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viernes, 11 de diciembre de 2015

El puente de los espías. Steven Spielberg. 2015. Crítica





     La semana pasada se estrenó en España la esperada película El puente de los espías, basada en hechos reales y dirigida por Steven Spielberg. Una obra digna del mejor John Le Carré. A estas alturas no hace falta dedicar una sola línea para presentar ni al director, Spielberg, ni al protagonista principal del film, Tom Hanks. Tampoco a los guionistas, los hermanos Joel y Ethan Coen, apoyados aquí por Matt Charman (Suite francesa, 2014). Basta con decir que cuando unen esfuerzos semejantes guionistas, un director capaz de hacer posible lo imposible y un actor que siempre resulta creíble, en cualquier papel y circunstancia, el resultado ha de ser una obra maestra.

     En 1957 el abogado neoyorkino experto en seguros James Donovan (Tom Hanks) recibió el encargo de defender a un espía comunista, Rudolf Abel, interpretado por el actor teatral británico Mark Rylance (que repetirá en 2016 con Spielberg en Mi amigo el gigante y que ya participó en Caza al asesino junto a Sean Penn y Javier Bardem). Enfrentándose a su propia empresa, al juez y a un país en plena caza de brujas comunista durante la Guerra Fría -aspecto este muy bien tratado en la película-, Donovan consiguió que Abel no fuera condenado a muerte sino a cadena perpetua. Algo que tendría consecuencias tres años después, cuando los soviéticos atraparon al piloto estadounidense Francis Gary Powers (Austin Stowell). 

     Donovan, que ya había demostrado su integridad, sangre fría y saber hacer en la defensa de Abel, fue llamado por la CIA para viajar, en misión secreta, al convulso y peligroso Berlín oriental con el objetivo de negociar la liberación del piloto y su canje por el espía comunista. Pese a los evidentes riesgos que conllevaba dicha misión aceptó al considerar que era lo justo y lo correcto en aquellas circunstancias. Es de suponer que debió pensar que con ello mataría tres pájaros de un tiro: liberaría al piloto, llevaría de vuelta a casa a Abel -con quien había trabado una relación más que correcta- y lavaría su imagen ante su nación (aspecto este que, creo, fue el menos influyente de los tres citados).

     No obstante, la situación se complicó todavía más al conocerse la noticia de que un estudiante de económicas norteamericano que se encontraba en Berlín escribiendo una tesis sobre la economía en el mundo comunista había sido capturado por los alemanes orientales. Donovan, contradiciendo de nuevo a la CIA -a la que no le interesaba en absoluto la suerte que pudiera correr el estudiante- y poniendo en riesgo la misión y su propia integridad física, no dudó en tratar de conseguir también la liberación del joven. Lo cual le colocó en situaciones todavía más complicadas. 

     El Berlín de los sesenta, atravesado por el muro de la infamia, aparece como un personaje más de la acción. Inhóspito en pleno invierno, con muros y alambres de espino por doquier y con presencia militar en cada esquina se nos antoja un muy mal lugar para viajar. Y menos con una misión tan apasionante como peligrosa. Tom Hanks actúa como acostumbra: de manera absolutamente genial, natural y convincente. Y Mark Rylance, al que servidor desconocía hasta la fecha, supone toda una sorpresa, pues no le va a la zaga nunca. Frío pero humano, encarna el papel de espía a la perfección, poniendo en evidencia al 007 de turno. 

     Lo que más ha llamado mi atención es la distinta manera de mirar la realidad que supuso la Guerra Fría en los años sesenta. Spielberg no nos habla de malos y buenos, como la mayoría de películas que tratan el tema, sino de hombres responsables -algunos (Donovan o Abel) más que otros (la CIA, el FBI, la justicia y la propia sociedad estadounidenses no salen muy bien paradas en este film)-, íntegros y servidores de su patria y, ante todo, de su propio código moral. Porque en El puente de los espías Spielberg, más que nunca, profundiza en la humanidad del héroe. Todo ello, envuelto en un ambiente y un ritmo que consiguen que una película de 140 minutos no se haga larga. Todo lo contrario.

     Siempre he pensado que para que una película sea muy buena necesita de un guión perfecto. Y lo mejor de este es que no parece estar escrito por los hermanos Coen. El ritmo no es endiablado, el ambiente no es negro y agobiante, no hay sangre por todas partes, no aparecen los típicos villanos y héroes, no hay ansias de venganza por ninguna parte. Y, como he dicho antes, ni los americanos son ángeles ni los comunistas demonios. Estamos, más bien, ante un film en el que, ¡por fin!, la sensatez y el sentido común están muy por encima de los prejuicios sin hondura ni fundamento. En el que la humanidad de los personajes domina a los estereotipos.

     Si quien lea esta reseña no tiene planes para este finde -o para cualquier tarde medio libre de entre semana- hará bien en ver esta película. Y quien los tenga, no se arrepentirá de cancelarlos para disfrutar del cine en estado puro. Sin alardes, sin estridencias, pero con una gran humanidad. Y, lo más importante, sin buenos ni malos y sin estereotipos. Pero con valores, rectitud y gran honestidad. Al cine -y a la sociedad- actual le hacía falta una película como esta.     

           

sábado, 1 de septiembre de 2012

El Círculo Alquímico. Paco Gómez Escribano. Editorial Ledoria. 2010. Reseña


     Proceso usado para transformar plomo u otros elementos en oro; búsqueda de la piedra filosofal, con la que se era capaz de lograr la habilidad para transmutar oro o la vida eterna. De esta manera explica cualquier diccionario el significado de la palabra alquimia. El tema, tratado en innumerables obras literarias y cinematográficas, resulta muy interesante por diversos factores en los que no voy a entrar aquí.

     "El Círculo Alquímico" nos ilustra sobre el significado y la simbología de esta precursora de la química y la filosofía actuales. Y lo hace de forma magistral, sin aburrirnos con datos difíciles de explicar, adentrándonos en una trama perfectamente trazada por un Paco Gómez Escribano que me ha encantado en su primera novela publicada (que no escrita).

     Una buena historia es aquella que nos enseña, nos entretiene, nos emociona y nos hace pensar. Y en este libro nos pasan todas esas cosas. Con ella, uno aprenderá sobre arte, historia, geografía, costumbres y tradiciones de distintos lugares del mundo y, por supuesto, alquimia. Incluso puede ser una excelente guía de viajes para quienes vayan a visitar lugares tan distantes en la geografía mundial como Toledo, Berlín, Jerusalén o El Cairo. Porque en estas cuatro ciudades se desarrolla la acción de esta novela.

     Estudiosos de arte e historia, religiosos de distintas confesiones y lugares, un detective, mafiosos, agentes del Mossad y hasta policias españoles forman parte de una historia que nos atraerá desde el principio. Y, lo mejor de todo, cada uno de los personajes cumple perfectamente un papel en la trama de la misma. Ese es uno de los fuertes de este libro: los personajes no están "metidos con calzador" sino que obedecen a una serie de circunstancias que les involucrarán, queriendo (en algunos casos) o sin querer (en otros), en la acción tan bien narrada por Paco.

     Un fresco del siglo XVI aparecido en la capilla de San Ildefonso de la catedral de Toledo cambiará para siempre la vida de todos aquellos que se relacionen con el descubrimiento. Boris Vasílievich, un extraño personaje que puede llegar a aparecer de diversas formas y edades diferentes, será el eje sobre el que se deberán mover todos los protagonistas de esta historia, a los cuales ayudará a viajar por Jerusalén y El Cairo en busca de algo que nadie conoce ni sabe exactamente dónde buscar. Las pistas dadas por éste y la pericia de cada uno de ellos les llevará a cerrar un círculo lleno de alquimia, magia y también peligros.

     El escritor madrileño mezcla en esta obra aspectos tan interesantes como la alquimia (a través de las enseñanzas de un tratado del siglo XVI escrito por Rodrigo Garcinúñez, Azhar El Halli y Samuel Levi, tres hombres representantes de las tres confesiones religiosas que convivieron en esa época en nuestro país), la arquitectura y el arte (con unas descripciones magníficas de cada fresco o cuadro aparecido y de cada edificio, catedral, palacio o monasterio, donde se desarrolla la acción de la novela), la historia (de los lugares y de los personajes relacionados con el contexto determinado) y las formas de trabajo de distintos personajes dedicados a la investigación (sea de la rama que sea). Y, por supuesto, hay espacio también para el amor surgido entre dos de los principales protagonistas.

     Por todo ello, estamos ante una obra que recomiendo totalmente a todos aquellos lectores que estén ávidos de aprender, entretenerse, emocionarse y pensar sobre qué somos, de dónde venimos y adónde vamos. Estoy seguro de que nadie se arrepentirá de leer "El Círculo Alquímico" de Paco Gómez Escribano, una novela fantásticamente bien documentada en cada uno de los temas tratados en ella. Desde luego, puedo asegurar que cuento el tiempo que queda para poder leer la segunda de sus obras publicadas, que verá la luz este próximo otoño y llevará por título "Al otro lado".

     Cuando conocí en persona a Paco intecambiamos nuestros "círculos" (su "círculo alquímico" y mi "círculo de bondades") y me deseó que disfrutara de este viaje alquímico. Gracias: sin duda, lo he hecho, compañero. Sólo dejo de recomendar la lectura de esta magnífica novela a aquellos lectores que estén intentando dejar el tabaco y/o el café. "No somos na".