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lunes, 27 de abril de 2026

Coloquio de invierno. Luis Landero. Tusquets. 2026. Reseña

 




    En enero de 2021, justo después de las fiestas navideñas, la tormenta de nieve Filomena provocó el caos en buena parte de nuestro país. Se vieron afectadas las comunicaciones de todo tipo y mucha gente quedó aislada en pueblos, ciudades y barrios durante horas o días. Esta situación real ha sido aprovechada por Luis Landero para crear una serie de personajes ficticios e hilar una novela de relatos original, fresca, entretenida y reflexiva. Como suele ocurrir con todas sus novelas, dicho sea de paso. Coloquio de invierno nos sitúa en un hotel rural de un lugar indeterminado entre los días ocho y once de aquel extraño mes de enero de hace cinco años. Allí, se ven atrapados, sin cobertura ni conexiones, pero con víveres, los hosteleros, Jimena y Eladio, un militar, Víctor Marín, un periodista aspirante a escritor, Tomás Guerrero, un médico, Santos León, un profesor multi disciplinar, Martín Marcilla, un empleado de ferrocarriles ya jubilado, Ginés Orozco, una librera, Adela Pastor, y una profesora de Filosofía, Nuria Soler, compañera de Adela. Nueve personas diferentes que se ven obligadas a compartir experiencias. 

    Sin móviles ni conexión a internet, sin televisión y sin poder salir a un exterior que de repente se ha vuelto hostil, deben entretenerse de cualquier manera. Evocan tiempos antiguos en los que la gente vivía sin todas esas comodidades. Tiempos en los que esas personas se comunicaban y hablaban más que las de ahora. Y Santos, el médico, propone vencer el tedio contándose unos a otros historias, cosas que nos hayan pasado a nosotros, o que hayamos oído, o que nos inventemos. Algunos más entusiasmados que otros -varios de ellos creen que no tienen nada interesante que contar, pero los demás los convencen de que todos han vivido o escuchado situaciones que sí son dignas de ser contadas-, todos acceden al fin. Es así como comienza el relato de varias historias. Relatos que vienen acompañados de preguntas, interrupciones, acotaciones, correcciones y reflexiones y que, en definitiva, dan comienzo a un coloquio enriquecedor para todos. Porque quien narra se encuentra con puntos de vista diferentes al propio. Con visiones alternativas a las expuestas en un principio.

    Como consecuencia de ese rico coloquio los protagonistas se conocen mejor entre sí, e incluso a sí mismos. El hecho de no conocerse de nada y de saber que jamás volverán a verse en el futuro les hace abrirse a sus compañeros de alojamiento rural como no lo han hecho nunca antes en sus círculos más cercanos. Y esa es una de las paradojas de la novela: los personajes no se atacan entre sí tras escuchar las confesiones de los otros -algunas de las cuales pueden llegar hasta a escandalizar- sino que empatizan y tratan de ayudarse mutuamente. Lo cual recuerda a esas terapias en las que el terapeuta reúne en un lugar determinado y durante un fin de semana a pacientes suyos que no se conocen de nada para que interactúen entre ellos y expongan sus conflictos internos con la finalidad de que se ayuden unos a los otros. Porque el coloquio, más allá de un mero entretenimiento, se convierte también, con el paso de las horas y de los días, en una especie de terapia colectiva entre desconocidos.

    Y es que la mayoría de nosotros arrastramos traumas y hemos afrontado o afrontamos en la actualidad situaciones complicadas en nuestras vidas que nos quitan el sueño -y quien no las tenga o haya tenido, una de dos: o miente como un bellaco o debe prepararse, porque las tendrá antes o después-. Así, tanto la novela como los relatos que la forman tratan sobre temas tan problemáticos -por ambiguos- como el amor, la libertad, el sentimiento de culpa, los traumas de la niñez o de la adolescencia y esos momentos -mínimos aconteceres, grietas o fisuras- que de repente nos cambian la vida o provocan que nos la planteemos de manera diferente. Porque, ¿en qué consisten en realidad el amor o la libertad?, ¿de dónde viene nuestro sentido de culpabilidad?, ¿porqué el azar marca nuestro destino, muy a menudo, más incluso que nuestras decisiones?, ¿por qué algunos fenómenos nos traumatizan y otros, quizá más graves en apariencia, no? En efecto, Landero nos hace reflexionar sobre un gran número de temas.  

    Como reconoce Santos el último día del encierro forzado, hacia el final de la novela, sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor -muchas de ellas sí tratan sobre ello-, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante. El encuentro con una vieja maga, la pérdida de un mechero o la aparición de un perro, una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo... Esta es nuestra biografía, la historia de unos cuantos momentos de revelación, como los raptos de los místicos o la inspiración de los poetas. Y todas esas historias están narradas como una especie de homenaje a las Novelas ejemplares de Cervantes -por sus enredos amorosos y por su realismo-costumbrismo- o al Decamerón de Boccaccio -por la longitud de las historias y por la multiplicidad de sus narradores-.     

    A través de los relatos que narran los protagonistas de esta novela Landero expone algunos de los grandes misterios de la condición humana. Pocos escritores saben presentar y desentrañar dichos misterios como el de Alburquerque (Badajoz). En la España actual, quizá, solo él, Manuel Vilas, Fernando Aramburu, Jesús Carrasco o Víctor del Árbol son capaces de diseccionar las almas de sus protagonistas. Tanto que uno puede llegar a pensar de ellos que más que escritores son cirujanos de almas -haciendo bueno el título de la novela de otro Luis, Zueco-. Así, lo que se supone que es la libertad para Nuria, profesora de Filosofía, puede saltar por los aires tras escuchar el relato de Tomás, el periodista aspirante a escritor. Y es que casi todo depende del punto de vista desde el que se mire algo, en este caso, un concepto. Y nunca está de más recibir un punto de vista diferente al propio. Porque complementa el nuestro, reforzándolo, diversificándolo o incluso cambiándolo.

    Es probable que el tema que más controversia cree en nuestras vidas sea el del amor. Y casi todas las historias narradas en Coloquio de invierno nos hablan de él. De él y de su reverso: el odio. No en vano, según muchos, son los motores del mundo. Para bien, o para mal. También en esta novela el amor se nos presenta de muchas maneras: el platónico sin llegar a más, ni sexual ni relacional; el obsesivo, con sus altibajos y sus dudas; el incondicional, sin esperar nada más a cambio; el lúdico o de flirteo, sin desear en realidad llegar a más -por miedo a las ataduras o porque nos impida poder seguir jugando al juego de la seducción; el apasionado, con mucho sexo y lujuria; y el desamor e incluso el odio, con todo lo pernicioso que este implica. En fin, no podemos vivir sin amor. Sin amar y ser amados. Aunque hay quienes en lugar de amar a una persona deciden, en pleno uso de su libertad, amar a un perro o a cualquier otro animal de compañía. Que para eso la condición humana es muy rica y diversa.   

          


lunes, 17 de octubre de 2022

La familia. Sara Mesa. Anagrama. 2022. Reseña

 




    De la misma manera en que las aguas de un río siempre buscan su camino, por intrincado que este sea, para llegar al mar, llegando a causar en no pocas ocasiones grandes desastres, los miembros de una familia siempre consiguen desligarse de las ataduras de un padre manipulador e inquisitorial, por más que se vista de santurrón, para ser finalmente libres. Porque, como dice la autora madrileña Sara Mesa, los santurrones son muy peligrosos, por narcisistas y demagógicos. Y de ello nos habla en su última obra, La familia, recientemente publicada por Anagrama. Una sucesión de escenas desordenadas en el tiempo que recorre varias décadas de la vida de los miembros de una familia de clase media española de un tiempo pasado no fechado pero más o menos reconocible. Una familia compuesta por Padre, Madre, Martina, Rosa, Damián y Aquilino. Un núcleo en el que el padre pretende que no haya secretos. En el que, sin embargo, todos los tienen. Y, precisamente él, el primero.

    A poco que cada lector lo piense durante unos instantes, todos conocemos a uno o varios de esos santurrones --familiares, vecinos, conocidos-- que van de salvapatrias o de salvamundos y que no hacen más que desgraciar la vida --o, como mínimo, se la hacen más complicada-- de quienes los rodean. Especialmente, claro, sus propios familiares. Santurrón que, además, suele venir acompañado, como en la novela que nos ocupa, de una esposa dominada y frustrada que ve como, por triste añadidura, pinta poco o nada en el proceso de educación de unos hijos que solo pueden atenerse a lo que su padre les diga en cada situación. En La familia, ese Padre llega a obligar a una de sus hijas a tirar a la basura su diario personal. ¿La razón? Muy simple y a la vez compleja: que ese diario tiene candado y una sola llave. Y, como ha quedado ya señalado, en esta familia no hay secretos. Son nocivos. Se usan para tapar asuntos feos. Es mejor no tener nada que ocultar, ir con la cabeza bien alta y no esconderse.

    El talibanismo familiar de Padre llega al extremo de obligar a todos sus miembros a pasar la tarde juntos en la sala de estar, mínimo de seis a ocho, para ahorrar electricidad --los recursos son limitados y deben usarse con mesura-- y compartir tiempo y espacio. Y Martina, la última en llegar a la familia --es adoptada: quienes antes eran sus tíos y primos ahora son sus padres y hermanos--, y también la menos acostumbrada a ese tipo de cosas, se pregunta: si Padre era un abogado tan importante, con tanto trabajo como decía tener, ¿cómo es que no iba a la oficina por las tardes? ¿Por qué no tenían televisor, como todo el mundo? ¿Por qué no podían salir a jugar a la calle con los demás niños? Y, ¿qué consigue con todo ello Padre? Pues que todos, absolutamente todos, finjan ante él. Damián hacía como que estudiaba en lugar de leer tebeos, Rosa leía en lugar de jugar al fútbol, Madre cosía en lugar de rezar y Martina estudiaba ajedrez en lugar de escribir en su diario. Solo Padre y Aquilino, el menor, capaz de pasar horas y horas dibujando sin decir palabra, estaban en su salsa. 

    Una novela coral como esta solo puede funcionar si cada personaje está muy bien caracterizado. Y Sara Mesa lo consigue, manifestando de nuevo que es una gran retratista. Física y, sobre todo, psicológica y hasta social. Así, uno de los retratos básicos es el del matrimonio compuesto por Padre (Damián) y Madre (Laura). Máxime cuando Mesa trata el período de cuatro años --al que denomina Resistencia o Guerra-- en el que Laura trató de rebelarse ante su marido. Una rebelión que acabó con una claudicación definitiva que tendrá consecuencias para los hijos ya nacidos y los todavía por nacer. Discutían, gritaban, se habrían despedazado mutuamente si no estuviesen tan cansados de odiarse. Él la acusaba de ingrata, todo el día trabajando para ella, para el Proyecto --así es como él denomina a la familia--, y esa era su única manera de agradecerlo, la baba de la rabia cada tarde, al volver él a casa. Ella no respondía a sus acusaciones, se dedicaba a minarlo, a exasperarlo con todo aquello que lo sacaba de quicio, diciendo tacos y frases hechas y rezando el rosario, más que con fe, con resentimiento. 

    Quien mejor detecta las problemas familiares y, por tanto, mejor puede describir a sus miembros es alguien externo a ella. Un personaje que no conviva con ella habitualmente y que no esté influido de ningún modo. En La familia ese personaje es el tío Óscar. Notaba palpables diferencias entre el modo de actuar de los otros sobrinos y el de Martina, aunque entre los primeros también había variaciones. Damián, el mayor, era el más influenciable, siempre buscaba agradar y nunca lo conseguía, mientras que Rosa, a menudo enfurruñada, cabezota y hostil, solo quería que la dejaran en paz. Aquilino, el pequeño, era con diferencia el más gracioso y el más desvergonzado, también el más listo, había aprendido a moverse con soltura en aguas tan difíciles. Pese a todo, los tres estaban marcados por una profunda y remota ignorancia, por la carencia de un conocimiento cabal de la vida más allá de esos muros. Era increíble que ni siquiera el colegio les ofreciera suficiente contraste. Vamos, que a uno no le cuesta comparar lo que ocurre entre esos muros con la famosa caverna del mito de Platón.

    Al margen del tío Óscar, también nos sirven para conocer bien los entresijos de la familia personajes secundarios pero no desdeñables como las vecinas de arriba, Clara y su madre; Yolanda, la compañera de piso de Rosa; Mario, su vecino alcohólico; o Paqui, su antigua compañera universitaria. Cada uno de ellos nos muestran cosas diferentes o reafirman las ya expuestas. Con sus testimonios las piezas del puzzle familiar van encajando poco a poco. Los catorce capítulos de la novela nos desgranan pasajes, hechos, situaciones, conversaciones de distintas épocas y lugares. Todo ello para que nada quede sin explicar debidamente. Para mostrarnos una realidad que parecía haber estado sepultada ante tantos buenos propósitos y tantas buenas palabras. Como las que pronuncia Laura ante Óscar para esconder sus propias miserias: Damián dona parte de su sueldo a algunas causas. Es generoso con su dinero y también con su tiempo. Ha estado difundiendo la filosofía de Gandhi en los colegios, dando charlas por la tarde a los alumnos y los padres. Ha organizado colectas, seminarios... 

    Los hijos de Damián y Laura intuyen que algo ocurre entre su tío Óscar y sus padres. Sus visitas, que los niños deseaban en secreto, resultaban también duras y tensas. Por un lado, les parecía gracioso y ocurrente, por otro sabían que era un foco seguro de conflicto --con su conversación en teoría inocente, sus preguntas como dardos y sus comentarios excéntricos acorralaba a Padre sin pretenderlo--: cuando se marchaba, Padre y Madre discutían horas, días, semanas, y el tema era siempre él. Y eso que desconocen por completo todo lo ocurrido tras la muerte de la madre de Martina. El tío Óscar siempre había pensado que su hermana habría preferido que su hija se criara con ellos. Pero su cuñado Damián se las arregló para convencer a su esposa y a ellos mismos de que Martina estará mejor con los primos que sola, ...nosotros ya tenemos experiencia cuidando niños, ...yo estoy siempre en casa, pero vosotros viajáis continuamente, ...le hace falta una reeducación completa. 

    La familia es un paso más en la carrera de Sara Mesa. Un paso que confirma que la autora tiene ese algo necesario para desnudar los comportamientos humanos, detectar sus heridas de tiempo atrás, describir con pelos y señales las mochilas que todos llevamos a cuestas, y retratar todo lo bueno y lo malo (sobre todo lo malo) que conforma a cada ser humano y sus circunstancias. El resultado es una historia de aislamiento, soledad acompañada, opresión, desasosiego y hasta enfado del lector con todo cuanto acontece en las páginas de la novela. Una novela corta que se hace más corta todavía a medida que uno avanza hacia el final. Una historia que, salvando las distancias, le recuerda a servidor otras obras contemporáneas nacionales como La buena letra, de Rafael Chirbes, y Lluvia fina, de Luis Landero --ambas reseñadas en este mismo blog--, dado que gota a gota, suceso a suceso, palabra tras palabra se va llenando el interior de esa mochila cuyo peso cada vez se hace más y más insoportable.