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jueves, 5 de octubre de 2017

Por encima de la lluvia. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2017





     Comentó Víctor del Árbol hace unos días en una entrevista con motivo de la presentación de Por encima de la lluvia que con esta novela, en la que nos cuenta una historia arrolladora sobre el valor de vivir siempre intensamente, no pretende otra cosa que arañar el alma del lector. Cuestión que enlaza este nuevo trabajo con cualquiera de sus anteriores. Por algo se le conoce como el escritor del dolor. Etiqueta de la que siempre huye, por otra parte. Como de toda clase de clichés y tópicos. Especialmente en un momento tan convulso como el actual, en el que la sinrazón de unos y otros nos está llevando, a todos, hacia el abismo. 

     Soy absolutamente sincero si afirmo que cada vez me cuesta más reseñar una novela de este escritor extremeño-barcelonés. Y esto es así por varios motivos. En primer lugar, porque un buen comentario sobre una obra debe ser lo más imparcial y objetivo posible. Algo complicado cuando se conoce en persona a un autor con el que se comparten muchas posiciones e inquietudes literarias, políticas y sociales. Aspecto, este, de gozosa existencia pero difícil salida y resolución a la hora de abordar, desde la distancia apropiada, sus escritos. Porque cualquier reseñador que se precie de serlo, ante todo, debe ser y parecer creíble.

     En segundo lugar, porque todas y cada una de sus historias tienen las mismas estructuras, unos personajes diseccionados hasta el más invisible de los detalles físicos y psicológicos, unas tramas secundarias y principales que se desarrollan en diferentes épocas y lugares y que acaban confluyendo en un punto común decisivo y unas temáticas también similares que nos introducen en las mentes de los protagonistas, los ambientes de los lugares y en la necesidad de vivir a toda costa, pese al peso de esas mochilas llenas de hechos pasados que en no pocas ocasiones pueden lastrar también nuestro futuro.

     Y el tercer motivo que explica lo costoso de escribir sobre una de las obras de este autor es la necesidad de no desvelar demasiado sobre la historia del libro en cuestión. La complejidad de las obras de del Árbol es tal que resulta casi imposible entrar en materia sin hablar de más. Algo que, obviamente, tampoco conviene hacer jamás. Aclarado, pues, todo lo anterior, paso a contaros mis impresiones sobre Por encima de la lluvia, la nueva novela del Premio Nadal 2016 por La víspera de casi todo y autor, además, de Un millón de gotas (2014), Respirar por la herida (2013), La tristeza del samurái (2011), El abismo de los sueños (finalista del Premio Fernando Lara en 2008, todavía inédita) y El peso de los muertos (Premio Tiflos 2006).     

     Seguramente se habrá preguntado el lector qué puede tener de especial una novela que presenta la misma estructura, unos personajes similares que arrastran pesadas cargas y siempre sufren y unas descripciones ambientales que tanto recuerdan a las anteriores del mismo autor. ¿Puede resultar finalmente todo esto un tanto cansino, tal vez? Para nada. La respuesta a esta situación es muy sencilla: la estructura de la historia es la misma porque lo que funciona a las mil maravillas no necesita ni debe ser cambiado; los personajes sufren, sí, pero cada vez de manera distinta y por motivos nuevos y diferentes; y los ambientes tampoco son los mismos y nos transportan a lugares que no conocemos al iniciar la lectura pero sí al final gracias a unas descripciones minuciosas y efectivas.

     Sin embargo, hay otros motivos de mayor peso que siempre nos invitan a leer a este autor. Es genuino, original y auténtico. Y también optimista. Porque, pese a que a primera vista sus obras pueden parecer oscuras y deprimentes, lanzan mensajes positivos que conviene no pasar nunca por alto. Vivir siempre intensamente no es fácil. Del Árbol lo sabe. Y, no obstante, mediante un lenguaje de extremos (que oscila entre una prosa casi poética y otra cruda, dura y desgarradora) nos conduce por senderos que nos llevarán hacia la redención personal e incluso colectiva. Algo tan necesario y urgente en la época oscura que vivimos. 

     Miguel y Helena provienen de familias que pertenecieron a mundos diferentes y a colectividades enfrentadas durante la Guerra Civil y la posguerra. Sin embargo, logran alcanzar una relación plena, con sus necesarios altibajos, que los hará descubrir que, pese a su ancianidad (principio de alzheimer en el caso de Miguel), la vida no termina hasta el último aliento. Y que, hasta ese instante final, siempre es posible alcanzar nuestros sueños o superar nuestros peores temores. Así, Miguel perderá su miedo a volar, mientras que Helena aprenderá a nadar. Metáforas, ambas, que vienen a indicarnos que nunca es tarde para vivir, por terrible que haya sido nuestra existencia hasta ahora.

     Por encima de la lluvia muestra también la singularidad de apartarse ligeramente de sus obras anteriores en el sentido de la temática o temáticas de la trama principal. En la secundaria, por contra, sí es cierto que encontramos una historia al más puro estilo de la novela negra. Es la que tiene lugar en Malmö, Suecia. La trama española nos habla de la barbarie de la guerra --los moros de Franco, la construcción del Valle de los Caídos, la vida de los soldados españoles en el norte de África y el eterno odio hacia el contrario-- y de temas como la falsa creencia de que a los viejos hay que apartarlos de la sociedad, la soledad en la ancianidad, el alzheimer, los malos tratos o la corrupción. Absolutamente todos los protagonistas son personas comunes que pueden llegar a ser extraordinarias.

     Estamos ante una novela que ayuda al lector en diferentes aspectos de la vida cotidiana. Pero también debería ayudar al autor. No hace mucho, del Árbol afirmó que le aterra la sola idea de pasar a la historia como el autor de Un millón de gotas. Pues bien, a tenor de esta última novela, puede estar tranquilo y considerarse a sí mismo por encima de la lluvia. Porque el conjunto de historias entrelazadas que la componen supone un paso más en una carrera literaria que todo el mundo debería conocer y compartir. Como trata de hacer servidor con esta humilde reseña.                
           

miércoles, 18 de marzo de 2015

Un verano en la casa azul. David Casado Aguilera. Editorial Círculo Rojo. 2014. Reseña





     Cuando uno finaliza la lectura de un libro y siente un nudo en la garganta es que la historia que acaba de terminar le ha dejado huella. Sé, por experiencia propia, que lo mejor que le puede pasar a un escritor es que alguien que ha dado buena cuenta de su obra le comente este hecho. Sin duda, David tiene motivos para sentirse orgulloso de Un verano en la casa azul. Si hace tres años escribí una reseña sobre El grito del silencio en la que recomendé su lectura, ahora me siento en la obligación de compartir con los lectores de este blog otra historia emocionante y conmovedora.

     Desde un presente indeterminado, Leonardo, un anciano nostálgico y melancólico, narra la historia de amor interrumpida con el primer y único gran amor de su vida, Valeria, acaecida en los veranos de 1960 y 1961 en un pequeño pueblo de la Costa Brava. Ya en las primeras páginas se nos deja claro que la pareja de adolescentes no está ya junta, y que la causa de ello es un suceso trágico cuyo desarrollo se nos irá presentando de forma gradual, a base de pequeñas píldoras que nos mantendrán atados a las páginas del libro sin que el lector desee deshacerse de las ligaduras. Al contrario, uno disfruta con las idas y venidas de las acciones contadas por el narrador, sintiéndose feliz en la maraña de sucesos, emociones y bellas y certeras frases ilustrativas. Uno de los puntos fuertes de la novela, sin duda.

     Un verano en la casa azul es un canto a la vida, a la libertad y a la dignidad humana. Una novela de contrastes entre la inocencia y las ganas de comerse el mundo de la juventud y la madurez y la añoranza de la vejez. Una amalgama de sentimientos, muchas veces contradictorios, como la vida misma, que van de la valentía a la cobardía, de la cordura a la locura adolescente, de la razón a los modales. Una historia que deja claro algo que sabemos pero queremos a menudo ignorar: que "el pasado jamás regresa" y que "se necesita toda una vida para comprender que la vida es un instante, un suspiro".

     La ambientación de la novela es exquisita. El pueblo y sus alrededores cobran vida ante nuestros ojos, de tal manera que podemos llegar a sentir el calor veraniego, el sofocante sol, la brisa de los atardeceres, el frío de las noches estivales, el olor a naturaleza de los montes, la forma de vida de los pueblerinos - dicho esto con el mayor de los respetos - del lugar y hasta los hormonas de los adolescentes protagonistas. En efecto, David consigue que el pueblo sea un personaje de la novela. Y no uno más, sino uno de los centrales. Al terminar la lectura cuesta despedirse de lugares tan fascinantes como la Cala de La Tortuga, el Acantilado de los Cuchillos, la Casa Azul, el faro, la Plaza de la iglesia y hasta del banco del jardín de la casa de los padres de Valeria. Otro tanto en favor del libro.

     Según vamos leyendo vamos comprobando cómo la vida no es una sucesión de veranos, tal y como se nos dice en las primeras páginas del libro, sino que el verano de 1961 va a suponer un punto y aparte en la vida de la mayoría de los protagonistas de la historia. Para el pueblo será así por la explosión turística del lugar, lo cual queda reflejado en esa desconfianza de sus moradores respecto a los primeros visitantes desconocidos. El boom turístico de los años 60 se encargaría, como reconoce desde el presente Leonardo, de cambiar por completo la fisonomía de un pueblo al que cuesta reconocer.

     Lo mismo ocurre con el resto de protagonistas de la novela. El abuelo de Leonardo, su gran sustento moral y psicológico por ser el único que comprende al joven - los recuerdos de niñez, pesca, barca y mar son recurrentes a lo largo y ancho de la narración -, muere en el invierno que separa los dos veranos objeto de la narración. La historia de amor de Leonardo y Valeria cambiará para siempre la vida de ambos. A Leonardo, un buen chico bastante tímido de solo 17 años, le hará madurar a marchas forzadas y le obligará a tomar decisiones cuyas consecuencias le acompañarán hasta el fin de sus días. A Valeria, una jovencita a la que, por razones obvias que no desvelaré en la reseña, la vida obliga a vivir de forma diferente al resto de chicas de su edad, le hará creer que la felicidad sí existe. En este sentido, el personaje de Valeria es toda una oda a la libertad, a la dignidad y a la vida misma.

     Los protagonistas secundarios también aparecen perfectamente caracterizados psicológicamente. Santos, Enrique y Beatriz, cada uno a su manera, son ejemplos vivos de lealtad y de amistad. De modales y apariencias marcadamente diferentes, todos ellos juegan un papel importante en la historia tan bien narrada por Leonardo. Enrique aparece como el típico líder del grupo de jóvenes, siendo un personaje que finalmente se quitará la careta con la que vive. Santos es ese amigo que todos quisiéramos tener y que tan pocas veces se encuentra en la vida. Un amigo que acompaña sin hacer demasiadas preguntas ni recriminaciones. Beatriz podría ser la versión femenina de Santos. Rafael, en cambio, es un personaje que va variando más en cuanto a percepción por parte del lector. Tampoco en este caso comentaré mucho más al respecto, pues ha de ser precisamente el lector quien averigüe el por qué de mis afirmaciones.

     La política de la época - pleno franquismo - marca las formas de vida del pueblo. La existencia de las dos Españas queda bien patente en diversos fragmentos de la obra, algo que a nadie ha de extrañar, pues ese enfrentamiento, por desgracia, todavía a día de hoy sigue presente en nuestra sociedad. Como no podía ser de otra manera, la política tendrá importancia en el desarrollo de algunos de los pasajes de la historia. Quizá convendría olvidar de una vez el odio y la amargura subyacentes de aquella guerra que jamás debió acontecer. Justamente lo contrario que el recuerdo de nuestros seres queridos ausentes. Porque una de las enseñanzas que podemos destacar de la novela es que la muerte no es el fin de todo. Porque la verdadera muerte es el olvido...    

       

miércoles, 14 de enero de 2015

La acabadora. Michela Murgia. Salamandra. 2011. Reseña





     Conocí la existencia de esta novela hace unas semanas, gracias a una buena amiga de mi Facebook que me la recomendó. Jamás antes había escuchado nada sobre este libro ni su autora. Y lo primero que debo decir es que esta lectura me ha hecho reflexionar bastante sobre varios aspectos de su trama, ambiente y discurso. Tras dar las gracias a Olga por darme a conocer esta obra, paso a explicar mis impresiones sobre la misma.

     Desde el punto de vista del contexto me han llamado la atención tres aspectos. El primero, la forma en que Murgia nos presenta el pequeño pueblo de Soreni, en el interior de la isla de Cerdeña. Me ha recordado aquella España profunda que Delibes retrató en Los santos inocentes. Lo arcaico y lo moderno (años cincuenta en la novela) conviven, a menudo de forma violenta, en un pueblo perdido de la Cerdeña de la posguerra. El segundo tema a abordar es el de la adopción del alma, inmemorial costumbre sarda por la cual una familia o un individuo (Bonaria Urrai en este caso) adoptaban a un hijo o hija (María Listru en esta historia) proveniente de otra familia que no podía mantenerla económicamente. La adopción se realizaba tras el acuerdo de las tres partes, y la adoptada no perdía ni contacto ni vínculos con su familia real. Hija y madre de alma quedaban así unidas mediante un vínculo sagrado. Y el tercer punto que me ha marcado durante la lectura de La acabadora ha sido la propia existencia de la referida figura: una mujer que consuela, acompaña y ayuda a morir a quienes están sufriendo y no tienen posibilidad ninguna de sobrevivir a su enfermedad.

     Michela Murgia, nacida en Cabras, Cerdeña, en 1972, donde todavía reside en la actualidad, estudió teología y escribió algunos ensayos de cierto éxito en su país. Pero fue en 2011 cuando saltó a la primera plana de la literatura italiana al alzarse con el Premio Campiello, el más importante de Italia, por la obra que nos ocupa. En ella trata, con un lenguaje nítido y directo, sin perderse en mayores artes, el tema de la eutanasia y el fin de nuestra existencia. Y lo hace a través de una comunidad, la propia, que afronta este último paso hacia la muerte de forma colectiva, sin pudores ni falsos tabúes. Una forma nueva y diferente de ver el tema de la muerte que contrasta con lo arcaico de su forma de vida. Además, la autora no toma partido en favor ni en contra del asunto. Simplemente narra la historia. Sin más.

     La propia isla de Cerdeña es tratada por Murgia como una hija de alma, separada de Italia, su madre de alma, pero conservando con ella sus vínculos de italianidad. Y el contraste entre lo arcaico y lo moderno se hace si cabe más evidente en los breves capítulos en que María Listru se desplaza a vivir y trabajar a Turín. Se trata de una huida, un distanciamiento respecto de Bonaria Urrai, su madre adoptiva, tras conocer el motivo real de sus extrañas salidas nocturnas, del enorme respeto que todo el mundo le profesa, de los ojos temerosos de quienes con ella se cruzan por las calles del pueblo. María, no conforme con la otra dedicación de su madre - que trabaja, además, como modista -, huye de ella y busca comenzar una nueva vida. Una huida que, paradójicamente, acabará trayéndola de vuelta al pueblo y al lado de Bonaria.

     La vejez y la infancia (el paulatino conocimiento de los entresijos de la vida) también se contraponen en la novela. Bonaria Urrai, modista, solitaria, seca y estricta, pero bieintencionada y de marcado régimen ético - el cual le lleva a no aceptar todos los casos que se le presentan - es viuda. Su marido desapareció en la guerra, aunque según algunos vecinos realmente la abandonó y se hizo desaparecer. María Listru es la cuarta hija de una familia humilde que no se podía permitir una cuarta hija. Al lado de su tía - madre de alma - vive de manera humilde aunque no le falta de nada. Su amistad con algunos jóvenes del pueblo le hará conocer una especie de amor primario (Nicola) que no desarrollará plenamente hasta su estancia en Turín (Piergiorgio).                        

     Y entre Nicola y Piergiorgio y sus respectivos mundos se establece una nueva contraposición en la que María hará también de bisagra. Nicola es el clásico arquetipo masculino: viril, fuerte, trabajador, defensor (hasta la muerte si hace falta) de cada metro de su propiedad y decisor último de su destino tras sufrir un desgraciado accidente. Piergiorgio, por contra, es un adolescente de ciudad que vive encerrado en sí mismo, atemorizado, tras sufrir una violación. La relación de María con Nicola será el motivo de su huida a Turín. Y su relación con Piergiorgio ocasionará su retorno a Soreni.

     La acabadora es una novela impactante, turbadora, conmovedora y reflexiva sobre la vida, la muerte y la forma de llevar una y otra. Un testamento vital de una comunidad que vive el tema de la muerte con la mayor naturalidad posible. Una historia de amor, piedad y misericordia. Un libro que nos enseña costumbres provenientes de tiempos inmemoriales que nos harán pensar sobre nuestro presente y nuestro futuro. Sobre nuestra vida y nuestra muerte.

     Y, como reflexión final, nos anima a no juzgar con tanta facilidad a los demás y a escuchar de manera diferente aquella máxima que afirma que de esta agua no beberé. Por todo ello, como en su día hizo Olga conmigo, no dudo en recomendar a quien lea esta reseña una novela que creo que no dejará a nadie indiferente. Una joyita de 190 páginas, de las que se saborea de principio a fin...