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miércoles, 13 de octubre de 2021

Ganarle a Dios. Hanna Krall. Edhasa. 2008. Reseña

 


    



    La periodista, escritora y guionista Hanna Krall (1937) es, junto al también periodista Ryszard Kapuscinski, una de las principales renovadoras de la literatura testimonial polaca. Especialista en temas relacionados con el Holocausto --Polonia es un país donde todavía viven muchos de los testigos presenciales de los hechos acaecidos en aquella época negra--, Ganarle a Dios (1977) es su obra más conocida. Se trata de una entrevista con Marek Edelman, cardiólogo de renombre y último superviviente de la sublevación del gueto de Varsovia (1943). Prohibido en tiempos del comunismo, conoció veinticinco ediciones clandestinas y ha sido traducido a quince idiomas. Edhasa presentó en 2008 la edición que pretendo reseñar en estas líneas. Con tapa dura y letra grande, permite disfrutar y sufrir a la vez de un conjunto de reflexiones, recuerdos y pensamientos acerca de los terribles sucesos que el entrevistado hubo de vivir en primera persona durante la Segunda Guerra Mundial en Varsovia.


    Pese a su brevedad, apenas 120 páginas, nos ilumina sobre temas como el exterminio de los judíos del gueto de Varsovia, el modo de vida de estos en el interior de los cercados, la preparación de los sublevados, la ayuda externa en forma de dinero llegado desde el gobierno polaco en el exilio londinense --comandado por el general Sikorski-- para comprar armas en el mercado negro de la zona aria y los hechos sucedidos durante la sublevación de unos quinientos jóvenes valientes que, en su mayoría, dieron la vida para conseguir la dignidad perdida por parte de su pueblo a manos de los nazis. Del diálogo entre Hanna Krall y Marek Edelman afloran los recuerdos sobre los trenes de la muerte, los momentos encendidos en plena sublevación, el descubrimiento de los cadáveres de los otros cuatro lugartenientes de la ZOB --la Organización Judía de Combate, liderada por Mordejai Anilevich-- o la huida final a través de las alcantarillas, cuando el gueto estaba ya destruido y calcinado por completo. 


    La entrevista y el libro que la transcribe aborda también la vida de Edelman tras la guerra. Sus experiencias como cardiólogo son similares a las vividas durante la ocupación alemana. En ambas situaciones luchó por salvar vidas, primero en el gueto y después en el quirófano. Porque, para él, cuando uno conoce tan bien la muerte, se siente responsable de la vida. Y esa es una manera más de ganarle la carrera a Dios. Resulta grato saber que si algo sale bien es porque le has hecho una jugarreta. Dios quiere apagar la vela, y yo tengo que apresurarme a proteger la llama. Que arda al menos un poco más de lo que Él pretende. De estas afirmaciones proviene el título del libro. Un libro que reflexiona sobre el sentido de aquella resistencia armada condenada al fracaso ya desde su mismo inicio. Un canto a la dignidad que nos recuerda cuál es el verdadero sentido de la vida. Mantener la esperanza y la voluntad de supervivencia.


    El drama existe cuando puedes tomar alguna decisión, cuando algo depende de ti, y allí todo estaba decidido de antemano, reflexiona Edelman en un momento. A lo que, recuerda, respondió Mordejai Anilevich: vamos a la muerte, no hay retirada posible, moriremos por el honor, para la historia. Durante la parte final de las Aktions, entre el 22 de julio y el 8 de septiembre de 1942, los alemanes pedían voluntarios para ser trasladados a otros lugares de trabajo --en realidad, los trenes los llevarían a la muerte en Treblinka-- a cambio de tres kilos de pan y mermelada. Miles de personas acudían diariamente a la Umschlagplatz --plaza de transbordos-- por voluntad propia, como corderos al matadero. Y él lo vio con sus propios ojos, pues su labor en aquellos momentos era estar en la puerta de la plaza tratando de salvar la vida de las personas consideradas necesarias para poder llevar a buen término la sublevación.


    Edelman reflexiona sobre este hecho. Y lo tiene muy claro: es terrible ir con tanta tranquilidad a la muerte. Es mucho más duro que disparar. Morir disparando es tanto más fácil: nos era tanto más fácil morir a nosotros que al hombre que caminaba hacia el vagón, y después entraba allí y después cavaba su fosa y después se desnudaba... Como ya escribió en la obra También hubo amor en el gueto, reseñada hace un tiempo en este mismo blog, la gente se enamoraba. Estar con alguien en el gueto era la única forma posible de vivir. Uno se encerraba en algún lugar con otra persona y hasta la siguiente acción ya no estaba solo. Si por algún milagro uno se salvaba y seguía viviendo, tenía que pegarse a otro ser viviente. Y recuerda, además, que en el gueto también había prostitutas y proxenetas. Algo que tampoco debe sorprendernos. Porque, hasta en la desgracia, y especialmente en ella, la gente siempre busca algún consuelo al que agarrarse para seguir con vida.


    Un hecho que no conocen quienes no han investigado sobre el tema es la colaboración entre las policías alemana, polaca y judía a la hora de exterminar a la población del gueto. La policía judía, con tal de asegurarse su propia supervivencia y la de sus familias, trabajaba codo con codo con los enemigos de su pueblo. Y la ZOB condenó a muerte a varios de sus miembros. Como, por ejemplo, al comandante, Szerynski, y a su ayudante, Lejkin. También ejecutaban a quienes se negaran a dar dinero para comprar armas. Así, un total de diez cañones consiguieron meterse en el gueto. Un revólver podía llegar a costar en el mercado negro entre tres y quince mil zlotys (entre casi mil y cinco mil euros actuales). Y ocultar a un judío en la zona libre aria, entre dos y cinco mil zlotys (entre quinientos y mil quinientos euros). Huelga decir que reunir tal cantidad de dinero en tiempos tan convulsos como aquellos requería un gran esfuerzo por parte de todos los integrantes y/o simpatizantes de la ZOB.


    Uno de los capítulos más llamativos del relato es el del momento en el que los alemanes prendieron fuego al gueto. Los jóvenes sublevados y otros habitantes de las distintas zonas tuvieron que atravesar las llamas para poder escapar a otros lugares más seguros. Muchos murieron quemados, asfixiados, ametrallados. Otros corrieron por los tejados o por los refugios construidos bajo los sótanos. En un momento dado, cavaron una improvisada tumba para cinco personas. Como era primero de mayo, cantamos en voz baja sobre la tumba los primeros versos de La Internacional. ¿Lo creerás? Había que estar realmente mal de la cabeza. En efecto, las canciones, las poesías, los dibujos y los diferentes modos de confraternidad fueron básicos para seguir hacia adelante en un lucha perdida de antemano. En parte por ello, desde el exilio londinense se creó Zegota, el Consejo de Ayuda a los Judíos. Desde dicho Consejo se dio dinero para armas y se trazaron planes para salvar al máximo número de personas posible.


    La colaboración entre la ZOB, el Zegota, el AK --Ejército Polaco del Interior, la mayor organización clandestina de toda la Polonia ocupada-- y el AL --Ejército Popular-- resultó clave para minimizar la aniquilación de la población judía del país, principalmente en su capital, Varsovia. Y es que suele suceder que es en el peor de los escenarios posible donde la unión suele hacer la fuerza. Sobre todo, ante la existencia de un enemigo común cruel, despiadado y bárbaro que amenaza con acabar con todo un país. Ganarle a Dios es un claro ejemplo de dignidad, honor y valor. El valor de las vidas de unas personas que estaban condenadas a muerte simplemente por ser de otra raza, hablar otra lengua y profesar otra religión. Marek Edelman, como último superviviente de los dramáticos hechos ocurridos durante el Holocausto en Varsovia, tiene el derecho y el deber de dejar constancia de cuanto allí sucedió. Y los lectores debemos leer sus testimonios. Porque no conocer la Historia te obliga a repetir los errores del pasado...     
    

   

lunes, 22 de febrero de 2021

Conversaciones con un verdugo. Kazimierz Moczarski. Alba Editorial. 2008. Reseña

 




        Existen libros que, desde el principio, se convierten en auténticos testimonios históricos de gran valor documental, tanto para estudiosos del tema en cuestión como para simples curiosos. El presente volumen, editado por Alba en 2008, es uno de ellos. Tanto por el objeto de estudio, Jurgen Stroop --teniente general de las SS encargado de la liquidación del gueto de Varsovia tras vencer la heroica resistencia judía en 1943--, como por su autor, Kazimierz Moczarski --antiguo miembro de la resistencia polaca que en el pasado planeó un frustrado atentado para asesinar al temible SS--. ¿Cómo y cuándo se encontraron ambos? En la cárcel de Mokotow, en Varsovia, después de la Segunda Guerra Mundial, concretamente en 1949. ¿Por qué? Porque el SS estuvo recluido allí durante el juicio y hasta su muerte, ahorcado en un cadalso fabricado en el antiguo gueto judío, en 1952; y porque el resistente polaco fue condenado a diez años de prisión por los comunistas. ¿Coincidieron por casualidad? ¿Se hizo así a propósito? ¿Quizás para hacer de la existencia en la cárcel una experiencia mucho más desagradable para ambos?


    Sea como sea, el largo encierro en común permitió a Moczarski escuchar de primera mano muchas confesiones por parte del nazi. Algunas, verdades inconfesables; otras, mentiras y fanfarronadas. Con todo el material que consiguió una vez fue liberado y los recuerdos de muchas de esas conversaciones, compartidas con un tercer acompañante en el celda, el teniente Gustav Schielke, policía y archivero, Moczarski construyó un relato que ilustra a la perfección la maldad del régimen nacionalsocialista y la creencia y la fe ciega que en él tuvo muchísima gente. Demasiada. Entre ella, el propio Stroop. Conversaciones con un verdugo fue apareciendo en forma de serie en la revista Odra entre 1972 y 1974. Sin embargo, no apareció como libro hasta 1977, dos años después del fallecimiento de su autor (1975). Hubo que esperar hasta 1992 para poder leer una publicación del mismo sin ningún tipo de censura. Como el libro que Alba nos presentó en el referido 2008.      


    El texto está formado por 26 capítulos de diferente extensión --entre 5 y 30 páginas-- dedicados a momentos de la vida de Stroop. Desde su niñez en Detmold (Renania, 1895) hasta su ahorcamiento en Varsovia (1952). Desde su voluntariado en un batallón de infantería en el Ejército Alemán durante la Primera Guerra Mundial, en el que alcanzó el grado de sargento y fue condecorado con la Cruz de Hierro de Segunda Clase y con la Medalla de Herido (de tercera clase), hasta su crucial papel en la Segunda Guerra Mundial, cuando alcanzó el grado de teniente general de la SS y aplastó la resistencia judía del gueto de Varsovia --recibiendo por ello la Cruz de Hierro de Primera Clase-- antes de ser trasladado a Grecia y de regresar a Wiesbaden, donde permaneció hasta la derrota alemana en la contienda. En el período de entreguerras fue escalando en las infraestructuras nazis y subiendo de grado en el escalafón militar, llamando siempre la atención de Hitler, Himmler y Goering.


    Obviamente, tres cuartas partes del libro están dedicadas a las acciones de Stroop durante la Segunda Guerra Mundial. No en vano, fueron estas las que motivaron su doble condena a muerte -- primero en el juicio de Dachau, conducido por los estadounidenses, y después en el de Varsovia-- por ejecuciones ilegales de tropas aerotransportadas estadounidenses en Alemania, donde fue detenido en 1945 por el ejército de los EE. UU., y por asesinato, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Polonia. Tras todos estos crímenes subyace su lealtad inquebrantable al Tercer Reich y a sus líderes. Un ejemplo más sobre cómo la ideología nacionalsocialista caló de manera tan honda en gran parte de la ciudadanía germana en el período de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial. A través de las conversaciones con Moczarski, Stroop deja clara su creencia y su fe ciega en una victoria que no negó ni en los últimos días de la contienda, cuando la derrota estaba tan cercana que parecía ya imposible no verla.


    Los capítulos centrales tratan de la aniquilación del gueto judío de Varsovia, acaecido entre abril y mayo de 1943. En apenas un mes fueron aniquilados más de setenta mil judíos polacos y el barrio varsoviano que albergaba el gueto quedó convertido en un desierto plagado de escombros. El propio Stroop, que cumplió a la perfección las órdenes de Himmler, cuenta que quedó sorprendido ante las heroicas acciones judías durante aquellos veintiocho días de sublevación: eran personas muy decididas, temerarias, fuertes e ingeniosas. Sus refugios eran estupendos, con sus túneles, sus galerías, sus respiraderos, sus despensas, sus arsenales, sus letrinas y sus escondrijos, e incluso con laberintos para confundir al enemigo. ¡Y qué sistemas de ventilación y calefacción tan ingeniosos! En efecto, lo que hizo que la aniquilación del gueto tardara tanto en consumarse fue, al margen del hecho de que para los judíos era cuestión de vida o muerte, la construcción de una especie de ciudad subterránea bajo las calles del barrio. 


    Los que quedaban en el gueto eran los judíos más astutos y, además, se habían dotado de una organización militar y política, cuenta Stroop. Y es cierto. En 1942 se había creado la ZOB --Organización Militar Judía--, al mando de la cual estaba Mordejai Anilevich, que mantenía contactos tanto con los partisanos de los alrededores de la capital polaca como con el Armia Krajowa, el Ejército de Resistencia Polaco --también llamado Ejército del Interior--. Así, los resistentes contaban con algunas granadas, pistolas, fusiles ametralladores y cócteles molotov caseros. Las Aktions de Semana Santa de 1943 --del 19 al 25 de abril-- y de Pascua --del 26 de abril al 2 de mayo-- son narradas por el SS con todo lujo de detalles. Tanto que al lector le parece estar en medio de los lanzallamas y los tiroteos. Y es que estas largas conversaciones entre Moczarski y Stroop permiten entrar en la oscuridad de la mente nazi de una manera que muy pocos libros han conseguido jamás.


    A lo largo del libro, que rememora muchas de las conversaciones mantenidas por los reclusos durante los 255 días en que compartieron celda, resaltan numerosas confesiones. Sin duda, una de las más llamativas de las 467 páginas que lo componen es la que hace referencia al esclarecimiento de la muerte del Mariscal de Campo Günter von Kluge en agosto de 1944. Mientras toda la documentación conocida hasta el momento de la publicación del libro parece demostrar que el suicidio fue la causa de su muerte, Stroop asegura a Moczarski --y le da todos los detalles-- que fue él mismo quien acabó con la vida del Mariscal de un balazo en la cabeza. Cabe recordar que, aunque Kluge juró lealtad a Hitler hasta el último momento, Himmler se había encargado de levantar sospechas ante el Führer sobre la participación del Mariscal en el intento de asesinato del líder del Tercer Reich por parte de Stauffenberg y sus secuaces. 


    En las últimas líneas de Conversaciones con un verdugo, Moczarski justifica la obra de esta genial manera: muchos amigos y lectores me han preguntado a menudo si me arrepiento, cuando echo la vista atrás, del tiempo "perdido" en prisión. A quien le interese le puedo decir que "no". Porque no habría sido capaz de conocer la esencia de aspectos generales acerca de la naturaleza humana o del destino de mi pueblo. Además, la prisión, aunque muchas personas lo ignoran, te concede el privilegio de ver las cosas clara, sencilla y nítidamente. Este tipo de vida te enseña a seguir siendo fiel a tus "principios" y a no sucumbir a las "circunstancias" y a las argucias que pueden derivar en bellaquerías. Y, ante todo, no me arrepiento de los doscientos cincuenta y cinco días que pasé en la cárcel conversando con Jurgen Stroop y con Gustav Schielke. Toda una declaración de intereses acerca de una obra que los amantes del tema del nazismo y la Segunda Guerra Mundial disfrutarán, pues los introducirá en la mente del SS Stroop, para quien, al igual que para millones de alemanes de ese período, el puño, las armas y el fuego eran el único instrumento de persuasión posible.

                              

       

martes, 1 de diciembre de 2020

Un lugar llamado Antaño. Olga Tokarczuk. Anagrama. 2020. Reseña





    Publicada por vez primera en Polonia en 1996 y editada en España por Lumen en 2001, Anagrama reedita para nuestro país una de las obras de la Premio Nobel de Literatura de 2018 Olga Tokarczuk. Graduada en psicología por la Universidad de Varsovia y miembro del partido político Los Verdes --tanto la psicología como lo medioambiental juegan un papel importante en esta obra (la primera suya que he leído)--, la novelista, ensayista, poetisa y psicóloga polaca nos propone en Un lugar llamado Antaño un viaje por el siglo XX polaco. Por su historia, la de sus pobladores, la de sus pueblos y la de sus bosques y montañas. Porque el mundo rural es uno de los grandes protagonistas de esta novela, la cual podríamos calificar tanto como costumbrista como histórica-social. Una novela que nos adentra en un mundo de ficción lejano y desconocido pero que a la vez nos resulta inquietantemente familiar y cercano. Imaginar es en suma crear, es el puente que reconcilia a la materia con el espíritu. La imagen se transforma en una gota de materia y se incorpora a la corriente de la vida. Por eso, todos los deseos humanos se cumplen si son lo suficientemente fuertes. Aunque no siempre del todo, ni tal y como uno esperaba.  

    Antaño es un pueblo ficticio, imaginado por Tokarczuk, situado en pleno centro de Polonia. Un lugar situado en el centro del universo. Al menos, para sus moradores. Un microcosmos que parece tener delimitadas unas claras fronteras con un mundo exterior tan alejado como irreal y prácticamente inexistente. En Antaño conviven el mismísimo Dios --Polonia es uno de los países más católicos del mundo--, ángeles guardianes y almas en pena --estamos también ante una novela con un fuerte componente de realismo mágico--, ríos, peces, caballos, vacas, perros y todo tipo de árboles, plantas y vegetación --el medio ambiente, en suma--, invasores y combatientes de todo tipo de moral y formas de vivir --Polonia fue probablemente el país de Europa más devastado por las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, y no me refiero únicamente a la destrucción física sino también a la moral y psicológica-- y una serie de variopintos ciudadanos de los que nos ocupamos a continuación.

    La autora no pierde el tiempo en describirnos a los personajes con sus propias palabras. Lo hace a través de las obras de estos. Es decir, los personajes se describen a sí mismos por sus hechos, sus gestos y sus acciones. Obviamente, también por sus palabras. A lo largo de las doscientas cincuenta páginas de la novela desfilan ante nosotros multitud de hombres y mujeres y niños y niñas. Algunos solo aparecen en una escena. Otros nos llevan de la mano a ese Antaño que unos odian y algunos veneran. Porque el pueblo donde nacimos despierta en nosotros sentimientos contradictorios según los hechos que nos tocan vivir en él. Así, el mismo Antaño que es una prisión para muchos --por ejemplo, Ruta e Izydor, quienes anhelan conocer lugares más alejados-- se convierte en un paraíso terrenal para otros tantos. Como suele suceder en la vida misma. 

    La barbarie y la miseria protagonizan la historia de Polonia en el siglo XX. La Gran Guerra, la dura etapa de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración, el exterminio judío, la terrible posguerra y la posterior dominación soviética son episodios demasiado dramáticos de asimilar, y se sucedieron en apenas medio siglo. No es difícil imaginar que entre la mayoría de los personajes la locura --en todas sus múltiples formas-- campe a sus anchas. Así, Florentynka se entiende mejor con los perros que con las personas; Espiga abandona la prostitución para vivir sola en una cabaña en medio del bosque; el Hombre Malo se aparta también del mundanal ruido y se convierte en un animal más del bosque; el viejo Boski vive solo para arreglar el tejado del palacio del señor Popielski, del que apenas se baja nunca; y el señor Popielski pierde la cabeza y se dedica a jugar a un misterioso juego educativo para un jugador, ajeno a la colectivización soviética, que le va retirando todas sus posesiones.

    El bloque central de los personajes de la novela lo componen Genowefa y Michal y sus hijos Misia e Izydor. Michal sirve en el ejército soviético durante la Gran Guerra. Genowefa, que ha quedado encinta de Misia, deja de tener noticias de su marido y lo cree muerto. Se enamora de un joven judío. Pero Michal vuelve finalmente del frente, sano, salvo y convertido en padre. Luego llega Izydor, su segundo hijo, un chico retrasado que padece hidrocefalia y que se enamora perdidamente de Ruta, hija de Espiga. A Ruta, en plena Segunda Guerra Mundial, la violan sucesivamente soldados alemanes y soviéticos. Decide huir de Antaño para siempre. Claro que he cambiado. ¿Te extraña? El mundo es malo. Tú mismo lo has visto. ¿Qué Dios puede haber creado un mundo así? O Él mismo es malo o simplemente permite el mal. O bien todo se Le ha hecho un lío. E Izydor se queda solo y perdido. Su pasión por los sellos y las cartas lo introducen en un mundo en el que será feliz por un tiempo, aunque también lo pondrá en peligro al ser acusado de espionaje por los soviéticos. Su sueño de ir a Brasil y encontrar a Ruta se desvanece y pierde las ganas de vivir.    

    Un lugar llamado Antaño nos narra la historia de varias generaciones de lugareños. Todos ellos se mueven por las pasiones, las dudas, los anhelos --todas necesitamos niñas. Si nos pusiéramos de acuerdo en tener solo niñas, habría paz en el mundo, le dice la señora Szenbert a Genowefa-- y los miedos. Encontramos nacimientos, amores, desamores, amistad, traiciones, violencia, enfermedades, envejecimientos y muertes. El paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la imposibilidad de evitar esa muerte marcan también muchas de las páginas de la novela. Mientras es joven el ser humano se halla ocupado en su propio desarrollo, se esfuerza por progresar y ampliar sus horizontes. Después, cuando ya es un hombre hecho y derecho, le llega el momento de soñar o de algo todavía más grande. Alrededor de los cuarenta se produce una crisis. La juventud, con toda su intensidad, se cansa de su propia fuerza. Una noche o una mañana, el hombre cruza la frontera, alcanza la cima y da el primer paso hacia abajo, hacia la muerte. Entonces, surge la pregunta: ¿bajar orgulloso de cara a la oscuridad o volver la vista a lo que hubo, mantener las apariencias, fingir que no hay oscuridad alguna y que la luz de la habitación se ha apagado? 

    Las historias de cada uno de los personajes se entrelazan poco a poco hasta convertir el texto en una novela coral que describe una rica y variada temática impregnada de historia, psicología, medio ambiente, lecciones de vida (y muerte) y violencia. Además, Tokarczuk maneja a las mil maravillas el mundo de los contrastes: lo viejo y lo nuevo, lo femenino y lo masculino, lo bonito y lo feo, lo verosímil y lo mágico, la cordura y la locura, la vida y la muerte. Algo muy difícil de plasmar tan solo a través de hechos y pocas palabras. Pero Tokarczuk lo consigue en boca de Genowefa, cuando le dice a su amante Eli: Todo nos separa. Tu eres joven, yo soy vieja. Tú eres judío, yo soy polaca. Tú eres de Jeszkotle y yo de Antaño. Tú eres libre y yo estoy casada. Tú eres puro movimiento y yo ya estoy parada en este lugar. También en el pensamiento del joven Boski, quien estaba seguro de algo: del poder de la educación. La cultura y la educación estaban al alcance de todos. Claro que a otros les resultaba más fácil. Y no era justo. Pero, por otra parte, él también podía estudiar, aunque con mayor esfuerzo. Él debía ganarse la vida y, además, ayudar a sus padres.    

    Afirma Tokarczuk que sus influencias más firmes provienen de Carl Gustav Jung, padre de la psicología analítica; Edgar Alan Poe, cuyas historias fantásticas son mundialmente conocidas; y los escritores Thomas Mann --recordado por su profundo espíritu crítico del alma europea y alemana de la primera parte del siglo XX--, Antón Chéjov --miembro de la corriente más psicológica del realismo y el naturalismo-- y Nikolai Gógol --considerado el primer novelista ruso moderno--. Conociendo este hecho, no resulta extraño que el estilo narrativo de esta obra se desarrolle a modo de capítulos o relatos cortos que, a través de la cruda realidad o del realismo mágico o del mundo de los sueños, nos plantee dilemas morales y psicológicos que nos muevan internamente. Y es que una de las características de Un lugar llamado Antaño es precisamente que las historias, pese a parecernos lejanas en espacio y tiempo, nos atrapan por completo debido a su proximidad temática y humana.                                


lunes, 2 de septiembre de 2013

El pianista del gueto de Varsovia. Wladyslaw Szpilman. 2000. Turpial & Amaranto. Reseña





     En 1945, una vez liberada Varsovia, el pianista judeo-polaco Wladyslaw Szpilman escribió "Muerte de una ciudad", una autobiografía sobre su supervivencia en una ciudad muerta como consecuencia de la barbarie nazi durante los cinco años y cuatro meses que duró la ocupación. La obra fue publicada en 1946 por la editorial polaca Wiedza. Sin embargo, muy pronto, los comunistas no se sintieron satisfechos con la visión que de la guerra daba el pianista, por lo que fue prohibida su venta y reedición.
 
     Fue en 1998 cuando su hijo se decidió a publicar las memorias de su padre. El título se tradujo rápidamente al alemán, como "La milagrosa supervivencia", y al inglés, como "El pianista". En el año 2000 Turpial & Amaranto trajo esta desgarradora historia a España bajo el título "El pianista del gueto de Varsovia", la cual paso a reseñar a continuación.
 
     Estamos ante uno de los mejores testimonios de los hechos acaecidos en la Varsovia ocupada por los nazis durante la II Guerra Mundial. Un revelador documento, no sólo literario sino ante todo histórico, sobre la política germana respecto al pueblo judío polaco. Pese a centrarse en su propia historia personal el autor describe de forma fidedigna cómo vivió el pueblo judío el exterminio al que fue condenado por las huestes nacionalsocialistas: el encierro en el gueto, la escasa alimentación, las sucesivas vejaciones y humillaciones, los trenes de la muerte, los asesinatos, la inhumanidad.
 
     Especialmente angustioso es el capítulo en el que Szpilman describe cómo su familia (padres, hermanas y hermano) fueron obligados a subir a uno de los trenes con destino a Treblinka. Él, por suerte, pudo evitar el temido viaje cuando estaba ya en la umschlagplatz (plaza de embarque). Pudo esquivar la muerte en repetidas ocasiones a lo largo de la guerra, como si Dios no quisiera que pereciera en el concflicto.
 
     Su trabajo en la radio polaca, sus conciertos en los cafés Nowoczesna, Sztuka o Pod Fontana, sus actividades clandestinas y sus continuas fugas y cambios de escondite nos adentran en su lucha por la supervivencia a toda costa, pasando hambre, frío y soledad extrema cada uno de los días que duró la contienda. La angustia de vivir en una gran prisión al aire libre rodeada de muros coronados por alambres de espino llega a esfixiarnos como lectores, sin poder ni imaginar lo que significaba la vida en tan indignas condiciones.
 
     Otros aspectos a destacar en el libro de Szpilman son el contrabando, las enfermedades contagiosas, los muertos esparcidos por las calles, los cada vez más demoledores decretos alemanes, las polémicas decisiones del Consejo Judío (entre la espada y la pared al tener que obedecer órdenes alemanas a la vez que tratar de defender a sus hermanos), las historias individuales (como la de Janusz Korczak, conocido director de un orfanato del gueto), el odio hacia la policía judía (tan peligrosa o más incluso que la Gestapo y las SS), la extraordinaria rebelión del gueto (1943) o la sublevación de Varsovia (1944).             
 
     No obstante, si hay una palabra que, para mí, sobresale entre toda la maraña de descripciones, sensaciones y situaciones angustiosas aparecidas en este texto es la esperanza. La de que, pese a todo, siempre se debe confiar en la suerte y, sobre todo, en la bondad de las personas. Si algo queda demostrado en "El pianista del gueto de Varsovia" es que nunca hay que perder la esperanza en seguir con vida, en que alguien aparezca para salvarnos del naufragio justo antes de perecer ahogados en la inmensidad del mar.
 
     En efecto, nunca se sabe quien puede lanzarnos un flotador que nos mantenga a flote. En este caso, uno de los salvadores de Szpilman es, justamente, un capitán alemán, Wilm Hosenfeld, quien, pudiendo acabar con su vida prefirió procurarle un escondite má seguro y alimentos para mantenerle con vida hasta la entrada de las tropas soviéticas en Varsovia en enero de 1945. No fue el pianista, sin embargo, el primero en recibir ayuda de Hosenfeld. Magníficos comentarios del capitán nazi a modo de entradas de diario ilustran las últimas páginas de un libro que no puedo dejar de recomendar a quien lea esta reseña.
 
     En 2002 Roman Polanski llevó a la gran pantalla esta historia protagonizada por Adrien Brodi. No obstante, como suele suceder en el 99% de los casos, pese a la espectacularidad de la película, pienso que es mucho mejor leer de primera mano las palabras escritas por el propio protagonista de una historia. Una cosa es arte. La otra, la vida pura y dura. Y siempre vale la pena vivirla...y leerla.
 
  

lunes, 15 de abril de 2013

Historia de un Estado clandestino. Jan Karski. Acantilado. 2011. Reseña




     En 1944 Jan Koziolewski, más conocido por Jan Karski, el nombre que utilizó como miembro de la Resistencia polaca durante la II Guerra Mundial, escribió su historia, la de uno de los primeros hombres en anunciar y denunciar las atrocidades nazis en su Polonia natal. La obra fue rescatada en España por la Editorial Acantilado. Ahora, está disponible para todo el mundo lector a través de una nueva edición del Círculo de Lectores.
 
     Karski fue preso por los soviéticos y llevado a un campo de Siberia pocos días después de que los nazis primero y los propios soviéticos después invadieran Polonia. Merced al pacto Ribbentrop-Molotov, accedió a un intercambio de prisioneros con los alemanes. Su intención: huir a toda costa para poder regresar a Varsovia y unirse a la Resistencia. Lo consiguió. No obstante, los resistentes tenían para él un plan bien diferente: informar al gobierno en el exilio londinense del curso de los acontecimientos.
 
     Atravesó toda Europa para poder llegar a Inglaterra, donde informó al general Sikorski. De allí, saltó a los Estados Unidos, donde también se reunió con algunas de las máximas autoridades norteamericanas. No obstante, debido a sus estudios diplomáticos y a su experiencia anterior, se decidió que debía retornar a Varsovia para seguir informando mediante un complejo sistema de comunicaciones clandestinas.
 
     En su retorno a su país natal encontró una nación cuya situación había empeorado notablemente. Resultó herido varias veces y estuvo a punto de fallecer. Se involucró al máximo con los resistentes y se interesó por la complicada existencia judía. Cambió de identidad tantas veces y se refugió en tantos lugares tan diferentes que no recuerda todos sus nombres falsos ni los lugares de sus numerosos escondites.
 
     Trabajó elaborando prensa clandestina, publicando propaganda antialemana y tratando de animar a sus compañeros resistentes. No obstante, su tarea principal consistió siempre en tener lo mejor informado posible al gobierno polaco residente en Londres. En el libro desmenuza muchos de los métodos empleados por la Resistencia y los apoyos recibidos desde las islas británicas. El Estado clandestino funcionó de forma fantástica, no aceptando jamás el poder nazi sobre su país ni permitiendo a ningún ciudadano polaco connivir con los opresores. E, incluso, fomentando y ayudando a crear un Parlamento en Polonia y numerosas escuelas clandestinas que desafiaron a la Gestapo y a las SS. Fue el único caso en todo el continente en el que un gobierno nacional continuó con sus funciones, aunque fuera desde más allá de sus fronteras.
 
     Sin duda, estamos ante un documento de primer nivel para estudiar y comprender la mentalidad de unos ciudadanos polacos que defendieron a capa y espada un Estado que era "mantenido" desde miles de kilómetros de distancia y que era sostenido a través de una compleja red de informadores, conspiradores y agentes de enlace secretos que se jugaban la vida a cada minuto. Evidentemente, muchos de ellos perecieron en su intento. 
 
     Los grandes objetivos del Estado clandestino, y de su informador Jan Karski, entre muchos otros, fueron reconstituir la democracia en su país tras la guerra (aspecto no conseguido debido al poder comunista establecido una vez finalizada la contienda) y dar a conocer el exterminio judío por parte nazi. Karski visitó algunos campos de concentración, como el de Belzec, y el gueto de Varsovia. Se horrorizó con todo lo que allí pudo ver con sus propios ojos. Todo ello le sirvió para informar de primera mano a los gobiernos de Londres y Washington, donde fue recibido por el mismísimo presidente Roosevelt.
 
     Así, pudo dar testimonio ante el mundo del horror nazi en Polonia. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, no le creyeron. O, quizás, simplemente no quisieron creerle. La cuestión es que sus sobrecogedores relatos no sirvieron para que los aliados intervinieran en el asunto, permitiendo unas matanzas que se podrían haber evitado en caso de haber reaccionado con una mayor presteza.
 
     La obra de Karski es más que recomendable para todos aquellos interesados en conocer de cerca el funcionamiento del gobierno polaco en el exilio, del movimiento clandestino de la Resistencia polaca y, cómo no, la historia de un ser humano anónimo que trató de cambiar el rumbo de los acontecimientos contando, con pelos y señales, lo que estaba ocurriendo en su país bajo la ocupación alemana. Si bien no consiguió algunos de sus objetivos, su testimonio debe servir a la Humanidad como ejemplo de la importancia de una colaboración más cerrada entre todas y cada una de las naciones democráticas del mundo para preservar la justicia, la libertad y los derechos humanos. 

      

martes, 5 de junio de 2012

Mila 18. León Uris. 1961. Reseña


     Hace más de cincuenta años el autor de novelas históricas norteamericano León Uris escribió sobre las andanzas de los revolucionarios judíos del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi en plena II Guerra Mundial. Y lo hizo tras una notable labor de investigación y documentación histórica que le llevó a reflejar con total detalle todo lo acaecido en la barriada judía de la capital polaca entre agosto de 1939 y abril de 1943.

      Su gran capacidad novelística de ficción le movió a introducir personajes inventados en la sucesión de los hechos reales narrados con gran maestría periodística, algo habitual en todas sus obras. Así, quien nos cuenta la historia es Cris de Monti, un periodista de la agencia suiza de noticias que cubre la capital polaca. Otros personajes de ficción se mezclan con los reales, algunos de ellos "disfrazados" con nombres ficticios, aunque a los conocedores del tema no les costará demasiado reconocer a personajes como Antek Zukierman y Zivia Lubetkin (a quienes dedica el autor la obra aquí reseñada), Mordejai Anilevich y Marek Edelman, líderes del movimiento sublevacionista; Adam Cherniakov, presidente del Consejo Judío o Judenrat; Emanuel Ringelblum, historiador clave en la recogida de los Archivos Oneg Shabbat; o Heinz Auerswald, comisario alemán de Varsovia.

     A través de las anotaciones en su diario, Alexander Brandel (Emanuel Ringelblum) va contando todo lo ocurrido en el gueto y en el resto de Varsovia. Desde las acciones nazis hasta la paulatina aglutinación o unión de todos los movimientos clandestinos judíos, desde comunistas hasta derechistas pasando por los propios rabinos, en su lucha por defender la libertad y la dignidad de su comunidad. En efecto, los nazis, en su intento de acabar con el pueblo judío, conseguirán un efecto claramente contrario: la unión de todas las confesiones judías en una sola facción de lucha y resistencia.

     Desde el refugio de la calle Mila 18 Andrei Androfski (Mordejai Anilevich), Tolek Alterman (Antek Zukierman) y el resto de jóvenes van construyendo un improvisado ejército capaz de plantar cara a los nazis, sembrando la semilla de lo que acabará siendo, pocos años después, el ejército del Estado de Israel.

     León Uris también cuenta detalladamente el difícil papel jugado por el Cosejo Judío, con Paul Bronski (Adam Cherniakov) a la cabeza, y el paso de los nazis de un estado de euforia desatada a otro de rabia no disimulada ante las sucesivas proezas conseguidas por un "ejército" judío capaz de aguantar, y hasta de humillar, al más poderoso de los ejércitos de la época.

     Quizás, de todo lo narrado por el autor, podría pensarse que el declive nazi en la II Guerra Mundial no vino por las derrotas de Stalingrado, el Afrikan Korps de Rommel o la entrada en la contienda de EE. UU. sino por las consecuencias que tuvo en el resto del mundo el levantamiento judío de Varsovia, el cual demostró y mostró al mundo que el potente ejército alemán distaba mucho de ser invencible si se le atacaba con verdadera pasión y fe en la victoria. En ese sentido, la sublevación judía sería el ejemplo a seguir por el mundo occidental en su lucha contra el imperio hitleriano.

     Estamos, sin duda, ante una novela de valor eterno e incalculable, tanto desde el punto de vista histórico (pues narra con todo detalle la verdadera historia del levantamiento) como desde el novelesco (pues realiza una perfecta simbiosis entre los personajes reales, los inventados y los "disfrazados"). En ocasiones, hasta cuesta discernir si determinados hechos contados en esta novela son reales o ficticios.

     Una novela no recomendable sino obligatoria para los amantes de la historia que nos enseña que los judíos no fueron "como ovejas al matadero" y que destierra para siempre el falso mito de la cobardía judía (fruto de un aplastante aparato propagandístico nazi). Un libro sobre el amor, la valentía y la lucha por la supervivencia presente y futura de una comunidad condenada a muerte por la barbarie. Un ejemplo de que en las peores situaciones siempre cabe esperar la ayuda de una mano amiga. Un canto a la vida desde el más allá...


lunes, 14 de marzo de 2011

La madre de los niños del holocausto. Anna Mieszkowska. Reseña

     "La madre de los niños del holocausto" es la biografía de Irena Sendler, toda una heroína clandestina polaca y católica que arriesgó su vida por salvar a más de dos mil quinientos niños y niñas del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi de la capital polaca. La autora, Anna Mieszkowska, escritora, periodista y especialista en teatro, conoció la historia de esta mujer y se puso en contacto con ella para contar su historia al mundo. Una historia increíble, pero real como la vida misma, de una mujer que siempre estuvo acostumbrada a sufrir...



     Desde su infancia Irena sufrió mucho de salud, llegando a estar en varias ocasiones al borde de la muerte, lo que le hizo arrastrar durante toda su vida enormes jaquecas y dolores de cabeza a causa de una trepanación que se le hubo de hacer para salvarle la vida casi milagrosamente. A la edad de siete años perdió a su padre, médico de profesión y solidario de vocación. Murió infectado de tifus por un grupo de judíos a los que ningún otro médico quiso ayudar. Pese a estar con él solo siete años Irena vivió con su padre muchos momentos imborrables y siempre le tuvo como modelo de vida honrada, solidaria y honesta. Años más tarde, ella misma arriesgó su vida por volver a ayudar a la comunidad judía de Varsovia cuando casi nadie más quiso saber nada de lo que ocurría intramuros del gueto.

     Irena estudió Trabajo Social y realizó un curso de Enfermería. Pronto se puso a trabajar con los sectores más desfavorecidos de la capital polaca, entre ellos los judíos. Y en 1939 llegaron la invasión y posterior ocupación nazi y el intento de exterminio de la totalidad de judíos polacos y europeos. Irena y buena parte de sus compañeros se dieron cuenta de inmediato de que el gueto judío estaba condenado a ser aniquilado y arrimaron el hombro para ayudarles. Un día una madre desesperada le dijo a Irena que si quería ayudar a su hijo lo sacara del gueto. Desde ese momento se puso a idear el plan para sacar a la mayor cantidad de niños y niñas de allí.

     Irena se puso al mando de las operaciones por iniciativa propia. Se acordaba de las frases de su padre: "hay que estar siempre del lado del que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o su nacionalidad" o "ayudar a alguien cada día ha de ser una necesidad que salga del corazón". Él fue su gran inspiración sin duda alguna. 

     Irena estableció una extensa e intrincada red de colaboradores entre la gente de su confianza. Sacaban a los niños a la zona aria de mil y una maneras (por los alacantarillados, ocultos en ambulancias; a través del edificio de los Juzgados, que tenía entrada por los lados ario y judío; en coches de bomberos; en tranvías; etc) y los llevaban a puestos de emergencia, donde se les enseñaban costumbres polacas y católicas para que no levantaran las sospechas del resto de población. Se les proporcionaba identidades falsas mediante el uso de documentos de identificación falsificados y actas de nacimiento reales de niños polacos ya fallecidos, y se les llevaba a instituciones religiosas de todo el país o se les facilitaba la adopción por parte de familias católicas polacas. Los más mayores se unían a los partisanos ocultos en las montañas de los alrededores de Varsovia. 

     Las identidades antiguas y nuevas, las familias de procedencia y los lugares de destino de los niños eran anotados personalmente por Irena en una lista cuya existencia y lugar de escondite solo sabía ella por razones de seguridad. De esta lista dependía que en el futuro las familias pudieran reencontrarse. La responsabilidad era muy grande, por supuesto.

     En numerosas ocasiones, tanto nuestra protagonista como el resto de sus colaboradores, estuvieron a punto de ser descubiertos. En septiembre de 1943 alguien la delató y la Gestapo fue a su casa a por ella. La encerraron en la prisión de Pawiak, en el gueto, y la torturaron cruelmente, rompiéndole piernas y pies. Estuvo cerca de morir, pero no consiguieron que delatara a ninguno de sus compañeros. Años más tarde declaró que entendía perfectamente por qué una persona podía delatar a otra tras sufrir semejantes torturas. La Gestapo, al no conseguir sus propósitos, la condenó a muerte por fusilamiento. Estuvo en Pawiak más de tres meses.

     El día de su fusilamiento, cuando era conducida al lugar de ejecución, un soldado nazi sobornado por Zegota, una organización promovida por el gobierno en el exilio en Londres que sabía de la suma importancia de preservar a toda costa la vida de Sendler, la dejó escapar. Cansada y coja, se arrastró como pudo y se puso a salvo. Las listas de ejecuciones del día siguiente la daban por muerta. Sin embargo, la Gestapo supo lo ocurrido, acabó con el soldado y siguió buscando a Irena. Aún así, pudo estar con su madre en sus últimos momentos de vida. Sin embargo, no pudo asistir a su entierro, pues habría sido apresada de inmediato.

     Irena tomó una nueva identidad y siguió colaborando con los rebeldes hasta el fin de la guerra. Ella y su grupo salvaron la vida de más de dos mil quinientos niños judíos. La lista de Sendler sobrevivió y algunos de los niños pudieron reunirse con sus familias, las que todavía existían, al acabar la guerra. Hasta su muerte, en 2008, a la edad de 98 años, recibió visitas y cartas de muchos de los niños a los que salvó durante la guerra. Pese a su increíble gesta, Irena recordó siempre que "podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el último día de mi vida". Sin duda, todo un ejemplo de valentía, bondad, generosidad, entrega y enorme sencillez.

     Durante más de cuarenta años Irena siguió con su vida como si nada de lo anteriormente narrado hubiera ocurrido en realidad. Hasta que su caso fue dado a conocer y todo el mundo pudo saber la increíble hazaña de esta gran mujer polaca. Sin duda, su padre debe estar muy orgulloso de ella.

     "No se plantan semillas de comida. Se plantan semillas de bondades. Traten de hacer un círculo de bondades; éstas les rodearán y les harán crecer más y más". Irena Sendler.