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lunes, 15 de junio de 2026

Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Nuccio Ordine. Acantilado. 2017. Reseña

 




    Entre septiembre de 2014 y agosto de 2015 Nuccio Ordine seleccionó fragmentos de clásicos de todos los idiomas, lugares y épocas para comentarlos en el semanario Sette, del diario italiano Corriere della Sera. Se trata de los mismos fragmentos que durante años leyó a sus alumnos en las distintas aulas en las que impartió clases. La idea de compilar dichos textos en un libro llegó algo más tarde. El objetivo de la columna semanal, que llevaba por título ControVerso, y también el del libro, era acercar esos clásicos a los lectores, especialmente a los jóvenes. No hay que leer a los clásicos para aprobar los exámenes, escribe el propio Ordine en la introducción del libro. La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. Misma idea que le sirvió para escribir el manifiesto La utilidad de lo inútil (2013), ya reseñado en este mismo blog, y Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir (2022). 

    La trilogía que forman los dos libros citados y este que nos ocupa parten de un pensamiento común: que los clásicos sean, en un momento difícil para su existencia, un precioso instrumento de conocimiento de lo que es la vida y una especie de guía sobre la manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro. La introducción de este segundo volumen lleva por título Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Título sugerente y significativo, sin duda. Para ello, es básico el papel del profesor: muchas veces hemos constatado que nuestro amor por la literatura o la filosofía, por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. Sin embargo, no se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Resulta obvio que todos sabemos a lo que se refiere Ordine con estas afirmaciones.

    Porque un verdadero maestro puede cambiar la vida de un alumno. Que se lo digan a Albert Camus, quien agradeció públicamente a su antiguo maestro, Louis Germain, la oportunidad de llegar a ser lo que era. Incluso le dedicó el discurso pronunciado al recoger su Nobel de Literatura en 1957. Y, si en algo coincidirían Germain, Ordine y la mayoría de docentes del planeta, es en que la buena escuela no la hacen las tablets ni los programas digitales, sino los buenos profesores. Unos docentes que han de afrontar montañas de papeleo burocrático y que reciben grandes cantidades de dinero en escuela digital mientras asisten al drama diario que les supone tener en las aulas a demasiados alumnos y con muy diferentes y variadas necesidades. A una precariedad que a menudo acaba con sus huesos -y los de sus alumnos- en barracones o en colegios que se caen a pedazos. Unos alumnos a los que conviene explicarles bien que lo importante no es la meta, sino el viaje que debemos llevar a cabo para alcanzarla. En este sentido, Ordine asegura que la curiosidad y la creatividad corren grave peligro a causa de la excesiva y demasiado temprana profesionalización impuesta por los currículums actuales. 

    Otra crítica importante lanzada por Ordine en este libro es la que hace referencia a los denominados yacimientos culturales, un calificativo que compara al oro negro -o petróleo- con los bienes culturales. Para ellos, el Partenón y el Coliseo, el Louvre y el Prado son petróleo en la medida en que constituyen una fuente potencial de ingresos. Nadie pretende subestimar la importancia del aspecto económico -la lógica empresarial ha invadido ya el ámbito de los bienes culturales-, pero: ¿es posible considerar los monumentos y las obras de arte como meras fuentes de ingresos con independencia de su valor cultural? ¿Cómo puede ofenderse a siglos de cultura y de historia comparando nuestro patrimonio artístico y monumental , con un producto, el petróleo, que apesta y contamina? Razón no le falta al autor, desde luego. Seguro que muchos de los lectores, cuando viajan a lugares y monumentos históricos o culturales, asisten perplejos e indignados a la presencia de la marabunta de turistas a los que, sin importarles lo más mínimo la historia del lugar o del monumento en cuestión, se acercan a ellos solo por hacerse un selfie que poder colgar luego en sus redes sociales. Postureo capitalista-consumista.

    Volviendo al tema de la educación en la escuela, otro punto central del discurso de Ordine es el que hace referencia a la deriva empresarial de la enseñanza. Aspecto que se ejemplifica a la hora de elegir entre bachillerato y formación profesional al terminar la enseñanza secundaria obligatoria y que se acentúa, más tarde, al elegir una carrera universitaria. Un gran número de estudiantes se siente desgarrado por un terrible dilema: ¿qué hacer?, ¿seguir libremente sus intereses o dejarse condicionar por una opción basada exclusivamente en las oportunidades de mercado?, ¿vivir una pasión o pensar únicamente en el empleo? El mercado, sin duda, olvida que trabaja mejor quien trabaja con pasión. Que para trabajar con pasión es necesario amar ese trabajo, no solo el sueldo que lo acompaña. Que se puede uno sentir feliz con una retribución menor si se ama lo que se hace y que se puede ser un infeliz viviendo en una mansión pagada con un trabajo que a uno no le gusta. Cuestión de elección, claro. Y de pasión.

    Así, continúa Ordine, la escuela y la universidad deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico. Lo cual nos lleva a otra cuestión no menor. En plena época de la inmediatez, del aquí y ahora, de la consecución de cosas sin el esfuerzo adecuado, Ordine cita a Nietzsche y su elogio de la lentitud y de la filología. En efecto, la pericia de los orfebres de la palabra es hoy más necesaria que nunca. De esta manera, la filología debe enseñar a leer bien, es decir, lenta, profunda, respetuosa, cuidadosamente, con cierta malicia y con las puertas siempre abiertas, con sensibilidad en la mirada y en el tacto. Para ello es necesario invertir más en educación y en cultura: educar a los jóvenes en el respeto a la justicia, en la solidaridad humana, en la tolerancia, en el rechazo de la corrupción, en la democracia, con el fin de mejorar crecimiento del país. 

    La avidez y el egoísmo son dos de los principales males que nos están separando y atrasando. Ordine apuesta por una Europa solidaria y unida. Porque solo así, de la mano, se puede erradicar el auge del extremismo. Los gobiernos deben cumplir con su parte. Los docentes deben reencontrar su entusiasmo y motivación. Los padres deben pensar más en la educación de sus hijos que en sus futuras cuentas bancarias. Frenando la deriva utilitarista y empresarial ayudaremos a nuestros estudiantes a entender mejor que el conocimiento no debe abrazarse para ganar dinero, sino ante todo para ayudarnos a convertirnos en hombres y mujeres libres, capaces de rebelarnos contra los egoísmos del presente para tratar de hacer que la humanidad sea más humana. Es preciso partir de los clásicos, de la escuela, de la universidad, de aquellos saberes injustamente considerados inútiles (la literatura, la filosofía, la música, el arte, la investigación científica de base) para formar a las nuevas generaciones de ciudadanos. Porque todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significará, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error. En definitiva, como dice el autor al comienzo de esta obra: si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos.                                    


lunes, 23 de octubre de 2023

Novela de ajedrez. Stefan Zweig. Acantilado. 2002. Reseña

 




    Novela de ajedrez fue la última obra escrita por Stefan Zweig. Lo hizo en su exilio brasileño a finales de 1941, escasos meses antes de su suicidio, el 22 de febrero de 1942. Considerada por todo el mundo una de sus obras cumbre --si es que un autor tan sobresaliente puede tener alguna que no lo sea--, se publicó de forma póstuma en Argentina, no llegando a la Europa libre (la no ocupada por los nazis) hasta 1943. El escritor austríaco critica en ella el nazismo y los métodos demoníacos de la Gestapo. De gran crudeza en muchos de sus pasajes, describe, sin una palabra de más pero con toda su significación, aspectos tan relevantes como la deshumanización, el aislamiento, la incomunicación y el exilio forzoso a que fueron sometidas millones de personas durante los años inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, durante la contienda. Hechos que provocaron que el bueno de Zweig decidiera poner fin a su vida.

    Todas las novelas cortas de Zweig --en este mismo blog ya han sido reseñadas un gran número de ellas-- comparten una serie de características, las cuales también se hacen presentes en la que nos ocupa. En primer lugar, se funden con gran maestría la realidad del momento de escritura de la obra en cuestión --en este caso, obviamente, la feroz expansión del nazismo, que amenazaba con hacerse dueño de toda Europa--, una buena idea del autor --llevar a un tablero de ajedrez toda la angustia que la realidad le causaba-- y su inagotable capacidad para crear una gran obra de ficción a partir de todo ello. En segundo lugar, la utilización de la obra en sí para denunciar una situación tremenda e injusta --la ya descrita--. Y, en tercer lugar, en las novelas de Zweig aparecen muy pocos personajes pero, eso sí, magistralmente presentados, descritos y psicoanalizados --descuartizados en espíritu--. Mención especial, en este sentido, para Czentovicz y el señor B.. Sobre todo en el caso del segundo.

    En Novela de ajedrez, la tranquilidad de un viaje en barco desde Buenos Aires hasta Nueva York puede saltar por los aires por un simple juego. Un juego que acabará enfrentando a todo un campeón del mundo con un enigmático vienés que huye del nazismo. Un contrincante que lleva más de veinte años sin jugar a ese juego, pero que es capaz de poner contra la cuerdas al vigente campeón mundial. Dos seres absolutamente antagónicos, en todos los sentidos, que dirimen sus diferencias sobre un tablero de ajedrez. Que han de hacer frente a una extraordinaria presión. Una presión para la que, tal vez, no están preparados. Todo ello descrito de una manera magistral por una pluma mágica, la de Zweig, que provoca que también el lector lea la historia con una tensión y unos nervios que le impiden cerrar el libro hasta que llega el final. Habiendo de resistirse a la tentación de echarse una partidita. Algo que yo mismo hice nada más terminar la lectura.

    Por supuesto, otro componente de las obras de Zweig es la intriga, el misterio. No son sus obras thrillers ni novelas policíacas, ni falta que les hace, claro, pero sí saben mantener en vilo al lector ante situaciones que, lejos de la artificialidad y la desconexión con la realidad cotidiana, podrían sucederle a cualquiera. Un tanto más que anotar en el casillero de uno de los mejores autores del siglo XX. En Novela de ajedrez, el misterio viene de la mano del señor B., de quien nada sabemos más allá de que lleva veinte años sin sentarse ante un tablero y es capaz de enfrentarse al actual campeón de campeones. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo aprendió a jugar así? ¿Por qué lleva tantos años apartado de algo para lo que, sin duda, es tan válido? ¿Cómo puede ser que un hombre así sea un completo desconocido en el mundillo del juego? Y, sobre todo, ¿por qué se comporta de esa manera tan particularmente desconectada del mundo y de la realidad?

    La información que el lector necesita para comprender la historia se nos va dando a su debido tiempo. A Czentovicz, en cambio, nos lo presenta el narrador desde las primeras páginas de la novela como un hombre incapaz en su vida privada de escribir una frase en el idioma que fuese sin faltas de ortografía. Como un ser perezoso, silencioso y apático que no hacía nada que no se le ordenara de manera explícita, es decir, con una absoluta falta de iniciativa. Como un chico cuya incultura era igualmente universal en todas las materias. Cuyo cerebro tardo no tenía la capacidad de retener hasta los conceptos más elementales. Y, sin embargo, todo ello no le impide labrarse una asombrosa carrera. A los diecisiete años había ganado ya una docena de premios, a los dieciocho el campeonato húngaro, y a los veinte, finalmente, el del mundo. De todas formas, en cuanto se levantaba de una mesa de ajedrez se convertía sin remedio en una figura cómica, casi grotesca. 

    Así, lo único que comparten ambos contendientes es su pasión por el ajedrez --al que el narrador califica como juego de reyes; juego entre los juegos; el único ideado por el hombre que escapa soberanamente a cualquier tiranía del azar, y otorga los laureles de la victoria exclusivamente al espíritu, o mejor aún, a una forma característica de agudeza mental; el único juego que pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu-- y su aislamiento respecto a los demás ciudadanos del mundo. Pero por causas bien diferenciadas. Czentovicz, para ocultar su monomanía y su monocordia intelectual, denotando una gran habilidad de no mostrar nunca sus puntos flacos. Alguien que conoce su desidia intelectual absoluta --que posee una sola veta de oro entre quintales de roca estéril-- y que apenas detecta la presencia de una persona instruida, se encierra en su cocha como un caracol. 

    El señor B., en cambio, se esconde de los nazis. Arrastra, desde hace más de dos décadas, una carga demasiado pesada: un año de encierro e interrogatorios a cargo de la Gestapo que acabaron por volverlo prácticamente loco. Algo que evitó, solo en parte, gracias a que la fortuna quiso poner en sus manos un libro con las jugadas maestras de los grandes genios del ajedrez mundial. Un libro que fue toda su compañía durante su largo encierro. Un libro que se sabía ya de memoria y que lo mantuvo con vida y lo alejó de la locura completa pero no de una cierta locura. Una locura que había mantenido a raya durante casi veinticinco años. Hasta que, paseando tranquilamente por el barco que lo lleva hasta Nueva York, asiste a una partida cuyos contrincantes --un rico, caprichoso y despreocupado noble británico y un hombre introvertido que resulta ser todo un campeón del ajedrez-- van a poner a prueba, con gran tensión, su capacidad de resistencia y de resiliencia.

   Por sus escenas de mayor crudeza, básicamente las que describe el señor B. al narrar su encierro y los interrogatorios que sufrió a manos de la Gestapo, Novela de ajedrez recuerda al célebre ensayo El hombre en busca de sentido, del también afamado autor austríaco Viktor Frankl, que fue escrito por el psicólogo y filósofo en 1946. Aspecto este que habla, para muy bien, de la obra reseñada. Si Zweig siempre describe psicológicamente a sus personajes de forma magnífica, en esta obra concreta lo hace más admirablemente todavía. Tras leerla resulta imposible no empatizar con sus personajes, sobre todo con el señor B., cuya angustia y casi locura son irremediablemente compartidas por el lector. Un lector que tampoco puede resistirse a echar una partidita, aunque sea contra el ordenador. A ello voy de nuevo. ¡Gracias, maestro!        

     

    

viernes, 29 de septiembre de 2023

La utilidad de lo inútil. Nuccio Ordine. Acantilado. 2013. Reseña

 




    El pasado mes de mayo se conoció que el profesor y escritor italiano Nuccio Ordine --considerado el ensayista italiano más conocido del mundo por su conocimiento de la época, el arte y la literatura del Renacimiento y una de las personalidades más significativas del panorama cultural internacional-- había sido distinguido con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2023, galardón que debía recoger el 20 de octubre. Apenas un mes después, en junio, falleció a causa de un accidente cerebrovascular. Su manifiesto La utilidad de lo inútil, probablemente su obra más conocida, la que le hizo llegar al gran público, algo que él no pareció buscar nunca, reflexiona sobre la situación marginal de las Humanidades en el mundo actual. En ella, las reivindica como disciplinas necesarias en la formación cívica del ser humano y en la creación de un pensamiento crítico fundamental para el desarrollo y el bienestar social. 

    El manifiesto repasa opiniones de filósofos, escritores y científicos sobre la importancia de apostar por una educación que cultive el afán de saber y de indagar sin el objetivo inmediato utilitarista o práctico que parece estar imponiéndose en los últimos años. Así, defiende que no solo lo que es inmediatamente útil lo es en realidad. También que en tiempos de crisis no se debe recortar jamás en educación, sino al revés. Porque, cuanto peor vienen dadas, más necesaria es la educación, pues solo una apuesta definitiva por ella conducirá a la sociedad a superar esa crisis. Puede que no de forma automática e inmediata, pero sí de manera más satisfactoria para el conjunto de la sociedad afectada por ella. Una educación que debe ser libre --que no quiere decir ociosa-- y alejada de las actuales pretensiones mercantilistas o económicas. Por una eficiencia que amenaza con erradicar la libre creación y el libre pensamiento.

    A lo largo de las ciento setenta páginas del manifiesto, que incluye un amplio y recomendable apartado bibliográfico y un apéndice en forma de ensayo de Abraham Flexner titulado La utilidad de los conocimientos inútiles, el escritor y filósofo nos lleva de la mano a recorrer los pensamientos de muchos conocidos filósofos, científicos y escritores de todas las épocas. Todo ello para insistir en la importancia de preservar la libertad educativa y cultural en aras de estimular la curiosidad y la imaginación de todos ellos con la finalidad de, a partir de conocimientos, avances e inventos más o menos inútiles, poder alcanzar avances que en ocasiones pueden comportar grandes cambios en la vida de los humanos. Y se sirve de los testimonios de los clásicos y de los estudiosos de todas las épocas para darnos numerosos ejemplos. Así, reivindica que nunca deberíamos atribuir el invento de tal o cual artilugio a un solo hombre, puesto que anteriormente siempre ha habido otro u otros que han avanzado en la materia en cuestión.

    La obra, que se divide en una introducción y tres partes (amén del referido apartado bibliográfico y del apéndice de Flexner), tituladas La útil inutilidad de la literatura, La universidad-empresa y los estudiantes-clientes y Poseer mata: "dignitas hominis", amor, verdad, nos sumerge en la que debe ser nuestra gran lucha actual y futura: defender la educación por sí misma ante los avances del utilitarismo. Es decir, apostar por toda la educación, no solo por la que comporta rendimientos inmediatos. O, dicho de otra forma, hacer frente a la sistemática destrucción de toda forma de humanidad y solidaridad. Así lo explica Ordine al principio del manifiesto: la lógica del beneficio mina por la base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas) cuyo valor debería coincidir con el saber en sí, independientemente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos. 

    Ordine nos explica que la utilidad dominante, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana. Es decir, el capitalismo salvaje, como sistema preeminente, deshumaniza cada vez más a los seres humanos, eliminando las diferencias entre ellos, sus particularidades, sus originalidades y sus especificidades, en aras de un pensamiento único, una actuación única, unos intereses únicos y una motivación única: solo interesan la economía, la posesión, el poder. Para el profesor, es doloroso ver a los seres humanos ignorantes entregados a acumular dinero y poder en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea --la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos-- no despierta ningún interés.

    Por ello mismo, sobre todo en los momentos de crisis económica, cuando las tentaciones del utilitarismo y del más siniestro egoísmo parecen ser la única estrella y la única ancla de salvación, es necesario entender que las actividades que no sirven para nada podrían sacarnos de la prisión, a salvarnos de la asfixia, a transformar una vida plana, una no-vida, en una vida fluida y dinámica, una vida ordenada por la curiositas respecto al espíritu y las cosas humanas. Y añade que: sin esta conciencia, sería difícil entender una paradoja de la historia: cuando prevalece la barbarie, el fanatismo se ensaña no sólo con los seres humanos sino también con las bibliotecas, y las obras de arte, con los monumentos y las grandes obras maestras. La furia destructiva se abate sobre las cosas consideradas inútiles. Cosas inútiles e inermes, silenciosas e inofensivas, pero percibidas como un peligro por el simple hecho de existir. Cosas que, por tanto, sí son útiles. Y por eso mismo se eliminan.

    Ordine nos advierte del gran peligro que supondría para el futuro de la humanidad el triunfo final de la actual tendencia basada únicamente en el provecho económico, en lo útil: si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. Y en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya ya agostado, será en verdad difícil imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad... Por tal motivo, es mejor proseguir la lucha pensando que los clásicos y la enseñanza, el cultivo de lo superfluo y de lo que no supone beneficio, pueden de todos modos ayudarnos a resistir, a mantener viva la esperanza, a entrever el rayo de luz que nos permitirá recorrer un camino decoroso. 

    El manifiesto La utilidad de lo inútil es un libro absolutamente necesario. Una pequeña obra maestra original y esclarecedora que muestra el camino que debe seguir el ser humano para intentar seguir siéndolo. Un bálsamo, una medicina, un soplo de aire fresco, un respiro, una visión. Una visión clarísima sobre las amenazas actuales y sus terribles consecuencias si no actuamos de forma inmediata y con todas nuestras fuerzas. La fuerza de la cultura, la educación, la curiosidad, el trabajo, la tenacidad, la libertad. La humanidad. Lean a Nuccio Ordine y reflexionen sobre ustedes mismos y sobre el mundo en el que vivimos. Y luego, ya de paso, sigan leyendo y leyendo otros buenos libros. Porque, como decía John Maynard Keynes ya en 1928, lo bueno es siempre mejor que lo útil. La auténtica esencia de la vida coincide con lo bueno (con aquello que las democracias comerciales han considerado siempre inútil) y no con lo útil.                    

                  

miércoles, 9 de mayo de 2018

Carta de una desconocida. Stefan Zweig. Acantilado. 2002. Reseña





     En 1922 el célebre escritor vienés Stefan Zweig publicó uno de sus relatos más afamados: Carta de una desconocida. Se trata de una novela corta (apenas 80 páginas) que se lee en una hora y media. Lo mismo que se tarda en ver una película de un metraje más o menos normal. La misiva, enviada por una mujer desconocida a un famoso escritor vienés en el día de su cumpleaños, resulta ser toda una declaración de amor, por un lado, y, por otro, una descripción desgarradora de la vida de esta peculiar mujer. Una persona capaz de renunciar a todo en la vida solo por amor hacia alguien para quien tan solo es eso: una completa desconocida.

     En las primeras páginas del escrito, su autora escribe: Solo quiero hablar contigo, decírtelo todo por primera vez. Tendrías que conocer toda mi vida, que siempre fue la tuya aunque nunca lo supiste. Pero solo tú conocerás mi secreto, cuando esté muerta y ya no tengas que darme una respuesta; cuando esto que ahora me sacude con escalofríos sea de verdad el final. En el caso de que siguiera viviendo, rompería esta carta y continuaría en silencio, igual que siempre. Si sostienes esta carta en tus manos, sabrás que una muerta te está explicando aquí su vida, una vida que fue siempre la tuya desde la primera hasta la última hora. 

     En efecto, la carta es un alegato del amor verdadero, sin ningún tipo de condiciones ni  de reproches. Y está compuesta por palabras que emocionan y desgarran a la vez. Por la grandeza del amor y por la vida que describe la autora de la misiva. En ella aparecen los rincones más ocultos, íntimos y hasta oscuros del alma humana; el tema de la desigualdad en el amor cuando una parte se entrega mucho más que la otra; un romanticismo brillante, desesperado y casi irracional; y una manera de expresar los sentimientos solo al alcance de un genio literario de la talla de Zweig (puesto en este caso en el papel de una mujer arrolladora, tierna y siempre fiel hasta casi la locura).

     La amante muda que resulta ser nuestra protagonista conoce al escritor a los trece años de edad. Son vecinos de rellano, aunque el adulto (de solo 25 años) jamás recordará a la por entonces chiquilla. Y tampoco cuando se la encuentre en varias ocasiones más, pasados los años, en diferentes ambientes y situaciones. Así, una de las frases clave de la novela es esta: Ahora ya entiendo que la cara de una chica, de una mujer, resulta terriblemente cambiante para un hombre, porque no suele ser sino el reflejo de una pasión o de una ingenuidad o de una fatiga, que se borra tan fácilmente como la imagen de un espejo. Y un hombre puede olvidar rápidamente el rostro de una mujer, porque la edad que en ella se refleja cambia según si hay sol o sombra y según la forma de vestirse de un día para otro.

     Y así sucede a lo largo de los siguientes quince años de la vida de esta gran mujer. Desde que es una chiquilla de trece años hasta que es una adulta de veintiocho, pasando por su adolescencia. Su única ambición es que R. (el nombre de su amado no trasciende en ningún momento de la historia, como tampoco el suyo propio) la reconozca. Lo intenta en numerosas ocasiones. Siempre sin éxito. Y eso la desespera cada día más. Cada año le envía a su casa un ramo de rosas blancas por su cumpleaños. Esta vez, no obstante, lo que recibe el escritor es esta extraña y desoladora carta. Ni por esas consigue éste recordar a la mujer. Algo que acaba por sobrecogerlo en la última escena.

     La mujer confiesa que ha rechazado en matrimonio a varios hombres adinerados a lo largo de su vida. Hasta a un conde del Tirol. Y todo porque ha estado esperando a su verdadero amado durante esos quince años. Así, añade: Hasta este punto te he llegado a querer, por fin puedo confesártelo, ahora que todo ha pasado y todo está perdido. Y creo que si me llamaras cuando ya estuviera reposando en mi lecho de muerte, tendría la fuerza suficiente como para levantarme e ir hacia ti. Sin embargo, reconoce con hondo pesar que a él solo le gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, porque tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno. 

     El motivo de la carta y del suicidio (o del dejarse morir) por parte de la autora de la carta es la muerte de su único hijo, de once años de edad. Agarrada al amor de su vástago --que tanto esfuerzo le había costado llevar adelante desde su propio nacimiento: ¡Ah, las mujeres que tienen a los hijos en casa, las que le dan el niño al marido que lo espera con amor, no saben qué significa traer un hijo al mundo sola, indefensa, como en una mesa de laboratorio!--, el prematuro fallecimiento de éste la sume en una gran depresión. La cual la lleva a desear no seguir con su vida. La misiva es, pues, una especie de despedida de su amado.

     Pero, a su vez, también estamos ante un lamento: ¿De qué me sirve contarte todo esto, la obsesión frenética contra mí misma, compulsiva, tan trágica y desesperada, de una niña abandonada? ¿De qué sirve contárselo a alguien que nunca lo ha sospechado, que nunca lo ha sabido? Y se culpa a sí misma --nunca a él-- por ser incapaz de hacerse reconocer por alguien en quien vio desde el principio a dos personas en una: un joven ardiente, impulsivo y aventurero, y, al mismo tiempo, un hombre enormemente serio, responsable y cultivado. Y también mujeriego, con el tiempo. Alguien que hace que crezca su amor por los libros: Yo solo tenía una docena de libros baratos, encuadernados con cartones rotos, y los quería más que a nada en el mundo, los leía una y otra vez. Y ahora me asediaba la pregunta de cómo sería el hombre que poseía y había leído tantos y tan maravillosos libros.

     Y es que el amor y la devoción que siente esta chiquilla de trece años que se ha convertido en la mujer que escribe esta carta hacia su vecino escritor están más que justificados. Porque, si este escritor ficticio se asemeja en algo --por poco que sea-- al gran autor que fue Zweig, no es ilógico pensar que cualquier persona pueda sucumbir a sus dotes de genio literario.