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jueves, 1 de mayo de 2025

La edad de hierro. J. M. Coetzee. Mondadori. 2002. Reseña

 




    Escrita y publicada originariamente en 1990, La edad de hierro llegó a nuestro país en 2002 de la mano de Mondadori. Un año después, la obra fue galardonada con el Premi Llibreter de narrativa, otorgado por las librerías de Cataluña. Ese mismo año el escritor J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) recibió también el Premio Nobel de Literatura por la brillantez a la hora de analizar la sociedad sudafricana. Antes ya habían llegado a las librerías otras grandes novelas. Como Desgracia (1999), también reseñada en este mismo blog. Licenciado en Matemáticas, se trasladó a Londres, donde trabajó como programador informático. Esta etapa la reflejó en su novela Juventud (2002). También trabajó en varias universidades estadounidenses antes de regresar a Sudáfrica en los ochenta. Allí ejerció la docencia durante casi veinte años. Desde 2002 reside en Adelaida (Australia) y desde 2006 tiene la nacionalidad australiana. 

    La señora Curren es una mujer mayor que ya solo espera la muerte. Divorciada hace muchísimos años y enferma terminal de un cáncer de huesos que pronto acabará con ella, en sus numerosos ratos libres escribe una larga carta -toda la novela, que abarca los años 1986-9- a su única hija, que vive a veinte mil kilómetros. Una hija que llegó hace ya años a EE. UU., donde reside junto a su esposo e hijos, huyendo de una Sudáfrica en la que el apartheid -sistema de segregación racial que imperó entre 1948 y 1991- causaba estragos en una sociedad opresiva, inquietante e impredecible que vivía al borde de una guerra civil. La misma Sudáfrica que mantenía encarcelado a Nelson Mandela. La que mataba indiscriminadamente a la población de color sin causas justificadas. La que nos contaron y cantaron de forma tan magistral los añorados Johnny Clegg & Savuka en sus discos Shadow man (1988) y Cruel, crazy and beautiful world (1990), en canciones tan fantásticas como Asimbonanga, Dela, African shadow man y la propia Cruel, crazy and beautiful world.

    Una Sudáfrica en la que, como escribe en su carta la señora Curren, los afrikaans, ministers y onderministers hacían anuncios oficiales a la nación. Unos anuncios de ritmos lentos y truculentos, con finales mortecinos. Una Sudáfrica de vergüenza en la que abrir un periódico, encender la televisión, es como arrodillarse y que te orinen encima. Arrodillarse debajo de ellos: debajo de sus barrigas rollizas y sus vejigas atiborradas. Vuestros días están contados, solía decirles en susurros, en una época, a esos mismos que ahora me van a sobrevivir. Una Sudáfrica en la que el blanco echa la culpa de todo a los negros. Y en la que los negros se la echan a los blancos. Una Sudáfrica en la que imperan el odio, la barbarie y la sed de venganza. En la que los chicos de color han abandonado una escuela a la que solo regresan para prenderle fuego. Porque la escuela ya no sirve para nada y solo representa el símbolo de la opresión del hombre negro a manos del blanco.

    Una Sudáfrica en la que los niños se convierten en guerreros de una guerra sin cuartel, sin límites. Una guerra de la que mantenerse alejado. Algo que, a la postre, resulta imposible. Como constatan estas frases de la señora Curren: Y el día que crezcan, ¿crees que dejarán de ser crueles? ¿En qué clase de padres se convertirán? Pegan a un hombre y le dan patadas porque bebe. Incendian a la gente y se ríen mientras muere quemada. ¿Cómo van a tratar a sus hijos? ¿Qué amor van a ser capaces de dar? El corazón se les está volviendo de piedra ante nuestros ojos, ¿y qué dices tú? Dices: Este no es mi hijo, es el hijo del hombre blanco, es el monstruo que ha creado el hombre blanco. ¿Eso es lo único que sabes decir? ¿Vas a echarle la culpa a los blancos y volver la espalda? La destinataria de estas preguntas y afirmaciones es Florence, la mujer que la asiste en su casa. El de las patadas y golpes, el señor Vercueil, un vagabundo alcohólico que vive en su jardín.

    Florence tiene tres hijos. El mayor, Bheki, es apenas un adolescente de quince años que quema escuelas y ya empuña armas. Las pequeñas, Hope y Beauty, son unas niñas que tienen toda la vida por delante. Bheki se junta con otros jóvenes, como John, que buscan liberar del hombre blanco a los negros. Y si no, matar a todos los que puedan. Niños y adolescentes que se embarcan en una espiral de odio, armas, sangre y muerte de la que, una vez dentro, no pueden salir. El señor Thabane, un antiguo profesor que ahora se gana la vida como zapatero, trata de reunirlos para que no hagan la guerra por su cuenta. Algo que cada vez es más difícil. Sudáfrica es un caos. Un caos con muchas Florence. Unas Florence que afirman que son unos buenos chicos, son como el hierro, estamos orgullosos de ellos. Afirmación tras lo cual la señora Curren reflexiona: Florence también es un poco de hierro. Es la edad de hierro. Una matrona espartana, con el corazón de hierro, criando hijos guerreros para el país. Estamos orgullosos de ellos. Estamos. Vuelve a casa con tu escudo o vuelve encima de tu escudo.

    El señor Vercueil es un discapacitado que perdió tres de sus dedos de una mano en un accidente ocurrido en un barco en el que trabajaba como marinero. Gasta casi toda su exigua paga en alcohol y malvive en bancos, jardines y parkings. Un día se instala en el jardín de la señora Curren. Recibe una paliza a manos de Bheki y John y la señora Curren sale en su defensa. Su relación se va estrechando de forma progresiva. Una relación extraña entre dos seres que nada tienen en común: entre una profesora de latín jubilada y un hombre de la calle. El señor Vercueil puede seguir viviendo en el jardín. Incluso puede entrar en la casa si llueve o hace mal tiempo. A cambio, su anfitriona solo le pide un favor: cuando ella muera, él se encargará de ir a la oficina postal y enviar a EE. UU. la carta que ella va escribiendo día a día. Una carta en la que cuenta toda la verdad. Una verdad que su hija desconoce por completo. Una hija que vive ajena al dolor que sufre una madre que está muriendo en silencio en medio del horror que destruye su país día a día.

    La vida diaria de la señora Curren se debate, durante los tres años que narra su carta, entre los enfrentamientos dialécticos con el señor Thabane por un lado y, por otro, con Florence y los niños sin miedo, como denomina a esos adolescentes guerreros; la intimidad, la confianza y la lealtad crecientes entre ella y el señor Vercueil, quienes se van descubriendo y abriendo poco a poco; la constante búsqueda de nuevas pastillas que  alivien al menos su dolor; las confesiones que realiza a su hija desde la distancia a través de su extenso escrito, que se convierte a la vez en un diario personal y materno-filial, una crónica de un tiempo y una despedida de su hija; los sueños recurrentes en los pocos espacios en los que el dolor la deja dormir y descansar; y el enfrentamiento a una policía que registra su casa y le incauta libros y documentos, buscando una conexión entre ella y los jóvenes rebeldes. Unos jóvenes rebeldes que, paradójicamente, tenían como uno de sus referentes a un cantante mexicano-estadounidense desconocido en sus lugares de origen (México) y residencia (Detroit). 

    Un tal Sixto Rodríguez, autor de dos discos maravillosos -Cold fact (1970) y Coming from reality (1971)-, que hoy en día ya es conocido gracias al magnífico documental Searching for sugar manYa ven: como tantas veces, la música y la literatura -en este caso, Johnny Clegg, Savuka, Sixto Rodríguez y el propio Coetzee- pueden darse la mano para explicar la realidad de nuestro mundo. Un mundo que a menudo se puede tornar en un infierno pero que, sin embargo, merece ser vivido y disfrutado hasta sus últimas consecuencias. Tal y como hace la señora Curren, una valiente luchadora que vive llamando a las cosas por su nombre y que prefiere morir en su casa, en pleno uso de su libertad, contradiciendo las recomendaciones de su doctor, antes que hacerlo en una desangelada cama de hospital. Todo un ejemplo de vida. Y también de muerte. Como Desgracia, La edad de hierro es otra gran novela de Coetzee.                             


jueves, 11 de mayo de 2017

El monarca de las sombras. Javier Cercas. Random House. 2017. Reseña





     Que la literatura tiene un amplio componente catártico y purgativo queda de manifiesto en multitud de obras a lo largo de la historia. El monarca de las sombras, de Javier Cercas, vuelve a ponerlo de manifiesto. Pese a oponerse constantemente a escribir este libro, finalmente, quince años después de publicar su más famosa novela, Soldados de Salamina, el escritor extremeño-barcelonés retorna a la Guerra Civil para cerrar el círculo abierto con aquella. Y, además, hasta cambia de bando. Para rendir cuentas con su pasado familiar y poner de una vez por todas las cosas en su sitio. Para contar lo que durante buena parte de su vida lo había avergonzado. Para reconciliarse consigo mismo y con sus propios fantasmas. Para redimirse.

     El propósito inicial de Cercas era contar la verdadera historia de su tío abuelo materno Manuel Mena, alférez del Primer Tabor de Tiradores de Ifni, quien en 1936 decidió enrolarse en el ejército franquista para luchar contra los republicanos, falleciendo dos años más tarde en la toma de una cima en Bot, en plena batalla del Ebro. Héroe en el pueblo natal de la familia de Cercas, Ibahernando (Extremadura), donde incluso una calle lleva su nombre, murió con tan solo diecinueve años de edad, con toda la vida por delante. Convertido de inmediato en héroe por morir por España y por la patria, el tío de la madre de Cercas fue durante toda la vida del escritor un motivo más de vergüenza que de idolatría.

     Sin embargo, el libro que finalmente decidió escribir se convirtió al fin en una especie de crónica familiar. Porque, en torno a la historia central su tío abuelo, Javier Cercas reconstruye la historia completa de todos los componentes de su familia a lo largo de los últimos ochenta años. La idea de que no morimos sino que permanecemos dentro de quienes nos sobreviven, de la misma forma que nuestros ancestros permanecen también dentro de nosotros, lo llevó a ampliar la narración no solo a sus familiares sino a los recuerdos de los vecinos de Ibahernando que todavía permanecen vivos en la actualidad. Así, la novela, o crónica, sirve perfectamente como estudio sociológico, justificativo y explicativo de los preámbulos, desarrollo y consecuencias de la Guerra Civil en la Extremadura profunda.

     La lectura del texto resulta muy amena durante casi toda la obra, salvo cuando se entretiene --quizá en demasía-- en detalles como las maniobras militares y las tácticas de los respectivos contendientes, ralentizando la acción y provocando cierta monotonía. Algo que, evidentemente, no compartirá jamás cualquier entendido en las referidas materias, el cual probablemente habrá disfrutado más estas partes de la crónica que las demás. Como siempre, es imposible contentar a todos los lectores. Por eso, el escritor es el que debe de escribir la obra que quiere o considera más oportuna, sin detenerse a pensar excesivamente en demás detalles. Todos los componentes de la familia de Cercas son personajes de la historia, incluido el propio autor, quien habla de sí mismo también en tercera persona. Como buscando cierta distancia. Como no queriendo restar protagonismo a los demás personajes.

     Haciendo bueno aquello de que los escritores no pueden dejar de lado el hecho de ser personas con diversos bagajes culturales, en El monarca de las sombras encontramos referencias culturales de todo tipo. Así, aparecen en la narración el director de cine David Trueba --no creo que sea descabellado afirmar, a tenor de lo leído, que esta novela no existiría de no haber existido la amistad entre el director (que en su día ya adaptó al cine Soldados de Salamina) y el escritor--; el periodista Ernest Folch; muchas referencias a Aquiles y Ulises, a La Ilíada y La Odisea --no deseo hacer spoiler, pero sí avisar al lector de que el título del libro proviene de estos personajes y de estas obras--; el escritor serbio Danilo Kis (autor de Es glorioso morir por la patria); la obra El desierto de los tártaros, del escritor italiano Dino Buzzati; o la filósofa alemana de origen judío Hannah Arendt.

     El monarca de las sombras no busca juzgar a nadie, sino exponer los hechos tal y como sucedieron. O tal y como se cree que sucedieron. Porque los testimonios orales y las fuentes documentales no siempre son cien por cien fiables. Y ejemplos de ello tenemos también en la crónica que nos ocupa. Pese a que el propio Cercas afirma que su tío abuelo peleó por una causa injusta y murió en el lado equivocado, lo cual le instó durante años a no investigar al héroe oficial de su familia --y de su pueblo natal--, finalmente se vio obligado a hacerlo por una serie de acontecimientos que no deben desvelarse en una reseña, decidiendo hacerse cargo del pasado, por incómodo que este le resultase. El resultado es un texto de exploración, personal y colectiva, local y universal, que nos hace plantearnos diversas cuestiones de gran hondura.

     Pensé que hay mil formas de contar una historia, pero solo una buena, y vi o creí ver, con una claridad de mediodía sin sombra de nubes, cuál era la forma de contar la historia de Manuel Mena... Debía desdoblarme: debía contar por un lado una historia, la historia de Manuel Mena, y contarla igual que la contaría un historiador, con el desapego y la distancia y el escrúpulo de veracidad de un historiador, atendiéndome a los hechos estrictos y desdeñando la leyenda y el fantaseo y la libertad del literato, como si yo no fuese quien soy sino otra persona; y, por otro lado, debía contar no una historia sino la historia de una historia, es decir, la historia de cómo y por qué llegué a contar la historia de Manuel Mena a pesar de que no quería contarla ni asumirla ni airearla, a pesar de que durante toda mi vida creí haberme hecho escritor precisamente para no escribir la historia de Manuel Mena.

     El extracto del párrafo anterior constituye la justificación de la novela. Una justificación que habla de la integridad, la dignidad y la honestidad de su autor. Porque para una persona de izquierdas, como el propio Cercas se define, no debe de ser algo nada cómodo asumir que el héroe familiar era falangista y franquista. Y vencer las reticencias hasta el extremo de escribir sobre su historia es digno de elogio. Soldados de Salamina fue, según el propio autor, una manera de reconciliarse con sus ideales, dejando de lado el pavoroso pasado familiar. Sin duda, con El monarca de las sombras cierra el círculo abierto hace quince años. Y lo hace, valga la redundancia, de forma redonda. Demostrando que juzgar muchos años después los hechos y las acciones del pasado es demasiado fácil. Pero que en ocasiones uno se equivoca o es engañado, creando el mal cuando quería hacer el bien. Porque de humano es errar. Y quien esté libre de pecado...         

              

lunes, 21 de marzo de 2011

Mi humilde visión de lo que está ocurriendo en Libia


     Ocho años después, y seguimos en las mismas. España entra en una guerra injusta impuesta por los EE.UU.. Evidentemente, muchas cosas han cambiado...pero para llegar de nuevo al punto de partida. En 2003 Bush, republicano, convenció a Aznar, del PP, para invadir Irak con el pretexto de impedir a Saddam Hussein que utilizase unas armas de destrucción masiva que no existían. En 2011 Obama, demócrata, ha hecho lo mismo con Zapatero, del PSOE, para impedir un genocidio en Libia. Qué coincidencia: los mismos signos políticos en ambos casos: derechas en 2003 e izquierdas en 2011. En ambos casos, partiendo de pretextos diferentes, se llega a un mismo interés común: el petróleo. Porque la pela es la pela. Y de eso los políticos entienden, y mucho.

     España está interviniendo militarmente en Libia junto a EE. UU., Gran Bretaña, Francia y el resto de salvadores de la libertad y la democracia mundiales. En teoría, dicen, buscan acabar con un dictador que está masacrando a la población civil de su país. Porque Gadafi ahora es el malo de la película. Eso interesa. Después de 43 años en el poder y de relaciones "comerciales" con Occidente, intercambiando petróleo por armamento (el mismo, por cierto, con el que dicen ahora que está aniquilando a sus propios paisanos, ¡fíjate tú!), la situación ha cambiado. ¿Qué más dará que en estos 43 años haya asesinado, hecho desaparecer y detenido injustamente a sus compatriotas? Qué más dará que haya promovido atentados terroristas en el extranjero o que haya sufragado a las guerrilas de media África, con Sierra Leona o Liberia a la cabeza, solo por poner un par de ejemplos? Todo eso tiene disculpa, ¿verdad? Aunque lo haya hecho con ayuda de Occidente en forma de armas y de mirar para otro lado... Todo eso daba igual, hasta ahora. El quince por cien del petróleo que importa España proviene de Libia, uno de los países que más armamento compra, a su vez, al gobierno español. ¡Qué curioso, verdad!   

     ¿A quién está masacrando Gadafi? A los civiles, dicen desde Occidente. En realidad, se refieren al grupo rebelde de Bengasi, milicianos que disponen de carros de combate y antiaéreos capaces de derribar aviones. Sin duda, nada que se pueda comparar a los rebeldes pacíficos que consiguieron los triunfos revolucionarios de Egipto o de Túnez hace un mes escaso solo manifestándose. ¿Quiénes son estos rebeldes "civiles" en realidad? En este artículo de Ramón Lobo en el blog del diario "EL PAÍS" queda claro. Se trata de una lectura muy recomendable. Pero para quien no tenga ganas o tiempo de leer mucho más aparte de este artículo se lo puedo resumir fácilmente: son uno de los contingentes más numerosos que se ofrecieron voluntarios para invadir Irak hace ocho años. Y además, antigadafistas. Es decir, que se les debía una, para entendernos.
    
     De todo ello podemos afirmar de forma categórica que lo que está pasando en Libia no es una revuelta islámica más, como parecía en un principio, sino una guerra civil en toda regla entre los partidarios de Gadafi y los opositores de su régimen. Los aliados occidentales intervienen allí cumpliendo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, algo que los que apoyan la intervención en Libia tratan de enarbolar como una bandera de justificación que suponga una diferenciación bien clara respecto a lo ocurrido en Irak hace ocho años, cuando se invadió aquel país sin el apoyo de esta lúgubre institución internacional. Como si la ONU no estuviera desligitimada y falta de sentido por estar, precisamente, en manos de EE. UU. y sus países amiguetes.

     ¿A esos civiles armados hasta las cejas es a quienes pretende salvar la coalición democrática occidental? Desde Libia, Leonor Massanet, una psicóloga y farmacéutica española residente allí, nos está contando estos días una realidad bien distinta a la que nos están mostrando-bombardeando desde el gobierno y los medios de comunicación de este país. Su blog personal es altamente recomendable en un momento como este.

     Gobierno y medios de comunicación están "vendiéndonos la moto" una vez más, como ya pasara en 2003 durante la guerra de Irak. Gadafi, evidentemente, es un dictador aniquilador de su país. Pero también hay dos verdades igual de ciertas: ha contado con el beneplácito internacional durante estos 43 años y los rebeldes tampoco son santos precisamente. Y lo peor de todo, entre el mandamás, los rebeldes "civiles" y la coalición internacional, ¿qué quedará de Libia finalmente? Lo de siempre, destrucción y penuria para "poca ropa".

     Y, por cierto, para acabar con el plano internacional: esos "civiles" rebeldes antigadafistas también son antiamericanistas, lo cual les convierte en una compañía de guerra muy dudosamente recomendable. Como comenta en su artículo Ramón Lobo, la apuesta occidental es muy arriesgada y puede conllevar todavía mayor sufrimiento al pueblo libio en forma de una guerra mucho más larga y sangrienta de lo que habría sido como una guerra civil interna. Otro tanto más que apuntar a esta injusta guerra en la que España vuelve a participar.

     Para acabar, una última reflexión a nivel de nuestro país. Gadafi ha amenzado con emprender acciones en intereses mediterráneos. ¿Qué pasará si España vuelve a ser azotada por el terrorismo islámico y ocurre una desgracia como la que hubo en la estación de Atocha hace ahora siete años? Ciertamente, la posibilidad de que ello ocurra es muy limitada. Pero, ¿y si ocurriera? ¿Qué haríamos? ¿Votar al PP pata castigar al PSOE, repitiendo errores del pasado? Pues no, porque el PP ha apoyado al gobierno de Zapatero en su decisión de tomar parte en la acción contra Gadafi.

      El partido liderado por Rajoy vuelve a equivocarse de nuevo, sin duda. Pero al menos muestra una cierta coherencia en sus decisiones. Apoyaron la guerra de Irak y lo vuelven a hacer en Libia. Igual sucede con Izquierda Unida. Fueron los más críticos con la decisión de Aznar en 2003 y vuelven a serlo hoy contra las medidas de Zapatero.   

     Sin embargo, el PSOE ha cambiado radicalmente de opinión en estos ocho años. Las guerras antes más injustas le parecen ahora las más dignas y humanitarias. Lo mismo cabe decir de "los de la ceja". Han olvidado aquel famoso y magnífico discurso del "NO A LA GUERRA" del 2003. ¿Esperáis grandes manifestaciones esta vez? ¡Pues apañados váis! En fin, una pena que en pleno siglo XXI valga más un barril de petróleo manchado de sangre que todo un país, muerto y destruído...