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miércoles, 29 de abril de 2026

Los siguientes. Pedro Simón. Espasa. 2024. Reseña

 




    Las relaciones familiares constituyen el punto central de las novelas de Pedro Simón. Las historias de sus trabajos literarios parten siempre de un núcleo familiar que acaba siendo diseccionado a base de cortes de un bisturí profesional que nos muestra con crudeza el interior de cada uno de los miembros de la familia en cuestión. Así fue en Los ingratos (2021) y Los incomprendidos (2022), ambas novelas ya reseñadas en este mismo blog, y así es también en Los siguientes (2024) y en Lo inesperado (que sale a la venta justamente hoy). En Los siguientes, novela que nos ocupa en estas líneas, Simón trata de un tema por el que casi todos hemos pasado o pasaremos: cómo afrontan los distintos miembros de un núcleo la inevitable decadencia y muerte de sus mayores. Carmen, Darío y Gabriel tratan de sobrevivir a la muerte de su madre, Olivia, y al deterioro de su padre, Antonio, cuyas constantes vitales galopan hacia abajo y sin freno. Asumir la futura y próxima orfandad no es fácil nunca. Menos todavía si existen viejas rencillas que quitan la paz.

    La novela explora las relaciones entre los miembros de la familia Prieto. Relaciones enturbiadas desde que, ocho años atrás, Antonio tropezara y cayera por las escaleras de la casa de Gabriel con su nieto Hernán, recién nacido, en brazos. En ese mismo momento la familia se resquebrajó. Hernán no falleció, pero nunca sería ya un niño y un hombre normal. Así, en esa caída, Gabriel perdió a lo que iba a ser su hijo para pasar a tener uno muy diferente. Y Antonio perdió también a su hijo, Gabriel, que siempre lo culpó de lo ocurrido y cortó prácticamente su relación con él.  A partir de ahí, la culpa, la envidia y la venganza, disfrazada de frialdad y crueldad, fueron distanciando a una familia que ya no fue ni será la misma. Máxime cuando Olivia, la madre, el pegamento universal que todo lo unía, muere de un infarto de corazón pocos meses después. Un corazón que no aguantó ni la explosión ni la onda expansiva de aquella maldita caída a los infiernos de Antonio, Gabriel, Hernán y el resto de la familia.

    Gabriel es el hijo mayor del matrimonio formado por Antonio y Olivia. Ingeniero, rico, influyente, pero desgraciado, descubre que todo el dinero del mundo no le va a devolver a su hijo. Siempre de viaje, entre Múnich, Miami y Madrid, deja a Hernán al servicio de una asistente filipina. Divorciado tras lo acaecido ocho años atrás, tiene una novia quince años menor que él que trata de recomponer sus pedazos. Quemado, desquiciado y desesperado, impone un silencio espeso, un desapego furibundo y una rabia mortal hacia su padre. Clama venganza de forma interna, algo que todos notan desde fuera. Cuando Antonio va decayendo, Gabriel trata de llevarlo a una residencia. Carmen y Darío se oponen. Deciden que pase dos meses en casa de cada uno de los hijos. Acepta a regañadientes. Su sola presencia lo amarga. Viaja sin parar para pasar el menor tiempo posible en casa cuando su padre está allí. Un padre ambulante y desamparado que siente el rechazo de su hijo y no puede con su vida.

    Darío es el hijo mediano. Guardia jurado no por vocación sino porque hay que ganarse la vida de alguna manera, no tiene estudios ni oficio ni beneficio y es un auténtico desastre: mujeriego, irresponsable y fiestero. Sin embargo, está a gusto con su padre. Y su padre con él. Tienen unas complicidades que Antonio no tiene con sus otros hijos. Los dos son unos guasones y les encanta charlar y beber juntos. Darío le permite a su padre lo que Gabriel y Carmen le niegan. Gabriel, por pasotismo y venganza, Carmen por deformación profesional -es auxiliar de enfermería-. Darío lo aficiona a ir al centro de mayores, donde juega a las cartas y baila con algunas mujeres también viudas. Darío se esfuerza todo lo que puede por brindarle a su padre el máximo posible de comodidades. Incluso le compra un sillón con motor para que esté cómodo y pueda levantarse y acostarse solo. Una vecina dominicana lo ayuda con Antonio cuando este se hace encima sus necesidades.

    Carmen es la hija menor. Y la única mujer. Y auxiliar de enfermería. Siente que la mayor parte del peso del cuidado de su padre pasa por ella. Por ser mujer y por dedicarse a lo que se dedica. Está divorciada desde hace unos años y tiene un hijo, Hugo, primo de Hernán. A pesar de su oficio, siente miedo, vergüenza y asco al limpiarle el culo a su padre. No es lo mismo que limpiárselo a un hijo. Tampoco que limpiárselo a un desconocido en la residencia en la que trabaja. Es la que mejor parece llevar el deterioro de su padre. Un padre convertido en niño. Y ella, una hija convertida en madre. Sobrelleva como puede el dominó de desastres familiares que se les ha venido encima durante los últimos años, cuando más felices parecían ser todos. Lo del accidente, el estado de Hernán, la muerte de su madre, su divorcio, el de su hermano Gabriel, el distanciamiento, la soledad y, ahora, la decadencia de su padre. Y la proximidad de su muerte y, por ende, el sentimiento de orfandad. Demasiado equipaje para una sola maleta.

    Antonio tiene 88 años de edad. Ocho décadas más que sus nietos. Es viudo desde hace ocho años. Vivió ochenta años de una vida familiar dura y con dificultades económicas que fueron venciendo a base de trabajo y más trabajo entre él y su esposa Olivia. Ambos llegaron años después de casarse a Madrid desde un pueblecito de provincias. Ella con sus costuras y él con sus diferentes trabajos consiguieron poder pagar un piso que se fue quedando pequeño según fueron llegando sus tres hijos. Al conseguir por fin un trabajo estable, como autobusero, como conductor de la EMT, pudo comprar una pequeña parcela en el campo, en los alrededores de la capital, donde vivieron distintas aventuras él, su esposa y sus hijos. Tiempos duros pero felices. Una felicidad completa con la llegada de sus dos nietos. Sin embargo, desde el accidente, ocho años atrás, se siente acabado. Como un autobús ya retirado que solo puede esperar su desguace.                           

    En Los siguientes, cada uno de los protagonistas nos cuenta, en primera persona -algo también común en todas las obras de Simón-, sus historias personales y familiares. Historias que, según los casos, complementan, clarifican o contradicen las del resto de sus familiares. Historias que conforman un complejo puzzle cuyas piezas corresponde colocar en su sitio correcto al lector. Un lector que se emociona, empatiza y conmueve con cada historia. Que hace suyas las reflexiones de cada uno. Que trata de entender -y casi siempre lo consigue- sus planteamientos. Unos planteamientos procedentes de lo más interior e íntimo de los corazones de los narradores. Y es que cuando algo procede de lo más profundo del corazón humano resulta imposible no empatizar. A pesar de las contradicciones. De las dudas. De los miedos. Porque todo eso es precisamente lo que nos convierte en humanos y no en máquinas. Y de humanos y de relaciones Simón sabe muchísimo. Y es una delicia leerlo. Siempre. Con el corazón en la mano y a flor de piel. Sí, leer a Simón lo hace a uno más y mejor humano.   


lunes, 30 de septiembre de 2024

Los incomprendidos. Pedro Simón. Espasa. 2022. Reseña


 



    Tras el enorme éxito alcanzado un año atrás con Los ingratos, Premio Primavera de Novela 2021, el escritor y periodista madrileño Pedro Simón publicó su tercera novela, Los incomprendidos, a finales de 2022. Como en su predecesora, el autor nos narra una historia que llega y emociona al lector. Porque, como reconoce Javier, uno de los personajes y narradores de esta novela -junto a su hija Inés y su hermana Clara, que aparece como narradora epilogar-, las mejores historias no son las que hablan de los otros en sitios lejanos, sino las que hablan de ti. Aquí mismo. Ahora. Y hacen que se te iluminen los ojos y quieras conocer el final. Y no le falta razón. Porque las historias cercanas y corrientes, las que les pueden ocurrir a cualquiera de nosotros, suelen resultar a menudo las más atractivas. Aunque solo sea por ofrecer una mayor verosimilitud y, por tanto, también una mayor posibilidad de repetirse en nuestras propias carnes.   

    De los catorce capítulos que componen la novela, Javier, el padre, nos narra siete. Por su parte, Inés, la hija, narra seis de los restantes, quedando el epílogo para Clara, hermana de Javier y tía de Inés. Las mochilas que todos llevamos a cuestas, la culpa con la que cargamos, la incomprensión que sentimos más a menudo de lo deseado, la incomunicación, la soledad y la falta de diálogo dentro del núcleo familiar y los silencios más incómodos que existen en todos los hogares son los pilares de la historia de esta familia. Una familia que debe sobrevivir a un drama conocido desde el inicio, la muerte del hijo menor, Roberto, y a otros desconocidos en un principio pero que se irán presentando ante nuestros ojos de manera que al final los huecos de esta historia se van rellenando y permiten al lector recomponer el puzzle familiar de forma progresiva, hasta que la última de sus piezas encaja y todo cobra sentido. 

    A veces, cuando voy por la calle y veo a un adolescente hacerle un gesto airado a su madre, o cuando observo en el autobús cómo un padre trata de conversar con su hija y esa hija calla, me pregunto quiénes son en realidad los incomprendidos, narra Javier en la parte final de la novela. Somos esa generación errática que entonces dejaba el mejor sitio de la mesa para el padre y que ahora se lo deja al hijo. Eso somos, afirma unas páginas antes haciendo alusión a la crisis de solidaridad, valores y respeto en la que vivimos actualmente. Desnortados, en suma. Inés, por su parte, nos cuenta que la adolescencia puede ser un infierno. Basta con el cielo de los otros. Es suficiente con que te los imagines más felices y más guapos que tú y sin el nudo que sientes dentro. Algo que se completa con otra frase muy significativa que viene a decir algo así como que la adolescencia es parirse a uno mismo a los dieciséis o a los dieciocho.  

    Javier trabaja en una pequeña editorial que busca con ansia publicar la novela negra revelación del año. Nos habla de la que cree que va a serlo. Nos cuenta su trama, su desarrollo y su final. Y, además, narra la historia de su hija Inés desde su nacimiento hasta la actualidad -algo que le aconseja Diana, la psicóloga familiar a la que acuden todos sus miembros tras la muerte de Roberto- en un simulacro de novela escrita por él mismo. En ese sentido, Los incomprendidos podría ser calificada, además de como novela familiar, como metaliteratura. Y es que esas otras novelas paralelas o periféricas a las que se ha aludido tienen también conexiones con la realidad narrada por la novela central. Son, por tanto, una especie de explicaciones o anexos a la trama central. Una forma de aportar mayor información de una manera original y diferente a lo acostumbrado. Aunque, obviamente, tampoco sea ninguna gran novedad literaria.  

    La historia del matrimonio formado por Celia y Javier es la de tantos otros. Pareja que desea tener un hijo, lo intenta y lo vuelve a intentar, ve que no puede, se hace pruebas, observa que no hay ningún problema que impida poder tenerlo, decide adoptar y, de repente, ocurre el embarazo. Así es como, en cuestión de meses, el matrimonio da la bienvenida a su hogar a un hijo recién nacido, Roberto, y a una hija algo mayor, Inés. Una hija que ya arrastra una pesada carga. Una pesada carga proveniente de su familia natural que se acrecienta tras la trágica muerte en accidente de tráfico de su hermano. Una tragedia que separa a los miembros supervivientes de la familia. Hasta que la situación roza lo insostenible. Cada uno de ellos se considera culpable de la muerte de Roberto. La terapeuta, Diana, no logra recomponer las grietas aparecidas en el seno familiar. Trata por separado a cada uno de ellos, sin lograr retornar a esa feliz unión anterior al drama. 

    Javier e Inés, Inés y Javier nos narran, capítulo a capítulo, la historia del drama. Familiar y personal. Ambos tratan de comprenderse y de hacerse comprender. Pero les cuesta. Inés se refugia en su tía Clara. Una mujer trabajadora, luchadora, soltera, libre, con parejas esporádicas y sin hijos, que se encarga de levantar a Inés cada vez que esta parece desmoronarse. Y está a punto de hacerlo en varias ocasiones. No es agradable sentirse como un explosivo, afirma la propia Inés, que completa con la sensación que tiene de que, tras la muerte de su hermano, ella es lo único que les queda a sus padres. Una gran responsabilidad para ella, otra carga y otra culpa más, puesto que no tiene claro si sabrá estar a la altura. Algo que constata definitivamente con una frase desgarradora: confirmé lo muchísimo que mis padres lo querían a él. Hasta muerto, tenía algo de celos. Y me daba asco a mí misma por sentirlos. Tía Clara me miraba y creo que me adivinaba los pensamientos. Yo solo pedía en silencio que me siguieran queriendo, a pesar de todo. Si no tanto como a él, parecido

    Esa idea, la de poder leer el pensamiento, se repite a lo largo de la novela. Por ambas partes, además. Pero, sobre todo, por parte de Javier. Quisiera saber qué piensa su hija. Para hacer las cosas mejor. Para hacerle la vida más fácil. Aunque conocer sus pensamientos podría acabar de hundirlo a él. Tía Clara, en cambio, sí parece ser capaz de leer el pensamiento de su sobrina. Y se convierte en su tabla de salvación: con ella deja de hacerse pipí en la cama, con ella aprende a nadar, con ella aprende a confiar en alguien. Clara, además, también es la voz de la conciencia de su hermano y de su cuñada. La tormenta que resuena en las cabezas de los adultos. El nexo de unión de una familia que amenaza con separarse de por vida. Una familia cuyo uno de sus miembros (Inés) se ve como un círculo rodeado de cuadrados y piensa en la muerte. Y Javier se siente impotente: no hay peor sensación de fracaso que ver cómo se te ahoga una hija. Porque un hijo también es eso que a veces te mata o querrías matar, pero que te da la vida. 

    Inés, por contra, nos dice que si de niña creces cuando ves llorar a una madre, supongo que siendo un adulto te haces un poco más viejo cada vez que ves llorar a tu hija. Y es que, dentro de la soledad, la incomunicación y el horror de vivir juntos pero parecer unos extraños, en las historias que nos narran los protagonistas de Los incomprendidos, como ya sucediera en Los ingratos, también tienen cabida la esperanza y la ilusión. La ilusión de que los problemas siempre se pueden superar. Porque solo la muerte no tiene solución. Y hasta la muerte misma también puede acercar a quienes sobreviven a la tragedia. Aunque para ello hayan de viajar a lo más recóndito de sus almas. Aunque para ello hayan de mirarse en el espejo y decirse a la cara -en este caso, escribir sobre un papel- quiénes son y quiénes quieren ser a partir de ahora.            

    

lunes, 6 de marzo de 2023

Los ingratos. Pedro Simón. Espasa. 2021. Reseña

 


   

    El periodista y escritor madrileño Pedro Simón sorprendió al mundo literario al alzarse con el Premio Primavera de Novela 2021. Antes había logrado dos galardones por su trabajo periodístico: el Premio Ortega y Gasset de 2015 y el Premio al Mejor Periodista del Año de la APM en 2016. Su primera novela, Peligro de derrumbe (La Esfera de los Libros, 2015), publicada seis años atrás, no cosechó el éxito merecido. Por eso resultó sorpresivo que Espasa y Ámbito Cultural le concedieran uno de los grandes premios literarios del año en nuestro país. No en vano, como todos sabemos, estos premios se suelen conceder a autores más conocidos y a novelas más comerciales. Obviamente, el objetivo de las editoriales es vender sus libros. Pues bien, Los ingratos y Pedro Simón lograron abrirse un importante hueco en el sector editorial, siendo uno de los libros más vendidos del año, algo que me parece absolutamente merecido una vez leída la obra en cuestión. Para servidor, estamos ante uno de los descubrimientos literarios de los últimos años en España.

    En una época en la que priman el individualismo, el egoísmo, el materialismo y lo banal, aspectos que nada tienen que ver con unos valores clásicos que se pierden cada vez más rápidamente en la memoria de los tiempos es necesario que alguien nos recuerde que otro mundo mejor es posible. Por eso una novela como Los ingratos debe ser aplaudida por todo el mundo. Porque todos los lectores -y el que lo niegue seguramente mentirá- hemos sido ingratos unas cuantas veces en nuestras vidas. Como los protagonistas de la historia que tan bien nos narra Pedro Simón en su segunda obra literaria. Una obra que supone un golpe sobre la mesa -y también, por qué no decirlo, en nuestras caras y en nuestros corazones-, una llamada de atención sobre la necesidad de abandonar nuestro actual aislacionismo individual y tratar de retornar a esos valores ya aludidos con anterioridad. Porque, como reza el dicho, de bien nacido es ser agradecido. Y la familia protagonista de Los ingratos no lo es.  

    Tal y como leemos en las primeras páginas del libro, a Emérita hace casi un año se le ahogó el marido en un pozo y esta tarde acaba de perder al hijo que llevaban tiempo buscando desde que se casó. Currete muere bajo el peso del cuerpo de su madre mientras ambos hacían la siesta una gélida tarde de pleno invierno en un pueblo de aquella España que comenzaba ya a vaciarse en 1961. La historia sigue en 1975, cuando llegan al pueblo la nueva maestra y su familia, compuesta por su marido, dos hijas, un hijo -David, el gran protagonista de la novela-, un perro llamado Fliqui y dos canarios. Una familia de ocho que recorre una España en la que en los pueblos no había coches ni semáforos, como en la ciudad, pero había pozos sin tapiar, alacranes y casetas de labranza donde no alcanzaba la mirada del balcón urbano. La dicotomía campo-ciudad está muy presente a lo largo de toda la historia. La familia, que representa a esa clase media emprendedora a su manera que iba a mejor, transita pueblos, pero ansía con todas sus fuerzas llegar a Madrid. 

    David nos cuenta que mamá criaba sola a tres hijos: dos chicas imbéciles y un niño miedica. Y los cría ella sola porque pronto el padre desaparece del pueblo porque debe quedarse en Madrid por cuestiones laborales. Ahora pienso que no te haces mayor de verdad ni sabes lo que es el mundo hasta que no escuchas insultarse a tus padres. Y la reacción de David es hacerse caca encima. Porque si me cagaba mamá me hacía más caso que a nadie. Pero su madre va tan liada que necesita ayuda en la casa y con sus hijos. Y Emérita, una mujer que vive sola desde hace ya catorce años, es perfecta. Perfecta para dejar su casa e irse a vivir con la familia de recién llegados. Y la llegada de Emérita a casa de la maestra les cambiará la vida a todos, especialmente a ella misma y a David, quien reconoce que yo no conocía una forma de querer así, tan suicida y primitiva. Se habría metido sin dudar en una casa en llamas solo para sacarme de allí. Se habría tirado en plancha a la laguna para rescatarme, aun sabiendo que no sabía nadar.

    Desde muy pronto ocurre lo inevitable: David aprende de ella todo lo que hay que saber sobre las cicatrices del cuerpo y las heridas del alma -me daba lo que mamá no tenía tiempo para darnos y también lo que a papá ya no le daba la gana de darme-; Emérita recupera con David aquello que creyó perder catorce años atrás -su hijo, su querido Currete-. Pero hay otro detalle muy importante: Emérita es sorda. Solo entiende a los demás si les lee los labios al hablar. Y surge una nueva necesidad entre ellos: comunicarse más y mejor. Y ambos comienzan a aprender a escribir de forma vertiginosa. Hasta el punto de que David no lo aprende de su madre sino de Eme. Y David recuerda aquellos momentos en el cuarto de estar como uno de los mejores de mi infancia. Su madre, por su parte, comprendía que la señora Emérita llegaba a sitios donde ella no alcanzaba y, de alguna manera, había recompuesto el equilibrio en casa. Así, la familia recupera la paz y la armonía perdidas.

    Emérita se pregunta cómo pueden los padres vivir tan despegados de sus hijos. Y escribe en su diario una carta imaginaria a la maestra: ¿Cuándo fue la última vez que buscó el ruido de los hijos? Se puede vivir sin el marido. A veces hasta es mejor vivir sin el marido. No se puede vivir sin el hijo... Tiene una madre maestra y me lo pregunta todo a mí... Los niños se van marchando. Y ya no vuelven. Y tú entonces te dices dónde leñes has estado mirando y qué has estado haciendo todo este tiempo. Emérita ejerce de madre de David. Y este tiene claro que, si tuviera que dar un brazo por alguien, sería por ella y no por su verdadera madre. Pero, siguiendo con el desarraigo del deambular familiar por los pueblos de España, llega el final del curso y la familia debe marchar a Leganés, muy cerca ya de la capital. Se acerca por fin al objetivo final, pero David, que ha recuperado al fin a su padre, debe dejar en el pueblo a Emérita. Solo queda la promesa de que la familia irá a verla siempre que pueda. 

    Los ingratos es una magnífica radiografía familiar. También histórica y social. Veníamos de la España que escuchaba un serial radiofónico. Íbamos hacia esa España que se sentaba a mirar una pantalla. Aquella España donde se viajaba sin cinturones de seguridad en un Simca y la comida no se tiraba porque no hacía tanto que se había pasado hambre. De la España de 1961 pasamos a la de 1975 para llegar, finalmente, a la de 2020, momento en que la historia narrada llega a su fin de una manera emocionante, muy conmovedora, que deja al lector con el libro abierto entre sus manos, sin ánimo para cerrarlo definitivamente. Porque Emérita ha aprendido de los hijos de la maestra que perfectamente podría haber criado. Que tengo más paciencia que otras. Que sé alejar a un niño de los peligros. Que soy sorda, pero no soy un animal. En suma, ha aprendido todo sobre la dignidad y la gratitud. Por eso se pasa años y años enviando cartas a la familia, interesándose por ella, preguntando por David. Recordando la mejor época de su vida con un eterno agradecimiento.

    ¿Y David? Ya adulto, padre de dos hijas, regresa al pueblo desde Leganés, una vez leído el diario de Emérita. Y piensa: me gustaría llamar a la puerta. Que me abriese ella en persona y decirle quién soy. Que me hiciera pasar. Que se inflara de alegría como un pavo real y cocinara mi plato favorito. Que charláramos durante la sobremesa y a mí no me diese vergüenza decirle cuánto la quise, así, la quise a usted muchísimo, y la quiero, decirlo con dos cojones, escribírselo en una hoja si hiciera falta. En definitiva, David ha aprendido lo que todos deberíamos saber o aprender: que debemos ser agradecidos, saber decir a quienes queremos que los queremos, dejar de lado nuestro exceso de orgullo, nuestro individualismo, nuestro infantiloide egocentrismo. Y compartir todo, absolutamente todo, con quienes se lo merezcan. Y, todo ello, saber hacerlo en el momento adecuado y oportuno, siempre antes de que sea demasiado tarde.    

 


martes, 1 de febrero de 2022

A prueba de fuego. Javier Moro. Espasa. 2020. Reseña

 




    A finales de 2020 Javier Moro --Madrid, 1955, autor de, entre otras, Pasión india (2005), El sari rojo (2008) y El imperio eres tú (Premio Planeta 2011)-- publicó su última novela. Una obra en la que pasó revista a la aventura norteamericana del arquitecto valenciano Rafael Guastavino y uno de sus hijos, Rafael Guastavino Jr.. Llegados a Nueva York en 1881 junto a Paulina Roig y sus otras dos hijas, que hubieron de regresar a España tan solo unos meses después a causa de los problemas económicos familiares, los Guastavino comenzaron a cimentar poco a poco una larga y muy fructífera carrera arquitectónica en la costa este de los EE. UU.. Sobre todo desde que en 1885 fue patentado el sistema Guastavino, consistente en una técnica constructiva de arcos y bóvedas autoportantes de baldosas de terracota adheridas con capas de mortero siguiendo la curvatura de la cubierta. Un sistema, también denominado de bóveda tabicada, que conseguía gran cohesión, resistencia y abaratamiento de costes. 

    Para narrar la historia Javier Moro utiliza la voz, en primera persona, de Rafael Guastavino Jr., quien nos cuenta, apoyándose en cartas y documentos que de su padre y otros personajes todavía conserva, los entresijos de sus vidas, tanto a nivel laboral como familiar. Así, poco a poco nos va informando de los orígenes de ambos. De la niñez de su padre, criado en torno a la Catedral y a la Lonja de la Seda de Valencia, edificios que siempre despertaron su pasión por la construcción. En efecto, Guastavino trabajó como aprendiz en Valencia y más tarde se trasladó a la escuela de maestros de obra de Barcelona, donde construyó la famosa fábrica Batlló y el Teatro de la Massa (en Vilasar de Dalt). No obstante, problemas conyugales y económicos lo obligaron a abandonar para siempre --y el misterio acerca del motivo acompañará a su hijo durante casi toda su vida-- la ciudad condal y España para comenzar desde cero en Nueva York, lugar destinado a ser el centro de la nueva arquitectura mundial.

    Si Guastavino, considerado el arquitecto de Nueva York --su participación se puede todavía disfrutar en numerosos edificios emblemáticos de la ciudad (la Grand Central Terminal, diversas estaciones de metro, el hall de Ellis Island, el puente de Queensboro, la catedral de San Juan el Divino, el Carnegie Hall, el Museo Americano de Historia Nacional, el City Hall, el Hospital Monte Sinaí o la iglesia de San Bartholomé, entre otros)--, no triunfó más todavía pese a ser un absoluto genio arquitectónico fue debido a la coexistencia de dos grandes factores que se lo impidieron de forma sucesiva. En primer lugar, su tormentosa relación con las mujeres. Y, antes que ello incluso, que estaba más enamorado de su trabajo y de la belleza que de él florecía que de cualquier otra cosa o persona en el mundo. Y Guastavino Jr. nos ilustra con varios ejemplos de ambos aspectos a lo largo de una narración que supera las cuatrocientas páginas. 

    ¿Cómo era posible que alguien tan volcado en su trabajo como él, tan estudioso, tan meticuloso con sus diseños, tan serio en sus compromisos, fuese incapaz de controlar sus impulsos más básicos? ¿Cómo es posible que, estando en el cenit de su fulgurante carrera, disfrutando de éxito social insólito y de estabilidad familiar, se arriesgase tanto a perderlo todo?, se pregunta su vástago al tratar de explicarse cómo pudo su padre engañar a su esposa con su madre. Hijo, a veces cuesta mucho controlar el arrebato. La llama de la pasión con Pilar se había extinguido, y tu madre era distinta, era cariñosa y de buen ver..., le responde finalmente su padre tratando de justificarse. Y, sin embargo, años después, en un escenario diferente y con protagonistas diferentes, demuestra que no ha aprendido, haciendo bueno aquello de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y, claro, los hijos suelen tomar como modelos a sus padres.  

    El otro problema que le impidió aportar más si cabe al mundo de la arquitectura fue su amor por la belleza, ejemplificado en estas palabras: Rafael, tus presupuestos son incumplibles. Siempre los haces por debajo de su valor. No calculas bien los costes. El problema es que estás enamorado de lo que haces. Y esa es tu perdición. Lo llevas en la frente, todos lo ven y se aprovechan de ti, saben que ahí te tienen agarrado. Tienes que hacer un esfuerzo y ser más realista. O nunca saldrás de la ruina. Y, ¿cuál es su respuesta ante ello? Nunca tengo tiempo de verificar los precios de los materiales. No puedo estar sin construir. Y, claro, esa impulsiva forma de hacer las cosas llega a arruinarle varias veces a lo largo de su vida. Eso sí, siempre sabe recomponerse, comenzar desde cero, ganar nuevos concursos, conseguir nuevos proyectos y volver a renacer desde sus cenizas para continuar con su actividad y seguir enseñando a su hijo.

    El gran logro de los Guastavino fue crear la Guastavino Fireproof Construction Company, cuyas bóvedas, a prueba de fuego --de ahí el título de la novela--, permitieron construir en las grandes ciudades con mayor fiabilidad tras los desastrosos incendios de Chicago y Boston en 1871 y 1872 respectivamente. Porque sus actividades no solo se centraron en Nueva York. También dejaron su sello en Boston (Biblioteca Pública), Washington (Museo Nacional de Historia Nacional y Corte Suprema de EE. UU.), Chicago y otras grandes ciudades de la costa este del país. Incluso en Black Mountain, un pequeño pueblo de Carolina del Norte que Guastavino Senior eligió como retiro junto a su gran amor, la mexicana Francisca, donde construyó, sin escatimar en gastos, tal cual fue siempre él, una gran propiedad de nombre Rhododendron, lugar donde finalmente falleció en 1908, justo un mes antes de cumplir los 66 años de edad.

    Dejando de lado la Historia pura y dura, lo que más me ha llamado la atención es cómo van evolucionando los personajes a lo largo de los años. Especialmente Guastavino Jr., que comienza siendo un niño de nueve años y termina por convertirse en un hombre hecho y derecho; William Blodgett, quien entra en la Compañía como el economista que debe poner en vereda a su jefe y acaba convirtiéndose en su socio de máxima confianza; y Francisca, que debe aprender a lidiar con el torito bravo español que resulta ser Guastavino. Pero, por encima de todo, resalta la evolución de la relación entre padre e hijo. Desde la lógica total supeditación del hijo respecto del padre hasta la continuación de la labor de este más allá de su muerte, pasando por los primeros proyectos del hijo, la cooperación, la lucha por la independencia y los tira y afloja respecto a la finalización de los trabajos y la forma de llevar la Compañía.

    Y de entre los sentimientos que refleja en la narración Guastavino Jr. me quedo sin duda con este: la relación entre nosotros nunca se había enfriado tanto. Si pudiera ir atrás en el tiempo y aprovechar esos meses en los que no quise verle para decirle lo mucho que ahora lo siento... Cuánto cambiarían las relaciones entre la gente si tuviésemos clara y bien presente la inevitabilidad de la muerte. Los Guastavino fueron, sobre todo el padre, unos románticos de su trabajo. Y este fragmento lo pone de manifiesto: mi padre acertó a prever el Modernismo y sus líneas onduladas, porque fue la extensión de lo que había puesto en marcha. En cambio, no compartía mi opinión sobre lo que yo veía para después, el funcionalismo. Mi padre se rebelaba contra esa arquitectura sin alma. Romper con el pasado es de ignorantes. No se puede anteponer la originalidad a la belleza, sentenciaba siempre ante su hijo y ante cualquier joven estudiante que le hiciera referencia al tema.

    A prueba de fuego, de Javier Moro, es una bonita biografía de una de las grandes familias de la Historia de la arquitectura contemporánea. Y solo ha sido posible gracias a un enorme trabajo de documentación e investigación por parte de un autor al que desde aquí solo cabe felicitar. El resultado bien vale la pena.      


lunes, 19 de junio de 2017

TAJ. Andrés Pascual. Espasa Libros. 2016. Reseña





     El escritor y conferenciante logroñés Andrés Pascual (El guardián de la flor de loto, El haiku de las palabras perdidas y otras) ganó el pasado año el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio con TAJ, novela épica que rinde homenaje a los veinte mil héroes que participaron en la construcción y levantamiento de una de las mayores glorias arquitectónicas de la historia de la Humanidad: el Taj Mahal de Agra. Conmocionado por la majestuosidad del edificio y buscando alejarse del resplandeciente balcón real desde el que hasta ahora se había contado la historia de su construcción para acercarse a aquella gran multitud de héroes anónimos, Pascual se embarcó en una novela amena, instructiva, documentada y justa.

     Reconocido por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en 1983 y nombrado una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo Moderno, el mausoleo de Mumtaz Mahal, esposa favorita del emperador Shah Jahan, comenzó a gestarse en el mismo momento de su fallecimiento. En su lecho de muerte, su esposo le prometió honrar su recuerdo con el monumento más hermoso jamás construido. Y no escatimó en gastos ni esfuerzos a la hora de cumplir su promesa. Costó 22 años cumplir con el proyecto completo y participaron más de veinte mil obreros, artesanos y calígrafos. Y no pocos de ellos perdieron su vida en el transcurso de las obras.

     En palabras del autor de la novela, la obra mostró a la Humanidad que cuando actuamos juntos y guiados por el amor en cualquiera de sus formas, somos capaces de alcanzar cualquier desafío. Y no le falta razón a Pascual, pues en ella participaron los mejores profesionales de cada campo y de todo Oriente. No en vano, el Taj Mahal está considerado el más bello ejemplo de arquitectura mogola, combinando elementos de las arquitecturas islámica, persa, india y turca. Así funciona el karma: como una cadena de buenas acciones en la que todo se enlaza y tiene sentido a través del amor.

     La única forma de llevar a cabo el pretendido homenaje a esa ingente masa de anónimos capaces de llevar a buen término un proyecto tan colosal como el Taj Mahal era crear un personaje que perteneciera a ella. Es decir, alguien que no fuera parte importante del proceso. Alguien a través del cual narrar la historia desde un punto de vista diferente. Y Balu fue el elegido por Andrés Pascual. Un joven del desierto, con un don muy peculiar --con manos para el dibujo--, que huye de su poblado tras la inesperada muerte de su padre, el señor Metha, un humilde campesino que siempre cuidó las manos de su hijo. Aunque ello conllevara el odio y los celos de sus hermanos mayores.

     TAJ es también una novela de aventuras. Porque Balu deberá hacer frente a una serie de vicisitudes para alcanzar sus sueños: abrirse camino entre la gran multitud de calígrafos, arquitectos, artesanos y obreros y reunirse con el amor de su vida, Aisha, de la cual hubo de apartarse al salir a toda prisa de su poblado. Ni qué decir tiene que el protagonista irá madurando y enfrentando cada uno de los problemas que amenazan con poner fin no solo a sus sueños sino a su propia vida. Una vida que pasa de no valer nada en absoluto a ir siendo cada vez más importante para otros protagonistas. De nuevo, el karma.

     Absolutamente todos los personajes aparecen bien definidos ante nuestros ojos. Tanto los reales --con el calígrafo Khush Nawis, el arquitecto Ustad Ahmad y los hijos del Shah Jahan, Dara, Aurangzeb y Jahanara, al frente-- como los inventados. Dejando al margen a Balu, también su amada Aisha, sus amigos Deepak y Santosh y otros obreros cumplen un papel muy definido en la obra. El amor, los celos, la cooperación, la solidaridad y la maldad se convierten también en personajes de la novela. Porque, a tenor de todo lo anterior, también estamos ante una especie de novela ejemplar, por cuanto destaca los valores que todos deberíamos querer para nuestros hijos.

     Además, la novela también nos cuenta una serie de historias de amor. De amor sin condiciones. El de Balu y Aisha es la principal. Sin embargo, no deberíamos pasar por alto la de Deepak y Santosh, la pareja amiga de Balu. Tampoco la de los padres del protagonista. Y, obviamente, tampoco la del Shah Jahan y Mumtaz Mahal, pues es esta la razón de ser de las otras y también de la novela misma. Porque el amor engendra amor. De la misma manera que el odio engendra odio. Y es que el odio también aparece en las páginas de la última novela de Andrés Pascual.

     TAJ nos muestra cómo lo más grande que se levantó en Agra no fue el edificio en sí sino la fusión pura e incondicional de dos civilizaciones: Islam e Hinduismo. Hinduismo e Islam. Un ejemplo a seguir, especialmente en tiempos tan convulsos e irracionales como los actuales. En efecto, tal y como se extrae de una conversación entre Balu y Ustad Ahmad, las dos escuelas milenarias se habían fundido de forma natural con el único objetivo de alcanzar juntas la perfección. No se trataba de promover la mera tolerancia, ni una pacífica convivencia. El fin último era la fusión total en una fe única. De nuevo, los valores.

                 

lunes, 5 de mayo de 2014

Lo que encontré bajo el sofá. Eloy Moreno. Espasa. 2013. Reseña





     La venden como la novela indignada de Eloy Moreno. Ciertamente, lo es. La segunda novela del joven autor castellonense confirma lo que ya se vio en El bolígrafo de gel verde - también reseñada en este mismo blog hace un par de años -, es decir, que este creador de historias debe ser seguido muy de cerca ya que, al margen de sus grandes dotes para contar varias historias encadenadas en las mismas páginas, se está erigiendo en un agitador (en el buen sentido de la palabra) de conciencias.

     Durante buena parte de las páginas de esta novela Moreno critica la sociedad en la que vivimos. Y lo hace con crudeza y sencillez a la vez, no dejando títere con cabeza ni siquiera entre los propios ciudadanos, los primeros que tratamos de ahorrarnos unos eurillos fotocopiando cosas particulares en nuestros lugares de trabajo, sustrayendo cartuchos de impresora o paquetes de folios de nuestras oficinas, o estafando - aunque sea en menor medida - a esa Hacienda que se supone que somos todos aunque se libran siempre unos cuantos (generalmente, los mismos).

     En efecto, tras la lectura de la obra uno llega a ver con total claridad que si los políticos son unos corruptos y unos ladrones es debido a que el pueblo también lo es: que cada cual roba en la medida de sus posibilidades. Lógicamente, esto no exime en absoluto a unos políticos que deberían buscar el bien común y no el particular. En el libro encontramos un compendio de los grandes males de nuestra sociedad. Prácticas ilícitas, recortes injustificados, corruptelas y amiguismos entre (se supone) enemigos políticos a ultranza, pasotismo (y hasta colaboracionismo, más o menos pasivo) ciudadano, indignación, etc.

     Subyace, además, la cada vez más extendida idea de que todo esto debe cambiar y que, por desgracia (o quizás por fortuna, que nunca se sabe), puede que sea de manera violenta. Y es que la clase política vive amparada por una policía entre la que también es probable encontrar a personas - que lo son, aunque a veces se nos olvide - igual de indignadas que nosotros los ciudadanos. Sin duda, no estamos ante una novela pesimista, ni mucho menos. Más bien al contrario: se dejan ver recovecos para la esperanza de un futuro mejor para este país.

     El referido contexto de la obra sirve para presentarnos a unos personajes que dudan hasta de sí mismos. Unos personajes que viven de la mejor manera posible pese a los acontecimientos a los que deben hacer frente. Unos personajes que aman, que sufren, que toman decisiones o que se dejan llevar por los sucesos que acontecen a su alrededor. Todos ellos forman una serie de historias cotidianas, de las que a cualquiera de nosotros les podría ocurrir, lo que crea una empatía que atrapa al lector de principio a fin. 

     Las relaciones son complejas. La distancia entre amor y desamor en ocasiones es tan corta que cuesta dilucidar en qué momento de nuestra existencia dejó de hacernos reír nuestra pareja. Una ausencia de risas que desemboca, antes o después, en el aburrimiento, el tedio, la dejadez y el alejamiento de la persona que tenemos al lado. ¿Qué ocurre si aparece, de la noche a la mañana, una persona que nos vuelve a hacer reír, que nos hace volver a sentir, que nos vuelve a enamorar? De ello trata también Lo que encontré bajo el sofá: de todos esos secretos que casi todo el mundo guarda bajo su cerebro, junto a su corazón...o debajo del sofá.

     Dentro de las evidentes diferencias existentes entre los protagonistas de la novela sí hay algo que todos comparten sin saberlo si quiera: todos ellos guardan secretos que condicionan el resto de sus vidas. En ocasiones, para bien; en otras, para mal. Cada persona reacciona de forma diferente ante un mismo hecho. Y ello es debido a que no hay dos personas iguales. Y también a que la realidad - si es que existe la realidad absoluta - se puede analizar desde tantos puntos de vista, más o menos interesados, que cuesta demasiado hacerse un juicio objetivo sobre ella. De esto trata también la segunda novela de Eloy Moreno.

     El qué dirán y los convencionalismos sociales nos llevan a actuar en numerosas ocasiones - muchas más de las deseables - de manera diferente a como nuestro corazón nos indica. Este hecho ocupa determinados pasajes de las historias que componen esta gran obra. Como con El bolígrafo de gel verde, en Lo que encontré bajo el sofá Eloy Moreno nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas, sobre nuestras relaciones y sobre lo fácil (y, por supuesto, absurdo e injusto) que nos resulta a los humanos enjuiciar los actos de los demás para sentirnos mejor con nosotros mismos.

     ¿Sobre el argumento? Prefiero no entrar. Sólo es sugiero que os hagáis de inmediato con un ejemplar de esta novela. Os indignaréis, sí, pero también reflexionaréis y hasta disfrutaréis de una de las mejores narrativas actuales en el panorama nacional. ¡Ah! Y comprobaréis el embrujo de Toledo, sobre todo cuando el sol se pone y los fantasmas salen a pasear por la ciudad... 
                   

lunes, 23 de septiembre de 2013

Todo lo que cabe en los bolsillos. Eva Weaver. Espasa. Reseña





     Un viejo y enorme abrigo y unas rudimentarias marionetas pueden cambiar la vida de las personas: acompañarlas y servirles de estímulo incluso en las peores situaciones imaginables (o inimaginables). Eva Weaver, alemana asentada en Inglaterra desde se juventud, debuta con esta primera novela, en la que, quizás, intenta quitarse de encima el peso de la losa que muchos germanos sienten sobre sus espaldas pese a haber nacido mucho tiempo después de terminar la II Guerra Mundial.
 
     Con una narrativa directa, sencilla y fácil de leer la escritora alemana construye una historia ficticia basada en escenarios reales (el gueto de Varsovia durante la ocupación nazi y los gulags siberianos de Stalin) que contiene interesantes reflexiones sobre los sucesos acaecidos durante la II Guerra Mundial y los años posteriores. Una novela que cabe leer y analizar con gran atención.
 
     "Todo lo que cabe en los bolsillos" tiene tres partes diferenciadas en cuanto a temática y técnica narrativa. En la primera de ellas, que ocupa dos tercios de su longitud y está narrada en primera persona, Mika cuenta a su nieto Danny un secreto que no conoce nadie, incluida su propia hija Hannah (madre de Danny): su vida como titiritero en el gueto de Varsovia y su relación con Max, un soldado alemán destinado en la capital polaca, con quien se encontró un buen (o mal) día. El alemán sentirá por él una fuerte atracción (le recuerda a su propio hijo, de su misma edad) y le proporcionará pan, mermelada y una cierta protección ante el resto de soldados del III Reich a cambio de que actúe para ellos en sus barracones. Las marionetas salvan a Mika en diversas ocasiones.
 
     Sin embargo, en el verano de 1942, el día antes de comenzar las deportaciones a Treblinka, el nazi y el joven Mika se despiden. El titiritero le ofrenda una de sus marionetas (el "doctor"), aunque Max habría preferido llevarse al "príncipe". No obstante, tras un nuevo encuentro, días después, como agradecimiento, el referido títere acabará en las manos del alemán tras salvar de la deportación a la madre y a la tía de Mika. Tras la guerra, el titiritero logra huir hasta Nueva York, donde vive el resto de su longeva vida.
 
     La segunda parte de la novela, escrita ya en tercera persona, narra el viaje del "príncipe" hasta los gulags siberianos. Una vez liberada Varsovia por los soviéticos los soldados nazis capturados fueron enviados a trabajos forzados al gran territorio de la nieve del norte soviético. Los alemanes viajaron en el mismo tipo de trenes en los que antes habían sido trasladados a los campos de concentración y exterminio los judíos, lo cual hará reflexionar ampliamente a Max: "se cosecha lo que se siembra".
 
     La historia se repetirá: las marionetas, que habían salvado la vida de Mika en el gueto de Varsovia, también conseguirán poner a salvo a Max en el gulag. La figura del "príncipe" llegará a tener tanta importancia en la historia narrada como los propios Max y Mika. Personajes y marionetas están descritos de una manera soberbia, lo que otorga a la acción todavía una mayor verosimilitud.
 
     Respecto a la tercera y definitiva parte de la historia, escrita de nuevo en tercera persona, no creo conveniente desvelar su contenido porque pienso que debe ser el lector quien descubra y viva con emoción estas últimas páginas. Simplemente diré que contiene escenas y sentimientos muy emotivos, aunque el final sea un poco previsible.
 
     Precisamente, esta es la única nota no tan positiva de un libro muy bien construido y documentado en el que aparecen, como secundarios, personajes reales que también tienen una gran importancia en mi primera novela, "El Círculo de las Bondades", como Janusz Korczak (pedagogo, escritor y director del orfanato de la calle Krochmalna), Mordejai Anilevich (líder del ZOB, quien comandó la rebelión judía en abril de 1943), Emanuel Ringelblum (historiador que recopiló los archivos conspiratorios anti-nazis denominados "Oneg Shabbat") o Irena Sendler (magnífica, querida y poco reconocida protagonista principal de mi obra de debut, salvadora de más de dos mil quinientos niños judíos del gueto).
 
     Mucho se ha escrito sobre el tema a lo largo de los últimos setenta y tantos años. Y muchas son las obras de referencia. Por lo apreciado, tanto Eva Weaver como yo hemos utilizado bastantes y muy parecidas. Por todo ello, no puedo concluir esta reseña sin recomendar la lectura de esta obra, también de debut, sobre unos acontecimientos que jamás deberían haber ocurrido y que tampoco debían repetirse (y, sin embargo, por desgracia, sí lo hacen...).       
 
      

jueves, 1 de diciembre de 2011

El bolígrafo de gel verde. Eloy Moreno. Espasa. 2010. Reseña

     Seguramente casi todos nosotros hemos pensado en ocasiones dejar la rutina en la que se ha convertido nuestra vida y empezar, desde cero, en otro lugar, otro ambiente, otro trabajo, sin estrés, sin agobios, sin la rigidez que nos impone un horario matemático que debemos cumplir sí o sí, perdiendo lo más preciado que tenemos: nuestro tiempo, un tiempo que debería ser sólo para nosotros y nuestros seres más queridos. Pues sobre ello nos habla Eloy Moreno en su primera novela.

     El protagonista se ha vuelto irascible, dejado, apático, callado, egoísta e incluso irresponsable debido a una vida vacía dedicada a cumplir unos encorsetados y poco felices horarios. Nota cómo, por falta de tiempo, ha ido paulatinamente dejando de hablar, de escuchar y de disfrutar junto a su mujer y su hijo, al que apenas ve al despertarse y al dormirse. La cotidianidad le empuja a una ruina física y, sobre todo, mental. Escapar es la única salida del callejón oscuro y perdido en el que se ha convertido su asquerosa vida.

     Sin embargo, no consigue decidirse a exponer sus planes a su mujer. Cada día se nota más distanciado de ella. Y a ella de él. Y esto le lleva a no saber si ella decidirá ir con él o no. Finalmente, los acontecimientos se suceden de tal forma que deberá hacer ese viaje él solo. Lo que en un principio debía ser, según sus planes, un viaje en compañía para buscar una nueva vida en común se convierte en una huída de sí mismo: un viaje de redención en el que expiar sus culpas, olvidar sus recuerdos y pensar en cómo seguir con su vida en medio de una amarga soledad.

     En las últimas semanas ha arruinado la vida de varias de las personas más cercanas, incluida la suya propia. Así que, por un lado, le apetece estar a solas consigo mismo; por otro, en cambio, desea con todas sus fuerzas que la gente le haga caso y se interese por él. Sin duda, todos hemos sentido esa sensación en algún momento de nuestras vidas. Y esa familiaridad es la que hace que nos enganchemos tan fuertemente a esta novela. Es una historia sufrida y compartida por millones de personas sobre la faz de la tierra: estar rodeados de multitud de gente y, sin embargo, tan solos.

     El viaje al Parque Nacional de Aigüetortes y al lago San Mauricio conseguirá redimir al protagonista y nos hará ver, a los lectores, que la vida da muchas vueltas y que, a lo largo de ella, aparecemos en la vida de las personas, y ellas en la nuestra, pudiéndola cambiar para siempre incluso sin darnos cuenta de ello. Viejas amistades abandonadas se pueden volver a retomar, lo mismo que las relaciones personales. No obstante, hay otras personas que sólo forman parte de nuestras vidas escasos días, horas e incluso minutos, permaneciendo en nuestra memoria para siempre.

     "El bolígrafo de gel verde" nos enseña mucho sobre la vida de las personas. Quizás la más importante de todas las enseñanzas sea que debemos regalar nuestro tiempo a nuestras personas más queridas y, ante todo, jamás perder la comunicación con ellas para evitar el alejamiento, los malos pensamientos, los celos y el dar por sentadas cosas en las que puede que nos equivoquemos muy gravemente. 

     Eloy Moreno escribió la novela y, ante las negativas editoriales, decidió autoeditársela y venderla él mismo a la puertas de librerías y grandes almacenes. El boca a boca y la ayuda de familiares, amigos, conocidos y lectores enamorados de su obra hicieron posible que hace unos meses la editorial Espasa decidiera publicarla a gran escala, llegando así a convertirse en una de las sensaciones del año. Su autor, además de excelente escritor ha resultado ser, también, un gran comercial. Y en esta novela no sólo nos vende una historia sino algo mucho más importante: una filosofía de vida y, sobre todo, la constancia de que nada es imposible si de verdad crees en ello. Sin duda, una novela altamente recomendable...