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lunes, 22 de noviembre de 2021

Los niños de Irena. Tilar J. Mazzeo. Aguilar. 2016. Reseña

 




    Desde que la increíble historia de Irena Sendler, su tenaz círculo de confianza y los dos mil quinientos niños judíos salvados de la muerte en el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial comenzó a ser conocida han ido proliferando estudios, ensayos y novelas sobre los hechos acontecidos dentro y alrededor del barrio judío amurallado. ¡Qué os voy a contar que no sepáis ya, queridos lectores de El Círculo de las Bondades! Por cierto, os adelanto que en estos momentos me encuentro en plena escritura de la segunda parte de esta extraordinaria historia, que llevará por título El Grito de los Inocentes. De hecho, la lectura de esta nueva obra --la mejor que he leído hasta ahora sobre Irena y su estrecha red de colaboradores, al menos en lengua castellana--, me ha venido de perlas para terminar de afianzar algunos conocimientos sobre los distintos personajes que forman parte de ella y sobre la resolución de algunos hechos que todavía no tenía definitivamente claros a pesar de haber leído casi una veintena de libros y de haber visto documentales, películas, etc.


    La historiadora cultural, biógrafa y escritora norteamericana Tilar J. Mazzeo (1971), autora de varios best sellers, nos da luz sobre el peligroso e ingenioso plan tramado por Irena Sendler para salvar a la mayor cantidad de niños posible. Como ya sabéis, se trata de una historia de valor, coraje y resistencia. Pero, además, y he aquí la gran novedad, también de un amor imposible. El ángel del gueto de Varsovia se nos muestra en este relato con sus grandezas y fortalezas, pero también con todas sus dudas y debilidades. Porque, aunque la Historia se centre muy a menudo en los aspectos más heroicos de sus grandes personajes, estos --también Irena, por supuesto-- también hubieron de sufrir penalidades, teniendo que hacer frente a mil y una dudas y debiendo tomar decisiones no siempre acertadas. Por ello, leer el libro Los niños de Irena, de Tilar J. Mazzeo, donde la protagonista ya no es la típica mujer perfecta que todo lo puede --he de confesar que esto siempre me había chirriado, y fue durante años la principal causa de no atreverme a escribir la segunda parte de su historia--, sino una mujer corriente que sufre con cada decisión tomada me ha desatascado por completo.


    Ahora entiendo el motivo por el cual nuestra protagonista llegó a afirmar en una entrevista, poco antes de morir, que había sido mala hija, mala esposa y mala madre. Y es que sucede, muy a menudo, que tras las grandes acciones históricas se esconden otras no tan perfectas. Y eso es lo que también le ocurrió a Irena: volcada siempre hacia su trabajo y su forma de ser y de vivir la vida -- absolutamente heredadas de su padre--, consiguió enormes triunfos, llegando a ser uno de los miembros de la resistencia polaca más buscados por la Gestapo durante los años finales de la contienda, mientras que en su faceta más íntima acumuló algunos fracasos personales. Mazzeo, pues, cierra el círculo sobre el personaje central de la historia. Lo que, personalmente, repito, me ha permitido encajar algunas piezas del puzzle de mi novela que no acababan de encajar en aquello que yo quería que fuera en realidad. Por tanto, Los niños de Irena ha actuado como desatascador y como movilizador de mi propia obra, que ahora sí navega viento en popa y a toda vela.


    Centrándonos en la obra de Mazzeo, y dejando de lado los aprendizajes que servidor ha obtenido de la misma, me gustaría resaltar la parte de la historia que tiene que ver con ese amor imposible de Irena con Adam Celnikier. Porque, sin duda, podría ser objeto de algún culebrón venezolano o mexicano. Sin embargo, como se suele decir, la realidad siempre supera a la ficción. Y la historia entre Irena y Adam viene de lejos. Muy de lejos. De cuando todavía vivía su padre, el doctor Stanislaw Krzyzanowski, e Irena apenas tenía seis años. Por aquel entonces, la familia de Irena tenía mucha relación con la comunidad judía de Otwock, donde su padre ejercía como médico. Adam y ella jugaban juntos en las calles de la ciudad balneario. Y siguieron haciéndolo hasta que Janina e Irena se mudaron a Varsovia, tiempo después de la muerte de su padre. Años después, se reencontraron en la capital polaca. Sintieron atracción de inmediato. Pero su historia era imposible ya que Adam estaba prometido a una joven judía. Además, la madre de él se oponía a cualquier tipo de relación entre los jóvenes.


    Irena, todavía enamorada de Adam, hubo de continuar con su vida, y terminó casándose con el profesor polaco --y católico-- Mieczyslaw Sendler. La relación entre ellos nunca terminó de fructificar del todo --Mieczyslaw siempre se quejó de la excesiva implicación laboral de su esposa, así como de su falta de tiempo y motivación para crear una verdadera familia-- y él acabó aceptando una propuesta laboral en una universidad cercana a la frontera con la Alemania de Hitler. Mala decisión, porque pocas horas después de su llegada los alemanes cruzaron la frontera y lo hicieron prisionero. Y he aquí la gran novedad. Servidor pensaba que Mieczyslaw fue asesinado por los nazis --ya que su nombre apareció incluso en la lista de fusilamientos diarios--. No obstante, sobrevivió en un campo de trabajo en Alemania y, meses después de finalizar la guerra, volvió a aparecer en Varsovia. Para entonces, Irena y Adam estaban por fin juntos --él se había divorciado de su esposa judía-- ¡e Irena estaba embarazada de cinco meses! Mieczyslaw e Irena se divorciaron amistosamente. Tan amistosamente que, años después, Irena se divorció de Adam --también de manera amistosa-- y ¡se casó nuevamente con Mieczyslaw! ¿Es o no todo un gran culebrón?


    No, lo que acabo de contar no es un spoiler. Nunca un hecho histórico ocurrido hace ochenta años puede considerarse un spoiler. Además, estos hechos contribuyen a humanizar, más si cabe, a sus protagonistas. Todos acaban divorciados, pero tan amigos entre sí. Algo solo posible tratándose de personas bondadosas. Puede que se hagan daño, pero nunca a conciencia. Y todos sufren por igual. ¿Hay algo más humano que sufrir y hacer sufrir sin maldad alguna? En mi caso, al menos, esta desconocida parte de la historia me ha fascinado. Y me ha hecho entender muchísima cosas. Irena jamás se consideró una heroína --solo una pequeña parte de una gran red de colaboradores y resistentes frente al nazismo y el Holocausto judío--, sino que aseguró haber tenido pesadillas durante el resto de su vida a causa de sus errores y malas decisiones. De ahí que, sin duda injustamente, se considerase a sí misma mala hija, mala esposa y mala madre. Y eso, lejos de hablar negativamente de ella, la catapulta todavía más hacia la categoría de personaje único. Más veraz, auténtico y resiliente.


    El resto del ensayo de Mazzeo incide en la extensa red de resistentes polacos --católicos y judíos-- y en sus acciones contra las aberraciones cometidas por los nazis en territorio varsoviano. Aparecen, algo ampliados respecto a La madre de los niños del Holocausto, de Anna Mieszkowska, los personajes ya conocidos del viejo doctor Janusz Korczak, el enlace con el gobierno en el exilio londinense Jan Karski, las amigas de Irena Ala Golab-Grynberg, Ewa Rechtman, Rachela Rosenthal, Stanislawa Bussold, Jadwiga Grabowska, Jaga Deneka, Jaga Piotrowska e Irena Schultz, los amigos Jozef Zysman, Adolf Berman o Henryk Palester y los jóvenes judíos miembros de la ZOB (Organización Judía de Combate) que protagonizaron el alzamiento del gueto en la Pascua de 1943, haciendo especial hincapié en Marek Edelman, lugarteniente del líder del movimiento, Mordejai Anilevich. Asimismo, describe los movimientos de la resistencia antes, durante y después del alzamiento judío, especialmente en el levantamiento general de Varsovia, en el verano de 1944.


    Capítulos destacados son también los que hacen referencia a la detención de Irena en su casa del distrito de Wola, los interrogatorios y torturas sufridas por ella en la prisión de Pawiak y en la sede de la Gestapo en la avenida Szucha, su posterior condena a muerte y finalmente su milagroso y agónico rescate por parte de Zegota --Consejo de Ayuda a los Judíos--. Además, es igualmente llamativo y, por tanto, reseñable el ostracismo al que cayeron su historia y la de sus compañeros bajo el posterior régimen comunista soviético, si cabe mucho más feroz con los polacos que el nazi. Por fortuna, Irena vivió sus últimos años rodeada de algunos de los niños a los que había salvado la vida sesenta y tantos años atrás. Justicia divina, quizás. Y justicia es la que intento hacer yo reseñando este ensayo de Mazzeo y escribiendo la historia novelada de Irena y sus colaboradores. Porque estas historias jamás deberían caer en el olvido...               

           

miércoles, 13 de octubre de 2021

Ganarle a Dios. Hanna Krall. Edhasa. 2008. Reseña

 


    



    La periodista, escritora y guionista Hanna Krall (1937) es, junto al también periodista Ryszard Kapuscinski, una de las principales renovadoras de la literatura testimonial polaca. Especialista en temas relacionados con el Holocausto --Polonia es un país donde todavía viven muchos de los testigos presenciales de los hechos acaecidos en aquella época negra--, Ganarle a Dios (1977) es su obra más conocida. Se trata de una entrevista con Marek Edelman, cardiólogo de renombre y último superviviente de la sublevación del gueto de Varsovia (1943). Prohibido en tiempos del comunismo, conoció veinticinco ediciones clandestinas y ha sido traducido a quince idiomas. Edhasa presentó en 2008 la edición que pretendo reseñar en estas líneas. Con tapa dura y letra grande, permite disfrutar y sufrir a la vez de un conjunto de reflexiones, recuerdos y pensamientos acerca de los terribles sucesos que el entrevistado hubo de vivir en primera persona durante la Segunda Guerra Mundial en Varsovia.


    Pese a su brevedad, apenas 120 páginas, nos ilumina sobre temas como el exterminio de los judíos del gueto de Varsovia, el modo de vida de estos en el interior de los cercados, la preparación de los sublevados, la ayuda externa en forma de dinero llegado desde el gobierno polaco en el exilio londinense --comandado por el general Sikorski-- para comprar armas en el mercado negro de la zona aria y los hechos sucedidos durante la sublevación de unos quinientos jóvenes valientes que, en su mayoría, dieron la vida para conseguir la dignidad perdida por parte de su pueblo a manos de los nazis. Del diálogo entre Hanna Krall y Marek Edelman afloran los recuerdos sobre los trenes de la muerte, los momentos encendidos en plena sublevación, el descubrimiento de los cadáveres de los otros cuatro lugartenientes de la ZOB --la Organización Judía de Combate, liderada por Mordejai Anilevich-- o la huida final a través de las alcantarillas, cuando el gueto estaba ya destruido y calcinado por completo. 


    La entrevista y el libro que la transcribe aborda también la vida de Edelman tras la guerra. Sus experiencias como cardiólogo son similares a las vividas durante la ocupación alemana. En ambas situaciones luchó por salvar vidas, primero en el gueto y después en el quirófano. Porque, para él, cuando uno conoce tan bien la muerte, se siente responsable de la vida. Y esa es una manera más de ganarle la carrera a Dios. Resulta grato saber que si algo sale bien es porque le has hecho una jugarreta. Dios quiere apagar la vela, y yo tengo que apresurarme a proteger la llama. Que arda al menos un poco más de lo que Él pretende. De estas afirmaciones proviene el título del libro. Un libro que reflexiona sobre el sentido de aquella resistencia armada condenada al fracaso ya desde su mismo inicio. Un canto a la dignidad que nos recuerda cuál es el verdadero sentido de la vida. Mantener la esperanza y la voluntad de supervivencia.


    El drama existe cuando puedes tomar alguna decisión, cuando algo depende de ti, y allí todo estaba decidido de antemano, reflexiona Edelman en un momento. A lo que, recuerda, respondió Mordejai Anilevich: vamos a la muerte, no hay retirada posible, moriremos por el honor, para la historia. Durante la parte final de las Aktions, entre el 22 de julio y el 8 de septiembre de 1942, los alemanes pedían voluntarios para ser trasladados a otros lugares de trabajo --en realidad, los trenes los llevarían a la muerte en Treblinka-- a cambio de tres kilos de pan y mermelada. Miles de personas acudían diariamente a la Umschlagplatz --plaza de transbordos-- por voluntad propia, como corderos al matadero. Y él lo vio con sus propios ojos, pues su labor en aquellos momentos era estar en la puerta de la plaza tratando de salvar la vida de las personas consideradas necesarias para poder llevar a buen término la sublevación.


    Edelman reflexiona sobre este hecho. Y lo tiene muy claro: es terrible ir con tanta tranquilidad a la muerte. Es mucho más duro que disparar. Morir disparando es tanto más fácil: nos era tanto más fácil morir a nosotros que al hombre que caminaba hacia el vagón, y después entraba allí y después cavaba su fosa y después se desnudaba... Como ya escribió en la obra También hubo amor en el gueto, reseñada hace un tiempo en este mismo blog, la gente se enamoraba. Estar con alguien en el gueto era la única forma posible de vivir. Uno se encerraba en algún lugar con otra persona y hasta la siguiente acción ya no estaba solo. Si por algún milagro uno se salvaba y seguía viviendo, tenía que pegarse a otro ser viviente. Y recuerda, además, que en el gueto también había prostitutas y proxenetas. Algo que tampoco debe sorprendernos. Porque, hasta en la desgracia, y especialmente en ella, la gente siempre busca algún consuelo al que agarrarse para seguir con vida.


    Un hecho que no conocen quienes no han investigado sobre el tema es la colaboración entre las policías alemana, polaca y judía a la hora de exterminar a la población del gueto. La policía judía, con tal de asegurarse su propia supervivencia y la de sus familias, trabajaba codo con codo con los enemigos de su pueblo. Y la ZOB condenó a muerte a varios de sus miembros. Como, por ejemplo, al comandante, Szerynski, y a su ayudante, Lejkin. También ejecutaban a quienes se negaran a dar dinero para comprar armas. Así, un total de diez cañones consiguieron meterse en el gueto. Un revólver podía llegar a costar en el mercado negro entre tres y quince mil zlotys (entre casi mil y cinco mil euros actuales). Y ocultar a un judío en la zona libre aria, entre dos y cinco mil zlotys (entre quinientos y mil quinientos euros). Huelga decir que reunir tal cantidad de dinero en tiempos tan convulsos como aquellos requería un gran esfuerzo por parte de todos los integrantes y/o simpatizantes de la ZOB.


    Uno de los capítulos más llamativos del relato es el del momento en el que los alemanes prendieron fuego al gueto. Los jóvenes sublevados y otros habitantes de las distintas zonas tuvieron que atravesar las llamas para poder escapar a otros lugares más seguros. Muchos murieron quemados, asfixiados, ametrallados. Otros corrieron por los tejados o por los refugios construidos bajo los sótanos. En un momento dado, cavaron una improvisada tumba para cinco personas. Como era primero de mayo, cantamos en voz baja sobre la tumba los primeros versos de La Internacional. ¿Lo creerás? Había que estar realmente mal de la cabeza. En efecto, las canciones, las poesías, los dibujos y los diferentes modos de confraternidad fueron básicos para seguir hacia adelante en un lucha perdida de antemano. En parte por ello, desde el exilio londinense se creó Zegota, el Consejo de Ayuda a los Judíos. Desde dicho Consejo se dio dinero para armas y se trazaron planes para salvar al máximo número de personas posible.


    La colaboración entre la ZOB, el Zegota, el AK --Ejército Polaco del Interior, la mayor organización clandestina de toda la Polonia ocupada-- y el AL --Ejército Popular-- resultó clave para minimizar la aniquilación de la población judía del país, principalmente en su capital, Varsovia. Y es que suele suceder que es en el peor de los escenarios posible donde la unión suele hacer la fuerza. Sobre todo, ante la existencia de un enemigo común cruel, despiadado y bárbaro que amenaza con acabar con todo un país. Ganarle a Dios es un claro ejemplo de dignidad, honor y valor. El valor de las vidas de unas personas que estaban condenadas a muerte simplemente por ser de otra raza, hablar otra lengua y profesar otra religión. Marek Edelman, como último superviviente de los dramáticos hechos ocurridos durante el Holocausto en Varsovia, tiene el derecho y el deber de dejar constancia de cuanto allí sucedió. Y los lectores debemos leer sus testimonios. Porque no conocer la Historia te obliga a repetir los errores del pasado...     
    

   

miércoles, 27 de marzo de 2019

Reencuentro. Fred Uhlman. Tusquets Editores. 1987. Reseña





     Fred Uhlman (1901-1985), abogado alemán de origen judío, huyó de su Stuttgart natal en 1933 por miedo a sufrir la persecución nazi. No cabe duda que su temor estuvo fundamentado. Pasó por Francia, España e Inglaterra, donde vivió sus últimos años, dedicado principalmente a la pintura y a la escritura. Se casó con una inglesa a la que conoció en España, y pronto se mudó a tierras británicas, donde se enamoró de la campiña inglesa por los recuerdos que le traía de los lugares en los que pasó la mayor parte de su juventud: el lago Constanza y la Selva Negra principalmente. De hecho, la añoranza de su tierra ocupa páginas importantes de su principal novela: Reencuentro (1960). Una obra que, pese a lo que pueda parecer en un principio, solo es autobiográfica en parte.

     El narrador (en primera persona) de esta historia es Hans, un joven judío procedente de una familia pequeño-burguesa que asiste a clases en la prestigiosa escuela Eberhard-Ludwig Gymnasium, la más antigua institución de enseñanzas medias de Würtemberg. Solitario, de ideas socialdemócratas, conoce a un nuevo alumno que llega a su clase en enero de 1932: Konradin, de su misma edad (16 años), un rico aristócrata perteneciente a una de las más antiguas familias de Europa. Ni más ni menos que los condeses de Hohenfels. Su elegancia, su pulcritud y su saber estar despierta muy pronto el interés de sus nuevos compañeros de clase. Sin embargo, solo Hans capta el de Konradin, que resulta ser también un joven tímido y solitario necesitado de amistad.

     Hans duda al principio --¿Qué podía ofrecerle yo, hijo de un médico judío, nieto y bisnieto de rabinos, y descendiente de un linaje de pequeños mercaderes a ese muchacho rubio cuyo solo nombre me llenaba de temor reverencial? ¿Cómo podía entender él, con toda su gloria, mi apocamiento, mi orgullo receloso y mi temor a ser herido? ¿Qué tenía en común  él, Konradin von Hohenfels, conmigo, Hans Schwarz, tan escaso de aplomo y de savoir faire?-- y anhela después --No recuerdo exactamente cuándo decidí que tenía que ser mi amigo, pero lo sería--, pero finalmente surge la amistad entre ellos --a partir de ese instante mi vida ya no sería hueca ni tediosa, sino que estaría llena de esperanzas y satisfacciones para ambos-- y, recuerda Hans, a partir ese día fuimos inseparables.

     Pese a que el país vivía momentos críticos en lo económico --debía hacer frente a las reparaciones de guerra y a la subida de los precios-- y en lo político --el temible ascenso del poder nazi a las instituciones--, la política era cuestión de adultos y nosotros debíamos resolver nuestros propios dilemas: aprovechar la vida y dilucidar qué sentido tenía. Estos eran los problemas de trascendencia auténtica y eterna, mucho más importantes para nosotros que la existencia de figuras tan efímeras y ridículas como Hitler y Mussolini. Todo un ejemplo de confiada ignorancia. Como el hecho de que para Hans y su familia ser judío no tenía mayor importancia. En primer lugar éramos suabos, luego alemanes y después judíos. ¿Qué otro sentimiento podíamos alimentar?  

     Porque para el padre de Hans, quien aborrecía el sionismo, era tan absurdo reclamar Palestina después de dos mil años como lo habría sido que los italianos reclamaran Alemania porque en otra época la habían ocupado los romanos. Eso solo podría desembocar en una matanza interminable y los judíos deberían combatir a todo el mundo árabe. Le parecía increíble que los compatriotas de Goethe y Schiller, de Kant y Beethoven, se dejaran engatusar por Hitler. No en vano, tan convencido estaba de que Alemania era su país, que estaba dispuesto a luchar por él nuevamente pese a haber resultado herido dos veces en la Primera Guerra Mundial. Como se puede observar, la novela traza un retrato fiel, casi milimétrico, de la situación alemana de la preguerra.

     La relación entre Hans y Konradin comienza a resquebrajarse ante las negativas de los padres del aristócrata a que su hijo se mezcle con los judíos. Konradin vive haciendo frente a un contínuo dilema, pero no quiere perder la amistad de Hans. Algo que cada vez resulta más complicado. La novela aborda un año, que transcurre entre enero de 1932 y enero de 1933. La llegada de Hitler a la cancillería alemana marcará un antes y un después en las vidas de ambos: Hans es enviado por sus padres al exilio en EE.UU. y Konradin entra en las fuerzas nazis. Parece que la amistad se ha roto para siempre. Treinta años después, Hans se reencuentra con su amigo perdido y escribe un relato conmovedor sobre el valor de la amistad, el fin de la infancia y la barbarie de la política radical.

     Antes del momento del exilio, no obstante, recuerda Hans que había comenzado el largo y cruel proceso de desarraigo, y las luces que me habían guiado ya se habían amortiguado. Ahora me hallaba solo. Casi nadie me hablaba. Incluso los antiguos profesores parecían haberme olvidado. Y llega el inevitable momento de la despedida: Quizás algún día nuestros caminos volverán a cruzarse. ¡Siempre te recordaré, querido Hans! --le escribe Konradin-- Has influido mucho sobre mí. Me has enseñado a pensar, y a dudar. Una nueva vida espera a Hans en EE.UU.. Un nuevo desarraigo. Una nueva soledad. Ha perdido a su amigo del alma, y debe seguir hacia adelante con su vida sin la presencia, además, de sus padres, quienes deciden quedarse en el que consideran es su país.

     Reencuentro, en sus escasas ciento veinte páginas, constituye un fiel reflejo de la Alemania de entreguerras y de la pre guerra. Además, narra los sentimientos de juventud y adultez de un personaje que ha debido seguir con su vida pese a haber vivido el horror nazi. Y debo confesar que hay ciertos pasajes en los que, como lector, he llegado a sentir impotencia, rabia y hasta ganas de llorar. Y eso que la historia que nos cuenta Uhlman la conocemos todos de sobra. Sin embargo, su forma de contarla, a base de pequeñas y descorazonadoras pinceladas, nos llega hasta lo más hondo de nuestro ser. Más pronto que tarde habrá que leer Un alma valerosa, la continuación de una de esas historias que todo el mundo debería leer algún día.           

              

viernes, 21 de septiembre de 2018

¡Mercedes, Mercedes! Torcuato Luca de Tena. Planeta. 1999. Reseña





     Publicada en 1999, aunque escrita un par de años atrás, cuando su autor ya solo paseaba en su silla de ruedas, ¡Mercedes, Mercedes! fue la última obra publicada por el periodista y escritor Torcuato Luca de Tena. Pocos meses después falleció en Madrid a la edad de 75 años. Conocido por todos gracias a su espléndida Los renglones torcidos de Dios (1979), se despidió a lo grande con una novela que, como suele ocurrir demasiado a menudo, quedó a la sombra de la considerada como su obra magna. Sin embargo, servidor, terminada la lectura de esta historia, se ve en la obligación de escribir unas líneas para poner en valor una historia que merece ser leída, disfrutada y recomendada por cualquier buen lector que se precie de serlo.

     ¡Mercedes, Mercedes! es una de esas obras que desentraña la psicología humana --de todos los personajes que componen su trama-- de una manera tal que al lector le resulta imposible no empatizar con cada protagonista. Uno no puede remediar sufrir, llorar o sonreír con unos protagonistas que más que personajes parecen personas de carne y hueso. Tanto que se convierten en amigos o enemigos personales del lector. Al menos mientras dura la lectura de la novela. Y, creedme, cuesta despedirse de la mayoría de ellos. Porque, aunque no debo adelantar nada de la trama de la historia, los últimos capítulos resultan tan conmovedores y emocionantes que cuesta no derramar alguna lágrima.

     La acción comienza en un hospital de Brunete, en plena guerra civil española. Encarna, enfermera embarazada de ocho meses, se refugia en el sótano del edificio junto a una mujer que ha dado a luz a una niña tan solo unos días antes. Un bombardeo destruye el edificio. Encarna, presa del pánico, pare de forma prematura un niño entre los escombros. Víctima del cansancio, se queda dormida. Al despertar, descubre, horrorizada, que su hijo recién nacido y la otra mujer han muerto. Y toma una decisión que marcará para siempre su vida: toma a Mercedes --nombre con el que bautiza a la niña de la mujer muerta-- como su propia hija. 

     Como el autor reconoce en su advertencia preliminar, no se trata de una novela de guerra sino de amor. Así, la guerra civil española es solo el telón de fondo necesario para poner al lector en la situación de una mujer que decide algo semejante. La guerra ocupa tan solo los seis primeros capítulos de la acción, que consta de veintidós. Por tanto, estamos ante un relato ficticio que transcurre en un tiempo verídico, es decir, los dos últimos años de la guerra española, la II Guerra Mundial, las dos posguerras y el comienzo de lo que se conoce como guerra fría. No obstante, en la novela encontramos acontecimientos de todo tipo que sirven para ambientarla de manera no solo fehaciente sino muy ilustrativa.

     Las acciones de los personajes y la trama se desarrollan de forma acorde a acontecimientos bélicos, políticos, sociales, científicos, artísticos, deportivos y folclóricos reales, por lo que la lectura de la novela puede servir para que las nuevas generaciones conozcan, casi de primera mano, cómo era y cómo se vivía en la España de las décadas de los años 30, 40 y 50. Porque Mercedes nace en 1937, y la historia se desarrolla hasta que cumple diecinueve años de edad y es presentada en sociedad, tal y como se hacía en la época. Queda claro, pues, que la finalidad del autor respecto a la obra era pura y meramente literaria.

     En el hospital de Brunete también muere, asesinado, el doctor Alcina, el marido de Encarna. Así, la principal protagonista de esta historia queda viuda y con cuatro hijos a su cargo: Alberto, los gemelos Indalecio y Eugenia y la pequeña Mercedes. Elena, su suegra, también viuda, toma la responsabilidad de mantener a flote a la familia de su hijo fallecido. Ni qué decir tiene las dificultades que deberá superar la familia en plena guerra y en la dura posguerra. Y todo, narrado de una manera que involucra al lector en las decisiones que cada miembro de la misma deberá ir tomando para salir adelante. Sobre todo, en el caso de Encarna.

     La madre de familia tomará dos decisiones sobre el futuro de su vida: una, consciente, convertir a Mercedes en su hija; otra, inconsciente en parte, no volver a enamorarse. Se dedicará a criar a sus tres hijos de corazón (Alberto, Indalecio y Eugenia) y a su hija del alma (Mercedes). La aparición en su vida de Luis Armendáriz, amigo personal de su suegra y su marido y héroe de la defensa del alcázar de Toledo, pondrá a prueba la decisión de Encarna de no volver a enamorarse. Sin embargo, y hasta ahí puedo escribir --al lector le corresponde el derecho de conocer más detalles sobre la novela--, no será esta la verdadera historia de amor de este relato. 

     Porque el escrito de despedida de Luca de Tena es, además de raro, tierno, a veces amable y a veces terrible, imprevisible. Los giros que imprime a la acción y a la trama nos llevan hacia una auténtica montaña rusa de emociones, amarguras y alegrías que, como ha quedado escrito más arriba, lleva a conmocionarse al lector. Personalmente, y tratando de ser objetivo, no sé con qué obra de don Torcuato me quedo: si con la apoteósica Los renglones torcidos de Dios o con esta obra maestra, casi desconocida, titulada ¡Mercedes, Mercedes! En lo que no dudaré jamás es en recomendar ambas lecturas, especialmente si el lector gusta de los escritos que tratan tan magistralmente todo lo psicológico.               


lunes, 14 de diciembre de 2015

También hubo amor en el gueto. Marek Edelman. Galaxia Guternberg. 2013. Reseña





     Marek Edelman falleció en octubre de 2009. Con él despareció también el último de los supervivientes del gueto de Varsovia. Desde entonces, no hay -ni habrá-, nuevos testimonios de lo que allí ocurrió. A lo largo de más de sesenta años fue objeto de multitud de entrevistas. Entrevistas en las que jamás le preguntaron por una cuestión que para él fue básica pero injustamente olvidada. Por eso trató de dejar en este libro una serie de historias sobre el amor en el gueto. Porque, en palabras suyas, era el amor el que ayudaba a resistir entre aquellos muros infames. 

     Junto a Mordejai Anilevich, Antek Zukierman y el resto de los militantes de la ZOB -Organización Judía de Lucha- Edelman fue uno de los cabecillas de la rebelión del gueto varsoviano en 1943. Sobrevivió y pudo participar también en el Alzamiento de Varsovia en 1944. Sin embargo, hasta la escritura de este libro no había abordado nunca un tema que merece toda nuestra atención: las relaciones amorosas entre los muros. Y eso que es sabido que en el gueto se establecieron relaciones, incluso entre los propios miembros de la ZOB. Véanse los casos de Anilevich y Mira Fuchrer o de Zukierman y Zivia Lubetkin.

     Por descontado, el título de este libro -que no novela- es muy llamativo. No obstante, el capítulo que hace referencia a El amor en el gueto ocupa escasamente 12 de las 150 páginas del mismo. En las cuales describe, muy brevemente -quizá demasiado-, toda clase de relaciones y situaciones. Muchas de las cuales nos dejan un nudo en el estómago. Y es que hubo gente que vivió o murió por seguir a su amado/a. El amor, por suerte en algunos casos y por desgracia en otros, decidió entre la vida y la muerte. Porque, como se suele decir, en las situaciones extremas podemos encontrar lo mejor y lo peor de las personas. 

     En estas páginas encontramos toda clase de historias amorosas: parejas desgraciadas, separadas por las circunstancias; amantes que lo dejaron todo por seguir a sus parejas; hijos e hijas que prefirieron morir a vivir si para ello debían abandonar a sus padres; padres que decidieron morir para salvar a sus hijos; aventuras entre personas del mismo sexo; otras entre mujeres mucho mayores que sus amantes; y viceversa. Y todo ello en un ambiente en el que muchos, paradójicamente, encontraron lo que antes, en situación de libertad, siempre habían anhelado.

     El resto de las páginas del libro describen la adolescencia y juventud de nuestro protagonista: su familia, sus escuelas, amistades, conocidos y relaciones sociales. Todo ello en el seno de una sociedad que se debatía entre el amor y el odio entre judíos y católicos y, ya comenzada la guerra, entre la vida y la muerte, especialmente de los primeros. Edelman rescata de su memoria jirones y aspectos sueltos de sucesos que le forjaron a convertirse en miembro de varios partidos políticos judíos y de varias organizaciones, entre las que destacó su militancia activa en la ZOB.

     Además, el libro describe, casi topográficamente, el entramado de calles, plazas, escuelas, hospitales, comercios, edificios públicos y otros lugares de interés que, lamentablemente, desaparecieron tras la invasión y ocupación alemana. Y retrata y homenajea a algunos de sus compañeros en la tarea común de luchar contra la opresión germana. Conocedor de que era el último superviviente del gueto quiso salvar del olvido a muchas de las víctimas, con sus nombres y apellidos, porque, como él mismo afirmó, seguramente nadie más va a evocarlas y es necesario que de ellas quede alguna huella. 

     De entre los múltiples párrafos del libro, me quedo con uno que dice así: el Holocausto no es verdad que fuera un asunto de esos cien o doscientos mil alemanes que tomaron parte personalmente en el exterminio. No, fue un asunto de Europa y de la civilización europea, que crearon las fábricas de la muerte. El Holocausto es un derrota de la civilización. Y por desgracia esa derrota no se acabó en 1945. Tanto es así que, muchas de las cosas que suceden a día de hoy vienen de la conciencia construida desde entonces: desde el desprecio de la vida humana. Y, por supuesto, del miedo.

     No obstante, el último párrafo del libro deja una ventana abierta  a la esperanza: la juventud puede vencer al miedo. Dice así: en este último cuarto de siglo la juventud ha demostrado ya varias veces que puede hacerlo (fin de la guerra de Vietnam, Francia 1968 y Alemania (caída del muro de Berlín)). Algo ha cambiado a partir de esa rebelión de la juventud. Nosotros ya somos una generación perdida. Lo único que queda por hacer es enseñar a la juventud que lo primero es la vida y que sólo después viene la comodidad.                      


martes, 3 de noviembre de 2015

Diario del levantamiento de Varsovia. Miron Bialoszewski. Alba Editorial. 2011. Reseña





     Miron Bialoszewski tenía diecisiete años cuando los alemanes invadieron Varsovia. Y veintidós cuando, en 1944, los grupos de insurgentes de la capital polaca se levantaron contra la opresión nazi. Escribió sus memorias contando los acontecimientos relacionados con dicho levantamiento a los cuarenta y cinco años, es decir, más de veinte años después. Ese fue el tiempo que le costó terminar de asimilar todo lo ocurrido, ordenar sus notas y reunirse con familiares, amigos y conocidos para subsanar pequeños errores de memoria. El resultado, como cabía esperar, valió la pena.

     Bialoszewski relata los sucesos con un lenguaje llano, plenamente comprensible para todo el mundo y con bastante frialdad, algo que provocó que le llovieran críticas desde diversos sectores de la opinión pública polaca, que lo acusaron de vulgarizar y desdramatizar la guerra. Él, en cambio, explicó que no se adentró demasiado en su interior porque no pudo hacerlo de otro modo: en realidad, lo vivíamos así. Y aquellas vivencias solo pueden transmitirse de forma natural, sin artificios. Estuve más de veinte años sin poder escribir sobre lo que pasó. A pesar de que quería hacerlo. Y de que hablaba de ello.

     Como era de esperar, nos encontramos un relato descorazonador. Y es que los varsovianos que vivieron aquel triste episodio lo hicieron básicamente bajo tierra: escondidos en canales, sótanos y refugios. Todo ello, ante la constante presencia de morteros, artificieros, bombarderos, ametralladoras, artillería y lanzallamas. Porque los nazis se propusieron destruir la ciudad por entero. De hecho, según diversos estudios, se ha demostrado que casi el ochenta por cien de la ciudad conocida en 1939 desapareció durante la guerra. Pocos fueron los edificios que no sufrieron ningún desperfecto. La visión común en las calles de la ciudad era varios metros de escombros, muerte y destrucción.

     El levantamiento se dio el uno de agosto de 1944, cuando los rusos estaban al otro lado del Vístula y los alemanes comenzaban su retirada. Una retirada, eso sí, muy lenta y con un objetivo claro: no dejar piedra sobre piedra en Varsovia. Los insurgentes se sublevaron porque, pese a entender que el dominio nazi estaba a punto de acabar, los rusos estaban apostados cómodamente a la espera de entrar en la capital y hacerse con lo poco que dejaran sus enemigos. Obviamente, lo último que deseaban los polacos era que un poder sustituyera al otro. De modo que el levantamiento fue la única salida ante una situación límite.

     Bialoszewski narra cómo lograba pasar de unos sótanos a otros más seguros cuando los anteriores eran destruidos o descubiertos por los alemanes. Y transmite a la perfección el agobio y la agonía de unos ciudadanos que no tenían momentos de tregua. El levantamiento duró 63 días, hasta que sucumbió ante el poder nazi, debilitado pero no tanto como para no poder terminar con una resistencia tenaz pero muy débil. Cabe destacar las distintas reacciones de las personas ante situaciones tan complicadas. Así, mientras que algunos compartían lo que poco que tenían - la mayoría, para sorpresa del lector -, otros actuaban de forma egoísta, tratando de mantenerse con vida al precio que fuera.

     El diario desgrana cómo los insurgentes van ganando y perdiendo terreno según avanzan los días. Cualquier triunfo, por pequeño y poco duradero que fuera, era acogido con entusiasmo por los cada vez menos supervivientes. Familias separadas - en el mejor de los casos -; amigos perdidos y, en pocas ocasiones, recuperados; desconocidos bondadosos y piadosos; valientes jóvenes; y otros derrotados y sin ganas casi de vivir componen un mural de sentimientos tales que cuesta no meterse de lleno en su piel. Y sufrir con ellos. 

     Aspectos tan fundamentales y fáciles de conseguir para la totalidad de los mortales como hacer sus necesidades con tranquilidad, ir a recoger agua de dondequiera que brotara, encontrar algo de comida entre las ruinas, el polvo y los incendios o limpiarse, dormir y asearse se convirtieron para esta especie de cavernícolas modernos en toda una odisea, a veces imposible de alcanzar. La vergüenza y el sentido del pudor hubieron de desaparecer para dejar paso a la única preocupación: calcular el agua y la comida necesarias para seguir con vida, aunque fuera solo un día más.

     En uno de los fragmentos escribe Bialoszewski: Porque te preocupabas por los tuyos. Por los que estaban al lado pero un poco más lejos te preocupabas menos, aunque algo. Por los que estaban aún más lejos pero en el mismo edificio, te preocupabas aún menos pero seguías preocupándote. ¿Y por el edificio vecino? ¿Y por los de enfrente? No es que nos preocupáramos mucho. En una situación tan dramática: ¿quién no narraría lo ocurrido con frialdad? Cuando lo que está en juego es la propia supervivencia la sangre fría debe primar. ¿Quién culparía a una madre que le dice a su hijo: No llores más, vas a morir de todos modos?
       
             

jueves, 22 de octubre de 2015

Chesil Beach. Ian McEwan. Anagrama. 2008. Reseña





     Chesil Beach nos presenta una Inglaterra culta pero timorata y provinciana. Contextualizada en 1962, narra, desde el presente, la peripecia vital de Edward y Florence en su noche de bodas. Una noche que ya desde las primeras páginas se presenta poco pasional y dramática, muy dramática. Su autor, Ian McEwan - más conocido por obras como Amsterdam (1998) o Expiación (2001), además de por la actualmente exitosa La ley del menor (2015)  -, construye una historia de gran emotividad y equilibrio.

     Florence y Edward tienen veintidós años y se casan después de un año de relación. Ella, porque le toca. Él, porque la desea y sabe que únicamente podrá poseerla previo paso por la vicaría. Mal inicio, vamos. Ambos temen por igual lo que pueda ocurrir esa noche. Faltos de experiencia, constatan que la incomunicación solo puede traer aspectos negativos. En el caso de Edward el anhelo sexual le puede al nerviosismo. En el de Florence la cuestión se complica más si cabe, pues siente verdadera repulsión, casi psicótica, hacia el sexo. Tanto que es incapaz hasta de besar con lengua. 

     Estamos ante un drama verídico - ¡todavía en pleno siglo XXI se dan casos como el descrito! - que nos hace reflexionar y analizar cada situación, cada pasaje de la acción. McEwan aprovecha para realizar una fuerte crítica social de una sociedad, la inglesa de postguerra, que impedía la intimidad de los enamorados. Porque, problemas al margen, Edward y Florence se quieren. Lástima que el amor por sí mismo no sea capaz de mantener una relación.

     Los problemas de Florence son dignos de terapia psicoanalítica, algo que ella misma llega a insinuar en la parte final de la novela. ¿Quizás esa repulsión sexual y esa frigidez tengan su causa en esas excursiones en barca y en esos viajes por Europa con su padre, un rico negociante? McEwan pasa de puntillas sobre el tema, dejando simplemente la puerta abierta para que el lector opine lo que considere oportuno. La madre de Edward es una perturbada mental a la que la familia entera sigue la corriente siempre. ¿Puede que sea ese el motivo de su falta de comunicación con las mujeres? El autor tampoco aclara esta cuestión, aunque probablemente así sea.

     El contexto en el que se desarrolla la acción contribuye a que los dos protagonistas sean como son y actúen como actúan. Finalizada la II G.M. y en plena Guerra Fría, el Imperio británico ha ido perdiendo colonias y posesiones, algo que no todos los ciudadanos - y, lo que es más grave, los políticos - asimilan. Ese ambiente de pérdida de grandeza ahonda en la psicología de una sociedad a la que le cuesta reconocerse a sí misma. Lo cual influye sobremanera en los ciudadanos. Buena prueba de ello son las familias de Edward y Florence. Y huelga decir lo que una familia influye, a su vez, en sus miembros, sobre todo en los menores.

     La novela se divide en cinco partes, a saber: una primera en la que se presenta el ambiente y a la pareja de protagonistas, con sus temores, anhelos y preocupaciones; una segunda en la que el narrador se centra en los pasados individuales y familiares de cada uno de ellos; en la tercera los grandes problemas de la insinceridad y la frustración personal y sexual estalla; en la cuarta, volvemos al pasado para saber cómo, cuándo y dónde se conocieron Edward y Florence; y en la quinta llegan el desenlace y esos fogonazos finales que describen los años y las décadas siguientes a esa fatídica noche de bodas.

     A lo largo de sus 180 páginas Chesil Beach nos presenta varias contraposiciones: la ascendencia de la familia rica de Florence choca con la pobreza de la de Edward; la música clásica, la verdadera vida y pasión de ella, con el emergente rock británico que tanto ama él; la vida moderna en la ciudad de Londres con el atraso y anquilosamiento de Oxford; el auge de la democracia europea occidental de la posguerra con las ideas del comunismo en la parte oriental del continente.

     McEwan describe con perfección casi milimétrica la psicología de ambos personajes. Sus ambiciones, sobre todo en el caso de Florence; sus diferentes anhelos; sus temores - no dar la talla en el caso de él; la fobia al sexo en el de ella -; la falta de sinceridad y de comunicación de ambos. Y, como conclusión, podríamos decir que la historia nos demuestra que una relación no puede sostenerse únicamente con amor. Sin duda, es la parte más importante, pero acabará siempre sucumbiendo ante la falta de comunicación, de sinceridad, de empatía y de sexo. En 1962 y en la actualidad.  


lunes, 21 de septiembre de 2015

Voces del gueto de Varsovia. Michal Grynberg. Alba Editorial. 2004. Reseña





     Voces del gueto de Varsovia es una recopilación de testimonios escritos por supervivientes de uno de los capítulos más estremecedores de la historia del siglo XX europeo y mundial. Hasta un total de 29 protagonistas de tan dramáticos acontecimientos desfilan por las más de 450 páginas que componen el libro. Su editor, Michal Grynberg, investigador del Instituto de Historia Judía de la capital polaca, seleccionó los textos y los ordenó cronológicamente y por temas para que los lectores pudieran contrastar las diferentes opiniones de cada uno de los narradores.

     El resultado es este relato coral, una crónica apasionada y terrible, que reconstruye la vida de los judíos de la Varsovia de la II Guerra Mundial. Desde agentes de la Policía de Orden Judía hasta miembros de la resistencia, pasando por relatos de mujeres y hasta de una niña de tan solo once años de edad, recomponen la memoria de un pueblo condenado a muerte por la infamia nazi. Se recupera, así, la identidad de una comunidad sumida en la miseria y en la desesperación, pero también tenaz y luchadora. El libro desgrana la historia de la degradación humana que padecieron más de quinientas mil personas en aquel infame gueto.

     Este desgarrador documento histórico se compone de diez capítulos, a través de los cuales asistimos a la progresiva e imparable pérdida de libertades de una comunidad acostumbrada a luchar por su supervivencia a lo largo de la historia, pero, por supuesto, nada preparada para afrontar el peor de sus martirios. La vida entre los muros narra los aspectos básicos de cómo fue su vida durante los primeros tiempos de la construcción del gueto. La solidaridad y la organización interna de las distintas asociaciones de autoayuda ocupan la mayoría de sus páginas, así como los personajes más conocidos de la comunidad y su impactante capacidad de amoldarse a las circunstancias. 

     La administración del gueto de Varsovia se ocupa del Consejo Judío o Judenrat, liderado por el ingeniero Cherniakov; de la Policía de Orden Judía, bajo la jefatura de Szerynski; de las relaciones entre la policía judía y la polaca, que casi nunca fueron del todo buenas, a no ser por repartirse el pastel del contrabando; de la prisión central de la calle Gesia, que tenía capacidad para unas seiscientas personas pero que acabó albergando a más del triple; y de las instituciones de Protección Social, que hicieron lo que buenamente pudieron ante tanta barbarie.

     Los capítulos 3 y 4, referentes a Las autoridades de ocupación y a La gran acción, ocupan un tercio del total de los testimonios. Narran la preparación y casi-consumación del intento de exterminio de la población del gueto. Son las páginas más sobrecogedoras del libro. Tanto que al lector le cuesta avanzar en sus páginas ya que debe buscar aire en otros lugares para dejar de lado tanta angustia. Se describen minuciosamente las actions, la Umschlagplatz o plaza de embarque desde la que salían los trenes destino al campo de Treblinka, la extremada crueldad de los agentes de la SS y también de los propios policías judíos, y la incesante búsqueda por parte de los pobladores del gueto de trabajo en las shops (fábricas) alemanas o de escondites en refugios, sótanos, azoteas, etc.

     El levantamiento se centra en un hito histórico: el gueto judío de Varsovia, casi sin fuerzas ni armas ni comida, aguantó hasta tres meses los asedios del mayor ejército del mundo en el momento. Pese a terminar por sucumbir ante el poderío nazi, la mayoría de los pobladores que todavía permanecían con vida después de más de tres años de encierro, demostraron su ansia de libertad y de justicia. El barrio fue literalmente borrado del mapa, y sus pocos supervivientes hubieron de permanecer encerrados en sus búnkeres durante días, semanas y meses. En el distrito ario se centra en la forma de vida clandestina de los judíos que consiguieron huir del gueto para esconderse en casa de amigos de la parte no amurallada de la ciudad. Algo que, en la mayoría de casos, costó mucho dinero, dilaciones, extorsiones y denuncias por parte de una población polaca que llegó a creer en la propaganda nazi, que aseguraba que los judíos eran los causantes de todos los males de Polonia.

     En la prisión de Pawiak es uno de los capítulos centrales del libro. Sus testimonios cuentan la falta de alimentación e higiene de los presos y de valores y escrúpulos por parte de los carceleros de las SS y de los ucranianos que les servían de ayuda en las tareas especiales. Tratos vejatorios y denigrantes, ataques con perros y palizas sin fin se convirtieron en el día a día de los presos. Recuerdos diversos componen el capítulo octavo. En él leemos testimonios de personas anteriormente antisemitas que, viendo las injusticias cometidas sobre ellos, se convierten en defensores y hasta ocultadores de judíos en sus casas; también relatos de fugados de Treblinka que vuelven al gueto para avisar a sus hermanos; y denuncias de la corrupción existente en las SS, donde algunos agentes hacían la vista gorda a cambio de algunas gratificaciones.

     La liberación describe cómo vivió cada uno de los judíos la llegada de las tropas soviéticas y el fin de la guerra. Sorprendentemente, no fueron mayoritariamente momentos de euforia, sino de aceptación de la triste realidad, de una nueva vida que debía comenzar desde cero, pero sin padres, hijos, hermanos y resto de familiares. Muchos de los supervivientes se vieron libres, pero sin familia, sin dinero ni posesiones y sin un lugar adonde ir. Que nadie pase jamás por una situación como esa. El libro finaliza con un capítulo titulado Apéndice biográfico de autores, en el que se explica la procedencia de los distintos testimonios aparecidos en las páginas anteriores.

     En definitiva, estamos ante un documento - o conjunto de ellos - de carácter histórico de primer nivel. Huelga decir que cualquier persona interesada en esta temática no debe dejar de leer un libro tan importante como este, al nivel de la magnífica Crónica del gueto de Varsovia, del historiador judeo-polaco Emanuel Ringelblum, también publicada por la misma editorial. Conocer la historia debe ayudarnos a no repetir los errores del pasado. Aunque, visto lo visto, tiene razón quien afirma que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.     

    

lunes, 9 de febrero de 2015

The Imitation Game (Descifrando Enigma). Morten Tyldum. 2014





     Alan Turing fue un matemático, lógico, criptógrafo y científico de la computación inglés. Considerado uno de los padres de la ciencia de la computación y el precursor de la informática moderna fue, además, homosexual. Esta información, que a día de hoy carecería de importancia para la mayoría de gente - aunque siempre hay algún retrógrado - colocó al científico en un callejón sin salida a mediados de los años cincuenta en la Inglaterra de la posguerra. Hecho que convirtió a uno de los máximos responsables de la victoria aliada en la II Guerra Mundial en un ser socialmente visto como depravado, vicioso e indecoroso.

     Turing consiguió descifrar los códigos nazis contenidos en la máquina Enigma, con lo que contribuyó de manera casi decisiva al triunfo sobre el nazismo. Nada de ello le sirvió para ser reconocido públicamente en la Inglaterra de su tiempo. Es más, acabó cayendo en desgracia cuando, siete años después de terminar la guerra, fue acusado y condenado a castración química para atajar sus inclinaciones sexuales. Ser homosexual fue su pecado mortal. Y por ello, pagó bien caro. Su trabajo en Bletchley Park, la formalización del concepto de algoritmo, la creación de la máquina de Turing, dar el pistoletazo de salida a la inteligencia artificial y diseñar y crear una de las primeras computadoras electrónicas promagrables digitales pesaron mucho menos que el hecho de ser gay en aquella Inglaterra conservadora e intransigente.

     Hasta aquí lo que es de dominio casi público. A partir de ahora paso a analizar aquellos aspectos de la película que me parecen más llamativos. En primer lugar, debo destacar la extraordinaria interpretación de Benedict Cumberbatch en el papel de Alan Turing. Conocido por sus apariciones en la serie televisiva Sherlock y en films como El Hobbit, Star Trek, 12 años de esclavitud o War horse, entre otros, está ante el papel de su vida (hasta el momento). Un trabajo que le ha situado como uno de los grandes candidatos al Oscar. Es un personaje complicado, emocional, explosivo y solo al alcance de un actor de enorme talento. Su gran trabajo ante las cámaras permite conseguir un retrato creíble de cómo debió vivir aquellos años Turing. Nos transmite de manera realista y fiel el dolor, el sufrimiento y la obstinación del genio que fue. Cumberbatch es, sin duda, el pilar en el que sostiene la película. Como en su día el propio Turing lo fue en el proceso de descifrado de Enigma.

     La mayoría de genios de la historia de la humanidad han sufrido una tremenda soledad en sus vidas. Solo unos pocos se han salvado de este hecho. Turing no pudo. La película muestra cómo, ya de niño, hubo de hacer frente a la pérdida de su único amigo, su compañero Christopher, con quien tuvo una amistad mucho más cercana de lo habitual. Veinte años después, bautizará a su máquina descifradora de Enigma con ese mismo nombre, mostrando el anhelo y la melancolía del genio inglés. Algo que le acompañó hasta el final, según el film. 

     Su único sostén durante el complicado proceso de descifrado de Enigma fue Joan Clarke, interpretada por Keira Knightley (Anna Karenina, Piratas del Caribe, Orgullo y prejuicio o El Rey Arturo). Nominada al Oscar como mejor actriz de reparto por su papel, cumple con lo que se espera de ella en cada momento, en cada situación. Clarke se enamorará de Turing pese a vislumbrar sus inclinaciones y estará a su lado en todo momento. Su mente prodigiosa, casi a la altura de la del propio protagonista, será clave en la perseverancia de aquel.

     Matthew Goode (Belle, Watchmen, Match Point o Al sur de Granada) interpreta a Hugh Alexander, campeón de Inglaterra de ajedrez. Inteligente y guapo, es el típico gentleman inglés, seductor y conquistador. El giro que se da en la relación entre los dos principales protagonistas masculinos es otro de los fuertes de la cinta. El reflejo más patente de que la unión siempre hace la fuerza, de que remar todos en la misma dirección es la mejor opción. De que el trabajo en equipo es el más productivo. Porque en el mundo, además de ciencia, debe haber también humanidad. 

     Y, como en todas las películas debe haber un malo, en este caso aparece Charles Dance (Underworld, Scoop, Gosford Park), el superior de Turing, el comandante Alastair Denniston, quien espera el más mínimo error del jefe de los descifradores para despedirlo y despellejarlo vivo. Ante él, más que ante nadie, deberá Turing cifrar sus pensamientos, sus inclinaciones sexuales y su personalidad para defenderse ante ese poder material, perverso e inmoral dominante en su Inglaterra natal. Y también este punto queda resuelto en el film por el buen hacer de Cumberbatch.

     El director noruego Morten Tyldum (Headhunters) y el guionista novel Graham Moore, ambos también nominados a los Oscars en sus distintas parcelas, contribuyen a dar vida a Turing con sus grandes trabajos. Sobre todo a la hora de adaptar a la pantalla la biografía escrita por Andrew Hodges, pionero y líder del movimiento de liberación gay inglés en los años setenta. Hodges escribió Alan Turin: the Enigma para recuperar la figura del denostado científico. Un homenaje justo y merecido que el propio gobierno británico tardaría todavía treinta años más en realizar. Sea como sea, el film hace justicia con un personaje sin el cual el mundo en que vivimos podría ser muy diferente de lo que es. No en vano, como queda demostrado en The Imitation Game (Descifrando Enigma), el amor puede hacer perder guerras...      

    

lunes, 6 de octubre de 2014

El extranjero. Albert Camus. Alianza Editorial. 2012. Reseña





     En 1957 Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de una obra que pone de manifiesto los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy . El escritor francés de origen argelino desarrolló a lo largo de su obra un humanismo fundado en la conciencia del absurdo en la condición humana. 

     El Extranjero fue su primera obra publicada - que no escrita - y, junto a La peste, la más reconocida de su extensa trayectoria. Como siempre, resulta imprescindible estudiar el momento en que Camus escribió la novela: el frío invierno parisino de 1942, en plena ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Un París en el que se pasaba hambre y frío y se moría de terror ante las injusticias perpetradas por la barbarie hitleriana. 

     Camus narra en primera persona la historia personal de Meursault, ser indiferente a la realidad por resultarle esta inabordable y absurda, un extranjero dentro de lo que deberia ser su propio entorno. Y, por desgracia, un paria de la sociedad que comete un absurdo crimen del que será incapaz de defenderse pese a sentirse no culpable de la acción que causa la muerte del otro individuo. 

     Meursault es un hombre frío como un saco de hielo que no muestra nunca sentimiento de injusticia, arrepentimiento o lástima, ni siquiera de sí mismo. Un personaje pasivo y escéptico frente a todo lo que le rodea, incluídas la aburrida existencia humana e incluso la muerte. En definitiva, un ejemplo cruel de la sociedad deshumanizada y carente de valores morales que Camus percibió en un momento en que la existencia humana fue realmente mezquina. Sin duda, influyó en el autor la honda sensación de frustración y desesperanza creada por la ocupación alemana de París y el resto del continente europeo.

     El personaje central de de la novela nos invita a reflexionar con profundidad sobre el sentido que cada uno de nosotros ha de dar a su propia vida. Y, ante todo, nos obliga a luchar por una libertad cuya pérdida nos puede abocar a la cotidianidad, el absurdo y al sentido de pecado. En suma, una alienación total que puede llegar a hacernos sentir extranjeros, extraños, en nuestra propia casa. Estos factores precisamente son los que conducen a Meursault a una indiferencia tal que lo despoja del espíritu de lucha necesaria para defenderse ante el juez y el fiscal, víctima de lo absurdo, de su silencio, de su pasividad.

     Su comportamiento extraña a su jefe, ante quien no muestra alegría tras su ascenso y traslado a la capital; a María, su chica - por llamarla de alguna manera -, a la cual invita a bañarse y al cine justo después de celebrar el entierro de su propia madre; al director y al conserje de la residencia donde fallece esta, por no pedir por ella ni llorar ni pedir ver su cuerpo ya sin vida; y al lector, por todo ello y otras actitudes que nos lo muestran como frío y casi inhumano. 

     El estilo sencillo, de frases cortas, empleado por Camus nos adentra todavía más en la acción. Es una novela que parece estar escrita con la misma desgana que percibimos en su protagonista a la hora de abordar su propia existencia. Este es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos del autor al abordar la escritura de la historia. Todo, absolutamente todo, desprende un cierto olor a aburrimiento, una desidia, un pasotismo . No se me ocurre mejor manera de narrar esta novela. Meursault habla de sí mismo como podría hacerlo de cualquier otra persona, sin emoción, de forma plenamente objetiva y como si hablara en realidad de un reflejo percibido en un espejo. Con un desapego de sí mismo que en el lector causa sorpresa y hasta espanto.

     Y lo peor de todo - y lo que más debe inquietarnos como lectores y como personas -, es que la sociedad juzga al protagonista más por sus actos pasados ​​y su evidente falta de apego a sí mismo que por su absurdo crimen. Una sociedad que juzga a sus integrantes sin conocer prácticamente sus pecados ni interesarse por ellos está destinada a deshumanizarse de forma progresiva. Y en esa sociedad es precisamente en la que vivimos. Inquietante, ¿verdad? Reflexionemos, pues ...     

viernes, 28 de marzo de 2014

Guardianas nazis. El lado femenino del mal. Mónica G. Álvarez. Edaf. 2012. Reseña





     La periodista vallisoletana afincada en Barcelona Mónica González Álvarez debutó como escritora con Guardianas nazis. El lado femenino del mal en 2012. La obra nos sumerge en uno de los aspectos menos tratados del Holocausto, las guardianas femeninas de los campos y prisiones nazis. Sin duda, un tema atractivo para todos los públicos, especialmente para estudiosos del tema y curiosos que quieran saber cómo una mujer puede convertirse en diablesa y superar incluso las atrocidades perpetradas por sus compañeros masculinos.

     De entrada debemos alabar el enorme trabajo de investigación necesario para poder elaborar esta recopilación de datos, hechos, tratos vejatorios y asesinatos en masa. A buen seguro, la autora habrá pasado mucho más tiempo investigando los hechos que escribiendo el libro. Eso sí, el resultado final bien ha valido la pena.

     Durante más de 350 páginas Mónica nos narra los repugnables actos de hasta diecinueve guardianas nazis, a las cuales divide en dos categorías: los siete arcángeles del terror (seres "venerados" por su régimen que se encontraban entre Hitler (la divina providencia) y los SS (los principados)); y las doce apóstoles del Reich (propagadoras y evangelizadoras de la doctrina aria). Todas ellas compartían algo: eran unas bestias que carecían totalmente de valores, lo cual imposibilita diagnosticarles cualquier tipo de trastorno de personalidad. Todas tenían esa semilla de maldad en su interior y trabajar en los campos y prisiones y ver que tenían el poder sobre las vidas ajenas despertó sus peores instintos.

     Resulta abominable y estremecedor leer las acciones de los siete arcángeles del terror. Especialmente los relatos referentes a Ilse Koch, La zorra de Buchenwald, quien ordenó extirpar la piel tatuada de los judíos para fabricar pantallas para lámparas decorativas; o incluso disecar y encoger las cabezas de los presos para exponerlos en su salón a modo de trofeo. Podría seguir narrando más y más hechos horrendos pero considero que, quien lo desee, debe leer el libro. En estas líneas no debo desentrañar nada más sobre estas "mujeres".

     Una de las preguntas clave de la cuestión es: ¿por qué estas mujeres, la mayoría jóvenes, en plena flor de la vida, decidieron engrosar la lista de guardianas nazis? Por raro que parezca, la respuesta más clara es que lo hicieron por dinero. La situación económica en la Alemania posterior al Tratado de Versalles no era la mejor. La gente pasaba hambre e inscribirse como guardiana suponía ingresar hasta cuatro veces más que trabajando en una fábrica, fregando suelos o sirviendo en casa de gente bien. Además, permitía introducirse en un régimen que, según parecía, iba a dominar el mundo entero, lo cual prometía un gran futuro para ellas.

     Llama poderosamente la atención una serie de hechos que también son compartidos por todas ellas. La mayoría venían de familias humildes, eran prácticamente analfabetas y habían trabajado para otros con anterioridad. Hacerse guardianas era una salida muy fácil y atractiva dadas las circunstancias. Una vez dentro del sistema, todas compitieron por hacerse un sitio y un nombre entre el Reich y sus gerifaltes. Y esa competición y ansias de agradar las llevó a perpetrar crímenes cada vez mayores. El premio era un ascenso o un traslado a campos de mayor renombre. Lo que para ellas era granjearse un futuro para cualquier ser humano no pervertido era ser un criminal de guerra.

     Estas bestias de matar disfrutaban con sus "trabajos". Humillar, pegar, lanzar perros y matar eran acciones tan cotidianas para ellas como el comer. Eso sí, sus presos no comían prácticamente. Y lo peor de todo es que las acciones de una de ellas espoleaban a las demás, que buscaban inventar nuevos métodos de tortura para superar a sus compañeras. Ravensbruck, el campo donde eran adoctrinadas antes de pasar a desempeñar sus funciones, fue el nido de arpías más infame conocido por la Humanidad a lo largo de su historia.                    

     Mónica G. Álvarez nos narra todas estas atrocidades con un lenguaje claro y sencillo, el mejor para que cualquier lector se haga cargo de todo lo que ocurrió en los campos de la muerte. Es un libro riguroso y exhaustivo que refleja a la perfección las acciones de estas diecinueve maltratadoras, vejadoras y sádicas. Aunque la lectura de la obra no es muy placentera debido a la inhumanidad contada considero que es muy importante leerla. Conocer la historia es la mejor manera de evitar que se repita en el futuro. O quizás no.

     

lunes, 10 de marzo de 2014

La victoria del ghetto. Marc Dvorjetski. Editorial Euros. 1974. Reseña





     Marc Dvorjetski fue uno de los ochenta mil judíos que poblaban la ciudad de Vilna, Lituania, en 1941. La denominada "Jerusalén lituana", auténtica metròpolis del judaísmo europeo, fue tomada por los nazis en junio de 1941. Como en multitud de ciudades polacas y del este de Europa la población judía fue confinada en un gueto. 

     La victoria del ghetto es el resultado de un juramento realizado por muchos judíos en aquella época: los que sobrevivieran a la barbarie nazi contarían todo lo ocurrido para que las generaciones venideras no volvieran a repetir semejantes atrocidades. Evidentemente, el título es simbólico, pues poco pudieron hacer los allí confinados para hacer frente a los alemanes. Sin embargo, a lo largo de los hechos reseñados por Dvorjetski subyace un ferviente mensaje de fe, esperanza y lucha.

     Médico de profesión, se ocupó de hacer algo más llevadera la vida de cuantos conciudadanos pudo atender durante los más de dos años que duró el hacinamiento en un entorno mugriento, gris y sucio. No obstante, lo descrito supone, en palabras de René Cassin, premio Nobel de Literatura, en el prefacio del libro, "un himno triunfal para la celebración mística de una epopeya gloriosa". 

     Aunque el gueto más conocido de la época (el de Varsovia) es bastante conocido gracias a multitud de novelas, ensayos y hasta películas merece la pena leer lo acaecido en otros recintos amurallados similares. Encontramos en este relato múltiples similitudes respecto a la capital polaca. Pero también aspectos diferentes que amplían nuestros horizontes y nos permiten ver cómo los judíos no reaccionaron de igual manera en todos los lugares que sufrieron las atrocidades nazis.

     Pese a que no hubo una sublevación como la de Varsovia sí encontramos en el relato de Dvorjetski las mil y una maneras de hacer frente a los alemanes. Figuras como Abba Kovner, Tenenbaum-Tamarov, Yehiel Scheinbaum, Glasmann o Wittenberg, líderes del movimiento resistente de Vilna, reciben aquí su particular homenaje, al igual que las mujeres participantes en los correos clandestinos gracias a los cuales la mayoría de los guetos de Centroeuropa estuvieron en permanente comunicación a lo largo de la guerra: Frumka Plotnitzki, Liona Kazibrodska y Tamara Schneidermann, entre otras muchas. 

     El bosque de Ponar, situado a escasos siete kilómetros de la ciudad de Vilna, uno de los lugares más hermosos de la zona, fue utilizado por los alemanes para fusilar y enterrar a multitud de judíos procedentes de la "Jerusalén judía" y de otros lugares de Europa. Precisamente en los bosques de los alrededores, muchos otros se unieron para luchar contra el gran enemigo. Incluso se constituyeron auténticas colonias judías clandestinas en ellos. El más conocido, el de los hermanos Bielski, llegó a contar con más de mil doscientas personas. El magnífico film "Resistencia", dirigido por Edward Zwick e interpretado por Daniel Craig y Liev Schreiber, cuenta la historia de este grupo comandado por Tuvya Bielski.

     Una particularidad tiene este aspecto de la lucha en el bosque: en la parte final de la guerra, cuando ya se veía que el poder alemán iba a caer con estrépito, soviéticos, polacos, lituanos y ucranianos también se echaron encima de los judíos refugiados en plena naturaleza. Su objetivo era muy simple: acabar con ellos definitivamente y, de paso, hacerse con los territorios hasta entonces ocupados por los nazis. Comenzó, así, otra guerra, totalmente desconocida por el gran público, en busca de poseer los territorios que iban a quedar libres de las huestes de Hitler. Y, nuevamente, los judíos iban a ser las víctimas inocentes de ella.

     En 1961 Dvorjetski declaró como testigo en el proceso de Adolf Eichmann, acusado de crímenes contra la Humanidad. Gracias a su testimonio (y el de otros testigos presenciales) fue declarado culpable y condenado a muerte. El nazi, que se declaró inocente porque "simplemente me ocupé de cumplir las órdenes de mis superiores", fue ejecutado en la prisión de Ramla en 1962.  

     La destrucción del gueto de Vilna, y del resto de los guetos europeos, hizo posible la edificación de la nación de Israel gracias a la voluntad de unos hombres que convirtieron la derrota y la muerte en el terreno de cultivo de una gran victoria histórica demandada durante años y años por todos los judíos del mundo. Eso sí, también fue el germen de una nueva guerra con el pueblo palestino, poniendo de manifiesto, una vez más, la terrible injusticia cometida por la comunidad internacional encarnada por la ONU. Pero esa es otra historia...                   


lunes, 17 de febrero de 2014

The Monuments Men. Robert M. Edsel. Destino. 2012. Reseña





     Casi todo el mundo ha escuchado o leído informaciones sobre el expolio cultural europeo perpetrado por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, lo que casi nadie sabe (o sabía) es que hubo una serie de hombres (también denominados "soldados del arte") que, sin fusiles, ni tanques, ni bombas, pero sí con su conocimiento, su sigilo y su astucia lograron salvar el patrimonio artístico de la codicia de Hitler y sus gerifaltes pero también del poder ampliamente destructivo de los ejércitos contendientes. Uno de los temas menos conocidos de la Segunda Guerra Mundial es tratado en este ensayo divulgativo con gran detenimiento.

     Robert M. Edsel creó en 2007 la fundación Monuments Men buscando sensibilizar a la opinión pública sobre la conveniencia de proteger durante los conflictos el legado artístico de cada país. Además, dicha fundación informa sobre gran número de obras robadas, escondidas, deterioradas, o que, simplemente, se perdieron para siempre.

     Empresario dedicado al gas y al petróleo, ha invertido buena parte de sus ganancias en estudiar y documentar la vida y la actividad de personas que durante la Segunda Guerra Mundial consagraron sus vidas y sus esfuerzos a proteger y preservar las obras de arte europeas del expolio nazi. "The monuments men" es el resultado de trece años de investigación exhaustiva sobre una aventura tan fascinante como poco conocida del peor conflicto bélico que ha vivido la humanidad hasta la fecha. 

     En la misión participaron en total unos trecientos hombres y mujeres, aunque sólo una decena de ellos estuvieron en primera línea de combate (algo necesario para poder ponerse manos a la obra nada más reconquistar territorios y, así, evitar mayores problemas en forma de saqueo, destrucción o pérdida). La práctica totalidad de ellos eran británicos y estadounidenses y pertenecían a la "flor y nata" de oficios relacionados con la conservación, restauración y labores museísticas. Un par de ellos, por desgracia, murieron durante el conflicto.     
     Hitler y sus secuaces robaron obras de arte de todo el continente. Su intención, aparte de lucrarse, era construir el mayor museo del mundo (el Fürhermuseum) para mayor gloria del III Reich. Linz, ciudad austriaca origen del Fürher, sería el nuevo centro artístico mundial, desplazando en importancia a la Florencia renacentista. La maqueta del proyecto acompañó a Hitler en su búnker de Berlín hasta sus últimos momentos.

     Sin embargo, tras el desembarco de Normandía y la batalla de Stalingrado el curso de la guerra cambió progresivamente y los nazis comenzaron a transportar a Alemania las grandes obras de arte (como, por ejemplo, la Madonna de Brujas, de Miguel Ángel, o el retablo de Gante, más conocido como "la Adoración del Cordero Místico", de los hermanos van Eyck). Los lugares de destino fueron minas de carbón o de sal excavadas en las montañas más escondidas (Altaussee o Merkers) y palacios y grandes almacenes convertidos en depósitos de arte (castillo de Neuschwanstein, Siegen o Heilbronn).

     No obstante, lo peor llegó en los últimos meses del nazismo con el Decreto Nerón de Hitler, por el cual debían destruirse todas las infraestructuras alemanas (puentes, vías férreas, fábricas, almacenes, etc) para impedir el avance aliado. Durante las últimas semanas del conflicto en Europa, con Hitler refugiado en su búnker o ya muerto, se creó un vacío de poder que hizo que algunos pensaran en destruir también las obras de arte para que no volvieran a caer manos del enemigo. Algunas obras se perdieron para siempre.

     El ideólogo de los "Monuments Men" fue el teniente George Stout. Como oficial de campo fue el referente del resto de miembros del cuerpo de Museos: J. Rorimer, R. Posey, L. Kirstein, W. Huchthausen, W. Hancock, H. Ettlinger, R. Balfour, etc. Buena parte de la información manejada por todos ellos en su búsqueda de obras de arte por toda Europa provino de Jacques Jaujard, director de los museos nacionales de Francia, y Rose Valland, conservadora temporal del Jeu de Pomme, adyacente al Louvre, durante la ocupación alemana.

     Tomando como base la obra de Edsel el actor George Clooney ha producido, co-escrito y dirigido un film de idéntico título en el que participan, entre otros, el propio Clooney (en el papel de George Stout), Matt Damon (J. Rorimer) y Cate Blanchet (Rose Valland). Habrá que ver si Hollywood hace justicia con estos hombres o si, como es habitual, entrega la gloria a invenciones subjetivas carentes de interés histórico.
     

lunes, 25 de noviembre de 2013

Dime Quién Soy. Julia Navarro. Plaza & Janés. 2010. Reseña





     Cuando devoras un libro de más de mil páginas cuyo desenlace parece vislumbrarse antes de la página cien y llegas al final y compruebas que lo que habías pronosticado se cumple te quedas con un sabor agridulce. Eso es lo que me ha sucedido con la cuarta novela de Julia Navarro. Sin embargo, escribo esta reseña porque la obra merece (y mucho) la pena ser leída. Sobre todo porque, sin ser una novela de misterio, te ata a sus páginas desde el principio hasta el final.
 
     "Dime quién soy" es un viaje por la historia y la memoria europeas del siglo XX, desde los tiempos de la II República española hasta la caída del muro de Berlín, pasando por la Guerra Civil española, la posguerra, el ascenso de los comunismos y los fascismos, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría. Sirve perfectamente para explicar con claridad el tablero de ajedrez en que se convirtió el viejo continente durante el siglo pasado: alianzas contra-natura, traiciones, espionajes y falta de escrúpulos en un momento de nuestra historia en el que se vivió más de cara a la galería que hacia adentro.
 
     Todo ello ilustrado a través de unos personajes que gracias a una caracterización mayúscula se nos presentan con la fuerza suficiente como para hacernos entender sus diferentes puntos de vista sobre la política europea de la época. Porque en la novela encontramos comunistas convencidos y decepcionados; fascistas y nazis radicales y otros que simplemente sirven a su país por encima de los nauseabundos gobernantes del momento; republicanos y nacionales; militares de carrera y jóvenes pertenecientes a movimientos clandestinos; apolíticos y entendidos en ciencias políticas. Personas, en definitiva. Diferentes entre sí pero, a la vez, humanos en la mayoría de los casos.
 
     La acción transcurre en las principales capitales europeas de la época, mostrándonos el Madrid y la Barcelona de los años treinta y cuarenta, el Moscú de época staliniana, el París de los refugiados republicanos tras la contienda española, el Londres apaciguador ante Hitler, el Berlín de épocas nazi y de la Guerra Fría (perfectamente contrapuestas y magníficamente descritas), la Varsovia ocupada (con descripciones de cómo vivieron los judíos encerrados en el gueto) y hasta el Buenos Aires acogedor de españoles huidos tras la Guerra Civil española.
 
     Todos estos lugares serán visitados por Guillermo, el protagonista masculino de la novela, un inquieto periodista madrileño de principios de nuestro siglo que no encaja en el mundo periodístico de su época, en el que priman más los intereses partidistas de los medios que la supuesta misión informativa de los mismos. El joven recorrerá toda Europa y hasta Buenos Aires buscando información sobre su bisabuela, Amelia Garayoa, la verdadera protagonista de la historia. Una mujer capaz de abandonar a su marido y a su hijo recién nacido en busca de una vida mejor que acabará haciéndola vivir mil y una aventura no exenta de peligros y situaciones dramáticas. 
 
     La vida de Amelia estará repleta de amor y desamor, de aventuras y desventuras, de fidelidades y traiciones. Y Guillermo irá descubriendo, poco a poco, que su bisabuela fue una mujer capaz de lo mejor y de lo peor, siempre incapaz de quedarse indiferente ante las atrocidades e injusticias cometidas por los regímenes totalitarios que camparon a sus anchas durante casi todo el siglo que la vió vivir. Comprometida con cualquier causa que pudiera librar al continente europeo de los tiranos.
 
     Que una novela de más de mil páginas no se le haga a uno larga sino todo lo contrario es algo muy difícil de encontrar. Y también de conseguir como escritora. Y Julia Navarro lo ha hecho posible haciendo gala de una gran maestría. Los personajes se convierten en familiares del lector. La novela, dada su longitud, necesita de muchas sesiones de lectura, algo que favorece una mayor relación entre los protagonistas y el lector. Creo que me será muy difícil olvidar a Amelia y a Guillermo. Pero también a Santiago, su primer amor y también su marido, quien de tan bueno como es acaba perdiendo aquello que más quiere; Pierre, ese comunista francés que aparta para siempre a Amelia de su marido y de su hijo; Albert, el periodista británico afincado en Nueva York que intenta mantenerse neutral en un mundo en donde no se puede actuar así, algo que comprobará en sus propias carnes con el tiempo; y Albert, un militar alemán, que no nazi, que llevará su amor por Amelia hasta límites casi imposibles.
 
     En definitiva, una obra digna de entrar, por mérito propio, en esa lista de libros inolvidables de la literatura contemporánea española. Una de esas historias que dentro de muchos años serán consideradas clásicas de nuestras letras. Un libro que, historias personales al margen, ilustra los acontecimientos más importantes del siglo XX europeo. Una lectura que bien podría ser interesante incluir como obligatoria para los estudiantes de historia contemporánea.