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martes, 28 de mayo de 2024

El niño. Fernando Aramburu. Tusquets. 2024. Reseña

 




    El 23 de octubre de 1980 una explosión de gas propano mató a cincuenta niños y tres adultos en el colegio público de Ortuella, Vizcaya. Una tragedia que conmocionó a España durante unos días, al País Vasco durante semanas y al referido pueblo durante meses e incluso años -en los casos más directamente implicados en el terrible suceso-. Más allá del drama que cualquiera de nosotros pueda ser capaz de imaginar resulta imposible hacerse una idea exacta de lo que cada una de las familias hubo de soportar, y aún a día de hoy soporta, tras la serie de fatales hechos que desencadenaron el accidente, las muertes en el acto y las subsiguientes a través del tiempo. Fernando Aramburu, acostumbrado a tratar temas vascos en sus novelas -Los peces de la amargura, Años lentos, Patria o Hijos de la fábula-, decidió documentarse y hablar con varias de las familias. Finalmente, uniendo la realidad extraída de multitud de entrevistas y conversaciones y su capacidad para relatar cualquier tipo de hecho más o menos cotidiano, escribió El niño, novela que Tusquets publicó el pasado mes de abril.

    Para preservar la intimidad de las personas que aparecen en las páginas de su novela tomó la decisión de cambiar los nombres reales por otros ficticios, así como algunas de las localizaciones de la misma. Así pues, el Nuco, Nicasio, Mariaje y José Miguel, personajes principales de la acción, existieron en realidad, aunque con distintos nombres, profesiones y lugares de residencia -siempre, eso sí, dentro del municipio de Ortuella-. Municipio que, junto a sus pobladores de la época, se convierte también en personaje de la misma. La gran originalidad de El niño es que también incorpora como personajes al autor -el Fernando Aramburu de 2024- y al propio texto, que nos explica diferentes pasajes de la trama a modo de pequeños capítulos aclaratorios que aparecen reflejados en cursiva. Fragmentos breves que, como se indica al comienzo de la obra, aportan datos valiosos sobre los personajes y sus circunstancias y que contribuyen a introducir remansos de sosiego reflexivo en una historia que se mueve con frecuencia en los bordes de la intensidad. 

    La novela cuenta el drama en todas sus posibles extensiones. A nivel poblacional en su conjunto, a nivel familiar y a nivel personal. Eso sí, se centra en una familia en concreto, la formada por Mariaje y José Miguel, padres de el Nuco, uno de los niños fallecidos en la explosión, y Nicasio, su abuelo materno, uña y carne del niño durante sus seis años de vida. Puede uno imaginar que tras una desgracia como la vivida en Ortuella en 1980 cada persona -o personaje- puede reaccionar de maneras bien diferenciadas. Lo que es complicado de alcanzar es lo que con tanto detallismo se nos muestra en esta novela: una disección psicológica de cada uno de ellos labrada con una precisión que deja al lector atónito. Y conmocionado. Porque, aunque los capítulos de la explosión y sus momentos inmediatamente posteriores ya muestran con pelos y señales -aunque sin un ápice de morbo ni de recreaciones obscenas, que quedarían fuera de lugar- el nerviosismo, la negación, el miedo y las reacciones de cada uno de los personajes, lo que de verdad importa en la acción es lo que pasó después.

    Y es que, aunque en ocasiones resulte un hecho insoportable, la vida no se detiene. Sigue. Y ello significa que se debe convivir con la tragedia. Y, lo que es peor, con las ausencias derivadas de la misma. Y ahí es donde pone su acento Aramburu en esta novela: en las diferentes formas de afrontar -o no, porque no afrontar algo es en sí mismo ya una forma de afrontarlo- una vida que ya nunca será la misma. En efecto, cada uno de los personajes lo lleva como puede. Y actúa como actúa. Y, dentro del sufrimiento -porque todos sufren a rabiar la ausencia de el Nuco-, cada uno vive la vida que quiere -o que puede- y trata de buscar su nueva manera de estar en el mundo. Porque Nicasio ha dejado de ser abuelo. Mariaje ha dejado de ser madre. Y José Miguel ha dejado de ser padre. Pero deben seguir siendo padre, hija, esposa y marido. Y deben apoyarse los unos en los otros para seguir siendo una familia. Una familia que, aunque rota, debe seguir unida. Y, a ser posible, por algo más que por la desgracia.  

    Nicasio camina cada jueves -porque la tragedia ocurrió un jueves-, y algún que otro día más, hasta el cementerio municipal para ver a el Nuco. Pasa un rato con él, limpia el cristal que protege su lápida y le cuenta cosas sobre ellos, sus padres o el Athletic de Bilbao. Para poder seguir viviendo, aunque no está loco ni trastornado, se ha hecho a la idea de que su nieto continúa con él. Se lo imagina cogido de su mano cuando camina por el pueblo, lo acompaña al colegio cada mañana y hasta se lleva a su casa los muebles de su habitación, la cual recrea de forma casi idéntica a la original. Una habitación que Mariaje y José Miguel deciden desinstalar porque no se ven capaces de verla vacía cada día. Nicasio pasa horas sentado junto a la cama de su nieto, hablándole y velando su sueño. Es consciente de que ha muerto, pero no quiere separarse de él ni de sus recuerdos. Todo lo contrario que José Miguel, quien solo conserva algunas fotos de su hijo, pero se deshace de todo lo demás. Se hace a la idea de que nunca ha existido y trata de convencer a Mariaje para tener otro hijo y empezar así desde cero.

    Mariaje es, junto al propio texto de la novela -el que aparece en cursiva, como ha quedado dicho ya más arriba-, la única que cuenta su historia en primera persona. La única que tiene, pues, voz propia. Lo cual tiene una explicación muy importante para el desarrollo y fin de la obra. Algo que, por motivos obvios, no explicaré en la presente reseña. Además, guarda también un gran secreto. Un secreto que se prometió guardar hasta la tumba y que mantiene en vilo al lector durante un buen puñado de páginas. Un secreto a pesar del cual ha seguido viviendo durante los últimos años. En efecto, Mariaje es el personaje más fuerte, de mayor carácter, de todos los de la novela. Por eso, a pesar de los pesares, trata de reconducir su vida. Una vida sin hijo. Pero con padre, marido y un anhelo: vivir. Que la terrible ausencia de su hijo no la aparte de la vida. Es peluquera. Y vuelve a ejercer después unos años de inactividad. No se excusa en la mala suerte, como su marido, sino que quiere seguir viviendo. Porque vida solo hay una.                

    La Mariaje real, de la cual desconocemos su identidad, es quien contó su historia personal y familiar a un Aramburu que dio forma a una novela que por momentos emociona, conmociona y hasta inquieta. El autor hubo de llegar a una serie de acuerdos con ella. Básicamente, por mantener protegida su privacidad, la actual y también la pasada, pero también por no desvelar públicamente los secretos familiares del resto de los protagonistas de la historia. Incluido ese gran secreto aludido en el anterior párrafo. La omisión por parte del autor de una determinada cantidad de hechos reales y su sustitución por otros ficticios no resta en absoluto verosimilitud a la historia narrada. Simplemente enmascara datos, señales, evidencias que podrían ayudar a algún lector ocioso y/o morboso a investigar sobre las identidades de los diferentes personajes. Unos personajes que también sustituyen a las personas reales que vivieron en Ortuella en 1980.

    Fernando Aramburu ha escrito otra gran novela. Otro magnífico capítulo de su saga sobre Gentes vascas. Una novela en la que a partir de hechos devastadores y lacerantes sus protagonistas verán cambiar sus vidas para siempre. Y el autor nos muestra, con gran singularidad y originalidad, aspectos inesperados de cada uno de ellos. Nos los abre en canal de forma milimétrica gracias a su peculiar bisturí literario-psicológico para enseñarnos qué encierran sus cerebros devastados, cómo laten sus corazones heridos, cómo afrontan el drama familiar y personal y cuál será el destino de cada uno de ellos. Es obvio que la realidad siempre supera a la ficción. Pero cuando la ficción bebe directamente de la realidad el resultado puede ser igualmente veraz, desgarrador y dibujante de una obra de arte en forma de un extraordinario friso. Sobre todo si sale de la mente y de las manos de un genio literario de la talla de Aramburu, uno de los grandes de nuestra literatura junto a Landero, Vilas, Carrasco, Trueba o Del Árbol.     

        

sábado, 2 de abril de 2022

Desde el otro lado. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2022. Reseña





    El escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga anunció en 2020 que Casas y tumbas sería su última novela. Para suerte de los lectores que lo siguen desde hace años Alfaguara ha editado este 2022 Desde el otro lado, una recopilación de cuatro relatos del autor de Obabakoak en el que el escritor revisita Obaba-Ugarte, el pueblo imaginario que hizo célebre en la citada obra. Los tres primeros están ambientados en sus casas y calles. De hecho, el primero, Dos hermanos, ya se publicó en euskera en 1985 y en castellano en 1995. El texto actual es, pues, una nueva revisión del autor para la ocasión. El segundo, La muerte de Andoni a la luz del LSD, se editó ya en euskera y ahora se ha traducido al castellano. Los dos relatos restantes de este nuevo libro, Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte y Un crimen de película son textos hasta ahora inéditos. El último de ellos, el único que no tiene lugar en la población anteriormente reseñada sino en Nevada (USA).

    En todos los relatos la naturaleza y los animales juegan un papel primordial. De hecho, casi todos están narrados por animales. Unos animales que hacen gala de tal sensibilidad que deja a los humanos en bastante mal lugar. Unos humanos que luchan contra la soledad, buscan afectos que no encuentran, sufren constantes pérdidas y, no en pocos casos, se abandonan finalmente a la maldad, a la violencia y, de nuevo, a la soledad de la que tratan de huir desde el principio. La prosa poética de Atxaga --Dos hermanos, sobre todo, está narrado como si de un cuento se tratara--, la combinación de realidad y ficción, la aparición de lo onírico, lo fantástico y lo alucinógeno --sobre todo en La muerte de Andoni a la luz del LSD-- y la visión de la vida y la muerte como las dos caras de una misma cosa, como el principio y el fin de nuestra existencia en este maravilloso planeta, son los grandes rasgos compartidos por los cuatro relatos que componen Desde el otro lado.  

   Dos hermanos es el relato que abre el libro. Está narrado a varias voces, a saber: un pájaro, que se centra en la historia de Paulo; unas ardillas, que cuentan las peripecias de su hermano mayor Daniel, deficiente desde su nacimiento; una serpiente, que nos narra las acciones de Carmen, prima de los hermanos; una oca salvaje, que nos desvela el desenlace de la historia desde el aire; y hasta de una estrella, que nos cuenta las conversaciones entre Carmen y Teresa, moza del pueblo que está enamorada de Paulo y se siente impotente ante el abandono de su amado a una vida de soledad extrema. La inocencia de los hermanos y de Teresa ha de enfrentarse a la maldad de la mayoría del resto de ciudadanos de Obaba-Ugarte. Una maldad colectiva de la que tan solo se salva el cura, don Ignacio, quien trata de ayudar en todo lo posible a unos hermanos que, perdidos sus padres, se enfrentan a una soledad que, sobre todo en el caso del más joven, Paulo, amenaza con engullirlo en una oscuridad definitiva.

    Y es que Paulo, que solo tiene dieciséis años, ha de hacer frente no solo a la reciente orfandad --su padre muere en la primera escena del relato, mientras que su madre ya lo hizo años atrás--, sino que ha de cuidar a su hermano mayor, Daniel, que pese a tener veinte años es como si tan solo tuviera tres o cuatro. Hazte cargo de Daniel, Paulo. No lo abandones como si fuera un trapo viejo. No es una persona normal, pero tampoco es un trapo viejo. Es tu hermano, el único que tienes, le pide su padre en el lecho de muerte. Además, debe salvar la economía familiar trabajando de sol a sol en el aserradero de su padre. Demasiada responsabilidad para alguien tan joven. Y, por si todo ello fuera poco, a Daniel, que es grande y fuerte, se le han despertado los apetitos sexuales, por lo que se convierte en un gran peligro para las chicas del pueblo. Algo de lo que ya le advirtió a Paulo su madre años atrás: vigila a tu hermano, Paulo, siempre se está tocando. Porque no tiene alma, porque es como una bestia. Como un animal.

    La muerte de Andoni a la luz del LSD narra la muerte del hijo del amigo del narrador del relato, Esteban. Este, en un estado alucinógeno, revive junto al propio fallecido, de unos catorce o quince años de edad, y a un viejo profesor ya fallecido (¡en 1972!) de apodo Redin los meses anteriores a la muerte del joven. Entre recuerdos propios de distintas épocas, sueños, alucinaciones y la realidad de los Houston Rockets de Rick Adelman, Yao Ming y Luis Scola --el joven Andoni afrontó un tratamiento oncológico en la ciudad texana antes de fallecer, en cuyo hospital fue visitado por los jugadores del equipo y recibió un balón firmado por ellos (le tocó el balón a él porque se presume que Luis Scola así lo preparó al saber que el joven Andoni era fan también del Baskonia, su equipo español anterior a su salto a la NBA)-- se narra un relato en el que de nuevo tiene gran importancia un animal. Un cuervo muy conectado con Andoni, quien se lo deja a su amigo Imanol para que lo cuide mientras él está en Houston.

    Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte narra una especie de reality show televisado en directo. En ella aparecen de nuevo algunos de los personajes del primer relato: Paulo, Daniel y una Teresa ya nonagenaria. También el narrador, un enigmático personaje que parece perseguirlo, De Facto, y los dos protagonistas de la conferencia: el Doctor Mortimer y Parko. Para estos últimos, la muerte es una madre, lo más grande. El árbol de la Muerte crea amor, o cuando menos abre una vía para que se manifieste. Solo la Muerte es capaz de sacarlo a la superficie. El amor circula en los funerales como una melodía. La conferencia crea un gran alboroto entre el público asistente cuando aparece la imagen del cuervo del relato anterior a petición de Imanol. Una confidencia desconocida por los espectadores de un show ya de por sí delirante en relación a esa conexión entre el joven y el animal provocará un final totalmente inesperado. 

    Un crimen de película es el relato final del libro. Es, además, el único que no está ambientado en Obaba-Ugarte sino en Nevada. Sin duda, debió ser escrito durante el año (2012) que el autor pasó en aquella región del oeste estadounidense, de donde nació su famosa novela Días de Nevada. El gran protagonista del relato es un búho del Rancho San Rafael Regional Park. A través de sus narraciones y descripciones nocturnas el búho acabará resultando indispensable para resolver varios crímenes perpetrados durante los meses anteriores a lo largo del Parque. Se trata de un búho realmente sabio, que se expresa como si tuviera ante sí un diccionario. Busca, rebusca y encuentra siempre las palabras justas para expresar situaciones y descripciones que ayuden a su interlocutor, sin duda un policía, a esclarecer los hechos. Su elocuencia y sus ganas de hablar con la máxima corrección son tales que a menudo exaspera a su interlocutor, quien ha de reconducir la conversación para conocer al fin lo que está ocurriendo. 

    Supongo que Atxaga cumplirá su palabra y, por desgracia, no escribirá nuevas novelas. Pero es muy de agradecer que desempolve viejos relatos, los corrija y los prepare para su publicación. De este tipo de autores conviene leer todo, absolutamente todo. Por eso, obras como Desde el otro lado son regalos inesperados. Y no hay mayores regalos que los que uno no espera. ¿Habrá más regalos como este en los próximos años? Esperemos que sí. Porque Atxaga es uno de esos autores que se salen de lo común. Poesía, léxico, realidad, ficción, originalidad, entretenimiento. Todo se junta en sus letras para crear obras de gran belleza.                


sábado, 30 de marzo de 2019

España. Manuel Vilas. Alfaguara. 2008. Reseña





     A finales de 2018, justo diez años después de su primera publicación y aprovechando el más que merecido éxito de su última novela, Ordesa, la editorial Alfaguara relanzó España. Una novela de relatos, elucubraciones, visiones y recuerdos en la que el escritor de Barbastro Manuel Vilas realiza un espectacular ejercicio de construcción de un país en el que sentirse más a gusto, con él y consigo mismo. Porque, como el propio autor reconoce en las primeras páginas, recuerdo que titulé así esta novela, con título tan temerario, porque me parecía que la palabra más incómoda y casi maldita que existe en mi país es precisamente el nombre de mi país. Me parecía que ya solo ese hecho objetivo merecía un libro. Merecía una comedia, una celebración, un suspiro y un beso misterioso.

     Vilas escribió esta novela en un momento de su vida, poco después de cumplir los cuarenta años de edad y de perder a su padre, en el que ansiaba romper con las convenciones y la injusticia y buscar la libertad. Para ello se inventó una manera diferente de estar en este país, creando desde la nada un libro en el que la imaginación y el delirio campan a sus anchas. Lo consiguió, pues hay diferentes momentos de la novela que nos recuerdan al más puro surrealismo. Y también al vanguardismo. Porque lo que encontramos en España es una mezcla de Kafka, Frankenstein, Patti Smith, los poetas de la generación del 27, Bob Dylan y varios Manuel Vilas. Y es que el propio autor se convierte en personaje en varios fragmentos del libro.

     Vilas asimiló entre 2002 y 2007 que todo lo que yo era, había sido y sería formaba parte de un tiempo concreto, una sociedad y una identidad cultural. Me di cuenta de que mi vida era un suceso insignificante que ocurría dentro del descomunal, anónimo y terrible océano de la Historia. Sin duda, la España de esa época no le gustó --probablemente la actual todavía le debe gustar mucho menos--, y emergió desde su interior un fuerte espíritu de rebeldía. Su corazón le dictó una España diferente, y también un mundo diferente, pariendo esta nueva España que encontramos en las doscientas páginas que componen la novela. Un país en el que, por ejemplo, un padre no haya de sufrir por el maltrato laboral al que está siendo sometido su hijo.

     El ser humano olvida la verdad; hay que repetirla; por triste que sea, la conciencia humana se entrega enseguida a la mentira o al olvido, que son lo mismo, afirma Vilas en referencia al canterismo y a la tecnología moral de la repetición. Por eso hay que repetir aquello de un te quiero, una caricia y un adiós. Porque la maldad existe. Y un crítico literario puede cargarse la carrera de un gran escritor a base no de criticar sus trabajos sino de simplemente ignorarlos. Lo peor no es una crítica negativa, sino no ser nombrado y, por tanto, no existir. Y la música y la literatura juegan un papel excepcional en la vida y obra de Manuel Vilas, convirtiéndose en formas de lucha contra la locura y la desesperación. Por eso, España está llena de poetas, narradores y músicos. 

     Max Brod, amigo de Kafka, salvó sus tres novelas póstumas --El proceso, América y El castillo-- huyendo de Praga la noche anterior a la llegada de los nazis, que asesinaron a las tres hermanas del famoso escritor. El pintor zaragozano Víctor Mira se suicidó en unas vías de tren en Alemania, harto de tanto Mal, el tema central de sus pinturas. El escritor Valle-Inclán creyó que España era el infierno cómico que Dante no supo escribir. Un injustamente condenado a muerte por electrocución afirmó que no me importa la muerte, sino la condena. Me importa que no quieran que viva. Me duele que haya gente que quiera la aniquilación de mi pensamiento. La injusticia, en suma, es uno de los temas de la novela. 

     En ella aparecen también las ideas del desarraigo y de los desfavorecidos. Y vemos a hombres que se suicidan en lugar de simplemente divorciarse, catedráticos que lo dejan todo para irse a las misiones, amantes que cambian a su amante por otra, pequeñoburgueses que se presentan a las tres de la mañana en pisos cochambrosos de las afueras pidiendo un talego de costo, políticos sin voluntad de transformación histórica, literatos que se mueren de hambre --literatura y hambre en España son lo mismo-- y terroristas metidos a jueces que discuten entre sí sobre si conviene o no ejecutar a su joven e inocente rehén --deberíamos matar a obispos y senadores y ministros y generales y al rey de España..., pero no hay huevos, solo tenemos huevos para matar a estos desgraciados, que encima son clase obrera--. Desarraigo, Mal, injusticia, de nuevo.

     Pero no podemos olvidar la política. Es el otro gran tema de España. Hay sitio para Aznar y Zapatero, por ejemplo. Y, ciertamente, no salen muy bien parados en estas páginas. Mejor les va a Fidel Castro y al Che Guevara. Así, Vilas da voz a Fidel para decir palabras como estas: Ernesto es nuestra forma de estar en la Historia. Y nadie quiere que estemos en la Historia. El Che es el cuerpo y la sangre de América Latina. Hemos existido gracias a Ernesto y a la Revolución cubana. No nos dejaron otra forma de existencia. ¿Por qué nos han odiado y robado tanto? ¿Por qué nos han condenado a la pobreza? ¿Quién les dio el derecho ?¿Dónde se obtiene ese derecho? ¿Por qué callan España y Europa?

     España es una novela muy arriesgada. Para poder escribir algo así, el autor debe ser plenamente consciente de cuáles son sus intenciones. Y queda claro que las intenciones de Vilas a la hora de planear estas páginas eran la originalidad, la imaginación llevada hasta el mismo delirio, la libertad y un total desprejuicio. El autor se nos muestra brillante, lúcido, crítico y también ameno. Algo fuera del alcance de la mayoría de los escritores actuales. Sobre todo en nuestro país.              

     

viernes, 25 de mayo de 2018

Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018. Reseña





     Muchas de las más grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de la vida de sus autores. Ejemplos de ello podemos encontrar un sinfín a poco que naveguemos por los libros o por internet. Claramente, estamos ante un nuevo caso. Por lo de mal momento y también por lo de gran novela. Porque Ordesa, de Manuel Vilas, nace en un momento crucial de la vida de su autor: su divorcio y la muerte de su madre (que cierra el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre). Vilas (Barbastro, 1962) hace un ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. 

     Servidor, que, he de confesar, suele tomar diversas notas de los libros que va leyendo para poder utilizar algún fragmento a modo de ilustración de las reseñas que escribe, se ha encontrado en este caso concreto con una enorme dificultad: las notas son tantas y tan variadas y los fragmentos están tan magistralmente escritos que he decidido no utilizar ninguno de ellos en estas líneas. ¿Por qué? Pues porque me resulta imposible e incluso injusto destacar unos sobre otros. Y este hecho, precisamente este hecho, es el que a uno le lleva a poder afirmar, sin ningún tipo de exageración, que está ante una gran novela. Ante un gran escritor.

     Vilas demuestra en su última obra una gran valentía, una sorprendente originalidad y una ejemplar capacidad para asumir riesgos. Es valiente porque cuenta a sus lectores aspectos tan íntimos de su vida y de la de sus familiares. Es original porque lo hace, además, sin complejos ni ataduras. Sin pudor. Y asume riesgos por todo lo anterior y porque desnudarse ante los demás, culpas incluidas, sobre todo en estos tiempos que corren, lo hacen a uno (supuestamente) más débil. Y, paradójicamente, esa supuesta debilidad es lo que hace tan fuerte y contundente el texto resultante. Tanto que el lector hace su historia suya, quedando noqueado y enfrascado en sus páginas. Algo que no había visto hasta ahora más que en el caso de Marta Sanz y su obra Clavícula.

     La novela es un sentido homenaje a los padres del autor. Homenaje que se hace visible ya con el título. Porque el valle pirenaico oscense de Ordesa, con los 3.355 metros de altitud del Monte Perdido como gran testigo, declarado Parque Nacional en 1918, era el lugar más apreciado por su padre. Por eso recuerda Vilas unas vacaciones familiares que comenzaron con el pinchazo de una rueda del coche de su progenitor. Y por eso, una vez fallecidos sus padres y consumado su divorcio, trata de recordar aquel momento feliz de su infancia regresando, esta vez con sus hijos, a ese mismo lugar. Sin embargo, la incomprensión y la falta de comunicación, que nos persigue a todos, generación tras generación, no le permiten disfrutar como entonces.

     Los conflictos generacionales, los malentendidos, la culpa --por no ir a los entierros de los familiares, por incinerar a los seres queridos o por no preguntar a tiempo sobre aspectos personales y familiares, por poner solo algunos ejemplos--, el amor entre padres e hijos --no siempre suficientemente demostrado con hechos y/o palabras--, las infidelidades, la pobreza, el alcoholismo y la crisis de unos valores que llevan camino de desaparecer formar parte de las 157 píldoras (de como máximo cinco páginas) de que consta Ordesa. Píldoras que, pese a no mostrar conexiones entre sí en la mayoría de los casos por narrar escenas muy diferentes y de distintas épocas, sí conectan con un lector que se ve sobrepasado por una realidad siempre aplastante pero luminosa.

     La novela es singular en sí misma. No obstante, las singularidades más llamativas, al menos para mí, son el hecho de que aparezcan fotos reales de algunos de los personajes y el de que casi todos ellos reciben por parte del autor un tratamiento musical. Así, Vilas llama a su padre Juan Sebastián (por Bach); a su madre, Wagner; a sus hijos, Brahms y Vivaldi (o simplemente Bra y Valdi); a sus tíos, Rachma o Monteverdi; a su tía, María Callas. Por cierto, el autor se lamenta de que haya tan pocas músicas conocidas en la historia. Y, además, recuerda constantemente a su madre en la cocina, reconociendo la poca ayuda recibida por parte de esta de su marido y de sus hijos. El eterno machismo ibérico, claro, que continua haciendo de las suyas. 

     Escribe el propio Vilas en las primeras páginas de Ordesa que heredó de su madre el caos narrativo. Es decir, ese estilo literario que le lleva a narrar las cosas sin la precisión adecuada. Sin orden pero con desasosiego. No con el ánimo de manipular los hechos desarrollados. Con miedo a equivocarse, más bien. A salir mal parado de la realidad. Y escribe, también, que se considera idéntico a su padre en el sentido de que tanto aquel como él nunca tuvieron ni tendrán fama y dinero; ni su progenitor los alcanzó como vendedor textil ni él como escritor. Y en esto, lo siento, he de llevarle la contraria. Porque Ordesa está vendiendo miles de ejemplares y Vilas es cada día más conocido (y reconocido). Y menos pobre.

     Algo absolutamente merecido. Y me alegro. Porque escribir con valentía y originalidad y ser capaz de asumir el riesgo de contar su verdad --con sus luces y, sobre todo, con sus sombras-- está al alcance de muy pocas personas. Y hacerlo, además, siempre con las palabras y las frases justas en un estilo que muy a menudo se hace poético eleva todavía más la calidad literaria. Y si unimos las verdades de la vida y las de la literatura solo puede resultar una novela que debe pasar a la historia de la literatura española. Al menos, eso es lo que servidor desea (y espera). Porque Ordesa es, junto a Patria, de Fernando Aramburu, la gran novela española de los últimos años. ¡Leedla! ¡Ya!                 

      

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017. Reseña





     Que Ian McEwan es uno de los autores más originales, creativos y arriesgados del panorama literario actual ofrece pocas dudas. Para quien todavía no lo tenga del todo claro: que lea su última novela. Porque Cáscara de nuez cuenta con un narrador inaudito: un feto ya colocado boca abajo, en el vientre materno, a pocos días de conocer, por fin, el mundo de afuera, el de los adultos. Una pirueta creativa que McEwan supera con una brillante audacia, fruto de su habilidad para conmocionarnos, atraparnos y deslumbrarnos. Algo solo al alcance de un escritor genial y superdotado. Y con un amplio bagaje literario trabajado desde hace tantos años.

     McEwan camina sobre la cuerda floja durante toda la obra. Pero no titubea en ningún momento. Sabe que llegará hasta el final, y que lo hará para crear una novela redonda en la que no falta de nada. Así, encontramos sus ya características reflexiones en voz alta sobre el mundo y las más profundas interioridades de las personas, un ritmo a modo de thriller salpicado de notas de su peculiar humor británico, una trama absolutamente genial --especialmente en su desenlace, impactante donde los haya-- y un magnífico despliegue de todas las dotes narrativas aprendidas durante su ya larga trayectoria literaria.

     El feto narrador de la historia se siente impotente, desesperado, atónito. Su madre, Trudy, y su tío, Claude, mantienen una relación de infidelidad hacia su padre, John, al cual planean asesinar para quedarse con su casa, una mansión valorada en varios millones de libras esterlinas que el hermano del futuro asesino heredó hace ya años. Los personajes están caracterizados con precisión milimétrica. John es un poeta y editor que triunfa menos de lo que merece, lo cual lo hace sentir desgraciado. Eso sí, tiene un público escaso pero fiel. Trudy, a punto de dar a luz, cree que ha dejado de quererlo hace ya tiempo y se entretiene con Claude. El hermano del futuro asesinado siempre ha sentido celos de su hermano mayor, al que solo supera a la hora de saber ganar dinero. Es inmobiliario. Y estúpido. Muy estúpido.

     La falta de éxito de John impide que este disfrute de su patrimonio. Sin embargo, lo que amenaza con consumirlo por completo es saber que está perdiendo a Trudy, el gran amor de su vida, a quien no va a renunciar así como así por muchas dificultades que los separen. Y su hermano Claude, pese a ganarse la vida con su trabajo, tampoco consigue disfrutar de la vida por culpa de los celos y su enorme complejo de inferioridad. Así, convence a Trudy para acabar con la vida de su esposo y hacerse con la mansión que han convertido en su particular nidito de amor.    

     El maquiavélico plan de la pareja infiel se completa con la asquerosa intención de colocar al bebé en algún lugar. Hecho que provoca la angustia y la indignación del feto, del que desconocemos su nombre y hasta su sexo. Así, ama y odia a la vez a su madre. Adúltera, y futura asesina y abandonadora de su propio hijo, provoca en su feto multitud de sensaciones contradictorias. Algo acrecentado por el hecho de ser una irresponsable que consume bebidas alcohólicas en los últimos días de su embarazo. Lógico cuando no te importa en absoluto el futuro de la criatura que llevas en tus entrañas. 

     Sin embargo, es Claude, su tío, el personaje más aborrecido por el feto. Así, narra lo siguiente: Él le presiona los hombros, ella se arrodilla, se rebaja y "se lo mete en la boca", tal como les he oído decir. Yo no me imagino deseando algo así. Pero tener a Claude satisfecho, a muchos clementes centímetros de mí, me quita un peso de encima. Me molesta el hecho de que lo que ella traga me llegue en forma de nutriente y me haga parecerme un poco a él. ¿Por qué, si no, los caníbales evitaban comerse a los imbéciles? En efecto, la relación entre Claude y Trudy parece sostenerse únicamente en el sexo. 

     Y la tensión entre ellos crece mientras llevan a cabo su macabro plan de asesinato. En relación a este hecho, añade el narrador: Hasta yo sé que el amor no se guía por la lógica ni el poder se distribuye equitativamente. Los enamorados llegan a sus primeros besos con tantas cicatrices como anhelos. No siempre buscan beneficios. Algunos necesitan un refugio, otros solo quieren la hiperrealidad del éxtasis, por lo cual dirán mentiras vergonzosas o harán sacrificios irracionales. Pero rara vez se preguntan a sí mismos qué necesitan o qué desean. Es débil el recuerdo de fracasos anteriores. Las disensiones y el enfrentamiento entre Trudy y Claude son uno de los puntos fuertes de la novela.   

     El feto manifiesta una honda impotencia durante toda su narración. No solo por no poder impedir el asesinato de su padre. También por ver insatisfecho su ansia de volver a unirlos. Y, sobre todo, por el demostrado egoísmo de sus padres, para quienes no parece tener ninguna importancia su inminente llegada a este mundo. Todo ello le llevará por momentos a sentirse culpable e incluso responsable de lo ocurrido. No obstante, se muestra lúcido en casi todas las escenas. Incluso, llega a pensar en qué le conviene más en el futuro: ser adoptado pero libre o quedarse con su madre y criarse entre las paredes de la cárcel. 

     Y, como no podía ser de otra manera, también están presentes en la mente del narrador la crítica a la sociedad británica, a la desunión de Europa, al capitalismo salvaje, a la actuación de la comunidad internacional respecto al cambio climático o la tragedia siria y una serie de interrogantes en forma de escueta enumeración de peligros futuros que nos devuelven de repente a la cruda realidad que nos rodea: ¿se librarán de una contienda nuclear sus nueve mil millones de héroes?, ¿persistirá en su frenesí Oriente Medio?, ¿lo verterá en Europa y la cambiará para siempre?, ¿concedería Israel un centímetro o dos de desierto a aquellos a quienes desplazó del mismo?, ¿será apacible el declive de los Estados Unidos?, ¿tomará China conciencia, lo hará Rusia?, ¿lo harán las finanzas y las corporaciones globales?             


lunes, 13 de octubre de 2014

La mujer loca. Juan José Millás. Seix Barral. 2014. Reseña





     De vez en cuando sucede que no resulta nada fácil escribir una reseña sobre la novela recientemente leída. Este es uno de esos casos. Y es que La mujer loca no es una novela normal. No, no digo que sea anormal, claro. Pero es una falsa novela, lo cual dificulta, y mucho, la tarea que me propongo a realizar. Millás me ha puesto en un aprieto y voy a ver cómo puedo salir de él (si es que soy capaz de ello). Allá voy.

     La novela comienza como si se tratase de un manual alternativo de gramática no exenta de altas dosis de surrealismo. Julia, la protagonista, recibe la visita de palabras y frases cojas que demandan su ayuda para tener sentido y poder seguir viviendo en diccionarios y manuales. Sin duda, a Julia le falta un tornillo, está loca, pero también se muestra enormemente sensata en muchos aspectos. Es una loca muy cuerda, vamos.

     La pasión por el lenguaje le viene a Millás de lejos. Él mismo ha reconocido siempre en otros libros y entrevistas que esa pasión le llevó a escribir. Entiende las palabras como intermediarias entre la realidad y nosotros. Algo que en ocasiones le ha llegado a agobiar ya que considera que no somos nosotros quienes nos servimos de ellas sino al revés. De esa inquietud, quizás, haya nacido su nueva novela.

     De esa inquietud y de una crisis creativa que él mismo reconoce en La mujer loca. Y es que estamos ante una novela que presenta varias originalidades que la hacen especialmente atractiva. La primera, que el propio Millás es uno de los protagonistas principales de la trama. La segunda, que recupera para la literatura una figura importante muy utilizada en tiempos pretéritos: la del narrador en tercera persona. Un narrador que también es el propio Millás, claro. Y la tercera, la conjunción de géneros literarios a priori diferentes, como la novela, el reportaje y la autobiografía.

     Con todo ello crea su autor una novela falsa en la que corresponde al lector dilucidar lo que es real y lo que es ficción. Algo más complicado todavía dado un factor que acaba de enmarañar por completo la trama: la aparición de dos Millás, el de acá y el de allá, que coinciden en algunos aspectos pero que se contraponen en muchos otros. Los límites entre realidad y ficción terminan por ser muy abruptos en ocasiones y casi imperceptibles en otros momentos. 

     Habla el Millás narrador que el Millás protagonista sufre una crisis creativa que le lleva a una situación tal que siente que ha agotado sus recursos para crear ficción y que debe centrarse en las realidades cercanas a él para seguir escribiendo. Y nos presenta unas realidades que perfectamente pueden ser también ficción. De ahí que sea cuestión del lector decidir qué es realidad y qué no. Y, sin embargo, el Millás autor (el que no es narrador ni protagonista) afirma que esa crisis creativa es la que le sirvió para gestar esta novela. Una novela que nació de la imposibilidad de escribir una novela. Yo también estoy hecho un lío, tranquilo/a. Sigamos.

      Hay un tema que, sin ser el principal de la novela, está latente en todo momento. Hablo del amor. En todos sus sentidos. No solo del conyugal. Sino de todas las acepciones del término amor. Pero como no quiero desvelar mucho más del libro - creo que ya he sobrepasado ciertos límites - diré simplemente que todos los personajes que componen la trama están o han estado enamorados de alguien o de algo. Alguien o algo que les hace actuar de la manera en que lo hacen. Y ahí lo dejo.

     Para concluir, no puedo pasar por alto un tema tan serio como el de la eutanasia. Es uno de los hilos conductores de la novela. Emérita, la vieja con la que convive Julia junto a Serafín, el marido de la primera, desea morir debido a su cada vez menor calidad de vida debido a una enfermedad terminal que la tiene postrada a la cama hace ya demasiado (indigno) tiempo. Es Emérita, a través de su enfermedad, la que une a una serie de personajes que poco o nada tienen en común: Julia, Millás, Serafín, el cura Camilo y Carlos, el representante de DMD (Derecho a morir dignamente). Todos ellos se proponen, en la medida de sus posibilidades, ayudar a la enferma a conseguir sus propósitos. Por amor.

     La crisis creativa, la situación de Emérita, la pasión por el lenguaje y la relación que establece Millás con Julia, la mujer loca, hacen que nuestro autor-narrador-protagonista desdoblado retome una terapia psicoanalítica interrumpida tiempo atrás. ¿Os imagináis a Millás tumbado en el diván de la anciana Micaela, su nueva terapeuta octogenaria? ¿No? Pues ya tenéis otro motivo añadido para leer La mujer loca.
     


jueves, 9 de enero de 2014

Intemperie. Jesús Carrasco. Seix Barral. 2013. Reseña





     Un par de personajes y una buena historia. Son las únicas cosas necesarias para escribir una gran novela. Parece fácil, ¿verdad? Y, sin embargo, no lo es. En absoluto. Si lo fuera, todo el mundo sería escritor. No, la realidad es mucho más complicada que todo esto. Lo que se necesita, ante todo, es ser un buen "juntaletras", un buen "expresador" de sentimientos, un buen descriptor de personajes, ambientes y objetos. Un gran escritor, vamos.

     Y, aún así, sigue siendo harto difícil conseguir construir una gran novela. Para ello, se requiere poseer un basto bagaje cultural y léxico, una maestría para saber cambiar el ritmo y el tono de la narración en cada escena, en cada situación. Señoras y señores: ante ustedes, Jesús Carrasco, escritor extremeño (Badajoz, 1972) afincado en Sevilla que, con "Intemperie", su primera novela, ha hecho que servidor se emocione leyendo una historia sencilla pero magníficamente construida y magistralmente escrita.

     Elena Ramírez, de Seix Barral, dice de él en la solapa interior de la novela, entre otras cosas, que tiene "la riqueza de Miguel Delibes". Estas palabras podrían entenderse como una  forma de márketing, de querer vender bien a un escritor hasta ahora desconocido. Pero yo, que nada tengo que ver con la editorial ni con el autor, no puedo estar más de acuerdo con las palabras de Ramírez. "Intemperie" bebe directamente de "Los santos inocentes" del genio vallisoletano. 

     Su riqueza léxica (recomiendo leer la novela con un diccionario a mano), sus grandes dosis de realismo, su alto valor descriptivo (de personajes, ambientes y objetos) y el hecho de que los diálogos entre los personajes sean los justos otorgan a la obra una originalidad extraordinaria en los tiempos que corren. Por todo ello, esta genialidad merece, desde ya mismo, ser elevada a la categoría de clásico de la literatura nacional.

     Y, por si todo lo anteriormente reseñado fuera poco, "Intemperie" constituye todo un manual de supervivencia en el campo y el desierto y del oficio del pastoreo; un compendio de, a la vez, todo el esplendor y la peligrosidad de una naturaleza cambiante que emociona pero que también puede matar; y una honda reflexión sobre la condición humana, de las buenas y de las malas personas.

     Una novela atemporal y ageográfica en la que no conocemos los nombres de los lugares ni de los personajes pero sí su naturaleza, su modo de vivir la vida y cómo se relacionan con el medio que los rodea. Que combina la violencia con la solidaridad, la codicia con la bondad, la malicia con la entrega a los demás. Un cruce de caminos entre dos personajes muy diferentes, pero a la vez parecidos, cuyas vidas ya no serán igual. 

     Una historia emocionante, íntima y psicológica. Dura, muy dura. Un fiel relato de la "España profunda" (¿probablemente de principios del sigo pasado?), con interesantes flash-backs que hacen entendibles los comportamientos de los personajes (sobre todo, del joven y del alguacil) y con algunos cambios de ritmo que nos hacen vibrar y no nos dejan cerrar el libro.

     Y, dentro de ese ambiente agobiante, tanto por el medio hostil como por la situación que viven el cabrero y el joven ante la persecución del alguacil y sus hombres, un sentimiento cristiano que no deja de asombrarnos. Entierros, cruces, promesas y un intento de evitar que los cadáveres sean pasto de los carroñeros.

     Parece fácil, pero no lo es. Y si Jesús Carrasco ha logrado esta obra maestra en su debut literario, ¿qué podemos esperar de él en el futuro? El tiempo lo dirá. Pero es un autor a seguir muy de cerca. Sin duda.