Entre septiembre de 2014 y agosto de 2015 Nuccio Ordine seleccionó fragmentos de clásicos de todos los idiomas, lugares y épocas para comentarlos en el semanario Sette, del diario italiano Corriere della Sera. Se trata de los mismos fragmentos que durante años leyó a sus alumnos en las distintas aulas en las que impartió clases. La idea de compilar dichos textos en un libro llegó algo más tarde. El objetivo de la columna semanal, que llevaba por título ControVerso, y también el del libro, era acercar esos clásicos a los lectores, especialmente a los jóvenes. No hay que leer a los clásicos para aprobar los exámenes, escribe el propio Ordine en la introducción del libro. La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma. Misma idea que le sirvió para escribir el manifiesto La utilidad de lo inútil (2013), ya reseñado en este mismo blog, y Los hombres no son islas. Los clásicos nos ayudan a vivir (2022).
La trilogía que forman los dos libros citados y este que nos ocupa parten de un pensamiento común: que los clásicos sean, en un momento difícil para su existencia, un precioso instrumento de conocimiento de lo que es la vida y una especie de guía sobre la manera de resistir a la dictadura del utilitarismo y el lucro. La introducción de este segundo volumen lleva por título Si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos. Título sugerente y significativo, sin duda. Para ello, es básico el papel del profesor: muchas veces hemos constatado que nuestro amor por la literatura o la filosofía, por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. Sin embargo, no se puede entrar en clase sin una buena preparación. No se puede hablar al alumnado sin amar lo que se enseña. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés. Resulta obvio que todos sabemos a lo que se refiere Ordine con estas afirmaciones.
Porque un verdadero maestro puede cambiar la vida de un alumno. Que se lo digan a Albert Camus, quien agradeció públicamente a su antiguo maestro, Louis Germain, la oportunidad de llegar a ser lo que era. Incluso le dedicó el discurso pronunciado al recoger su Nobel de Literatura en 1957. Y, si en algo coincidirían Germain, Ordine y la mayoría de docentes del planeta, es en que la buena escuela no la hacen las tablets ni los programas digitales, sino los buenos profesores. Unos docentes que han de afrontar montañas de papeleo burocrático y que reciben grandes cantidades de dinero en escuela digital mientras asisten al drama diario que les supone tener en las aulas a demasiados alumnos y con muy diferentes y variadas necesidades. A una precariedad que a menudo acaba con sus huesos -y los de sus alumnos- en barracones o en colegios que se caen a pedazos. Unos alumnos a los que conviene explicarles bien que lo importante no es la meta, sino el viaje que debemos llevar a cabo para alcanzarla. En este sentido, Ordine asegura que la curiosidad y la creatividad corren grave peligro a causa de la excesiva y demasiado temprana profesionalización impuesta por los currículums actuales.
Otra crítica importante lanzada por Ordine en este libro es la que hace referencia a los denominados yacimientos culturales, un calificativo que compara al oro negro -o petróleo- con los bienes culturales. Para ellos, el Partenón y el Coliseo, el Louvre y el Prado son petróleo en la medida en que constituyen una fuente potencial de ingresos. Nadie pretende subestimar la importancia del aspecto económico -la lógica empresarial ha invadido ya el ámbito de los bienes culturales-, pero: ¿es posible considerar los monumentos y las obras de arte como meras fuentes de ingresos con independencia de su valor cultural? ¿Cómo puede ofenderse a siglos de cultura y de historia comparando nuestro patrimonio artístico y monumental , con un producto, el petróleo, que apesta y contamina? Razón no le falta al autor, desde luego. Seguro que muchos de los lectores, cuando viajan a lugares y monumentos históricos o culturales, asisten perplejos e indignados a la presencia de la marabunta de turistas a los que, sin importarles lo más mínimo la historia del lugar o del monumento en cuestión, se acercan a ellos solo por hacerse un selfie que poder colgar luego en sus redes sociales. Postureo capitalista-consumista.
Volviendo al tema de la educación en la escuela, otro punto central del discurso de Ordine es el que hace referencia a la deriva empresarial de la enseñanza. Aspecto que se ejemplifica a la hora de elegir entre bachillerato y formación profesional al terminar la enseñanza secundaria obligatoria y que se acentúa, más tarde, al elegir una carrera universitaria. Un gran número de estudiantes se siente desgarrado por un terrible dilema: ¿qué hacer?, ¿seguir libremente sus intereses o dejarse condicionar por una opción basada exclusivamente en las oportunidades de mercado?, ¿vivir una pasión o pensar únicamente en el empleo? El mercado, sin duda, olvida que trabaja mejor quien trabaja con pasión. Que para trabajar con pasión es necesario amar ese trabajo, no solo el sueldo que lo acompaña. Que se puede uno sentir feliz con una retribución menor si se ama lo que se hace y que se puede ser un infeliz viviendo en una mansión pagada con un trabajo que a uno no le gusta. Cuestión de elección, claro. Y de pasión.
Así, continúa Ordine, la escuela y la universidad deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable conformismo, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico. Lo cual nos lleva a otra cuestión no menor. En plena época de la inmediatez, del aquí y ahora, de la consecución de cosas sin el esfuerzo adecuado, Ordine cita a Nietzsche y su elogio de la lentitud y de la filología. En efecto, la pericia de los orfebres de la palabra es hoy más necesaria que nunca. De esta manera, la filología debe enseñar a leer bien, es decir, lenta, profunda, respetuosa, cuidadosamente, con cierta malicia y con las puertas siempre abiertas, con sensibilidad en la mirada y en el tacto. Para ello es necesario invertir más en educación y en cultura: educar a los jóvenes en el respeto a la justicia, en la solidaridad humana, en la tolerancia, en el rechazo de la corrupción, en la democracia, con el fin de mejorar crecimiento del país.
La avidez y el egoísmo son dos de los principales males que nos están separando y atrasando. Ordine apuesta por una Europa solidaria y unida. Porque solo así, de la mano, se puede erradicar el auge del extremismo. Los gobiernos deben cumplir con su parte. Los docentes deben reencontrar su entusiasmo y motivación. Los padres deben pensar más en la educación de sus hijos que en sus futuras cuentas bancarias. Frenando la deriva utilitarista y empresarial ayudaremos a nuestros estudiantes a entender mejor que el conocimiento no debe abrazarse para ganar dinero, sino ante todo para ayudarnos a convertirnos en hombres y mujeres libres, capaces de rebelarnos contra los egoísmos del presente para tratar de hacer que la humanidad sea más humana. Es preciso partir de los clásicos, de la escuela, de la universidad, de aquellos saberes injustamente considerados inútiles (la literatura, la filosofía, la música, el arte, la investigación científica de base) para formar a las nuevas generaciones de ciudadanos. Porque todo depende del primer botón: abrocharlo en el ojal equivocado significará, irremediablemente, seguir cometiendo error tras error. En definitiva, como dice el autor al comienzo de esta obra: si no salvamos los clásicos y la escuela, los clásicos y la escuela no podrán salvarnos.