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lunes, 5 de junio de 2017

Fahrenheit 451. Ray Bradbury. Ediciones DeBolsillo. 2000. Reseña





     Se cumplen hoy cinco años del fallecimiento del escritor estadounidense Ray Bradbury. Genial autor de misterio fantástico, terror y ciencia ficción, es conocido mundialmente por sus obras Crónicas marcianas (1950) y Fahrenheit 451 (1953). Murió con casi 92 años de edad y en su epitafio, por expreso deseo suyo, reza el texto siguiente: Autor de Fahrenheit 451. Obra que ocuparía, por méritos propios, un puesto de honor en el (todavía) inexistente pódium de las novelas distópicas del siglo XX junto a sus predecesoras en el tiempo Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1932), y 1984, de George Orwell (1949).

     Leí la novela por vez primera hace veinte años, cuando estudiaba la Licenciatura en Historia y un profesor de una asignatura sobre escritura y sociedad nos encomendó su lectura y un trabajo sobre la quema de libros y la importancia de estos en cualquier sociedad que se precie de serlo. Recuerdo que fue una lectura que me impactó. A mis veintidós años de edad, la vi como una muy buena novela de ciencia ficción, aunque algo exagerada. Veinte años después, observo, más impactado si cabe, que muchas de sus ideas se han convertido en el pan nuestro de cada día. Que somos una sociedad enferma camino de su aniquilación. Al menos en su vertiente intelectual.

     Porque vivimos en un mundo en el que, tal y como le dice Clarisse a Montag, bombero y principal protagonista de la obra, nadie tiene tiempo para nadie; en el que las personas cada vez piensan menos, se hablan menos y se relacionan menos entre sí; en el que cada vez son más las personas que han de tomar pastillas para dormir; en el que las radios auriculares son a la vez compañía y aislamiento social; en el que cada vez tenemos más pantallas de televisión en las paredes de nuestros salones; en el que los libros pierden protagonismo de forma paulatina ante el desinterés general de la población --que deja de leer por iniciativa propia-- y una tecnología aborregante de masas; en el que las persecuciones de criminales se pueden llegar a retransmitir en directo. 

     En efecto, en Fahrenheit 451, el objetivo de las personas es simplemente ser feliz. Aunque sea a costa de perder las más elementales libertades. Los bomberos, con Guy Montag como ejemplo, se dedican a provocar incendios en casas (revestidas de elementos ignífugos para prevenir incendios accidentales) donde se han detectado libros. Porque el que lee, piensa, y el que piensa no puede ser feliz, y ser feliz es obligatorio. Así, el capitán Beatty le dice a Montag: la palabra intelectual se convirtió en el insulto que merecía ser... y no hubo necesidad de bomberos para el antiguo trabajo. Se les dio una nueva misión, como custodios de nuestra tranquilidad de espíritu, de nuestro pequeño, comprensible y justo temor de ser inferiores. Censores oficiales, jueces y ejecutores. Eso eres tú, Montag. Y eso soy yo.

     Montag vive rodeado de gente sin motivaciones, sin ganas de esforzarse por nada, con la única pretensión de ver las teles de las paredes y languidecer pensando que es feliz. Por fortuna, también encuentra personas diferentes. Como la joven Clarisse McClellan, quien, dada por loca e insociable, acude al psiquiatra mientras afirma amar las pequeñas cosas --la lluvia, las mariposas y las historias que le cuenta su tío, que recuerda un mundo diferente, anterior a que existiera un millón de libros prohibidos-- y el profesor de Literatura retirado Faber, quien se siente culpable por haber callado cuando todavía no era tarde, y afirma que la clave de todo, en referencia a los libros, está en la calidad de la información, el tiempo de ocio y la conjunción de ambos factores.

     Clarisse y Faber despiertan el dormido carácter rebelde de Montag, que deja de entender lo que hasta entonces tenía asumido: que la vida consiste en conducir a más de 150 kms./hora por el centro de la ciudad; en ver la tele de cuatro paredes; en que los niños pasen nueve de cada diez días en la escuela (¡¡solo 3 días al mes en casa, junto a sus progenitores!!); en que el capitán Beatty tiene razón al afirmar aquello de no te enfrentes a los problemas: quémalos / el fuego es brillante, limpio y purificador / si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale solo uno. O, mejor aún, no le des ninguno / Si el gobierno es poco eficiente o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello.

     Inquietante y muy familiar todo, ¿verdad? Pues Beatty añade ante Montag otros aspectos tan escalofriantes como estos: Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando letras de canciones y nombres de capitales de Estado. Atibórrala de información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices / tú, Montag, yo y los demás somos los Guardianes de la Felicidad. Hay que aguantar firme. No permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para nuestro mundo feliz, tal y como está organizado / ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te apoyan , y se vuelven contra ti.

     No obstante, gracias a Faber, Montag logra escapar de la destrucción de la ciudad y llegar a uno de los muchos campamentos ambulantes esparcidos por los campos del país. Allí, convive una extravagante minoría que clama en el desierto; unos vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior; una especie de sobrecubiertas para los libros. Una comunidad de libros andantes --cada miembro aprende, recuerda y transmite oralmente un libro-- que supone la esperanza, el final romántico, de que de la ciudad ahora en llamas surgirá una nueva civilización cual ave Fénix. Lo cual justifica la perentoria necesidad de recordar. Porque el recuerdo, a veces, es todo lo que tenemos para aferrarnos a nuestro pasado, presente e incluso futuro como especie.

     Veinte años después de la primera lectura, por tanto, comprueba uno que lo que entonces parecía exagerado ahora se está cumpliendo de forma tan inquietante como progresiva. Eso sí, a diferencia de lo que ocurre en la novela --especialmente en el caso de Faber, aunque también en el de Montag--, nosotros todavía estamos a tiempo de no tener que lamentar la pérdida de libertad ante la barbarie política y cultural. A tiempo de evitar que la temperatura de la ignorancia y pasotismo de nuestra civilización --existen, por desgracia, otras maneras de quemar libros-- llegue a esos 451 grados fahrenheit (232,8 grados centigrados) a la que el papel de los libros comienza primero a inflamarse y después a arder...                        

               

lunes, 14 de febrero de 2011

Los Goya 2011. Indignación, censura y Twitter!

     Acaba de finalizar la gala de los Goya y he de confesar que recorren mi cerebro pensamientos y sentimientos muy contradictorios. La noche ha dado mucho de sí y a buen seguro se darán de ella multitud de lecturas en las próximas horas. La mía es, simplemente, una de tantas.

     En primer lugar, siento vergüenza ajena por la censura que ha realizado la televisión pública de este país, la que pagamos todos los españoles a precio de oro. Las imágenes llegaban a nuestros televisores con cinco minutos de retraso para asegurarse bien de que nada no debido fuera visto por los millones de plebeyos que estábamos en nuestros hogares.

     Pero, con todo, esto no ha sido lo peor. Y es que ha habido otros dos momentos que me han crispado sobremanera. Respecto a la manifestación-protesta convocada por el grupo Anonymous han comentado que eran unas doscientas personas. Las imágenes llegadas casi en directo vía Twitter demuestran claramente que eran entre mil y mil quinientas personas las que se agolpaban para esperar la llegada de la ministra Sinde.

     Cuando éste hecho se ha producido TVE ha dado paso a los deportes, en lo que, a mi entender, es un acto repugnable que recuerda al vivido en la final de la Copa del Rey de fútbol entre el Barça y el Athletic de Bilbao hace un par de años (cuando se abucheó al Rey mientras sonaba el himno nacional y TVE quitó el sonido ambiente...). Los españoles no hemos podido vivir en directo el memorable recibimiento que los manifestantes han dedicado a Sinde. Gracias de nuevo a Twitter, hemos podido burlar, una vez más, la censura del ente público. Como si no hubiera pasado nada, justo tras la información deportiva, se ha entrevistado a la ministra "en directo". Más tarde nos hemos enterado, además, de que organización y seguridad no han permitido salir al resto de medios a grabar a los manifestantes. Solo TVE ha tenido ese privilegio (que evidentemente ha vuelto a censurar).  

     El mejor momento de la noche, sin duda, ha sido el discurso de Alex de la Iglesia. Aunque ha estado más comedido de lo que yo hubiera querido he de reconocer que ha hecho un grandísimo discurso, atacando la ley Sinde por apartarse del pueblo. Lo más destacado del mensaje de De la Iglesia han sido las afirmaciones acerca del respeto que la gente del cine ha de tener hacia el público, que son los ciudadanos que les permiten hacer cine y tener el privilegio de poder trabajar en lo que a ellos les gusta. De los seis minutos de este discurso me quedo con la idea de que internet ha creado un nuevo modelo de mercado que ha de ser integrador y que éste, lejos de condenar al cine, acabará siendo su salvador siempre y cuando se respete al público, sin el cual no hay películas ni negocio del cine.

     En pocos minutos multitud de enlaces dirigían a los usuarios de internet a Youtube para poder ver y escuchar de nuevo el discurso. TVE ha quitado el vídeo rápidamente. Algo que, visto lo visto, ya no nos ha de extrañar. Y es que las caras de las ministras Pajín y Sinde eran todo un poema, mezcla de estupor y de miedo. 

     Otro hecho que me ha indignado ha sido las escasísimas referencias a la ley Sinde por parte de la gente del cine. Assumpta Serna ha mostrado en la alfombra roja un mensaje que decía "Viva Wikileaks". Imanol Arias ha realizado el gesto de la victoria "V" a los manifestantes. Buenafuente ha comenzado la gala atacando las nuevas medidas legislativas acerca de internet. Y ya está. Poco o nada más. La gente del cine olvida muy pronto. Todos recordamos aquella memorable gala del "No a la guerra" en contra de la actitud, injusta e inquisitorial, del gobierno de Aznar. Sinceramente, esperaba mucho más de parte de este colectivo en referencia a los últimos acontecimientos. Supongo que esperaba más porque soy un poco ignorante e ingenuo. Porque todos conocemos ese refrán que reza: "no muerdas la mano del que te da de comer".

     Tras el discurso de De la Iglesia la gala ya no ha tenido prácticamente interés ya que, como ha dicho él mismo en su discurso, quién gane la estatuilla es lo de menos porque lo que realmente debe importarles es el hecho de poder hacer aquello que les gusta, cine.

     En definitiva, que mientras la ministra Sinde y TVE tratan de censurar la red y las opiniones diferentes, Twitter vuelve a recordarnos que la democracia y la libertad de expresión están a un solo click. Por todo ello, para mí, el Goya es...para Twitter!