LIBROS

LIBROS
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2026

Mil cosas. Juan Tallón. Anagrama. 2025. Reseña

 




    La última novela de Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) se sitúa probablemente tal día como hoy, último día antes de las vacaciones de verano. En plena ola de calor intenso, con hasta treinta y ocho muertos a causa de unas temperaturas infernales. En un día, justo antes del merecido descanso, en el que en multitud de trabajos hay que dejar las tareas rematadas, atadas, finiquitadas. En el que la montaña de papeles y faenas deben quedar resueltas. Como le sucede a Travis, el protagonista de Mil cosas. Subdirector de una revista de cierto prestigio, debe afrontar un agobiante y desesperante día de cierre. Imprenta espera el nuevo número de la revista, que ha de salir a la luz en breve. La revista, como la vida misma, no espera a nadie. Y a Travis se le acumulan los quehaceres, provocando en él un estrés que amenaza con derribarlo. Solo el consuelo de poder irse de vacaciones al acabar la jornada lo mantiene en su puesto, pese a todo, en pie de guerra. Eso sí, la jornada parece amenazarlo: va a ser eterna. Y ya la noche anterior ha sido de órdago. 

    Su esposa Anne lo telefoneó la noche anterior cuando ya salía del trabajo para decirle que, camino de casa, comprara pañales -solo quedaban un par en casa y su hijo Iván se acababa de hacer caca- y algo de cenar. Travis llegó a la farmacia un minuto después de haber cerrado, tuvo que buscar a toda prisa un supermercado, estacionó en doble fila, le pusieron una multa y como cena solo encontró ensaladilla. Otra vez. Como tantos días. El cansancio provoca falta de previsión. Y la falta de previsión, a su vez, el caos y la anarquía más absoluta. Una anarquía que hace que los protagonistas de la novela vayan a trompicones y que por momentos conduce a la carcajada al lector, que se ve reflejado en muchas de las situaciones de la acción de la historia. Una historia trepidante, de ritmo alto, perfectamente perpetrado por Juan Tallón, que refleja la vida misma. Una vida que no es la que ninguno de nosotros quisiera llevar pero a la que mucha gente se ve obligada, incapaz de poder pararse a pensar en las verdaderas cosas urgentes de la vida.   

    A Travis se le olvidó el cargador del móvil en su oficina la noche anterior y tiene la batería baja. Desde primera hora de la mañana la web de la revista está bloqueada y los informáticos trabajan contrarreloj para que esté disponible lo antes posible. Debe llevar a Iván a la guardería, pasar por Correos, ir a la policía para renovar su DNI, recuperar un reportaje de tres páginas para una sección de la revista cuyo colaborador, descontento con su insultante remuneración, ha vendido su contenido a otra revista que ya lo ha publicado en su página web, atender las llamadas de su padre informándole de que su madre ha sido ingresada por neumonía e insuficiencia renal, solucionar el hackeo de su cuenta de El Corte Inglés, que le ha comunicado la compra de un aspirador de última generación por valor de 800 euros -compra que obviamente él no ha realizado-, reunirse para comer con la directora y el consejero delegado de zona de la revista y atender cualquier otro problema que vaya surgiendo sobre la marcha. Que surgirán varios, como cada jornada de cierre de la revista. 

    Por su parte, Anne también debe hacer frente a una dura jornada. En su caso, hasta las tres de la tarde. Nada que ver con la jornada maratoniana de su marido. Trabaja en el departamento de atención al cliente de una empresa reconocida. Anoche solo pudo fumarse un liberador cigarrillo. Acostó a su hijo, tendió la ropa, se quejó a su marido de que últimamente casi siempre cenan lo mismo, hizo la lista de la compra para el día siguiente, recibió un whatsapp repugnante -que fue borrado justo cuando ella lo acababa de leer- de un compañero de trabajo que últimamente la acosa, no tuvo tiempo de preocuparse por un bultito que le ha salido en la axila y odia con toda su alma a otro compañero que no hace más que escaquearse en el trabajo y a la coordinadora de personal, quien le provoca a la vez asco y embeleso -y que, además, le llama la atención por pedirle a su compañero el acosador que la deje en paz de una vez-. Como le pasa a su marido, y a gran parte de los lectores, siente que no controla su vida. Que la está desperdiciando. Que la máquina trituradora del capitalismo salvaje consume sus días, semanas, meses y años. Su vida entera. 

    Como curiosidad, es un encuentro fugaz de Travis con una ex amiga de Anne a la que hacía tiempo que no veía, y la breve conversación que ambos mantienen, lo que permite a Travis una pequeña reflexión sobre el tipo de vida que lleva. Y todo, ante un fracaso. El de la chica, quien le asegura haberse separado de su marido y haberse rendido y decidir no acabar su tesis doctoral. Estoy feliz. No pasa nada por tirar la toalla. En el fondo, se trata de un triunfo de la inteligencia, que es testigo de cómo tus esfuerzos por lograr algo no valen de nada. Está muy bien empeñarse en conseguir algo que se desea, por supuesto. La ilusión por alcanzarlo ilumina algunas tardes y noches. Pero, ¿hasta qué punto hay que emperrarse en hacer cosas que, a partir de cierto momento, se vuelven demasiado difíciles? Los empeños deberían admitir solo un número prudente de intentos, después de los cuales deberíamos disfrutar del delicadísimo placer de rendirse. Es loable querer mantener el orden en casa, responder a los emails, hacer dieta, aparcar a la primera, llegar puntuales a las citas, salir a correr, vestir conjuntado, acabar la tesis doctoral que empezaste. Pero hay que saber abandonar, dejarlo para otra ocasión, incluso para otra persona.   

    Poco antes, por contra, él se ha sentido así: la lista de tareas, flecos, problemas, interrogantes, se yergue ante sí como un muro capaz de desmoronarse como una montaña de piedras sobre él. La vida y los asuntos importantes lo han puesto de rodillas. Se volvió imposible apartarse de ellos para resolver los insignificantes, irrisorios, casi ridículos, que, en cambio, impiden el naufragio diario. Vivir se ha vuelto pesadísimo, agotador, extremadamente intenso, y un ejercicio de velocidad endiablada. La vida lo ha aplastado. Le ha caído encima, desde un noveno piso, como una lavadora. Su esposa, Anne, comparte la misma sensación en una conversación con una compañera: ¿no te pasa, cuando te vas de vacaciones, después de un año agotador que te ha dejado para el arrastre, en un empleo que además no te hace feliz, que siempre te cuestiones qué hacer con tu vida, porque seguir tal y como estás se parece mucho a desperdiciarla? Me enfada que nuestro cerebro posea el poder de volver invisibles ciertas aflicciones, como la insatisfacción con la forma de vida. Casi sin darte cuenta, dejas de preguntarte por el sentido que habría que darle y estás viviendo como siempre. 

    En este sentido, resulta bastante esclarecedora la famosa cita que aparece en la última página del libro. Pertenece a la obra Humano, demasiado humano, de Friedrich Nietzsche, y dice así: las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo. Juan Tallón nos lanza una serie de mensajes muy claros con Mil cosas: deberíamos dejar de vivir por inercia, de ocuparnos tanto de tareas superficiales y detenernos más a reflexionar. Abandonar el conformismo de nuestra sociedad y abordar el pensamiento crítico. Dejar de refugiarnos en el movimiento constante para evitar cuestionar el verdadero sentido de nuestras acciones. Ideas que en la actualidad han sido retomadas por otros pensadores, como Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, quien describe cómo este mecanismo se ha convertido en la auto explotación a través de la hiperactividad del ser humano. En definitiva, Tallón nos propone que dejemos de formar parte del rebaño de autómatas al servicio de nuestros grandes amos, los tecnócratas, los oligarcas, los reyes del capitalismo, para luchar sin descanso para convertirnos en personas autónomas, independientes y desde luego no serviles.     


martes, 2 de septiembre de 2025

El hombre ilustrado. Ray Bradbury. Minotauro. 2020. Reseña

 




    Cuando en 1951 Ray Bradbury publicó El hombre ilustrado dio una nueva vuelta de tuerca a los relatos de ciencia ficción que dominaban en su época, básicamente los de Julio Verne, H. G. Wells y Aldous Huxley. Así, junto a otros autores como George Orwell, Frank Herbert, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Philip K. Dick o Ursula K. Le Guin, el considerado por no pocos especialistas en la materia como el mejor entre los mejores del género, exploró lo que se conoce como angustia metafísica. No en vano, siempre estuvo convencido de que el destino de la Humanidad era recorrer espacios infinitos y padecer sufrimientos agobiantes para concluir vencido contemplando el fin de la eternidad. Bajo el paraguas de este pensamiento no es de extrañar que sus historias resulten tan desconcertantes y oscuras. Recordemos que en 1951 ya había publicado los relatos que compusieron sus dos primeros libros, Dark carnival y Crónicas marcianas, y ya tenía en mente la que sería su primera y más conocida novela, Fahrenheit 451 (1953). 

    El costumbrismo y el reflejo de la vida diaria de las personas son, sin embargo, también constantes en los relatos de Bradbury. Un Bradbury que siempre negó que escribiera ciencia ficción. Según él, su única obra de este género fue Fahrenheit 451. El resto de su obra la inscribía más bien en el universo de la fantasía. Además, aseveró que en mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Eso sí, unos avisos que, en muchos aspectos, se han ido cumpliendo a lo largo de los años. Y los que están todavía por cumplirse -porque camino llevamos de ello-. De hecho, en muchos de los relatos de El hombre ilustrado, los humanos supervivientes de un holocausto nuclear viven en Marte o en la Luna. O incluso están enfrentados con el resto de humanos que se han quedado en un planeta Tierra apocalíptico, arrasado por las bombas, la crueldad, la falta de empatía y el egoísmo. Retrato muy fiel de lo que somos. O de aquello en lo que nos hemos convertido.

    Bradbury, que también trabajó escribiendo guiones para el cine -por ejemplo, Moby Dick, dirigida por John Huston, o El carnaval de las tinieblas, por Jack Clayton- y la televisión -con Alfred Hitchcock en la serie Alfred Hitchcock presenta, en la también mítica The twilight zone o en The Ray Bradbury Theater-, mostró siempre una gran admiración por la pequeña y la gran pantalla. El maestro de la ciencia ficción vio como eran llevadas a las pantallas muchas de sus novelas y también de sus relatos y cuentos. Desde El hombre ilustrado (1969), Fahrenheit 451 (1966 y 2018) o Crónicas marcianas (1980) hasta numerosos capítulos de series archi conocidas, como las ya citadas The twilight zone o Alfred Hitckcock presenta o incluso una que nos toca mucho más de cerca: Historias para no dormir, del director Narciso Ibáñez Serrador. Queda claro que Bradbury abrió nuevos caminos que serían mayormente transitados por otros autores como Orson Scott Card, William Gibson, Neil Gaiman o Stephen King.

    Un narrador anónimo que se encuentra en la última etapa de una excursión de quince días por Wisconsin se encuentra, una cálida tarde de septiembre, con un hombre que luce la práctica totalidad de su cuerpo tatuado. Busca trabajo desde hace cuarenta años. Nadie se lo da. Sus tatuajes, que a plena luz del día pueden resultar hasta vistosas obras de arte, por la noche cobran vida propia en su cuerpo y narran una serie de historias que casi nadie puede soportar. ¿Por qué? Porque predicen el futuro. Un futuro muy negro para la Humanidad. Todo el mundo huye de él y de sus extrañas ilustraciones. Estoy tan orgulloso de ellas que quisiera quemarlas, le confiesa al narrador. He probado el papel de vidrio, el ácido, un cuchillo. Pero los tatuajes no se van. Porque están hechos con algo imborrable. Y la autora de las mismas desapareció tras realizarlas. Una bruja que afirmaba poder viajar en el tiempo. Al principio reí. Ahora sé que decía la verdad, se confiesa. Desde entonces, vaga por los alrededores con dos únicos objetivos: ganarse la vida como puede y encontrar -si es que es posible- y matar a la bruja que le arruinó la vida.

    Un poco incrédulo, el narrador pide al hombre ilustrado pasar la noche juntos en mitad del bosque. Este acepta, aunque le advierte que pronto se arrepentirá de haberse quedado con él. Hacen fuego, cenan, dialogan y finalmente deciden dormir. Y, en efecto, en la quietud de la noche, una tras otra, las figuras de los tatuajes comienzan a contar al atónito narrador dieciocho historias agónicas que describen el oscuro futuro de la Humanidad. Dieciocho historias repletas de cohetes espaciales, seres marginados, desplazados, a veces no de sus ciudades sino de su propio planeta, enfrentados entre sí por la supervivencia, dispuestos a matarse por un pedazo de pan que llevarse a la boca. Unas historias que no se entienden sin contextualizar la obra. Año 1951. Seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial. En plena Guerra Fría entre los bloques estadounidense y soviético. En una escalada nuclear y atómica que amenaza el futuro de la vida humana en nuestro planeta. En un momento en el que se busca desesperadamente llegar a la Luna antes que el rival.

    Los avances tecnológicos -algunos para bien, otros no tanto- y la psicología humana se dan la mano en cada uno de los dieciocho relatos que componen El hombre ilustrado. En referencia a lo primero, encontramos casas-máquina inteligentes, habitaciones de juego artificiales, conductos neumáticos para moverse por dentro de las casas, cúpulas solares, armamentos que provocan holocaustos nucleares, todo tipo de cohetes y naves espaciales, globos de luz inteligentes, bombas que difunden enfermedades, viajeros en el tiempo y hasta unos títeres revolucionarios. Entre lo segundo, niños malcriados capaces hasta de matar a sus padres cuando no consiguen salirse con la suya, segregación por razas -de nuevo-, astronautas y exploradores espaciales que pierden la razón, visitantes con poderes, niños colaboradores con extraterrestres invasores, adultos que jamás escuchan a los niños, magos, debates teológicos y filosóficos, discriminaciones de todo tipo y hasta sacerdotes que viajan hasta Marte para difundir el catolicismo entre los desterrados y los refugiados. 

    En definitiva, dieciocho historias que nos avisan -como decía el propio autor- de un futuro terrible para la Humanidad. Avisos que se convierten en no pocas ocasiones en horribles predicciones que en muchos casos ya se están cumpliendo o incluso se han cumplido. Porque el hombre ya llegó a la Luna, donde busca incluso establecer colonias, la segregación por razas ha vuelto en muchos lugares del planeta, existen desde hace ya años las casas inteligentes, las bombas que transmiten virus y enfermedades, los juegos artificiales, etc, demasiados adultos jamás escuchan a los niños, encontramos por doquier niños malcriados capaces de llegar hasta Dios sabe donde para conseguir sus objetivos y a poco que observemos a nuestro alrededor veremos otros tantos fenómenos que aparecen en las historias de este libro. Un libro como mínimo inquietante, perturbador, angustioso. Dieciocho historias que entretienen, sí, pero que también nos hacen pensar en muchos aspectos de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Un mundo seriamente amenazado por nuestra hipocresía, egoísmo, codicia y falta de empatía.        

   

lunes, 15 de octubre de 2018

Autorretrato sin mí. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2018. Reseña





     Todavía bajo los efectos de Patria (2016) --dos años consecutivos presente en los puestos cabeceros de todas las listas de ventas de libros de este país, Premio Nacional de Narrativa, Premio de la Crítica, Premio Dulce Chacón y Premio Francisco Umbral, entre otros varios--, Tusquets Editores lanza la nueva obra de Fernando Aramburu. Un trabajo que no es novela ni tampoco ensayo, sino una recopilación de hechos, recuerdos y pensamientos del escritor vasco afincado en Hannover. Un libro personal y arriesgado, especialmente tras el éxito de una de las mejores novelas españolas de los últimos años. Porque, quien espere algo similar a la exitosa Patria, puede sentirse decepcionado. Autorretrato sin mí nada tiene que ver con ella. Pero es una obra bella, bellísima, donde las haya.

     Aramburu, amante de la poesía desde su juventud --algo que queda patente a lo largo de este nuevo trabajo--, nos presenta una serie de prosas, la mayoría de ellas poéticas o rozando la poesía, en las que nos habla de sí mismo, pero también de nosotros, pues en no pocas nos vemos reflejados. El mundo que describe es el nuestro. Nuestro país, nuestra sociedad, nuestra naturaleza. Nuestra vida. Siempre con las palabras justas, yendo directo al grano y dejándonos a menudo sentencias que nos muestran aspectos en los que probablemente jamás habíamos caído hasta ahora. Iluminándonos. Haciéndonos reflexionar sobre todo ello.

     A lo largo de sus ciento ochenta páginas Autorretrato sin mí plasma en diferentes escenas las relaciones familiares del escritor. De su padre nos cuenta que lo añora --no estas ahí, donde solías, en la silla de siempre, y casi se me escapa preguntarte cómo estás, inducido por una obstinada resistencia a aceptar tu muerte... ¿No habrá, padre, un techo que proteja de tu muerte?--, que no lo juzga y que le perdona sus problemas con el alcohol porque trabajaba largas horas en la fábrica y era bondadoso, incapaz de violencia. Por eso lo quise; por eso él es en mi recuerdo, ahora que desdichadamente no puedo decírselo, el héroe modélico que no era.

     Sobre su madre escribe que en su abrazo encuentra el calor más antiguo de mi vida y que te debo una decidida propensión a la perseverancia, la voluntad acaso maniática de terminar cualquier trabajo emprendido, y lo que más he admirado siempre en ti: esa capacidad de cuarzo que tienes para mantener a raya la tristeza. De su esposa afirma que ningún muro lingüístico truncó el designio común de compartir, más allá de la atracción física, el agua y los panes del ser entero. Desde entonces miro por sus ojos, ella mira por los míos, y no hay dolor que le duela sin que a mí me duela ni hay risa en sus labios que no me doble de alegría. 

     El autor añora a su hija Cecilia, que ya no toca el piano de la sala de la casa familiar porque dio la niña en mujer como da el sábado en domingo... y se fue a conocer de cerca su destino. Un destino que, transformado en un médico inepto, estuvo a punto de arrebatarle a su otra hija, Isabel, a causa de unas meninges dañadas que dejaron menguadas sus capacidades intelectuales. Problema este que, acrecentado por la incomprensión de la sociedad, permitió sin embargo a Aramburu humanizarse y humanizar a la pequeña. Te lo debo a ti, Isabel, a cuyo lado, sin que te dieras cuenta, aprendí la compasión.  

     El amor juega un papel importante en la vida de las personas. También en la de Aramburu. Ama a su San Sebastián natal, recordando la escena de su partida en tren. Ama a los amigos y sus abrazos. Ama el mar, la vida, la intimidad y la soledad. Porque, sin soledad (confortable), esfuerzo y tenacidad, no habría alcanzado jamás la libertad adquirida a través de su aprendizaje literario. Porque, evidentemente, ama a los libros. Una pasión firme y duradera que le viene de una juventud ya perdida en la que nació un fervor incurable por la poesía y la lengua gracias a la disciplina impuesta por los frailes de su colegio --quienes confundían la educación con el adiestramiento--, en medio de cuyas explicaciones comenzó a leer a hurtadillas textos breves, poemillas y fábulas que aparecen en los manuales. 

     Así comenzó a amar a García Lorca, a Bécquer, a Góngora, a Aleixandre. Y, de ahí, a la narrativa. A Camus, por ejemplo --quien murió justamente el día en que Aramburu cumplió su primer año de vida--, de quien aprendió a amar al hombre por encima de la idea. Fruto de todo ello, de la rebeldía y la irreverencia cultural, nació, años más tarde (1978), el Grupo Cloc, donde la risa --antídoto del dogmatismo-- era lo principal, además de la palabra que da envoltura y ocasión a la belleza. Es decir, que parece claro que el objetivo era buscarles el lado poético a las cosas. Porque, sin duda, una de las necesidades más humanas es no abandonar nunca a nuestra imaginación, a nuestro niño interior.    

     Confiesa el autor que se reserva siempre unas horas de serenidad para disfrutar de la lectura, del olor literario del papel. Una manzana, un libro y la sensación de no ser un ser definitivo. De que todo está en constante cambio. Y de que la muerte a todos nos espera en cualquier momento. Algo que él mismo estuvo a punto de comprobar en primera persona --aprendió en soledad el arte tranquilo de morir, a despedirse de los demás, de los árboles, de los pájaros, las paredes, los libros, las estrellas de forma silenciosa-- hasta que supo que todo se trataba de un error de diagnóstico médico. Por suerte para él y para todos sus lectores.

     Autorretrato sin mí es, pues, la historia del escritor, pero también la de la mayoría de nosotros. Un relato que no se lee del tirón, sino a pequeños sorbos, pues no es una novela, y que, viniendo de la mano de un autor en plena madurez, personal y literaria, debe ser leída con emoción y agradecimiento a la vida, a la lengua y a la literatura. Porque, ¿qué sería de la vida sin esos ratitos de soledad confortable y sin esos libros inolvidables (como el que nos ocupa) cuyo simple recuerdo nos provocará en un futuro más o menos lejano un hondo sentimiento de nostalgia?            

          

viernes, 21 de octubre de 2016

Born to run. Memorias. Bruce Springsteen. Random House Mondadori. 2016. Reseña





     El pasado 27 de septiembre, casi coincidiendo con 67º cumpleaños, Random House Mondadori publicó Born to run, las memorias del músico estadounidense Bruce Springsteen. Ya de entrada, el título es altamente significativo. El tema, que dio nombre al tercer disco del Boss, que vio la luz en 1975, habla no solo de cómo era la vida en Freehold, Nueva Jersey, en un momento dominado por la pobreza, la industrialización de la zona --que dejó altas cifras de desempleo y miseria en toda la región-- o las crecientes tensiones raciales, sino también de cómo influyó todo ello en un joven que trataba de adentrarse en el complicado escenario musical de la época, así como del hondo sentimiento de hermandad que surgió entre el grupo de compañeros que dieron inicio a una de las aventuras musicales más extraordinarias del siglo XX.

     Porque comprender a Bruce es imposible sin conocer a la E Street Band, la más grande banda de acompañamiento jamás formada en el universo rock. Y la figura que mejor ejemplifica el significado de la sólida máquina en que se convirtió es Clarence Clemons, Big Man, el saxofonista de color que aparece en la portada del disco del 75. Amistad, compañerismo, mezcla racial, solidaridad y sinergia: cada componente, conocedor de su papel, de su rol, de su función en el conjunto. Como afirma el Boss, somos una filosofía, un colectivo con un código de honor profesional. Se basa en el principio de que cada noche daremos lo mejor, todo lo que tenemos, para recordarte todo lo que tú tienes, lo mejor de ti. De que es un privilegio y un honor intercambiar directamente sonrisas, alma y corazón con la gente que tienes enfrente. De que es un gran placer reunirte en concierto con aquellos en los que has invertido tanto de ti mismo, y ellos en ti, tus fans.

     No en vano, el Boss y los estreeters se sienten agradecidos por ser un eslabón de la cadena que forman junto a sus fans. Y el mero hecho de experimentar esa sensación ya es algo por lo que vivir. A lo largo de las casi seiscientas páginas de sus memorias Springsteen narra el proceso de formación de la banda, sus tomas de decisiones sobre cuestiones musicales y extramusicales, sus interioridades --no exentas de problemas de mayor o menor consideración--, el período de doce años (1987-1999) en que cada uno de sus miembros desarrolló por separado su carrera musical, el retorno en 1999 y la muerte de Danny Federici y Clarence Clemons, así como la entrada en la banda de sus sucesores (que nunca sustitutos: Charles Giordano y Jake Clemons, sobrino de Big Man). Las anécdotas referentes a la grabación de los discos y las giras constituyen la cara amable y risueña del libro.

     Sin embargo, estamos ante un conjunto de confesiones llamativas y hasta sorprendentes. Muy celoso de su vida privada, Springsteen afirma haber tenido una relación tempestuosa con su padre --víctima tanto de sus fantasmas personales como de la pobreza del Freehold de los sesenta y setenta--, con quien siempre tuvo sus tira y afloja. A lo largo de los capítulos nos muestra abiertamente la evolución de las heridas, el desafecto y la crueldad emocional que heredó de él. Mi padre nos hizo creer que nos despreciaba por amarle, que nos castigaría por ello, y lo hizo. Parecía que aquello podía arrastrarle a la locura, y a mí también (...). Era una fuente de poder maligno a la que podía acudir cuando me sentía físicamente amenazado, cuando alguien trataba de llegar hasta un lugar que simplemente no podía tolerar... más cerca de mí. Como prueba fehaciente de ello, ninguna relación sentimental suya duró más de dos años. Hasta que apareció en escena Patti Scialfa. 

     Antes de ello, se casó con la modelo Julianne Phillips. Así habla de su divorcio, tan solo dos años después: Cuando nos casamos era joven y su carrera estaba empezando, mientras que yo, con treinta y cinco años, podía parecer ya una persona realizada, razonablemente madura y bajo control, aunque en mi interior seguía siendo alguien emocionalmente poco desarrollado y secretamente inaccesible. Ella es una mujer de gran discreción y decencia y siempre me trató, a mí y a mis problemas, de forma honesta y con buena fe, pero al final, realmente no supimos solucionarlo. La puse en una situación terriblemente difícil para una chica joven y le fallé como pareja y como esposo. Solventamos los detalles del modo más civilizado y discreto posible, nos divorciamos y seguimos adelante con nuestras vidas.      

     Los capítulos más escalofriantes de estas memorias los constituyen los episodios de depresión del rockero. Desde joven se refugió en la música como forma de evasión de una realidad opresiva y claustrofóbica. Algo que, a pesar del éxito, del dinero y de la fama no cambió con el paso de los años. Daba igual tener que mendigar que ser rico. Springsteen nos informa de una terapia psicoanalítica de veinticinco años de duración, hasta la muerte de su terapeuta. Solo se sentía bien componiendo y tocando. Pero, fuera de los escenarios, tuve un ataque de depresión, me sentía tan profundamente incómodo en mi pellejo que solo quería salirme de él. Es una sensación peligrosa que atrae muchas ideas indeseables (...). El único respiro era dormir doce, catorce horas. Por vez primera, sentí que comprendía lo que impulsa a algunas personas al abismo. Lo único que me ayudó fue Patti. Su amor, su compasión y la seguridad de que saldría de aquello fueron, durante muchas horas de oscuridad, todo lo que tenía para seguir adelante. En efecto, su esposa desde hace casi veinticinco años sale muy bien parada de estas memorias, situándose como el verdadero sostén de un Bruce que se muestra más humano que nunca.

     En Born to run hay espacio para la risa, las anécdotas, la música y, ante todo y por encima de todo, la reflexión. Una reflexión honda, profunda y sosegada. Una especia de catarsis en la que el Boss hace un examen psicoanalítico puro y duro, llegando a afirmar que en psicoanálisis trabajas para convertir los fantasmas que te atormentan en ancestros que te acompañan. Para hacerlo se requiere mucho esfuerzo y mucho amor, pero ese es el modo en que aligeras la carga que tus hijos tendrán que soportar. No obstante, a luchador no le gana nadie. Como él mismo dice, su voz no hacía presagiar que pudiera ser cantante solista. Pero su tenacidad, su buen hacer y conocerse a la perfección a sí mismo, con sus límites pero también con sus fundamentos, le valieron para convertirse en quien es en la actualidad.

     Es de agradecer el hecho de que la narración de su vida se haya detenido mucho más en sus años iniciales, junto a los Castiles, Steel Mill y la Bruce Springsteen Band. Y también en su gran pilar de los últimos años: su mujer y sus tres hijos. Su familia. En mi opinión, la gran particularidad de estas memorias es que, pese a mostrar el lado más desconocido y hasta oscuro del músico, ello no hace que al lector se le caiga un mito. Nada más lejos de la realidad: conocer a ese Bruce tan imperfecto, problemático y, en definitiva, humano agranda más si cabe su leyenda. Una leyenda que podrá ser estudiada, además de por sus míticos discos y sus legendarios directos, por una biografía extensa escrita de su puño y letra. Y, sea dicho de paso, de una manera impecable.    


viernes, 23 de septiembre de 2016

París-Austerlitz. Rafael Chirbes. Anagrama. 2016. Reseña



Resultado de imagen de rafael chirbes parís-austerlitz


     En mayo de 2015, tan solo tres meses antes de dejarnos y tras casi 18 años de idas y venidas --años en los que publicó una gran cantidad de obras diferentes, entre ellas las más conocidas: La caída de Madrid, Los viejos amigos, Crematorio o En la orilla--, el valenciano universal Rafael Chirbes dio por terminada la que, por desgracia, se convirtió en su novela póstuma. Resultaría romántico añadir que lo hizo como regalo final para el mundo lector. Pero no fue así. La grave enfermedad --cáncer de pulmón-- que se lo llevó todavía no le había sido detectada. Lo cual, dicho sea de paso, impregna a la obra de un carácter mucho más dramático.

     Porque uno de los protagonistas de París-Austerlitz --nombre de la conocida estación de trenes parisiense--, que responde al nombre de Michel, es un enfermo terminal que agoniza en un hospital de la capital francesa. Allí, aquejado de la plaga --el narrador no informa del nombre de la enfermedad, pero se intuye que puede ser el SIDA (la novela está ambientada a finales de los ochenta o principios de los noventa, siendo presidente de la República François Mitterrand, quien murió, curiosamente, tras una larga enfermedad a causa de un cáncer de próstata)--, agota sus últimas semanas de vida prácticamente solo, abandonado y triste. 

     El narrador de la historia es un joven pintor español que ha renunciado a la lujosa vida familiar en Madrid para buscarse un porvenir en el tan complicado mundo artístico. ¿Qué mejor destino que París? Allí, tras ser echado del piso de alquiler compartido por no poder pagar su parte del alquiler, decide emborracharse antes de decidir su nuevo destino. En uno de tantos café-tabacs conoce a Michel, matricero de una fábrica que le dobla no solo la edad sino también experiencia de vida. Entre ellos se iniciará, muy pronto, una relación pasional que colmará los deseos de ambos desde el principio. El joven español acabará viviendo en el piso de Michel, que se ocupará de él en todo momento.

     Juntos vivirán una historia de amor --si así se le puede llamar, ya que el propio narrador afirma en varias ocasiones no saber realmente lo que es-- que durará casi un año. En ella dominarán las visitas a los cafés, el alcohol, el desenfreno, la urgencia del sexo y el deambular por las frías calles de París en pleno invierno y sin casi dinero para dar rienda suelta a su nivel de vida. Sin embargo, esos tiempos felices, de enamoramientos fáciles, de sexo placentero y sin condiciones, ese fuego que se enciende porque sí y se extingue no se sabe por qué, llega, como suele ocurrir tantas y tantas veces, a su fin.

     De repente, el narrador siente que el hasta entonces deseado cuerpo de Michel comienza a infundirle repulsión; que el hecho de vivir en su casa parece obligarlo a seguir con él pase lo que pase; que necesita un piso con más luz y metros para poder pintar sus cuadros; que el aire que antes respiraban juntos se ha vuelto irrespirable; que el placer se ha transformado en un dolor cada vez más y más difícil de soportar; y que el estilo de vida de su amante no es el que realmente él quiere seguir. Y, claro: decide abandonar el piso e instalarse en uno cercano. Tanto que puede espiar sus movimientos, sus idas y venidas y sus quehaceres diarios. Mientras, el francés lo acusa de no haberse entregado a él en su totalidad ya que siempre había utilizado preservativos en sus relaciones. Algo de lo que se alegra el español, sobre todo teniendo en cuenta la grave enfermedad que ahora lo ha atrapado. Sea como sea, comienza una nueva relación entre ellos. Esta, basada en los celos, los desaires y los reproches. 

     París-Austerlitz es una novela corta (153 páginas), de lenguaje duro, crudo y directo, de estilo narrativo depurado pero muy rápido y que presenta temas secundarios realmente interesantes: una Francia desgarrada por las dos grandes guerras; la violencia padecida por un niño a manos de un padre autoritario, despótico y maltratador; la entrega de una mujer a los invasores como única manera de poder sacar adelante a sus hijos; los reproches de los ex-amantes; y el amor como única vía de salvación posible y también como trampa mortal. 

     Leer esta obra le hace sentir a uno como un turista que está paseando por las calles del París de hace 20 o 30 años, como un voyeurista que está presente en los encuentros sexuales de los protagonistas, como un cuidador de un enfermo terminal cuya degradación física (y psicológica) se hace evidente día a día, como un sociólogo que estudia las diferencias entre dos personas de distintas condiciones sociales y aspiraciones de vida, como un terapeuta que destripa la mente culpable de quien utilizó a una persona durante un tiempo para dejarla en la estacada a las primeras de cambio. En efecto, el narrador parece querer expiar sus pecados, descargar su culpa, soltar un lastre pesado que amenaza con hundirlo por completo.

     En definitiva, esta obra póstuma de Chirbes rompe radicalmente con aquello a lo que su autor nos tenía acostumbrados en sus últimas novelas. Es un drama, una tragedia, que nos conmueve y nos va golpeando página a página, hasta dejarnos noqueados. Porque, ante todo, es una historia extremadamente psicológica, con todo lo que ello conlleva, y reflexiva que le puede ocurrir a cualquiera de nosotros. Y eso es lo que al lector más lo atolondra: tanto Michel como el narrador son personas corrientes, y sus enfoques y mentalidades, precisamente por ser tan diferentes, impiden que se tome partido por uno u otro. Más bien al contrario: nos hacen sufrir por igual. Porque uno va a morir, pero al otro le va a tocar seguir viviendo a pesar de los pesares. Y nosotros nos quedamos con ganas de más...            


lunes, 16 de febrero de 2015

La gente feliz lee y toma café. Agnès Martin-Lugand. Alfaguara. 2014. Reseña





     Cuando en diciembre de 2012 la psicóloga clínica francesa Agnès Martin-Lugand autopublicó en la plataforma digital Amazon su primera novela, La gente feliz lee y toma café, nadie podía pensar el fenómeno en que se iba a convertir aquella historia de pérdida, duelo y reconstrucción personal. En pocas semanas la novela alcanzó los primeros puestos en las listas de venta de la conocida página y pronto una editorial tradicional apostó por editarla en papel en todo el país. Su éxito en Francia conllevó la traducción a varios idiomas más, entre ellos el castellano, y pronto podremos ver una adaptación a la gran pantalla gracias a una coproducción internacional.

     La novela comienza con la conmoción desatada por la muerte de Colin y Clara, esposo e hija de la protagonista del libro, Diane, copropietaria del café literario La gente feliz lee y toma café. Afincada en uno de los conocidos barrios de París, solo la mantiene a flote la ayuda de su mejor amigo, un homosexual de nombre Félix que se convierte en su ángel de la guardia. Su familia y la de su marido no entienden cómo Diane se sume en el pozo en que se mantiene ya un año después del fatal accidente que la dejó sola en la vida. Ante tal situación, sintiéndose incomprendida y agobiada por su círculo familiar, decide huir de París. El pequeño pueblo de Mulranny, en la costa oeste de la República de Irlanda, lugar al que siempre había querido ir de vacaciones su fallecido esposo, es su destino.

     Entre su equipaje, fotos familiares, la colonia de su hija y algunas prendas de su marido, además de su propia ropa y algunos libros tomados prestados de su café literario. Félix se queda al cargo del mismo, algo que ya había comenzado a hacer tras el accidente y el hundimiento de su amiga. La acomodada situación económica de Diane y la entrega de su amigo y socio le permiten esa huida de la realidad y la inhibición laboral respecto a su ocupación anterior.

     En Mulranny Diane comenzará a sentirse extraña. Es consciente de que no está en su casa, aunque tampoco en ella se había notado cómoda tras el trágico suceso que había puesto patas arriba su existencia. Sin embargo, poco a poco irá conociendo los alrededores de su cottage y a sus pocos vecinos. El más cercano, sobrino de sus caseros, la sacará muy pronto de sus casillas debido a su agrio carácter y a sus violentos gestos hacia ella. No obstante, se sentirá atraída hacia él, hasta el punto de decidir hacerle la vida imposible. Edward se convierte, así, en alguien en quien descargar su ira, su odio, sus frustraciones.

     Con el tiempo, sabremos que también Edward tiene en su haber una serie de condicionantes que le han convertido en alguien huraño, salvaje y antipático. Lo cual nos descubrirá, de forma progresiva, a un personaje nuevo que se nos hará entrañable y que querremos ir conociendo con mayor profundidad. La relación entre los vecinos cambiará desde un suceso inesperado y la novela nos conmoverá, emocionará y hará que no nos separemos de ella hasta su finalización. Las almas humanas de sus protagonistas serán diseccionadas hasta hacer encajar todas las piezas que componen el puzzle de cada uno de ellos.

     Al cerrar el libro cuesta despedirse de sus personajes. Su mensaje, directo al corazón del lector, nos hace ver la vida de manera diferente. La vida misma se nos muestra como un regalo que debemos aprovechar durante cada minuto. El viaje interior y exterior que emprende Diane para superar el peor momento de su vida nos arrastra con ella. Su historia es una lección que queremos (y debemos) aprender. Y además es un libro que se lee de forma rápida debido a su lenguaje directo, sus escasas descripciones y sus ágiles diálogos, convirtiéndolo en una montaña rusa de sensaciones y emociones de la cual no queremos bajar.

     El único "pero" que le pongo a La gente feliz lee y toma café es que en determinados momentos es un poco predecible. Lo cual se vuelve a su favor a la hora del desenlace. No, no estamos ante la típica novela romántica que acaba con la manida frase de ...y fueron felices y comieron perdices. Más bien, ante una introspección, una reflexión profunda sobre la facilidad con la que a veces buscamos un clavo que quite otro clavo. Sobre la extrema dificultad - pese a ser algo totalmente necesario - que conlleva coger el toro por los cuernos y tomar nuestras propias decisiones, analizando los pros y las contras de las situaciones.

     En definitiva, La gente feliz lee y toma café es una novela adictiva, original y ágil, de las que se leen en una sentada (o dos, dependiendo del tiempo disponible), que nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas. Resulta difícil abordar su lectura sin un cigarrillo y una taza de café como compañeros - quien la haya leído ya sabe a qué me refiero - y nos deja un buen sabor de boca. Aunque también, quizás, con el mono de saber más sobre ciertos aspectos que, como en la vida misma, en ocasiones quedan sin cerrar de forma definitiva...      

        

lunes, 5 de mayo de 2014

Lo que encontré bajo el sofá. Eloy Moreno. Espasa. 2013. Reseña





     La venden como la novela indignada de Eloy Moreno. Ciertamente, lo es. La segunda novela del joven autor castellonense confirma lo que ya se vio en El bolígrafo de gel verde - también reseñada en este mismo blog hace un par de años -, es decir, que este creador de historias debe ser seguido muy de cerca ya que, al margen de sus grandes dotes para contar varias historias encadenadas en las mismas páginas, se está erigiendo en un agitador (en el buen sentido de la palabra) de conciencias.

     Durante buena parte de las páginas de esta novela Moreno critica la sociedad en la que vivimos. Y lo hace con crudeza y sencillez a la vez, no dejando títere con cabeza ni siquiera entre los propios ciudadanos, los primeros que tratamos de ahorrarnos unos eurillos fotocopiando cosas particulares en nuestros lugares de trabajo, sustrayendo cartuchos de impresora o paquetes de folios de nuestras oficinas, o estafando - aunque sea en menor medida - a esa Hacienda que se supone que somos todos aunque se libran siempre unos cuantos (generalmente, los mismos).

     En efecto, tras la lectura de la obra uno llega a ver con total claridad que si los políticos son unos corruptos y unos ladrones es debido a que el pueblo también lo es: que cada cual roba en la medida de sus posibilidades. Lógicamente, esto no exime en absoluto a unos políticos que deberían buscar el bien común y no el particular. En el libro encontramos un compendio de los grandes males de nuestra sociedad. Prácticas ilícitas, recortes injustificados, corruptelas y amiguismos entre (se supone) enemigos políticos a ultranza, pasotismo (y hasta colaboracionismo, más o menos pasivo) ciudadano, indignación, etc.

     Subyace, además, la cada vez más extendida idea de que todo esto debe cambiar y que, por desgracia (o quizás por fortuna, que nunca se sabe), puede que sea de manera violenta. Y es que la clase política vive amparada por una policía entre la que también es probable encontrar a personas - que lo son, aunque a veces se nos olvide - igual de indignadas que nosotros los ciudadanos. Sin duda, no estamos ante una novela pesimista, ni mucho menos. Más bien al contrario: se dejan ver recovecos para la esperanza de un futuro mejor para este país.

     El referido contexto de la obra sirve para presentarnos a unos personajes que dudan hasta de sí mismos. Unos personajes que viven de la mejor manera posible pese a los acontecimientos a los que deben hacer frente. Unos personajes que aman, que sufren, que toman decisiones o que se dejan llevar por los sucesos que acontecen a su alrededor. Todos ellos forman una serie de historias cotidianas, de las que a cualquiera de nosotros les podría ocurrir, lo que crea una empatía que atrapa al lector de principio a fin. 

     Las relaciones son complejas. La distancia entre amor y desamor en ocasiones es tan corta que cuesta dilucidar en qué momento de nuestra existencia dejó de hacernos reír nuestra pareja. Una ausencia de risas que desemboca, antes o después, en el aburrimiento, el tedio, la dejadez y el alejamiento de la persona que tenemos al lado. ¿Qué ocurre si aparece, de la noche a la mañana, una persona que nos vuelve a hacer reír, que nos hace volver a sentir, que nos vuelve a enamorar? De ello trata también Lo que encontré bajo el sofá: de todos esos secretos que casi todo el mundo guarda bajo su cerebro, junto a su corazón...o debajo del sofá.

     Dentro de las evidentes diferencias existentes entre los protagonistas de la novela sí hay algo que todos comparten sin saberlo si quiera: todos ellos guardan secretos que condicionan el resto de sus vidas. En ocasiones, para bien; en otras, para mal. Cada persona reacciona de forma diferente ante un mismo hecho. Y ello es debido a que no hay dos personas iguales. Y también a que la realidad - si es que existe la realidad absoluta - se puede analizar desde tantos puntos de vista, más o menos interesados, que cuesta demasiado hacerse un juicio objetivo sobre ella. De esto trata también la segunda novela de Eloy Moreno.

     El qué dirán y los convencionalismos sociales nos llevan a actuar en numerosas ocasiones - muchas más de las deseables - de manera diferente a como nuestro corazón nos indica. Este hecho ocupa determinados pasajes de las historias que componen esta gran obra. Como con El bolígrafo de gel verde, en Lo que encontré bajo el sofá Eloy Moreno nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas, sobre nuestras relaciones y sobre lo fácil (y, por supuesto, absurdo e injusto) que nos resulta a los humanos enjuiciar los actos de los demás para sentirnos mejor con nosotros mismos.

     ¿Sobre el argumento? Prefiero no entrar. Sólo es sugiero que os hagáis de inmediato con un ejemplar de esta novela. Os indignaréis, sí, pero también reflexionaréis y hasta disfrutaréis de una de las mejores narrativas actuales en el panorama nacional. ¡Ah! Y comprobaréis el embrujo de Toledo, sobre todo cuando el sol se pone y los fantasmas salen a pasear por la ciudad... 
                   

martes, 28 de mayo de 2013

Holocausto Manhattan. Bruno Nievas. Ediciones B. 2013. Reseña





     Este mes de mayo ha visto la luz la segunda novela de Bruno Nievas, el escritor almeriense que revolucionó el mundo digital con su primera obra, "Realidad Aumentada", también reseñada en este blog el año pasado. He de confesar que esperaba esta nueva entrega con ganas. Su debut me pareció digno de un escritor a seguir. Con "Holocausto Manhattan" me ha terminado de convencer. Os explico el por qué de este convencimiento.
 
     Nos encontramos ante una novela de intriga y suspense que, como tal, debe mantener al lector en tensión permanente mediante continuos giros inesperados, un ritmo vertiginoso, gran crudeza en narraciones y descripciones y pequeñas dosis de información que dejen más datos para más tarde. Todos los requisitos anteriores están magníficamente conseguidos en esta trama.
 
     Si a todo ello unimos el hecho de que las distintas líneas temporales están muy bien enlazadas, que las escenas principales se nos muestran desde diferentes perspectivas ya que cada personaje nos las "describe" desde su propia perspectiva y que los personajes (algo estereotipados, eso sí, siendo éste aspecto el único pero a la novela) están retratados al milímetro, podemos afirmar que estamos ante una trama perfectamente urdida por el autor.
 
     El cuadro se completa con una extraordinaria documentación, tanto histórica como científica, lo cual contribuye, por una parte, a ambientar perfectamente los escenarios en que se desarrollan los capítulos y, por otra, a cumplir con otro de los propósitos de la literatura: entretener y, además, enseñar. En efecto, con Bruno Nievas se aprende de historia (Auschwitz) y de ciencia (ondas binaurales y realidad aumentada), lo cual otorga un valor añadido a sus obras, algo nada desdeñable en los tiempos que corren.
 
     Como el propio autor reconoce en sus notas finales la novela trata muchos puntos reales, más de los que el lector pueda intuir al desgranar sus páginas. Algo estremecedor, sin duda. En efecto, existió Auschwitz, existe el terrorismo internacional y existen las ondas binaurales, quizás las drogas del futuro (¿y también del presente?). Y en este punto he de aludir a la otra finalidad de la escritura: hacer pensar y reflexionar a quien nos lee. Aspecto este que también encontramos en este libro.
 
     Mediante un estilo diferente, propio, fresco y desenfadado, común en quien disfruta escribiendo, Bruno nos presenta, sin tapujos, lo mejor y lo peor de la especie humana, el bien y el mal, lo conocido y lo desconocido (y explicando su por qué). Con una prosa adictiva (como las referidas ondas binaurales) nos muestra, además, el poder creciente de las redes sociales en nuestra sociedad y cómo bien usadas éstas pueden ser formidables. Y también poderosamente destructivas en caso contrario. Como la ciencia misma, vamos. 
 
     Antes de finalizar la reseña debería escribir unas líneas sobre la sinopsis de la novela. En este caso, sin embargo, para no adelantar nada sobre su inquietante contenido, veo más propio copiar textualmente la que aparece en la contraportada del libro en su versión en papel:
 
"Septiembre de 2010. Mike Brenner imparte una clase en la universidad sobre ondas binaurales, un tema que le preocupa por las graves adicciones que generan y que nadie parece estar detectando. Poco antes, una camioneta de reparto está a punto de caer al río Hudson. Su conductor logra evitar el accidente, salvando así de una muerte segura a su familia, rehenes de unos tipos que quieren asegurarse de que cumple con su misión: transportar una bomba atómica al centro de Manhattan".
 
"Febrero de 1944. Leon Yeser, un adolescente judío, es separado de su madre y de su hermana pequeña nada más bajar de uno de los «trenes de la muerte». Al intentar ayudarlas es brutalmente golpeado por un soldado nazi, al que mira fijamente a los ojos. Entonces, algo sucede. Poco después el nazi, tembloroso, llama a la puerta del bloque 10 para pedirle ayuda a la única persona que puede entender lo que acaba de sucederle: el doctor Josef Mengele".
 
"Un thriller de acción trepidante y ritmo vertiginoso, que te dejará sin aliento por la agilidad de su trama y las impresionantes revelaciones que contiene".       
 
     Bruno nos regaló "Realidad Aumentada" tras varios rechazos editoriales. Muchos fuimos quienes nos la descargamos gratis desde su propia web. Ahora, teniendo sus dos obras publicadas en papel, no se olvida del mundo digital. Es más, lucha por conseguir precios bajos en los libros digitales. Así, ha logrado que "Holocausto Manhattan" esté disponible en Amazon por menos de 3 euros, algo muy de agradecer, sobre todo, en estos tiempos convulsos. Una razón más para descargarlo de forma legal. Os aseguro que vale la pena.

lunes, 13 de mayo de 2013

La sonrisa etrusca. José Luis Sampedro. 1985. Reseña





     En 1985, con 68 años de edad, José Luis Sampedro, economista, humanista y escritor español, escribió y publicó "La sonrisa etrusca", una novela tierna, conmovedora y muy reflexiva que narra los últimos meses de vida de Salvatore Roncone, un viejo cascarrabias calabrés realmente cabezota y apegado a su pueblo natal, Roccasera. Uno de sus hijos, Renato, casado y afincado en Milán, lo traslada a su casa para que sea tratado del cáncer terminal que padece.
 
     Acostumbrado a su pueblo sureño, el anciano no asimila nada bien la idea de trasladarse a la gran ciudad. No se acostumbra a su tan diferente funcionamiento, a sus gentes y a la forma de vida en general. Su agrio carácter y su tozudez le llevan a no relacionarse como debiera con las personas que lo rodean (su hijo Renato y su esposa Andrea). Sin embargo, a sus sólo trece meses, su nieto Brunettino enternecerá el corazón de su abuelo desde el primer momento.
 
     Antiguo partisano y defensor de las libertades ante los ocupantes germanos, Salvatore tratará de educar a su manera a su nieto. Pese a su enfermedad, la cual él conoce en todo momento, siendo perfectamente consciente de que le quedan pocos meses de vida, posee una vitalidad tal que le permite seguir amando a la vida y agarrarse a ella con la finalidad de ayudar a su nieto a crecer, acompañándole durante el mayor lapso de tiempo que le sea posible. Sus dos grandes ambiciones en lo que le queda de vida son ésta y poder sobrevivir a la muerte de su gran enemigo en Roccasera, el maldito villano (según él) Cantanotte.
 
     A pesar de sus reticencias a todo lo que le rodea en la gran ciudad irá conociendo a personas que harán su existencia algo más tranquila y sosegada de lo esperado. Su amor por Brunettino conseguirá que su genio se vaya domesticando de forma paulatina, a la vez que sus lagunas de memoria le pondrán en situaciones a veces un tanto disparatadas. En su cerebro, la realidad actual y sus recuerdos de juventud se mezclarán de una manera que provocará el desconcierto en sí mismo y en aquellos que le rodean.
 
     A lo largo de la acción de la novela Roncone asistirá, perplejo, a la modificación de muchos de los estereotipos sociales y hasta sexuales que hasta entonces pensaba inamovibles. Y, en mi opinión, esa parte es lo mejor del libro: cuidar a su nieto no es ya cuestión de mujeres, sino que él llega a considerarse (y, de hecho, así acabará siendo) el gran bastión en el que se sostiene el pequeño Brunettino; y descubrirá que a las mujeres no basta sólo con amarlas en el sentido sexual del término, sino que, además, también se las ha de querer y comprender fuera de la cama.
 
     Hortensia, una viuda a la que conocerá de forma totalmente casual tras un pequeño incidente, la cual vive cerca de la casa de su hijo y su nuera, le enseñará lo que es el verdadero amor, contribuyendo a dar las pinceladas necesarias para terminar de componer un cuadro repleto de ternura y sentimientos conmovedores. En él, estilísticamente hablando, brillará la gran (y sin embargo sencilla y directa) narrativa del genial José Luis Sampedro. 
 
     Los recuerdos de su infancia en Roccasera, de su época de combatiente partisano, de sus amores con varias y variadas mujeres, y su realidad actual en Milán se entremezclan en la narración de una historia que se hace muy agradable de leer en la mayoría de capítulos y escenas. Sin duda, todo ello contribuye a que se lea de forma rápida y atractiva. Sobre todo cuando la acción de se centra en sus relaciones con Brunettino y Hortensia.
 
     He de confesar que es la primera obra literaria de Sampedro que leo, cumpliéndose aquello de que a uno le suelen conocer más cuando muere que cuando está aún con vida. Conocía su enorme labor economicista, humanista y de agitador (pacífico) de conciencias sociales. No obstante, jamás me había decidido a leer ninguna de sus novelas. No será la última, espero. "La sonrisa etrusca" es una obra original que destila corazón, ternura y reflexión en cada una de sus páginas. Un libro que no dudo en recomendar a todo aquel que lea esta reseña.
 

lunes, 23 de mayo de 2011

Reflexión a la Intemperie. Aute en Gandía

     La velada del día de reflexión pre-electoral tuvo como gran protagonista en Gandía a Luis Eduardo Aute. El cantante filipino, de casi setenta años de edad, deleitó a más de dos mil personas (lleno absoluto) en los jardines de la Casa de la Cultura de la ciudad ducal. En dos horas de concierto desgranó casi todo su último álbum, "Intemperie", unas cuantas de "A día de hoy" y algunas otras canciones "de siglos pasados", como él mismo bromeó.

     El concierto entero estuvo dedicado a "los miles de jóvenes que estos días están tomando las plazas de tantas y tantas ciudades españolas, europeas e iberoamericanas". En una de las varias referencias a John Lennon, "el artista asesinado por el FBI", aseguró que si todavía viviera cambiaría la letra de "Imagine" para pasar de "un mundo mejor puede ser posible" a "un mundo mejor va a ser posible", animándoles a que sigan con sus reivindicaciones hasta el final.

     A lo largo del concierto hizo gala de su conocida y alabada crítica ácida e irónica para atacar al sistema, a los políticos y hasta al Papa, al que llegó a llamar "Paparazzi Ratzinger" y "¡pobre hombre!" por haber de "creerse el representante de Dios en la Tierra". Por criticar, criticó hasta a su propia discográfica, que ha publicado en internet (iTunes) una de las canciones descartadas de "Intemperie", que él mismo eligió, dejando ver que no le gusta demasiado.

     Como es en él habitual, las referencias al sexo fueron apareciendo cada dos por tres, llegando a afirmar que "todos andamos buscando el sexo. Algunos incluso se casan para asegurárselo de forma más o menos regular y relativamente barata". Estuvo especialmente chistoso a lo largo de un concierto realmente memorable.

     Visiblemente envejecido y ofreciendo una imagen sumamente deteriorada, sin embargo, cantó como un ángel. Quien escribe estas humildes letras jamás le había visto tan metido en faena. Su voz aterciopelada sonó este sábado como nunca. Sus cambios de registro sobrecogieron a los espectadores sobremanera, sobre todo en "Siento que te estoy perdiendo" y "Somnis de la plaça Rovira", una canción escrita y cantada en catalán y dedicada a su padre y a los habitantes de la plaza del barrio de Gracia de la ciudad condal, donde él mismo vivió un tiempo de su niñez. En la presentación de esta canción bromeó sobre su vejez, llamando "anciano" a un compañero suyo de la "mili". Personalmente, fue éste uno de los grandes momentos del concierto por su emotividad, la historia cantada y el impresionante sonido de la voz del maestro Aute.  

     Desde "Me va la vida en ello" hasta "El canto de las sirenas", el concierto fue a más, con momentos culminantes en "Tríptico de luces y sombras" y "A día de hoy". Pero lo mejor, no obstante, vino tras la primera despedida. "Giraluna" marcó el inicio de los bises, donde cantó algunas de sus viejas canciones, incluyendo una de sus "Aleluyas". Y después de su segunda despedida, volvió en solitario al escenario para "tocarse" tres canciones con su guitarra, demostrando ser también un virtuoso con dicho instrumento entre sus manos. El final de la velada fue realmente estremecedor. Una pequeña luz, un silencio sobrecogedor, el cantante solo en el escenario y cantando a capella "Al alba". Un punto final formidable para una magnífica noche de reflexión pre-electoral.

     Sin embargo, a veces, el fin del concierto no significa el fin de la noche. A la salida de los jardines un grupo de "Indignados", acampados en la vecina Plaza del Ayuntamiento, rebautizada por ellos como "Plaça dels indignats", esperaba la salida de la gente. Llevaban esparadrapos en forma de cruz en sus bocas, en claro símbolo de estar en la noche de la jornada de reflexión. De repente, alguien comenzó a aplaudir y todo el mundo le siguió. La escena, una auténtica comunión entre jóvenes y adultos, resultó tremendamente emocionante. Desde el blog del grupo de "acampados", al día siguiente, se le daba las gracias a Aute por salir a aplaudirles desde uno de los balcones de la Casa de la Cultura, justo al finalizar el concierto. Lástima haberme perdido una escena tan fantástica... 

     Un grupo de unas quince personas esperamos la salida del artista para las típicas fotos y firmas de autógrafos, discos y hasta libros. Una vez más, el maestro hizo gala de un gran sentido del humor y de un respeto máximo hacia sus fieles seguidores. Pese a su deteriorado estado físico, a las dos horas de concierto y a ser ya altas horas, nos atendió a todos sin ninguna prisa y visiblemente contento de tenernos allí esperando su salida, algo por lo que hasta nos dió las gracias ¡él a nosotros!

     En definitiva, una noche mágica en compañía de uno de los más grandes genios que jamás ha dado el género de la canción de autor en nuestro país y fuera de él. Una gran manera de reflexionar a la intemperie justo antes de ejercer nuestro derecho democrático de votar...o no. Esperemos que aún tengamos más ocasiones de poder verle encima de un escenario. ¡Grande Aute, maestro, genio y figura!