LIBROS

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jueves, 30 de junio de 2022

Mis diez mejores lecturas del primer semestre de 2022

 




10. El frío. Marta Sanz. Caballo de Troya. 2012. Novela intensa, descorazonadora pero a la vez esperanzadora. A veces conviene asegurarse de haber llegado a tocar fondo, de haber sido consumido por las llamas, para ascender, resurgir, cual ave fénix, a una nueva vida, a una nueva existencia, a una nueva manera de ver el mundo y a nueva forma de estar en él y formar parte de él. Es esa conjunción entre ambigüedad y sutileza, por un lado, y concreción y dirección, por otra, lo que la hace más interesante. Más llamativa. Más absorbente. Porque estamos ante una de esas historias que cuesta dejar. De las que quieres saber más. Y Sanz sabe mantener el misterio sobre muchos aspectos, principalmente en lo que respecta a la resolución de la misma. La novela constituye un muy buen debut literario, y ya deja muestras de la gran escritora en la que con el tiempo se ha ido convirtiendo la escritora madrileña. 

9. Renegados. Born in the USA. Barack Obama & Bruce Springsteen. Debate. 2021. El libro desgrana los sueños y los mitos americanos del músico y del político, la música preferida de ambos y el inicio, desarrollo y definitiva consolidación de una firme amistad forjada a través de los últimos años. Concretamente, desde que en 2008 a alguien del equipo de Obama se le ocurrió la idea de pedir a Springsteen que amenizara con su música algunos de sus actos electorales. Algo que volvió a ocurrir en la campaña de reelección de 2012. A través de sus trescientas páginas conocemos mejor a ambos no como profesionales de sus respectivos campos sino como personas, hijos, maridos y padres. Unas personas quizá demasiado positivas --que llegan a idealizar algunos temas, cuestión genuinamente americana-- pero también anhelantes a la hora de tratar de conseguir para el futuro una nación de iguales pese a las diferencias de cada uno de sus conciudadanos.


8. Desde el otro lado. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2022. El escritor guipuzcoano anunció en 2020 que Casas y tumbas era su última novela. Por suerte para sus lectores en 2022 se ha editado una recopilación de cuatro relatos del autor de Obabakoak en el que se revisita Obaba-Ugarte, el pueblo imaginario que hizo célebre en la citada obra. Los tres primeros relatos están ambientados en sus casas y calles. De hecho, el primero, Dos hermanos, ya se publicó en euskera en 1985 y en castellano en 1995. El texto actual es, pues, una nueva revisión del autor para la ocasión. El segundo, La muerte de Andoni a la luz del LSD, se editó ya en euskera y ahora se ha traducido al castellano. Los dos relatos restantes, Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte y Un crimen de película son textos hasta ahora inéditos. El último de ellos, el único que no tiene lugar en la población anteriormente citada sino en Nevada (USA), donde el autor escribió en su momento Días de Nevada.


7. A prueba de fuego. Javier Moro. Espasa. 2020. A finales de 2020 el escritor madrileño Javier Moro, autor de, entre otras, Pasión india (2005), El sari rojo (2008) y El imperio eres tú (Premio Planeta 2011), publicó una obra en la que pasa revista a la aventura norteamericana del arquitecto valenciano Rafael Guastavino y uno de sus hijos, Rafael Guastavino Jnr.. Llegados a Nueva York en 1881 junto a Paulina Roig y sus otras dos hijas, que hubieron de regresar a España tan solo unos meses después a causa de los problemas económicos familiares, los Guastavino comenzaron a cimentar poco a poco una larga y muy fructífera carrera arquitectónica en la costa este de los USA. Sobre todo desde que en 1885 fue patentado el sistema Guastavino, consistente en una técnica constructiva de arcos y bóvedas autoportantes de baldosas de terracota adheridas con capas de mortero siguiendo la curvatura de la cubierta. Un sistema, también denominado de bóveda tabicada, que conseguía gran cohesión, resistencia y abaratamiento de costes. 


6. Mühlberg. Víctor Fernández Correas. Edhasa. 2022. Novela repleta de niebla --la de las primeras horas del día de la batalla--, de oscuridad --la del bosque, justo después de la batalla--, de inmensidad --la del río Elba y sus paisajes (el paisaje es parte esencial de la novela)--, de soledad --sentirse solo en medio de la multitud es algo mucho peor que la soledad estrictamente solitaria--, de valentía y de cobardía --que van por barrios y momentos--, de libertad --la que ansían los luteranos-- y de opresión --la que sienten los anteriores ante el yugo católico español--. Y, por encima de ello --llámeseme romántico si se desea--, de literatura y de ansias de contar cosas. Porque, personalmente, me quedo con la conversación entre Diego y Cristóbal, de la que destaco estas líneas: escribiré, Cristóbal, escribiré cosas para que se me recuerde una vez muera. También para recordaros a vos y a tantos otros que estáis aquí. Para que nunca muráis, pues un simple trazo sobre un pliego de papel es lo que media entre el olvido y la eternidad. Buena respuesta para la eterna pregunta de por qué escribimos los que escribimos. 


5. Queridos niños. David Trueba. Anagrama. 2021. Para el equipo de campaña de Amelia, protagonista de la novela junto al narrador, hay tres aspectos básicos que conseguir durante la campaña electoral: recordar el abandono, las catástrofes, los dramas, y presentarse como salvadores y solucionadores; ser capaces de generar la imagen del día cada día; y, ante todo, no dudar, no decir la verdad y no rectificar. Porque ganar lo justifica todo, lo disculpa todo y lo hace olvidar todo. Y es que la novela de Trueba bebe directamente de la pandemia y del clima político tan polarizado que existe en nuestra sociedad actual. Y la campaña que aquí tan magistralmente describe bien podría ser, por ejemplo, la de 2023. Es de esperar que esta obra ayude a abrir los ojos a cuanta más gente mejor. Es una novela necesaria que ilustra a la perfección la realidad de nuestro país y de nuestra clase política. Ojalá sirva como alerta ante lo que puede que se nos venga encima muy muy pronto ya.


4. El peligro de estar cuerda. Rosa Montero. Seix Barral. 2022. La escritora y periodista ha demostrado, no pocas veces, que es una especie de detective; una investigadora de temas. Lo hizo, por ejemplo, en su maravilloso libro La ridícula idea de no volver a verte (2013). Y lo ha vuelto a hacer, más exhaustivamente si cabe, en esta nueva obra. El sugerente título, extraído de una poesía de Emily Dickinson, nos atrapa para hacer que la acompañemos en sus pesquisas sobre la estrechísima relación entre la genialidad y la locura. Unas pesquisas que, como reconoce la autora, comenzaron hace ya muchos años. Desde que se dio cuenta de que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. Aunque, por suerte, añade que una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro. Y, para sustentar dicha afirmación, se apoya en diversos textos de psiquiatras, neurólogos, psicoanalistas y filósofos de todas las épocas. 


3. Una historia ridícula. Luis Landero. Tusquets. 2022. Que el autor extremeño tiene una capacidad sin igual para crear una magnífica novela casi desde la nada es algo que sus lectores sabemos desde hace ya muchos años. Que su prosa es excelente, también. Pero es que, en mi opinión, su estilo, que sabe combinar la ambigüedad con la concreción y lo tajante según lo requiera la situación, es su verdadero gran valor. Y un ejemplo más de todo ello lo encontramos en esta nueva obra. La historia que narra en boca de Marcial es realmente ridícula. Como ridículo es también su protagonista, un pedante o redicho --emplea términos muy cultos con una autosuficiencia que exaspera en ocasiones al lector-- que encarna a la perfección el papel de antihéroe, de embaucador, de inventor de una realidad falsa con la que intenta engañar a los demás sobre su verdadera identidad. 


2. Los besos. Manuel Vilas. Planeta. 2021. Después de los merecidos éxitos conseguidos con Ordesa y Alegría, el autor aragonés retorna a la ficción --más o menos, porque la realidad también aparece en la mayoría de las páginas de la obra-- con una novela de amor romántico y quizás algo idealizado cuyo título es corto, directo y significativo. Una historia de amor, sí, pero también de erotismo, sexo, carne, piel, células y almas. En la que Salvador y Montserrat acaban dando las gracias a la Naturaleza por haber creado una pandemia que les permite conocerse y amarse. Que les permite volver a sentirse vivos de nuevo, más que nunca incluso, en un momento en el que la muerte y un maldito virus amenazan con arrasar con todo. Y es que el amor, y la necesidad de amar y ser amados, está presente en la vida de las personas. Puede aparecer hasta en las circunstancias más inimaginables. Y eso es lo que les sucede a estas dos almas nobles que, solitarias, ya casi no podían esperar nada más en sus vidas.


1. Los vencejos. Fernando Aramburu. Tusquets. 2021. Cómo consigue el autor vasco afincado en Alemania que el diario de un suicida quemado y cabreado con el mundo y con sus congéneres --al más puro estilo del señor Meursault de El extranjero de Camus, del joven Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de Salinger o del también desencantado joven Arthur Maxley de Solo la noche de Williams-- acabe convertido en una lección de vida, de amor, de amistad, de dignidad y de esperanza es todo un misterio para la mayoría de los mortales. Incluso después de leída la novela. Alcanzar algo así está tan solo al alcance de un genio literario. Si con Patria deslumbró a  los lectores, con su nueva obra Aramburu los hará reír, reflexionar y finalmente llorar en sus últimas páginas. Unas páginas de gran belleza y emoción no carentes de tragedia pero tampoco de esperanza. 






domingo, 26 de junio de 2022

Mühlberg. Víctor Fernández Correas. Edhasa. 2022. Reseña

 




    El 24 de abril de 1547 tuvo lugar la famosa batalla de Mülhberg, en la que el ejército del emperador Carlos V venció a las tropas del príncipe elector Juan Federico de Sajonia. De esta manera, el emperador sofocó la rebelión alemana de la conocida como Liga de la Esmalcalda, una agrupación de príncipes y ciudades protestantes que, creada en 1531, defendió sus privilegios y luchó contra el gran defensor del catolicismo frente a la reforma luterana. El triunfo español se debió a varios factores. Los más importantes fueron básicamente dos: que eran más en número y armamento (25 mil hombres de infantería, 4500 caballeros y veinte cañones por 12 mil hombres de infantería, 3 mil caballeros y 15 cañones de los protestantes) y que contaban, además, con Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el duque de Alba, un demonio, inteligente como el que más, astuto, sagaz, único, según Wolf von Schönberg, mariscal de campo del elector de Sajonia. 

    Tan importante y definitiva fue aquella victoria militar ante los luteranos tras un largo año de escaramuzas y persecuciones que un año después el no menos famoso pintor veneciano Tiziano inmortalizó al emperador en uno de los cuadros ecuestres más famosos de la Historia. No incurro en ningún spoiler si añado que los cabecillas de la Liga de la Esmalcalda, que quedó disuelta tras la batalla, fueron encarcelados en el castillo de Halle. Tampoco si acabo diciendo que, como le confiesa en las últimas páginas de la novela que nos ocupa Norbert Bachmann, espía alemán al servicio del duque de Alba, a Gaspar Briceño, soldado de los tercios españoles, esto ha sido una batalla, pero la guerra continúa, y algo me dice que el futuro no se saldará de forma tan positiva para el emperador. A lo que añade Lazarus Heynen, arcabucero luterano, en una conversación con su amigo Paul: somos alemanes, nadie nos puede pisotear. Soy un enemigo irredento del emperador Carlos V, que asfixia a Alemania, que no la deja crecer como pueblo. Lutero nos ha enseñado el camino. Solo hay que seguirlo.

    He de confesarlo. Me encantan las novelas que combinan la macro Historia, la de los grandes acontecimientos y personajes, con la micro Historia, la de personajes anónimos y hechos casi irrelevantes sin los que, sin embargo, nada acontecería como acontece. Y un ejemplo de ello lo tenemos en Mülhberg, la nueva novela de Víctor Fernández Correas. Así, junto al emperador Carlos V, el duque de Alba, el futuro emperador Fernando, el elector de Sajonia, los distintos maestres de campo y demás personajes conocidos, encontramos personajes de mucha menor relevancia que, no obstante, enriquecen la historia narrada y hasta hacen de pegamento entre las distintas acciones que componen la novela. Además, hasta existe la licencia narrativa de, si no existen estos personajes, poder crearlos, inventarlos directamente. Y todo ello sin que la historia final pierda un ápice de verosimilitud. Pues bien, el escritor extremeño afincado en Madrid ha demostrado, una vez más, ser muy bueno en su trabajo.

    No es la primera vez que Víctor escribe una novela protagonizada por el emperador Carlos V. Su debut literario fue en 2008 con La conspiración de Yuste, que lleva como subtítulo un elocuente Hay que matar a Carlos V. En 2012 sorprendió a todo el mundo con La tribu maldita, en la que nos habló de manera magistral de nuestros antecesores de Atapuerca. En 2018 publicó Se llamaba Manuel, novela histórico-política-negra que también sorprendió a su cada vez mayor público. Y en 2020 vio la luz un conjunto de magníficos relatos bajo el título de La vieja calle donde el eco dijo. Por cierto, todas sus obras están reseñadas en este mismo blog. Y entre novela y novela, ha participado también en antologías de éxito como Cervantes tiene quien le escriba, Tinta de olivo y Voces de Kiev. Con Mülhberg (2022) cierra el círculo --de momento, porque ya ha amenazado con nuevos trabajos futuros-- sobre la figura del emperador Carlos V. Y lo hace de forma exquisita, además. 

    La novela está estructurada de la siguiente manera: un preámbulo en el que se introduce la historia, en pleno campamento español, a orillas del río Elba; una primera parte, de cuatro capítulos, en la que se presentan la situación previa a la batalla y los distintos personajes (de ambos bandos contendientes); una parte central, de nueve capítulos, dedicada exclusivamente a la batalla y a las intrigas y enfrentamientos internos --que los hubo, y más de uno-- en cada ejército; una tercera parte, la final, en la que se describen, en tres capítulos, las horas inmediatamente posteriores a la batalla; y un epílogo en forma de décimo séptimo capítulo que pone broche final a la novela. En total, 380 páginas de ritmo variante, temática rica y amplia y una verosimilitud tal que en ocasiones parece salpicarnos la sangre en los ojos mientras leemos sintiendo que nuestro corazón se acelera por momentos. Algo solo al alcance de una gran obra literaria.

    Mülhberg es la historia de una batalla legendaria, sí. Pero también más, mucho más. Por ejemplo, un completo estudio de la condición humana. Porque en sus páginas aparecen toda clase de personajes: ambiciosos --la mayoría, claro--, íntegros --Gaspar, Norbert o Lazarus--, sinceros --el sorprendente Diego y la prostituta Dorothea--, vengativos --los aldeanos de Mülhberg Barthel y Heinrich--, estrategas --el duque de Alba y Wolf von Schönberg, respectivos maestres de campo de ambos ejércitos--, leales --el capitán luterano Alberto Fischer, el soldado español Cristóbal de Mondragón--, intrigantes --Hans von Ponickau, chambelán de Juan Federico de Sajonia--, traidores --Mauricio de Sajonia, primo de Juan Federico, aliado del emperador por interés momentáneo-- y mercenarios que se venden al mejor postor en cada momento, lugar, situación e interés particular --muchísimos de los personajes que forman parte de la narración--. Imperdible, por cierto, el pasaje del monólogo de Cristóbal de Mondragón en la parte final de la novela en referencia a este tema, que hace especial hincapié en la figura de Dorothea. 

    Sin pretender caer en la redundancia, debo repetir de nuevo que me parece genial la combinación de personajes reales, los grandes e importantes, con otros, los casi anónimos, que enriquecen sobremanera la obra. Una obra en la que, entre tanto odio y ansias de venganza, entre tanta necesidad de matar --un buen muchacho, pero carne de milicia. Es demasiado el odio con el que vive, y el odio envilece, emponzoña los sentimientos, piensa Paul de su amigo Lazarus, por ejemplo--, también encontramos un pequeño resquicio para una especie de extraño amor (si se le puede llamar así), el que surge entre Dorothea y Diego --¿Lo ama? ¿Lo aprecia? ¿Siente cariño por él? Una pareja extraña, casi antinatural. Un soldado y una prostituta. Uno, acostumbrado a conocer a muchas mujeres como ella. La otra, lo mismo, pero con soldados, piensa interiormente Cristóbal de Mondragón sobre ellos--. Un maremágnum de sentimientos, creencias y pensamientos encontrados. De nuevo, la condición humana.

    Mülhberg es una novela repleta de niebla --la de las primeras horas del día de la batalla--, de oscuridad --la del bosque, justo después de la batalla--, de inmensidad --la del río Elba y sus paisajes (el paisaje es parte esencial de la novela, como debe ser)--, de soledad --la de los protagonistas de la historia (sentirse solo en medio de la multitud es algo mucho peor que la soledad estrictamente solitaria)--, de valentía y de cobardía --que van por barrios y momentos--, de libertad --la que ansían los luteranos-- y de opresión --la que sienten ellos mismos bajo el yugo católico español--. Y, por encima de ello --llámeseme romántico si se desea--, de literatura y de ansias de contar cosas. Porque, personalmente, me quedo con la conversación entre Diego y Cristóbal, de la que destaco estas líneas: escribiré, Cristóbal, escribiré cosas para que se me recuerde una vez muera. También para recordaros a vos y a tantos otros que estáis aquí. Para que nunca muráis, pues un simple trazo sobre un pliego de papel es lo que media entre el olvido y la eternidad. Buena respuesta a la eterna pregunta de por qué escribimos los que escribimos. ¡Leed Mülhberg YA!           


 

lunes, 23 de mayo de 2022

El peligro de estar cuerda. Rosa Montero. Seix Barral. 2022. Reseña




 

    La escritora y periodista madrileña Rosa Montero ha demostrado no pocas veces que es una especie de detective; una investigadora de temas. Lo hizo, por ejemplo, en su maravilloso libro La ridícula idea de no volver a verte (2013). Y lo ha vuelto a hacer, más exhaustivamente si cabe, en su recién publicada obra, El peligro de estar cuerda. El sugerente título, extraído de una poesía de Emily Dickinson, nos atrapa para hacer que acompañemos a la autora de este ensayo en sus pesquisas sobre la estrechísima relación entre la genialidad y la locura. Unas pesquisas que, como reconoce la escritora, comenzaron hace ya muchos años. Desde que se dio cuenta de que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. Aunque, por suerte, añade que una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro. Y para sustentar dicha afirmación se apoya en diversos textos de psiquiatras, neurólogos, psicoanalistas y filósofos de todas las épocas.

    Todo ello, ilustrado además por sus propias experiencias personales y laborales y por las vidas y obras de una gran multitud de escritores y artistas. Desde Shakespeare y Cervantes hasta Nabokov y Zweig; desde Nietzsche y Camus hasta Bukowski y Carrère; desde Salgari y Proust hasta Strindberg y Pessoa. Eso sí, como buena feminista y siempre rescatadora de la memoria y el talento de las mujeres olvidadas, se centra en la ya citada Emily Dickinson, Doris Lessing, Ursula K. Le Guin, Virginia Woolf, Sylvia Plath o Janet Frame. Todos ellos y todas ellas, autores y autoras que vivieron al borde de la locura. Una locura contra la que lucharon, básicamente, escribiendo sus respectivas obras literarias. Unos genios que, muchas veces incomprendidos --como suele suceder--, acabaron sus días antes de tiempo y/o de manera abrupta. Drogas, alcohol, enfermedades mentales, existencias insoportables de no ser por la escritura, suicidios, etc.

      La investigación de Montero para componer esta obra-puzzle recorre episodios de su infancia marcados por una desbocada imaginación y diversos momentos de su vida que le hicieron dudar sobre su cordura. Su texto parte del proceso creativo --suyo y de otros autores-- para llegar a explorar el sentido de la vida. Y, para ello, comparte con sus lectores curiosidades científicas y literarias asombrosas y hasta escalofriantes para tratar de entender cómo funciona la mente creativa --y también la locura--. Y es que la línea que separa ambos conceptos es, visto lo visto y leído o leído, muy pero que muy fina. Por momentos, la lectura de El peligro de estar cuerda nos parece hacer zozobrar. Sin embargo, finalmente nos da esperanza. Nos afirma en la creencia de que ser diferente es un valor nada desdeñable. Y, a tenor del título, también en la de que el verdadero peligro es estar cuerdo. Porque la literatura es tan bruja que convierte la oscuridad en belleza.

    Según la propia Rosa Montero, este libro trata de la relación entre la creatividad y cierta extravagancia. De si la creación tiene algo que ver con la alucinación. O de si ser artista te hace más proclive al desequilibrio mental, como se ha sospechado desde el principio de los tiempos. Como argumentaron en su momento autores como Séneca o Diderot, por ejemplo. O como demuestran con sus estudios investigadores como Nancy Andreasen --los escritores tienen hasta cuatro veces más de posibilidades de sufrir un trastorno bipolar y hasta tres veces más de padecer depresiones que la gente no creativa-- y Jamison y Schildkraut --entre el 40 y el 50% de los literatos y artistas creativos sufren algún trastorno de ánimo--. La misma autora reconoce haber pasado por tres periodos de crisis de pánico y por tres tramos diferentes de terapia psicoanalítica: decidí cursar la carrera de Psicología para intentar entender qué me pasaba.

    Un estudio sueco afirma que los escritores tienen un 50% más de posibilidades de suicidarse que la población general, señala Montero en las primeras páginas de la obra. Ejemplos hay muchos a lo largo de la Historia. Son datos como para echar a correr. Y, sin embargo, la mejor manera de combatir la locura y la enfermedad mental, contra todo pronóstico, es precisamente escribir. Escribir sobre ella. Y que te publiquen y te comprendan. Porque como no te publiquen o sí lo hagan pero no te comprendan, entonces sí la cosa se pone mal de verdad. Porque el núcleo abrasador de lo que llamamos locura es, sobre todo, estar solo. Montero cree que lo que hace diferentes a los escritores de los demás humanos es su capacidad para disociarse: vivir varias vidas aparte de la suya propia. Y ello es así porque a menudo resulta muy complicado vivir una única existencia. Así, llega a la conclusión de que la gran mayoría de los narradores han perdido de manera violenta el mundo de la infancia. Disociación versus trauma. O madurar prematuramente para poder sobrevivir. Crear es no llorar más lo perdido que se sabe irrecuperable. 

    En relación a la soledad y a la depresión y a la enfermedad mental afirma Montero --o más bien toma prestada la afirmación de Claire Legendre-- que hay dos armas para combatirlas: la escritura creativa y amar y ser amado. Creo que no le falta razón. Y si se unen las dos, mejor que mejor. Así, cita a Héctor Abad --creo que me enamoro así, tan súbita y desesperadamente, solo como una forma de tener gasolina interior para poder escribir-- y a Emmanuel Carrère --si estoy escribiendo un libro a veces son, junto con el sexo, los más grandes momentos de mi vida, esos en los que me digo que vale la pena vivir--. Y si todo eso falla, siempre se puede recurrir al suicidio. Porque, como escribió Nietzsche, el pensamiento del suicidio es un poderoso medio de consuelo: con él se logra soportar más de una mala noche. Pero no, no es que Montero incite al suicidio. Todo lo contrario: aguanta, aguanta hasta que cambie la situación, porque inevitablemente cambiará. Aguanta si quiera un día más. Sé tu propio policía, saca la pistola y ordena: sal de ahí. Y saldrás.    

    Los expertos sostienen que la creatividad no nace de la locura, sino que ambas condiciones muestran puntos de contacto, coincidencias. Somos una especie de primos, como los seres humanos y los grandes simios. Todos vamos a morir, por supuesto. Y Montero quita hierro al tema de la muerte --no debemos tener miedo a morir--. Y también al del suicidio --tendemos a considerar que la existencia entera del fallecido ha sido una tragedia, cuando no es verdad; el suicidio es el resultado de una enfermedad (nada diferente a sufrir un infarto, por ejemplo) y no creo que debamos añadir un tormento de culpabilidades fantasmales a la pura y sagrada pena de la desaparición del ser querido--. Así, nos invita a crear historias citando, por ejemplo, a Bukowski: cuando mi esqueleto descanse en el ataúd, si es que tengo uno, no habrá nada que me arrebate las magníficas noches que me he pasado frente a la máquina de escribir.      

    Me encantan los libros de escritores que hablan de sí mismos y de otros escritores y de sus obras. Siempre se aprende mucho, sobre ellos y sobre la vida. Y de una manera mucho más amena que leyendo manuales al uso. Sobre todo cuando el texto desborda pasión. Como es el caso de este libro. Y es que nos deja gran variedad de enseñanzas, reflexiones y frases para subrayar y/o copiar. Tanto de la propia autora como de los escritores citados según los temas que se tratan. En el apéndice de El peligro de estar cuerda aparece una entrevista de Rosa Montero a una ya casi anciana Doris Lessing. La Premio Nobel, en un momento de la entrevista, afirma que una vez pasé un año entero sin escribir, a propósito, para ver qué sucedía. Tuve muchos problemas. Creo que no me sienta bien no escribir: me pongo de muy mal humor. La escritura te da una especie de equilibrio. Supongo que el mismo equilibrio que siente el autor al escribir lo experimenta también el lector al leer la obra. Así que: larga vida a la creatividad y al equilibrio. Y ojalá siempre el mayor peligro sea estar cuerdo. 


lunes, 2 de mayo de 2022

Los vencejos. Fernando Aramburu. Tusquets. 2021. Reseña

 




    No voy a durar mucho. Un año. ¿Por qué un año? Ni idea. Pero ese es mi último límiteNo me gusta la vida. Y no pienso delegar en la Naturaleza la decisión sobre la hora en que habré de devolverle los átomos prestados. He previsto suicidarme dentro de un año: el 31 de julio, miércoles, por la noche. De esta manera tan descorazonadora vuelve a la novela Fernando Aramburu. Lo hace tras el paréntesis marcado por sus ensayos y libros de poesía y prosa poética Autorretrato sin mí, Vetas profundas y Utilidad de las desgracias y otros textos. Todos ellos publicados tras el tremendo éxito de su anterior novela, Patria (2016). Los vencejos, su nueva obra, es una historia poliédrica protagonizada por Toni, un profesor de filosofía enfadado con el mundo y consigo mismo que un día decide que va a poner fin a su existencia. Mientras espera la llegada de la fecha definitiva se dedica a escribir una especie de diario o crónica donde expone las razones de un desencanto que ha de llevarlo al suicidio.

    Acompañado por su inseparable amigo Patachula, quien perdió una pierna en los atentados del 11M de 2004 y hasta piensa acompañarlo en su decisión final más que nada por no quedarse solo, Toni decide vivir con total libertad el año que le queda de vida. Una libertad que, paradójicamente, le viene del hecho de saber que su fin está cada vez más próximo, lo cual lo hace disfrutar de las últimas veces que hace tal o cual cosa. Algo, disfrutar, que había olvidado los últimos años. Durante esos 365 días va programando las cosas para poder irse dejándolo todo resuelto. Y cada noche escribe sobre los sucesos del día a día junto a Patachula y también sobre los momentos más importantes de su vida. Así, desgrana, por ejemplo, sus tormentosas vidas familiares, primero con sus padres y su odiado hermano Raulito y después con su ex esposa Amalia y su hijo Nikita. Los grandes fracasos del pasado de Toni marcan, sin duda, la decisión de despedirse de un mundo que cada vez entiende menos.

    Las idas y venidas de los vencejos, a los que Toni observa desde las calles de Madrid mientras desea poder volar alto y lejos junto a ellos, marcan el hilo conductor de la novela según pasan los meses y las estaciones. Toni comprende mucho mejor a los animales que a las personas. Vive solo con su perra Pepa y su muñeca erótica Tina, regalada por Patachula. A ambas las trata con igual cariño y dedicación. Y dejar resuelto su futuro cuando él ya no esté es una de sus grandes preocupaciones. Sus historias con ellas constituyen algunos de los momentos más tiernos y a la vez humorísticos de la novela. También sus conversaciones con su fiel amigo y con Águeda, una ex novia --a la que abandonó por la que sería el amor de su vida, su esposa y madre de su hijo-- que de repente vuelve a aparecer en su vida acompañada por un perro que se llama curiosamente Toni, lo cual indica que jamás lo olvidó. Como él tampoco olvida, a pesar de los pesares, a Amalia.

    Acostumbrado a la compañía de Águeda, que era una chica sencilla, buena y, todo sea dicho, carente de atractivo físico, yo observaba encogido de admiración y quizá un poco asustado las dotes organizativas de la bella y sensual Amalia, la energía con que abordaba cualquiera de sus empresas, la obsesión de hacer las cosas bien. Ni por un segundo se me ocurrió prever las consecuencias que me acarrearía el que todas aquellas cualidades se volvieran un día contra mí. Las comparaciones son odiosas, cierto. Pero existen. Toni sucumbió a los encantos de Amalia. Pese al desgaste de los años y al traumático fin de su relación matrimonial no la olvida. Tras el divorcio tomó la decisión de renunciar al amor para siempre. Y lo justifica así: el amor, maravilloso al principio, da mucho trabajo. Al cabo de un tiempo no puedo con él y termina resultándome fatigoso. He sido siempre temeroso de que al final todo el esfuerzo y la ilusión fueran para nada. Y el caso es que siempre fueron para nada.  

    Y sigue: prefiero la amistad al amor. De la amistad nunca me harto. Me transmite calma. Yo mando a Patachula a tomar por saco, él me manda a mí a la mierda y nuestra amistad no sufre el menor rasguño. No tenemos que pedirnos cuentas de nada, ni estar en comunicación continua, ni decirnos lo mucho que nos apreciamos. Cierto es que Patachula, siendo un tanto especial, es digno de aprecio. Y Toni también aprecia a los vencejos. Vuelan sin descanso, libres y laboriosos. A veces miro desde la ventana a unos cuantos que tienen sus nidos bajo las cajas del aire acondicionado del edificio de enfrente. Pronto emprenderán su vuelo migratorio anual hacia África. Si nada se tuerce y mi vida sigue por el camino trazado, aún estaré aquí la próxima primavera cuando ellos regresen. He pensado que me gustaría reencarnarme en uno de ellos y revolotear a partir de agosto sobre las calles del barrio. La libertad de volar alto y lejos, de nuevo.    

    A través de las casi setecientas páginas del diario de Toni asistimos a muchos de los grandes acontecimientos de la Historia de España. Especialmente los que tienen que ver con el presente de la ficción, es decir, el intervalo entre el 1 de agosto de 2018 y el 31 de julio de 2019. Lapso de tiempo protagonizado por el juicio a los líderes independentistas catalanes, el auge de la ultraderecha que representa VOX, los intentos de Ciudadanos y Podemos de intentar entrar en un gobierno de coalición y los procesos electorales y las respectivas negociaciones en pos del imposible establecimiento de un gobierno que dé por fin algo de estabilidad a la nación. Las discusiones políticas entre Toni, Patachula y Águeda en el bar de Alfonso ilustran perfectamente la enorme polarización del país. Y es que tanto la política nacional como los personajes centrales de la novela están magistralmente retratados en el texto de Aramburu.

    Mientras Toni se va deshaciendo de la mayoría de sus pertenencias --su amplia biblioteca, diversos enseres y hasta muebles-- y va recibiendo extrañas notas anónimas que llegan a obsesionarlo por completo, tanto por su contenido altamente ofensivo como por el hecho de no tener prueba alguna del origen ni de la motivación de las mismas, su narración se centra en aspectos centrales de su vida. Como los malos tratos recibidos por parte de su padre; su complicada relación con su madre; el odio mutuo existente entre él y su hermano pequeño; su tormentoso final con Amalia, que prefirió a una mujer de nombre Olga; o la debilidad mental de su hijo Nikita, incapaz de ir superando etapas en la vida a la velocidad del resto de sus iguales. Fracasos que, sumados y almacenados en una enorme mochila, pesan demasiado sobre su espalda. De ahí su necesidad de soltar lastre y buscar la libertad. Incluida la libertad para poner fin a su vida.

    Cómo consigue Aramburu que el diario de un suicida quemado y cabreado con el mundo y con sus congéneres --al más puro estilo del señor Meursault de El extranjero de Camus, del joven Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de Salinger o del también desencantado joven Arthur Maxley de Solo la noche de Williams-- acabe convertido en una lección de vida, de amor, de amistad, de dignidad y de esperanza es todo un misterio para la mayoría de los mortales. Incluso después de leída la novela. Alcanzar algo así está tan solo al alcance de un genio literario. Si con Patria Aramburu deslumbró a los lectores, con Los vencejos los hará reír, reflexionar y finalmente llorar en sus últimas páginas. Unas páginas de gran belleza y emoción no carentes de tragedia pero tampoco de esperanza.                      


     

lunes, 11 de abril de 2022

Los besos. Manuel Vilas. Planeta. 2021. Reseña

 




    Después de los merecidos éxitos conseguidos con Ordesa y Alegría, Manuel Vilas retorna a la novela de ficción --más o menos, porque la realidad también aparece en la mayoría de las páginas de la obra-- con una novela de amor romántico y quizás algo idealizado cuyo título es corto, directo y significativo: Los besos. Una historia de amor, sí, pero también de erotismo, sexo, carne, piel, células y almas. En la que Salvador y Montserrat acaban dando las gracias a la Naturaleza por haber creado una pandemia que les permite conocerse y amarse. Que les permite volver a sentirse vivos de nuevo, más que nunca incluso, en un momento en el que la muerte y un maldito virus amenazan con arrasar con todo. Y es que el amor, y la necesidad de amar y ser amados, está presente en la vida de las personas. Puede aparecer hasta en las circunstancias más inimaginables. Y eso es lo que les sucede a estas dos almas nobles que, solitarias, ya casi no pueden esperar nada más en sus vidas.

    Marzo de 2020. España va a ser confinada. Salvador sale de su casa de Madrid en dirección a una casa de madera que tiene alquilada en el bosque de Sotopeña. Lo hace con lo justo. Y entre lo justo destacan la Biblia y el Qujiote --porque siempre se cuela la idea del fin del mundo cuando pasa un acontecimiento planetario, y también porque son dos libros con capacidad de resumir otros libros--. Y, claro, al llevar con él lo justo, al llegar a Sotopeña debe ir a comprar lo más indispensable: comida y bebida y otros artículos de primera necesidad. Y en la pequeña tienda del pueblo que lo acoge lo atiende Montserrat. Y Salvador se enamora al instante: ¿es enamoramiento a primera vista lo que me ha pasado?, se pregunta. Mi alma la estaba esperando. Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Y acude a diario a la tienda de Montserrat para comprar lo que sea. Lo que sea con tal de volver a verla y estar con ella. Y poco a poco ella también se enamora de él. Y comparten buena parte del confinamiento.

   Salvador tiene 58 años y acaba de ser jubilado por anticipado. En sus clases se quedaba en silencio y no sabía qué decir. Le falla la memoria. Pequeños olvidos no demasiado importantes pero que sí le impiden seguir dando clases. Pero a él le preocupan sus silencios. Creo que la Oscuridad viene a por mí, se dice a sí mismo. Pero Montserrat, a la que rebautiza como Altisidora, personaje del Quijote, lo anima a seguir adelante con sus besos. Porque los besos son esas luces intensas en el camino de la vida, esas luces cegadoras tras de las cuales está otro ser humano esperándote en un acto de eternidad consentida por la muerte. Así, los besos de Montserrat/Altisidora pueden vencer a la Oscuridad. Y Salvador se aferra a ellos. Y también a los libros, guaridas contra los lobos del abatimiento y la depresión. Propuestas de futuro. Perversas razones para seguir vivo. Lo mismo ocurre con las historias de amor: si comienzan con un beso, hay que saber cómo terminan. Las historias de amor son como los libros, comienzan y terminan.

    En efecto, la narración de Salvador deja entrever que su historia de amor con Montserrat/Altisidora no va a ser muy larga. Que no va a durar para siempre. Que en el momento de su escritura es ya Historia. De hecho, la mayoría de las veces habla de ella en pasado. Y recuerda las historias del Quijote con Dulcinea, de Romeo con Julieta. Sin embargo, a diferencia de Cervantes y Shakespeare, Manuel Vilas no mata a sus personajes, a los protagonistas de su historia de amor, sino que los deja disfrutar en plenitud de su belleza. Para siempre. No hace ningún drama. Como el que creó Pedro Guerra en su magnífica canción El marido de la peluquera, tema en el que el amor es tan grande, tan sincero y sentido --mejor buenos recuerdos que un pasado perdido-- que un buen día de lluvia Matilde acabó por tirarse en el río. No seré yo quien critique una de mis canciones preferidas --¡qué incongruencia tan grande sería, verdad!--, pero Vilas nos ofrece una manera diferente de vivir y de seguir viviendo. Pese a todo.

    Vilas busca la belleza y el erotismo. Y lo encuentra en cada página de su nueva novela. Huye de la Oscuridad. Sabe que a todos nos alcanzará, pero nos pide que, cuando eso ocurra, sea sin queja. Tal y como le pide a Salvador Rafael Puig, amigo de la Academia al que conoció en la primavera de 1981. El propio Salvador no sabe el motivo, pero casi cuarenta años después, se acuerda muy a menudo de su amigo, al que no ha vuelto a ver desde entonces. Rafael Puig se hace presente en la casa del bosque de Sotopeña y Salvador recuerda cada una de las conversaciones que tuvieron en la Academia. En esas conversaciones hablaban de la Oscuridad, del erotismo, de la belleza. Y ahora Salvador ve belleza hasta en el hecho de hurtar en los súper mercados. Imagino que la cleptomanía podría sumarse a mi enmudecimiento, mi ansiedad y mi amnesia. No estoy tomando la medicación que me prescribieron. Estoy por llamar a mi neurólogo, que, por otra parte, seguro que no me recuerda. Sí, el sentido del humor también es belleza.

    En un lugar de la China, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un virus de los de pandemia en hospital, letalidad antigua, corona flaca y neumonía corredora, escribe Salvador. Y añade: el virus sigue dominando el fracaso de todos los Gobiernos de la Tierra, salvo el de China. Hay países de excelente gestión como Holanda, Portugal, Alemania, Nueva Zelanda o Corea del Sur. El virus mezclado con un Mundial de fútbol. Hay un Mundial de fútbol ahí afuera, en donde los equipos en vez de meter goles, meten muertos. Y España es la Campeona. Y, finalmente, sentencia que: las televisiones no quieren mostrar los ataúdes. Si ves uno, automáticamente dejas de creer en cualquier forma de nación, o estado, porque te das cuenta de que la verdad está allí, en el ataúd. Por eso no los enseñan. Y es que, además de la ficción novelesca entre Salvador y Montserrat/Altisidora, Vilas nos habla de la realidad de hace un par de años. Y lo hace con gran lucidez. Y también con crudeza en algunos casos.

    A los presidentes de los gobiernos Salvador los llama Narcisos. Al de España le place el ejercicio del poder. Está gozando. Lo que siente es orgullo de estar allí, en el sitio de los elegidos. Ha llegado allí donde quería. Se acerca a la psicopatía, al cinismo y al sadismo. A nuestro Narciso le da igual el virus porque también está enamorado, pero de sí mismo. Los enamorados no vemos el virus. Lo primero que debe hacer un ser humano es huir de los Narcisos que salen en la televisión. Narciso y el rey de España puede que sean los dos gobernantes más altos del mundo, pero a mí me parece que son niños. El rey de España no se salva de las críticas, como tampoco lo hace su padre, el rey emérito: otra vez vuelve España a la escena internacional. Juan Carlos I se vio a sí mismo como un rey de un país más bien de segunda división. No tenía una gran fortuna, no era ni la cuarta parte de rico que la reina de Inglaterra, algo insoportable, me imagino. Ahora su hijo debe elegir o el dinero o el protagonismo de la Historia.

    Los besos, de Manuel Vilas, es una novela que bebe de varias ideas que el autor parece tener muy interiorizadas: la incesante búsqueda de la belleza, en todas partes, en cualquier momento, lugar y objeto; que sin erotismo la vida es un error; que el erotismo dura tres meses y el amor treinta años; que los besos son corrientes eléctricas, que nos dicen que la red eléctrica funciona, un certificado; que la vida debe vivirse hasta que la Oscuridad nos atrape, sin quejas; y que las historias de amor, sean a la edad que sean, deben vivirse no al estilo de El marido de la peluquera de Pedro Guerra sino al de La estación de los amores de Franco Battiato. Porque lo pasado, pasado está. Y, como nos cantó el gran cantante italiano, siempre le puede quedar un nuevo entusiasmo por latir al corazón. Y otra posibilidad de conocerse. Y, por tanto, nuevas oportunidades de enamorarse. También de los libros. De libros que nos conmueven. Como, por ejemplo, este que no puedo dejar de recomendar a todos muy encarecidamente.   


sábado, 2 de abril de 2022

Desde el otro lado. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2022. Reseña





    El escritor guipuzcoano Bernardo Atxaga anunció en 2020 que Casas y tumbas sería su última novela. Para suerte de los lectores que lo siguen desde hace años Alfaguara ha editado este 2022 Desde el otro lado, una recopilación de cuatro relatos del autor de Obabakoak en el que el escritor revisita Obaba-Ugarte, el pueblo imaginario que hizo célebre en la citada obra. Los tres primeros están ambientados en sus casas y calles. De hecho, el primero, Dos hermanos, ya se publicó en euskera en 1985 y en castellano en 1995. El texto actual es, pues, una nueva revisión del autor para la ocasión. El segundo, La muerte de Andoni a la luz del LSD, se editó ya en euskera y ahora se ha traducido al castellano. Los dos relatos restantes de este nuevo libro, Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte y Un crimen de película son textos hasta ahora inéditos. El último de ellos, el único que no tiene lugar en la población anteriormente reseñada sino en Nevada (USA).

    En todos los relatos la naturaleza y los animales juegan un papel primordial. De hecho, casi todos están narrados por animales. Unos animales que hacen gala de tal sensibilidad que deja a los humanos en bastante mal lugar. Unos humanos que luchan contra la soledad, buscan afectos que no encuentran, sufren constantes pérdidas y, no en pocos casos, se abandonan finalmente a la maldad, a la violencia y, de nuevo, a la soledad de la que tratan de huir desde el principio. La prosa poética de Atxaga --Dos hermanos, sobre todo, está narrado como si de un cuento se tratara--, la combinación de realidad y ficción, la aparición de lo onírico, lo fantástico y lo alucinógeno --sobre todo en La muerte de Andoni a la luz del LSD-- y la visión de la vida y la muerte como las dos caras de una misma cosa, como el principio y el fin de nuestra existencia en este maravilloso planeta, son los grandes rasgos compartidos por los cuatro relatos que componen Desde el otro lado.  

   Dos hermanos es el relato que abre el libro. Está narrado a varias voces, a saber: un pájaro, que se centra en la historia de Paulo; unas ardillas, que cuentan las peripecias de su hermano mayor Daniel, deficiente desde su nacimiento; una serpiente, que nos narra las acciones de Carmen, prima de los hermanos; una oca salvaje, que nos desvela el desenlace de la historia desde el aire; y hasta de una estrella, que nos cuenta las conversaciones entre Carmen y Teresa, moza del pueblo que está enamorada de Paulo y se siente impotente ante el abandono de su amado a una vida de soledad extrema. La inocencia de los hermanos y de Teresa ha de enfrentarse a la maldad de la mayoría del resto de ciudadanos de Obaba-Ugarte. Una maldad colectiva de la que tan solo se salva el cura, don Ignacio, quien trata de ayudar en todo lo posible a unos hermanos que, perdidos sus padres, se enfrentan a una soledad que, sobre todo en el caso del más joven, Paulo, amenaza con engullirlo en una oscuridad definitiva.

    Y es que Paulo, que solo tiene dieciséis años, ha de hacer frente no solo a la reciente orfandad --su padre muere en la primera escena del relato, mientras que su madre ya lo hizo años atrás--, sino que ha de cuidar a su hermano mayor, Daniel, que pese a tener veinte años es como si tan solo tuviera tres o cuatro. Hazte cargo de Daniel, Paulo. No lo abandones como si fuera un trapo viejo. No es una persona normal, pero tampoco es un trapo viejo. Es tu hermano, el único que tienes, le pide su padre en el lecho de muerte. Además, debe salvar la economía familiar trabajando de sol a sol en el aserradero de su padre. Demasiada responsabilidad para alguien tan joven. Y, por si todo ello fuera poco, a Daniel, que es grande y fuerte, se le han despertado los apetitos sexuales, por lo que se convierte en un gran peligro para las chicas del pueblo. Algo de lo que ya le advirtió a Paulo su madre años atrás: vigila a tu hermano, Paulo, siempre se está tocando. Porque no tiene alma, porque es como una bestia. Como un animal.

    La muerte de Andoni a la luz del LSD narra la muerte del hijo del amigo del narrador del relato, Esteban. Este, en un estado alucinógeno, revive junto al propio fallecido, de unos catorce o quince años de edad, y a un viejo profesor ya fallecido (¡en 1972!) de apodo Redin los meses anteriores a la muerte del joven. Entre recuerdos propios de distintas épocas, sueños, alucinaciones y la realidad de los Houston Rockets de Rick Adelman, Yao Ming y Luis Scola --el joven Andoni afrontó un tratamiento oncológico en la ciudad texana antes de fallecer, en cuyo hospital fue visitado por los jugadores del equipo y recibió un balón firmado por ellos (le tocó el balón a él porque se presume que Luis Scola así lo preparó al saber que el joven Andoni era fan también del Baskonia, su equipo español anterior a su salto a la NBA)-- se narra un relato en el que de nuevo tiene gran importancia un animal. Un cuervo muy conectado con Andoni, quien se lo deja a su amigo Imanol para que lo cuide mientras él está en Houston.

    Conferencia sobre la vida y la muerte en el cementerio de Obaba-Ugarte narra una especie de reality show televisado en directo. En ella aparecen de nuevo algunos de los personajes del primer relato: Paulo, Daniel y una Teresa ya nonagenaria. También el narrador, un enigmático personaje que parece perseguirlo, De Facto, y los dos protagonistas de la conferencia: el Doctor Mortimer y Parko. Para estos últimos, la muerte es una madre, lo más grande. El árbol de la Muerte crea amor, o cuando menos abre una vía para que se manifieste. Solo la Muerte es capaz de sacarlo a la superficie. El amor circula en los funerales como una melodía. La conferencia crea un gran alboroto entre el público asistente cuando aparece la imagen del cuervo del relato anterior a petición de Imanol. Una confidencia desconocida por los espectadores de un show ya de por sí delirante en relación a esa conexión entre el joven y el animal provocará un final totalmente inesperado. 

    Un crimen de película es el relato final del libro. Es, además, el único que no está ambientado en Obaba-Ugarte sino en Nevada. Sin duda, debió ser escrito durante el año (2012) que el autor pasó en aquella región del oeste estadounidense, de donde nació su famosa novela Días de Nevada. El gran protagonista del relato es un búho del Rancho San Rafael Regional Park. A través de sus narraciones y descripciones nocturnas el búho acabará resultando indispensable para resolver varios crímenes perpetrados durante los meses anteriores a lo largo del Parque. Se trata de un búho realmente sabio, que se expresa como si tuviera ante sí un diccionario. Busca, rebusca y encuentra siempre las palabras justas para expresar situaciones y descripciones que ayuden a su interlocutor, sin duda un policía, a esclarecer los hechos. Su elocuencia y sus ganas de hablar con la máxima corrección son tales que a menudo exaspera a su interlocutor, quien ha de reconducir la conversación para conocer al fin lo que está ocurriendo. 

    Supongo que Atxaga cumplirá su palabra y, por desgracia, no escribirá nuevas novelas. Pero es muy de agradecer que desempolve viejos relatos, los corrija y los prepare para su publicación. De este tipo de autores conviene leer todo, absolutamente todo. Por eso, obras como Desde el otro lado son regalos inesperados. Y no hay mayores regalos que los que uno no espera. ¿Habrá más regalos como este en los próximos años? Esperemos que sí. Porque Atxaga es uno de esos autores que se salen de lo común. Poesía, léxico, realidad, ficción, originalidad, entretenimiento. Todo se junta en sus letras para crear obras de gran belleza.                


lunes, 21 de marzo de 2022

Queridos niños. David Trueba. Anagrama. 2021. Reseña

 




    Llegamos al parador con el tiempo justo para sentarnos a la comida. De nuevo esa mezcla de fuerzas vivas y de empresariado local, arracimados por la curiosidad de escuchar a la candidata. El Mastuerzo había pasado la tarde anterior por esa misma plaza y había prometido el tren de  alta velocidad desde Madrid. Así que nosotros prometimos el tren y un plan de choque de infraestructuras turísticas rurales. Supongo que el siguiente aumentaría la apuesta y por suerte solo éramos cinco candidatos porque si no los cacereños habrían llegado a pensar que la NASA se instalaría en la ciudad al mes siguiente para desarrollar su nuevo plan de conquistar Marte desde Trujillo. Así, con semejante lucidez, ironía y atrevimiento el cineasta y escritor madrileño David Trueba (1969) plasma sobre el papel de su nueva novela, Queridos niños, una ácida crítica a las campañas electorales, los políticos, la ciudadanía y el país en general. Una novela que por momentos divierte, entretiene y hasta indigna al lector.

    Queridos niños es el resumen del diario de campaña que Basilio escribe a Amelia, la candidata a la presidencia del gobierno de un partido democristiano que no cuesta nada reconocer en nuestra realidad cotidiana. Basilio --apodado El Hipopótamo debido a sus 119 kilos de peso, que él considera síntoma no de gordura sino de firmeza-- le escribe a Amelia los discursos más llamativos de sus actos electorales. Se trata de un hombre altamente mordaz e inteligente, pero también solitario --la soledad es el triunfo de la madurez, afirma--, deshumanizado, que construyó un muro a los trece años de edad para llegar vivo a casa cada día después del cole. Alguien para quien la idea de suicidarse es una fantasía secreta desde que tres compañeros de colegio me patearon mientras los demás niños arremolinados reían. Un hombre que practicó la eutanasia --a la que ahora debe oponerse por programa político-- a su querido padre enfermo de muerte, a petición suya, eso sí, diluyendo pentobarbital en su helado de vainilla.

     De la crítica de Trueba no se salva nadie. Desde luego, no el partido. Pagos inflados con dinero público sirven para pagar a Basilio; sistemático reparto de banderitas del partido y del país, como si ambas cosas fueran lo mismo; aparición de viejas rencillas internas entre los ladronzuelos de siempre y los regeneracionistas --muy pocos, en realidad--; recurso a las malas artes durante la campaña --el empleo de las oscuras prácticas del Tano Allegri, que ataca a los rivales políticos; el aprovechamiento de accidentes y del dolor ajeno para beneficio propio electoralista; las negociaciones bajo mano para desacreditar de todas las maneras posibles a los rivales, con pruebas o incluso sin ellas--; uso de mil y una triquiñuelas para tapar las miserias propias sacadas a la luz por los rivales o por la prensa; permanente manipulación a través de los centenares de cuentas falsas en redes sociales que bombardean cada minuto sus propagandas; o las falsas carreras de la candidata que simula hacer ejercicio y que apenas constan de una vuelta a la manzana para reentrar al hotel por la puerta de atrás.

    Todo, por imposible que parezca, sirve para atraer a los queridos niños, como define Basilio a los ciudadanos, a las urnas. Unas urnas que, desde la propia portada de la novela --toda una declaración de intenciones y una gran muestra de lo que realmente contiene--, está repleta de pirañas --entre pirañas es mejor no ser de carne y hueso, afirma un Basilio que además añade que el salto a la política es un rito de paso al lado oscuro, entrar en la bañera de pirañas, y no se puede salir vivo--. Y es que Basilio se compadece de Amelia. Tanto si pierde como si gana las elecciones. ¿Y qué sabemos de Amelia, por cierto? Pues poca cosa y mucho a la vez. Lo que le confiesa a Basilio en un momento ya cercano a las elecciones: tengo la demoledora sensación de que he tirado mi vida a la basura. He estudiado como una demente para no llegar a otra cosa que transmitir a mis alumnos tres ideas subrayadas y facilonas que condensan los cinco mil años que nos precedieron. He vivido toda mi vida con el mismo hombre --quince años mayor que ella, ya casi en la senectud-- al que he visto hacerse mayor a mi lado. Y si me tiras de la lengua te diré que ni ser madre ni ser esposa ni profesora siquiera han sido aspiraciones que doy por saciadas. Pues ese vacío se llena con esta aventura, te lo creas o no. A mí me llena la idea de que puedo ayudar a mi país.

   Como era de esperar, tampoco los ciudadanos salen nada bien parados de este particular diario de campaña. Mis queridos niños respetan las reivindicaciones laborales si afectan a su sector profesional, pero las desprecian cuando complican su vida cotidiana, afirma Basilio en relación a la falta de solidaridad de estos. Y, a su vez, el único que verdaderamente curra de toda la comitiva que sigue a la caravana del partido, Rómulo, el conductor del autobús, paga a los políticos con la misma moneda: ya lo verás. A medida que avance la gira, os iréis comportando como niños en el viaje del colegio. No sé lo que tiene el autobús, es una especie de vuelta a la placenta de la infancia, como un encantamiento mágico. Y, de alguna manera, Basilio le da la razón al reflexionar ante Amelia que tras conocer la política desde dentro, he comprendido que sucede al revés de lo que creía antes. Es la gente corrupta la que encuentra en la política un campo por explotar y les atrae ese sector para progresar en su maldad.  

    Tampoco la prensa y los periodistas se libran de las críticas de Queridos niños. Así, escribe Basilio que los periodistas ya no son inquisitivos ni impertinentes. Ahora aspiran a una vida cómoda, parecida a la que se pegan sus jefes. Y habla de un claro ejercicio de hipocresía al reconocer que cuando se trabaja para los partidos políticos conservadores, ya sea como político o como escribidor, lo que era mi caso, tienes que identificarte con un tipo de votante fiel y encastillado. Por eso, durante años, fue imprescindible mantener un discurso político contra el divorcio, mientras los representantes del partido se divorciaban sin problemas. Sucedió lo mismo con el aborto, había que combatirlo, pero no renunciar a ese derecho en el ámbito privado. Luego fue idéntica la posición con el matrimonio homosexual, tan protestado como utilizado, o la investigación con células madre. Y lo mismo con la eutanasia. Una cosa era pedir el voto por unos motivos y otra muy distinta convertir esos motivos en tu pensamiento íntimo. Eso lo tuvimos claro desde el principio en nuestro acuerdo, ¿verdad, Amelia?

    Respecto a la relación entre la política, la psicología y la manipulación cabe destacar un párrafo demoledor: en la política funcionan los condicionantes psicológicos, y cuando se dice de uno mismo que se es humilde, se disfraza la soberbia, cuando se advierte de que vas a decir la verdad, se miente, y cuando se asegura que algo es lo que todo el mundo piensa, en realidad no lo piensa nadie pero se pretende inducir a que todo el mundo lo piense. La clave está en hacerlo sin que se perciba esa constante manipulación. Y, para ello, añado yo, luchar para que los ciudadanos, los queridos niños, prefieran comer de la mano de los políticos antes que buscarse el pan por sí solos, es decir, ejercer el derecho que jamás deberían dejar perder: el de analizar, contrastar y verificar las informaciones y extraer las pertinentes conclusiones. Algo en lo que ayuda poco tener una misma empresa de televisión propietaria de un canal de derechas y otro de izquierdas, que maneja como un asador de dos parrillas para caldear el espíritu de sus audiencias.

     En definitiva, para el equipo de campaña de Amelia, hay tres aspectos básicos que conseguir durante la campaña electoral: recordar el abandono, las catástrofes, los dramas, y presentarse como salvadores y solucionadores; ser capaces de generar la imagen del día cada día; y, ante todo, no dudar, no decir la verdad y no rectificar. Porque ganar lo justifica todo, lo disculpa todo y lo hace olvidar todo. Y es que Queridos niños es una novela que bebe directamente de la pandemia y del clima político tan polarizado que existe en nuestra triste actualidad. Y la campaña que tan magistralmente describe David Trueba bien podría ser la de 2023. Es de esperar que esta obra abra los ojos a cuantas más personas mejor. Es una novela muy necesaria que ilustra a la perfección la realidad de nuestro país y de nuestra clase política. Ojalá sirva como alerta ante lo que puede que se nos venga encima muy, muy pronto ya. 


martes, 8 de marzo de 2022

El frío. Marta Sanz. Caballo de Troya. 2012. Reseña

 




    El frío fue la primera novela de Marta Sanz. Se publicó en 1995 dentro de la colección Punto de Partida de la editorial Debate. En 2012, Caballo de Troya, un sello de Random House Mondadori, la reeditó tras el lanzamiento de su exitosa novela negra Black, black, black. Se trata de una historia corta --137 páginas-- pero intensa. Una historia de ida y vuelta, de trenes, de autobuses, de sanatorio, de manicomio. De locura. De asesinato. Porque a veces es necesario matar un amor para poder desprenderse de él y poder seguir viviendo. Una novela fría desde la propia portada: un halógeno frío. También desde una escritura severa, sobria y, por supuesto, fría. Como queriendo marcar distancia respecto a la historia narrada. Respecto a ese amor convertido en desamor, en odio como modo de salvación. Como modo de superar el dolor provocado por una herida casi de muerte.

    Es una de esas novelas que resultan muy complicadas de reseñar. Todo un desafío para quien se atreve a intentarlo. En este caso, servidor. ¿Por qué esa complejidad? Pues básicamente porque combina partes más ambiguas, que narran acciones con gran sutileza, casi sin apretar el lápiz sobre el papel, con otras mucho más directas, concretas, que amenazan con perforarlo y hasta destruirlo. Un estilo que, bien pensado, es el más acertado para contar la historia de una pasión convertida en odio. De un amor que, como el famoso espía de John Le Carré, surgió del frío. Del frío de un hombre, Miguel, protagonista masculino de la historia, capaz de tratar a su pareja, narradora de la cual conocemos mucho pero sin embargo desconocemos el nombre, de una manera que poco --o nada, más bien-- tiene que ver con el amor. Con el amor bien entendido, claro.

    Desde hace años, estoy cargando con tu parte y la mía, no creas que no me doy cuenta, le recrimina a Miguel la narradora tras uno de los muchos desplantes que debe soportar. La protagonista esconde sus sentimientos ante los demás. Actúa raspándome los labios para no estallar entre desconocidos. Nadie sabe que todo se rompió, hay que concentrar la angustia hacia adentro, no justificarme ante ninguno. No soy débil. Pero hacerlo así no oculta la dura realidad: que sí lo es. Y ella es la primera en saberlo. Me encerraré en la habitación, me taparé la cabeza con las sábanas, gritando contra el colchón, haré humedades y charcos con el sudor del miedo. Me has enseñado bien: aguantaré sola la pena que me doy. Recuerda su niñez, se ve a sí misma de niña, celosa de sus intimidades y pensamientos, y se recrimina que a ti te lo enseñó todo. Tonta, ya no era la misma. 

    Y, ¿qué sabemos de Miguel? Pues que en el presente está encerrado en un sanatorio, donde los hombres se transforman en insectos martirizados por niños que arrancan a los grillos las patas delanteras, y está atendido por Blanca, una enfermera que lo mismo lo mima como lo maltrata. ¿Cuestión del karma, quizás? Sabemos, por Blanca, que Miguel siempre está en un estado de melancolía y dejadez. Y que le cuesta mucho trabajo que se tome las pastillas. Y también sabemos --o intuimos-- que en el pasado le ha sido infiel a la protagonista, quien lo describe así: entre ese olor de ella que yo llevo prendido: me basta con acercar el dorso de la mano a mi nariz. Y, a la vez, se recrimina a sí misma: te acariciaría el pelo y el perfil de la mandíbula. No me movería ni un centímetro para no despertarte. 

    Porque, durante el tiempo que duró la relación, lo importante era que tú te encontraras a gusto, que yo me hiciera imprescindible, que estuviese dentro de tus deseos y poderlos preparar de antemano. Yo no tenía otra cosa que hacer. Solo ser mejor que tu madre, mejor que tu hermana, mejor que la mejor de tus amigas, la amante más solícita y predispuesta. Con la simple certeza de que te acurrucarías en mí, confiado, para dormir hasta que mis muslos fueran dos piezas de escarcha. ¿A que me hubieras frotado los tobillos hasta que la sangre volviera a ponerse en circulación?, ¿verdad que me hubieras dado un masaje para que el calor retornara a mis extremidades? Mentira. Lo cual muestra bien a las claras que la relación nunca fue un fifty-fifty, sino una subordinación, un claro ejemplo de servilismo por parte de ella hacia Miguel.     

    Luego vinieron los insultos, los malos tratos psicológicos, el dejarla mal en público a base de gritos y aspavientos, las infidelidades, los reproches, etc. Y la narradora vuelve a verse desde fuera para recordar: y ella se pregunta cuándo podrá volver a casa, cuándo se lo ibas a permitir. La cabeza arde. Podría gritar más que tú e insultarte y echarte en cara tantas cosas. Pero le da miedo. O no, no es eso, realmente, no quiere hacerlo, no quiere al reprocharte, caerse al precipicio. Después de tanto creer. Más tarde me echaste de tu cama. Y la vida de la protagonista se convierte en un callejón sin salida, carente de autoestima y amor propio y sobrada de una perturbadora obstinación en salvar lo insalvable. De preferir mirar hacia otro lado para crear una realidad paralela para no ver la realidad verdadera. En una sinrazón. En una locura. Como siempre, yo volví contigo y, además, contenta.  

    Y en el autobús de regreso a su casa, la narradora vive una experiencia común llevada al máximo desatino cuando una pareja joven se besa en sus asientos. Cree explotar y desearía recriminarles, intimidar, censurar con el aplauso del resto de los pasajeros, idiotas que tanto me hubiesen molestado si este trayecto fuera otro. Es decir, si los jóvenes fueran los que en su día fueron ella misma y Miguel --las mismas buenas razones que siempre imaginé que los demás pensaban para mí. Sin atreverse a decírmelas, pero con todo el peso de una culpa grande y muda. Insultos de transeúntes al mirar, cuando andaba por la calle con el cuello mordido y tú me llevabas cogida por la cintura--. Iros a un parque, pequeños imitadores. Meteos detrás de un árbol y coged reúma, a ver si perdéis las bragas entre los espinos y se os llena la garganta del barrillo que se forma en los jardines con el meado de los perros.   

    El frío es, pues, una novela intensa, descorazonadora pero a la vez esperanzadora. A veces conviene asegurarse de haber llegado a tocar fondo, de haber sido consumido por las llamas, para ascender, resurgir, cual ave fénix, a una nueva vida, a una nueva existencia, a una nueva manera de ver el mundo y a una nueva forma de estar en él y formar parte de él. Y, como ya he escrito al principio, es esa conjunción entre ambigüedad y sutileza, por un lado, y concreción y dirección, por otra, lo que la hace todavía más interesante. Más llamativa. Más absorbente. Porque es una de esas historias que cuesta dejar. De las que quieres saber más. Y Marta Sanz sabe mantener el misterio sobre muchos aspectos, principalmente en lo que respecta a la resolución de la misma. El frío, por tanto, constituye un muy buen debut literario, y ya deja muestras de la gran escritora en la que con el tiempo se ha ido convirtiendo la escritora madrileña.   

   

miércoles, 16 de febrero de 2022

Una historia ridícula. Luis Landero. Tusquets. 2022. Reseña




 

    Que el escritor extremeño afincado en Madrid Luis Landero tiene una capacidad sin igual para crear una magnífica novela casi desde la nada es algo que sus lectores sabemos desde hace ya muchos años. Que su prosa es excelente, también. Pero es que, en mi opinión, su estilo, que sabe combinar la ambigüedad con la concreción y lo tajante según lo requiera la situación, es su verdadero gran valor. Y un ejemplo más de todo ello lo encontramos en su última novela, de reciente publicación, y que lleva un título altamente esclarecedor: Una historia ridícula. Porque la historia que narra Landero en boca de Marcial es eso: ridícula. Y ridículo es también su protagonista, un pedante o redicho --emplea términos muy cultos con una autosuficiencia que exaspera en ocasiones al lector-- que encarna a la perfección el papel de antihéroe, de embaucador, de inventor de una realidad falsa con la intención de engañar a los demás sobre su verdadera identidad.

     Porque su identidad es la que es. Marcial sabe que es un estúpido, un tonto, un idiota, y lo que trata por todos los medios posibles es que quienes lo rodean no constaten que lo es. Y para ello necesita inventar, para sí mismo --es fácil entender que el primero en no soportar a una persona así sea uno mismo-- y para los demás, una identidad de filósofo, autodidacta, persona leída e instruida, que siempre está a la altura de las circunstancias. Pero la realidad, la pura realidad, es que Marcial tiene un notable complejo de inferioridad --sobre todo porque dice carecer de estudios superiores--, lo que lo lleva al aislamiento, a odiar a los demás por cualquier motivo, a no perdonar jamás a nadie ni el más mínimo desliz, gesto o palabra, a decir que son los demás los débiles --utiliza a menudo la figura de Kafka y su alter ego protagonista de La metamorfosis para hacernos ver cómo se siente ante el resto de humanos-- y a afirmar incluso que posee determinados poderes sobrenaturales.

    En este sentido, cabe alabar la idea de Tusquets de colocar en la portada de la novela la imagen del pavo real. Porque, aunque no se cite en el texto tal cual, Marcial es una especie de pavo real que se pavonea ante el mundo, tratando de atraer a los demás de la única manera que conoce: llamando la atención. Y también, aunque quiere evitarlo a toda costa, y le da siempre mil vueltas a todo con tal de no llegar a ello, haciendo el ridículo allá por donde va. Y, claro, tratándose de un personaje solitario, aburrido y débil, la aparición en escena de Pepita--mujer que encarna todo lo que él envidia en la vida: belleza, elegancia, buen gusto, posición social y relaciones con personas interesantes--, de quien se enamora a primera vista, acaba de trastocar por completo su vida. Quiere conquistarla como sea, y no duda en sacar a pasear todos sus encantos --sus alas y su enorme cola de pavo real-- para enamorarla. Porque está plenamente convencido de que la merece y es capaz de enamorarla.

    Para acabar de componer el cuadro, ya de por sí desolador, según Marcial --que es quien cuenta su historia en primera persona--, Pepita tiene dos pretendientes. Y él, por tanto, dos enemigos: el historiador Fidel y el violinista Víctor, a los cuales por supuesto odia y desprecia. No se considera en absoluto inferior a ellos y no duda en desplegar todas sus armas para imponerse y hacerse con el amor de su querida Pepita. Y comienza una batalla interna en la mente de Marcial que sí es bastante común en nuestra especie: las reacciones --textuales y gestuales-- de Pepita cuando dialoga con él lo llevan a pensar a menudo que está despertando su interés; en cambio, en otras situaciones lo hacen sentir como si se estuviera burlando de él. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así a lo largo de su vida? Para salir de dudas, su propósito será ser invitado a una de las reuniones de intelectuales --a la que acuden Fidel y Víctor-- que se llevan a cabo en casa de Pepita cada jueves. Lo cual nos conduce a un final coral imprevisto. 

    El humor con el que Landero trata la historia no debe cegarnos: Una historia ridícula no es solo una novela inofensiva que nos entretiene; es también una honda crítica de la condición humana. Y Marcial es un tonto que a veces no lo es tanto. Algunas partes de su filosofía de vida son compartidas por muchos de nosotros. Sobre todo la que hace referencia a que en no pocas ocasiones todo se convierte en un teatro y cada uno de nosotros en sus actores. Basta con echar un vistazo, así por encima, a las redes sociales. En ellas hay una ingente cantidad de historias ridículas. Así, sin entrecomillar. Por descontado, Marcial no es ni de lejos el único pavo real de nuestro tiempo. Y la nueva novela de Landero debería hacernos reflexionar a todos sobre diversos aspectos que parece que estamos descuidando desde hace algún tiempo. Eso sí, lo que no debemos hacer jamás es pasearnos por ahí con una navaja en un bolsillo y un frasco de veneno en el otro. Porque entonces seríamos igual de peligrosos que Marcial.

    Como curiosidad, en algunas de las escenas el lector podrá intuir que la fiesta en casa de Pepita a la que es invitado Marcial aquel jueves de infausto recuerdo se asemeja mucho a la magnífica comedia francesa La cena de los idiotas --dirigida en 1998 por Francis Veber y llevada después al teatro en varios países--. Las singularidades de Marcial, desde luego, podrían hacerlo posible. También ese final coral, con más de diez personas en la misma habitación. Sin embargo, la ambigüedad que utiliza Landero a la hora de desarrollar la historia, a la que ya he hecho referencia antes, nos deja el misterio de si ocurrirá el milagro de que, en efecto, Marcial sea capaz de enamorar a Pepita. El gran problema del protagonista de la novela es, sin embargo, que desconoce por completo los temas a tratar en la reunión, lo que lo incapacita al no poder prepararse en casa las elocuentes frases que lo hagan quedar como un hombre preparado. Arma que sí había podido utilizar en las citas anteriores con Pepita.

    El autor demuestra una vez más que, aunque habitualmente resida en Madrid, no olvida sus orígenes. Por eso, no duda un ápice a la hora de introducir en cada escrito suyo la región que lo vio nacer y crecer. Extremadura, esa gran olvidada, está presente en diversos pasajes de la historia. Tampoco olvida hacer referencias, más o menos veladas, a obras literarias de otros autores --La metamorfosis, de Franz Kafka, El sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno o El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas--. Y en cuanto a la temática, tampoco deja de estar presente el amor. Así, Marcial, que tiene su propia visión del tema, afirma que el amor nos alucina, nos da por castigo la esperanza, nos traslada a una dimensión fantástica de la realidad. El amor es demencia, un puro disparate, madre de todo tipo de necedades y de monstruos. Y le espeta a Pepita que con tu sola presencia también a mí me enaltecías, me transformabas en artista, en bohemio, en filósofo. Así es el amor.

    El pensamiento, si uno no lo controla, se echa al monte, como quien dice, se pone bravo y traspasa todos los límites, rompe todas las reglas, crea todo tipo de disparates y de monstruos, escribe Marcial. Y está bien que lo reconozca, pues eso es exactamente lo que le ocurre a él: cuanto más piensa en algo, más mete la pata, más hace el ridículo. Lo cual hace buena la fórmula que él mismo ha diseñado: O+C=T, donde O es orgullo, C es cobardía y T es temeridad. Y también esto lo reconoce de la siguiente manera: no he sido nunca ni vigoroso ni valiente, aunque sí temerario, precisamente porque en mi cobardía, en mi desesperada cobardía, mi falta de coraje me deja expuesto a arranques incontrolados de temeridad. Una definición perfecta de un personaje ridículo que, como he dicho antes, es tonto pero no tanto en algunas ocasiones. Por eso, pese a su idiotez, en determinados momentos consigue que el lector hasta empatice con él. Algo bueno tendrá. Landero está de vuelta. Gran noticia.     

       


martes, 1 de febrero de 2022

A prueba de fuego. Javier Moro. Espasa. 2020. Reseña

 




    A finales de 2020 Javier Moro --Madrid, 1955, autor de, entre otras, Pasión india (2005), El sari rojo (2008) y El imperio eres tú (Premio Planeta 2011)-- publicó su última novela. Una obra en la que pasó revista a la aventura norteamericana del arquitecto valenciano Rafael Guastavino y uno de sus hijos, Rafael Guastavino Jr.. Llegados a Nueva York en 1881 junto a Paulina Roig y sus otras dos hijas, que hubieron de regresar a España tan solo unos meses después a causa de los problemas económicos familiares, los Guastavino comenzaron a cimentar poco a poco una larga y muy fructífera carrera arquitectónica en la costa este de los EE. UU.. Sobre todo desde que en 1885 fue patentado el sistema Guastavino, consistente en una técnica constructiva de arcos y bóvedas autoportantes de baldosas de terracota adheridas con capas de mortero siguiendo la curvatura de la cubierta. Un sistema, también denominado de bóveda tabicada, que conseguía gran cohesión, resistencia y abaratamiento de costes. 

    Para narrar la historia Javier Moro utiliza la voz, en primera persona, de Rafael Guastavino Jr., quien nos cuenta, apoyándose en cartas y documentos que de su padre y otros personajes todavía conserva, los entresijos de sus vidas, tanto a nivel laboral como familiar. Así, poco a poco nos va informando de los orígenes de ambos. De la niñez de su padre, criado en torno a la Catedral y a la Lonja de la Seda de Valencia, edificios que siempre despertaron su pasión por la construcción. En efecto, Guastavino trabajó como aprendiz en Valencia y más tarde se trasladó a la escuela de maestros de obra de Barcelona, donde construyó la famosa fábrica Batlló y el Teatro de la Massa (en Vilasar de Dalt). No obstante, problemas conyugales y económicos lo obligaron a abandonar para siempre --y el misterio acerca del motivo acompañará a su hijo durante casi toda su vida-- la ciudad condal y España para comenzar desde cero en Nueva York, lugar destinado a ser el centro de la nueva arquitectura mundial.

    Si Guastavino, considerado el arquitecto de Nueva York --su participación se puede todavía disfrutar en numerosos edificios emblemáticos de la ciudad (la Grand Central Terminal, diversas estaciones de metro, el hall de Ellis Island, el puente de Queensboro, la catedral de San Juan el Divino, el Carnegie Hall, el Museo Americano de Historia Nacional, el City Hall, el Hospital Monte Sinaí o la iglesia de San Bartholomé, entre otros)--, no triunfó más todavía pese a ser un absoluto genio arquitectónico fue debido a la coexistencia de dos grandes factores que se lo impidieron de forma sucesiva. En primer lugar, su tormentosa relación con las mujeres. Y, antes que ello incluso, que estaba más enamorado de su trabajo y de la belleza que de él florecía que de cualquier otra cosa o persona en el mundo. Y Guastavino Jr. nos ilustra con varios ejemplos de ambos aspectos a lo largo de una narración que supera las cuatrocientas páginas. 

    ¿Cómo era posible que alguien tan volcado en su trabajo como él, tan estudioso, tan meticuloso con sus diseños, tan serio en sus compromisos, fuese incapaz de controlar sus impulsos más básicos? ¿Cómo es posible que, estando en el cenit de su fulgurante carrera, disfrutando de éxito social insólito y de estabilidad familiar, se arriesgase tanto a perderlo todo?, se pregunta su vástago al tratar de explicarse cómo pudo su padre engañar a su esposa con su madre. Hijo, a veces cuesta mucho controlar el arrebato. La llama de la pasión con Pilar se había extinguido, y tu madre era distinta, era cariñosa y de buen ver..., le responde finalmente su padre tratando de justificarse. Y, sin embargo, años después, en un escenario diferente y con protagonistas diferentes, demuestra que no ha aprendido, haciendo bueno aquello de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y, claro, los hijos suelen tomar como modelos a sus padres.  

    El otro problema que le impidió aportar más si cabe al mundo de la arquitectura fue su amor por la belleza, ejemplificado en estas palabras: Rafael, tus presupuestos son incumplibles. Siempre los haces por debajo de su valor. No calculas bien los costes. El problema es que estás enamorado de lo que haces. Y esa es tu perdición. Lo llevas en la frente, todos lo ven y se aprovechan de ti, saben que ahí te tienen agarrado. Tienes que hacer un esfuerzo y ser más realista. O nunca saldrás de la ruina. Y, ¿cuál es su respuesta ante ello? Nunca tengo tiempo de verificar los precios de los materiales. No puedo estar sin construir. Y, claro, esa impulsiva forma de hacer las cosas llega a arruinarle varias veces a lo largo de su vida. Eso sí, siempre sabe recomponerse, comenzar desde cero, ganar nuevos concursos, conseguir nuevos proyectos y volver a renacer desde sus cenizas para continuar con su actividad y seguir enseñando a su hijo.

    El gran logro de los Guastavino fue crear la Guastavino Fireproof Construction Company, cuyas bóvedas, a prueba de fuego --de ahí el título de la novela--, permitieron construir en las grandes ciudades con mayor fiabilidad tras los desastrosos incendios de Chicago y Boston en 1871 y 1872 respectivamente. Porque sus actividades no solo se centraron en Nueva York. También dejaron su sello en Boston (Biblioteca Pública), Washington (Museo Nacional de Historia Nacional y Corte Suprema de EE. UU.), Chicago y otras grandes ciudades de la costa este del país. Incluso en Black Mountain, un pequeño pueblo de Carolina del Norte que Guastavino Senior eligió como retiro junto a su gran amor, la mexicana Francisca, donde construyó, sin escatimar en gastos, tal cual fue siempre él, una gran propiedad de nombre Rhododendron, lugar donde finalmente falleció en 1908, justo un mes antes de cumplir los 66 años de edad.

    Dejando de lado la Historia pura y dura, lo que más me ha llamado la atención es cómo van evolucionando los personajes a lo largo de los años. Especialmente Guastavino Jr., que comienza siendo un niño de nueve años y termina por convertirse en un hombre hecho y derecho; William Blodgett, quien entra en la Compañía como el economista que debe poner en vereda a su jefe y acaba convirtiéndose en su socio de máxima confianza; y Francisca, que debe aprender a lidiar con el torito bravo español que resulta ser Guastavino. Pero, por encima de todo, resalta la evolución de la relación entre padre e hijo. Desde la lógica total supeditación del hijo respecto del padre hasta la continuación de la labor de este más allá de su muerte, pasando por los primeros proyectos del hijo, la cooperación, la lucha por la independencia y los tira y afloja respecto a la finalización de los trabajos y la forma de llevar la Compañía.

    Y de entre los sentimientos que refleja en la narración Guastavino Jr. me quedo sin duda con este: la relación entre nosotros nunca se había enfriado tanto. Si pudiera ir atrás en el tiempo y aprovechar esos meses en los que no quise verle para decirle lo mucho que ahora lo siento... Cuánto cambiarían las relaciones entre la gente si tuviésemos clara y bien presente la inevitabilidad de la muerte. Los Guastavino fueron, sobre todo el padre, unos románticos de su trabajo. Y este fragmento lo pone de manifiesto: mi padre acertó a prever el Modernismo y sus líneas onduladas, porque fue la extensión de lo que había puesto en marcha. En cambio, no compartía mi opinión sobre lo que yo veía para después, el funcionalismo. Mi padre se rebelaba contra esa arquitectura sin alma. Romper con el pasado es de ignorantes. No se puede anteponer la originalidad a la belleza, sentenciaba siempre ante su hijo y ante cualquier joven estudiante que le hiciera referencia al tema.

    A prueba de fuego, de Javier Moro, es una bonita biografía de una de las grandes familias de la Historia de la arquitectura contemporánea. Y solo ha sido posible gracias a un enorme trabajo de documentación e investigación por parte de un autor al que desde aquí solo cabe felicitar. El resultado bien vale la pena.      


viernes, 21 de enero de 2022

Renegados: Born in the USA. Barack Obama/Bruce Springsteen. Debate. 2021. Reseña






    Durante los últimos meses de 2020, en plena pandemia, Barack Obama y Bruce Springsteen grabaron en el estudio que el músico tiene en su rancho de Nueva Jersey ocho podcasts que, bajo el título de Renegados, recogieron una serie de conversaciones y reflexiones de ambos sobre temas fundamentales de la vida cotidiana y la Historia de los EE. UU., sobre ellos mismos y sus respectivas carreras y también sobre sus familias. Presentados originalmente en marzo de 2021, finalmente llegaron en noviembre a las librerías como libro de gran formato. Un volumen muy atractivo --aunque no excesivamente cómodo de leer debido a su tamaño-- que incluye extras de los podcasts originales, así como fotografías inéditas de ambos, manuscritos de canciones y discursos, notas aclaratorias y explicativas de los diferentes temas tratados y fotografías de sucesos históricos y de aquellos quienes según los autores fueron y son héroes de la patria.   
    
    Resulta imposible resumir todos los temas tratados --y tampoco es el objetivo de esta reseña--, pero sí me gustaría destacar algunas cuestiones que me han resultado especialmente interesantes. Por ejemplo, la difícil relación que ambos tuvieron con sus padres. El político prácticamente no recuerda nada del suyo, puesto que cuando tenía tan solo dos años sus padres se separaron y su padre regresó a Kenia. A partir de ahí, la relación fue muy fría y solo se vieron un par de veces. El músico, en cambio, tuvo que sufrir a causa de un padre que padecía graves problemas mentales y de alcoholismo. Obama tuvo suerte, puesto que pudo tener como modelo de padre a la nueva pareja de su madre, a la que él mismo define como una buena persona. Springsteen, por su parte, reconoce que el miedo a amargar las vidas de sus posibles esposa e hijos lo llevó a destruir todo tipo de relación seria con las mujeres que se encontró durante muchos años.

    Ambos reconocen el gran valor de sus madres, quienes hubieron de tirar hacia adelante pese a que las circunstancias no fueron las más apropiadas en aquellos primeros tiempos. En los dos casos, fueron ellas quienes mantuvieron a flote la economía y la vida familiar. Y sin una sola mala palabra respecto a sus maridos --o ex marido, en el caso de la madre del ex presidente estadounidense--. Además, tanto uno como otro ponen en valor también la gran fortaleza y espíritu de sacrificio de sus respectivas esposas, Michelle y Patti, sin las cuales sus carreras no podrían haberse desarrollado tal y como las conocemos. Mujeres fuertes, independientes, con ideas claras y sabedoras de que no son meras comparsas sino compañeras por igual de sus maridos. Obama buscaba precisamente eso. Springsteen reconoce que le costó algo más llegar a la conclusión de que debía dejar de huir para echar raíces y crear su propia familia y su propio hogar.

    Uno de los aspectos sobre los que dialogan Obama y Springsteen es el que se refiere a la familia y a cómo conciliar sus obligaciones profesionales con la crianza de sus hijos e hijas. El músico reconoce que ser un padre cuarentón que ya atesoraba una dilatada carrera como estrella del rock lo ayudó a la hora de poder tomar decisiones sobre pasar menos tiempo fuera de casa y ayudar a Patti en las tareas domésticas y familiares. En cambio, para el ex presidente fue todo muy diferente. En su carrera como senador --cuando su hija tenía solo tres años-- hubo de pasar un año y medio fuera de casa casi todo el tiempo. Y lo mismo cuando afrontó su carrera presidencial en 2008. Y comenta que eché mucho de menos a mis hijas y cargué con un enorme peso a Michelle. Lo superamos gracias a su heroica capacidad para gestionar las cosas y a la increíble generosidad de mis hijas, que a pesar de todo querían a su padre. 
 
    El problema de la raza ocupa bastantes páginas del libro. Y los autores reconocen que queda mucho camino por recorrer todavía. Así, dice Springsteen, acostumbrado desde su adolescencia a trabajar con músicos de color --y a trabar con ellos una gran amistad--, que en Estados Unidos hemos querido a los negros y a los latinos cuando nos entretienen, pero cuando quieren vivir en la puerta de al lado seguimos siendo una sociedad tribal. Es parte de una tragedia que evidentemente persiste hasta el día de hoy. Estamos ligados a la historia del racismo. A este respecto, reconoce Obama que en los sesenta y setenta ser negro era algo de lo que estar orgulloso y debía valorarse. Las propias luchas que protagonizaban los negros en Estados Unidos eran parte de lo que los hacía especiales. Porque, de alguna manera, se habían fortalecido con el sufrimiento. Y el baloncesto se convirtió en el lugar donde un blanco y un negro podían encontrarse en igualdad de condiciones y ser parte de una comunidad.

    El anti belicismo y la forma en que se hacen determinadas cosas en los EE. UU., especialmente el capitalismo salvaje y devorador de la felicidad que implantó la administración Reagan, también fue objeto de diálogo entre los autores. Springsteen perdió varios amigos en Vietnam. Él mismo se libró de ir a la contienda por una artimaña. Se negó a ir a una guerra a la que los ricos podían decidir no ir simplemente pagando una determinada cantidad de dinero --o incluso matriculándose en alguna universidad--. La injusta y cruel guerra de Irak tampoco se libra de las críticas de este par de renegados. Y sobre el capitalismo, recuerda Bruce que salí de casa con veinte de los grandes en el banco y al final de aquella gira pensé: Oh, Dios mío, soy rico. Me odio a mí mismo. He caído en la trampa. Y recuerda sentir una extraña mezcla de satisfacción y vergüenza al conducir el Chevrolet Camaro que se compró con parte de aquel dinero. 

    Y, sin embargo, afirma Obama que, a pesar de todos los problemas referidos, lo que hace que EE. UU. sea un lugar excepcional no es su riqueza, su tamaño, sus rascacielos o su poder militar. Es el hecho de que es la única nación en la historia compuesta por personas de todas las razas, religiones y culturas, llegadas de todos los rincones del planeta. Y que creemos en nuestra democracia, en nuestro credo común, para unir esa mezcolanza humana y convertirla en un único pueblo. Lo bueno de ser candidato a presidente es visitar los cincuenta estados, conocer a gente que lleva distintos tipos de vida y en diferentes circunstancias, y ver el hilo conductor que nos une. Hay un vínculo, un lazo. Cuando hacemos las cosas bien y realmente somos quienes decimos ser el mundo respira un poco más tranquilo. Me da esperanza la próxima generación. Nuestros hijos creen en la igualdad de las personas casi como una reacción instintiva.

    Renegados: Born in the USA desgrana los sueños y los mitos americanos del músico y del político, la música preferida de ambos y el inicio, desarrollo y definitiva consolidación de una firme amistad forjada a través de los últimos años. Concretamente, desde que en 2008 a alguien del equipo de campaña de Obama se le ocurrió la idea de pedir a Springsteen que amenizara con su música algunos de los actos electorales. Algo que volvió a ocurrir en la campaña de reelección en 2012. A través de sus trescientas páginas conocemos mejor a ambos no como profesionales de sus respectivos campos sino como personas, hijos, maridos y padres. Unas personas quizá demasiado positivas --que llegan a idealizar algunos temas, cuestión genuinamente norteamericana-- pero también anhelantes a la hora de tratar de conseguir para el futuro una nación de iguales pese a las diferencias de cada uno de sus conciudadanos.