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martes, 2 de septiembre de 2025

El hombre ilustrado. Ray Bradbury. Minotauro. 2020. Reseña

 




    Cuando en 1951 Ray Bradbury publicó El hombre ilustrado dio una nueva vuelta de tuerca a los relatos de ciencia ficción que dominaban en su época, básicamente los de Julio Verne, H. G. Wells y Aldous Huxley. Así, junto a otros autores como George Orwell, Frank Herbert, Arthur C. Clarke, Isaac Asimov, Philip K. Dick o Ursula K. Le Guin, el considerado por no pocos especialistas en la materia como el mejor entre los mejores del género, exploró lo que se conoce como angustia metafísica. No en vano, siempre estuvo convencido de que el destino de la Humanidad era recorrer espacios infinitos y padecer sufrimientos agobiantes para concluir vencido contemplando el fin de la eternidad. Bajo el paraguas de este pensamiento no es de extrañar que sus historias resulten tan desconcertantes y oscuras. Recordemos que en 1951 ya había publicado los relatos que compusieron sus dos primeros libros, Dark carnival y Crónicas marcianas, y ya tenía en mente la que sería su primera y más conocida novela, Fahrenheit 451 (1953). 

    El costumbrismo y el reflejo de la vida diaria de las personas son, sin embargo, también constantes en los relatos de Bradbury. Un Bradbury que siempre negó que escribiera ciencia ficción. Según él, su única obra de este género fue Fahrenheit 451. El resto de su obra la inscribía más bien en el universo de la fantasía. Además, aseveró que en mis obras no he tratado de hacer predicciones acerca del futuro, sino avisos. Eso sí, unos avisos que, en muchos aspectos, se han ido cumpliendo a lo largo de los años. Y los que están todavía por cumplirse -porque camino llevamos de ello-. De hecho, en muchos de los relatos de El hombre ilustrado, los humanos supervivientes de un holocausto nuclear viven en Marte o en la Luna. O incluso están enfrentados con el resto de humanos que se han quedado en un planeta Tierra apocalíptico, arrasado por las bombas, la crueldad, la falta de empatía y el egoísmo. Retrato muy fiel de lo que somos. O de aquello en lo que nos hemos convertido.

    Bradbury, que también trabajó escribiendo guiones para el cine -por ejemplo, Moby Dick, dirigida por John Huston, o El carnaval de las tinieblas, por Jack Clayton- y la televisión -con Alfred Hitchcock en la serie Alfred Hitchcock presenta, en la también mítica The twilight zone o en The Ray Bradbury Theater-, mostró siempre una gran admiración por la pequeña y la gran pantalla. El maestro de la ciencia ficción vio como eran llevadas a las pantallas muchas de sus novelas y también de sus relatos y cuentos. Desde El hombre ilustrado (1969), Fahrenheit 451 (1966 y 2018) o Crónicas marcianas (1980) hasta numerosos capítulos de series archi conocidas, como las ya citadas The twilight zone o Alfred Hitckcock presenta o incluso una que nos toca mucho más de cerca: Historias para no dormir, del director Narciso Ibáñez Serrador. Queda claro que Bradbury abrió nuevos caminos que serían mayormente transitados por otros autores como Orson Scott Card, William Gibson, Neil Gaiman o Stephen King.

    Un narrador anónimo que se encuentra en la última etapa de una excursión de quince días por Wisconsin se encuentra, una cálida tarde de septiembre, con un hombre que luce la práctica totalidad de su cuerpo tatuado. Busca trabajo desde hace cuarenta años. Nadie se lo da. Sus tatuajes, que a plena luz del día pueden resultar hasta vistosas obras de arte, por la noche cobran vida propia en su cuerpo y narran una serie de historias que casi nadie puede soportar. ¿Por qué? Porque predicen el futuro. Un futuro muy negro para la Humanidad. Todo el mundo huye de él y de sus extrañas ilustraciones. Estoy tan orgulloso de ellas que quisiera quemarlas, le confiesa al narrador. He probado el papel de vidrio, el ácido, un cuchillo. Pero los tatuajes no se van. Porque están hechos con algo imborrable. Y la autora de las mismas desapareció tras realizarlas. Una bruja que afirmaba poder viajar en el tiempo. Al principio reí. Ahora sé que decía la verdad, se confiesa. Desde entonces, vaga por los alrededores con dos únicos objetivos: ganarse la vida como puede y encontrar -si es que es posible- y matar a la bruja que le arruinó la vida.

    Un poco incrédulo, el narrador pide al hombre ilustrado pasar la noche juntos en mitad del bosque. Este acepta, aunque le advierte que pronto se arrepentirá de haberse quedado con él. Hacen fuego, cenan, dialogan y finalmente deciden dormir. Y, en efecto, en la quietud de la noche, una tras otra, las figuras de los tatuajes comienzan a contar al atónito narrador dieciocho historias agónicas que describen el oscuro futuro de la Humanidad. Dieciocho historias repletas de cohetes espaciales, seres marginados, desplazados, a veces no de sus ciudades sino de su propio planeta, enfrentados entre sí por la supervivencia, dispuestos a matarse por un pedazo de pan que llevarse a la boca. Unas historias que no se entienden sin contextualizar la obra. Año 1951. Seis años después del final de la Segunda Guerra Mundial. En plena Guerra Fría entre los bloques estadounidense y soviético. En una escalada nuclear y atómica que amenaza el futuro de la vida humana en nuestro planeta. En un momento en el que se busca desesperadamente llegar a la Luna antes que el rival.

    Los avances tecnológicos -algunos para bien, otros no tanto- y la psicología humana se dan la mano en cada uno de los dieciocho relatos que componen El hombre ilustrado. En referencia a lo primero, encontramos casas-máquina inteligentes, habitaciones de juego artificiales, conductos neumáticos para moverse por dentro de las casas, cúpulas solares, armamentos que provocan holocaustos nucleares, todo tipo de cohetes y naves espaciales, globos de luz inteligentes, bombas que difunden enfermedades, viajeros en el tiempo y hasta unos títeres revolucionarios. Entre lo segundo, niños malcriados capaces hasta de matar a sus padres cuando no consiguen salirse con la suya, segregación por razas -de nuevo-, astronautas y exploradores espaciales que pierden la razón, visitantes con poderes, niños colaboradores con extraterrestres invasores, adultos que jamás escuchan a los niños, magos, debates teológicos y filosóficos, discriminaciones de todo tipo y hasta sacerdotes que viajan hasta Marte para difundir el catolicismo entre los desterrados y los refugiados. 

    En definitiva, dieciocho historias que nos avisan -como decía el propio autor- de un futuro terrible para la Humanidad. Avisos que se convierten en no pocas ocasiones en horribles predicciones que en muchos casos ya se están cumpliendo o incluso se han cumplido. Porque el hombre ya llegó a la Luna, donde busca incluso establecer colonias, la segregación por razas ha vuelto en muchos lugares del planeta, existen desde hace ya años las casas inteligentes, las bombas que transmiten virus y enfermedades, los juegos artificiales, etc, demasiados adultos jamás escuchan a los niños, encontramos por doquier niños malcriados capaces de llegar hasta Dios sabe donde para conseguir sus objetivos y a poco que observemos a nuestro alrededor veremos otros tantos fenómenos que aparecen en las historias de este libro. Un libro como mínimo inquietante, perturbador, angustioso. Dieciocho historias que entretienen, sí, pero que también nos hacen pensar en muchos aspectos de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Un mundo seriamente amenazado por nuestra hipocresía, egoísmo, codicia y falta de empatía.        

   

lunes, 22 de mayo de 2023

Basilisco. Jon Bilbao. Impedimenta. 2020. Reseña

 





    Un año antes de lograr un gran éxito con Los extraños -libro reseñado en este mismo blog hace apenas seis meses- el autor asturiano afincado en Bilbao ya había presentado en Basilisco a sus personajes centrales, Jon y Katharina. Basilisco, que ganó el Premio de las Librerías Navarras y el Euskadi de Plata en categoría castellano en 2021, nos narra una serie de relatos en los que además de iniciar la historia de Jon y Katharina, se nos presentan personajes que nada tienen que ver con ellos: John Dunbar, apodado Basilisco, un trampero, veterano de la Guerra de Secesión y pistolero ocasional que murió un siglo atrás; la Araña, un personaje siniestro, casi inhumano, que lidera una banda de auténticos asesinos sin escrúpulos -y que será protagonista de la nueva obra de Jon Bilbao (Araña, 2023)-; o los miembros de una expedición paleontológica que no acaba del todo bien una tarea que en principio pretendía ser divulgativa.  

    Basilisco consta de ocho relatos autoconclusivos pero también interconectados que abarcan el presente de las vidas de Jon y Katharina y los sucesos acaecidos un siglo atrás en el Lejano Oeste en torno a las figuras de Basilisco y Araña. Una mezcla original y sugerente que alterna la actualidad, que bebe de la novela costumbrista contemporánea, y el western, al más puro estilo clásico (y no tan clásico: leer la reseña de Malaventura, de Fernando Navarro, también publicada por Impedimenta y reseñada en este blog a principios del presente año). Casualmente, en ambos contextos, la vida parece desmoronarse por momentos. Con una prosa perturbadora y de gran potencia visual y descriptiva, Jon Bilbao pone en jaque nuestra realidad combinando a la perfección lo clásico, la cultura popular y las responsabilidades y frustraciones propias de la edad mediana de un personaje que vive insatisfecho como ingeniero porque en realidad quiere ganarse la vida como escritor. Vayamos por partes.       

    John Dunbar tiene una vida singular. Aparece, de repente, tras muchos años desaparecido de la vida familiar, en casa de su hermano Matt, en Virginia City, en plena fiebre del oro. Su madre acaba de fallecer y ha sido enterrada con un anillo que puede sacar de la miseria a la familia. John, instigado por la esposa de su hermano, Mary Ellen, obliga a Matt, a quien considera un irresponsable por haber contraído semejantes deudas, a desenterrar el cadáver de su madre para extraerle el anillo. El objetivo es pagar las deudas acumuladas con el turbio prestamista LePage y que la familia de su hermano pueda seguir viviendo en la ciudad. Asegurado esto, John se va por donde vino y desaparece de nuevo, esta vez para siempre. Desde entonces, y hasta en la actualidad, en esa casa de Virginia City, quienes dirigen los negocios y la economía familiar son las mujeres. Pero, ¿adónde fue a parar John Dunbar tras este suceso?

    Estuvo viviendo solo en la cueva de Waterpocket Fold, en Utah, antes de deambular por las regiones circundantes. Hasta que el capitán Drummond lo contrata para guiar a una expedición hasta la misma cueva para tratar de encontrar a una criatura con cuerpo de pez, aletas poderosas y una cabeza con largas fauces dentadas, similar a la de un caimán. La criatura tenía las dimensiones de una ballena. El dibujante Patrick Clement cuenta en su diario las vicisitudes atravesadas por los miembros de la expedición, que habrá de enfrentarse a un grupo de fanáticos mormones que han ocupado la cueva y sus alrededores. La aventura no acabará nada bien. Sin embargo, lo peor está por llegar. El grupo de asesinos comandados por la Araña los persigue durante kilómetros y días. Y sus intenciones no son en absoluto amigables. Mientras la expedición se dirige hacia Colorado la Araña hará frente al teniente Agassiz y al sargento Kittredge, quienes a su vez la persiguen por sus crímenes. 

    Cuando, al fin, la Araña y Dunbar están cara a cara, esta le dice que yo limpio la frontera. Soy el alcohol y la sal, el hilo que sutura y la venda que protege. Veo tu confusión. Qué curo, qué elimino, te estás preguntando. A los que son como tú, que venís con el deseo de convertiros en otros, como si en algún rincón oscuro y estéril de las tripas llevarais la semilla de alguien mejor, y pensarais que solo en estas tierras puede germinar. Todos vosotros sois árboles crecidos y enfermos que hay que talar, reducir a astillas, quemar, y luego esparcir la ceniza... Cómo me he equivocado. Qué mal me he conducido. Creía que estaba limpiando el oeste y he acabado siendo parte de lo que lo emponzoña: líder de una banda criminal violenta, sin origen, pauta, honor ni moral. Un antagonista ideal. Tú, John Dunbar, que ardes en tu rabia sin nunca consumirte, eres el Basilisco. Y el trampero entiende entonces el porqué de su vida en soledad. La pasada y la futura. Porque en soledad debe vivir lo que le quede de vida.

    Y, ¿qué hay de Jon, el protagonista del presente de la narración de los textos? Pues recuerda que durante su estancia en San Francisco miré a Katharina y supe que estaba enamorado. Hasta entonces había creído estarlo, pero de pronto me di cuenta de que mis sentimientos, pese a ser sinceros, no habían sido más que prolegómenos del amor verdadero. Supe que quería estar con aquella chica para siempre. Unos años después, viviendo juntos en Bilbao, reciben la visita del ex de Katharina, que va a exponer sus fotografías cósmicas en la ciudad. Jon decide no acompañarlos en la comida acordada sino salir con su hijo a volar su avión de juguete y hacer una visita a Octavio, su viejo profesor de literatura en el instituto. Duda sobre si Katharina estará cuando ellos regresen a casa. Aunque no la ve capaz de dejarlo de esa manera, el matrimonio no atraviesa su mejor momento. En otro relato, asiste a la descomposición final del matrimonio de sus padres. Su madre su muda a otra casa del pueblo, y recrimina a Jon no haber estado ahí cuando ella y su padre lo necesitaban. Tú solo te acuerdas de nosotros cuando necesitas una pequeña ayuda económica, ¿verdad? No, no vuelvas a decirme lo de los críos. Mucha gente tiene dos hijos y trabaja y, de vez en cuando, tiene un detalle con sus padres.

    Hacia el final del libro, en el último de los relatos, es su matrimonio el que parece zozobrar tras una fuerte discusión con su esposa. Se va de Bilbao y se instala en la casa familiar de Ribadesella. Solo. Sin Katharina y sus hijos. Apenas los llama por teléfono. Y su hijo lo llama para recriminárselo y decirle que lo echa de menos. He vuelto porque, cuando vivía aquí, Katharina y los niños aún no existían. Así que es otra forma de borrarlos. Desde luego, su todavía esposa es mucha más madura que él. Algo que queda más patente si cabe a raíz de este pensamiento: no estoy preparado para afrontar las decisiones y labores que esta casa exige, pese a lo que me gusta y significa para mí. Empiezo a aceptar que acabaré vendiéndola. Y, como John Dunbar, se aísla de todo el mundo. Y comienza a cavar la cueva que hay en su propiedad. E imagina que la cueva no es un desaguadero del monte, sino el nido de una araña gigante que se enterró en vida para invernar durante años. 

    Pero, ¿qué tienen en común John Dunbar, el protagonista y narrador Jon y el escritor Jon Bilbao? Pues su amor por los libros. El protagonista del Lejano Oeste John Dunbar siempre lleva un libro consigo. Donde quiera que vaya. Aunque ya lo haya leído varias veces. El protagonista del presente, Jon -a quien no cuesta en absoluto reconocer como un Jon Bilbao ficticio pero muy semejante al real-, lee e, infeliz como ingeniero, ansía vivir por y para la literatura. Y Jon Bilbao, el escritor que fue ingeniero, sí que ha conseguido vivir de ello. Así, el escritor elabora una serie de relatos en los que, a buen seguro, narra pasajes de su propia vida y, a la vez, hace ficción en torno a sus propias fantasías, personales y literarias -como hace también en el relato La playa del naufragio, cuyo irresponsable protagonista también es un escritor de no demasiado éxito de ventas-. Explicado así puede resultar algo incomprensible, ya lo sé. Pero, una vez leídos los textos que componen sus libros, finalmente todas las piezas del puzzle encajan a la perfección. Pasado y presente, ficción y realidad, forman un conglomerado de relatos que tienen vida propia por sí mismos. Y que, además, establecen una conexión con los otros para pintarnos un cuadro que cuesta no examinar, reflexionar sobre él y disfrutarlo. Sobre todo, disfrutarlo.  

                            


lunes, 6 de febrero de 2023

Malaventura. Fernando Navarro. Impedimenta. 2022. Reseña





    Fernando Navarro (Granada, 1980) debutó en el mundo literario el pasado año, de la mano de Impedimenta, con una novela o, más bien, un conjunto de relatos o cuentos --quince en total-- que se editaron bajo el sugerente título --muy acertado, por cierto-- de Malaventura. Hasta entonces, el guionista era conocido por sus críticas musicales en diversos medios --Radio 3, Cadena SER o MondoSonoro (ojo: no confundirlo con el también crítico musical y periodista de El País Fernando Navarro)-- y por sus colaboraciones cinematográficas con Álex de la Iglesia, Rodrigo Cortés, Jonás Trueba o Jaume Balagueró, entre otros. Fue nominado a los Premios Goya en un par de ocasiones --Verónica (Paco Plaza, 2018) y Orígenes secretos (David Galán Galindo, 2021)-- y entre su filmografía destacan Toro (2016), Cosmética del enemigo (2020) y Bajocero (2021). Es miembro del Writers Guild os America y ha impartido diversos talleres de Escritura Creativa en la Universidad de Siracusa y en Le Moyne College, ambos en Nueva York. 

    Malaventura tuvo una gran acogida y consiguió un gran éxito de inmediato, siendo galardonada con el Premio Setenil 2022, que convoca cada año el ayuntamiento de Molina de Segura (Murcia) para seguir promocionando los cuentos en nuestro país. Merced al libro, calificado como un acid western --un subgénero del western clásico que emergió en los años 1960 y 1970 que combinaba las ambiciones metafóricas de los aclamados films en blanco y negro con los excesos del spaghetti western y la perspectiva de la contracultura de los años 1960--, a Fernando Navarro se le ha llegado a comparar incluso con los novelistas Cormac McCarthy y Stephen King --por su estilo y ambientación--, los directores de cine Sergio Leone y Quentin Tarantino --por su temática y crudeza y por la constante aparición de sangre en cada uno de los cuentos o relatos--  y el dramaturgo Federico García Lorca --por su obsesión por el sur y por todo lo que tenga que ver con el flamenco--. Comparaciones al alcance de muy pocos, la verdad.   

    En los relatos que componen Malaventura hay varios elementos coincidentes que marcan el ambiente. La acción de todos ellos se desarrolla en el sur de España. En Andalucía, para más señas. Los pueblos de Granada, Almería, Córdoba, Málaga o Sevilla se convierten en escenarios de los cuentos. Unos cuentos en los que el gran protagonista es el espacio, el medio físico. Así, encontramos, además de los pueblos y las aldeas propiamente dichos, montañas, colinas, ríos, pantanos, cuevas y paisajes desérticos. Sobre todo, mucho desierto. Sin duda, el lugar idóneo para albergar las quince historias que componen el libro. Como complemento de todo ello, por un lado, la flora y la fauna características de las zonas en cuestión. Con todo lujo de detalles y descripciones, además. Y, por otro, el habla andaluza. Esa forma de hablar un castellano gracioso, con arte, consistente en acortar palabras y acentuarlas. La mezcla de todo ello, magistral por otra parte, consigue el efecto deseado: el lector se hace presente en los distintos ambientes y hasta aprende a hablar de la misma manera en que lo hacen los personajes.

    La muerte, para más inri violenta, está presente en todos los cuentos del libro. No obstante, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, los asesinos son personajes humanos --cuando son humanos, porque en unas pocas ocasiones, los que matan son animales, maleficios, maldiciones--. Personajes humanos y hasta tiernos, incluso, en algunas ocasiones --en diversas situaciones, hasta lloran--, que suelen matar por algún motivo justificado: amor, venganza, ajuste de cuentas, justicia. Se trata, eso sí, de personajes extremos: la creme de la creme de los paisajes rurales. El salvaje sur español --por equipararlo con su homónimo oeste americano-- llevado hasta las últimas consecuencias. Así, encontramos cazadores, quinquis, hechiceras, mercenarios, una mujer barbera, un bandolero legendario, forajidos, videntes, fantasmas, una inundación que lo arrasa todo, niños malditos, demonios, lobos, burros abandonados, etc. No es complicado adivinar, a tenor de todo ello, que la mayoría de los cuentos no van a tener un muy buen final.

    Al inicio de la reseña he escrito que el título del libro me parecía muy acertado. Más si cabe si nos atenemos a la definición que hace la RAE del término malaventura: desventura, desgracia, infortunio. Y es que los quince relatos que lo componen son otros tantos hechos trágicos que nos llevan a conocer las profundidades más recónditas del alma humana. También de construcciones, también humanas, más o menos elaboradas tales como supersticiones, miedos, maleficios, maldiciones y demás predisposiciones a las tragedias. Muy inspiradora resulta, en este sentido, la alternancia de fantasmas, asesinatos tarantinianos, pasajes de surrealismo mágico cañí, romanceros gitanos posmodernos, guiños a Marcial Lafuente Estefanía y hasta de desiertos distópicos. Alternancia, mezcla, simbiosis de elementos muy distantes en el espacio y en el tiempo que contribuyen a crear un artefacto --en este caso, un libro-- original. Porque original, y muy muy muy complicado, debe resultar componer un abanico semejante. Y de mérito, desde luego, lo tiene todo.

    Como quiera que es imposible contar aquí algo sobre los quince relatos --ni falta que hace tampoco--, me voy a centrar en los tres que más me han llamado la atención. El primero de ellos lleva por título La Jacoba, que leía el futuro y narra la historia de amor imposible entre una vidente, la Jacoba, y un forajido, el Grabiel. Lo he elegido porque contiene unos párrafos que describen muy bien el ambiente de casi todos los cuentos. Dicen así: al principio, las mismas preguntas: amoríos y chuminás. Una que llega enamoriscá y quiere saber si el otro pues eso. Esas cosas de la vida. Lo que llaman las cosquillicas del cuerpo... Luego, temas de lindes y de jorfes, claro: que si cortijos a medio repartir entre hermanos que no pueden ni verse, que si mi primico el mayor me debe cinco pellejos de aguardiente y quiero sabé si me los va a pagá. La Jacoba llegaba donde no llegaban los curas. Apañaba lo que no apañaban los guardias civiles. Lo que no puede apañar la buena de la Jacoba es el trágico final que se cierne al final de su historia con Grabiel.

    El segundo relato que ha llamado mi atención se titula Un burrico y cuenta la historia de un pueblo vacío, arrasado por la muerte, y de una fonda donde ha acaecido una misteriosa matanza de la que el único testigo es un animalico peludo y bueno amarrao a la puerta. El párrafo más ilustrativo dice lo que sigue aquí: Y es que la muerte misma puede parecer un mendigo desarrapao con la chamarra llena de polvo y sangre seca en un labio que parece partido y un par de dientes rotos que hacen al mellao sonreír poco. Podría ser un espectro si se pudiera volver de la muerte. Podría ser un demonio si existiera el infierno. Nada de eso existe. Solo existe la muerte. Y va a arrasar este pueblo de mentirosos y de cobardes y de cagaos y de hijos de puta y no va a dudar en llevarse por delante a las viejas enlutás por mu viejas sabias que sean ya que han permitido lo que han permitido y han consentío a sus maridos las barbaridades que han consentío; y no va a temblar a la hora de matar a niños y a mujeres jóvenes y a alguna preñá si se tercia porque para eso ha sido llamada.

    El último relato que quiero destacar, Bisonte, es una historia de fantasmas que visitan de forma inesperada a Silverio, un guardia civil violento al que quieren ajustar cuentas. Silverio, que vive en profunda soledad desde hace ya demasiados años, recibe la visita de el Mellizo, quien, muerto en prisión, quiere meterle el miedo en el cuerpo por maltratador y putero. A continuación, se le aparece al guardia civil un moro al que mató por cuatro melones. Más tarde, acude también a su casa el fantasma del Teodoro, a quien reventó el careto a palos antes de dispararle en la boca. Finalmente, lo agarra por la espalda una vieja novia de juventud, de ojos azules, a la cual maltrató hasta hacerla huir a toda prisa aprovechando su ausencia de casa. Ejemplos, los tres expuestos, del estilo de escritura de Fernando Navarro en su debut. Un estilo directo, crudo, sangriento, sin perdón y también sin escrúpulos. Una novela, Malaventura, de iniciación y muerte que ha deslumbrado por méritos propios. Habrá que seguir con mucha atención los próximos pasos de su carrera literaria. 

                    

lunes, 16 de enero de 2023

Contar lo mínimo. Agustina Pérez. Lletra Impresa. 2022. Reseña

 




    El pasado martes trece de diciembre, dejando de lado cualquier mínimo atisbo de superstición, Agustina Pérez presentó Contar lo mínimo, su primera obra literaria, en un abarrotado y entusiasta salón de actos de la biblioteca pública de Gandía. Familiares, amigos, conocidos y demás entusiastas de los libros acudieron al acto para acompañar a la catedrática de lengua castellana y literatura en lo que acabó siendo un acto muy emotivo. Casi como un homenaje en vida -como debería ser siempre- a alguien que se ha dedicado en cuerpo y alma a la docencia y a la difusión de toda clase de obras literarias a través de clubs de lectura, presentaciones de libros, charlas, jornadas, etc. Alguien que, por una vez -y espero que sirva de precedente-, acudió a la biblioteca central gandiense para hablar de su libro. Un OLNI -Objeto Literario No Identificado-, como lo definió ella misma, dividido en tres partes compuestas por relatos, microrrelatos y aforismos (o vilanos, como diría Vicente Aleixandre). Una obra que defiende la lectura como acicate de la vida. 

    En las páginas de Contar lo mínimo encontramos multitud de resonancias literarias, guiños y referencias a obras y autores de todo tipo -García Márquez, Borges, Víctor Mora, Unamuno, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, José Hierro, John Berger, Antonio Gramsci y un largo etcétera-, lo que hace de la obra un compendio, una especie de pequeña enciclopedia temática de la cual podrá echar mano el lector en cualquier otro momento de su vida. Todo ello con la máxima de que la literatura debe ser incisiva pero educada para decir verdades, aunque escuezan. Porque, como decía Borges, uno no es por lo que escribe, sino por lo que ha leído. La curiosidad, pues, se antoja como el inicio del camino literario. Una curiosidad que a Agustina le viene de su abuela -a la que rinde homenaje desde la propia portada del libro-, empedernida lectora de cuentos troquelados, calendarios taco -con sus citas y frases célebres-, revistas y libros de todo tipo, y de su padre, un fanático de la radio que la enseñó a leer antes de que lo hicieran en el colegio.  

     La radio -que fomenta el calor familiar, la cercanía y los sueños frente a la televisión, que nos aísla, disgrega y aleja a unos de otros- y el campo -que representa la apertura frente a la ciudad, que supone la cerrazón- son los dos componentes principales de la evocación que Agustina hace de la infancia perdida, de la nostalgia de aquellos años en la casa del pueblo de sus abuelos, de las navidades y de los veranos, de los objetos cotidianos de antaño, de la resistencia a dar el paso desde la niñez hasta la adultez, de la lucha entre la realidad y los recuerdos, de la llegada semanal del autobús correo que llevaba al pueblo las nuevas entregas de El Capitán Trueno -el héroe de su infancia, el defensor del débil frente al malvado, el martillo de los tiranos, el libertador de los oprimidos, el que la divertía a la vez que le enseñaba valores-, de las historias que le relataban su padre y su abuelo, de una calle que el tiempo hizo más ancha y recta pero menos viva y afable, del progreso como destructor de recuerdos de la niñez, de la esencia de la vida: la memoria personal y colectiva.

    Recuerda Agustina sus visitas a casa de su tía abuela, una viuda solitaria y seria que le brindaba el silencio de su hogar para poder leer. A través de ella conoció las aventuras de Don Camilo -un cura atípico, muy diferente de los nacional católicos-, de Giovanni Guareschi. También algunos talismanes que le permitieron recomponer un alma rota a causa de sus salidas del pueblo al colegio primero y a la universidad después. Precisamente en la universidad de Salamanca se acercó definitivamente a la lengua de Fray Luis y de Unamuno. Recuerdos de felicidad en torno a la lectura y la escritura, que debe buscar ordenar el mundo -el de dentro y, si es posible, también el de fuera-. Magnífico resulta el pasaje en el que la autora evoca a Antonio Gramsci, al sub comandante Marcos y a Andrea Dworkin. Pasaje en el que el optimismo de la voluntad se impone a cualquier dificultad. Porque toda dificultad nos fortalece a la fuerza, por lo que urge resistir, no dejarse doblegar y nunca perder la esperanza. Algo que enlaza con la figura de Francisco Fernández Buey, hombre de apariencia menuda y frágil que escondía un alma de hierro. Sin duda, alguien al que Agustina tomó como ejemplo.

    En la parte final de sus prosas, tituladas Donde habite el recuerdo -claro guiño contrapuesto a las famosas poesías de Bécquer y Cernuda-, la autora hace referencia a Pessoa -el misterio de la existencia, la búsqueda de la belleza, la vida como insomnio-, García Calvo -y su alimento para desterrados que supone su Comuna Antinacionalista Zamorana-, García Montero -la literatura es un ajuste de cuentas, un modo de situarse ante la costumbre de las ilusiones fracasadas-, el cantautor Georges Moustaki -su música como guía a los recuerdos, su filosofía vitalista y rompedora-, Sabato -honradez, esperanza y resistencia ante un periodismo cautivo y manipulador- y José Hierro -su poesía y la profunda huella que dejó en Gandía su visita al instituto en el que Agustina trabajó durante décadas-. Y con todo ello finaliza la primera de las partes de Contar lo mínimo. Sin duda, la más autobiográfica de las tres. Tanto en el plano vital como en el filosófico, político y literario. Una manera de dejar de lado los complejos que hasta 2022 le impidieron escribir y publicar un libro puramente literario. 

    La segunda parte del libro, titulada Siluetas, está compuesta por microrrelatos de diversas temáticas. Algunos de ellos, sorprendentes, con finales radicales e inesperados: unas manos cortadas, un tiro en la cabeza, personajes que son carne de psiquiatras, etc. En otros se rinden homenajes: a Gloria Fuertes, a una madre angustiada por haber perdido su trabajo, al escarabajo de Kafka, a una anciana cuya única compañía es la de los telefonistas que le prometen mejores tarifas, a los que fracasan, son vencidos y empiezan de nuevo o a una viuda solitaria a la que su hijo solo llama cuando necesita que le firme un cheque. Algunos son críticas mordaces a nuestro mundo: al culto al cuerpo, a la falsa juventud comprada, a vivir en una realidad paralela, a los pesimistas que prefieren quedarse quietos en un túnel sin llegar a saber jamás si habrían logrado llegar a la luz, a los que huyen pero nunca saben exactamente de qué, al remordimiento, que es inútil y agotador. Por último, otros hablan de la muerte: morir de ambición, de ingenuidad, de perfeccionismo, de obstinación, de incauto. Y, por encima de todo, una afirmación: que los libros muerdan. Aunque duela. 

    Las últimas páginas de Contar lo mínimo reúnen un centenar de aforismos. Bajo el título de Vilanos -otro guiño, en este caso a Vicente Aleixandre y su Historia del corazón-, se nos desgranan pensamientos, reflexiones y sentencias de todo tipo. Así, encontramos tristeza, alegría, soledad, compañía, esperas, amnesia, recuerdos, dolor, enmiendas, resistencias a las injusticias, desesperanza, la afirmación de que estamos de paso, la importancia del presente para el futuro, que la rebeldía es vivir la vida cuesta arriba, etc. Por momentos estos aforismos nos recuerdan al gran Baltasar Gracián y su inmortal El arte de la prudencia. Y, por cierto, hablando de la prudencia: celebro que Agustina haya abandonado la parte que le impedía escribir y publicar una obra. Una como mínimo. Porque, ahora que ya se ha atrevido a hacerlo, apuesto a que no será la última. Decía Borges que no podía imaginar un mundo sin libros. Qué tristeza de vida, ¿verdad? Pues bien, para quienes la conocemos, habría sido triste no tener en nuestras bibliotecas un libro de una Agustina de la que siempre se aprende.

    Contar lo mínimo incluye un magnífico prólogo de la escritora Marta Sanz. Unas páginas en las que la autora madrileña destaca la facilidad con la que Agustina Pérez es capaz de transmitir hechos, sensaciones y pensamientos. Indudablemente, como reconoce la propia Sanz, Agustina practica el oficio de escribir. Esa mujer de apariencia menuda y frágil también esconde, como su admirado Fernández Buey, un alma de hierro. Un alma de hierro repleta de palabras educadas, incisivas, lúcidas y pertinentes que, por fin, pueden ser leídas por quienes tengan a bien hacerse con un libro que servidor no puede dejar de recomendar a todo el mundo. Porque, además de en su blog Nos queda la palabra, ahora también se le puede leer en Contar lo mínimo. Un libro que desde ya mismo ocupa un lugar de honor en las bibliotecas de no pocos lectores. 

                             

     

sábado, 2 de abril de 2022

Desde el otro lado. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2022. Reseña





    El escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga anunció en 2020 que Casas y tumbas sería su última novela. Para suerte de los lectores que lo siguen desde hace años Alfaguara ha editado este 2022 Desde el otro lado, una recopilación de cuatro relatos del autor de Obabakoak en el que el escritor revisita Obaba-Ugarte, el pueblo imaginario que hizo célebre en la citada obra. Los tres primeros están ambientados en sus casas y calles. De hecho, el primero, Dos hermanos, ya se publicó en euskera en 1985 y en castellano en 1995. El texto actual es, pues, una nueva revisión del autor para la ocasión. El segundo, La muerte de Andoni a la luz del LSD, se editó ya en euskera y ahora se ha traducido al castellano. Los dos relatos restantes de este nuevo libro, Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte y Un crimen de película son textos hasta ahora inéditos. El último de ellos, el único que no tiene lugar en la población anteriormente reseñada sino en Nevada (USA).

    En todos los relatos la naturaleza y los animales juegan un papel primordial. De hecho, casi todos están narrados por animales. Unos animales que hacen gala de tal sensibilidad que deja a los humanos en bastante mal lugar. Unos humanos que luchan contra la soledad, buscan afectos que no encuentran, sufren constantes pérdidas y, no en pocos casos, se abandonan finalmente a la maldad, a la violencia y, de nuevo, a la soledad de la que tratan de huir desde el principio. La prosa poética de Atxaga --Dos hermanos, sobre todo, está narrado como si de un cuento se tratara--, la combinación de realidad y ficción, la aparición de lo onírico, lo fantástico y lo alucinógeno --sobre todo en La muerte de Andoni a la luz del LSD-- y la visión de la vida y la muerte como las dos caras de una misma cosa, como el principio y el fin de nuestra existencia en este maravilloso planeta, son los grandes rasgos compartidos por los cuatro relatos que componen Desde el otro lado.  

   Dos hermanos es el relato que abre el libro. Está narrado a varias voces, a saber: un pájaro, que se centra en la historia de Paulo; unas ardillas, que cuentan las peripecias de su hermano mayor Daniel, deficiente desde su nacimiento; una serpiente, que nos narra las acciones de Carmen, prima de los hermanos; una oca salvaje, que nos desvela el desenlace de la historia desde el aire; y hasta de una estrella, que nos cuenta las conversaciones entre Carmen y Teresa, moza del pueblo que está enamorada de Paulo y se siente impotente ante el abandono de su amado a una vida de soledad extrema. La inocencia de los hermanos y de Teresa ha de enfrentarse a la maldad de la mayoría del resto de ciudadanos de Obaba-Ugarte. Una maldad colectiva de la que tan solo se salva el cura, don Ignacio, quien trata de ayudar en todo lo posible a unos hermanos que, perdidos sus padres, se enfrentan a una soledad que, sobre todo en el caso del más joven, Paulo, amenaza con engullirlo en una oscuridad definitiva.

    Y es que Paulo, que solo tiene dieciséis años, ha de hacer frente no solo a la reciente orfandad --su padre muere en la primera escena del relato, mientras que su madre ya lo hizo años atrás--, sino que ha de cuidar a su hermano mayor, Daniel, que pese a tener veinte años es como si tan solo tuviera tres o cuatro. Hazte cargo de Daniel, Paulo. No lo abandones como si fuera un trapo viejo. No es una persona normal, pero tampoco es un trapo viejo. Es tu hermano, el único que tienes, le pide su padre en el lecho de muerte. Además, debe salvar la economía familiar trabajando de sol a sol en el aserradero de su padre. Demasiada responsabilidad para alguien tan joven. Y, por si todo ello fuera poco, a Daniel, que es grande y fuerte, se le han despertado los apetitos sexuales, por lo que se convierte en un gran peligro para las chicas del pueblo. Algo de lo que ya le advirtió a Paulo su madre años atrás: vigila a tu hermano, Paulo, siempre se está tocando. Porque no tiene alma, porque es como una bestia. Como un animal.

    La muerte de Andoni a la luz del LSD narra la muerte del hijo del amigo del narrador del relato, Esteban. Este, en un estado alucinógeno, revive junto al propio fallecido, de unos catorce o quince años de edad, y a un viejo profesor ya fallecido (¡en 1972!) de apodo Redin los meses anteriores a la muerte del joven. Entre recuerdos propios de distintas épocas, sueños, alucinaciones y la realidad de los Houston Rockets de Rick Adelman, Yao Ming y Luis Scola --el joven Andoni afrontó un tratamiento oncológico en la ciudad texana antes de fallecer, en cuyo hospital fue visitado por los jugadores del equipo y recibió un balón firmado por ellos (le tocó el balón a él porque se presume que Luis Scola así lo preparó al saber que el joven Andoni era fan también del Baskonia, su equipo español anterior a su salto a la NBA)-- se narra un relato en el que de nuevo tiene gran importancia un animal. Un cuervo muy conectado con Andoni, quien se lo deja a su amigo Imanol para que lo cuide mientras él está en Houston.

    Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte narra una especie de reality show televisado en directo. En ella aparecen de nuevo algunos de los personajes del primer relato: Paulo, Daniel y una Teresa ya nonagenaria. También el narrador, un enigmático personaje que parece perseguirlo, De Facto, y los dos protagonistas de la conferencia: el Doctor Mortimer y Parko. Para estos últimos, la muerte es una madre, lo más grande. El árbol de la Muerte crea amor, o cuando menos abre una vía para que se manifieste. Solo la Muerte es capaz de sacarlo a la superficie. El amor circula en los funerales como una melodía. La conferencia crea un gran alboroto entre el público asistente cuando aparece la imagen del cuervo del relato anterior a petición de Imanol. Una confidencia desconocida por los espectadores de un show ya de por sí delirante en relación a esa conexión entre el joven y el animal provocará un final totalmente inesperado. 

    Un crimen de película es el relato final del libro. Es, además, el único que no está ambientado en Obaba-Ugarte sino en Nevada. Sin duda, debió ser escrito durante el año (2012) que el autor pasó en aquella región del oeste estadounidense, de donde nació su famosa novela Días de Nevada. El gran protagonista del relato es un búho del Rancho San Rafael Regional Park. A través de sus narraciones y descripciones nocturnas el búho acabará resultando indispensable para resolver varios crímenes perpetrados durante los meses anteriores a lo largo del Parque. Se trata de un búho realmente sabio, que se expresa como si tuviera ante sí un diccionario. Busca, rebusca y encuentra siempre las palabras justas para expresar situaciones y descripciones que ayuden a su interlocutor, sin duda un policía, a esclarecer los hechos. Su elocuencia y sus ganas de hablar con la máxima corrección son tales que a menudo exaspera a su interlocutor, quien ha de reconducir la conversación para conocer al fin lo que está ocurriendo. 

    Supongo que Atxaga cumplirá su palabra y, por desgracia, no escribirá nuevas novelas. Pero es muy de agradecer que desempolve viejos relatos, los corrija y los prepare para su publicación. De este tipo de autores conviene leer todo, absolutamente todo. Por eso, obras como Desde el otro lado son regalos inesperados. Y no hay mayores regalos que los que uno no espera. ¿Habrá más regalos como este en los próximos años? Esperemos que sí. Porque Atxaga es uno de esos autores que se salen de lo común. Poesía, léxico, realidad, ficción, originalidad, entretenimiento. Todo se junta en sus letras para crear obras de gran belleza.                


martes, 1 de septiembre de 2020

La vieja calle donde el eco dijo. Víctor Fernández Corras. Amazon Createspace. 2020. Reseña.



La vieja calle donde el eco dijo: Relatos de [Víctor  Fernández Correas]


    El autor extremeño Víctor Fernández Correas se aventuró en el mundo de la autopublicación a principios de verano de la mano de esta antología de relatos escritos durante los últimos años. Al escritor de La conspiración de Yuste (2008), La tribu maldita (2012) y Se llamaba Manuel (2018) le apetecía ver publicados sus relatos y vivir en primera persona los entresijos de la autopublicación, así que, consciente de la cada vez mayor dificultad a la hora de encontrar una editorial que apueste por la edición de libros de relatos, vio la ocasión propicia para darse el gusto y probar nuevas experiencias. El resultado es esta recopilación de historias cortas cuyo título, La vieja calle donde el eco dijo, proviene de una de las estrofas de la famosa canción Volver, del cantante argentino Carlos Gardel, considerado por muchos como el padre del tango.  

    No es ni mucho menos una casualidad que el título haya sido tomado de una canción. Cualquier seguidor de Víctor sabe que es un gran amante de la música. De muchos de sus estilos, además. Y buena prueba de ello es la banda sonora de esta recopilación. Tanto es así que el propio autor hizo pública una playlist en la plataforma Spotify con los temas y artistas que aparecen citados en los textos aquí presentados (https://open.spotify.com/playlist/3fmQ557bUOSZkN0RtCBETO). Por experiencia propia puedo asegurar que es una delicia leer los relatos a la vez que se escuchan los temas referidos en cada uno de ellos. Si solo a través de los textos de Fernández Correas ya se disfruta, con el acompañamiento de Leonard Cohen, Gloria Lasso, Mecano, El Último de la Fila, Charles Aznavour, Artie Shaw, Baccara o Frédéric Chopin la experiencia se ve ampliamente mejorada y completada.

    La vieja calle donde el eco dijo está compuesto por veintisiete relatos de no más de cinco páginas cada uno. Desde su espectacular portada nos invaden la nostalgia y la melancolía. Y es que una noche oscura y una calle desierta nos sugieren el ambiente ideal para escuchar los ecos de nuestro pasado, tanto el individual como el colectivo. Y de ello tratan básicamente la mayoría de los textos de la antología. Casi todos sus protagonistas --podríamos perfectamente ser yo, que te escribo, o tú, que me lees-- soportan sobre sus hombros los inmensos pesos de unas mochilas --unos hechos de su pasado personal o familiar-- que a veces resultan insoportables de sobrellevar a través de los años que componen sus existencias. Porque, como sucede en la vida misma, cada uno de nosotros hemos de cargar con nuestros errores y el resultado de estos. Sean los que sean.   

    Bares --qué lugares, tan gratos para conversar, que cantaban los Gabinete Caligari-- de todo tipo, hoteles --y hostales y pensiones--, costas del Mediterráneo --este y sur peninsulares--, calles oscuras, fenómenos extraños o paranormales, música -- también a piano y flamenco salvaje--, hombres, mujeres, historias cotidianas --pérdidas, reencuentros, amores interrumpidos y recuperados, desamor, dramas, separaciones, esperas infinitas, casualidades de la vida, promesas malditas, búsquedas, redenciones, viajes interiores-- y gente de todo tipo --anodina, feliz (a su manera), con suerte, sin suerte--, infidelidades, falsas apariencias y mil y una lecciones de vida forman parte de estos veintisiete relatos que componen un mural de lo que es realmente nuestra forma de ser y desarrollarnos a través de los años de nuestra estancia en estas tierras que, sin duda, nos sobrevivirán.

    Comenta el autor que su relato preferido es el quinto, El coño de la Reme, porque, lo aúna todo: la alegría de vivir, la necesidad de compartir esa alegría con los demás; y, de puertas para dentro, esa pena que creemos guardar en lo más profundo de nuestros sentimientos, pero que, por cualquier razón, aflora cuando menos lo esperamos. Añade que todos los relatos que componen esta recopilación --tiene muchos más que no encajaban en la temática de La vieja calle donde el eco dijo-- dejan un poso melancólico, de lo que fue y no pudo ser. Es esa vida que todos hubiéramos querido vivir y que quedó en el camino, esos momentos casi anecdóticos que, una vez pasado el tiempo, se manifiestan en toda su grandeza y nos revelan lo efímero de la vida, de sus momentos. La vida es como una botella de nuestra bebida preferida, y la mejor manera de disfrutarla es bebiéndonosla de un trago. Y cuantas más botellas, mejor.

    Mi favorito, en cambio, es el séptimo, El vaso de whisky de Don Leonardo. Porque, aunque Víctor y servidor compartimos varias cosas en nuestras vidas --ambos somos del Atleti (el más que yo) y ambos escribimos (él mejor que yo)--, una de las más destacables es el amor hacia la obra de Leonard Cohen, el genial cantautor, poeta, novelista y humanista canadiense. Y el referido relato es todo un homenaje a una de esas figuras que de no haber existido per se alguien debería haber creado de alguna otra manera. El protagonista se llama Lorenzo, pero todo el mundo lo conoce como Don Leonardo porque viste como el famoso cantante, se conoce sus canciones, las canta y susurra de maravilla con una voz ronca muy similar a la suya --imposible igualar la original, por descontado--, es un bebedor empedernido de whisky, un notable fumador y un gran cortejador de mujeres. El caso es que al narrador del relato en cuestión le da --y gratis, además-- una lección que este jamás olvidará y que cambiará su vida. 

    Otros relatos que me gustaría destacar aquí son: Un bar al pie de la muralla, La calle donde mueren los que matan y El piano de Alicia, por su sorprendente, interesante y pertinaz componente paranormal; Las lágrimas de la gitana, El día que ese caño deje de manar y Una taza de té, porque demuestran de lo que somos capaces de hacer las personas por amor; Los enamorados, La pena de la sombra y Una copa de treinta euros, que nos hablan de la pena, el dolor y la rabia que nos pueden llegar a causar el desamor y la pérdida; Lluvia con sabor a reencuentro, Una ventana al mar y Beguin the beguine, porque a veces la casualidad hace posible lo que parecía imposible; y La ilusión de un penalti, El desconocido del mar y Aquel tipo enclenque del banco, que nos demuestran cuándo merece la pena (y cuándo no) jugarnos la vida por perseguir la felicidad.

    Conociendo el hecho de que Víctor Fernández Correas guarda todavía unos cuantos relatos en el disco duro de su ordenador e imaginando que, a buen seguro, irá escribiendo más según pase el tiempo, cabe esperar, dentro de un tiempo --el que él considere oportuno--, una segunda recopilación o antología. Estaremos atentos a ello, pues, mientras esperamos la publicación de alguna otra novela suya. Desde aquí, para finalizar, solo me quedan por decir dos cosas: felicitar al autor (espero esa segunda recopilación) y hacerle una observación: los buenos relatos sí pueden tener la ocasión de ser publicados por alguna editorial algún día. ¡Y estos lo son...!                      


miércoles, 22 de abril de 2020

El candor del padre Brown. G. K. Chesterton. Castalia. 2020. Reseña







     El padre Brown es a G. K. Chesterton lo que Sherlock Holmes a Arthur Conan Doyle, Hércules Poirot a Ágatha Christie, Auguste Dupin a Edgar Alan Poe o Sam Spade a Dashiell Hammett. Sin embargo, el personaje creado por este escritor inglés (1874-1936) rompe bastantes de los tópicos del género negro  o policíaco. El sacerdote católico, de aspecto humilde, descuidado e inofensivo, siempre acompañado de su paraguas y de diversos objetos envueltos en papel de estraza, conoce como nadie el alma humana. Y resuelve los casos más complicados no con enrevesadas piruetas deductivas sino sugiriendo que la explicación irracional es en realidad la más racional. A pesar de su lógica devoción, siempre desecha las explicaciones sobrenaturales o espirituales para centrarse en lo natural y ordinario para resolver los casos más inverosímiles.

     Chesterton escribió alrededor de cincuenta relatos protagonizados por el padre Brown. Todos ellos fueron recogidos en cinco libros que se fueron publicando entre 1911 y 1935: El candor del padre Brown --el que nos ocupa, publicado por vez primera en 1911--, La sagacidad del padre Brown (1914), La incredulidad del padre Brown (1927), El secreto del padre Brown (1929) y El escándalo del padre Brown (1935). La primera de esas recopilaciones incluye los doce primeros relatos escritos por el autor, que se inspiró en un amigo personal para dar imagen y forma de actuación a su ficticio padre Brown. Un personaje que, a diferencia de los referidos en las primeras líneas de esta reseña, hace gala de una gran bondad que le impide juzgar y condenar al delincuente, sino que trata de salvarlo a su manera. Es lo que le ocurre con su inseparable Hércules Flambeau.  

     El amigo de Chesterton, el padre John O´Connor, párroco de Bradford (Yorkshire), influyó tanto en él que, además de inspirarle este peculiar personaje, hizo posible su conversión al catolicismo. Y ese es uno de los fuertes del personaje de ficción: pese a ser un párroco católico en tierras protestantes anglicanas, consigue que se imponga no su imagen --bajito, regordete, miope-- sino su sagacidad y su sentido del humor, natural y vital. Se muestra siempre muy humano y real, nada artificial. Sin duda, parece ingenuo y distraído, pero de repente atraviesa una especie de éxtasis intelectual que, junto a sus notables conocimientos de la ciencia de la psicología, lo lleva a aclarar las situaciones más intrincadas. Y, de paso, a ganarse el respeto de aquellos que al principio lo consideraban un simple intruso.

     Así explica este hecho Chesterton en el relato titulado El jardín secreto: hundió la cabeza entre las manos y se mantuvo en una rígida postura que denotaba la angustia de su pensamiento u oración, mientras que los otros tres sólo podían continuar observando este último prodigio durante aquellas doce extraordinarias horas. Cuando cayeron las manos del padre Brown, se vio un rostro bastante fresco y serio, como el de un niño. Y, en La forma anómala, Flambeau explica a otro personaje que el padre tiene a veces esta nube de misticismo encima, pero le advierto de que sólo se la he visto cuando rondaba cerca algo malvado. Flambeau confía tanto en el padre Brown que se va de vacaciones en un pequeño velero y en él solo lleva lo indispensable: latas de salmón, revólveres cargados, una botella de coñac y un sacerdote.   

     La narrativa de Chesterton supone un retrato costumbrista de los lugares y las personas de su época --el primer tercio del siglo XX--, con especial hincapié en sus formas de vida y sus comportamientos en los más diversos ámbitos de la vida. Describe con naturalidad toda clase de ambientes y contrasta los mundos criminal y religioso en profundidad. Dos mundos que, a menudo, no están tan distanciados. Así, en el primer relato de esta recopilación, La cruz azul, el padre Brown le dice a su inseparable Flambeau cuando éste todavía era un delincuente: ¿nunca se le ha ocurrido pensar que un hombre que casi no hace otra cosa que oír los pecados de los demás no puede dejar de estar al corriente del mal de la humanidad? Toda una declaración de intenciones desde el primer momento de la trama.

     Flambeau y el padre Brown, tan distintos --en físico (Flambeau mide más de una ochenta), en forma de vestir (Flambeau es muy elegante) y en personalidad-- y tan semejantes --en cuanto a ingenio y a perspicacia-- a la vez, se convierten en uña y carne tras convencer el segundo al primero de que su saber hacer debería ser empleado con fines más puros y bondadosos. Quiero que abandone esta forma de vida. Aún le queda a usted juventud, dignidad y humor; no crea que le durarán con ese oficio. Los hombres pueden mantener cierto nivel de bondad, pero ningún hombre ha sido capaz de mantener un nivel de maldad. En efecto, el Flambeau delincuente muta en un nuevo Flambeau, que ayuda en todas sus investigaciones al padre Brown. Cambio solo posibilitado por el gran conocimiento del segundo sobre la psicología del mundo criminal.     

     En los doce relatos hay multitud de frases dignas de ser señaladas en esta reseña. No en vano, el padre Brown es, de todos los personajes creados por Chesterton, el más parecido al autor. Al menos, en su forma de pensar y de ver la vida. El delincuente es el artista creativo; el detective es solamente el crítico / Un delito es como cualquier obra de arte. Sea divina o diabólica, posee un distintivo indispensable: su fundamento es sencillo, por complicada que pueda ser su realización / La cualidad de un milagro es el misterio, pero su forma es sencilla / Nos han enseñado que si un hombre tiene realmente unos malos principios, será en parte por su culpa. Pero, con todo, podemos distinguir entre el hombre que ofende a su limpia conciencia y el hombre cuya conciencia está más o menos enturbiada con falsedades.

     Dejo para el final el humor de Chesterton. Un humor inteligente y tan sutil que puede llegar a pasar desapercibido en algunos momentos. Dejo aquí un par de fragmentos sobre este tema: tanto por oficio como por convicción, el padre Brown sabía mejor que casi todos nosotros que la muerte dignifica al hombre. Pero sintió incluso una punzada en el estómago cuando lo despertaron al amanecer para avisarle de que habían asesinado a Sir Aaron Armstrong. Resultaba un tanto absurda e impropia aquella violencia secreta en relación con una figura tan divertida y popular que podía llegar hasta el punto de resultar cómico. Sin embargo, más adelante, una vez conocido con mayor profundidad al asesinado, dice: si yo alguna vez asesinara a alguien le digo que podría ser a un optimista. A la gente le gusta la carcajada frecuente, pero no creo que le guste una sonrisa continua. La alegría sin humor es exasperante.

     Leed a Chesterton. Admirad el ingenio del padre Brown. Parecido pero a la vez diferente a Holmes, Poirot, Dupin y Spade. Y que viva la buena novela negra...       


       

sábado, 30 de marzo de 2019

España. Manuel Vilas. Alfaguara. 2008. Reseña





     A finales de 2018, justo diez años después de su primera publicación y aprovechando el más que merecido éxito de su última novela, Ordesa, la editorial Alfaguara relanzó España. Una novela de relatos, elucubraciones, visiones y recuerdos en la que el escritor de Barbastro Manuel Vilas realiza un espectacular ejercicio de construcción de un país en el que sentirse más a gusto, con él y consigo mismo. Porque, como el propio autor reconoce en las primeras páginas, recuerdo que titulé así esta novela, con título tan temerario, porque me parecía que la palabra más incómoda y casi maldita que existe en mi país es precisamente el nombre de mi país. Me parecía que ya solo ese hecho objetivo merecía un libro. Merecía una comedia, una celebración, un suspiro y un beso misterioso.

     Vilas escribió esta novela en un momento de su vida, poco después de cumplir los cuarenta años de edad y de perder a su padre, en el que ansiaba romper con las convenciones y la injusticia y buscar la libertad. Para ello se inventó una manera diferente de estar en este país, creando desde la nada un libro en el que la imaginación y el delirio campan a sus anchas. Lo consiguió, pues hay diferentes momentos de la novela que nos recuerdan al más puro surrealismo. Y también al vanguardismo. Porque lo que encontramos en España es una mezcla de Kafka, Frankenstein, Patti Smith, los poetas de la generación del 27, Bob Dylan y varios Manuel Vilas. Y es que el propio autor se convierte en personaje en varios fragmentos del libro.

     Vilas asimiló entre 2002 y 2007 que todo lo que yo era, había sido y sería formaba parte de un tiempo concreto, una sociedad y una identidad cultural. Me di cuenta de que mi vida era un suceso insignificante que ocurría dentro del descomunal, anónimo y terrible océano de la Historia. Sin duda, la España de esa época no le gustó --probablemente la actual todavía le debe gustar mucho menos--, y emergió desde su interior un fuerte espíritu de rebeldía. Su corazón le dictó una España diferente, y también un mundo diferente, pariendo esta nueva España que encontramos en las doscientas páginas que componen la novela. Un país en el que, por ejemplo, un padre no haya de sufrir por el maltrato laboral al que está siendo sometido su hijo.

     El ser humano olvida la verdad; hay que repetirla; por triste que sea, la conciencia humana se entrega enseguida a la mentira o al olvido, que son lo mismo, afirma Vilas en referencia al canterismo y a la tecnología moral de la repetición. Por eso hay que repetir aquello de un te quiero, una caricia y un adiós. Porque la maldad existe. Y un crítico literario puede cargarse la carrera de un gran escritor a base no de criticar sus trabajos sino de simplemente ignorarlos. Lo peor no es una crítica negativa, sino no ser nombrado y, por tanto, no existir. Y la música y la literatura juegan un papel excepcional en la vida y obra de Manuel Vilas, convirtiéndose en formas de lucha contra la locura y la desesperación. Por eso, España está llena de poetas, narradores y músicos. 

     Max Brod, amigo de Kafka, salvó sus tres novelas póstumas --El proceso, América y El castillo-- huyendo de Praga la noche anterior a la llegada de los nazis, que asesinaron a las tres hermanas del famoso escritor. El pintor zaragozano Víctor Mira se suicidó en unas vías de tren en Alemania, harto de tanto Mal, el tema central de sus pinturas. El escritor Valle-Inclán creyó que España era el infierno cómico que Dante no supo escribir. Un injustamente condenado a muerte por electrocución afirmó que no me importa la muerte, sino la condena. Me importa que no quieran que viva. Me duele que haya gente que quiera la aniquilación de mi pensamiento. La injusticia, en suma, es uno de los temas de la novela. 

     En ella aparecen también las ideas del desarraigo y de los desfavorecidos. Y vemos a hombres que se suicidan en lugar de simplemente divorciarse, catedráticos que lo dejan todo para irse a las misiones, amantes que cambian a su amante por otra, pequeñoburgueses que se presentan a las tres de la mañana en pisos cochambrosos de las afueras pidiendo un talego de costo, políticos sin voluntad de transformación histórica, literatos que se mueren de hambre --literatura y hambre en España son lo mismo-- y terroristas metidos a jueces que discuten entre sí sobre si conviene o no ejecutar a su joven e inocente rehén --deberíamos matar a obispos y senadores y ministros y generales y al rey de España..., pero no hay huevos, solo tenemos huevos para matar a estos desgraciados, que encima son clase obrera--. Desarraigo, Mal, injusticia, de nuevo.

     Pero no podemos olvidar la política. Es el otro gran tema de España. Hay sitio para Aznar y Zapatero, por ejemplo. Y, ciertamente, no salen muy bien parados en estas páginas. Mejor les va a Fidel Castro y al Che Guevara. Así, Vilas da voz a Fidel para decir palabras como estas: Ernesto es nuestra forma de estar en la Historia. Y nadie quiere que estemos en la Historia. El Che es el cuerpo y la sangre de América Latina. Hemos existido gracias a Ernesto y a la Revolución cubana. No nos dejaron otra forma de existencia. ¿Por qué nos han odiado y robado tanto? ¿Por qué nos han condenado a la pobreza? ¿Quién les dio el derecho ?¿Dónde se obtiene ese derecho? ¿Por qué callan España y Europa?

     España es una novela muy arriesgada. Para poder escribir algo así, el autor debe ser plenamente consciente de cuáles son sus intenciones. Y queda claro que las intenciones de Vilas a la hora de planear estas páginas eran la originalidad, la imaginación llevada hasta el mismo delirio, la libertad y un total desprejuicio. El autor se nos muestra brillante, lúcido, crítico y también ameno. Algo fuera del alcance de la mayoría de los escritores actuales. Sobre todo en nuestro país.              

     

martes, 27 de enero de 2015

Los girasoles ciegos. Alberto Méndez. Anagrama. 2004. Reseña





     El madrileño Alberto Méndez (1941-2004) es uno de esos autores poco conocidos para el gran público pero capaz de escribir un magnífico libro para la posteridad. Los girasoles ciegos fue su única novela y se publicó meses antes de su muerte. Como si quisiera dejarnos un legado justo antes de abandonarnos para siempre, nos regaló estos cuatro cuentos o relatos basados en historias reales y anónimas de la Guerra Civil Española. Anónimas hasta que dio cuenta de ellas en este libro tan breve como emotivo e intenso. Hijo del traductor y poeta José Méndez Herrera, se licenció en Filosofía y Letras, perteneció al Partido Comunista hasta 1982, trabajó en diversos grupos editoriales tanto nacionales como internacionales y participó en el Premio Internacional de Cuentos Max Aub en 2002 con el segundo de los relatos aparecidos en este libro. Fue finalista del referido certamen. Con Los girasoles ciegos recibió el Premio de la Crítica, el Setenil y el Nacional de Narrativa. Este último ya a título póstumo.

     Estamos ante uno de esos libros en los que el cómo es casi tan importante como el qué. Las cuatro historias narradas nos emocionan, conmueven e invitan a reflexionar sobre las devastadoras consecuencias que una guerra, en este caso la civil española, tienen en personajes de la calle. Personajes cuyas vidas dan un giro radical sin vuelta atrás que, en multitud de ocasiones, les pueden llevar a la muerte misma. Con todo, la secuencia de las acciones narradas llega a quedar en ocasiones en segundo plano debido a la exquisitez lingüística empleada por Méndez. 

     Si el corazón pensara dejaría de latir es el cuento que abre el libro. Nos relata la historia de Carlos Alegría, capitán del ejército victorioso de Franco que, justo cuando va a ser tomada Madrid, decide renunciar a la victoria y rendirse al enemigo. Ese mismo día, al llegar a su cárcel provisional los que habían sido sus compañeros hasta escasas horas antes, es declarado traidor y condenado a muerte por fusilamiento. Los últimos días de vida del capitán son dignos de ser como mínimo leídos y recordados. Todo un ejemplo de lo cara que puede resultar una victoria y también de la importancia de los valores y la esperanza en un mundo mejor.

     El libro sigue con Manuscrito encontrado en el olvido, el relato finalista del Premio Internacional de Cuentos Max Aub, recuperado y modificado para esta recopilación. Es el más breve (18 páginas), pero a mi modesto entender también el más descorazonador - junto al que da título al libro -. Nos sitúa en los altos de Somiedo, entre Asturias y León, y nos golpea directo a la conciencia con la historia de un aprendiz de poeta que ha huido con su novia, embarazada de ocho meses, con el propósito de que su hijo nazca en un país libre, en este caso Francia. El invierno y las circunstancias llevarán al joven Eulalio a madurar y a sufrir mucho más de lo normal en un chico de solo 18 años.

     El tercero de los relatos se titula El idioma de los muertos. Juan Senra, soldado republicano preso en una de las cárceles franquistas, roba días a la muerte inventándose historias sobre Miguel Eymar, hijo del coronel que debe dictar sentencia de muerte sobre el protagonista. Gracias a los sucesos ficticios acaecidos en Porlier Juan convierte a un villano en héroe para regocijo de sus padres. Pero seguir con las mentiras llegará a resultar insoportable para Senra, que deberá decidir entre la vida y la muerte, entre lo injusto y lo digno.  

     Los girasoles ciegos pone punto final - y título - al libro. Es el cuento más conocido por ser llevado a la gran pantalla, con el mismo título, por el director José Luis Cuerda (2008). Los tres narradores - el niño Lorenzo, el diácono lascivo Salvador y el acostumbrado narrador omnisciente en tercera persona - cuentan la historia de la familia Mazo-López, que esconde en un armario al padre de familia, buscado por sus ideas. La vida cotidiana y poco normal de su esposa Elena y su hijo Lorenzo se verá obstruida por Salvador, diácono y maestro del niño que se irá enamorando de una madre que cree viuda. El desenlace trágico es también digno de ser conocido por el lector. 

     Los subtítulos de cada cuento - que rezan primera derrota (1939), segunda derrota (1940), tercera derrota (1941) y cuarta derrota (1942) - hacen referencia a algunas de las miles y miles de derrotas individuales, anónimas, que se sucedieron en los años posteriores al fin del conflicto nacional. Años en que demasiada gente contó estas historias en voz baja porque el simple hecho de demostrar su conocimiento podía complicar su existencia y la de su familia. La derrota, la persecución y la represión son los temas principales de los cuatro cuentos de este libro. 

     Los girasoles ciegos fue la única novela de Alberto Méndez. No necesitó escribir ninguna más. Con estos relatos nos dio a conocer algunas de las más desgarradoras historias de nuestra posguerra. Con ellos recuperó la memoria de unos pocos seres anónimos que sufrieron y perecieron por proteger la libertad. La suya y la de los demás. Y todo ello con el valor añadido de contar sus historias de manera que, pese al drama y el horror narrados, los lectores puedan disfrutar también del placer de la buena literatura. Una muestra más del enorme poder de la palabra.