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jueves, 23 de abril de 2026

Memorias del subsuelo. Fiodor Dostoievski. Arpa Editores. 2026. Reseña.

 




    Arpa Editores cumple una década desde que fuera fundada por Joaquín y Álvaro Palau. Dedicada a los clásicos y otras obras de divulgación -ciencia, historia, psicología, política, filosofía, etc-, celebra estos diez años como editorial publicando Memorias del subsuelo, una de las obras más conocidas de Fiodor Dostoievski. Una obra filosófica considerada como la primera gran novela existencialista y que aborda con crudeza y detalle la conciencia humana y sus contradicciones. Una novela que, más que nunca, conviene estudiar en relación a la situación de su autor en el momento de su escritura (1864). Porque refleja con claridad sus trastornos emocionales a raíz de perder a su mujer y a su hermano y los problemas derivados de la clausura de sus revistas por parte de las autoridades, de sus enfermedades y de sus adicciones al juego (de los que nos hablaría posteriormente en El jugador, también reseñada en este blog), que le acarrearon durante años graves problemas financieros.

    Soy un hombre enfermo... Soy un hombre lleno de rabia. Así comienza su narración el protagonista de Memorias del subsuelo. Quizá el primer protagonista inadaptado de la historia de la literatura. El primer sufridor, el primer ser atrapado por la angustia de una existencia a la que no ve sentido, el primer hombre a la vez sincero y honesto pero también perturbador y fascinante debido a su lucidez. Porque nuestro protagonista podrá estar desquiciado y al borde de la locura, pero lo que no se le puede echar en cara es su elocuencia y claridad a la hora de narrarnos su descenso a las entrañas de la conciencia humana. Una conciencia que lo lleva a no aceptar una realidad que le resulta insoportable. Que lo hace sufrir y rabiar, que lo induce a criticarlo todo -incluso a sí mismo- y que lo anima a batallar contra el mundo entero reflexionando sobre temas como la libertad, el deseo de autodestrucción, el placer del sufrimiento y la imposibilidad de ser uno mismo. 

    Memorias del subsuelo se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera, El subsuelo, que consta de once capítulos, es en realidad un monólogo interior del protagonista. Un monólogo dirigido a un público inexistente en que se presenta como un hombre miserable, frustrado, contradictorio, enfermizo y muy excitable. Todo ello, contado mediante una elocuencia que hechiza al lector. Un lector que, a pesar de estar leyendo las confesiones de un ser que se auto presenta como repulsivo, empatiza con él y lo acoge en su corazón. ¿Cómo no iba a ser así si vemos en él a un pobre hombre, marginado, infeliz, que se siente objeto de humillaciones imaginarias, que pasa el tiempo imaginando venganzas que jamás cumplirá, que se siente culpable por idearlas (aunque nunca las lleve a cabo), que lucha contra sus preceptos morales precisamente para librarse de ellos, que si es peligroso lo es principalmente para sí mismo?  

    Pero lo mejor de la novela es, sin duda, la segunda parte. Titulada Acerca de la nieve mojada, no es ya un monólogo interior sino un relato en el tiempo por parte del protagonista. Es como la práctica de la teoría expuesta en la primera parte. La parte del libro que aclara con ejemplos elocuentes los conceptos que quizá quedaron poco claros o incluso confusos en las primeras páginas de la novela. Diez capítulos que explican cómo el protagonista ha llegado a ser una persona tan infeliz y desgraciada y que atan literalmente al lector a las páginas de un libro que ya no puede soltar de la mano hasta su desenlace. Un relato que, dividido en diez capítulos, desarbola la mente de un lector que queda atónito ante los hechos narrados. Y, sobre todo, ante cómo están narrados. Un centenar y pico de páginas de pura literatura. Con mayúsculas. De las mejores que servidor ha leído en bastante tiempo. Que se quedan cortas, muy cortas. Y que nos lanzan una pregunta para reflexionar: ¿cómo de la infelicidad de un ser (en este caso, ficticio) puede llegarse a la felicidad de otros seres (en este caso, los lectores)?

    Porque Memorias del subsuelo es una de esas novelas con las que se sufre y se disfruta. Su sufre ante el dolor y la desgracia de un protagonista que hoy muchos considerarán tóxico. Uno de esos seres de los que los manuales de autoayuda nos dicen que debemos alejarnos lo antes posible. Sin ni siquiera tratar de conocer el porqué de su actitud negativa hacia la vida y el mundo que nos rodea. Se sufre, sí, porque, a pesar de los pesares, todavía existe algo tan importante como la empatía: ponerse en el sitio del otro para intentar entenderle y ayudarle. Y es que en tiempos de conexiones sociales virtuales no estaría de más que tratáramos de volver a conectar como antes, más genuinamente. Con los demás y con nosotros mismos. Y qué decir de otros conceptos como los sentimientos, la compasión y la ayuda mutua. Por ello, y por el placer de la lectura de una obra absolutamente imperdible, Memorias del subsuelo también se disfruta. Y se hace muy corta.

    Por ello, no es de extrañar que esta novela haya influido a tantos autores a través del tiempo. Por su uso del monólogo interior como técnica narrativa: Marcel Proust -En busca del tiempo perdido (1913-27), James Joyce -Ulises (1922)- o Virginia Woolf -Las olas (1931)-. Por su temática (un personaje inadaptado, sea un indolente o un sufridor): Franz Kafka -La metamorfosis (1915)-, Jean Paul Sartre -La náusea (1938)-, Edgar Allan Poe -en diversos relatos-, Albert Camus -El extranjero (1942)-, John Williams -Solo la noche (1948)-, J. D. Salinger -El guardián entre el centeno (1951)- o incluso nuestro querido Luis Landero -Una historia ridícula (2022)-. Influencias lógicas de un autor irrepetible que hubo de vivir una vida tumultuosa: pasó por campos de trabajos forzosos, sufrió epilepsia, sucumbió al juego, padeció problemas financieros y tuvo unas relaciones amorosas turbulentas. Aspectos estos que lógicamente influyeron también en su creación literaria.

    Yo solo he llevado hasta sus últimas consecuencias lo que vosotros no os habéis atrevido a llevar ni siquiera a la mitad, mientras os consoláis, y os engañáis, vendiendo vuestra cobardía por prudencia, escribe el narrador casi al final de sus Memorias. Y es que una cosa es cierta: cualquiera ha de ser muy valiente para escribir un texto así. Y si a esa valentía le sumamos la elocuencia y el genio literario (y hasta filosófico) de Dostoievski a la hora de narrar y explicar sus puntos de vista sobre el alma humana, el mundo y la vida en general el resultado no puede ser otro que una obra maestra. Porque solo en una obra maestra valiente podemos leer algo así: contar en detalle cómo eché a perder mi vida sumiéndola en la corrupción moral, mientras vivía metido en un rincón, malográndola por el aislamiento social, extrañándome de la vida real e imbuyéndome de una vanidosa furia en el subsuelo, no resulta, desde luego, interesante. Las novelas necesitan héroes y aquí se han visto reunidos, a propósito, todos los rasgos de un antihéroe. Y lo peor es que todo esto genera una impresión en grado sumo desagradable, porque todos nos hemos apartado de la vida, todos cojeamos de esa pata, aunque unos más que otros.    


martes, 18 de abril de 2023

Nosotros. Manuel Vilas. Destino. 2023. Reseña

 




    Qué mal visto ha estado siempre el placer, siempre perseguido por todas las civilizaciones, condenado por todas las religiones, y sin embargo protegido por la naturaleza y la vida, cómo explicar semejante hipocresía, reflexiona el narrador de Nosotros en las últimas páginas de la novela ganadora del Premio Nadal 2023. Una novela existencialista desgarradora de principio a fin. Especialmente en sus últimas páginas. Una últimas páginas que, sin embargo, son de una belleza sin igual. Como prácticamente todo lo que lleva escribiendo Manuel Vilas durante estos últimos años de una carrera literaria ya envidiable. Una carrera literaria repleta de historias y personajes en los que dominan la tristeza, la melancolía, la profundidad de las almas humanas y, paradójicamente, también  el placer, la belleza y la alegría de vivir. De estar vivo pese a todo. Como le ocurre a Irene, la mujer de cuarenta y muchos años que protagoniza Nosotros. Un ángel mortal y corriente, de una vulgaridad excepcional, pero que da belleza a este planeta

    Nosotros recorre la vida en común de Irene y su difunto marido Marce. Ambos, junto al característico narrador omnisciente, van desgranando, a tres voces, como los tres tenores, los veinte años de matrimonio de la pareja, así como la vida ya en solitario de la viuda. Una mujer adicta a la intensidad y nada estoica que no entiende la hipocresía a la que hice referencia al inicio de esta reseña, que no reconoce que su marido ha fallecido, que no sabe lo que es la paciencia -que lo que quiere lo quiere ya- y que, caprichosa como la que más, por donde pasa solo busca la belleza, el placer, el reencuentro con su marido a través del sexo con desconocidos y desconocidas. El ejemplo perfecto de la hedonía pura y dura como actitud vital. Una mujer que, cuando no se sale con la suya, puede llegar a ser muy cruel. Capaz de lanzar por la ventana los zapatos de su amante ocasional. O de abofetearlo y humillarlo antes de echarlo de su habitación. Una mujer que puede resultar tan deseable como repulsiva. Una mujer especial. Para lo bueno y para lo malo.

    A lo largo de la historia narrada en la novela Irene mantiene relaciones sexuales con diversos hombres y mujeres. ¿Su finalidad? Al llegar al orgasmo descubre una escalera. Y al final de esta, aparece la figura de su difunto Marce, quien la sonríe y la saluda con la mano, siempre en silencio, durante unos segundos antes de ser consumido por las llamas. Irene, desahogada económicamente, viaja de ciudad en ciudad y de hotel en hotel, siempre de lujo y con ventanas al Mediterráneo -desde Málaga hasta Alguer-, para rememorar momentos vividos junto a su esposo. Compara a sus amantes con él y lo imagina tomando el cuerpo de cada uno de ellos. Goza, los hace gozar, los enamora, los vuelve locos por completo -porque Irene es un seductor bellezón desvergonzado que, por ambos motivos, provoca adicción- y luego huye y los olvida para siempre, sin atender sus numerosos mensajes. A Irene le gusta sentir que sus amantes piensan en abandonar sus vidas, sus mujeres e hijos para irse con ella y comenzar de nuevo. De no huir llegaría a ser, en suma, una mujer peligrosa.

    Irene es de esa clase de mujeres que no dan ninguna importancia al dinero porque lo tienen. Gasta casi compulsivamente -su tarjeta VISA echa humo- y mide a las personas por las marcas de sus relojes. Lo sabe todo sobre los relojes. Los materiales, la fabricación, el funcionamiento, la forma y los costes de cada uno de ellos. Pero, ¿por qué tiene tanto dinero? Pues porque ha vendido un lujoso piso en el centro de Madrid en el que convivió esos veinte años de matrimonio junto a Marce y ha traspasado la tienda de muebles antiguos y de lujo que este regentaba. Así, se dedica a gastar y a buscar a Marce en cada uno de sus amantes. Sin embargo, en su narración encontramos algunas lagunas que nos hacen dudar. ¿Es posible que una tienda de muebles de lujo funcione tan bien como para que el matrimonio viva a cuerpo de rey en plena época de crisis económica y de auge de los muebles baratos de Ikea? ¿Por qué Irene no puede recordar la fecha de la muerte de su esposo? ¿Por qué no encuentra el reloj de lujo que le regaló a su marido?

    Las incongruencias, las lagunas, las incertezas de la narración de la historia por parte de Irene y del narrador omnisciente son tales que en algún momento el lector llega a pensar que Vilas se ha vuelto loco. Que el autor ha escrito la novela tan rápidamente, sin tomar notas, sin orden ni concierto, que ha perdido el hilo de su propia historia. Nada más alejado de la realidad. Las piezas del puzzle caen en su sitio. Y no poco a poco, sino de golpe. Y, entonces, de repente, Vilas ya no parece un loco sino un genio. De un plumazo se ha cargado toda incongruencia, todo desatino, y nos ha dado un golpe de realidad en todo el rostro. Y nos quedamos perplejos, noqueados, sin capacidad de reacción. Y tenemos que dejar el libro por un momento para recobrar el pulso antes de seguir leyendo. Y lo hacemos de forma también compulsiva. Porque, siendo una novela existencialista, Nosotros se convierte también en una especie de novela de intriga que nos deja consternados con un final antológico que en ningún momento podíamos esperar. Que nos deja K.O..

    En todas las novelas de Vilas el componente psicológico, casi filosófico, juega un papel primordial. Quizá en esta más que en ninguna otra. El alma humana se nos muestra tan diseccionada en Nosotros que casi podemos verla, tocarla, olerla. Irene es un personaje de manual. Psicológico, por descontado, y también filosófico -por esa forma de afrontar la vida, de celebrarla, a pesar del sentimiento de soledad que la hace actuar de esa manera tan hedonista, caprichosa, cruel, peligrosa-. Una soledad que va imponiendo su ley, su desgarro, su monstruosidad. Una soledad insoportable, sin duda muy diferente a la que Marce y ella habían elegido durante veinte años de matrimonio, entregados el uno al otro -como si cada día fuera el primero-, aislados de la sociedad, viviendo por completo ajenos a ella. De una sociedad dominada por una televisión que ellos detestaban porque estaba controlada por los seres abominables. Unos seres que querían hacer que todos vivieran la vida de la misma manera. Algo que puede entroncar también a la novela con la rebeldía propia de las historias más utópicas. Incluso distópicas, si me apuran.

    Pero, sin duda, la gran característica que rige todas las obras de Vilas es la poesía. También sus obras de narrativa. Y Nosotros no podía ser la excepción. Un nosotros referido a Irene y Marce, los grandes protagonistas de la historia. Un nosotros sustentado en uno de los sonetos más celebrados de la historia de las letras castellanas, Amor constante, más allá de la muerte, de Francisco de Quevedo. Un poema-declaración de amor en toda regla, en el que el autor anuncia a su amada que, aunque muera, él continuará amándola. Dios salve a Quevedo, afirma Irene en un momento de la narración. La novela entera no solo justifica la referida poesía, sino que la explica de manera clara. En muchas de sus páginas aparecen referencias y transcripciones de los versos que componen el soneto. De tal forma que, una vez explicada con tanta exhaustividad, la poesía se entiende mucho, muchísimo mejor. Irene la hace suya, la considera mágica, casi sobrehumana. Porque le sirve para seguir viendo a Marce, su querido Marce.              

     Odiosa y adorable, Irene nos descoloca, nos irrita, nos indigna, nos produce rechazo y repulsa, pero también nos enamora, nos seduce, nos pone -el erotismo es otra de las características de la literatura de Vilas-. Mujer irresistible para quien la conoce -sea hombre o mujer-, no sabe lo que son la paciencia ni el estoicismo. Sin embargo, nadie ha de explicarle qué son la naturaleza, la vida, lo salvaje, lo bárbaro. Vive a su manera, busca el placer y, en realidad, no hace daño a nadie más que a sí misma. Un personaje que no deja a nadie indiferente. Un personaje para la historia de la literatura contemporánea española. ¿Y Vilas? Pues uno de los mejores escritores españoles actuales. Un autor del que, como se suele decir, apetece leer hasta su lista de la compra. Un autor que parecía haber alcanzado su techo con las magníficas Ordesa y Alegría, pero que con Los besos y Nosotros se ha superado. ¿Nos saludará con el brazo, en silencio, como Marce, antes de ser devorado por las llamas cuando llegue al último peldaño de la escalera, a la cima de su literatura? Esperemos que no. No seamos tan crueles como Irene. Lo que sí quiero es aprovechar esta última línea para declararle, al más puro estilo de Quevedo, mi amor eterno a su obra.


jueves, 15 de septiembre de 2016

El hombre en busca de sentido. Viktor E. Frankl. Herder. Reseña


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     La logoterapia es la tercera escuela vienesa de psicoterapia, tras el psicoanálisis de Sigmund Freud y la psicología individual de Alfred Adler. Desarrollada por el neurólogo y psiquiatra Viktor E. Frankl, este nuevo tipo de psicoterapia se centró en una voluntad de sentido, en oposición a la voluntad de poder de Adler y a la voluntad de placer de Freud. La logoterapia trató de buscar un sentido a la vida de las personas y para ello se basó en tres supuestos filosóficos fundamentales: la libertad de voluntad (antropología: explica que todo hombre es capaz de tomar sus propias decisiones, lo cual lo hace libre para escoger su propio destino y no convertirse en un títere del mismo), la voluntad de sentido (psicoterapia: busca el componente interior humano, que lo aleja del reino animal y vegetal) y el sentido de vida (filosofía: factor que no se pierde pero que puede escapar de la comprensión humana).

     El término fue usado por primera vez por Frankl en 1938, aunque no se desarrolló definitivamente hasta después de la II Guerra Mundial. La concepción final de la logoterapia se vio marcada por la larga estancia de su fundador en diversos campos de concentración nazis. Por supuesto, las diferentes maneras de actuar de sus compañeros de barracones determinaron el desarrollo de la psicoterapia. El hombre en busca de sentido, el ensayo que nos ocupa, nació de esa estadía personal de su autor en los infames campos.

     Considerado uno de los diez libros más influyentes en Estados Unidos, relata vivencias personales y la historia diaria de un campo de concentración vista desde dentro. El texto se divide en tres partes: internamiento en el campo, la vida en el campo y la vida tras la liberación. En la primera de ellas destaca el estado de shock de los recién detenidos y trasladados. La llegada de los vagones a Auschwitz deja a todos atónitos ante lo que a esas alturas ya se había escuchado sobre aquel lugar. La única posesión humana a partir de ese momento es la desnudez.

     La frase central de esta primera parte la toma Frankl de Nietzsche: quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo. Las creencias religiosas, el amor hacia uno o varios seres queridos y el sufrimiento como forma de supervivencia son aspectos claves para seguir adelante en un entorno tan dramático. La apatía como forma de autodefensa para huir de la cruel realidad es otra de las premisas para lograr seguir con vida. Frankl analiza los sueños de los presos, su desnutrición, su falta de apetito sexual y la carencia de valores humanos.

     La segunda parte trata la añoranza sin límites de la familia y la casa, la repugnancia ante todo lo que a uno lo rodea (hielo, fango, excrementos y hasta cadáveres) y la desvalorización de absolutamente todo lo que no tuviera que ver con la mera supervivencia individual. Curiosamente, afirma Frankl que quienes alcanzaron un mayor desarrollo de los planos espiritual y religioso resistieron mejor en el campo, al conseguir aislarse del entorno y refugiarse en su vida anterior, más plena desde el punto de vista intelectual e interior. De ahí que el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. 

     El aprecio de la belleza o del arte, el sentido del humor, la añoranza de la intimidad y la soledad y el crecimiento de la irritabilidad y el recurso a la violencia son otros aspectos que deben ser tenidos en cuenta entre los presos. El autor cita a Dostoievski (solo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos) al hacer referencia al punto que hace al hombre un ser libre que elige su destino hasta las últimas consecuencias. Y es que hasta en un campo de concentración puede un hombre mantener su dignidad, sus valores y su generosidad. En este sentido, la fe en el futuro era básica. Así, sin fe no hay futuro posible que no sea la muerte. Incluso las lágrimas no deben avergonzar a los presos, pues testifican su valentía y su valor para sufrir.

     La tercera parte, la que se ocupa de la vida tras la liberación, es la más conmovedora del texto en mi opinión. Lejos de volverse locos de alegría, los presos se despersonalizaban tras relajar la enorme tensión acumulada durante tanto tiempo. Todo les parecía irreal, una ensoñación de la que serían cruelmente despertados en cualquier momento. Incluso, fueron bastantes los que buscaron sacar fuera de sí la violencia tan largamente reprimida, optando por una forma de vida fuera de la legalidad. Frankl habla de deformidad moral, amargura y desilusión. Sobre todo en quienes habían encontrado en sus mujeres e hijos el sentido de su existencia y conocieron la noticia de que estos habían muerto tiempo atrás. Así, el hombre que durante años había creído alcanzar el límite absoluto del sufrimiento humano se encontraba ahora en que este no tiene límites. 

     La conclusión de este ensayo es que la experiencia final de un hombre que vuelve a su hogar es la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su Dios y que a un hombre le pueden robar todo menos una cosa, la última de las libertades del ser humano: la elección de su propia actitud ante cualquier tipo de circunstancias, la elección del propio camino. 
                      

lunes, 2 de febrero de 2015

Opiniones de un payaso. Heinrich Böll. Seix Barral. 2000. Reseña





     Heinrich Böll, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1972 por, según la Academia Sueca, contribuir a la renovación de la literatura alemana por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización, fue el máximo exponente de lo que se conoció en la Alemania de su tiempo, en plena posguerra, como literatura de escombros. Böll nació en 1917, cuando la Gran Guerra giró de curso gracias a la retirada del conflicto del imperio soviético y la entrada en el mismo de los USA. Vivió las posguerras de las dos grandes conflagraciones mundiales y retrató la situación en que quedó Alemania tras el desmoronamiento del III Reich.

     En 1963 escribió Opiniones de un payaso, novela escrita en primera persona que analiza el estado de una Alemania dividida por el muro de Berlín y en plena Guerra Fría. El narrador de la historia es Hans Schnier, un payaso de solo 29 años que, pese a su edad, vive en una penumbra que se antoja definitiva. Ateo empedernido, siente que la felicidad le ha sido vetada por completo por tres hechos diferentes pero coincidentes en el tiempo que amenazan con acabar con él para siempre: su abandono por parte de Marie, su compañera sentimental desde la adolescencia, para casarse con un católico; su ruina física y económica; y las críticas de los más conocidos críticos artísticos, que le dan prácticamente por acabado.

     Schnier llega a su piso de Bonn en plena crisis personal y se refugia en su piso, desde donde analiza su delicada situación y busca posibles alternativas: pedir dinero a su familia o a alguna de sus amistades y preparar la revancha, incluso en forma de asesinato, respecto a quienes le han traicionado. Böll, católico declarado, realiza, en boca del payaso, una exacerbada crítica de la sociedad alemana de posguerra, sobre todo en el tema religioso, donde no deja títere con cabeza. Ni en el bando protestante ni en el católico. Además, el autor hace varios guiños al dialecto renano en comparación con el alemán.

     Böll y Schnier se unen en las páginas del libro para criticar la hipocresía de una Alemania que afirma arrepentirse del nazismo y de unos demócrata-cristianos que buscan la fórmula perfecta para conservar una importante parcela en el poder político del país germano. Aunque, en mi opinión, lo verdaderamente importante en la novela es la afirmación de que el mundo de la política sí se inmiscuye en la vida personal de los ciudadanos. Un payaso que solo quiere ensayar y trabajar y ser amado por su esposa - porque, pese a no estar casados, la considera como tal - habrá de rendirse a la evidencia de que todo aquello que sucede a su alrededor - política, economía y sociedad - le aboca a cambiar sus números cómicos para no ofender a nadie. Y, además, verá cómo su compañera cede a las presiones de un grupo de activistas católicos y acaba dejándolo por uno de sus más afamados miembros.

     Parte importante de esa crítica a la doctrina católica imperante es el tema de la concupiscencia carnal. Böll critica la manera en que los católicos vulgarizan el instinto sexual hasta llegar a sublimarlo, impidiendo que las personas vivan el sexo como algo normal e inherente al género humano. Se refiere a la cuestión como hacer la cosa, hasta ridiculizar la hipocresía demo-cristiana. La elección de un payaso como protagonista le da a la obra un mayor dramatismo. Porque, ¿qué puede haber peor que un payaso desencantado que ha perdido la sonrisa con que hacer feliz a la gente?

     Sin duda, el objetivo de Böll al escribir Opiniones de un payaso fue devolver al catolicismo la conciencia de su espiritualidad y de sus deberes con las personas. Y, viendo el notable éxito y las ventas del libro en la época en que fue publicado, cabe pensar que sus demandas eran compartidas por millones de alemanes que vieron en esta historia una manera perfecta de hacer reflexionar seriamente a la sociedad alemana sobre el camino a seguir en la reconstrucción nacional. Y todo ello lo consigue Böll mediante una ironía capaz de conmover y hacer carcajear a la vez.

     El ejemplo de cómo estaba la Alemania de la posguerra lo tenemos en el círculo del propio Schnier. El payaso tiene un hermano seminarista, una hermana muerta en la II Guerra Mundial, una madre rígida e inmóvil, un padre prácticamente ausente, una ex-mujer convertida al catolicismo más bárbaro y un agente artístico que parece ajeno a la realidad de su representado. Su vida, como la de Alemania en general, se caracteriza por la división, la hipocresía, el arrepentimiento, la culpa y la lucha por mantener el poder a toda costa.

     Con todo, lo que más me ha llamado la atención de esta novela es la evolución del propio protagonista. Comienza clamando venganza contra las traiciones recibidas y pensando en pedir dinero a sus conocidos para poder salir adelante. Más tarde, sintiéndose incapaz de sobrevivir y viendo que nadie está realmente dispuesto a ayudarle, llega a verse en el espejo como un futuro suicida. Y, finalmente, decide tomar las riendas de lo que le queda de su vida y hace lo único que en verdad puede y debe hacer para salir del embrollo en que está metido: tira de sus propios recursos y comienza a actuar a las puertas de la estación de tren de Bonn. Un bonito final en el que la esperanza de un futuro todavía posible hace ver algo de luz al final de un túnel realmente muy sombrío.