LIBROS

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lunes, 11 de febrero de 2019

Réquiem por un campesino español. Ramón J. Sender. Destino. 2003. Reseña





     Escrita en 1950 y publicada por primera vez en México en 1953 bajo el título Mosén Millán, la novela corta del escritor español en el exilio Ramón J. Sender tomó el título definitivo de Réquiem por un campesino español en 1960. La historia de su huida de la persecución franquista, el fusilamiento de su esposa y su posterior exilio en Francia primero y en EE. UU. después tras pasar por un campo de concentración galo es tan rocambolesca como apasionante. Llegó a Nueva York en 1939 y terminó por establecerse de forma definitiva en San Diego, donde vivió junto a sus hijos hasta su muerte, acaecida en 1982. A día de hoy sigue siendo considerado como uno de los grandes escritores españoles de la posguerra.

     Antes de escribir la novela que nos ocupa Ramón J. Sender ya había alcanzado una gran fama gracias, sobre todo, a los primeros volúmenes de la serie Crónica del Alba, una trilogía de trilogías --o enealogía-- autobiográficas de su infancia, adolescencia y compromiso político, que se fueron publicando sucesivamente hasta 1966. Además, en 1935 ya había recibido el Premio Nacional de Literatura por su obra Mr. Witt en el Cantón. En su exilio estadounidense se dedicó a escribir y a dar clases de literatura en diversas universidades del país. Entre sus numerosos alumnos y alumnas cabe mencionar a Lucía Berlin, autora de reconocido prestigio en la actualidad gracias a la reciente publicación de sus obras en castellano. Más vale tarde que nunca.

     Réquiem por un campesino español recoge los recuerdos del cura del lugar, Mosén Millán, respecto a la vida y muerte del campesino Paco el del Molino. El párroco se dispone a oficiar la misa en sufragio del alma de un joven al que quiso casi como a un hijo. Mientras espera la llegada a la iglesia de los asistentes al réquiem, reconstruye los hechos que llevaron al conocido Paco a la muerte. Un relato sobrio, casi frío, pero a la vez estremecedor que profundiza en la naturaleza humana. La narración aterra por su enorme realismo. También por el hecho de que tanto el párroco como el lector ven llegar una tragedia sin poder hacer nada por evitarla. La impotencia y el horror ante los hechos narrados constituyen una de las claves de que esta novela corta llegue directa al corazón del lector.

     La historia se ubica cronológicamente en los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la decisión del rey Alfonso XIII de abandonar España en abril de 1931 tras el triunfo electoral de los republicanos. Triunfo cimentado en las grandes ciudades, pero no en los pueblos pequeños. Es allí, en un pequeño pueblo aragonés, donde se desarrolla la reacción de determinadas fuerzas monárquicas que se resisten a dejar el poder sobre los lugareños. El propio Sender describió este episodio como el esquema de toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo.

     Paco el del Molino, joven idealista, puro y sincero se convierte en el líder de la lucha del pueblo. Y Mosén Millán trata de justificarse pese a ser consciente de ser en parte el culpable de la captura y posterior asesinato del joven. Sus reflexiones nos muestran un cuadro de oscuros colores que representan el pensamiento de la época. La maestría de Ramón J. Sender a la hora de mostrarnos cada detalle, por sutil que este sea, es digna de mención. Porque la historia de Paco se nos antoja una excusa para trasladarnos de primera mano el ambiente social del momento, la verdadera historia, y el compromiso del autor ante el choque entre dos ideologías diametralmente opuestas. En torno a ellas, la ya clásica hipocresía española. Que parece que viene desde muy atrás en el tiempo.

     La antítesis entre comunismo y fascismo se muestra con total claridad en las páginas del relato. Por un lado, Don Valeriano, Don Gumersindo y Don Cástulo, los señoritos del pueblo. Por otro, Paco el del Molino, su padre y familia, y algunos otros personajes. Y en el centro, la iglesia, es decir, Mosén Millán. El cura representa el papel que jugó en la preguerra, en la guerra y en la pos guerra la iglesia católica española. Inacción, falta de compromiso y hasta cobardía. Para él, todo es cuestión de resignación, de aceptación y de poner la otra mejilla. En suma, el autor da un serio correctivo no solo al párroco sino a la iglesia católica en su conjunto. Y es que historias parecidas a la aquí narrada hubo demasiadas en esa etapa histórica de nuestro país.

     Para terminar, transcribo algunos de los fragmentos que más me han llamado la atención y que muestran las acciones de unos --los republicanos-- y las reacciones de los otros --los fascistas--: Hubo que repetir la elección en la alcaldea porque había habido incidentes que, a juicio de Don Valeriano, la hicieron ilegal. En la segunda elección el padre de Paco cedió el puesto a su hijo. El muchacho fue elegido... En Madrid suprimieron los bienes de señorío, de origen medieval, y los incorporaron a los municipios. Aunque el duque alegaba que sus montes no entraban en aquella clasificación, las cinco aldeas acordaron, por iniciativa de Paco, no pagar mientras los tribunales decidían... La respuesta telegráfica del duque fue la siguiente: doy orden a mis guardas de que vigilen mis montes, y disparen sobre cualquier animal o persona que entre en ellos. El municipio debe hacerlo pregonar para evitar la pérdida de bienes o de vidas humanas... Había oído decir que aquellos señoritos iban a matar a todos los que habían votado contra el rey..Nadie sabía cuándo mataban a la gente. Es decir, lo sabían, pero nadie los veía. Lo hacían por la noche, y durante el día el pueblo parecía en calma... Al día siguiente hubo una reunión en el ayuntamiento, y los forasteros hicieron discursos y dieron grandes voces. Luego quemaron la bandera tricolor y obligaron a acudir a todos los vecinos del pueblo y a saludar levantando el brazo cuando lo mandaba el centurión... Ahora yo digo en sufragio de su alma esta misa de réquiem, que sus enemigos quieren pagar.

     La novela está considerada, por méritos propios, una de las grandes obras sobre la Guerra Civil Española. Y leerla bien vale la pena. Además de entretener, enseña historia contemporánea de nuestro país. Por todo ello, es altamente recomendable.
                                       

      

jueves, 31 de enero de 2019

Jaque al psicoanalista. John Katzenbach. Ediciones B. 2018. Reseña





     Quince años después del éxito mundial de El psicoanalista, el escritor y periodista judicial estadounidense John Katzenbach ha resucitado al temible Rumplestiltskin para volver a poner entre la espada y la pared al doctor Ricky Starks. Sin embargo, en la novela no han transcurrido tres lustros, sino tan solo cinco años. Tiempo en el que el psicoanalista ha rehecho su vida y retomado su actividad profesional. No en Nueva York sino en Miami. Un lugar en el que comenzar desde cero una nueva existencia repleta de sol, trabajo, paz y tranquilidad. Hasta que una noche el hombre que quiso acabar con él cinco años atrás --y al que creía muerto desde entonces-- reaparece como si nada en su consulta.

     No obstante, en esta ocasión el señor R. no ha regresado para matarlo sino para pedirle ayuda para salvar a su hermano Merlin y a su hermana Virgil, amenazados por un desconocido que pretende cobrarse sus vidas a toda costa. El doctor Starks debe investigarlo, encontrarlo y entregárselo al señor R, quien dará buena cuenta de él. A cambio, los tres hermanos lo dejarán en paz para siempre. El presunto asesino --o futuro asesino-- se supone que es algún cliente de alguno de los casos de Merlin, prestigioso abogado de Manhattan, o quizás alguien a quien ayudó a arruinar la vida en el pasado a través de algún juicio. Es este quien sirve en bandeja al doctor Starks la documentación necesaria para comenzar sus pesquisas.

     Como en la archi conocida precuela, en Jaque al psicoanalista se vuelven a explorar con todo lujo de minuciosidad las psicologías tanto de los asesinos más maquiavélicos como de las personas más normales y corrientes. De nuevo, los pensamientos, las dudas y las divagaciones internas del doctor Starks nos vuelven a sumergir en las facetas más oscuras y escondidas de la naturaleza humana. Porque el narrador, omnisciente y en tercera persona, parece estar alojado en el centro del cerebro del psicoanalista. Y, desde luego, nada tienen que ver los pacientes adinerados de la sociedad de Florida y los adolescentes con graves problemas psicológicos a los que trata desde hace cinco años con los asesinos --Rumplestiltskin y el enemigo de Merlin y Virgil-- con los que debe tratar ahora. 

     Al igual que El psicoanalista, esta secuela también se divide en tres grandes partes --prólogo y epílogo al margen-- en las que se tratan los acontecimientos de forma cronológica: La visita inoportuna, Las visitas bienvenidas y El hombre que debería estar muerto. Las tres cuentan con citas introductorias de la temática correspondiente. Letras de canciones de Bob Dylan, Ray Charles o Harry Nilsson, fragmentos de libros y escenas de películas que hablan de la libertad, de la existencia del diablo o de la inevitabilidad de la muerte y de su constante presencia en nuestras vidas. Tres grandes partes que albergan la cuarentena de capítulos que desarrollan la historia y la guían hacia un trepidante final que vuelve a ser, como la buena novela negra que es Jaque al psicoanalistade infarto

     Las investigaciones del doctor Starks lo llevarán desde Miami hasta Nueva York, desde Alabama hasta Atlanta. Poco a poco irá cercando al asesino que está amenazando a los tres hermanos que habían intentado matarlo a él cinco años atrás --convirtiendo a los cazadores en cazados-- y, como suele ocurrir en las novelas de este género, vivirá con total incredulidad el brutal giro que darán los acontecimientos en un momento dado. Lo cual lo llevará a cambiar sus planteamientos iniciales y a iniciar una nueva búsqueda que asegure su supervivencia y la de las personas que irá encontrando en su camino hacia la resolución de un caso que lo amenaza más y más.

     Katzenbach, autor además de La guerra de Hart, Al calor de la noche, Historia de un loco, Juicio final o El estudiante, se muestra nuevamente como un absoluto dominador de la psicología de los personajes, de los cuales retrata con precisión milimétrica sus deseos, dudas, elucubraciones y certezas. Indaga en su pasado y en su presente, en sus hechos y en sus palabras, en sus miedos y en sus puntos fuertes y débiles, para describirlos de tal manera que el lector llega a empatizar y a sufrir con todos ellos, incluyendo a veces hasta a los mismísimos asesinos. Porque todos, hasta los más despiadados, tienen un motivo para actuar como actúan.

     Porque, por encima de todo, cada uno de ellos ama a alguien o a algo. Hasta el malo de la historia, el propio Rumplestiltskin, teme por la vida de sus hermanos. Y no dudará en ningún momento a la hora de protegerlos de la forma que crea más conveniente. El amor y la familia siempre son lo más importante del mundo para las personas. Porque es el sentimiento que mueve al mundo y porque el miedo a perder a los seres queridos puede hacer que se tambalee hasta el más pintado. Incluidos los asesinos. Lo cual nos vuelve, a todos, demasiado impulsivos y erráticos y, por tanto, débiles y vulnerables. 

     Definitivamente, Jaque al psicoanalista no es una de esas secuelas que buscan utilizar el éxito de sus predecesoras para vender un producto comercial hasta exprimirlo por completo. Estamos ante una novela de gran calidad que casi llega a los altos niveles de tensión, intriga y misterio de El psicoanalista. Una historia que mantiene de nuevo en vilo al lector hasta su desenlace. Cualquier amante del género la disfrutará y comprobará que ha valido la pena esperar quince años para leer esta maravilla de thriller. Porque lo bueno casi siempre se hace esperar.            
                                

     

lunes, 21 de enero de 2019

Pan. Knut Hamsun. Anagrama. 2006. Reseña





     Pan es una de las obras más conocidas del escritor noruego Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura en 1920. Escrita en 1894, la novela es todo un canto a la mágica naturaleza del norte de Noruega, lugar en el que se crió el joven Hamsun, donde el monótono murmullo de los árboles y piedras que tan familiares me resultan me supera, me lleno de una extraña gratitud, todo entra en comunión conmigo, se funde conmigo, amo todo. Aunque mis únicos amigos eran el bosque y la gran soledad. Y es que Thomas Glahn, el joven teniente protagonista de la historia, capaz de leer las almas de las personas que me rodean, se guía, en su solitaria vida cotidiana, por la marea, por la hierba, que se acuesta a una hora determinada, y por el canto de los pájaros y por las flores.

     En efecto, Glahn vive de y por la naturaleza. Así, afirma que el uno de junio ya estarían vedadas la perdiz blanca y la liebre, entonces pescaría y viviría de pescado. Y cada vez se le dan peor las relaciones sociales --había perdido la costumbre de tratar con la gente y de vez en cuando tuteaba a las señoritas--, por lo que comete errores que lo avergüenzan. Especialmente cuando bebe, algo a lo que tampoco es dado. Su forma de vida ermitaña y de unión panteísta con el cosmos --Pan es el dios de los bosques, y de ahí el título de la obra-- es una de las constantes de la historia desarrollada por Hamsun. La otra, sus relaciones con los demás humanos, sobre todo con las mujeres: Edvarda, su gran amor, a la que trata de enamorar por todos los medios, y Eva, con quien se entretiene mientras tanto.

     El propio Glahn es quien narra en primera persona el verano vivido dos años atrás en el poblado de Sirilund, en Nordland. En él conocerá a Edvarda, hija malcriada, independiente y caprichosa del cacique del pueblo. Entre ellos se establecerá una relación en la que será ella la que irá marcando el ritmo y el camino a seguir en cada momento. Su proximidad o su separación respecto al teniente retirado harán que este vaya enfureciendo más y más. Lo cual lo llevará a ahogar sus penas con la hija del herrero, Eva, a la cual utilizará a su antojo, exactamente igual que hace con él Edvarda. Glahn pasa a convertirse en un pelele, algo que se niega a aceptar pese a tomar conciencia de que es la realidad. Una realidad demasiado dura de aceptar por un hombre tan orgulloso como él.

     Piso terreno desconocido, y no siempre sé cómo responder a las atenciones, a veces hablo sin coherencia o permanezco mudo, y eso me apena, escribe el teniente. Y, refiriéndose a Edvarda, continúa: si ella llegara a ser mía, me convertiría en una buena persona. La serviría incansablemente, como nadie. Celoso, en un momento de indiferencia de su amada, sin embargo, llega a dispararse en el pie. Porque, poco a poco, descubre que el doctor del pueblo tiene razón: Edvarda es bastante fantasiosa, tiene una imaginación muy viva, está esperando a su príncipe... pero intente influir sobre ella y entonces ella se burlará de todos sus esfuerzos. Y eso es, milimétricamente, lo que ocurre durante la historia narrada.

     Si Edvarda es irracional y calculadora a la vez, soberbia, obstinada y orgullosa, Eva es todo lo contrario. Una pieza muy fácil de conquistar por un hombre como él. Y Glahn, tan orgulloso y obstinado como Edvarda, verá en Eva a alguien en quien ahogar las penas infringidas por su amada inalcanzable. Hasta que, al fin, sabedor de que jamás será suya, de repente, la ira me invadió y me puse a suspirar. Ya no me quedaba honor, como máximo había gozado de la gracia de Edvarda una semana, se había acabado hacía tiempo y no actuaba conforme a ello. A partir de ahora mi corazón le gritaría: ¡eres polvo, aire, tierra en el camino, Dios sea mi testigo! Y será la pobre Eva, entregada a él por completo, quien pague por ello.

     A través de los treinta y ocho capítulos que completan el relato del teniente Glahn se ven incrementadas sus dotes para vivir en plena naturaleza, apartado de la gente de Sirilund, y menguadas, por ende, sus capacidades para convivir con sus pobladores. El hombre feliz y en paz consigo mismo de las primeras páginas del relato se va convirtiendo en un amargado peligroso, capaz de herirse a sí mismo y de matar de un disparo a su perro. ¿Todo por despecho, por desamor? Probablemente no, porque del protagonista no sabemos absolutamente nada de su vida anterior. Solo conocemos sus obras del verano narrado. Cada vez nos cae peor. Y vamos presagiando que algo va a acabar mal en toda esta historia.      

     Contradiciéndose a sí mismo, mostrándonos el mar de dudas en el que vive incluso dos años después de los hechos narrados, escribe en su relato: ya no pienso en ella. ¿Por qué no iba a haberla olvidado del todo después de tanto tiempo? Soy un hombre de honor. Y si alguien me pregunta si tengo alguna pena, me apresuro a contestar que no, que no tengo pena alguna... Y despide sus escritos así: he escrito esto para pasar el rato y me he divertido cuanto he podido. No me aflige pena alguna, sólo añoro otro lugar, no sé cuál, pero algún lugar lejano, África, tal vez, o la India, porque pertenezco a los bosques y a la soledad. Algo que, en cambio, sí corrobora lo que se nos ha contado desde las primeras páginas.

     Pan es una gran novela. Pese a su longitud --escasas ciento sesenta páginas--, logra captar por completo la atención del lector. La naturaleza en general, y la humana en particular, son su centro, su corazón. Hamsun se consagró con ella --junto a Hambre, su obra predecesora-- como el magnífico escritor que fue, hasta el punto de que Thomas Mann, Henry Miller, Franz Kafka o Isaac Bashevis Singer lo reconocieron como su particular padre literario y maestro indiscutible de la literatura moderna. Y Thomas Glahn, el neurótico protagonista de sus páginas, capaz de fascinar y horripilar por igual a las mujeres, personaje huraño y soberbio donde los haya, se descuartiza y se abre en canal ante nosotros sin ningún tipo de pudor para mostrarnos cómo de salvajes podemos llegar a ser las personas. 

      

miércoles, 2 de enero de 2019

Mis diez mejores lecturas de 2018





     Finalizado el 2018,  como hago cada año, os dejo la lista de mis diez mejores lecturas de 2018 y os deseo a todos un muy feliz 2019.

10. Se llamaba Manuel. Víctor Fernández Correas. Ediciones Versátil. 2018. El Madrid y su ambiente, sus gentes y sus vestuarios, sus luces y sus sombras cobran vida ante nuestros ojos de la mano de este autor extremeño que sigue progresando con cada novela que publica a la vez que se nos muestra muy versátil. La novela entretiene, enseña e ilustra sobre nuestro pasado. Un pasado que vuelve, una y otra vez. Contra el que debemos luchar. Aunque sea derrochando coraje y corazón...

9. Leones de Aníbal. Javier Pellicer. Edhasa. 2018. A través de los sentimientos, sufrimientos, anhelos y promesas de sus protagonistas, la novela nos mete de lleno en la acción. Todos ellos han de soportar el tremendo peso de sus mochilas. Unas mochilas compuestas no solo de sus equipajes sino de hechos de vida que algunos de ellos apenas pueden arrastrar por el fango y las altas montañas. Así pues, deberán imponerse a sus propios fantasmas y a una naturaleza que se nos muestra tal y como es: casi inaccesible. 

8. El círculo del alba. Luisa Ferro. Planeta. 2016. La sociedad madrileña de principios del siglo pasado aparece magistralmente dibujada en las páginas de la novela: desde la opulencia más burguesa hasta la pobreza más absoluta; desde el mundo de las apariencias hasta la realidad más cruel; desde los clubes de alterne y perversión hasta los privados solo para ricachones; desde las sesiones espiritistas hasta los revolucionarios y todavía no muy divulgados estudios de Sigmund Freud. Todo tiene cabida en ella: aventura, fantasía, romanticismo, pasiones, asesinatos, investigaciones policiales, medicina o botánica.

7. Reina roja. Juan Gómez-Jurado. Ediciones B. 2018. El autor repite la fórmula que tantos éxitos le reporta: intriga a raudales, peleas, persecuciones y explosiones, hondas reflexiones psicológicas y vitales, grandes dosis de humor y una narración de alto ritmo que no deja descansar al lector. Un lector que no puede evitar la tentación de pasar página y continuar leyendo para tratar de esclarecer los casos presentados. Algo que, por cierto, no logra. Porque solo un autor como este --y unos muy pocos más-- es capaz de crear estas tramas, tejidas con la precisión de las más audaces de las arañas.  

6. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera. Tusquets Editores. 1985. Novela de difícil encaje categórico. Algunos la consideran filosófico-psicológica por sus posturas cercanas al existencialismo y la aparición de lo freudiano y de otras corrientes filosóficas. Para otros, es una novela político-social porque describe la vida en la capital checa antes, después y durante la campaña soviética de 1968, en plena Guerra Fría. Por ello, no faltan quienes le otorgan un fuerte componente histórico, aunque cueste catalogarla como novela histórica. Para otros, es una obra sexual, afectiva y de pareja. Y todos aciertan.

5. Asesinato en el Orient Express. Ágatha Christie. RBA Libros. 2013. Clásico universal de la novela negra, está escrita a la antigua usanza, siguiendo el típico esquema de introducción, nudo y desenlace. La primera parte describe la situación de partida, presenta a los personajes, física y psicológicamente, y narra el asesinato de Samuel Edward Ratchett. La segunda nos muestra las averiguaciones del famoso detective Hércules Poirot y las reacciones de los protagonistas ante las sospechas y los interrogatorios. Y la tercera nos sorprende al ver a un Poirot exultante ante otro caso resuelto con éxito. 

4. El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets Editores. 2014. El autor extremeño cuenta en estas páginas su progresivo aprendizaje sobre el mundo de los libros. Primero, como lector; después, como escritor. Desde pequeño, su madre lo acusó de ser un mentiroso y de tener buenas dotes para fabular. Buen comienzo. En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y con los cuales construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural. 

3. Autorretrato sin mí. Fernando Aramburu. Tusquets Editores. 2018. No es una novela ni tampoco un ensayo, sino una recopilación de hechos, recuerdos y pensamientos del autor. Un libro personal y arriesgado, pero también bello. La historia del escritor pero también la de la mayoría de nosotros. Un relato que no se lee del tirón sino a pequeños sorbos y que, viniendo de la mano de un escritor en plena madurez, personal y literaria, debe ser leída con emoción y agradecimiento a la vida, a la lengua y a la literatura. Una lectura que nos provocará en un futuro más o menos lejano un hondo sentimiento de nostalgia.

2. 4 3 2 1. Paul Auster. Seix Barral. 2017. Cuatro historias diferentes protagonizadas por un mismo personaje en un mismo intervalo de tiempo según los azares de la vida. Leer estas cuatro historias nos muestra que no somos dueños de nuestro destino más que en unos pocos aspectos que sí podemos controlar conscientemente. Las casualidades son las que finalmente hacen que un camino siga recto o se desvíe (mucho o poco). Un drama social, una obra completa, que desde su misma publicación se ha convertido en todo un clásico de la literatura universal. Y su protagonista, Ferguson, entra por méritos propios en ese pequeño gran museo vivo de los personajes literarios legendarios.

1. Ordesa. Manuel Vilas. Alfaguara. 2018.  Muchas de las más grandes novelas de todos los tiempos nacen de los momentos más complicados de la vida de sus autores. Hay innumerables ejemplos de ello. Este es un nuevo caso. Ordesa nace en un momento crucial de la vida de su autor: su divorcio y la muerte de su madre, que cierra el círculo iniciado unos años atrás con la pérdida de su padre. Vilas hace un ejercicio de introspección, individual, familiar y hasta nacional, para transportarnos, sin ningún tipo de orden cronológico, a los años 60, 70 y 80 de esta España nuestra. Su estilo, emotividad y reflexión --personal y colectiva-- hacen de ella una novela que se gana, en mi opinión, el honor de ser la número uno de mi lista.






lunes, 24 de diciembre de 2018

Los perros negros. Ian McEwan. Anagrama. 1993. Reseña





     Hace veinticinco años el escritor británico Ian McEwan --mundialmente conocido por Expiación, Chesil beach, La ley del menor o Cáscara de nuez-- publicó Los perros negros, una novela en la que se enfrentan la razón y la espiritualidad, las ideas y los sentimientos, la ciencia y la intuición. Magistralmente escrita, como todas las obras de este autor, la historia es narrada en primera persona por Jeremy, un adulto que quedó huérfano a los ocho años de edad y al que siempre fascinaron los padres de sus amigos. Así, desde su adolescencia, cuando estos discutían con sus progenitores, él tomaba el papel de los jóvenes para convertirse en el buen hijo que todos los padres desearían tener. Y así hasta mantener una gran relación con los padres de su esposa, Jenny Tremaine. Su objetivo, ahora, es escribir las biografías de sus suegros.

     Así explica Jeremy sus sensaciones respecto a sus suegros: Racionalista y mística, comisario y yogui, el que se afilia (al Partido Comunista) y la que se abstiene, Bernard y June, los Tremaine, son los extremos. La seguridad del escepticismo de Bernard y su invencible ateísmo me hacían recelar; era demasiado arrogante, demasiadas cosas quedaban excluidas, negadas. En las conversaciones con June me encontraba pensando como Bernard; me sentía sofocado por sus expresiones de fe y vagamente molesto por la suposición implícita de todos los creyentes de que ellos son buenos porque creen, de que la fe es virtud y, por extensión, el descreimiento es indigno o, en el mejor de los casos, lamentable. Unas diferencias de pensamiento tan enormes que finalmente los llevaría a tomar la decisión de vivir la vida por separado pero sin separarse legalmente.

     La relación entre los padres de Jenny comenzó en plena Segunda Guerra Mundial. Y Jeremy reconstruye sus vidas, juntos y por separado, a la vez que nos describe un país y un continente rotos por una guerra cruel e injusta. Pero June se está muriendo y le comenta a su yerno que cuando me dijeron que estaba muy enferma la soledad comenzó a parecerme mi mayor fracaso. Un enorme error. Construir una buena vida, ¿qué sentido tiene hacerlo sola? La verdad es que nos queremos, que nunca hemos dejado de querernos, que estamos obsesionados. Y no fuimos capaces de hacer nada con ello. No pudimos construir una vida. Todo ello a pesar de una fortísima atracción sexual: a los pocos días de conocer a Bernard no quería una boda ni una cocina. No podía hablar con mis amigas francamente. Se habrían escandalizado. Deseaba urgentemente tener relaciones sexuales con él y estaba aterrorizada.

     El tema del comunismo y de la lucha contra el fascismo --esos perros negros que sabemos que volverán-- juega un papel central en la novela. Aunque Bernard reconoce que June tenía una gran capacidad de comunicación con el pueblo, su mujer abandonó muy pronto la militancia. Fue mejor comunista que yo, pero pronto llegaron su desapego del Partido y el comienzo de los disparates que llenaron su vida desde entonces. Es decir, la firme creencia en la existencia de Dios. Algo que su esposo no podía admitir de ninguna manera. Porque, según él, June creaba mitos y modelos y luego hacía que los hechos se ajustaran a ellos. Sin embargo, sobre los mismos hechos, su esposa tiene ideas muy diferentes.  

     Y le comenta a su yerno que las noticias que no queríamos oír estaban llegando con cuentagotas. Los juicios y las purgas de los años treinta, la colectivización forzosa, la censura, las mentiras, las deportaciones masivas, los campos de trabajo, la persecución, el genocidio. Finalmente las contradicciones son demasiado para ti y renuncias. Pero siempre lo haces más tarde de lo que debieras. Lo dejé en el 56, estuve a punto de dejarlo en el 53 y debería haberlo dejado en el 48. Pero te vas quedando porque piensas que las ideas son buenas pero que la gente que está al mando es inadecuada y que eso cambiará. Te dices que la mayor parte de lo que oyes son calumnias de la Guerra Fría. ¿Y cómo puedes estar tan equivocado, cómo puede equivocarse tanta gente inteligente, valiente y bien intencionada?

     Tras la ruptura con el Partido y con su esposo, June se recluyó en Francia, abandonando el mundo en busca de una vida de meditación espiritual. Y Jeremy puede llegar a entenderla tras acompañar a su esposa Jenny al campo de exterminio de Majdanek. Me hundí en una admiración invertida, dice. En un desolado asombro. Soñar esa empresa, planear esos campos, construirlos y tomarse tanto trabajo para abastecerlos, dirigirlos y mantenerlos, y transportar desde las ciudades y los pueblos su combustible humano. Qué energía, qué dedicación. ¿Cómo podía uno llamarlo un error? La soledad, en efecto, es otro de los temas importantes de la novela. La soledad del huérfano (Jeremy). La soledad de los separados que todavía aman (June y Bernard). La soledad de un niño maltratado por sus padres (un niño francés) para quien la desdicha era sencillamente la condición del mundo.

     En plena Guerra Fría, Bernard no puede dejar de preguntarse qué posible bien podría venir de una Europa cubierta de aquel polvo, de aquellas esporas, cuando olvidar sería inhumano y peligroso, y recordar, una tortura constante. Porque las guerras, y sobre todo la Segunda Guerra Mundial, son mucho más que datos y estadísticas. Son verdaderas catástrofes. Son pérdidas solitarias e individuales, camas no compartidas y recuerdos angustiados. Y jamás se les hace justicia en los titulares de prensa, las conferencias y la historia. Como tampoco se le hace a los niños que crecen entre un padre y una madre que no querían vivir juntos ni separarse definitivamente. Jenny, esposa de Jeremy, es una de esas criaturas que viven en lugares distintos (Inglaterra y Francia).

     Porque June, convencida de la existencia del mal y de Dios y segura de que ambos eran incompatibles con el comunismo, descubrió que no podía persuadir a Bernard ni dejarle ir. Y él, a su vez, la amaba pero le enfurecía su vida encerrada en sí misma y vacía de responsabilidad social. Quizá sea esta la frase que mejor resume la imposibilidad de vivir juntos pese al amor correspondido pero a la vez insostenible. Y la diferente interpretación de ambos del incidente sufrido por June con aquellos dos perros negros en Francia es el ejemplo más palmario de ello. Para ella, dada a intuir cosas y a interpretarlas a su manera, un perro negro era una depresión personal, pero dos eran ya una depresión cultural, el peor humor de la civilización. Y lo más espeluznante de todo ello es la profecía de que regresarán para perseguirnos, en algún lugar de Europa, en otro tiempo. Lo clavó June. Lo clavó Jeremy. Y lo clavo, hace veinticinco años, Ian McEwan...                               


jueves, 13 de diciembre de 2018

4 3 2 1. Paul Auster. Seix Barral. 2017. Reseña





     Siete años tardó Paul Auster en publicar una nueva novela tras Sunset park (Anagrama, 2010). Demasiado tiempo para sus numerosos seguidores en todo el mundo. No obstante, la espera valió la pena, pues en realidad el autor norteamericano escribió hasta cuatro novelas en esos siete años. Porque la novela 4 3 2 1 podríamos definirla como cuatro historias diferentes protagonizadas por un mismo personaje en un mismo intervalo de tiempo según los azares de la vida, que a todos nos lleva por donde ella y sus vicisitudes quieren. Porque leer estas cuatro historias nos demuestra que no somos dueños de nuestro destino más que en unos pocos aspectos que sí podemos controlar conscientemente. Las casualidades son las que finalmente hacen que un camino trazado siga recto o se desvíe (mucho o poco).

     Los cuatro Archie Ferguson de la novela son iguales pero a la vez diferentes. En una historia el padre de Ferguson fallece; en otra sigue casado con su mujer durante toda la vida; en otras dos se divorcia de ella. En las dos historias en las que sus padres se divorcian, su madre se casa con hombres diferentes. El resultado es que la vida de Ferguson tomará cuatro caminos totalmente diferentes. Variarán su status económico, los lugares en los que deberá vivir, los institutos y las universidades en las que podrá (o no) estudiar, el círculo de amistades, las chicas (o chicos) de quienes se enamorará o simplemente tendrá relaciones sexuales, etc. Por tanto, el carácter y el genio del chico también serán distintos según los vericuetos por los que transcurran sus vidas.

     Estamos, sin duda, ante una historia (o conjunto de historias) espectacularmente imaginativa y, desde luego, muy original en la que las casualidades cobran una importancia extrema. Los límites del azar y las consecuencias de nuestros actos (o de quienes nos rodean) abren unas posibilidades nuevas y cierran otras. Y, desde ese instante, nuestras vidas dejan de ser como eran para pasar a ser de otra manera. Ni mejores ni peores. Simplemente distintas. Y lo más cautivador de todo ello es que esos cambios tan radicales no vienen a menudo dados por grandes hechos (accidentes, muertes, etc) sino por pequeñas decisiones o situaciones que muy a menudo parecen poco o nada significativas.

     Cualquiera de las cuatro historias (o, por qué no llamarlas así: novelas) que conforman 4 3 2 1 son creíbles al ciento por ciento. Están narradas con la habitual maestría de Paul Auster (muchos críticos hablan de ella como su mejor novela hasta la fecha; algunos incluso afirman de ella que corona su carrera literaria) y, pese a su longitud --casi mil páginas-- y su tamaño de letra --no demasiado grande en esta primera edición--, atan al lector a sus hojas. Y es que no se trata únicamente de una novela de ficción probable sino, además, del retrato de una generación y de la crónica de una época --los años sesenta y setenta-- que han marcado nuestro presente.

     Resulta obvio que un libro de casi mil páginas escrito por uno de los grandes escritores de nuestra época pueden dar mucho de sí. Temas como el crecimiento personal, la familia, las amistades, el amor, la política, el arte o la muerte se tratan en esta novela de forma magistral. Con una profundidad de análisis, reflexión y narración dignas de un genio de las letras. Y permite conocer mejor a Paul Auster, dados los elementos autobiográficos que probablemente integran los capítulos. Porque no parece una casualidad que el personaje central de las historias, Archie Ferguson, naciera, como el escritor, en 1947 en Newark (NJ, EE. UU.). Tampoco las aptitudes e inquietudes innatas de la personalidad del mismo.

     Porque, al margen de los diferentes caminos que toman las cuatro vidas del protagonista, hay un factor central que hace de nexo de unión de todas ellas: en las cuatro Ferguson cursa estudios universitarios, ama al cine y todo lo que lo rodea y se nos muestra como un lector compulsivo y un escritor (periodístico, de relatos, de novelas y de traducciones de poemas franceses de principios y mediados de siglo) autodidacta, voraz, trabajador, imaginativo y original. Y en las cuatro consigue, con mayor o menor éxito, que sus obras sean premiadas y/o publicadas. Por tanto, encontramos tantas similitudes entre las vidas de Ferguson y Auster que incluso podríamos hablar de una especie de retrospectiva. ¿Narra, quizás, el Auster septagenario la vida del Auster (reconvertido en Ferguson) quinceañero o veinteañero?

     La novela recrea --al más puro estilo Forrest Gump-- la Norteamérica de los años centrales del siglo XX. Contiene una guía muy detallada del Manhattan, de la Nueva York y de la Nueva Jersey de la época --parques, jardines, bares y restaurantes, cines, teatros, museos, etc--, que cobran de nuevo vida ante nuestros ojos (incluidos no solo sus ambientes sino también sus olores y sabores), y desgrana los grandes acontecimientos que marcaron a toda una generación: el movimiento hippie, las protestas estudiantiles, las revueltas raciales, los asesinatos de los hermanos Kennedy, la muerte de Marilyn, las guerras de Corea y Vietnam, las elecciones y dimisiones presidenciales, las competiciones deportivas, etc.

     4 3 2 1 es un drama social --no puedo desvelar aquí el motivo de dicha calificación, pues al lector le pertenece el honor y deber de averiguarlo por sí solo-- que cautiva, emociona y divierte. Una obra completa (en el pleno sentido de esta palabra) que nos presenta una serie de Fergusones de los que cuesta despedirse según avanzan los capítulos y las páginas. Una de esas novelas que desde su misma publicación se convierten en clásicos de la historia de la literatura universal. Y, como el Meursault de Camus en El extranjero, el Edmundo Dantés de Dumas en El conde de Montecristo, el Holden Caulfield de Salinger en El guardíán entre el centeno o la Emma Bovary de Flaubert en Madame Bovary, el Archie Ferguson de Auster en 4 3 2 1, entra por derecho propio en ese pequeño gran museo vivo de los personajes legendarios de la historia literaria.                                                     


lunes, 3 de diciembre de 2018

El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets Editores. 2014. Reseña





     Cansado de escribir ficción, y con una nueva novela comenzada y abandonada al poco tiempo, Landero (Alburquerque, Extremadura, 1948) decidió contar su propia historia: la personal y la familiar a través de los años y los recuerdos de su juventud e infancia. El resultado, El balcón en invierno, una especie de autobiografía a modo de flashbacks en los que narra, con su habitual elocuencia y acierto, las múltiples vicisitudes que terminaron por conformar su personalidad y su valor literario. Una crónica detallada y completa no solo de su vida, sino también de la España (rural y capitalina) de los últimos setenta años.

     Se trata de dieciocho capítulos de una docena de páginas (aproximadamente) cada uno en los que el autor desgrana los momentos más importantes de su existencia. Desde el presente (septiembre de 2013 - marzo de 2014), llega a desarrollar la historia de sus abuelos, remontándose hasta los años veinte del siglo pasado. Las décadas de los 40, 50 y 60 constituyen el eje central de la narración. Una narración escrita sobre una mesa desde la que se ve un balcón. Asomado a él, cuando ya el verano ha pasado y llegan los primeros fríos, le invade la melancolía, el recuerdo de hechos y parientes, muchos de ellos ya desaparecidos de este mundo pero no de su mente, que demandan salir de él y plasmarse sobre el papel.

     Porque, como reconoce el propio autor, todo lo que no se escribe acaba desapareciendo. Así, escribe: caminando por ellos, recuerdo con una tristeza que ya no duele los años en que vivían todos los que murieron y que están ya a punto de volver a morir a manos del olvido. Muertos y rematados... Los que nazcan dentro de veinte o treinta años no llegarán tampoco a saber nada de nosotros. No seremos ni siquiera fantasmas... Pienso entonces que acaso estas páginas puedan servir para que lo vivido no se pierda del todo, y para que algún día los futuros descendientes puedan captar un eco, un destello, de las vidas anónimas de sus antecesores.

     Se arrepiente Landero de no haber escuchado con mayor atención las conversaciones de sus abuelos, padres, tíos, primos y demás familiares durante su infancia y juventud. Y también de no haber preguntado más sobre ellos a las personas que tenían información de hechos y sucesos familiares que desearía poder recordar y contar. Pero llega un momento en la vida en que ello ya no es posible. Y a partir de entonces las dudas, las incógnitas y las incertezas se apoderan de la mente humana. Y de ese hecho nace precisamente la penúltima obra --La vida negociable (2017) es la última hasta la fecha-- de un autor considerado como uno de los referentes de la narrativa española actual.

     De sus padres y su generación, reconoce Landero que no sé de dónde ha sacado esta gente, esta generación infortunada, su temple y su entereza. Una generación, casi dos, que sufrieron la guerra y la posguerra, que vieron truncados sus propios proyectos de vida en plena juventud, que trabajaron como mulas y lo sacrificaron todo para que sus hijos corrieran mejor suerte que ellos y cuya obra, no sé si humilde o grande, es esa, el bienestar de los suyos: esa fue la causa por la que lucharon, y esa su recompensa. Un agradecimiento público total y absolutamente merecido hacia sus y nuestros abuelos y padres. 

     A través de personas como su abuela Frasca--con quien aparece en la foto de la portada--, su primo Paco, sus padres y demás familiares construye el autor un relato vivificador que nos muestra la España rural de hace medio siglo. De su padre recuerda solo sus últimos años, ya enfermo y amargado por lo que podría haber sido su vida y no fue. De su madre, su alegría de vivir a pesar de las múltiples dificultades y de las constantes pérdidas. De su abuela Frasca, que siempre hizo gala de su firmeza y a la vez cariño. De su primo Paco, sus inventos y su conjunta enseñanza del arte de la guitarra. Los viajes del campo al pueblo y la mudanza a Madrid también son aspectos de la narración que conmueven al lector.

     Sin embargo, lo que a servidor más le ha gustado de este libro es cómo cuenta Landero su progresivo aprendizaje sobre el mundo de los libros. Primero, como lector; después, como escritor. Desde pequeñito, su madre siempre dijo que era un mentiroso, que tenía buenas dotes para fabular, imaginar y contar mentiras. Magnífico comienzo para un futuro escritor, sin duda. Así, el autor habla de los poetas españoles, y cita novelas como Madame Bovary, Rojo y negro, El gran Gatsby, La flecha negra o el Quijote. Obras, todas ellas, que le hicieron amar la literatura y le impulsaron a hacerse escritor. Reconocimiento especial, en este sentido, para aquel profesor nocturno que se convirtió en una mano amiga sobre el hombro y que le hizo elogiar el cubil de las palabras

     Unas palabras que se convirtieron, desde muy pronto, en su refugio personal ante las gentes gordas --es decir, personas de posición y adineradas-- del pueblo y de la ciudad, con las que supo de inmediato que jamás trataría. También de esas mujeres que, de igual manera, percibió que jamás tendría. Así, el refugio, el amparo en el hogar familiar y la soledad fueron fraguando la personalidad del joven Landero, que con el tiempo se ha convertido en una de las voces más importantes de la literatura española contemporánea. Así pues, bienvenida sea la nostalgia que se apodera del balcón de este escritor. Gracias a ella, tenemos una joya literaria. Disfrutad de ella... 

     En los libros leídos está la sombra, el rastro de lo que fuimos, los diversos bocetos de nuestro aprendizaje estético y de nuestra evolución vital, los vestigios de ciertos afanes que un día nos conmovieron y con los cuales construimos nuestro modo de ser y de sentir, y lo más valioso y secreto de nuestro bagaje cultural.           


miércoles, 28 de noviembre de 2018

Los santos inocentes. Miguel Delibes. Planeta. 1981. Reseña





     En 1981 el genio vallisoletano Miguel Delibes publicó la que, con el tiempo, se convirtió en su obra más aclamada. Los santos inocentes es una novela corta pero compleja, muy compleja, en cuanto a trama y temática. Porque solo está al alcance de unos pocos escritores condensar en unas pocas páginas (aproximadamente 150) una serie de temas tan variados como ricos. Así, esta historia se convirtió en una crónica de la España profunda (más concretamente, de la Extremadura profunda) en pleno franquismo. Algo que también supo hacer --y muy bien-- Mario Camus en 1984 en su versión cinematográfica, que les valió a Paco Rabal y a Alfredo Landa el premio ex aequo en Cannes.  

     En la novela se plasman a la perfección hasta ocho temáticas que darían para, como mínimo, una novela cada una. A saber: la opresión de los señores --al más puro estilo medieval--; el desprecio y la falta de atención respecto a sus criados por parte de los señoritos; las continuas humillaciones a las que se veían sometidos los sirvientes; el analfabetismo generalizado de las clases bajas; la resignación de buena parte de estas --que aceptaban ser consideradas poco menos que como animales--; la caza --práctica a la que, por descontado, solo podían acceder las clases pudientes--; el estorbo que suponía la presencia en la familia de un deficiente mental --en este caso, Azarías--; y el papel de la mujer en la sociedad --reducida al ámbito doméstico, pero sin voz ni palabra en el propio hogar.  

     Como ha quedado dicho más arriba, entrelazar todas estas temáticas en tan poco espacio está solo al alcance de un genio de la talla de Delibes. Y es que, además de sus grandes dotes como novelista, debemos sumar su amplio bagaje cultural, plasmado en sus obras a través del conocimiento de la flora y la fauna, del mundo rural y del mundo de la caza. Todos estos aspectos hicieron del vallisoletano uno de los grandes escritores españoles del siglo XX. Buena prueba de ello son los numerosos galardones que recibió en vida --entre ellos, el Nadal, el Nacional de Narrativa, el Nacional de las Letras Españolas, el Cervantes o el Príncipe de Asturias--, aunque no le fuera otorgado nunca el Nobel de Literatura.

     En Los santos inocentes nos narra la historia de una familia de campesinos extremeños de los años sesenta. El matrimonio formado por Régula y Paco el Bajo y sus cuatro hijos, Rogelio, Quirce, Nieves y Charito (la Niña Chica, deficiente mental que no sale de la cuna), ha de hacerse cargo del hermano de Régula, Azarías, también deficiente mental, despedido por su señorito al alcanzar los sesenta años de edad y no poder servirle como antaño. Toda la familia debe obedecer a sus señores mientras es sometida a todo tipo de humillaciones y vejaciones. Los padres, Régula y Paco el Bajo, solo sueñan con poder dar una educación a sus hijos que les sirva para llevar una vida mejor en el futuro.

     La vida en el cortijo es rutinaria hasta el aburrimiento, el miedo a que los señoritos puedan enfadarse y tomar medidas contra sus sirvientes por cualquier tontería siempre está presente y cada día resulta más insoportable seguir viviendo en unas condiciones tan duras y ajenas a la libertad humana. Incluso para el inocente Azarías, cuya única distracción --cuidar de su milana bonita, una pequeña grajilla que ha criado desde casi su mismo nacimiento-- le es arrebatada por el señorito Iván, un hombre egoísta y sin ningún tipo de escrúpulos para el que es mucho más importante la caza del día que la salud de su mejor sirviente. 

     La obra es una denuncia moral contra el mundo del latifundio, su inherente injusticia social y las consecuencias que todo ello tiene sobre la vida de unos individuos que viven subyugados, casi más como animales que como humanos, y sin posibilidad de alcanzar una vida nueva. Así, el lector llega a sentir una gran empatía por los personajes sencillos, puros, humanos e inocentes --especialmente Paco el Bajo y el deficiente Azarías-- y una enorme antipatía por los acomodados, pretenciosos y orgullosos señores. Un componente, el de los valores, muy presente en la mayoría de las obras de Delibes. No en vano, una de sus pretensiones literarias siempre fue ese aspecto moralizante de sus escritos.

     La narrativa de la obra es amena, ágil y adictiva. Apenas encontramos en el texto puntos y aparte. Las líneas se siguen a una velocidad de vértigo, lo que le otorga una rapidez de lectura muy elevada. Sus seis capítulos o libros, de una extensión de unas 25 páginas cada uno, presentan a los personajes y los hechos que nos llevarán hasta un final inesperado pero a la vez deseado por el lector. Los dos primeros libros son sobre todo descriptivos, mientras que los dos últimos se centran en los hechos que constituyen la trama de la novela. El narrador es externo, omnisciente y en tercera persona, y el estilo, básicamente oral, hace juicios de valor de los personajes.

     El texto corre todo seguido, sin guiones ni cursiva ni comillas en los diálogos, que aparecen, además, sin verbos introductorios o aclaratorios. Todo ello, en pos de acelerar el ritmo narrativo y la rapidez de lectura. Los personajes se hacen escuchar, mostrándosenos mucho más cercanos. Algo que hace que la historia llegue al lector con una viveza y una frescura mucho mayores. Escribir de esta manera, haciendo además entendible --y no empalagosa-- la lectura, es algo extraordinariamente difícil de lograr. A no ser que el escritor sea Delibes. Todo un artista, un mago de las palabras, del léxico y de los sentimientos.                                         


viernes, 23 de noviembre de 2018

Reina roja. Juan Gómez-Jurado. Ediciones B. 2018. Reseña





     Hace quince días salió al mercado la séptima novela del escritor madrileño Juan Gómez-Jurado. Que es un autor que atrapa a sus lectores de principio a fin es algo que todos nosotros sabemos. Que la intriga no es su única aliada pues a ella suma el carácter aventurero de sus historias y unas altas dosis de psicología para describir a sus personajes, obvio. Y que reseñar una obra suya es una labor harto complicada ya que uno siempre corre el riesgo de deslizar algún que otro spoiler sin ser siquiera consciente de ello --a mí mismo me ocurrió con su anterior trabajo, ¡qué se le va a hacer!--, también. Sin embargo, después de reflexionar y santiguarme, lo voy a intentar. 

     Reina roja es un nuevo thriller --como todas sus novelas con la única excepción de La leyenda del ladrón, hasta ahora su mejor obra en mi modesta opinión-- en la que nos encontramos a dos personajes muy interesantes. La protagonista principal, la Reina roja, Antonia Scott, es una mujer de inteligencia superdotada, lo cual es un don pero también, en numerosas ocasiones, una piedra en el camino de su vida. Colaboradora de la policía en casos especialmente difíciles de resolver, ha salvado no pocas vidas y ha hallado la solución a trabajos muy controvertidos. En el último de ellos lo perdió todo, y vive recluida durante los últimos tres años en un piso del barrio de Lavapiés.

     Un piso del que no tiene intención ninguna de salir. A no ser para pasar las noches en el hospital velando a su esposo, quien se debate entre la vida y la muerte en estado vegetativo por culpa suya. A Antonia no le interesa en absoluto nada de cuanto acontezca fuera de ese piso vacío --porque ha eliminado cualquier vestigio de su existencia en común con su marido e hija para ahorrarse el sufrimiento que ello supone-- o en la referida habitación de hospital. Su estado mental corre, pues, grave peligro. Tanto que piensa a diario en el suicidio como forma de librarse de un dolor cada día más insoportable. 

     El inspector bilbaino Jon Gutiérrez es el protagonista masculino de la historia. Buena persona y mejor policía, se ha visto envuelto sin embargo en un grave caso de corrupción, por el cual ha sido suspendido de empleo y sueldo por el cuerpo de policía. Solitario, homosexual y muy sensible, piensa sobre todo en su madre y en acompañarla al bingo, única distracción de la pobre anciana. Con muy poco que perder, dada su situación, acepta una tarea a priori fácil: convencer a Antonia para que vuelva a su anterior trabajo. Su misión, no obstante, pronto se le antojará prácticamente imposible de cumplir. Pero se implica al cien por cien, porque, a cambio, un enigmático personaje lo ayudará a limpiar su nombre e imagen. 

     El desconocido y misterioso nexo de unión entre Antonia y Jon se hace llamar Mentor, y es el descubridor del gran don de la mujer. Jefe del operativo de tareas especiales en España de una red a nivel europeo, se dedica a mover los hilos necesarios para que ambos puedan realizar sus gestiones sin levantar sospechas ni susceptibilidades. A menudo cruzando líneas muy finas entre lo correcto y lo que no lo es. Y este caso, especialmente, requiere traspasar muchas líneas. Porque un tal Ezequiel ha asesinado al hijo de la banquera más importante de Europa y ha secuestrado a la hija del mayor empresario del continente.

     Y lo más perturbador de todo es que el móvil de ambos casos no es, como se podría pensar en un principio, el económico. No, Ezequiel no ha pedido rescate alguno, sino algo que los padres de ambos jóvenes no pueden cumplir aunque quieran y esté en sus manos. Y es ese intrigante misterio y el conjunto de aventuras que deben correr Antonia y Jon para cerrar los casos los que mantienen en vilo al lector hasta que todo se resuelve --¡con sorpresón incluido!-- en la última de las más de 560 páginas de que consta la novela. Una novela que llegará a introducirnos de lleno en el hasta ahora desconocido subsuelo de la capital de nuestro país.

     Gómez-Jurado repite la fórmula que le está dando tantos y tantos éxitos. A saber: intriga a raudales, peleas, persecuciones y explosiones, hondas reflexiones psicológicas y vitales, grandes dosis de humor y una narración de alto ritmo que no deja descansar al lector. Un lector que, al terminar un capítulo, no puede evitar la tentación de pasar página y continuar leyendo para ir esclareciendo los casos que se nos presentan. Algo que jamás logra, por cierto. Porque solo una mente como la de este autor --y unos pocos más en el resto del mundo-- es capaz de crear estas tramas. Una redes tejidas con la precisión de las más audaces de las arañas.

     En definitiva: Reina roja es otro novelón de Juan Gómez-Jurado que, aunque no llega al nivel de La leyenda del ladrón o El paciente, sí se sitúa en el podio de sus mejores obras al mismo nivel que Cicatriz o El emblema del traidor. Lo cual ya es mucho, muchísimo, tratándose del autor de thriller de mayor trayectoria en nuestro país (y en parte del extranjero). Eso sí: espero que no la lean Ana Botín o Amancio Ortega... Esperando la próxima...                      

                

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody. Bryan Singer. 2018. Crítica





     La pasada semana 20th Century Fox estrenó la esperada película sobre la historia de la banda de rock británica Queen y su carismático líder, Freddie Mercury. Tras años de rumores, cambios de dirección, producción, guión y actores y demás problemas, finalmente llegó a las pantallas de todo el mundo bajo la dirección definitiva de Bryan Singer (Valkiria, Jack el cazagigantes, Superman Returns y la saga X-Men) y el guión definitivo de Anthony McCarten (La teoría del todo, El instante más oscuro). El actor egipcio Rami Malek (Papillon, Noche en el museo) encarna al mítico cantante originario de Zanzibar, logrando un resultado que va mucho más allá de una simple caracterización e imitación de gestos y posturas para convertirse en un gran trabajo simbiótico por el cual llega a revivir a la estrella del rock que fue Farrokh Bulsara.

     Los desconocidos Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello interpretan respectivamente los papeles del resto de miembros de Queen: el guitarrista Brian May, el baterista Roger Taylor y el bajista John Deacon. Lucy Boynton (Asesinato en el Orient Express) encarna a Mary Austin, el gran amor femenino del cantante y compositor. Y Aaron McCusker (Caza al testigo, Incoming) a Jim Hutton, la pareja de Freddie durante sus últimos años de vida (1985-1991). Aidan Gillen y Tom Hollander interpretan a los mánagers de la banda, John Reid (hasta 1978) y Jim Beach (desde 1978). Mike Myers (saga Austin Powers) da vida a Ray Foster, el productor que perdió a Queen al no aceptar el tema Bohemian Rhapsody como single. Y Allen Leech (Réquiem por un asesino, Descifrando Enigma) al infame Paul Prenter, el mánager personal de Mercury entre 1980 y 1984.

     La película comienza y termina el día del concierto benéfico Live Aid. No obstante, recorre la historia de la banda desde su creación --sobre las cenizas de Smile, grupo en el que ya militaron May y Taylor-- hasta el verano de 1986. Recoge el proceso creativo de las principales canciones y discos del grupo, especialmente Bohemian Rhapsody (para muchos críticos, la mejor canción de la historia del rock), la constante lucha de egos entre sus miembros (y las continuas disputas sobre cómo terminar los temas, cuáles debían ser o no singles promocionales), los vaivenes emocionales de un Freddie genial pero en ocasiones realmente exasperante, sus relaciones amorosas y sexuales con Mary Austin, Paul Prenter y Jim Hutton, los errores y las malas decisiones del cantante y sus malas compañías.

     El ritmo del film es rápido. A veces, trepidante. Tanto que, pese a durar dos horas y quince minutos, no se hace pesada. En absoluto. La emoción que transmite cautiva al espectador, que revive momentos de su propia vida a través de las hechos que se describen y de las canciones que acompañan la historia que se nos está narrando. Por ejemplo: ¿qué amante de la música rock, sea o no seguidor de Queen, no recuerda aquel mítico concierto Live Aid del 86? ¿Quién no se retrotrae al mágico, único e irrepetible momento de escuchar por primera vez temas como Bohemian Rhapsody, Another one bites the dust o Under pressure? ¿Quién no sonríe al recordar dónde, con quién y cuándo vio por vez primera el vídeo clip de I want to break free? ¿Quién no se emociona al ver interactuar a Freddie con el público de Wembley aquella tarde del verano del 86?

     A lo largo de los 135 minutos de su metraje hay momentos para reír (básicamente, con las excentricidades de Mercury, pero también con las directas e indirectas que los miembros de la banda se lanzan en varias de las escenas), llorar (cuando Freddie confiesa su bisexualidad a Mary Austin o su enfermedad a sus compañeros de Queen), reflexionar (sobre la importancia de las buenas amistades y de saber no rodearse de malas compañías) y cantar (al ritmo de We will rock you, Killer queen, Crazy little thing called love o Radio Ga Ga). Y esa sucesión de escenas cómicas, dramáticas, amorosas y musicales hace que el espectador se introduzca en una especie de montaña rusa de emociones de la que no desea salir.

     Servidor, amante desde siempre del rock, y seguidor desde hace tres décadas de Queen, debe reconocer que dejó escapar algunas lágrimas en un momento determinado del film. Y eso que la parte de la historia que aparece en la película está todavía lejos del momento de la muerte de Freddie. Casi mejor así, la verdad. Porque, de haber avanzado en ella y haber finalizado en 1991, quizás las salas de proyección se habrían convertido en un mar de lágrimas. Y, como Freddie comentó en aquellos duros momentos, la música es lo más importante, y cuando uno llega a la cima, solo cabe caer. La suya fue de las más crueles de la historia, sin duda. Pero probablemente fuera una muy buena idea finalizar la historia contada por esta película en 1986.                 

     Como era de esperar, la película asume algunas licencias narrativas en pos de resultar más emotiva y cautivadora, algo que, sin embargo, hace que incurra en falsedades, verdades a medias y/o errores de bulto. A saber: la formación de Queen fue mucho más complicada de lo que el film nos enseña, especialmente en lo referente a las llegadas a la banda de Freddie y John; Mary Austin salió con Brian antes de que Freddie se enamorara de ella y se la robara a su compañero; Jim Hutton no era camarero sino peluquero, y no conoció al cantante en una de sus fiestas sino en un local nocturno de ambiente; la vida sexual y privada de Mercury aparecen algo edulcoradas en la película para conseguir una calificación por edades de más de 13 años y no de más de 18; Freddie no supo que tenía el SIDA hasta meses después del Live Aid, por lo que resulta imposible que comunicara a sus compañeros de banda su enfermedad antes del concierto benéfico; fue Roy Featherstone y no Ray Foster quien se negó a publicar como single Bohemian Rhapsody; Queen nunca se separó como banda; cuando Mercury grabó en solitario Mr. Bad Guy Roger Taylor ya había grabado otros dos álbumes en solitario; antes del famoso Live Aid Queen había hecho una gira de presentación para su LP The works, por lo que el concierto no se produjo tras varios años de inactividad.

     Disquisiciones, alabanzas, críticas y demás comentarios al margen, el caso es que Bohemian Rhapsody es una película que todo amante del rock debería ver. A los no seguidores del grupo les ayudará a conocer un poco mejor los entresijos de la banda. Y a los seguidores les recordará muchas y muchas cosas de sus vidas. La cuestión es que, casi 27 años después de la muerte de Mercury, tanto él como Queen siguen vivos, muy vivos, en las mentes de sus fans y seguidores. Lo cual los convierte en leyenda y los hace, por tanto, inmortales. ¡Fuck you!