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lunes, 30 de septiembre de 2024

Los incomprendidos. Pedro Simón. Espasa. 2022. Reseña


 



    Tras el enorme éxito alcanzado un año atrás con Los ingratos, Premio Primavera de Novela 2021, el escritor y periodista madrileño Pedro Simón publicó su tercera novela, Los incomprendidos, a finales de 2022. Como en su predecesora, el autor nos narra una historia que llega y emociona al lector. Porque, como reconoce Javier, uno de los personajes y narradores de esta novela -junto a su hija Inés y su hermana Clara, que aparece como narradora epilogar-, las mejores historias no son las que hablan de los otros en sitios lejanos, sino las que hablan de ti. Aquí mismo. Ahora. Y hacen que se te iluminen los ojos y quieras conocer el final. Y no le falta razón. Porque las historias cercanas y corrientes, las que les pueden ocurrir a cualquiera de nosotros, suelen resultar a menudo las más atractivas. Aunque solo sea por ofrecer una mayor verosimilitud y, por tanto, también una mayor posibilidad de repetirse en nuestras propias carnes.   

    De los catorce capítulos que componen la novela, Javier, el padre, nos narra siete. Por su parte, Inés, la hija, narra seis de los restantes, quedando el epílogo para Clara, hermana de Javier y tía de Inés. Las mochilas que todos llevamos a cuestas, la culpa con la que cargamos, la incomprensión que sentimos más a menudo de lo deseado, la incomunicación, la soledad y la falta de diálogo dentro del núcleo familiar y los silencios más incómodos que existen en todos los hogares son los pilares de la historia de esta familia. Una familia que debe sobrevivir a un drama conocido desde el inicio, la muerte del hijo menor, Roberto, y a otros desconocidos en un principio pero que se irán presentando ante nuestros ojos de manera que al final los huecos de esta historia se van rellenando y permiten al lector recomponer el puzzle familiar de forma progresiva, hasta que la última de sus piezas encaja y todo cobra sentido. 

    A veces, cuando voy por la calle y veo a un adolescente hacerle un gesto airado a su madre, o cuando observo en el autobús cómo un padre trata de conversar con su hija y esa hija calla, me pregunto quiénes son en realidad los incomprendidos, narra Javier en la parte final de la novela. Somos esa generación errática que entonces dejaba el mejor sitio de la mesa para el padre y que ahora se lo deja al hijo. Eso somos, afirma unas páginas antes haciendo alusión a la crisis de solidaridad, valores y respeto en la que vivimos actualmente. Desnortados, en suma. Inés, por su parte, nos cuenta que la adolescencia puede ser un infierno. Basta con el cielo de los otros. Es suficiente con que te los imagines más felices y más guapos que tú y sin el nudo que sientes dentro. Algo que se completa con otra frase muy significativa que viene a decir algo así como que la adolescencia es parirse a uno mismo a los dieciséis o a los dieciocho.  

    Javier trabaja en una pequeña editorial que busca con ansia publicar la novela negra revelación del año. Nos habla de la que cree que va a serlo. Nos cuenta su trama, su desarrollo y su final. Y, además, narra la historia de su hija Inés desde su nacimiento hasta la actualidad -algo que le aconseja Diana, la psicóloga familiar a la que acuden todos sus miembros tras la muerte de Roberto- en un simulacro de novela escrita por él mismo. En ese sentido, Los incomprendidos podría ser calificada, además de como novela familiar, como metaliteratura. Y es que esas otras novelas paralelas o periféricas a las que se ha aludido tienen también conexiones con la realidad narrada por la novela central. Son, por tanto, una especie de explicaciones o anexos a la trama central. Una forma de aportar mayor información de una manera original y diferente a lo acostumbrado. Aunque, obviamente, tampoco sea ninguna gran novedad literaria.  

    La historia del matrimonio formado por Celia y Javier es la de tantos otros. Pareja que desea tener un hijo, lo intenta y lo vuelve a intentar, ve que no puede, se hace pruebas, observa que no hay ningún problema que impida poder tenerlo, decide adoptar y, de repente, ocurre el embarazo. Así es como, en cuestión de meses, el matrimonio da la bienvenida a su hogar a un hijo recién nacido, Roberto, y a una hija algo mayor, Inés. Una hija que ya arrastra una pesada carga. Una pesada carga proveniente de su familia natural que se acrecienta tras la trágica muerte en accidente de tráfico de su hermano. Una tragedia que separa a los miembros supervivientes de la familia. Hasta que la situación roza lo insostenible. Cada uno de ellos se considera culpable de la muerte de Roberto. La terapeuta, Diana, no logra recomponer las grietas aparecidas en el seno familiar. Trata por separado a cada uno de ellos, sin lograr retornar a esa feliz unión anterior al drama. 

    Javier e Inés, Inés y Javier nos narran, capítulo a capítulo, la historia del drama. Familiar y personal. Ambos tratan de comprenderse y de hacerse comprender. Pero les cuesta. Inés se refugia en su tía Clara. Una mujer trabajadora, luchadora, soltera, libre, con parejas esporádicas y sin hijos, que se encarga de levantar a Inés cada vez que esta parece desmoronarse. Y está a punto de hacerlo en varias ocasiones. No es agradable sentirse como un explosivo, afirma la propia Inés, que completa con la sensación que tiene de que, tras la muerte de su hermano, ella es lo único que les queda a sus padres. Una gran responsabilidad para ella, otra carga y otra culpa más, puesto que no tiene claro si sabrá estar a la altura. Algo que constata definitivamente con una frase desgarradora: confirmé lo muchísimo que mis padres lo querían a él. Hasta muerto, tenía algo de celos. Y me daba asco a mí misma por sentirlos. Tía Clara me miraba y creo que me adivinaba los pensamientos. Yo solo pedía en silencio que me siguieran queriendo, a pesar de todo. Si no tanto como a él, parecido. 

    Esa idea, la de poder leer el pensamiento, se repite a lo largo de la novela. Por ambas partes, además. Pero, sobre todo, por parte de Javier. Quisiera saber qué piensa su hija. Para hacer las cosas mejor. Para hacerle la vida más fácil. Aunque conocer sus pensamientos podría acabar de hundirlo a él. Tía Clara, en cambio, sí parece ser capaz de leer el pensamiento de su sobrina. Y se convierte en su tabla de salvación: con ella deja de hacerse pipí en la cama, con ella aprende a nadar, con ella aprende a confiar en alguien. Clara, además, también es la voz de la conciencia de su hermano y de su cuñada. La tormenta que resuena en las cabezas de los adultos. El nexo de unión de una familia que amenaza con separarse de por vida. Una familia cuyo uno de sus miembros (Inés) se ve como un círculo rodeado de cuadrados y piensa en la muerte. Y Javier se siente impotente: no hay peor sensación de fracaso que ver cómo se te ahoga una hija. Porque un hijo también es eso que a veces te mata o querrías matar, pero que te da la vida. 

    Inés, por contra, nos dice que si de niña creces cuando ves llorar a una madre, supongo que siendo un adulto te haces un poco más viejo cada vez que ves llorar a tu hija. Y es que, dentro de la soledad, la incomunicación y el horror de vivir juntos pero parecer unos extraños, en las historias que nos narran los protagonistas de Los incomprendidos, como ya sucediera en Los ingratos, también tienen cabida la esperanza y la ilusión. La ilusión de que los problemas siempre se pueden superar. Porque solo la muerte no tiene solución. Y hasta la muerte misma también puede acercar a quienes sobreviven a la tragedia. Aunque para ello hayan de viajar a lo más recóndito de sus almas. Aunque para ello hayan de mirarse en el espejo y decirse a la cara -en este caso, escribir sobre un papel- quiénes son y quiénes quieren ser a partir de ahora.            

    

martes, 28 de mayo de 2024

El niño. Fernando Aramburu. Tusquets. 2024. Reseña

 




    El 23 de octubre de 1980 una explosión de gas propano mató a cincuenta niños y tres adultos en el colegio público de Ortuella, Vizcaya. Una tragedia que conmocionó a España durante unos días, al País Vasco durante semanas y al referido pueblo durante meses e incluso años -en los casos más directamente implicados en el terrible suceso-. Más allá del drama que cualquiera de nosotros pueda ser capaz de imaginar resulta imposible hacerse una idea exacta de lo que cada una de las familias hubo de soportar, y aún a día de hoy soporta, tras la serie de fatales hechos que desencadenaron el accidente, las muertes en el acto y las subsiguientes a través del tiempo. Fernando Aramburu, acostumbrado a tratar temas vascos en sus novelas -Los peces de la amargura, Años lentos, Patria o Hijos de la fábula-, decidió documentarse y hablar con varias de las familias. Finalmente, uniendo la realidad extraída de multitud de entrevistas y conversaciones y su capacidad para relatar cualquier tipo de hecho más o menos cotidiano, escribió El niño, novela que Tusquets publicó el pasado mes de abril.

    Para preservar la intimidad de las personas que aparecen en las páginas de su novela tomó la decisión de cambiar los nombres reales por otros ficticios, así como algunas de las localizaciones de la misma. Así pues, el Nuco, Nicasio, Mariaje y José Miguel, personajes principales de la acción, existieron en realidad, aunque con distintos nombres, profesiones y lugares de residencia -siempre, eso sí, dentro del municipio de Ortuella-. Municipio que, junto a sus pobladores de la época, se convierte también en personaje de la misma. La gran originalidad de El niño es que también incorpora como personajes al autor -el Fernando Aramburu de 2024- y al propio texto, que nos explica diferentes pasajes de la trama a modo de pequeños capítulos aclaratorios que aparecen reflejados en cursiva. Fragmentos breves que, como se indica al comienzo de la obra, aportan datos valiosos sobre los personajes y sus circunstancias y que contribuyen a introducir remansos de sosiego reflexivo en una historia que se mueve con frecuencia en los bordes de la intensidad. 

    La novela cuenta el drama en todas sus posibles extensiones. A nivel poblacional en su conjunto, a nivel familiar y a nivel personal. Eso sí, se centra en una familia en concreto, la formada por Mariaje y José Miguel, padres de el Nuco, uno de los niños fallecidos en la explosión, y Nicasio, su abuelo materno, uña y carne del niño durante sus seis años de vida. Puede uno imaginar que tras una desgracia como la vivida en Ortuella en 1980 cada persona -o personaje- puede reaccionar de maneras bien diferenciadas. Lo que es complicado de alcanzar es lo que con tanto detallismo se nos muestra en esta novela: una disección psicológica de cada uno de ellos labrada con una precisión que deja al lector atónito. Y conmocionado. Porque, aunque los capítulos de la explosión y sus momentos inmediatamente posteriores ya muestran con pelos y señales -aunque sin un ápice de morbo ni de recreaciones obscenas, que quedarían fuera de lugar- el nerviosismo, la negación, el miedo y las reacciones de cada uno de los personajes, lo que de verdad importa en la acción es lo que pasó después.

    Y es que, aunque en ocasiones resulte un hecho insoportable, la vida no se detiene. Sigue. Y ello significa que se debe convivir con la tragedia. Y, lo que es peor, con las ausencias derivadas de la misma. Y ahí es donde pone su acento Aramburu en esta novela: en las diferentes formas de afrontar -o no, porque no afrontar algo es en sí mismo ya una forma de afrontarlo- una vida que ya nunca será la misma. En efecto, cada uno de los personajes lo lleva como puede. Y actúa como actúa. Y, dentro del sufrimiento -porque todos sufren a rabiar la ausencia de el Nuco-, cada uno vive la vida que quiere -o que puede- y trata de buscar su nueva manera de estar en el mundo. Porque Nicasio ha dejado de ser abuelo. Mariaje ha dejado de ser madre. Y José Miguel ha dejado de ser padre. Pero deben seguir siendo padre, hija, esposa y marido. Y deben apoyarse los unos en los otros para seguir siendo una familia. Una familia que, aunque rota, debe seguir unida. Y, a ser posible, por algo más que por la desgracia.  

    Nicasio camina cada jueves -porque la tragedia ocurrió un jueves-, y algún que otro día más, hasta el cementerio municipal para ver a el Nuco. Pasa un rato con él, limpia el cristal que protege su lápida y le cuenta cosas sobre ellos, sus padres o el Athletic de Bilbao. Para poder seguir viviendo, aunque no está loco ni trastornado, se ha hecho a la idea de que su nieto continúa con él. Se lo imagina cogido de su mano cuando camina por el pueblo, lo acompaña al colegio cada mañana y hasta se lleva a su casa los muebles de su habitación, la cual recrea de forma casi idéntica a la original. Una habitación que Mariaje y José Miguel deciden desinstalar porque no se ven capaces de verla vacía cada día. Nicasio pasa horas sentado junto a la cama de su nieto, hablándole y velando su sueño. Es consciente de que ha muerto, pero no quiere separarse de él ni de sus recuerdos. Todo lo contrario que José Miguel, quien solo conserva algunas fotos de su hijo, pero se deshace de todo lo demás. Se hace a la idea de que nunca ha existido y trata de convencer a Mariaje para tener otro hijo y empezar así desde cero.

    Mariaje es, junto al propio texto de la novela -el que aparece en cursiva, como ha quedado dicho ya más arriba-, la única que cuenta su historia en primera persona. La única que tiene, pues, voz propia. Lo cual tiene una explicación muy importante para el desarrollo y fin de la obra. Algo que, por motivos obvios, no explicaré en la presente reseña. Además, guarda también un gran secreto. Un secreto que se prometió guardar hasta la tumba y que mantiene en vilo al lector durante un buen puñado de páginas. Un secreto a pesar del cual ha seguido viviendo durante los últimos años. En efecto, Mariaje es el personaje más fuerte, de mayor carácter, de todos los de la novela. Por eso, a pesar de los pesares, trata de reconducir su vida. Una vida sin hijo. Pero con padre, marido y un anhelo: vivir. Que la terrible ausencia de su hijo no la aparte de la vida. Es peluquera. Y vuelve a ejercer después unos años de inactividad. No se excusa en la mala suerte, como su marido, sino que quiere seguir viviendo. Porque vida solo hay una.                

    La Mariaje real, de la cual desconocemos su identidad, es quien contó su historia personal y familiar a un Aramburu que dio forma a una novela que por momentos emociona, conmociona y hasta inquieta. El autor hubo de llegar a una serie de acuerdos con ella. Básicamente, por mantener protegida su privacidad, la actual y también la pasada, pero también por no desvelar públicamente los secretos familiares del resto de los protagonistas de la historia. Incluido ese gran secreto aludido en el anterior párrafo. La omisión por parte del autor de una determinada cantidad de hechos reales y su sustitución por otros ficticios no resta en absoluto verosimilitud a la historia narrada. Simplemente enmascara datos, señales, evidencias que podrían ayudar a algún lector ocioso y/o morboso a investigar sobre las identidades de los diferentes personajes. Unos personajes que también sustituyen a las personas reales que vivieron en Ortuella en 1980.

    Fernando Aramburu ha escrito otra gran novela. Otro magnífico capítulo de su saga sobre Gentes vascas. Una novela en la que a partir de hechos devastadores y lacerantes sus protagonistas verán cambiar sus vidas para siempre. Y el autor nos muestra, con gran singularidad y originalidad, aspectos inesperados de cada uno de ellos. Nos los abre en canal de forma milimétrica gracias a su peculiar bisturí literario-psicológico para enseñarnos qué encierran sus cerebros devastados, cómo laten sus corazones heridos, cómo afrontan el drama familiar y personal y cuál será el destino de cada uno de ellos. Es obvio que la realidad siempre supera a la ficción. Pero cuando la ficción bebe directamente de la realidad el resultado puede ser igualmente veraz, desgarrador y dibujante de una obra de arte en forma de un extraordinario friso. Sobre todo si sale de la mente y de las manos de un genio literario de la talla de Aramburu, uno de los grandes de nuestra literatura junto a Landero, Vilas, Carrasco, Trueba o Del Árbol.     

        

lunes, 20 de noviembre de 2023

Un amor. Sara Mesa. Anagrama. 2020. Reseña

 




    En septiembre de 2020, durante los últimos coletazos de aquel extraño verano pandémico de aislamiento, soledad y nueva realidad, vio la la luz Un amor, la novela de la escritora madrileña Sara Mesa. Una historia que, desde la misma portada --la ilustración Chica buscando, de Gertrude Abercrombie, 1945--, nos muestra la imagen de una mujer errante y meditabunda en un mundo solitario, raquítico y casi desértico. En la novela, esa chica se llama Natalia, aunque se hace llamar Nat. Y ese mundo solitario es La Escapa, un pequeño núcleo rural dependiente de Petacas al que la mujer, joven e inexperta traductora, acaba de mudarse huyendo de una ciudad no menos agobiante para ella. Una mujer que robó algo en su anterior trabajo y que, tras ser pillada y perdonada, no pudo aguantar la vergüenza y acabó prefiriendo irse de allí y buscar un lugar tranquilo y barato en el que seguir con su vida. Una vida llena de dudas, inseguridades, obsesiones y una especie de auto boicot.

    Así, llega a La Escapa, donde el imponente monte El Glauco se acabará convirtiendo en el único sitio en el que oxigenarse en un lugar que acabará oprimiendo y confundiendo más todavía a una joven que terminará por enfrentarse no solo al entorno y a sus vecinos --su abominable casero, Píter el hippie, Andreas el alemán, la chica de la tienda, la joven familia que llega cada fin de semana y Joaquín y la vieja demente Roberta, antigua maestra de la escuela de Petacas--, sino también a sus propios fantasmas y fracasos. Y es que la aparente normalidad con la que todos la acogen en un principio va dejando paso a la incomprensión y la extrañeza --en este caso, mutua--, lo cual situará a Nat en una situación muy complicada, repleta de silencios, equívocos, tabús, prejuicios y transgresiones. En definitiva, a una exclusión e indefensión que llegará a amenazar la propia estabilidad emocional y psíquica de una protagonista que ya había llegado allí tocada. Y, como sus nuevos vecinos, con bastantes prejuicios.

    Estáis hablando en lenguajes diferentes, le dice Píter a Nat en un momento de la historia. Y esa frase, que podría pasar más o menos desapercibida para la mayoría de los lectores es, para mí, la clave de la historia. Porque Un amor aborda un tema complicado de explicar, pero que hace referencia al uso del lenguaje no como forma de comunicación, sino de aislamiento, de soledad y de diferencia. Es cierto: los protagonistas de la historia hablan la misma lengua, pero con un lenguaje que los separa mucho más que los une. Como si fuera posible entenderse pero imposible comprenderse. Un lenguaje que no une sino que separa. Que hace del diferente un enemigo, un transgresor. Y es que los protagonistas acaban por no aceptar la forma de vida de Nat. Pero ella tampoco se integra en un lugar que desde el principio, antes de que haya ocurrido nada significativo, ve como algo peligroso, hostil, diferente. Y, claro, el ambiente se constituye en algo agobiante, lento, opresivo, obsesivo. 

    Nat es una chica muy contradictoria en sí misma. Y se equivoca al elegir La Escapa como su lugar de reconstrucción. Porque allí no encuentra un sitio idílico sino el escenario de una especie de tragedia griega que desde muy pronto se sabe que no va a acabar bien. Algo que queda claro desde la escena en la que el casero, un hombre desaliñado, malhablado, peor mirado --siempre luciendo una especie de sonrisa irónica malencarada--, antipático y machista hasta la médula, la recibe en su nuevo hogar de alquiler y le regala como bienvenida un perro maltratado, al que pone de nombre Sieso, que, víctima de su pasado, huye de ella, se esconde y no hace caso ni de la comida que le pone. Un perro que, como Píter le anticipa a Nat, le va a traer más problemas que satisfacciones. Píter, vidriero de profesión, se erige desde pronto como su defensor y su protector en la comunidad, Al resto, Nat los ve así: ruidosos y desordenados, se parecen extrañamente entre sí.       

    De forma sorpresiva y original, la relación amorosa de Nat que se anticipa ya desde el mismo título de la novela no se da con Píter el hippie --pese a que su cuerpo es atractivo y firme, su robustez resulta indudablemente erótica, es encantador, buen vecino, sabe de libros, música y películas, todo lo que se presupone interesante..., está sorprendida, incluso decepcionada. ¿No iba él a besarla, o a intentar besarla? ¿No trataría de llevársela a la cama? ¿No es lo previsible, lo que se espera de un hombre?--, sino con Andreas el alemán. Y solo es posible debido al estado emocional que atraviesa la protagonista. Porque el 99,9 por ciento de las mujeres se indignarían y no querrían volver a saber nada, nunca más, de un hombre que se ofrece a arreglar las goteras de su casa a cambio de que le deje entrar en ella un rato. Se lo dice así: No eres prostituta, no quiero que pienses que te tomo por tal. Te tumbas y acabo pronto. Solo eso. Hace mucho que no he estado con una mujer. Mi cuerpo lo necesita. Pensé que podría pedírtelo.            

    Sin embargo, y contra todo pronóstico, Nat acepta el intercambio y se deja hacer por Andreas el alemán. Había demostrado sensibilidad. Una delicadeza que no hubiese imaginado en él, con su aspecto rudo y no precisamente sofisticado. Trató de no hacerle daño, yendo despacio. Al recordarlo, todavía siente el calor entre sus piernas, un calor mucho más mental que físico... Y, a partir de entonces, repite cada noche. Nat, la distante, impasible, la brusca Nat, se ha transformado en un ser hambriento. Tanto que tiene que refrenarse para no ir a verlo a todas horas y para no quedarse a dormir por las noches. Y entre ellos comienza una nueva historia. Una historia de sexo, placer, pasión y amor, pero también de dependencia, inseguridad, dudas y desconfianza por parte de ella. Todo ello mientras el resto de vecinos --excepto Píter-- se escandalizan por el tipo de vida de la joven, le hacen el vacío y el ambiente se va enrareciendo cada vez más.

    Y, de nuevo, el carácter de Nat, los fantasmas de su pasado, sus inseguridades, la llevan hacia el precipicio. Entre todas las interpretaciones posibles, siempre escoge la peor. Ni siquiera cuando se convence de que sus ideas carecen de sentido está a salvo. Cualquier variación, cualquier matiz que no hubiese previsto, consigue que se tambalee. Los celos, ese monstruo de ojos verdes, se cuelan hasta en la cama, con su lengua picuda y sus muecas obscenas, inspeccionándolos a ambos para devorarlos, corrompiendo el sentido de sus movimientos, tiñéndolos de suciedad y recelo. ¿Por qué Andreas cierra los ojos cuando está con ella? ¿Es porque piensa en otra? ¿Porque recuerda a su joven exmujer? Su desazón no es ya con Andreas, sino con todo el mundo. Así, en el mercado, observa mujeres charlatanas, tenderos deslenguados, niños astutos y tramposos, adolescentes con un brillo arrogante en los ojos, retador. No puede ser tan horrible, se dice. Es ella, su mirada, que está enferma. Ojalá pudiera cerrar los ojos para no ver más.

    Más arriba he hecho alusión a una frase capital, la que le dice Píter a Nat en referencia al lenguaje. También he comentado el hecho de que Nat no sea capaz de integrarse en su nueva comunidad. Pues bien, la otra frase clave de la novela, para mí, es la que le dice Andreas a Nat en otro momento de la historia: aquí nos manejamos con otras reglas. Y tú no las entiendes. No es que no las asumas. Es que eres incapaz de entenderlas. Ambas frases, sin duda los motores de la historia, hablan de las diferencias de moral de los protagonistas de la novela. Y también de las de los lectores. Porque ellos, simples espectadores en un principio, se convierten también en jueces de cada uno de los personajes según avanza la historia. Una historia que se lee rápida pero se abandona poco a poco. Porque al final, son los lectores quienes buscan los porqué de la vida. Sara Mesa nos hace visitar lo más oscuro y profundo del alma humana en esta gran novela. Conociendo a Isabel Coixet, seguro que en su nueva película, basada en esta obra, le da otra vuelta de tuerca a la historia. Habrá que verla...                    


  

martes, 27 de enero de 2015

Los girasoles ciegos. Alberto Méndez. Anagrama. 2004. Reseña





     El madrileño Alberto Méndez (1941-2004) es uno de esos autores poco conocidos para el gran público pero capaz de escribir un magnífico libro para la posteridad. Los girasoles ciegos fue su única novela y se publicó meses antes de su muerte. Como si quisiera dejarnos un legado justo antes de abandonarnos para siempre, nos regaló estos cuatro cuentos o relatos basados en historias reales y anónimas de la Guerra Civil Española. Anónimas hasta que dio cuenta de ellas en este libro tan breve como emotivo e intenso. Hijo del traductor y poeta José Méndez Herrera, se licenció en Filosofía y Letras, perteneció al Partido Comunista hasta 1982, trabajó en diversos grupos editoriales tanto nacionales como internacionales y participó en el Premio Internacional de Cuentos Max Aub en 2002 con el segundo de los relatos aparecidos en este libro. Fue finalista del referido certamen. Con Los girasoles ciegos recibió el Premio de la Crítica, el Setenil y el Nacional de Narrativa. Este último ya a título póstumo.

     Estamos ante uno de esos libros en los que el cómo es casi tan importante como el qué. Las cuatro historias narradas nos emocionan, conmueven e invitan a reflexionar sobre las devastadoras consecuencias que una guerra, en este caso la civil española, tienen en personajes de la calle. Personajes cuyas vidas dan un giro radical sin vuelta atrás que, en multitud de ocasiones, les pueden llevar a la muerte misma. Con todo, la secuencia de las acciones narradas llega a quedar en ocasiones en segundo plano debido a la exquisitez lingüística empleada por Méndez. 

     Si el corazón pensara dejaría de latir es el cuento que abre el libro. Nos relata la historia de Carlos Alegría, capitán del ejército victorioso de Franco que, justo cuando va a ser tomada Madrid, decide renunciar a la victoria y rendirse al enemigo. Ese mismo día, al llegar a su cárcel provisional los que habían sido sus compañeros hasta escasas horas antes, es declarado traidor y condenado a muerte por fusilamiento. Los últimos días de vida del capitán son dignos de ser como mínimo leídos y recordados. Todo un ejemplo de lo cara que puede resultar una victoria y también de la importancia de los valores y la esperanza en un mundo mejor.

     El libro sigue con Manuscrito encontrado en el olvido, el relato finalista del Premio Internacional de Cuentos Max Aub, recuperado y modificado para esta recopilación. Es el más breve (18 páginas), pero a mi modesto entender también el más descorazonador - junto al que da título al libro -. Nos sitúa en los altos de Somiedo, entre Asturias y León, y nos golpea directo a la conciencia con la historia de un aprendiz de poeta que ha huido con su novia, embarazada de ocho meses, con el propósito de que su hijo nazca en un país libre, en este caso Francia. El invierno y las circunstancias llevarán al joven Eulalio a madurar y a sufrir mucho más de lo normal en un chico de solo 18 años.

     El tercero de los relatos se titula El idioma de los muertos. Juan Senra, soldado republicano preso en una de las cárceles franquistas, roba días a la muerte inventándose historias sobre Miguel Eymar, hijo del coronel que debe dictar sentencia de muerte sobre el protagonista. Gracias a los sucesos ficticios acaecidos en Porlier Juan convierte a un villano en héroe para regocijo de sus padres. Pero seguir con las mentiras llegará a resultar insoportable para Senra, que deberá decidir entre la vida y la muerte, entre lo injusto y lo digno.  

     Los girasoles ciegos pone punto final - y título - al libro. Es el cuento más conocido por ser llevado a la gran pantalla, con el mismo título, por el director José Luis Cuerda (2008). Los tres narradores - el niño Lorenzo, el diácono lascivo Salvador y el acostumbrado narrador omnisciente en tercera persona - cuentan la historia de la familia Mazo-López, que esconde en un armario al padre de familia, buscado por sus ideas. La vida cotidiana y poco normal de su esposa Elena y su hijo Lorenzo se verá obstruida por Salvador, diácono y maestro del niño que se irá enamorando de una madre que cree viuda. El desenlace trágico es también digno de ser conocido por el lector. 

     Los subtítulos de cada cuento - que rezan primera derrota (1939), segunda derrota (1940), tercera derrota (1941) y cuarta derrota (1942) - hacen referencia a algunas de las miles y miles de derrotas individuales, anónimas, que se sucedieron en los años posteriores al fin del conflicto nacional. Años en que demasiada gente contó estas historias en voz baja porque el simple hecho de demostrar su conocimiento podía complicar su existencia y la de su familia. La derrota, la persecución y la represión son los temas principales de los cuatro cuentos de este libro. 

     Los girasoles ciegos fue la única novela de Alberto Méndez. No necesitó escribir ninguna más. Con estos relatos nos dio a conocer algunas de las más desgarradoras historias de nuestra posguerra. Con ellos recuperó la memoria de unos pocos seres anónimos que sufrieron y perecieron por proteger la libertad. La suya y la de los demás. Y todo ello con el valor añadido de contar sus historias de manera que, pese al drama y el horror narrados, los lectores puedan disfrutar también del placer de la buena literatura. Una muestra más del enorme poder de la palabra.