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lunes, 20 de noviembre de 2023

Un amor. Sara Mesa. Anagrama. 2020. Reseña

 




    En septiembre de 2020, durante los últimos coletazos de aquel extraño verano pandémico de aislamiento, soledad y nueva realidad, vio la la luz Un amor, la novela de la escritora madrileña Sara Mesa. Una historia que, desde la misma portada --la ilustración Chica buscando, de Gertrude Abercrombie, 1945--, nos muestra la imagen de una mujer errante y meditabunda en un mundo solitario, raquítico y casi desértico. En la novela, esa chica se llama Natalia, aunque se hace llamar Nat. Y ese mundo solitario es La Escapa, un pequeño núcleo rural dependiente de Petacas al que la mujer, joven e inexperta traductora, acaba de mudarse huyendo de una ciudad no menos agobiante para ella. Una mujer que robó algo en su anterior trabajo y que, tras ser pillada y perdonada, no pudo aguantar la vergüenza y acabó prefiriendo irse de allí y buscar un lugar tranquilo y barato en el que seguir con su vida. Una vida llena de dudas, inseguridades, obsesiones y una especie de auto boicot.

    Así, llega a La Escapa, donde el imponente monte El Glauco se acabará convirtiendo en el único sitio en el que oxigenarse en un lugar que acabará oprimiendo y confundiendo más todavía a una joven que terminará por enfrentarse no solo al entorno y a sus vecinos --su abominable casero, Píter el hippie, Andreas el alemán, la chica de la tienda, la joven familia que llega cada fin de semana y Joaquín y la vieja demente Roberta, antigua maestra de la escuela de Petacas--, sino también a sus propios fantasmas y fracasos. Y es que la aparente normalidad con la que todos la acogen en un principio va dejando paso a la incomprensión y la extrañeza --en este caso, mutua--, lo cual situará a Nat en una situación muy complicada, repleta de silencios, equívocos, tabús, prejuicios y transgresiones. En definitiva, a una exclusión e indefensión que llegará a amenazar la propia estabilidad emocional y psíquica de una protagonista que ya había llegado allí tocada. Y, como sus nuevos vecinos, con bastantes prejuicios.

    Estáis hablando en lenguajes diferentes, le dice Píter a Nat en un momento de la historia. Y esa frase, que podría pasar más o menos desapercibida para la mayoría de los lectores es, para mí, la clave de la historia. Porque Un amor aborda un tema complicado de explicar, pero que hace referencia al uso del lenguaje no como forma de comunicación, sino de aislamiento, de soledad y de diferencia. Es cierto: los protagonistas de la historia hablan la misma lengua, pero con un lenguaje que los separa mucho más que los une. Como si fuera posible entenderse pero imposible comprenderse. Un lenguaje que no une sino que separa. Que hace del diferente un enemigo, un transgresor. Y es que los protagonistas acaban por no aceptar la forma de vida de Nat. Pero ella tampoco se integra en un lugar que desde el principio, antes de que haya ocurrido nada significativo, ve como algo peligroso, hostil, diferente. Y, claro, el ambiente se constituye en algo agobiante, lento, opresivo, obsesivo. 

    Nat es una chica muy contradictoria en sí misma. Y se equivoca al elegir La Escapa como su lugar de reconstrucción. Porque allí no encuentra un sitio idílico sino el escenario de una especie de tragedia griega que desde muy pronto se sabe que no va a acabar bien. Algo que queda claro desde la escena en la que el casero, un hombre desaliñado, malhablado, peor mirado --siempre luciendo una especie de sonrisa irónica malencarada--, antipático y machista hasta la médula, la recibe en su nuevo hogar de alquiler y le regala como bienvenida un perro maltratado, al que pone de nombre Sieso, que, víctima de su pasado, huye de ella, se esconde y no hace caso ni de la comida que le pone. Un perro que, como Píter le anticipa a Nat, le va a traer más problemas que satisfacciones. Píter, vidriero de profesión, se erige desde pronto como su defensor y su protector en la comunidad, Al resto, Nat los ve así: ruidosos y desordenados, se parecen extrañamente entre sí.       

    De forma sorpresiva y original, la relación amorosa de Nat que se anticipa ya desde el mismo título de la novela no se da con Píter el hippie --pese a que su cuerpo es atractivo y firme, su robustez resulta indudablemente erótica, es encantador, buen vecino, sabe de libros, música y películas, todo lo que se presupone interesante..., está sorprendida, incluso decepcionada. ¿No iba él a besarla, o a intentar besarla? ¿No trataría de llevársela a la cama? ¿No es lo previsible, lo que se espera de un hombre?--, sino con Andreas el alemán. Y solo es posible debido al estado emocional que atraviesa la protagonista. Porque el 99,9 por ciento de las mujeres se indignarían y no querrían volver a saber nada, nunca más, de un hombre que se ofrece a arreglar las goteras de su casa a cambio de que le deje entrar en ella un rato. Se lo dice así: No eres prostituta, no quiero que pienses que te tomo por tal. Te tumbas y acabo pronto. Solo eso. Hace mucho que no he estado con una mujer. Mi cuerpo lo necesita. Pensé que podría pedírtelo.            

    Sin embargo, y contra todo pronóstico, Nat acepta el intercambio y se deja hacer por Andreas el alemán. Había demostrado sensibilidad. Una delicadeza que no hubiese imaginado en él, con su aspecto rudo y no precisamente sofisticado. Trató de no hacerle daño, yendo despacio. Al recordarlo, todavía siente el calor entre sus piernas, un calor mucho más mental que físico... Y, a partir de entonces, repite cada noche. Nat, la distante, impasible, la brusca Nat, se ha transformado en un ser hambriento. Tanto que tiene que refrenarse para no ir a verlo a todas horas y para no quedarse a dormir por las noches. Y entre ellos comienza una nueva historia. Una historia de sexo, placer, pasión y amor, pero también de dependencia, inseguridad, dudas y desconfianza por parte de ella. Todo ello mientras el resto de vecinos --excepto Píter-- se escandalizan por el tipo de vida de la joven, le hacen el vacío y el ambiente se va enrareciendo cada vez más.

    Y, de nuevo, el carácter de Nat, los fantasmas de su pasado, sus inseguridades, la llevan hacia el precipicio. Entre todas las interpretaciones posibles, siempre escoge la peor. Ni siquiera cuando se convence de que sus ideas carecen de sentido está a salvo. Cualquier variación, cualquier matiz que no hubiese previsto, consigue que se tambalee. Los celos, ese monstruo de ojos verdes, se cuelan hasta en la cama, con su lengua picuda y sus muecas obscenas, inspeccionándolos a ambos para devorarlos, corrompiendo el sentido de sus movimientos, tiñéndolos de suciedad y recelo. ¿Por qué Andreas cierra los ojos cuando está con ella? ¿Es porque piensa en otra? ¿Porque recuerda a su joven exmujer? Su desazón no es ya con Andreas, sino con todo el mundo. Así, en el mercado, observa mujeres charlatanas, tenderos deslenguados, niños astutos y tramposos, adolescentes con un brillo arrogante en los ojos, retador. No puede ser tan horrible, se dice. Es ella, su mirada, que está enferma. Ojalá pudiera cerrar los ojos para no ver más.

    Más arriba he hecho alusión a una frase capital, la que le dice Píter a Nat en referencia al lenguaje. También he comentado el hecho de que Nat no sea capaz de integrarse en su nueva comunidad. Pues bien, la otra frase clave de la novela, para mí, es la que le dice Andreas a Nat en otro momento de la historia: aquí nos manejamos con otras reglas. Y tú no las entiendes. No es que no las asumas. Es que eres incapaz de entenderlas. Ambas frases, sin duda los motores de la historia, hablan de las diferencias de moral de los protagonistas de la novela. Y también de las de los lectores. Porque ellos, simples espectadores en un principio, se convierten también en jueces de cada uno de los personajes según avanza la historia. Una historia que se lee rápida pero se abandona poco a poco. Porque al final, son los lectores quienes buscan los porqué de la vida. Sara Mesa nos hace visitar lo más oscuro y profundo del alma humana en esta gran novela. Conociendo a Isabel Coixet, seguro que en su nueva película, basada en esta obra, le da otra vuelta de tuerca a la historia. Habrá que verla...                    


  

lunes, 5 de junio de 2023

Del color de la leche. Nell Leyshon. Sexto Piso. 2013. Reseña

 




    Sorprendente. Original. Inteligente. Conmovedora. Un soplo de aire fresco. Así es Del color de la leche, la novela de la escritora y dramaturga inglesa Nell Leyshon (Glastonbury, 1962) publicada hace casi diez años por la editorial independiente Sexto Piso. Fue la primera obra traducida y publicada en lengua castellana --después le sucedieron, también en Sexto Piso, Memorias de una carterista (2015), El show de Gary (2016) y El bosque (2019)-- de una autora hasta entonces desconocida en nuestro país. Y ello a pesar de que en Inglaterra era ya un personaje importante gracias sobre todo a sus obras de teatro y sus dramas radiofónicos emitidos por la prestigiosa BBC, cuyos inicios se remontan nada más y nada menos que hasta 2002. Además, goza del honor de haber sido la primera mujer en escribir una obra --Bedlam-- para el prestigioso The Shakespeare´s Globe Theatre de Londres. Aún quedan por traducir al castellano --sirva esto como llamada pública y petición a las editoriales de nuestro país-- sus dos primeras obras novelísticas: Devotion (2008) y Black dirt (2004).       

    Del color de la leche es también una novela rebelde. Necesaria. Rescatadora. Desgarradora. Un golpe en la conciencia. Una obra de estructura y escritura muy sencillas --cinco capítulos: Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera--, a priori incluso simple --frases cortas y poco elaboradas, típicas de alguien que apenas sabe leer y escribir: una niña de solo quince años de la Inglaterra profunda de 1831--, que, sin embargo, alcanza una gran complejidad desde el punto de vista temático y reivindicativo. Una novela con dos grandes protagonistas: el medio natural --y social-- de la Inglaterra de la época ya reseñada y la joven Mary, la más pequeña de cuatro hermanas. Una joven alegre --a pesar de las circunstancias-- familiar, inocente --en su propia familia se insinúa que incluso algo retrasada--, de gran personalidad y extremada inteligencia --que todo lo analiza y reflexiona--, demasiado impetuosa e impulsiva --que no sabe estar callada y nunca se sienta de día--, coja de nacimiento, cuyo cabello es del color de la leche. 

    El padre de la familia de Mary es un déspota que cree que su mujer e hijas solo están en este mundo para servirle y hacerle las mil y una tareas del campo. Es un abusón que maldice a la vida por no haberle dado ningún hijo varón que lo ayude en su trabajo. La madre secunda al padre y no parece tener ninguna empatía con Mary, a la que toda la familia desecha y no tiene en cuenta para nada por su defecto físico en su pierna y por no tener muchas luces. Solo el abuelo estima de verdad a su nieta pequeña. Solo con él tiene Mary un pequeño espacio de paz y tranquilidad en el agobiante y claustrofóbico seno familiar --no en vano, ellos son los dos miembros defectuosos de la familia, puesto que el abuelo está impedido a causa de una caída--. Y, aún así, la joven ama a su familia y no quiere abandonarla nunca. Por eso trata de oponerse cuando su padre prácticamente la vende al vicario, el señor Graham, para que se vaya a vivir a su casa y cuide a su esposa enferma. Sobrecoge la frialdad con la que la familia despide a Mary cuando toma el camino hacia la casa del vicario. 

    Ni siquiera sus hermanas, con las que se supone ha de tener una relación más estrecha por edad y vínculos, se inmutan ante la pérdida que debería suponer la partida de su hermana pequeña. Beatrice, con quien comparte habitación, solo sabe dormir abrazada a una Biblia que no sabe leer. Y Violet y Hope, envidiosas hasta la médula, compiten entre sí por el amor de Ralph, único hijo del vicario. Un joven egoísta que solo se quiere a sí mismo, que elude todas sus responsabilidades, familiares y extra familiares, y para quien la vida es todo placer y nada de compromiso. Un joven que sabe que Mary es diferente a sus hermanas. Tratará de domarla, pero se dará pronto por vencido. Sabe que nunca cambiará. Mary, por su parte, busca algo en la vida. No sabe exactamente lo que es, hasta que finalmente cae en la cuenta. Tanto en casa de su familia primero, como en la del vicario después, siente que echa algo en falta. Le costará sangre, sudor y lágrimas concluir que lo que tanto ansía es la libertad.  

    Lo que podría ser una vía de escape para ella, una forma de librarse de las cadenas familiares, se convierte en realidad, como en su día escribió acertadamente Elias Canetti, en una nueva ligazón a otras cadenas. Puede que no tan duras, tan fuertes, pero igual de alienadoras. Y es que, aunque con el señor y la señora Graham se lleva muy bien, la joven chocará con su hijo, Ralph, y también con Edna, la criada, quien ve que su status en la casa del vicario se puede tambalear con la llegada de Mary. Una Edna, por cierto, que supera la treintena y que guarda bajo su cama tres sudarios: el suyo y el de un marido y un hijo que no tiene --ni seguramente ya tendrá--. La opresión que padece Mary en ambas casas contrasta con un entorno casi bucólico: el campo, la granja, sus tareas estacionales --descritas con exquisita delicadeza y todo lujo de detalles--, los animales enjaulados, los libres, el aire del monte y de la colina, la sensación de no querer estar en ningún otro lugar y de vivir apasionadamente y con alegría a pesar de los pesares.

    Con la señora Graham establece Mary una relación casi materno-filial. Ante el abandono que siente la señora tras la marcha a la universidad de su hijo Ralph, va acogiendo a su nueva criada casi como a una hija. Así, le hará confidencias muy personales. Aunque con el señor Graham no congenia tanto, Mary aprovechará la oportunidad que este le dará de enseñarla a leer y a escribir. Algo impensable para ella y para casi todas las chicas de su edad en aquella época. Quizás la parte más emocionante de la novela resulta ser la que hace referencia a los progresos de la protagonista, que va juntando letras, palabras y párrafos ante la alegría del señor Graham y el sentimiento de orgullo de su abuelo, a quien va informando sobre sus evoluciones lectoescritoras. Así, Mary va dejando de ver en los libros solo rayas negras sin sentido y comenzando a descubrir nuevos mundos. De esta manera, además de la historia que se nos cuenta en ella, la novela puede y debe considerarse también un alegato de la lectura y la escritura. De los libros y de su importancia en la vida de las personas. Algo que nos hace más libres.

    No en vano, lo que leemos en Del color de la leche no es otra cosa que la vida de la joven escrita de puño y letra por la propia Mary. Una joven trabajadora, apasionada, sin mucha educación, pero que nunca miente, nunca ve lo malo de la vida, no tiene pelos en la lengua y ve en la escritura la forma de contar todo lo que le ha ocurrido durante el último año de su vida. Un año con una serie de vivencias desgarradoras de las cuales la protagonista quiere dejar constancia por escrito. Un escrito urgente que habla de un destino del que no puede escapar por un suceso que el lector deberá ir descubriendo a través de la lectura. Un texto íntimo, personal, minucioso y descriptivo. Una lectura que, debido a la inocencia y la conmoción que causa en el lector, y salvando las distancias, nos puede llegar a recordar al Diario, de Ana Frank, o a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Porque la vida, vista desde los ojos de los niños, siempre nos sorprende y nos hace aprender cosas nuevas. Sobre todo cuando, para más inri, nos cuenta historias no contemporáneas sino algo más pretéritas.

    Por todo ello, e incidiendo en el inicio de esta reseña, Del color de la leche es una historia rebelde, por cuanto el mero hecho de ser escrita demuestra las ansias de alcanzar la libertad denegada. Es necesaria y rescatadora por el hecho de dar voz a tantas y tantas mujeres anónimas que perecieron en la lucha por alcanzarla. Un golpe en la conciencia de quienes, desde el presente, creen que aquello es solo ficción, literatura y no la pura realidad de la vida de las mujeres a lo largo de la Historia. Historia de desencanto, desengaños, malos tratos, opresión y anonimato. Si a todo ello añadimos la originalidad y la frescura, estamos ante una gran novela. De esas que remueve conciencias. De esas de las que no se sale como se entró. De esas de las cuales recuerdas a su protagonista largo tiempo. Quizás para siempre. Porque la Mary de esta novela ya es un personaje clásico de la literatura inglesa, europea y mundial. Si no la conoces todavía, preséntate ante ella y conócela. Es probable que se quede contigo.                       



miércoles, 27 de febrero de 2019

La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela. Destino. 1942. Reseña





     De forma consciente o simplemente casual, cuando Camilo José Cela publicó, en 1942, La familia de Pascual Duarte, dio el pistoletazo de salida a una técnica literaria narrativa que hoy conocemos con el nombre de tremendismo. Técnica que se puso de moda a partir de entonces y que se caracterizó por la cruda presentación de la trama, que recurre a hechos violentos muy a menudo, el particular tratamiento de los personajes, seres marginados de la sociedad (criminales, prostitutas, personas con defectos psíquicos o físicos, etc) y el uso de un lenguaje desgarrado, duro, realista al detalle. La relación entre esta tendencia y el contexto histórico --pos guerra civil española-- es clara, habida cuenta de las duras experiencias que los autores de la época hubieron de sufrir durante la contienda.

     Los personajes viven, pues, en ambientes marginales y atenazados por la incultura, el dolor y la angustia vital. Lo grotesco y lo repulsivo juegan un papel central en la narración, por lo que el lector asiste a ella impactado. Nada mejor si lo que se pretende con ello es precisamente realizar una honda crítica social. Y, sin duda, La familia de Pascual Duarte, lo es. Porque Pascual Duarte, su protagonista, vivió entre fines del siglo XIX y 1937, años en los que la inestabilidad política, social y económica provocaron que la violencia, a falta de cultura, se extendiera por la sociedad cómo único recurso para solucionar los problemas. Así, Duarte se convierte en criminal. Y, como todo criminal, antes o después habrá de pagar por sus actos.      

     Gracias a esta obra, la literatura española volvió al mundo popular y campesino, poblado por seres primitivos y elementales en cuyos instintos primarios y pasiones salvajes retornamos a la barbarie ancestral de una tierra marcada por el odio y la violencia. Y lo hace de forma audaz y original, a través de varios narradores --el principal de ellos, el propio Duarte, quien narra en primera persona los hechos de su vida, haciendo especial hincapié en aquellos en los que actuó movido por sus graves accesos de ira y rabia, los cuales lo han llevado a esperar en una celda extremeña el momento de su ejecución--, y recurriendo a menudo al refranero español cuando estos no encuentran las palabras necesarias para expresar sus sentimientos o pensamientos.

     Se llevaban mal mis padres, afirma Pascual Duarte, aludiendo a su poca educación, a su escasez de virtudes y a que se cuidaran bien poco de refrenar los instintos, añadiendo que solían llegar a las manos en sus discusiones. Además, explica que mi instrucción escolar poco tiempo duró. Habla del carácter autoritario y violento de su padre y de que su madre se metía con él a la mínima ocasión. Y recuerda el nacimiento de su hermana pequeña, Rosario, quien si bien tardó algo más de lo corriente en aprender a andar, rompió a hablar con tal soltura que a todos nos tenía como embobados con sus gracias. De todo ello se desprende que su hermana fue, en realidad, la única persona a la que Duarte amó de verdad a lo largo de su azarosa vida.

     La muerte de su padre, a causa de la mordedura de un perro rabioso, y sobre todo la de su hermano pequeño, Mario, marcó su infancia. Y su odio hacia su madre se acrecentó. De ella dice que no lloró la muerte de su hijo y que, por ello, tal odio llegué a cobrar a mi madre, y tan deprisa había de crecerme, que llegué a tener miedo de mí mismo. Y, así, a mi madre llegué a perderle la respeto, primero, y el cariño y las formas al andar de los años. Dejó de ser una madre en mi corazón y llegó a convertírseme en un enemigo rabioso que me gastó toda la bilis. El futuro crimen comienza a tomar forma en la cabeza del protagonista. Antes de él, sin embargo, hubo más. Concretamente, los de Lola, su primera esposa, que lo engaña con el Estirao, y el del propio el Estirao, que ha deshonrado tanto a su esposa como a su hermana Rosario.

     A lo largo de su relato, Duarte se lamenta de su mala suerte y de su desgracia. ¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía! ¡Quién sabe si no sería que estaba escrito en la divina memoria que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis tristes días habían de discurrir! Porque a los malos tratos recibidos por parte de sus padres y la muerte de su hermano pequeño a corta edad habría que añadir la muerte de su propio hijo y la deshonra de su hermana, que llega a ejercer la prostitución de la mano de el Estirao. Y en pleno subidón de ira, reflexiona sobre que si los hombres del campo tuviéramos las mismas tragaderas de los de las poblaciones, los presidios estarían deshabitados como islas.

     Pero, como todo es susceptible de empeorar, Lola llega a decirle, justo antes de morir, que la sangre parece como el abono de tu vida, palabras que, añade Duarte, como con fuegos grabadas conmigo morirán. Y, tras cumplir condena por los asesinatos de Lola y el Estirao, es liberado. Por contra, el sentimiento de Duarte respecto a su libertad resulta muy significativo por cuanto anticipa lo que está por venir todavía: creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre. Así narra su vuelta al pueblo: un poco más adelante estaba el cementerio. El cementerio donde descansaba mi padre de su furia; Mario, de su inocencia; mi mujer, su abandono; el Estirao, su mucha chulería. El cementerio donde se pudrían los restos de mis dos hijos, del abortado y de Pascualillo, que en los once meses de vida que alcanzó fuera talmente un sol...

     Al reunirse de nuevo con su hermana, la única persona a la que puede acudir tras haber cumplido su condena, la Rosario se sonreía con su sonrisa de siempre, esa sonrisa triste y como abatida que tienen todos los desgraciados de buen fondo. Su hermana le ha buscado hasta novia: Esperanza, enamorada de él desde antes de su primer matrimonio con Lola, quien le ha esperado para ser su segunda esposa. La mala relación de su madre con su esposa, sumada al odio de siempre y los deseos incumplidos, truncados de poder comenzar una nueva vida desde cero, precipita los acontecimientos definitivamente. Frustrado y desesperado, Duarte piensa que hay ocasiones en las que más vale borrarse como un muerto, desaparecer de repente como tragado por la tierra, deshilarse en el aire como el copo de humo. Todas estas reflexiones en voz alta constituyen buena parte de lo mejor de la novela de don Camilo.

                                


lunes, 3 de diciembre de 2018

El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets Editores. 2014. Reseña





     Cansado de escribir ficción, y con una nueva novela comenzada y abandonada al poco tiempo, Landero (Alburquerque, Extremadura, 1948) decidió contar su propia historia: la personal y la familiar a través de los años y los recuerdos de su juventud e infancia. El resultado, El balcón en invierno, una especie de autobiografía a modo de flashbacks en los que narra, con su habitual elocuencia y acierto, las múltiples vicisitudes que terminaron por conformar su personalidad y su valor literario. Una crónica detallada y completa no solo de su vida, sino también de la España (rural y capitalina) de los últimos setenta años.

     Se trata de dieciocho capítulos de una docena de páginas (aproximadamente) cada uno en los que el autor desgrana los momentos más importantes de su existencia. Desde el presente (septiembre de 2013 - marzo de 2014), llega a desarrollar la historia de sus abuelos, remontándose hasta los años veinte del siglo pasado. Las décadas de los 40, 50 y 60 constituyen el eje central de la narración. Una narración escrita sobre una mesa desde la que se ve un balcón. Asomado a él, cuando ya el verano ha pasado y llegan los primeros fríos, le invade la melancolía, el recuerdo de hechos y parientes, muchos de ellos ya desaparecidos de este mundo pero no de su mente, que demandan salir de él y plasmarse sobre el papel.

     Porque, como reconoce el propio autor, todo lo que no se escribe acaba desapareciendo. Así, escribe: caminando por ellos, recuerdo con una tristeza que ya no duele los años en que vivían todos los que murieron y que están ya a punto de volver a morir a manos del olvido. Muertos y rematados... Los que nazcan dentro de veinte o treinta años no llegarán tampoco a saber nada de nosotros. No seremos ni siquiera fantasmas... Pienso entonces que acaso estas páginas puedan servir para que lo vivido no se pierda del todo, y para que algún día los futuros descendientes puedan captar un eco, un destello, de las vidas anónimas de sus antecesores.

     Se arrepiente Landero de no haber escuchado con mayor atención las conversaciones de sus abuelos, padres, tíos, primos y demás familiares durante su infancia y juventud. Y también de no haber preguntado más sobre ellos a las personas que tenían información de hechos y sucesos familiares que desearía poder recordar y contar. Pero llega un momento en la vida en que ello ya no es posible. Y a partir de entonces las dudas, las incógnitas y las incertezas se apoderan de la mente humana. Y de ese hecho nace precisamente la penúltima obra --La vida negociable (2017) es la última hasta la fecha-- de un autor considerado como uno de los referentes de la narrativa española actual.

     De sus padres y su generación, reconoce Landero que no sé de dónde ha sacado esta gente, esta generación infortunada, su temple y su entereza. Una generación, casi dos, que sufrieron la guerra y la posguerra, que vieron truncados sus propios proyectos de vida en plena juventud, que trabajaron como mulas y lo sacrificaron todo para que sus hijos corrieran mejor suerte que ellos y cuya obra, no sé si humilde o grande, es esa, el bienestar de los suyos: esa fue la causa por la que lucharon, y esa su recompensa. Un agradecimiento público total y absolutamente merecido hacia sus y nuestros abuelos y padres. 

     A través de personas como su abuela Frasca--con quien aparece en la foto de la portada--, su primo Paco, sus padres y demás familiares construye el autor un relato vivificador que nos muestra la España rural de hace medio siglo. De su padre recuerda solo sus últimos años, ya enfermo y amargado por lo que podría haber sido su vida y no fue. De su madre, su alegría de vivir a pesar de las múltiples dificultades y de las constantes pérdidas. De su abuela Frasca, que siempre hizo gala de su firmeza y a la vez cariño. De su primo Paco, sus inventos y su conjunta enseñanza del arte de la guitarra. Los viajes del campo al pueblo y la mudanza a Madrid también son aspectos de la narración que conmueven al lector.

     Sin embargo, lo que a servidor más le ha gustado de este libro es cómo cuenta Landero su progresivo aprendizaje sobre el mundo de los libros. Primero, como lector; después, como escritor. Desde pequeñito, su madre siempre dijo que era un mentiroso, que tenía buenas dotes para fabular, imaginar y contar mentiras. Magnífico comienzo para un futuro escritor, sin duda. Así, el autor habla de los poetas españoles, y cita novelas como Madame Bovary, Rojo y negro, El gran Gatsby, La flecha negra o el Quijote. Obras, todas ellas, que le hicieron amar la literatura y le impulsaron a hacerse escritor. Reconocimiento especial, en este sentido, para aquel profesor nocturno que se convirtió en una mano amiga sobre el hombro y que le hizo elogiar el cubil de las palabras. 

     Unas palabras que se convirtieron, desde muy pronto, en su refugio personal ante las gentes gordas --es decir, personas de posición y adineradas-- del pueblo y de la ciudad, con las que supo de inmediato que jamás trataría. También de esas mujeres que, de igual manera, percibió que jamás tendría. Así, el refugio, el amparo en el hogar familiar y la soledad fueron fraguando la personalidad del joven Landero, que con el tiempo se ha convertido en una de las voces más importantes de la literatura española contemporánea. Así pues, bienvenida sea la nostalgia que se apodera del balcón de este escritor. Gracias a ella, tenemos una joya literaria. Disfrutad de ella... 

     En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y con los cuales construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural.           


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Los santos inocentes. Miguel Delibes. Planeta. 1981. Reseña





     En 1981 el genio vallisoletano Miguel Delibes publicó la que, con el tiempo, se convirtió en su obra más aclamada. Los santos inocentes es una novela corta pero compleja, muy compleja, en cuanto a trama y temática. Porque solo está al alcance de unos pocos escritores condensar en unas pocas páginas (aproximadamente 150) una serie de temas tan variados como ricos. Así, esta historia se convirtió en una crónica de la España profunda (más concretamente, de la Extremadura profunda) en pleno franquismo. Algo que también supo hacer --y muy bien-- Mario Camus en 1984 en su versión cinematográfica, que les valió a Paco Rabal y a Alfredo Landa el premio ex aequo en Cannes.  

     En la novela se plasman a la perfección hasta ocho temáticas que darían para, como mínimo, una novela cada una. A saber: la opresión de los señores --al más puro estilo medieval--; el desprecio y la falta de atención respecto a sus criados por parte de los señoritos; las continuas humillaciones a las que se veían sometidos los sirvientes; el analfabetismo generalizado de las clases bajas; la resignación de buena parte de estas --que aceptaban ser consideradas poco menos que como animales--; la caza --práctica a la que, por descontado, solo podían acceder las clases pudientes--; el estorbo que suponía la presencia en la familia de un deficiente mental --en este caso, Azarías--; y el papel de la mujer en la sociedad --reducida al ámbito doméstico, pero sin voz ni palabra en el propio hogar.  

     Como ha quedado dicho más arriba, entrelazar todas estas temáticas en tan poco espacio está solo al alcance de un genio de la talla de Delibes. Y es que, además de sus grandes dotes como novelista, debemos sumar su amplio bagaje cultural, plasmado en sus obras a través del conocimiento de la flora y la fauna, del mundo rural y del mundo de la caza. Todos estos aspectos hicieron del vallisoletano uno de los grandes escritores españoles del siglo XX. Buena prueba de ello son los numerosos galardones que recibió en vida --entre ellos, el Nadal, el Nacional de Narrativa, el Nacional de las Letras Españolas, el Cervantes o el Príncipe de Asturias--, aunque no le fuera otorgado nunca el Nobel de Literatura.

     En Los santos inocentes nos narra la historia de una familia de campesinos extremeños de los años sesenta. El matrimonio formado por Régula y Paco el Bajo y sus cuatro hijos, Rogelio, Quirce, Nieves y Charito (la Niña Chica, deficiente mental que no sale de la cuna), ha de hacerse cargo del hermano de Régula, Azarías, también deficiente mental, despedido por su señorito al alcanzar los sesenta años de edad y no poder servirle como antaño. Toda la familia debe obedecer a sus señores mientras es sometida a todo tipo de humillaciones y vejaciones. Los padres, Régula y Paco el Bajo, solo sueñan con poder dar una educación a sus hijos que les sirva para llevar una vida mejor en el futuro.

     La vida en el cortijo es rutinaria hasta el aburrimiento, el miedo a que los señoritos puedan enfadarse y tomar medidas contra sus sirvientes por cualquier tontería siempre está presente y cada día resulta más insoportable seguir viviendo en unas condiciones tan duras y ajenas a la libertad humana. Incluso para el inocente Azarías, cuya única distracción --cuidar de su milana bonita, una pequeña grajilla que ha criado desde casi su mismo nacimiento-- le es arrebatada por el señorito Iván, un hombre egoísta y sin ningún tipo de escrúpulos para el que es mucho más importante la caza del día que la salud de su mejor sirviente. 

     La obra es una denuncia moral contra el mundo del latifundio, su inherente injusticia social y las consecuencias que todo ello tiene sobre la vida de unos individuos que viven subyugados, casi más como animales que como humanos, y sin posibilidad de alcanzar una vida nueva. Así, el lector llega a sentir una gran empatía por los personajes sencillos, puros, humanos e inocentes --especialmente Paco el Bajo y el deficiente Azarías-- y una enorme antipatía por los acomodados, pretenciosos y orgullosos señores. Un componente, el de los valores, muy presente en la mayoría de las obras de Delibes. No en vano, una de sus pretensiones literarias siempre fue ese aspecto moralizante de sus escritos.

     La narrativa de la obra es amena, ágil y adictiva. Apenas encontramos en el texto puntos y aparte. Las líneas se siguen a una velocidad de vértigo, lo que le otorga una rapidez de lectura muy elevada. Sus seis capítulos o libros, de una extensión de unas 25 páginas cada uno, presentan a los personajes y los hechos que nos llevarán hasta un final inesperado pero a la vez deseado por el lector. Los dos primeros libros son sobre todo descriptivos, mientras que los dos últimos se centran en los hechos que constituyen la trama de la novela. El narrador es externo, omnisciente y en tercera persona, y el estilo, básicamente oral, hace juicios de valor de los personajes.

     El texto corre todo seguido, sin guiones ni cursiva ni comillas en los diálogos, que aparecen, además, sin verbos introductorios o aclaratorios. Todo ello, en pos de acelerar el ritmo narrativo y la rapidez de lectura. Los personajes se hacen escuchar, mostrándosenos mucho más cercanos. Algo que hace que la historia llegue al lector con una viveza y una frescura mucho mayores. Escribir de esta manera, haciendo además entendible --y no empalagosa-- la lectura, es algo extraordinariamente difícil de lograr. A no ser que el escritor sea Delibes. Todo un artista, un mago de las palabras, del léxico y de los sentimientos.