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miércoles, 27 de marzo de 2019

Reencuentro. Fred Uhlman. Tusquets Editores. 1987. Reseña





     Fred Uhlman (1901-1985), abogado alemán de origen judío, huyó de su Stuttgart natal en 1933 por miedo a sufrir la persecución nazi. No cabe duda que su temor estuvo fundamentado. Pasó por Francia, España e Inglaterra, donde vivió sus últimos años, dedicado principalmente a la pintura y a la escritura. Se casó con una inglesa a la que conoció en España, y pronto se mudó a tierras británicas, donde se enamoró de la campiña inglesa por los recuerdos que le traía de los lugares en los que pasó la mayor parte de su juventud: el lago Constanza y la Selva Negra principalmente. De hecho, la añoranza de su tierra ocupa páginas importantes de su principal novela: Reencuentro (1960). Una obra que, pese a lo que pueda parecer en un principio, solo es autobiográfica en parte.

     El narrador (en primera persona) de esta historia es Hans, un joven judío procedente de una familia pequeño-burguesa que asiste a clases en la prestigiosa escuela Eberhard-Ludwig Gymnasium, la más antigua institución de enseñanzas medias de Würtemberg. Solitario, de ideas socialdemócratas, conoce a un nuevo alumno que llega a su clase en enero de 1932: Konradin, de su misma edad (16 años), un rico aristócrata perteneciente a una de las más antiguas familias de Europa. Ni más ni menos que los condeses de Hohenfels. Su elegancia, su pulcritud y su saber estar despierta muy pronto el interés de sus nuevos compañeros de clase. Sin embargo, solo Hans capta el de Konradin, que resulta ser también un joven tímido y solitario necesitado de amistad.

     Hans duda al principio --¿Qué podía ofrecerle yo, hijo de un médico judío, nieto y bisnieto de rabinos, y descendiente de un linaje de pequeños mercaderes a ese muchacho rubio cuyo solo nombre me llenaba de temor reverencial? ¿Cómo podía entender él, con toda su gloria, mi apocamiento, mi orgullo receloso y mi temor a ser herido? ¿Qué tenía en común  él, Konradin von Hohenfels, conmigo, Hans Schwarz, tan escaso de aplomo y de savoir faire?-- y anhela después --No recuerdo exactamente cuándo decidí que tenía que ser mi amigo, pero lo sería--, pero finalmente surge la amistad entre ellos --a partir de ese instante mi vida ya no sería hueca ni tediosa, sino que estaría llena de esperanzas y satisfacciones para ambos-- y, recuerda Hans, a partir ese día fuimos inseparables.

     Pese a que el país vivía momentos críticos en lo económico --debía hacer frente a las reparaciones de guerra y a la subida de los precios-- y en lo político --el temible ascenso del poder nazi a las instituciones--, la política era cuestión de adultos y nosotros debíamos resolver nuestros propios dilemas: aprovechar la vida y dilucidar qué sentido tenía. Estos eran los problemas de trascendencia auténtica y eterna, mucho más importantes para nosotros que la existencia de figuras tan efímeras y ridículas como Hitler y Mussolini. Todo un ejemplo de confiada ignorancia. Como el hecho de que para Hans y su familia ser judío no tenía mayor importancia. En primer lugar éramos suabos, luego alemanes y después judíos. ¿Qué otro sentimiento podíamos alimentar?  

     Porque para el padre de Hans, quien aborrecía el sionismo, era tan absurdo reclamar Palestina después de dos mil años como lo habría sido que los italianos reclamaran Alemania porque en otra época la habían ocupado los romanos. Eso solo podría desembocar en una matanza interminable y los judíos deberían combatir a todo el mundo árabe. Le parecía increíble que los compatriotas de Goethe y Schiller, de Kant y Beethoven, se dejaran engatusar por Hitler. No en vano, tan convencido estaba de que Alemania era su país, que estaba dispuesto a luchar por él nuevamente pese a haber resultado herido dos veces en la Primera Guerra Mundial. Como se puede observar, la novela traza un retrato fiel, casi milimétrico, de la situación alemana de la preguerra.

     La relación entre Hans y Konradin comienza a resquebrajarse ante las negativas de los padres del aristócrata a que su hijo se mezcle con los judíos. Konradin vive haciendo frente a un contínuo dilema, pero no quiere perder la amistad de Hans. Algo que cada vez resulta más complicado. La novela aborda un año, que transcurre entre enero de 1932 y enero de 1933. La llegada de Hitler a la cancillería alemana marcará un antes y un después en las vidas de ambos: Hans es enviado por sus padres al exilio en EE.UU. y Konradin entra en las fuerzas nazis. Parece que la amistad se ha roto para siempre. Treinta años después, Hans se reencuentra con su amigo perdido y escribe un relato conmovedor sobre el valor de la amistad, el fin de la infancia y la barbarie de la política radical.

     Antes del momento del exilio, no obstante, recuerda Hans que había comenzado el largo y cruel proceso de desarraigo, y las luces que me habían guiado ya se habían amortiguado. Ahora me hallaba solo. Casi nadie me hablaba. Incluso los antiguos profesores parecían haberme olvidado. Y llega el inevitable momento de la despedida: Quizás algún día nuestros caminos volverán a cruzarse. ¡Siempre te recordaré, querido Hans! --le escribe Konradin-- Has influido mucho sobre mí. Me has enseñado a pensar, y a dudar. Una nueva vida espera a Hans en EE.UU.. Un nuevo desarraigo. Una nueva soledad. Ha perdido a su amigo del alma, y debe seguir hacia adelante con su vida sin la presencia, además, de sus padres, quienes deciden quedarse en el que consideran es su país.

     Reencuentro, en sus escasas ciento veinte páginas, constituye un fiel reflejo de la Alemania de entreguerras y de la pre guerra. Además, narra los sentimientos de juventud y adultez de un personaje que ha debido seguir con su vida pese a haber vivido el horror nazi. Y debo confesar que hay ciertos pasajes en los que, como lector, he llegado a sentir impotencia, rabia y hasta ganas de llorar. Y eso que la historia que nos cuenta Uhlman la conocemos todos de sobra. Sin embargo, su forma de contarla, a base de pequeñas y descorazonadoras pinceladas, nos llega hasta lo más hondo de nuestro ser. Más pronto que tarde habrá que leer Un alma valerosa, la continuación de una de esas historias que todo el mundo debería leer algún día.           

              

lunes, 27 de noviembre de 2017

El baile. Irene Némirovsky. Salamandra. 2006. Reseña





     Solo vivió 39 años --fue deportada y asesinada en Auschwitz en 1942--, pero le bastaron para dejarnos algunas joyas literarias. Por ejemplo, la premiada y archi conocida Suite francesa (publicada en 2004), David Golder, la primera que vio la luz (1929), y la novela corta que nos ocupa en estas líneas: El baile (1928, pero publicada en 1930). Irene Némirovsky, escritora judía de origen ucraniano, huyó de Rusia tras la revolución de 1917. Su familia, de inmenso poder económico, se instaló en París, donde Irene estudió la licenciatura de Letras en La Sorbona. Razón que probablemente explique que escribiera toda su obra literaria en francés.

     Pese a padecer una infancia infeliz y solitaria, su exquisita educación y sus grandes dotes como novelista la convirtieron en una de las voces literarias más importantes de la Francia del período de entreguerras. Por desgracia para ella, y también para nosotros, la Segunda Guerra Mundial puso punto y final a su vida, privándonos de un talento que podría haber llegado mucho más lejos todavía. La cuestión es que poco a poco cayó en el olvido. Hasta que en 2004 sus hijas descubrieron el manuscrito de Suite francesa. A partir de su publicación, se relanzó el interés por la figura de la que está considerada como una de las grandes escritoras del siglo XX.

     Autores tan diferentes como Joseph Kessel (judío) y Robert Brasillach (antisemita) coincidieron en aplaudir sus obras. Viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, casi veinte años después de establecerse en París y tras escribir en lengua francesa sus obras, Némirovsky pidió la nacionalidad francesa. El gobierno francés, haciendo gala de una actitud antisemita, se lo denegó. En 1939 ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo. Siguió escribiendo hasta el final, pese a la prohibición expresa de las leyes antisemitas del gobierno de Vichy de publicar sus obras. Finalmente, acaecieron su detención, deportación y posterior asesinato en el campo de exterminio de Auschwitz. 

     El baile narra el difícil paso de la adolescencia a la edad adulta de la protagonista, Antoinette. Una joven de solo catorce años de edad que se asoma con cautela y a la vez con intrepidez a un mundo que desconoce pero ansía conocer. Su padre, Alfred, es un corredor de bolsa francés que, merced a un golpe de suerte, se convierte en rico de la noche a la mañana. Muy pronto se traslada (junto a su esposa, Rosina, e hija, Antoinette) a la capital, París, donde la familia pretende hacer creer a sus nuevos conciudadanos que la riqueza les ha acompañado desde siempre. El mundo de las apariencias pasará a ser, desde el principio de la narración, uno de los protagonistas de la novela. 

     Un año después de su llegada a París, y viendo que su pretendida ascensión social capitalina no se acaba de concretar, el matrimonio organiza en su mansión un baile al que invita a doscientas personas. El objetivo, darse por fin a conocer ante las personas más influyentes de la ciudad de las luces. Antoinette ve en la ocasión una inmejorable oportunidad para darse a conocer ella misma ante los jóvenes casaderos de las familias más importantes de la capital. Sin embargo, sus padres le prohíben asistir a la fiesta, pues la ven poco preparada para un acto de tanta magnitud. Y eso que la niña cuenta con la inestimable ayuda de miss Betty, quien la ayuda a aprender a hacerse pasar por rica de toda la vida

     Los Kampf se embarcan en una vorágine de quehaceres diarios con el fin de que el baile sea un éxito. Saben que es su última oportunidad para convertirse en una familia influyente en el París de entreguerras. No escatiman en gastos y todo parece preparado para propulsarlos al estrellato. No obstante, no todo está tan atado como ellos piensan. Y todo por un acto medio involuntario pero posteriormente no arreglado por su hija. Una rabieta momentánea y no calculada de Antoinette, en efecto, supone el caldo de cultivo para una venganza finalmente trazada que únicamente necesita dejar pasar el tiempo y tomar asiento para ver su trágico desenlace. Porque a menudo un simple gesto, tan impulsivo como espontáneo, puede provocar el mayor de los desastres. 

     Irene Némirovsky nos demuestra en esta breve pero incisiva obra unas apabullantes dotes psicológicas para describirnos a unos personajes que más que creados para la novela parecen existir en realidad. Así, condensa en apenas noventa páginas --la novela se lee en una hora y cuarto, más o menos-- una historia protagonizada por la difícil relación madre-hija, el ansia de reconocimiento social y la pasión por la vida y la búsqueda de la felicidad. Y, todo ello, justo unos meses antes de que la opulenta sociedad de finales de los felices años veinte fuera arrastrada al desastre por el crack de 1929. Lo cual le otorga, además, un carácter un tanto profético.

     Ilusión. Desencanto. Venganza. Crueldad. Tragedia. El baile es una novela ágil, cruel, apasionada en la que nada sobra y en la que, al final, el lector tiene la sensación de haber vivido en primera persona los hechos ficticios narrados. Como si fueran reales. Como si hubieran ocurrido ante sus ojos. Algo solo al alcance de una narradora excepcional. De una obra maestra que concentra aspectos tan aparentemente distanciados como la perfección literaria y la experiencia humana. En definitiva, de una joya.