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jueves, 23 de abril de 2026

Memorias del subsuelo. Fiodor Dostoievski. Arpa Editores. 2026. Reseña.

 




    Arpa Editores cumple una década desde que fuera fundada por Joaquín y Álvaro Palau. Dedicada a los clásicos y otras obras de divulgación -ciencia, historia, psicología, política, filosofía, etc-, celebra estos diez años como editorial publicando Memorias del subsuelo, una de las obras más conocidas de Fiodor Dostoievski. Una obra filosófica considerada como la primera gran novela existencialista y que aborda con crudeza y detalle la conciencia humana y sus contradicciones. Una novela que, más que nunca, conviene estudiar en relación a la situación de su autor en el momento de su escritura (1864). Porque refleja con claridad sus trastornos emocionales a raíz de perder a su mujer y a su hermano y los problemas derivados de la clausura de sus revistas por parte de las autoridades, de sus enfermedades y de sus adicciones al juego (de los que nos hablaría posteriormente en El jugador, también reseñada en este blog), que le acarrearon durante años graves problemas financieros.

    Soy un hombre enfermo... Soy un hombre lleno de rabia. Así comienza su narración el protagonista de Memorias del subsuelo. Quizá el primer protagonista inadaptado de la historia de la literatura. El primer sufridor, el primer ser atrapado por la angustia de una existencia a la que no ve sentido, el primer hombre a la vez sincero y honesto pero también perturbador y fascinante debido a su lucidez. Porque nuestro protagonista podrá estar desquiciado y al borde de la locura, pero lo que no se le puede echar en cara es su elocuencia y claridad a la hora de narrarnos su descenso a las entrañas de la conciencia humana. Una conciencia que lo lleva a no aceptar una realidad que le resulta insoportable. Que lo hace sufrir y rabiar, que lo induce a criticarlo todo -incluso a sí mismo- y que lo anima a batallar contra el mundo entero reflexionando sobre temas como la libertad, el deseo de autodestrucción, el placer del sufrimiento y la imposibilidad de ser uno mismo. 

    Memorias del subsuelo se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera, El subsuelo, que consta de once capítulos, es en realidad un monólogo interior del protagonista. Un monólogo dirigido a un público inexistente en que se presenta como un hombre miserable, frustrado, contradictorio, enfermizo y muy excitable. Todo ello, contado mediante una elocuencia que hechiza al lector. Un lector que, a pesar de estar leyendo las confesiones de un ser que se auto presenta como repulsivo, empatiza con él y lo acoge en su corazón. ¿Cómo no iba a ser así si vemos en él a un pobre hombre, marginado, infeliz, que se siente objeto de humillaciones imaginarias, que pasa el tiempo imaginando venganzas que jamás cumplirá, que se siente culpable por idearlas (aunque nunca las lleve a cabo), que lucha contra sus preceptos morales precisamente para librarse de ellos, que si es peligroso lo es principalmente para sí mismo?  

    Pero lo mejor de la novela es, sin duda, la segunda parte. Titulada Acerca de la nieve mojada, no es ya un monólogo interior sino un relato en el tiempo por parte del protagonista. Es como la práctica de la teoría expuesta en la primera parte. La parte del libro que aclara con ejemplos elocuentes los conceptos que quizá quedaron poco claros o incluso confusos en las primeras páginas de la novela. Diez capítulos que explican cómo el protagonista ha llegado a ser una persona tan infeliz y desgraciada y que atan literalmente al lector a las páginas de un libro que ya no puede soltar de la mano hasta su desenlace. Un relato que, dividido en diez capítulos, desarbola la mente de un lector que queda atónito ante los hechos narrados. Y, sobre todo, ante cómo están narrados. Un centenar y pico de páginas de pura literatura. Con mayúsculas. De las mejores que servidor ha leído en bastante tiempo. Que se quedan cortas, muy cortas. Y que nos lanzan una pregunta para reflexionar: ¿cómo de la infelicidad de un ser (en este caso, ficticio) puede llegarse a la felicidad de otros seres (en este caso, los lectores)?

    Porque Memorias del subsuelo es una de esas novelas con las que se sufre y se disfruta. Su sufre ante el dolor y la desgracia de un protagonista que hoy muchos considerarán tóxico. Uno de esos seres de los que los manuales de autoayuda nos dicen que debemos alejarnos lo antes posible. Sin ni siquiera tratar de conocer el porqué de su actitud negativa hacia la vida y el mundo que nos rodea. Se sufre, sí, porque, a pesar de los pesares, todavía existe algo tan importante como la empatía: ponerse en el sitio del otro para intentar entenderle y ayudarle. Y es que en tiempos de conexiones sociales virtuales no estaría de más que tratáramos de volver a conectar como antes, más genuinamente. Con los demás y con nosotros mismos. Y qué decir de otros conceptos como los sentimientos, la compasión y la ayuda mutua. Por ello, y por el placer de la lectura de una obra absolutamente imperdible, Memorias del subsuelo también se disfruta. Y se hace muy corta.

    Por ello, no es de extrañar que esta novela haya influido a tantos autores a través del tiempo. Por su uso del monólogo interior como técnica narrativa: Marcel Proust -En busca del tiempo perdido (1913-27), James Joyce -Ulises (1922)- o Virginia Woolf -Las olas (1931)-. Por su temática (un personaje inadaptado, sea un indolente o un sufridor): Franz Kafka -La metamorfosis (1915)-, Jean Paul Sartre -La náusea (1938)-, Edgar Allan Poe -en diversos relatos-, Albert Camus -El extranjero (1942)-, John Williams -Solo la noche (1948)-, J. D. Salinger -El guardián entre el centeno (1951)- o incluso nuestro querido Luis Landero -Una historia ridícula (2022)-. Influencias lógicas de un autor irrepetible que hubo de vivir una vida tumultuosa: pasó por campos de trabajos forzosos, sufrió epilepsia, sucumbió al juego, padeció problemas financieros y tuvo unas relaciones amorosas turbulentas. Aspectos estos que lógicamente influyeron también en su creación literaria.

    Yo solo he llevado hasta sus últimas consecuencias lo que vosotros no os habéis atrevido a llevar ni siquiera a la mitad, mientras os consoláis, y os engañáis, vendiendo vuestra cobardía por prudencia, escribe el narrador casi al final de sus Memorias. Y es que una cosa es cierta: cualquiera ha de ser muy valiente para escribir un texto así. Y si a esa valentía le sumamos la elocuencia y el genio literario (y hasta filosófico) de Dostoievski a la hora de narrar y explicar sus puntos de vista sobre el alma humana, el mundo y la vida en general el resultado no puede ser otro que una obra maestra. Porque solo en una obra maestra valiente podemos leer algo así: contar en detalle cómo eché a perder mi vida sumiéndola en la corrupción moral, mientras vivía metido en un rincón, malográndola por el aislamiento social, extrañándome de la vida real e imbuyéndome de una vanidosa furia en el subsuelo, no resulta, desde luego, interesante. Las novelas necesitan héroes y aquí se han visto reunidos, a propósito, todos los rasgos de un antihéroe. Y lo peor es que todo esto genera una impresión en grado sumo desagradable, porque todos nos hemos apartado de la vida, todos cojeamos de esa pata, aunque unos más que otros.