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viernes, 23 de octubre de 2026

Reliquia. Pol Guasch. Anagrama. 2026. Reseña

 




    Superar el suicidio de un familiar debe ser una cuestión muy complicada, por no decir imposible. Si quien se suicida es tu padre, peor. Y si tú tan solo tienes quince años en ese terrible momento, mucho peor todavía. Pol Guasch (Tarragona, 1997) perdió a su padre en 2013. Se colgó de una viga de una vieja casa familiar en el bosque. La misma en la que años atrás acabara con su vida su padre, el abuelo del escritor. Ambos, poco después de cumplir los cuarenta. Diez años después, en 2023, y con veinticinco años de edad, Guasch comenzó a escribir este libro. Libro que ha tardado casi tres años en ser acabado, pulido y publicado. Quizá estemos ante un claro ejemplo de escritura terapéutica. Quizá ante un intento por comprender qué pudo llevar a su padre -y a su abuelo- a poner fin a su vida. Tal vez ante una manera de romper el agobiante silencio familiar que atenazó a todos sus miembros desde mucho antes del fatal desenlace. Probablemente ante una elegía, un lamento, una crónica de la vida de un hombre que se fue sin dejar nota de suicidio y sin despedirse de nadie. Incluso, ante la conversión de un padre en personaje literario.

    Pol Guasch escribe desde los 22. Reliquia es su tercera novela publicada -tras Napalm en el corazón (2021) y En las manos, el paraíso quema (2023)-, es probablemente el mejor escritor joven de la actualidad literaria española y, obviamente, es un gran lector. Tanto que para acompañar la historia de su padre -y del resto de su familia (también la suya propia)- y también para tratar de entender el porqué de la no despedida de su padre, ha leído, estudiado y adjuntado una pequeña gran multitud de notas de suicidio de escritores y escritoras más o menos conocidas que ilustran sus pensamientos según avanzan las páginas. Porque, sin duda, es uno de los temas que dan para reflexionar largo y tendido -aunque, curiosamente, a él le han bastado unas escasas 150 páginas para dejarnos noqueados de principio a fin, abordándolo, sin embargo, con una densidad que llega a apabullar-. Eso sí, a tenor de sus textos queda clara una cuestión: se hace infinitamente más preguntas que respuestas halla. Lógico, porque solo el suicida sabe con exactitud qué motivo -o motivos- lo llevan a tan terrible desenlace. Aunque parece ser que cuando un suicida decide matarse el dolor desaparece, recupera la calma.

    Ya escribió una vez Bukovski algo parecido a que la sola idea del suicidio había salvado muchas vidas a lo largo de la Historia de la Humanidad. Frase que a su vez recogió Rosa Montero es su magnífico libro El peligro de estar cuerda. No es el caso que nos ocupa. Tanto es así que en Reliquia Pol Guasch indaga en esa herencia genética y familiar suicida. En ese destino fatal. También en la enfermedad, el duelo, el silencio y el estigma. Así, el resto de la familia abandonó al narrador, a sus hermanos -ambos adoptados, pues habíais decidido adoptar de nuevo porque, si debían de ser tres hijos, no queríais que uno de ellos pudiera sentirse forastero (solo Pol, el mediano, fue hijo natural del matrimonio formado por sus padres)- y a su madre tras esa trágica noche del enero de 2013. Más silencio si cabe. Un silencio no ya debido a la enfermedad y la muerte, sino a ese estigma provocado por una autopsia que dictaminó la presencia de alcohol en la sangre del difunto -tal vez para infundirle valor-. Un difunto que dejó escritos malos poemas y varias agendas con diversos pensamientos que más tarde serían analizados, junto a los diarios de su esposa, por un Pol ya decidido a escribir este libro.

    La escritura, la propia de Guasch y la de esos otros escritores y escritoras que decidieron quitarse la vida, dejando tras de sí notas de suicidio o ideas sobre ello, conforman las 150 páginas que nos ocupan. Así, por Reliquia desfilan los escritos de nombres propios como, por ejemplo, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Clarice Lispector, Olga Borelli, Virginia Woolf, John Kennedy Toole, Henri Roorda, Jacques Rigaut, David Foster Wallace o Dylan Thomas. Y, entre ellos, los del propio padre del narrador. Porque, aunque sus poemas fueran malos, tal y como reconoce su hijo, tanto sus poesías como sus agendas hablan mucho de sí mismo, de su esposa, de sus hijos, de la vida y de la muerte. Incluso de la suya. Sobre todo de la suya. De esta manera, el narrador nos transmite las impresiones de su padre durante los años, meses, semanas y días previos a la toma de su decisión final. Porque nadie decide suicidarse de la noche al día, de un minuto para el otro. De hecho, y volviendo a Bukovski, la idea del suicidio puede llegar a salvar la vida del suicida en no pocas ocasiones antes de finalmente llevar a cabo su acción. Mañana me suicido. Y así, pueden pasar días, semanas, meses, años o toda una vida. 

    No todo el mundo vive de la misma forma el suicidio de un familiar. De ello nos habla también Reliquia. Así, la madre opta por el silencio y la desaparición de cuadros, objetos y fotos del difunto. Como si su esposo jamás hubiera existido. Su hijo mayor opta por una manera similar de sobrellevar la situación: evasión, resistencia y silencio -visto lo visto, el peor de los males en una relación, sea la que sea-. La hermana pequeña trata de aprovecharse de las ausencias de su padre en vida para seguir con la suya como si esta vez la ausencia fuera para siempre. Por contra, Pol, el hijo mediano, incuba durante diez años sus pensamientos y sus sentimientos hasta que consigue sacarlos a relucir a través de estas páginas. No, no todo el mundo lleva de la misma forma el suicidio de un marido, un padre o un hijo. Hay mil y una maneras de seguir viviendo a pesar de todo. Algunas son mejores, otras peores, pero cada uno se lo monta como puede para continuar con su vida: va a terapia, escribe un libro -o varios-, se da a la bebida o a las drogas, sueña con matar a quien se le ponga por delante o con matarse a sí mismo también. 

    Y así, a través de los escritos personales de su padre y de su madre, de citas y fragmentos literarios y de pensamientos y reflexiones de toda índole discurre esta obra, polifónica y coral, que nos narra no solo la historia familiar y personal del protagonista, sino casi con total seguridad el motivo -o los motivos- que lo llevaron a ponerse a escribir a la edad de veintidós años. Primero, a modo de preparación, como él mismo reconoce, varios libros de poesías y un par de novelas -las ya citadas más arriba-. Y, después, ya listo para ello, esta elegía sobre la ausencia de un padre. Una elegía fulgurante que galopa a lomos de la obra preferida de su padre -todo un amante de la música clásica-: la obra maestra de la ópera italiana que lleva por título Cavalleria rusticana, de Pietro Mascagni, inspirada en un relato del escritor siciliano Giovani Verga. Ópera, por otra parte, que el cabeza de familia solía poner a todo volumen en la casa familiar. Un volumen que imponía, de nuevo, el silencio. El maldito silencio. Pobres hermanos Guasch, víctimas inocentes de un matrimonio formado por un padre ausente y depresivo y una madre medicada -a causa de sus frecuentes ataques de ansiedad- y silenciosa. 

    Reliquia es un libro, corto y no obstante intenso y denso, sobre el anhelo de una despedida que no se dio. La de alguien -el padre del escritor- que tenía el corazón demasiado grande. Alguien que, a su vez, también anheló durante demasiados años la despedida de su padre -el abuelo del escritor-. Una lucha, a través de la literatura y de la reflexión, contra la culpa, el olvido y el dolor. Todo ello, en pos de la sanación del alma de otro alguien -el escritor- que acumula tras de sí una casi interminable lista de amores acabados. Alguien que, pese a todo lo vivido, y a diferencia de muchos de los personajes que aparecen por las páginas de su último libro, sí es el amo de sus palabras y de su propia historia. Alguien con el enorme valor y la tremenda valentía de exponerse, de abrirse en canal -a sí mismo y a su familia, viva y también muerta (con su permiso, dicho sea de paso, como aclaración necesaria)- para, por un lado, ayudar a quienes por desgracia vivan una situación similar a la suya, y, por otro, vencer a toda costa a esa herencia genética familiar proclive al suicidio y la depresión. Desde estas páginas solo cabe agradecer este libro -por altamente necesario y valiente- y desear a su autor un triunfo por goleada ante su genética.