carrera contrarreloj en la que el movimiento es clave, pues si se detienen la misión quedará incumplida y se perderán las vidas de mil seis cientos hombres, a Schofield (George MacKay) --Resistencia, Orgullo, Captain Fantastic o El secreto de Marrowbone-- y Blake (Dean-Charles Chapman) --Juego de tronos, El pasajero, Blinded by the light o The king--. Atravesar el territorio enemigo nos pone a todos en peligro --sí, también a los espectadores, presos de la angustia y con el corazón a flor de piel en todo momento--, un peligro que debemos correr para defender valores tan importantes como el de la amistad, el del valor y el de la familia. Porque salvar al hermano de Blake y al resto de soldados es un objetivo ineludible.

     1917 es también un film antibelicista. Son varias las escenas en las que los protagonistas pueden matar fácilmente a soldados enemigos y no lo hacen. A no ser que su propia supervivencia esté en juego. A veces es matar o morir. En una escena incluso ponen sus vidas en juego por ayudar a un aviador alemán estrellado. Nada tan antibélico como eso. Para Schofield, el gran protagonista de la cinta, una medalla no tiene ningún valor. De hecho, él ha cambiado la suya por una botella de vino. En la guerra se viven pocos placeres. Y cuando se tiene ocasión de hacerlo, no hay que dudarlo un instante. Para el espectador resulta de igual manera: una película de guerra ofrece pocos respiros, así que debemos apreciar todo el arte desplegado por los encargados de traernos esta maravillosa cinta.

     La próxima semana se celebra la ceremonia de entrega de los Óscars 2020. Y 1917 es una de las grandes favoritas. Cuenta con diez nominaciones, ni más ni menos. Ya ganó los Globos de Oro a la mejor película y mejor dirección. Además, es candidata también como mejor fotografía, mejor guión original, mejor banda sonora original --para Thomas Newman, que ya trabajó con Mendes en las dos últimas entregas de James Bond, Camino a la perdición y American beauty--, mejor sonido, mejor edición de sonido, mejores efectos visuales, mejor maquillaje y peluquería y mejor diseño de producción. Como vemos, opta sobre todo a los premios que tienen que ver con cuestiones técnicas. Ningún actor ha sido nominado como candidato por su interpretación. Lo cual puede parecer injusto.

     En el caso de George MacKay, por ejemplo, participó en todas y cada una de las escenas. Incluidas las de riesgo. Al margen de contribuir a una mejor producción de la cinta, se involucró al cien por cien con la misión de su personaje. El tipo de rodaje, comentó en una entrevista, no dejaba mucho lugar a cambios. No hay muchas más opciones cuando una cámara no deja de seguirte. Así, el protagonista aceptó nadar en un río frío y con demasiadas corrientes y ser sepultado por completo por escombros resultantes de una explosión. No en vano, Ben Cooke, coordinador de las escenas de acción, reconoció que la involucración del actor y las horas y horas de ensayos para las escenas arriesgadas son la magia real de la película. O parte de ella, añadiría Deakins, supongo.

     Reciba más o menos premios en los Óscars, 1917 es la mejor película del año. Para mí, por lo menos. Un guión sencillo que nos habla de un acto heroico, absolutamente épico; valores como la amistad, la familia o el valor; una cámara que acompaña a los protagonistas en tiempo real, a cada paso que dan; una maravillosa fotografía, que es pura magia y nos acerca a las escenas hasta el punto de meternos de lleno en ellas; un sonido asombroso y ajustado a lo estrictamente necesario, sin más estridencias de las que al acción aconseja. Todos ellos, ingredientes para calificar este film como original y único en su género. Una delicia para la vista y los demás sentidos. Cine en estado puro (y duro).                     

        

viernes, 25 de marzo de 2016

Tengo en mí todos los sueños del mundo. Jorge Díaz. Plaza Janés. 2016. Reseña





     El 17 de febrero de 1916 --en plena Gran Guerra-- partió del puerto de Barcelona, rumbo a Buenos Aires, el más moderno, lujoso y seguro vapor de Europa, el Príncipe de Asturias. Debía llegar a Argentina unas tres semanas más tarde. Sin embargo, el denominado Titanic español --fabricado también en Inglaterra, poco después del hundimiento del conocido barco, y subsanando en teoría los defectos de fabricación del mismo-- se hundió misteriosamente en la costa de Santos (Brasil) en la madrugada del 4 al 5 de marzo, noche de carnaval. Coincidiendo con el primer centenario de su hundimiento, Jorge Díaz ha escrito una magnífica novela sobre la esperanza de conseguir hacer realidad los sueños.

     Basada en hechos reales, la novela recrea episodios poco conocidos y, no obstante, dramáticos de la situación europea del momento. En el vapor hundido viajaban toda clase de personas, de diversas nacionalidades, que buscaban cumplir en Buenos Aires toda clase de sueños. Curiosamente, su hundimiento cambió la suerte de los poco más de cien supervivientes. En algunas ocasiones, para mal; en otras, para bien (porque a veces la desgracia de unos significa la fortuna de otros). Pero no voy a desvelar aquí más de lo necesario. La cuestión es que Tengo en mí todos los sueños del mundo --título extraído de un poema de Fernando Pessoa que aparece al principio del libro-- es un título más que acertado en este caso.

     Es evidente que Alfonso XIII no pasó a la historia como uno de los mejores reyes de nuestro país. No obstante, no todas sus obras resultaron nefastas. Por ejemplo, puso en marcha la Oficina Pro-Cautivos. Tema, este, que ya noveló a la perfección este mismo autor en su anterior novela, Cartas a Palacio, y cuyos principales protagonistas (Blanca Alerces y Álvaro Giner) hacen aparición también en esta novela. La labor humanitaria del monarca aparece de nuevo aquí: hace posible que la naviera Pinillos, propietaria del vapor, y el capitán Lotina permitan el viaje de jóvenes desertores de los ejércitos europeos y de judíos que huían del horror de la Gran Guerra. Evidentemente, todos ellos viajaron de manera ilegal, escondidos en las bodegas.

     Es el caso de Giulio y otros cinco soldados italianos que buscan iniciar una nueva vida en el continente americano, lejos del terror y de la persecución. Y también de Sara y otras cuatro mujeres ucranianas --y judías-- que, hartas de los pogromos a los que someten a sus pueblos los cristianos, también buscan cambiar de aires. Sin embargo, no todos los viajeros huyen de algo o de alguien. Gabriela, una joven de Sóller, lo hace para encontrarse en Buenos Aires con su esposo, Nicolau, al que todavía no conoce en persona. Hecho que constituye otro de los dramas de la época: los matrimonios concertados entre jóvenes españolas y antiguos emigrados.

     Uno de los puntos centrales de la novela es el tráfico ilegal de mujeres destinadas a vender sus cuerpos en los burdeles latinoamericanos. Jorge Díaz denuncia sin tapujos algo tan real como miserable. Y es que los prostíbulos de Buenos Aires, dominados por la Varsovia, organización constituida por judíos emigrantes que deciden echarse a la vida fácil a costa de las más débiles, las mujeres de su misma condición, eran muy conocidos, incluso al otro lado del Atlántico. Algunos de los testimonios que recoge el autor en esta novela resultan descorazonadores y desgarradores.

     La novela expone minuciosamente los diferentes motivos de cada uno de los protagonistas de la misma para embarcarse en un viaje que resultó una trágica aventura. Al margen de lo ya reseñado, entre los demás viajeros debemos destacar la presencia de Gaspar Medina, periodista de El Noticiero de Madrid, cuyos artículos introducen cada uno de los doce capítulos de que consta la historia. Raquel Chinchilla, conocida cupletista de El japonés, se embarca para tratar de alcanzar en Argentina la fama y la fortuna que se le ha negado en Madrid. Además, Eduardo Sagarmín, emisario enviado por el rey, busca un respiro en su ajetreada vida y en un matrimonio que hace tiempo que naufragó.

     Los doce capítulos de la novela que completan sus 520 páginas están narrados a la manera acostumbrada por este afamado guionista --Hospital Central, Víctor Ros, Acacias 38, etc--, es decir, elevado ritmo narrativo; ideas telegráficas, sin descripciones que no vienen muy a cuento; pequeñas dosis informativas por parte del narrador o de cualquiera de sus personajes; lenguaje claro, conciso y directo; tratamiento minucioso de la psicología de los personajes --de los cuales cuesta despedirse cuando se finaliza la lectura-- y una documentación y un buen saber a la hora de exponerla que hace que se aprenda historia mientras se lee. En eso, creo yo, debe consistir la buena literatura: en entretener y hacer aprender.

     Dejo para el final al capitán Lotina. Para muchos fue el gran culpable del naufragio. Su obsesión por cumplir los horarios y llegar a sus destinos a la hora exacta quizá pudo estar detrás de la tragedia. Probablemente nunca lo sepamos. Pero me gustaría resaltar aquí --a tenor de lo leído en esta novela-- su profesionalidad, su buen hacer, su preocupación por los más mínimos detalles referentes a su trabajo y también su carácter, profundamente humano y familiar (léanse los fragmentos que narran su relación con Gabriela, Giulio, la camarera Paula, su esposa y su hija). Nadie es perfecto, pero él lo intentó. Y no es fácil llevar a bordo todos los sueños del mundo.

     En definitiva: creo que no me equivoco al afirmar que estamos ante la mejor novela de Jorge Díaz hasta la fecha. Y debo confesar que siempre estaré enamorado de su segunda novela, La justicia de los errantes. Tengo en mí todos los sueños del mundo es una novela histórica (basada en hechos reales), coral (compuesta por muchos personajes y diversas situaciones, más o menos dramáticas), magistralmente narrada (como excelente guionista que es), con unos personajes entrañables o despreciables (según los casos) y que llega directa al corazón. Porque, ¿qué mejor manera de llegar hasta él que tratar los sueños de las personas?     

         

jueves, 30 de abril de 2015

Demian. Hermann Hesse. Alianza Editorial. 1998. Reseña





     Hermann Hesse, Premio Nobel de Literatura en 1946, escribió Demian en 1917, a los cuarenta años de edad. La obra que nos ocupa es muy relevante en el mundo de la literatura por varios aspectos. El primero de ellos porque fue escrito en un momento de profunda crisis, tanto personal como social.  Al estallar la Gran Guerra Hesse se quiso alistar pero no pudo defender a su país debido a que fue declarado inútil por su ejército. A la impotencia de verse apartado de la batalla se le sumaron otros hechos si cabe más dramáticos para una persona que ya antes había sufrido instintos suicidas.

     Su escrito Amigos, dejemos nuestras disputas llamó a sus colegas alemanes a no caer en las polémicas nacionalistas. Sus conciudadanos no le entendieron y comenzaron a descalificarle y a llamarle traidor. Por primera vez en su vida se vio envuelto en trifulcas políticas, fue atacado por la prensa alemana y recibió amenazas anónimas y cartas de intelectuales que no le respaldaron. Todo ello provocó en él una crisis existencial mucho mayor de la hasta entonces habitual. Si a ello le sumamos la muerte de su padre, la grave enfermedad de su hijo y los brotes esquizofrénicos de su esposa es fácil entender que él mismo quedara al borde de la locura.

     Hubo de someterse a terapia psicoanalítica con un discípulo de Jung, a quien llegó también a conocer, y su vida y su obra dieron un giro bastante pronunciado, deslizándose más todavía hacia el simbolismo, el mundo de los sueños y el psicoanálisis. Esta introducción, extensa, es sin embargo absolutamente necesaria para tratar de entender la gran complejidad de la obra que tratamos. Porque Demian supuso un antes y un después no solo en la extensa obra de Hesse, sino en la literatura europea de la época.

     En Demian Hesse narra el proceso evolutivo de Emil Sinclair desde los diez hasta los veinte años de edad. Probablemente estemos ante la década más importante en la maduración de unos niños que se convierten en muchachos y acaso en hombres. El niño Sinclair distingue dos mundos opuestos: el bueno - la luz -,su casa, sus padres y sus hermanas; y el malo - la oscuridad -, la calle, el mundo, los demás. Y es que se siente solo, muy solo, y ve que no encaja con el resto de compañeros del colegio. Sus intentos por no quedar aislado le meten en el primer gran problema: Franz Kromer y sus chantajes económico-psicológicos. Y ahí es donde aparece su defensor, su guía, su hermano Max Demian. 

     De la relación entre Sinclair y Demian me quedo, ante todo, con la rigurosa crítica del sistema educativo y religioso alemán de la época tratada, coercitivo y excesivamente recto. Demian ayudará a su amigo a comenzar el peligroso pero necesario camino del auto conocimiento - nada le es más desagradable a un hombre que tomar el camino que conduce a sí mismo es la cita que abre el prólogo -. Hesse, con la conjunción de ideas del psicoanalista Jung, del demiurgo Abraxas y del escritor Novalis, pondrá a Sinclair en el camino del conocimiento de su propio Dios, de su propio ser como persona individual. Lo cual traerá el nacimiento de una nueva persona.

     También la influencia de Nietzsche es clara y evidente durante toda la obra. Ese pájaro que debe romper el cascarón (el mundo) para volar hacia Dios (Abraxas, que encarna el bien y el mal en un solo ser) es tomado de la idea de la construcción de un nuevo mundo emergido tras la destrucción del viejo. Además, el Dios tradicional debe morir para ser sustituido por Abraxas, el nuevo Dios del nuevo mundo. Estamos, por tanto, ante una obra de gran complejidad, tanto intelectual como formal.

     Y, sin embargo, Demian se lee prácticamente de tirón. Porque Hesse nos cuenta la historia en primera persona - muy probablemente Sinclair sea el propio autor en muchos de los pasajes: adolescente atormentado, polaridad, búsqueda de la realidad, sufrimiento, dolor, ideas suicidas, etc - y nos atrapa desde las primeras líneas. Sobre todo a quienes, por propia experiencia, tuvimos una adolescencia similar - salvando las distancias, claro - y comprendemos perfectamente la enorme capacidad de los niños para pensar, razonar, desesperarse y sentirse al borde del abismo. Y es que está claro: es de esos momentos de introspección, búsqueda, duda y ensayo y error de donde salen la personalidad y el carácter de las futuras personas adultas.

     La novela habla, además, de la necesidad de ser acompañados en la vida. Pese a la soledad que siente Emil Sinclair durante toda la acción de la misma, siempre tiene presentes las figuras de sus guías en ese camino del auto conocimiento y renacimiento personal: Demian, Pistorius (organista que le introduce en la figura de ese nuevo Dios llamado Abraxas) y Eva (madre de Demian). Ante cada paso a dar Sinclair piensa en ellos para auto afirmarse y tomar sus propias decisiones. De todo ello surgió también un nuevo Hesse, como persona y como escritor, y una nueva manera de hacer literatura. De ahí la suma importancia de esta obra en la Europa del período de entreguerras. Y, por cierto, no: ese nuevo mundo al que se refiere Hesse en Demian no tiene nada que ver con el ascenso y auge del nazismo. De hecho, el autor escribió en favor de los judíos y en contra de los secuaces de Hitler. E incluso sus obras dejaron de publicarse en su Alemania natal desde mediados de los años treinta.             

            

lunes, 23 de junio de 2014

Cartas a Palacio. Jorge Díaz. Plaza & Janés. 2014. Reseña





     Las casualidades no existen. Todo ocurre por alguna razón, por extraña que esta nos parezca en un principio. En plena Gran Guerra, una carta de una pequeña francesa pidiendo ayuda a Alfonso XIII para tratar de dar con su hermano, desaparecido en el frente, puso en marcha la primera gran misión humanitaria de la historia. El Borbón, conmocionado e impresionado por el trágico cariz que estaba tomando la contienda, decidió crear la Oficina Pro-Cautivos, que se ocupó de tratar de dar respuesta al aluvión de cartas que empezaron a recibirse en Palacio.

     Jorge Díaz rinde homenaje en Cartas a Palacio a algunas de las personas, desde funcionarios hasta voluntarios anónimos, que se ocuparon de reunir a familias destrozadas por la guerra, de procurar el buen trato de los prisioneros y hasta de confeccionar listas de intercambios de cautivos entre los bandos contendientes. La neutralidad española en el conflicto hizo posible la puesta en marcha de tan loable operación.

     La novela se inspira en hechos reales, aunque, como es lógico, en ella se mezclan realidad documentada y ficción. Y si hay alguien en nuestro país capaz de unir ambas partes con gran maestría ese es, sin duda, Jorge Díaz. Lo demostró en 2012 con La justicia de los errantes, novela que narra el viaje americano de los líderes anarquistas Durruti y Ascaso, la cual situé como la mejor leída por servidor en el pasado año, y lo ha vuelto a hacer con Cartas a Palacio.

     El tercer trabajo literario de Díaz - dejando de lado guiones de series televisivas tan conocidas como Hospital Central -, nos puede servir para conocer un poco mejor al último rey Borbón, Alfonso XIII. Pero también para adentrarnos en el Madrid de hace justo un siglo y el ambiente que allí se respiraba: los lujos monárquicos y aristocráticos frente a la decadencia de los arrabales, como el barrio de Las Injurias; la consolidación del movimiento anarquista; la confrontación entre germanófilos y aliadófilos; y las distintas actitudes de los ciudadanos ante una guerra lejana pero que, como en tantos casos, sirvió a muchos para hacer negocios a costa de las desgracias ajenas.

     Los personajes centrales de la trama están diseccionados al milímetro: desde el propio Alfonso XIII hasta el anarquista Manuel Campos, pasando por el médico militar y encargado de la Oficina Pro-Cautivos, Álvaro Giner, amigo personal del rey, y Blanca Alerces, joven aristócrata que deja plantado a su novio el día de la boda para tomar las riendas de su vida y no obedecer a los convencionalismos de la época. Así, el autor nos presenta a un monarca que, sin estar cerca de su pueblo, se conmueve ante la barbarie de una guerra injusta y decidida por cuatro generales con pocos escrúpulos. Odiado por muchos, entre ellos por el trabajador de la Oficina Manuel Campos, defenderá la neutralidad en el conflicto ante determinados sectores interesados en que España entrara en guerra para sacar mayor provecho todavía de la situación.

     El anarquista deberá decidir entre lo que está bien y lo que está mal. Pronto se distanciará de su círculo de amigos al comprender que el trabajo realizado en la Oficina Pro-Cautivos no debe ser interrumpida por nada ni por nadie. Aunque, para ello, haya de poner en riesgo su propia vida oponiéndose a las órdenes recibidas de parte de sus amigos. Álvaro Giner, amigo personal del rey, que se hace cargo de la Oficina casi sin querer, por designio del monarca, acabará trabajando casi sin descanso en una causa que entiende justa y necesaria.

     No obstante, la gran protagonista de la novela, ya desde la portada del libro, es Blanca Alerces. Pese a su juventud y a la oposición de su madre, se apoyará en su padre, un hombre adelantado a su tiempo, para comenzar a tomar decisiones trascendentales en su vida: trabajar, conducir, vivir su propia existencia en definitiva. Será el nexo de unión de casi todos los personajes de la trama, influyendo en cada uno de ellos y en la propia historia. Una mujer sin duda progresista y defensora a ultranza del papel de la mujer en la sociedad, aunque sin caer en excesivos radicalismos, que conocerá el amor y el desamor por igual en un mundo bullicioso incluso en temas sexuales. Una chica con las ideas muy claras y capaz de comprometerse con su trabajo en la Oficina con un sentido de la responsabilidad realmente digno de alabar. Sobre todo, en alguien de su posición social.

     En definitiva, nos encontramos ante una novela coral, con múltiples personajes y escenarios, que terminan por enlazarse de forma magistral, sin encorsetamientos incómodos, y construida y narrada con la maestría propia de un guionista de gran nivel. De hecho, en unos meses, en 2015 a más tardar, podremos ver su adaptación televisiva en forma de serie. El grupo Boomerang TV y la productora Portocabo ya trabajan en ella. La serie amenaza con ser todo un éxito. Puede que estemos ante la novela del año. Allá tú si no aceptas mi recomendación de leerla...


  


lunes, 17 de marzo de 2014

Quedaos en la trinchera y luego corred. John Boyne. Nube de tinta. 2013. Reseña





     Como ya ocurriera con El niño con el pijama de rayas (2006) el irlandés John Boyne vuelve a cautivarnos con una historia que mezcla los dos mayores poderes conocidos: el amor y el odio. Y lo hace mediante una historia sencilla, con un lenguaje llano y unos personajes que se convierten en entrañables según vamos conociéndolos al ir leyendo su historia. ¿Para qué cambiar una fórmula que convirtió en best-seller a aquella maravillosa obra contextualizada en la Segunda Guerra Mundial?

     En  Quedaos en la trinchera y luego corred Boyne nos vuelve a llevar a una época de guerra, en este caso la Gran Guerra, conocida por todos nosotros como la Primera Guerra Mundial. Una conflagración que conoció los primeros grandes horrores de destrucción en el pleno sentido de la palabra. Una época que en esta novela queda muy bien reflejada. Del contexto me quedo con cuatro aspectos a destacar. 

     El autor describe a la perfección el odio hacia el extranjero en el Londres de 1914-19. Tema magníficamente reflejado en las figuras del señor Janacek y su hija Kalena. El padre, nacido en Praga (en pleno Imperio Austro-húngaro), lleva muchos años afincado en la capital del Imperio británico; la hija, plenamente inglesa, nacida en la misma Londres. Ambos son conducidos a la isla de Man al poco de iniciarse el conflicto bélico.  

     También aparece en la novela el inicio de la lucha de las mujeres por alcanzar el derecho al voto. El movimiento sufragista europeo comenzó en la época retratada. En el libro se llega a observar el deseo de Kalena, la mejor amiga de Alfie (el gran protagonista, del cual hablaré a continuación), de llegar a ser algún día Primera Ministra. Nada más y nada menos.

     En torno al conflicto se desarrolló también el movimiento objetor de conciencia, es decir, el tomado por un sector de la población que no quería matar a un enemigo invisible al que ni siquiera conocía; el que pensaba que la violencia no era el mejor modo de resolver los problemas del momento. Joe Patience, el mejor amigo de Georgie Summerfield, el padre de Alfie, representa esta tendencia. El pobre Joe sufrirá la constante humillación de una población que entendía que el deber de todo hombre en edad y estado óptimos era defender a su bandera por encima de su propia ideología.

     Las enfermedades mentales como consecuencia de las atrocidades vividas por los jóvenes en el frente es otro aspecto que me gustaría destacar. Algo que se entendería mejor mucho más tarde, en guerras como la II Guerra Mundial, Vietnam, Corea o Irak, todavía no entraba en la cabeza de las gentes de hace un siglo. Para ellas, se trataba, más bien, de una excusa para no volver a la lucha y defender a su país. En definitiva, como un acto de cobardía y traición. Y todo ello, para desesperación de los doctores de la época, impotentes e incapaces de hacer ver a sus gobernantes y conciudadanos la magnitud de tales males, conocidos como neurosis de guerra.

     Como he dicho con anterioridad los personajes se nos hacen entrañables. Sobre todo Alfie y sus padres, Georgie y Margie. El pequeño recuerda su quinto cumpleaños, no celebrado al coincidir con el día de la declaración de guerra. Sin embargo, irá creciendo y tomando responsabilidades, incluso económicas, para ayudar a su madre a mantener la casa en que viven mientras Georgie está en el frente. Su historia de maduración acelerada y forzada conmueve al lector, repitiendo el patrón de El niño con el pijama de rayas. Su amor hacia sus progenitores es una de las bases de esta historia, sin duda. Y su trabajo como limpiabotas, que es duro y divertido a la par, le permitirá, por accidente, averiguar la verdad sobre la situación que vive su padre.

     Margie debe redoblar sus esfuerzos en todos los sentidos. Por un lado, trabaja como una mula para poder llevar adelante su casa (gracias también a la abuela Summerfield, su suegra) y a su hijo Alfie. Además, debe llevar oculta la realidad de la situación por el bien de su hijo: su papá está en una misión secreta y no puede volver ni escribirles por el momento. ¿Y Georgie? El padre de Alfie es un claro ejemplo de responsabilidad, tanto individual como colectiva. Antepone el bien común al personal y se alista como voluntario el primer día de la guerra. Su relación con su hijo constituye otro de los puntos álgidos de la novela.    

     Si bien el libro no emociona tanto como la obra anteriormente reseñada del mismo autor sí consigue conmover y conmocionar al lector. Sobre todo con un final repleto de sinceridad y amor. Uno de esos finales que te dejan con un nudo en el estómago y que te invitan a dejar caer alguna lágrima. Una novela, en definitiva, para disfrutarla hasta su última página...y más allá.