LIBROS

LIBROS
Mostrando entradas con la etiqueta Siruela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Siruela. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de marzo de 2026

La península de las casas vacías. David Uclés. Siruela. 2024. Reseña

 




    Más de una década de viajes, documentación y lectura de libros le llevó al escritor, músico y dibujante David Uclés (Úbeda, 1990) la escritura de una de las obras más novedosas, originales, aplaudidas y premiadas del panorama español contemporáneo. La península de las casas vacías se ha convertido, dos años después de su publicación por Siruela, en un fenómeno literario en nuestro país. Centenares de miles de copias vendidas, una gran multitud de premios -la lista es casi inacabable- y una futura adaptación a la gran pantalla han convertido a esta historia, a sus protagonistas y a su autor en todo un fenómeno de masas. Portadas de revistas, entrevistas radiofónicas y apariciones en programas televisivos han llevado a Uclés a convertirse en una celebridad. Tanto que llega a asustar. Esperemos que esa enorme y repentina fama no termine con un autor que, no obstante, parece tener los pies bien plantados sobre la tierra.  

    La península de las casas vacías nos presenta la historia de la familia Ardolento a través de los tres años que duró la Guerra Civil Española. Una historia y una guerra narradas con un realismo mágico que cautiva al lector. Que representa una época oscura de nuestra Historia de forma original y diferente. Realidad y realismo mágico se entremezclan con frescura para completar una obra magistral que cumple con todos los requisitos que se le deben pedir a una obra de trasfondo histórico. En primer lugar, entretiene. Y de qué manera. En segundo lugar, nos enseña. Y es que ofrece datos y relatos de la realidad de aquellos tres años. Algunos de ellos, puede que desconocidos por parte de los lectores. Tanto de los republicanos como de los sublevados. Y, en tercer lugar, nos invita a reflexionar en profundidad sobre nuestro pasado, presente y futuro. Máxime con la acertada utilización de citas de personajes históricos reales que resumen y condensan la realidad del momento histórico reflejado.

    Conmueve asistir a la práctica descomposición de la familia Ardolento. Una familia extensa que pasa de los casi cuarenta miembros de 1936 a apenas poder ser contados con los dedos de una mano una vez finalizada la contienda y durante la posterior represión emprendida por el bando vencedor. No, no todos fallecen a causa de la guerra propiamente dicha, pero el caso es que el lector debe ir despidiendo a algún Ardolento cada pocas páginas. Lo mismo ocurre con el resto de los ciudadanos de Jándula -Quesada, en realidad-, el pueblo jienense en el que se sitúa el centro de atención de la trama de la novela. Un pueblo en el que, como en el resto de Iberia, sobre todo en los pueblos, cada vez encontramos más casas vacías y más cementerios, cunetas y fosas repletas de cadáveres. Jándula representa a las mil maravillas todas las supersticiones, creencias y costumbres de la época. También, por descontado, toda la sabiduría de un pueblo que trata de vivir pese al horror de la guerra.

    La contienda se nos narra a través de diversos testimonios de personajes reales. También de la mano de tres de los miembros de la familia que deben salir del pueblo por diferentes motivos. Odisto, el cabeza de familia, se ve obligado a dejar el pueblo tras las amenazas recibidas por parte de uno de los señoritos de Jándula, Venancio. Su hijo Pablo se une a los nacionales en Extremadura y recorre media España luchando contra la república. En cambio, su hermano José sigue a los republicanos y pelea contra la expansión del fascismo por nuestro país. No va solo. Lo acompaña Jacobo, su amigo del alma (y algo más). José y Pablo se llegan a encontrar un par de veces. Cara a cara, se apuntan con sus armas y se miran con curiosidad, decepción y sentimientos encontrados. Odisto, alma en pena solitaria, representa al tercer bando. Aquel que ni sabe de política ni quiere guerra. Aquel que solo pide un campo en condiciones para poder ganarse la vida. El bando de la agricultura, la ganadería, el comercio y  la paz.

    Estos tres miembros de la familia Ardolento nos presentan, junto a los aludidos personajes reales y el narrador-Dios-omnisciente, la guerra fuera de Jándula. La del pueblo nos la presentan el resto de personajes y de nuevo ese narrador omnisciente convertido a veces en Dios y a veces en un personaje más que altera el orden de las cosas a su antojo según convenga a la narración de la historia. Que llega a dialogar con el mismísimo Franco en Toledo, ante el famoso cuadro El entierro del conde de Orgaz, de El Greco. Otro punto a resaltar de esta novela. Un narrador diferente a los conocidos. Que habla directamente al lector. Que justifica sus decisiones a la hora de contar de una manera u otra las atrocidades cometidas por ambos bandos -la novela recorre todos los grandes acontecimientos de la guerra-. Un narrador que o no juzga a nadie o juzga a todos por igual. Que se centra en implicar al lector en su reflexión. Una reflexión que se centra en el sinsentido de la guerra.

    Aunque cada personaje piensa y actúa de manera diferente a lo largo de la historia, en La península de las casas vacías sí hay algunas características que comparten la mayoría de ellos: el mal de la melancolía, como lo denomina el narrador-Dios -ante una familia que va menguando y/o ante un tiempo pasado que, sin duda, antes de la guerra fue mejor-, la defensa a ultranza de sus ideales -sean los republicanos, los nacionales o los de ese tercer bando ya referido, el del campo- y el sentimiento de culpa -porque las acciones de cada uno y hasta las palabras pronunciadas tienen consecuencias mucho mayores en el contexto en el que se enmarca la novela, y a veces conllevan hechos trágicos para uno mismo y para sus familiares, amigos y conocidos (y en Jándula se conocen prácticamente todos)-. Además, las idas y venidas de la guerra -los señoritos dominan el pueblo al principio, luego los milicianos toman el control durante casi toda la contienda y acaban sucumbiendo a su finalización- provocan verdaderos dramas: ajustes de cuentas, delaciones, discordias y resolución de viejas rencillas.   

    El mundo de la cultura sobrevuela en todo momento a lo largo de la trama de la novela. Así, encontramos en sus páginas a escritores (Unamuno, Alberti, Lorca, Rodoreda, Zambrano, Hemingway u Orwell), fotógrafos (Robert Capa o Gerda Taro), pintores (Picasso, Mallo o Zabaleta) y lugares como el Museo Nacional del Prado o la Biblioteca Nacional. Todas las manifestaciones artísticas, incluidas las artes mayores, tienen cabida en la Iberia descrita en La península de las casas vacías. Una Iberia de rica cultura, muy diversa -también desde el punto de vista idiomático, como ocurre en el capítulo titulado Las mujeres vernáculas- y complementaria. Porque nuestro país no se vino abajo por sus diferencias culturales ni por los nacionalismos sino por la intransigencia de los hunos y los hotros, como los llamó Unamuno, en referencia a esas dos Españas que, noventa años después, amenazan con matarse a palos de nuevo.                     


domingo, 24 de marzo de 2024

Vita brevis. Jostein Gaarder. Siruela. 2022. Reseña

 




    En 1996, seis años después del notable éxito de su obra El mundo de Sofía, ya reseñada en este mismo blog hace unos años, el profesor de filosofía y escritor noruego Jostein Gaarder trazó una especie de crítica de las célebres Confesiones de San Agustín de Hipona, considerado el padre de la Iglesia y uno de los grandes filósofos cristianos, desde los puntos de vista humano y femenino. No en vano, dicha crítica se fundamenta en una supuesta carta dirigida al doctor de la Iglesia por parte de Floria Emilia, la madre de Adeodato, hijo en común fruto de una relación pasional adolescente entre ambos. La carta, a la que el autor, en un recurso literario de verosimilitud, denomina Codex Floriae, encontrado por el autor en una librería de viejo de Buenos Aires, no existe en realidad. Sin embargo, sí está absolutamente comprobada la relación entre el santo y una mujer, la cual, en efecto, le dio un hijo que falleció durante su adolescencia. Un hijo que le fue arrebatado a su madre, de quien nada más se supo.

    Así pues, mezclando realidad --la relación de San Agustín con una mujer desconocida, de la cual nació Adeodato-- y ficción --la carta de dicha mujer, a la que Gaarder da el nombre de Floria--, el autor noruego novela, de forma epistolar, una severa crítica tanto de la figura del santo como de sus teorías ascético-cristianas. Una manera original y necesaria de dar voz a una mujer anónima que debió sufrir sobremanera durante toda su vida. Apartada para siempre de su amor y del hijo nacido de él, y habiendo de conocer las renuncias del después santo hacia su vida pasada, que considera pecaminosa, concupiscente y apartada del recto camino que debe seguir un cristiano que ansía salvar su alma para la inmortalidad. Además, el recurso literario utilizado por Gaarder se completa con el hecho de que el propio santo trata de convencer a su amante de juventud para que se convierta al cristianismo, por lo cual le envía una copia de sus Confesiones. Confesiones que ella critica con dureza en su carta de vuelta al obispo.

    La novela, titulada en lengua latina --la que debieron utilizar los protagonistas de la historia-- Vita brevis --la vida es breve--, es, por tanto, una ficción literario-filosófica que revela los desacuerdos y el descontento de la mujer por el hecho de haber sido abandonada, arrebatado su hijo además, debido al ascetismo del filósofo y sus nuevas creencias cristianas, de las que critica su visión centrada más en la vida después de la muerte que en la vida presente. Una vida que, como el título indica, es breve. A pesar de que la carta es falsa, muchos la dieron por real sin ningún tipo de fundamento, por lo que la obra sembró polémica entre los fieles de la Iglesia. Dicha polémica hizo famoso al libro. Y de forma injusta. Porque para ello debería haber bastado con el original estilo narrativo del autor, sus análisis espirituales y humanos y la magistral forma en que nos muestra el enfrentamiento entre las filosofías del denominado carpe diem --vive el presente, aprovecha el tiempo--, ejemplarizadas por Floria Emilia, y las neoplatónicas y las ascéticas, representadas por San Agustín.

    Gaarder no solo nos muestra en la novela los enfrentamientos filosóficos carpe diem versus ascetismo y las disputas de género hombre versus mujer --sí, la obra puede considerarse también feminista--, sino que aparece, además, la rivalidad suegra versus nuera. Y es que Santa Mónica, madre de San Agustín y abuela de Adeodato, tampoco sale muy bien parada en este texto. Y es que Floria Emilia habla constantemente de los intentos de su suegra por interponerse en la relación que mantuvo durante doce años con el futuro santo. Hasta el punto de robarle el hijo nacido de esa relación y conseguir finalmente que su hijo la abandonase para comprometerse con una mujer de mayores recursos y mejor familia. Compromiso que tampoco llegó a plasmarse en matrimonio debido al abandono de las pasiones mundanas por parte de su hijo, convertido a un cristianismo asceta que deja de disfrutar los placeres de la vida para centrarse en tratar de salvar el alma de cara a la otra vida, la eterna.

    También la historia de amor entre Floria y Aurelio --primer nombre del santo, con el cual se dirige a él su amante de juventud-- ocupa buena aparte del relato de la novela epistolar. Un amor adolescente, de esos que creemos eternos, para siempre, para toda la vida. Esos que a uno lo deprimen hondamente cuando la persona amada está a más de cinco metros, fuera del alcance de nuestras caricias, de nuestros besos, de nuestros deseos y placeres sexuales. Esos cuyas promesas muy a menudo se acaba llevando el viento. O el ascetismo cristiano, en este caso. Un amor que llega a imponerse durante muchos momentos a las constantes intromisiones de Santa Mónica, quien nunca estuvo a favor de una relación que la privaba de la exclusividad del cariño de su hijo. En efecto, de las palabras de Floria se desprende que la relación materno filial era muy estrecha. Por momentos, incluso demasiado estrecha. Tanto que se llega a hablar de complejo de Edipo y de complejo de Agripina. Una relación, en suma, insana.

    Floria se muestra durante sus escritos todavía enamorada de Aurelio. Pero también despechada, herida y furiosa. Es una mujer ya instruida, leída, sabia que conoce a los escritores y filósofos del pasado y de la actualidad del siglo V. Rechaza la huida hacia la vida eterna de su amado pero, sobre todo, el hecho de que este hable de la época de su relación como un período pecaminoso, concupiscente y negativo. No entiende que piense que el amor que sentía por ella fuera un obstáculo para poder amar también a Dios. Quiere convencerlo de que el tiempo pasado juntos no fue algo malo o negativo. De que ambos amores son completamente compatibles. De hecho, el punto crucial de la novela, que tan bien refleja su autor, es si el amor que una persona siente por otra es un límite o impedimento para amar a Dios o si, por contra --ya que se afirma que Dios es amor--, uno alimenta más si cabe al otro. Floria está convencida de que su amado se contradice y trata de convencerlo de ello. Lo analiza, lo rebate y lo zarandea por los hombros para hacerlo reaccionar.

    Como ya hiciera con El mundo de Sofía cinco años antes, Jostein Gaarder nos acerca con Vita brevis una gran cantidad de aspectos de la filosofía. Y lo hace de una manera amena y mucho más fácil de entender que los manuales al uso. Como ya escribí en su momento en la reseña de su obra magna, si la filosofía fuera explicada en las aulas de esta manera viviríamos en una sociedad mucho mejor. Un mundo en el que la filosofía dejaría de ser un suplicio para los alumnos y algo prescindible para los ciudadanos y pasaría a ser algo apasionante que los convertiría en seres mucho más analíticos, reflexivos, morales, cívicos, éticos, etc. En definitiva, en mejores personas. Sin duda, vale la pena leer a Gaarder. Prácticamente en cada página nos deja reflexiones para calentarnos la cabeza, analizar las cosas y no dar nada por hecho ni sentado. Vita brevis es un claro ejemplo de ello. Una obra de la cual, para finalizar esta reseña, me gustaría resaltar estas palabras que le dirige Floria a San Agustín:

    La vida es corta, y sabemos demasiado poco. Pero si fue voluntad tuya que tus confesiones me fueran dadas en Cartago, para que las leyera, la respuesta es no. No me dejo bautizar, señor obispo. No es a Dios a quien temo. Tengo la sensación de que ya vivo en él, y ¿no es él, también, quien me creó? No es tampoco el nazareno quien me retiene, probablemente era en verdad un hombre de Dios. ¿Y no era justo con las mujeres? Son los teólogos a quienes temo. Que el Dios de los nazarenos os perdone per toda la ternura y todo el amor que habéis condenado

    Pues eso, que las dos cosas --amar a Dios y procurarse la vida eterna y disfrutar de nuestro breve presente en este mundo-- son perfectamente compatibles. Y quien no lo quiera ver, que no lo vea.                             

   

jueves, 16 de abril de 2020

El infinito en un junco. Irene Vallejo. Siruela. 2019. Reseña





     Siruela es una editorial que apuesta más por la calidad de sus obras que por la cantidad a la hora de lanzar sus publicaciones anuales. Razón por la que de tanto en tanto nos regala alguna que otra joya digna de elogiar pero difícil de reseñar --como sucede con las obras de Italo Calvino, George Steiner o Fred Vargas--. Ya me pasó hace unos años con El mundo de Sofía, del filósofo noruego Jostein Gaarder. La historia se repite ahora con El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, de la filóloga clásica zaragozana Irene Vallejo. Un recorrido a través de los siglos por todo lo que forma parte del mundo de los libros desde su época más arcaica hasta la actualidad --porque las referencias a libros, películas y series de los siglos XX y XXI son constantes a lo largo de la obra, lo cual conecta mucho más si cabe el mundo antiguo a nuestro día a día--. Desde los de piedra hasta los electrónicos.

     Comenta Vallejo en algunas entrevistas recientes sobre este ensayo que las bajas expectativas iniciales de la obra le dieron la libertad necesaria para asumirlo a su manera. Una forma de afrontar este tema que nos hace viajar desde la Alejandría fundada por Alejandro Magno hasta la Roma imperial pasando por las ciudades griegas con Atenas a la cabeza. Un viaje a través de todos los soportes utilizados en cada época para plasmar las palabras sobre piedra, arcilla, juncos, seda o papel. Treinta siglos de continuo esfuerzo para utilizar, transportar, almacenar y conservar de la mejor manera posible los pensamientos de cada personaje, lugar y época. Miles de personas, casi todas ellas anónimas, que durante siglos han hecho posible la realización, divulgación y protección de los conocimientos y las diversas formas de entretenimiento.

     Todo tipo de gente del libro tiene cabida en este viaje: narradores orales, escribas, sabios, copistas, miniaturistas, iluminadores, traductores, vendedores ambulantes, espías, maestras, monjes y monjas, esclavos, bibliotecarios, etc. Todos los que a lo largo de la historia salvaron los libros de su desaparición se convierten en protagonistas de un libro indispensable para aquellos quienes, de una forma u otra, seguimos metidos en este bendito mundo de los libros, sea desde unas vertientes u otras. Porque, como escribe Vallejo, la invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. Con su ayuda, la humanidad ha vivido una fabulosa aceleración de la historia, el desarrollo y el progreso. Debemos a los libros la supervivencia de las mejores ideas fabricadas por la especie humana.

     La Alejandría primigenia, con su Museo y su Biblioteca --que, gracias a Demetrio Falero y a Aristófanes de Bizancio, fue la más completa de la historia de la humanidad--, constituyó el gran centro científico de su época. El sueño de Alejandro Magno de juntar todos los libros de papiro (con el tiempo, también de pergamino) del mundo en Egipto fue seguido por la dinastía de los Ptolomeo, provocando la primera asimilación cultural, la helenista, algo solo comparado a la actual globalización mundial. Los jeroglíficos de la piedra Rosetta, las obras del amado y odiado Homero --La Ilíada y La Odisea, que nos presentan a Aquiles y Ulises, a Troya e Ítaca, al honor y la guerra y a la nostalgia y la aventura--, el progresivo abandono de la oralidad en pos de la escritura, el cambio supuesto por la aparición del alfabeto --que hizo cambiar de manos la escritura-- y la aparición de las primeras escuelas se nos presentan en el texto con todo tipo de testimonios muy interesantes.

     También hay espacio para las disputas entre Sócrates y Platón --oralidad versus escritura--, la filosofía del cambio de Heráclito, la primera gran colección de libros --que poseyó Aristóteles--, los comienzos de la poesía social --con Hesíodo y Los trabajos y los días--, del realismo lírico --Arquíloco--, del teatro --Los persas, de Esquilo--, las tragedias --Eurípides, Sófocles y de nuevo Esquilo--, las Historias de Heródoto y los primeros trabajos de catalogación de los libros --por los que Calímaco está considerado como el padre de los bibliotecarios--. Por supuesto, Irene Vallejo nos cuenta el brutal asesinato de Hipatia de Alejandría, hija del matemático Teón, las ansias de Antifonte por sanar gracias a la palabra, la destrucción por parte de los árabes de los libros de la biblioteca alejandrina, salvo los de Aristóteles, y el fin definitivo de la Gran Biblioteca, que a pesar de todo inventó una patria de papel para los apátridas de todos los tiempos.

     Cuenta la autora también --y su valentía es digna de agradecer en los tiempos que corren-- diversos aspectos de su vida personal. Como el bullying que sufrió en su etapa escolar. Una cruel situación de la que salió merced a la familia y al salvavidas de los libros --básicamente los de aventuras: Stevenson, London, Conrad o Ende--. Así, nos escribe que los libros nos ayudan a sobrevivir en las grandes catástrofes históricas y en las pequeñas tragedias de nuestra vida. Y no le falta razón. Porque la lectura de su libro, en plena pandemia por el coronavirus, me ha ayudado a sobrellevar la situación mucho mejor. Otro aspecto que debo agradecerle. Como, sin duda, hicieron los romanos con el gran legado griego, del cual se apropiaron hasta asimilarlo por completo: por primera vez, una gran superpotencia antigua asumía el legado de un pueblo extranjero --y derrotado-- como un ingrediente esencial de su propia identidad. 

     Los romanos hicieron de la literatura un botín de guerra. Y los esclavos se convirtieron en protagonistas de la historia de los libros. Las copias se extendieron por toda la población, naciendo los librarius, a la vez copistas y libreros. Y, por fin, los libros se convirtieron en hijos de los árboles --los denominados códices, que ya son encuadernados y presentan lomo y tapa dura--. En las escuelas romanas se aprendían de memoria, a base de golpes y azotes, los textos más famosos, tanto griegos como latinos. Se construyeron bibliotecas privadas separadas para obras griegas --ya reseñadas-- y latinas --las de Catón el Viejo, Terencio, Ovidio, Marcial, Plauto, Suetonio, Petronio, Cicerón o el mismísimo César--. Se comenzó a escribir para lectores que leían por placer. De la mano de Asinio Polión se construyó la primera biblioteca pública de Roma. Se leyó incluso en la clandestinidad. Los primeros cristianos no tenían otra manera de leer los libros negados que a escondidas.  

     Salvando las distancias, los libros fueron pareciéndose cada vez más a los actuales. Lo cual incluye los índices: mapa del interior de los libros que se fueron convirtiendo en ordenados jardines de palabras para tranquilos paseantes. Incluso las mujeres comenzaron a plasmar por escrito sus inquietudes. Así, Sulpicia nos legó a través de su poesía el único testimonio de amor femenino no conyugal, algo que estaba penado con gran dureza. Un libro siempre es un mensaje, escribe Irene Vallejo en las páginas finales de su gran ensayo. Y, como dice una amiga mía, también especialista en el mundo antiguo, El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo es simplemente un tesoro escrito en lenguaje de seda. Y no se me ocurren mejores palabras que estas para finalizar una reseña difícil de escribir y que intenta hacer justicia a esta gran obra.

     Porque los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar --y mermar-- el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles. Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido. Qué merecido homenaje, a todas esas personas anónimas que han contribuido a lo largo de la historia a conservar todos estos conocimientos --incluso dando por ello su propia vida en algunos de los casos-- para un futuro que es nuestro actual presente, ha realizado Irene Vallejo en esta gran obra.  Una obra que hay que leer por obligación y, sobre todo, por placer lector.                    


jueves, 13 de octubre de 2016

El vizconde demediado. Italo Calvino. Siruela. 2011







     Italo Calvino, que pasa por ser uno de los más grandes escritores del siglo XX, vivió 62 años, en los cuales escribió más de cincuenta obras entre novelas, cuentos y ensayos. Conocido sobre todo por El barón rampante, Las ciudades invisibles o El caballero inexistente, El vizconde demediado supuso su incursión en el género fantástico. El escritor italo-cubano, atraído desde siempre por la literatura popular, especialmente las fábulas, decidió, en 1952, dar definitivamente rienda suelta a su imaginación y dejar atrás su obra anterior, donde trató de contar sus experiencias como partisano durante la Segunda Guerra Mundial. 

     Una vez abandonado el neorrealismo --más que una escuela, una manera de sentir común en la juventud de la posguerra--, consiguió escribir las obras que lo harían realmente inmortal. La que nos ocupa es una fábula fantástica en la que, tras una primera lectura superficial agradable --para él, la diversión debe ser siempre la primera función social de la literatura--, encontramos otra más alegórica y simbólica cargada de significados históricos, políticos, públicos y privados --el demediamiento cumple aquí un claro papel de división entre bloques políticos, entre la ética y la ideología, entre la ilusión y la realidad-- que invitan a la moderación y al equilibrio, pues nadie es poseedor de la verdad absoluta.

     Las influencias iniciales de Cesare Pavese dejaron paso a una literatura más al estilo de Robert Louis Stevenson, de simetrías y contrastes (como en Doctor Jekyll y Mister Hyde). De nuevo, el demediado divide el bien y el mal, lo bueno y lo malo. Y el hombre contemporáneo se nos presenta como un ser incompleto, incluso alienado y desarraigado (como en El extranjero, de Albert Camus). A ritmo de cuento y aventura, el sobrino del vizconde Medardo de Terralba narra, en tercera persona omnisciente, la historia de su tío, partido en dos por un cañonazo turco en Bohemia en el transcurso de las famosas guerras contra los infieles. 

     Pese a que la acción no se data con exactitud durante la narración, las continuas referencias al capitán Cook y a los descendientes de los hugonotes franceses asentados en Italia nos indican que nos encontramos en algún momento del siglo XVIII. La historia se cuenta a partir de diez capítulos cortos que componen las escasas noventa páginas de la obra. Obviamente, se lee del tirón. No en vano, está escrita en un lenguaje entendible hasta por los lectores más distraídos y la intriga por conocer su desenlace hace el resto. Además, el ritmo, algo más lento al comienzo, se acelera a partir de la mitad de la obra, lo que le otorga una mayor agilidad.

     La parte mala del vizconde regresa a su castillo y comienza a sembrar el pánico entre sus allegados. Así, parte por la mitad las peras, regala setas envenenadas --también partidas por la mitad-- a los niños, condena a la horca a sus discípulos sin demasiadas razones legales, sierra puentes para provocar trágicos accidentes y hasta envía, sin motivos, a su mejor sirvienta, Sebastiana, a Pratofungo, lugar adonde se retiran los leprosos, comandados por el siniestro Galateo. Todo esto sin olvidar los incendios provocados en las casas y demás posesiones de unos campesinos cada vez más descontentos con sus excesos y sus recurrentes ataques a la comunidad de hugonotes asentada en sus territorios.

     ¿Y el resto de personajes? Pues de lo más variopintos. Aiolfo, el padre del vizconde, vive en una pajarera con sus adorados pájaros; el doctor Trelawney, otrora médico en las expediciones del capitán Cook, persigue fuegos fatuos a la vez que parece perder progresivamente su interés por la medicina; Pietrochiodo, el carpintero del vizconde, disfruta cada vez más construyendo las máquinas malignas demandadas por su jefe en su búsqueda de provocar mayores daños a sus discípulos en los interrogatorios y ejecuciones; Esaú, joven hugonote amigo del narrador, contradice a sus padres y roba todo lo que puede; y Ezequiel, el líder hugonote, se pasa de bueno ante las acciones que a otros les provocarían ira y violencia.

     Mención aparte merecen la joven campesina Pamela y sus padres. Ante la insistencia por parte del vizconde por casarse con ella, hija y padres adoptarán posiciones antagónicas, poniendo de manifiesto una vez más los contrastes buscados por Calvino en esta obra. Pero todo, absolutamente todo, saltará por los aires al conocerse la realidad de la historia: la otra parte del vizconde, que se creía perdida en algún lugar de Bohemia y finalmente resultará ser la buena, fue rescatada por unos eremitas y regresa también a su castillo unos meses después. Bondadosa, esta otra parte del vizconde se compadece de su contraria y trata de dar ejemplos moralizantes a sus discípulos. Pero su llegada, tras la inmensa alegría inicial, acabará desatando una cruel paradoja: ambas mitades --la guerrera y la bondadosa-- se muestran igual de insoportables.

     Y es que, si bien nos provoca rechazo y odio un ser cruel e inhumano, mayor desesperación puede llegar a provocarnos alguien que se excede en su honradez y en su bondad. Porque, como ya ha sido dicho más arriba, la moderación, el equilibrio y el punto medio de las cosas acostumbran a ser los mejores aliados en la búsqueda sino de la verdad absoluta al menos sí de algo que se le acerque lo máximo posible. Esta podría ser precisamente la conclusión de esta fábula. O no...                


lunes, 14 de abril de 2014

El mundo de Sofía. Jostein Gaarder. Siruela. 1991. Reseña





     Jostein Gaarder es un escritor (y antiguo profesor de Filosofía y de Historia de las Ideas durante once años en la ciudad de Bergen) nacido y residente en Noruega. Ganador de varios premios de literatura juvenil, se encumbró a nivel mundial con El mundo de Sofía. Tras la lectura de esta obra he llegado a la conclusión de que las aulas perdieron a un gran docente pero la literatura ha ganado un gran escritor.

     Pocas veces escribir una reseña literaria cuesta tanto como en este caso. Terminé de leer esta novela y me pregunté qué escribiría sobre ella. Dos mil quinientos años de historia de la filosofía condensados en apenas seiscientas páginas, un cuento dentro de otro cuento, misterio, intriga y reflexión, mucha reflexión. A priori parece demasiado contenido para tan pocas páginas. Hay que leerla para entender cómo Gaarder lo hizo posible hace ya más de veinte años.

     ¿Quién eres? ¿Cuál es el origen del mundo? Estas dos preguntas son el punto de arranque de un apasionante viaje por la historia de la filosofía occidental (con puntuales inclusiones en la oriental), desde la Grecia clásica hasta el siglo XX. Alberto Knox, un enigmático profesor de filosofía, es el autor de las preguntas. La destinataria es Sofia Amundsen, una jovencita que está a punto de cumplir los quince años. La relación entre ambos crecerá de forma paralela al discurrir del viaje. 

     Varios aspectos me han llamado la atención a lo largo de la lectura de la obra. Trataré de explicarme. La primera es el rigor con el que se tratan los distintos temas y pensadores de cada época y, sobre todo, las explicaciones y los múltiples ejemplos y reflexiones que aparecen en cada página. A partir de preguntas iniciales que nos sitúan al principio del camino a recorrer posteriormente, Alberto Knox nos ilustra de forma magistral sobre los aspectos necesarios para seguir recorriendo el camino emprendido. No siempre se dan respuestas a las preguntas pero, como bien dice el profesor, lo importante es saber hacerse preguntas.

     Me ha entusiasmado el paralelismo que establece Gaarder entre los filósofos y los niños: ambos tienen en común la capacidad de asombrarse e interrogarse sobre los enigmas de la vida y del mundo. Visión que comparto en su totalidad. De la misma manera que también entiendo perfectamente lo que se dice de esta novela, es decir, que enseñó a pensar a toda una generación. Cualquier pedagogo también lo haría. ¿Por qué no se utiliza este libro - o como mínimo fragmentos del mismo - en las aulas de secundaria? En mi opinión, debería ser de lectura obligatoria. 

     La lectura es a la par instructiva y amena en la primera parte. No obstante, justo a mitad de la historia la trama da un vuelco y todo se confunde, de manera que no sabemos lo que es realidad y lo que es ficción. E incluso, cada parte de ella parece ser realidad y ficción a la vez. Como he escrito al inicio, encontramos dos cuentos paralelos pero que a la vez se encuentran en determinados momentos. Como es de esperar, la existencia o no de Dios es uno de los temas abordados. Y más de un personaje se erige en el Dios particular de la misma. El misterio y la intriga se amplifican de tal manera que nos atan a las páginas del libro. ¡Como si de un buen thriller se tratara!

     Otro aspecto que no puedo dejar pasar por alto es el que hace referencia a cómo ha avanzado la filosofía a lo largo de la historia. Los distintos puntos previos de cada época sirven de inicio a la siguiente. Y la aceptación o crítica del pensamiento de los viejos filósofos componen una diversidad de opiniones y planteamientos tan variados y ricos que llegan incluso al extremo de recuperar antiguos supuestos y a fundirlos con otros más modernos que parecían a años luz de los anteriores. No en pocas ocasiones, lo simple se convierte en complejo y la realidad, que parecía tan cercana, parece huir a la carrera ante nuestros ojos. Y es que resulta tan fácil hoy en día echar por tierra los supuestos de pensadores de hace varios siglos. Nos cuesta tanto entender que sus pensamientos no se pueden disociar de las sociedades a las que pertenecieron... 

      Y lo más fascinante de todo es cómo la historia de la filosofía y las historias de Sofía y Alberto y de Hilde y Albert (los otros grandes protagonistas de El mundo de Sofía) se mezclan para componer una auténtica simbiosis en la que, además, nada es lo que parece y depende de con qué ojos se mire. Si ya me parece un enorme trabajo resumir dos mil quinientos años de la historia de la filosofía occidental, ¿qué decir del telar compuesto por el autor en torno a las diferentes - pero conectadas entre sí - historias que componen la novela? ¡De cerebro privilegiado, vamos!
     
     El objetivo de Jostein Gaarder de acercar la filosofía a los jóvenes a través de una novela se ha cumplido con creces. Pero es que esta obra ha sobrepasado los mismos principios que la fundamentaron. Sin duda, estamos ante una obra maestra. Sobre todo para el público adulto. Debería leerla todo el mundo. La vida no se entiende sin la filosofía. Incluso quienes opinan que es un rollo se han hecho infinidad de veces las mismas preguntas que aparecen en este libro. Lo único que necesitamos es acercarnos al extremo de los finos pelillos (de la piel del conejo blanco) para mirar a los ojos del gran prestidigitador (que lo ha sacado del sombrero de copa) para desvelar su gran misterio...