LIBROS

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lunes, 22 de noviembre de 2021

Los niños de Irena. Tilar J. Mazzeo. Aguilar. 2016. Reseña

 




    Desde que la increíble historia de Irena Sendler, su tenaz círculo de confianza y los dos mil quinientos niños judíos salvados de la muerte en el gueto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial comenzó a ser conocida han ido proliferando estudios, ensayos y novelas sobre los hechos acontecidos dentro y alrededor del barrio judío amurallado. ¡Qué os voy a contar que no sepáis ya, queridos lectores de El Círculo de las Bondades! Por cierto, os adelanto que en estos momentos me encuentro en plena escritura de la segunda parte de esta extraordinaria historia, que llevará por título El Grito de los Inocentes. De hecho, la lectura de esta nueva obra --la mejor que he leído hasta ahora sobre Irena y su estrecha red de colaboradores, al menos en lengua castellana--, me ha venido de perlas para terminar de afianzar algunos conocimientos sobre los distintos personajes que forman parte de ella y sobre la resolución de algunos hechos que todavía no tenía definitivamente claros a pesar de haber leído casi una veintena de libros y de haber visto documentales, películas, etc.


    La historiadora cultural, biógrafa y escritora norteamericana Tilar J. Mazzeo (1971), autora de varios best sellers, nos da luz sobre el peligroso e ingenioso plan tramado por Irena Sendler para salvar a la mayor cantidad de niños posible. Como ya sabéis, se trata de una historia de valor, coraje y resistencia. Pero, además, y he aquí la gran novedad, también de un amor imposible. El ángel del gueto de Varsovia se nos muestra en este relato con sus grandezas y fortalezas, pero también con todas sus dudas y debilidades. Porque, aunque la Historia se centre muy a menudo en los aspectos más heroicos de sus grandes personajes, estos --también Irena, por supuesto-- también hubieron de sufrir penalidades, teniendo que hacer frente a mil y una dudas y debiendo tomar decisiones no siempre acertadas. Por ello, leer el libro Los niños de Irena, de Tilar J. Mazzeo, donde la protagonista ya no es la típica mujer perfecta que todo lo puede --he de confesar que esto siempre me había chirriado, y fue durante años la principal causa de no atreverme a escribir la segunda parte de su historia--, sino una mujer corriente que sufre con cada decisión tomada me ha desatascado por completo.


    Ahora entiendo el motivo por el cual nuestra protagonista llegó a afirmar en una entrevista, poco antes de morir, que había sido mala hija, mala esposa y mala madre. Y es que sucede, muy a menudo, que tras las grandes acciones históricas se esconden otras no tan perfectas. Y eso es lo que también le ocurrió a Irena: volcada siempre hacia su trabajo y su forma de ser y de vivir la vida -- absolutamente heredadas de su padre--, consiguió enormes triunfos, llegando a ser uno de los miembros de la resistencia polaca más buscados por la Gestapo durante los años finales de la contienda, mientras que en su faceta más íntima acumuló algunos fracasos personales. Mazzeo, pues, cierra el círculo sobre el personaje central de la historia. Lo que, personalmente, repito, me ha permitido encajar algunas piezas del puzzle de mi novela que no acababan de encajar en aquello que yo quería que fuera en realidad. Por tanto, Los niños de Irena ha actuado como desatascador y como movilizador de mi propia obra, que ahora sí navega viento en popa y a toda vela.


    Centrándonos en la obra de Mazzeo, y dejando de lado los aprendizajes que servidor ha obtenido de la misma, me gustaría resaltar la parte de la historia que tiene que ver con ese amor imposible de Irena con Adam Celnikier. Porque, sin duda, podría ser objeto de algún culebrón venezolano o mexicano. Sin embargo, como se suele decir, la realidad siempre supera a la ficción. Y la historia entre Irena y Adam viene de lejos. Muy de lejos. De cuando todavía vivía su padre, el doctor Stanislaw Krzyzanowski, e Irena apenas tenía seis años. Por aquel entonces, la familia de Irena tenía mucha relación con la comunidad judía de Otwock, donde su padre ejercía como médico. Adam y ella jugaban juntos en las calles de la ciudad balneario. Y siguieron haciéndolo hasta que Janina e Irena se mudaron a Varsovia, tiempo después de la muerte de su padre. Años después, se reencontraron en la capital polaca. Sintieron atracción de inmediato. Pero su historia era imposible ya que Adam estaba prometido a una joven judía. Además, la madre de él se oponía a cualquier tipo de relación entre los jóvenes.


    Irena, todavía enamorada de Adam, hubo de continuar con su vida, y terminó casándose con el profesor polaco --y católico-- Mieczyslaw Sendler. La relación entre ellos nunca terminó de fructificar del todo --Mieczyslaw siempre se quejó de la excesiva implicación laboral de su esposa, así como de su falta de tiempo y motivación para crear una verdadera familia-- y él acabó aceptando una propuesta laboral en una universidad cercana a la frontera con la Alemania de Hitler. Mala decisión, porque pocas horas después de su llegada los alemanes cruzaron la frontera y lo hicieron prisionero. Y he aquí la gran novedad. Servidor pensaba que Mieczyslaw fue asesinado por los nazis --ya que su nombre apareció incluso en la lista de fusilamientos diarios--. No obstante, sobrevivió en un campo de trabajo en Alemania y, meses después de finalizar la guerra, volvió a aparecer en Varsovia. Para entonces, Irena y Adam estaban por fin juntos --él se había divorciado de su esposa judía-- ¡e Irena estaba embarazada de cinco meses! Mieczyslaw e Irena se divorciaron amistosamente. Tan amistosamente que, años después, Irena se divorció de Adam --también de manera amistosa-- y ¡se casó nuevamente con Mieczyslaw! ¿Es o no todo un gran culebrón?


    No, lo que acabo de contar no es un spoiler. Nunca un hecho histórico ocurrido hace ochenta años puede considerarse un spoiler. Además, estos hechos contribuyen a humanizar, más si cabe, a sus protagonistas. Todos acaban divorciados, pero tan amigos entre sí. Algo solo posible tratándose de personas bondadosas. Puede que se hagan daño, pero nunca a conciencia. Y todos sufren por igual. ¿Hay algo más humano que sufrir y hacer sufrir sin maldad alguna? En mi caso, al menos, esta desconocida parte de la historia me ha fascinado. Y me ha hecho entender muchísima cosas. Irena jamás se consideró una heroína --solo una pequeña parte de una gran red de colaboradores y resistentes frente al nazismo y el Holocausto judío--, sino que aseguró haber tenido pesadillas durante el resto de su vida a causa de sus errores y malas decisiones. De ahí que, sin duda injustamente, se considerase a sí misma mala hija, mala esposa y mala madre. Y eso, lejos de hablar negativamente de ella, la catapulta todavía más hacia la categoría de personaje único. Más veraz, auténtico y resiliente.


    El resto del ensayo de Mazzeo incide en la extensa red de resistentes polacos --católicos y judíos-- y en sus acciones contra las aberraciones cometidas por los nazis en territorio varsoviano. Aparecen, algo ampliados respecto a La madre de los niños del Holocausto, de Anna Mieszkowska, los personajes ya conocidos del viejo doctor Janusz Korczak, el enlace con el gobierno en el exilio londinense Jan Karski, las amigas de Irena Ala Golab-Grynberg, Ewa Rechtman, Rachela Rosenthal, Stanislawa Bussold, Jadwiga Grabowska, Jaga Deneka, Jaga Piotrowska e Irena Schultz, los amigos Jozef Zysman, Adolf Berman o Henryk Palester y los jóvenes judíos miembros de la ZOB (Organización Judía de Combate) que protagonizaron el alzamiento del gueto en la Pascua de 1943, haciendo especial hincapié en Marek Edelman, lugarteniente del líder del movimiento, Mordejai Anilevich. Asimismo, describe los movimientos de la resistencia antes, durante y después del alzamiento judío, especialmente en el levantamiento general de Varsovia, en el verano de 1944.


    Capítulos destacados son también los que hacen referencia a la detención de Irena en su casa del distrito de Wola, los interrogatorios y torturas sufridas por ella en la prisión de Pawiak y en la sede de la Gestapo en la avenida Szucha, su posterior condena a muerte y finalmente su milagroso y agónico rescate por parte de Zegota --Consejo de Ayuda a los Judíos--. Además, es igualmente llamativo y, por tanto, reseñable el ostracismo al que cayeron su historia y la de sus compañeros bajo el posterior régimen comunista soviético, si cabe mucho más feroz con los polacos que el nazi. Por fortuna, Irena vivió sus últimos años rodeada de algunos de los niños a los que había salvado la vida sesenta y tantos años atrás. Justicia divina, quizás. Y justicia es la que intento hacer yo reseñando este ensayo de Mazzeo y escribiendo la historia novelada de Irena y sus colaboradores. Porque estas historias jamás deberían caer en el olvido...               

           

lunes, 8 de noviembre de 2021

28 días. David Safier. Seix Barral. 2014. Reseña

 





    El escritor y periodista alemán David Safier, conocido mundialmente por sus divertidas obras Maldito karma (2009), Más maldito karma (2015), Yo, mi, me... contigo (2011) o ¡Muuu! (2013), sorprendió a sus lectores y al público en general con un drama titulado 28 días en el que recoge esas cuatro semanas en las que, entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943, los sublevados judíos del gueto de Varsovia hicieron frente a unas SS empeñadas en exterminar por completo a las 450.000 personas que llegaron a poblar el territorio cercado. Para ello, creó tres personajes ficticios, Mira --chica de dieciséis años que se dedica al estraperlo para mantener con vida a su madre y a su hermana Hanna--, su novio Daniel --uno de los más mayores chicos del orfanato de Janusz Korczak-- y Amos --miembro de la conocida ZOB, la famosa resistencia judía--, a partir de los cuales nos presenta los hechos documentados y a algunos de los personajes históricos reales que vivieron en el gueto en plena Segunda Guerra Mundial.   


    Mira narra la historia en primera persona. Y describe así lo que ve en su día a día en la zona aria: esos cuerpecillos andrajosos que, hiciera frío o calor o lloviese, se escurrían por resquicios de la pared, gateaban por tuberías o trepaban temerariamente el muro, rajándose las manos con los cristales, eran los tristes héroes del gueto. Todos esos estraperlistas estaban señalados por la muerte. Más tarde o más temprano los pillaría alguien como Frankenstein, como llamábamos a un centinela alemán especialmente feroz. En efecto, el mercado negro constituyó en muchos casos el único y último recurso de muchos jóvenes para tratar de salvar a sus familiares más directos, especialmente los mayores, niños pequeños y enfermos. Sin embargo, la sucesión de desgracias en la vida de Mira pondrá fin a su etapa como estraperlista y la obligará a unirse a la Resistencia y a matar para poder vivir. Todo, en contra de los pensamientos de su novio, Daniel, ferviente antibelicista.


    Daniel cuida junto a Janusz Korczak y sus trabajadores a los dos cientos huérfanos del hospicio de la calle Krochmalna. El famoso pedagogo y escritor de obras infantiles y juveniles ha preparado a sus chicos para su reasentamiento en el este --en realidad, el exterminio en Treblinka a través de las Aktions-- y, pese a recibir varias propuestas de liberación, ha decidido acompañar a la muerte a sus niños. Daniel, fiel seguidor de quien considera su padre, se dispone a trasladarse hasta los trenes junto a él y sus hermanos. Morirá si es preciso, pero jamás dejará de estar al lado de Korczak y esos dos cientos niños y niñas que son la única vida que conoce. Mira, impotente tras intentar hacerle cambiar de opinión hasta el último instante, salva su vida contra su propia voluntad. Lo cual enfada a Daniel, que decide dejar de verla. Sus caminos se separan, en principio para siempre, finalmente durante solo un tiempo.


    Entretanto, Mira ha conocido a Amos, un miembro de la ZOB --Organización Judía de Combate-- que le ha salvado la vida en la Plaza del Mercado de la capital polaca, donde unos szmalcowniks --hienas o cazadores de judíos-- pretendían denunciarla a las SS por unas pocas monedas. El joven le propone integrarse en la Resistencia, pero Mira rechaza su ofrecimiento por insensato, temerario e irreal --como Daniel y mucha otra gente, cree que es imposible que los nazis maten absolutamente a todos los judíos del gueto, y opina que a los alemanes es mejor no plantarles cara para no enfadarlos y poder así seguir con vida--. Pero, como ha quedado dicho más arriba, una serie de desgracias hace cambiar de opinión a la joven, que finalmente acepta una realidad que no quería ver: debe hacer frente a los nazis si quiere sobrevivir a su barbarie. Aunque para ello deba matar. Porque, a esas alturas de la situación, ya solo se trata de matar o morir. Quizás, de ambas cosas.


    Amos, por su parte, es un miembro activo de la ZOB, a cuyo mando está un Mordejai Anilevich para quien resistir hasta el final es la única opción de que su pueblo recupere la dignidad arrancada. Cuando se pierde el miedo --o, más bien, se aprende a convivir con él-- y ya no es posible creer más en las mentiras --el miedo y las mentiras son siempre el modus operandi de los tiranos para vencer la resistencia de los desfavorecidos--, la lucha es el único camino. Como hicieron sus antepasados con los romanos en Masada --donde unos pocos judíos aguantaron durante meses el asedio de más de cuatro mil legionarios romanos, los cuales, al entrar por fin en la fortaleza, encontraron solo silencio y cadáveres, ya que todos sus moradores se habían quitado la vida--. Actos de sabotaje, impresión y reparto de octavillas por las calles, contactar con la Resistencia polaca, introducción de armas en el gueto, construcción de búnkeres y preparación defensiva ante la inminente acción nazi contra el gueto se convierten en los nuevos hábitos de vida de Mira.


    Aunque Mira aún quiere a Daniel y se siente mal consigo misma, se siente cada vez más atraída por Amos. Daniel la ha abandonado tras lo acaecido en Krochmalna, no sabe ni siquiera si sigue con vida y finalmente sucumbe a los encantos de un Amos que desde el principio, quizás sin pretenderlo, ha tenido encandilada a la joven. Así que, a la historia bélica y de supervivencia, se suma una trama en la que el amor cobra una gran importancia. A los sombras de la guerra y los oscuros búnkeres se suma la luminosidad que proporciona, incluso en los peores lugares y en las peores circunstancias, el amor. Un amor que debe ser vivido con prisas, sobre todo porque, en esas circunstancias, uno no sabe si vivirá mañana. Efectivamente, como escribió años más tarde Marek Edelman, otro de los miembros de la ZOB --y uno de los pocos supervivientes--, también hubo amor en el gueto. Porque el amor, como la vida, siempre se abre paso. Y juntos, son capaces de conseguir auténticos milagros.


    David Safier utiliza algunas licencias poéticas y argumentales para construir la novela, pero los hechos que narra fueron reales. Y el propio autor destaca, en su epílogo, que lo más impresionante de aquella funesta realidad fue que antes en el gueto existían muchos partidos distintos; más adelante, las diferencias políticas quedaron obsoletas. Solo había un objetivo: no dejarse llevar al matadero sin defenderse. Al final los nazis fueron los responsables de lograr la unidad política e incluso, con sus Leyes de Nuremberg sobre la raza, convirtieron en judíos a personas que antes no se consideraban judíos. Y es cierto: para los nazis era judío el que, aún siendo católico, tuviera un abuelo o bisabuelo --al que seguramente ni habría conocido-- de origen judío. Otra de tantas aberraciones cometidas por una ideología indefendible, se mire por donde se mire. De todo ello resultó una resistencia que se alargó en el tiempo hasta los veintiocho días, ¡más que la presentada por toda Francia al inicio de la guerra!  


    En definitiva, 28 días es una novela conmovedora que relata con épica y emoción uno de los episodios humanos más sobrecogedores de la Historia del siglo XX y universal. Para los amantes de la Historia resultará una inmersión más en el tema del Holocausto. Para los que no lo son, sin embargo, será una manera amena de zambullirse en una serie de hechos que deben ser conocidos por todo el mundo. Porque aquello no debe volver a ocurrir, nunca más. Y la mejor forma de evitarlo es precisamente conociendo los sucesos del pasado. Por ello, estamos ante una novela muy necesaria. Como muchas otras que tratan la misma temática. Una temática que hizo que hasta Safier, autor de títulos divertidos que provocan las risas de sus lectores, se tuviera que poner serio. Porque, con la vida de las personas, no se juega...            


 

lunes, 25 de octubre de 2021

Parte de mí. Marta Sanz. Anagrama. 2021. Reseña

 




    Cada uno llevó la pandemia y el confinamiento a su manera. Lo que está claro es que todos tuvimos mucho tiempo para estar en casa --a la fuerza, claro-- y pensar en multitud de cosas sobre nuestras vidas y el mundo en general. El coronavirus nos pilló a todos en un mal momento --porque nunca lo es para ver morir a miles de personas, dejar de abrazar a nuestros seres queridos o renunciar a llevar la vida que a uno le da la gana--, pero a Marta Sanz más todavía. Acababa de publicar pequeñas mujeres rojas apenas una semana antes. Y, claro, todos los actos promocionales que tenía previstos hubieron de ser suspendidos. Le tocó, como ella misma afirma, criogenizar las amapolas de su novela y buscar nuevos medios de promoción. Y, ella, una convencida detractora de las redes sociales, se vio convertida --por voluntad propia, en este caso-- en una auténtica instagramer. Así, protagonizó no pocas entrevistas, presentaciones, clubs de lectura, etc a propósito de su nueva obra. 


    Instagram dio a Marta la oportunidad no solo de descriogenizar y hacer revivir progresivamente las amapolas y su última novela sino también de abrirse, más si cabe, a los lectores y contarles todo aquello que forma parte de ella. Porque Parte de mí es el peculiar diario de la pandemia que comenzó a andar días después de crear esa cuenta en la referida red social. Y un reflejo de ello es la propia portada del libro, donde aparecen la ya famosa gata Cala --Calabardina, la felina que se pasea ante la cámara en muchas de las presentaciones instagrameras de la autora, a la cual roba en algunas ocasiones el protagonismo--su esposo, Chema, y un cuadro pintado por su propio padre. Un ambiente de desescalada cálido, placentero y hasta feliz en plena tormenta pandémica. Así lo refleja ella: sé que echaré de menos estos instantes en el centro del huevo de una doméstica felicidad perfecta. Pues eso: ¿qué mejor manera de pasar el trago que con una gata, la mejor compañía y muchos libros por leer?


    ¿Y qué mejor manera que ponerse a escribir sobre uno mismo y todo aquello que de una u otra forma constituye parte de sí para dejar de pensar en el horror que ocurre de puertas para afuera? De ahí precisamente nace este nuevo libro de la autora madrileña. Y, como ocurre con todo, lo que al principio son posts con una foto y una corta frase se convierten con el paso del tiempo en reflexiones mucho más amplias sobre temas que en un principio pueden parecer nimios o de poca importancia --la caja de los hilos de la abuela, viejas fotos familiares, instantáneas tomadas desde un balcón durante el encierro, un plato de macarrones o postales antiguas-- pero que acaban constituyendo parte esencial de un libro. Como algunos rincones de la casa, sobre los cuales Marta acaba investigando y viviendo o reviviendo aventuras, especialmente en la librería. Y las reflexiones que se van desgranando, cómicas unas veces, serias otras, suelen hacer reflexionar también al lector.


    En este diario pandémico se alternan la curiosidad, el miedo, la ilusión y las ganas de saber qué ocurrirá cuando finalice el confinamiento. También la pena ante un 23 de abril tan triste y diferente a todos los demás y la alegría que supone un atípico 23 de julio reconvertido en el nuevo día de Sant Jordi y también en el del comienzo de la recuperación de las librerías. Porque, cómo no, las librerías y los libros forman parte de todos los lectores. Por eso, la literatura constituye la parte central --que no la única-- de este libro, donde aparecen varias portadas de obras literarias --no solo las de la autora--, reflexiones y referencias a otros escritores y anécdotas, tanto emotivas como divertidas, de diversos actos promocionales. Escribir es ensimismarse y enajenarse (sobre todo, lo segundo), reflexiona un día la autora. Y en referencia a ello cualquiera puede preguntarse: ¿qué mejor momento para ambas cosas que en plena pandemia confinada

     

    Otra de las partes fundamentales del diario la constituyen la desescalada y la nueva normalidad. Marta nos hace sonreír recordando su primera visita a la peluquería, su regreso a los cines, la aparición de su novela en La ruleta de la fortuna, compartiendo la foto de un plato de macarrones tan solo unos días después de escribir que nunca comparto fotos de comida porque me dan yuyu, la sensación de extrañeza sentida al firmar ejemplares de pequeñas mujeres rojas a extraños enmascarados protegida tras una mampara de cristal, con cita previa, ataviada con guantes y rodeada de geles hidroalcohólicos. También al contarnos cómo hacía algo de deporte a través de su itinerario hámster o carrera chiquita por el pasillo y el salón de su casa. O cuando nos explica que en el proceso de descriogenización de sus amapolas descubrí que resurrección y resucitación no son nombres sinónimos --el uno es religioso y el otro médico--, pero en estos días aún paranormales ambos interesan.


    Parte de mí es también un cálido homenaje a todo lo público. Sobre todo a la sanidad y a los sanitarios, quienes no son heroínas ni héroes, sino seres humanos que necesitan pagar sus facturas y descansar y llenar la cesta de la compra. También muestra un emocionado agradecimiento a las librerías, especialmente a las de los barrios, las que meten dentro lo que está pasando fuera, las que perviven con un empeño espeluznante. Cómo no, a su editorial, Anagrama (y a Jorge Herralde), que rescató en las mejores condiciones Amor fou --obra anteriormente rechazada por todas las editoriales y que casi termina con la carrera literaria de su autora--, una novela futurista que se convirtió en realista: la ciudad estaba llena de banderas de España y las personas cívicas eran las apestadas (un poco en la línea de pequeñas mujeres rojas). Sanz comparte la foto de la estructura de la novela bajo los hashtags #vulnerabilidadyfuerza y #persistencia.


    Pero ningún escritor/a podría serlo sin sus lectores. Por eso, Parte de mí es también un agradecimiento a todos ellos. Así lo describe Marta: lloro de felicidad. Habéis sido mi invernadero y mi estufa de flores. Habéis colaborado en la resucitación y en la resurrección de las amapolas. Habéis practicado la medicina, la magia y el rezo religioso. Esa calidez que me habéis transmitido desde tan lejos y tan cerca, las celebraciones que tenemos pendientes son ya... parte de mí. Pero, al margen de todo esto, quienes escribimos sabemos que la más importante necesidad vital es la estabilidad (en todos los sentidos de la palabra). ¿Y quién puede darnos mayor estabilidad? Pues nuestra pareja. Nuestra más fiel compañía. Por eso, el libro también es un homenaje-agradecimiento a Chema, esposo de la autora, que se ha transformado, como si el cuerpo no doliera mientras muta y crece, y es el contra-hombre blandengue del Fary.


    Parte de mí es también una original campaña publicitaria. Doble, además. Por un lado, respecto a pequeñas mujeres rojas; por otra, respecto a la propia Parte de mí. A través de ella, he pasado de ser un animal pretecnológico a una maldita ciberadicta, reconoce Marta. Una Marta para la que escribir es exponerme. Exposición que ahora se multiplicará no al cuadrado sino al cubo: no solo en sus libros, sino también en las redes sociales, que todo lo amplifican. Bienvenida pues, Marta, al mundo de Instagram. Gracias por dejarnos ser parte de ti. Y que sepas que tú también eres parte de nosotros. Más todavía en mi caso, sabiendo que de pequeña viviste en la vallecana calle de Gandía...      

   

miércoles, 13 de octubre de 2021

Ganarle a Dios. Hanna Krall. Edhasa. 2008. Reseña

 


    



    La periodista, escritora y guionista Hanna Krall (1937) es, junto al también periodista Ryszard Kapuscinski, una de las principales renovadoras de la literatura testimonial polaca. Especialista en temas relacionados con el Holocausto --Polonia es un país donde todavía viven muchos de los testigos presenciales de los hechos acaecidos en aquella época negra--, Ganarle a Dios (1977) es su obra más conocida. Se trata de una entrevista con Marek Edelman, cardiólogo de renombre y último superviviente de la sublevación del gueto de Varsovia (1943). Prohibido en tiempos del comunismo, conoció veinticinco ediciones clandestinas y ha sido traducido a quince idiomas. Edhasa presentó en 2008 la edición que pretendo reseñar en estas líneas. Con tapa dura y letra grande, permite disfrutar y sufrir a la vez de un conjunto de reflexiones, recuerdos y pensamientos acerca de los terribles sucesos que el entrevistado hubo de vivir en primera persona durante la Segunda Guerra Mundial en Varsovia.


    Pese a su brevedad, apenas 120 páginas, nos ilumina sobre temas como el exterminio de los judíos del gueto de Varsovia, el modo de vida de estos en el interior de los cercados, la preparación de los sublevados, la ayuda externa en forma de dinero llegado desde el gobierno polaco en el exilio londinense --comandado por el general Sikorski-- para comprar armas en el mercado negro de la zona aria y los hechos sucedidos durante la sublevación de unos quinientos jóvenes valientes que, en su mayoría, dieron la vida para conseguir la dignidad perdida por parte de su pueblo a manos de los nazis. Del diálogo entre Hanna Krall y Marek Edelman afloran los recuerdos sobre los trenes de la muerte, los momentos encendidos en plena sublevación, el descubrimiento de los cadáveres de los otros cuatro lugartenientes de la ZOB --la Organización Judía de Combate, liderada por Mordejai Anilevich-- o la huida final a través de las alcantarillas, cuando el gueto estaba ya destruido y calcinado por completo. 


    La entrevista y el libro que la transcribe aborda también la vida de Edelman tras la guerra. Sus experiencias como cardiólogo son similares a las vividas durante la ocupación alemana. En ambas situaciones luchó por salvar vidas, primero en el gueto y después en el quirófano. Porque, para él, cuando uno conoce tan bien la muerte, se siente responsable de la vida. Y esa es una manera más de ganarle la carrera a Dios. Resulta grato saber que si algo sale bien es porque le has hecho una jugarreta. Dios quiere apagar la vela, y yo tengo que apresurarme a proteger la llama. Que arda al menos un poco más de lo que Él pretende. De estas afirmaciones proviene el título del libro. Un libro que reflexiona sobre el sentido de aquella resistencia armada condenada al fracaso ya desde su mismo inicio. Un canto a la dignidad que nos recuerda cuál es el verdadero sentido de la vida. Mantener la esperanza y la voluntad de supervivencia.


    El drama existe cuando puedes tomar alguna decisión, cuando algo depende de ti, y allí todo estaba decidido de antemano, reflexiona Edelman en un momento. A lo que, recuerda, respondió Mordejai Anilevich: vamos a la muerte, no hay retirada posible, moriremos por el honor, para la historia. Durante la parte final de las Aktions, entre el 22 de julio y el 8 de septiembre de 1942, los alemanes pedían voluntarios para ser trasladados a otros lugares de trabajo --en realidad, los trenes los llevarían a la muerte en Treblinka-- a cambio de tres kilos de pan y mermelada. Miles de personas acudían diariamente a la Umschlagplatz --plaza de transbordos-- por voluntad propia, como corderos al matadero. Y él lo vio con sus propios ojos, pues su labor en aquellos momentos era estar en la puerta de la plaza tratando de salvar la vida de las personas consideradas necesarias para poder llevar a buen término la sublevación.


    Edelman reflexiona sobre este hecho. Y lo tiene muy claro: es terrible ir con tanta tranquilidad a la muerte. Es mucho más duro que disparar. Morir disparando es tanto más fácil: nos era tanto más fácil morir a nosotros que al hombre que caminaba hacia el vagón, y después entraba allí y después cavaba su fosa y después se desnudaba... Como ya escribió en la obra También hubo amor en el gueto, reseñada hace un tiempo en este mismo blog, la gente se enamoraba. Estar con alguien en el gueto era la única forma posible de vivir. Uno se encerraba en algún lugar con otra persona y hasta la siguiente acción ya no estaba solo. Si por algún milagro uno se salvaba y seguía viviendo, tenía que pegarse a otro ser viviente. Y recuerda, además, que en el gueto también había prostitutas y proxenetas. Algo que tampoco debe sorprendernos. Porque, hasta en la desgracia, y especialmente en ella, la gente siempre busca algún consuelo al que agarrarse para seguir con vida.


    Un hecho que no conocen quienes no han investigado sobre el tema es la colaboración entre las policías alemana, polaca y judía a la hora de exterminar a la población del gueto. La policía judía, con tal de asegurarse su propia supervivencia y la de sus familias, trabajaba codo con codo con los enemigos de su pueblo. Y la ZOB condenó a muerte a varios de sus miembros. Como, por ejemplo, al comandante, Szerynski, y a su ayudante, Lejkin. También ejecutaban a quienes se negaran a dar dinero para comprar armas. Así, un total de diez cañones consiguieron meterse en el gueto. Un revólver podía llegar a costar en el mercado negro entre tres y quince mil zlotys (entre casi mil y cinco mil euros actuales). Y ocultar a un judío en la zona libre aria, entre dos y cinco mil zlotys (entre quinientos y mil quinientos euros). Huelga decir que reunir tal cantidad de dinero en tiempos tan convulsos como aquellos requería un gran esfuerzo por parte de todos los integrantes y/o simpatizantes de la ZOB.


    Uno de los capítulos más llamativos del relato es el del momento en el que los alemanes prendieron fuego al gueto. Los jóvenes sublevados y otros habitantes de las distintas zonas tuvieron que atravesar las llamas para poder escapar a otros lugares más seguros. Muchos murieron quemados, asfixiados, ametrallados. Otros corrieron por los tejados o por los refugios construidos bajo los sótanos. En un momento dado, cavaron una improvisada tumba para cinco personas. Como era primero de mayo, cantamos en voz baja sobre la tumba los primeros versos de La Internacional. ¿Lo creerás? Había que estar realmente mal de la cabeza. En efecto, las canciones, las poesías, los dibujos y los diferentes modos de confraternidad fueron básicos para seguir hacia adelante en un lucha perdida de antemano. En parte por ello, desde el exilio londinense se creó Zegota, el Consejo de Ayuda a los Judíos. Desde dicho Consejo se dio dinero para armas y se trazaron planes para salvar al máximo número de personas posible.


    La colaboración entre la ZOB, el Zegota, el AK --Ejército Polaco del Interior, la mayor organización clandestina de toda la Polonia ocupada-- y el AL --Ejército Popular-- resultó clave para minimizar la aniquilación de la población judía del país, principalmente en su capital, Varsovia. Y es que suele suceder que es en el peor de los escenarios posible donde la unión suele hacer la fuerza. Sobre todo, ante la existencia de un enemigo común cruel, despiadado y bárbaro que amenaza con acabar con todo un país. Ganarle a Dios es un claro ejemplo de dignidad, honor y valor. El valor de las vidas de unas personas que estaban condenadas a muerte simplemente por ser de otra raza, hablar otra lengua y profesar otra religión. Marek Edelman, como último superviviente de los dramáticos hechos ocurridos durante el Holocausto en Varsovia, tiene el derecho y el deber de dejar constancia de cuanto allí sucedió. Y los lectores debemos leer sus testimonios. Porque no conocer la Historia te obliga a repetir los errores del pasado...     
    

   

domingo, 26 de septiembre de 2021

14 de julio. Éric Vuillard. Tusquets Editores. 2017. Reseña

 




    El escritor, guionista y cineasta francés Éric Vuillard (1968) ha destacado durante los últimos años por sus novelas históricas La batalla de Occidente (2012), El orden del día (2017), La guerra de los pobres (2020) y 14 de julio (2016). Todas ellas, traducidas al castellano por Tusquets Editores, narran grandes hechos de la historia de la humanidad desde un punto de vista original y poco visto hasta ahora. En la que nos ocupa en estas líneas, 14 de julio, en lugar de centrarse en los grandes protagonistas --que en numerosas ocasiones en realidad ni siquiera estuvieron en el lugar de los hechos en el momento de suceder estos--, nos cuenta los acontecimientos relacionados con la toma de la Bastilla a través de una narración coral en la que aparecen cientos de protagonistas reales pero anónimos --o casi-- que desfilan ante nuestros ojos para después desaparecer de la acción por diversos motivos (muerte, padecimiento de heridas, falta de testimonios o de documentos, etc).


    14 de julio es una novela corta (ciento ochenta y cinco páginas) pero intensa, casi adictiva, que atrapa al lector de principio a fin. Un lector al que le parece estar asistiendo en directo a la toma de la Bastilla en compañía de todos y cada uno de los personajes que van apareciendo en diferentes lugares y momentos de la acción rebelde contra los desmanes de la monarquía borbónica francesa. Personajes de los que apenas sabemos su nombre y apellidos --estos últimos, no siempre--, apodo --si lo tienen--, lugar de procedencia --si consta en la documentación--, profesión y lugares de habitación y establecimiento --estos, no siempre claros--, si está soltero o casado --en muchos casos, ni se sabe-- o si tienen hijos --en la mayoría de ellos ya es pedir demasiado--. Y, en este sentido, cabe alabar la enorme documentación que debe haber manejado Vuillard para darnos los escasos datos disponibles de cada uno de estos personajes. Un trabajo casi de chinos pero que se agradece, pues todos tuvieron presencia.


    Y, hablando de presencia, esa es precisamente la percepción del lector al leer la obra: las detalladas descripciones de los distintos ambientes, los ropajes, las acciones de los personajes y las múltiples situaciones, junto a la narración de Vuillard, absolutamente cinematográfica --se nota con claridad su origen cineasta--, hacen creer al lector que está in situ en las calles de París. Un París que se convierte en un personaje más, con sus palacios, establecimientos, locales, callejuelas, plazas, avenidas, barriadas y muchos de sus lugares históricos más emblemáticos. Todo ello solo posible, de nuevo, a ese proceso de documentación al que me he referido con anterioridad. Parece increíble que el autor se tomara tantísimas molestias y trabajara tanto para acabar escribiendo una novela tan corta. Sin duda, podría haber escrito muchísimas páginas más. Y no lo hizo, pese a estar de moda presentar grandes tochos, lo cual también es de agradecer, puesto que en muchos casos no se precisan tantas páginas para narrar una buena historia.         


    Al margen del hecho de apartarse de los grandes nombres de la historia y acercarse a los anónimos y verdaderos protagonistas de la misma --la denominada microhistoria frente a la tradicional y muchas veces injusta megahistoria--, aspecto digno de ser resaltado, quiero destacar también que la obra haga referencia a los antecedentes de los hechos narrados. Porque nada ocurre porque sí. Todo sucede por algo. Y que Vuillard introduzca la historia con varios capítulos referentes a la situación de bancarrota que vivía la nación, la vida casi denigrante que debía afrontar la mayor parte de la población y la forma en que la monarquía y la burguesía vivían muy por encima de las posibilidades de todo un país, con constantes subidas de impuestos a cambio de cada vez peores servicios hacia sus pobladores, es de justicia y necesidad. Hacer referencia a esos precedentes hace que también el lector se indigne y tenga ganas de tomar las armas y asaltar la Bastilla, convirtiéndose en un protagonista anónimo más de los hechos. 


    La novela es una constatación de que en muy contadas ocasiones hubo una revolución no violenta, y de que la población tiene la obligación de rebelarse ante un gobierno injusto, más todavía si se vive en un gran desgobierno. Aspectos estos que deberían hacernos reflexionar sobre lo que ocurre en nuestro mundo a día de hoy. Obviamente, esto no debe entenderse en el sentido de la violencia por la mera violencia, de la violencia sin un sentido ni una finalidad muy precisa, lo cual deslegitimaría tanto la revolución como la violencia, lo que la convertiría en terrorismo. Poner fin al Antiguo Régimen era, en 1789, algo únicamente posible por la fuerza, pues los gobiernos --los reyes, vaya-- y sus secuaces --los burgueses-- no iban a cambiar si no eran obligados por las armas. Y, entre la muchedumbre del París de ese momento, encontramos héroes y cobardes. Todos ellos, muy bien retratados por Vuillard en esta novela.


    Luis XVI, que acabó guillotinado tan solo tres años y medio después de la toma de la Bastilla, no quiso o no fue capaz de llevar a cabo las reformas que necesitaba la nación para poner fin a la sangría económica llevada a cabo por los sucesivos ministerios de Turgot, Calonne y Necker. Las finanzas francesas se iban a pique, estaban al borde de la bancarrota y, sin embargo, la familia real seguía viviendo como nunca antes. Así lo narra Vuillard: una gran hambruna azotaba Francia. La gente se moría. Las cosechas habían sido malas. Muchas familias mendigaban para vivir. Habían estallado motines contra el hambre. La gente se preguntaba si podría llegar a fin de mes, reclamaba el pan a diez sueldos mientras gritaba ¡mueran los ricos!. La subida de impuestos, de nuevo, y la represión de los soldados contra los agitadores, abriendo fuego indiscriminado contra ellos, provoca una escalada de los disturbios. Superado el límite humano de la paciencia y del hambre, ya no hay vuelta atrás.


    La convocatoria de los Estados Generales, la proclamación de la Asamblea Nacional, el juramento en pos de una nueva Constitución en la sala del Jeu de Paume, la cesión de Luis XVI, el recelo del pueblo, las maniobras ocultas para hacer valer el uso de la fuerza por parte del gobierno, las del pueblo, que decide armarse por si acaso, el asalto al arsenal, el hambre, la desesperación, la subida del número de parados, la crecida de los impuestos, el vacío de poder, el hecho de que muchos veteranos se sumen a los insurgentes, la pérdida de miedo de quienes ya nada tienen que perder (porque ya lo han perdido todo), el levantamiento de barricadas, el fuego indiscriminado de los soldados, el grito unánime y extensivo de ¡asesinos, asesinos!, el hartazgo, la pérdida de la paciencia, la fuerza que otorgan la pertenencia al grupo y a la muchedumbre, la unión del pueblo de París, la de toda Francia y la marea humana rodeando la Bastilla son finalmente todo uno. La Bastilla está rodeada por la humanidad.  


    Cae la noche. Innumerables multitudes suben a las torres de la Bastilla. Nos quedamos mudos, sobrecogidos. El cielo ya no nos abruma. Y la noche del 14 de julio fue sin duda la más agitada, la más feliz, pero también la más atormentada que haya conocido ciudad alguna. Hubo una lluvia de papel. Volaron toda suerte de archivos judiciales, registros, demandas no atendidas, libros de cuentas y de cuadernos. Y Vuillard remata el libro con un fantástico párrafo que me sirve a mí también para rematar esta reseña: sí, a veces, cuando el tiempo es demasiado gris, cuando el horizonte es demasiado mortecino, deberíamos abrir los cajones, romper los cristales a pedradas y arrojar los documentos por la ventana. Los decretos, las leyes, los atestados, ¡todo! Y todo eso caería, se vendría abajo lentamente, llovería sobre la calle. Y revolotearía en la noche, como esos papeles grasientos que, después de la feria, se arremolinan bajo el tiovivo. Sería bonito, y divertido, y regocijante. Los miraríamos caer, felices, y deshacerse, hojas volantes, muy lejos de su temblor de tinieblas.                    



lunes, 6 de septiembre de 2021

El hijo del padre. Víctor del Árbol. Destino. 2021. Reseña

 




    La maldad, la desgracia y las maldiciones juegan un papel muy importante en la trama de la última novela de Víctor del Árbol. Como comenta, en varias ocasiones además, Alma Virtudes a lo largo del transcurso de las acciones que componen la historia de El hijo del padre, los hombres de su familia están infectados con el virus de la infelicidad y la autodestrucción. No importaba la generación, ni el momento, al final esa maldición se manifestaba y era una lengua de fuego que abrasaba cuanto tenía alrededor. Justos y pecadores. Todos acababan pagando esa rabia insensata, esa ira contra una vida que nunca era como debería ser. Y Diego Martín, el protagonista principal de la novela, reconoce que su abuela tenía toda la razón. Él, que durante años había tratado de ser diferente a sus progenitores, que había levantado puentes levadizos para que la infelicidad no le alcanzase, vislumbra al fin, apesadumbrado, que era como su padre, como su abuelo. De los que se marchaban, de los que huían.


     El conjunto de historias familiares con las que el escritor catalán teje la trama de su nueva novela arranca en el presente de 2010. Diego ha secuestrado a Martin Pearce, el enfermero de su hermana Liria, ingresada en un psiquiátrico desde hace varios años, lo ha metido en el maletero de su coche y ha conducido más de mil kilómetros hasta la Casa Grande, donde lo ha torturado durante tres días y finalmente  lo ha matado disparándole dos veces en la cabeza. Ahora, él mismo está también ingresado, como su hermana, en una unidad de psiquiatría. Muchas preguntas inquietan al lector desde las primeras páginas. ¿Quién es Martin Pearce y qué ha hecho para que Diego haya acabado de esa manera tan maquiavélica con su vida? ¿Por qué ha conducido más de mil kilómetros? ¿Qué es la Casa Grande y por qué es allí donde mata al enfermero? ¿Por qué está encerrada en un psiquiátrico su hermana Liria? ¿Cómo un padre de familia, esposo y respetado profesor universitario como Diego ha sido capaz de cometer semejante crimen?


    Como en todas las novelas de Víctor del Árbol el autor nos hace recorrer intrincados círculos concéntricos repletos de píldoras informativas, enormes puzzles casi imposibles de resolver y escondidos rincones de las memorias de sus personajes para ir rellenando poco a poco los huecos que nos permiten ir vislumbrando la resolución de cada uno de los enigmas que nos propone desde las primeras páginas. Y lo hace de forma paulatina, contando partes inconexas de las historias, situándonos en lugares tan diferentes como la Siberia de los gulags estalinistas, el norte de África español de época franquista, la Barcelona de la primera década del siglo XX o el Pueblo. Un pueblo sin nombre, situado en la provincia de Badajoz, dominado desde tiempos inmemoriales por la familia Patriota. Asentados en la Casa Grande, los Patriota se erigirán en los archi enemigos de los Martín, la familia de Simón, Antonio y Diego. Tres hombres, abuelo, hijo y nieto, que no podrán ya huir de la desgracia.


    Y si el presente de la historia nos sitúa en la Barcelona y el Pueblo de 2010, el pasado más remoto nos hace retroceder en el tiempo hasta el Pueblo de 1936, justo al momento del golpe militar y del inicio de la Guerra Civil. Las diferencias políticas y económicas y un acercamiento amoroso entre un miembro de cada una de las familias reseñadas desembocará en el comienzo de la desgracia de la familia menos poderosa, la de los Martín. Simón, abuelo de Diego, deberá huir de España y acabará en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Y terminará, por rocambolescas vicisitudes de la vida y de la mala suerte, en un gulag de Siberia. Desde 1936 la vida familiar de los Martín ya no será la misma. Ni siquiera dos generaciones después. Tampoco en el otro extremo del país. Porque el lugar no es lo más importante. Nunca. Sobre todo cuando uno tiene cuentas pendientes con demasiada gente. Incluso con uno mismo.


    El miedo --un hombre sin miedo dejaría de ser humano, escribe el propio Diego en su diario durante su estancia en el psiquiátrico--, los traumas y las huidas hacia adelante --de Simón, de su hijo Antonio y de su nieto Diego--, las malas decisiones --¡quien esté libre de pecado que tire la primera piedra!--, el sentimiento de culpabilidad --¡qué difícil resulta a veces perdonarse a uno mismo!-- y la maldad --propia y ajena--, son los principales ejes sobre los que giran las numerosas sub tramas de El hijo del padre. También la desesperanza y la imposibilidad de seguir haciendo frente a la vida debiendo sostener el insoportable peso de la mochila del pasado --el pasado vive en ti pero tú no perteneces al pasado, escribe no obstante Diego en el mismo diario--. Frase lapidaria escrita para el futuro familiar que quizás debería haberse aplicado a sí mismo con mucha anterioridad. Y es que a veces se necesita toda una vida (o incluso varias) para aprender ciertas cosas.


    Las cuatrocientas páginas de que consta la novela se dividen en cuatro partes y en cuarenta y seis capítulos más una introducción y un epílogo. Las cuatro partes --Tierra de barro, Kalinka, Hasta que llueva en el desierto y Liria-- hacen referencia a aspectos y lugares importantes de las diferentes historias como son el Pueblo, Siberia, el Sáhara Oriental y Liria, la hermana enferma de Diego. En efecto, pese a que los distintos capítulos se centran en lugares y épocas diferentes las distintas partes hacen referencia más concreta a esos momentos exactos de la trama. Una forma de ordenar los sucesos más acorde a la cronología lineal con que tuvieron lugar. La parte más extensa es la que hace referencia a las desventuras de Simón en la Siberia de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la más corta nos explica la historia que tiene que ver con los años pasados por Antonio en África durante la ocupación española del Sáhara. Tierra de barro hace referencia al Pueblo, básicamente en los hechos acaecidos en él durante el siglo XX, y Liria se ocupa a grandes rasgos de los hechos más actuales en el tiempo.


    El hijo del padre nos habla de cómo a menudo nuestras vidas nos llevan a acercarnos a aquello que odiamos, a aquello que quisiéramos dejar atrás para siempre. O quizás de cómo precisamente somos nosotros mismos los causantes directos de que ello suceda así y no de otra manera. Porque en realidad la línea que divide ambos conceptos --causa y efecto-- es mucho más delgada de lo que quisiéramos. También de que a veces las cosas y las personas no son o somos como parecen o parecemos. Y de que puede darse la situación de descubrir la verdad --si es que esta en realidad existe-- de la peor manera posible. Y, por supuesto, de que llega un momento de nuestra vida en que debemos dejar de ver los sucesos de nuestra niñez con la mirada del niño que fuimos para verla con nuevos ojos, los de la adultez de aquellos que fueron nuestros progenitores. Pero, sobre todo, nos habla de que escondernos en nuestras propias mentiras --o en las de los demás-- no suele tener consecuencias positivas. Ni para nosotros ni para quienes nos rodean.


    Víctor del Árbol posee muchas cualidades literarias. La mayor de ellas, en mi opinión, es la gran capacidad que tiene para transmitir los pensamientos, las frustraciones, las luchas internas y el dolor que sienten sus personajes. Desde esa abuela impotente ante tanta tragedia como es Alma Virtudes hasta la progresiva transformación de Diego en un criminal sin escrúpulos. Resulta tan dramático (a nivel de trama) como admirable (literariamente hablando) observar cómo un hijo de la emigración, un hombre que se ha hecho a sí mismo renunciando a sus orígenes y familiares va sucumbiendo a esa incapacidad de liberarse de un pasado que le persigue en el tiempo y en el espacio. Lo que pasó entre él y su padre, entre su familia y la Patriota nos es mostrado sin prisa pero sin pausa de una manera tal que el lector cree vivir in situ las diversas situaciones narradas. Y sufre. Y disfruta. ¿Cómo se puede calificar un libro que hace sentir a los lectores sentimientos tan enfrentados a la vez? ¿Qué tienen esos libros que al ser terminados de leer dejan al lector en silencio durante minutos? Es difícil de explicar, la verdad. Así que mejor leed El hijo del padre y comprobadlo por vosotros mismos.


miércoles, 30 de junio de 2021

El retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde. Club Internacional del Libro. 1993. Reseña

 





    Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad, dijo en una ocasión Oscar Wilde. La frase, hoy conocida por todo el mundo, es una de tantas que se le atribuyen al escritor, poeta y dramaturgo nacido en Dublín (Irlanda) en 1854. En 1890, con tan solo 36 años de edad, escribió su única novela, El retrato de Dorian Gray, que en un principio fue publicada como cuento corto por una revista literaria mensual estadounidense, la Lippincott´s Monthly Magazine. Tras una revisión, modificación y ampliación, se publicó finalmente como novela de terror gótica en 1891, pasando a la historia como una de las grandes obras del referido género. Y también como una de las más importantes novelas de todos los tiempos. Además, creó una enorme controversia en la Inglaterra de la época el hecho de la gran atracción física que el protagonista inspira al creador de su retrato, el pintor Basil Hallward. ¿Homosexualidad en una novela de finales del siglo XIX? Pues es algo probable.


    La frase con la que comienza esta reseña inspiró, sin duda, la historia que comenzó como cuento y pasó a la historia como novela. Dorian Gray, al ver el retrato que le ha hecho su amigo Basil Hallward, exclama: ¡Qué triste es! Me haré viejo, feo, horrible. Pero este retrato permanecerá siempre joven. No será nunca más viejo que en este día. ¡Si sucediera al contrario! ¡Si fuera yo el que se mantuviese joven y el retrato el que envejeciera! ¡Por eso, por eso, yo daría cualquier cosa! ¡Sí, no hay nada en el mundo que no diera yo! ¡Sería capaz de dar mi alma por ello! Y, desde ese preciso instante, aunque el protagonista no se dará cuenta hasta un tiempo después, su apariencia física queda estanca y es el retrato el que comienza a envejecer. Y Dorian cambia radicalmente: del chico rico pero humilde y tímido que había sido pasa a convertirse en un ser extravagante, desvergonzado, egoísta y hedonista. Las personas ya no le importan por ellas mismas, sino por el placer que le puedan brindar.


    Para Basil Hallward, artista puro y apasionado y buena persona, el arte es lo más importante del mundo. Lord Henry Wotton, amigo en común con Dorian, es un hedonista altamente ingenioso y, por tanto, peligroso para quienes lo rodean. Es él quien corrompe el alma de un Dorian que comienza a dar demasiada importante a su belleza y busca emular a su nuevo amigo, olvidando la rectitud, los valores y la moralidad y buscando únicamente el placer cotidiano. Su frialdad --de ambos, de lord Henry Wotton y de Dorian-- irán poniendo progresivamente los pelos de punta a un lector incrédulo que no puede creer lo que ven sus ojos. Sin embargo, mientras lord Henry se toma la vida y sus propias afirmaciones a broma, Dorian cree todo lo que su amigo dice a pies juntillas. Se lo toma tan en serio que acaba por entrar en una espiral de la que no sabrá salir de ninguna manera. Es más, irá ampliando su lista de pecados, aunque siempre logrará justificarlos de las maneras más crueles e indolentes inimaginables.


    Los tres personajes masculinos de la novela están muy bien buscados y tratados. De hecho, el propio Wilde llegó a escribir una carta en la que afirmó que son, de diferentes formas, reflejos de mí mismo. Basil Hallward es lo que creo que soy; lord Henry, lo que el mundo piensa de mí; Dorian, lo que me gustaría ser en otras edades, tal vez. Si uno analiza los porqués de cada uno de ellos, puede que llegue  a la conclusión de que la afirmación es cierta. Wilde apoyó al movimiento estético que afirmaba que el arte debía ser lo más importante en la vida. Como Basil. En esta novela, escribe su autor que todo arte es más bien inútil. El arte por el arte aparece durante la novela en forma de música, literatura, teatro, ópera, joyas, bordados, tapices, vestimentas, materiales de servicio eclesiástico, decoraciones en interiores y jardines, etc. Dorian es un gran entendido en todos estos temas, a los que dedica gran parte de su tiempo y esfuerzo. Porque, cuando se involucra en algo, lo hace hasta sus últimas consecuencias.


    Y, como sucede siempre, en todas estas situaciones aparece un detonante a partir del cual ya nada vuelve a ser igual. En esta novela es la relación entre Dorian y Sibyl Vane. El joven afirma estar enamorado de la también joven actriz de teatro, a la que acude a ver actuar a diario. Bella y gran intérprete, la humilde chica cautivará sin saberlo a un Dorian que quiere abandonar todo para casarse con ella, sin importarle en absoluto que no sea de su misma clase social. Está dispuesto a desafiar a la rígida sociedad londinense con tal de salirse con la suya y contraer matrimonio con su venerada Julieta, a la cual Sibyl interpreta a menudo con grandes resultados. Sin embargo, Dorian será influido cada vez menos por Basil y cada vez más por lord Henry, quien afirma que ninguna mujer es genial. La mujer es un sexo decorativo. Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre el cerebro, al igual que los hombres el triunfo del cerebro sobre la moral. Mal consejo para alguien que cree estar enamorado.


    Usted me ha llenado de un desenfrenado deseo de conocerlo todo en la vida, le responde Dorian. Las palabras de lord Henry acerca de Basil --los buenos artistas, como usted, existen simplemente en sus obras, de modo que, como personas, no tienen el menor interés-- terminan por convencer al joven respecto a qué amigo debe seguir más estrictamente. Así, Dorian contesta que desde que le conozco a usted, Henry, he descubierto que Basil es el mejor de los amigos, pero me parece que es un poquillo filisteo. En ese momento, el artista sabe que lord Henry es una muy mala influencia para Dorian, pero se siente impotente ante la situación. Sobre todo, porque sus consejos caen en saco roto y Dorian se ha dado a vivir la vida. Tanto que, a las primeras de cambio, Sibyl Vane cae en desgracia y es abandonada de la manera más rastrera, sin miramientos pero con crueldad, viendo roto el compromiso acordado con Dorian. Un Dorian que celebra su ruptura yéndose a disfrutar a la ópera con lord Henry. Gran gesto de total indolencia que demuestra las diferencias entre el verdadero amor y un simple encaprichamiento. 


    Usted, Henry, por su posición y fortuna; yo, por mi talento, tal y como es; y Dorian, por su belleza, tendremos que sufrir por lo que los dioses nos han concedido, sufriremos horriblemente, vaticina el artista. Y la tragedia de Sibyl Vane --antítesis de Basil Hallward, pues vive no para el arte sino para el amor-- y su familia parece confirmar los peores presagios. James Vane, hermano y fiel protector de Sibyl, le dice a su madre que juro que si ese hombre hace algún daño a mi hermana, averiguaré quién es, le perseguiré y le mataré como a un perro. A partir de este momento, la vida de Dorian cambia aparentemente a mejor, pero muy a peor en realidad. Se vuelve inmoral, pierde por completo sus valores, desaparece extrañamente en ocasiones durante días, mantiene una elevada vida social, vive permanentemente rodeado del escándalo y pasa de ser el Príncipe Encantador --como le llamaba Sibyl Vane-- a un Monstruo Encantador, llegando a cometer un horrible crimen que olvidará rápidamente.


    La frialdad y la capacidad que Dorian demuestra para seguir con su vida como si nada a pesar de cargar con varias muertes en su conciencia le extraña incluso a él mismo. Llega a disfrutar del placer que le proporciona esa doble vida. Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma es la clave de todo, según le dijo lord Henry tiempo atrás. Siente su alma enferma, y se lanza en brazos del alcohol y el opio. Y comienza a frecuentar oscuros tugurios de barrios apartados de la moralidad. La acción se encamina a un mal final, sin duda, pero el lector desconoce cuál será ese final. Y Oscar Wilde sabe mantener el suspense y el interés por la historia y la suerte de sus protagonistas hasta la última página. Por ello, El retrato de Dorian Gray es una novela que hará las delicias de los lectores, sean o no aficionados del género de terror gótico. No en vano, se trata de uno de los clásicos inmortales del siglo XIX y de la historia de la literatura universal.                        


  

miércoles, 23 de junio de 2021

Mientras escribo. Stephen King. Plaza & Janés. 2001. Reseña




 

    En el verano de 2000 Stephen King estuvo a punto de morir a causa de un atropello mientras daba su paseo diario por los alrededores de su casa de Maine. Se hallaba a medias de la escritura de este ensayo sobre el oficio de escritor. Había escrito sobre su juventud y su temprano interés por la escritura y había dado buena cuenta de la mayoría de las herramientas que él cree básicas y necesarias para convertirse en un buen escritor. Así, a Mientras escribo le faltaba solo la parte final, que debía hablar de las distintas versiones de un libro y las engorrosas pero inevitables correcciones finales. El terrible accidente que casi le cuesta la vida le hizo añadir un nuevo capítulo, una especie de postdata, que fue titulado con un simple pero muy significativo Vivir. El libro, sin duda muy diferente a lo que él siempre había escrito y siguió escribiendo tras recuperarse de las lesiones sufridas aquel verano, constituye un clarificador, útil y revelador testimonio de cómo debe trabajar un escritor que de verdad quiere dedicarse a ese oficio.


    Mientras escribo consta de tres cortos prólogos que, de entrada, lanzan tres mensajes directos y necesarios: nunca me preguntan nada sobre el lenguaje, debemos omitir palabras innecesarias y escribir es humano y corregir divino. Es decir, que King da máxima importancia a la necesidad de poseer un buen vocabulario, ir directo al grano y corregir y depurar el texto antes de darlo por definitivamente terminado. A continuación, durante unas cien páginas, el autor nos presenta su currículum vítae, un relato sobre su niñez, adolescencia y juventud en el que nos muestra su pasión por la literatura a través de vívidos recuerdos de unos años en los que sus lecturas y escrituras --si uno no tiene tiempo para leer, no tendrá el tiempo ni las herramientas necesarias para escribir, afirma con contundencia-- lo llevaron a culminar su primera y ya exitosa novela, Carrie. Una perspectiva, pues, amena y divertida sobre la necesaria formación del escritor.


    Tebeos, cómics, cuentos. Así comenzó a leer y a escribir Stephen King. Copiaba cuentos, hasta que su madre le sugirió que escribiera uno él. Lo hizo, y le siguieron otros muchos cuentos. Y luego relatos y más relatos. Muchos de ellos fueron siendo publicados por revistas literarias de la época --de esas que ya prácticamente no existen--, hasta que se le ocurrió un tema para una novela. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor; de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparezcan, escribe. Piensa King que la labor del escritor es, pues, desenterrar, como si de un arqueólogo se tratara, los fósiles que con el tiempo se convertirán en historias. Del cine sacó algunas ideas para escribir algunos de sus primeros relatos. Además, escribió en periódicos y diarios. Incluso cubriendo eventos deportivos locales.


    Pero todo el mundo ha de sobrevivir. Y hacerlo de lo que uno escribe requiere, como mínimo, mucho tiempo. Así, el bueno de Stephen trabajó en una fábrica textil y en una lavandería. Lugares que, además, inspiraron también algunos de sus primeros relatos. Además, aconsejado por su madre, obtuvo el título de maestro y, cuando consiguió una plaza, se dedicó a la docencia de lengua inglesa hasta que pudo vivir únicamente de su producción narrativa. Pero, aparte de la literatura, lo que cambió su vida para siempre fue una beca de colaboración en una biblioteca universitaria. Allí conoció a Tabitha Spruce, su futura esposa y también su lectora cero y su gran sostén durante los últimos cincuenta años --porque escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en ti--. El matrimonio compaginó sus respectivos trabajos, la creación de una familia (con tres hijos en total) y la escritura (también ella ha escrito varios libros, aunque no tantos como su esposo). El autor utilizaba las noches, los fines de semana y las vacaciones para dar rienda suelta a su imaginación en forma de relatos. Hasta que llegó la novela que lo cambió todo: Carrie


    No obstante, la vida del famoso escritor no debe ser calificada como sencilla. Además de los problemas económicos que debió afrontar hasta el momento de poder vivir de los beneficios de sus libros, cabe destacar otros problemas mucho más peligrosos: el alcoholismo --había firmado El resplandor sin darme cuenta de estar escribiendo sobre mí mismo-- y la drogadicción --tengo una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito--, de los cuales salió gracias, nuevamente, a Tabby. Este capítulo del libro antecede a uno muy breve que lleva por título ¿Qué es escribir?, a lo cual responde King con una palabra, telepatía, aspecto que explica luego así: el ejercicio de comunicación mental entre el escritor y el lector tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia. Se han tocado nuestras mentes. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad. El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta desesperación, pero no hay que abordar la página en blanco a la ligera.


    La parte central del ensayo, que ocupa más de ciento cincuenta páginas, se compone de dos capítulos. El primero se titula Caja de herramientas, y hace referencia a todo aquello que necesita un autor a la hora de abordar su obra con las mayores garantías de éxito. Es decir, recomendaciones --¡Ojo! Estamos ante un ensayo de gran valor, pero tampoco ante la Biblia de todos los escritores, por lo que cualquiera de todas estas recomendaciones pueden ser seguidas o no--. A saber: vocabulario --de todo tipo--, lenguaje --directo e indirecto--, estilo, desechar la timidez, gramática, frases simples, evitar usar la voz pasiva, despreciar la mayoría de los adverbios --sobre todo los acabados en mente: escribir adverbios es humano, pero escribir "dijo" (en lugar de graznó, jadeó, espetó o gritó) es divino--, saber utilizar los párrafos expositivos --frase y tema en el encabezado y breve explicación en las líneas siguientes--, el ritmo y la fluidez como métodos de seducción del lector, y una advertencia: para escribir bien hay que practicar, hay que escribir mucho.          


    Escribir es el segundo de los capítulos centrales. El más largo y también el verdadero objeto y motivación del ensayo. Se trata de dieciséis apartados que hacen referencia a la necesidad de leer muchísimo, tanto mala como buena literatura --de ambas se aprende mucho, más incluso de la primera: leer es el centro creativo de la vida del escritor--, de escribir mucho --aunque buena parte de la producción acabe no viendo la luz, la práctica hace al monje--, utilizar para escribir un rincón sereno, tranquilo, modesto, pero siempre con la puerta cerrada --y con un único día de descanso semanal, pues se perdería la urgencia o inmediatez del relato--, combinar fabulación y verosimilitud, ser franco y valeroso, utilizar la intuición personal, dar mayor preferencia a la situación concreta que al esquema argumental --si se hace al revés, el resultado quedará forzado--, mantener el mayor suspense posible, visualizar las descripciones antes de llevarlas al papel --no abusar de las descripciones físicas, destacando solo lo primordial--, dar siempre prioridad a la acción, ser original --utilizando símiles y metáforas-- e intentar que el texto resultante sea fresco y sencillo.


    La importancia del diálogo en las novelas es un aspecto obvio que no elude King. La observación y la sinceridad son claves para ser un buen escritor de diálogos. Estos deben mostrar más que contar. Los personajes deben hablar con libertad y contar la verdad. Lo cual transmite una mayor proximidad a la realidad: mi trabajo es procurar que los personajes tengan un comportamiento que sea a la vez útil para la historia y verosímil a la luz de lo que sabemos de ellos. Además, el escritor debe utilizar todos los recursos disponibles: trucos, artilugios, formas tradicionales y otras más modernas, experimentar y probarlo todo. Para eso están las segundas versiones y las correcciones finales, para pulir, añadir y eliminar aquello que no resulte convincente. También para clarificar el tema y desarrollar posibles simbolismos --si estos no quedan suficientemente claros en el texto original--. Y, por supuesto, para subsanar errores de ortografía, incoherencias y lagunas argumentales. Es en este momento cuando adquiere gran importancia el lector cero o ideal. Sus opiniones subjetivas deben ser tenidas en cuenta, aunque a veces acaben en discusiones


    Como ha quedado escrito al inicio de la reseña, en el último capítulo --Postdata: Vivir--, Stephen King narra cómo fue el referido accidente, las heridas resultantes, las diversas y sucesivas operaciones que padeció y la larga rehabilitación a la que debió enfrentarse hasta recuperar su vida normal y poder volver a sentarse a escribir y terminar este ensayo. Una auténtica fe de vida y toda una declaración de intenciones que finaliza así: escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. En definitiva, Mientras escribo es un libro que todo escritor o aprendiz de escritor debería leer. No como un manual, obvio --repito: no es ni debe ser tomado como una Biblia del escritor--, pero sí como un conjunto de recomendaciones de parte de uno de los grandes novelistas de los siglos XX y XXI. Si todos estos consejos le sirven a él, ¿por qué algunos de ellos no van a servirnos también a los demás?          



    

lunes, 3 de mayo de 2021

Desayuno en Tiffany´s. Truman Capote. Anagrama. 1990. Reseña

 




    En 1958, con tan solo 34 años de edad, Truman Capote publicó en EE. UU. su novela Desayuno en Tiffany´s. Quienes pudieron tener el privilegio de leer aquella edición de Random House durante los tres años siguientes se imaginaron una Holly Golightly diferente de todos aquellos que la hemos ido leyendo después. Y es que en 1961 el director Blake Edwards rodó la película, cuyo título se tradujo en España como Desayuno con diamantes, interpretada por Audrey Hepburn. Y desde entonces resulta imposible ya leerla sin ver el rostro de la actriz cada vez que aparece en escena el personaje de Holly. Lógico, porque hablamos de una de las mejores y más bellas actrices que ha dado Hollywood a lo largo de toda su historia. Razón por la cual la desdichada Holly Golightly adquiere una nueva dimensión. La censura de la época, además, privó al film de las aficiones de la protagonista (fumar marihuana), su forma de ganarse la vida (mediante la prostitución), su bisexualidad y su anterior aborto. 


    Ciñámonos a la novela, que es lo que aquí nos ocupa, puesto que tampoco la mayoría de acciones de la película tienen mucho que ver con ella. La Holly Golightly de Truman Capote oculta un pasado sombrío que antes o después será descubierto por el narrador y el lector. Por eso mismo, jamás habla de su pasado ni de nada que tenga que ver con ella directamente. Es una escort o chica de compañía que vive una vida extravagante. Por ejemplo, tiene por costumbre desayunar frente a la mítica joyería Tiffany´s. Porque me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como se siento allí, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato. En el fondo, en efecto, Holly es una desarraigada y una farsante. Una desgraciada. 


    Y, además, en el pasado más reciente ha rechazado un papel para la película de Hollywood The Story of Dr. Wassell. ¡De David O. Selznick, ni más ni menos! ¿Por qué abandona Los Ángeles y la posibilidad de ser una actriz rica y famosa y se establece finalmente en Nueva York para ejercer una profesión tan humillante? Así se lo explica ella misma al narrador de la historia, un escritor de poca monta del que desconocemos hasta el nombre: ser una estrella de cine es demasiado esfuerzo, hay que ser tremendamente narcisista. No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Ésas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany´s. Pero, bajo ese halo de seguridad en sí misma se oculta la verdadera Holly. Una mujer que solo busca, sin encontrarlo, un camino que seguir en la vida.


    La verdad es que la protagonista vive en un edificio medio destartalado del Upper East Side de Manhattan y tiene como vecinos al escritor narrador de la historia, a Mr. Yunioshi y a la temible Madame Spanella, vieja que critica sus comportamientos y sus fiestas nocturnas y que siempre la amenaza con denunciarla a la policía. Bebe a menudo en el bar de Joe Bell, es la protegida de O. J. Berman, hombre de cine que sigue queriendo introducirla en Hollywood pese a sus demostradas reticencias, sale con el millonario Rusty Trawler, que quiere prometerse con ella a toda costa, y acaba compartiendo su piso con Mag Wilwood, una chica altísima que ansía marido. Además, a través de Mr. Shaughnessy, se gana un dinero extra visitando en la cárcel a un mafioso de nombre Sally Potato, de quien afirma ser su sobrina. En realidad, sin saberlo --o quizás sí lo sabe--, pasa el parte meteorológico antes de cobrar. Un parte y unas visitas que acabarán complicándole mucho la vida en cualquier momento. Más pronto que tarde, además.


    Holly enamora de forma irremediable a todos los hombres que pasan por su vida. Entre ellos, al narrador, a Joe Bell, a Mr. Yunioshi, a O. J. Berman y a Rusty Trawler. Y no solo lo hace por su belleza. También porque, pese a su modo de vida, es una buena chica. Una buena chica que huye de unos problemas mientras se mete en otros incluso más graves. Una buena chica que no quiere cambiar de vida o que simplemente ya no puede hacerlo porque es algo imposible para ella. Una buena chica capaz de regalar una preciosa jaula de tres cientos cincuenta dólares para hacer prometer al nuevo dueño de la misma que jamás meterá en ella a ningún ser vivo. Una buena chica que, no obstante, también va partiendo los corazones de todos esos hombres que forman parte de su vida de una u otra manera. Algo que, según se irá viendo con el discurrir de su historia, viene ya de lejos. De su vida anterior. De esa que quiere mantener oculta. De esa que acabará por explotar ante sus ojos en cualquier momento.


    Sobre la bisexualidad y la libertad sexual, temas que rehúye la película, hay una frase en la novela que lo dice todo. Su amiga y compañera de piso, Mag, afirma que me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Arriesgada frase para una novela de los años cincuenta del siglo pasado, la verdad. Y Holly opina igual. Porque, aunque es una farsante, es una farsante que siente. Una farsante auténtica. Solo alguien como ella diría que tu país es aquel en donde te sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo. Solo alguien como ella añadiría que no estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. Trato a las personas como ellas me tratan a mí, y el viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo, digamos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos sigue siendo un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me secuestre antes que ayudar a que esos leguleyos fastidien a Sally.


    No obstante, la gran frase de la novela, la que resume el pasado de Holly, y también quizá lo que está todavía por venir, es esta que le dice a Joe Bell: No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje. No hay que entregarles nunca el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo. Pero créeme, es mejor quedarse mirando al cielo que vivir allí arriba. Es un sitio tremendamente vacío. No es más que el país por donde corre el trueno y todo desaparece. Es cierto. A veces, caminar con el peso a cuestas de tu pasado es algo muy complicado. Se hace difícil seguir caminando de esa manera. Y a Holly se la ve cansada, además de desarraigada. Y piensa en una huida hacia adelante.


    Desayuno en Tiffany´s es una magnífica novela corta que se acompaña --en esta edición de Anagrama-- de tres relatos breves, titulados Una casa de flores, Una guitarra de diamantes y Un recuerdo navideño, en los que queda de manifiesto la gran capacidad de Truman Capote a la hora de combinar un tono mundano, un bello lirismo y un mundo repleto de sentimientos a flor de piel. Tanto la novela como los relatos demuestran que no hace falta alargar las historias sin motivo y que la belleza literaria no está formada por páginas sino por palabras. Las justas y necesarias. Así, apenas cien páginas pueden consagrar a un autor para siempre. Y este Desayuno en Tiffany´s es un buen exponente de lo afirmado.           


          

miércoles, 28 de abril de 2021

La madre. Máximo Gorki. Club Internacional del Libro. 1993. Reseña

 




    

    El escritor y político ruso Máximo Gorki (1868-1936), firme activista del movimiento revolucionario ruso, está considerado también uno de los máximos exponentes del realismo socialista literario. Novelista, ensayista y dramaturgo, trabó una gran amistad con algunos de sus contemporáneos rusos, por ejemplo, Anton Chéjov y León Tolstoi, de quienes llegó a escribir sus memorias. Nominado en cinco ocasiones al Premio Nobel de Literatura --galardón que jamás se le concedió--, alcanzó su mayor notoriedad en el ámbito de la novela, donde destacaron fundamentalmente sus obras Los bajos fondos y La madre. Gran detractor del zarismo, hubo de vivir en el exilio durante buena parte de su vida. Su afinidad hacia la socialdemocracia marxista y el bolchevismo le llevaron a simpatizar con Bogdánov, Lenin y Stalin. En 1932 pudo regresar a la URSS, donde finalmente murió. Su ciudad de origen, Nizhni Nóvgorod, llevó su nombre entre 1932 y 1990.


    La madre, publicada en 1907, fue escrita en 1906. Frustrada la revolución del año anterior, Gorki había sido enviado por los bolcheviques a EE. UU. con la finalidad de recaudar dinero para incrementar sus fondos. Durante la visita a las montañas de Adirondack recibió la inspiración de la que emanó la novela que nos ocupa. Una novela que pasó a la historia como precursora definitiva de lo que hoy conocemos como la Revolución Rusa de 1917. La existencia de la lucha de clases, la crítica despiadada pero realista del régimen zarista, la convencida defensa del derecho a la vida de las clases populares y de los bajos fondos sociales de los que ya escribió en su otra gran obra en 1902 y la imperiosa necesidad de que todos los obreros del mundo unieran sus fuerzas contra los diferentes regímenes opresores de sus derechos son los cuatro pilares fundamentales en los que se asienta la historia que protagoniza, además, una mujer: Pelagia.


    La novela se divide en dos partes bien diferenciadas. En la primera, Pelagia enviuda de un marido, Mijail Vlasov, borracho y maltratador --como muchos obreros que, desquiciados por una vida sin sentido, se refugian en el alcohol y en la violencia doméstica--. Su único hijo, Paul Vlasov, se convierte en el centro de su existencia. Solitario y retraído, el joven se refugia en los libros. Pero no solo en libros cualquiera: también en libros perseguidos por las autoridades. Leo libros prohibidos. Se prohíbe leerlos porque dicen la verdad sobre nuestra vida de obreros. Se imprimen en secreto, y si los encuentran aquí, me llevarán a la cárcel. A la cárcel porque quiero saber la verdad. ¿Comprendes? Las ideas marxistas de Paul preocupan a Pelagia. El futuro de ambos, muy incierto, más todavía. La casa familiar se convierte en centro de reuniones de Paul con el resto de jóvenes miembros de un movimiento que comienza a tomar auge. Y Pelagia, muy querida, se convierte en la madre de todos y cada uno de ellos.


    Paul se erige en líder del movimiento socialista en su pueblo. Reuniones secretas, folletos, libros perseguidos, registros, detenciones y mil peligros comienzan a ser parte del día a día de la casa. Pelagia, reticente en un principio a todo, comienza a comprender la verdad de los jóvenes. Unos jóvenes que van pasando por la prisión y la tortura. Los actos del uno de mayo desembocan en un tumulto y en la detención de Paul, que ha de ser juzgado y presumiblemente desterrado a Siberia. Y Pelagia decide seguir la obra de su hijo. Pasa a ser parte activa del grupo y no duda en enfrentarse a las situaciones más peligrosas con tal de seguir llevando la voz de su hijo y del resto de los jóvenes a todo el mundo. Verán que, aunque no esté Paul, su mano los alcanza desde la cárcel. ¡Ya verán! La transformación de la madre es altamente llamativa: de maltratada, miedosa y religiosa a activista, valiente y socialista militante. Nada hay que perder cuando todo está perdido ya, parece poner en práctica.


    En la segunda parte de la novela Pelagia recoge el testigo de su hijo y pasa a ser la gran protagonista de la historia. Así, trata de convencer al resto de padres: nuestros hijos van por el mundo hacia la alegría, por el amor de todos, por el amor de la verdad de Cristo; marchan contra todas las cosas por medio de las cuales los malvados, los mentirosos, los ladrones, nos tienen aprisionados, nos encadenan, nos aplastan. ¡Amigos, nuestra juventud se ha levantado por todo el pueblo, nuestra sangre se alza por el mundo entero, por todos los obreros que en él viven! ¡No les abandonéis, no reneguéis de ellos, no dejéis a vuestros hijos que sigan el camino solos! Tened piedad de vosotros mismos. Tened fe en los corazones de vuestros hijos, ellos han hecho nacer la verdad y mueren por ella. ¡Tened fe en ellos! De esta manera, la Pelagia religiosa da paso a una Pelagia socialista. Y asimila que, en realidad, ambas cosas son lo mismo, puesto que Cristo fue el primer socialista de la historia.


    Tras el encarcelamiento de Paul y otros líderes del movimiento la madre se muda a la ciudad, a casa de Nicolás Ivanovitch. Aunque echa de menos a su hijo cada día y no sabe qué va a ser de sus vidas, alguien le comenta que no debe preocuparse: cuando se es bueno nunca se está solo, y hay muchas personas que la quieren a usted. Pero la imagen que tenía de su hijo ha cambiado para siempre: adquiría para ella las proporciones de un héroe de leyenda; unía a él todas las palabras leales, audaces, que había oído; todos los seres que había amado, todo lo que conocía de amor y de claridad. Entonces lo admiraba, enternecida, entusiasta, y pensaba llena de esperanza: ¡todo irá bien, todo! Y no duda en exponerse a detenciones y torturas ni en viajar por campos, pueblos y ciudades para hacer llegar hasta el último rincón los folletos y los panfletos del movimiento. Y, además, hasta habla en público. Y con gran acierto.


    ¡Campesinos! Buscad esos papeles, leedlos. No creáis a las autoridades y a los popes cuando os digan que los que os traen la verdad son impíos y rebeldes. La verdad camina en secreto por el mundo, se oculta en el nido del pueblo; es para las autoridades como el cuchillo y el fuego que no pueden aceptar, porque los degollará, ¡los quemará! La verdad, para vosotros, es la mejor amiga; para las autoridades es una enemiga jurada. ¡Por eso tiene que esconderse...! Esta nueva Pelagia contrasta con la de su anterior etapa vital, en la que no recordaba las letras, no leía y se dedicaba tan solo a recibir los golpes de su esposo, a llevar la casa y a criar de la mejor manera a Paul. Ahora, en cambio, se sentía capaz de todo. Incluso de abrir los ojos, el corazón y la conciencia tanto de los obreros como de los campesinos. Trabajadores que llegaban a dar sus vidas para que el patrón de turno regalara a su amante un orinal de oro.


    Si Gorki es conocido como el escritor de los oprimidos es por la descripción y la defensa que el autor hizo siempre del mundo del proletariado. Duro, implacable, valiente y obstinado, creó una nueva confianza que, desde la amargura --Gorki significa amargo, y es el pseudónimo de Alexei Maximovich Pieskhov, nombre real del autor--, busca crear un nuevo orden en el que sus personajes alcanzan la libertad a través de la dignidad y la lucha. La madre, escrita en 1906 y aparecida primero en inglés y en alemán, fue revisada en varias ocasiones hasta su versión definitiva, publicada en Rusia en 1922, cinco años después de la Revolución de 1917. El cineasta soviético Pudovkin realizó una versión cinematográfica de la obra. Y Bertold Brecht la llevó posteriormente al teatro. Más de un siglo después, sigue siendo, por méritos propios, uno de los clásicos rusos y universales del mundo de la literatura.                             


lunes, 26 de abril de 2021

Solo la noche. John Williams. Fiordo Editorial. 2019. Reseña

 




    Conocí al escritor John Williams (Texas, 1922 - Arkansas, 1994) en junio de 2013 gracias a la editorial canaria Baile del Sol, que en 2012 rescató, por vez primera en castellano, la tercera novela del autor estadounidense, Stoner (1965). Una auténtica obra maestra cuya reseña puede leerse en este mismo blog. Quedé maravillado de tal manera que antes de finalizar aquel mismo año leí su segunda novela, Butcher´s Crossing (1960), publicada por Lumen también en 2013. Y en el verano de 2014 me hice con un ejemplar de su cuarta obra narrativa, la histórica (y también espléndida) Augusto. El hijo de César (1973), publicada en castellano por Ediciones Pàmies en 2008. Sabía de la existencia de una primera novela inédita en castellano (titulada en inglés Nothing but the night), le seguí la pista a una posible traducción y, tras siete largos años de espera, por fin pude conseguir un ejemplar de la misma. En este caso, de la mano de la argentina Fiordo Editorial


    En total, cuatro obras --más dos recopilaciones poéticas y una quinta novela (The sleep of reason) que quedó inacabada a la muerte de Williams-- que todo el mundo debería leer. Un autor que todo el mundo debería conocer. ¿Cómo puede haber estado medio siglo escondido un escritor de semejante calidad literaria, versatilidad narrativa y variedad temática? Porque estas cuatro novelas no se parecen absolutamente en nada entre sí. En efecto, Williams igual escribía un western como narraba la historia de un alienado. A lo mejor te sorprendía con una novela histórica a base de cartas como a través de un costumbrismo que te deja noqueado. Un autor, sin duda, muy especial: nada comercial, desde luego, tampoco muy prolífico --transcurrió un cuarto de siglo entre sus cuatro grandes obras narrativas (más las dos poéticas ya reseñadas)--, pero sí notable creador y sobresaliente contador de historias. Unas historias que siempre tocan la fibra del lector.  


    En su primera novela, la que aquí nos ocupa, Solo la noche (1948), Williams anticipa con claridad aquello en lo que iba a llegar a convertirse con el paso del tiempo: un escritor de culto. Al más puro estilo Salinger (El guardián entre el centeno, 1951, aunque ya había sido presentada entre 1945 y 1946 en forma de serie) o Camus (El extranjero, 1942), !ambas también primeras novelas¡, el debut literario de nuestro protagonista nos narra un día de la vida de un alienado, un indolente, un joven que no encaja en el mundo en el que le ha tocado vivir. Un personaje taciturno y desencantado, sin duda a consecuencia de un trauma del pasado que nos será revelado en su momento. Arthur Maxley, como Holden Caulfield o Meursault, no puede controlar el devenir de su vida, sino que vive según sopla el viento. Incapaz de conseguir amor y amistades, su carácter solitario y poco social acaba por meterlo en problemas. Y, como era de esperar, se lleva más de una paliza. 


    Una carta inesperada de su padre, Hollis Maxley, hombre de negocios que pasa semanalmente un cheque a su hijo para que viva sin tener que trabajar ni esforzarse por nada, pondrá patas arriba la ya de por sí infeliz vida del protagonista. Una carta y una posterior comida con su padre que traerán a su presente los fantasmas de su pasado. A partir de esa desastrosa reunión, en la que padre e hijo confirmarán, quizá para siempre, que son incapaces de entenderse y de hacerse entender, Arthur emprenderá un camino desamparado y desesperado hacia el corazón de su dolor. ¿Para buscar algún tipo de consuelo? Claramente. Pero, ¿y si su consuelo es una causa imposible? Con gran sensibilidad y percepción, Williams nos cautiva por primera vez --teniendo en cuenta que esta fue su opera prima-- a través de un relato breve --apenas ciento treinta y siete páginas-- directo pero detallista, compungido, desgarrador --unas veces--, emotivo --otras-- y siempre certero.


    Arthur quiere llevar una vida sana, comer bien, descorrer las persianas de su habitación y dar tranquilos paseos por el parque, pero siempre acaba sucumbiendo ante la bebida y los clubs nocturnos. Como un médico que observa la enfermedad que avanza y no hace nada para prevenirla, a veces se veía a sí mismo de esa manera cuando se sentaba solo y recordaba lo que debía olvidar. Para él, los mejores momentos de la vida son el tiempo perdido. Cuando se es muy joven, cuando la existencia es una perfecta sucesión de días dorados. Tampoco lo ayuda mucho que digamos su extraña relación con Stafford Long. Su amistad (si podía llamarse así) renacía y padecía una indolora muerte abrupta en cada encuentro. No era amistad, nadie podía sentir camaradería con él, pero le envidiaba una superficialidad que lo volvía invulnerable. El caso es que, tal y como sucede con su padre, su último encuentro con Stafford también ha terminado de forma violenta. Y parece que de resolución imposible.


    Tanto Arthur como su padre se pasan el tiempo huyendo del pasado. Deasarraigados de sus propias vidas. Arthur, bebiendo, visitando clubs, empeorando su úlcera, quedándose quieto y solo en su habitación y metiéndose en problema tras problema cuando al fin se decide a salir por las noches. En cambio, durante su reunión, un Hollis impotente y derrotado se sincera con él: corro por medio mundo, siempre en marcha, sin parar. ¿Por qué no puedo instalarme en algún lado? No tengo a dónde ir. Me engaño cuando me digo que nadie puede hacer mi trabajo. Los negocios son una excusa. Eso es todo lo que son. En realidad creo que los odio. Pero me quitan todo el tiempo. A veces pienso que tendría que parar, renunciar, dejarlo todo. Pero es inútil. Una vez lo intenté. Si nunca hubiera empezado habría sido diferente. Pero una vez que empiezas a escapar, ya no puedes parar. Y al final, claro está, no hay escapatoria para dejar de escapar.


    Arthur parece descompensarse por momentos a base de sudores fríos y desdoblamientos de personalidad. Y se pierde en la multitud. Se siente aislado pese a estar rodeado de gente por todas partes. Se angustia y llega a sufrir pequeños ataques de ansiedad y de pánico. Y Williams lo narra de esta manera, tan original como lúcida: una figura solitaria sobre una extensión desértica inmutable no está tan sola como alguien que se pierde en la infinitud de una ciudad abarrotada. Aquel que está solo en el desierto siempre es consciente de su propia importancia, aunque sea mínima, y de su relación con el espacio visible. Pero el solitario en medio de una multitud pierde conciencia de sí mismo como individuo. Los cientos de cuerpos extraños que lo aprietan sin notarlo, los centenares de miradas ajenas que lo observan inexpresivas y sin comprensión, las voces que hablan por encima, a su alrededor, pero nunca con él: ahí está la verdadera soledad. 


    La manera en la que el John Williams de 1948, de solo veintiséis años, destripa la personalidad y la psicología de un joven de veinticuatro es llamativa. Muy llamativa. ¿Quizá el propio autor se sintiera de forma similar al protagonista en alguna época de su joven existencia? Probablemente nunca lo sepamos. Lo que queda claro tras leer sus cuatro obras publicadas es que la recuperación de este autor hace justicia en un mundo --el literario-- que pocas veces lo es en realidad. Pero, como se suele decir, nunca es tarde si la dicha es buena. Y, como escribió un periodista literario de Los Angeles Review of Books, Williams fue un autor casi incapaz de escribir una mala oración. Servidor da buena fe de ello. Estamos ante uno de los grandes escritores norteamericanos del siglo XX. Un narrador como los hubo muy pocos durante el siglo pasado. Lástima que quedara inacabada la novela The sleep of reason...